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martes, 17 de mayo de 2022

En los momentos previos a la pasión Jesús les está hablando de paz y hoy en este momento concreto nos habla a nosotros de paz, de una paz que tenemos que reconstruir

 


En los momentos previos a la pasión Jesús les está hablando de paz y hoy en este momento concreto nos habla a nosotros de paz, de una paz que tenemos que reconstruir

Hechos de los apóstoles 14, 19-28; Sal 144; Juan 14, 27-31a

Tenemos que saber escuchar las palabras que se nos dicen teniendo en cuenta el momento concreto en que fueron pronunciadas para poder sacarle, por así decirlo, todo su jugo. Unas palabras fuera de contexto son peligrosas, y ya sabemos cómo se manipula hoy, cómo sacamos muchas veces lo que se nos dice fuera de su contexto, y como hay el peligro de que nos lleven a interpretaciones erróneas. Eso nos vale en muchas cosas y situaciones de la vida; cuidado con la malicia con algunas veces se actúa y nos dicen que dijeron pero no sabemos por qué dijeron y lo que en concreto se quería decir, esto que comento podría tener amplias aplicaciones a muchas situaciones de la vida.

Pero he iniciado este comentario, que me ha podido llevar a muchas cosas, para que nos demos cuenta de la profundidad que Jesús quería darle a sus palabras en aquel momento concreto de la cena pascual, anticipo de cuanto se iba a suceder a continuación. Ya hemos comentado en algún momento aquel momento especialmente tenso que se vivía en aquella cena y es cuando Jesús nos habla de la paz. En esos momentos de tensión necesitamos esa palabra que nos lleve a encontrar la serenidad para afrontarlo y a no perder la paz de nuestro corazón.

Así nos dice Jesús hoy: ‘La paz os dejo, mi paz os doy; no os la doy yo como la da el mundo. Que no turbe vuestro corazón ni se acobarde’. Les habla a los discípulos en aquel momento tenso de paz, les habla de mantenerse firmes, de no acobardarse, de no perder la paz en el corazón. Bien que les hacía falta frente a todo lo que iba a suceder que iba a ser un escándalo muy grande para ellos. Ya en el huerto, tras el prendimiento de Jesús, todos le abandonan y huyen; así nos lo dirá claramente el evangelista. Allí aparecería precisamente al frente de aquellos servidores del templo que parecían forajidos precisamente uno de los propios discípulos. No habían entendido antes las palabras de Jesús a Judas, por tendría que ser un golpe muy fuerte verlo traicionar a Jesús yendo al frente de los que iban a prenderle. ¿Podrían mantener la paz del espíritu? Abandonan y huyen.

Jesús ahora quiere hacer que se mantengan fuertes, que no se acobarden pase lo que pase; El les había anunciado todo lo que iba a suceder pero ellos no lo habían comprendido. Serán momentos difíciles cuando se vayan cumpliendo todas las palabras anunciadas por Jesús. Claro que necesitan la paz. Y no es una paz cualquiera. Claro que no será la paz a la manera como la gente del mundo entiende la paz. Muchas veces quizás queremos imponer la paz.

Por eso en los momentos previos a la pasión Jesús les está hablando de paz. Nos habla a nosotros hoy de paz; y pensamos en lo que vivimos, pensamos quizá primordialmente en la guerra de Ucrania por la cercanía en el espacio y en el tiempo, pero nos vamos olvidando de otros lugares del mundo que hoy también se ven amenazados. Olvidamos pronto quizás también momentos de guerras y tensiones que hemos vivido en los últimos tiempos en distintos lugares del mundo.

Y rezamos, es cierto, por la paz, y queremos que pronto callen las armas y se pueda comenzar una reconstrucción de cuanto ha sido destruido. Pero ¿serán solo los edificios, las obras civiles, lo material con toda la ruina económica que lleva aparejada lo único que habrá que reconstruir? Es lo primero en lo que pensamos cuando estamos tan ansiosos de paz. Pensamos quizás que con esa reconstrucción ya estaría todo hecho y se recobraría de nuevo la paz, pero ¿no habrá algo más hondo que reconstruir en el corazón de las personas o en las mismas instituciones sociales para llegar a encontrar una auténtica paz?

Toda esta crisis que vivimos nos ha llevado a una destrucción interior, porque nuestros corazones se han roto, porque hemos dejado de creer en los otros, porque se han ido sembrando unas semillas terribles en nuestros corazones que nos despiertan el orgullo, el odio, los deseos de venganza o de revancha, unas ansias de destruir muchas cosas o personas que nos han traído todo estos males que sufrimos. No podemos huir ni tirarnos al campo para hacer la guerra de la paz por nuestra cuenta o a nuestra manera.

Si mantenemos todo eso en el corazón no encontraremos la paz. Por eso nos dice Jesús que nos da la paz pero no como la da el mundo. Será algo más hondo lo que tenemos que reconstruir en nosotros para alcanzar esa verdadera paz. Es lo que Jesús nos ofrece. Es la salvación que en verdad nos regala. Son cosas muy concretas donde El quiere hacer presente su gracia. Sepamos ver ese regalo de la paz que Jesús quiere darnos.

lunes, 16 de mayo de 2022

Hemos de ser los enamorados de Dios que vayamos chorreando su amor allí donde estemos y con lo que vivimos por la fuerza del Espíritu que habita en nosotros

 


Hemos de ser los enamorados de Dios que vayamos chorreando su amor allí donde estemos y con lo que vivimos por la fuerza del Espíritu que habita en nosotros

Hechos de los apóstoles 14, 5-18; Sal 113; Juan 14, 21-26

Una mirada con los ojos del amor nos hará ver y descubrir lo que por ningún otro medio podemos conocer. ¿Por qué me conoces tanto? Le preguntaba un hijo a su madre; porque te amo, le respondía. El amor verdadero nos lleva a esa unión tan profunda que no será necesario que nos cuenten lo que nos sucede, para que los ojos del amor lo descubran.

¿Por qué nos descubres esas cosas a nosotros y no a los demás? Le pregunta un discípulo a Jesús cuando de alguna manera se sentía emocionado por la confidencia de amor que Jesús les iba haciendo, y en una palabra Jesús podía haberle dicho, porque os amo. Es lo que de alguna manera le responde aunque otro sea el circunloquio de las palabras. ‘Señor, ¿qué ha sucedido para que te reveles a nosotros y no al mundo?’,  le decía Judas, no el Iscariote sino Judas Tadeo, a Jesús. Y este le respondía: ‘El que me ama guardará mi palabra, y mi Padre lo amará, y vendremos a él y haremos morada en él’.

Todo es un círculo de amor, respuesta de amor y revelación de amor, comunión de amor de tal manera que se siente habitado por el amor de Dios, por Dios mismo. ¿No es lo que sucede cuando dos personas se aman de verdad? Ya parece que no hay sino una sola vida; los enamorados de verdad ven por los ojos del otro, hablan con las palabras del otro, parece que respiran con el respirar del otro, porque se sienten como una única vida.  Y eso es lo que tenemos que vivir desde nuestra relacion con Dios.

Podemos tener la tendencia de convertir nuestro ser cristiano en aprendernos una doctrina, tener como un catálogo de las cosas que tenemos que hacer, o como se dice ahora, unos protocolos que seguir. Pero creer en Jesús para seguirle, para ser verdaderamente su discípulo es algo mucho más sencillo, porque es como dejarse envolver por el amor de Dios, que es mucho más que una envoltura externa que nos de unas apariencias, porque casi la palabra que tendríamos que emplear es empaparnos del amor de Dios. Cuando de verdad empapamos algo en un líquido luego ese objeto empapado va como chorreando allá por donde vaya aquello de lo que está empapado. Es lo que tendría que ser nuestra vida cristiana; tenemos que ir chorreando ese amor de Dios del que estamos empapados.

Por eso Jesús nos habla de la presencia del Espíritu en nuestra vida. Nos dice que nos lo revelará todo. Cómo querrían tener consigo siempre a Jesús sus discípulos para no olvidar todo aquello que les va revelando y que algunas veces tanto les cuesta no solo recordar sino entender, asumir para sus vidas. Qué bueno sería que Jesús no les faltara nunca. Es lo que Jesús les está prometiendo. ‘Os he hablado de esto ahora que estoy a vuestro lado, pero el Paráclito, el Espíritu Santo, que enviará el Padre en mi nombre, será quien os lo enseñe todo y os vaya recordando todo lo que os he dicho’.

Es el Espíritu Santo el que habitará en sus corazones para poder sentir y vivir esa presencia del amor de Dios en sus vidas; es el Espíritu Santo el que transformará nuestras vidas para ser capaces de no solo vivir ese amor de Dios, sino luego empapar de ese amor cuanto nos rodea.

‘Mi Padre lo amará, y vendremos a él y haremos morada en él’, nos decía Jesús. Seremos ese templo del Espíritu, esa morada de Dios, porque nos llenaremos de su amor. Y eso, ¿cómo se manifiesta en nuestra vida? ¿Serán esas las señales que nosotros damos con nuestra manera de vivir como cristianos? Claro que tendríamos que comenzar por preguntarnos si somos esos enamorados de Dios. Quizá nuestro amor sea pobre, le falte intensidad, se nos quede en le epidermis de la vida, no lleguemos a ser esos empapados del amor de Dios. Es algo que tenemos que cuidar.

domingo, 15 de mayo de 2022

Palabras muy convincentes tienen que decirnos para que levantemos nuestro espíritu y comience a arder la llama de la esperanza en el corazón y la palabra clave es el amor

 


Palabras muy convincentes tienen que decirnos para que levantemos nuestro espíritu y comience a arder la llama de la esperanza en el corazón y la palabra clave es el amor

Hechos 14, 21b-27; Sal 144;  Apocalipsis 21, 1-5ª; San Juan 13, 31-33a. 34-35

Poco pueden convencernos cuando tratan de decirnos palabras de ánimo cuando estamos pasando por momentos difíciles, con problemas que se nos amontonan, con agobios y preocupaciones que nos lo hacen ver todo oscuro. Siempre llegará alguien a nuestro lado que pretenderá con palabras de ánimo levantar nuestro espíritu para que nos mantengamos en la lucha, pero nos sentimos como sin fuerzas para seguir batallando.

Palabras muy convincentes tienen que decirnos para que levantemos nuestro espíritu y comience a arder la llama de la esperanza en el corazón. Algunas veces podremos incluso sentirnos como desconcertados con aquello que pretenden decirnos con la mejor buena voluntad. El dolor lo llevamos en el alma y cuesta mitigarlo. Pueden ser diversas las situaciones en que nos encontremos, pero son cosas que nos suceden.

Las palabras de Jesús en aquella noche de la cena pascual de alguna manera los desconciertan. Aunque quizás desconcierta más la serenidad de espíritu con que Jesús va afrontando todo aquello que al mismo tiempo les va anunciando. Diversas han sido las señales que han ido apareciendo a lo largo de la cena, diversos los gestos y los signos que Jesús ha querido ir realizando.

Pero ya claramente ha hablado de traición y de negaciones, quizás ya en este momento el traidor ha marchado a hacer lo que tenía que hacer, como el mismo Jesús le había dicho. Las palabras de Jesús suenan a despedida y no pueden menos de recordar, aunque no lo entiendan, lo que les había ido anunciando que el Hijo del Hombre había de ser entregado en manos de los gentiles. Todo está creando una sensación y un ambiente muy especial en torno a aquella mesa.

Y ahora Jesús habla de glorificación. Ha llegado la hora de la glorificación; Dios será glorificado y el Hijo va a ser también glorificado. Pero entre sombras ha ido apareciendo el anuncio de despedida y de muerte. Pero Jesús habla con toda contundencia de esa hora de glorificación. ¿Cómo puede haber glorificación cuando todo podría parecer un fracaso? Todas aquellas expectativas sobre el Mesías parecían venirse abajo ¿y habla Jesús de glorificación, de la gloria de Dios?

Y es aquí donde tenemos que entender todo aquello que va a suceder. Todo va a ser la gran manifestación de lo que es el amor de Dios que en Jesús se está manifestando. Nos ha entregado a su Hijo; el Hijo se va a entregar en la entrega más suprema que es la prueba más maravillosa de lo que es el amor verdadero.

Nadie tiene amor más grande que el de aquel que entrega su vida por los demás. Y allí se está manifestando el amor. Todo aquello no va a ser un fracaso sino un triunfo y una victoria. Es la victoria de la vida sobre la muerte, es la victoria del amor sobre el odio en que nos embarramos los hombres, es la victoria del amor infinito de Dios. Jesús va a ser glorificado, porque al tercer día resucitará.

Claro que los discípulos tendrán que pasar por esos momentos de tinieblas y de sombras. Pero la Palabra de Jesús es fiel y se cumplirá. Será glorificado, resucitará al tercer día, le podremos contemplar sentado a la derecha de Dios cuando terminemos contemplando su ascensión al cielo. Pero Jesús quiere que nosotros sigamos dando la señal de la glorificación. Nos dejará un mandamiento, el mandamiento del amor, que nos amemos, que nos amemos los unos a los otros como El nos ha amado. Será el signo de la victoria y de la glorificación con que daremos señales de nuestra fe en Jesús en medio del mundo.

Porque nos amamos y nos amamos de verdad haremos creíble la Palabra que anunciamos. Es la palabra clave. Es el testimonio de nuestra fe, pero es el testimonio de la victoria del amor. Es lo que necesita el mundo para creer y quizás nosotros los cristianos no estamos dando verdaderamente ese testimonio. Aunque hoy todo el mundo hable del amor, la música y las canciones nos lo repitan hasta la saciedad, aunque todos vayamos diciendo sí al amor y no a la guerra, no es precisamente el amor lo que más resplandece en nuestro mundo.

Envueltos en coloristas papeles de regalos que nos hablan de amor, seguimos con nuestros egoísmos y con nuestras insolidaridades, mantenemos nuestras discriminaciones escogiendo muy mucho a aquellos a los que decimos amar sin que sea un amor universal, seguimos hablando de amor solamente como una pasión, no terminamos de desprendernos de nosotros mismos para abrir el corazón a un amor verdadero. Y es lo que los discípulos de Jesús tenemos que testimoniar con valentía y con arrojo.

Pero es que también en ese ambiente tenso que se vive hoy en nuestra sociedad con tantas cosas llenas de negruras que se han ido sucediendo, también necesitamos escuchar estas palabras de Jesús que quieren ser palabras de ánimo y de esperanza. Nos cuesta quizás escucharlas y entenderlas, porque las oscuridades también nos pueden envolver y hacer perder la esperanza.

Pero nosotros ya sentimos la presencia de Cristo resucitado en medio nuestro, estamos viviendo el tiempo pascual, y es ese rayo nuevo de luz y de esperanza que recibimos para nuestra vida, para seguir el camino, para seguir poniendo esos pasos necesarios para lograr esa paz que tanto necesitamos.

sábado, 14 de mayo de 2022

Cuando nos encontramos con quien disfruta sintiéndose amado tendrá un brillo distinto en sus ojos, es lo que los cristianos tenemos que reflejar, Jesús nos llama amigos

 


Cuando nos encontramos con quien disfruta sintiéndose amado tendrá un brillo distinto en sus ojos, es lo que los cristianos tenemos que reflejar, Jesús nos llama amigos

Hechos de los apóstoles 1, 15-17. 20-26; Sal 112; Juan 15, 9-17

Queremos ser felices. ¿Quién me dice lo contrario? Claro, que queremos ser felices. Pero, ¿seremos felices de verdad? Ya sé, lo intentamos, lo buscamos, queremos manifestarnos con rostro de felicidad, pero ¿seremos capaces de darnos cuenta de que muchas veces, incluso en esas personas que se dicen felices, no tienen verdadera alegría? Todos cantamos, nos reímos, gritamos, queremos dar muchas señales de felicidad, pero muchas veces nos puede faltar la alegría. Y la alegría no es una cosa que pueda ser impuesta, tiene que nacer de algo hondo que llevemos dentro; no la podemos cubrir con sustitutivos. Aunque muchos sustitutivos nos vamos inventando para ello.

No quiero pecar de pesimista ni tengo que contagiar con mis preocupaciones o quizás también la falta de alegría que pudiera estar padeciendo. Tenemos que buscar remedio para que nuestras risas nazcan de lo más hondo; para que esos gritos de alegría que damos en muchas ocasiones cuando nos llenamos de euforia por alguna cosa nazcan de una alegría verdadera.

No sé, pero me atrevo a decir que esto de la alegría de lo que estoy queriendo hablar es algo que está muy al lado de lo de sentirse amado y lo de ofrecer un amor muy generoso y altruista. Sí, el amor nos hará desprendernos de nuestras tristezas, el amor nos ayudará a encontrar motivos de verdadera alegría. Cuando nos encontramos con alguien que disfruta sintiéndose amado vamos a verle un brillo distinto en sus ojos, vamos a encontrar una serenidad nueva y distinta en su vida, vamos a descubrir una fortaleza interior que le hace afrontar de una forma distinta aquellas cosas con las que vamos tropezando en la vida y podrían llenarnos de preocupaciones o mermar nuestra alegría.

Quien se siente amado se siente seguro, desaparecen sus miedos y temores, se le acaban las timideces y falsas humildades. Quien se siente amado de verdad se sentirá con una libertad interior en la que no habrá nada que le ate ante lo bueno que quiere trasmitir a los demás. Quien se siente amado se sentirá fuertemente impulsado para ir al encuentro de los demás derramando optimismo, llevando una visión de luz en sus ojos, creyendo en los demás y haciendo que los que se contagian de su alegría comiencen también a creer en si mismos.

Hoy nos viene a recordar Jesús que somos amados y que tenemos todos los motivos para vivir la alegría más honda. Es su revelación. Es su Buena Noticia. Es su Evangelio. Dios nos ama. Y porque nos ama nos ha enviado a Jesús. Es la prueba y la señal del amor que Dios nos tiene. ‘Tanto amó Dios al mundo, que nos envió a su Hijo único’, que hemos recordado tantas veces. Y en Jesús contemplamos todo ese amor que Dios nos tiene.


Y como nos dice hoy nos ha revelado todo esto para que nuestra alegría sea completa; para que no nos falten motivos de alegría. A pesar de las sombras que podamos encontrar en la vida y en el mundo; nos sentimos impulsados por ese fuego de amor divino. Y nos dice aún algo más que tiene que motivar mucho más nuestra alegría. ‘Ya no os llamo siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su señor: a vosotros os llamo amigos, porque todo lo que he oído a mi Padre os lo he dado a conocer’. Somos sus amigos, somos sus amados, El nos lo ha revelado todo.

Pero ahora viene una pregunta interesante que nos tendríamos que hacer aquellos que tenemos todas las razones para vivir alegres. ¿En verdad los cristianos damos señales de esa alegría? Es serio que nos lo preguntemos. Es serio que nos lo planteemos. Porque no es esa muchas veces la imagen que damos.

Quien cree en la Palabra de Jesús no puede ir de amargado por la vida. Y algunas veces por las expresiones de nuestros rostros ésa es la imagen que damos; y seguimos con nuestros miedos y cobardías, y seguimos con nuestras dudas, y seguimos pensando en nosotros mismos y no terminamos de darnos, no terminamos nosotros de amar de verdad. Y nos queda un pozo de tristeza en el alma. Esos pozos negros tenemos que desterrarlos de una vez para siempre de nuestra vida de cristianos.

viernes, 13 de mayo de 2022

Aprendamos a confiar, a poner de verdad toda nuestra fe en Jesús, no nos falte la paz en nuestro espíritu, es como podremos descubrir caminos nuevos

 


Aprendamos a confiar, a poner de verdad toda nuestra fe en Jesús, no nos falte la paz en nuestro espíritu, es como podremos descubrir caminos nuevos

Hechos de los apóstoles 13, 26-33; Sal 2; Juan 14, 1-6

A veces parece que nos caen en tromba las noticias, los acontecimientos, los sucesos que nos pueden afectar de alguna manera a nuestra vida y terminamos quedándonos como descolocados porque nos cuesta asumir las diversas cosas que nos han contando, nos cuesta comprender porque están pasando las cosas que tanto daño nos hacen o nos podemos referir a los mismos acontecimientos de la sociedad en que parece que hay momentos que son especialmente negros.

Podemos pensar en lo que nos ha tocando enfrentar en estos últimos tiempos en nuestra sociedad, pandemias, crisis económicas, desorganización de la vida que os obligan a nuevos protocolos de forma de vivir, y para colmo nos encontramos en tiempos de guerra en las puertas de Europa que no está tan lejana de nosotros y que no terminamos de ver el rumbo que van a tomar las cosas. Nos cuesta tomar decisiones que nos puedan afectar en un futuro, algunas veces nos cuesta entender las cosas más elementales, porque no hacemos sino pensar en esas oscuridades y turbulencias de la vida, y nos cuesta hasta lanzarnos con arrojo a emprender cosas en la vida. Decimos que no queremos perder la paz, pero dentro de nosotros nos corroen el pensamiento muchas cosas.

Aquella noche de la cena de Pascua de los discípulos con Jesús fue de esos momentos en los que se van sucediendo tantas cosas, se tienen presentimientos de lo que va a suceder aunque no saben por donde va a salir todo, en que tenían que estar produciéndose en su corazón una fuerte revoltura de la que no sabían como salir. Eran las palabras de Jesús con sus anuncios, fueron aquellos gestos con los que Jesús quiso comenzar la cena, estaban aquellas palabras que para ellos resultaban enigmáticas que le había dirigido a Judas de que lo que tenia que hacer que lo hiciera pronto, estaba la desenvoltura de Pedro que decía que estaba dispuesto a todo por Jesús, pero que éste le había hecho anuncio de negaciones y traiciones, ahora hablaba Jesús de vuelta al Padre, de preparar unas estancias, de una nueva venida para buscarles, pero todo se les hacía incomprensible.

Por allá sale uno diciendo que no entiende de caminos, que no saben cual es el camino y que definitivamente Jesús se los enseñe. No terminan de entender las Palabras de Jesús. ‘Yo soy el camino y la verdad y la vida. Nadie va al Padre sino por mí’, les señala tajantemente Jesús a ver si por fin comprenden. Viendo el estado de ánimo, en cierto modo revuelto, en que se encuentran Jesús ha comenzado invitándoles a no perder la paz, a sentirse seguros, a confiar en El y en su Palabra. Pero les resulta difícil. Son muchas las cosas que se están sucediendo y tenemos el peligro de perder la paz en el c corazón.


Es lo que necesitamos escuchar nosotros. En el mundo revuelto en que vivimos, en medio de tantas cosas que se van sucediendo, con la misma situación que vemos en la Iglesia, o el desánimo de tantos cristianos a nuestro alrededor que abandonan el barco, como se suele decir, que van dejando de lado valores religiosos, principios cristianos, dejándose influir por tantas cosas que vemos en nuestro entorno en la sociedad. Y podemos perder los ánimos, podemos perder la paz. Tenemos que aprender a confiar, a poner de verdad toda nuestra fe en Jesús.

Se nos abren caminos delante de nosotros y podemos tener la esperanza de una renovación de tantas cosas; tenemos delante a Jesús que nos está señalando el camino porque no nos está pidiendo otra cosa sino que hagamos como El, porque se puede despertar una esperanza, porque el final podemos ver luz si nos llenamos de la vida de Jesús, que para eso es el camino y la verdad y la vida.

‘No se turbe vuestro corazón, creed en Dios y creed también en mí’, nos dice Jesús. No nos falte la paz en nuestro espíritu, es como podremos descubrir caminos nuevos.

jueves, 12 de mayo de 2022

Escuchemos con espíritu humilde y corazón abierto la palabra de Jesús para no contagiarnos del espíritu del mundo ansiosos de alcanzar el poder que nos aleja del evangelio


 

Escuchemos con espíritu humilde y corazón abierto la palabra de Jesús para no contagiarnos del espíritu del mundo ansiosos de alcanzar el poder que nos aleja del evangelio

Hechos de los apóstoles 13, 13-25; Sal 88; Juan 13, 16-20

En las costumbres y hasta normas sociales con las que nos vivimos y relacionamos los unos con los otros tenemos una multitud de recursos, llamémosles así, en los que actuamos por la mediación de los demás o como mediación de los demás, que incluso se han traducido en normas legales que le dan como mayor autoridad y validez a esas mediaciones; gentes que actúan por poder, abogados que nos representan y hablan en nombre nuestro o defienden nuestros intereses, portavoces de grupos o de familias en diversas situaciones y así muchas cosas más en este sentido. Quien actúa como mediador o en representación no se puede atribuir papeles o poderes que superen a quien es representado, ni podrán actuar en contra o por encima de los intereses de dichas personas que representan. Así nos damos cuenta, que además hasta legalmente está establecido cual es la verdadera medida de esa representación.

Digo esto como ejemplo y me viene a la memoria al escuchar las palabras hoy de Jesús. ‘El criado no es más que su amo, ni el enviado es más que el que lo envía. Puesto que sabéis esto, dichosos vosotros si lo ponéis en práctica’. Primero recordemos el hecho del que parten estas palabras de Jesús. El episodio es el comienzo de la cena pascual. Jesús se ha quitado el manto, se ha ceñido la toalla y se ha puesto a lavar los pies de los sorprendidos discípulos. Y cuando termina recordándoles que le llaman el Maestro y el Señor y en realidad lo es, sin embargo ha sido capaz de arrodillarse delante de sus discípulos para lavarles los pies. Y de ahí el comentario de las palabras de Jesús que hemos recordado.

En el texto que hoy se  nos ofrece en la liturgia de este día Jesús terminará diciéndonos que somos sus enviados. Quien recibe el enviado, recibe al que lo envía, y así Jesús nos dirá como estamos recibiendo a Dios. Es un nuevo y distinto sentido de mediación. No es simplemente que vayamos con unos poderes legales, como al principio comentábamos, aunque Jesús cuando envía a sus discípulos les da sus mismos poderes para anunciar la Buena Nueva, para curar enfermos y para arrojar demonios. Y es que sintiéndonos enviados de Jesús en la misión que se nos confía y que tenemos que realizar, estamos convirtiéndonos en algo más, estamos convirtiéndonos en signos de la presencia de Dios.

Esto es serio y es grandioso. Es cómo tenemos que ver nuestra misión. Es darnos cuenta de lo que nosotros tenemos que realizar en medio del mundo. Somos algo más que unos portavoces porque nuestra vida y nuestra palabra tienen que convertirse en ese signo de la presencia salvadora del Señor. Es grandiosa la misión que se nos está confiando, es de seria responsabilidad la misión que estamos asumiendo; es lo que tiene que brillar en nuestra vida. Es el cuidado también de lo que nuestra palabra tiene que pronunciar y lo que nuestras obras tienen que realizar. No nos podemos alejar del evangelio de Jesús, no nos podemos alejar del mensaje del Reino de Dios que Jesús nos anuncia.

‘Puesto que sabéis esto, dichosos vosotros si lo ponéis en práctica’, nos dice Jesús. La iglesia tiene que escuchar en sí misma estas palabras de Jesús. El criado no es mayor que su amo, ni el enviado mayor del que lo envía. ¿Lo habremos tenido en cuenta siempre? ¿No nos contagiaremos del espíritu del mundo y algunas veces porque actuamos como iglesia o en nombre de la Iglesia, se nos habrán subido los humos y nos habremos creído poco menos que dioses?

Es un peligro y es una tentación. Es la tentación del poder, de la búsqueda de grandezas humanas, de querer ponernos a la altura de los poderes del mundo, y algunas veces nos hemos confundido y hemos querido quizá ser mayores que nuestro maestro.

¿No habremos querido hacer y deshacer a nuestro antojo en muchas de las cosas que llamamos pastorales y que en la Iglesia o en su nombre realizamos? ¿Habrá sido siempre la Iglesia imagen del servicio a los demás y a ejemplo de Jesús que se arrodilló ante de los discípulos para lavarles los pies? Puede haber sido nuestro gran pecado.

Tenemos que escuchar con corazón humilde, con corazón abierto la palabra de Jesús.

miércoles, 11 de mayo de 2022

Creemos en Jesús y en El encontramos la Luz, comenzamos a encontrar el camino, se disiparán las tinieblas que tantas veces nos oprimen y todo es vida para nosotros

 


Creemos en Jesús y en El encontramos la Luz, comenzamos a encontrar el camino, se disiparán las tinieblas que tantas veces nos oprimen y todo es vida para nosotros

Hechos de los apóstoles 12, 24 — 13, 5ª; Sal 66; Juan 12, 44-50

Triste, duro, peligroso es caminar en una noche oscura sin ninguna luz. No sé si les habrá pasado en alguna ocasión que caminando en la noche por lugares apartados, de repente el coche se haya quedado sin luz. Qué abismos se nos abren ante nosotros en la oscuridad, aunque quizá el camino esté bien cerca; nos encontramos perdidos, desorientados, ante los posibles peligros no sabemos hacia donde dirigirnos. En esas oscuridades de caminos oscuros podemos tener algunos sucedáneos que momentáneamente nos puedan resolver algo, pero necesitamos la seguridad de una luz que no nos falle.

Pero no he comenzado esta reflexión por ahí simplemente para que contemos anécdotas, sino que puede ser una buena imagen de cómo podamos encontrarnos en la vida. Necesitamos un norte, como decimos en nuestras latitudes, necesitamos algo que nos dé sentido, necesitamos encontrar caminos seguros y hay muchos sucedáneos a nuestro alrededor, muchas luces que quisieran ser señeras y que nos atraen y nos pueden confundir.

Siempre el hombre se ha preguntado por si mismo y por el sentido de su vida, y aunque algunos digan que no creen en nada sino que lo que quieren es vivir la vida, en el fondo están encontrando un sentido, algo que dé valor, algo que nos haga sentirnos seguros en lo que hacemos. Podremos disimular falsa felicidad o podemos querer dar apariencia de que tenemos tranquilidad, pero en el fondo nos preguntamos por algo, en el fondo estamos necesitando de alguna luz. Y cada uno tenemos nuestros por qué, nuestras razones, nuestro sentido, nuestro camino o la apariencia de alguna luz; y nos vamos influyendo los unos a los otros, pero seguimos buscando en nuestro interior.

Hoy Jesús nos deja dicha una cosa importante. Algo que se nos repetirá a lo largo de todo el evangelio, pero de manera especial en este evangelio de Juan. Es el tema de la luz repetido en diversas imágenes, en diversos signos, en palabras concretas de Jesús como las que hoy escuchamos.

Son significativas en el evangelio las curaciones de los ciegos. Lo habían anunciado los profetas. Eran las señales del Reino. Encontrar la luz. La luz que quería brillar entre los hombres, pero las tinieblas, los que andaban en tinieblas la rechazaron. Pero es continua esa imagen que se repite a lo largo de todo el Evangelio. Es que la Buena Noticia de Jesús nos trae la luz, quiere disipar las tinieblas de nuestro mundo, viene a ayudarnos a encontrar el sentido y el camino de nuestra vida. El camino de la piscina de Siloé – el enviado - es bien significativo para que el ciego de nacimiento recobre la luz de sus ojos. Nos encontramos con el enviado del Padre como hoy mismo nos está diciendo Jesús.

‘El que cree en mí, no cree en mí, sino en el que me ha enviado. Y el que me ve a mí, ve al que me ha enviado. Yo he venido al mundo como luz, y así, el que cree en mí no quedará en tinieblas’.

Creemos en Jesús que es creer en quien le ha enviado. Creemos en Jesús y en El encontramos la Luz. Creemos en Jesús y comenzamos a encontrar el camino. Creemos en Jesús y se disiparán las tinieblas que tantas veces nos oprimen. Creemos en Jesús y todo es vida para nosotros, porque la vida adquiere un nuevo sentido. Pongamos nuestra fe en Jesús y nunca nos veremos defraudados. El ha venido al mundo como luz para que no queremos en tinieblas. Es la luz que es vida y que es salvación, es la luz que nos arranca de las tinieblas y en la que vamos a encontrar el perdón. No rechacemos la luz.

martes, 10 de mayo de 2022

Intentemos caminar siguiendo los pasos de Jesús, escuchemos su voz, construyamos nuestra vida desde los valores profundos que harán en verdad grande a la persona

 


Intentemos caminar siguiendo los pasos de Jesús, escuchemos su voz, construyamos nuestra vida desde los valores profundos que harán en verdad grande a la persona

Hechos de los apóstoles 11, 19-26; Sal 86; Juan 10, 22-30

Mala cosa es que vayamos por la vida con ideas preconcebidas sobre algo, con una imagen que nos hayamos hecho de una persona, con prejuicios sobre cómo va a ser la manera de actuar, por ejemplo, de una persona determinada. No vamos a ver sino lo que llevamos en la cabeza, nada nuevo ni distinto vamos a aceptar, nadie nos va a poder quitar la idea que llevamos dentro.

Cuántas veces decimos eso no me va a gustar, y quizás nos vemos obligados por las circunstancias a asistir aquello que decíamos que no nos iba a gustar y por muy interesante que sea lo que allí se desarrolle o la mayor riqueza o belleza que pueda tener, ya íbamos con la idea preconcebida de que no nos iba a gustar, y no nos gustará, incluso lo pasaremos más por vernos obligados a asistir. Pasan así tantas cosas en la vida, tan llenos andamos de prejuicios o de ideas preconcebidas, marcados quizás por una ideología, o por los ‘influencers’ como ahora se dice, que nos van marcando rutas para lo que aplaudamos o no.

Eso pasaba con Jesús tal como nos lo cuenta el evangelio en diversos episodios. Era galileo y de Galilea no podía salir ningún profeta y no podían aceptarlo; no se mostraba amigo de los poderosos sino que a todos ponía en su sitio porque lo que pedía era autenticidad y no era profeta de su agrado; se mezclaba con toda clase de gentes, comía con publicanos y con pecadores, no podía ser un hombre bueno; no era el Mesías guerrero que ellos se habían preconcebido, y no podían aceptarlo porque el Mesianismo que Jesús presentaba iba por los corazones y por la autenticidad de una vida; lo que hablaba ponía en solfa a los que se consideraban dirigentes del pueblo y como iba en contra de sus posicionamientos no lo podían aceptar. Eran muchos los prejuicios que pesaban en sus corazones.

¿Era Jesús un revolucionario? En verdad quería que todo cambiara, que otras fueran las actitudes, que de otra manera fuera la relacion con Dios, pero esas revoluciones no las entendían. Tampoco los que se consideraban más revolucionarios y en contra de los dirigentes actuales, aunque algunos se habían hecho sus discípulos, no estaban por la labor de seguir con el estilo que Jesús estaba planteando. Aquella buena nueva de Jesús de nueva vida y de salvación donde no cabían los remiendos y los apaños, era algo que no les convencía. No podían aceptar a Jesús.

Jesús no se identifica con el líder político y militar que se oponga a la dominación romana, sino que Jesús va más por la imagen del Mesías de la profecía davídica encarnado en el pastor del profeta Ezequiel que ‘apacienta a sus ovejas y las hace reposar, busca la oveja perdida, recoge a la descarriada, venda a las heridas, fortalece a la enferma’. Es la imagen con la que Jesús se nos presenta en el evangelio, no solo en las palabras que hoy le escuchamos pronunciar, sino en lo que han sido sus actitudes y su manera de actuar acercándose a los sencillos y a los pobres, acogiendo a los pecadores y sanando a los enfermos como un signo y señal de lo que en verdad quiere realizar en nuestros corazones.

El es el Pastor y los que en verdad son sus ovejas le escuchan y le siguen y se alimentan de sus pastos de vida eterna. El viene para ofrecernos vida, pero no una vida cualquiera; no es una vida que nos produzca un bienestar pasajero como tantos Mesías de hoy siguen ofreciéndonos cuando quieren hacernos soñar con un paraíso en la tierra, esa llamada sociedad del bienestar. Son otros los caminos de vida que Jesús nos ofrece y que no son perecederos, porque El nos ofrece vida eterna.

No significa que no quiera Jesús que vivamos mejor y más felices en esta tierra que nos toca pisar, porque si en verdad aceptáramos esos nuevos valores que se nos ofrecen desde el evangelio, otra sería nuestra vida y caminaríamos por caminos de verdadera justicia y alcanzaríamos la paz que nadie jamás nos podría quitar. Pero ya sabemos cómo andamos por este mundo, se nos ofrecen muchas cosas, pero la maldad sigue perdurando en el corazón, pensamos que todo hemos de construirlo sobre bases materiales y un día se nos derrumban esos pilares que creíamos tan fuertes, y así nunca podremos alcanzar esos caminos de vida nueva. No nos dejemos envolver por ese materialismo de la vida. Démosle mayor profundidad a cuanto hacemos. Pongamos siguientes de verdadera espiritualidad.

Intentemos caminar los caminos de Jesús, escuchemos su voz, sigamos sus pasos, alimentémonos de esa vida nueva que nos ofrece, construyamos nuestra vida desde esos valores profundos que harán en verdad grande a la persona, y no olvidemos nunca la trascendencia de vida eterna que tenemos que darle a cuanto hacemos.

 

lunes, 9 de mayo de 2022

Jesús es la Puerta acogedora que nos lleva a encontrar los pastos de vida eterna y recordemos que hemos de ser signos de esa puerta de Jesús siempre abierta para los demás

 


Jesús es la Puerta acogedora que nos lleva a encontrar los pastos de vida eterna y recordemos que hemos de ser signos de esa puerta de Jesús siempre abierta para los demás

Hechos de los apóstoles 11, 1-18; Sal 41; Juan 10, 1-10

Que a gusto nos sentimos cuando somos recibidos a la puerta de la casa que se abre para nosotros invitándonos a entrar. No es lo mismo ser recibidos a la puerta, por mucha que sea la amabilidad que se nos muestre si no nos permiten traspasar el umbral. Una puerta abierta es signo de acogida, de apertura de algo más que las paredes de un hogar, porque es de alguna manera poner a nuestra disposición todo el cariño y el amor que en ese hogar se vive haciéndonos partícipes de su amistad y de su vida. Demasiadas puertas cerradas nos vamos encontrando en la vida, no solo porque con los miedos y la intranquilidad que se vive se mantienen cerradas a prueba de intrusos y ladrones, sino porque puede ser signo también de la cerrazón con que vivimos muchas veces la vida con nuestras desconfianzas.

Hoy Jesús nos dice que El es la puerta. Nos está hablando del aprisco de las ovejas, porque se nos vienen ofreciendo esos textos que hacen referencia a Jesús Buen Pastor, y diciéndonos que El es el verdadero Pastor de nuestra vida, nos está diciendo que es el Puerta por donde tenemos que entrar. ‘Yo soy la puerta, nos viene a decir, quien entre por mí se salvará y podrá entrar y salir, y encontrará pastos’.

Nos vienen a la memoria otros textos del evangelio donde nos hablará de cómo El es la puerta y el camino de la salvación. ‘Yo soy el Camino, y la Verdad, y la Vida’, nos dirá en otra ocasión, ‘y nadie va al Padre sino por mí’. Por eso nos dirá que conociéndole a El conoceremos al Padre porque viene a ser el verdadero rostro de Dios. No quiere otra cosa Jesús sino cumplir la voluntad del Padre, para eso ha venido y eso es lo que El nos quiere trasmitir. Su alimento es hacer la voluntad del Padre. Porque El ha venido para que tengamos vida y la tengamos en abundancia.

Una hermosa consideración que se nos hace hoy en el texto sagrado que nos ofrece la liturgia que tiene que despertar en nosotros ese deseo de conocer a Jesús. Son textos que tenemos que rumiar una y otra vez para que así lleguemos a encontrar todo ese sabor de vida eterna que siempre en la Palabra de Dios vamos a encontrar. No nos cansemos de querer conocer a Jesús, no nos cansemos de adentrarnos una y otra vez en las páginas del evangelio. Es conocer a Jesús, es empaparnos de Jesús, es dejarnos conducir por su Espíritu para que por El lleguemos a alcanzar la vida eterna.

En Jesús siempre vamos a encontrar esa puerta abierta. Esa hermosa acogida, como decíamos antes, que nos hace sentirnos bien, cuando se nos invita a traspasar el umbral. Es la hospitalidad y es la acogida, es el ofrecernos el descanso del hogar en la suavidad del amor donde encontraremos el agua fresca que sacie nuestra sed y donde se nos ofrece el pan que nos haga recuperarnos del duro camino.

‘Venid y aprended de mí, nos dirá en otra ocasión, venid todos los cansados y agobiados y en mi encontraréis vuestro descanso’. La puerta que nos introduce en el aprisco, lugar de resguardo y descanso para las ovejas, siguiendo con la imagen que se nos está ofreciendo estos días; pero es la puerta que nos lleva a encontrar los pastos de vida eterna. Ya hemos venido reflexionando en la pasada semana cómo El se nos ofrece como alimento de vida eterna, cuando nos dice que El es el Pan de Vida y que quien le come vivirá por El, tendrá vida eterna.

Todo eso es Cristo para nosotros. Pero no olvidemos que de todo eso también nosotros tenemos que ser signos de Cristo para los demás. No cerremos puertas en el camino de la vida, abramos el corazón y seamos también nosotros acogedores de los que pasan a nuestro lado en el camino de la vida; así nos convertiremos en verdaderos signos del amor de Jesús, de la Puerta abierta que Jesús siempre será para todos.

 

domingo, 8 de mayo de 2022

Busquemos ser esa Iglesia comunidad acogedora, esa Iglesia pueblo que camina, esa iglesia que se siente familia y miembros de un mismo pueblo

 


Busquemos ser esa Iglesia comunidad acogedora, esa Iglesia pueblo que camina, esa iglesia que se siente familia y miembros de un mismo pueblo

Hechos 13, 14. 43–52; Sal 99; Apocalipsis 7, 9. 14b-17; Juan 10, 27-30

En la vida que vivimos, más urbana, más alejada del entorno natural de nuestros campos y de los cultivos tradicionales y del estilo de ganadería de otros tiempos, las imágenes de un rebaño nos resultan extrañas, como restos de otras épocas y parece que ya nada pueden decirnos al hombre de hoy. Nos queda el remedio de los medios de comunicación, de la televisión y de documentales que algunas veces tratan de trasmitirnos hechos o costumbres de otras épocas para que podamos volver a contemplarlas. Nos quedan restos en los reclamos de los caminos de la trashumancia por los que eran llevados de un sitio para otros buscando mejores pastos para el ganado.

La imagen de un rebaño que es conducido de un lugar para otro puede llevarnos a una cierta confusión porque algunas veces pensamos en un camino irracional e instintivo el que realiza el ganado, pero los ganados escuchan una voz que les guía porque conocen al pastor que está a su cuidado, son conducidos no tan irracionalmente por unos perros pastores que incluso los protegen, lo que nos puede sin embargo manifestar una fuerza de unidad muy grande que pueda ser bien significativa y de gran enseñanza para nosotros.

Son las imágenes que se nos ofrecen en el evangelio y en toda la Palabra de Dios de este domingo que precisamente es llamado el domingo del Buen Pastor. Por eso la liturgia nos hará repetir como un eco que se nos mete en nuestras entrañas aquello de que ‘nosotros somos su pueblo y ovejas de su rebaño’. Ovejas de su rebaño recordándonos las imágenes que se repiten en el evangelio y toda la Palabra proclamada pero que formamos un pueblo. Un rebaño que es pueblo nos viene a decir, un rebaño que mantiene una unidad pero un rebaño que se viene a constituir en comunidad, que es el pueblo de Dios que camina unido.

Ni el rebaño se constituye simplemente porque juntemos unas ovejas, ni el pueblo se hace simplemente porque vivamos en un mismo lugar. Es necesario algo más, las ovejas conocerán a su pastor y aunque estén con otras ovejas solamente seguirán el silbo y la voz del que es su pastor; el pueblo no es solo la formación de unos edificios los unos junto a los otros, sino que lo hará la convivencia entre quienes forman aquella comunidad y convivencia es mucho más que estar los unos al lado de los otros.

La convivencia la conseguimos cuando queremos caminar juntos, cuando llevamos a compartir metas los unos con otros y somos capaces de aunar esfuerzos para lograr nuestras metas, cuando somos capaces de trazarnos un camino y luchamos por hacerlo siendo capaces de tendernos la mano los unos a los otros para que nadie se quede en la cuneta, cuando buscamos el encuentro y la comunicación siendo capaces incluso de perder tiempo para sentarnos juntos a la caída de la tarde en las puertas de nuestras casas para compartir las incidencias del día con los que son nuestros vecinos. Una tarea preciosa e ilusionante que sin embargo muchas veces abandonamos y llega el caso de que vivimos puerta pegada a la de los otros y ni su nombre conocemos y no digamos cuando creamos abismos en las relaciones entre los unos y los otros.

Muchas cosas tenemos que recuperar para ser ese pueblo que se siente unido y que camina unido. Muchos tenemos que recuperar en nuestras comunidades que muchas veces solo tienen el nombre del titular de la Parroquia que un día le pusieron. Porque hablamos en el sentido humano de lo que son nuestros pueblos, pero hablamos de la realidad de ese pueblo que llamamos el pueblo de Dios que son nuestras comunidades cristianas, que es nuestra Iglesia.

Tenemos que buscar ser esa Iglesia comunidad acogedora, esa Iglesia pueblo que camina, esa iglesia que se siente como una familia porque en verdad nos sentimos hermanos, esa Iglesia en que sepamos aceptarnos todos aun con los defectos y limitaciones que tengamos, una Iglesia que se siente pecadora con los pecadores, pero que al mismo tiempo se siente santa porque aspira a ese crecimiento espiritual que le haga vivir en esa comunión de los hijos de Dios, esa Iglesia con unos pastores que en verdad están al lado de su rebaño sintiendo como propias las necesidades y preocupaciones, la limitaciones y los pecados de cada uno de sus miembros, esa Iglesia que arropa a su pastor en sus luchas y dificultades, en sus problemas o en sus momentos de debilidad siendo como aquella comunidad de Jerusalén que oraba por Pedro mientras estaba en la cárcel.

‘Somos su pueblo y ovejas de su rebaño’, que hoy repetimos con la liturgia. Que en verdad así seamos y nos convirtamos en verdadero signo de algo nuevo ante el mundo que nos rodea.

 

sábado, 7 de mayo de 2022

Tenemos que aprender no solo a oír sino a escuchar con toda la apertura del corazón la novedad de la Buena Noticia que tiene que ser el evangelio de Jesús para nosotros

 


Tenemos que aprender no solo a oír sino a escuchar con toda la apertura del corazón la novedad de la Buena Noticia que tiene que ser el evangelio de Jesús para nosotros

Hechos de los apóstoles 9, 31-42; Sal 115; Juan 6, 60-69

Nos sucede en muchas ocasiones; estamos oyendo algo pero no nos estamos enterando, no estamos escuchando; entretenidos en nuestras ocupaciones tenemos la radio o la televisión encendida, pero nosotros estamos a lo nuestro; oímos que hablan de noticias, de cosas que suceden, pero no estamos prestando atención; luego quizás recordamos que hablaron de un tema importante, de algo que había sucedido, y por algunos retazos de lo que escuchamos damos nuestra opinión muchas veces bien diversa de lo que allí se había notificado. Luego podremos opinar no sé cuantas cosas, pero que son bien lejanas de lo que ha sido la realidad.

He puesto ese ejemplo como muy elemental, pero mas gravemente nos sucede en nuestras conversaciones con los demás y en nuestras discusiones; ya tenemos una idea preconcebida de lo que pensamos que nos iban a decir y no escuchamos sus argumentos, su explicación y nosotros hacemos nuestras interpretaciones; un diálogo de sordos, porque mutuamente no nos estamos escuchando aunque hagamos nuestras réplicas.

Pero ¿y no nos sucederá algo así cuando escuchamos la Palabra de Dios? Cuando comenzamos a leer un texto de la Biblia o en una celebración se nos hace la proclamación de la Palabra de Dios, tan pronto comenzamos a leer o a escuchar el relato, ya nos lo damos por sabido, tenemos nuestras conclusiones o nuestros prejuicios, pero realmente no estamos prestando atención a lo que en aquel momento se nos está proclamando; así deja de ser tantas veces verdadera buena noticia el evangelio para nosotros. Y hacemos nuestras interpretaciones, damos nuestros juicios, manifestamos que nos gusta o no o que estamos en desacuerdo, pero, ¿habremos escuchado de verdad?

Es lo que hoy escuchamos en el relato del evangelio conclusión de todo lo que hemos venido escuchando durante la semana, aquellas palabras de Jesús en la Sinagoga de Cafarnaún donde nos anuncia el Pan de vida, su Cuerpo que es vida y alimento para nosotros. Se queda aquella gente en algunas palabras, que quizá pudieran ser más llamativas y abandonan a Jesús quejándose de que aquella doctrina es dura y no se puede aceptar. No habían terminado de entender lo que significaba aquello que Jesús les decía de comerle para tener vida para siempre.

‘Desde entonces, nos dice el evangelista, muchos discípulos suyos se echaron atrás y no volvieron a ir con él’. Discípulos que hasta entonces habían seguido a Jesús, le habían seguido hasta el desierto, pero que ahora, podríamos decir, dejaban de serlo. Nos recuerda, tantos cristianos que así se llamaban y hasta los veíamos entusiasmados en nuestras iglesias y en muchas de las cosas de la religión, pero que de la noche a la mañana no quieren saber nada y se marchan, ya dicen que la Iglesia no les gusta, que la religión no les convence, que eso de ser cristiano ellos lo viven a su manera y que no necesitan de la Iglesia. Da mucho que pensar.

Y Jesús se vuelve a los discípulos más cercanos, a aquellos que había escogido de manera especial y los llamaba apóstoles y les pregunta que si también quieren irse.  Una pregunta inesperada, una pregunta que nos deja en silencio sin saber qué responder, una pregunta que nos cuestiona por dentro en si de verdad creemos o no creemos en Jesús, una pregunta ante la que hay que decantarse, no nos podemos quedar como si no la hubiéramos escuchado. ‘¿También vosotros queréis marcharos?’

Allí nos sale Pedro como siempre para resolver esas cuestiones inesperadas, como allá en Cesarea de Felipe cuando Jesús pregunta qué es lo que piensan de El. Ahora también será Pedro el que se adelante para hacer una afirmación que podría incluso sobrepasar todo el amor por Jesús que lleva en su corazón. ‘Señor, ¿a quién vamos a acudir? Tú tienes palabras de vida eterna; nosotros creemos y sabemos que tú eres el Santo de Dios’.


Quedémonos en esas Palabras de Pedro y veamos si nosotros podemos firmar también esa confesión. Pero hagámoslo con sinceridad. Veamos si realmente nosotros solo oímos o también escuchamos la Palabra de Jesús porque vamos a ella sin prejuicios, sin ideas preconcebidas, con apertura de corazón a la novedad que es esa Buena Noticia del Evangelio.

viernes, 6 de mayo de 2022

Dejemos que el Espíritu de Jesús resucitado nos abra el corazón para que entendamos su Palabra y El habite en nosotros y nosotros en El

 


Dejemos que el Espíritu de Jesús resucitado nos abra el corazón para que entendamos su Palabra y El habite en nosotros y nosotros en El

Hechos de los apóstoles 9, 1-20; Sal 116; Juan 6, 52-59

Algunas veces nos cuesta entender. No sabemos interpretar el sentido de las palabras o estamos tan ofuscados con nuestros pensamientos que somos incapaces de abrirnos a algo nuevo que se nos quiere decir. Nos refugiamos quizá en lo que siempre se ha hecho, un recurso fácil en muchas ocasiones para encerrarnos en nuestro inmovilismo o el tener que enfrentarnos a algo nuevo que nos podría comprometer más, o con ideas preconcebidas pretendemos hacer nuestras interpretaciones que conllevan quizá ciertas rebajas a la hora de un compromiso. No sabemos interpretar las imágenes que con un lenguaje más poético quizás se nos ofrecen para que nos trascendamos de esa como rutina en la que vivimos.

Las palabras de Jesús nos ofrecen una realidad nueva, se nos llenan de imágenes como sucede tantas veces en las parábolas para que a través de esas realidades de la vida seamos capaces de ir más allá para entender un mensaje que nos eleva o que nos pone en nuevo camino. No nos quedamos en la parábola del sembrador en una semilla que el sembrador echó a voleo y al que podríamos criticar por no saber bien en qué campos echar la semilla, y todos entendemos de esa Palabra que quiere trasmitirnos Jesús y que tendrá que dar fruto en nuestros corazones.

Así lo que hoy Jesús nos está diciendo. Nos habla de pan de vida, de pan bajado del cielo, nos habla de no morir para siempre y nos habla de comer su carne. Todo un montón de imágenes en las que no nos podemos quedar en la materialidad de las palabras. Si habla de pan bajado del cielo no es para pensar en el maná que comieron sus padres en el peregrinar del desierto, porque ya aquello entonces tenía también su significado en la presencia y en la fuerza de Dios para hacer aquel peregrinaje por el desierto.

Hoy nos habla Jesús de comer su carne y de beber su sangre y ya los judíos de Cafarnaún se estaban viendo como antropófagos que comían y bebían carne y sangre humanas. No podía aceptarlo con interpretaciones así, no podrían aceptarlo si no se abrían a algo nuevo que Jesús les estaba diciendo. ¿Cómo podrían aceptarlo sin hacer una buena interpretación de las palabras de Jesús si ya incluso la Biblia les impedía – quizás por razones incluso higiénicas y de salud – el beber la sangre de los animales o comer lo que con la sangre se pudiera elaborar?

Cuando Jesús les ha venido hablado de ese pan vivo bajado del cielo que había que comer, ya tenían que estar entendiendo cómo había de ser ese alimentarse de lo que Jesús nos estaba ofreciendo. No era simplemente un alimento material que llenara nuestros estómagos, sino que estaba hablándonos de algo que podía darnos vida, que podía darnos un sentido de vida cuando aceptábamos las palabras de Jesús. Por eso nos insiste en el creer en El.

Creemos en Jesús y en su Palabra para dejarnos transformar por El. Hoy emplea la imagen de que quien le come se siente como habitado por Jesús lo que viene a significar toda esa transformación de nuestra vida cuando creemos en Jesús y su Palabra la hacemos vida de nuestra vida. No somos ya nosotros, es Cristo que vive en mi, es que yo desde esa fe tendré que reflejar en mi vida lo que es la vida de Jesús; es algo nuevo que tengo que vivir, algo nuevo que yo tengo que ser; es ese llenarme de Jesús, de su Palabra para ser un hombre nuevo. No nos reflejamos a nosotros mismos sino que tenemos que reflejar a Jesús. El habita en nosotros y nosotros habitaremos en El.

Dejemos que el Espíritu de Jesús nos abra el corazón. Ahora en el tiempo pascual repetidas veces hemos escuchado cómo Jesús abrió el corazón de sus discípulos para que entendieran las Escrituras donde estaba anunciado que El había de resucitar. Es lo que tenemos que hacer para poder escuchar bien y entender su Palabra, vivir su vida nueva, ser esos hombres nuevos porque nos hemos dejado transformar por el Espíritu de Jesús.

 

jueves, 5 de mayo de 2022

Cuando comemos la Eucaristía no es un pan material para alimentar el cuerpo sino que es Cristo mismo el que nos alimenta para darnos vida en plenitud

 


Cuando comemos la Eucaristía no es un pan material para alimentar el cuerpo sino que es Cristo mismo el que nos alimenta para darnos vida en plenitud

Hechos de los apóstoles 8, 26-40; Sal 65; Juan 6, 44-51

Queremos alimentar la vida, y a ser posible con el mejor alimento. Así vamos por la vida y nos dan consejos de todo tipo de cual es la mejor alimentación, y nos ofrecen dietas, y nos dicen que alimentos pueden ser perjudiciales y cuales son los mejores, muchas veces cada uno desde sus intereses, cada uno según le vaya en la vida o lo mejor que le haya servido a él; y andamos preocupados por ganarnos el pan con el sudor de nuestra frente, como se suele decir, y nos afanamos en este trabajo y en no sé cuántos más que podríamos conseguir para obtener mejores ganancias que nos garanticen ese pan de cada día.

Pero, ¿ese es solo el alimento por el que tenemos que preocuparnos? ¿Nos reducimos solamente a alimentar el cuerpo, y tenemos que hacerlo porque nos debilitaríamos o nos moriríamos de inanición, o tendríamos que buscar otro alimento para la vida para que también no andemos como cadáveres ambulantes de un lado para otro?

Y ya quizá nos ponemos a pensar en la adquisición de conocimientos, a buscar una sabiduría de la vida que nos hagan vivir mejor, que nos hagan encontrar un sentido y un valor a lo que hacemos para que todo no se nos quede en ese alimentar el cuerpo para simplemente vegetar, por decirlo de alguna manera, en la vida. Y ya comenzamos a cultivar otras cosas en la vida, y ya queremos investigar otras muchas cosas que nos llenen la mente de conocimientos, y ya queremos entrar en caminos de ciencia o de filosofía para ir encontrando respuestas a muchas preguntas que nos puedan ir surgiendo.

Es de alguna manera alimentar nuestro espíritu, esa sensibilidad espiritual que todos llevamos dentro, en nuestro ser personas, que es mucho más que un cuerpo que conservemos bien alimentado o bien embellecido. Hay otras bellezas que tenemos que buscar, hay otros alimentos para la vida.

Pero aun con toda la riqueza que todo eso pueda ir significando, nuestro espíritu nos lleva a algo más superior aun, algo que sobrepasa lo natural de nuestro ser humano y que nos eleva y que nos trasciende porque buscamos otro plenitud, tenemos ansias por así decirlo de eternidad. Es lo que buscamos desde lo más hondo de nosotros mismos en esa trascendencia que queremos darle a nuestra vida, pero es algo que porque nos sobrepasa solamente podremos descubrir en su mayor plenitud desde la revelación que Dios nos hace de si mismo. Porque todo eso es una tendencia hacia Dios.

Es lo que nos va revelando Jesús, de lo que hoy nos está hablando en el evangelio. Partiendo de aquella búsqueda de alimento allá en el descampado cuando milagrosamente Jesús multiplica el pan para que coma toda la multitud, ahora Jesús está queriéndoles hacer comprender que todo aquello era un signo de ese pan nuevo que en El podríamos encontrar. Jesús les habla del pan bajado del cielo, y aunque ellos interpretan aquel maná que sus antepasados comieron en el desierto, Jesús viene a decirles que es mucho más lo que El quiere darles. ‘Vuestros padres comieron el maná en el desierto y murieron… el pan que yo les daré es vida para el mundo… yo soy el pan vivo bajado del cielo, y el que me come tendrá vida para siempre’.

Es mucho más que un pan material. Porque es comer a Jesús, es dejarnos alimentar por Jesús, es poner toda nuestra fe en El para poder tener vida para siempre. Cuando ponemos nuestra fe en El, toda nuestra vida se transforma para llenarnos del espíritu de Jesús, y llenos de Jesús tendremos vida y tendremos vida para siempre. No es la materialidad de un pan que alimenta el cuerpo, es Jesús que se hace alimento para darnos esa vida nueva por la fuerza de su espíritu.

Por eso quien cree en Jesús hará que su vida sea distinta, una nueva forma de pensar, una nueva forma de vivir, un sentido nuevo para nuestra existencia, una trascendencia que nos eleva y nos llena de vida eterna. El nos dice que ese pan es su carne, que es una manera de decirnos que es su vida. Será el gran signo de la Eucaristía, del que estas palabras de Jesús que ahora escuchamos son un anuncio. Por eso cuando comemos la Eucaristía no es un pan lo que comemos, sino que es Cristo mismo el que nos alimenta.