Vistas de página en total

sábado, 22 de abril de 2017

Sigamos proclamando la fe pascual y que no nos recrimine Jesús por nuestra falta de fe y dureza de corazón manifestada en tantas insensibilidades del corazón

Sigamos proclamando la fe pascual y que no nos recrimine Jesús por nuestra falta de fe y dureza de corazón manifestada en tantas insensibilidades del corazón

Hechos de los apóstoles 4, 13-21; Sal 117; Marcos 16, 9-15
Todavía seguimos celebrando la Pascua, y lo queremos seguir haciendo con la misma solemnidad del primer día. Estamos en la semana de la octava de Pascua que concluirá mañana y todo estos días nos habla de pascua, de resurrección, de vida; todo quiere alentarnos en nuestra fe, despertarnos de nuestras modorras y nuestras dudas, hacernos salir de rutinas y de tibiezas.
Hemos venido escuchando los distintos momentos en que Cristo resucitado se manifiesta a los discípulos según la narración de los distintos evangelistas; hoy hemos escuchado el relato mas breve que es del evangelio mas breve también, el evangelio de Marcos. Nos hace como un pequeño resumen, la aparición a María Magdalena, el encuentro con los discípulos de Emaús, y finalmente la manifestación de Jesús resucitado al grupo reunido en el cenáculo.
Hay un detalle, y son las dudas de los discípulos. Narra María Magdalena su encuentro con Jesús y no la creen; narran los que vienen de Emaús el encuentro de Jesús en el camino y como lo reconocieron en la mesa al partir el pan, y no los creyeron. Y cuando Jesús se manifiesta ‘les echo en cara su incredulidad y dureza de corazón porque no habían creído a los que lo habían visto resucitado’.
¿Nos pasara a nosotros lo mismo? ¿Seguiremos con nuestras dudas? Podríamos decir que teóricamente quizás no tengamos dudas porque confesamos nuestra fe en Jesús y en su resurrección cada vez que proclamamos el Credo. Pero digo teóricamente porque tendríamos que preguntarnos si en la realidad de nuestra vida nosotros estamos manifestando que creemos en verdad en Jesús resucitado.
Tenemos el peligro de hacer nuestra vida como todo el mundo con pocas actitudes de creyente; tenemos el peligro de seguir con nuestras rutinas y nuestros olvidos, no tener presente a Dios en nuestra vida, no manifestarnos con esas actitudes nuevas y esos comportamientos comprometidos de quien en verdad cree en Jesús como su Señor y Salvador.
Quien dice que cree en Jesús no puede pasar insensible ante las necesidades y los problemas que nos vamos encontrando cada día no solo en nosotros sino en los que nos rodean, en nuestra sociedad, en nuestra comunidad concreta, o los graves problemas que afectan a nuestro mundo. Nuestra reacción no puede ser la de tantos, nuestra reacción tiene que ser distinta, porque con distintos ojos tenemos que mirar a los demás; lejos de nosotros todo tipo de discriminación y de racismo que muchas veces se nos meten en las entretelas de nuestros sentimientos.
¿Cómo acogemos, por ejemplo, al emigrante que toca a nuestra puerta pidiéndonos una ayuda? No puede ser de ninguna manera con desconfianza, marcando distancias, llenos de sospechas aunque no las manifestemos. Es difícil, nos cuesta, escuchamos tantas cosas, pero ¿no tendríamos que escuchar en nuestro corazón también lo que nos dice Jesús? Es así como manifestamos en verdad nuestra fe, no solo con palabras que proclamemos en un momento determinado con toda solemnidad, sino en esas actitudes de cada día.
Que no nos recrimine el Señor resucitado nuestra falta de fe, la dureza de nuestro corazón. Dejemos transformar por el Espíritu de Cristo resucitado.

viernes, 21 de abril de 2017

‘Es el Señor’ que se nos manifiesta en las orillas de los mares y de los caminos de la vida de tantas formas diferentes pero que hemos de saber reconocer

‘Es el Señor’ que se nos manifiesta en las orillas de los mares y de los caminos de la vida de tantas formas diferentes pero que hemos de saber reconocer

Hechos de los apóstoles 4, 13-21; Sal 117; Marcos 16, 9-15
A veces hacemos cosas con la normalidad de la rutina, podíamos decir, de lo que hacemos cada día pero que luego pueden tener hondos significados o tener repercusiones importantes para el resto de nuestra vida. Y no solo es aquello que podemos hacer quizás de una forma negativa por la malicia con que lo hacemos y que siempre traerán consecuencias en el daño que nos hacemos a nosotros mismos y hacemos a los demás convirtiéndose incluso en escándalo para los demás, sino que quiero hoy pensar en cosas buenas, en cosas positivas, pero que hacemos con toda naturalidad y que pueden traernos una gran riqueza espiritual para nosotros o para aquellos a los que les afecten.
Cuantas veces nos decimos, mira eso que hicimos casi sin darnos cuenta y el bien que esta haciendo en los demás, o cuantas veces nos hacen notar que por algo que nosotros hicimos alguien sintió una luz en su vida que le ayudo quizás en decisiones importantes que tenia que tomar. Es importante que cuidemos lo que hacemos, tengamos buen ojo, podríamos decir, porque en cosas así se nos puede manifestar la voluntad del Señor para muchas cosas de nuestra vida. Saber tener una visión positiva y una lectura creyente de lo que hacemos o de lo que incluso contemplamos alrededor.
‘Me voy a pescar’, dice Pedro con la naturalidad del que esta acostumbrado a hacerlo, a salir de pesca cada día para lograr el sustento de su casa y contribuir con su trabajo, aunque sea remunerado, también al mantenimiento de la vida de los demás. Es cierto que un día habían dejado las redes y las barcas y se habían ido con Jesús, que les había prometido hacerlos pescadores de hombres. Ahora tras los acontecimientos que se han sucedido en Jerusalén y tras los avisos recibidos se han venido de nuevo a Galilea. Y en su rutina de cada día se deciden salir a pescar.
Muchas cosas van a suceder desde algo tan sencillo como salir a echar las redes en el lago para pescar. Pero como en otra ocasión se han pasado la noche sin pescar nada, y ya esta amaneciendo. Alguien, a quien no conocer en la turbia luz del amanecer, pregunta desde la orilla si han cogido algo. Ante la respuesta negativa les invita a echar la red por el otro lado de la barca. Y el milagro se produce de nuevo, muchos son los peces, tantos que casi no pueden sacar la red, pero mientras alguien en la barca se da cuenta de quien esta allá en la orilla.
Es el Señor, le dice Juan a pedro, poco menos que al oído. No hace falta mas para pedro lanzarse al agua tal como estaba para llegar a los pies de Jesús. Los demás vendrán en la barca arrastrando la red. Todos quieren estar de nuevo a los pies de Jesús. Sin necesidad de coger de lo que ha sido la pesca, ya se encuentran sobre una brasas un pez y pan, y Jesús les invita a almorzar. Nadie se atreve a preguntar porque todos saben que es el Señor.
‘Es el Señor’. Tenemos que reconocerle. Se nos manifiesta en las orillas de los mares y de los caminos de la vida de tantas formas. Muchas veces se nos puede nublar la vista, entretenidos en nuestras cosas, afanados en nuestras tareas, abrumados por los problemas, agobiados quizás por tanto que vemos que tenemos que hacer, arrastrados por nuestras rutinas que le hacen perder fuerza a lo que hacemos, insensibilizados en nuestra cerrazón y nuestros egoísmos insolidarios, turbios porque el pecado se nos ha metido en el corazón. Pero viene el señor a nuestro encuentro. Que sintamos en verdad brillar su luz sobre nosotros. Su Espíritu nos descubrirá el sentido de todo y nos dacha fuerza para seguir caminando con sentido en la vida.

jueves, 20 de abril de 2017

El encuentro con Cristo siempre tendrá mucho de sorpresa en nuestra vida, es una Buena Nueva que nos tiene que llenar de luz y hacer caminar en el amor

El encuentro con Cristo siempre tendrá mucho de sorpresa en nuestra vida, es una Buena Nueva que nos tiene que llenar de luz y hacer caminar en el amor

Hechos de los apóstoles 3, 11-26; Sal 8; Lucas 24, 35-48
‘¿Por qué os alarmáis?" ¿Por qué surgen dudas en vuestro interior? Mirad mis manos y mis pies: soy yo en persona…’ Se sorprenden, se llenan de alegría, al mismo tiempo sienten temor ante lo inaudito y extraordinario. Ante la sorpresa de lo inesperado no sabemos siempre bien como reaccionar; sentimientos encontrados pueden aparecer en nosotros, temores, alegrías, dudas, inseguridad porque nos sentimos como desestabilizados ante lo sorprendente. Tenemos que saber encontrar serenidad para analizar con calma, para descubrir lo cierto, para que haya luz en nuestra vida.
Estaban hablando de lo que había sucedido, lo que contaban los que habían llegado de regreso de Emaús con todas sus experiencias; ahora Jesús esta en medio de ellos y no terminan de creérselo, piensan si acaso es un fantasma, son visiones, son sueños lo que están contemplando sus ojos. Jesús les muestra las manos y los pies, las manos y los pies del maestro que con ellos había hecho caminos, realizado milagros, tantas veces les había tendido como amistad, como apoyo, pero las manos y los pies que ahora estaban atravesados con las marcas de los clavos. Pero ellos siguen atónitos y llenos de dudas.
Nosotros creemos, es cierto, eso decimos al menos, pero también nos entran dudas muchas veces, como si nos sintiéramos inseguros; nos vienen desde razonamientos internos que nos surgen algunas veces sin saber como, o desde las reacciones que vemos en tantos alrededor, o de la increencia que parece que también a nosotros nos contagia. Queremos ver, pero no vemos, quisiéramos haber podido estar allí para también poder palpar, aunque si hubiera llegado el momento no se que hubiéramos hecho. Necesitamos y buscamos seguridades en nuestra fe, pero la fe es confianza, es fiarnos, es creer en la Palabra que se nos da, en la Palabra que tiene que ser vida y luz para nosotros.
Tenemos que abrir las sintonías de nuestro corazón para poder sentir a Dios, sentir a Cristo presente en nosotros, presente en nuestro entorno, presente en los demás. Es el Señor resucitado que nos da vida, que nos llena de vida, pero muchas veces nuestra mente se nos cierra, se nos ahora el corazón y no lo vemos ni lo sentimos, llegamos a olvidarnos de tantas buenas y hermosas experiencias de Dios que tantas veces hemos experimentado en nosotros.
Y Jesús les explicaba cuanto de El se había anunciado en las Escrituras y ahora se había cumplido. Y nos dice que les abrió el entendimiento para comprender las Escrituras. Es lo que vamos a pedirle hoy al Señor, que nos abra nuestro entendimiento, que nos de ese espíritu de sabiduría para conocerlo y para vivirlo, para experimentar su presencia y para saborearlo, para que le encontremos gusto a nuestra fe y se convierta en nuestra certeza y nuestra alegría, para que tengamos luego también la valentía de hacer el anuncio, de trasmitir todo eso que vivimos en nuestra fe a los demás.
Que se nos aclaren las dudas, que se disipen los temores, que no nos dejemos confundir por apariencias o malos argumentos, que abramos el corazón, que sintonicemos de verdad con el misterio de Dios, que nos alejemos de las malas influencias, que nos convirtamos de verdad en testigos, que con nuestra vida y con nuestro compromiso demos testimonio de Cristo resucitado frente a nuestro mundo.

miércoles, 19 de abril de 2017

El Señor siempre nos sale al paso y nos acompaña en los caminos de la vida dándonos su luz aunque muchas sean nuestras oscuridades o nuestras dudas

El Señor siempre nos sale al paso y nos acompaña en los caminos de la vida dándonos su luz aunque muchas sean nuestras oscuridades o nuestras dudas

Hechos de los apóstoles 3,1-10; Sal 104; Lucas 24,13-35
Cuando ponemos nuestra esperanza e ilusión en alguna cosa, una meta quizás que nos hemos propuesto en la vida, unas promesas de algo bueno que habíamos recibido, un empeño de superación de nosotros mismos en el desarrollo de unos valores o unas cualidades, pero de repente todo parece que no sale mal, nuestras expectativas no se ven cumplidas, lo que anhelábamos no lo pudimos conseguir, sentimos deseos, como se suele decir, de tirar la toalla, olvidarnos de todas esas metas que nos habíamos trazado y tomar un rumbo a la inversa quizás en la vida. Es el desaliento y el desanimo que nos apagan las ilusiones, que nos dejan como muertos sin ganas de seguir luchando, el mundo parece que se nos viene abajo. Situaciones así pasamos algunas veces en la vida.
Allá se marchaban de Jerusalén aquellos dos discípulos desalentados quizás buscando alejarse totalmente de lo que habían sido sus ilusiones y esperanzas, poner tierra por medio, como solemos decir, volviéndose a su aldea, a su casa, pero dándole mil vueltas en su corazón desalentado a todo lo que había sucedido.
Tan enfrascados iban en sus pensamientos que no reconocen al caminante que se les ha unido. Entran en conversación y no puede ser otro el tema que todo lo que ha sucedido en aquellos días en Jerusalén. El caminante pregunta y escucha y ellos sacan todas las penas y desilusiones que llevan en su corazón. Pero quien parecía no saber de que iba la cosa comienza a hablarles con palabras que les hacen comprender, con palabras que responden a sus dudas e inquietudes, con palabras que no solo les explica todo el sentido de las Escrituras que se cumplen en lo que ha sucedido, sino que van llenando de paz su corazón.
Quienes iban encerrados en si mismos, sin embargo ahora son capaces de abrir su corazón para la soledad y no quieren permitir que aquel caminante sufra peligro en la noche en aquellos caminos oscuros de Judea. ‘Quedate con nosotros porque atardece y el día va de caída’, es la invitación que le hacen abriéndoles ahora la intimidad de sus hogares.
Paso a paso se habían ido transformando; luego dirán que les ardía el corazón mientras El les explicaba las Escrituras por el camino; ya estaban en su punto para poder reconocer al Señor. Y en el gesto de partir el pan a la hora de la cena, le reconocen. Es el Señor. Mira como ardía nuestro corazón, porque era El quien venia con nosotros y nos lo explicaba todo. Serán capaces de ponerse de nuevo en camino para volver a Jerusalén a hacer el anuncio. ‘Era verdad, ha resucitado el Señor’, les comentan los de Jerusalén mientras ellos cuentan cuantas cosas les han sucedido mientras iban de camino.
¿Dejamos que la oscuridad nos venza? ¿Nos quedamos enfrascados – metidos en el frasco – en nosotros mismos o queremos en verdad buscar la luz para que no se apaguen nuestras esperanzas? En la vida pasamos por esos peligros en mil situaciones de todo tipo que nos puedan suceder. En la vida nos sucede muchas veces así en el campo de la fe que parece que se nos apaga la luz y todo parece oscuro. Tenemos que saber que el Señor esta ahí aunque nos cueste reconocerle.
Abramos en verdad nuestro corazón, nuestra vida para aprender a descubrirle allí donde El quiere manifestársenos en el camino de la vida, que muchas veces será en el sitio y en el momento que nosotros menos esperamos. Pero el Señor nos acompaña siempre en nuestro camino.

martes, 18 de abril de 2017

Nuestras lágrimas no nos pueden impedir encontrar a Jesús mirando sobre todo las lágrimas de cuantos nos rodean

Nuestras lágrimas no nos pueden impedir encontrar a Jesús mirando sobre todo las lágrimas de cuantos nos rodean

Hechos de los Apóstoles 2,36-41; Sal 32; Juan 20,11-18
‘¿Por qué lloras? ¿a quien buscas?’ lloramos por desaliento, lloramos por desconsuelo, cuando buscamos y no encontramos, cuando nos agobian los problemas, cuando sentimos la soledad, cuando nos parece que nadie nos entiende, cuando sentimos deseos de cariño y parece que nadie nos tiene en cuenta, cuando el dolor no solo nos mortifica corporalmente sino sobre todo cuando nos duele en el alma, cuando sentimos que nos hacen daño, cuando nos vemos impotentes en la vida para reaccionar, para responder, para hacer aquello que ansiamos, cuando nuestras metas parece que se oscurecen y se alejan… tantas cosas por las que lloramos y no sabemos donde encontrar consuelo, como encontrar respuesta. ‘¿Por qué lloras? ¿A quien buscas?’ Nos cegamos quizás y no encontramos a quien estamos buscando.
¿Por qué lloramos? ¿Lloraremos acaso por el sufrimiento de los hermanos que nos rodean? Abramos los ojos para ver su sufrimiento; no nos insensibilicemos, es nuestro peligro. Es la madre que no tiene un pan que dar a sus hijos; es el enfermo que se ve atenazado en una enfermedad incurable; es el que sufre la violencia de los demás; son los matrimonios rotos y los hijos que parece ya que no son de nadie; son los que sufren incomprensiones, son juzgados y criticados, los que nadie quiere y se sienten discriminados, los que llevan la condena para siempre en sus vidas porque no alcanzan el perdón de los demás; son los que son victimas inocentes de las guerras y violencias que hacemos desde nuestras ambiciones egoístas y terriblemente injustas; los que se sienten engañados y son manipulados por tantas vanidades de la vida; los que sufren por el odio que llevan en su corazón y no son capaces de perdonar para encontrar la paz. ¿Seremos capaces de llorar por nuestro pecado que así se convierte en un mal para los demás y los hace sufrir?
Maria Magdalena lloraba desconsolada a las puertas del sepulcro. Había venido a buscar el cuerpo de Jesús al que habían crucificado tres días antes y el sepulcro estaba vacío. Por mucho que los Ángeles le anunciaran la resurrección de Jesús ella no encontraba consuelo, porque seguía buscando a Jesús en el lugar de los muertos. Lloraba y sus ojos se cegaban porque ni a Jesús supo reconocer en quien le hablaba y pensado que era el encargado del huerto que se había llevado el cuerpo de Jesús a otro lugar, andaba preguntando donde estaba para ella llevárselo consigo. Sus lágrimas, su dolor, la búsqueda de Jesús donde no podía encontrarlo cegaban sus ojos para no descubrirle presente ante ella ahora mismo.
Es cierto que era grande su amor por Jesús, pero incluso el amor le cegaba y no le dejaba razonar para poder encontrar verdaderamente a Jesús. ¿Nos pasara de manera semejante a nosotros desde tantas cosas que hacen brotar lágrimas en nuestros ojos y en nuestro corazón y al final no sabremos ni buscar ni encontrar a Jesús?
Tenemos que escucharle mas, recordar con todo detalle cuantas cosas nos ha dicho y enseñado de cómo hemos de buscarle para que llegue la luz a nuestros ojos y se ilumine también nuestro corazón. El nos ha señalado bien por donde hemos de encontrarle, en quien hemos de encontrarle, y aunque sean muchas las cosas personales que nos hagan llorar el corazón – no nos quedemos en ellas -, comencemos a ver las lagrimas de los que nos rodean y podremos encontrar a Jesús. Sintamos como nuestro el dolor de los demás, hagamos nuestras sus lágrimas y estaremos sintonizando con Jesús y le podremos encontrar. Es esa la mirada nueva que hemos de aprender a tener contemplando a Cristo resucitado.


lunes, 17 de abril de 2017

Contagiemos al mundo de la alegría y de la esperanza que brota fuerte en nuestro corazón con la fuerza de Cristo resucitado

Contagiemos al mundo de la alegría y de la esperanza que brota fuerte en nuestro corazón con la fuerza de Cristo resucitado

Hechos, 2, 14. 22-32; Sal. 15; Mt 28, 8-15
La alegría siempre tiene prisa en comunicarse, en contagiarse. Cuando hemos recibido una noticia que nos llena de alegría nos falta tiempo para compartirla con los demás, a las personas que queremos y apreciamos, o a todo aquel con quien nos encontremos que aunque no lo digamos con palabras nuestro semblante y nuestros gestos lo dicen todo. Con que rapidez corren las noticias, como las queremos comunicar a los demás sobre todo si es algo que nos llena de alegría porque sea el cumplimiento de lo esperado, o sea por la sorpresa que nos produce lo inesperado.
Es lo que nos muestra el evangelio hoy. ‘Las mujeres se marcharon a toda prisa del sepulcro’, comienza diciéndonos. ‘Corrieron a anunciarlo a los discípulos, impresionadas y llenas de alegría’. Luego, Jesús que les sale al encuentro y les comunica que vayan a decírselo a los hermanos.
La noticia no se podía quedar encerrada. Aunque luego los sumos sacerdotes busquen la manera de que la noticia no se conozca y si acaso llega a oídos de la gente se tratara de desprestigiar y decir que lo que ha sucedido es que los discípulos se han robado el cuerpo de Jesús y por eso no lo encuentran en el sepulcro; se valdrán de lo que sea, mentiras, sobornos, apaños de todo tipo.
Ayer celebramos con alegría la resurrección del Señor. Y ya desde ayer se nos confiaba la misión de compartir la noticia con los demás, llevar esa Buena Noticia al mundo que tanto necesita de esperanza. Quienes hemos vivido la alegría de la Pascua, quienes hemos sentido allá en lo hondo del corazón la presencia de Cristo resucitado en nosotros, en nuestra vida y para nuestro mundo, no podríamos callar la noticia. De muchas maneras tendríamos que haberla comunicado a los demás. Esa alegría que desborda, pero también eso nuevo que sentimos en nuestro corazón transformado por la pascua no la podemos acallar.
También nosotros podremos temer a esos que van a la contra de lo que nosotros anunciamos; muchos podrán llamarnos ilusos y visionarios, fanáticos o carcas, porque descalificaciones de todo tipo podemos recibir de un mundo que no quiere recibir la buena noticia de la salvación de Jesús. Hay, si, quienes no quieren recibir, acoger, aceptar esa buena noticia, ese evangelio de salvación, porque dicen que tienen otros medios para mejorar nuestro mundo. Pero nosotros no nos podemos acobardar.
Alguna vez nos habrá podido suceder que cuando en un día como hoy felicitamos con la alegría de la Pascua de la Resurrección de Cristo a alguien de nuestro entorno, nos rechace esa felicitación, nos diga que no cree en esas cosas, que pasa de todo tipo de signo o manifestación religiosa; y nos podemos sentir cortados, acobardados, sin saber que responder.
Pero no tendríamos que acobardarnos; que lo acepten o no entra dentro de su libertad que nosotros respetamos también, pero nadie nos puede impedir que nosotros comuniquemos aquello que nos produce una gran alegría, aquello que da sentido a nuestra vida, aquello que es el centro de nuestra fe. Y no lo podemos callar. Y lo tenemos que anunciar. Y tenemos que felicitar al mundo, aunque el mundo no quiera aceptarlo, porque con Cristo resucitado es posible un nuevo mundo y un mundo mejor, porque con Cristo resucitado encontramos la esperanza mas profunda para nuestras vidas desencantadas de tantas cosas.  
Contagiemos a nuestro mundo de esa alegría y de esa esperanza que brota fuerte en nuestro corazón con la fuerza de Cristo resucitado.

domingo, 16 de abril de 2017

Con convicción y entusiasmo anunciamos la alegría de la Pascua impulsados por el Espíritu de Cristo resucitado que ha de ser alegría y esperanza para nuestro mundo


Con convicción y entusiasmo anunciamos la alegría de la Pascua impulsados por el Espíritu de Cristo resucitado que ha de ser alegría y esperanza para nuestro mundo

Mateo, 28, 1-10
‘No temáis… alegraos… no tengáis miedo…’ se repite una y otra vez en el mensaje del Evangelio. Y nosotros decimos ¡Aleluya! y lo cantamos y lo repetimos una y otra vez porque nuestro corazón esta también henchido de alegría.
‘Buscais a Jesús, el crucificado. No esta aquí. Ha resucitado, como lo había dicho. Venid a ver el sitio donde yacía e id aprisa a decir a sus discípulos: Ha resucitado de entre los muertos y va por delante de vosotros a Galilea. Allí lo veréis. Mirad os lo he anunciado’.
Es el anuncio que se proclama en este amanecer de aquel primer día de la semana. Es el anuncio que nos llena de alegría. ¡Aleluya! Es el anuncio mas repetido a lo largo de los siglos. Es el anuncio que hoy la Iglesia proclama ante el mundo. Es el anuncio que nosotros hemos de proclamar también a nuestro mundo. No podemos dejar de hacerlo. Tenemos que repetirlo una y otra vez. Y Jesús nos dice, como les decía a aquellas mujeres que fueron al alborear aquel primer día de la semana al sepulcro que no temamos, que lo vayamos a comunicar a los hermanos.
Parece que hoy no sabemos decir otra cosa y nos repetimos una y otra vez. No nos podemos cansar. Y tenemos que hacerlo con convicción. Es el testimonio que tenemos que dar con nuestras vidas. Porque el mundo no cree, como ha sucedido también a lo largo de los siglos. O el mundo no cree porque no hemos sabido hacer el anuncio, o nuestras palabras no han ido acompañadas del testimonio de nuestra vida.
No puede ser el fervor de un momento, aunque en este día de Pascua necesariamente tiene que hervir fuerte nuestro fervor. Hemos venido celebrando todo el misterio de Cristo dejándonos iluminar por su palabra y hoy llegamos a este momento grande en que proclamamos lo que es el centro de nuestra fe. Por eso nuestra convicción, el entusiasmo que tenemos que poner, el testimonio que tenemos que dar de unas vidas que se han dejado transformar por Jesús viviendo la Pascua del Señor en nosotros.
Unas vidas transformadas por el amor y para amar con toda intensidad. Y será así con ese fuego del Espíritu divino en nuestras venas, en las venas de nuestra alma como tenemos que salir para ir al encuentro con los demás. En estos momentos eclesiales que vivimos nos encontramos con ese lema y esa consigna para nuestras vidas. ‘En salida’, se nos dice; nos lo repite el Papa Francisco una y otra vez para que seamos capaces de ser valientes para ir al encuentro con todos con nuestro mensaje evangelizador, y es el motivo de los planes pastorales de nuestras iglesias.
No es nada nuevo, tendríamos que reconocer, porque hoy lo hemos escuchado en el evangelio que se ha venido proclamando desde hace veinte siglos. ‘Id aprisa a decir… id a comunicar…’ por dos veces se nos ha repetido en el texto que hoy se nos ha proclamado en la liturgia.
Pero seguimos con nuestros miedos, nuestras indecisiones, nuestros miedos, nuestras cobardías y nos llenamos de temor. Pero ese temor tendría que haber desaparecido si en verdad nos dejáramos inundar por el Espíritu de Dios. El nos da fortaleza como nos da sabiduría para que podamos y sepamos hacerlo. En nuestro corazón hemos de sentir esa alegría del Espíritu de Cristo resucitado.
Cuando estos días pasados nos hemos puesto a la sombra de la cruz de Jesús hemos aprendido a descubrir esa cruz en nosotros, pero sobre todo esa cruz en nuestros hermanos los hombres que caminan a nuestro lado en sus pobrezas, sus soledades, sus angustias, todo ese mal que sufren desde la realidad de nuestro mundo que ni es tan justo ni es tan humano. Y es en medio de ese mundo, y es a esos hermanos crucificados a quienes tenemos que llevar el mensaje de pascua.
Serán nuestras palabras, pero serán nuestros gestos, los signos de compromiso que vayamos realizando en nuestra vida el mejor anuncio, la mejor forma de llevar nuestro mensaje. Así lo hemos meditado en estos días, y así ahora nos sentimos fuertemente impulsados desde la fuerza del Espíritu resucitado que esta inundando nuestras vidas.
Es nuestro compromiso de pascua; es ese camino en salida que tenemos que realizar; es esa pascua que vivimos en nosotros pero que tenemos que ayudar a vivir a los demás, para que todos se encuentren con Cristo que pasa por sus vidas, que se acerca a nuestro mundo y a través nuestro quiere transformarlo.
Que reine una nueva alegría en nuestro mundo; no la alegría efímera de un momento sino la alegría honda de sentir que Cristo vive, que Cristo esta con nosotros, que Cristo reina de verdad en nuestro mundo porque lo hemos transformado con los valores del Reino de Dios.

¡Feliz pascua de resurrección!

sábado, 15 de abril de 2017

Día de silencio y de soledad, pero con María aprendemos a que no falte en nuestro corazón la esperanza de una vida nueva con Cristo resucitado

Día de silencio y de soledad, pero con María aprendemos a que no falte en nuestro corazón la esperanza de una vida nueva con Cristo resucitado

Hoy es un día de silencio; un día en el que se palpa la soledad. Como cuando un hogar falta la cabeza, el ser querido que nos lo ha arrebatado la muerte. Tras los primeros momentos de dolor lacerante donde brotan espontáneamente los gritos, las suplicas, el alboroto ante lo indescifrable queda el silencio, buscamos la soledad, rumiamos en nuestro interior, no queremos palabras, nuestra mirada se queda perdida tratando de vislumbrar quizás un mas allá.
Es el silencio que arranco en la tarde del viernes y se prolonga hoy en todo el día. La Iglesia también hoy esta en silencio tras la muerte de Jesús. Nos arrimamos quizás mejor a la madre, nos acercamos a ella sin mucho alboroto, también ella esta en silencio, en soledad, pero nos dejamos acariciar por sus ojos de madre. La miramos y sabemos que ella nos mira. No hacen falta palabras, en ese silencio y soledad sabemos que esta ella.
Madre del dolor, dolorosa, madre de las angustias, madre de la amargura, madre de la soledad la llamamos en este día, pero también tenemos que llamarla la madre de la esperanza. Ella espera, como esperaba el nacimiento de su Hijo tras el anuncio del ángel, ahora la resurrección. Ella tiene la certeza, la seguridad porque ha plantado como nadie la Palabra de su Hijo en su corazón, y sabe que lo anunciado por Jesús se cumplirá. De ella queremos en nuestro silencio y en nuestra soledad aprender esperanza.
Por eso nos acercamos a ella, queremos estar con ella, en silencio, a su lado, dejando que su corazón de madre nos hable directamente a nuestro corazón. Es nuestra Madre, así nos la regalo Jesús como ultimo regalo antes de su muerte. La acogemos, la dejamos entrar en nuestro corazón, queremos aprender de su amor para amarla también con el amor intenso de los hijos, porque nos sentimos amados, porque sentiremos siempre su presencia en nuestro caminar.
Son tantas las soledades en que nos vemos envueltos en la vida, pero sabemos que tenemos un remedio, que hay una madre que estará siempre a nuestro lado y entonces nuestras soledades serán menos soledades. Con ella aprenderemos a no angustiarnos ni amargarnos, porque aunque la llamemos madre de las angustias o de la amargura, nunca esa angustia perturbo su corazón de manera que perdiera la esperanza, aun en medio del mayor dolor. Queremos aprender de ella, queremos que ella nos vaya dictando en nuestro corazón en cada momento como hemos de vivirlo, para que, aunque haya silencio, no nos perturbe la soledad porque nos sentiremos acompañados.
Pero no miramos solo nuestra soledad sino con María aprendemos a tener una mirada mas amplia para ver la soledad de tantos que caminan a nuestro lado desorientados quizás, con vacío en su corazón. Aprendamos de María a acercarnos delicadamente también a esos hermanos; no será necesario quizás muchas palabras, sino solo nuestra presencia; que nuestra presencia les hable a su corazón para que no se sientan solos; que nuestra presencia vaya llena de cercanía y de amor para saber estar a su lado, para tender la mano en el momento oportuno, para saber tener esa mirada de aliento que levante el corazón oprimido. Aprendamos de María. Como ella hace con nosotros hagamos también con los demás.
Sigamos así en silencio que ya no es soledad, con el corazón lleno de esperanza. A quien ayer contemplar expirar en lo alto del madero y luego ser llevado hasta el sepulcro al que ahora nosotros nos hemos acercado sabemos que lo contemplaremos victorioso y resucitado. Esta noche habrá un nuevo amanecer y la piedra del sepulcro se correrá sola y ya dentro del sepulcro no vamos a encontrar sino unas vendas por el suelo y un sudario doblado aparte. Y es que el Señor resucito y para nosotros ha vencido a la muerte. La esperanza no nos puede faltar en nuestro corazón. Estemos atentos para que resucitemos con El, para que con El salgamos también de las negruras de nuestros sepulcros, para que con El renazcamos a una vida nueva. Maria nos ayuda en silencio a mantener esa esperanza para alcanzar esa vida nueva.

viernes, 14 de abril de 2017

El camino de la vida pasa por la cruz pero envuelto en el amor siempre nos conduce al triunfo de la vida y de la resurrección

El camino de la vida pasa por la cruz pero envuelto en el amor siempre nos conduce al triunfo de la vida y de la resurrección

Meditación a la sombra de la cruz

Isaías 52, 13-53, 12; Sal 30; Hebreos 4, 14-16; 5, 7-9; Juan 18, 1 - 19, 42
El camino de la vida pasa por la cruz pero cuando va envuelto en el amor siempre nos conduce al triunfo de la vida y de la resurrección. Es lo que hoy estamos contemplando. Hoy es un día para la contemplación. No son necesarias muchas palabras, solo es necesario sentarnos a la sombra de la cruz. Y ponernos a pensar, a meditar, a contemplar la vida, la nuestra y la de los demás, reflejadas en la sombra de la cruz de Jesús a cuyos pies queremos ponernos.
No es fácil, ponernos a su sombra, contemplar toda su tragedia. Cuantas veces en la vida la rehuimos. Acaso la revestimos con muchas joyas para hacerla mas agradable o la envolvemos en suaves sedas para no sentir su crudeza. Con cuantas cosas en la vida queremos disimular la cruz.
Ponernos a la sombra de la cruz de Jesús nos hace contemplar, si, con toda su crudeza lo duro que es una cruz. Es la cruz de Jesús con toda su tragedia de dolor, de sufrimiento, de injusticia, de la maldad de todos aquellos que quisieron llevarle a la cruz. Pero es la cruz que nos encontramos cada día en los caminos de la vida. serán nuestros sufrimientos cuando nos llega el dolor o la enfermedad; serán nuestros sufrimientos quizás en nuestras soledades que acaso por nuestro egoísmo nos hemos buscado nosotros mismos, o las soledades a las que otros nos han llevado; serán los fracasos cuando no hemos logrado aquello en lo que tanto nos habíamos empeñado, por nuestros errores, porque no supimos encontrar el camino para realizarlo; serán las incomprensiones, los desaires, los malos juicios que de nosotros otros hacen, las acusaciones con razón o sin ella que tanto nos duelen, los abandonos en que nos sumen tantos que se olvidan de nosotros o no nos tienen en cuenta. Muchas cosas que nos llevan a la cruz, que nos hacen sufrir. Es duro.
Pero, cuidado, no nos quedemos solo mirando nuestra cruz. Tengamos la valentía de mirar en torno para darnos cuenta de tantas cruces que cargan sobre los hombros de nuestros hermanos. Porque quizás nosotros también los hemos dejado solos, de tanto pensar solo en nosotros mismos. Miremos, si, cara a cara el dolor y el sufrimiento de tantos a nuestro alrededor, en sus enfermedades, en sus soledades, en su pobreza. Pensamos en los enfermos incurables, en aquellos a los que sobrevino cuando menos lo esperaban la enfermedad que parece que ya no tiene remedio y sufren desesperados, con angustia, sin encontrar fuerzas para seguir adelante.
Miremos, cara a cara, el dolor y sufrimientos de los que son injustamente tratados por la vida, decimos, por no atrevernos quizás a decir por la crueldad de los demás que los hace injustos, o por nuestra crueldad que nos hace perder la capacidad de la compasión. La cruz del sufrimiento de tantos que se sienten fracasados en la vida porque ven sus sueños rotos, porque han perdido la ilusión, porque todo lo que encuentran son los obstáculos que ponen los ambiciosos o los avariciosos que todo lo quieren para si y no quieren permitir que otros avancen en la vida.
La cruz del sufrimiento de los que se ven discriminados, de los que no son aceptados en la sociedad porque proceden de otros lugares, porque son de otra raza, porque tienen otra condición, porque tienen otras orientaciones en la vida, porque quizás un día cometieron unos errores y estarán siempre cargando con la culpa. La cruz y el sufrimiento de los que no se sienten perdonados, de aquellos a los que se le niega el saludo, con los que ya no se quiere contar y se les aísla en la vida para que coman el pan amargo de la soledad.
Nuestro pensamiento puede ir más allá para llegar a los lugares de la guerra o de los que parece que eternamente están condenados a vivir en la miseria y el hambre a lo largo del mundo por la insolidaridad de los que se creen más fuertes, o pudiera estar en sus manos el remedio o la solución a sus males. Es una cruz muy grande la que atraviesa de lado a lado nuestro mundo.
Miramos todas esas cruces y muchas más que hay seguro a lo largo del mundo, no somos capaces de ser exhaustivos, y al mismo tiempo queremos mirar la cruz de Cruz a cuya sombra nos hemos postrado. En esa cruz de Jesús están todos esos sufrimientos, todo ese dolor, pero en Jesús estamos contemplando algo mas que es el amor. Y porque contemplamos ese amor de Jesús sabemos que vendrá la victoria de la vida sobre la muerte, de la gracia sobre el pecado. Es lo que ahora tenemos que aprender de Jesús, a envolver, si, esa cruz con el amor para convertirla en ofrenda. Es lo que la va a transformar.
Por eso, ese silencio nuestro a la sombra de la cruz y esa contemplación que estamos haciendo la vamos a convertir en oración. Pedimos el amor, pedimos vernos envueltos en ese amor de Jesús para darle un sentido a nuestro dolor, a nuestra cruz. Vamos a pedir que el amor ilumine todas esas sombras dolor que hay en nuestro mundo para que haya una verdadera transformación de nuestra humanidad. Una humanidad, empezando por la nuestra, que tiene que hacerse más humana, y lo podremos realizar con la fuerza del amor.
Desgranemos ahora hecho oración ante la cruz de Jesús de nuevo todas esas cruces de sufrimiento que hemos contemplado y otras muchas mas que podamos conocer. Pidamos, si, que nosotros nunca más seamos causa de cruz para los demás por nuestra insensibilidad, nuestro desamor, nuestras incomprensiones, nuestras discriminaciones que también hacemos tantas veces, nuestra forma injusta de tratar a los demás, nuestra violencia. Que nos transformemos nosotros primero que nada porque pongamos verdadero amor en nuestro corazón.
Pidamos que se transformen los corazones, que en verdad seamos una humanidad nueva, que cambien nuestras formas de relacionarnos los unos con los otros, que creemos entre todos un mundo de mayor justicia y de mas fraternidad. Pidamos por los que sufren esos males para que en el Señor encuentren fuerza para cargar con su cruz y transformarla en oblación de amor encontrando un sentido y un valor a sus sufrimientos, al mismo tiempo que logran para los suyos un mundo mejor.
En Jesús a quien hoy contemplamos colgado de la cruz encontraremos la victoria, porque El nos esta enseñando a envolver nuestra vida en el amor. Con Cristo crucificado a quien contemplamos de manera especial en este día de viernes santo sabemos que llegaremos al triunfo y a la victoria de la vida en la resurrección.

jueves, 13 de abril de 2017

Como Jesús nos despojamos y nos ceñimos para lavar los pies de los demás en el servicio y el amor


Como Jesús nos despojamos y nos ceñimos para lavar los pies de los demás en el servicio y el amor

Éxodo 12, 1-8. 11-14; Sal 115; 1Corintios 11, 23-26; Juan 13, 1-15
‘Este día será para vosotros memorable, en él celebraréis la fiesta del Señor, ley perpetua para todas las generaciones’, así les mandaba Moisés celebrar la pascua al pueblo judío.
‘Haced esto en memoria mía… os he dado ejemplo para que lo que yo he hecho con vosotros, vosotros también lo hagáis… Por eso, cada vez que coméis de este pan y bebéis del cáliz, proclamáis la muerte del Señor, hasta que vuelva…’ Así nos dice Jesús, así nos lo recuerdan los evangelistas, nos dice San Pablo que hemos de hacer para siempre recordando, viviendo, haciendo presente la Pascua del Señor. Es lo que hoy celebra la Iglesia en este día que se inicia el Triduo Pascual y que llamamos Jueves Santo.
Ya no es un cordero sacrificado que recuerda la salida de Egipto. Ahora es el Cuerpo entregado, la Sangre derramada, Sangre de la Alianza nueva y eterna lo que comemos en el banquete pascual. Pero no son solo recuerdos sino que tendrá que hacerse vida en nosotros. Porque lo que Jesús realizo lo hemos de realizar nosotros también.
Allí lo más sublime que contemplamos es el amor de Dios en la entrega de Jesús, que realizara con gestos y signos, pero que realizara en la entrega de si mismo expresando el más sublime amor. Es el amor del que entrega su vida por el amado. No hay amor más grande. Es el amor del que nos sentimos inundados, pero en el que tenemos que aprender a amar nosotros también. Por eso hoy es el día del amor verdadero, ese amor que nos hace hijos y que nos hace hermanos.
Por eso en los prolegómenos de la pasión, del momento de su entrega suprema, Jesús quiso realizar unos gestos y unos signos que nos señalaran una vez mas por donde tiene que ir nuestro amor. Sabia que había llegado la hora de la suprema entrega. Sabía que había de pasar de este mundo al Padre. Nos amaba y nos amaba con un amor supremo que se iba a manifestar en su entrega y que iba a ser modelo de nuestro amor. De ahí los gestos y los signos que va a realizar en esa cena pascual.
No era una simple ablución o purificación lo que Jesús iba a realizar. Se despojo de su manto, se ciño la toalla a la cintura, se puso a lavarles los pies a sus discípulos y a secárselos con la toalla que se había ceñido. No es cualquier cosa. Se sorprenden los discípulos, Pedro casi se niega a que Jesús le lave los pies, pero ante cada uno Jesús esta postrado a sus pies.
Dos palabras, despojarse, ceñirse. Sobraba el manto como nos pueden sobrar muchas cosas que nos impiden un movimiento ágil; de cuantas cosas tenemos que aprender a despojarnos cuando queremos amar de verdad. Seria un contrasentido que nos pusiéramos a realizar obras de servicio adornados de lujosos mantos y de ricas joyas o anillos en nuestras manos. Las cosas superfluas no nos son necesarias, se pueden convertir en un estorbo. Solo desde la humildad y poniéndonos de verdad a la altura del otro es como podremos mostrar en verdad nuestra cercanía, nuestra sintonía de amor. La sintonía del amor es sutil y delicada y no puede haber ruidos que entorpezcan el encanto de su sonido.
Pero además Jesús se ciño la toalla a la cintura. Se ciñe bien, se ajusta bien el cinturón el que esta dispuesto a trabajar, a hacer algo verdaderamente útil, a luchar por algo que merece la pena, a comprometerse seriamente por el otro, por la justicia, por la verdad. Esa toalla ceñida a la cintura de Jesús y que además le servia para limpiar y secar los pies de los discípulos puede significarnos muchas cosas. Nos ceñimos con el cinturón de la verdad, de la justicia, del amor, del compromiso, de la paz. Es grande la lucha que hemos de realizar contra tantas injusticias y miserias, contra tanta falsedad y tanta vanidad, para romper ese cascaron de la insensibilidad y del egoísmo que nos hace insolidarios e injustos.
Y Jesús nos dice ‘os he dado ejemplo… para que vosotros también lo hagáis…’ nos ha dado ejemplo porque ceñido así no solo se ha postrado a los pies de los discípulos para lavárselos, sino que le veremos subir mañana a lo alto del calvario, a lo alto de la cruz para realizar la suprema entrega. Es la entrega de Jesús para que se realice de verdad ese Reinado de Dios. Cuando nosotros nos estemos despojando y ciñendo de la misma manera estaremos ya viviendo en ese Reino de Dios, estaremos haciendo presente ese Reinado de Dios.
Y ahí esta el otro signo maravilloso que Jesús nos dejara en la tarde del Jueves Santo, en la noche de la Cena Pascual. Un día había anunciado que comeríamos de su pan que era su cuerpo entregado para poder tener vida. Ahora nos realiza el signo. ‘Toma el pan, esto es mi cuerpo entregado… toma la copa llena de vino que reparte entre todos… esta es mi sangre derramada… comed… bebed… hacedlo en memoria mía… cada vez que bebáis de esta copa estáis anunciando la muerte del Señor…’
Así sencillamente nos realiza el signo. Sencillo pero comprometido. No lo podemos realizar de cualquier manera. Tendrá verdadero sentido para nosotros si en la vida vamos realizando los mismos gestos y signos de Jesús en su amor. Hacerlo en la memoria del Señor es querer hacerlo como lo hizo Jesús. Si nos despojamos de verdad, si nos ceñimos a la manera de Jesús tendrá verdadero significado para nosotros la Eucaristía. Nunca puede estar separada del amor. Nos manifiesta siempre lo que es el amor de Dios, la entrega de Jesús, pero nos compromete a vivir en ese mismo amor, con esa misma entrega. No habrá eucaristía sin amor, sin compromiso por el amor.
Es lo que hoy celebramos en este día del Jueves Santo con que iniciamos el Triduo Pascual de la muerte y la resurrección del Señor. Vivámoslo con intensidad.

miércoles, 12 de abril de 2017

Seamos conscientes del misterio grande que vamos a celebrar sintiendo esa presencia maravillosa del Señor en nosotros tal como El quiere llegar a nuestra vida

Seamos conscientes del misterio grande que vamos a celebrar sintiendo esa presencia maravillosa del Señor en nosotros tal como El quiere llegar a nuestra vida

Isaías 50,4-9ª; Sal 68; Mateo 26, 14-25
‘¿Dónde quieres que te preparemos la cena de Pascua?... Los discípulos cumplieron las instrucciones de Jesús y prepararon la Pascua…’ Es la pregunta que también nos hacemos en este miércoles santo, vísperas ya de comenzar a celebrar el triduo pascual.
‘¿Dónde quieres que te preparemos la cena de Pascua?’ ¿Cómo tenemos que prepararnos para la celebración de la Pascua? Una pregunta importante para hacernos y para que actuemos no dejándonos arrastrar por el ambiente que nos rodea. ¿Dónde vas a ir en Semana Santa? ¿Qué vas a hacer en Semana Santa? Es una pregunta socorrida que hemos escuchado a muchos en estos días; incluso en los medios de comunicación, en las redes sociales tan en boga hoy son comentarios, anuncios, publicidad que se repite. Pase una buena semana santa en… y nos dan oportunidad de muchas cosas, de muchos lugares a visitar, de muchas cosas en las que podemos pasar unas vacaciones. Ojala se sepa encontrar también en medio de esas jornadas de descanso tiempo para una reflexión mas profunda sobre la vida.
Respetamos el pensamiento y el actuar de muchos, de la sociedad en la que estamos inmersos y esa es la realidad. Pero también en un ambiente religioso y eclesial se nos pueden ofrecer muchas posibilidades. Y nos hablan de semanas santas famosas, de interés turístico incluso a nivel nacional o internacional. Y se nos ofrecen imágenes de todo tipo desde un ámbito religioso y costumbrista. Es una tradición que no se puede perder, es una frase que también escuchamos y quizás nos podemos quedar en eso, una tradición.
Dios puede llegar y llega a muchos corazones también a través de esos medios y signos externos, pero es cierto que tendríamos que estar muy atentos a ese paso de Dios por nuestras vidas a través quizás de esas imágenes que tendrían que ser una verdadera catequesis, un verdadero kerigma como anuncio de una verdad de salvación. No siempre, sin embargo, sintonizamos debidamente y nos quedamos en lo externo y a la larga se nos puede quedar en algo superficial, como una semilla caída sobre un terreno duro y repisado o sobre abrojos o zarzales que impiden que pueda dar verdadero fruto.
Por eso la pregunta sigue estando presente. ‘¿Dónde quieres que te preparemos la cena de Pascua?’ ¿Cómo tenemos que prepararnos para la celebración de la Pascua? también en nuestros templos en estos días hay un ajetreo tremendo de preparación de cosas para que todo salga bien, para que todo este en su punto, para que las celebraciones sean hermosas, para que nuestro monumento al Santísimo en el Jueves Santo sea el mas hermoso. ¿Son solo esos los preparativos que hemos de hacer? Porque entretenidos en todas esas cosas puede pasar el Señor por nuestro lado y no nos demos cuenta, se nos pase desapercibido y al final no haya pascua en nosotros.
Es ahí, pues, donde hemos de detenernos. Los preparativos no se nos pueden quedar en cosas externas. Todo eso nos ha de ayudar, pero es algo más profundo en lo que hemos de detenernos. Es ahí en el fondo del corazón donde hemos de preparar el lugar para la cena de Pascua, es nuestro corazón el que hemos de preparar.
Seamos conscientes del misterio grande que vamos a celebrar. Pensemos en ello. Sintamos esa presencia maravillosa del Señor en nosotros, en nuestro corazón, en tantas cosas o personas a través de las cuales quiere llegar a nuestra vida. Es importante que llegue el Señor a nuestra vida para que nos purifique, para que nos revitalice, para que haga surgir con toda fuerza de nuevo el amor en nosotros, para que aprendamos a caminar sus caminos, para que sepamos también abrirnos mejor a los demás. Así habrá verdadera pascua en nosotros.

martes, 11 de abril de 2017

Arden en nuestro corazón los buenos deseos, pero pesan también nuestras negaciones, nuestras cobardías, nuestras traiciones, nuestros pecados pero hagamos pascua en nosotros renaciendo a nueva vida

Arden en nuestro corazón los buenos deseos, pero pesan también nuestras negaciones, nuestras cobardías, nuestras traiciones, nuestros pecados pero hagamos pascua en nosotros renaciendo a nueva vida

Isaías 49, 1-6; Sal 70; Juan 13, 21-33. 36-38
El evangelio hoy esta cargado de especial dramatismo. La escena corresponde a momentos de la cena pascual. Jesús esta rodeado de sus discípulos más cercanos y más queridos en momentos en que es inminente la pasión. El lo sabe. Los discípulos intuyen que algo va a suceder, aunque no han terminado de comprender las palabras de su maestro. Comienzan los titubeos, las deserciones, y los anuncios de negación. Son momentos tensos.
Como nos pueda suceder a veces en la vida en que por una parte nos sentimos solos porque o bien nos fallan los amigos o los que creíamos amigos o nosotros mismos hemos hecho algo que pueda desconcertar a los que están cercanos a nosotros, nos sentimos desorientados por no saber que va a suceder, o los problemas se nos acumulan en nuestro entorno. Buscamos respuestas y todo parece ser silencio en nuestro entorno.
Sentimientos así podíamos decir que se entrecruzaban entre los que estaban alrededor de aquella misma mesa preparados para la cena pascual. Las palabras de Jesús que parecen enigmáticas sin embargo hacen que se comiencen a suceder muchas cosas. ‘Os aseguro que uno de vosotros me va a entregar’, anuncia Jesús. Se crea la tensión entre todos. ‘Los discípulos se miraron unos a otros perplejos, por no saber de quién lo decía’. Casi como en un susurro, acercándose a su pecho el discípulo amado se atreve a preguntar. ‘Señor, ¿Quién es?’
Jesús dará un poco de pan untado a Judas Iscariote, aunque el signo sea incomprensible para todos, lo mismo que las palabras de Jesús. ‘Lo que tienes que hacer hazlo en seguida’. Judas sale a la noche, aunque la noche la llevaba ya en su corazón, aunque los discípulos piensan si va a preparar algo que aun falta para la fiesta de Pascua. Es el comienzo, es cierto de la Pascua, porque será el momento de la entrega; será la traición de Jesús, pero será la entrega de Jesús; será el comienzo de la pasión que le llevara a la muerte, pero es el principio de la verdadera Pascua que va a tener lugar, porque en verdad es el paso de Dios en medio de los hombres, mas importante que aquella pascua que cada año recordaban y celebraban los judíos de su salida de Egipto.
Pero la tensión no termina porque Jesús habla de una marcha a un lugar que los discípulos ahora no podrán ir. No podrán ir porque mas tarde ellos mismos le abandoran y huirán allá en Getsemaní. Pedro, sin embargo, insiste porque el quiere estar con su maestro y dirá que será capaz de dar la vida por El. Pero Jesús le hablara de su cobardía y su negación aunque ahora se muestre tan valiente. ‘¿Con que darás tu vida por mí? Te aseguro que no cantará el gallo antes que me hayas negado tres veces’, le dice Jesús.
Estamos nosotros también dispuestos a celebrar la Pascua con Jesús. Arden en nuestro corazón los buenos deseos, pero pesan también nuestras negaciones, nuestras cobardías, nuestras traiciones, nuestros pecados. Pero aunque nos encontremos revueltos interiormente en esa tensión entre nuestro pecado, nuestros buenos deseos y nuestras promesas de amor, ha de predominar por encima de todo esa mirada llena de amor que Jesús nos dirige. No nos recrimina, nos mira y nos llama, nos muestra su ternura y su amor y nos esta invitando a que también nosotros nos recostemos sobre su pecho como se atrevió a hacerlo el discípulo amado.
Jesús también tiene sus secretos para nosotros, eso que quiere decirnos allá en lo más íntimo de nuestro corazón y que tocara nuestras fibras más sensibles, porque estará señalándonos cosas muy concretas de nuestra vida en las que hemos de hacer pascua, cosas de las que tenemos que morir para renacer, para resucitar, para llenarnos de nueva vida.
Dejémonos cautivar por esa mirada de amor. Busquemos la manera de caminar con El, pero sintiendo la seguridad que con la fuerza de su Espíritu podemos hacer ese hombre nuevo en nosotros. Somos débiles y tropezamos muchas veces, negamos no solo tres sino muchas veces en tantas cobardías de nuestra vida, pero hemos de hacer de verdad pascua en nosotros. Tenemos que morir con Cristo para con Cristo resucitar a nueva vida.

lunes, 10 de abril de 2017

Ojala seamos capaces de llenar nuestro mundo de esa nueva fragancia del amor que nace de nuestro encuentro con Jesús.

Ojala seamos capaces de llenar nuestro mundo de esa nueva fragancia del amor que nace de nuestro encuentro con Jesús.

Isaías 42, 1-7; Sal 26; Juan 12,1-11
‘Y la casa se llenó de la fragancia del perfume’. El perfume, ese líquido aromático que se usa para desprender un olor agradable. No nos gustan los malos olores, tratamos de suavizarlos con algún perfume; hay muchas variedades y podríamos decir que hay perfumes para todos los gustos; nos hacen sentir una sensación agradable y es agradable estar al lado de quien huele bien o en un lugar suavemente perfumado. Es como la naturaleza que nos da diferentes perfumes, los árboles, las flores en toda su diversidad, el mar, la montaña, cada lugar tiene su perfume y nos puede llenar de paz y serenar nuestro espíritu.
Pero un perfume no es solo quitar una mala sensación por un mal olor, sino que puede convertirse también en una ofrenda de amor, un signo de amistad, una expresión de esa cercanía que queremos sentir con alguien que nos es agradable. Regalamos perfumes a quien amamos, los recibimos con agrado de quien sabemos que nos quiere bien, nos hace recordar hermosos momentos vividos con alguien, porque todos tenemos nuestro olor con el que nos podemos hacer recordar y que pueden motivar muchos recuerdos y sensaciones vividos.
‘La casa se lleno de la fragancia del perfume’, nos dice el evangelio hoy. Jesús estaba participando en una comida en Betania, Marta como siempre servia, allí estaba Lázaro a quien Jesús había resucitado, y por allá apareció María, la que sabia ponerse a los pies de Jesús, ahora con un frasco de caro perfume de nardo purísimo. Ya sabemos lo penetrante del olor del nardo; y María lo derramo entero a los pies de Jesús. Muchas cosas quería expresar aquella mujer a Jesús, a quien tanto amaba; podía estar el recuerdo de su vida anterior y su encuentro con Jesús, podría ser el recuerdo de aquellos momentos vividos a sus pies escuchando sus palabras, podría ser la expresión de la gratitud por la vuelta a la vida de su hermano Lázaro por la obra de Jesús.
Habrá siempre alguien interesado que no sabe interpretar los signos y los gestos. En este caso no vendrá la interpelación desde los que querían quitar de en medio a Jesús sino de uno de sus propios discípulos, pero en quien estaba entrando la negrura en su corazón. Aquel dinero gastado en el perfume se podría haber empleado de otra forma; y se quiere justificar en querer darlo a los pobres, pero ya el evangelista nos descubre cuales eran las intenciones torcidas de quien se presentaba ahora con cara de bueno. Jesús quiere quitar hierro a la disputa que se puede crear y resalta lo que aquella mujer hace, explicando que de alguna manera se esta adelantando a lo que habría que hacer con su sepultura, pero que con las prisas del viernes en la tarde no podrán realizar debidamente. Pero es que Jesús lo que quiere resaltar es el amor de aquel corazón.
Nos aprestamos nosotros a celebrar la pasión y la muerte de Jesús. Hemos iniciado ya el camino de la semana santa y nos acercamos a los días del triduo pascual. Creo que hoy podríamos tomar el camino de María de Betania y querer acercarnos a Jesús para perfumar también sus pies, esos pies que nos señalan los pasos que nosotros hemos de ir dando, de ir siguiendo. Podemos ofrecer también nosotros un perfume que tiene que ser necesariamente el perfume de nuestro amor.
Primero quizás tendríamos que quitar de nosotros los malos perfumes, el mal olor del pecado que hayamos dejado meter en nuestra vida. Busquemos a Jesús con el perfume del perdón que nos purifica. Pero intentamos ya comenzar a dar ese buen olor de Cristo porque de Cristo nosotros nos impregnemos en su amor. Es en Cristo donde podemos encontrar ese perfume. Es en su amor en el que tenemos que sentirnos envueltos para que lleguemos a dar ese buen olor de Cristo.
Nardos, rosas, jazmines, miles de flores olorosas en las que tenemos que sumergirnos para llenarnos de ese buen olor del amor. Un olor de amor que tenemos que expresar de mil diferentes maneras entre aquellos con los que convivimos, con aquellos a los que podemos o tenemos que acercarnos y a los que encontraremos cada uno en sus propias circunstancias de su vida; a cada uno, según su necesidad o su carencia, según lo que vive o lo que ansia en su corazón nosotros nos acercaremos con los gestos de nuestro amor, unos gestos bien individualizados, personalizados, porque de forma muy concreta amaremos a cada uno.
Ojala seamos capaces de llenar nuestro mundo de esa nueva fragancia del amor que nace de nuestro encuentro con Jesús.

domingo, 9 de abril de 2017

Está cerca la hora y hemos de levantarnos para hacer el camino de la cruz con Jesús que es nuestra cruz y la de nuestro mundo y se haga verdadera Pascua para todos


Está cerca la hora y hemos de levantarnos para hacer el camino de la cruz con Jesús que es nuestra cruz y la de nuestro mundo y se haga verdadera Pascua para todos

Isaías 50,4-7; Sal 21; Filipenses 2,6-11; Mateo 26,14–27,66
‘Mirad, está cerca la hora, y el Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los pecadores. ¡Levantaos, vamos!’ Así les decía Jesús en el huerto a los discípulos que estaban adormilados. ¿Será también lo que nos quiere decir Jesús hoy cuando comenzamos esta semana de Pasión? ‘Mirad, está cerca la hora…’
Lo que en el camino de Galilea a Jerusalén les había anunciado tantas veces y a los discípulos tanto les había costado comprender, ahora lo proclama ya inminente. ‘Está cerca la hora’. Era el inicio de la pasión. Es el inicio de nuestras celebraciones pascuales para las que nos hemos venido preparando a lo largo de toda la Cuaresma. Decimos Semana Santa, semana grande, semana de pasión que culminara en la celebración del tiempo pascual. También nosotros podemos andar confundidos y no terminar de entender los anuncios que Jesús nos hace. Es necesario espabilarnos, despertarnos de ese sueño en que nos sumergimos tantas veces en nuestra insensibilidad.
A nosotros también nos dice ‘¡Levantaos, vamos!’ Tenemos que subir también a Jerusalén pasando hoy por la bajada del monte de los Olivos para entrar en la ciudad santa, pasar por el huerto de Getsemaní, hacer todo el recorrido de la calle de la Amargura, subir con Jesús al Calvario, ponernos al lado de su cruz, mas aun, tomar la cruz, la nuestra y la de Jesús.
La cruz que veremos cargar a Jesús y en la que va a ser clavado es nuestra cruz. El la tomo antes que nosotros, que tantas veces quizás la hemos rehusado, de la que nos queremos echar atrás. Cuanto miedo le tenemos a la cruz, pero ¿Por qué? El puso amor, nosotros habíamos puesto nuestro pecado, pero en ella están puestas también todas las angustias y sufrimientos de todos los hombres – una lista muy larga podríamos hacer de pobreza, de hambre, de dolor, de guerras, de rivalidades y enfrentamientos, de injusticia… -, y ahora nos toca poner también amor para que sea redentora, para que sea en verdad transformadora para nosotros y para nuestro mundo, para que sea camino de salvación para todos.
Este domingo inicio y puerta de la semana santa lo llamamos Domingo de Ramos en la Pasión del Señor; y es que queremos hacer nuestra entrada como lo hizo Jesús en la ciudad santa; lo aclamaban las gentes, gritaban los niños, alfombraban el camino con los mantos y las ramas de los olivos y las palmeras en una entrada triunfal en Jerusalén. Todo tendría que sonar a música de paz y de triunfo - olivos y palmeras -, porque llegaba el Hijo de David, el que venia en nombre del Señor. Son los sencillos y los humildes, los niños y los pobres los que lo entienden y de los que saldrán los mejores cánticos de alabanza al Señor. Que no se callen esos gritos de paz para que no se oigan los gritos de tantas piedras de violencia.
No se ahogaran, sin embargo, estos gritos con los que cinco días mas tarde van a resonar ante el Pretorio de Pilatos, pero unos y otros hemos de entenderlos en su justo sentido. Nos pueden parecer contradictorios y un contrasentido que quienes un día entrando en la entrada en Jerusalén gritaban unas cosas, mas tarde parece que gritaran lo contrario. Unos y otros aunque parezcan de distinto signo nos van a proclamar una única y misma verdad,  quien es de verdad Jesús y el sentido de su muerte.
Es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo, como un día lo señalara el Bautista allá en el Jordán. Es el Cordero inmolado cuya sangre nos purifica y nos da vida; es el Cordero inmolado cuya sangre derramada va a ser la Sangre de la Alianza Nueva y Eterna; es la Sangre que caerá sobre nosotros para sellar esa Alianza, para hacer nacer en nosotros eso hombre nuevo que nos comprometa a hacer un mundo nuevo.
‘¡Su sangre caiga sobre nosotros y sobre nuestros hijos!’, gritaran ante el Pretorio los que buscaban su muerte sin comprender bien lo que decían y el alcance que tenían aquellas palabras. Será la Sangre que engendrara un hombre nuevo, un mundo nuevo. Nosotros, si, queremos entender y darle su verdadero sentido. Nosotros queremos entender ese camino de la cruz, ese camino de la pasión y de la muerte que va a emprender Jesús. Sabemos como nosotros tenemos que emprender ese camino al paso de Jesús porque como hemos dicho esa cruz es nuestra cruz, y es la cruz del sufrimiento, de la pasión que sufre nuestro mundo. Nosotros, si, queremos entender el sentido de esa Sangre derramada.
‘¡Levantaos, vamos!’ nos decía Jesús en Getsemaní y nos esta diciendo a todos en este día. Emprendamos el camino con Jesús en esta semana que nos lleva a la Pascua, pero que sabemos bien que ha de ser el camino pascual por el que ha de discurrir siempre nuestra vida.
Caminemos al paso de Jesús con la cruz, la nuestra y la de nuestro mundo, que es la cruz que Jesús va llevando delante de nosotros. Si lo hacemos así y ponemos toda nuestra vida y todo nuestro amor veremos surgir en nosotros un hombre nuevo, haremos posible también que nuestro mundo sea mejor, estaremos así construyendo de verdad el Reino de Dios, llegaremos a vivir en profundidad todo el sentido de la pascua.