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domingo, 17 de enero de 2016

Que los signos de nuestra vida de cada día manifiesten la gloria del Señor y crezca así la fe de todos los hombres en Jesús

Que los signos de nuestra vida de cada día manifiesten la gloria del Señor y crezca así la fe de todos los hombres en Jesús

 Isaías 62, 1-5; Sal 95; 1Corintios 12,4-11; Juan 2, 1-12
Me atrevería a decir que estos domingos del tiempo ordinario que median hasta que ya pronto este año comencemos la Cuaresma son en cierto modo como una prolongación de las fiestas de la Epifanía que hemos celebrado para concluir la Navidad. La fiesta de la Epifanía fue la manifestación de Jesús por medio de la estrella a los Magos de Oriente como la salvación para todos los hombres; en el pasado domingo escuchábamos la voz del Padre que desde el cielo señalaba a aquel Jesús que salía de las aguas del Jordán como el que está lleno del Espíritu de Dios y en verdad es el Hijo de Dios.
Jesús ahora se nos irá manifestando, dando a conocer para que en verdad crezca más y más nuestra fe en él, como hoy mismo nos dirá el evangelio. Es el Emmanuel, en verdad Dios entre nosotros, que se hace presente, no solo porque se ha encarnado haciéndose hombre, allí donde los hombres están y hacen su vida para descubrirnos así el misterio de Dios escondido desde los siglos y que al manifestarsenos en Jesús vendrá a ser el verdadero sentido y plenitud de la vida del hombre.
Hoy le encontramos, decíamos, allí donde los hombres hacen y viven su vida en las distintas circunstancias de su existencia, y es en este caso en medio de la fiesta de una boda; le contemplaremos en próximos domingos allí donde los judíos se reúnen para escuchar la Palabra y alabar al Creador, o en los distintos momentos de la vida de los hombres con sus sufrimientos o con las inquietudes que anidan en su corazón. Siempre Jesús se nos va a manifestar como esa luz de nuestra vida, aquel en quien vamos a encontrar, como decíamos, sentido y plenitud para nuestra existencia.
Es significativo el evangelio de este domingo, las bodas en Caná de Galilea, no solo para señalarnos con su presencia cómo el amor entre un hombre y una mujer es algo sagrado, que Jesús elevará a la gran categoría de sacramento, de signo del amor que El mismo tiene a su Iglesia, sino que este texto querrá decirnos muchas más cosas.
Vivimos los hombres todo lo que es la belleza de nuestro vivir y más aún cuando se vive en el amor. Es la alegría de la fiesta que se manifiesta en lo que es una boda, signo de lo que ha de ser el sentido que le damos a nuestro caminar, a nuestra vida, valorando toda esa belleza de nuestra existencia. Pero surgen signos y gestos en nuestro relato que pueden ser bien significativos.
Se acabó el vino en medio de la fiesta. Serán los ojos de María los que capten el problema y le necesidad que surge, lo que podría darnos ocasión de muchas más reflexiones. Quedémonos en el hecho. En esa belleza de nuestro caminar por la vida muchas veces nos surgen sombras en los problemas que nos van apareciendo cada día.  Contratiempos en nuestra convivencia que merman la paz de los corazones, carencias que nos afectan en la vivencia de nuestra dignidad de personas - y aquí podemos poner todas las manifestaciones de la pobreza en todos sus aspectos -,  sufrimientos porque aparecen las enfermedades o surgen otras muchas limitaciones que nos pueden hacer perder la estabilidad de nuestra vida, y así podríamos seguir pensando en tantas y tantas sombras que aparecen en la vida de las personas y en la sociedad.
‘No tienen vino’ es la frase de María a Jesús y es la constatación de que la belleza de nuestra vida se nos viene abajo. Pero allí está Jesús, aquí está Jesús que sigue caminando con nosotros en todas las circunstancias de nuestra vida. Siempre decimos Jesús realizó algo extraordinario y asombroso para que no faltara el vino en la fiesta convirtiendo aquellas vasijas llenas de agua en el mejor vino. Pero yo me quedaría en la sencillez del gesto; utiliza Jesús algo tan elemental como es el agua que bebemos cada día y básicamente necesitamos para nuestra subsistencia.
Pero aquella agua se transformó, o mejor aún, transformó la vida de los presentes porque hubo manera de mantener aquella alegría de fiesta del vivir. Es todo un signo sencillo y maravilloso a la vez. Aquel agua se convirtió en un vino mejor. ¿Cómo pudo ser? Allí estaba Jesús. Jesús que viene a darnos ese sentido nuevo de nuestra existencia no pidiéndonos cosas extraordinarias, sino eso que vivimos cada día, pero que seamos capaces de vivirlo en plenitud, pongamos en lo que es nuestra vida la plenitud del amor que es la que dará sentido pleno a todas las cosas. La presencia de Jesús lo transformó todo. Y comenzaron a creer en él a partir de aquel primer signo que Jesús realizó en Galilea, allá en las bodas de aquel pequeño pueblo de Caná.
Es lo que nos está pidiendo Jesús. Vivamos, sigamos viviendo esas cosas normales y sencillas de cada día, donde como decíamos tantas veces van apareciendo tantas sombras, como será nuestra vida familiar, como serán nuestros trabajos, como será todo lo que nuestra convivencia social con nuestros vecinos ahí en la sociedad en la que vivimos. Pero en eso sencillo de cada día tenemos que ser signos, no porque hagamos cosas extraordinarias, vayamos haciendo milagros, sino por el sentido con que vivamos todas esas cosas. Y todas esas sombras se pueden transformar en luz, se transformarán en luz con la presencia de Jesús que nosotros llevamos a nuestro mundo.
Es el sentido que en Jesús encontramos para nuestro vivir que le dará como un lustre nuevo a nuestra vida familiar y a nuestra convivencia con los demás; es el sentido de Jesús que nos hará descubrir ese lugar que nosotros ocupamos en nuestra sociedad a la que hemos de contribuir con nuestro buen hacer, con nuestro compromiso social, con nuestra apertura a los demás. No son cosas extraordinarias, sino las cosas de cada día, como el agua o el vino que bebemos, pero que ahora van a encontrar un nuevo sabor, un nuevo sentido, la sabiduría de Dios que se nos manifiesta en el evangelio.
Sí, sigue siendo en cierto modo Epifanía del Señor, porque el Señor se nos manifiesta como luz, como sentido de nuestra vida, con ese sabor nuevo de la sabiduría del Evangelio. ‘Jesús comenzó sus signos, manifestó su gloria y creció la fe de sus discípulos en él’, terminaba diciéndonos el evangelio hoy. Que los signos de nuestra vida manifiesten la gloria del Señor y crezca así la fe de todos los hombres en Jesús.

sábado, 16 de enero de 2016

Aprendamos del evangelio a ser imagen de la misericordia de Dios con la acogida de corazón que hagamos a todos sin distinción

Aprendamos del evangelio a ser imagen de la misericordia de Dios con la acogida de corazón que hagamos a todos sin distinción

1Samuel 9,1-4.17-19; 10,1ª; Sal 20; Marcos 2,13-17

‘Mira con qué gente se mezcla…’ es lo que piensan y lo que murmuran los fariseos y los escribas que siempre estaban al acecho de lo que hiciera Jesús.
Había llamado a un publicano - ‘Leví, el de Alfeo, que estaba sentado al mostrador de los impuestos’ - a seguirle; ahora estaba sentado a la mesa en su casa rodeado de otros recaudadores de impuestos, amigos y compañeros de Leví en su profesión, pero a los que llamaban publicanos porque los consideraban unos pecadores; entre la gente que habitualmente seguía a Jesús no estaban precisamente los que pudieran considerarse importantes y respetables en aquella sociedad; en un mundo como el entonces en el que también se discriminaba a la mujer, son precisamente ellas las que acompañan a Jesús junto al grupo de los discípulos que se va agrupando y entre ellas estaban aquellas a las que Jesús había perdonados sus muchos pecados a causa de su mala vida o hasta expulsado siete demonios como era María, la de Magdala.
‘¡De modo que come con publicanos y pecadores!’, es el comentario que los escribas y fariseos les hacen a los discípulos de Jesús. Pero es que Jesús quiere contar con todos sin ningún tipo de discriminación. No sé si nosotros habremos aprendido la lección a pesar de los veinte siglos transcurridos. Jesús les dice que el médico es para los enfermos y que El no ha venido a llamar a los que ya se creen justos, sino a los pecadores. Por eso serán los que se sienten débiles, indefensos, discriminados, pecadores los que más pronto se acercan a Jesús.
Y nosotros seguimos haciendo distinciones. ¿Por qué si está tan claro en el evangelio a nosotros nos cuesta tanto actuar a la manera de Jesús? Cuánto nos cuesta acercarnos a aquellos que nos parecen más desarrapados, que nos parece que andan metidos en chanchullos y en drogas. Quizá vamos a la Iglesia y en la plaza nos encontramos esos grupos que por su apariencia nos parecen más indeseables y como pasamos por ellos sin querer ni siquiera mirarlos porque nos parece que nos podemos contagiar de sus miserias.
También nosotros tantas veces nos convertirnos en un grupo de puritanos y gentes que nos creemos buenos y perfectos y en nuestro interior también hacemos nuestros juicios y nuestros desprecios. ¿Es así cómo vivimos el evangelio de Jesús? ¿Es así cómo queremos trasmitir la buena nueva de Jesús a los demás? Hablamos mucho hoy de la necesaria nueva evangelización de nuestro mundo que llamamos cristiano pero tantas veces lejano al evangelio. Comencemos nosotros por dejarnos evangelizar, por dejarnos transformar por la Buena Nueva de Jesús, convirtamos nuestro corazón viendo la enfermedad que llevamos en nuestro interior donde aun no vivimos en toda su plenitud su amor. Aprendamos del evangelio a ser imagen de la misericordia de Dios con la acogida de corazón que hagamos a todos sin distinción
El Señor misericordioso inunde nuestro corazón con su amor para empapados de él seamos en verdad signos de la misericordia del Señor para los demás. 

viernes, 15 de enero de 2016

Rompamos todas las barreras que puedan haber hasta dentro de nosotros mismos que nos impiden acercarnos a Jesús

Rompamos todas las barreras que puedan haber hasta dentro de nosotros mismos que nos impiden acercarnos a Jesús

1Samuel 8,4-7.10-22ª; Sal. 88; Marcos 2,1-12

Por naturaleza nuestra vocación es la comunión y el encuentro, la cercanía y la relación de amistad, el caminar juntos y el ser capaces de tendernos la mano para juntos ser más felices y hacer un mundo mejor. Sin embargo, hemos de reconocer, cuánto nos cuesta; cuántas cosas se nos meten dentro de nosotros que nos alejan, nos aíslan, nos enfrentan. Parece como que pusiéramos barreras entre unos y otros.
Cuántas barreras nos interponemos porque rondan dentro de nosotros nuestros orgullos y resentimientos; cuántas barreras nos ponemos con nuestros prejuicios e ideas predefinidas de los otros; cuántas barreras desde los celos que nos hacen excluyentes o nos vuelven acaparadores de la amistad de los otros impidiendo que otros puedan compartir también esa belleza de la amistad; barreras que nos interponemos con prejuicios y murmuraciones que crean desconfianza; discriminaciones que nos impiden aceptar a otro o lo que el otro nos ofrece; desconfianza que enfría la amistad y la cercanía.
Hoy en el evangelio hemos visto a unos hombres que traen a un paralítico pero no podían llegar hasta Jesús. El gentío se lo impedía. Todos querían, es cierto que quizá con buena voluntad, estar cerca de Jesús para verle, para escucharle, pero de alguna manera se convirtieron en barrera que impedía acercarse a Jesús.
Pero aquellos hombres, con una fe grande que merecerá el beneplácito de Jesús, rompen barreras aunque para ello tengan que romper el techo de la casa para hacer llegar al paralítico a los pies de Jesús. Pero hay otros allí también intentando crear barreras con sus prejuicios y sus desconfianzas. Allí están los que se ponen siempre a una cierta distancia para observar y para juzgar, para criticar y para condenar.
Ya sabemos que con Jesús se rompen todas las barreras y Jesús llegará a nosotros dándonos vida. Aquel hombre salió de la presencia de Jesús no solo sanado de su invalidez física, sino sobre todo sanado y salvado desde lo más hondo, porque para él estaba el perdón de los pecados. Queda claro quien es Jesús que si puede levantar al paralítico de su camilla también puede perdonar los pecados, porque todo es obra de Dios y Dios estaba en El.
Pero quizá convendría reflexionar en este momento con la idea con que comenzábamos. Pensemos por una parte las barreras con que nos encontramos para llegar hasta Jesús que muchas veces están en nosotros mismos porque quizá no somos valientes para dar el paso adelante acercándonos a Jesús y su gracia salvadora; pensemos en las ataduras de nuestra vida, nuestros apegos, nuestras cobardías, nuestro amor propio, nuestra desconfianza, nuestro miedo al qué dirán y así tantas cosas que se interponen desde dentro de nosotros mismos.
Pero pensemos también si acaso nosotros podamos ser obstáculo o barrera para que otros se acerquen a Jesús. Muchas veces los que parece que estamos más cerca quizá por la no congruencia de nuestra vida no somos luz, sino más bien sombra que se interpone. Tenemos que romper quizá muchos moldes personales para que nada nos impida ni impida a los demás llegar hasta Jesús.
Nos es necesario una purificación y un cambio de muchas actitudes puritanas, de autosuficiencia en creernos los mejores o acaso únicos poseedores de la verdad; abajarnos de ese escalón en el que nos subimos para creernos superiores, más merecedores que los otros, para discriminar, para mirar acaso con desconfianza a los que intentan acercarse a Jesús sintiéndose en verdad pecadores. Que nunca seamos obstáculo, barreras que se interpongan y cierren puertas. Nuestra misión de cristianos es llevar el anuncio de la Buena Nueva de Jesús a todos y ayudar a que todos puedan sentir el gozo de la fe y de sentirse inundados del amor de Dios.
Cuidado que dentro de la misma Iglesia tantas veces podemos encontrar esas barreras porque no siempre somos signos de la misericordia de Dios para todos.

jueves, 14 de enero de 2016

Seamos capaces de acercarnos a los otros diciéndoles ‘si quieres…’ podríamos colaborar juntos para hacer nuestro mundo mejor

Seamos capaces de acercarnos a los otros diciéndoles ‘si quieres…’ podríamos colaborar juntos para hacer nuestro mundo mejor

1Samuel 4,1-11; Sal 43; Marcos 1,40-45

Escuchando el relato que nos ofrece el evangelio de hoy me surge una pregunta y una reflexión sobre muchas actitudes y posturas con que nos podemos encontrar hoy día. ¿Qué nos pasa a los hombres y mujeres de hoy en que parece que todo son quejas y reclamaciones de derechos pero además hechas con demasiada acritud? Es justo que tenemos unos derechos humanos que hay que salvaguardar siempre pero, ¿por qué esa acritud con que hemos llenado nuestras relaciones y nuestras posibles reclamaciones? Todo se pide con exigencia, se crean tensiones entre unos y otros por los diferentes puntos de vista que podamos tener ante las diversas circunstancias en que vivimos, hay como un amargor (un sabor amargo) en nuestras palabras, nuestros diálogos (que muchas veces parecen de sordos), en nuestras conversaciones que terminan en rupturas, divergencias irreconciliables y no sabiendo colaborar los unos con los otros buscando siempre lo mejor.
Demasiados orgullos, demasiada soberbia y prepotencia, demasiado considerarme yo siempre el mejor y con la única razón verdadera; y ya sabemos eso creará enfrentamiento, desconfianza, división y nos llevará como en una espiral a hacer que las cosas marchen cada vez peor. En muchos aspectos de la vida vemos situaciones así. Es una primera consideración que me hago en este día.
Decía que me venía esta reflexión desde la lectura que se nos ofrece en el evangelio de hoy. Un leproso llega hasta los pies de Jesús, hemos escuchado. Si llega hasta Jesús es probablemente porque haya escuchado que otros enfermos y otros leprosos como él han sido curados por el profeta de Galilea. Pero fijémonos en la actitud de este hombre. Sabe que Jesús tiene poder para curarlo porque así ha curado a otros, pero se acerca con humildad a Jesús. ‘Si quieres…’ le dice. Sé que puedes hacerlo y lo has hecho con otros, aquí vengo yo con mi enfermedad y ahora depende de ti, yo no puedo hacer otra cosa. ‘Si quieres, puedes curarme’
Y Jesús quiso. Y extendió su mano y lo tocó. Algo que sería incomprensible y como una locura en aquel tiempo, porque tocar a un leproso era cometer una impureza legal; tocar a un leproso daba la posibilidad del contagio y por eso quien tocara a un leproso ya se le consideraba impuro y hasta se le apartaba de la vida de la comunidad. Pero Jesús lo tocó, lo limpió de su lepra, lo curó. ‘Quiero, queda limpio’.
Ya reflexionábamos en otro momento sobre la importancia de los gestos. De nuevo contemplamos este gesto de Jesús. A la humildad de aquel hombre que no venía con exigencias ni reclamaciones, ni con malos modos, se enfrenta, por así decirlo, el amor de Jesús que le llena de vida.
Vayamos en la vida tendiendo la mano para establecer esas buenas relaciones; vayamos en la vida acercándonos con sencillez a los otros ofreciendo lo que somos y tenemos, nuestras ideas y nuestra manera de hacer, para buscar como si todos unimos nuestras fuerzas y nuestras ideas podremos lograr muchas cosas hermosas para nuestra sociedad. Seamos capaces de colaborar, de conjuntarnos en nuestros trabajos y en nuestros deseos de hacer cosas buenas para lograr esa sociedad mejor, ese mundo mejor. En la colaboración podremos lograr cosas hermosas. Desterremos de nosotros acritudes, orgullos, autosuficiencias que son cosas que sobran; pongamos mucha humildad y sencillez para acercarnos a los otros, para la parte buena que en los otros hay y logremos esa  buena colaboración.
Muchas más reflexiones podríamos hacernos en este sentido y muchas más consecuencias podríamos sacar. Acerquémonos a los otros y digámosles también ‘si quieres…’ podríamos colaborar juntos para hacer que nuestro mundo sea mejor.

miércoles, 13 de enero de 2016

Como Jesús sepamos tender nuestra mano a los demás para con nuestra cercanía ser signos también de la presencia misericordiosa de Dios

Como Jesús sepamos tender nuestra mano a los demás para con nuestra cercanía ser signos también de la presencia misericordiosa de Dios

1Samuel 3,1-10.19-20; Sal 39; Marcos 1,29-39
Una mano sobre el hombro en un momento de sufrimiento en soledad o en un momento de amargura o desesperanza parece que inyecta en nosotros una energía que nos revitaliza y nos hace como renacer. Muchas veces necesitamos esa mano que se tiende hacia nosotros o que sintamos sobre nuestro hombro y que es mucho más que ese contacto físico que podamos sentir.
Puede significar muchas cosas; no estás solo, parece que se nos dice; es cercanía y es confianza en ti mismo; es decirnos, quiero caminar contigo y te puedes apoyar en mi; puedes levantarte porque eres capaz y puedes y tienes que hacer muchas cosas; es poner serenidad y ánimo en tu espíritu para que sientas paz a pesar de todas las turbulencias; es consuelo en el sufrimiento y la mejor medicina que nos cura por dentro; es darnos ese empujón que necesitamos para levantarnos y comenzar a caminar; es darte muchos motivos de esperanza; es el abrazo del amigo que tanto reconforta; son los ojos que te miran y sin palabras te están diciendo tantas cosas para que aprendas a confiar; es la palabra que se susurra al oído pero te llega al corazón; es la presencia de quien sabes que te aprecia y en quien puedes confiar.
Los gestos son importantes en la vida y muchas veces nos dicen más que largos discursos de palabras que se pueden quedar frías en el aire.
Jesús hablaba y enseñaba con autoridad, hemos venido escuchando en estos días. No fueron solo las palabras pronunciadas allá en la sinagoga, sino aquel hombre del que liberó de su mal. Por eso sus gestos de cercanía están siendo tan importantes porque serán signos verdaderos de la presencia de Dios en medio de ellos, de que en verdad es el Emmanuel, que se acercaba a ellos para darles nueva vida, para ponerles en camino de nueva vida.
Hoy escuchamos en el evangelio que después de salir de la sinagoga fueron a casa de Simón Pedro y allí le dijeron que la suegra de Simón estaba en cama con fiebre. No hay palabras, solo está el caminar de Jesús para llegar hasta ella y tomándola de la mano levantarla. ‘Jesús se acercó, la cogió de la mano y la levantó. Se le pasó la fiebre y se puso a servirles’.  No fue necesario más. ‘La cogió de la mano’. Es la cercanía de Jesús. Es esa mano sobre el hombro que antes mencionábamos. Se llenó de vida. Comenzó una nueva vida con una nueva actitud. ‘Se puso a servirles’.
Luego el evangelio seguirá contándonos como al atardecer le traían a muchos enfermos hasta la puerta y los iba curando a todos. Pero más adelante nos dirá que Jesús quiere seguir caminando porque quiere seguir llegando a todos en el anuncio del Reino, en la proclamación de la Palabra pero en los signos con que curaba a los enfermos. Jesús que quiere estar con todos, acercarse a todos, llevar la vida a todos.
Nos quedamos aquí. Metámonos de lleno en la escena y sintamos también como Jesús llega con su mano hasta nosotros, pone también su mano sobre nosotros. Hay en nosotros también muchas sombras, soledades, sufrimientos, penas del corazón, inquietudes quizá muchas veces frustradas, ansias y deseos de muchas cosas. Sintamos esa mano de Jesús sobre nosotros y cómo en El nos sentimos revitalizados; cómo a nosotros con la presencia y cercanía de Jesús también se nos abren caminos; como renacen en nosotros los deseos del servicio y del bien que podemos y tenemos que hacer.
Veremos a Jesús orando, porque estaba lleno de Dios. Es un signo también para nosotros que necesitamos llenarnos de Dios para también como Jesús ir a otras partes. Porque ese gesto de Jesús nosotros tenemos que seguirlo repitiendo. Tenemos que ser signos con nuestros gestos, con nuestras nuevas actitudes, con nuestra cercanía a los demás que caminan a nuestro lado, de esa presencia amorosa y misericordiosa de Dios que a todos levanta. Es la tarea, el compromiso que nosotros hemos de realizar.

martes, 12 de enero de 2016

Jesús es la Palabra de vida que hemos de anunciar con la autoridad de las obras de amor que manifiestan la misericordia de Dios para todos

Jesús es la Palabra de vida que hemos de anunciar con la autoridad de las obras de amor que manifiestan la misericordia de Dios para todos

1Samuel 1,9-20; Sal.: 1S 2,1-8; Marcos 1,21-28
El mundo está cansado de palabras; nosotros estamos cansados de palabras. Palabras que se repiten, promesas que quieren ilusionar, mensajes que recibimos por aquí y por allá, desde un sentido y desde lo contrario. Todo son palabras y nos cansamos. Necesitamos algo más, algo que haga creíbles esas palabras y quienes las pronuncian, cumplimiento palpable de tantas promesas que pronto se olvidan, algo más que palabras encantadoras que halaguen nuestros oídos o sutilmente lo que quieren es engatusarnos en promesas de satisfacciones instintivas. Esto nos sucede hoy, pero ha sucedido en todos los tiempos de manera que nos encontramos muchas personas que se hacen oídos sordos, que parece que vienen de vuelta porque ya nada creen.
Pero cuando apareció Jesús por Galilea y comenzó a enseñar en sus sinagogas o donde tenía ocasión de hablar a la gente haciendo el anuncio del Reino de Dios la reacción de la gente fue distinta. Ahora sí entendían lo que se les quería decir; quien les hablaba lo hacia con convencimiento y autoridad. Era el anuncio de las promesas recibidas desde siglos pero ahora veían que todo se hacia realidad, se hacia presente. La gente estaba admirada, comparando la manera de hablar de Jesús con la de los maestros de la ley que les enseñaban en las sinagogas y en el templo. Ahora no eran palabras aprendidas de memoria, sino que allí estaba la Palabra con toda su autoridad.
Por eso la presentación que hará Juan en el prologo de su Evangelio es hablarnos de la Palabra, que estaba en Dios, que era Dios, que creaba y que iluminaba la vida de los hombres, aunque los hombres no quisieran reconocerlo; era la Palabra viva que se hacia vida, porque se encarnaba, porque plantaba su tienda en medio de los hombres.
Escuchan las gentes de Cafarnaún en la sinagoga aquel sábado la Palabra de Jesús y les convencía, porque sentían que se llenaban de vida. Quienes estaban llenos de muerte y no querían alcanzar la vida, le rechazarían. Ya Juan había dicho que la luz brilla en medio de las tiniebla y la tiniebla no la recibió. Allí había un hombre poseído por un espíritu maligno que se resistía. Pero está la autoridad de la Palabra de Jesús. ‘Cállate y sal de él’. Y el espíritu maligno aunque retorció a aquel hombre, lo dejó libre. ‘¿Qué es esto? Este enseñar con autoridad es nuevo. Hasta a los espíritus impuros les manda y le obedecen’, exclama la gente asombrada. Y la noticia corrió por todas partes.
Estamos ante Jesús y le escuchamos. También sentimos esa palabra de vida y esa palabra salvadora sobre nosotros. Tenemos que escucharle, con asombro, con admiración, con fe, acogiendo esa palabra en nosotros. Pero nosotros también tenemos que ser palabra para los demás, porque la noticia ha de correr por todas partes; hemos de anunciar a Jesús. Con nuestra palabra, con la autoridad de nuestra vida transformada por esa palabra, con la autoridad de quien no solo va diciendo palabras sino que va realizando esa salvación de Jesús en los demás.
De cuántos males tenemos que liberar a los hombres que nos rodean; ahí están con sus sufrimientos, con sus esclavitudes, con sus oscuridades. Por nuestras obras tenemos que ser signos de la Palabra salvadora de Jesús en el consuelo que damos al que sufre, en el amor que le tengamos a los hermanos, en el mal que vamos curando ayudando a todos a liberarse de lo malo, en la esperanza que vamos sembrando, en la vida con la que vamos transformando ese mundo en el que vivimos.
Cuánto tenemos que hacer para hacer creíble en nuestros labios la Palabra de Jesús, su mensaje de salvación. Cuánto tiene que seguir haciendo la Iglesia para ser signo verdadero de la misericordia de Dios.

lunes, 11 de enero de 2016

Creer en la Buena Noticia del Reino nos exige quitar negruras de desilusión y llenarnos de la alegría de la esperanza de que es posible ese mundo nuevo

Creer en la Buena Noticia del Reino nos exige quitar negruras de desilusión y llenarnos de la alegría de la esperanza de que es posible ese mundo nuevo

1Samuel 1,1-8; Sal 115; Marcos 1,14-20

Con los medios de comunicación que  hoy tenemos y con las redes sociales las noticias podemos decir que nos llegan al instante. Pero aun recuerdo en mi niñez y juventud con qué ansias esperábamos la tan deseada carta que nos llegara de los familiares que se habían ido a América, en mi caso a Venezuela, trayéndonos noticias de su estado; cómo al llegar noticias ya fuera a nosotros mismos o nuestros vecinos en idénticas circunstancias nos comunicábamos la buena noticia recibida que era motivo de alegría para todos.
Una buena noticia siempre es motivo de alegría que además compartimos con los demás, con aquellos más cercanos a nosotros como fueran familiares, amigos o vecinos. Una buena noticia parece que no nos la podemos callar.
Esto tendría que ser siempre el evangelio para nosotros, que eso mismo significa, buena noticia. Esa era la esperanza que despertaba la presencia y la palabra de Jesús en aquellos pueblos y caminos de Galilea. Jesús anunciaba una Buena Noticia que estaba por llegar, o más bien, estaba llegando ya con su misma presencia. La gente quería escucharle porque sentían que algo nuevo estaba sucediendo. ‘Se ha cumplido el plazo, está cerca el Reino de Dios’, les anuncia Jesús.
Pero Jesús nos viene a decir que para acoger y aceptar esa buena noticia del Reino que llega son necesarias unas actitudes básicas en la persona. Hay que abrir los oídos bien, hay que quitar todo lo que pueda impedir que escuchemos esa buena noticia, hay que abrir el corazón y dejarse transformar. Esa buena noticia no nos puede dejar impasibles, como meros espectadores. Es necesario un cambio de actitudes en el corazón, en la vida, en los comportamientos. ‘Convertios y creed en el evangelio’, les dice.
Un cambio, pero que se acaban para siempre las desesperanzas y desilusiones, los pesimismos con que veíamos la vida y las actitudes negativas. Aquel que dice que esto siempre es lo mismo y que nada puede cambiar porque todo va a seguir igual no tiene una buena actitud en su corazón para acoger el Reino de Dios. Tenemos que sentir la novedad de lo que se nos anuncia; tenemos que poner ilusión y esperanza; tenemos que creer que es posible cambiar, es posible ese mundo nuevo. Lejos de nosotros todos los derrotismos que ya de antemano nos hacen perdedores.
Por eso nos dice ‘convertios y creed en la Buena Noticia?’ Tenemos que creer de verdad en esa buena noticia que se nos anuncia y que tiene que llenarnos de alegría ya en su anuncio; tenemos que poner una ilusión que contagie a los que están a nuestro lado; creemos en verdad en ese reino nuevo que nos anuncia a Jesús. Por él tendríamos que ser capaces de dejarlo todo.
El testimonio lo tenemos en el mismo evangelio. Aquellos pescadores creyeron y estuvieron dispuestos a comenzar algo nuevo, aunque eso significase un cambio de rumbo en sus vidas. ‘Inmediatamente dejaron las redes y lo siguieron... se marcharon con El’. Es la imagen del cambio y de la conversión; es la imagen de que creían de verdad aquella buena noticia que les anunciaba Jesús; es la imagen de cómo se confiaban a aquel reino nuevo que se les anunciaba y que ya comenzaba a hacerse presente en sus vidas.
¿Cuáles serán las redes que nosotros tendremos que dejar atrás si en verdad queremos vivir en el Reino de Dios? Cada uno ha de mirar esas redes en las que está enredado en su vida. Arranquemos de nosotros esas negruras de desilusión y de desesperanza con que tantas veces vivimos; comencemos a creer en verdad que a pesar de todas las negruras la luz del Reino de Dios comienza a brillar y podemos en verdad transformar nuestro mundo; llenémonos de esa alegría de poner toda nuestra fe y confianza en Jesús y contagiemos a los demás de esa alegría. Puede ser el comienzo de una nueva evangelización para nuestro mundo. ‘Se ha cumplido el plazo’.

domingo, 10 de enero de 2016

En el Bautismo de Jesús contemplamos el misterio de Dios que se nos revela señalándolo como Hijo amado de Dios

En el Bautismo de Jesús contemplamos el misterio de Dios que se nos revela señalándolo como Hijo amado de Dios y damos gracias porque en el Bautismo del Espíritu también nos hace hijos de Dios

Isaías 42, 1-4. 6-7; Sal 28; Hechos, 10, 34-38; Lucas 3, 15-16. 21-22
Hay momentos en la vida que son como compendio o resumen. Después de un trabajo realizado vemos el conjunto de todo lo que hemos hecho; después de una meta alcanzada o de un camino recorrido nos sentimos satisfecho y recordamos todo lo que fueron los esfuerzos y las luchas; al iniciar una nueva etapa, nos detenemos, resumimos lo que pretendemos alcanzar, valoramos lo que vamos a hacer y sentimos el gozo de lo vivido que nos impulsa a ese nuevo paso en la vida. Así podríamos recordar muchas situaciones que habremos experimentado y vivido en este sentido.
La liturgia también tiene su pedagogía, que no son solo los protocolos como hoy se dice o los ritos preestablecidos. En la liturgia expresamos nuestra fe y la celebramos; alabamos, damos gracias siguiendo, es cierto, un ritmo para vivir y empaparnos de todos los misterios de la fe que celebramos. Pero la liturgia en su ritmo nos va enseñando y ayudando paulatinamente a ir viviendo en cada momento el misterio de Cristo que celebramos siguiendo como un ritmo ascendente y que al mismo tiempo envuelve toda nuestra vida.
Este domingo, podríamos decir, es uno de esos momentos. Concluimos todas las celebraciones de la Navidad y de la Epifanía del Señor. Por así decirlo, echamos una mirada a su conjunto. Trascendemos de las escenas de la Infancia de Jesús que contemplamos en torno a su nacimiento para contemplar en El todo el Misterio de Dios que se manifiesta. Porque no podemos infantilizar nuestra religión ni nuestra vivencia de la fe. Ese niño que contemplábamos recién nacido en Belén y recostado entre pajas o en los brazos de María es el Hijo de Dios.
Es lo que se nos viene a expresar, como a revelar, en este domingo del Bautismo del Señor. Es el Hijo del Altísimo del que Juan Bautista iba a ser su precursor en el desierto; es el Salvador anunciado por los ángeles a los pastores en la noche de Belén, cuyo nombre sería Jesús como le señalaría el ángel a José, porque salvaría al pueblo de sus pecados; es el Emmanuel, el Dios con nosotros, anunciado por los profetas y que nació del seno de una Virgen; es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo como señalaría más tarde el Bautista a sus discípulos; es el Hijo amado de Dios que oímos resonar junto al Jordán en su bautismo hoy desde la voz venida del cielo mientras el Espíritu se posaba sobre El en forma de paloma.
Hoy celebramos el bautismo de Jesús en las aguas del Jordán. Quiso Jesús someterse a aquel bautismo, poniéndose en la fila de los pecadores porque El iba a cargar con nuestros pecados. Con razón luego Juan diría que es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo. Juan había sentido que el Espíritu le revelaba en su corazón que aquel sobre quien viera bajar el Espíritu Santo sería en quien se cumplirían las promesas, porque sería el Mesías anunciado, porque sería en verdad nuestro Salvador.
Allí se iban a manifestar las maravillas de Dios. ‘Se rasgó el cielo, el Espíritu vino sobre El como una paloma, la voz del Padre resonaba desde el cielo: Este es mi Hijo amado, mi predilecto’. Allí aparecía la gloria de Dios. No se escucharían los cantos de los ángeles como en Belén; no resplandecerían en su blancura los vestidos y el rostro de Jesús como más tarde sucedería en el Tabor, pero sí se estaba manifestando la gloria del Señor señalándonos quien era Jesús, el Hijo amado y predilecto de Dios.
Nosotros hoy seguimos con el mismo espíritu de contemplación con que hemos venido celebrando todos los misterios de la Navidad. Sí, nos quedamos contemplando la gloria del Señor; nos sentimos sobrecogidos ante tanto resplandor, pero al mismo tiempo damos gracias porque podemos conocer a Jesús en toda su plenitud, porque podemos conocer y escuchar a Dios.
Es el que nos va a bautizar a nosotros no solo con un bautismo de agua, como el de Juan, sino que seremos bautizados en el Espíritu. Es cierto que necesitamos un bautismo que nos purifique como aquel que Juan administraban en el Jordán, pero a partir de este momento Dios nos va a regalar algo más; no solo nos purificará sino que nos elevará; no solo quitará el pecado de nosotros con su perdón y su misericordia sino que por su amor infinito también seremos llamados hijos, en el bautismo nos hacemos participes en Jesús de su vida divina, para hacernos también hijos de Dios.
¡Qué regalo más hermoso! Podemos ser hijos de Dios, vamos a ser llamados hijos de Dios, pero como nos dirá san Juan en sus cartas, es que en verdad lo somos porque así por la fuerza del Espíritu nos hace participes de su vida divina.
Contemplación, sí, en esta fiesta del Bautismo del Señor para acoger todo este misterio de Dios que se nos revela, pero al mismo tiempo acción de gracias, alabanzas a Dios que así nos ama.

sábado, 9 de enero de 2016

Nos ponemos en camino para vivir en mayor plenitud cada día y yendo al encuentro con los demás con la fuerza de su Espíritu entre todos hacer un mundo mejor

Nos ponemos en camino para vivir en mayor plenitud cada día y yendo al encuentro con los demás con la fuerza de su Espíritu entre todos hacer un mundo mejor

1 Jn. 4, 11-18; Sal 71; Marcos, 6,45-52

Algo que podría definir o describir nuestra vida es decir que estamos en camino. Aunque física o geográficamente estemos establecidos en un lugar determinado la vida en si misma podríamos decir que es un ponernos en camino porque todos siempre estamos deseando algo más y mejor, nos ponemos metas que alcanzar o ideales en los que soñar y por los que luchar, y allá en lo más profundo de otros mismos queremos superarnos, crecer, ser más o ser mejores.
Por otro lado una vida intensamente vivida me hace salir al encuentro del otro porque vivimos en convivencia con los que nos rodean, ya sea nuestra propia familia, los amigos con los que compartimos o simplemente aquellos con los que nos relaciones ya sea por nuestro trabajo o en el devenir de las distintas circunstancias de nuestra vida. Vivir no es quedarse anquilosado en lo mismo sino crecer, superarse en todos los aspectos y salir al encuentro con los demás.
Claro que esto no siempre es fácil, porque por un lado nos podemos quedar anquilosados en un conservar lo que soy o lo que tengo, pero también nos pueden aparecer nubarrones en ese camino porque no siempre es fácil quizá la convivencia con los demás o el superar nuestras propias limitaciones. Creo que en verdad deberíamos aprender a estar en camino y encontrar esa fuerza, ese vigor interior, esa espiritualidad que nos haga caminar y crecer en la vida sin miedo a las dificultades.
Hoy el evangelio nos ofrece una imagen que nos viene a expresar también lo que Jesús quiere de nosotros y como está siempre con nosotros siendo nuestro aliento y nuestra fuerza en los caminos de la vida. El evangelio es continuación del escuchado ayer y después de haber multiplicado los panes para la multitud allá en el desierto, pone en camino a sus discípulos. ‘Jesús en seguida apremió a los discípulos a que subieran a la barca y se le adelantaran hacia la orilla de Betsaida’, dice el evangelista.
Y ahí contemplamos a los discípulos remando en medio del lago no sin dificultades; avanzaba la noche, pero no avanzaban ellos, el viento lo tenían en contra. Se sentían solos porque Jesús se había quedado despidiendo a la gente y no se había embarcado con ellos. Les costaba avanzar y en la oscuridad de la noche, les parece ver a alguien que viene hacia ellos caminando sobre el agua. Creen ver un fantasma.
¿No se nos parece esta situación a muchos momentos de nuestra vida? Nos cuesta avanzar, nos cuesta superarnos, parece que todo son dificultades, nos parece que nadie nos entiende, muchas cosas nos salen al revés, y nos sentimos solos. Vienen los sueños y nos parecen alucinaciones. También nos parece ver fantasmas en la vida que nos pudieran engañar. Queremos pedir la fuerza del Señor y nos parece que el Señor no nos escucha porque las cosas no nos salen bien tan pronto como nosotros quisiéramos.
Pero el Señor está ahí. Los discípulos pensaban que era un fantasma pero  él les dirige en seguida la palabra y les dice: Ánimo, soy yo, no tengáis miedo’. Así nos dice el Señor tantas veces y quizá no lo sabemos escuchar. Estamos tan entretenidos en nuestras luchas, o quizá desanimados tiramos la toalla, y no nos damos cuenta que el Señor está siempre a nuestro lado. El prometió que estaría con nosotros siempre, nos prometió la fuerza de su Espíritu. Tengamos fe en su presencia y en su gracia. 
El Señor nos pone en camino porque grande es la tarea que nos confía. Desde nuestra superación y crecimiento personal, pero también en ese encuentro con los demás para juntos hacer que nuestro mundo sea mejor. Y no estamos solos. El Señor va con nosotros en esa barca de la vida en la que cruzamos los océanos de nuestra historia. El Señor va con nosotros y con la fuerza de su Espíritu podremos caminar y podremos hacer nuestro mundo mejor.

viernes, 8 de enero de 2016

Jesús nos enseña a encontrar camino para nuestra vida desorientada y es al mismo tiempo el alimento, la fuerza para nuestro caminar

Jesús nos enseña a encontrar camino para nuestra vida desorientada y es al mismo tiempo el alimento, la fuerza para nuestro caminar

1Juan 4,7-10; Sal 71; Marcos 6,34-44

Al que está desorientado hay que ayudarle a encontrar el camino. Desorientado es el que ha perdido el norte, no sabe encontrar camino; es el que no sabe a donde ir porque además no sabe por qué está en camino; es el que anda sin rumbo, dando vueltas sobre si mismo, no sabe a donde ir ni que hacer; el que no tiene o no quiere aceptar quien le oriente o le señale caminos posibles; al que todo se le hace espejismos y se va detrás de una cosa u otra según sus visiones imaginarias; el que no sabe donde encontrar el alimento o donde pueda refugiarse.
Esta desorientación no se refiere solo al que se encuentra en un desierto o en la espesura de un bosque, o quizá en medio de una inmensa ciudad que no conoce. Es algo que nos afecta a nuestra vida más profunda, al sentido de nuestro existir. Necesitamos puntos de referencia para no perdernos, pero algo más que las miguitas de pan que pulgarcito iba dejando en el camino y que los pajarillos se comieron dejándolo en la misma desorientación. Necesitamos puntos seguros de apoyo para el encuentro o para no perder el sentido del camino. Necesitamos faros de luz que nos den el norte, poniendo verdaderas metas en nuestra vida, o estrellas brillantes bien altas en el firmamento de nuestra vida que nos hagan mirar hacia arriba para encontrar la orientación.
Hoy el evangelio nos dice que Jesús se encontró una inmensa multitud y le dio lástima de ellos porque andaban como ovejas sin pastor. Es la imagen de la multitud desorientada, que busca pero no sabe donde, que no ha encontrado el pastor. Pero allí está Jesús. Se puso a enseñarles, a abrir sus mentes a nuevos caminos, a enseñarles a mirar a lo alto, a encontrar esa luz y ese sentido de sus vidas, a encontrar la salud no solo de su cuerpo atormentado por enfermedades sino su espíritu débil y desorientado que se dejaba influir por toda clase de males.
Jesús enseñaba a las gentes y los curaba de toda clase de males. Jesús señalaba el camino pero liberaba de todas las ataduras que impidieran hacerlo. Jesús caminaba con ellos como faro de luz, pero al mismo tiempo los alimentaba, les daba las fuerzas que necesitaban.
Los discípulos andaban preocupados porque eran muchos, no tenían que comer y los cortijos donde pudieran encontrar comida estaban lejos y no podrían ofrecer lo suficiente para aquellas multitudes. Pero Jesús les está aclarando que es otro el alimento que necesitan. Es necesario que abran su espíritu, que abran sus corazones, que brote el amor y la solidaridad y comenzó a brotar en aquellos cinco panes y dos peces que un joven ofreció. Y aquello se convirtió en comida para todos.
Estamos desorientados, busquemos a Jesús que es nuestro camino, que es nuestra luz, que es nuestra fuerza y nuestra vida. Dejémonos encontrar por Jesús e iluminarnos con su luz y nuestro camino Serra distinto porque ya no andaremos perdidos, porque ya encontraremos ese sentido para nuestras vidas.

jueves, 7 de enero de 2016

Se sigue manifestando la ternura y la misericordia de Dios en la medida en que con nuestro amor nos convirtamos en signos de Jesús que nos llena de su luz

Se sigue manifestando la ternura y la misericordia de Dios en la medida en que con nuestro amor nos convirtamos en signos de Jesús que nos llena de su luz

1Juan 3,22–4,6; Sal 2; Mateo 4,12-17.23-25
Si hemos venido contemplando la ternura de Dios cuando contemplamos al Hijo de Dios que se ha encarnado en las entrañas de María y le hemos visto nacer niño en Belén, no dejamos de contemplar esa ternura y misericordia de Dios cuando vemos a Jesús repartiendo amor y misericordia con los pobres y con todos los que sufren.
Hemos celebrado y vivido con gozo todo el misterio de la Navidad pero no nos quedamos en contemplar a un Niño en quien reconocemos el Hijo de Dios. He venido y se ha hecho hombre asumiendo nuestra naturaleza humana y nuestra vida. Pero contemplamos al Jesús que es nuestro Salvador y que por nosotros dará su vida. Contemplamos y escuchamos al Jesús que es el Verbo de Dios que estaba junto a Dios pero que se hizo Dios con nosotros para caminar nuestra misma vida asumiendo nuestra naturaleza humana pero para así mostrarnos mejor esa cercanía de Dios, esa ternura de Dios.
Es lo que hoy, en el día siguiente de la Epifanía, de la manifestación de Dios, vemos en el evangelio. ‘Recorría toda Galilea, enseñando en las sinagogas y proclamando el Evangelio del reino, curando las enfermedades y dolencias del pueblo. Su fama se extendido por toda Siria y le traían todos los enfermos aquejados de toda clase de enfermedades y dolores, endemoniados, lunáticos y paralíticos. Y él los curaba’. Anunciaba el Reino de Dios que es amor y se manifestaban las señales del Reino de Dios en el amor. La ternura de Dios que se manifiesta en Jesús que recorría todos aquellos lugares curando de los enfermos de toda clase de enfermedades.
Si en la noche de Belén el evangelista nos hablaba de resplandores de luz porque se manifestaba la gloria de Dios, hoy Mateo nos vuelve a hablar de resplandores de luz, porque la manifestación de Jesús en Galilea por todos sus pueblos y ciudades fue un rayo de luz y de esperanza para todas aquellas gentes. Por eso nos recuerda lo anunciado por el profeta. ‘El pueblo que habitaba en tinieblas vio una luz grande; a los que habitaban en tierra de sombras de muerte, una luz les brilló’. Brillaba la luz de Jesús, brillaba con un nuevo resplandor la luz del amor de Dios levantando la esperanza de aquellos pueblos.
Dos pensamientos que a nosotros también nos llenan de gozo y han transformar nuestra vida. Sentir en nosotros esa ternura de Dios, ese amor y esa misericordia; aunque estemos envueltos en las oscuridades de nuestras miserias y pecados, de nuestras soledades y sufrimientos Dios está ahí a nuestro lado enriqueciéndonos, consolándonos, dándonos vida con su amor. Descubramos de verdad cómo Dios se manifiesta en nuestra vida. Muchas señales de su amor podemos encontrar a nuestro lado en las personas que nos acompañan en nuestro caminar, en la Palabra de Vida que cada día escuchamos, en la gracia del Señor que nunca nos faltará por muy débiles y abandonados que nos sintamos. El Señor está ahí y es nuestra luz.
Pero también hemos de pensar que nosotros hemos de ser signos de esa misericordia del Señor para todos los que están a nuestro lado. Que así resplandezca nuestro amor en la atención que le prestemos a los demás, en esa sonrisa que llevemos siempre en nuestro semblante para alegrar y llenar de luz la vida de los que sufren a nuestro lado, en ese corazón lleno de ternura que nos hace acercarnos a todo el que sufre para ofrecerle una palabra de consuelo y alguna ayuda que mitigue su dolor o le acompañe en su soledad. Muestras y signos de la misericordia del Señor hemos de dar a los demás.
Que resplandezca esa luz de Dios en nuestro mundo concreto que vivimos cada día.



miércoles, 6 de enero de 2016

Como la estrella que aparece en lo alto los cristianos hemos de ser señales de un nuevo amanecer de luz y de vida que trae para nuestro mundo Jesús

Como la estrella que aparece en lo alto los cristianos hemos de ser señales de un nuevo amanecer de luz y de vida que trae para nuestro mundo Jesús

Is. 60, 1-6; Sal. 71; Ef. 3, 2-6; Mt. 2, 1-12
Hoy nos es difícil entender al peregrino que camina en la oscuridad de la noche sin ninguna luz que le ilumine y le abra caminos y la alegría que siente con la aurora del amanecer que comienza a brillar e iluminará sus pasos para encontrar camino. Digo que nos es difícil porque muchos modos de luz tenemos que nos libren de la oscuridad en nuestros caminos. Aunque esto puede ser un signo también de las falsas luces, luces de artificio, que nos puedan confundir en la vida. Todo esto es como una gran imagen de lo que son los caminos de nuestra vida.
‘Levántate, Jerusalén, que llega tu luz… amanece sobre ti… sobre ti amanecerá el Señor, si gloria aparecerá sobre ti y caminarán los pueblos a tu luz… al resplandor de tu aurora…’
Es el anuncio profético que hoy hemos escuchado, de la luz que amanece en medio de la oscuridad. Es la imagen de la estrella que aparece en el cielo y sirve de señal a los Magos de Oriente para anunciarles el nacimiento del Salvador esperado y deseado de las naciones. Es lo que escuchamos en el evangelio en este día.
‘¿Dónde está el recién nacido rey de los judíos?’ llegan preguntando a Jerusalén. Tras el revuelo que se monta con su presencia y sus preguntas, las llamadas al palacio del rey Herodes, las consultas a las Escrituras, las dudas y la maldad de Herodes que quieren conducir al engaño, los Magos se ponen en camino y aparece de nuevo la estrella que los conducirá a Belén como les habían señalado los que consultaron las Escrituras, allí donde encontrarán al Niño con María, su madre.
Una luz que aparece en el cielo como señal; un ponerse en camino guiados por esa luz; una escucha interior que les hace escuchar la voz de Dios que les guía; un dejarse conducir por aquellos que ha puesto Dios para interpretar las señales y las Escrituras; un encuentro con Jesús al que en verdad van a reconocer como el Señor; y, ¿por qué no?, la presencia de María en cuyos brazos está el Niño.
¿Será un itinerario de fe? ¿será también el camino que nosotros hemos de aprender a recorrer, necesitamos recorrer? ¿una búsqueda de señales de Dios para nosotros ahí en el recorrido de la vida que hacemos cada día? ¿será una búsqueda de la verdadera luz para que nada ni nadie nos engañe?
También necesitamos mirar a lo alto o a lo más profundo de nosotros mismos para encontrar esas señales; necesitamos mirar en nuestro entorno para saber leer también las señales que Dios va poniendo junto a nosotros, aunque nos parezca que no encontramos sino desiertos. En esos desiertos de increencia y de materialismo que podemos ver en una primera mirada quizá también haya unas señales, unas llamadas que nos está haciendo Dios porque quiere algo de nosotros. Cada uno ha de saber descubrir el brillo de esa luz para él, porque a cada uno nos pide el Señor algo, nos pide alguna cosa. La luz de Dios no deja de brillar, El no deja de poner señales que son llamadas a nuestro lado, pero no podemos confundirnos, hemos de saber descubrirlas.
Son señales, como la estrella para aquellos Magos, para que nos pongamos en camino. Un camino de búsqueda más profunda para escuchar esa voz de Dios que nos habla en los signos de los tiempos y nos habla en las Escrituras. Un camino en que también con humildad hemos de saber dejarnos guiar para encontrar el camino cierto; Dios va poniendo a nuestro lado personas que pueden ser signos para nosotros, que nos pueden decir una palabra acertada, que nos pueden ayudar a hacer una buena interpretación de esas señales de Dios.
Señales para ponernos nosotros en camino siendo conscientes de que nuestras vidas pueden ser señales para los demás. En ese desierto de nuestro mundo, en esas oscuridades en las que estamos inmersos, los que creemos en Jesús tenemos que ser estrellas que ayuden a los demás a encontrar el camino de la luz verdadera.
Ni podemos dejarnos engañar nosotros - como lo hicieron los magos ante los intentos de Herodes porque luego se fueron por otro camino - ni podemos permitir que los demás se engañen con falsas luces. Tenemos que resplandecer con la verdadera luz de Jesús. Y hay luces que nos engañan, cosas que nos distraen, amaños interesados en tantos que nos quieren llamar la atención para que nos fijemos en lo que no es fundamental y olvidemos lo esencial de la Epifanía que estamos celebrando.
Que tristes los amaños interesados que estamos viendo estos días con tantas diatribas que se montan y nos hacen desviar la atención del que verdaderamente tiene que estar en el centro de esta fiesta. No son los magos ni los regalos - esos son luces de colores podríamos decir - los importantes. ¿A quien iban buscando aquellos Magos de Oriente de los que nos habla el evangelio y que son la verdadera motivación de esta fiesta? Buscaban al ‘recién nacido rey de los judíos’, buscaban al que venía como Salvador del mundo, y que fue el que encontraron en brazos de María en Belén y al que reconocieron en su adoración.
En medio del barullo con que vivimos la fiesta de los Reyes Magos ¿a quien le interesa ese Niño al que aquellos Magos buscan? ¿quién se preocupa de buscar a Jesús en el centro de todo para poder adorarlo como nuestro Dios y Señor?
Es la fiesta de la Epifanía del Señor, de la manifestación de Jesús como el Señor. No queremos mermar la ilusión de los pequeños y de los no tan pequeños por esas manifestaciones de cariño que son nuestros intercambios de regalos; tenemos que preservarlo no convirtiéndolo en puro materialismo y consumismo. Pero pensemos en el regalo que Dios nos ha hecho cuando nos ha dado a Jesús. Es de lo que hemos de ser signos para los demás para que se manifieste la verdad del evangelio para nuestro mundo.
Necesitamos esa luz de Cristo que nos dé nueva esperanza. Pongamos señales de ello con nuestra manera de vivir, con el cariño que mutuamente todos nos tengamos, con esa verdadera paz que busquemos, también con la denuncia de tantas falsedades e hipocresías que se viven hoy en nuestra sociedad, para que en verdad entre todos hagamos un mundo mejor. Así todos podremos sentir la alegría de esa nueva luz que amanece sobre nuestro mundo. La Iglesia toda ha de ser signo de ello.


martes, 5 de enero de 2016

‘Ven y lo verás’ tenemos que ser capaces de decir a los que nos rodean para llevarlos hasta Jesús, verdadera alegría también para el hombre y el mundo de hoy

‘Ven y lo verás’ tenemos que ser capaces de decir a los que nos rodean para llevarlos hasta Jesús, verdadera alegría también para el hombre y el mundo de hoy

1Juan 3,11-21; Sal 99; Juan 1,43-51

Cuando recibimos una buena noticia o nos sucede algo muy agradable y que nos hace felices sentimos la necesidad de compartirlo, de comunicarlo a los demás. Una felicidad encerrada en si misma o que nos encierra en nosotros mismos es menos felicidad. Somos seres en relación continua y en comunicación y por eso tendemos a ese compartir con los demás lo que nos sucede, también una tristeza o un mal que nos hace sufrir compartido es menos triste y se lleva con más ánimo interior.
En estos primeros encuentros de los primeros discípulos con Jesús que nos ofrece el evangelio de estos días ayer nos queríamos fijar de manera especial en esa búsqueda interior que hay en nosotros y como en Jesús encontramos esa respuesta, esa luz y sentido para nuestra vida. Son las llamadas que el Señor nos va haciendo con su presencia en nosotros. Aunque ya ayer podríamos habernos fijado en el hecho de que Andrés inmediatamente va a comunicar a Simón lo que ha encontrado para su vida, hoy nos vuelve a insistir en el actuar de Felipe, al que Jesús ha llamado también.
‘Ven y verás’, le dice Felipe a Natanael ante las reticencias de éste nacidas quizá de los recelos normales que surgen muchas veces entre pueblos vecinos. ‘Felipe encuentra a Natanael y le dice: Aquel de quien escribieron Moisés en la Ley y los profetas, lo hemos encontrado: Jesús, hijo de José, de Nazaret’. Es el anuncio que hace Felipe a Natanael y ya sabemos la reacción. ‘¿Es que de Nazaret puede salir algo bueno?’ De ahí la insistencia de Felipe porque para él el encuentro con Jesús ha sido algo grande. ‘Ven y verás’.
Ya nos dirán los apóstoles que aquello que han visto y han oído no pueden callarlo. Esa tendría que ser nuestra actitud permanente si en verdad la fe es algo grande para nosotros. Pero, con toda sinceridad, preguntémonos a cuantos, por ejemplo, le contamos cuando salimos de Misa los domingos lo que allí en la Eucaristía hemos vivido.
Decíamos al principio que somos seres dados a la comunicación y a la relación con los demás, y es cierto, pero también hemos de reconocer que en estos aspectos de nuestra vida espiritual y de nuestra vida cristiana somos muy reservados y pareciera que tenemos miedo de hablar de eso a los demás. Siempre, en todo momento tendríamos que ser anunciadores de Evangelio, de Buena Nueva. Y esa Buena Nueva para nosotros es Jesús.
Es a Jesús al que tenemos que anunciar en toda ocasión con nuestras palabras, con nuestros anuncios concretos además de con nuestra vida. Nos refugiamos muchas veces en que el anuncio tenemos que hacerlo con nuestra vida para no tener la valentía de hacerlo también con nuestras palabras, porque quizá pensamos que no sabemos qué responder a la oposición que podamos encontrar. Ya Jesús nos anuncia que no tengamos miedo a lo que hemos de decir que el Espíritu hablará por nosotros. ¿Nos falta fe quizá en la presencia del Espíritu del Señor en nuestra vida?
Que al menos seamos capaces de decir como Felipe, ‘Ven y lo verás’, y los llevemos hasta Jesús. Seguro que en ese encuentro van a llenarse de vida y nos van a decir por qué hemos tardado tanto en invitarlos a ir hasta Jesús. Haríamos en verdad nueva evangelización, en lo que está tan empeñada nuestra Iglesia.

lunes, 4 de enero de 2016

Para nuestros interrogantes e inquietudes y para los silencios de nuestras soledades si nos dejamos conducir en Jesús siempre encontraremos la respuesta y la luz

Para nuestros interrogantes e inquietudes y para los silencios de nuestras soledades si nos dejamos conducir en Jesús siempre encontraremos la respuesta y la luz

1Juan 3, 7-10; Sal 97; Juan 1,35-42

Todos tenemos inquietudes allá en lo más profundo de nosotros mismos, nos hacemos preguntas, en el fondo desearíamos buscar o indagar, sin embargo hemos de reconocer que a muchos nos pesa mucho la rutina, el miedo a lo que podríamos encontrar, no sabemos acudir a donde podamos encontrar las respuestas, o no queremos dejarnos guiar por quien pueda ayudarnos a abrir caminos, o simplemente el dejarnos llevar o arrastrar por lo de siempre y hay el peligro de que esas inquietudes se apaguen y en cierto modo nuestro corazón se envejezca. Todo esto en un aspecto meramente humano en las cosas de que vivimos cada día, pero también es algo profundo que nos podría ayudar a encontrar el verdadero sentido de nuestro ser, algo que afecta a nuestro espíritu, a abrirnos a una trascendencia y a una fe y al sentido cristiano de nuestra vida.
En el evangelio que hoy nos presenta la liturgia - es bueno leerlo antes o después de hacernos esta reflexión - se nos habla de unas personas inquietas y que buscan, que se hacen preguntas y que se dejan conducir. ‘¿Dónde vives?’ preguntan Andrés y Juan ante la pregunta de Jesús - y valga la redundancia -; ante lo que señala el Bautista ya se habían puesto en camino Andrés y Juan aunque no supieran bien lo que iban a encontrar y el compromiso que significaría para sus vidas; ganas de conocer y saber hay en Simón que ante la palabra de su hermano se va con él; Felipe responde pronto a la llamada, porque parece que estaba esperando algo; y a pesar de sus reticencias finalmente se deja llevar por Felipe, porque algo había en su mente que le interrogaba por dentro en sus soledades, como seguramente cuando se refugiaba debajo de la higuera como le señalará Jesús.
También buscamos, también nos refugiamos en nuestras soledades interiores - debajo de la higuera - con interrogantes dentro de nosotros, también escuchamos quien nos abre caminos delante de nosotros aunque muchas veces nos pongamos reticentes para seguirlo porque los miedos atenazan nuestra alma. ¿Seremos capaces? ¿a dónde nos llevará todo esto? ¿qué he de hacer con mi vida? ¿qué quiere Dios de mí? ¿en qué he de hacer fructificar esos talentos que hay en mí?
Cuando humildes y poniendo nuestra confianza en la Palabra de Dios nos ponemos en camino nunca nos sentiremos defraudados. Lo que vamos a encontrar en Jesús serán siempre caminos que nos abran a la plenitud de nuestra vida. No hemos de tener miedo porque Jesús nunca nos dejará solos, porque El ha prometido su presencia con nosotros para siempre. No podemos enterrar esos talentos que Dios nos ha confiado con nuestros valores y cualidades.
Creo que con el evangelio de hoy nos sentimos estimulados para aspirar a cosas grandes, a confiar y a dejarnos conducir por el Señor; y aunque aun haya momentos oscuros de soledades o de silencios interiores sabremos que en algún momento vamos a escuchar esa voz, vamos  a encontrar esa luz, vamos a darle ese sentido profundo a nuestra vida. Dejémonos conducir por el Espíritu del Señor.