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domingo, 5 de julio de 2015

Nos asombramos ante las maravillas de Dios y nos dejamos transformar por su Espíritu para hacer nacer un hombre nuevo y un mundo nuevo

Nos asombramos ante las maravillas de Dios y nos dejamos transformar por su Espíritu para hacer nacer un hombre nuevo y un mundo nuevo

Ez. 2, 2-5; Sal. 122; 2Cor.12, 7-10; Mc. 1-6
Los paisanos de Jesús en Nazaret estaban asombrados pero no convencidos. Hasta ellos habían ido llegando noticias de que Jesús, el hijo de María, el hijo del carpintero, el pariente de Santiago y José, y Judas y Simón, cuando había venido del Jordán iba recorriendo desde Cafarnaún las aldeas de Galilea e iba enseñando algo nuevo: que llegaba el Reino de Dios y había que creer esa buena noticia; al mismo tiempo les contaban cómo hacía milagros porque curaba a los enfermos y expulsaba a los demonios.
Ahora había vuelto por su pueblo y el sábado se adelantó en la sinagoga a hacer la lectura y dirigir la oración con su enseñanza. Estaban asombrados. ¿Dónde había aprendido lo que ahora enseñaba? No tenían conocimiento de que hubiera asistido a las escuelas de los rabinos ni en Jerusalén ni en ningún sitio, porque la juventud la había pasado allí entre ellos en el mismo oficio que José. ‘¿De dónde saca todo esto? ¿Qué sabiduría es esta que le han enseñado? ¿Y esos milagros de sus manos?’ Aunque allí aún no había realizado ninguno.
Estaban asombrados, pero no convencidos. No terminaban de creer ni de confiar. ‘No desprecian a un profeta más que entre sus parientes y en su casa’, les había dicho. Bien sabemos que es así, porque a los más cercanos es a los que más les cuesta creer, porque creen conocerlo desde siempre y se preguntan de donde saca todas esas cosas que ahora enseña. Más tarde también los fariseos y los maestros de la ley vendrán preguntando algo así como que en qué escuela rabínica ha aprendido Jesús todas esas cosas para hablar con esa autoridad. Porque todos reconocerán que habla con autoridad, que nadie ha hablado como El; y le harán preguntas para ponerlo a prueba para ver si enseña algo contrario a la ley o a sus tradiciones.
El evangelista Marcos no nos explicita lo que fue la predicación de Jesús en la sinagoga de Nazaret mientras en el texto paralelo de san Lucas nos habla de la lectura del profeta Isaías que anunciaba al que venía lleno del Espíritu para anunciar la Buena Nueva y proclamar el año de gracia del Señor. Marcos quisiera quizá insistir más en el asombro, pero al mismo tiempo en la falta de fe. Por eso dirá que ‘no pudo hacer allí ningún milagro, solo curó algunos enfermos imponiéndoles las manos, y se extrañó de su falta de fe’.
¿Pensaban quizá más en el Jesús taumatúrgico que en el propio mensaje que Jesús pudiera ofrecerles de la llegada del Reino de Dios? Es lo que nos puede suceder muchas veces en muchas expresiones de nuestra religiosidad. Buscar el milagro, buscar la cosa asombrosa, pero no escuchar el mensaje y hacernos participes de la salvación. Pensemos en lo que buscamos muchas veces en nuestras visitas a los santuarios de mayor devoción. La salvación que buscamos se nos puede quedar en la búsqueda del remedio para nuestros males, para nuestras necesidades materiales o nuestras enfermedades, pero no llegamos a ahondar lo suficiente para sentir cómo el Señor con su salvación llega a nosotros para transformar nuestros corazones.
Es esa transformación del corazón lo que tendríamos que buscar para vivir esos valores nuevos que Jesús nos ofrece en la Buena Noticia del Evangelio. Que arranquemos de nosotros esas actitudes negativas, esas posturas de comodidad o de rutina, esos planteamientos egoístas y materialistas que nos hacemos en la vida que nos encierran en nosotros mismos y en nuestros intereses, esos resentimientos y envidias que nos amargan el corazón y con los que amargamos y hacemos sufrir también a cuantos están a nuestro lado, esas violencias que aparecen muchas  veces en nuestras reacciones con las que podemos hacer daño a los demás.
Ese es el verdadero milagro que Jesús quiere hacer en nuestra vida transformando nuestro corazón. Es la Buena Noticia que Jesús viene a traernos, de que es posible que seamos ese hombre nuevo que El quiere de nosotros y que es posible hacer que nuestro mundo sea mejor. Tenemos la garantía de su gracia, de su presencia, de su Espíritu que estará siempre con nosotros.
Que se despierte la verdadera fe en nuestros corazones. Que en verdad queramos escucharle allá en lo más hondo de nosotros mismos, no quedándonos solamente en el asombro, sino que demos pasos en esa transformación del corazón. Sí, nos sentimos asombrados ante sus maravillas, ante su Sabiduría infinita de la que queremos beber, cantamos nuestra alabanza al Dios bueno que tanto nos ama, pero al mismo tiempo nos dejamos conducir por su gracia, por la fuerza de su Espíritu, porque además todo eso que recibimos del Señor hemos de comunicarlo, trasmitirlo a los demás, contagiándolos de esa fe y de esos deseos de un mundo mejor.
Nos asombramos ante las maravillas de Dios, ante la Sabiduría de Dios que se nos manifiesta en Jesús y nos queremos dejar transformar por su Espíritu para hacer nacer un hombre nuevo y un mundo nuevo.


sábado, 4 de julio de 2015

Hemos de ser el hombre nuevo de la gracia que se deja conducir por el Espíritu que todo lo renueva

Hemos de ser el hombre nuevo de la gracia que se deja conducir por el Espíritu que todo lo renueva

Génesis 27, 1-5. 15-29; Sal 134; Mateo 9, 14-17
Cuántos propósitos nos hacemos casi cada día. Es cierto que queremos ser mejores, corregirnos de ciertas cosas que nos damos cuenta que no son tan buenas, desearíamos tener siempre buenas actitudes hacia los demás, pero quizá nos damos cuenta que muchas veces las cosas se nos quedan en buenos deseos y no avanzamos como nos gustaría. Esto que nos sucede en la vida de cada día en su aspecto más humano y si queremos decir más terreno, nos sucede en nuestra vida espiritual y en todo lo que compromete nuestra vida cristiana.
Quizá nos suceda que vamos poniendo parches o remiendos en nuestra vida pero nos hemos planteado seriamente la radicalidad de lo que significa ser cristiano, ser discípulo de Jesús, vivir el Reino de Dios plenamente en nuestra vida. Es cierto que las batallas no las ganamos todas de una vez y de alguna forma hemos de ir como planificando ese camino de superación, de ascesis que hemos de ir haciendo en nuestra vida, pero hemos de tener claras las metas hacia las que aspiramos, hemos de tener claro lo que entraña querer vivir el Reino de Dios que Jesús nos anuncia y nos propone que a la larga es vivir nuestra vida cristiana.
Nos hemos de dar cuenta de que esas cosas que iremos haciendo en ese camino de superación y de purificación interior no son metas en si mismas, sino que todo eso ha de ayudarnos a alcanzar esa meta final de vivir el Reino de Dios en toda su plenitud, que ahora en este vida lo iremos siempre viviendo imperfectamente a causa de nuestras flaquezas y debilidades, pero que tenemos la esperanza de que un día lo alcanzaremos en plenitud en Dios.
Los discípulos de Juan y los fariseos vienen a plantearle a Jesús ‘cositas’ podemos decir cuando le preguntan si sus discípulos ayunan o no ayunan; para ellos lo de ayunar se había convertido en algo así como un reglamente que hay que cumplir y parecía que la meta estaba en ello. Jesús quiere que le demos otro sentido a las cosas que hagamos incluso en ese sentido penitencial. No es el ayuno o la penitencia la que nos salva, porque quien nos salva es Jesús que es el único Salvador. Pero ese ayuno o esa penitencia serán unos peldaños que nos tienen que ayudar a ir subiendo en esa purificación interior, en ese camino de superación para alcanzar a vivir las actitudes profundas del Reino de Dios.
No son remiendos los que hemos de poniendo en nuestra vida con las cosas que hagamos, sino que hemos de buscar ser ese hombre nuevo del que nos habla san Pablo, o esos odres nuevos de los que nos habla hoy Jesús en el evangelio. No es vestirnos por fuera como si todo se quedara en apariencia, sino que ha de ser el cambio interior, profundo que nos haga ser hombres nuevos.
Por eso nos dice hoy que a vino nuevo, odres nuevos. Es el vino nuevo del Reino de Dios que nos ha de hacer en verdad ese hombre nuevo de la gracia. Y digo hombre nuevo de la gracia, porque no es solo cuestión de voluntarismo por nuestra parte, sino que es cuestión de gracia, de dejarnos conducir por el Espíritu de Dios que es quien lo transforma todo.

viernes, 3 de julio de 2015

Ansia de conocimiento y sabiduría que nos lleva a querer experimentar en nosotros la presencia viva de Cristo resucitado

Ansia de conocimiento y sabiduría que nos lleva a querer experimentar en nosotros la presencia viva de Cristo resucitado

Efesios 2,19-22; Sal. 116; Jn 20, 24-29
El hombre quiere saber, todos queremos saber, conocer, tener las cosas claras. Es el deseo de sabiduría que todo ser humano lleva como inscrito en su corazón. Algunas veces quizás nos contentamos con superficialidades, pero se ve la madurez de la persona en esas ansias de conocimiento y saber que le hace preguntarse cada día con mayor profundidad por la razón de ser de las cosas y de la vida.
En ese deseo de conocer y saber queremos experimentar las cosas y no nos contentamos con cualquier cosa. Aquello que experimentamos por nosotros mismos parece que nos da mayor certeza y seguridad, pero también es humano el confiarse en el conocimiento que los otros desde su experiencia y su propio conocimiento nos puedan trasmitir.
Yo diría que es la inquietud que hay en el corazón de Tomás, en el texto del evangelio que hoy escuchamos, cuando estamos celebrando su fiesta. Es cierto que Jesús le dice que no sea incrédulo sino creyente, porque en fin de cuentas lo que le está señalando es que debía de haberse confiado de sus compañeros los apóstoles. ‘Hemos visto al Señor’, le dijeron. Pero yo diría que es la inquietud que hay en él de querer experimentar por si mismo. Por eso habla de querer meter sus dedos en el agujero de los clavos y la mano en la herida de la lanza en el costado. Pero Jesús nos está señalando con las palabras que le dice a Tomas que tras de él vendrán muchos que van a creer por la experiencia que vivieron los apóstoles y nos han trasmitido. ‘¡Dichosos los que crean sin haber visto!’
Es así nuestra fe. Nos fiamos de lo que nos trasmitieron los apóstoles, porque una característica de la Iglesia es precisamente ser apostólica, porque nos basamos y creemos en la fe de los apóstoles. Pero eso no quita para que haya esa inquietud en nuestro interior, ese crecimiento interior de nuestra vida de fe hasta que lleguemos a experimentar también en nosotros esa presencia viva de Cristo resucitado.
Por ahí ha de ir nuestra inquietud. No quedarnos en un fe ciega,  aunque nos apoyemos y fundamentemos en la fe apostólica que nos ha trasmitido la Iglesia a través de los siglos, sino que hagamos tan viva nuestra fe que lleguemos de verdad a experimentar esa presencia de Cristo en nosotros. Ha de ser esa apertura constante de nuestro espíritu a Dios para sentirle, para vivirle, para hacerle vida nuestra. Ha de ser también esa profundización que cada día más hemos de hacer de nuestra fe, para llegar a conocer hondamente todo ese misterio de Dios que se nos revela, para llegar a descubrir toda la riqueza del Evangelio que se nos trasmite, para dejarnos inundar por esa fuerza del Espíritu que nos hará comprender cada vez más y mejor toda la Escritura Santa que nos trasmite la revelación de Dios.
Aquel ansia de conocimiento y de sabiduría que, como decíamos, es parte de nuestra condición humana, en este caso se tiene que convertir en ansia del conocimiento de Dios para llenarnos de esa sabiduría divina que nos hará comprender por una parte todo ese misterio de Dios, pero que al mismo tiempo nos hace descubrir el verdadero misterio y sentido del hombre, de la persona, de mi mismo llevándome a una mayor plenitud.
Pero nosotros también tenemos que ser unos eslabones dentro de esa cadena de la Iglesia a través de los tiempos para trasmitir también esa fe a los demás; como la recibimos nosotros de nuestros padres y de la Iglesia así hemos de ser trasmisores de esa fe, de esa vivencia interior de Dios a cuantos están a nuestro lado. El evangelio que recibimos nos convierte en evangelizadores y es algo que no podemos rehuir ni de lo que nos podamos escaquear. En la medida en que es más autentica y viva esa fe en nosotros será vivencia que trasmitamos a los demás. Nos hace a nosotros testigos. 
Que lleguemos a confesar de palabra y obra que Jesús es el Señor. ‘¡Señor mío y Dios mío!’, como reconoció Tomás

jueves, 2 de julio de 2015

Aprendamos a leer los acontecimientos nuestra vida con la mirada de la fe descubriendo lo que es el plan de Dios para nosotros

Aprendamos a leer los acontecimientos nuestra vida con la mirada de la fe descubriendo lo que es el plan de Dios para nosotros

Génesis 22, 1-9; Sal 114; Mateo 9,1-8
Algunas veces parece que la vida nos pide cosas que sobrepasan lo que parece que uno sería capaz hacer; decisiones que se convierten en algo cruento en nuestro corazón, caminos nuevos que hemos de tomar en la vida, renuncia a algo que queremos o anhelamos mucho pero de lo que nos vemos obligados a desprendernos, cosas y momentos duros que quizá nos hieren por dentro porque no quisiéramos hacerlo, pero que por otra parte quizás nos vemos obligados por determinadas circunstancias a realizar.
¿Qué hacer? ¿Qué es lo que realmente haremos? ¿Hasta donde seríamos capaces de llegar? Son pruebas duras de la vida, que nos pueden destrozar o que nos pueden ayudar a crecer y a madurar dependiendo de cómo nos lo tomemos y la auténtica profundidad que tengamos en nuestra vida. Nos pudiera parecer demasiado teórico esto que estamos planteando, pero quienes han tenido que pasar por pruebas así, o quienes saber leer los acontecimientos de su vida con profundidad me darán la razón.
Es lo que se le plantea a Abrahán en la lectura del Génesis de este día. En este caso el siente que Dios le está pidiendo el sacrificio de su hijo; no es una renuncia cualquiera la que tiene que hacer Abraham como quien se despida de su hijo porque marche a otra parte. Se le está pidiendo la vida de su hijo. Nos puede parecer cruento; en la antigüedad estos sacrificios rituales en ciertas culturas eran muy habituales. Quizá en medio de la historia de la salvación que es todo el relato bíblico se nos está enseñando cómo ese tipo de sacrificio no es querido por Dios. Pero sí puede ser un buen signo o una buena imagen de esas situaciones de las que hablábamos al principio de nuestra reflexión.
Abrahán responde desde la fe a la petición que siente que le hace Dios. Por su fe quiere ser obediente a Dios por encima de todo, enseñándonos el valor de la fe y la radicalidad con que hemos de vivirla, pero enseñándonos a tener también una mirada de fe a nuestra vida de cada día, en todo momento y circunstancia, pero donde tenemos que hacer resaltar ese espíritu de fe precisamente en los momentos duros y en los momentos de prueba.
Una certeza sí hemos de tener desde esa fe que hemos puesto en el Señor y en su Palabra. Dios no nos abandona en esos momentos difíciles que hemos de vivir en nuestra vida, en esos momentos de prueba por los que hemos de pasar. Siempre estará el ángel del Señor a nuestro lado, como en el caso de Abrahán para hacernos ver lo que es la verdadera voluntad de Dios y también para hacernos sentir su fuerza y su gracia en esas decisiones que quizá hemos de tomar o en esos momentos duros y de prueba por los que hemos de pasar.
No es tan importante el sacrificio externo que nosotros podamos hacer o que podamos presentar al Señor, como ese sacrificio de nuestro yo, de nuestra voluntad para agachar nuestros orgullos, para descubrir lo que verdaderamente quiere el Señor de nosotros y podamos hacerle con todo nuestro amor esa ofrenda de nuestra vida.
¿No decimos, con los mandamientos que nos hemos aprendido de memoria, que amamos a Dios sobre todas las cosas? Si es sobre todas las cosas nada, ni nuestro yo tampoco, puede estar por encima de Dios. El es el único Señor de nuestra vida; pero el Señor de nuestra vida que nos ama y quiere vida para nosotros. Le respondemos con nuestra adoración, con nuestro reconocimiento por la fe, con nuestro amor tratando de corresponder a su amor.
Aprendamos a leer esos acontecimientos nuestra vida, incluso aquellos que vivimos con mayor dolor, con la mirada de la fe, con ojos de la fe, descubriendo así siempre lo que es la voluntad de Dios para nuestra vida. No siempre es fácil pero la fuerza del Espíritu del Señor nos dará esa sabiduría para saborear los caminos del Señor.

miércoles, 1 de julio de 2015

No rehusemos la oferta de gracia y de paz que Cristo siempre nos ofrece con su amor y su perdón

No rehusemos la oferta de gracia y de paz que Cristo siempre nos ofrece con su amor y su perdón

Génesis 21,5.8-20; Sal 33; Mateo 8,28-34
Jesús siempre llega a nosotros haciéndonos una oferta de vida y de paz; su presencia es presencia de gracia, porque es presencia de amor; quiere El arrancarnos de las garras del mal que nos acecha por doquier y que fácilmente se nos mete en el corazón, pero nosotros quizá no siempre aceptamos esa oferta de luz y de vida, rehusamos la gracia, preferimos quizá vivir en nuestras tinieblas.
Es lo que de alguna manera nos expresa hoy el mensaje del evangelio. Jesús fue a la región de los Gerasenos; era un lugar de paganos, no eran judíos lo que allí vivian; Jesús, como judío, era un extraño entre ellos y no era bienvenido, pero es que tampoco fue aceptado su mensaje de salvación.
El evangelista nos describe duramente la situación. Se encontraron con unos endemoniados, tan furiosos, nos dice el evangelista, que nadie se atrevía a transitar por aquel camino. Se enfrentan a Jesús. Es el rechazo del bien, de la luz. ‘¿Qué quieres de nosotros, Hijo de Dios? ¿Has venido a atormentarnos antes de tiempo?’ le gritan rechazándolo.
Cuando la luz se acerca a nuestra vida, algunas veces preferimos las tinieblas, pero no ver el mal que se oculta en nosotros. Nos cuesta en muchas ocasiones aceptar la Palabra de Dios, aceptar esa buena palabra o ese buen consejo que alguien pudiera darnos; nos cuesta estar cerca de los buenos cuando sabemos que nuestra vida no marcha bien y allá en el fondo de nosotros mismos tenemos la conciencia de que lo que hacemos no es bueno o que estamos haciendo mal. Rehuimos ir a la Iglesia porque allí quizá pudiera aflorar todo eso que pesa sobre nuestra conciencia y de lo que no queremos arrancarnos; nos cuesta acercarnos a los sacramentos, sobre todo al sacramento de la Penitencia y buscamos muchas disculpas, porque nos cuesta ser sinceros con nosotros mismos para reconocer ese mal que hay dentro de nosotros.
Es lo que de alguna manera nos está describiendo hoy el evangelio. Por una parte los endemoniados se resisten, no quieren abandonar aquel lugar, pero cuando se impone la gracia y la salvación del Señor liberando a aquellos hombres del mal que los atormenta, serán luego los del pueblo que, cuando se enteran de lo sucedido, vendrán y le pedirán a Jesús que marche a otro lugar.
Seamos humildes y sinceros delante del Señor para reconocer que estamos necesitados de su salvación. Seamos humildes y sinceros para reconocer nuestro pecado, ese mal que nos ata y esclaviza de tantas maneras. Vayamos con confianza hasta Jesús porque sabemos que en El vamos a encontrar la salvación, nos encontraremos con su amor y alcanzaremos esa paz que tanto necesitamos.

martes, 30 de junio de 2015

Nos preguntamos también quién es Jesús porque necesitamos conocerle más y profundizar en la formación de nuestra fe

Nos preguntamos también quién es Jesús porque necesitamos conocerle más y profundizar en la formación de nuestra fe

Génesis 19,15-29; Sal 25; Mateo 8,23-27
‘Ellos se preguntaban admirados: ¿Quién es éste? ¡Hasta el viento y el agua le obedecen!’ Aún siguen preguntándose quién es Jesús, qué hay en Jesús a pesar de todo lo que hasta entonces habían visto, de todo lo que le habían escuchado. No terminaban de conocer a Jesús.
No los juzguemos a ellos sino más bien mirémonos a nosotros. ¿Terminamos de conocer a Jesús? Nos pudiera extrañar que en aquella situación en la que se encontraban de cierto peligro porque al atravesar el lago se había levantado una fuerte tormenta y parecía que la barca desapareciera bajo las olas aun siguieran desconfiando de lo que tendría que significar la presencia de Jesús allí con ellos. Habían visto tantas cosas maravillosas que Jesús había hecho y aun seguían llenos de dudas.
Pero pensemos que a nosotros nos sucede también. Nos decimos creyentes, nos llamamos cristianos, decimos que tenemos fe, rezamos y queremos darle culto al Señor, pero cuando viene el peligro y la tentación ¿qué nos sucede? ¿Nos mantenemos firmes para superar aquel mal momento o nos llenamos de dudas, de inseguridades y muchas veces incluso caemos en la tentación y en el pecado?
Sabemos que somos débiles, pero no terminamos de poner toda nuestra confianza en el Señor. Conocemos el evangelio y el sentido de vida que Jesús quiere trasmitirnos, pero no somos lo suficientemente fuertes para arrancarnos de viejas costumbres y rutinas, para arrancar de nosotros ese mal que tantas veces dejamos meter en nuestro corazón. Ante nosotros están esos altos valores que nos propone el evangelio, pero seguimos arrastrándonos en nuestros materialismos y sensualidades, seguimos sin terminar de comprometernos por hacer que nuestro mundo sea mejor sembrándolo de las buenas semillas de los valores del evangelio.
Y seguimos con nuestras dudas, sin terminar de ahondar lo suficiente en el evangelio y en el conocimiento de Jesús. Ante cualquier cosa que nos argumenten en contra de nuestra fe muchas veces nos quedamos callados sin saber que responder. Y es que muchas veces nos sucede que no terminamos de tener una sólida formación de nuestra fe. Nos contentamos con saber lo de siempre, no nos preocupamos de buscar cauces para profundizar en nuestra fe.
Ante las ofertas que recibimos de la iglesia, de nuestras parroquias y comunidades para tener encuentros donde profundicemos en nuestra fe los rehuimos porque decimos que no tenemos tiempo, pero que quizás lo que realmente nos falta es ese deseo de formación, de crecer en nuestra fe, de alimentarla y pulirla para que en verdad pueda aparecer resplandeciente ante los que nos rodean. Y luego, claro, nos vienen nuestros miedos, nuestras cobardías, nuestra echarnos para atrás a la hora de compromiso, o el no saber dar respuesta a los planteamientos que nos hagan.
‘¿Quién es éste? ¡Hasta el viento y el agua le obedecen!’, se preguntaban los que iban en la barca con Jesús en aquella ocasión. Pero quizá sea la pregunta que tengamos que hacernos nosotros, pero porque deseemos de verdad conocer cada vez más a Jesús y fundamentar debidamente nuestra fe.

lunes, 29 de junio de 2015

A la manera de Pedro se amase fuerte nuestro amor y nuestra fe en Jesús que sabemos que siempre nos ama y confía en nosotros

A la manera de Pedro se amase fuerte nuestro amor y nuestra fe en Jesús que sabemos que siempre nos ama y confía en nosotros

Hechos  12, 1-11; Sal 33; 2Timoteo 4, 6-8. 17-18; Mateo 16, 13-19
‘El día de hoy es sagrado, porque en él celebramos el martirio de los santos apóstoles Pedro y Pablo. No nos referimos, ciertamente, a unos mártires desconocidos. A toda la tierra alcanza su pregón y hasta los límites del orbe su lenguaje. Estos mártires, en su predicación, daban testimonio de lo que habían visto y, con un desinterés absoluto, dieron a conocer la verdad hasta morir por ella’.
Así comienza san Agustín uno de sus sermones en esta fiesta de san Pedro y san Pablo que hoy celebramos. Con el mismo gozo nosotros hoy también los celebramos y recogemos el testimonio de su vida y de su predicación para alimentar y fortalecer nuestra fe. Es la misión que Jesús le confiara a Pedro, confirmar en la fe a los hermanos.
Pedro el primero que proclamaría ante todos los judíos el día de Pentecostés que Jesús, a quien habían crucificado, Dios lo había constituido Señor y Mesías. El camino había sido largo desde aquel día que su hermano Andrés le anunció que habían encontrado al Mesías allá en la orilla del Jordán porque el Bautista lo había señalado como el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo y se había ido tras Jesús para conocerlo, para saber dónde, cómo era su vida. Y Pedro aquel día se había dejado conducir por su hermano y se encontró con la sorpresa que ya Jesús pensaba en él.
En las orillas del lago, entre pesca y pesca, había escuchado al profeta de Nazaret que anunciaba la llegada del Reino e invitaba a creer en su Buena Noticia. Y allí estando repasando las redes un día había recibido la invitación explicita del Maestro. ‘Venid conmigo que os haré pescadores de hombres’.
Más tarde, en aquel mismo lago, cuando le había dejado predicar desde su barca y luego había remado mar adentro para echar de nuevo las redes aunque sabían que no habían pesca porque habían estado toda la noche y no habían cogido nada, porque se había confiado de su palabra, quizá sin saber bien por qué, habían cogido una redada tan grande que reventaban las redes. Pero había sido Pedro el que, por así decirlo, había caído en aquella redada, porque ahora de nuevo escuchaba su invitación cuando asombrado no sabía ni que decir ni que hacer ante las maravillas que hacia Jesús. ‘Apártate de mi, le había dicho, que soy un hombre pecador’, pero Jesús le había contestado que de ahora en adelante no iba a ser pescador de aquellos lagos sino de otros mares, porque iba a ser pescador de hombres.
Así poco a poco se había ido amasando su amor por Jesús. Su fe en Jesús iba ya siendo absoluta, aunque mas tarde vinieran momentos de debilidad. Pero ante la pregunta de Jesús si lo conocían bien, él había confesado que era el Mesías el Hijo de Dios. Es cierto que no terminaba de comprender en que consistía su mesianismo porque Jesús hablaba de pasión y de muerte y él más bien quería quitarle esas ideas de la cabeza; otras ideas seguían ronroneando aun en su cabeza. Pero poco a poco comprendería que la grandeza no estaba en mandar sino en servir, y si Jesús la había dicho que sería Piedra de su Iglesia, su misión sería siempre la de ser el ultimo y el servidor de todos.
Pero por Jesús estaba dispuesto hasta a dar su vida, aunque cuando llegara la tentación, porque aunque podemos decir que somos fuertes sin embargo somos débiles, había claudicado negando conocer a Jesús. Había llorado amargamente aquella debilidad de la negación pero con la misma intensidad con que siempre quería actuar se había lanzado al agua para ir al encuentro con Jesús y porfiarle una y otra vez su amor. ‘Tú lo sabes todos, tú sabes bien que te amo’, le había respondido a la triple pregunta de Jesús.
Muchas mas consideraciones podríamos hacernos contemplando el testimonio de Pedro; testimonio que se vería rubricado con su sangre en su martirio. Dispuesto estaba a ir con Cristo y dar su vida por El y así se entregó a la misión que Jesús le había confiado. Cristo que lo había elegido seguía confiando en El. ‘Pastorea mis corderos, pastorea mis ovejas’ le había dicho.
Queremos aprender de Pedro a seguir a Cristo, queremos conocerle y queremos vivirle. Caminamos tras Jesús también con nuestras dudas y con nuestras debilidades. Queremos hacer una confesión de fe en Jesús como la hizo Pedro con sus palabras y con su vida, a pesar de nuestras flaquezas y debilidades, porque Cristo sigue amándonos, Cristo sigue confiando en nosotros. Qué distinto es el amor de Cristo siempre fiel a pesar de que nosotros seamos infieles. No es como el amor de los hombres que nos llenamos tan pronto de desconfianzas.
Queremos seguir a Cristo en esa Iglesia que Jesús confió al cuidado y al pastoreo de Pedro, aunque quizá podamos ver en ocasiones cosas en esa Iglesia que no nos gusten, pero pensamos que detrás de todo está la fuerza del Espíritu del Señor que es el que en verdad guía a la Iglesia a pesar de los errores de los hombres. Y Cristo sigue confiando en nosotros, porque Cristo sigue amándonos. Que nosotros seamos capaces de proclamar, gritar nuestro amor a Cristo aunque los que nos rodean no nos crean, porque sabemos bien de quien nos confiamos, como lo hizo Pedro.

domingo, 28 de junio de 2015

Hacemos camino con Jesús que va a nuestro lado para ser luz en todas las situaciones de la vida

Hacemos camino con Jesús que va a nuestro lado para ser luz en todas las situaciones de la vida

Sabiduría 1, 13-15; 2, 23-25; Sal. 29; 2Corintios 8, 7-9. 13-15; Marcos 5, 21-43
Desde la Palabra de Dios que escuchamos en este domingo nos invita Jesús a hacer un camino o, más bien podemos decir, que es Jesús mismo el que viene a nosotros para acompañarnos en ese camino de nuestra vida para ser luz en esas situaciones concretas que vivimos con su presencia y con su Palabra. Siempre decimos que la vida cristiana es un camino que hacemos, pero que no es ajena a las circunstancias concretas que vivimos en cada momento con sus luchas, sus alegrías, sus sufrimientos, la enfermedad que nos puede ir apareciendo o la misma muerte que un día pondrá fin a esta vida terrena. En cada una de esas situaciones hemos de sentir que Jesús camina a nuestro lado y es nuestra luz y nuestra fuerza.
Se le acerca un hombre, un jefe de la sinagoga que se llamaba Jairo y viene a suplicarle por su niña que está en las últimas. Situaciones de muerte, de oscuridad, como tantas que nos encontramos en la vida. ‘Ven, le suplica, pon las manos sobre ella para que se cure y viva’. Y nos dice el evangelista que ‘Jesús se fue con él’. Había mucha gente, lo apretujaban. Jesús va caminando con Jairo allí donde está la gente, allí donde está la vida de cada día son sus luchas y sus esperanzas, con sus sufrimientos y con sus trabajos.
Como camina con nosotros, allí donde es nuestra vida, también llena de muchas cosas, o quizá vacía de lo más importante; nuestra vida con sus oscuridades, con nuestros deseos y ganas de vivir, también con aquellas cosas que nos hacen sufrir y nos llenan de dudas y nos hacen tambalearnos muchas veces en el camino. Nos agarraríamos a lo que fuera. ¿No nos ha pasado? Buscamos, anhelamos, nos dejamos arrastrar por muchas cosas que pueden ser cantos de sirena, nos llenamos de dudas y nos preguntamos por el sentido de la vida y de lo que somos; unas veces nos creemos importantes y otras veces nos creemos que no valemos nada porque la vida nos puede parecer un sin sentido; en ocasiones nos parece sentirnos solos y se nos cierran los ojos para no ver esa presencia que nos llena de luz.
Una mujer por el camino que se encuentra atormentada en sus sufrimientos a los que no ve ninguna salida - se había gastado toda su fortuna buscando remedios - se acerca a Jesús porque ya es la última esperanza que le queda. Espera el milagro; si es tan poderoso con solo tocarle me quedaría curada, piensa y lo hace. ‘Se acercó por detrás y le tocó el manto’. Y sintió que se transformaba por dentro, pero aún seguían los temores. ‘¿Quién me ha tocado?’ dice Jesús. Y al principio no se atreve a dar el paso al frente. Al final se acercó asustada y temblorosa. ‘Tu fe te ha curado. Vete en paz y con salud’.
Valora Jesús la fe de aquella mujer. ‘Tu fe te ha curado’. Pero no se ha curado solo su cuerpo. Se acabaron sus temores. Reconoció la maravilla que Dios había hecho en ella. Se llenó de paz. Llegó la salud, pero que no era ya solo la salud de su cuerpo desapareciendo aquellas hemorragias. La salud nueva que tenía la mujer era otra cosa. Se había transformado. Se había llenado de la paz.
Lo necesitamos. En las luchas y los sufrimientos de cada día. No es que se acaben las luchas o los sufrimientos. Es que no perdamos la paz. Es que llenándonos de Dios desde esa fe que tenemos en El, esas luchas o esos sufrimientos tengan otro sentido, otro valor. El cáliz tendremos que pasarlo, aunque pidamos el milagro, pero hemos de aprender a poner nuestras vidas en las manos de Dios y estando Dios con nosotros no nos ha de faltar la paz.  Qué sentido más hermoso hemos de aprender a darle a nuestros sufrimientos, a nuestras enfermedades.
El camino sigue y no nos faltarán sombras. Ahora le anuncian a Jairo que para qué molestar al Maestro porque la niña ha muerto. Todo parece que se derrumba y vuelven a aparecer en la vida toda clase de temores. Nos queda un apoyo que no podemos perder, la fe. ‘No temas, basta que tengas fe’. Es la Palabra de Jesús de la que hemos de fiarnos porque va a ser la única luz que nos va a guiar.
Aunque a nuestro alrededor no lo vean así tan claro y traten de persuadirnos de lo contrario o hasta se burlen de nosotros por nuestra fe. Ante el alboroto que se había formado en la casa - ya habían llegado hasta las plañideras que tenían como función llorar - Jesús les dice que El viene a traer la vida. Que la muerte es otra cosa que lo que nosotros pensamos. Que tendrían que ser otras las sombras que tendrían que preocuparnos y por las que llorar.
‘Se reían de él’, dice el evangelista. Cuántas veces nos sucede así. No entienden de nuestras esperanzas; cuesta entender ese sentido nuevo de la vida que Jesús nos ofrece; nos parece difícil darle verdadera trascendencia a nuestra vida porque nos quedamos solo en lo que podemos palpar con nuestras manos, lo más inmediato. Cuando allí donde todos ven sombras nosotros decimos que hay luz porque hay esperanza, porque hay algo nuevo que se puede hacer, porque tenemos que olvidarnos más de nosotros mismos o de nuestras cosas terrenas para pensar en los demás o para darle ideales altos y grandes a la vida, es algo que no se entiende, nos pueden llamar soñadores o decirnos que estamos locos.
Pero Jesús va caminando a nuestro lado haciéndonos ver esa verdadera luz, ese verdadero sentido; Jesús va a nuestro lado y también no está diciendo, no te quedes postrado, levántate, tienes vida y tienes que llevar vida a los demás. Y Jesús nos toma de la mano, es nuestra fuerza, nos da su Espíritu, nos resucita y nos llena de vida.
Veamos de verdad a Jesús caminando a nuestro lado y todo será luz, todo tendrá un sentido y un valor distinto, no nos faltará la paz, no nos faltará la vida. Qué distinta es la vida; cuánto podemos hacer; cuánto tenemos que hacer. ‘Basta que tengas fe’. Que Jesús alimente nuestra fe. Creemos, Señor, pero auméntanos la fe.

sábado, 27 de junio de 2015

Vayamos con humildad al Señor con nuestros problemas y necesidades y El se meterá en nuestro corazón dándonos su paz

Vayamos con humildad al Señor con nuestros problemas y necesidades y El se meterá en nuestro corazón dándonos su paz

Génesis 18,1-15; Sal 1; Mateo 8,5-17
Aquel hombre buscaba a Jesús porque quería la salud para su criado, pero Dios se le metió en su corazón. No pedía nada para sí, solo le preocupaba la salud de su criado y buscaba a Jesús. Pero lo hacía con confianza, tenía la certeza de que sería escuchado. Pero iba con humildad.  Y esto es lo que lo hizo grande. No era la importancia de su cargo o su poder; fue la humildad con que acudía a Jesús.
‘Voy yo a curarlo’, le dice Jesús cuando le presenta su petición. Y aparece su grandeza, porque resplandece su humildad. ‘¿Quién soy yo para que entres bajo mi techo?’ Podía manifestar con orgullo cual era su cargo y su importancia; podría sentir el orgullo de que Jesús llegara a su casa, pero sintió que no era digno, se sentía pequeño, reconocía que Jesús era más grande. Bastaba la palabra de Jesús y su criado podría sanar. Todo iba a obedecer a la voz de Jesús.
‘Y cuando lo oyó, Jesús se quedó admirado’ por la de aquel hombre. ‘Os aseguro que en Israel no he encontrado en nadie tanta fe’. Dios estaba entrando en el corazón de aquel hombre de una manera nueva. No era solo el milagro de la curación del criado lo que iba a suceder. Estaba sucediendo algo más grande que era el despertarse a la fe del corazón de aquel hombre. Era ya una fe distinta, nueva. Y es que Jesús se estaba de verdad enseñoreando del corazón del centurión. La humildad le había abierto las puertas de su corazón a Dios y Dios que se goza en los humildes reinaba en aquel corazón.
¿Cómo acudimos nosotros al Señor? ¿De qué manera vamos a El desde nuestras necesidades? En nuestras angustias, en nuestros problemas, en los agobios de cada día acudimos también al Señor pidiendo su ayuda, pidiendo el milagro de aquellos problemas se nos solucionen, de que podamos salir pronto de aquel momento oscuro y difícil por el que estamos pasando. Y algunas veces hasta nos ponemos exigentes con el Señor en nuestras peticiones. Tienes que ayudarme, poco menos que le decimos, y quizá hasta hacemos una lista de las cosas buenas que en algún momento hayamos hecho.
Quizá nos puede faltar humildad en muchas ocasiones. Queremos que las cosas sean como nosotros queremos y cuando nosotros queremos. Nos olvidamos de los caminos de Dios. Que Dios nos ofrece algo mejor o que más nos conviene. Le pedimos que nos solucione las cosas pero quizá no le dejamos entrar en el corazón. Y El quiere reinar en nuestro corazón. Para eso necesitamos un corazón humilde. ‘Señor, no soy digno…’ pero que digamos esa palabra ‘Señor’ de forma auténtica, porque reconozcamos que El es nuestro único Señor. Necesitamos aprender a decirlo; necesitamos aprender a sentir que El es el único Señor de nuestra vida.
Vayamos con humildad al Señor, sí, con nuestros problemas, nuestras necesidades, nuestras preocupaciones, pero reconozcamos que El es el Señor. Si lo hacemos con humildad nos llenaremos de Dios, El reinará en nuestro corazón.

viernes, 26 de junio de 2015

Jesús extendiendo la mano hasta el leproso nos está enseñando unas nuevas actitudes que destierren posturas discriminatorias

Jesús extendiendo la mano hasta el leproso nos está enseñando unas nuevas actitudes que destierren posturas discriminatorias

Génesis 17,1.9-10.15-22; Sal 127; Mateo 8,1-4
‘Señor, si quieres, puedes limpiarme… Quiero, queda limpio…’ Se había atrevido a acercarse un leproso hasta Jesús. Y digo se había atrevido porque a los leprosos no se les permitía acercarse a otras personas sanas. La fe lo había llevado hasta Jesús. Estaba seguro que Jesús podía curarlo, pero con humildad se acerca hasta Jesús para suplicarle ‘si quieres, puedes limpiarme’. Y Jesús había querido. ‘Jesús extendió la mano y lo tocó’. Mucho quiere decirnos este gesto de Jesús.
Un momento del evangelio que nos llena de esperanza, de confianza, que levanta nuestra fe, que nos hace confiar en el Señor. Un momento del evangelio que también puede suscitar muchos interrogantes en nuestro interior, que nos puede mover a actitudes, posturas, una nueva manera de actuar.
Acudimos a Jesús con nuestra lepra, con nuestras limitaciones, con nuestro pecado. Fea puede ser nuestra vida, como repugnante a los ojos de los sanos podía ser la presencia de un hombre enfermo de lepra, y más en las condiciones de la época. Era, sí, la fealdad de su cuerpo destrozado; pero era la situación marginal en que vivían los leprosos. Con nuestro pecado hemos manchado nuestra vida; con nuestro pecado estamos haciendo tantas rupturas en nosotros mismos, con Dios, con los demás.
Pero podemos acudir a Jesús que siempre nos va a recibir, nos va a acoger; en El está el amor y la misericordia. Tenemos que romper ese círculo que nos aísla con nuestro pecado; tenemos que decidirnos por acercarnos a Dios para acercarnos también a los demás. Nos puede costar; encontraremos muchas trabas. Pero miramos los ojos de Jesús y sabemos que El nos acoge y nos da fuerzas.
Pero quizá este texto puede interrogarnos también por los círculos que nosotros creamos, los aislamientos que podemos crear en los demás, las discriminaciones que pueden marcar nuestra vida y nuestras relaciones con los otros. Podemos marcar, señalar a aquel que fue o que hizo; a aquel que es o que tiene esos comportamientos; a aquel en quien ya, decimos, no podemos confiar; a aquel que no nos parece digno; a aquel con quien no nos queremos mezclar y no queremos que nos vean con él. Y aislamos, discriminamos, separamos…
¿Hemos pensado cuanto sufrimiento podemos estar causando a otros con posturas así? Es duro para quien se siente discriminado. Y esto puede suceder en muchos ámbitos de la sociedad y también de la Iglesia. A ras de la vida de cada día, o también quizá desde las alturas desde donde se pueden imponer normas y reglamentos. Nos puede suceder también a nosotros que nos creemos buenos y cumplidores de siempre.
‘Jesús extendió la mano, lo tocó y lo curó’. Aprendamos a extender también la mano. Nos hacen falta unas actitudes nuevas, unos gestos renovadores. Que en verdad la Iglesia se muestre como la madre de la misericordia que nos manifiesta lo que es la misericordia del Señor. Habrá que revisar cosas, actitudes, comportamientos, leyes y reglamentos. Tenemos que ser siempre para los demás esos signos de la misericordia del Señor. Quizá no siempre lo somos.

jueves, 25 de junio de 2015

Cultivemos una verdadera espiritualidad que dé fundamento firme para mantenernos seguros en las tormentas de la vida

Cultivemos una verdadera espiritualidad que dé fundamento firme para mantenernos seguros en las tormentas de la vida

Génesis 16, 1-12. 15-16; Sal 105; Mateo 7,21-29
Algunas veces en la vida nos sucede que parece que todo se nos derrumba, las cosas no nos salen bien, todo lo vemos negro, o nos aparecen dificultades y problemas con los que nos vemos como abocados al fracaso. Son momentos que se nos convierten duros, momentos de inestabilidad, momentos en que todo lo vemos turbio y nos parece que no tenemos salidas. Nos sucede con los problemas de la vida ordinaria, nuestros trabajos o nuestros negocios, nos puede suceder en el ámbito de la vida familiar, o nos sucede allá en el interior de uno mismo por los problemas personales o espirituales que uno pueda tener.
Aunque sean momentos difíciles es cuando se ha de manifestar lo que es la verdadera madurez de nuestra vida, que además esos mismos problemas nos van a ayudar a encontrar el verdadero fundamento donde hemos de asentar nuestra existencia. Son momentos quizá de analizar con serenidad lo que nos pasa en una reflexión que nos hagamos sobre el rumbo que le hemos dado a nuestra vida, o quizá aquellos verdaderos fundamentos que debíamos de haber tenido pero que quizá abandonamos o le dimos la importancia que tenían, por lo que nos aparecieron esas arenas movedizas bajo nuestros pies que nos pueden hacer caer y arrastrar.
Qué importante que nos tomemos la vida en serio, que no abandonemos aquellas cosas que son fundamentales para nuestra existencia; que importante que no nos dejemos arrastrar por la corriente de la comodidad, de la rutina, de lo que todos hacen que nos lleva a debilidades y enfriamientos que nos pueden hacer terminar mal. Y esto que estamos diciendo nos vale para todos los ámbitos de nuestra existencia desde lo que pudiéramos considerar más material o a esas cosas que dan ese fundamento espiritual a nuestra vida.
Me hago esta reflexión desde lo que hoy nos dice Jesús en el Evangelio. No nos bastan bonitas palabras, sino darle un fundamento importante a nuestra vida. El nos dice hoy: ‘No todo el que me dice “Señor, Señor” entrará en el reino de cielos, sino el que cumple la voluntad de mi Padre que está en el cielo’. Y a continuación nos pone el ejemplo de la casa edificada sobre arena o sobre roca. Solo la que está bien fundamentada sobre roca no se irá a la ruina cuando vengan las tormentas. Hemos de edificar nuestra vida sobre roca, buscando esos principios fundamentales, esos verdaderos cimientos de nuestra existencia que nos harán mantenernos firmes.
Por eso es tan importante cultivar una verdadera espiritualidad en nuestra vida. Profundicemos en el Espíritu del Señor; que el penetre nuestros corazones e inunde nuestra vida con su gracia. Que esa Palabra de Dios que escuchamos cada día nos haga encontrar ese verdadero cimiento para nuestra existencia. Que mantengamos íntegra y firme nuestra fe, una fe que hemos de cuidar, de cultivar, de fortalecer continuamente, apoyándonos de verdad en el Señor. Que se manifiesta así nuestra verdadera madurez humana, espiritual y cristiana para mantenernos firmes y no dejarnos arrastrar por esas tormentas que nos pueden aparecer en nuestra vida.

miércoles, 24 de junio de 2015

Alegría en el nacimiento de Juan, la voz que nos anuncia la Palabra y nos prepara para encontrar al que es Camino, Verdad y Vida

Alegría en el nacimiento de Juan, la voz que nos anuncia la Palabra y nos prepara para encontrar al que es Camino, Verdad y Vida

Isaías 49, 1-6; Sal 138; Hechos, 13, 22-26; Lucas 1, 57-66. 80
‘Se enteraron sus vecinos y parientes de que el Señor le había hecho una gran misericordia, y la felicitaban… corrió la noticia por la montaña de Judea y todos se llenaron de alegría bendiciendo a Dios’. Así nos describe el evangelio el gozo de la gente en el nacimiento de Juan. Imagen quizá también de la alegría que se vive en nuestros pueblos en la fiesta del Bautista, unida a muchas tradiciones ancestrales, muchas veces llenas de magia y con residuos de paganismo, pero que hemos de saber reconducir en nosotros para vivirlo con pleno sentido.
Los vecinos y parientes veían una bendición del Señor en el nacimiento de aquel niño en unos padres ya mayores. Zacarías que había escuchado al ángel y había recibido la revelación del Señor podía con mucha mayor hondura comprender el significado del nacimiento de su hijo y encontrar los verdaderos motivos para la acción de gracias al Señor. Nosotros, conocedores también de la revelación del Señor al conocer su palabra, hemos de encontrarle también el verdadero sentido de la fiesta y de la alabanza al Señor.
‘Será grande a los ojos del Señor’, le había dicho el ángel a Zacarías, porque vendría ‘con el espíritu y el poder de Elías preparando para el Señor un pueblo bien dispuesto’. Ya lo había anunciado el profeta Malaquías. ‘Enviaré al profeta Elías antes de que llegue el día del Señor grande y terrible. Convertirá el corazón de los padres hacia los hijos y el corazón de los hijos hacia los padres…’ Es lo que ahora le ha repetido el ángel a Zacarías en el templo.
Es la misión del bautista, preparar los caminos del Señor. ‘A ti, niño, te llamarán profeta del Altísimo, porque irás delante del Señor a preparar sus caminos, anunciando a los pueblos la salvación, el perdón de los pecados’, cantaría Zacarías cuando se le soltó la lengua y bendecía al Señor.
Así bendecimos a Dios en el nacimiento de Juan. La liturgia nos lo sitúa en este día, seis meses antes del nacimiento de Jesús para indicarnos también en nuestra celebración su misión y cómo nosotros hemos de prepararnos para el nacimiento de la salvación. Juan es la voz y nosotros esperamos la Palabra que nos anuncia; Juan es el precursor que nos señala los caminos y nosotros hemos de encontrar el verdadero camino que será encontrarnos con Jesús; Juan es el profeta que denuncia el mal y señala el camino de la verdad, para que nosotros nos purifiquemos y encontremos al que es la Verdad y la Vida y así nos llenemos de su salvación.
Celebremos al Bautista que vino a purificar los corazones, nosotros que hemos sido ya bautizados en el verdadero bautismo que nos solo nos purifica sino que nos da nueva vida. Juan fue testigo de la teofanía divina que señalaba a Jesús desde el cielo como el verdadero Hijo de Dios lleno del Espíritu Santo; nosotros podemos sentir esa teofanía en nosotros porque también el Espíritu divino se ha derramado en nuestros corazones llenándonos del amor y de la vida de Dios que a nosotros también nos hace hijos.
¿Queremos mayores motivos para la alegría y para la fiesta? Es que estamos contemplando como se derrama sobre nosotros la misericordia del Señor; Juan es el anuncio de de esa entrañable misericordia de Dios que se derrama sobre nosotros porque nos visita la luz que nace de lo alto y viene a iluminar nuestras tinieblas para que para siempre tengamos la luz de Dios en nosotros.

martes, 23 de junio de 2015

Valoremos con valentía el evangelio que queremos vivir y da sentido a nuestras vidas siendo testigos de nuestra fe

Valoremos con valentía el evangelio que queremos vivir y da sentido a nuestras vidas siendo testigos de nuestra fe

Génesis 13, 2.5-18; Sal 14; Mateo 7,6.12-14
¿Valoraremos nosotros suficientemente el evangelio que queremos vivir y que da sentido a nuestras vidas? ¿Valoraremos suficientemente nuestra fe?
El otro día le aconsejaba a un amigo que me preguntaba por ciertas competencias entre profesionales que le diera valor a su trabajo, que no se trataba de hacer rebajas así como así a la hora de manifestar el valor de lo que hacía, y esto también en referencia a su valor pecuniario. Era importante lo él hacia y quería hacerlo bien y con todo la mayor honradez y profesionalidad, y eso había de tenerse en cuenta.
Pudiera parecer que esto no tiene relación con las preguntas que nos hacíamos al principio de la valoración que hacemos del evangelio y de nuestra fe. Lo cuento a manera de ejemplo, porque si en la vida, en nuestra profesión, en lo que hacemos hemos de darle el valor que tiene a cada cosa, ¿por qué no hemos de valorar también nuestra fe y la vivencia que queremos hacer del Evangelio?
Me pregunto esto, porque a veces nos puede suceder que vamos como ocultando lo que es nuestra fe y lo que son nuestros valores, nos podemos sentir acobardados ante la oposición que nos encontramos enfrente, o porque los que nos rodean, la sociedad en la que vivimos lo de ser religioso, lo de ser cristiano pareciera que no es políticamente correcto, como hoy se suele decir. Efectivamente hay ocasiones en que nos parece que vamos nadando contra corriente, pero no hemos de temer, sino todo lo contrario, hemos de sentirnos con mayor valor, con mayor empuje y entusiasmo en lo que hacemos, en lo que es nuestra fe.
Quizá por eso no convencemos, porque parece que andamos con miedo a la hora de expresarnos, de manifestar lo que son nuestros principios. Tenemos que presentarnos seguros y convencidos en lo que creemos, en lo que es nuestra vida y así tenemos que presentarnos ante el mundo. Si con ese convencimiento y valentía, a pesar de nadar contracorriente, nos presentamos ante el mundo, quizá se interrogarán de nuestro convencimiento; si nos manifestamos seguros y alegres en nuestra fe, podrán preguntarse donde está esa fuerza con la que nos presentamos, o de donde sacamos esa fuerza.
Los testigos son los que convencen. Eso hemos de ser nosotros ante la sociedad que nos rodea, testigos convencidos de Cristo y de su Evangelio, porque además lo queremos llevar con orgullo plasmado en nuestras vidas. Valoremos nuestra fe, valoremos el evangelio que queremos vivir y que da sentido a nuestras vidas.

lunes, 22 de junio de 2015

El evangelio es vida y siempre nos trae la buena noticia del amor con el que mutuamente hemos de relacionarnos

El evangelio es vida y siempre nos trae la buena noticia del amor con el que mutuamente hemos de relacionarnos

Génesis 12,1-9; Sal 32; Mateo 7,1-5
Bien sabemos que el evangelio tiene que traducirse en cosas concretas de nuestra vida de cada día, porque el evangelio no es solo un relato de historias bonitas que nos sean agradables en nuestra lectura y nos puedan entretener. El evangelio es vida y el mensaje que nos trasmite Jesús tiene que ser siempre buena noticia para nuestra vida; una buena noticia que nos trasforme, una buena noticia que nos llene de vida, una buena noticia que nos ponga en camino de actitudes nuevas y de acciones concretas de amor que hemos de vivir cada día.
La buena noticia de Jesús está transida de amor; es un mensaje de amor porque del anuncio que se nos hace del amor que Dios nos tiene pero que nos está pidiendo además una respuesta de amor; una respuesta de amor que, repito, se ha de traducir en esas cosas que cada día vivimos en nuestras responsabilidades personales y en nuestras responsabilidades que tengamos con los demás, ya desde el seno de nuestra familia, ya en el ámbito de nuestras obligaciones y trabajos, ya en nuestra vida social y en las relaciones que mantenemos con los demás.
Pero esas mutuas relaciones muchas veces se pueden ver enturbiadas porque siempre nuestro corazon no es limpio, porque podemos encontrar en los demás actitudes, posturas o acciones que no nos parezcan correctas, porque el mal muchas veces se nos va metiendo por dentro y nos hace flaquear en nuestra manera de ver a los demás, o en lo que hacemos que no siempre es correcto y podemos hacer daño a los otros.
De ahí que es necesario que en ese amor que nos tengamos mutuamente sepamos aceptarnos, pero sepamos también tendernos la mano para ayudarnos mutuamente a caminar juntos. En ese amor nos decimos humildemente las cosas, nos corregimos, nos ayudamos. Pero nunca desde la altura de nuestro orgullo o nuestro considerarnos mejores, sino siempre sabiendo reconocer que también en nosotros puede haber cosas que no son buenas. Es la actitud de humildad y de sencillez que ha de guiar nuestras relaciones.
De eso nos habla Jesús hoy en el evangelio enseñándonos cómo tenemos que hacernos esa corrección que nunca puede estar guiada ni por el orgullo ni la superioridad, el juicio o la condena, sino siempre en la humildad, la verdad de nuestra vida y el amor. Por eso nos dice: ‘No juzguéis y no os juzgarán; porque os van a juzgar como juzguéis vosotros, y la medida que uséis, la usarán con vosotros’.

domingo, 21 de junio de 2015

Vayamos a la otra orilla sin temores ni cobardías, aunque salgamos malheridos, pero tenemos muchas heridas que sanar

Vayamos a la otra orilla sin temores ni cobardías, aunque salgamos malheridos, pero tenemos muchas heridas que sanar

Job 38, 1.8-11; Sal. 106; 2 Cor. 5, 14-17; Mc. 4, 35-40
Habíamos escuchado a Jesús decirle a quienes querían que fueran sus discípulos ‘vende lo que tienes, dale el dinero a los pobres, y luego vente conmigo’; ‘tú, sígueme’, le dijo a Felipe cuando se lo encuentra de camino; y a los pescadores que estaban con sus barcas y con sus redes les había dicho ‘venid conmigo y os haré pescadores de hombres’, y ellos dejándolo todo le siguieron. Y ya sabían que al irse con El que ‘las aves del cielo tienen sus nidos y las fieras del campo sus madrigueras, pero el Hijo del Hombre no tenía donde reclinar la cabeza’.
Pero ahora le escuchamos decir, podemos adelantar que como un anticipo de lo que sería su envío final, ‘vamos a la otra orilla’. Y dice el evangelista que ‘dejando a la gente, se lo llevaron en barca, como estaban; y otras barcas lo acompañaban’. ¿Se lo llevaron o más bien sería El quien se los llevaba a la otra orilla atravesando el lago? Había sido El quien les había dicho ‘vamos a la otra orilla’.
Nos puede recordar cuando Dios llamó a Abrahán para que saliera de su tierra y fuera a la tierra que Dios le señalase. Podemos recordar cuando Dios se manifiesta en el monte a Moisés y lo envía a que baje de nuevo a Egipto que allí tiene una misión importante que realizar, ha de liberar al pueblo de la opresión del Faraón.
Abrahán se dejó conducir poniéndose en camino hacia lo desconocido porque no sabía bien a donde le llevaría aquel camino; Moisés impresionado por la visión que había tenido de Dios se había puesto en marcha, aunque sabía que la misión que se le encomendaba era difícil. Ahora también los discípulos se fueron con El a la otra orilla, como les había invitado.
Alguno quizá podría haber preguntado ¿y a qué nos vas a llevar a la otra orilla? Aquella es la región de los Gerasenos, podía comentar alguno, y quizá no seríamos bien recibidos, como ya sucediera en otra ocasión. ¿Has pensado bien cómo está el lago y que quizá se nos puede levantar una tormenta mientras lo atravesamos? Podría replicarle alguna que fuera entendido en las cosas de aquel lago tan propenso a repentinas tormentas. Alguno pensaría que no iban preparados para pescar y entonces para qué dar ese paseo. Nos podemos imaginar todas esas dudas que podrían surgir en el interior de los discípulos, aunque nada nos diga el evangelio porque ellos se fueron a donde El les decía o más bien como dice el evangelista ‘dejando a la gente, se lo llevaron en barca, como estaban’. Aunque nosotros bien sabemos ya lo sucedería después.
Quiero quedarme en mi reflexión ahora en esa invitación de Jesús que puede ser también la invitación que nos está haciendo hoy. ‘Vamos a la otra orilla’. Al final del evangelio, antes de la Ascensión, los enviaría por el mundo con la misión de anunciar el evangelio a todas las gentes. Y hemos de reconocer eso es lo que han hecho los discípulos de Jesús a lo largo de los siglos repartidos por todo el mundo anunciando el evangelio. A la otra orilla, a los confines del mundo, parten los misioneros en nombre de la Iglesia, con el poder de Jesús para hacer el anuncio del Evangelio.
Pero hoy nos dice ‘vamos a la otra orilla’, que no significa quizá tener que irse a los confines del mundo, sino a la otra orilla, al otro lado de la calle, a los barrios más alejados de nuestras ciudades, a los lugares también inhóspitos que hay en nuestro entorno; y no son los lugares, son las personas, es ese ambiente que nos rodea, es ese mundo que aunque se llame cristiano quizá está tan lejos del mensaje de Jesús. Es ese mundo de increencia que nos rodea, son esos lugares difíciles o esas personas que nos pueden parecer conflictivas porque todo lo cuestionan, porque siempre están a la contra, a los que les cuesta aceptar a la Iglesia.
Quizá también nosotros podemos tener nuestros miedos y nuestras dudas en nuestro interior. Para qué lanzarnos a ese mundo incierto, pensamos quizá, vamos a tratar de mantener los que tenemos. Y son nuestras comunidades con poco espíritu misionero, que se vuelven rutinarias, cómodas, con pocas iniciativas, con poco coraje, que nos quedamos siempre en lo mismo y que nos cuesta salir de nuestras comodidades, de nuestras rutinas. No nos atrevemos, nos da miedo por lo incierto o porque lo que tememos que nos vamos a encontrar, las tempestades que puedan surgir.
El Papa nos lo está recordando continuamente que no nos podemos quedar encerrados siempre en lo mismo, que tenemos que salir, ir las periferias de la sociedad o a las periferias de la Iglesia. Es arriesgado porque nos podemos encontrar tormentas y puede que algunos salgamos machacados. Y quizá Jesús también tenga que decirnos ‘hombres de poca fe, ¿por qué dudáis? ¿Por qué tenéis miedo?’ El nos ha prometido la fuerza y la asistencia de su Espíritu, pero no nos lo terminamos de creer y por eso seguimos con nuestros miedos, nuestras rutinas, nuestras cobardías, temiendo la tormenta que puede llegar y en la que nos pueda parecer que Jesús está dormido.
El está en medio de nosotros y no nos falla. Avivemos nuestra fe. Avivemos ese espíritu misionero; podremos salir malheridos, pero es que tenemos a tantos heridos que curar, tenemos tanto que hacer.