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jueves, 9 de octubre de 2014

Una oración hecha con fe, con la confianza de los hijos y la perseverancia de los que se sienten amados siempre es escuchada

Una oración hecha con fe, con la confianza de los hijos y la perseverancia de los que se sienten amados siempre es escuchada

Gál. 3, 1-5; Sal.:Lc.1, 69-75; Lc. 11, 5-13
Le habían pedido a Jesús que los enseñara a orar, ‘como Juan enseñaba a sus discípulos’, y Jesús les había enseñado a saborear el que llamaran y reconocieran a Dios como Padre. Normalmente decimos les enseñó el padrenuestro, bien sabemos que lo que Jesús quería enseñarles era algo más que una fórmula de oración para repetir; para eso ya tenían los salmos inspirados por Dios mismo contenidos en la Escritura. Era un sentido de Dios y un nuevo sentido de encuentro con Dios lo que Jesús quería trasmitirles. De la misma manera que El se sentía unido en el amor del Padre, así quería que fuera en quienes creyéramos en El. Y nos dejó ese sentido de oración.
 Pero continuó Jesús hablándoles de la oración. Ahora quiere enseñarnos Jesús cuáles son las actitudes interiores para la oración. La primera actitud es la constancia y la perseverancia en la oración, que Jesús nos la muestra con la parábola del amigo inoportuno en la que se revela la necesidad de orar con insistencia y perseverancia sin desfallecer. Es importante esa constancia y esa perseverancia. A veces parece que nuestra oración no es escuchada, pero no debemos desanimarnos porque a fuerza de insistir el amigo inoportuno consigue los panes que necesita. Por eso Cristo nos dice: ‘pedid y se os dará; buscad y hallaréis; llamad y se os abrirá’.
Algunas veces aunque decimos que venimos con fe a nuestra oración sin embargo nos flaquea nuestra fe. Lo primero que tenemos que hacer y sentir es nuestra fe; creer que nuestra oración es un encuentro vivo con Dios que es nuestro Padre; nos es necesario comenzar por ese acto de fe; interiorizar bien que estamos en la presencia de Dios, de un Dios que nos ama porque es nuestro Padre y, como decíamos, saboreamos su presencia y su amor. Y desde ahí  surge la perseverancia de nuestra oración. Aunque haya momentos en que quizá estemos como más fríos o más distraídos, tratemos de interiorizar bien esa presencia del Señor y esa riqueza de su amor.
Y en aquello que le pedimos lo hacemos con la fe y la confianza de los hijos que se sienten amados y en consecuencia escuchados en aquello que pedimos. Si de entrada vamos ya desconfiando, pensando que no vamos a alcanzar aquello que le pedimos al Señor, es que nos está faltando esa fe. Por eso, esa necesaria perseverancia en nuestra oración, una y otra vez como aquel que fue a pedirle el pan al amigo para la visita que le había llegado, según la pequeña parábola que nos propone Jesús.
Esa confianza en que Dios nos escucha y nos dará lo que mejor necesitamos. La confianza de los hijos que saben que el padre les va a dar incluso más de lo que le pidan. Mantengamos la paz en el corazón sabiendo que Dios nos concederá siempre lo que más nos conviene, que es sobre todo, su Espíritu Santo, el cual nos ayudará a afrontar y aceptar los acontecimientos de nuestra vida: ‘Si vosotros que sois malos sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos, ¿cuánto más vuestro Padre del Cielo dará el Espíritu Santo a los que se lo pidan?’
Escuché en una ocasión esta pequeña anécdota. En una ocasión, un niño muy pequeño hacía grandes esfuerzos por levantar un objeto muy pesado. Su papá, al ver la lucha tan desigual que sostenía su hijo, le preguntó: “¿Estás usando todas tus fuerzas?”“¡Claro que sí!”, contestó malhumorado el pequeño. “No es cierto - le respondió el padre - no me has pedido que te ayude”.
¿Nos sucederá así a nosotros alguna vez? Con confianza y con fe sepamos acudir a Dios nuestro Padre que siempre nos atiende. Decimos muchas veces en nuestro camino de superación que no podemos, que los problemas son superiores a nuestras fuerzas, que quizá la enfermedad o las limitaciones que nos van apareciendo en la vida con los años nos llenan de amarguras y desesperanzas, que nos cuesta mucho arrancarnos quizá de una mala costumbre, que se nos hace difícil el trato y la convivencia con determinadas personas que quizá se nos atraviesan y nos caen mal.
¿Hemos contado con el Señor? ¿Pensamos realizar el camino de nuestra vida por nuestra cuenta y solo con nuestras fuerzas? ¿Nos olvidamos que Dios es el Padre bueno que está ahí a nuestro lado y nos dará siempre su fuerza y su gracia?

miércoles, 8 de octubre de 2014

Cuando nos enseña a orar Jesús nos da algo más que una fórmula porque nos enseña a saborear que Dios es nuestro Padre

Cuando nos enseña a orar Jesús nos da algo más que una fórmula porque nos enseña a saborear que Dios es nuestro Padre

Gál. 2, 1-2.7-14; Sal. 116; Lc. 11, 1-4
El ejemplo es la mejor motivación que podemos tener para desear algo bueno. No basta quizá que nos digan que tenemos que hacer una cosa para que nos entren deseos de hacerla. Cuando contemplamos a aquel que nos está sirviendo de referencia para nuestra vida hacer eso bueno, surgirá en nosotros el deseo también de querer hacerlo.
Jesús había hablado y hablaría muchas veces a lo largo del evangelio de que tenemos que orar y que tenemos que orar con constancia y sin desanimarnos. Allá en el sermón del monte que tenemos como referencia de un resumen del mensaje de Jesús tenemos extensos párrafos en los que Jesús nos habla de cómo hemos de orar.  Pero será ahora cuando los discípulos lo ven orar cuando va a surgir ese deseo de aprender a orar como Jesús. ‘Una vez que Jesús estaba orando en cierto lugar, cuando terminó, uno de sus discípulos le dijo: Señor, enséñanos a orar, como Juan enseñó a sus discípulos’.
Era normal que el Maestro o guía espiritual enseñara a orar y le imprimiera su estilo a la  oración, aunque ahora cuando le piden que les enseñe a orar Jesús podía haberles dado como referencia lo que era la oración de los judíos y que estaba reflejada en la Escritura. Cada sábado precisamente se reunían en la sinagoga para escuchar la Palabra y para rezar los salmos que era, por así decirlo, la oración oficial de los judíos. Jesús también hacía esa oración cuando acudía los sábados a la Sinagoga, y lo veremos que en la cruz, aunque recordamos solo el principio en una de sus palabras, recitó también un salmo de confianza en la providencia de Dios, poniéndose en sus manos.
Le piden a Jesús que les enseñe a orar. Y Jesús quiere darle algo más que una fórmula para que aprendan a orar. No es un rezo repetitivo lo que Jesús quiere enseñarles a hacer, sino que en verdad sea una oración en que nos pongamos en manos de Dios, saboreando en verdad que Dios es nuestro Padre que nos ama. Las palabras que le escuchamos decir hoy a Jesús en este evangelio de san Lucas son más breves que las del texto paralelo de san Mateo que nos ha servido más para utilizar como fórmula de nuestra oración, aunque tienen el mismo sentido.
Jesús nos quiere enseñar a llamar y a reconocer a Dios como Padre. Será la palabra por la que hemos de comenzar a dirigirnos a Dios. Pero es una palabra que no podemos decir de cualquier manera porque encierra mucho. Reconocer a Dios como Padre es reconocer su amor y no un amor cualquiera; es reconocerle en verdad como el Señor de nuestra vida porque nos ha ganado con su amor. Reconocer a Dios con ese nombre de Padre entrañará ya como consecuencia nuestro amor para corresponder y ese amor va todo nuestro respeto, el honor y la gloria que hemos de tributarle, el querer vivir ya para siempre sintiéndole así como Padre y viviendo en consecuencia. ‘Santificado sea tu nombre, venga tu reino’, nos enseña a decir a continuación.
Cuando reconocemos a Dios como Padre porque así estamos experimentando su amor con confianza nos ponemos ante El con nuestras necesidades y deseos. ‘Danos cada día nuestro pan del mañana’, nos enseña a decir Jesús. Nos recuerda lo que sucedía cuando peregrinaban por el desierto y el Señor los alimentaba con el maná cada día; solo podían coger la ración del día para los que formaban una misma casa o una misma familia; esa era la medida, no se podía coger para que sobrara  sino solo lo que se necesita cada día.
Como tendríamos que aprender porque cuando pedimos para que lo que deseamos son sobreabundancias como si no tuviéramos en sobreabundancia no faltaría para comer. ‘El pan nuestro de cada día, danosle hoy’, decimos en la oración del padrenuestro. No mi pan, ni el pan de la sobreabundancia, sino el pan de cada día, como hemos reflexionado también últimamente, y el pan nuestro porque será el pan del compartir. Cuándo aprenderemos a tener esa generosidad y disponibilidad de corazón. 
Finalmente nos enseña algo importante para nuestra oración. En nuestro corazón han de caber todos, lo mismo que en nuestra oración. Por eso cuando le pedimos perdón al Padre, porque no siempre quizá hayamos vivido totalmente en su amor - qué pecadores somos tantas veces - ponemos por delante por así decirlo nuestro deseo y voluntad de perdonar siempre nosotros a quienes nos hayan ofendido.  ‘Perdónanos… también nosotros perdonamos a todo el que nos debe algo…’ también estamos siempre dispuestos a perdonar a quienes nos hayan podido ofender.
Y una cosa importante para concluir nuestra oración. A Dios, nuestro Padre, acudimos desde nuestras necesidades, pero no son solo las necesidades materiales - el pan de cada día - sino también acudimos en nuestras luchas y en nuestros esfuerzos por ser buenos, por vivir en ese amor, para querer vivir de verdad como hijos y como hermanos. Pero es algo que nos cuesta, porque somos así; por eso le pedimos que nos libre del mal, que no nos fortalezca frente a la tentación.
Cómo tiene uno que salir reconfortado después de una oración así, donde de tal manera nos sentimos queridos por nuestro Padre Dios y donde estamos queriendo vivir en su amor,  gozándonos de su presencia de Padre. Que sea así siempre nuestra oración.

martes, 7 de octubre de 2014

Oramos con María y aprendemos del misterio de Cristo empapándonos del evangelio

Oramos con María y aprendemos del misterio de Cristo empapándonos del evangelio

Hechos, 1, 12-14; Sal.:Lc. 1, 46-54; Lc. 1, 26-38
‘Todos ellos se dedicaban a la oración en común, junto con algunas mujeres, entre ellas María, la madre de Jesús, y con sus hermanos’. Es lo que hemos escuchado en el texto sagrado tomado de los Hechos de los Apóstoles cuando nos habla de quienes estaban reunidos en el Cenáculo en la espera del cumplimiento de la promesa de Jesús, el envío del Espíritu Santo.
Nos viene bien este texto en esta fiesta de María que hoy celebramos, la fiesta del Rosario, la fiesta de nuestra Señora del Rosario. Una fiesta que como sabemos fue instituida por el Papa san Pío V tras la batalla de Lepanto, donde la cristiandad europea se vio liberada del invasor turco con la intercesión de la Virgen María a quien toda Europa invocaba con el rezo del Rosario.
Una forma de oración que había mantenido la fe del pueblo cristiano desde muy antiguo y sobre todo en las nebulosidades de la edad Media. Cuando el pueblo no podía participar en la oración de la Iglesia por su ignorancia de la lengua con que se realizaba la liturgia pues habían ido apareciendo las nuevas lenguas en los distintos pueblos y ya el latín no era la lengua del pueblo, cuando era muy escasa la formación que se tenía el rezo del rosario sirvió con la meditación de los distintos misterios de la vida de Jesús para mantener viva la fe del pueblo al tiempo que era como una catequesis que se iba recibiendo mientras se rezaban los distintos misterios del Rosario.
No es solo la repetición de unas avemarías cual piropos a la Virgen que en nuestro amor le dedicamos una y otra vez, sino que se enunciado que se hace en cada uno de los misterios nos ha de servir para contemplar y meditar esos distintos momentos de la vida de Cristo y de María en su relación con el misterio de la salvación donde nos iremos impregnando poco a poco del espíritu y sentido del Evangelio.
Es hermoso, es cierto, repetir como piropos esas avemarías a la Virgen nuestra Madre en el amor que le tenemos, pero no nos podemos quedar ahí. Es muy importante ese enunciado que hacemos del Misterio de Cristo, porque se ha de quedar como gravado en nuestra mente para contemplarlo y meditarlo a la sombra de la presencia de María. No quiere la Virgen que nos quedemos en ella, sino que siempre María quiere conducirnos a Jesús. Es lo que tenemos que vivir con toda intensidad mientras rezamos el rosario, para que no se nos quede en una repetición monótona y rutinaria.
No puede ser el rezo del Rosario algo que hagamos como a la carrera porque tenemos que cumplir, sino que hemos de darle el tiempo que sea necesario para que de verdad nuestro corazón se vaya abriendo más y más al misterio de Cristo. Ojalá en lugar de esa formulación breve y condensada del enunciado del misterio tuviéramos la calma de leer un trozo del evangelio que a ese misterio hiciera referencia, o tener incluso unos momentos de silencio antes de comenzar a repetir las avemarías para interiorizar de verdad lo que decimos con los labios, pero que es necesario que lo sintamos y digamos desde el corazón. Así lograríamos que fuera un gran alimento espiritual para nuestra vida que nos hiciera sentir profundamente la gracia del Señor y nos fuera empapando más y más del evangelio verdadero alimento de nuestra vida cristiana.
Amemos a María desde lo más hondo de nuestra vida. Con la confianza de los hijos a ella acudimos desde nuestros problemas y necesidades porque sabemos que es la Madre que siempre nos escucha como saben hacerlo las madres, y por nosotros va a interceder ante el Señor para que alcancemos esa gracia que tanto necesitamos no solo como ayuda a nuestras necesidades materiales, sino como verdadera fuente de nuestra santificación. 
Como tienen que hacer siempre los hijos con las madres, las amamos y las imitamos, las amamos y las escuchamos, las amamos y las obedecemos. Imitemos a María,  escuchemos a María, obedezcamos a María que siempre nos está diciendo que miremos a Cristo, que vayamos a Cristo,  que escuchemos a Cristo, que hagamos lo que Cristo nos dice.

lunes, 6 de octubre de 2014

Seamos capaces de hacer que todas nuestras obras y toda nuestra vida sea siempre para la gloria del Señor

Seamos capaces de hacer que todas nuestras obras y toda nuestra vida sea siempre para la gloria del Señor

Deut. 8, 7-1; Sal. 1 Cro 29, 10; 2Cor. 5, 17-21; Mt. 7, 7-11
Sabias y hermosas exhortaciones las que hace Moisés al pueblo antes de su entrada en la tierra prometida. Duro había sido su caminar a través del desierto, como dura había sido la esclavitud que habían vivido en Egipto. Había llegado el tiempo de la libertad, aunque duro había sido su recorrido y se iban a establecer en la tierra que el Señor les había prometido, tierra de libertad y de prosperidad. No era lo mismo el pan de la esclavitud ni la austeridad de un desierto en medio de un duro sequedal que poder comer de los frutos de la tierra que poseyeran aunque fuera tras un afanoso trabajo, pero donde podían recoger los frutos. Pero podían convertirse en tiempos de tentaciones y de olvido de Dios. Muchas veces sabemos más acudir a Dios en los tiempos de austeridad y sacrificio que luego en los tiempos de bienestar y prosperidad.
Son las recomendaciones que Moisés les hace: ‘Cuando el Señor, tu Dios, te introduzca en la tierra buena… bendecirás al Señor, tu Dios, por la tierra buena que te ha dado’. Y les sigue diciendo: ‘Pero cuidado, no te olvides del Señor, tu Dios, siendo infiel a los preceptos, mandatos y decretos que yo te mando hoy’. Es la tentación del olvido de Dios y de sus mandamientos. Y les pide además: ‘Acuérdate del Señor, tu Dios: que es él quien te da la fuerza para crearte estas riquezas, y así mantiene la promesa que hizo a tus padres, como lo hace hoy’.
Es el peligro de creernos autosuficientes que nos valemos por nosotros mismos y solo por nuestra fuerza y nuestro poder conseguimos todo lo que somos y lo que poseemos. Ahí tenemos la raíz del ateismo que niega el poder del Señor y rechaza su existencia. Pero es la tentación en la que podemos caer que, aunque no nos proclamemos ateos, sin embargo actuamos como si en la práctica lo fuéramos porque no reconocemos que Dios es nuestro único Señor. De ahí que nos viene bien ese reconocimiento que hemos proclamado en el salmo: ‘Tú eres Señor del universo’. Así queremos reconocerlo y así queremos proclamar siempre la gloria del Señor.
Es hermoso este texto del Deuteronomio que como primera lectura hemos escuchado en esta feria especial que son las témporas que estamos celebrando. La liturgia ha situado en este principio de octubre, cuando retomamos todas nuestras actividades en el campo laboral y en el campo de la enseñanza sobre todo tras el descanso estival, estas celebraciones llamadas ‘témporas acción de gracias y de petición’. Es un hermoso recordatorio para que desde nuestra postura de creyentes sepamos darle también un hermoso y profundo sentido cristiano a nuestras actividades y a toda nuestra vida.
Surge nuestra acción de gracias al Señor cuando en nuestros campos también se va terminando con la recolección de nuestras cosechas y recomienza como un ciclo nuevo de actividad. Pero se nos invita a algo más.
La segunda lectura del apóstol san Pablo nos habla de reconciliación. ‘Lo antiguo ha pasado, lo nuevo ha comenzado, nos decía el apóstol. Todo esto viene de Dios, que por medio de Cristo nos reconcilió consigo y nos encargó el ministerio de la reconciliación’ nos sigue diciendo. Es momento también de reconocer esa necesidad que tenemos de reconciliación, porque nos sentimos limitados y pecadores y es necesario purificar nuestros corazones. Podemos alcanzar esa purificación y perdón porque en Cristo hemos sido reconciliados. ‘Dios mismo estaba en Cristo reconciliando al mundo consigo, sin pedirle cuentas de sus pecados’. Así queremos humildemente presentarnos delante del Señor. En Cristo vemos y disfrutamos el perdón y la reconciliación que a manos llenas nos ofrece nuestro Padre.
Y finalmente escuchamos en el evangelio la invitación que Jesús nos hace a la oración y a la petición. Estamos necesitados de Dios y a El acudimos con confianza. Es lo que trata de trasmitirnos Jesús en el Evangelio. ‘Pedid y se os dará, buscad y encontraréis, llamad y se os abrirá; porque quien pide recibe, quien busca encuentra y al que llama se le abre’. Es la confianza que tenemos los hijos sabedores que Dios es un Padre que nos ama.
A El acudimos con confianza desde lo que son nuestras necesidades. ‘El pan nuestro de cada día, dánosle hoy’, nos enseñó a pedir Jesús.  No queremos pedir abundancias ni derroches, sino el pan de cada día; el pan que cada día necesitamos en lo que es nuestro alimento y nuestra vida con sus necesidades, pero el pan de cada día que somos capaces también de compartir con el hermano, para que a través de nuestra generosidad sienta que Dios no lo abandona. Un aspecto importante, porque no pedimos el pan mío, sino el pan nuestro, el pan para los nuestros pero el pan también para los demás necesitados que junto a nosotros caminan en la vida.
Si somos generosos tendremos siempre para compartir porque el Señor no nos dejará sin sus bendiciones, pero si somos egoístas solo pensando en nosotros mismos tenemos el peligro al final de quedarnos sin nada. Pensemos que cuando pedimos ese pan nuestro de cada día no es solo el pan material o el remedio a nuestras necesidades materiales lo que estamos pidiendo, sino que ahí tenemos que abarcar muchas cosas más que es también todo lo que espiritualmente nos va a llenar y hacer que mejore nuestro corazón y mejore también lo que es nuestra convivencia con los demás en este mundo que cada día queremos hacer mejor.

No olvidemos las acciones del Señor. Seamos capaces de hacer que todas nuestras obras y toda nuestra vida sean siempre para la gloria del Señor. Cuanto tenemos que dar gracias a Dios no solo por todo lo que recibimos de su manos, que son bendiciones de Dios para nosotros, sino también porque en Cristo obtenemos la reconciliación y el perdón. Lo que nos pide que nosotros seamos también signos de esa reconciliación de Dios para los demás. Elevemos con confianza nuestra oración a Dios y hagamos que en nuestro corazón siempre quepan todos nuestros hermanos que es una forma de presentarlos a Dios en nuestra oración.

domingo, 5 de octubre de 2014

La viña que Dios ha puesto en nuestras manos es nuestro mundo que tenemos que transformar desde una civilización del amor

La viña que Dios ha puesto en nuestras manos es nuestro mundo que tenemos que transformar desde una civilización del amor

Is. 5, 1-7; Sal. 79; Filp.4, 6-9; Mt. 21, 33-43
‘La viña del Señor de los ejércitos es la casa de Israel; son los hombres de Judá su plantel preferido’. Podemos decir que por aquí, con estas palabras, comienza a dársenos la clave de la Palabra de Dios que hoy se nos ha proclamado sobre todo al proponernos la imagen de la viña, ya fuera ‘la viña de mi amigo’ a la que el profeta quiere cantar en nombre de su amigo un canto de amor, ya sea la viña arrendada a unos labradores por aquel propietario que tan bien la había preparado.
Está por una parte lo que significa la figura del amigo que tenía una viña que cuidaba con todo mimo esperando sus frutos, o de aquel propietario que había plantado una viña que había preparado cuidadosamente antes de arrendarla para que la trabajasen aquellos labradores. Está por otro lado lo que significa en sí la imagen de la viña tan primorosamente cuidada para que diera los mejores frutos. Pero están también finalmente por otra parte aquellos a los que se había confiado el trabajo de la viña para obtener sus frutos.
El primer mensaje nos está hablando de esa solicitud paciente y amorosa de Dios que  cuida de su viña como aquel propietario, que así nos cuida y nos regala con su gracia. ‘La entrecavó, la descantó y plantó buenas cepas’, que decía el canto de amor del profeta por la viña de su amigo; que son por otra parte todos los cuidados de aquel propietario preparando el terreno, plantando buenas cepas, construyendo un lagar y la casa del guarda, rodeándola de una cerca. Los que hemos estado relacionados con este mundo de la agricultura y en concreto de la viticultura, bien por razones familiares o por vivir en zonas agrícolas conocemos bien lo que son estos trabajos pero también el amor que ponen los agricultores en estos trabajos del campo y podemos entender bien el sentido de la imagen que se nos ofrece.
‘¿Qué más podía hacer yo por mi viña que no lo haya hecho?’ se preguntaba el canto profético. ¿Qué podía hacer Dios por nosotros que continuamente nos regala con su gracia después que nos ha entregado a Jesús para enriquecernos con su salvación? El canto de amor del profeta por la viña de su amigo se convierte en lamentos y congojas ante la respuesta negativa.
Es lo que nos tiene que hacer pensar y es el segundo aspecto del mensaje. ¿Cuáles son los frutos? ‘¿Por qué esperando que diera uvas dio agrazones?’ Dios siempre está esperando pacientemente nuestra respuesta. El profeta nos está hablando de que después de tanto amor que había puesto por su viña y cómo la había cuidado con esmero, los frutos no fueron buenos.
Pero con la parábola contemplamos al tiempo la paciencia de Dios en la imagen del propietario que envía a sus criados una y otra vez, aunque fueran maltratados esperando poder recoger los frutos de aquella viña que tan cuidadosamente había preparado, enviando incluso hasta su propio hijo. Tendría que hacernos pensar, recapacitar para encontrar el camino por el que demos los frutos que el Señor nos pide cuando nos ofrece tanto amor.
Pero está también ese tercer aspecto al que hacíamos referencia al principio y que se nos refleja más en la parábola del evangelio. Aunque se habla de la viña plantada para obtener unos frutos, se incide más en el desarrollo de la parábola en aquellos a los que se confió la viña para que la trabajasen y se pudieran recoger unos frutos. Ya en la motivación de la parábola el evangelista nos dice que ‘dijo Jesús a los sumos sacerdotes y a los senadores del pueblo’.
Jesús en la parábola hace poco menos que un resumen de la historia de la salvación del pueblo de Dios. Una referencia clara a aquellos que en medio del pueblo de Dios tenían la misión de ayudar al pueblo a mantenerse en la fidelidad de la Alianza, en la fidelidad al Señor. Pero no fueron fieles, no rindieron los frutos que esperaba el Señor, muchas veces rechazaron también a los hombres de Dios, los profetas, que el Señor les enviaba, como finalmente terminarían rechazando al Hijo de Dios.
 Claro que cuando ahora nosotros escuchamos y meditamos esta Palabra del Señor no nos vamos a quedar en pensar en los otros, sino que tenemos que pensar en nosotros mismos. Esa viña del Señor Dios nos la ha puesto en nuestras manos, porque es nuestra propia vida enriquecida con la gracia, y de qué manera como hemos dicho, desde la que tenemos que ofrecer frutos de santidad y de gracia que no siempre damos como es debido. Pero pensamos también - y lo decimos al hilo de la parábola - en la responsabilidad que todos tenemos de cuidar esa viña del Señor.
¿Qué significa ese cuidar la viña del Señor? No somos ni podemos ser unos seres pasivos en medio de la vida de la Iglesia en donde siempre estemos pensando lo que vamos a recibir; todo lo contrario, esa gracia que Dios ha puesto en nosotros nos obliga a preocuparnos de los demás, a tomarnos en serio con toda responsabilidad lo que es la misión de la Iglesia y entonces nuestra misión en medio de nuestro mundo. Así tenemos que asumir nuestros compromisos dentro de la Iglesia y lo que es la vida de la comunidad cristiana. Es el puesto que cada uno tiene dentro de la Iglesia y es todo lo que nosotros podemos y tenemos que aportar para la vida de la Iglesia, para la propagación de la fe.
Hemos de trabajar esa viña del Señor, que es también la responsabilidad que tenemos y hemos de asumir en todas sus consecuencias para hacer que nuestro mundo sea mejor; un mundo del que hemos de desterrar toda maldad y toda violencia; un mundo que tenemos que hacer más solidario y con más corazón; un mundo en el que hemos de trabajar más por la paz y la armonía en la convivencia de todas las personas alejando discriminaciones, desterrando envidias y orgullos, ambiciones materialistas que nos llevan a esa corrupción en todos los aspectos que vemos en nuestra sociedad y que tanto nos duele.
Dios hizo al hombre y al mundo bueno; recordemos las primeras paginas de la Biblia donde vemos ese mundo hermoso y lleno de felicidad cuando se nos habla del jardín del paraíso, y de lo que es imagen esa viña tan bien preparada de la que se nos habla hoy en los dos textos; pero pronto lo hemos llenado de maldad, de violencia, de recelos y resentimientos, de actitudes egoístas e insolidarias, de robos y de injusticias; es lo que nos refleja la parábola con la actitud de aquellos labradores que querían hacerse con la viña de su amo y en lo que estamos viendo como en un espejo todo lo que sucede en el entorno de nuestro mundo donde parece que no hay un día donde no nos despertemos con una nueva noticia de maldades y de corrupciones.
Tenemos que trabajar la viña del Señor que es nuestro mundo, pero de otra manera, desde otra visión y sentido de lo que ha de ser un mundo mejor. Son los frutos de una civilización del amor que será la que ofrezcamos a nuestro mundo desde ese sentido y esos valores del Evangelio. Es la tarea comprometida que tenemos los cristianos con nuestro mundo, desde la fe que tenemos en Cristo y nos hace cristianos comprometidos. Y ¿cómo nos vamos a comprometernos en ese trabajo en la viña de nuestro mundo si consideramos y vemos cuanto es el amor que el Señor nos tiene y cómo nos cuida con su amor que hasta nos ha entregado a su Hijo para nuestra salvación?

sábado, 4 de octubre de 2014

Llenémonos de la alegría de la fe que nos hace sentir y vivir a Dios si tenemos un corazón pobre y humilde

Llenémonos de la alegría de la fe que nos hace sentir y vivir a Dios si tenemos un corazón pobre y humilde

Job, 42, 1-3.5-6.12-16; Sal. 118; Lc. 10, 17-24
‘Los setenta y dos discípulos volvieron muy contentos…’ Habían sido enviados ‘de dos en dos, por delante, a todos los pueblos y ciudades a donde pensaba ir El’. Los había enviado a anunciar el Reino de Dios, a curar enfermos y a expulsar demonios; les había dado instrucciones muy concretas sobre lo que habían de hacer; y los había enviado con el mensaje de la paz; ese era el saludo con el que habían de llegar a todos sitios.
Ahora vuelven contentos, porque aquellas señales del Reino de Dios que Jesús les había anunciado se estaban realizando. Le dicen a Jesús a su vuelta: ‘Señor, hasta los demonios se nos someten en tu nombre’. Pero Jesús les dice que la alegría que tienen no ha de ser solamente porque puedan realizar signos y prodigios, puedan realizar milagros, sino ‘porque vuestros nombres están inscritos en el cielo’.
Pero la alegría sigue desbordándose, porque Jesús ‘lleno  de la alegría del Espíritu Santo’ prorrumpe en un cántico de acción de gracias al Padre del cielo. El Reino de Dios comienza a brillar pero será en los pequeños y en los pobres, en los de corazón humilde porque son los que de verdad se abren al misterio de Dios.
Un día Jesús le diría a Pedro que porque humildemente se había dejado conducir por Dios, había podido realizar una hermosa confesión de fe. No es por tu sabiduría humana, lo que hayas aprendido de ti mismo u otros te hayan enseñado, viene a decirle a Pedro tras aquella confesión en la que lo había reconocido como Mesías y como Hijo de Dios. ‘Dichoso, Simón, porque eso no te lo ha revelado nadie de carne y hueso, sino mi Padre que está en los cielos’.
Ahora Jesús da gracias al Padre porque es a los pequeños y a los humildes a los que revela el misterio de Dios. ‘Te doy gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y a los entendidos y las has revelado a la gente sencilla’. Allí está la prueba en lo que vienen contando los discípulos después de haber realizado su misión. Jesús los había escogido y llamado y los había enviado con aquella misión, en la que seguramente se sentirían sobrecogidos y como superados, pero las señales del Reino se estaban dando y el mal comenzaba a vencerse. ‘Veía a Satanás caer del cielo como un rayo’, les dice cuando ellos le cuentan con alegría todo lo que habían realizado.
‘Todo me lo ha entregado mi Padre, continúa diciéndoles, y nadie conoce quien es el Hijo sino el Padre; ni quien es el Padre, sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo se lo quiere revelar’. Y allí se está manifestando el misterio de Dios, allí se está revelando Dios, porque será la forma cómo podemos conocer mejor quien es Jesús, pero también es la forma como Jesús nos revela a Dios, nos da a conocer a Dios. Y ya sabemos cuales han de ser las actitudes que tiene que haber en nuestro corazón para poder estar abiertos a Dios y para que podemos conocer el misterio de salvación que Jesús nos ofrece.
Y siguiendo con la dicha y la alegría que parecer ser hoy la plantilla de todo este episodio, Jesús los llama dichosos. Una nueva bienaventuranza, podríamos decir quizá. Dichosos porque han podido conocer a Jesús; dichosos porque así a ellos se les ha revelado el misterio de la salvación y pueden estar participando en él. ‘¡Dichosos los ojos que ven lo que vosotros veis! Muchos profetas y reyes desearon ver lo que veis vosotros y no lo vieron; y oír lo que oís, y no lo oyeron’. Pudieron ver y oír directamente al Mesías Salvador.  ¿No recordamos la dicha del anciano Simeón porque sus ojos vieron al Salvador esperado de las naciones?
¿Sentiremos envidia nosotros porque no lo podemos ver y palpar como lo vieron y lo palparon los discípulos de los que nos habla el evangelio? Pero sí podemos verlo y sentirlo en nosotros con los ojos de la fe; si lo podemos sentir presente en nuestra vida que para eso nos ha dado la fuerza de su Espíritu. Abramos con humildad los ojos y los oídos de la fe. Llenémonos de la alegría de la fe que nos hace sentir y vivir a Dios.

viernes, 3 de octubre de 2014

La semilla caía en la tierra de Corozaín y Betsaida y no daba fruto, ¿sucederá lo mismo en nuestro corazón?

La semilla caía en la tierra de Corozaín y Betsaida y no daba fruto, ¿sucederá lo mismo en nuestro corazón?

Job, 38, 1.12-21; 39, 33-35; Sal. 138; Lc. 10, 13-16
Los evangelios al describirnos la actividad de Jesús, su predicación y sus milagros, nos destacan de manera especial, sobre todo los sinópticos, su dedicación a los pueblos y aldeas de Galilea en todo el entorno del lago de Tiberíades o llegando más allá por una parte hasta las fronteras del Líbano o por el otro lado atravesando el lago para llegar incluso a la región de los Gerasenos.
Allí, como el sembrador que nos describe en la parábola recorre sus caminos de un lado para otro esparciendo la semilla de la Palabra de Dios, acompañada de los signos del Reino en sus milagros, para ir anunciando por todas partes ese Reino de Dios al que habíamos de convertirnos.
Pero igual que sucede en la parábola del sembrador o en cualquiera de las otras parábolas la semilla no siempre da el fruto del ciento por uno, porque no todos acogen su predicación y anuncio del Reino de la misma manera. Muchas veces surgiría en medio de la buena semilla plantada la cizaña que venía a entorpecer o malear la cosecha.
En algunos lugares, quizá donde menos se lo esperaba podría aparecer una cananea que impetrase su auxilio, aunque en otros era rechazado como lo fue en la región de los Gerasenos incluso después de liberar al endemoniado de su mal; en otros la resistencia no sería quizá tan abierta, pero no terminaban de dar frutos de conversión a pesar de las múltiples maravillas que el Señor iba realizando en medio de ellos.
Es lo que está sucediendo en aquellas ciudades mas cercanas al lago y donde quizá más presente se hecho Jesús. Son las quejas y recriminaciones que escuchamos en labios de Jesús contra Corozaín, Betsaida y hasta el mismo Cafarnaún donde se había establecido en casa de Simón Pedro. ‘¡Ay de ti, Corozaín, ay de ti, Betsaida!’ Eran la patria de gran número de los discípulos y apóstoles. En Betsaida vivían y trabajaban Pedro, Andrés, Felipe, Santiago, Juan, entre otros muchos que oyeron a Jesús y le siguieron. Pero otros muchos escucharon la misma Palabra que escucharon éstos y sin embargo no quisieron seguir a Jesús.
Les dirá Jesús que si en otros lugares se hubieran realizado los mismos signos que allí se habían realizado con toda seguridad se habrían convertido. Por eso, les dice,  ‘el juicio les será más llevadero a Tiro y a Sidón’. Y en el mismo sentido le habla a Cafarnaún ciudad testigo excepcional de la predicación y de los milagros de Jesús, en su sinagoga, junto al lago, en la casa de Simón, por todas partes donde la gente se encontrara con Jesús. Pero andaban más afanados en sus negocios y quehaceres y la semilla caía como en tierra dura o llena de abrojos y zarzales. ‘Y tú, Cafarnaún, ¿piensas escalar el cielo?’
La ceguera por la posesión de bienes materiales nos insensibiliza para lo noble y lo espiritual y los hacía incapaces de dar respuesta agradecida a tanto regalo del Señor. Cafarnaún era ciudad de tráfico comercial importante porque se convertía en cruce de caminos de todo el norte de Palestina.
¿Nos sucederá a nosotros de forma parecida? Hemos de comenzar por reconocer la riqueza de gracia con la que el Señor cada día riega nuestro espíritu. Pensemos cuántas oportunidades tenemos; pensemos en la Palabra del Señor que cada día se nos ofrece; pensemos en la inmensa y maravillosa gracia que es el poder participar cada día en la celebración de la Eucaristía y alimentarnos del Cuerpo y Sangre de Cristo que por nosotros se nos da y se nos entrega.
Y así podemos pensar en tantas gracias y tantas llamadas del Señor. ¿Somos agradecidos a cuanto el Señor nos regala cada día? Como tierra buena, ¿acogemos esa semilla que se siembra en nosotros y de la que tenemos que dar fruto? ¿cuáles son nuestras obras buenas con las que estamos dando señales de que acogemos y querer vivir el Reino de Dios? ¿Hay frutos de verdadera conversión en nuestro corazón?

jueves, 2 de octubre de 2014

Con la continua protección de los santos ángeles nos veamos libres de los peligros presentes y conducidos a la vida eterna

Con la continua protección de los santos ángeles nos veamos libres de los peligros presentes y conducidos a la vida eterna

Ex. 23, 20-23; Sal. 90; Mt. 18, 1-5.10
‘Bendecid al Señor, ángeles del Señor; cantadle y ensalzadle eternamente’. Es la antífona del inicio de esta celebración. De forma semejante comenzamos hace unos días. Entonces celebrábamos a los santos Arcángeles san Miguel, San Rafael y san Gabriel; hoy celebramos a los santos Ángeles Custodios.
El otro día además de fijarnos en ese cántico celestial de los Ángeles y Arcángeles y todos los coros celestiales a la gloria de Dios, nos fijábamos también en la función de los Arcángeles, ‘poderosos ejecutores de sus órdenes’ como decíamos también con la antífona litúrgica, con mensajeros divinos para hacernos conocer los misterios de nuestra salvación y hacernos sentir también la presencia de Dios junto a nosotros.
También hoy con todos los ángeles queremos bendecir al Señor, pero estamos queriendo considerar de manera especial cómo Dios ha querido enviar a sus ángeles para nuestra custodia, vernos defendidos con su protección y gozar eternamente de su compañía, como expresamos en la oración litúrgica del día. En el salmo fuimos repitiendo ‘ha dado órdenes a sus ángeles para que te guarden en tus caminos’. Es la función que junto a nosotros tienen los santos ángeles custodios.
Esos espíritus puros, criaturas de Dios, que gozan de la visión de Dios eternamente - recordemos lo que nos ha dicho Jesús en el evangelio que ‘están viendo siempre en el cielo el rostro de mi Padre celestial’ - y que alaban y bendicen al Señor en el cielo invitándonos a todas las criaturas a prorrumpir también en ese cántico de alabanza, pero que Dios ha querido poner a nuestro lado como especiales custodios y protectores del camino de nuestra vida ‘para librarnos de los peligros presentes y nos lleven a la vida eterna’, como expresamos también en las oraciones de la liturgia.
Tenemos que amar a nuestro santo ángel de la Guarda que junto a nosotros está siempre para prevenirnos contra los peligros; amarlos y escucharlos, dejarnos conducir por sus inspiraciones. Cuántas veces sentimos en nuestro interior una inspiración que nos quiere conducir a lo bueno o impulso que nos lleva a prevenir un peligro, a alejarnos de una situación no buena que nos surge quizá de forma inesperada, a decir no en un momento determinado a algo que quizá nos sentíamos arrastrados a realizar y que sabíamos que no era bueno. Pensemos en ese ángel de Dios que está junto a nosotros inspirándonos y derramando sobre nosotros la gracia del Señor para fortalecernos contra los peligros y las acechanzas del mal.
 Hemos quizá infantilizado demasiado la figura del ángel de la guarda que se nos queda quizá en las oraciones que aprendimos de niños o enseñamos a nuestros hijos pequeños, pero luego no tenemos fe en ese presencia de gracia que Dios ha querido poner junto a nosotros a lo largo de toda nuestra vida; el Ángel de la Guarda no es solo para tenerlo en cuenta en la niñez sino para saber sentir su inspiración a lo largo de toda nuestra vida.
El Señor le decía al pueblo de Israel a través de Moisés, allá en el libro del Éxodo: ‘Voy a enviarte un ángel por delante para que te cuide en el camino y te lleve al lugar que he preparado. Respétalo y obedécelo…’ Es lo que nosotros también hemos de escuchar; se nos ha proclamado como Palabra de Dios para nosotros hoy en nuestra celebración. Dejémonos inspirar y conducir por el ángel que el Señor ha puesto a nuestro lado que nos custodia y que nos protege.  Que como bien sabemos no es solo la protección contra los peligros que podíamos llamar materiales o terrenos, sino que sentimos esa protección contra los peligros que atentan contra nuestra alma, como son las tentaciones que nos conducen al pecado y a la muerte.
Por eso pediremos hoy en la oración después de la comunión que ‘a quienes hemos sido alimentados con los sacramentos que nos llevan a la vida eterna… bajo la tutela de los ángeles vayamos por los caminos de la salvación y de la paz’. Hoy nos unimos a los santos ángeles en nuestra liturgia terrenal para cantar la alabanza del Señor pero con la esperanza de que un día en el cielo nos unamos a la creación entera junto a nuestros santos ángeles custodios para cantar la gloria del Señor por toda la eternidad.

Como iniciamos nuestra reflexión y la liturgia de este día ahora nosotros queremos repetir una vez más: ‘Bendecid al Señor, ángeles del Señor; cantadle y ensalzadle eternamente’.

miércoles, 1 de octubre de 2014

Somos discípulos de Jesús haciendo su mismo camino y viviendo su misma vida.

Somos discípulos de Jesús haciendo su mismo camino y viviendo su misma vida.

Job, 9, 1-12.14-16; Sal. 87; Lc. 9, 57-62
El discípulo es el que hace camino detrás de su maestro. Hacer camino en este caso es algo más que recorrer unas distancias geográficas para ir de un lugar a otro. Aunque ahora el evangelio nos dice que ‘iban de camino’, subían a Jerusalén tal como le vimos ayer a Jesús emprender ese camino de subida.
Pero el discípulo hace camino junto a su maestro. No se contenta con mirar como si fuera un espectador, o como alguien que quizá está investigando porque simplemente quiere saber. El camino que hace el discípulo de Jesús es vivir su misma vida, mucho más que seguir unas huellas, aunque tengamos que buscarlas para no perdernos. Hacer camino con Jesús tiene sus exigencias, aunque en nuestra dificultad cada uno tenemos nuestro ritmo, pero en el que tenemos que ir aprendiendo poco a poco a seguir el mismo ritmo de Jesús, porque así tan íntimamente nos queremos unir a El.
Hoy, en este evangelio, ‘mientras iban de camino Jesús y sus discípulos’, hay algunos que se ofrecen para seguirle, otros son invitados, algunos quieren poner como sus condiciones para seguirle pidiendo plazos. A todos Jesús les hará ver cómo de verdad hay que seguirle, cual ha de ser el estilo o el sentido de su seguimiento, cuales son las exigencias.
Es bueno la buena voluntad -y valga la redundancia de palabras - pero no es suficiente. ‘Te seguiré a donde vayas’, se le acerca una ofreciéndose. Pero Jesús le dirá que ‘las zorras tienen madrigueras y los pájaros, nido, pero el Hijo del Hombre no tiene donde reclinar la cabeza’. Es necesario que tengamos claro a donde vamos o a lo que nos ofrecemos. No podemos ir buscando seguridades para la vida, cuando nos decidimos a seguir a Jesús. Si lo seguimos porque queremos vivir su misma vida, tenemos que tener claro con lo que nos vamos a encontrar. ‘El Hijo del Hombre no tiene donde reclinar la cabeza’. Es necesaria una disponibilidad total como es necesario que conozcamos de verdad a Jesús para poder dejar cautivarnos por El. Ya le escucharemos decir cuando nos envíe que no llevemos ni bastón, ni alforja, ni sandalias. Ya lo comentaremos.
Cuando Jesús nos invita a seguirle no nos podemos quedar con dudas ni queriendo resolver primero otras cosas. El nos invita a un camino de vida, porque es un camino de amor, y no nos podemos seguir entreteniendo en nuestras muertes. Ahora es Jesús el que invita a otro que se encuentra en el camino. Este quisiera seguirle, pero quiere ir primero a enterrar a su padre. Jesús le dice que lo ha invitado a la vida, que deje que los que quieren seguir en la muerte se encarguen de enterrar a los muertos. Jesús nos invita a seguirle y para eso tenemos que desprendernos de tantas cosas muerte como puedan envolver nuestra vida. ¿Cuáles serían esas señales de muerte que aun quedan en nosotros y de las que tenemos que desprendernos? La invitación de Jesús nos hace pensar y revisar pero para ponernos a caminar con decisión con El.
En el camino será otro ahora el que quiere seguir a Jesús pero quiere poner plazos para poder deshacerse de los lazos que aún le atan. ‘Te seguiré, Señor. Pero déjame primero despedirme de mi familia’. Nos cuesta arrancarnos de cosas, de situaciones y parece como si estuviéramos siempre queriendo volver atrás. Cuando vamos con Jesús lo que nos toca es mirar hacia adelante para no perder el rumbo, porque delante de nosotros va el Señor. Si nos distraemos volviendo nuestra mirada a otras cosas que en otros momentos fueron una atracción para nosotros, perderemos el ritmo, perderemos el paso de Jesús, no somos dignos de El. Es como el que va arando para que los surcos sean rectos es necesario mirar hacia adelante en la meta que tenemos delante de los ojos. ‘El que echa la mano en el arado y sigue mirando atrás, no vale para el Reino de Dios’, le responde Jesús.
Hacemos camino con el Maestro, hacemos camino con Jesús. No somos espectadores del camino que otros hacen, ni simplemente somos espectadores de la vida de Jesús. Somos sus discípulos para hacer su mismo camino, para vivir su misma vida. Y con Jesús no caben componendas y arreglitos. Es cierto que nos cuesta porque tenemos demasiados apegos y ataduras en el corazon. Pero tenemos que decidirnos a emprender el camino. Una cosa sabemos. No vamos solos. No lo hacemos por nosotros mismos. El Señor que nos llama y que nos invita está con nosotros, es más, nos da la fuerza de su Espíritu para que podamos hacer el camino, ser en verdad sus discípulos.

martes, 30 de septiembre de 2014

Con Jesús que sube a Jerusalén emprendemos un camino de superación y crecimiento espiritual

Con Jesús que sube a Jerusalén emprendemos un camino de superación y crecimiento espiritual

Job, 3, 1-3.11-17.20-23M Sal. 87; Lc. 9,51-56
‘Cuando se iba cumpliendo el tiempo de ser llevado al cielo, Jesús tomó la decisión de subir a Jerusalén’. Comienza una etapa importante en el evangelio de san Lucas, que es la subida de Jesús a Jerusalén. Llega su hora, como se dirá en los otros evangelios, su vuelta al Padre, pero es el tiempo de su Pascua. Sabía Jesús lo que entrañaba su subida a Jerusalén. Repetidamente lo ha ido anunciando, todo lo que allí le va a suceder.
El camino de su pascua no fue solo el momento de su pasión cuando fue prendido en el Huerto hasta llegar a la Cruz y luego a la resurrección. Pascua es paso, es camino de Dios. Es el camino de Jesús hasta su vuelta al Padre, que será la culminación de su Pascua. Tenemos que aprender nosotros si en verdad somos seguidores de Jesús, porque también tenemos que realizar nuestra subida, nuestra ascensión, nuestro camino de pascua que se va a manifestar en nuestra vida de muchas maneras.
El camino que le lleva a Jesús a Jerusalén está jalonado por la incomprensión de sus discípulos ante sus palabras que anunciaban todo lo que iba a suceder; no solo era el rechazo que iba a sufrir por parte de quienes buscarían su muerte, de quienes, como ahora los samaritanos, no quieren recibirle porque va hacia Jerusalén. Son también las dudas de los propios discípulos, la no comprensión, el querer volver atrás una y otra vez a sus mismas ambiciones, el dejarse arrastrar por cobardías o por violencias.
Ayer hubiéramos escuchado que discutían una y otra vez por los primeros puestos, porque no terminaban de asumir el camino de servicio y humildad que habían de emprender; también hubiéramos visto sus intolerancias cuando pretenden impedir que otros también hagan el bien en el nombre de Jesús, como si todo fuera de su especial exclusividad; hoy contemplamos las reacciones violentas que surgen en sus corazones cuando no son aceptados o son rechazados.
‘¿Quieres que mandemos bajar fuego del cielo y acabe con ellos?’ Es la reacción violenta al hecho de que no los recibieran en la aldea porque iban a Jerusalén. Se quieren valer de los poderes que Jesús les ha dado cuando los había enviado con poder sobre los espíritus malignos, para imponer su autoridad o su presencia. ‘Jesús les regañó. No sabéis de qué espíritu sois. El Hijo del hombre no ha venido a perder a los hombres, sino a salvarlos’.
Decíamos antes que teníamos que aprender de este camino de subida de Jesús a Jerusalén para su pascua. También nosotros hemos de hacer un camino de superación, de subida, de pascua en nuestra vida; un camino de crecimiento espiritual pero en el que nos vemos tentados por tantas cosas que a veces parece que en lugar de avanzar retrocedemos.
Siguen rondándonos en nuestro corazón las ambiciones o los deseos o impulsos materialistas; nos cuesta realizar un camino de humildad que nos lleve a ser en verdad comprensivos con los que están a nuestro lado; la actitud de servicio para olvidarnos de nosotros mismos para darnos a los demás se nos hace costosa y difícil en muchas ocasiones; también tratamos muchas veces de imponernos o de imponer nuestras cosas aunque sean buenas, pero por la fuerza de la violencia en gestos y palabras.
De Jesús tenemos que aprender, de su humildad y de su amor; escuchar sus palabras que nos iluminan allá en lo hondo del corazón. Tenemos que aprender a subir, a crecer espiritualmente, a superarnos en tantas cosas de las que nos cuesta arrancarnos, a poner actitudes nuevas en nuestro corazón que nos lleven a actuar de una forma distinta, a ser verdaderos constructores de paz desde nuestro diálogo y nuestro amor. Que nunca la violencia impere en nuestra vida, sino que siempre nos llenemos de amor. Es un camino de pascua, porque si lo queremos hacer bien nos daremos cuenta cómo Dios está con nosotros y, aunque nos sea difícil y costoso en muchas ocasiones, nos sentimos con la fuerza de su Espíritu para ir avanzando y realizando ese crecimiento espiritual.

Subamos con Jesús a Jerusalén, a su cruz y su pasión, que sabemos que estaremos alcanzando así la vida y la salvación para nosotros y para nuestro mundo. 

lunes, 29 de septiembre de 2014

Bajo la fiel custodia de los santos arcángeles Miguel, Gabriel y Rafael caminamos seguros por la senda de la salvación

Bajo la fiel custodia de los santos arcángeles Miguel, Gabriel y Rafael caminamos seguros por la senda de la salvación

Apoc. 12, 7-12; Sal.137; Jn. 1, 47-51
‘Bendecid al Señor, Ángeles suyos, poderosos ejecutores de sus ordenes, prontos a la voz de su palabra’. Era la antífona con la que comenzaba hoy nuestra celebración. Estamos celebrando en una misma fiesta a los Arcángeles, san Miguel, san Gabriel y san Rafael. Antes de la reforma litúrgica se celebraban por separado en diferentes fiestas, pero tras la reforma litúrgica del concilio Vaticano II se unificaron en una misma fiesta.
Ángeles y Arcángeles que con todos los coros celestiales alaban a Dios por toda la eternidad en el cielo. Bendecid al Señor, repetimos en diferentes momentos de la liturgia, en donde con todos los ángeles y arcángeles nosotros nos unimos a los coros celestiales para cantar la gloria del Señor, como hacemos, por ejemplo, en el prefacio de la plegaria eucarística.
Arcángeles que hoy celebramos que aparecen en la Sagrada Escritura como ejecutores de las órdenes de Dios, como decíamos en la antífona antes reseñada, cual mensajeros divinos que nos hacen llegar la voluntad de Dios en su plan de salvación para nosotros los hombres, o nos manifiestan esa presencia y esa protección de Dios en los caminos de nuestra vida y de nuestra fe.
El arcángel Gabriel como mensajero divino anuncia primero a Zacarías el nacimiento de quien iba a ser el precursor del Mesías, y luego a María el nacimiento del Hijo del Altísimo de sus purísimas y virginales entrañas, donde el Hijo de Dios se encarnase.
El arcángel Rafael como compañero de camino para Tobías y como signo de la medicina de Dios que le liberaba de la fuerza de los espíritus malignos, pero que también abría los ojos al anciano Tobías como señal de la misericordia divina que premiaba también sus desvelos y su dedicación a la atención de los necesitados.
Finalmente el arcángel Miguel como su mismo nombre indica fuerza de Dios en el combate contra el mal y que nos señala como teniendo a Dios con nosotros siempre podremos sentirnos victoriosos frente a las fuerzas del maligno.
Es lo que se expresa en cierta manera en el sentido de las oraciones de la liturgia de esta fiesta de los santos arcángeles. Ya en el evangelio Jesús nos aseguraba que veríamos ‘el cielo abierto y a los ángeles de Dios subir y bajar sobre el Hijo del Hombre’. En otros momentos, que recordaremos dentro de unos días al celebrar a los santos ángeles custodios, Jesús nos habla de los Ángeles que están en el cielo contemplando para siempre el rostro del Padre celestial. En este sentido pedíamos en la oración litúrgica ‘vernos siempre protegidos aquí en la tierra por aquellos que te asisten continuamente en el cielo’.
Contemplan los ángeles la gloria de Dios, el rostro del Padre del cielo, y al mismo tiempo se convierten en protectores nuestros en nuestro camino de la tierra con la esperanza de que un día nosotros podamos contemplar también en el cielo el rostro de Dios, o lo que es lo mismo, participar y gozar de la gloria de Dios. El camino no es fácil porque siempre nos vemos tentados por las fuerzas del maligno que nos quieren apartar de ese camino de Dios, pero nosotros sentimos en nuestra vida la protección de los ángeles. ‘Que caminemos seguros por la senda de la salvación bajo la fiel custodia de los ángeles’.
 En la primera plegaria eucarística pedimos ‘humildemente que esa ofrenda sea llevada a tu presencia - a la presencia de Dios - hasta el altar del cielo, por manos de tu ángel’. Y el arcángel Rafael le decía a Tobías que su oración había sido escuchada porque los santos ángeles la habían presentado ante el trono de Dios. Es lo que ahora también nosotros queremos suplicar humildemente al presentar al Señor ‘este sacrificio de alabanza lo recibas con bondad por intercesión de tus ángeles y nos sirva para nuestra salvación’.

Bendecimos, sí, al Señor con todos los Ángeles y arcángeles esta fiesta porque así sentimos su protección, nos sentimos conducidos por los camino de la fidelidad al Señor y sabemos que son intercesores nuestros en el cielo que hacen llegar hasta Dios nuestras suplicas y nuestras peticiones. 

domingo, 28 de septiembre de 2014

Creemos que podemos cambiar, creemos que los demás también pueden cambiar, llenemos nuestro corazón de comprensión y misericordia

Creemos que podemos cambiar, creemos que los demás también pueden cambiar, llenemos nuestro corazón de comprensión y misericordia

Ez. 18, 25-28; Sal. 24; Filp. 2, 1-11; Mt. 21, 28-32
‘Tened entre vosotros los sentimientos propios de una vida en Cristo Jesús’, nos decía el apóstol en la carta a los Filipenses. Es un hermoso pensamiento. Es una forma hermosa de actuar. Porque ¿a quién nos vamos a parecer si nos llamamos cristianos? Nuestro modelo es Cristo; la forma de actuar del cristiano es a la manera de Cristo. Al menos tenemos que intentarlo, aunque no siempre sea fácil o nos cueste mucho.
No es fácil y nos cuesta porque estamos acostumbrados a otra forma de actuar. Por ejemplo, cuántas desconfianzas tenemos los unos en los otros; qué fáciles somos para juzgar y hasta para condenar; marcamos a las personas de forma que ya para siempre serán conforme a aquella idea que un día nos hicimos de ellas, ya porque les vimos actuar en un momento determinado de una forma, ya porque nos gusta recordarles siempre los fallos que hayan podido haber tenido en su vida, y no somos capaces de ver que las personas pueden cambiar, pueden corregirse, pueden ser capaces de rehacer su vida. Y con esos presupuestos, ahí están nuestras desconfianzas y esa marca que les hacemos llevar para siempre sobre su vida por algún fallo que hayan tenido.
No es ésta la manera de actuar de Jesús, no son esos sus sentimientos, no es lo que nos enseña en el evangelio. No es esa la manera de actuar de Dios, clemente y misericordioso, lento a la ira y rico en clemencia. ‘Recuerda, Señor, que tu ternura y tu misericordia son eternas’ fuimos diciendo en el salmo, ‘acuérdate de mí con misericordia’, le pedíamos. Así se nos manifiesta siempre el Señor, esperándonos pacientemente; esperando nuestro arrepentimiento y nuestra conversión. Nos da esperanza para nuestra condición de pecadores.
El Señor siempre nos está esperando, pero podríamos decir también que en esa espera del Señor por nuestra respuesta nunca nos faltará su gracia que se manifestará de mil maneras sobre nuestra vida. Nos sostiene, nos llama haciéndonos llegar una y otra vez su palabra y su invitación a la conversión, nos corrige, nos enseña, nos ofrece continuamente su perdón. Ahí está la acción y la llamada de la Iglesia; ahí está la Palabra del Señor que cada día escuchamos; ahí está ese sabio consejo que recibimos de personas cercanas a nosotros que quieren ayudarnos; ahí está la gracia del perdón que una y otra vez nos ofrece en los sacramentos.
Quizá no siempre damos la respuesta tan pronto como sería de desear porque por medio está nuestra inconstancia y nuestra debilidad que se resisten de alguna manera a la gracia de Dios, pero está el amor del Señor esperándonos. Es una lucha que sostenemos en nuestro interior. ¿No esperaba pacientemente el padre la vuelta del hijo pródigo que había marchado lejos del hogar? Así nos espera el Señor ofreciéndonos siempre el abrazo y la gracia de su perdón. El juicio definitivo del Señor será el de la misericordia. Como nos decía el profeta: ‘Cuando el malvado se convierte de la maldad que hizo,... ciertamente vivirá y no morirá’.
De ahí las recomendaciones que nos hacía san Pablo en su carta: ‘si nos une el mismo Espíritu y tenéis entrañas compasivas, dadme esta gran alegría: manteneos unánimes y concordes con un mismo amor y un mismo sentir’. El apóstol tenía un cariño especial por aquella comunidad y le dolía en el alma ver las divisiones y los enfrentamientos, los recelos y desconfianzas de unos y otros. En este sentido continuaba diciéndonos: ‘No obréis por rivalidad ni por ostentación, dejaos guiar por la humildad y considerad siempre superiores a los demás. No os encerréis en vuestros intereses, sino buscad todos el interés de los demás’.
Entrañas compasivas, un mismo amor y un mismo sentir, humildad, no sentirnos superiores, buscar el interés de los demás… hermosos sentimientos y actitudes que nos hacen comprensivos, que nos hacen confiar siempre en el otro, en sus posibilidades, en la regeneración de su vida. Porque seguro que nos gusta que confíen en nosotros, que crean en los esfuerzos que hacemos por ser mejores, por hacer las cosas bien aunque haya muchas ocasiones en que nos cueste.
Jesús hoy en el evangelio, dirigiéndose de manera especial a los sumos sacerdotes y a los ancianos, les propone esa pequeña parábola de los dos hijos enviados por el padre a trabajar en la viña. Mientras uno muy obsequioso de entrada con su padre le promete que irá,  al final pronto olvidará su promesa y no irá, sin embargo el otro que parecía rebelde porque de entrada se negó a cumplir la orden de su padre, luego recapacitó y fue a trabajar en la viña.
Jesús les está diciendo que no es suficiente decir que sí, que somos obedientes, que somos muy religiosos si luego no llevamos a la práctica de la vida las enseñanzas que recibimos del Señor. No basta decir ‘¡Señor, Señor!’, como nos dirá en otro lugar del evangelio sino lo que somos capaces de hacer de bueno.
Por eso terminará diciéndoles Jesús, de una forma bastante fuerte y clara ‘Os aseguro que los publicanos y las prostitutas os llevan la delantera en el camino del Reino de Dios’. Precisamente criticaban a Jesús porque comía con publicanos y pecadores, pero en su corazón misericordioso les decía que el venía para curar a los enfermos, no a los que se creyeran sanos. Y les explica que al menos los publicanos y las prostitutas creyeron a Juan cuando acudían a él allá junto al Jordán en el desierto, mientras ellos no fueron capaces de hacerle caso a Juan para prepararse para la llegada del Mesías.
¿Qué tenemos que hacer nosotros? Hacer siempre el bien, buscando por encima de todo lo que es la voluntad del Señor. Acoger la Palabra del Señor con amor y con humildad porque es lo que nos hace gratos a los ojos de Dios. Es la humildad del pecador arrepentido lo que llena de gozo el corazón del Señor. Recordemos cómo en otro momento del evangelio nos hablaba de la fiesta del cielo cuando un pecador se arrepiente y se convierte. Sonarán a gloria las campanas del Reino de los cielos.
Pero como decíamos al principio son también las actitudes nuevas que tiene que haber en nuestro corazon en relación a los demás. Son los mismos sentimientos de Cristo Jesús que tienen que impregnar nuestro corazón y que se van a manifestar en esa acogida y comprensión para hermano que camina a nuestro lado y tiene tropiezos como nosotros tenemos; es la mano tendida con amor para ayudar a caminar con el convencimiento de que en verdad podemos cambiar, puede mejorar su vida toda persona que se lo proponga con la ayuda de la gracia del Señor.
Podemos cambiar, podemos transformar nuestra vida; puede llegar ese momento de gracia a nosotros donde recapacitemos y nos demos cuenta que nuestra vida debe ser otra porque en verdad tenemos que hacer lo que es la voluntad del Señor. Con decisión, con energía, con valentía queremos caminar los caminos del Señor aunque tantas veces hayamos tropezado y errado en el camino. 
Pidamos al Señor su gracia que nos fortalezca y nos acompañe; pidamos al Señor esa gracia para todos los pecadores para que escuchen esa llamada del Señor y conviertan su corazón a El.  Como nos decía el profeta si nos convertimos de nuestra maldad, ciertamente alcanzaremos vida, alcanzaremos la salvación.