Vistas de página en total

viernes, 15 de mayo de 2009

Hemos decidido el Espíritu Santo y nosotros…

Hechos, 15, 22-31
Sal. 56
Jn. 15, 12-17

Una cosa hermosa que vamos viendo en el libro de los Hechos de los Apóstoles que vamos leyendo en este tiempo de Pascua es que vamos conociendo cómo es la vida de las primeras comunidades cristianas con sus logros y con sus problemas y cómo iban viviendo y expresando su fe en toda situación. Nos vale como un estímulo para nuestro caminar cristiano, además del ejemplo que podemos tomar para nuestra propia vida.
La Iglesia había ido creciendo y extendiéndose por todas partes y con la predicación de los Apóstoles el Evangelio se había ido anunciando también a los pueblos gentiles que habían abrazado así la fe. Surgen problemas que poco a poco se van solucionando, por ejemplo, de cómo acoger a los que provenían del mundo pagano y si era necesario hacerles pasar previamente por los ritos de incorporación y pertenencia al judaísmo.
Ante esos problemas Pablo y Bernabé suben de Antioquia a Jerusalén y allí la comunidad se reúne. Es el texto que hubiéramos leído ayer y que no hicimos al celebrar la fiesta del apóstol san Matías. Esa reunión de la comunidad, los apóstoles y los miembros de la comunidad de Jerusalén es lo que solemos llamar el primer concilio de Jerusalén. Se dialoga y se discute algunas veces incluso de forma apasionada porque hay distintas posturas, pero sienten la fuerza y la presencia del Espíritu Santo que les llena de paz, incluso esos momentos difíciles y de tensión y les conduce a una solución.
Es hermoso el mensaje que terminada la reunión envían a las otras comunidades. ‘Los apóstoles y presbíteros con toda la Iglesia acordaron elegir a algunos de ellos y mandarlos a Antioquia con Pablo y Bernabé. Eligieron a Judas Barsabá y a Silas, miembros eminentes de la comunidad…’
Y hermosa es la fórmula empleada para señalar las decisiones tomadas: ‘Hemos decidido el Espíritu Santo y nosotros…’ Los hombres discuten y tratan de llegar a un acuerdo de solución, pero el Espíritu Santo que está dentro de nosotros, en nuestro corazón, decide. Y se dejan conducir por el Espíritu Santo. De manera que las decisiones sienten que son obra del Espíritu Santo que obra en ellos.
Ojalá nosotros hoy tuviéramos tan clara la presencia del Espíritu Santo en el actuar en nuestra vida personal, en nuestros grupos, en nuestras comunidades y en lo que es la vida de toda la Iglesia.
Pareciera algunas veces que no creyéramos en la acción del Espíritu Santo que está guiando y fortaleciendo tanto nuestra vida como a la Iglesia. No sabemos a veces aceptar las decisiones de la Iglesia. Algunas veces la miramos como si se tratara de un simple organismo humano que se rige solo por leyes humanas y hablamos de nuestros pastores viendo en ellos más tendencias de uno u otro bando como si fueran simplemente seguidores de ideologías políticas o a la manera de cómo se actúa en el ámbito civil y político.
Tenemos que aceptar un sano pluralismo en la forma de ver las cosas, pero sabiendo descubrir que detrás de todo está el Espíritu Santo que es el que en verdad nos guía, contando sí con esos medios humanos que somos nosotros también con sus limitaciones y debilidades. Creo que nos da una hermosa lección este texto del libro de los Hechos que estamos escuchando en estos días.

jueves, 14 de mayo de 2009

Pequeñas y humildes semillas testigos de fe y de amor

fiesta de san Matías
Hechos, 1, 15-17.20-26
Sal. 112
Jn. Jn. 15, 9-17


‘No sois vosotros los que me habéis elegido, soy yo quien os he elegido y os he destinado para que vayáis y deis fruto y vuestro fruto dure…’ Ya no nos llama siervos sino que nos llama amigos porque nos lo ha dado todo a conocer. Somos sus amigos elegidos y amados del Señor. Y se espera de nosotros fruto y fruto abundante, fruto que dure para siempre.
Este texto que por diversas circunstancias este año vamos a escuchar varias veces, porque lo escucharemos mañana viernes y será de nuevo proclamado el sexto domingo de Pascua, la liturgia nos lo presenta en este día de la fiesta del apóstol San Matías, por referencia a su elección.
El colegio apostólico estaba formado por los doce apóstoles que el Señor escogió y envió. Había fallado Judas en su traición y ahora es necesario por así decirlo cubrir el hueco. La pequeña comunidad de los discípulos está reunida. En el Cenáculo están los once apóstoles y muchos discípulos con María, la Madre de Jesús y otras mujeres en la espera del cumplimiento de la promesa de Jesús. Lucas nos dice que serían unas ciento veinte personas.
Pedro, a quien Jesús había confiado el primado en el colegio apostólico, toma la Palabra para proceder a la elección. Y les da lo que serían las pautas para su elección. Primero está la actitud de oración y escucha al Señor en la que se encuentran reunidos. ‘Señor, tú penetras el corazón de todos; muéstranos a cual de los dos has elegido para que, en este servicio apostólico, ocupe el puesteo que dejó Judas…’
Pero será necesario algo más y es la fidelidad y el testimonio. ‘Hace falta, por tanto, que uno se asocie a nosotros como testigo de la resurrección de Jesús, uno de los que nos acompañaron mientras convivió con nosotros el Señor Jesús…’ Ha de ser un testigo, uno que haya conocido a Jesús, que pueda vivir la fidelidad a la palabra de Jesús y pueda proclamarse como testigo de la resurrección del Señor.
Habían sido propuestos dos. ‘José, apellidado Barsabá, de sobrenombre Justo,y Matías’. Fue elegido Matías y entró en el grupo de los Doce, del Colegio Apostólico. No vuelve a nombrarse a Matías en todo el Nuevo Testamento, y las historia prácticamente lo desconoce en sus tradiciones. Recogía las características necesarias y fue un testigo que dio testimonio de Jesús hasta su muerte. Ese silencio de su vida también es una lección para nosotros.
En la oración litúrgica de este día hemos pedido al Señor ‘que podamos alegrarnos de tu predilección al ser contados entre tus elegidos’. Somos elegidos y amados del Señor con un amor de predilección. Esto siempre tiene que producir en nosotros un gozo y una alegría honda. Hemos de saber agradecerlo al Señor y vivir en correspondencia a ese amor y a esa predilección.
Somos quizá unas personas anónimas y que no sobresalimos por nada en especial. Pero tenemos aún así que sentirnos privilegiados con ese amor del Señor. También somos amados de Dios y sin especiales resplandores en nuestra vida, pero también tenemos que dar nuestro testimonio, el testimonio de nuestra fe. Pasamos desapercibidos, no destacamos por especiales cosas, el lugar que ocupamos en la vida quizá sea gris y oscuro, pero aún así tenemos que manifestarnos como testigos.
No todos en la vida hacemos cosas extraordinarias, pero todos contamos con el amor del Señor. Hoy celebramos a Matías, del que la historia incluso nada nos dice, pero era un Apóstol del Señor, elegido y amado de Dios para formar parte del grupo de los Doce. No nos pedirá el Señor cosas extraordinarias ni seremos recordados por la historia, pero sí que en esas pequeñas cosas de todos los días manifestemos nuestra fe, nos presentemos como testigos, las vivamos con el más profundo amor. Somos pequeñas semillas que hemos de ir sembrando por la vida la fe y el amor del Señor, pero de esas pequeñas semillas Dios hará brotar cosas grandes. Demos ese testimonio pequeño, humilde, sencillo de nuestra fe y de nuestro amor.

miércoles, 13 de mayo de 2009

Viña del Señor, Reino de Dios y Vid verdadera

Viña del Señor, Reino de Dios y Vid verdadera
Hechos, 15, 1-6
Sal. 121
Jn. 15, 1-8

La imagen de la viña es una imagen repetida que nos aparece tanto en el Antiguo Testamento, en los profetas, como en los Evangelios. Es una imagen del pueblo de Israel, del Reino de Dios, y de Cristo mismo que hoy se proclama ‘yo soy la vid, vosotros los sarmientos…’ texto que escuchamos también el pasado quinto domingo de Pascua.
El profeta Isaías nos hablará del canto de amor a su viña. Una viña cuidada de la que se esperaba buenas uvas pero que dio agrazones. ‘Voy a cantar en nombre de mi amigo un canto de amor a su viña. Mi amigo tenía una viña en fértil collado…’ y nos describe el profeta todo lo que hizo Dios por su viña. ‘¿Qué más podía hacer por mi viña que yo no lo haya hecho?’ se preguntaba el profeta en el nombre del Señor que tanto había cuidado a su pueblo.
En el mismo sentido habla el profeta Jeremías diciendo: ‘Yo te había plantado como una cepa fina…’ O el profeta que habla de ‘la parra plantada en tierra fértil que hundió sus raíces en canales de agua abundante y podía echar pámpanos, dar frutos y hacerse una parra hermosa’. Mientras en los salmos se habla de la viña traída de Egipto haciendo referencia como en todos los textos al pueblo de Israel.
Sin embargo en los evangelios sinópticos la comparación de la viña es con el Reino de Dios. Viña a la que están invitados a trabajar los obreros en las distintas horas del día, o viña preparada y cuidada, arrendada a unos labradores que han de rendir sus frutos pero que no lo hacen.
Sin embargo en el Evangelio de Juan, que hemos escuchado hoy, la imagen de la vid es para hacer referencia a Cristo. ‘Yo soy la vid, vosotros los sarmientos…’ Sarmientos que han de estar unidos a la vid, a la cepa, que es Cristo, para que podamos dar fruto y fruto abundante. En todos los textos de una forma o de otra está ese llamamiento a dar fruto, teniendo en cuenta sobre todo cuánto ha hecho el Señor por nosotros. Ahora en san Juan se insiste en la necesidad de nuestra unión total y profunda con Cristo para no ser sarmientos que se secan y no sirven sino para ser arrojados al fuego.
Sea en referencia a nuestra unión personal con Cristo, como sarmiento unido a la vid, o sea en referencia a ese pueblo de Dios o a ese Reino de Dios, se nos está pidiendo también nuestra unión y comunión con Cristo pero también con los demás que formamos ese pueblo de Dios, esa viña del Señor. No nos faltará nunca la gracia del Señor, la savia de la gracia que corra por las venas de nuestra vida, porque el Señor es fiel y siempre nos acompaña con su gracia, sea cual sea la respuesta que nosotros demos. Siempre hay una llamada y una invitación del Señor. ‘¿Qué más podía hacer por mi viña que yo no lo haya hecho?’ Es lo que nos hará preguntarnos por cuánto estamos haciendo nosotros para mantener esa unión con el Señor, como los sarmientos a la vid.
Somos esa viña del Señor en donde Cristo será siempre nuestro centro. Sin El nada podemos hacer. Es la razón de nuestro vivir y por quien todo lo queremos hacer. Por eso de El nos alimentamos que se hace alimento y Pan de vida para nosotros, a El como Buen Pastor que nos guía le seguimos, a El como Palabra viva de Dios escuchamos, y en El nos sentimos todos unidos formando un solo cuerpo, el Cuerpo Místico de Cristo, del que nos hablará san Pablo.

martes, 12 de mayo de 2009

La paz os dejo, mi paz os doy

Hechos, 14, 18-27
Sal. 144
Jn. 14, 27-31


Venir al encuentro con el Señor es venir a llenarnos de su paz. Jesús nos da la paz, su paz. ¡Cuántas veces lo escuchamos en el evangelio! Y nos da una paz que no tiene ninguna comparación con nada de lo que nosotros podamos imaginar o desear. Tenemos que descubrirla, sentirla y vivirla en lo más hondo de nuestro corazón, saborearla.
¡Cómo lo sentiría la mujer pecadora cuando Jesús le perdona sus muchos pecados y le dice ‘vete en paz, no peques más’!
O la mujer adúltera a la que todos condenan, pero a la que Jesús devuelve la dignidad perdida.
O Zaqueo cuando recibió a Jesús en su casa y en el descargó su conciencia que le abrumaba, renovó su vida para empezar un nuevo vivir y fue capaz de compartir todo lo que tenía con los demás.
¿No sentiría paz Nicodemo cuando habla aquella noche con Jesús, vislumbra la vida nueva que en Jesús comienza – Jesús le habla de un nuevo nacimiento -, y descubre todo lo que es el amor inmenso de Dios que nos entrega a su Hijo?
Por algo los ángeles cantaron la gloria para Dios, la paz para los hombres con el nacimiento de Jesús, porque comenzaba un mundo nuevo donde sería posible la paz. Será el saludo pascual de Cristo resucitado una y otra vez cuando viene al encuentro con los discípulos pero a los que confía el don de perdonar para sanar el corazón herido y muerto de los hombres. Y es la promesa que Jesús hace ahora cuando va a comenzar la pasión y los discípulos se sienten tan turbados.
‘Que no tiemble vuestro corazón ni se acobarde…’ que no os falte la paz en el corazón aunque sean duros los momentos que van a venir, les dice a los discípulos en la última cena, como acabamos de escuchar. ‘La paz os dejo, mi paz os doy; no os la doy como la da el mundo’. Es la paz que sabe darnos Jesús.
Cuando ahora en la mañana estamos iniciando el día, en nuestra mente están cuántas cosas tenemos que hacer hoy, preocupaciones, trabajos, problemas, tareas de todo tipo que en este ritmo vertiginoso de la vida que vivimos, parece que se nos hiciera corto el tiempo para tantas cosas que tenemos que hacer. Es hermoso este momento de paz que tenemos en nuestra oración de la mañana, nuestro cántico de la alabanza del Señor y nuestra celebración de la Eucaristía. Muchas veces decimos que es un cargar las baterías. Cómo nos sentimos reconfortados en el Señor.
Llenémonos de la paz del Señor. Que no nos sintamos agobiados por nuestra tarea. El Señor está con nosotros ahora y en cada momento de nuestro día. Que tampoco perdamos la paz por lo que es nuestra vida, tantas son nuestras limitaciones, nuestras debilidades, y tantos pecados, porque en la presencia del Señor nos sentimos siempre manchados, y pecadores. Se nos regala su gracia, su vida, su perdón. En El nos sentimos amados y perdonas; en El sentimos ese ánimo para nuestra tarea diaria, para nuestro caminar.
Es un gozo creer en el Señor que tan cerca quiere estar de nuestra vida, y de qué manera nos llena de su amor. Alabemos al Señor. Bendigamos al Señor. Sepamos dar gracias por el regalo de su paz.

lunes, 11 de mayo de 2009

No a nosotros, Señor, sino a tu nombre da la gloria

Hechos, 14, 5-17
Sal. 113
Jn. 14, 21-26


Es totalmente humano y justo que seamos reconocidos e incluso que se nos pueda mostrar agradecimiento por aquello bueno que hacemos. Todo ser humano necesita ser valorado y tenido en cuenta. Y es la actitud que a la recíproca uno ha de saber tener siempre para con los demás. Valorar lo que hacen, reconocer lo bueno que tienen en su vida, tener en cuentas sus cualidades y valores.
No es que en ese reconociendo vayamos buscando medallas y aplausos, porque eso sería vanagloria. Pero sí hemos de pensar en la responsabilidad que significa para uno esos valores que Dios ha puesto en nuestra vida. Y como nos enseña Jesús en tantos lugares del evangelio, no pueden ser enterrados, sino todo lo contrario ponerlos en juego, desarrollarlos, porque además son siempre en beneficio de los demás y no sólo de aquel que posee dichos valores. Lo que sí tenemos que evitar es ponernos sobre pedestales y buscar glorias humanas que siempre pasan.
Hoy en el salmo con el responsorio hemos repetido: ‘No a nosotros, Señor, no a nosotros, sino a tu nombre da la gloria’. La gloria para el Señor. Lo que nos proponía san Ignacio de Loyola ‘ad maiorem Dei gloriam… todo para la mayor gloria del Señor’. Gloria al Señor porque lo que somos o lo que podemos hacer se lo debemos a El. Gloria para el Señor, porque todo lo que hacemos, toda nuestra vida ha de ser una alabanza al Señor.
El salmo se hace eco de lo escuchado en el texto de los Hechos de los Apóstoles. (Quería decir a los que leen estas reflexiones en ‘la semilla de cada día - http://la-semilla-de-cada-dia.blogspot.com/ -’, que es conveniente leer previamente a la reflexión que os ofrezco, los texto de la Escritura citados, que son los propios de la Eucaristía del día, porque estas reflexiones no hacen sino comentar dichos textos, fijándonos en alguno de los aspectos que nos puede sugerir la Palabra del Señor).
Seguimos en los Hechos de los Apóstoles haciendo el recorrido del primer viaje apostólico de san Pablo. Tuvo dificultades en Antioquia de Pisidia y en Iconio, a pesar de las perspectivas halagadoras de la acogida en un principio. Vemos ahora que en Iconio trataron incluso de apedrear a Pablo y Bernabé. Es así como llegan a la región de Licaonia y hoy los vemos en Listra.
‘Había en Listra un hombre lisiado y cojo de nacimiento, que nunca había podido andar y estaba siempre sentado… escuchaba las palabras de Pablo’. Pablo lo cura y le manda levantarse de su invalidez; ‘Levántate y ponte derecho’. Y el hombre se curó. La gente admirada por el suceso creen ver a los dioses en forma humana entre ellos y hasta quieren ofrecerles sacrificios, cual si fueran dioses. Ya sabemos cómo en el mundo pagano, griego y romano, había muchos dioses, dioses para todo: el amor, la guerra, el vino, el mar, las tempestades, etc… No era extraño que ahora los vieran a ellos con el poder de curar al lisiado, como si fueran unos dioses. ‘El gentío exclamó en lengua de Licaonia: Dios en figura de hombres han bajado a visitarnos’.
¿Podían haber aprovechado aquel éxito y fama en provecho propio? Eran grandes los honores al considerarlos dioses en figura humana. Se hubieran convertido en unos ídolos más. La gloria quieren que sea para el Señor. ‘Nosotros somos mortales igual que vosotros…’ Sí aprovechan la ocasión para proclamar la Buena Noticia de Jesús. Invitan a abandonar aquellos ídolos y dioses y a creer en el Dios que hizo cielo y tierra. Es el nombre del Señor todopoderoso al que hay que glorificar. Hermosa lección.

Brevemente apuntar algo de lo que nos dice el evangelio que necesitaría una reflexión más amplia. Cómo tenemos que sentirnos amados de Dios. Y cómo ese amor de Dios en nosotros hará que el mismo Dios venga a habitar dentro de nosotros. ‘El que sabe mis mandamientos y los guarda, ese me ama, y al que me ama lo amará mi Padre y lo amaré yo, y me mostraré a él… y vendremos a él y haremos morada en él…’ Dios que nos ama y quiere morar en nosotros.
Terminará Jesús anunciándonos la venida del Espíritu Santo. Nos vamos acercando ya a la fiesta de Pentecostés e iremos escuchando textos en los que Jesús nos anuncia que nos enviará un Defensor, el Paráclito, el Espíritu de la verdad ‘que enviará el Padre en mi nombre, que será quien os lo enseñe todo y os vaya recordando todo lo que os he dicho’.

domingo, 10 de mayo de 2009

Yo soy la vid, vosotros los sarmientos...

Hechos, 9, 26-31;

Sal.21;

1Jn. 3, 18-24;

Jn. 15, 1-8


Vivo en una zona de muchos viñedos que produce ricos caldos y afamados vinos de gran calidad. Yo no soy agricultor, como se puede suponer, pero sí hijo de agricultores y observando lo que vi hacer a mi padre y lo que uno ve hacer alrededor puede aprender muchas lecciones y - ¿por qué no? - comprender mejor lo que hoy Jesús nos dice en el Evangelio. Nos habla Jesús de la vid, de los sarmientos, de la poda y también de los frutos.
Contempla uno terrenos bien cultivados y trabajados con viñedos a los que el agricultor dedica mucho trabajo y esfuerzo para obtener al final de la temporada abundantes cosechas. ¡Cuántos trabajos hay que realizar! Pero junto a esos terrenos bien cuidados se encuentra uno algunas veces con viñedos abandonados, dejados de la mano que al final lo que podrían ser hermosa viña prometedora de abundantes frutos se ha convertido en matorrales que nada producen y de los que no se podrá obtener ningún fruto. No ha habido cuidado, no se han podado a su tiempo, no se han atendido y ese es el resultado.
Es convincente lo que nos dice Jesús. No podemos ser sarmientos arrancados de la vid, que sólo servirían para ser echados al fuego. Es necesario por otra parte que el labrador pode debidamente los sarmientos inútiles e inservibles para hacer que podamos obtener un buen fruto. Necesario es que seamos sarmientos bien unidos a la cepa, a la vid para que la savia de la gracia corra por las venas de nuestra vida y tengamos vida y podamos dar fruto.
El mensaje de Jesús es claro. ‘Yo soy la vid, vosotros los sarmientos. El que permanece en mí y yo en él, ése da fruto abundante, porque sin mí no podéis hacer nada’. ¿Cómo estaremos unidos a Jesús? Primero que nada nuestra fe en El. Es lo primero que se nos pide y lo más fundamental. Creer en Jesús para vivir unidos a El. Hoy nos decía san Juan en su carta: ‘Este es su mandamiento: que creamos en el nombre de su Hijo Jesucristo, y que nos amemos unos a otros, tal como nos lo mandó’. Y ese creer no es simplemente saber muchas cosas, aprender una doctrina o seguir y cumplir con unas normas. Lo que se nos pide es adherirnos a la persona de Jesús. Darle el Sí de mi vida a la persona de Jesús haciendo que El lo sea todo para mí.
Luego eso tendrá unas consecuencias en conocerle más, en descubrir todo el sentido de su evangelio y vivir un estilo de vida como el de Jesús. Pero yo diría que no tenemos que empezar la casa por el tejado sino por los cimientos. Y el cimiento está en el anuncio de Jesús que hagamos a los demás para lograr esa adhesión a Jesús y esa unión con El. Algunas veces se ha comenzado no por la evangelización sino por enseñar los mandamientos, una doctrina y unas normas de vida, pero no se ha anunciado a Jesús. Es importante que primero realmente conozcamos a Jesús.
Pero también nos ha dicho: ‘A todo sarmiento mío que no da fruto, lo poda para que dé más fruto’. Sí, necesitamos una purificación. Tenemos el peligro y la tentación de quedarnos en ramajes y en apariencias. Y tenemos que ir al fondo, para quedarnos en lo esencial, que es lo que dará fruto en nuestra vida, lo que va a dar sentido y valor a todo lo que hagamos.
Muchas veces nos surgen pruebas en la vida. Momentos dolorosos, situaciones difíciles e inesperadas, problemas, una enfermedad que aparece, la muerte de un ser querido, y tenemos el peligro de quedarnos como patinando sin saber como reaccionar como quien no tiene un punto de apoyo fuerte y seguro en la vida. Es ahí donde tenemos que buscar lo esencial, lo que de verdad da valor a la vida porque quizá hayamos vivido con demasiados ramajes o apariencias. Necesitamos la poda para encontrar en Cristo, en su evangelio, lo que da verdadero valor y sentido a nuestra vida.
Quizá esa prueba que nos aparece nos hará profundizar en nuestra vida. Es la poda. Nos hará buscar nuestro apoyo verdadero en el Señor. Porque necesitamos estar de verdad unidos a Jesús. Que encontremos así mayor sentido, por ejemplo, a nuestra oración, o a la escucha de la Palabra de Dios en nuestro corazón. Nos daremos cuenta entonces que sin El nada somos ni nada podemos, por muchas cosas que tengamos en lo humano o en lo material.
‘Permaneced en mí y yo en vosotros’, nos dice Jesús. ¡Cuánto tenemos que trabajar esto en nuestra vida! Eso significa, como decíamos, la oración que nos une a Jesús, nos hace entrar en comunión con El, en la que le pedimos su gracia y su fuerza, pero en la que también sobre todo vamos a experimentar esa presencia tan intensa de Jesús en nuestra vida. Será, como decíamos, también esa escucha de su Palabra, dejando que llegue a nuestro corazón, que sea semilla que se siembre cada día en nuestra vida para mejor conocerle y para más hondamente vivirle. Será todo lo que sea la vivencia de la celebración de los sacramentos, la vivencia de la Eucaristía para alimentarnos de El y para dejar que el habite hondamente en nosotros.
Permanecer unidos a Jesús, porque además no podemos ir diciendo que vivimos nuestra fe por libre o a nuestra manera, o haciendo nuestras batallitas por nuestra cuenta. Porque Cristo nos quiere en comunión con El, pero en comunión también con todos los que estamos injertados en la misma vid. Es la comunión eclesial garantía de nuestra auténtica unión con Jesús. Una expresión de esa comunión eclesial la vemos en los Hechos de los Apóstoles cuando Pablo, después de su conversión, es presentado a los Apóstoles y a toda la comunidad. ‘Entonces Bernabé se lo presentó a los Apóstoles’, que escuchamos en la primera lectura.
‘Si permanecéis en mí y mis palabras permanecen en vosotros, pediréis lo que deseáis y se realizará’, termina diciéndonos hoy Jesús en el Evangelio. ¡Qué gozo esa garantía que nos da Jesús!

sábado, 9 de mayo de 2009

Muéstranos al Padre y nos basta

Hechos, 13, 44-52
Sal. 97
Jn. 14, 7-14

Exponiéndonos que Jesús también me dé un tirón de orejas como a Felipe, también yo quiero pedirle como el apóstol: ‘Señor, muéstranos al Padre y nos basta... Tanto tiempo con vosotros y ¿aún no me conoces, Felipe?'
Pero sí queremos conocer al Padre, queremos conocer a Dios. Nos cuesta, nos hacemos imágenes de Dios que no se corresponden a veces con la realidad. Y ¿quién puede mejor darnos a conocer al Padre que Jesús? Para eso ha venido. Es el Emmanuel, el Dios con nosotros, que se ha hecho hombre y se ha acercado a nosotros para que mejor le conozcamos. Lo llamamos el Verbo de Dios, la Palabra de Dios que nos habla y se nos revela, la Revelación de Dios.
Cuando Jesús en una ocasión da gracias al Padre ‘porque esto no lo revelaste a los sabios y entendidos sino a la gente sencilla’, viene luego a explicarnos que ‘nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar’.
Por eso, el reproche de Jesús a Felipe. ‘Quien me ha visto a mí ha visto al Padre’, le dice. Ya antes nos había explicado ‘nadie va al Padre sino por mí’. Por eso se proclama a sí mismo como ‘el camino, y la verdad, y la vida’. Pero aún así seguimos pidiéndole ‘muéstranos al Padre’. Pero Jesús nos insiste: ‘Si me conociérais a mí, conoceríais también al Padre…’
Es que Jesús nos está revelando el rostro misericordioso y lleno de amor de Dios. Lo vemos en sus obras, en sus actitudes, en su vida caminando entre nosotros los hombres y repartiéndonos el amor de Dios. Lo vemos con los enfermos, los pecadores, los pobres, todos los que sufren de alguna manera… ‘Pasó haciendo el bien’, que definiría un día Pedro a Jesús. Ver a Jesús es ver el amor de Dios. Tanto es el amor que Dios nos tiene que nos da a Jesús, por eso cuando vemos a Jesús estamos contemplando ese amor de Dios. ‘Tanto amó Dios al mundo – tanto nos amó – que nos entregó a su Hijo único…’
Por eso, queremos conocer a Jesús. Es nuestra tarea de cada día. Es lo que tenemos que ir buscando, buceando en el evangelio, sintiéndolo en lo hondo de nuestro corazón donde se nos manifiesta y nos habla. Conocer a Jesús para conocer a Dios, para conocer al Padre.
Queremos escuchar a Jesús, porque así escuchamos la Palabra viva que Dios nos dice. Jesús es esa Palabra que se nos revela, que nos da a conocer al Padre, todo el inmenso misterio de Dios.
Queremos vivir a Jesús. Sí llenarnos de su vida. El nos la regala, nos la da. Para eso no sólo se ha entregado en la muerte en la cruz, sino que además se nos ha hecho alimento para que le comamos y vivamos para siempre. El nos resucitará el último día. Y es que El quiere vivir en nosotros. ‘El Padre y yo vendremos a él y haremos morada en él…’ Habita en nosotros para que habitemos en El.
Queremos llenarnos del Espíritu de Jesús, que nos da vida, nos santifica y nos consagra. Llenos del Espíritu podemos decir ‘Jesús es Señor’. Llenos del Espíritu de Jesús podemos llamar a Dios Padre. Llenos de su Espíritu podemos orar con la mejor de las oraciones, porque será el Espíritu el que ore por nosotros en nuestro interior.
Amemos, pues, a Jesús para llenarnos del amor de Dios. Contemos con Jesús para que nuestra oración sea escuchada por el Padre. ‘Porque yo me voy al Padre: y lo que pidáis en mi nombre, yo lo haré, para que el Padre sea glorificado en el Hijo. Si me pedís algo en mi nombre, yo lo haré’. Es el estilo de la oración de la Iglesia que siempre orar por Jesucristo nuestro Señor, que siempre quiere dar gloria al Padre ‘por Cristo, con Cristo y en Cristo’.

viernes, 8 de mayo de 2009

No perdamos la calma, Cristo es nuestro camino y nuestra vida

Hechos, 12, 26-33
Sal. 2
Jn. 14, 1-6


‘Dijo Jesús a sus discípulos: no perdáis la calma...’ Algunas veces nos falta paz: nos agobiamos por los problemas que se nos presentan, surgen miedos en nuestro corazón ante situaciones a las que nos debemos enfrentar, no sabemos cómo afrontar las dificultades que nos van apareciendo en la vida... Quizá aparece la enfermedad o nos sentimos con un montón de limitaciones y achaques... Pensamos en el futuro, lo que nos puede ir apareciendo en la vida, o quizá pensamos en el más allá... y nos llenamos de temores, nos sentimos inquietos dentro de nosotros, perdemos la paz.
Jesús nos dice: ‘No perdáis la calma...’ Y nos invita a creer en El, a creer en Dios, a fiarnos de su Palabra. Su presencia no nos faltará nunca. Por eso tiene que renacer la confianza en nuestro corazón. Y la esperanza. No nos puede faltar la paz en el corazón. Porque en el día a día de nuestra vida, en esas situaciones en que nos encontremos o con los problemas que tengamos, sabemos que está a nuestro lado. El se hizo hombre para manifestarnos esa cercanía de Dios, esa presencia amorosa de quien camina a nuestro lado pero también nos enseña el camino. Más aún El es el camino.
Y si pensamos en el futuro, no sólo de este mundo, sino en lo que hay más allá de la muerte ya hemos escuchado lo que nos dice. Quiere que estemos a su lado. ‘Donde yo estoy, estéis también vosotros’, nos dice. Y nos habla de ese vivir junto a Dios. Nos habla poniéndonos imágenes que podamos entender, pero que nos están señalando una vida en plenitud. ‘En la casa de mi Padre hay muchas estancias, y me voy a prepararos sitio. Cuando vaya y os prepare sitio, volveré y os llevaré conmigo...’
Decíamos que Jesús es el camino. Cuando les está hablando de llevarlos con El, los discípulos que en aquel momento presentían todo lo que iba a suceder y estaban como aturdidos y no terminaban de entender sus palabras – recordemos que este texto del evangelio de hoy, se corresponde a la última Cena – Jesús les dice: ‘Y adonde yo voy, ya sabéis el camino’. A lo que uno de los discípulos, Tomás, le replica: ‘Señor, no sabemos adonde vas, ¿cómo podemos saber el camino?. Y Jesús le responde: Yo soy el camino, y la verdad y la vida. Nadie va al Padre sino por mí’.
Cristo es el camino que nos lleva al Padre, nos lleva a Dios. Para eso ha venido, se ha encarnado haciéndose hombre y viviendo una vida como la nuestra, pero para indicarnos cómo podemos vivirla en plenitud. Es el Maestro que nos enseña, pero El es la Verdad misma. El quiere alimentar nuestra vida, pero es que El es la Vida misma. A quien vamos a vivir es a El. Se hace alimento nuestro para que así lo asimilemos de tal manera que ya no tengamos otra vida que la suya. Y de tal manera nos inunda con su vida, que por la fuerza de su Espíritu nos hace hijos, hijos de Dios.
Todo esto que estamos reflexionando tendría que llenarnos de paz y de esperanza. Porque ya no somos nosotros los que vivimos por nosotros mismos, sino por la vida de Jesús. Muchos serán los problemas, las dudas que puedan surgir en nuestro interior pero con la fe que tenemos en Jesús nos sentimos seguros y fortalecidos. Si Dios está con nosotros, qué podrá importarnos esas situaciones difíciles a las que tengamos que enfrentarnos o por las que incluso tengamos que sufrir un poco. Sabemos que caminamos hacia la plenitud y en ese camino Jesús está a nuestro lado, está con nosotros.
‘No perdáis la calma: creed en Dios y creed también en mí...’

jueves, 7 de mayo de 2009

El que recibe a mi enviado me recibe a Mí…

Hechos, 13, 13-25
Sal. 88
Jn. 13, 16-20


Esta semana que comenzamos celebrando el domingo del Buen Pastor nos ha dado la oportunidad para orar y reflexionar sobre la misión de los pastores que el Señor ha escogido para que en nombre guíen y alimenten con la gracia del Señor al pueblo de Dios. Una reflexión que no sólo tenemos que hacerlo los que tenemos esa misión recibida del Señor, sino que nos es conveniente a todo el pueblo de Dios hacérnosla para comprender bien su función y misión y para así mejor mostrarle ese apoyo que necesitan.
En nombre de Cristo, enviados por El y en su nombre realizan su misión pastoral. Como reflexionábamos ayer, algo más que un gusto personal o un trabajo realizado como una profesión. Hay una llamada del Señor, un envío para, en nombre del Señor, realizar una misión dentro de la Iglesia y ante el mundo como unos enviados del Señor, llenos del Espíritu divino que les fortalece y capacita con unos dones y carismas para la misión, y un compromiso en la fe y en el amor como respuesta a la llamada y al amor infinito y gratuito del Señor.
Eso le hace tomar conciencia al enviado como pastor de que no es una suya sino del Señor; no busca una ganancia personal, sino la gloria del Señor; no son para si mismo esos dones recibidos sino en beneficio del pueblo de Dios; no es para actuar por sí mismo sino siempre en el nombre del Señor. ‘Os aseguro, nos dice Jesús hoy en el evangelio, que el criado no es más que su amo, ni el enviado es más que el que lo envía…’ Con humildad, pues, el pastor acepta y realiza esa misión, no como su misión o su obra, sino como la misión recibida del Señor y como la obra del Señor.
Pero consciente también de que habla en el nombre del Señor; esa conciencia le hace, en cierto modo, temblar de responsabilidad, porque no son sus palabras las que trasmitirá sino la palabra del Señor. Os confieso que siempre que tengo que realizar esa misión de trasmitir la Palabra del Señor, lo sigo haciendo con el mismo temor del primer día de saber si sabré trasmitir o no la Palabra del Señor que se me ha confiado. Conciencia que le hace buscar en todo momento esa fidelidad a la Palabra de Dios que tiene que trasmitir y hacerlo con fidelidad.
Hoy nos ha dicho Jesús en el evangelio para enseñar al pueblo creyente cómo tiene que acoger a su enviado como le acogemos a El. ‘Os lo aseguro, vuelve a repetir, el que recibe a mi enviado, me recibe a mí y el que me recibe, recibe al Padre que me ha enviado’. Es grandiosa la acción pastoral que realizan los diversos pastores del pueblo de Dios.
No olvidemos lo que venimos escuchando también en la primera lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles. Hoy nos presenta a Bernabé y a Pablo recorriendo ciudades y haciendo el anuncio del Evangelio. Han desembarcado de nuevo en el continente, dejando atrás Chipre donde habían iniciado su viaje apostólico, y en lo escuchado hoy llegan hasta Antioquia de Pisidia casi en el centro del Asia Menor, la Turquía actual. Allí le vemos predicar en la sinagoga acogiendo la invitación del encargado para que hicieran la explicación de la Escritura.
Haciendo un repaso por la historia de la salvación de lo que nosotros llamamos el Antiguo Testamento llegan al anuncio de Jesús. ‘Dios sacó de esta descendencia – se refiere a la descendencia de David – un salvador para Israel, Jesús’. Mañana escucharemos la segunda parte de este discurso donde ya explicará con más detenimiento que es ese Jesús salvador.
Contemplamos a unos apóstoles, enviados, que se sienten acogidos por aquella comunidad en la anuncian la Buena Noticia de Jesús.

miércoles, 6 de mayo de 2009

Una elección del Espíritu para una misión

Hechos, 12, 24-13,5
Sal. 66
Jn. 12, 44-50


Mucha gente no termina de entender lo que es un sacerdote o por qué una persona se consagra al Señor en la vida religiosa, misionera o de apostolado. Bueno, dicen, a usted le gusta eso y se ha dedicado a esa profesión como yo tengo la mía u otras personas se dedican a otras cosas. Hablando con la gente muchas veces se expresan así y manifiestan de esa manera su forma de pensar en relación a estos temas.
Un sacerdote, un religioso ¿es solamente cosa de gusto personal o de ejercer simplemente una profesión? Es difícil de entender para muchos, incluso que se llaman cristianos y están dentro de la Iglesia, y mucho más, tenemos que decir, para aquellos que son ajenos a la fe y a la religión. No puede ser cosa de gustos, porque estos pueden variar según las etapas de la vida, ni se puede quedar en ejercer correctamente una profesión, por muy digno que ello sea. Es algo mucho más hondo.
¿A qué viene este comentario? Me lo sugiere la Palabra de Dios hoy proclamada, sobre todo en el texto de los Hechos de los Apóstoles. Creo que este texto nos puede dar luz sobre todo esto que estamos diciendo. La acción del apóstol no es una mera acción humana. El apóstol siempre actúa movido y guiado por el Espíritu del Señor. Ha de saber dejarse conducir por el Espíritu Santo como vemos hoy en aquella comunidad de Antioquia, y en Bernabé y Pablo (aún sigue llamándosele Saulo).
Se nos habla de la comunidad de Antioquia donde ‘había profetas y maestros’. Nos da la relación. Profetas y maestros, o sea, personas guiadas por el Espíritu del Señor con especiales carismas para ayudar y conducir a la comunidad. Y aquí sucede un hecho especialmente significativo y trascendente, que incluso va a marcar la vida de la propia comunidad, dándole una importancia grande en la Iglesia primitiva. ‘Un día que ayunaban y daban culto al Señor, dijo el Espíritu Santo: apartadme a Bernabé y Saulo para la tarea a que los he llamado’.
Una elección y una llamada del Señor para una misión. No son ellos los que se ofrecen; es el Espíritu del Señor que habla en medio de la comunidad, inspira a la comunidad. ‘Volvieron a ayunar y a orar, les impusieron las manos y los despidieron. Con esta misión del Espíritu Santo, bajaron a Seleucia y de allí zarparon para Chipre…’ Una imposición de manos en medio de la comunidad, como señal de la misión a la que se les envía, como signo de la fuerza del Espíritu del Señor que está con ellos.
Aquí podemos estar viendo una primera imagen de lo que sería una ordenación sacerdotal o de una consagración al Señor. Una acción del Espíritu que se manifiesta en medio de la comunidad en oración. Un envío desde el Espíritu del Señor por parte de la Iglesia a aquellos que van a llevar la Buena Noticia de Jesús, en lo que va a ser lo que se le llama el primer viaje apostólico de San Pablo.
No es, pues, un gusto personal; es algo nacido desde la fe en el Señor, del amor de Dios que se nos derrama en nuestro corazón, y de ese amor con el que desde la fe nosotros queremos responder. No es, pues, una profesión sino algo mucho más hondo, que sólo desde la fe podemos entender. Es un compromiso de fe pero desde una respuesta a una llamada del Señor que nos ama y nos quiere dar una misión dentro de la Iglesia. Mucho más podríamos decir, pero bástenos esta reflexión.

martes, 5 de mayo de 2009

Fe en Jesús y comunión eclesial

Hechos, 11, 19-26
Sal. 80
Jn. 10,22-30


Fe en Jesús, el Hijo de Dios, y comunión eclesial son los dos polos sobre lo que gira la Palabra de Dios hoy proclamada.
Reafirmar nuestra fe en Jesús, como Hijo de Dios. A esto nos lleva el evangelio. Es más, tenemos que decir que es como la finalidad de la transmisión del evangelio de Juan. Al final él nos ha escrito: ‘Todo esto se ha escrito para que creáis que Jesús es el Hijo de Dios y para que, creyendo, tengáis vida en su nombre’.
Y ésta es la afirmación central del evangelio de hoy. Una afirmación que da respuesta a una pregunta que se repite a lo largo del todo el evangelio. ‘¿Hasta cuando vas a tenernos en suspenso? Si tú eres el Mesías, dínoslo francamente’, le dicen los judíos que se han arremolinado en torno a Jesús en el pórtico de Salomón del templo.
‘Os lo he dicho y no me creéis’, les dice Jesús. Y hace referencia a las obras que hace. ¿Quién puede hacerlas sino Dios? Sana, da vida y resucita, perdona los pecados… todo obra de Dios, porque eso no lo puede realizar un ser humano por sí mismo. ‘¿Quién puede perdonar pecados sino Dios?’, se preguntaban escandalizados los fariseos cuando la curación del paralítico que habían descendido desde el techo, Pero Jesús les había dicho. ‘Para que veáis que tengo poder perdonar pecados, - le dijo al paralítico – a ti te lo digo, levántate y anda’. Y la gran prueba es la resurrección, la vuelta a la vida, pero no serán sólo los muertos que Jesús resucite sino su propia resurrección.
Ahora terminará afirmando categóricamente. ‘El Padre y yo somos uno’. Había venido del Padre, realizaba las obras del Padre y ahora nos dice que son uno. Una afirmación rotunda de su divinidad. Es el Hijo de Dios. Esa es nuestra fe en Jesús. A los judíos les costaba entender y creer.
El texto de los Hechos de los Apóstoles nos señala el otro polo al que hacíamos referencia al principio, la comunión eclesial. La Iglesia crece, se multiplican las comunidades de los que creen en Jesús por todas partes. Hoy nos habla de los que ‘se habían dispersado en la persecución provocada por lo de Esteban’. Y nos habla de Fenicia, Chipre y Antioquia. Aquí se comienza a predicar abiertamente el evangelio a los griegos. Lo acontecido con Pedro y de lo que se nos hablaba ayer, ahora se va haciendo ya más abiertamente. ‘Algunos, naturales de Chipre, al llegar a Antioquia se pusieron a hablar también a los griegos, anunciándoles al Señor Jesús. Como la mano del Señor estaba con ellos, se convirtieron muchos y abrazaron la fe’. Más adelante nos dirá Lucas que será aquí ‘en Antioquia donde por primera vez llamaron a los discípulos cristianos’.
Y es ahora donde vemos la comunión de las Iglesias, de las distintas comunidades cristianas que se van formando. ‘Llegó la noticia a la Iglesia de Jerusalén y enviaron a Bernabé a Antioquia…’ Ya se había hablado de Bernabé, ‘hombre de Dios y lleno del Espíritu Santo y de fe’, natural de Chipre por cierto, que había vendido sus posesiones y los había puesto a los pies de los apóstoles para repartirlos y que nadie pasara necesidad. Bernabé no es un apóstol pero como tal casi es considerado. Lo veremos más adelante con Pablo, al que va a buscar a Tarso, como se nos dice hoy, para ir anunciando el evangelio por todas partes.
Pero la misión de Bernabé ahora es traer el abrazo fraterno de la iglesia de Jerusalén a la joven Iglesia de Antioquia. Es la expresión de la comunión de las Iglesias que se van constituyendo por todas partes, pero que nunca vivirán su fe en Jesús de forma aislada, sino siempre en comunión las unas con las otras.
Es la comunión que seguimos viviendo entre las diversas iglesias locales con toda la iglesia universal y que expresamos de manera particular con la sede de Pedro, con la Iglesia de Roma. Siempre diremos en comunión con el Papa, con los Obispos, con toda la Iglesia. Así lo expresamos de diversas manera, por ejemplo, en la liturgia eucarística. Y es la comunión que siempre hemos de vivir todos los cristianos, porque nuestra fe en Jesús no la vivimos por libre y cada uno por su lado, sino siempre en comunión eclesial. Que nunca perdamos esa comunión, garantía de una auténtica fe en Jesús.

lunes, 4 de mayo de 2009

Lo que Dios ha declarado puro, no lo llames tú profano

Hechos, 11, 1-8
Sal. 41
Jn. 10, 1-10


‘Los apóstoles y los hermanos de Judea se enteraron de que también los gentiles habían recibido la Palabra de Dios’. Un motivo de alegría podemos pensar. La fe en Jesús se iba propagando y ya no sólo era entre los judíos, sino que también los gentiles abrazaban la fe.
Pero descubrimos algo en el fondo de todo esto porque ‘cuando Pedro subió a Jerusalén, los partidarios de la circuncisión le reprocharon: has estrado en casa de incircuncisos y has comido con ellos’. Pedro se explica y cuenta la visión que había tenido en la que el Señor le manifestaba que ‘lo que Dios ha declarado puro, no lo llames tú profano’.
Y Pedro dejándose conducir por el Espíritu del Señor Jesús fue actuando. ‘El Espíritu me dijo que me fuera con ellos sin más’, explica Pedro. El ángel del Señor se le había manifestado a aquel hombre diciéndole también: ‘lo que te diga te traerá la salvación a ti y a tu familia…’ Y Pedro comentará que ‘bajó sobre ellos el Espíritu Santo igual que había bajado sobre nosotros al principio…’ Al final todos alabaron a Dios porque ‘también a los gentiles les ha otorgado Dios la conversión que lleva a la vida’.
El Evangelio es para todos los hombres, porque Dios quiere que todos los hombres se salven, porque Jesús ha venido para que tengamos vida y vida en abundancia. El mandato de Jesús en su Ascensión será que vayamos por todo el mundo y anunciemos el evangelio de la salvación a toda la creación. No hace Jesús distinciones sino que quiere que todos alcancen la salvación.
En el trasfondo de este hecho que se nos ha narrado hoy hay un problema que está surgiendo en aquella primera comunidad cristiana, pero que tendríamos que pensar si de una forma o de otra también pudiera dársenos en nuestro tiempo, en todo tiempo. Nos ha hablado de los partidarios de la circuncisión y ese será un tema que resolverá más tarde el concilio de Jerusalén, como ya escucharemos. Comprensible en cierto modo dado que los primeros seguidores de Jesús formaban parte del pueblo judío, del pueblo de Israel. Y fue en cierto modo algo que les costó esa apertura del evangelio y el anuncio de la salvación a todos los hombres sin ningún límite de raza o de lugar.
Pensando en nosotros y en situaciones por las que podamos pasar, no hemos de creernos tan poseedores de la verdad como si fuera para nosotros solos o sólo nosotros seríamos los capaces de ser cristianos y vivir el seguimiento de Jesús. Algunas veces ponemos también nuestras reticencias. Quiero explicarme bien en lo que quiero decir.
Pensamos quizá en la Iglesia misionera, pero pensando sólo en pueblos y lugares lejanos, a los que quizá consideramos pobrecitos a los que tenemos que ir a misionar. El ardor misionero que podamos sentir en nuestro corazón por una parte no nos puede hacer que nos consideremos mejor que los demás, y por otra parte ese ardor misionero tendría que hacernos pensar también en tantos a nuestro lado, en nuestra cercanía a los que también tenemos que anunciar el evangelio.
Pero, o damos por supuesto que todos a nuestro alrededor son cristianos , o si vemos a alguien que está alejado de la fe o vive una vida muy lejana a unos valores y principios cristianos, quizá no pensamos cómo esas personas necesitan también de ese anuncio de la Buena Nueva de Jesús. Pero algunas veces decimos, pero si esas personas son como son, y nada las va a cambiar. ¿Por qué pensamos así y tenemos esa desconfianza?
Quizá han vivido en el error o en una vida llena de desórdenes morales por ignorancia, o porque nosotros no les supimos trasmitir la verdad de nuestra fe o les damos un anti-testimonio con nuestra vida. Es una cosa en lo que pienso mucho. ¿Por qué no sabemos sacar de la ignorancia y del error a los que vemos alrededor que van por otros caminos? Y me pregunto también si en verdad con nuestra vida somos testigos de nuestra fe que atraigamos a los demás a seguir a Jesús.
Siento mucho dolor en el alma, y no quiero juzgar a nadie, cuando uno ve personas que se creen muy perfectas y cumplidoras pero luego son inmisericordes con los otros, desprecian o rechazan a los demás porque los consideran menos, discriminan con sus prejuicios. Para mi situaciones así, que se den en personas de iglesia, son tristes y dolorosas y lo considero un anti-testimonio.
Si nos sentimos seguros y firmes en nuestra fe, queremos en verdad ser seguidores de Jesús que queremos vivir el evangelio la misericordia tiene que abundar en nuestro corazón, nunca podemos condenar ni discriminar, sino que siempre tenemos que ser acogedores de corazón para que los demás puedan también descubrir esa luz de la verdad de Jesús. Es con nuestro amor y misericordia como hemos de hacer el mejor anuncio de Jesús.

domingo, 3 de mayo de 2009

Yo soy el Buen Pastor que doy mi vida por mis ovejas...


Hechos, 4, 8-12;

Sal. 117;

1Jn. 3, 1-2;

Jn. 10, 11-18


A veces es difícil explicarnos y para expresarnos mejor utilizamos imágenes que nos ayuden a introducirnos en el hondo contenido de nuestra fe. Así nos lo expresa hoy la liturgia y la propia palabra de Dios proclamada. Piedra angular, rebaño, pastor, praderas eternas son algunas de las imágenes que hoy se nos presentan.
La imagen del Buen Pastor con que se nos presenta a sí mismo hoy Jesús en el Evangelio es la figura central que incluso da nombre a este cuarto domingo del tiempo de Pascua. Imagen de gran riqueza que se ve complementada con la del rebaño que le sigue y que le escucha y que, adquirido por la sangre de Jesús, que da su vida por nosotros, está llamado a gozar eternamente de las verdes praderas de su Reino, como decimos en una de las oraciones de la liturgia, y allí donde la veremos tal cual es, como nos dice san Juan en su carta hoy.
Se completa además con la imagen que nos presenta Pedro, tomada de los salmos, que llama a Cristo lan piedra angular de nuestra historia y nuestra vida, aunque fuera desechada por los arquitectos. Cristo es el centro y la trabazón de nuestra vida y de la comunidad cristiana que en torno a Cristo se congrega, la Iglesia.
Sí, Cristo, Buen Pastor de nuestra vida. No el asalariado al que no le importan las ovejas y huye cuando ve venir el lobo. 'Yo soy el Buen Pastor que da la vida por las ovejas...' Cristo que da su vida y la da libremente. 'Nadie me la quita', nos dice. Estamos en la Pascua y no está lejana la imagen de la entrega de Jesús, cuando en la prueba más grande del amor, muere en la cruz por nosotros.
Cristo, Buen Pastor, que da la vida para que nosotros tengamos vida. Cristo, Buen Pastor, que nos alimenta, pero siendo El mismo nuestro alimento, cuando en la Eucarístía se hace pan para que le comamos y así tengamos vida para siempre. 'Todo el que ve al Hijo y cree en El, tenga vida para siempre, vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día... el pan que yo os daré es mi carne, para la vida del mundo'.
Cristo, Buen Pastor, que nos guía y nos conduce. 'Pastor, que con tus silbos amorosos me despertaste del profundo sueño; tú que hiciste cayado de ese leño en que tiendes tus brazos amorosos...', que nos diría el místico poeta. 'Yo soy el Buen Pastor que conozco a mis ovejas y las mías me conocen... y escucharán mi voz'. Ahí está el alimento de su Palabra que nos ilumina y nos señala caminos, que nos llama y nos invita a ir con El y seguirle para vivir su vida, para llenarnos de su amor; ese amor grande que nos inunda de tal manera que al hacernos partícipes de su vida nos hace hijos. No sólo nos llama sino que nos hace hijos. 'Mirad qué amor más grande ha tenido el Padre para llamarnos hijos, pues ¡lo somos!'
¿Qué nos queda a nosotros? Escuchar su voz y seguirle. Reconocer su voz, reconociéndole como nuestro Pastor, pero también como nuestra vida, nuestra luz, nuestra salvación. Creer en El y alimentarnos de su vida. ¡Como no vamos a creer en El y seguirle cuando de tal manera nos ha manifestado su amor! Tenemos que sentirnos gozosos cuando así somos amados. Ansiosos hemos de estar de su Palabra y de su vida. Es nuestra salvación, nuestra luz, nuestra paz y nuestro gozo.
Pero una consideración más tenemos que hacernos en este día. Cristo, Buen Pastor, se hace presente en su Iglesia y ante el mundo en aquellos que El ha dejado para que en su nombre realicen ese oficio y esa función de pastores en el pueblo de Dios. Podríamos decir que son como una prolongación de Cristo, es más, para el pueblo de Dios son otros 'cristos', porque, llamados por Cristo, realizan su misma misión.
Es la valoración que la comunidad cristiana ha de hacer de sus pastores, porque en nombre de Cristo apacientan el pueblo de Dios. Indignamente, porque somos tan pecadores como los demás, como frágiles vasijas de barro, pero a través de las cuales Cristo quiere hacernos llegar su gracia en el anuncio de la Palabra y en la celebración de los sacramentos. Valoración que se ha de manifestar sobre todo en la oración que la comunidad cristiana hace por sus pastores. ¡Cuánto bien nos hace esa oración que hacéis por los sacerdotes y por todos los consagrados al Señor! Es la gracia del Señor que necesitamos y el Señor nos concede por vuestra oración, pero también es como un estímulo en nuestro camino de superación hacia la santidad que tendría que brillar en nuestras vidas.
Pero oración también por las vocaciones, para que el Señor siga llamando a quienes han de ser pastores del pueblo de Dios. Hoy es una Jornada de oración por las vocaciones sacerdotales y a la vida consagrada. 'La mies es abundante y los obreros son pocos... rogad al dueño de la mies para que mande operarios a su mies', nos enseña Jesús mismo a pedir en el evangelio.
Y cuánto cuesta en la sociedad que hoy vivimos, tan carente de valores, tan renuente al sacrificio y a la entrega sin límites, que surjan vocaciones de almas intrépidas que se sientan llamadas por el Señor, que puedan escuchar su llamada en su corazón en medio de tantos ruidos de la vida, y que den respuesta valiente y con coraje para entregarse al servicio del pueblo de Dios.
Que nuestras familias cristianas por la educación en los verdaderos valores y en los principios cristianos y evangélicos sean semilleros de vocaciones. Que se cultiven en nuestras parroquias y comunidades cristianas. Roguemos al dueño de la mies.

sábado, 2 de mayo de 2009

¿Qué decimos? ¿Este modo de hablar es duro, o tus palabras son Espíritu y Vida?

Hechos, 9, 31-42
Sal. 115
Jn. 6, 53-70


¡Qué difícil le era en ocasiones a los discípulos llegar a entender lo que Jesús les decía y les pedía! Nos encontramos diversas situaciones así en el evangelio. En una ocasión nos relata un evangelista que vinieron los familiares a llevarse a Jesús porque pensaban que no estaba en sus cabales. O el mismo Pedro que en ocasiones hace hermosas profesiones de fe en Jesús, como hoy mismo escuchamos, trata de disuadir a Jesús cuando éste anuncia su pasión y muerte en Jerusalén. O estando más allá del Jordán, al enterarse Jesús de la muerte de Lázaro que decide venir a Betania, los discípulos le dice que cómo va allá si intentan matarlo.
Es lo que hoy escuchamos también en el Evangelio. ‘Este modo de hablar es duro, ¿quién puede hacerle caso?’ Jesús les hablaba de creer en El para tener vida y vida para siempre, porque quien pusiera su fe en él, lo resucitaría en el último día, como hemos venido escuchando en días anteriores. ‘El que cree tiene vida eterna… y yo lo resucitaré en el último día’.
¿Cómo va a ser posible eso? ‘El pan que yo le daré es mi carne, para la vida del mundo’. Y es aquí cuando no comienzan a entender. ‘¿Cómo puede éste darnos a comer su carne?’ No les cabía en la cabeza, pero Jesús insiste porque es lo que quiere enseñarnos. ‘Mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre habita en mí y yo en él’.
Aquí podríamos entender cómo es ese vivir para siempre. Cristo nos da su misma vida, es más, el habita en nosotros para que nosotros habitemos en El. Si El habita en nosotros, no es nuestra vida sino su vida, una vida para siempre, una vida eterna la que El nos da porque es su misma vida. Esta es la maravilla que Jesús quiere ofrecernos. Lo que no terminamos de comprender y llegar a vivir. Y para eso tenemos que comerle. Para eso El nos ha dejado la Eucaristía.
Nos lo quiere hacer comprender y nos dice que ‘las palabras que yo os he dicho son espíritu y vida. Y con todo, algunos de vosotros no creen…’ Nos falta la fe. Dirá el evangelista que ‘desde entonces muchos discípulos suyos se echaron atrás y no volvieron a ir con El’. Pero el seguir a Jesús y tener fe en El, es también un don de Dios al que tenemos que dar una respuesta. ‘Por eso os he dicho que nadie puede venir a mí si el Padre no se lo concede’.
Ante la duda de los discípulos Jesús les pregunta a los doce: ‘¿También vosotros queréis iros?’ A lo que Simón Pedro respondió inmediatamente: ‘Señor, ¿a quién vamos a acudir? Tú tienes Palabras de vida eterna; nosotros creemos y sabemos que Tú eres el Santo consagrado por Dios’. Hermosa profesión de fe y de amor la que hace Pedro. A pesar de sus debilidades, sus dudas, sus negaciones, sus huidas, un día allá en Cesarea dirá que es ‘El hijo de Dios vivo, el Mesías que tenia que venir’. Ahora proclamará valientemente que estará siempre con Jesús porque estar con Jesús es tener la vida, y la vida que dura para siempre.
Es lo que nosotros también queremos decirle a Jesús. ‘¿A quién vamos a acudir?’, nosotros creemos en ti, tu tienes palabras de vida eterna para nosotros, queremos creer, queremos que el Padre nos conceda ese don de la fe, queremos tener la fuerza de tu Espíritu para responder, para seguirte, para comerte, para llenarnos de tu vida, para hacer que habites en nosotros, para que nosotros habitemos en ti.

viernes, 1 de mayo de 2009

¿No es éste el hijo del carpintero?

Col. 3, 14-15.17
Sal. 89
Mt. 13, 54-58

'¿No es éste el hijo del carpintero?' Así era conocido Jesús por los vecinos de Nazaret. Lo habían visto crecer desde niño y ya de joven estaba en la carpintería con su padre José. Era el hijo del carpintero. El que había venido a encarnarse y hacerse hombre 'pasando por uno de tantos' allñi había vivido en Nazaret – lo conocerían también por Jesús el Nazareno – y había compartido en todo nuestra realidad humana también en el trabajo.
En este día primero de mayo, en que la sociedad civil celebra la fiesta del trabajo, la Iglesia quiere mirar a aquel hogar de Nazaret donde se crió el Hijo de Dios como hombre contemplando también el mundo del trabajo donde Jesús también vivió su vida como el hijo del carpintero. Miramos a san José, el hombre de fe y el hombre justo. Así nos lo presenta en el evangelio en los cortos retazos que nos da de su vida. Y cuando nos dice un hombre justo, lo contemplamos en la responsabilidad de su vida y de su trabajo siendo así ejemplo para nosotros.
Una fiesta de la sociedad civil nacida desde las reivindicaciones laborales en pro de un trabajo digno y justo, pero que tiene también ese sentido de fiesta, de alegría, de gozarnos por esa realidad de nuestra vida que nos realiza y nos dignifica y con la que todos contribuimos al bien y desarrollo de nuestra sociedad. Porque el trabajo no sólo es un medio de nuestro desarrollo personal, sino que es también nuestra contribución a la vida de ese mundo en el que vivimos. Los aires de fiesta de este día quizá se ven ensombrecidos por la realidad social que vive en estos momentos nuestra sociedad de crisis económica, pero la fiesta ha de tener entonces también un sentido de solidaridad con los que están pasando situaciones precarias en tantos miles que diariamente se suman al número de los parados.
La iglesia, decíamos antes, mira este mundo del trabajo que quiere ver también desde la luz del evangelio. Reflexionar sobre el sentido del trabajo que no solo ayuda a nuestra propia realización personal desde un trabajo digno, sino que lo vemos también como una continuación de la obra creadora de Dios, cuando ha puesto ese mundo creado por El en nuestras manos y nos ha dado unas capacidades y unos valores para que continuemos su desarrollo. 'Llenad la tierra, dominadla...' fueron las palabras del Creador al hombre al poner el mundo en sus manos. Ese talento que Dios ha puesto en nuestras manos no lo podemos enterrar, sino que hemos de sentirnos responsables de esa vida, don de Dios, pero también de ese mundo, de esa naturaleza que hemos de cuidar para que en verdad sea ese jardín donde todos, toda la humanidad, nos sintamos felices.
Pero para el creyente cristiano es aún algo más. Es un medio de santificación. 'Todo lo que hagais... sea en el nombre de Jesús, dando gracias a Dios Padre por medio de El', nos dice san Pablo en la carta a los Colosenses. Todo para la gloria de Dios. El trabajo hecho con responsabilidad y dignidad es también un medio para ir a Dios, para glorificar al Señor. Lo ha puesto Dios como desarrollo de nuestra personalidad pero también como una contribucion necesaria para el desarrollo de nuestra sociedad. Vivimos en una estrecha relación.
Si hablábamos antes de la situación de crisis que vive nuestra sociedad en la que tantos están sufriendo las consecuencias de la falta de trabajo, creo que esta fiesta también tiene que despertarnos a la solidaridad. Una solidadaridad en el compartir generoso para aliviar esas difíciles situaciones que pasan muchos. Una solidaridad que nosotros los creyentes la manifestamos con nuestra oración. Pedimos al Señor por la solución de este tiempo de crisis; pedimos al Señor para que ilumine a los que tienen en sus manos el poder político o económico para que encuentren soluciones satisfactorias y logremos de nuevo una sociedad en bienestar y paz.

jueves, 30 de abril de 2009

El que viene a mi ya no pasará más hambre

Hechos, 8, 26-40
Sal.65
Jn. 6, 35-40.44-52


‘¿Cómo podemos ocuparnos en los trabajos que Dios quiere?’, escuchamos el otro día que le preguntaban a Jesús en su encuentro con El en la sinagoga de Cafarnaún después de la multiplicación de los panes. Y Jesús les respondía: ‘Este es el trabajo que Dios quiere: que creáis en el que El ha enviado’. Hoy nos dice Jesús: ‘Esta es la voluntad de mi Padre: que todo el que ve al Hijo y cree en El, tenga vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día’.
Creer en Jesús y tener vida eterna. Seremos resucitados en el último día. Creer en Jesús y alimentarnos de El. La fe que tenemos en Jesús nos lleva a unirnos a El para tener su misma vida. Cuando uno ama profundamente lo que desea es estar unidos a aquel a quien se ama. Creemos en Jesús, amamos a Jesús – están unidos la fe y el amor que le tenemos – y queremos unirnos a El, vivir su misma vida.
¿Cómo podremos hacerlo? Comiendo su misma vida; haciendo nuestra su misma vida. El que come, asimila el alimento que ha comido, y ese alimento le da vida. Si no nos alimentamos, nuestra vida mermará hasta morir.
Cristo quiere darnos vida para siempre, no quiere nuestra muerte. Por eso hemos de alimentarnos de El. Y para que eso sea posible El se hace alimento, se nos da en la Eucaristía, Pan de vida. ‘Yo soy el Pan de vida, el que viene a mí no pasará más hambre’, nos lo repite varias veces.
Había hablado del pan bajado del cielo y ellos habían pensado en el maná, el pan que Moisés les dio en el desierto. Pero Jesús no nos quiere dar un pan cualquiera, un alimento pasajero, que no nos alimente para siempre. Por eso les dice: ‘Vuestros padres comieron en el desierto el maná, y murieron…’ Y les insiste: ‘Yo soy el pan de vida… ese es el pan que verdaderamente bajó del cielo para que el hombre coma de él y no muera…’
Ya antes les había dicho que El era el que había venido del cielo. Ahora les concreta aún más y les dice que El es ‘el pan vivo bajado del cielo; el que coma de este pan vivirá para siempre. Y el pan que yo le daré es mi carne para la vida del mundo’.
Antes le habían pedido ‘danos siempre de ese pan’; como la samaritana que le había pedido que le diera de aquella agua con la que no tendría ya más sed, para no tener que ir de nuevo al pozo cada día.
Ahora no terminan de entender las palabras de Jesús y, como veremos en los próximos días, protestan porque no lo entienden.
Nosotros queremos entenderlo. Por eso venimos a la Eucaristía cada día y le pedimos con todo sentido ‘danos siempre de ese pan’. Nosotros sabemos bien lo que significa alimentarnos de Cristo, llenarnos de su vida, comerle a El, y queremos hacerlo con toda profundidad.
Que no se convierta nunca para nosotros la Eucaristía en una rutina. Que no nos acostumbremos al misterio grande que significa comer a Jesús en la Eucaristía. Que cada vez que venimos a la celebramos seamos capaces de asombrarnos del misterio y del amor inmenso que el Señor nos tiene. Que la vivamos siempre con toda profundidad queriendo alimentarnos de Jesús.
Queremos vivir a Jesús. Queremos tener vida en plenitud. Queremos tener la esperanza de la resurrección.

miércoles, 29 de abril de 2009

La espiritualidad de las cosas pequeñas

Santa Catalina de Siena
1Jn. 1, 5-2,2
Sal. 102
Mt. 11, 25-30


‘Te doy gracias, Padre, Señor de cielo y tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos y los has revelado a la gente sencilla’. Dios se manifiesta y se revela a los pequeños y sencillos de corazón.
Es lo que contemplamos en las páginas del evangelio. Hay que hacerse pequeño, sencillo, humilde. Dios rechaza los corazones arrogantes. Se complace en los humildes. Hay que hacerse pequeño. ‘tomando un niño, lo puso en medio y les dijo: si no os hacéis como niños, no entraréis en el reino de los cielos…’ cuando los discípulos quieren hacer grandes e importantes, les dice también que tienen que hacerse como niños, que tienen que hacerse los últimos y servidores de todos.
La espiritualidad de las pequeñas, podemos llamarla. Nos enseña a valorar lo pequeño. El reino de Dios es como una pequeña semilla… como el grano de la mostaza… como el puñado de levadura que nunca será grande. Nos enseña a ser fieles en lo pequeño. ‘El que es fiel en lo poco, será de fiar en lo mucho…’ Si sabemos hacer bien una cosa que nos parece insignificante, sabremos hacer bien las cosas grandes. Porque no nos pide cosas grandes, sino las pequeñas y sencillas de cada día.
Es lo que hizo Jesús. ¿Con quién estaba y de quien se rodeaba? De la gente humilde y sencilla. Dios se hizo pobre y nació en Belén. ‘Siendo de categoría de Dios… se hizo uno de tantos…’ Se hizo hombre, se hizo el último, se hizo el esclavo de todos. Haciendo el servicio de los esclavos le vemos lavando los pies a los discípulos en la cena. ‘El Hijo del hombre no ha venido a que le sirvan, sino a servir y dar su vida por todos’. Como el último, como el esclavo, el más vilipendiado y maltratado le vemos caminar con la cruz hasta el Calvario y morir en la muerte más ignominiosa.
Sólo los que saben leer y recorrer ese camino de lo pequeño, del dolor y del sufrimiento, de la cruz, podrán descubrir el misterio de Dios, que así se nos revela y manifiesta. El centurión romano, que era pagano y que estaba al pie de la cruz ejecutando la sentencia, al ver morir a Jesús en la cruz le reconoce. ‘verdaderamente este hombre es Hijo de Dios’.
No podemos ir hasta Dios desde el orgullo de nuestros propios saberes, sino que tenemos que dejarnos sorprender por la sabiduría de Dios. Y esa sabiduría se manifiesta en lo pequeño, en lo humilde, en el dolor y sufrimiento, en la locura de la cruz. Tenemos que aprender la lección. No nos gusta humillarnos. No nos gusta que no nos tengan en cuenta. No nos gusta que nos hagan desplantes. No nos gustan los desaires. Nos sentimos heridos y humillados. Tenemos que aprender. Descubrir su valor y su significado que sólo podremos aprender mirando a la cruz de Cristo. Pasamos por muchas situaciones dolorosas en la vida, pero miremos a la cruz. Necesitamos purificarnos, llenarnos de luz.
Es así cómo podremos al final reconocer que Jesús es el Señor. Los discípulos tuvieron que pasar por el escándalo de la cruz y toda la crisis interior que para ellos significó. Pero luego lo contemplaron resucitado y pudieron proclamar ‘es el Señor’. Dios lo levantó, lo exaltó, le dio el nombre sobre todo nombre, y toda rodilla se dobla, y toda lengua proclama ‘Jesucristo es el Señor para gloria de Dios Padre’.
Es el Dios que nos acoge en nuestra pequeñez, y también aunque estemos manchados por el pecado. ‘Venid a mí… encontraréis vuestro descanso…’ la paz, el perdón, la gracia, la vida nueva, el amor para siempre.
Estamos hoy celebrando a una pequeña mujer que contemplando el misterio de Cristo, y sobre todo su pasión, se hizo grande y de una profunda espiritualidad. Se encerró en un monasterio de clausura, pero su luz brilló por toda Europa. Vivió pocos años, pues murió a los 33 años, e influyó en Papas, Obispos y reyes. Bajo su impulso el Papa volvió a Roma desde Aviñón. Su espiritualidad trasmitida en sus escritos sigue iluminando los corazones de muchos. Hoy la celebramos como doctora de la Iglesia y como patrona de Europa. Nos referimos a santa Catalina de Siena.
Ella es la mujer sabia y prudente que salió al encuentro del Seños con las lámparas encendidas. Que desde nuestra pequeñez salvamos al encuentro del Señor para que el Señor se nos revele y se nos manifieste a nosotros también. Que sepamos leer el misterio de la cruz que tantas veces vemos en nuestra propia vida, para que descubramos todo lo que es el misterio del amor de Dios.

martes, 28 de abril de 2009

Testigos fuertes en el Espíritu para el servicio y el anuncio del Evangelio

Hechos, 7, 51-59
Sal. 30
Jn. 6, 30-35

‘Recibiréis la fuerza del Espíritu Santo y seréis mis testigos, comenzando por Jerusalén… hasta los confines de la tierra’, fueron las palabras de Jesús antes de la Ascensión. Y hemos escuchado en estos días una y otra vez a Pedro y los Apóstoles repetir: ‘testigos de esto somos nosotros…’
Hoy la Palabra de Dios en los Hechos de los Apóstoles nos presenta a un testigo que llegó hasta el final en su testimonio derramando su sangre y dando la vida. Mártir, decimos, testigo hasta dar su vida, como lo es el amor más grande, aquel que es capaz de dar la vida por aquellos a quienes ama. Es el Protomártir san Esteban, el primero que dio su vida por la fe en Jesús y por el evangelio.
Como hemos venido escuchando en estos últimos día al crecer el número de los discípulos, al crecer la comunidad fueron surgiendo nuevos servidores de esa comunidad. Así nació la institución de los diáconos para el servicio de la comunidad, sobre todo de los más débiles e indefensos, los huérfanos y las viudas. Un servicio necesario en una comunidad que todo lo sabía compartir y que ponía a los pies de los apóstoles el valor de sus posesiones y bienes para el compartir y nadie pasase necesidad.
Esteban es uno de esos siete diáconos escogidos ‘hombres de buena fama, llenos de espíritu de sabiduría…’ Pero pronto veremos a Esteban que no se reduce a este servicio de diaconía sino que con toda valentía y sabiduría hace el anuncio de la Buena Nueva de Jesús. ‘Esteban, lleno de gracia y de poder, realizaba grandes prodigios y signos en medio del pueblo… no lograban hacer frente a la sabiduría y al espíritu con que hablaba’.
Lo que motivó que lo prendieran y lo llevaran a presencia del Consejo, terminando, como hemos escuchado hoy, condenado a ser apedreado. ‘Se abalanzaron sobre él, lo empujaron fuera de la ciudad y se pusieron a apedrearlo’. Un martirio que repite muchas señales de la muerte de Jesús, porque Esteban está impregnado del Espíritu de Jesús y repetirá los gestos y las palabras del mismo Cristo en la Cruz. ‘Señor, no les tengas en cuenta este pecado… Señor Jesús, recibe mi espíritu’.
Es el testigo que nos está enseñando muchas cosas. Un testimonio que nos impulsa a nosotros, que impulsa a la Iglesia a ser testigos en el servicio, en el anuncio de la Buena Nueva y en la fortaleza para vivir tiempos difíciles y que se pueden convertir en persecución.
Testigos de Cristo resucitado desde el amor y desde el servicio, como hemos reflexionado muchas veces. Es así como tiene que manifestarse la Iglesia frente al mundo. Siempre. Pero en los momentos difíciles para muchos por la situación de crisis que se vive en el momento presente en nuestro mundo, ha de ser un testimonio claro el que ha de dar. Una Iglesia servidora, en espíritu de diaconía. Una Iglesia que manifiesta su solidaridad y una solidaridad viva y efectiva con todo el que sufre. Tiene que ser testigo, rayo de luz que despierte el amor y la solidaridad entre los hombres. Y cuando digo la Iglesia, lo podemos decir como institución, como comunidad cristiana y como actitud fundamental para todos y cada uno de los cristianos.
Pero una Iglesia llena del Espíritu para anunciar el nombre de Jesús, para hacer llegar la salvación a todos los hombres. Y una Iglesia que se siente fuerte, pero no con su fuerza a lo humano, sino con la fuerza del Espíritu del Señor frente a un mundo adverso y que quizá nos pueda llevar a la persecución, aunque sea de forma sutil. Tenemos que estar preparados y sentirnos fuertes en el Señor.
Creo que es el hermoso testimonio que hoy nos da Esteban. Es nuestro compromiso de ser testigos.

lunes, 27 de abril de 2009

Que creáis en el que el Padre ha enviado

Hechos, 6, 8-15
Sal. 118
Jn. 6, 22-29


El texto del evangelio que hoy se nos ofrece nos trae un hermoso resumen en sus primeros versículos de lo que ha sido la actividad del dia anterior de Jesús. En el descampado había multiplicado milagrosamente los panes para dar de comer a mas de cinco mil hombres y la travesía de los discípulos en barca hasta Cafarnaún manifestándoseles Jesús caminando sobre las aguas. Por eso nos dice que 'al día siguiente, la gente que se había quedado al otro lado del lago, notó que allí no había más que una barca y Jesús no había embarcado con sus discípulos, sino que sus discípulos se habían marchado solos... fueron a Cafarnaún en busca de Jesús...'
Es muy significativo el diálogo que se establece entre aquellas gentes y Jesús que dará lugar al llamado discurso del Pan de Vida, que iremos escuchando los próximos días. La primera pregunta de la gente a Jesús y su respuesta nos tiene que hacer pensar mucho, porque quizá puede ser un cuestionamiento que nos tengamos que hacer en nuestro interior, de por qué buscamos también nosotros a Jesús.
'Os lo aseguro, me guscáis, no porque habéis visto signos, sino porque comísteis pan hasta saciaros...' Da que pensar. ¿Por qué buscaban a Jesus? ¿Por qué buscamos nosotros a Jesús? Es un detalle a tener en cuenta. Normalmente en el evangelio de Juan cuando se nos relatan milagros de Jesús, la expresión que se emplea es 'signos'.
El milagro es esa acción portentosa y extraordinaria que Dios realiza, saltándose, podríamos decir, lo que son las leyes naturales para realizar algo distinto, como pueda ser la curación de un enfermo, el resucitar un muerto o la solución de un problema que humanamente podría parecernos imposible. Dios puede realizarlo y lo realiza. Así se manifiesta el poder de Dios y su amor al hombre, al que quiera darle la salud o hacerse presente en su vida para la solución de esos problemas humanos y hasta físicos que podamos tener. Pero con ello Dios quiere hacer algo más por nosotros. Por eso se emplea la palabra signo; esa acción portentosa de Dios es un signo, una señal que nos pone en el camino de nuestra vida.
Cuando vamos por un camino y vemos una señal que nos indica una dirección, no nos quedamos simplemente parados contemplando la señal, sino que seguiremos su imdicación para bien llegar a la meta. Así las huellas que Dios nos va dejando de su amor en nuestra vida, esos signos, esas señales a través quizá en un momento determinado para que lleguemos hasta El.
'Trabajad, no por el alimento que perece, sino por el alimento que perdura, el que os dará el Hijo del Hombre...' ¿Qué tenemos que buscar? ¿Solamente que el Señor nos calme aquel dolor o nos cure de aquella enfermedad o tengamos la solución de aquel problema que nos preocupa? También tenemos que pedírselo - ¿cómo no? - al Señor, pero no nos quedamos en ello. El Señor quiere darnos algo más en su salvación. Es el Señor que quiere transformar nuestra vida, llenar nuestro corazón de fe y de amor, hacer que podamos ser felices pero haciendo felices a los demás.
Los judíos de la Sinagoga de Cafarnaún algo entendiero lo que Jesús les estaba diciendo, porque preguntan: '¿Cómo podemos ocuparnos de los trabajos que Dios quiere?' Y ahí esta la respuesta de Jesús: 'Este es el trabajo que Dios quiere: que creáis en el que El ha eviado'. Creer en Jesús, que es el enviado del Padre, que es el Hijo amado de Dios al que hemos de escuchar, que es el Camino, la Verdad y la Vida, que es al que hemos de seguir, que es nuestro amor y nuestra salvación, el sentido de nuestro vivir y el alimento de nuestra vida.

domingo, 26 de abril de 2009

Chispas de bondad que con Cristo levanten hogueras de amor


Hechos, 3, 13-15.17-19
Sal. 4
1Jn. 2, 1-5
Lc. 24, 35-48


La liturgia de este domingo está llena de expresiones de alegría y gozo en sus diversos textos eucológicos, ya sean las oraciones como el prefacio.'Con esta efusión de gozo pascual la Iglesia se desborda de alegría', que decimos en el prefacio.
Con Cristo resucitado nos sentimos renovados, rejuvenecidos, pues al darnos una nueva vida recibimos el ser hijos, lo nos llena de alegría y nos hace exultar de gozo. No hemos recibido un espíritu de esclavitud – eso era el pecado - sino de libertad y vida que nos hace hijos de Dios. Por eso esa alegría y gozo de ahora pero que son ansias también del gozo eterno. Que se afiance, pues, la esperanza de resucitar gloriosamente, participar del gozo eterno, como repetimos en las diversas oraciones.
La Palabra de Dios proclamada en este domingo nos ofrece diversos testimonios de la resurrección de Jesús. Los discípulos que volvieron de Emaús 'contaban lo que les había sucedido por el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan'; Jesús se les manifiesta resucitado y les explica el sentido de todo lo que ha pasado – 'les abrió el entedimiento para comprender las Escrituras' -; Pedro hace un anuncio valiente ante el pueblo congregado – 'el Dios de nuestros padres ha glorificado a su siervo Jesús... y Dios lo resucitó de entre los muertos, y nosotros somos testigos' -. Todo nos está invitando a poner toda nuestra fe en Jesús para creer en su palabra para que su amor llegue en plenitud a nosotros. 'Quien guarda su palabra, ciertamente el amor de Dios ha llegado en él a su plenitud', que nos decía san Juan. Sentimos también nosotros el gozo de los discípulos en su encuentro con Cristo resucitado y así lo queremos expresar en la alegría de nuestra celebración y con el testimonio de nuestra vida. 'Y nosotros somos testigos'.
No nos podemos cansar de escuchar repetidamente estos textos que nos hablan de la resurrección del Señor. Tenemos tanto que aprender. Más aún, tendríamos que pedirle también nosotros que nos explique El las Escrituras, que nos abra el entendimiento y el corazón para que las comprendamos. Porque también nosotros nos llenamos de dudas. Podemos querer hacernos nuestras explicaciones. Y nos sucede también que a pesar de nuestros buenos propósitos quizá volvemos a las andadas. Nos falta constancia en nuestro fervor y en nuestro amor.
Cuando en los días del Triduo Pascual contemplábamos y meditábamos todo el Misterio de Cristo – la cena pascual con la institución de la Eucaristía, el mandamiento del amor, o veíamos a Jesús postrado a los pies de los discípulos para lavárselos, o contemplábamos todo el recorrido de la pasión hasta la muerte en Cruz, o cuando entusiasmados cantábamos los ‘aleluyas’ de la resurrección – nos proponíamos intensamente que nuestra vida iba a ser otra, que íbamos a poner más amor en nuestra vida para acoger a los demás, o que lucharíamos fuertemente contra el pecado. Pero luego hemos visto que somos débiles y en lugar de avanzar dábamos pasos en retroceso. No nos podemos sentir defraudados de nosotros mismos, de nuestra debilidad o de nuestras inconstancias.
Hemos escuchado lo que nos decía hoy el apóstol Juan. Bien conoce el Señor cómo somos. 'Os escribo esto para que no pequéis. Pero si alguno peca, tenemos a uno que abogue ante el Padre, Jesucristo, el Justo'. El sacrificio de Cristo no puede quedar inútil ni infructuoso. El se ofrece por nosotros para renovarnos y rejuvenecernos, como decíamos en la oración litúrgica. 'El es víctima de propiciación por nuestros pecados, no sólo por los nuestros, sino también por los del mundo entero', que nos decía san Juan en su carta.
Seguimos viviendo la alegría de la Pascua. Seguimos proclamando el nombre de Jesús porque El es nuestra salvación. Seguimos dando nuestro testimonio para que el mundo crea. Con nosotros está la fuerza del Señor; El nos ha dado su Espíritu. Que brille sobre nosotros la luz de su rostro.
Alguien me decía hace unos días. Queremos ser buenos y bondadosos con todos, pero, me decía, no siempre se puede. Es que hay tanta maldad, tanto egoismo, tantos intereses creados en la gente, tantas envidias y yo poca cosa puedo hacer con mi bondad. Se siente uno rebelde ante todo eso. Y luego es que hasta malinterpretan lo que uno hace, pensando que uno lo hace por interés, me decía. Y no saben agradecerlo...
Yo le decía, sembremos sin cansarnos semillas de bondad aunque nos parezca que es poca cosa lo que nosotros hacemos, o incluso no nos entiendan o nos interpreten mal. Son pequeñas llamas, chispas insignificantes nos pueden parecer, pero seguro que pueden ir prendiendo poco a poco en el corazón de aquellos que reciban nuestros gestos de bondad. Esas pequeñas chispas pueden generar un día una hoguera grande, un incendio de amor que vaya purificando y transformando nuestro mundo. Tengamos esperanza porque el Señor puede dar fuerza a ese amor y esa bondad que nosotros vayamos prendiendo en los otros.
No nos cansemos. No perdamos el ánimo. No nos parezca insignificante o inútil eso pequeño que nosotros podamos hacer cada día en favor de los demás. El Señor lo hará fructificar. Vivamos con alegría, ilusión, esperanza esa misión que el Señor nos ha confiado de ser sus testigos. Y seremos sus testigos a través de esos pequeños gestos de amor.