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sábado, 2 de mayo de 2009

¿Qué decimos? ¿Este modo de hablar es duro, o tus palabras son Espíritu y Vida?

Hechos, 9, 31-42
Sal. 115
Jn. 6, 53-70


¡Qué difícil le era en ocasiones a los discípulos llegar a entender lo que Jesús les decía y les pedía! Nos encontramos diversas situaciones así en el evangelio. En una ocasión nos relata un evangelista que vinieron los familiares a llevarse a Jesús porque pensaban que no estaba en sus cabales. O el mismo Pedro que en ocasiones hace hermosas profesiones de fe en Jesús, como hoy mismo escuchamos, trata de disuadir a Jesús cuando éste anuncia su pasión y muerte en Jerusalén. O estando más allá del Jordán, al enterarse Jesús de la muerte de Lázaro que decide venir a Betania, los discípulos le dice que cómo va allá si intentan matarlo.
Es lo que hoy escuchamos también en el Evangelio. ‘Este modo de hablar es duro, ¿quién puede hacerle caso?’ Jesús les hablaba de creer en El para tener vida y vida para siempre, porque quien pusiera su fe en él, lo resucitaría en el último día, como hemos venido escuchando en días anteriores. ‘El que cree tiene vida eterna… y yo lo resucitaré en el último día’.
¿Cómo va a ser posible eso? ‘El pan que yo le daré es mi carne, para la vida del mundo’. Y es aquí cuando no comienzan a entender. ‘¿Cómo puede éste darnos a comer su carne?’ No les cabía en la cabeza, pero Jesús insiste porque es lo que quiere enseñarnos. ‘Mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre habita en mí y yo en él’.
Aquí podríamos entender cómo es ese vivir para siempre. Cristo nos da su misma vida, es más, el habita en nosotros para que nosotros habitemos en El. Si El habita en nosotros, no es nuestra vida sino su vida, una vida para siempre, una vida eterna la que El nos da porque es su misma vida. Esta es la maravilla que Jesús quiere ofrecernos. Lo que no terminamos de comprender y llegar a vivir. Y para eso tenemos que comerle. Para eso El nos ha dejado la Eucaristía.
Nos lo quiere hacer comprender y nos dice que ‘las palabras que yo os he dicho son espíritu y vida. Y con todo, algunos de vosotros no creen…’ Nos falta la fe. Dirá el evangelista que ‘desde entonces muchos discípulos suyos se echaron atrás y no volvieron a ir con El’. Pero el seguir a Jesús y tener fe en El, es también un don de Dios al que tenemos que dar una respuesta. ‘Por eso os he dicho que nadie puede venir a mí si el Padre no se lo concede’.
Ante la duda de los discípulos Jesús les pregunta a los doce: ‘¿También vosotros queréis iros?’ A lo que Simón Pedro respondió inmediatamente: ‘Señor, ¿a quién vamos a acudir? Tú tienes Palabras de vida eterna; nosotros creemos y sabemos que Tú eres el Santo consagrado por Dios’. Hermosa profesión de fe y de amor la que hace Pedro. A pesar de sus debilidades, sus dudas, sus negaciones, sus huidas, un día allá en Cesarea dirá que es ‘El hijo de Dios vivo, el Mesías que tenia que venir’. Ahora proclamará valientemente que estará siempre con Jesús porque estar con Jesús es tener la vida, y la vida que dura para siempre.
Es lo que nosotros también queremos decirle a Jesús. ‘¿A quién vamos a acudir?’, nosotros creemos en ti, tu tienes palabras de vida eterna para nosotros, queremos creer, queremos que el Padre nos conceda ese don de la fe, queremos tener la fuerza de tu Espíritu para responder, para seguirte, para comerte, para llenarnos de tu vida, para hacer que habites en nosotros, para que nosotros habitemos en ti.

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