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viernes, 11 de febrero de 2022

Que se nos abran los oídos para escuchar la Palabra de Dios pero también para ir al encuentro con los demás y no hablemos distintos idiomas entre nosotros

 


Que se nos abran los oídos para escuchar la Palabra de Dios pero también para ir al encuentro con los demás y no hablemos distintos idiomas entre nosotros

1Reyes 11,29-32; 12,19; Sal 80; Marcos 7,31-37

No hay peor sordo que el que no quiere oír, dice el refrán castellano, pero en torno a lo de oír o no oír, escuchar o no escuchar son muchas las cosas que se reflejan en los dichos populares… para lo que hay que oír, dicen algunos, mejor nos quedáramos sordos. Pero por encima de esas consideraciones comenzaremos diciendo que es triste el que no puede oír. Que ante él se esté realizando una conversación y no pueda participar porque no puede escuchar lo que los otros dicen, es algo duro y triste. Con los avances de la técnica y de la ciencia son problemas que se van solventando dando alegría a muchos corazones cuando pueden percibir, por ejemplo, la voz de las personas amadas.

Queremos oír, es cierto; queremos escuchar, que no es solo saber de los demás sino que es en cierto modo un integrarse en la vida y en la comunión con los otros. Comunicarse es un paso importante en el camino de la comunión. Y la comunicación además tiene que ser mutua. Expresamos nuestros pensamientos con palabras y queremos percibirlas porque así estamos recibiendo de los demás, como nosotros también aportamos enriqueciendo la vida de los que están a nuestro lado con esa riqueza de pensamiento que sale no solo de la mente sino desde lo más hondo del corazón.

Aquí sí tendríamos que decir que hay muchas clases de sorderas, porque ya no es solo el sonido que entra por nuestros oídos transmitiéndonos a través de las palabras unos pensamientos, sino que significa o tiene significar la comunión que yo quiero tener con los demás. Y nos damos cuenta que en la vida nos ponemos barreras cuando con actitud egoísta y prepotente vamos por la vida queriendo imponer solo nuestras ideas.

Quien quiere imponerse no escucha, le molesta lo que los otros puedan expresar, se resiste al pensamiento distinto que puede ser enriquecedor. Cuántas veces en nuestras conversaciones no entramos en esa fluidez del diálogo porque en lugar de escuchar solamente estoy pensando en lo que yo le voy a decir al otro, con lo que yo quiero oponerme al otro. Triste conversación que no lleva a un verdadero diálogo que significaría un enriquecimiento mutuo.

Jesús, que como dice la Escritura Santo, pasó por el mundo haciendo el bien, hoy le contemplamos en el evangelio curando a un sordomudo. ‘Le presentaron un sordo que además apenas podía hablar’, comenta con cierto detalle el evangelista. Y es bien significativo ese detalle. Sabemos que hay mudos que lo son porque nunca escucharon sonidos en sus oídos y no pudieron aprender como articular sus propios sonidos para expresarse. Problemas físicos y de limitaciones sensoriales, es cierto, pero que nos están denotando todo ese problema de comunicación de lo que no veníamos refiriendo. ‘Todo lo ha hecho bien, hace oír a los sordos y hablar a los mudos’, termina reconociendo la gente.


¿Será acaso lo que nosotros necesitamos? Muchas veces apenas sabemos hablar pero quizá el gran problema es que no sabemos o no queremos escuchar. ‘Effetá’ nos viene a decir Jesús para abrir nuestros oídos y pero para abrir también rectamente nuestros labios. Una referencia primera a la escucha de la Palabra de Dios, es cierto. Por eso queremos dejarnos inundar por el Espíritu de Jesús para que podamos escuchar, para que podamos entender, para que podamos llegar a plantar en nuestro corazón esa Palabra de Dios que se nos dice, que se nos proclama. Bien lo necesitamos.

Pero ¿no tendríamos que pedirle también que nos abra los oídos para ir al encuentro con los demás? Es un aspecto muy importante. Cuánto necesitamos escucharnos, comunicarnos, entendernos. Qué distintos son los idiomas que hablamos en algunas ocasiones en nuestra relación con los demás.

jueves, 10 de febrero de 2022

El amor de una madre es tan poderoso que hasta mueve el corazón de Dios y es signo y señal de que se rompen todas las barreras y todos puedan sentir el amor de Dios

 


El amor de una madre es tan poderoso que hasta mueve el corazón de Dios y es signo y señal de que se rompen todas las barreras y todos puedan sentir el amor de Dios

Reyes 11, 4-13; Sal 105; Marcos 7, 24-30

El amor de una madre es tan poderoso que hasta mueve el corazón de Dios. Quienes son madres lo experimentan en su vida, nada las puede detener. Harán lo imposible por conseguir lo que desean para sus hijos. Todos lo hemos palpado a nuestro alrededor o en experiencias también de nuestra misma vida. Moverán lo que sea necesario, acudirán a donde tengan que acudir sin miedos ni complejos, siempre sus hijos estarán por encima de todo. ¿Cómo pueden permitir el sufrimiento de un hijo? Capaces son de ponerse en su lugar. El amor la ciega y serán como una fiera salvaje para conseguir lo que sea para su hijo.

Lo contemplamos en diversas páginas del evangelio. ¿Qué es si no lo que hacía la madre de los Zebedeos cuando se acercó con sus peticiones para sus hijos a Jesús? El amor llenó de ambición su corazón haciendo incluso oídos sordos a lo que Jesús antes les había enseñado.

¿Qué es lo que le vemos hacer a esta mujer cananea que corre por las calles tras Jesús, que es capaz de soportar todas las humillaciones posibles, que se siente ninguneada por ser mujer y por ser gentil, pero que insiste e insiste con mil argumentos que se los inspirarán su amor para conseguir lo que está pidiendo? El amor de madre la hizo grande para mover el corazón de Dios.

Y es que el amor de una madre es humilde, no le importa hacerse o sentirse pequeña, pobre y necesitada; el amor de una madre es generoso porque no pide para ella; el amor de una madre la hace desgastarse sin importarle hacerse la última con tal de conseguir lo mejor para sus hijos; el amor de una madre la hace ser muchas veces invisible, pero será el corazón que siempre está atento y vigilante porque no se puede dormir.

Son los pobres y los humildes, los sencillos y los pequeños los que se ganan el corazón de Dios; ya Jesús nos dice – y da gracias al Padre por ello – que Dios solo se revela a los que son pequeños, sencillos, humildes, generosos de corazón. El que se hace pequeño de verdad no dejará meterse nunca la malicia en su corazón y serán los limpios de corazón los que verán a Dios; el humilde y el sencillo entenderá mejor que nadie los secretos del misterio de Dios; los pobres que saben vivir desprendidos de todo serán capaces de tener un corazón grande para que lo ocupe totalmente Dios.

Lo vemos hoy reflejado en esta página del evangelio. Una mujer que ni siquiera era judía que se ganó el corazón de Cristo para terminar reconociendo la grandeza de su fe. Y aquel día saltaron las barreras, porque le mujer finalmente comenzó a ser escuchada; saltaron las barreras porque se nos dio a conocer que el amor de Dios no era sólo para los que se consideraban hijos de siempre; saltaron las barreras porque la buena nueva del evangelio comenzaba a anunciarse más allá de las fronteras de Israel.

Era el principio de lo que sería luego el gran mandato de Jesús de ir por todo el mundo para anunciar el evangelio y a todo aquel que creyese se le derramaba la gracia de Dios también sobre sus vidas. Era un preanuncio de aquel mantel que un día vería Pedro bajar del cielo con toda clase de animales y de comidas de las que él también habría de comer; nada ni nadie se consideraba ya indigno de alcanzar la gracia del Señor lo transformaba todo.

¿Seguiremos nosotros aun poniendo barreras? Con nuestras actitudes y posturas ¿seremos acaso alguna vez nosotros barreras que quieran impedir el avance de lo que es la gracia de Dios?

miércoles, 9 de febrero de 2022

Cuídate, nos decimos, pero no olvidemos esos verdaderos valores que tienen que germinar dentro de nosotros para arrancar la maldad de dentro del corazón

 


Cuídate, nos decimos, pero no olvidemos esos verdaderos valores que tienen que germinar dentro de nosotros para arrancar la maldad de dentro del corazón

1Reyes 10, 1-10; Sal 36; Marcos 7, 14-23

Nos cuidamos. Todos andamos en lo mismo. Cuídate, le decimos al amigo cuando lo saludamos o cuando despedimos la conversación. Es algo que se ha metido como costumbre y todos queremos tener esos buenos deseos para los demás. Pero ¿qué es lo que tenemos que cuidar?

Quizás nos referimos a la salud; y ahora en estos tiempos de pandemia estamos deseando a todos que nadie se contagie, y que seamos prevenidos, que tomemos precauciones. Pero aunque no fueran tiempos de pandemia todos queremos cuidar nuestra salud, nuestro bienestar, decimos. Porque no queremos que pasen los años y dejen secuelas o huellas en nuestra vida, en nuestro cuerpo, y que tengamos las más mínimas limitaciones. Quizás estamos mandando al gimnasio a alguien para quitar los kilos de más, los ‘michelines’ que le quiten belleza a su figura. Queremos tener buena imagen. Y la gente se cuida, y busca todos los afeites del mundo para disimular ojeras o arrugas, o patas de gallo o canas, y acuden a la cirugía plástica para corregir defectos de imagen y no sé cuantas cosas más.

Nos cuidamos y le decimos a la gente que se cuide y podíamos pensar en muchas más en el sentido físico, en el cuerpo, pero ¿es solo lo que tenemos que cuidar? Creo que es la gran pregunta que tenemos que hacernos. ¿Dónde está la verdadera belleza de la persona? ¿Cuál es la mejor imagen que tenemos que presentar de nosotros mismos?

Aquí es donde tenemos que ponernos a pensar. ¿En qué gastos mis esfuerzos? ¿En qué realmente pongo mi empeño? ¿Nos quedaremos en bellezas externas? ¿En imágenes agradables y atrayentes? ¿Qué es lo que realmente tiene que ser atractivo en una persona? Reconozcamos que hacemos mucho esfuerzo por lo externo, por lo que a la larga es fugaz, efímero, y un día se va a difuminar como humo.

Hoy Jesús frente a unos conceptos de pureza que se habían creado los judíos donde incluso no podían tomar algunos alimentos porque eso los hacia impuros, nos habla de lo que sale del corazón. Porque lo impuro, nos viene a decir, no nos entra por la boca; la maldad la llevamos dentro del corazón.

Muchas veces las cosas que habían nacido con razones higiénicas, por llamarlas de alguna manera, pronto se habían convertido en ley para ellos y de lo que se quería evitar que pudiera dañar la salud humana, se había pasado a darle un tinte religioso y moralizante para convertir esos alimentos no solo en su aspecto dañino, dada la salubridad o no que podría tenerse en quienes vivían una vida trashumante, sino que se les consideraba alimentos impuros que ni siquiera podrían tocar. Ya el evangelista hace un comentario diciéndonos que Jesús estaba declarando a todos los alimentos puros.

Por eso cuando hemos venido hablando de qué es lo que tenemos que en verdad cuidar de nuestra vida, no nos podemos quedar en esos cuidados externos o corporales, aunque también tengamos que hacerlos. Es el cuidado de la vida, es el cuidado de la persona, es el cuidado de esos valores que nos dignifican, es el cuidado de aquello que nos hace verdaderamente grandes.

Y para ello lo que en verdad tenemos que purificar es el corazón. Porque de lo que tengamos en el corazón hablarán nuestros labios, o se manifestará en nuestras posturas o en las actitudes que tengamos en nuestras relaciones con los demás. Eso es lo que verdaderamente tenemos que cuidar.

¿Con que nos hacemos daño y hacemos daño también a los que están a nuestro lado? Porque también nos estamos haciendo daño a nosotros mismos cuando no curamos las heridas que tengamos en el corazón y dejamos que se enconen en orgullos y rivalidades, en violencias o en actitudes negativas hacia los demás; y salen las envidias, y salen las malquerencias, y sale el desprecio, y salen las criticas destructivas, y salen tantos venenos con los que queremos dañar a los demás, pero que realmente nos están envenenando a nosotros mismos.

Muchas veces se nos dice que tenemos que curar las heridas que hay dentro de nosotros. Para ello sé capaz de perdonar, sé capaz de ser comprensivo, sé capaz de mirarte con sinceridad a ti mismo, sé capaz de tratar al otro como quisieras que te trataran a ti. Son las actitudes nuevas que Jesús nos va enseñando en el evangelio. Son los pasos que tenemos que estar dispuestos a dar en ese camino de verdadera transformación de nuestra vida.

¿Cuál es la belleza que tenemos que manifestar? ¿Cuáles son las cosas en las que en verdad tenemos que cuidarnos?

martes, 8 de febrero de 2022

La inmovilidad nos puede llevar a quedarnos anquilosados en la vida perdiendo vitalidad y sentido profundo lo que hacemos

 


La inmovilidad nos puede llevar a quedarnos anquilosados en la vida perdiendo vitalidad y sentido profundo lo que hacemos

1Reyes 8, 22-23. 27-30; Sal 83; Marcos 7, 1-13

Es frase muy socorrida, que habremos escuchado muchas veces y que se nos presenta como argumento de inmovilidad y en cierto modo de conservadurismo es aquello de que ‘esto siempre se ha hecho así’. Entra en el ámbito de las costumbres de los pueblos y en el mantenimiento de tradiciones como en muchos aspectos de la vida social, en nuestras fiestas, en lo que hacemos cada año sin variar ni un ápice, y no digamos nada en cuanto toca el tema de la religión. ‘Esto se ha hecho siempre así’ y no hay más vueltas que dar.

Cuando llega alguien convencido de que la vida es renovación y si no hay renovación nos quedamos anquilosados y las cosas van perdiendo la vitalidad y por eso intenta mejorar cosas, revisar lo que se está haciendo, o plantearnos nuevas cosas que se podrían hacer, nos encontramos con el muro infranqueable de los que nos dicen ‘esto se ha hecho siempre así’.

¿Alguien se pregunta por qué se comenzaron a hacer esas cosas que ahora nos parecen inamovibles? Eso resulta incómodo; no queremos reconocer que hay cosas que nos pueden valer para un tiempo determinado, pero que esas cosas con el paso de los años hay que renovarlas para que adquieran pleno sentido y significado. Quizá fue el fruto de quien en aquel momento tuvo una buena visión para iniciar algo que en aquel momento podía ser muy dinamizador para la comunidad. Pero fácilmente las cosas caen en la rutina y en el sinsentido porque ahora serán otras cosas a las que tendríamos que dar más importancia. Es una tentación en la que todos podemos caer porque fácilmente huimos de exigencias nuevas que nos lleguen a lo hondo de lo que hacemos.

Hablamos en general de muchos aspectos de la vida social donde las posturas inamovibles no siempre son fructuosas; hay que tener visión de la realidad del momento y de lo que nos puede valer también para el futuro; no todo es desechable de lo pasado, pero lo pasado también hay que renovarlo. Decimos en todos los aspectos de la vida social y también en los planteamientos de las prácticas religiosas que realizamos.

A muchos les ha costado el aceptar la renovación del concilio Vaticano II en muchos aspectos de la vida de la Iglesia y sobre todo de su liturgia; añoranzas de pasado, muchas veces añoranzas de oropeles, vistosidades que hoy no tienen sentido, y compromiso con la vida de aquello que celebramos, son cosas que para muchos pueden ser un choque. Lo vemos en la vida de cada día, lo vemos en muchas de las actividades de nuestras parroquias, lo vemos en planteamientos anquilosados, donde parece que el número y la apariencia son lo fundamental, lo vemos en muchas vanidades que se pretenden mantener.

De esto nos está hablando el evangelio que hoy se nos propone. A los judíos, sobre todo aquellos grupos que querían mantener una cierto lugar privilegiado de poder y de influencia en la sociedad les choca los nuevos planteamientos que Jesús hace del Reino de Dios. Quieren mantenerse en sus tradiciones sin querer dar un sentido vivo a aquellos actos religiosos que realizan; parece que lo importante es cumplir, aparentar una religiosidad que en el fondo se manifiesta vacía, y vienen los choques con los planteamientos de renovación que hace Jesús.

El evangelio de hoy nos habla del problema de las purificaciones, en cierto modo ritualistas y legales, que tienen que realizar porque en todo podían ver contaminación e impureza. Les extraña que los discípulos de Jesús comen sin lavarse bien las manos antes, como realizan concienzudamente los fariseos y sus discípulos. Es lo que le vienen a reclamar a Jesús. Pero Jesús habla de otra pureza interior, de una autenticidad de vida, de una sinceridad del corazón que ellos no quieren entender.

¿No será eso lo que también nos está pidiendo Jesús hoy? ¿Por qué nos queremos quedar en tradiciones inamovibles o en boatos externos mientras quizás nuestro corazón está vacío y frío? ¿Cuál es la autenticidad que nos está pidiendo Jesús en este momento concreto que vivimos? ¿Qué levadura nos estará faltando cuando no somos capaces de dinamizar nuestro mundo con los valores del evangelio?

lunes, 7 de febrero de 2022

Necesitamos un mundo de humanidad, hecho de gestos sencillos, de cosas insignificantes pero que nos hacen valorar la dignidad de las personas

 


Necesitamos un mundo de humanidad, hecho de gestos sencillos, de cosas insignificantes pero que nos hacen valorar la dignidad de las personas

1Reyes 8, 1-7. 9-13; Sal 131; Marcos 6, 53-56

Muchas veces la cuestión no es solo que me hagan las cosas o me resuelvan los problemas, sino la forma en que me lo hacen. Tenemos que reconocer que muchas veces nos encontramos personas que lo que podríamos llamar técnicamente son buenos profesionales, saben lo que tienen entre manos, pero sin embargo son personas inaccesibles; personas que te miran a la distancia – como se suele decir algunas veces, por encima de las gafas -, no entran en ningún gesto de humanidad con los que están tratando y parece que todo fuera una máquina  que mecánicamente hace su trabajo, pero que por no tener no tienen ni siquiera una sonrisa con quien están hablando. Algunas veces nos deshumanizamos.

Todo lo contrario de lo que hoy vemos en el evangelio con Jesús. El sí será accesible a las personas que le rodeaban, porque El se acercaba a la gente, estaba donde la gente estaba, escuchaba, se dejaba incluso tocar la orla de su manto, si ese era el deseo de los que se acercaban a El.

Hoy hemos escuchado cómo cuando llegan después de su travesía, al desembarcar la gente acude corriendo en torno a El; pero recorres caminos, pueblos, aldeas, enseñando, curando; se detiene junto al ciego que pide limosna al borde del camino, o acude allá donde está aquel solitario que nadie atiende y nadie le presta ayuda, como un día veremos en el paralítico de la piscina; no teme tomar con su mano al leproso o meter sus dedos en los oídos del sordomudo y tocar su lengua, poner barro echo con su propia saliva en los ojos del ciego, o dejarse tocar la orla de su manto por cualquiera que anónimamente quisiera acercarse a El; acude a la casa de Jairo para tomar la niña de la mano y levantarla, como un día había tendido la mano a la suegra de Simón que estaba en cama con fiebre, igual que está dispuesto a ir también a la casa del centurión romano.

Es bueno detenerse con detalle en estos gestos de Jesús. El evangelio que hoy se nos propone hace como un breve resumen de sus andanzas y de las curaciones que va haciendo. Pero, como decíamos, es bueno detenerse en los detalles porque así podemos admirar más la humanidad de Jesús, su cercanía, su dejarse encontrar. Y es que en el mundo en el que vivimos necesitamos mucho de esto.

Habremos avanzado mucho en técnicas y ciencias, pero tenemos el peligro de convertirnos en máquinas; podemos hacer maravillas con los avances de las ciencias, pero el enfermo necesita que el médico se siente con él en su cama y converse de muchas cosas porque su enfermedad no son solo sus dolores; necesitamos esos encuentros personales, ese mirarnos a los ojos, ese estar con oído atento para escuchar no dando por sabidas las cosas antes de que nos las digan, saber dejar que el anciano quizá nos cuente una y otra vez sus batallitas de la historia de su vida aunque nos las sepamos de memoria.

La gente necesita ser escuchada, las personas necesitan que se detengan a su lado, no les importa las preguntas que les podamos hacer, porque ellos están deseando encontrar alguien con quien hablar. Vamos más atentos a nuestras redes sociales para hablar con quien está al otro lado del mundo, pero no nos detenemos a hablar con el abuelo, con el vecino, con el muchacho que está allá aburrido al lado de la calle.

El mensaje que hoy Jesús quiere trasmitirnos es ese mundo de humanidad que tenemos que construir día a día y que está hecho de gestos sencillos, de cosas que nos pueden parecer insignificantes pero que nos hacen valorar la dignidad de la persona. ¿Aprenderemos un día a detenernos un poco más con ese con quien nos entramos por la calle y aunque no lo conozcamos dedicarle una sonrisa?

domingo, 6 de febrero de 2022

Hay momentos en que Dios nos sorprende y comenzamos a ver las cosas de manera distinta, en el nombre de Jesús seamos capaces de echar las redes

 


Hay momentos en que Dios nos sorprende y comenzamos a ver las cosas de manera distinta, en el nombre de Jesús seamos capaces de echar las redes

Isaías 6, 1-2a. 3-8; Sal 137; 1Corintios 15, 1-11; Lucas 5, 1-11

Tenemos nuestros proyectos en la vida, creemos tener unas habilidades o una preparación, una experiencia de la vida y conforme a eso vamos actuando, vamos desarrollando nuestra vida, nos trazamos nuestro futuro; muchas veces vivimos absorbidos por esa forma de vivir, por esos planteamientos que nos hemos hecho y que creemos que no nos va tan mal, que no pensamos en la posibilidad de un cambio, de que pudieran haber otros planes, otros planteamientos que nos hicieran cambiar. No es tanto que nuestra vida se convierta en una rutina, pero seguimos metidos en lo mismo, porque además creemos que ese es nuestro camino.

¿Cambiar? ¿Hacer las cosas de otra manera? ¿Emprender algo nuevo que nos pudiera resultar desconocido? No todos están dispuestos, aunque sabemos que hay valientes en la vida que están dispuestos a arriesgar. Pero nos lo tenemos que pensar.

Aquella mañana en la orilla del lago había ido transcurriendo con la normalidad de todos los días. Es cierto que habían regresado las barcas sin pesca, pero eso es algo a lo que en cierto modo están acostumbrados los pescadores. Pero las tareas que había que hacer con las barcas y las redes seguían su curso. Pero algo va a cambiar todo esto.

Aparece el nuevo profeta de Nazaret o de Galilea por la orilla del lago y pronto las gentes que estaban en sus tareas normales, o que habían venido a buscar pescado a las barcas se arremolinan en torno a Jesús. Ya lo iban conociendo, le habían escuchado en otras ocasiones, en la sinagoga o allí donde tenían la oportunidad de hablar con El o de escucharle; la noticia de sus signos milagrosos había corrido de boca en boca y ya la gente le traía a sus enfermos para que los curase. Hoy quieren escucharle, El quiere hablarles.

Una de las barcas – la de Pedro – sirve de tarima improvisada para ponerse en un lugar en cierto modo más alto para que todos le puedan ver y le puedan escuchar. Y allí Jesús estuvo enseñándoles mucho tiempo. Una Palabra de vida, una Palabra de esperanza, una Palabra que enardecía sus corazones, una Palabra que les hacia soñar en algo nuevo, un Reino nuevo de Dios que Jesús les estaba anunciando.

Los pescadores también se habían puesto al lado de Jesús para escucharle, y justo por eso Pedro estaba allí en su barca al lado de Jesús. Y cuando terminó Jesús de hablar le pidió que remara de nuevo mar adentro, que se adentrara de nuevo en el lago y que echarla red para pescar.

¿Qué les está pidiendo Jesús? Todos sabían que se habían pasado la noche bregando y no habían cogido nada. Pedro lo sabía, él era un pescador avezado y cuando no hay pesca, no hay nada que hacer. Pero la Palabra que habían escuchado a Jesús les había hecho cambiar algo por dentro. Se habían suscitado nuevas esperanzas para sus vidas, y ¿por qué no creerle ahora que les pide algo que parece inusitado? Seguramente muchas dudas pasarían por el corazón de Pedro antes de responder o de hacer lo que Jesús le está pidiendo.

‘Nos hemos pasado la noche bregando y no hemos cogido nada’, fueron sus primeras palabras; ‘pero, porque tú lo dices, en tu nombre echaré la red’. Aquello parecía fuera de toda lógica. Pedro era el que sabían bien cómo estaba el lago, Pedro era el conocedor de las artes de pesca, sin embargo cuando todo parece imposible, Pedro cambia su postura, y se va lago adentro para echar las redes como le está pidiendo Jesús. Era un riesgo, pero vamos a confiar.

Ya hemos escuchado el resto del episodio, las redes que parecen reventar, que los que están en la barca no son suficientes y llaman a los de las otras barcas, por allá andan también Santiago y Juan, los Zebedeos, echando una mano para recoger aquella redada de peces tan grande, todos están que no salen de su asombro. Pedro es el más sorprendido y se siente pequeño, se siente pecador porque allí está viendo la obra de Dios, se siente el último y es lo que le pide a Jesús. ‘Apártate de mí, que soy un hombre pecador’. Pero allí está la respuesta y la invitación de Jesús. ‘Desde ahora serás pescador de hombres’. Las cosas comienzan a cambiar en la vida.

Hoy momentos en que Dios nos sorprende. Hay momentos en que comenzamos a ver las cosas de manera distinta. Hay momentos en que nos salimos de nosotros mismos para descubrir que hay algo nuevo, que algo nuevo se puede emprender, que hay una nueva tarea delante y en la que tenemos que comprometernos. Hay momentos de luz donde vemos ese actuar de Dios, esa llamada de Dios, porque las cosas se nos cambian, porque nos sentimos transformados por su Palabra, porque nos toca el corazón.

Podemos descubrir otros planteamientos y otros caminos. Pero tenemos que saber dejarnos sorprender y humildes también dejarnos guiar aunque lo que se nos ofrezca nos parezca totalmente distinto. Aquella palabra que hablaba de pescador de hombres tenía que ser en cierto modo enigmática para aquellos pescadores acostumbrados a tener en sus manos unas redes para coger peces. Pero ahora se fiaron del todo y se fueron con Jesús.

Este evangelio nos puede estar pidiendo y planteando muchas cosas. Porque no solo nos quedamos en reflexionar lo que pasó aquella mañana en el lago de Tiberíades, sino que en el lago o mar de nuestra vida pueden estar ahora sucediendo muchas cosas si somos capaces de poner el corazón en sintonía. En este mar de la vida que vivimos quizás estamos necesitando otras visiones, otros planteamientos, otros valores para poder hacer la buena pesca que necesitamos hacer para que se haga mejor nuestro mundo. Una tarea quizás está queriendo poner el Señor en nuestras manos, pero tenemos que, como decíamos, dejarnos sorprender, escuchar esa Palabra que nos transforma y que nos da vida, esa palabra que nos está llamando a emprender caminos nuevos y tareas nuevas.

Metámonos en esa barca con Jesús y dejemos que El nos conduzca. Son muchas las cosas que podemos hacer ‘en el nombre de Jesús’.

sábado, 5 de febrero de 2022

Necesitamos saber estar con el Señor para tener una nueva mirada, darle una mayor profundidad a la vida, descubrir cómo tenemos que llenarnos de ternura y compasión

 


Necesitamos saber estar con el Señor para tener una nueva mirada, darle una mayor profundidad a la vida, descubrir cómo tenemos que llenarnos de ternura y compasión

1Reyes 3, 4-13; Sal 118; Marcos 6, 30-34

He aprendido más en estos pocos días que he estado con esta persona que todo lo que me habían enseñado en todas las escuelas o facultades en las que he estado en mi vida. No es muy habitual escuchar algo así, pero puede suceder que o lo hayamos oído a alguien en algún momento determinado o nos habrá podido pasar a nosotros mismos.

Quizás todo partió de una invitación de esa persona que amigablemente nos había invitado a pasar unos días juntos; se había planificado irse a algún sitio donde estar más cercanos el uno con el otro, o simplemente había sido una sencilla convivencia en su propia casa, en su propio hogar; pero el estar con aquella persona había sido de gran provecho; no fueron solo las conversaciones que con cierta profundidad se habían tenido, sino simplemente ese estar, ese convivir, ese contemplar el hacer y el actuar de esa persona, ese percibir los detalles de su vida, ese escuchar oportunamente una palabra que encerraba gran sabiduría, fue el compartir un vivir. Cuántas cosas se descubren, cuánto aprendemos a encontrar un sentido de vida.

Era lo que Jesús quería con sus discípulos más cercanos. La ocasión había venido después de la vuelta de aquella misión que les había confiado, donde ellos contaban y contaban cuántas cosas les habían sucedido o habían podido realizar. Ahora dice el evangelista que Jesús quiere llevárselos a un lugar apartado. Y hay una disculpa, es que si están en casa no tienen tiempo ni para comer, y era necesario un descanso.

Pero era lo que había querido Jesús desde el principio. A aquellos primeros discípulos que le preguntan dónde vivía – y esa pregunta encerraba muchas cosas – y les había dicho que se fueran con él para que vieran. Ya sabemos cuál fue la buena reacción posterior. Cuando llama a algunos en particular, ya nos explica el evangelista en el relato que eran para que estuvieran con El. Y es lo que vemos a lo largo del evangelio, cómo se va formando ese grupo de los que están siempre con Jesús, no solo en sus correrías sino también cuando están en casa, cuando están en Cafarnaún donde Jesús se había establecido, probablemente en casa de Pedro.


Ahora se los quiere llevar a un lugar apartado, y aunque pareciera que no se consiguió lo que se pretendía porque al llegar se encuentran con una multitud grande que los estaba esperando, lo que Jesús quería de aquella convivencia se realizó perfectamente. Allí en la cercanía de Jesús, con aquella compasión que siente por la multitud, con ese ponerse a enseñarles pacientemente, con el ir curando a los enfermos, o las mismas indicaciones que va dando a los discípulos de lo que tendrían que hacer, hay toda una hermosa lección. La aprendieron bien los discípulos en aquella cercanía con Jesús, en ese estar con Jesús.

Les hace tener una visión distinta de las personas y de los mismos acontecimientos, incluso de los imprevistos; aprenderán de la comprensión y de la paciencia de su Maestro, aprenderán de su preocupación por todos haciéndoles caer en la cuenta de cuáles son las verdaderas necesidades que tienen aquellas personas, aprenderán a llenar el corazón de ternura y de misericordia, aprenderán a descubrir el verdadero corazón, herido y lleno de angustias de aquellas personas. Estaban con Jesús y su visión comenzaba a cambiar, aunque sabemos cuánto les cuesta ir dando los necesarios pasos.

¿No necesitaremos nosotros estar con Jesús? ¿No necesitaremos ese tiempo a solas con Jesús, sin prisas y sin agobios, sin estar pensando en otras cosas o cuánto tenemos que hacer? porque también nosotros en nuestros agobios y carreras parece que no tenemos tiempo ni para comer, que no sabemos tener tiempo para nosotros mismos, que no sabemos tener tiempo para hacer silencio y aprender a escuchar el latir de los que están a nuestro lado, que no tenemos tiempo tampoco para esta a solas y en paz con el Señor; miremos cómo son las carreras de nuestras oraciones.

Necesitamos saber estar con el Señor, para tener una nueva mirada, para darle una mayor profundidad a la vida, para descubrir cómo tenemos que llenarnos de ternura y compasión para poder ir luego a los demás.

viernes, 4 de febrero de 2022

Hay pendientes por las que nos deslizamos, espirales que nos creamos que parecen no pueden romperse, pero no seamos pesimistas, la rectitud y el bien tienen finalmente que brillar

 

Hay pendientes por las que nos deslizamos, espirales que nos creamos que parecen no pueden romperse, pero no seamos pesimistas, la rectitud y el bien tienen finalmente que brillar

Eclesiástico 47, 2-13; Sal 17; Marcos 6, 14-29

Queremos quedar bien; nos molesta que duden de nosotros, y nos queremos presentar como los más honrados del mundo; mantenemos las apariencias, y queremos decir que somos personas de palabra, que no nos vamos atrás de la palabra dicha, aunque para lograrlo tengamos que arrasar lo que sea.

¿Vanidad? ¿Orgullo? ¿Amor propio? ¿La soberbia de la vida que nos coloca en pedestales o nosotros por nuestra cuenta nos subimos a ellos sin ver si en verdad lo merecemos? Bueno, nos creemos merecedores de todo, aunque nuestra vida sea un desastre. Muchas cosas que se pueden ir luego sucediendo en el correr de la vida, porque todo se convierte en una pendiente donde parece que no podemos parar. Es esa espiral que nace de nuestros orgullos o de nuestro amor propio y va creciendo y aumentando de desastre en desastre. Cuantas maldades se van sucediendo una tras otra.

¿Cómo contrarrestar esa espiral sin fin? ¿Seremos capaces de volver sobre nosotros mismos para edificar nuestra vida no sobre apariencias sino sobre nuestra propia realidad aunque nos cueste reconocer errores o debilidades? Enfrente como contrastando todo eso aparece el camino de la rectitud y del bien. Será un camino duro y difícil, porque parece que el mal tiene la última palabra.

Pero no podemos ser pesimistas ni sentirnos derrotados; estamos convencidos de la fuerza del bien, del obrar en rectitud. Y de eso tenemos que ser testigos, testimoniarlo con nuestra propia vida aunque nos cueste sangre. El creyente sabe que aunque tenga que pasar por la pascua de la muerte, siempre hay vida, siempre está el triunfo de la vida y del amor. Sabemos que la sangre del testigo es semilla de nueva vida. Lo contemplamos en Jesús, como lo podemos contemplar en el testimonio que se nos ofrece hoy en el evangelio.

¿Será la lucha que contemplamos  hoy en el evangelio? Herodes se pregunta quién es Jesús de quien está ahora oyendo tanto hablar; en el fondo a Herodes le está gritando su conciencia aunque no quiera hacerle caso; él sabe que ha martirizado a Juan el Bautista. Mira por donde, se dice que le tenía aprecio y que le gustaba escucharle. Pero las tornas se viraron porque su vida era disoluta y el Bautista denunciaba que lo que estaba haciendo no era lo correcto; las fuerzas del mal, representadas en Herodías, la mujer con la que convivía ilícitamente Herodes, logran meterlo en la cárcel; al final le llevará a la muerte.

Ya hemos escuchado el relato, un cumpleaños, una fiesta, muchos invitados, la hija de Herodías que se conquista el corazón de Herodes con su baile y éste que le ofrece hasta la mitad de su reino si se lo pidiera; pero al acecho está Herodías que le hace pedir a su hija la cabeza del Bautista. Los respetos humanos, las apariencias, el que dirán, el querer quedar bien y, aunque le dolió lo que le pedía la muchacha, Herodes accedió a que le llevaran en una bandeja la cabeza del Bautista.

Fue la pendiente, la espiral, la vanidad, el orgullo que lo fue desencadenando todo. Juan Bautista será el testigo del bien y de la verdad con su sangre derramada; será la semilla que se estaba plantando; aunque aparentemente apareció la maldad y la muerte, el testimonio ha quedado de manera permanente. La rectitud del Bautista hasta el final, hasta la muerte, contrarresta la maldad de Herodes y será el testimonio que queda como lección para nuestra vida.

¿Tendríamos que preguntarnos algo quizá sobre nuestras vanidades y nuestros orgullos? ¿Tendremos que plantearnos eso de quedar bien o preguntarnos cuál es el camino de rectitud que hemos de seguir en nuestra vida? ¿Seremos capaces de romper esas pendientes por las que tantas veces nos deslizamos en la vida?

jueves, 3 de febrero de 2022

Los enviados de Jesús solo necesitaron un bastón y unas sandalias para ponerse a caminar y anunciar lo que ellos habían vivido con Jesús, el amor de Dios en sus vidas

 


Los enviados de Jesús solo necesitaron un bastón y unas sandalias para ponerse a caminar y anunciar lo que ellos habían vivido con Jesús, el amor de Dios en sus vidas

1Reyes 2, 1-4. 10-12; Sal.: 1Crón 29, 10-12; Marcos 6, 7-13

Cuando en nuestras tareas y responsabilidades queremos hacer algo, enseguida nos hacemos nuestros proyectos donde detallaremos todo lo que vamos a hacer y por qué lo vamos a hacer, hacemos lo que hoy llamamos estudios de mercado para ver si realmente es algo que interesa, nos planificamos muy bien con nuestros objetivos y con las acciones concretas que vayamos a realizar y por supuesto no nos pueden faltar los presupuestos, que se convierten en algo fundamental para poder llevarlo a cabo. No está mal, en la vida tenemos que ser organizados y las cosas no se pueden hacer a lo loco.

Pero esto que estoy relatando – cosas que uno va aprendiendo en la vida y que te obligan a realizar para cualquier cosa – sin embargo contrasta mucho con lo que hoy nos dice el evangelio. Jesús ha escogido de entre todos sus discípulos a doce, a los que llamará sus enviados, sus apóstoles, les confía una misión y los envía; pero aquí está el detalle, los envía simplemente con un bastón en la mano; no necesitarán nada más; incluso les dice que no lleven una túnica de repuesto. ¿Una mala planificación? Desde nuestros parámetros de hoy quizá nos echamos las manos a la cabeza, porque incluso en nuestras actividades pastorales nos exigen toda aquella planificación que antes mencionábamos.

No quiero que nos sintamos desconcertados por esto que estoy comentando, como si yo quisiera enmendar la plana incluso a lo que nos dice el evangelio; ni mucho menos. ¿Qué está pidiendo Jesús a sus enviados? Yo diría una disponibilidad grande para dejar conducirse por el Espíritu de Jesús. Van a realizar su misma misión, el anuncio del Reino de Dios que llega, van a dar señales de esa llegada del reino de Dios con los signos que pueden realizar, pero eso no lo realizan por sí mismos, es la obra de Dios. no necesitaran ni sus saberes humanos ni de poderes o influencias que se reciban de aquí o de allá, ni lo que puedan tener desde sus propias simpatías; han de ponerse a caminar, solo necesitan unas sandalias y un bastón, porque su apoyo está en el Señor; y lo importante es la disponibilidad de su corazón.

Jesús los había llamado para que estuvieran con El, vivieran con El, de El se impregnaran y a El es al único que tienen que transmitir. Van a comunicar a los demás lo que ellos ya han vivido en su contacto con Jesús; no serán sus palabras o lo que ellos por si mismos sepan hacer – un día habían abandonado sus redes y sus barcas que era lo que ellos sabían hacer -, si antes eran pescadores en aquel lago ahora iban a emprender una nueva pesca, porque serían pescadores de hombres. Y la única red que han de echar es transmitir la palabra de Jesús, realizar los signos de Jesús para manifestar así que en verdad estaba llegando el Reino de Dios.

Demasiado vamos por la vida con nuestros saberes, confiándonos más en los recursos humanos que estén a nuestra mano, que en esa disponibilidad generosa para dejarnos conducir por el Espíritu del Señor. ¿Qué es lo que enseñamos muchas veces? Nos entretenemos con nuestros recursos y nuestras técnicas, echamos manos de doctrinas que hasta obligamos a aprender de memoria e imponemos protocolos de comportamiento y mandamientos, y al final nos quedamos sin anunciar a Jesús como nuestro único Salvador. Nos refugiamos en lo que nos parece más fácil que es poner en las manos un libro de catecismo o de teología, y no hacemos lo que realmente tendría que ser fácil que es anunciar al Jesús en quien nosotros creemos y que es nuestra vida.

Algunas veces nos ponemos a pensar qué es lo que voy a decir o qué es lo que voy a enseñar a través de cualquier medio que tengamos en nuestras manos, y nos olvidamos que es una buena nueva lo que tenemos que anunciar, una buena noticia para todos porque Jesús es nuestro salvador. ¿Será acaso que quizás nosotros no terminamos de vivirlo así y por eso somos incapaces de anunciarlo? ¿Es en verdad lo que vivimos con Jesús lo que nosotros estamos anunciando de Jesús?

miércoles, 2 de febrero de 2022

Los pobres y los humildes de corazón como Simeón y Ana serán los que podrán conocer las maravillas del Señor y como lo hizo María que así es una candela de luz para nosotros

 


Los pobres y los humildes de corazón como Simeón y Ana serán los que podrán conocer las maravillas del Señor y como lo hizo María que así es una candela de luz para nosotros

Malaquías 3,1-4; Sal 23; Hebreos 2,14-18; Lucas 2,22-40

Hace cuarenta días celebramos el Nacimiento de Jesús, la Natividad del Hijo de Dios hecho hombre y nacido del seno de María. Hoy la liturgia de la Iglesia, siguiendo el ritmo de los acontecimientos de la infancia de Jesús y en observancia de lo que estaba prescrito en la ley de Moisés, tanto para el nacimiento del primogénito varón como los ritos de purificación de toda madre después del parto, nos ofrece esta celebración de la Presentación de Jesús en el templo, según lo prescrito por la ley, y la purificación de María. Es a lo que hace referencia el texto del Evangelio, aunque en aquel momento vemos que se siguieron realizando las obras maravillosas del Señor.

El cumplimiento del rito según lo prescrito se desarrollaría con toda normalidad; para los sacerdotes del templo eran un niño primogénito más que era presentado al Señor con la ofrenda, en este caso de los pobres, de un par de tórtolas o dos pichones. Pero la cosa no podía quedarse ahí. Allí estaban quienes inspirados por el Espíritu del Señor reconocerían quién era aquel niño y lo que iba a significar para la historia no solo de Israel sino para toda la humanidad.

Son dos ancianos piadosos que merodean todos los días por el templo confundiéndose entre los creyentes que allí todos los días acudían para la oración y para la escucha de la ley y los profetas. Pero no son dos ancianos cualesquiera. En ellos se había hecho presente el Señor y ahora serían portavoces de las maravillas del Señor para todos los creyentes y para todos los que los quisieran escuchar.

Por eso aquel anciano se acerca a aquella pareja humilde que como una más ha hecho su ofrenda y ha cumplido con todos los ritos. Y es cuando se desborda el corazón de aquel anciano para proclamar cuanto allí está sucediendo. El había sentido en su corazón, por la fuerza del Espíritu del Señor, que sus ojos no se cerrarían sin haber contemplado al que iba a ser luz de las naciones y gloria del pueblo de Israel. Y allí lo tenemos proclamándolo y cantando las glorias del Señor.

De la misma manera aquella pobre anciana viuda – ya aparecerán otras ancianas y viudas en el evangelio ¿por qué será? – comenzará también a todo aquellos que esperaban la futura liberación de Israel con la llegada del Mesías, que la hora de Dios había llegado y hablaba a todos de aquel niño.

¿Por qué será que Jesús nos proponga como modelo de oración perseverante la de aquella pobre viuda que insistía permanentemente ante el juez pidiendo justicia? ¿Será un eco esta pobre anciana y viuda que se había pasado todos los años de su vida sirviendo a Dios en el templo?

¿Por qué será que Jesús se fijará – y nos lo ofrece como ejemplo - allí a las puerta del templo donde está el arca de las ofrendas en los dos cuartos humildes que una anciana pobre entrega al Señor ofreciendo cuanto tenía? Había ofrecido lo que necesitaba incluso para su sustento, y Dios se había fijado en ella. ¿Nos estará hablando de que son los pobres y los humildes de corazón, los que se entregan con corazón desinteresado los que mejor podrán conocer a Dios y la revelación de todos sus misterios?

¿No dará gracias un día al Padre porque ha revelado todos sus misterios a los pequeños y a los humildes mientras lo ha ocultado a los que son soberbios de corazón? El evangelio no es una página o un solo momento determinado que se nos narre, sino que el evangelio, la buena nueva la tenemos que ver en todo el conjunto y como unos y otros hechos se explican y se complementan mutuamente. Son evangelio para nosotros, nos está enseñando como tenemos que ser esos hombres y mujeres sencillos y humildes de corazón para que podamos conocer a Dios, para que podamos en verdad sentir a Dios en nuestros corazones.

Allí a un lado y pareciendo que pasa desapercibida está la madre, la que un día dijera que era la humilde esclava del Señor y ofrecía la disponibilidad de su corazón para que en ella se cumpliera la Palabra del Señor anunciada por el ángel de Nazaret. Una disponibilidad que le iba a hacer seguir el mismo camino de su Hijo.

No es extraño que el anciano profeta le anuncie que una espada la traspasará el alma, porque aquel niño iba a ser signo de contradicción para que se pongan de manifiesto los pensamientos de muchos corazones. Es la Madre, la que le dio a luz en la pobreza de Belén, la que le contemplará creciendo en sabiduría y gracia delante de Dios y de los hombres en el hogar de Nazaret como unas madres saben contemplar y comprender el crecimiento de los hijos; pero será la madre que dará a luz unos nuevos hijos que le van a ser confiados desde lo alto de la cruz del calvario. Lleva en su alma el dolor de su hijo, porque a El se asociará en la obra de nuestra redención, pero lleva en el alma el dolor y el sufrimiento de todos esos hijos que Jesús le confiará desde lo alto de la cruz.

La llamaremos madre dolorosa y madre de las angustias porque vemos cómo ella carga con los dolores y las angustias y de todos los hombres, como una madre llevará siempre en su corazón el sufrimiento de sus hijos, pero la llamaremos madre de esperanza y madre de la luz porque en ella vemos cómo se levanta nuestra esperanza pero ella nos está ofreciendo también la luz de su hijo.


Por eso hoy los canarios la llamamos María de Candelaria, la que lleva la luz, la portadora de la luz, la que nos trajo la luz porque fue la primera misionera de estas tierras en su imagen bendita aparecida en la playa de Chimisay. Por eso para nosotros los canarios hoy es fiesta especial, es la fiesta de la Virgen de Candelaria y con devoción acudimos a sus pies en su santuario hoy o en cualquier día del año, porque sabemos que allí está la Madre, allí está nuestra madre, las que nos hablará de corazón sencillo y humilde, la que siempre está en disponibilidad total para Dios y para sus hermanos los hombres, la que nos está enseñando a plantar la Palabra de Dios en nuestro corazón.

martes, 1 de febrero de 2022

Dejémonos llevar por Jesús, no temamos entrar con El a ese santuario interior al que muchas veces nos da miedo entrar, ahí está esperándonos y tendiéndonos la mano

 


Dejémonos llevar por Jesús, no temamos entrar con El a ese santuario interior al que muchas veces nos da miedo entrar, ahí está esperándonos y tendiéndonos la mano

2Samuel 18, 9-10. 14b. 24-25a. 31 – 19, 3; Sal 85; Marcos 5, 21-43

El refrán dice que nos acordamos de santa Bárbara cuando truena. Y bien que es cierto porque sólo cuando nos vemos con el agua hasta el cuello es cuando pedimos socorro. Normalmente nos queremos valer por nosotros mismos; es cierto que si yo puedo hacer una cosa, es junto que me afane por tenerla o conseguirla. Pero eso nos vuelve muchas veces autosuficientes en muchos sentidos y aspectos en nuestra relación con los demás, donde como decimos no queremos deber nada a nadie, pero nos afecta también al sentido religioso que podamos tener en la vida. En Dios buscamos nuestros refugios, y parece muchas veces que solo contamos con El cuando nos vemos en la más extrema necesidad, o en el mayor peligro. Es el supermercado donde vamos cuando necesitamos algo, o la farmacia a la que sólo acudimos cuando necesitamos una medicina.

Mal se estaban viendo los dos personajes de los que nos habla el evangelio. Parece como muy sencilla a simple vista que aquel jefe de la sinagoga acudiera a Jesús porque tenía enferma a su hija. El tenía su prestigio, en cierto modo era de la clase dominante y de los que de alguna manera ejercían algún poder. Pero ahora se ve en la necesidad de acudir a Jesús. Su hija está en las últimas. Ya no hay solución por otros caminos, y ha oído hablar de los milagros que hace Jesús, pues ahora viene a pedirle que vaya a poner su mano sobre ella para que se cure. En el fondo, no juzguemos del todo, porque era también un hombre de fe, aunque ahora no sabía ni a quien acudir.

Mal se estaba viendo también aquella mujer que había gastado toda su fortuna buscando la salud y sus hemorragias no cesaban. Fue un atrevimiento grande meterse en medio de la gente sabiendo que tenía que sentirse una mujer impura, a causa de sus hemorragias y no tendría que meterse en medio de la gente. Pero entre toda la gente que se apretujaba junto a Jesús está aquella mujer que no se atreve ni a hablar ni a pedir ayuda pero que tiene la fe de que solo tocando el manto de Jesús puede curar. Y es lo que hace. Y es lo que siente, que ‘las fuentes de sus hemorragias cesaron de inmediato y su cuerpo estaba curado’.

Esto hace que aquella comitiva, vamos a llamarla así, de los que se dirigían a la casa de Jairo encabezados por Jesús, se detenga. ‘¿Quién me ha tocado?’ por allá está el espabilado de Pedro diciendo ‘¿cómo se te ocurre preguntar eso, si ves toda la gente que se apretuja junto a ti?’ Pero Jesús no hace caso de las indicaciones de Pedro y está esperando la salida valiente de quien se ha atrevido a tocar su manto. La mujer temerosa se acerca y lo explica todo. ‘No te preocupes, viene a decirle Jesús, tu fe te ha curado… vete en paz porque tu fe ha curado’.

Mientras, llegan los sirvientes de Jairo para decirle que ya no hay nada que hacer, porque la niña ha muerto. Pronto estarán allí las plañideras para iniciar el duelo. No merece la pena molestar más al maestro. Parece que todo se pone en contra. Y ahora ha sido a causa de aquella mujer por lo que se ha detenido Jesús y no ha podido llegar a tiempo. Parece que todo se derrumba. Pero allí está la Palabra de Jesús. ‘No temas; basta que tengas fe’.

Cómo necesitaríamos tantas veces nosotros escuchar esa palabra de Jesús. Dudamos, nos derrumbamos, nos parece que nadie nos escucha, todo parece muchas veces que se nos pone en contra, los problemas se agravan y no encontramos soluciones, el camino para encontrar la luz se nos hace largo, se tambalea nuestra fe. En nuestros agobios y desesperanzas todo nos parece una montaña que se nos viene encima, las oscuridades parecen mayores. Pero mantengámonos anclados en esa fe que tenemos, aunque nos parezca débil y muchas veces imperfecta. ‘No temas, basta que tengas fe’, nos está diciendo Jesús.

Y El nos toma de la mano, y nos dice que las cosas no son tan grandes como nosotros las imaginamos, ‘la niña no está muerta, sino que está dormida’, y nos invita a confiar, y nos invita a entrar con El al santuario interior donde nos vamos a encontrar con El de verdad, donde vamos a recobrar la luz y la vida.

Dejémonos llevar por El, no temamos entrar con El a ese santuario interior al que muchas veces nos da miedo meternos, nos vamos a encontrar con nosotros mismos, vamos a ver quizá nuestra debilidad y nuestras oscuridades, pero ahí vamos a encontrar la luz, porque ahí está El esperándonos y tendiéndonos la mano. Toquemos la orla de su manto, agarrémonos fuerte a esa mano que se nos tiende, sintamos fuertemente su presencia. Esa fe también nos va a curar.

¿Nos invitará también a que le comamos para que tengamos vida y vida para siempre?

lunes, 31 de enero de 2022

Ir a anunciar el evangelio no es irse a otros sitios sino allí donde estamos, aunque no nos resulte fácil, también hemos de anunciar las misericordias del Señor

 


Ir a anunciar el evangelio no es irse a otros sitios sino allí donde estamos, aunque no nos resulte fácil, también hemos de anunciar las misericordias del Señor

Samuel 15, 13-14. 30; 16, 5-13ª; Sal 3; Marcos 5, 1-20

Cuando en Cafarnaún buscaban en la mañana a Jesús les dice que han de ir a anunciar el Reino por otros lugares. Por eso en el relato del evangelio veremos a Jesús itinerante de un lugar para otro enseñando y manifestando las señales del Reino de Dios que llegaba. Pero no todo va a ser fácil. Casi como una señal mientras iban en barca hacia la otra orilla le levantó en el lago una tormenta muy fuerte que parecía que la barca se hundía, mientras los discípulos remaban y remaban tratando de sacar la barca de aquella tormenta. Aunque ellos temen lo peor y al final acudirán asustados a Jesús que comía en un rincón de la barca en medio de aquella tormenta, al final logran llegar a la otra orilla.

Pero decíamos que era como un signo que anticipaba lo que iba a suceder. Era la región de los gerasenos, casi fuera de las fronteras de Israel y que no mostraban mucha sintonía con los judíos; allá hacían su vida en aquel lugar apartado. Alguien poseído de un demonio les atormenta sin que nada puedan hacer, pero parece que casi se han acostumbrado a aquel tormento. Este hombre poseído por el espíritu del mal es el primero que sale al encuentro de Jesús y sus discípulos que llegan a aquellas orillas. Ya sus palabras son de rechazo. ‘¿Qué tienes que ver conmigo, Jesús, Hijo de Dios altísimo? Por Dios te lo pido, no me atormentes’.

Ya hemos escuchado el relato en el evangelio, es una legión de espíritus malignos el que ha poseído a aquel hombre, que cuando Jesús lo expulsa se meterán en la piara de cerdos – era a lo que se dedicaban aquellas gentes, ajenas a las costumbres y leyes de Israel que considera a un cerdo como un animal impuro que ni se podía tocar ni comer su carne – que se arrojó ladera abajo ahogándose en las aguas del lago.

Llegan las gentes del lugar, se enteran de lo sucedido, allá contemplan al hombre que había sido poseído por el demonio ya curado, pero que le piden a Jesús que se marche de aquel lugar. Una actitud que nos podría parecer incomprensible, porque agradecidos tendrían que estar por verse liberados de aquel tormento que padecían. Pero puede convertirse también para nosotros en un signo que algo nos quiere significar.

¿No preferimos en tantas ocasiones seguir sometidos a nuestras rutinas, aun reconociendo su inutilidad o lo malo que pueden significar para nuestra vida, antes que dar los pasos necesarios para cambiar? Preferimos la comodidad de lo que siempre hemos hecho aunque no tenga sentido ni valor al esfuerzo que tendríamos que hacer para realizar cambios en nuestra vida. Ahí está por otra parte cuando nos cuesta arrancarnos de lo que sabemos que es un mal en nuestra vida. Nos apegamos a cosas, nos apegamos a costumbres, nos apegamos a nuestros defectos y parecería que no tenemos fuerza suficiente para arrancarnos de ello y comenzar a poner otras cosas buenas en nuestra vida.

Cuando Jesús se marchaba el que había sido curado le pidió irse con El, pero Jesús le dice que vaya a los suyos y les anuncie lo que el Señor ha hecho con él. Muy significativo también. Queremos seguir a Jesús, queremos irnos con El; parece como que nos sentimos seguros; una muestra de agradecimiento, podríamos decir, y de correspondencia a la gracia que Dios ha tenido con él, se siente invitado en su corazón por seguir los pasos de Jesús. Pero es Jesús el que le confía una misión, no tendrá que ir a ninguna parte sino que allí entre los suyos tendrá que realizar ese anuncio. ‘Vete a casa con los tuyos y anúnciales lo que el Señor ha hecho contigo y que ha tenido misericordia de ti’

No será tarea fácil, viendo los antecedentes de que le pidieron a Jesús que se marchara de aquel lugar; pero en aquel lugar, aunque sea difícil, ha de hacer su anuncio; parece en ocasiones que buscamos lugares que nos parecen más fáciles, pero el camino no lo hemos de escoger nosotros sino aquel que nos ha enviado. ‘En otros lugares, como recordábamos al principio, he de ir a anunciar también el evangelio’, como decía Jesús. Pero muchas veces ese lugar no es irse a otro sitio sino ahí donde estamos, allí entre los nuestros, allí donde no entienden quizás que nosotros estemos llamados a esa labor y a esa misión, allí donde podría encontrar quizás rechazo, donde nos puede resultar más difícil es donde tenemos que hacer ese anuncio.

¿Estará significando algo este evangelio para esa labor que como cristiano y como Iglesia estoy llamado a realizar?

domingo, 30 de enero de 2022

La Iglesia no puede olvidar su misión profética para proclamar la palabra de vida y de salvación aunque no sea lo políticamente correcto para parte de la sociedad

 


La Iglesia no puede olvidar su misión profética para proclamar la palabra de vida y de salvación aunque no sea lo políticamente correcto para parte de la sociedad

Jeremías 1, 4-5. 17-19; Sal 70; 1Corintios 12, 31 - 13, 13; Lucas 4, 21-30

Los cambios de humor, vamos a llamarlo así, son frecuentes en las reacciones de las personas y de los grupos. En un momento sentimos simpatía y antipatía; en un momentos parece que estamos de acuerdo y que nos gusta lo que nos dicen, y al momento siguiente cambiamos de opinión y aquella persona ya no nos parece tan buena; basta que sintamos un desaire, que se diga una palabra que no cae bien o que se malinterpreta, que no se haga lo que quiere todo el mundo sino que se quiera actuar desde unos principios de rectitud y ética, que nos lleven la contraria a lo que son nuestros intereses y que parecía que aquella persona iba a responder a esos planteamientos nuestros pero vemos que hay otra cosa en su planteamiento u otras exigencias, para que cambiemos, para que el amor y simpatía que sentíamos al principio lo cambiemos por odio y hasta por afanes de destrucción. 

Cuántas veces lo habremos podido sufrir, o cuántas veces hemos visto esas reacciones en nuestro entorno; cuántos que antes parecían muy amigos, de la noche a la mañana en uno todo se transformó en odio.

Es lo que pasó aquella mañana en la sinagoga de Nazaret, pero sigue pasando en la Iglesia cuando se quiere ser fiel de verdad a los valores del evangelio, es lo que sigue pasando en nuestra sociedad por ejemplo contra la Iglesia porque sigue predicando y enseñando según sus principios y según el evangelio.

Pero recordemos primero lo que hoy nos ha narrado el evangelio que es continuación exacta del proclamado el pasado domingo. Jesús estaba en su pueblo Nazaret, había ido el sábado a la sinagoga y había hecho la lectura del profeta. Su comentario había sido – con él hemos comenzado hoy la proclamación del evangelio de este domingo – ‘Hoy se ha cumplido esta Escritura que acabáis de oír’. Y nos dice el evangelista que manifestaban su aprobación y admiración ante las palabras de Jesús. Estaba allí su orgullo de pueblo, porque era uno de los suyos, allí había vivido, era el hijo del carpintero, y por allí quedaban algunos parientes.

Pero quizá por ahí, por esos orgullos y en el fondo los deseos que podían tener de sacar provecho, es por donde anda todo. Pronto verán que Jesús no está por su labor. Porque sea su pueblo allí no va a haber preferencias. Ya había manifestado con la lectura del profeta que las preferencias estaban en los pobres que serían evangelizados y los oprimidos que serían liberados. Pero no era una liberación como ellos pensaban. Jesús había hablado del ‘año de gracia del Señor’, para significar como comenzaba algo nuevo y distinto.

En los anuncios de Jesús no había nada de aquellas revanchas y venganzas que podían estar anidándose en su corazón para verse liberados de la opresión de los romanos. Es más Jesús está anunciando una preferencia porque esa gracia del Señor llegue a todos y por eso recuerda los episodios de Elías y Eliseo donde dos extranjeros serán los que se ven agraciados, la viuda de Sarepta y Naamán el sirio.

Y es entonces la reacción de las gentes de la sinagoga de Nazaret. Jesús les recuerda que un profeta nunca es bien mirado en su tierra. La admiración del principio se transforma como tantas veces sucede. Querrán despeñarlo desde la colina por un barranco, aunque Jesús pasa en medio de ellos sin que pudieran hacer nada.

Recordamos lo que escuchábamos al profeta Jeremías sobre su propia vocación. ‘Te consagré: te constituí profeta de las naciones. Tú cíñete los lomos: prepárate para decirles todo lo que yo te mande. No les tengas miedo…. Desde ahora te convierto en plaza fuerte, en columna de hierro y muralla de bronce, frente a todo el país…’

Es la misión y es la tarea de todo profeta. Es la misión y es la tarea profética que la Iglesia tiene que realizar en medio del mundo. No siempre es fácil. Hay el peligro de comenzar a medir las palabras para decir lo políticamente correcto, como se dice ahora. Estamos cuidando demasiado lo que la Iglesia tiene que hacer o tiene que decir para no disgustar a ciertos sectores de la sociedad que luego dirán y manipularán, que luego querrán arrimar el ascua a su sardina, pero si la Iglesia no se deja manejar, van a caer sobre ella. Y esto está pasando.

No son los criterios del mundo, aunque ahora se hable tanto de mayorías, los que tienen que guiar la actuación de la Iglesia. Porque la mayoría de la gente dice, porque la mayoría de la gente opina, escuchamos decir, pero no es ese el criterio de fidelidad a la Palabra de Dios y al mensaje del evangelio por lo que la Iglesia tiene que conducirse. Y en medio de todo eso estamos con el testimonio valiente que hay que dar, aunque no les guste a algunos. Es duro y es difícil, pero la misión profética que tenemos como cristianos y como Iglesia no la podemos ignorar ni dejar a un lado.

‘Tú cíñete los lomos… no les tengas miedo… Lucharán contra ti, pero no te podrán, porque yo estoy contigo para librarte’ que nos dice el profeta.  ‘Pero Jesús se abrió paso entre ellos y seguía su camino’.