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viernes, 25 de diciembre de 2020

El nacimiento de Jesús aunque sean muchas las sombras que tengamos en la vida nos llena de luz y de esperanza


 

El nacimiento de Jesús aunque sean muchas las sombras que tengamos en la vida nos llena de luz y de esperanza

Isaías 9, 1-6; Sal 95; Tito 2, 11-14; Lucas 2, 1-14

‘No temáis, os anuncio una buena noticia que será de gran alegría para todo el pueblo: hoy, en la ciudad de David, os ha nacido un Salvador, el Mesías, el Señor. Y aquí tenéis la señal: encontraréis un niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre’.

Es la gran noticia que resuena en la noche de la Navidad. Es la gran noticia que sigue resonando y que necesitamos escuchar. No la podemos eludir. No la podemos disimular. No podemos hacernos oídos sordos. Es la gran noticia que tenemos que seguir proclamando. Necesitamos nosotros escucharla una y otra vez. Necesita escucharla nuestro mundo como la ‘gran buena noticia’, es la buena nueva que tiene que seguir resonando como la primera vez. No es noticia pasada, no es noticia de otros tiempos, es noticia para hoy, aunque el mundo se haga sordo, aunque muchos traten de camuflarla, aunque muchos se pongan otras músicas en sus oídos para no prestarle atención.

Cuando resonó por primera vez esa noticia la noche se revistió de luz. Era la noche y en la noche hay oscuridad. Pero era la noche porque faltaba la verdadera luz que iluminara el mundo. No eran tiempos fáciles porque la situación que vivía el pueblo de Israel estaba muy llena de sombras. No eran solo las cuestiones políticas de dominios o no dominios que mermasen la libertad y la soberanía de Israel. Eran otras luces las que se habían ido apagando y nuevas sombras de desesperanza se cernían sobre el pueblo.

Y el resplandor de aquella noche era para despertar las esperanzas, era para que se comenzara a creer en un mundo nuevo. Esa sería la Buena Noticia que se comenzaría a anunciar pronto, pero los corazones estaban cerrados, los caminos no terminaban de abrirse aunque más tarde el Bautista hiciera resonar su voz en el desierto para preparar los caminos del Señor. Pero la transformación necesaria era costosa como costosa es siempre la conversión porque cuesta salir de las tinieblas para encontrarse con la luz.

Para nosotros resuena también fuerte esta Buena Noticia de la Navidad porque también hay muchas sombras que nos inquietan. Se nos ensombrecen también las esperanzas en muchas ocasiones y nos cuesta entender qué camino habría que tomar, nos cuesta aprender las lecciones que la misma vida nos está dando a través de lo que está sucediéndonos y nos quedamos como apesadumbrados sin saber que caminos tomar.

Mucho se hablado estos días que es una navidad diferente. Pero para muchos es diferente porque no pueden seguir con las mismas rutinas de siempre, porque nos sentimos desbordados y como oprimidos porque no podemos hacer lo de todos los años, estamos como tristes porque se nos han limitado las posibilidades de fiesta. Y decimos que la navidad va a ser diferente.

Pero ¿quizá no tendríamos que preguntarnos seriamente ni no es que necesitamos hacer que la Navidad sea diferente? Nos obliga quizás a ir a lo esencial, pero hemos terminado por no saber qué es lo esencial de la navidad porque de tantas cosas la hemos llenado que la hemos desfigurado. El tener que despojarnos de muchas cosas que no son tan esenciales ¿no nos hará que nos encontremos de verdad con el niño recién nacido envuelto en pañales y recostado en un pesebre? Tendríamos que quizá apagar las luces que nos encandilan para encontrar la verdadera luz, porque con tantos guiños que recibimos de un lado y de otro no sabemos dónde está la luz verdadera.

Ojalá escuchemos muy bien el gran anuncio de esta noche y seamos capaces de disponernos como los pastores que se fueron derechos a Belén para encontrar aquello que los Ángeles les habían anunciado. Nuestra vida no se puede llenar de sombras cuando tenemos la luz verdadera que es Jesús.

Claro que tenemos que salirnos de muchos barullos para escuchar claramente el anuncio, tenemos que salirnos de algunas comodidades aunque digamos que estamos tan mal para ponernos en camino como hicieron aquellos pastores; eran pobres y estaban poco menos que al raso guardando sus rebaños en la fría noche, pero acurrucados unos con otros mantendrían algún tipo de calor, pero ahora tenían que levantarse y ponerse en camino aunque comenzaran a sentir con un poco más de fuerza el frío de la noche, pero aquel camino les llevaría a la luz verdadera y al que iba a ser fuego en sus corazones para encontrarse con la salvación.

Los pastores se convierten para nosotros en mensajeros y en estímulo para emprender el camino. Y nos encontraremos con el niño que es nuestro salvador en brazos de su madre María o recostado en un pesebre que le hacía de cuna. Es nuestra luz en medio de las tinieblas en que vivimos, es nuestra salvación que nos levanta de nuestros desencantos e incertidumbres, es el que va a dar sentido y valor a nuestra vida, es el que va a iluminar nuestro mundo con una nueva luz y una nueva esperanza.

Será así como hagamos verdadera navidad; será así como vamos a llegar a lo esencial; será así como vamos a sentir al Emmanuel, al Dios con nosotros, que camina con nosotros y nos enseña a hacer ese mundo nuevo. Una navidad nueva y distinta que hemos despojado de superficialidades para llegar a lo que es el verdadero sentido de la navidad.

Aunque estemos tristes por esas cosas que nos ensombrecen la vida va a surgir una nueva alegría de nuestro corazón porque nos llenamos de nueva luz, porque nos llenamos de Dios. El nacimiento de Jesús aunque sean muchas las sombras que tengamos en la vida nos llena de luz y de esperanza.

jueves, 24 de diciembre de 2020

Hoy sabréis que viene el Señor y mañana contemplareis su gloria

 


Hoy sabréis que viene el Señor y mañana contemplareis su gloria

‘Hoy sabréis que viene el Señor y mañana contemplareis su gloria’. Es una antífona que nos ofrece la liturgia de las horas en la mañana de este 24 de diciembre. Estamos en las vísperas de la Navidad, aunque ya en la tarde-noche comenzaremos las celebraciones del Nacimiento del Señor. Pero he querido recoger como inicio de esta reflexión esta antífona de la liturgia porque nos expresa bien los sentimientos de esperanza que anidan en nuestro corazón en la preparación del día grande de la navidad. Está cerca ya el día en que contemplaremos la gloria del Señor en el nacimiento de Jesús, tenemos la certeza de la esperanza y con ello nuestro espíritu se prepara.

Hoy sin embargo es un día en que por todos lados andamos ajetreados en los preparativos de las fiestas de la Navidad. Muchas veces no tenemos la calma de preparar lo que verdaderamente es importante, que nos preparemos nosotros. No es preparación de cosas, que es la fácil tendencia y tentación. En otros momentos de la vida de la Iglesia era un día de vigilia, un día que tenia también un cierto tinte penitencial de manera que obligaba incluso la abstinencia como preparación espiritual a este momento del nacimiento del Señor.

Hoy en nuestra sociedad se ha impuesto un estilo distinto y se ha llegado incluso a perder el verdadero sentido de la navidad. Felices fiestas dicen muchos evitando incluso la palabra navidad a la hora de felicitarnos, lo que viene diciéndonos como es a Jesús al menos que tenemos en cuenta a la hora de nuestra celebración. Recuerdo en una ocasión comentando con alguna familia que incluso se tenia a sí misma como muy religiosa y cristiana si ellos no iban a la Misa de Nochebuena, y me decían que como se iban a levantar de la mesa y de la fiesta cuando estaban allí todos reunidos para irse a la Iglesia a la celebración de la Misa del Gallo. Una navidad que se quedaba solamente en una fiesta y en un encuentro familiar por muy hermoso que sea y que había perdido todo su sentido religioso.

Este año, es cierto, las circunstancias sanitarias que vivimos con todas las restricciones que se nos han impuesto nos hacen vivirlo de una forma distinta y ya la celebración no la podemos tener en la hora habitual. Es cierto que también se van a ver limitados esos encuentros familiares y quizá pueda ser una oportunidad para detenerse a pensar un poco en lo que es el verdadero centro de nuestra fiesta navideña y ojalá seamos capaces de encontrar ese momento en ese grupo reducido de familia que va a reunirse para acudir al evangelio, para detenernos a leer el relato del nacimiento de Jesús, para hacer una verdadera oración de acción de gracias por el amor que Dios nos tiene que nos ha entregado a su Hijo cuyo nacimiento es lo que verdaderamente celebramos.

Me atrevo a ofreceros un himno de la liturgia que muchas veces se ha rezado en la Iglesia en estos días, y que nos sirva de oración en esta mañana víspera del nacimiento del Señor pidiendo que en verdad venga a nosotros, venga a nuestra vida, venga y llene de luz nuestro mundo. 

¡Cielos, lloved vuestra justicia!
¡Ábrete, tierra!
¡Haz germinar al Salvador!

 

Oh Señor, Pastor de la casa de Israel,
que conduces a tu pueblo,
ven a rescatarnos por el poder de tu brazo.
Ven pronto, Señor. ¡Ven, Salvador!

 

Oh Sabiduría, salida de la boca del Padre,
anunciada por profetas,
ven a enseñarnos el camino de la salvación.
Ven pronto, Señor. ¡Ven, Salvador!

 

Hijo de David, estandarte de los pueblos y los reyes,
a quien clama el mundo entero,
ven a libertarnos, Señor, no tardes ya.
Ven pronto, Señor. ¡Ven, Salvador!

 

Llave de David y Cetro de la casa de Israel,
tú que reinas sobre el mundo,
ven a libertar a los que en tinieblas te esperan.
Ven pronto, Señor. ¡Ven, Salvador!

 

Oh Sol naciente, esplendor de la luz eterna
y sol de justicia,
ven a iluminar a los que yacen en sombras de muerte.
Ven pronto, Señor. ¡Ven, Salvador!

 

Rey de las naciones y Piedra angular de la Iglesia,
tú que unes a los pueblos,
ven a libertar a los hombres que has creado.
Ven pronto, Señor. ¡Ven, Salvador!

 

Oh Emmanuel, nuestro rey, salvador de las naciones,
esperanza de los pueblos,
ven a libertarnos, Señor, no tardes ya.
Ven pronto, Señor. ¡Ven, Salvador!

 

miércoles, 23 de diciembre de 2020

La alegría del nacimiento de aquel niño en las montañas de Judea tiene que motivarnos a todos para llegar al nacimiento de Jesús llenos de la más confiada esperanza

 

La alegría del nacimiento de aquel niño en las montañas de Judea tiene que motivarnos a todos para llegar al nacimiento de Jesús llenos de la más confiada esperanza

Malaquías 3, 1-4. 23-24; Sal 24; Lucas 1, 57-66

El nacimiento de un niño siempre se ve rodeado de alegría y de expectativas. Es como un signo de esperanza que se levanta al surgir esa nueva vida y en el fondo todos nos preguntamos qué va a ser de aquel niño; su nacimiento viene rodeado de muchos sueños, llenos de imaginación quizá, pero que son deseos de un futuro bueno al que miramos con esperanza. Todos se alegran y se felicitan en su nacimiento, porque todos al contacto de esa nueva vida que en aquel niño está palpitando nos hace desear incluso lo que nosotros no hemos conseguido pero con la esperanza que esos mejores sueños se conviertan en realidad de vida para aquel ser que allí comienza a palpitar.

Es lo que nos está reflejando el evangelio de lo sucedido entonces en las montañas de Judea. Felicitan a la madre y todos mutuamente se felicitan. Las circunstancias especiales que acompañan el nacimiento de aquel niño de unos padres que parece que se les ha pasado la edad de engendrar, hace suscitar mayores esperanzas porque los que mantienen su actitud creyente están viendo la mano de Dios en el nacimiento de aquel niño.

En cierto modo lo miran como algo propio cuando todos se disputan cual ha de ser el nombre de aquel niño. Pero el nombre que va a llevar vendrá determinado por lo que se está ya manifestando que es la acción de Dios con su pueblo a través del nacimiento de aquel niño, por eso su nombre será Juan. Lo señala la madre, lo corrobora el padre a través de la escritura en una tablilla, pero es que está expresándose como Dios ama a su pueblo y está con él.

El nacimiento de Juan es algo verdaderamente importante porque llega la voz del mensajero que nos vendrá a señalar donde está la Palabra. Su misión será grande porque está llamado como había anunciado el profeta porque venia a convertir el corazón de los padres hacia los hijos y el corazón de los hijos hacia los padres, porque había de preparar para el Señor un pueblo bien dispuesto.

El será la voz que grita en el desierto para preparar los caminos del Señor, el mensajero que nos anuncia la inminente llegada del Salvador, por eso también con regocijo hemos de acoger al mensajero que llega porque es una forma de escucharle y es una forma de preparar en nuestros corazones los verdaderos caminos del Señor.

Necesitamos escuchar y acoger al mensajero. Es más necesitamos hoy un mensajero que nos anuncie una Buena Nueva cuando parece que todo fueran malas noticias. Necesitamos un mensajero que brille como una luz porque son muchas las tinieblas de muerte que nos están envolviendo en el hoy de nuestra vida.

Escuchemos las noticias y fijémonos bien en lo que nos están diciendo cada día; cada día parece que con mayor intensidad se nos anuncian números teñidos de luto y de muerte, nos hablan del crecimiento de la pandemia, nos hablan del número de muertos y pocas son las esperanzas que se suscitan en nuestros corazones incluso con las noticias buenas y que podrían ser esperanzadoras que en ocasiones se intentan transmitir. Aumenta el desasosiego en nuestros corazones, nos sentimos frustrados cuando no vemos mejoría y nuestros corazones se visten cada vez más de luto.

Por eso, como decíamos, necesitamos un mensajero que alumbre alguna nueva esperanza; no podemos seguir viviendo con nuestros espíritus turbados por la incertidumbre. Necesitamos que la Navidad sea en verdad para nosotros una luz de nueva esperanza, porque ahora más que nunca necesitamos un Salvador pero que no queremos recibir solamente de una forma ritual.

Nuestra navidad a pesar de todas las turbulencias tiene que estar llena de vida y de luz. Escuchemos al mensajero, predispongamos nuestro espíritu para algo nuevo y para algo bueno. El Señor puede realizar maravillas en nuestros corazones. Avivemos nuestra fe para que no decaiga la esperanza, encendamos ese fuego del amor que dé un calor nuevo y vivo a nuestra vida, alejémonos de todo lo que signifique frialdad de muerte. La alegría del nacimiento de aquel niño en las montañas de Judea tiene que motivarnos a todos para llegar al nacimiento de Jesús llenos de la más confiada esperanza.

‘¡Levantaos, alzad la cabeza, se acerca vuestra liberación!’

martes, 22 de diciembre de 2020

Tenemos que cantar ese cántico de acción de gracias y de liberación de María que a su vez es anuncio de algo nuevo que transformará todo para crear un mundo nuevo

 


Tenemos que cantar ese cántico de acción de gracias y de liberación de María que a su vez es anuncio de algo nuevo que transformará todo para crear un mundo nuevo

1Samuel 1,24-28; Sal.: 1Sam. 2,1.45.6-7.8abcd; Lucas 1,46-56

 ‘Es de bien nacidos ser agradecidos’ dice con toda sabiduría el refranero popular. Y aunque nos consideramos todos ‘bien nacidos’sin embargo en la vida muchas veces vamos creyendo que nos lo merecemos todo y es una palabra que nos cuesta decir, un sentimiento que nos cuesta expresar. Parece como si nos sintiéramos humillados porque hayamos necesito la ayuda de alguien, cuanto mayor es nuestra grandeza en la humildad de nuestra realidad de sentirnos necesitados de los demás. Sin embargo es una palabra que puede alegrar el corazón de aquella persona a la que se la decimos porque estamos reconociendo su generosidad, su altruismo, su solidaridad, su amor, en una palabra. Pero es una palabra que también nos haría grandes a nosotros cuando con sinceridad sale de nuestro corazón.

Hoy es el día del cántico, o mejor de los cánticos de la acción de gracias. Lo expresa aquella buena mujer, Ana, que un día llorando delante del sacerdote Heli había suplicado al Señor en su esterilidad el don de poder tener un hijo, y que ahora viene agradecida al Señor a cumplir sus votos, con la ofrenda del buey para el sacrificio, la harina para el pan de las ofrendas, pero sobre del hijo que Dios le dio y que quiere consagrar al Señor. El salmo precisamente que rezamos como salmo responsorial es el cántico de esta mujer al Señor en su acción de gracias y que inspirará el cántico de María.

Estamos aún en la visita de María a su prima Isabel allá en la montaña y donde ya desde el principio todo han sido alabanzas y bendiciones porque allí se palpaba la visita de Dios a su pueblo. No en vano Juan fue justificado ya en el seno materno con la visita y presencia de María, expresado en aquellos saltos de la criatura en el vientre de Isabel como ella misma reconoce.

Pero es ahora cuando aquellas mujeres, aunque el evangelio pareciera ponerlo solo en los labios de María, prorrumpen en un cántico de acción de gracias al Señor. Reconoce María - que se sigue sintiéndose pequeña por todas las maravillas que Dios hace en ella – el gozo que se desborda de su corazón cuando se siente la llena de gracia, la elegida del Señor que derrama abundantemente su misericordia sobre ella y sobre todo el pueblo. María sabe que lo que en ella sucede no es solo un don de Dios personal para ella a la que engrandece al hacerla su madre, sino que con ello la misericordia del Señor se está derramando sobre su pueblo cumpliéndose así las antiguas promesas.

María se siente bendecida por el Señor y sabe que así bendecirán su nombre todas las generaciones venideras, pero María proféticamente está vislumbrando toda la transformación que se realizará en la vida de los hombres en la medida en que van aceptando y viviendo el Reino de Dios anunciado por los profetas y al que dará cumplimiento Jesús. Será un mundo nuevo donde los que están llenos de orgullo serán humillados y despojados de los tronos y pedestales de grandeza donde se han subido para que sean los humildes los que son exaltados, los que se consideran los últimos y servidores todos los que van a ser los primeros, y donde los hambrientos no solo de pan sino de justicia y de amor se verán saciados.

Se ha dicho que este cántico de María es el cántico de la liberación y podemos contemplar que está en plena consonancia con las palabras que Jesús proclamará en la Sinagoga de Nazaret. Los oprimidos van a ver la libertad así como se abrirán los ojos de los ciegos, se soltará la lengua de los mudos, y los que hasta ahora se veían condicionados en sus movimientos podrán dirigir sus pasos por los caminos de la paz y de la solidaridad. María canta ese nuevo mundo que va a comenzar, da gracias al Señor que se fijó en su humildad y a ella la escogió para misión tan alta y se siente una agradecida colaboradora con Dios en la obra de la salvación. Ese había sido el sí de su vida allá en Nazaret, que no era el sí momentáneo de un momento de fervor sino que era el Sí de toda su vida que ella también había consagrado al Señor.

¿Seremos capaces nosotros de cantar este cántico de María en todo su sentido y profundidad? Mucho tenemos nosotros que dar gracias al Señor que también ha querido contar con nuestra pequeñez y es que en nuestras manos está el que sea el cántico de liberación que construye un mundo nuevo porque de la misma manera sentimos que se nos regala la misericordia del Señor pero al mismo tiempo nos sentimos impulsados a hacer presente de manera nueva en nuestro mundo esa misericordia del Señor que es para todos.

Cuánto necesitamos cantar a voz en cuello y desde lo más profundo de nosotros mismos este cántico que es anuncio de algo nuevo que va a surgir desde la transformación que en estas circunstancias nos está pidiendo el Señor.

lunes, 21 de diciembre de 2020

Hay visitas y hay encuentros que aunque solo duraran unos instantes valen toda una eternidad porque nuestra presencia puede ser la visita del Dios que nos ama

 


Hay visitas y hay encuentros que aunque solo duraran unos instantes valen toda una eternidad porque nuestra presencia puede ser la visita del Dios que nos ama

Cantar de los Cantares 2, 8-14; Sal 32; Lucas 1, 39-45

Hay visitas y hay encuentros que aunque solo duraran unos instantes valen toda una eternidad. Ir al encuentro del otro manifiesta el aprecio y la estima que sentimos por esa persona, porque nos interesamos por ella, porque con nuestra grata presencia queremos hacerla feliz, porque así le mostramos nuestro amor y nuestra preocupación, porque le vamos a ofrecer compañía y eso en todo momento se agradece, y no digamos cuando a quien vamos a visitar experimenta en sí las soledades de la vida o por algún motivo se siente aislada de los demás, aunque nos lo hayamos buscado por nosotros mismos.

Es como si Dios hubiera llegado a mi casa, habremos escuchado exclamar en alguna ocasión mostrando así la gratitud por una visita recibida, por un momento de compañía en su soledad, o simplemente por los ánimos que recibió con aquella presencia junto a sí. Nos visitamos habitualmente los amigos y los que nos apreciamos, los vecinos que sienten cercanía o aquellos con quienes se tienen algunos lazos que los unen, pero cuando sabemos salir de ese círculo que se nos puede convertir en cerrado y mostramos ese interés y preocupación por los otros, la alegría y el agradecimiento se desborda.

Hoy el evangelio nos habla de una visita y de un encuentro, que como podemos apreciar perfectamente en el texto evangélico se trasciende más allá de aquellas personas que se encontraron y se convirtió en la visita de Dios para aquel hogar de la montaña. ¿Qué podía esperar Isabel que su prima María que vivía en la lejana Galilea pudiera tener noticia de las maravillas que en ella se estaban realizando como para venir a visitarla tras largas jornadas de camino?

Humanamente hablando no nos sorprende la alegría de Isabel al recibir a su prima allá en su casa de la montaña. Pero el Espíritu del Señor andaba revoloteando por aquellos parajes y en alma de aquellos protagonistas del acontecimiento. Es por lo que Isabel sin que nadie en lo humano se lo hubiera comunicado porque además era secreto bien guardado de María, reconoce en María la visita de la Madre de su Señor. ‘¿De donde a mi que venga a visitarme la madre de mi Señor?’. El misterio se va desvelando y aquel encuentro se convirtió en la visita de Dios para aquella familia de la montaña. ‘En cuanto tu saludo llegó a mis oídos saltó de alegría la criatura en mi vientre’, reconocerá Isabel.

Creo que de María hoy tenemos que aprender a ser visita de Dios para los demás. Pensemos si queremos primero solamente en el aspecto humano, como de alguna manera resaltamos como comienzo de esta reflexión. Todo lo que nosotros podemos trasmitir a los demás simplemente sabiendo acercarnos a la persona. ¿No habremos escuchado como se musita esa palabra gracias cuando hemos sabido llegar a una casa, a unas personas simplemente quizá por nuestra presencia?

Podríamos decir que hoy estamos en unos momentos en que queremos y buscamos la forma de comunicarnos con los demás, a través de tantos medios como se nos ofrecen. Pero cuidado que esa búsqueda de amigos como hacemos hoy con las redes sociales por todo el mundo, sea una huida de ese acercamiento humano que tendríamos que hacer con los que están más cerca de nosotros. Es un peligro, es una tentación que podemos tener, aunque ya sé que se establecen relaciones hermosas a través de estos medios y es bueno ese intercambio con gente de otras culturas y de otros lugares.

Tratemos de fijarnos, sin embargo, en esas personas que están cercanas a nosotros físicamente pero muchas veces muy lejanas anímicamente, que viven a nuestro lado y no conocemos, que tienen problemas y nosotros los ignoramos, que viven en terrible soledad aunque estén rodeados de muchos en su entorno geográfico. Como María, fijémonos donde está la necesidad, la soledad, el problema, incluso la discriminación y busquemos la manera de ir al encuentro. Pensemos cómo podemos ser la visita de Dios para esas personas, porque de alguna manera les recuerda que Dios les ama cuando hace llegar a su lado a personas que se puedan interesar por ellas.

Aunque sean tiempos de distanciamiento social a causa de la pandemia que sufrimos para evitar los contagios, sin embargo tienen que ser tiempos de acercamiento social que medios tenemos hoy para poderlo realizar aunque no haya esa presencia física. Tanto medios de comunicarnos, tantas redes que se pueden establecer para llegar a esas personas tan cercanas, pero tan distantes tantas veces. Si hay amor de verdad en el corazón caminos encontraremos como lo hizo María con Isabel.

 

domingo, 20 de diciembre de 2020

De María aprendemos a discernir y descubrir cuales son los planes de Dios para nosotros y el mundo hoy en una nueva navidad y humanidad que tiene que brotar

 


De María aprendemos a discernir y descubrir cuales son los planes de Dios para nosotros y el mundo hoy en una nueva navidad y humanidad que  tiene que brotar

2Samuel 7,1-5.8b-12.14a.16; Sal 88; Romanos 16, 25-27;  Lucas 1, 26-38

Es parte de la vida de todo ser humano. ¿Seremos soñadores? ¿O es que hay una inquietud en el ser del hombre por el que no se siente satisfecho con lo que tiene y quiere algo más o quiere algo mejor? Continuamente en nuestra vitalidad queremos las cosas mejor y de otra manera y nos hacemos proyectos, buscamos cómo hacer, qué hacer, cómo mejorar, mejores metas, otras cosas distintas. Dice que aquel que no tiene iniciativas y se queda pasivamente en lo que tiene y lo de siempre está como muerto. Parte de esa vitalidad la expresamos en los proyectos que nos vamos haciendo en la vida.

Pero voy a decir una cosa que parece que rompe todo el razonamiento que he venido haciendo hasta ahora. El que verdaderamente tiene proyectos para nosotros es Dios. El es quien realmente tiene un proyecto para cada uno de nosotros, como para toda la humanidad. Es lo que el creyente sabe reconocer, sabe descubrir. Es, podríamos decir, la base de nuestra condición de creyentes, el dejar meter a Dios en nuestra vida o darnos cuenta de que nuestra vida a la larga es un proyecto de Dios, un proyecto de amor de Dios para cada uno de nosotros.

Todos aquellos proyectos humanos, que mencionábamos, hijos de nuestra vitalidad son como las ramificaciones del proyecto de Dios en nuestra vida. Por eso el verdadero creyente confronta su pensamiento y su deseo con el deseo de Dios, con el proyecto de Dios y sabe en un momento determinado descubrir cuando parece que todos sus proyectos humanos se vienen abajo que detrás como motor de todo está ese proyecto de Dios. Un proyecto de Dios, hay que decir, que no nos anula, sino todo lo contrario, nos engrandece porque nos hará caminar caminos de mayor plenitud. Difícil descubrirlo a veces, difícil en ocasiones de aceptar porque parece que trastoca nuestros planes pero cuando nos dejamos llenar por el Espíritu de Dios nos daremos cuenta de ese camino de plenitud por donde realmente nos conduce.

Me atrevo a decir que es lo que hoy nos quiere trasmitir la Palabra de Dios en este cuarto domingo de Adviento. Será, como nos dice la primera lectura, el proyecto de David de construir un pueblo grande, porque además siente que es lo que le ha confiado el Señor. Ha logrado estar por encima de todos sus enemigos, ha llevado a su pueblo a la paz, está construyendo una Jerusalén grande, y ahora quiere construir un templo para el Señor. Parece justo que así lo hiciera porque además en el concepto de su tiempo los templos esplendorosos construidos para Dios manifestaban de alguna manera la grandeza de los pueblos.

Pero Dios no le permite construir ese templo, sino que le dice que es El quien le va a construir una casa para él. Dios le va a dar una hermosa dinastía y hará que su trono dure para siempre. La palabra casa y dinastía o linaje tienen en el lenguaje hebreo una fuerte consonancia (bayit en hebreo) que es casi como si significaran lo mismo y es lo que como en un juego de palabras el profeta le anuncia a David de parte de Dios.

Es lo que contemplamos también en el evangelio en este cuarto domingo de Adviento. Lo conocemos como el evangelio de la Anunciación que tantas veces hemos escuchado y meditado. El Ángel del Señor que viene de parte de Dios a ofrecerle a María el proyecto de amor de Dios, que no solo es para ella sino que va a ser para toda la humanidad. Un diálogo de fe y de amor. El ángel la saluda como la llena de gracia y María en su humildad que se turba ante estas palabras del ángel que le dice que ha hallado gracia ante Dios para que colabore en el proyecto de Dios para la salvación de toda la humanidad.

María vivía su vida pobre y sencilla en aquel pequeño pueblo de Galilea de nombre hasta entonces desconocido; está desposada con José aunque aún no se han celebrado las bodas; podríamos decir que tenía su proyecto de vida como cualquier mujer sencilla y humilde de cualquier pueblo de Galilea. Y ahora se trastocan todos sus planes y proyectos, que por muy sencillos que fueran, eran sus planes y proyectos. Dios espera de ella algo más. Y María es la mujer creyente que se abre al misterio y al designio de Dios. Cosas incluso incomprensibles para ella pero que ella sabe aceptar porque acepta la Palabra de Dios que se le está trasmitiendo.

Si ella vivía como mujer creyente poniendo toda su confianza en Dios que mueve los hilos de la vida y de la historia, ahora en esa actitud creyente le toca dar un paso más y está dispuesta a todo porque se siente la humilde esclava del Señor. María se deja hacer por Dios. Y el proyecto de amor de Dios se lleva a término encarnándose el Hijo de Dios en sus entrañas, de manera que el hijo de María será el Hijo del Altísimo, y el pequeña aldeano de Nazaret que nacerá será el heredero del trono de David su padre, cuyo reino no tiene fin.

Grande es la lección de María cuando estamos ya a las vísperas de la Navidad. Una lección de María que tenemos que aprender para el conjunto de nuestra vida cuando también en los caminos de la historia, y de nuestra historia reciente, muchas veces vemos como se nos vienen abajo nuestros proyectos, nuestros deseos, aquellas cosas por las que aspirábamos y que vemos que ahora no nos valen porque son muchas las cosas que han cambiado. Es la situación que vivimos en estos momentos y que tantas incertidumbres producen en nuestro corazón, pero donde tenemos que saber despertar muchas esperanzas de que algo nuevo vaya a surgir de todo lo que vivimos.

Detrás de todo lo que nos sucede como creyentes que somos tenemos que saber descubrir el designio de Dios. ¿Qué es lo nuevo que tiene que surgir para la humanidad de todo esto? Cuando sembramos la semilla para que germine y haga surgir una nueva planta su germinación es casi como un pudrirse, destruirse a sí misma la semilla para que brote ese nuevo vástago. ¿Será algo así lo que estamos viviendo? ¿Cómo será ese nuevo vástago lleno de nueva vida que tiene que surgir en nuestro mundo? Es lo que nos toca discernir, para discernir y descubrir cuales son los planes de Dios para nosotros y el mundo hoy. Una nueva navidad tiene que brotar.

sábado, 19 de diciembre de 2020

Pongamos nosotros nuestro amor y ayudemos con ello a recuperar su dignidad a tantos que en la vida no se sienten amados significándoles también que Dios les ama

 


Pongamos nosotros nuestro amor y ayudemos con ello a recuperar su dignidad a tantos que en la vida no se sienten amados significándoles también que Dios les ama

Jueces 13, 2-7. 24-25ª; Sal 70; Lucas 1, 5-25

La presencia de Dios en la vida del hombre lo dignifica y lo engrandece. Dios no quiere nunca anular la vida del hombre, su grandeza y su dignidad sino todo lo contrario. La liberación que significa sentirnos amados de Dios nos engrandece, como nos sentimos agraciados y engrandecidos cuando en la vida nos sentimos amados.

Sentirte amado es sentirte valorado; sentirte amado es sentir que se te tiene en cuenta; sentirte amado es saber que tú no eres indiferente para aquel que te ama; sentirte amado te hace sentirte con una fuerza interior porque ya no eres un cualquiera, un ser anónimo, sino que tienes un nombre – con lo que eso significa – para aquella persona que te ama. Cuantos contemplamos en la vida que su mayor desgracia es sentir o apreciar que nadie les ama, que nadie les tiene en cuenta, que son ignorados y en consecuencia con el desprecio más terrible porque se sienten que no son nadie para nadie.

‘No temas, le dice el ángel a Zacarías, tu oración ha sido escuchada’. Se abrieron los cielos para aquel anciano; eso era suficiente para quedarse mudo sin saber que pronunciar ni decir, porque hasta entonces tenía quizá la sensación, a pesar de ser un hombre de fe, de que Dios no le tenía en cuenta, porque Dios no escuchaba sus súplicas. Ahora ya puede saltar de alegría porque sabe que Dios le ha tenido en cuenta, su oración ha sido escuchada. Quizás ya hasta no le importe que no consiga lo que tanto ha pedido, porque se le ha ido el tiempo, él es anciano y su mujer también además de ser ella estéril. Por eso quizá la respuesta al ángel, que no era rechazar el designio de Dios sino humildemente reconocer ya su capacidad humana para ser padre.

Pero el ángel viene a decirle que Dios ha escuchado su oración y las maravillas de Dios se van a realizar, porque aquel hijo que va a nacer tiene una misión, una misión muy importante en la historia de Israel, en la historia de la salvación. Va a ser el que viene a preparar los caminos del Señor, como habían anunciado los profetas. Va a ser el que irá delante del Señor con el poder y el espíritu de Elías preparando un pueblo bien dispuesto. Va a ser el que estará lleno del Espíritu de Dios ya desde el seno materno, porque será un consagrado del Señor. Cómo va a saltar la criatura en el seno de su madre aún con la visita de María, que es también la visita del Salvador, la visita de Dios para aquel hogar de la montaña.

Se quedará mudo Zacarías - ¿y quien no se queda mudo cuando recibe tan excelentes noticias? – aunque le servirá para una purificación mayor de su fe para poder cantar mejor luego las alabanzas del Señor. Es cierto que hubo duda en su corazón cuando el ángel le comunica tan maravillosa buena nueva, porque se cree indigno, para pensando humanamente parecía imposible lo que el ángel le anunciaba, porque no terminaba de percibir lo que eran las maravillas del Señor para quien nada hay imposible.

Pero ahora Zacarías podría volver con la cabeza alta a su casa de la montaña, pero con la mayor de las alegrías en el corazón porque Dios le había tenido en cuenta, porque de alguna manera Dios le había escogido a él también para una colaboración en la obra de la salvación con el nacimiento de su hijo, el mayor de los nacidos de mujer como un día dijera Jesús de él. A Isabel se le borró todo el oprobio que sentía en su corazón en su imposibilidad de ser madre y ahora toda su dignidad de mujer y de persona estaba recobrada. Son las acciones del Señor, son las maravillas del Señor que siempre nos engrandecen.

¿Nos hará también pensar todo esto cómo podemos nosotros dignificar a tantos con nuestro amor? A nuestro lado pasan muchos que sienten el oprobio de que no son amados; pensemos en cuanta discriminación sigue habiendo en el mundo en que vivimos; pongamos nosotros nuestro amor y ayudemos con ello a recuperar su dignidad a tantos que en la vida no se sienten amados. Con nuestro amor también les estaremos diciendo que cuentan para Dios y que son amados de Dios.

viernes, 18 de diciembre de 2020

Al creyente no le importa pasar una vida oculta y en un aparente silencio porque sabe que con cuanto haga y viva está realizando el plan de Dios de salvación para los demás

 


Al creyente no le importa pasar una vida oculta y en un aparente silencio porque sabe que con cuanto haga y viva está realizando el plan de Dios de salvación para los demás

Jeremías 23, 5-8; Sal 71; Mateo 1, 18-24

Hay personas que pasan desapercibidas en la vida, que nunca se mencionan y que da la impresión que no hubieran existido si la historia la construimos o la narramos de la prestancia de las personas y de la relevancia que se dan. Sin embargo aunque en su humildad han pasado desapercibidas han ocupado un lugar muy importante y hasta diríamos sobresaliente en la vida. No vendieron quizá su imagen, pero su obra callada quedó y solo los que saben ser observadores podrán descubrir su relevancia.

Hoy la palabra de Dios dirige nuestra mirada a quien quiso pasar así desapercibido por la vida pero que jugó un papel importante en nuestra historia de la salvación. Me refiero a José el esposo de María. En contadas ocasiones se nos menciona en el evangelio y siempre parece que tiene un papel muy secundario. La imagen que en la tradición nos hemos hecho de él, un anciano venerable, lo hace pasar más desapercibido. ¿Por qué razón tenemos que imaginarlo siempre como un anciano venerable cuando en lo poco que se menciona de él se dice que era un artesano de Nazaret? Jesús era el hijo del artesano, así nos aparece en el evangelio, y no podemos pensar entonces en un hombre tan mayor como que lo veamos como anciano. Quizás la humildad con la que pasa tan calladamente por el evangelio nos lo haga figurar así.

Pero por lo que escuchamos hoy en el evangelio de Mateo podemos encontrar en él una persona muy madura humanamente hablando y una persona de una grande fe. Era el esposo de Maria, así nos lo menciona el evangelio aunque en las costumbres propias de la época parece que aun no se hubieran celebrado las bodas porque aún María no convivía en el mismo hogar de José. ‘No conozco varón’, le había dicho María al ángel de la anunciación.

En aquellos misterios de Dios para ofrecernos al Emmanuel por obra del Espíritu Santo María esperaba ya un hijo. Y eso tenía que haber sido algo de gran tormento en el corazón de José, de manera que en secreto para no hacer daño a nadie está decidido a repudiarla. El tormento de su corazón pero la madurez de su vida le hace llevar aquel sufrimiento en silencio, esperando quizá que el Señor le manifieste su voluntad.

Aún no conoce José los designios de Dios. El ángel del Señor se le manifestará en sueños para revelarle todo el misterio de Dios que en María se está realizando. Y José también pone su vida en las manos de Dios. Si María respondió al ángel diciendo que allí estaba la esclava del Señor y se cumpliera en ella según su palabra, José en silencio dice sí a Dios y se llevó a María, su mujer a su hogar. Es el hombre creyente que rumia en silencio todo el misterio de Dios que se le revela y responde a Dios con la obediencia de la fe.

Nos centramos hoy en este episodio que es el que nos ofrece el evangelio en esta ocasión, aunque siguiendo el camino de José veremos cómo tendrá que enfrentarse a momentos difíciles y dolorosos pero siempre con la madurez del creyente que busca lo que es en todo la voluntad de Dios. El camino hasta Belén para el empadronamiento, el nacimiento de su hijo en un establo, la persecución de Herodes y la huida casi como un exiliado a Egipto, etc., son momentos en que como en silencio y de forma madura se va enfrentando a esas diversas situaciones queriendo caminar descubriendo siempre lo que son los designios de Dios. Así, en silencio, ocupa un lugar muy importante en la historia de nuestra salvación.

Preguntas podrían surgir muchas en nuestro corazón desde la contemplación del silencio, de la madurez y de la fe de José. ¿Cómo reaccionamos nosotros ante las dificultades de la vida? nos decimos creyentes, pero ¿sabemos hacer una lectura creyente de cuanto nos sucede para en ello descubrir lo que son los designios de Dios para nuestra vida? porque ser creyente no significa que tengamos que someternos a un destino fatídico al que no encontramos sentido, pero ante el que tenemos que aguantarnos de la forma que sea.

El creyente se pregunta y le pregunta a Dios, el creyente siente inquietud en su corazón y muchas veces también tiene que sufrir mientras no encuentra un sentido y un valor a lo que le sucede, el creyente no simplemente cierra los ojos para dejarse llevar por algo irremediable, sino que saber abrir bien los oídos y los ojos de su corazón para descubrir su lugar, pero para descubrir en el lugar de Dios en cuanto nos sucede, para descubrir el designio de Dios. Al creyente no le importa pasar una vida oculta y en un aparente silencio, como fue el de José, porque sabe que también con cuanto haga y viva está realizando ese plan de Dios de salvación para los demás.

jueves, 17 de diciembre de 2020

El mundo sigue esperando salvación; nosotros tenemos algo que ofrecer, mejor a Alguien que en verdad es la salvación para la humanidad también hoy

 


El mundo sigue esperando salvación; nosotros tenemos algo que ofrecer, mejor a Alguien que en verdad es la salvación para la humanidad también hoy

Génesis 49, 1-2. 8-10; Sal 71; Mateo 1, 1-17

‘Y Jacob engendró a José, el esposo de María, de la cual nació Jesús, llamado Cristo’. Alguien podría decir que si estamos empezando la casa por el tejado. Si estamos en Adviento e iniciando esta última semana que tiene unas características especiales como preparación inmediata para la celebración de la Navidad el que ahora aparezca este versículo haciendo referencia al nacimiento de Jesús pudiera parecer como un contrasentido.

Pero no lo es. Es la meta hacia la que vamos. Y bien que necesitamos recordarlo y más en este mundo en que vivimos en que ya ni siquiera algunos quieren mencionar la palabra Navidad contentándose con aquello tan genérico de ‘felices fiestas’. Ya sabemos como estamos terminando en esta sociedad nuestra tan especial en una navidad sin Jesús y si podemos evitar esas palabras, las evitamos.  Alguien me hacía referencia estos días en que ya incluso las iluminaciones ‘navideñas’ de nuestras calles y plazas en la Navidad poco tienen que ver con el sentido de la navidad; muchas veces unas luces y cuantas más mejor para quedar por encima de otros lugares, pero apenas sin referencia a lo que en realidad celebramos.

El versículo que hemos citado al comienzo de esta reflexión viene a ser como el broche final de la genealogía de Jesús que nos propone el evangelista al iniciar el evangelio, la buena nueva de Jesús. ‘Origen (genealogía) de Jesús, hijo de David, hijo de Abraham’, nos dice en su primer versículo. Jesús tiene una historia, pertenece a un pueblo y a una familia, tiene su origen en una raza y en la historia de ese pueblo. Eso nos viene a enseñar la genealogía. Por eso nos dice hijo de David – de la tribu de Judá lo que viene a ser cumplimiento de la bendición y promesa profética de Jacob – e hijo de Abraham para señalar su pertenencia al pueblo de la Alianza que tiene su origen en el patriarca Abraham.

Ya a lo largo del Evangelio en los diferentes evangelistas se nos darán otras connotaciones históricas para situarnos a Jesús en un tiempo concreto de la historia. No es un mito ni una invención, es un personaje de la historia pero que la trasciende, porque ese hijo de David y de Abraham es el Hijo de Dios que ha venido a encarnarse, a hacerse hombre y será en un momento y en una familia concreta, como nos señala a ‘José, el hijo de Jacob y el esposo de María de la cual nació Jesús, llamado Cristo’.

Y ahora, en nuestra historia concreta, en las circunstancias concretas en las que vivimos en el momento presente nosotros vamos a celebrar el nacimiento de Jesús. Algo que no podemos olvidar; algo, por supuesto, que no podemos disimular ni ocultar. Por eso en este momento presente nosotros queremos hacer presente a Jesús. Si en aquel momento histórico en que nació Jesús en Belén fue un rayo de luz que llenó de esperanza la humanidad, hoy necesitamos también ese rayo de luz, porque necesitamos resucitar la esperanza de la humanidad. Otros años quizás nos habíamos sentido como aturdidos por tanto jolgorio y tantas celebraciones externas, este año tenemos el peligro y tentación de dejarnos aturdir por la situación que vivimos y todo lo llenemos de la oscuridad de la desesperanza.

El mundo sigue esperando salvación; nosotros tenemos algo que ofrecer, más que algo tendríamos que decir, a Alguien que en verdad es la salvación para la humanidad también hoy. El Evangelio de Jesús sigue teniendo mucho que decir al mundo en el que vivimos aunque algunas veces se nos oculte o incluso lo disimulemos. Esa Buena Noticia que es Jesús sigue siendo Buena Noticia hoy y tenemos que proclamarla.

Las mismas circunstancias que vivimos nos pueden hacer recapacitar para darnos cuenta de que son muchas las cosas que tienen que cambiar en nuestro estilo de vida y en nuestro mundo. Es la renovación que nos trae Jesús. Tenemos que dejarnos iluminar por su luz; tenemos que abrir los oídos de nuestro corazón para escucharle; tenemos que abrir todos los sentidos de nuestra vida para que se haga presente en nosotros y a través de nosotros llegue también a iluminar a nuestro mundo.

Miremos cómo lo vamos a hacer; dejémonos inspirar y conducir por su Espíritu que allá en lo  hondo de nosotros nos irá dando pautas y señalando caminos. Pero Jesús es nuestra única salvación.

miércoles, 16 de diciembre de 2020

La pregunta del bautista es revulsiva para nosotros para ver las señales por las que se nos reconoce como discípulos de Jesús en la celebración de la próxima navidad

 


La pregunta del bautista es revulsiva para nosotros para ver las señales por las que se nos reconoce como discípulos de Jesús en la celebración de la próxima navidad

Isaías 45, 6b-8. 18. 21b-25; Sal 84; Lucas 7, 19-23

Juan bautista había comenzado su predicación en el desierto, a orillas del Jordán invitando a la gente a la penitencia y a la conversión porque llegaba el que había de venir. Sorprende a todos su figura austera y penitencial, vestido con una piel de camello se alimentaba de saltamontes y de miel silvestre. Pero junto a su figura hierática estaban sus palabras que algunas ocasiones se volvían duras, porque ya la hoz estaba pronta para la ciega o el hacha cerca del tronco del árbol que si no daba fruto habría que cortar. Bautizaba a la gente en señal de penitencia pero anunciaba que el que había de venir bautizaría con Espíritu Santo y fuego.

Es testigo Juan y de ello da testimonio de lo sucedido con Jesús en un bautismo general en el que había aparecido para someterse también a ese bautismo. Y había visto descender sobre El el Espíritu del Señor en forma de paloma y había sentido y escuchado lo que Dios le revelaba en su corazón. Por eso a sus discípulos señala a Jesús que pasa como el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo. Algunos de sus discípulos se van tras Jesús al escuchar las palabras de Juan y con Jesús se quedan porque han encontrado al Mesías como pronto comenzarán a proclamar y difundir.

Cuando los enviados de Jerusalén le preguntan dice claramente que no es el Profeta ni es el Mesías, que solo es la voz que grita en el desierto para preparar los caminos del Señor, pero que en medio de ellos está uno que no conocen que los bautizará con Espíritu Santo. Es la respuesta que llevarán a Jerusalén aquellos enviados, que quizás poco les valdrá para decir lo que sucede en el desierto en la orilla del Jordán.

Ahora que está en la cárcel, tiempo de duro silencio para meditar, para reflexionar, para orar, quizá le vengan dudas de si realmente ha cumplido con su misión. Todos cuando nos encontramos en situaciones así nos damos a pensar y a repasar nuestras vidas viendo quizá carencias como también aciertos, pero no termina de entender la obra que Jesús está realizando acosado quizá por las noticias que le traen los discípulos que aun le quedan. Por eso es ahora él quien envía una embajada pero la envía hasta Jesús. ‘¿Eres Tú el que ha de venir o tenemos que esperar a otro?’ como preguntando ¿eres tú en verdad el Mesías?

Jesús no les responde con palabras sino con las obras que realiza. ‘Id y contar a Juan lo que habéis visto y oído… los ciegos ven, los cojos comienzan a caminar, a los pobres se les anuncia la Buena Noticia’. Con esto será suficiente para que Juan entienda y comprenda y no se sienta defraudado. Parece como que al evangelista le gusta aquel pasaje de Isaías – ayer lo escuchábamos – y que fue proclamado en la Sinagoga de Nazaret. Jesús en verdad era el que venia lleno del Espíritu de Dios, porque es el Hijo  de Dios y las señales están en las obras que realiza, la curación de los enfermos, la vista de los ciegos, los leprosos que ven limpia su piel, los que eran considerados impuros que se ven limpios de su impureza, el nuevo caminar de los paralíticos, la alegría que sienten los pobres cuando escuchan la Buena Noticia de la Salvación, el año de gracia del Señor.

Claro que esta pregunta del Bautista se vuelve revulsiva para nosotros. Es una pregunta que nos interroga, que nos interpela fuertemente. Si aquellas eran las señales por las que se conocía que Jesús era el Mesías, cuáles son las señales por las que se reconoce que nosotros somos sus discípulos y seguidores, llevamos a toda honra el nombre de cristianos. ¿Se notará en nuestra vida que nosotros damos las mismas señales de Jesús porque estamos dando las señales del amor?

Creo que es algo que tiene que interpelarnos de verdad cuando estamos haciendo este camino de Adviento y ya nos faltan pocos días para la fiesta del nacimiento de Jesús. A un extraño a nuestra fe que llegara ahora a nuestras casas y a nuestra vida, contemplara lo que hacemos, lo que son los preparativos que nosotros estamos haciendo para la navidad, ¿qué es lo que verá? Quizás hasta este año nos encuentre tristes porque no podemos hacer las fiestas que hacíamos otros años, nos encuentre desconcertados porque decimos que nuestra celebración de navidad este año no será la celebración que nosotros ansiamos porque no nos podemos reunir, porque no podemos hacer nuestras comidas, porque nuestras fiestas se ven reducidas a la mínima expresión. ¿No se preguntará qué navidad es la que nosotros celebramos?

¿En qué hemos puesto la navidad? ¿Cuáles son las señales de verdad que damos de nuestra fe en Jesús y de que ciertamente le seguimos? ¿Se estarán viendo unas señales como aquellos signos que Jesús realizó cuando vino la embajada de Juan? ¿No podría ser una oportunidad este cambio forzado que tenemos que realizar para que busquemos esos verdaderos signos que tendríamos que dar?

Una cosa, sin embargo me temo y no quisiera que sucediera, y es que estas reflexiones sean un grito en el desierto pero que nadie quiere escuchar.

martes, 15 de diciembre de 2020

Tenemos que aprender a discernir lo que a través de los acontecimientos que vivimos nos está pidiendo el Señor en orden a un estilo nuevo de vivir

 


Tenemos que aprender a discernir lo que a través de los acontecimientos que vivimos nos está pidiendo el Señor en orden a un estilo nuevo de vivir

Sofonías 3,1-2.9-13; Sal 33; Mateo 21,28-32

A ver en qué parte realmente estamos nosotros. Porque ya sabemos, algunos mucho hablar y hablar y luego no hacen nada; otros calladamente, casi sin dejarse notar van haciendo sus cosas buenas, van sembrando la buena semilla, son los que buscan la paz, los que se preocupan en silencio de los demás. Ya sabemos cómo andamos en la vida, las apariencias, las fantasías, las vanidades, pero luego lo que encontramos es un vacío porque a la hora de la verdad falta compromiso, falta seriedad.

Cuanto somos capaces de hablar y de decir en nuestras tertulias o charlas de amigos, pero a la hora del compromiso todo el mundo se echa para detrás. Pero quizás no le hemos quitado el sambenito a alguien por algo en lo que se equivocó en alguna ocasión – errores y debilidades tenemos todos en la vida, tenemos que reconocerlo – pero fue el único capaz de arremangarse para echar una mano, para hacer por los demás, para resolver aquel problema. Y es que esa es otra cosa que nos sale fácilmente, los prejuicios; porque un día alguien cometió un error, ya lo tenemos condenado de por vida, no somos capaces de admitir que se haya arrepentido y cambiado de vida.

Es lo que nos quiere expresar hoy Jesús en el evangelio con esta pequeña parábola de los dos hijos. Aquel que obsequiosamente cuando el padre le pidió que fuera a la viña a trabajar inmediatamente dijo que sí, pero que pronto lo olvidó y se fue a otras cosas; mientras que aquel que rebelde en principio se había negado, recapacitó y fue a trabajar a la viña de su padre.

Nos está haciendo reconocer Jesús esa forma nuestra de actuar, como veníamos comentando. Les recuerda cómo había venido Juan allá en el desierto y no le habían hecho caso, pero fueron los pecadores, los publicanos y las prostitutas, aquellos que eran malditos de todo el mundo, los únicos que escucharon a Juan y se arrepintieron. Como les dice Jesús, les cogieron la delantera en el Reino de Dios.

¿Nos estarán cogiendo también la delantera a nosotros? Cuidado no vayamos de vanidosos por la vida colgándonos las medallas de que somos cristianos de toda la vida pero realmente nuestra vida deje mucho que desear. Algunas veces nos encontramos con esas personas prepotentes, que todo se lo saben y que se dicen las más religiosas del mundo, pero a los que todo se les queda en apariencia y vanidad.

Seamos como aquella pobre viuda del evangelio que en silencio puso su moneda; seamos como la mujer pecadora que lloremos nuestros pecados a los pies de Jesús pero poniendo mucho amor para sentirnos en verdad perdonados por el Señor; seamos como aquel publicano, ya sea Zaqueo, el de la higuera, o sea Leví el que estaba detrás del mostrador de los impuestos, los que nos apresuremos a seguir a Jesús y participar de su banquete de vida que realmente es El quien nos lo ofrece.

El profeta que hoy hemos escuchado nos ha hablado como Dios siempre está dispuesto a acogernos y a ofrecernos su perdón. Con su voz profética ha recordado las infidelidades del pueblo de Israel que no siempre fue fiel a la Alianza, pero que llama y busca a su pueblo una y otra vez y le ofrece la misericordia y el perdón para que restaure de verdad su vida y su fidelidad. ‘Entonces purificaré los labios de los pueblos para que invoquen todos ellos el nombre del Señor y todos lo sirvan a una… pues te arrancaré tu orgullosa arrogancia, y dejarás de engreírte en mi santa montaña. Dejaré en ti un resto, un pueblo humilde y pobre que buscará refugio en el nombre del Señor’.

Algunas veces quizás tengan que sucedernos cosas que nos abajen de nuestras arrogancias y vanidades, pero han de ser cosas que nos hagan pensar y reflexionar, que nos hagan ver con claridad donde está la luz. Estos mismos momentos que vivimos, tan duros y tan difíciles, estos momentos que nos obligan a aislarnos quizás o a tener que dejar a un lado costumbres ancestrales que parecía que lo eran todo para nuestra vida – pensemos a todo lo que tendremos que renunciar en la cercana navidad dada la situación en que vivimos – son una llamada, un toque de atención, un arrancarnos de vanidades y orgullos que nos hacían sentirnos quizás en la cumbre de la montaña, pero que pueden abrirnos a algo nuevo y a algo mejor para nuestra vida. Tenemos que discernir qué nos quiere decir el Señor.

lunes, 14 de diciembre de 2020

Nuestra verdadera autoridad tenemos que mostrarla desde la autenticidad de las obras del amor que realicemos fundamentados en la fe que tenemos en Jesús

 


Nuestra verdadera autoridad tenemos que mostrarla desde la autenticidad de las obras del amor que realicemos fundamentados en la fe que tenemos en Jesús

Números 24, 2-7. 15-17ª; Sal 24; Mateo 21, 23-27

¿Quién eres tú para hablarme así? ¿Quién eres tú para decirme eso? ¿Quién te crees que eres? Reacciones así habremos escuchado más de una vez, o tal vez hasta nos lo han echado en cara cuando quizá quisimos intermediar y poner paz entre dos que se consideraban enemigos irreconciliables, cuando alguien con inquietud dentro de su corazón saltó porque aquella injusticia no la podía soportar o aquel mal trato que le estuvieran dando a una persona determinada.

Muchos ejemplos podríamos poner. Muchas frases que quieren desautorizar, muchas actitudes o posturas que quieren hacer lo que les da la gana y no soportan que alguien quiera pararles los pies y poner un poco de orden. Siempre ha sucedido; se quita autoridad o se desprestigia al que actúa con autoridad, en el fondo no se quiere aceptar la propia metedura de pata y buscamos subterfugios sea como sea para que no haya nadie que quiere poner orden.

Así hacían con Jesús o trataban de hacer con Jesús. Las autoridades judías en cierto modo se sienten interpeladas por lo que Jesús enseña al pueblo y no lo pueden soportar. Por eso quieren quitar autoridad, desprestigiar, pero Jesús no depende de esos prestigios humanos ni de la aprobación o no que los otros quieran darle a Jesús. Si hoy en el evangelio vemos que sobre todo los jerarcas dentro del pueblo de Israel quien desprestigiar o quitar autoridad a Jesús, por otra parte hemos visto que ante la gente sencilla Jesús se presenta con autoridad y la gente sencilla lo reconoce. ‘¡Qué autoridad tienen sus palabras!’, se dicen unos a otros. Se dicen otros. ‘¡Nadie ha hablado con tanta autoridad!’

Pero es que cuando caemos en esa pendiente de confusionismo al final estamos tan liados que hasta nos contradecimos a nosotros mismos, estamos tan confundidos que ya no sabemos ni en qué ni en quien apoyarnos para lo que hacemos o decimos. Es la trampa en que caen cuando vienen a preguntarle a Jesús por su autoridad, porque Jesús les devuelve la pregunta haciendo una referencia a Juan. El pueblo admiraba a Juan aunque no habían tenido el valor para defenderlo cuando Herodes quiso quitárselo de encima. Y ahora Jesús les pregunta cuál era el valor de las palabras y de los gestos de Juan, al que, por cierto, ellos tampoco habían querido escuchar. Se veían en la trampa de tener que comerse sus propias palabras o podían callarse y dar la huida por respuesta que es lo que intentaron hacer. Por eso Jesús no entró al trapo con las preguntas y las insinuaciones que le hacían, sino que siguió actuando con total libertad y valentía.

¿No será eso lo que nos hace falta a nosotros? porque también nos enredamos y terminamos por no saber lo que queremos y en quien creemos. Nuestras palabras y nuestros gestos algunas veces se nos quedan en fantochadas, porque les falta la profundidad de la vida; simplemente nos dejamos arrastrar por aquello de que esto siempre ha sido así pero no intentamos preguntarnos por el sentido evangélico que tienen las cosas que nosotros hacemos o tendríamos que hacer.

Nuestra autoridad se reciente en muchas ocasiones por la poca sinceridad con que actuamos en la vida, o porque en ocasiones buscamos apariencias pero que no es una vivencia profunda y sentida del evangelio.

Nuestra verdadera autoridad tenemos que mostrarla desde las obras del amor que realicemos fundamentados en la fe que tenemos en Jesús. Cuando sea claro nuestro compromiso por el amor entonces estaremos dando verdadera señal de nuestra vivencia del evangelio y estaremos dando verdadero testimonio de la fe que profesamos.

Cuando nos ponemos de verdad al lado de los que sufren, a lado de los pobres, al lado de los que padecen injusticia, al lado de los que son considerados como los últimos de este mundo, entonces estaremos dando verdadero testimonio de Jesús, estaremos mostrándonos como verdaderos profetas por la autenticidad de nuestras obras y palabras.

domingo, 13 de diciembre de 2020

Nos cuesta bajarnos al desierto para escuchar en su silencio la voz que nos habla, no ahoguemos al Espíritu que ahí anda revoloteando y abrirá nuevas calzadas que llevan a la vida

 

Nos cuesta bajarnos al desierto para escuchar en su silencio la voz que nos habla, no ahoguemos al Espíritu que ahí anda revoloteando y abrirá nuevas calzadas que llevan a la vida

 Isaías 61, 1-2a. 10-11; Sal.: Lc 1, 46-54; 1Tesalonicenses 5, 16-24; Juan 1, 6-8. 19-28;

Cuando buscamos una respuesta acudimos a quien más sabe, cuando necesitamos una ayuda vamos a aquel que nos parece con más posibilidades, cuando queremos la solución de los problemas pensamos en aquellos que son más entendidos, cuando queremos salir de una situación complicada vamos a aquellos que nos parecen poderosos porque con sus influencias, con su poder y autoridad sea cual sea creemos que serán los que nos van a sacar del atolladero. Son nuestras miras humanas, son en el fondo también las apetencias de poder y de influencia que querríamos tener, es la manera quizá de no implicarnos ni complicarnos nosotros sino que nos refugiamos en aquellos que creemos que están mejor situados para dar una solución. Pero experiencia tenemos o deberíamos de tenerla para darnos cuenta que no son esos precisamente los caminos por donde encontremos respuestas y soluciones.

Hay paradojas que nos dejan desconcertados, pero paradojas que quizás podrían abrirnos los ojos para también ser capaces de descubrir la parte de solución que está en nuestras manos aunque no seamos tan poderosos ni influyentes. Es la paradoja que nos aparece hoy en el evangelio. Fijándonos literalmente en la situación del pueblo judío en la que se encontraban en aquellos momentos, era difícil y dura. Por acá o por allá surgían revolucionarios que con la fuerza de la violencia querían provocar un cambio pero que realmente se veían envueltos en una espiral que no era de la paz que deseaban sino de sangre muchas veces. El pueblo se encontraba desesperanzado aunque no perdía su fe en el Señor y al templo acudían, a los maestros de la ley escuchaban, a los sacerdotes de Jerusalén respetaban por su carácter de personas sagradas o consagradas a Dios, pero no es precisamente ahí donde va a sonar la voz que anuncia la llegada del tan deseado de las naciones, el Mesías salvador.

Será en el desierto donde se oye la voz que grita invitando a preparar los caminos del Señor que ya está cerca. Se acercan los momentos de gracia, aquello que habían anunciado los profetas de que iba a venir el que lleno del Espíritu de Dios proclamaría el año de gracia del Señor. Pero, repito, no es en el templo donde resuena esa voz sino en la orilla del Jordán allí donde comienzan las tierras resecas del desierto. Por eso desde Jerusalén incluso van a enviar embajadas para indagar, para tratar de discernir qué voz era aquella y si allí estaba ya el esperado Mesías. Son las preguntas que le hacen a Juan. Ya escuchamos el diálogo. El no es el profeta, él no es el Mesías, él solo es la voz que grita en el desierto, pero aquella voz apremia, exige un camino de conversión.

Camino de conversión a fondo necesitaban incluso para escuchar y aceptar esa voz y ese mensaje que les prepararía para luego escuchar la Palabra. Muchas transformaciones tenían que realizarse en el corazón, muchos caminos de la vida había que enderezar, muchas nuevas calzadas habría que abrir en lo que era un desierto que se convertiría en el camino del Señor. ¿Lo entendieron los judíos? Algunos escuchaban la voz de Juan el Bautista y como signo de ese deseo de conversión se hacían bautizar en el agua del Jordán pero había que prepararse para quien venía con el fuego del Espíritu y en el Espíritu había de bautizarnos. Aunque otros rechazaban la dureza de sus palabras.

Es lo que ahora nosotros hoy también vamos escuchando. Y tenemos que oír ahora la voz para luego escuchar de verdad la Palabra, esa Palabra que se hará carne y habitará en medio de nosotros. ¿Dónde vamos a escuchar esa voz que nos conduce a la Palabra verdadera? Pues, ahí está gritándonos en los desiertos de nuestra vida. Porque por la sequedad de nuestro corazón desierto parecemos en tantas ocasiones porque incluso no somos capaces de alimentar con una ilusión nueva, con una esperanza nueva a los que están a nuestro lado. Desierto parecemos y en desierto estamos en medio de los problemas que nos envuelven y no es necesario hacer larga referencia una vez paz a toda la situación actual que estamos viviendo, o que nos está haciendo mal vivir. En ese desierto tiene que surgir esa nueva esperanza.

Nos cuesta bajarnos a esos desiertos para escuchar en su silencio la voz que nos habla y que nos llama. Y es que todo lo que nos está sucediendo, en el plano individual de nuestra vida que cada uno tenemos nuestros problemas y nuestras soledades, nuestros silencios y nuestras lágrimas, nuestras preocupaciones y nuestras incertidumbres, o es también en el plano de lo que vivimos o malvivimos en nuestra sociedad actual. Ahí tenemos que discernir la voz. Como nos decía el Apóstol no apaguemos el Espíritu que ahí anda revoloteando en nuestro corazón aunque algunas veces no lo queremos ver ni le queremos hacer caso.

Hagamos silencio de desierto para poder escuchar su susurro. Tratemos de hacer un discernimiento de todo eso que nos sucede y no temamos que salgan a flote muchos interrogantes o muchas dudas que hasta nos pueden parecer tentaciones – en el desierto fue tentado Jesús allí en las cercanías de donde Juan estaba – porque ahí en lo que nos puede parecer nuestra pobreza o nuestra nada aparece la sabiduría de Dios que nos ilumina, la fuerza del Espíritu que nos impulsa a algo nuevo. Dejémonos conducir y aunque nos parezca que tenemos que cambiar muchas cosas algo nuevo va a salir a flote en esta navidad, que verdaderamente será nueva, será distinta para nosotros. No dejemos de ver la acción del Señor.