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jueves, 14 de marzo de 2019

Disfrutemos de la oración y de la presencia del Señor porque sabemos que El nunca nos fallará



Disfrutemos de la oración y de la presencia del Señor porque sabemos que El nunca nos fallará

Ester 14,1.3-5.12-14; Sal 137; Mateo 7,7-12

Muchas veces nos habla Jesús en el evangelio de la oración y ahora en este tiempo de cuaresma escucharemos muchos textos en este sentido. No en vano este tiempo de cuaresma ha de ser un tiempo para la reflexión y para la oración. No solo reflexionamos desde los propios sentimientos y lo que es nuestra vida buscando unas sabidurías humanas, sino que queremos ahondar en la sabiduría de Dios, dejar que su Espíritu sea nuestra luz en el camino que nos ayude a descubrir la verdad de nuestra vida y el sentido que hemos de darle desde nuestra fe y el evangelio.
Nuestra reflexión la queremos centrar en Dios; no es simplemente una reflexión humana desde nuestro saber o la experiencia humana que tengamos en la vida, sino que ha de ser desde el filtro de la fe, desde la luz que encontramos en el evangelio, dejándonos guiar en nuestro interior por la fuerza del Espíritu. No es simplemente pensar cosas sino tratar de ahondar en el misterio de Dios, sintiendo su presencia en nosotros, que nunca nos fallará.
Hoy Jesús en el evangelio para insistirnos en la necesidad de la oración y de la confianza que hemos de tener en el Dios a quien amamos y que sentimos que nos ama emplea como tres imágenes, tres palabras en esa insistencia de la oración. Nos habla de pedir, de llamar y de buscar. ‘Pedid y se os dará, buscad y encontraréis, llamad y se os abrirá; porque quien pide recibe, quien busca encuentra y al que llama se le abre’.Yo diría que no es solo inspirarnos nuestra confianza, sino que con esas tres palabras nos está hablando del sentido de nuestra oración.
Pedir, llamar, buscar… Invocamos a Dios que merece siempre toda nuestra alabanza; invocamos a Dios a quien queremos tener presente en nuestra vida, porque El es nuestra fortaleza, en El ponemos toda nuestra fe y nuestra confianza. Invocamos a Dios desde la pobreza de nuestra vida, con nuestras necesidades, pero también mirando a los que nos rodean, mirando nuestro mundo.
Buscamos a Dios porque queremos conocerle más y más; buscamos a Dios porque sin El nuestra vida estará llena de oscuridad; buscamos a Dios porque en El sabemos que vamos a encontrar nuestra plenitud; buscamos a Dios porque es nuestra sabiduría, quien nos da el sentido pleno de nuestra vida.
Llamamos, como quien está a la puerta queriendo entrar; llamamos a Dios porque queremos ir a El y porque queremos que El venga a nosotros, esté en nuestro camino, aunque ya tenemos la certeza de que nunca nos falla, que siempre está con nosotros, aun en aquellos momentos que casi no nos damos cuenta. Llamamos a Dios porque queremos hacerlo presente en nuestro mundo tan lleno de tinieblas, tan desorientando, tan sin rumbo tantas veces.
Cómo tenemos que gozarnos en la presencia del Señor; cómo nos sentimos en camino de plenitud cuando somos conscientes de su presencia. Con El a nuestro lado se nos acaban nuestros temores; con El a nuestro lado nos sentimos fuertes frente a la adversidad, frente a los peligros de la vida, frente a las tentaciones que nos acechan por doquier; con El a nuestro lado caminamos seguros queriendo llevar también la luz de la fe a cuantos nos rodean.
Cuando vamos saboreando todo esto, qué bien nos sentimos en nuestra oración, porque sentimos la paz de presencia, la seguridad que nos da en la vida a pesar de las tormentas, la fortaleza para esa tarea de superarnos, de querer llegar a una plenitud, de ser mejores nosotros y hacer que nuestro mundo sea mejor. Aprendamos de la hermosa oración de la reina Esther que nos ofrece la primera lectura y saboreemos el modelo de oración que nos ofrece Jesús.
Disfrutemos de la oración, disfrutemos de la presencia del Señor. El nunca nos fallará.

miércoles, 13 de marzo de 2019

Seamos signos con nuestra vida sencilla y humilde, pero sobre todo con nuestros gestos de amor, para que los demás lleguen también a descubrir las maravillas del Señor



Seamos signos con nuestra vida sencilla y humilde, pero sobre todo con nuestros gestos de amor, para que los demás lleguen también a descubrir las maravillas del Señor

Jonás 3,1-10; Sal 50; Lucas 11,29-32

Suceden cosas maravillosas delante de nuestros ojos cada día pero que en su sencillez no somos capaces de apreciarlas, y sin embargo estamos buscando cosas espectaculares que nos llamen la atención y que decimos que serian las que despertarían en nosotros buenas palpitaciones como ahora se suele decir. No vemos lo bello en lo pequeño y en lo sencillo, pero queremos lo extraordinario, que al final tampoco en ello sabremos descubrir el mensaje de vida que se nos pueda trasmitir.
La sonrisa de un niño, una amanecer o un atardecer, o el gesto de alegría de un animal de compañía cuando se encuentra con nosotros quizás ya no nos llama la atención; son tantas las cosas maravillosas que suceden a nuestro lado, pero parece que no somos sensibles para apreciarlas. También los que están a nuestro lado con sus gestos humildes y sencillos pueden ser signos que nos llamen la atención y nos ayuden a descubrir la bondad que aun hay en el mundo.
Pero también tendríamos que ver nuestra historia de cada día, o recordar lo que nos haya sucedido en el pasado para saber leer muchas señales  que podrían marcar nuestra vida o ser una llamada para que en el presente aprendamos a tener otras actitudes más positivas y nos recordaran de lo que somos capaces, pero también de esa presencia del Señor que ha estado a nuestro lado en ese camino cuando quizás era oscuro y no veíamos salidas, pero que sin embargo fuimos capaces de superar. ¿No tendríamos que aprender a descubrir esa mano del Señor presente de tantas maneras en nuestra vida?
Vemos en el evangelio de hoy que la gente de forma obstinada le está pidiendo señales a Jesús. Y El les recuerda su historia, el episodio de la predicación de Jonás en Nínive y la venida de la reina de Saba a Jerusalén para consultar la sabiduría de Salomón. Y Jesús les dice que allí hay alguien más grande que Salomón y ellos no son capaces de reconocer; les anuncia también que en la hora del juicio los habitantes de Nínive se levantarán en su contra, porque ellos supieron escuchar el mensaje del profeta y se convirtieron al Señor y sin embargo ellos ahora no quieren escucharle a El.
Para nosotros estas palabras tienen que ser un toque a nuestro corazón. ¿Cómo reaccionamos ante las palabras de Jesús? Nos quedamos en admirar sus milagros, pero no somos capaces de escuchar su Palabra en nuestro corazón. Esa Palabra que nos invita a admirar las maravillas del Señor de cada día; esa Palabra que nos habla en nuestro corazón para que nos sintamos agradecidos por su amor; esa Palabra que nos invita a vivir y vivir en plenitud; esa Palabra que nos invita a ir al encuentro con los demás.
Demos gracias a Dios; respondamos a su amor con nuestro amor y con una vida nueva. Demos señales de esa vida nueva que El nos regala; seamos signos con nuestra vida sencilla y humilde, pero sobre todo con nuestros gestos de amor, para que los demás lleguen también a descubrir las maravillas del Señor.
Este camino de cuaresma que estamos haciendo nos tiene que llevar a descubrir esas maravillas del Señor en los gestos humildes y sencillos pero llenos de bondad que hay en tantos que están a nuestro lado, y de la misma manera serlo nosotros para ellos para que lleguen a descubrir los caminos del Señor.

martes, 12 de marzo de 2019

La oración ha de ser un gozo hondo, una necesidad para nuestra vida, algo de lo que no podremos prescindir porque no podemos prescindir del amor que Dios Padre nos tiene


La oración ha de ser un gozo hondo, una necesidad para nuestra vida, algo de lo que no podremos prescindir porque no podemos prescindir del amor que Dios Padre nos tiene

Isaías 55,10-11; Sal 33; Mateo 6,7-15

No sabemos orar, decimos quizá muchas veces, me aburro repitiendo oraciones, no sé qué decir ni qué pedir, son expresiones o pensamientos que nos vienen a la mente muchas veces. Y decimos que no rezamos porque no sabemos y nos vamos enfriando en ese espíritu de oración, porque quizá pensamos que rezar a Dios es pedir simplemente por nuestras necesidades o por los problemas que estamos pasando y no sabemos bien cómo hacerlo.
Se me ocurre pensar cuando alguien nos pide que recemos por él, ¿qué es lo que realmente nos está pidiendo? ¿o qué es lo que quiere que nosotros le pidamos al Señor por él? Quizá tiene problemas y no sabe como salir de ellos, quizá está pasando por unos momentos de necesidad, puede estar enfermo él o uno de sus seres queridos, y lo que quiere es que el Señor le ayude en esas situaciones, que su ser querido enfermo se cure, o que encuentre remedio para aquella necesidad, y quizá nosotros pensamos en esas cosas que le pueden estar pasando a nuestro amigo en la presencia de Señor, o rezamos algunas de las oraciones que nos sabemos de memoria, repitiéndola quizá muchas veces.
¿Así ha de ser nuestra oración? ¿Eso es oración? No podemos decir que no sea oración porque cada uno le habla o le pide a Dios como sepa hacerlo o de la forma que se le ocurra, pero quizás necesitamos reflexionar un poco más para encontrar un sentido más profundo a nuestra oración.
Pero puedo pensar también cuando voy a hablar con mi padre, ¿cómo lo hago? Cuando voy a hablar con mi padre no lo hago con frases aprendidas de memoria; aparte de sentirme gozoso por estar con él, tendré palabras de cariño en el saludo que le manifiesten mi amor, como él las tendrá también conmigo; nuestra charla no se queda, como se suele decir, en hablar del tiempo, sino que de forma espontánea nos iremos interesando el uno por el otro, le manifestaremos nuestras preocupaciones como al mismo tiempo le vamos escuchando lo que sabiamente nos vaya diciendo que serán siempre sabias palabras que nos ayudarán mucho en nuestra vida; saldrán a cuento nuestras necesidades o nos interesaremos por su bienestar queriendo y deseando lo mejor para él. Así irá saliendo una conversación de corazón a corazón donde flotará en el ambiente el amor que nos tenemos como padre e hijo.
Hoy escuchamos a Jesús en el evangelio que nos dice que cuando oremos al Padre no estemos con muchas palabras como los gentiles, nos dice, que por hablar mucho piensan que los escuchan más. Y nos enseña Jesús como ha de ser nuestra oración. Nos ha dejado Jesús la formula del padrenuestro, pero quizá nos pasa lo mismo que a los gentiles, que pensamos que por repetir la fórmula que nos ha dejado Jesús de memoria muchas veces repetidas, hacemos mejor oración.
Creo que un padrenuestro nos da para mucho tiempo de oración, mucho tiempo de encuentro con Dios nuestro Padre. ¿Qué le decimos a nuestro padre cuando nos encontramos con el, como antes veníamos reflexionando? ‘Hola padre, papá…’ o como queramos decirle. Y ya en ese saludo estaremos queriendo manifestar tantas cosas, que lo podemos expresar también con el gesto de un abrazo, y estaremos queriendo expresar el cariño que le tenemos. ¿Será eso lo que experimentamos cuando decimos esa primera palabra, Padre?
No voy a entrar en explicación detallada de la fórmula que Jesús nos ha propuesto pero hagamos el esfuerzo de ir compaginando todo aquello que decíamos podría ser la conversación con nuestro padre con lo que queremos expresar en nuestro encuentro con Dios en la oración a través de la palabras que nos enseñó Jesús. Veremos que no es algo para hacer de carrerilla, es algo con lo que tenemos que ir sintiendo dentro de nosotros el calor del amor, del amor que Dios nos tiene y del amor que nosotros queremos expresarle.
Será así como irá surgiendo todo lo que es nuestra vida, nuestros deseos y nuestras esperanzas, la realidad de lo que somos incluyendo también nuestras debilidades y necesidades, como aquellas cosas que si en verdad amamos a Dios tendrían que ir siendo distintas en nuestra vida. Es mucho más que pedir la salud para la enfermedad o la ayuda en una necesidad sino que irá saliendo a flote todo lo que es nuestra vida, nuestros sentimientos, nuestras actitudes y posturas, lo que hacemos o lo que hemos dejado de hacer, lo que es la vida de los que nos rodean o lo que queremos para que nuestro mundo sea mejor.
No serán pues los pocos, casi segundos, o minutos que dediquemos para recitar el padrenuestro sino que será mucho más porque entonces nos iremos sintiendo llenos de amor de Dios. La oración será para nosotros un gozo hondo, la oración la sentiremos así como una necesidad para nuestra vida, la oración será algo de lo que no podremos prescindir porque nunca podremos prescindir el amor que Dios Padre nos tiene.

lunes, 11 de marzo de 2019

Si con apertura de espíritu escuchamos la Palabra será en verdad buena noticia, porque cada vez que lo escuchemos algo nuevo descubriremos de cómo tiene que ser nuestro amor



Si con apertura de espíritu escuchamos la Palabra será en verdad buena noticia, porque cada vez que lo escuchemos algo nuevo descubriremos de cómo tiene que ser nuestro amor

Levítico 19,1-2.11-18; Sal 18; Mateo 25,31-46
Necesitamos en la vida que se nos pongan metas altas, que se despierten en nuestro corazón nobles ideales, que haya algo en nuestro interior que nos sacuda en lo más profundo de nosotros y no nos deje adormecernos en nuestras rutinas, que sintamos que algo nuevo podemos vivir y eso nos haga superarnos y mirar con ilusión cuanto tenemos que hacer, que nos haga mirar con mirada nueva cuanto hay a nuestro alrededor para no dejarnos llevar por la modorra y al mismo tiempo nos haga descubrir a las personas que están a nuestro lado cada una con su ilusión y esperanza, pero también con sus dolores y sufrimientos. No podemos caminar por la vida con los ojos cerrados, pero ya sabemos que se nos filtran muchas cosas que nos pueden enturbiar nuestros ojos y distorsionar nuestra mirada.
El Evangelio cuando lo escuchamos con toda sinceridad y sin prejuicios y estereotipos tendría que ser ese aldabonazo que resuene en nuestra conciencia y nos despierte nuestro espíritu. Y es que hay el peligro de escuchar el evangelio con la rutina del que ya se lo sabe y termine por no ser buena nueva, buena noticia que nos anuncie y nos ayude a descubrir ese mundo nuevo que podemos y tenemos que construir entre todos cada día.
Nos sabemos de memoria los mandamientos y somos capaces de repetirlos de carrerilla y por eso no escuchamos ese primer grito que suena fuerte como portada. ‘Seréis santos, porque yo, el Señor, vuestro Dios, soy santo’. Meta alta, podríamos decir. Hemos de ser santos, porque el Señor nuestro Dios es santo. Hemos de ser santos imitando, copiando en nosotros la santidad de Dios.
Y ¿cómo ha de ser esa santidad? En el amor que le tengamos al hermano, a todo hombre, a toda persona sin distinción. En el relato del Levítico se nos manifiesta en lo que no hemos de hacer al otro. Todo lo negativo que haga sufrir al otro ha de desaparecer de nuestra vida si queremos vivir la santidad de Dios. Jesús a lo largo del evangelio y sobre todo en el sermón de la montaña nos dirá que hemos de amar incluso a los enemigos y a los que nos hacen mal, porque ¿qué mérito tenemos si hacemos como aquellos que solo aman a los que los aman?
Hoy, con otros textos del evangelio también, nos dice cómo ha de manifestarse ese amor. Porque amamos con el amor de Dios, amamos como nos ama el Señor a nosotros, amamos porque hemos de ver en el otro al mismo Jesús. Es lo que en concreto nos dice en este texto.  ‘Señor, ¿cuándo te vimos con hambre y te alimentamos, o con sed y te dimos de beber?; ¿cuándo te vimos forastero y te hospedamos, o desnudo y te vestimos?; ¿cuándo te vimos enfermo o en la cárcel y fuimos a verte?’ Y el Señor nos responderá: ‘Os aseguro que cada vez que lo hicisteis con uno de éstos, mis humildes hermanos, conmigo lo hicisteis’.
Alta es la meta que nos propone el Señor, grande tiene que ser nuestro amor. Así resplandecerá nuestra santidad. Es lo que tenemos que escuchar con gran atención. Es la Buena Noticia que nos anuncia Jesús. Seguro que si con apertura de espíritu la escuchamos, será en verdad buena noticia, porque cada vez que lo escuchemos algo nuevo descubriremos de lo que tiene que ser nuestro amor.
Nos daremos cuenta de en quien no hemos sabido ver a Jesús y no lo hemos amado; nos daremos cuenta qué nuevo podemos hacer en cada momento para renovar nuestro amor; no nos dejaremos adormecer porque algo nos está despertando por dentro. Es la fuerza del Espíritu del Señor que mueve nuestro corazón.

domingo, 10 de marzo de 2019

Conducidos por el Espíritu necesitamos hacer desierto y silencio para escuchar y sentir la presencia y la acción de Dios que es la verdadera seguridad y fortaleza de nuestra vida



Conducidos por el Espíritu necesitamos hacer desierto y silencio para escuchar y sentir la presencia y la acción de Dios que es la verdadera seguridad y fortaleza de nuestra vida

 Deuteronomio 26,4-10; Sal 90; Romanos 10, 8-13; Lucas 4, 1-13

Queremos sentirnos seguros, buscamos seguridades, nos afanamos en nuestras luchas y trabajos valiéndonos de todos los medios para alcanzar esa situación, esa posición en la vida que nos dé seguridad y una cierta fortaleza; será la búsqueda de unos medios materiales, será una posición de privilegio, será un lugar de poder para incluso llegar a influir en los demás.
Nos queremos convertir en el centro de todo y hasta nos sentiremos tentados de eliminar todo cuanto pueda ser obstáculo para mis fines. Y eso, porque nos creemos fuertes y poderosos, autosuficientes porque incluso no queremos deberle a nadie el estado que hayamos alcanzado, queremos a la larga ser el centro de todo y que a nada ni a nadie tengamos que manifestar sometimiento.
Creo que esta descripción que vamos haciendo pueda reflejar muchas cosas de nuestra vida, muchas posturas y muchas de las maneras que tenemos de hacer las cosas. Claro que cuando cada uno va queriendo hacer la vida de esta manera surgirán enfrentamientos y violencias, porque pronto aparece el orgullo y el amor propio, nos moveremos desde recelos y desconfianzas y a la larga tendríamos que preguntarnos si estamos logrando aquellas seguridades que tanto anhelábamos. ¿Merecerá la pena una vida desde estos planteamientos? ¿Habrá un sentido para todo eso?
Son las tentaciones que en la vida continuamente nos acechan y en las que fácilmente nos podemos ver envueltos. He querido partir en mi reflexión para este primer domingo de Cuaresma, el domingo de las tentaciones, de estas situaciones humanas porque al hablar de las tentaciones de Jesús no podemos hablar en abstracto sino que hemos de querer llegar a lo que es lo concreto de nuestra vida de cada día.
Es cierto y queremos reconocerlo de entrada que Dios ha querido hacer grande al hombre y lo ha dotado desde la creación de una especial dignidad y ha puesto la vida y la creación toda en sus manos. Pero la gran tentación es precisamente en querer convertir en el centro de todo y que todo lo podemos alcanzar por nuestro poder o por nuestra sabiduría. Es el egoísmo orgulloso que nos encierra en nosotros mismos convirtiéndonos poco menos que en dioses de nosotros mismos. Fue la tentación del paraíso que sigue rondándonos a lo largo de toda nuestra vida y nuestra historia.
En el relato evangélico ¿qué es precisamente lo que el tentador le presenta a Jesús? El materialismo de la vida, las ansias de poder y la vanidad y la vanagloria de ser reconocido por todos. La autosuficiencia del que se cree que puede hacerlo todo y hacer lo que quiere, el pedestal que me eleva en el poder para tener el dominio de todo, la vanidad de ser aclamado y reconocido. No cabe el sufrimiento o la necesidad porque puedo tener a mi mano el milagro fácil; tengo el poder en mi mano porque soy poderoso y podré encandilar y manipular a todo el que en mi entorno pudiera hacerme sombra y mermar mi propia gloria; arrogante me presentaré ante todos desde el pedestal en que me he subido, aunque haya sido por malas artes, y todos han de rendirme pleitesía reconociendo mis grandezas o mis poderes.
Cuántas cosas en este estilo contemplamos cada día en la vida. Y hasta quizá nos sentimos celosos o envidiosos porque nosotros no podemos alcanzar esas grandezas de poder. No importa la vida, no importa ese mundo en el que vivo, no importan las personas con las que convivo y a las que podría prestar unos servicios que les ayuden a recuperar su dignidad, solo importo yo, mi grandeza o mi poder, el orgullo halagado por la adulación de los demás, o la manipulación que pudiera realizar haciendo que todos quizá me deban favores.
¿Qué nos está queriendo decir hoy Jesús y la Palabra de Dios que escuchamos en este domingo? Jesús ha venido a anunciar el Reino de Dios, esa es la misión que va a emprender, porque este episodio de las tentaciones es como el portal de toda su vida pública. ¿Y qué significa ese Reino de Dios sino en el reconocimiento que Dios es el único centro y Señor de la vida? Y cuando lo lleguemos a reconocer entonces será cuando descubramos la verdadera grandeza del hombre, pero de todo hombre al que tenemos que respetar y valorar y por quien vamos a hacer que el desarrollo de la vida tenga un cariz y un sentido distinto. Ningún hombre puede ser el centro de la vida de otro hombre porque todos estamos constituidos en la misma grandeza y dignidad.
Vamos nosotros en este primer domingo de Cuaresma dejarnos conducir por el Espíritu como nos narra el evangelista que lo  hizo Jesús cuando fue conducido por el desierto. Es tarea que hemos de ir realizando a lo largo de toda la Cuaresma que estamos iniciando. Necesitamos, si, dejarnos conducir por el Espíritu al desierto, donde hagamos silencio, donde nos aislemos un poco de las carreras de cada día para mirarnos por dentro y para escuchar por dentro.
Quizá sea esa una primera resistencia que podamos poner, porque no nos gustan los silencios que nos hacen pensar, que nos hacen mirarnos en la cruda realidad de lo que somos y de lo que son también esas tentaciones que podamos sufrir; son tantas las cosas que nos pueden hacer tener un corazón revuelto y rebelde. Necesitamos hacer silencio para escuchar, para poder sentir esa presencia de Dios en nosotros que nos hace tener una mirada nueva sobre la vida, sobre las personas, sobre nuestra tarea y nuestra misión.
Un desierto y un silencio para darnos cuenta donde esta la verdadera seguridad que hemos de buscar en nuestra vida. Solo el Señor es nuestro refugio y nuestra fortaleza. Un desierto y un silencio para que lleguemos a reconocer esa acción de Dios en nuestra vida, en lo que somos y en lo que hacemos y con humildad sepamos hacer nuestro reconocimiento y nuestra ofrenda al Señor, al estilo de lo que nos ofrecía hoy el texto del Deuteronomio.

sábado, 9 de marzo de 2019

Tendríamos que ser signos para los demás del gozo y la felicidad que nos produce nuestra fe viviéndola con alegría



Tendríamos que ser signos para los demás del gozo y la felicidad que nos produce nuestra fe viviéndola con alegría

 Isaías 58,9-14; Sal 85; Lucas 5,27-32

Dar un cambio de rumbo a la vida en un momento determinado nos puede llenar de interrogantes, puede hacer que surjan dudas en nuestro interior y hasta puede aparecer como una cierta angustia y temor sobre si nos hemos equivocado o no con tal decisión y la incógnita en cierto modo que puede deparar ese futuro cuyo camino se inicia.
Pero también podemos sentir mucha paz en nuestro interior, conscientes de lo nuevo y de lo bueno que nos abre nuevos caminos en la vida, y esa paz llena de gozo nuestro corazón. Por eso queremos compartirlo con aquellas personas que apreciamos, queremos hacer participes de nuestro gozo a nuestros amigos, y hasta en la expresión de nuestro semblante todos se sentirán gozosos con nuestra alegría. Será algo que no podemos ocultar, que en cierto modo queremos compartir. Habremos tenido quizá en algún momento una experiencia así en la que además quisiéramos tener a nuestro lado a todos aquellos que queremos.
Hoy el evangelio nos ha hablado que Jesús al pasar junto a la garita de un recaudador de impuestos, lo invitó a seguirle. En lo escueto que es el evangelio en palabras en la descripción de los hechos nos dice que inmediatamente Leví se levantó y dejándolo todo se dispuso a seguir a Jesús. Quiero fijarme en unos aspectos que considero importantes y se nos pueden pasar desapercibidos.
¿Qué inquietudes había en el corazón de aquel hombre? ¿Estaba satisfecho de su vida en que más o menos lo tenía todo resuelto, pues su trabajo le producía buenas ganancias? ¿A qué se debía aquella prontitud? Aunque el evangelio habla de inmediatez podemos pensar con toda normalidad en un proceso que se produjo en el corazón de aquel hombre que le llevó a ese encuentro con Jesús y a disponerse a seguirle. Fue un día de luz para su vida, fue una experiencia inolvidable, una experiencia de las que llenan de gozo el corazón. Era una decisión muy grande la que estaba tomando para dejarlo todo y seguir a Jesús.
Por eso en el relato del evangelio se nos habla de que hizo un banquete para Jesús y los discípulos, y también invitó a todos los que eran sus amigos. Es cierto que esto provocará en los puritanos fariseos unas reacciones que no eran raras en ellos. Allí andan criticando a Jesús porque come con publicanos y pecadores. Pero Jesús es el médico que viene a curar, no a los sanos sino a los enfermos.
Esta actitud de Leví en que manifiesta el gozo por su encuentro con Jesús para seguirle creo que tendría que hacernos pensar. ¿Cuál es nuestra reacción ante nuestro encuentro con Jesús? Parece como si nos hubiéramos acostumbrado tanto que ya parece que eso no nos dice nada.
¿Por qué lo digo? Pensemos en lo que son nuestros encuentros con Jesús en la Eucaristía o en los sacramentos. ¿Cómo los vivimos? ¿Salimos con verdadero gozo en nuestro corazón de nuestras celebraciones y con deseos de compartir lo que llevamos en el corazón con los demás? ¿Cuántas veces tras la escucha de la Palabra de Dios al encontrarnos con los demás hemos tratado de comunicarle ese gozo que llevamos dentro de nosotros?
Tendríamos que ser signos para los demás del gozo y la felicidad que nos produce nuestra fe, viviéndola con alegría, con verdadero compromiso, compartiendo con los demás lo que llevamos en el corazón.

viernes, 8 de marzo de 2019

Sepamos descubrir el ayuno que de verdad nos pide el Señor en esas nuevas y positivas actitudes que tengamos con quienes convivimos



Sepamos descubrir el ayuno que de verdad nos pide el Señor en esas nuevas y positivas actitudes que tengamos con quienes convivimos

 Isaías 58,1-9ª; Sal 50; Mateo 9,14-15

¿Por qué o por quien somos capaces de sacrificarnos? Parece que eso del sacrificio sea algo pasado de moda. Algo que rehuimos parece que instintivamente. Vivimos en un mundo muy sensual en donde queremos pasarlo siempre bien, disfrutar, gozar de todas aquellas cosas que nos puedan dar placer. Está bien que queramos ser felices, busquemos la felicidad; es un hondo deseo del corazón de toda persona y yo como creyente digo también que es lo que Dios quiere para el hombre y la mujer, para eso nos ha creado. La imagen del jardín o del paraíso de la que nos habla la Biblia en la página de la creación donde coloca sus criaturas tiene su significado en ese sentido.
Pero sigue rondando la pregunta que nos hacíamos de por qué sacrificarnos. No siempre conseguimos todo lo que anhelamos, alcanzar metas en la vida nos exige esfuerzo y necesitamos hacer como una escala de valores para luchar de verdad por lo que merece la pena, eso nos exige muchas veces renunciar a cosas por alcanzar lo mejor, para no quedarnos en mediocridades ni superficialidades. Por otra parte están nuestras limitaciones y debilidades, y así nos damos cuenta de lo que de verdad cuesta pero si queremos alcanzar lo mejor lucharemos y nos esforzaremos aunque tengamos que sacrificar quizá algunas cosas.
También en nuestra debilidad cometemos errores que tenemos que reparar, y reconocerlo algunas veces nos duele, pero necesitamos hacerlo, porque es la manera de poder avanzar en la vida, ir mejorando actitudes y comportamientos. Eso nos duele quizá por dentro, y arrancarnos de aquellas cosas que se pueden convertir en viciosas en nuestra vida también nos cuesta porque se rompen quizás algunas raíces que nos arraigan y nos quieren mantener unidos en aquello que es negativo para nuestra vida. Como la planta que tenemos que arrancar de la tierra porque es perjudicial para nuestro jardín o para nuestro cultivo, al arrancarla se tienen que romper muchas raíces.
Claro que para eso necesitamos como entrenarnos, aprender a hacerlo, dominar muchas cosas en nosotros. Y decir no a algo no es fácil, tenemos que aprender a hacerlo. Es un ejercicio de purificación que tenemos que realizar en nuestra vida. Eso simplemente hablando en lo humano cuando queremos superarnos y crecer como personas, pero eso lo decimos también cuando como cristianos y creyentes queremos avanzar en nuestra espiritualidad y en todo lo que afecta a nuestra vida cristiana, a nuestra vida de seguimiento de Jesús.
Como creyentes nos damos cuenta que esos errores de nuestra vida pueden ser un pecado que nos aleje de Dios, que se convierten en ofensa a nuestro Creador porque no queremos caminar por sus caminos que nos conducen a la salvación. De ahí el arrepentimiento y la conversión que necesitamos tener en nuestra vida para volvernos de verdad a Dios. De ahí, entonces, esos actos penitenciales que realizamos en el camino de nuestra vida cristiana, como signos de arrepentimiento y de conversión al Señor. Es lo que se nos va ofreciendo en nuestro camino cuaresmal.
Hoy la Palabra del Señor nos habla de ayuno, pero no de un ayuno meramente ritual, sino un ayuno que nos entrene de verdad en esa conversión de nuestro corazón. No es renunciar por renunciar simplemente a unos alimentos, sino poner esas nuevas actitudes en nuestra vida, en nuestro corazón que nos ayuden a realizar ese camino de vuelta al Señor. No es algo que cumplamos simplemente porque nos lo manden o impongan, sino que esa renuncia no ha de ser simplemente a unos alimentos, por ejemplo, sino que ha de ser todo un cambio de actitudes que pongamos en nuestro corazón en nuestra relación a los demás.
Nos conviene escuchar con toda atención lo que nos dice hoy el Señor por el profeta: ‘El ayuno que yo quiero es éste: Abrir las prisiones injustas, hacer saltar los cerrojos de los cepos, dejar libres a los oprimidos, romper todos los cepos, partir tu pan con el hambriento, hospedar a los pobres sin techo, vestir al que ves desnudo y no cerrarte a tu propia carne’.
Cuantos cepos tenemos que romper en nuestras relaciones con los demás cuando somos injustos, violentos, críticos, llenos de falsedad e hipocresía, mal intencionados, somos dañinos con nuestras palabras y actitudes… Pongamos unas actitudes positivas y buenas en nuestro trato con los demás, busquemos la cercanía y la amistad, el espíritu de servicio y la generosidad, el desprendimiento de nosotros mismos y la apertura del corazón. No tenemos que ir muy lejos, sino que vivamos todo esto con quienes convivimos cada día. Es el ayuno y el sacrificio que es agradable al Señor.


jueves, 7 de marzo de 2019

Jesús nos está hablando de su entrega y de su muerte, Jesús nos está hablando de ese amor el más grande porque es el que es capaz de dar la vida por los que ama


Jesús nos está hablando de su entrega y de su muerte, Jesús nos está hablando de ese amor el más grande porque es el que es capaz de dar la vida por los que ama

Deuteronomio 30,15-20; Sal 1; Lucas 9,22-25

Nos queremos comer el mundo, es un sentimiento y un deseo que aparece de una manera u otra dentro de nosotros. Luchamos y nos afanamos cada día con nuestros trabajos, con nuestros sueños y nuestras ilusiones, tenemos siempre esperanza de lograr metas aunque muchas veces las pongamos en unas ganancias materiales, en unos lugares de prestigio, en unos puestos donde podamos ejercer nuestro poder. Y cuando vamos logrando esas metas nos sentimos satisfechos y quizá nace en nosotros un deseo de más cosas.
Hay muchas veces en todo eso buenos deseos y buena voluntad, aunque fácilmente se nos pueden enturbiar esos deseos con ambiciones un tanto egoístas, buscando más nuestro propio bien o nuestro propio prestigio que el bien que podamos lograr por nuestro mundo.
Y hoy  nos viene a decir Jesús que de qué nos vale ganar el mundo entero si perdemos nuestra alma. Parece como un jarro de agua fría. Lo que quiere Jesús es hacernos pensar para que nos hagamos una buena escala de valores. No siempre todo vale, muchas veces incluso algo que en principio nos parece bueno se nos puede enturbiar con ambiciones egoístas. Tenemos que saber buscar lo que verdaderamente es importante. Y algunas veces parece que andamos confusos, porque recibimos tantas influencias de todas partes que no sabemos a qué quedarnos.
Estamos ahora comenzando un camino, el camino cuaresmal. Un tiempo para detenernos, para la reflexión, para pensarnos las cosas, para tratar de buscar lo que verdaderamente es importante, para escuchar al Espíritu del Señor en nuestro corazón y dejarnos guiar por su palabra.
Como nos decía la lectura del Deuteronomio se nos abren delante de nosotros dos caminos, estamos como en la encrucijada y hemos de saber elegir. Caminos que parece que son fáciles y nos llevan a vida, quizá al final nos están conduciendo a la muerte; caminos que nos parecen tortuosos y difíciles, que nos exigen sacrificio y hasta renuncia a muchas cosas, nos conducirán a la vida.
Porque además no es cuestión de dejarse arrastrar por lo fácil o por lo que hace todo el mundo aunque nos parezcan todos tan felices. ¿Tendrán la verdadera felicidad? Quizá detrás de muchas risas hay muchas lágrimas camufladas, muchos sufrimientos ocultos, muchas dudas en el interior, muchos interrogantes sin responder, y tratamos de distraernos de lo que nos parece difícil y compensarlo de la manera que sea.
Por eso, ese planteamiento que nos hace Jesús tiene que hacernos pensar. Ya desde el primer paso de nuestra cuaresma Jesús  nos anuncia la Pascua, y en la parte que tiene de pasión, pero que es la parte más hermosa del amor aunque a veces no lo comprendamos.
Jesús nos está hablando de su entrega y de su muerte, Jesús nos está hablando de ese amor el más grande porque es el que es capaz de dar la vida por los que ama. Pero para emprender el camino de esa Pascua hará falta hacernos planteamientos serios, tendremos que descubrir a qué tenemos que negarnos, cual es la cruz que tenemos que tomar y seguir entonces el camino de Jesús. El camino de dar la vida, que parece que es perderla, pero que realmente es ganarla. Es lo que hizo Jesús y lo que nos está pidiendo que hagamos nosotros. Queremos comernos el mundo, pero escuchemos lo que Jesús nos dice que es lo más importante.

miércoles, 6 de marzo de 2019

Nos volvemos a Dios con la certeza de su amor, experimentando en nosotros su compasión y misericordia, gozándonos en su amor, viviendo ya entonces en su amor


Nos volvemos a Dios con la certeza de su amor, experimentando en nosotros su compasión y misericordia, gozándonos en su amor, viviendo ya entonces en su amor

Joel 2,12-18; Sal 50; 2 Corintios 5,20–6,2; Mateo  6, 1-6.16-18

Es cierto, toda persona que quiere vivir de una forma madura su vida intenta cada día superarse, ser mejor, corregir errores, revisar continuamente lo que hace para tratar de hacerlo mejor cada día. Es bueno, es de alabar y es una tarea en la que hemos de empeñarnos en todo momento. Porque no eres frió ni caliente, te vomitaré de mi boca, dice la Escritura Santa; y es que cuando no intentamos superarnos y crecer, lo que hacemos es retroceder y disminuir. Solo el esfuerzo y la tensión nos harán crecer continuamente, porque la vida es un terreno bien resbaladizo en que si no tenemos la tensión de querer avanzar, lo que hacemos es retroceder.
Pero hoy que comenzamos con el miércoles de ceniza el tiempo de Cuaresma que nos conduce a la celebración del Misterio Pascual de Cristo en la Pascua, recuerdo esta actitud que hemos mencionado tan necesaria en la vida, y vamos a escuchar continuamente cómo la Palabra de Dios nos llama a la conversión. Pero ahora me atrevo a decir       que la conversión que se nos pide es mucho más que aquella buena actitud de la que antes hablábamos. Aquello, ya lo decíamos, es bueno y de alabar, pero la conversión no es solo revisar y corregir errores que hayamos cometido en la vida, aunque también tengamos que hacerlo, pero la conversión exige o pide algo más.
Escuchamos, por ejemplo, lo que os dice hoy el profeta en la Palabra que se nos proclamará en la celebración. ‘Volveos al Señor, vuestro Dios, y desgarrad vuestro corazón en vez de desgarrar la ropa… (Joel 2, 13). La primera palabra que se nos dice es ‘volveos… volveos al Señor, vuestro Dios’. Conversión, pues, no es solo corregir una cosa, una actitud o una acción que no hayamos hecho bien; conversión es volverse al Señor.
Muchas veces cuando comenzamos la cuaresma nos hacemos muchos propósitos, nos trazamos un plan y enumeramos aquellos cosas que creemos que debemos mejor en nuestra vida, y nos proponemos muchas cosas que en nuestra ascesis tenemos que hacer, porque así siguiendo ese plan vamos a mejor, decimos, vamos a convertirnos dándole la vuelta a nuestra vida con las cosas que tenemos que cambiar. Pero cuidado que nos falte la más importante, que esa conversión, que esa vuelta que tenemos que darle a nuestra vida, es un volvernos a Dios.
Nos volvemos a Dios y en El queremos mirarnos; en El que es compasivo y misericordioso, como repetiremos tantas veces. Vamos a sentirnos amados de Dios, la compasión y la misericordia de Dios que se derrama sobre nosotros; vamos a sentir como el Señor nos acoge en su misericordia y nos ofrece una y otra vez su amor y su perdón; vamos a volvernos a Dios y disfrutando de su amor nos sentiremos como enardecidos para vivir en su mismo amor. Será así desde ese amor de Dios experimentado en nuestra vida donde nos sentiremos impulsados a vivir en su amor, a vivir con su amor y será entonces cuando nuestra vida comience a ser distinta.
Nos volvemos a Dios para comenzar a creer de verdad en su palabra, en su evangelio, en su buena nueva de salvación; y vueltos a Dios nuestra vida comenzará entonces a ser distinta. Es algo tan sencillo lo que se nos está pidiendo, pero reconocemos que al mismo tiempo es costoso; nuestra vida se ha amoldado a vivir de una forma en que vamos vueltos hacia nuestros apegos, que parece que los huesos del alma se nos rompen cuando tenemos que dar la vuelta en redondo, para volvernos a Dios y solo a Dios.
Pero nos volvemos a El con la certeza de su amor, experimentando en nosotros su compasión y misericordia, gozándonos en su amor, viviendo ya entonces en su amor. Eso es lo que verdaderamente tenemos que hacer, para que sea una autentica conversión; lo otro sería cambiar cosas, pero no habremos cambiado el corazón.

martes, 5 de marzo de 2019

Siguen rondando en el corazón de los cristianos y la iglesia las ambiciones con que se vive en el mundo pero tenemos que aprender a hacernos de verdad los últimos


Siguen rondando en el corazón de los cristianos y la iglesia las ambiciones con que se vive en el mundo pero tenemos que aprender a hacernos de verdad los últimos

Eclesiástico 35,1-15; Sal 49; Marcos 10,28-31

Somos interesados; parece que no podemos hacer nada sin que obtengamos algún beneficio. Es cierto que con nuestro trabajo nos ganamos el sustento y podemos al fin tener aquello que ansiamos y que nos puede facilitar la vida, teniendo lo que necesitamos y aquello que nos pueda ir mejorando la vida. Pero la riqueza de la vida no está solo en unas ganancias materiales que obtengamos por lo que hacemos, sino que también otras cosas que no son las materiales enriquecen nuestra vida en lo que es más importante.
Es por ello que no podemos estar cuantificando la vida, lo que hacemos siempre desde la óptica de unas ganancias, aunque sean unas apetencias naturales que podamos tener o sea en lo que se nos haya educado. También tiene que haber otro altruismo, otra generosidad porque en fin de cuentas somos deudores del mundo en el que vivimos y nuestra presencia y nuestra vida tendría que hacer que mejorara nuestro mundo, mejoraran nuestras relaciones, pudiéramos convivir más felizmente y ya no tendríamos que actuar siempre desde unos intereses egoístas. La belleza de la vida tiene que ir más allá de esos intereses y hemos de saberle dar una plenitud a nuestra vida desde nuestra generosidad y desde el amor que sentimos por la misma vida pero también por la vida de los demás.
Hoy en el evangelio vemos a Pedro que es humano como todos y también esos intereses y ambiciones rondan en su corazón. Le lanza la pregunta directamente a Jesús. ‘Y nosotros que lo hemos dejado todo por seguirte, ¿qué beneficio vamos a obtener?’ Es cierto, un día habían abandonado las redes y la barca allá junto al lago por seguir a Jesús; cada día se habían ido sintiendo más entusiasmados por Jesús y con El iban por todas partes. Recorrían caminos y aldeas de Galilea, se habían ido un día más allá hasta los territorios de Fenicia, o se habían ido al otro lado del lago a regiones de paganos y gentiles, con Jesús habían atravesado Samaria o habían bajado por el valle del Jordán para acompañar a Jesús hasta Jerusalén en las fiestas de la pascua, y todo eso ¿no iba a tener alguna recompensa?
Como ya en sus mentes rondaba la idea de que Jesús era el Mesías, y conforme a la idea que tenían de lo que había de ser el Mesías, ya habían estado pensando en mas de una ocasión que lugares ocuparían en ese Reino que Jesús anunciaba, que no terminaban de entender. Por eso la pregunta a bocajarro a Jesús.
Y Jesús, con su paciencia tan característica, en principio les había dado la razón. ¿Lo habéis abandonado todo por seguirme? Pues quien ha dejado casa, padre o madre, hermano o hermana, por seguirme tendrá cien veces más, pero os digo también que no os van a faltar dificultades, incomprensiones e incluso hasta persecuciones; pero en el futuro tendrán la vida eterna. Claro que no todos comprenderían totalmente estas palabras de Jesús, y a algunos hasta podría asustarles.
Pero ahora les dejaría como una sentencia, lo que tantas otras veces les dirá. Los primeros, los principales, no son los que ocupan los primeros puestos, los que parecen que mandan y dominan sobre los demás; eso es la manera de actuar del mundo, de los poderosos. Vuestro estilo tiene que ser distinto. ‘Muchos primeros serán últimos, y muchos últimos primeros’. Ese es el camino de nuestras grandezas, saber hacernos los últimos, los servidores de todos.
No siempre lo entendemos; nos cuesta comprenderlo y asumirlo. Porque ahí en el fondo de nosotros seguimos teniendo nuestras apetencias y ambiciones. Y han pasado veinte siglos y seguimos como en el primer día, porque seguimos creándonos unas estructuras de poder, de dominio, de lugares de honor, de ropajes pomposos que nos llenan de vanidad.
Sigue habiéndolo en nuestro corazón, y siguen estando esas ambiciones en el corazón de la Iglesia, seguimos contemplando luchas de poder, sitiales elevados y ropajes ostentosos. Y sigue rondándonos ese mundo de manipulaciones, y seguimos con un corazón inmisericorde, y seguimos con nuestras condenas, y seguimos con nuestras distancias que nos alejan los unos de los otros. Y no son tantas las cosas que hemos dejado atrás por seguir a Jesús porque sutilmente hemos sabido sustituirlas por otras que nos llevan a un mundo de poder y de grandezas. Copiamos demasiado en nosotros el estilo del mundo y de los poderosos.
Tenemos de una vez por todas que dejarnos transformar por el evangelio para saber ser los últimos, los servidores, los hombres y mujeres del perdón, de la comprensión, de la misericordia. Queremos una Iglesia cercana y tenemos que aprender a ser cercanos los unos a los otros, si en verdad nos llamamos discípulos de Jesús


lunes, 4 de marzo de 2019

Soñemos, aspiremos a cosas grandes, somos capaces a pesar de nuestra debilidad, ese camino no lo vamos a hacer solos, contamos siempre con el Espíritu del Señor



Soñemos, aspiremos a cosas grandes, somos capaces a pesar de nuestra debilidad, ese camino no lo vamos a hacer solos, contamos siempre con el Espíritu del Señor

Eclesiástico 17,20-28; Sal 31; Marcos 10,17-27
Hay momentos en que parece que estamos dispuestos a comernos el mundo; nos sentimos animados y en nuestros deseos parece que todo lo vemos color de rosa, o al menos nos sentimos capaces de hacer muchas cosas. ¿Sueños? No es malo soñar, pero no nos podemos quedar en el sueño sino mirar la realidad y ver lo que es posible.
Es bueno que deseemos más, que queramos hacer grandes cosas, que nos preguntemos qué más podemos hacer, que nos hagamos planes y tengamos buenos propósitos. Pero hay que caminar en el día a día, porque cuando nos enfrentamos a eso que soñamos o nos planificamos, quizá nos damos cuenta que no es tan fácil, que parece que eso que nos propusimos nos supera, y tenemos el peligro de comenzar a relantizar nuestros buenos propósitos y al final nos demos la vuelta y volvamos a lo de siempre.
Muchas rémoras pueden aparecer en nuestra vida que nos frenen, cansancios y desganas, inconstancia para perseverar, metas que nos parecen imposibles de alcanzar, cosas de nuestro entorno que nos distraen de lo que nos propusimos, quizá el que los que están a nuestro lado no nos entiendan y nos digan que por qué nos metemos en esos berenjenales y nos llamen locos, apegos interiores o en la rutina de nuestras vidas que nos arrastran como un peso de debilidad…
Hoy el evangelio nos habla de un joven que con mucho entusiasmo se acercó a Jesús preguntándole que había de hacer para alcanzar la vida eterna. En su respuesta Jesús va dando pasos para ver el camino que hace aquel joven. Le propone los mandamientos, pero él ha sido bueno y cumplidor desde su niñez; da un paso más Jesús pidiéndole que se desprenda de lo que tiene, que sea capaz de quedarse sin nada para compartirlo con los pobres y que así tendrá un tesoro en el cielo. ¿No le ha preguntado que hacer para alcanzar la vida eterna? Jesús le habla del verdadero tesoro que ha de atesorar en el cielo.
Los entusiasmos se van para el piso. Era bueno, pero había vivido rodeado de bienes y comodidades, y comenzar ahora de cero sin nada en que apoyarse, le parece algo imposible. Las aves del cielo tienen nido y las fieras tienen sus guaridas, pero el Hijo del hombre no tiene donde reclinar su cabeza, diría Jesús también a otro que quería seguirle.
Cuando queremos tener asegurado nuestro nido o nuestra guarida, cuando queremos tenernos aseguradas para siempre las cosas materiales en las que apoyarnos en cualquier situación hemos materializado mucho nuestra vida y seremos incapaces de entender lo que son los valores espirituales. Cuando solo caminamos apoyándonos en los bastones que se sustentan en el suelo, no sabemos mirar a lo alto para descubrir otros caminos, para encontrar otro sentido de vida.
Le pasó a aquel joven que se dio la vuelta y se fue por donde había venido, o mejor se fue a donde había estado siempre, pero ya sin sueños de vida eterna. La tristeza invadió su alma, porque no fue capaz de levantar vuelo. Nosotros buscamos risas y alegrías efímeras y tampoco llegamos a descubrir muchas veces – o al menos cerramos los ojos – aquellas cosas que nos pueden dar verdadera felicidad. Reímos y cantamos en muchas ocasiones, pero la tristeza permanece en nuestra alma; corremos como locos en la vida tras muchas cosas, pero nunca nos sentiremos satisfechos de verdad.
Soñemos, sí, aspiremos a cosas grandes, veamos que somos capaces a pesar de nuestra debilidad, porque ese camino no lo vamos  a hacer solos; contamos siempre con la fortaleza del Espíritu del Señor.

domingo, 3 de marzo de 2019

Analicemos nuestras palabras, revisemos nuestras actitudes, examinemos la verdad de nuestro actuar haciendo un buen discernimiento de nuestra vida



Analicemos nuestras palabras, revisemos nuestras actitudes, examinemos la verdad de nuestro actuar haciendo un buen discernimiento de nuestra vida

Eclesiástico 27, 4-7; Sal 91; 1Corintios 15, 54-58; Lucas 6, 39-45

‘Se agita la criba y queda el desecho, así el desperdicio del hombre cuando es examinado’, nos ha dicho el libro sapiencial. Los granos de trigo se pasan por la criba para despejarlos de toda hojarasca, para separar el grano bueno de la parva que se llevará el viento y podamos obtener un fruto limpio y sustancioso. Bien lo saben los agricultores que en la era han de trillar el trigo para sacarlo limpio de paja y luego es aventado al viento para liberarlo de esa parva. Hermosa imagen para la vida.
Necesitamos de esa criba donde veamos la verdad de nuestra vida, para que no se quede todo en vanidosos oropeles que oculten la vaciedad de nuestros frutos o la podredumbre de nuestro corazón. Se llamará discernimiento – y la palabra ya vemos que se deriva de cernir, de pasar por la criba – que no solo es el que tenemos que hacer de los demás o de los acontecimientos que nos rodean, sino que cada uno ha de saber hacerlo de si mismo para descubrir la autentica verdad de sus valores.
Ese discernimiento lo podemos llamar también revisión o examen pero será algo que tenemos que hacer con total sinceridad, por respeto a nosotros mismos y a nuestra propia conciencia, pero también por respeto a esas personas que nos rodean, con quienes convivimos o a quienes en una tarea educadora hemos de saber trasmitir también unos valores que no se pueden quedar en palabras huecas y vacías. No nos vale cubrirnos de apariencias ni nos vale querer ocultar lo que llevamos en nuestro corazón porque pronto saldrá a relucir porque de lo que hay en nuestro corazón hablarán nuestros labios, o lo denunciarán nuestras propias obras. Y cuanto de todo eso puede haber en nuestra vida.
En este estilo sapiencial nos habla Jesús hoy en el evangelio. Son como sentencias que va desgranando pero que tenemos que detenernos para rumiarlas y masticarlas para sacar de ellas todo fruto. No nos vale leerlas o escucharlas todo de corrido, porque tenemos el peligro de quedarnos en la superficie y no lleguemos a ahondar en toda la sabiduría que Jesús quiere ofrecernos para nuestra vida.
Así no podemos ir de maestros por la vida siempre queriendo señalar para los demás cuando nosotros previamente no lo hayamos rumiado en lo más intimo de nuestra vida y con toda sinceridad; cuando simplemente tratamos de trasmitir palabras oídos o aprendidas de memoria, pero que no hemos asimilado en nosotros para hacerlas vida en nuestra vida, nos quedaremos en palabras huecas y vacías que nada van a decir a quienes tratamos de trasmitirlas.
Una almendra está escondida tras un doble caparazón que hemos de saber tener la habilidad de abrirlo para poder encontrar ese rico fruto; una perla está escondida en el caparazón de una concha que hemos de saber abrir para encontrarnos con su belleza y su riqueza. Es lo que tenemos que saber hacer con la Palabra de Dios que escuchamos y que queremos trasmitir; no nos quedamos en la superficie, como no nos quedamos en el caparazón de la concha, sino que lo abrimos para disfrutar de la belleza de la perla; así tenemos que saber rumiar, con verdadero discernimiento para aplicarla a nuestra vida esa Palabra que escuchamos y luego ya podremos ofrecerla con toda claridad y brillantez a los demás.
Hoy nos habla Jesús de quitar la mota o la viga de nuestro ojo, para poder ver claramente la mota que pueda tener el ojo de nuestro hermano y poder extraerla. Discernimos primero sobre nuestra vida, viendo lo que en realidad hay en nosotros para que con ojos claros y límpidos podamos ofrecer la luz a los demás.
De igual manera nos habla Jesús de cómo he cuidar el árbol de nuestra vida para que no esté dañado de ninguna maldad y así podarlos dar frutos buenos que enriquezcan a los demás y enriquezcan a nuestro mundo haciéndolo mejor. ‘Cada árbol se conoce por su fruto’, nos viene a decir Jesús, y si los frutos de nuestra vida no son buenos es porque nuestro árbol, nuestra vida está dañada y es lo primero que tenemos que curar. ‘El fruto muestra el cultivo de un árbol, la palabra, la mentalidad del hombre’, nos decía también el libro del Eclesiástico.  ¿Cuál es el fruto que nosotros ofrecemos? Analicemos nuestras palabras, revisemos nuestras actitudes, examinemos de verdad lo que son las obras de nuestra vida, nuestra manera de actuar, nuestra propia idea, nuestra mentalidad. Es lo que en verdad tenemos que saber cribar, discernir.
‘El que es bueno, de la bondad que atesora en su corazón saca el bien, y el que es malo, de la maldad saca el mal; porque lo que rebosa del corazón, lo habla la boca’, terminará diciéndonos Jesús. Hagamos ese verdadero discernimiento, esa buena criba de nuestra vida para no nos quedemos en ofrecer paja, sino buen grano, buen fruto que alimente no solo nuestra vida sino que enriquezca también a nuestro mundo haciéndolo mejor.

sábado, 2 de marzo de 2019

Aprendamos de la sencillez de los niños y de la apertura de su corazón lleno de confianza para comenzar a vivir el sentido del Reino de Dios


Aprendamos de la sencillez de los niños y de la apertura de su corazón lleno de confianza para comenzar a vivir el sentido del Reino de Dios

Eclesiástico 17,1-13; Sal 102; Marcos 10,13-16

La reacción de los apóstoles es la reacción de tantos que no queremos que nos molesten o quizá desde una postura demasiado servicial no queremos que se importune a otras personas que nosotros consideramos importantes. Vamos tan enfrascados en nuestras cosas, nuestras preocupaciones o nuestros entretenimientos que nos parece que atender a las preguntas ingenuas de un niño, prestar atención a quienes consideramos quizá inferiores mirándolos desde las alturas de nuestros orgullos, o detenernos para saludar a una persona sencilla que nos encontremos, pudiera ser una pérdida de tiempo, por decirlo de una manera suave.
O es también, como decíamos, la postura servicial – que no es lo mismo que espíritu de servicio – que tenemos ante quien consideramos importante y a quien no hay que importunar con pequeñeces de las que consideramos que ellos pasan. Ya decimos que no es lo mismo espíritu de servicio, que una actitud servicial con la que nos podemos convertir en aduladores y otros servilismos.
Algunas veces nos pudiera molestar las actitudes, preguntas, o cosas ingenuas de nuestros niños, pero que se manifiestan como son, y allí donde encuentran cariño se sienten muy a gusto y se manifiestan tal como son. En la época de Jesús no eran bien considerados ni tenidos en cuenta hasta que llegaran a una cierta edad en la que ya los consideraban mayores y les permitían entonces estar con todos. Pero quizá a pesar de cuanto proclamamos derechos humanos de todos, todavía haya quienes los tengan por menos o incluso no los respeten o más bien los utilicen para sus fines o intereses. Niños de la guerra, niños de la calle, niños maltratados y un largo etcétera, y ya sabemos bien lo que Jesús nos dice de quienes hagan daño de la forma que sea a un niño.
Pero bien, vayamos al hecho concreto del evangelio de hoy. Los apóstoles apartan a los niños – sus madres los traen para que Jesús los bendiga – porque no quieren que molesten al Maestro. Pero bien hemos visto la reacción de Jesús: ‘Dejad que los niños se acerquen a mí: no se lo impidáis; de los que son como ellos es el reino de Dios. Os aseguro que el que no acepte el reino de Dios como un niño, no entrará en él’.
Esta corta frase de Jesús encierra muchas cosas. Primero, por situarlo en algún orden, el respeto y la valoración que merece en si mismo el niño, es una persona, se ha de tener en cuenta, no tenemos por qué apartarlos a un lado. ‘No se lo impidáis’, les dice.
Pero la imagen del niño, siempre con el corazón abierto, siempre con una mirada que va más allá y más hondo de lo que nos pudiera parecer, siempre con una confianza en su corazón sobre todo donde saben que encuentran amor, nos está señalando como hemos de abrirnos a Dios, como nuestro corazón tiene que estar siempre abierto al amor de Dios. ‘De los que son como ellos es el Reino de Dios’.
Tenemos que tener corazón de niño, hemos de tener la confianza de un niño que se fía de lo que le dicen sobre todo quien tiene la autoridad del amor sobre ellos, porque es así como hemos de abrirnos nosotros al Reino de Dios, será así como nosotros entraremos en el Reino de Dios, comenzaremos a vivir en el sentido y en el valor del Reino de Dios. Os aseguro que el que no acepte el reino de Dios como un niño, no entrará en él’.