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sábado, 8 de abril de 2017

La muerte de Jesús es algo más de que uno tiene que morir por todos porque para nosotros es Pascua, paso Salvador de Dios por nuestra vida y nuestro mundo

La muerte de Jesús es algo más de que uno tiene que morir por todos porque para nosotros es Pascua, paso Salvador de Dios por nuestra vida y nuestro mundo

Ezequiel, 37, 21-28; Sal.: Jer. 31, 10-13; Juan 11, 45-56
Ya sabemos como nos las gastamos cuando en la vida actuamos movidos por intereses, por orgullos, por vanidades, donde buscamos o nuestras ganancias o nuestra superioridad y poder, cuando queremos ponernos sobre el pedestal y todo aquel o aquello que nos lo impida lo quitamos de en medio o lo destruimos.
Nos puede parecer fuerte lo que estamos diciendo pero bien sabemos que cosas así suceden en muchos aspectos y circunstancias de la vida social. No queremos que nadie nos haga sombra, nos molesta quizás quien con su rectitud esta indirectamente señalando lo injusto que nosotros realizamos, el que nos dice la verdad tratamos de acallarlo, y a quien por su vida puede ser un signo para nosotros lo ignoramos o tratamos de desprestigiarlo, de anularlo de la manera que sea.
¿Por qué tenemos que actuar así? Ya sabemos como nos ciega materialismo de la vida; ya sabemos que la perdida de valores nos hará movernos por intereses y por vanidades; ya sabemos como hemos convertido la vida en una lucha sin cuartel y vamos perdiendo en humanidad y al final el hombre termina siendo un lobo para el hombre. Hemos de saber estar alertas porque esas cosas nos pueden suceder, en esas redes podemos caer, por esa pendiente podemos resbalar y ya sabemos como podemos terminar aunque nos creamos colocados en los pedestales mas altos.
‘Uno tiene que morir para que todo el pueblo no perezca’, les viene a decir el sumo sacerdote Caifas a los principales del pueblo reunidos en el Sanedrín. Las noticias corren que vuelan, a Jerusalén ha llegado la noticia de lo que ha hecho Jesús en Betania, donde ha resucitado a Lázaro y les molesta tremendamente que  cada vez haya mas gente que crea en Jesús. Ya habían estado queriendo ponerle zancadillas de mil maneras, en dialéctica no habían podido ganar a Jesús porque su sabiduría era mayor, pero había que quitarlo de en medio. Es lo que les viene a decir Caifas y en lo que van a poner manos a la obra.
¿Intereses políticos porque podría surgir una rebelión y los romanos podrían avasallar a todos con sus legiones? Quizás se la pantalla que ponen, pero detrás puede haber otros intereses egoístas desde la situación en la que se han colocado y que las palabras de Jesús puede perturbar. ¿Una reacción ante lo nuevo que significaba Jesús y el mensaje que Jesús proclamaba? Son muchas las lecturas que podemos hacer. Como nos sucede ante tantas situaciones de la vida en la que nos vemos envueltos o la lectura tergiversada que podemos hacernos a veces hasta del actuar de la Iglesia o de lo que nos dice el Papa. Cada uno quizás desde el color del cristal a través del cual mira la vida.
El evangelista nos da una clave distinta. Nos hace una lectura creyente de la realidad y de lo que esta por suceder. Sin descartar esas motivaciones que puede haber por detrás sin embargo quiere hacer una lectura profética de las palabras de Caifas. ‘Esto no lo dijo por propio impulso, sino que, por ser sumo sacerdote aquel año, hablo proféticamente anunciando que Jesús iba a morir por la nación y no solo por la nación, sino también para reunir a los hijos de Dios dispersos’.
Nos viene muy bien este apunte en el momento en que estamos prácticamente comenzando la semana santa. Consideremos lo que en verdad vamos a celebrar. ‘Uno tiene que morir por el pueblo…’ Jesús entrega su vida, es su pascua, como cordero inmolado para quitar el pecado del mundo.
Decíamos antes que se hacían muchas lecturas de las palabras de Caifas; en el mundo que vivimos también son diversas las lecturas que se hacen de la semana santa. Ya sabemos en que se queda para muchos. Lo de santa será una excusa para muchas cosas diversas. Para muchos puede ser unos días de devoción para asistir a unos actos religiosos, participar quizás en unas procesiones, quedarnos extasiados ante la belleza de los pasos procesionales, quizás vivir una emoción momentánea desde el realismo duro y cruel de unas imágenes que nos presentan el dolor y la muerte de Jesús, pero quizás no demos un paso mas adelante. No digamos de quienes se lo toman como unas vacaciones de primavera como las puede haber en invierno o las tendremos en verano. ¿Será solo eso para nosotros?
Contemplemos y vivamos lo que el evangelista que proféticamente se nos anunciaba. Es la Pascua, es el paso salvador del Señor por nuestra vida. No es un paso en el vacío, es un paso de vida y de salvación para el que nosotros hemos de estar predispuestos. Pensemos como vamos a celebrar, que es lo que vamos a celebrar, que nos falta que preparar para que en verdad sea la Pascua en nosotros, en nuestra vida y también para nuestro mundo.

viernes, 7 de abril de 2017

A las puertas de la semana de pasión que nos conduce a la Pascua caminamos en pos de María, Madre de los Dolores, que nos llevará por el amor y la cruz a la gloria de la vida

A las puertas de la semana de pasión que nos conduce a la Pascua caminamos en pos de María, Madre de los Dolores, que nos llevará por el amor y la cruz a la gloria de la vida

Jeremías 20,10-13; Sal 17; Juan 10,31-42
Los textos litúrgicos de este día nos hablan de aquellas diatribas que Jesús mantenía con los judíos sobre su propia identidad por lo que buscaban la manera de prenderle y de quitarle de en medio. Cuando en el evangelio de Juan se hace esa mención a los judíos no es una referencia en general  a todo el pueblo, sino mas bien a los dirigentes de la sociedad del momento, como eran los sumos sacerdotes, el sanedrín, los escribas o maestros de la ley y aquellos grupos de especial influencia como serian los fariseos y los saduceos.
Hoy veremos, incluso, que Jesús se retira a la región de más allá del Jordán donde aun sigue predicando y nos dice el evangelista que muchos creyeron en El. Será en esa estancia mas allá del Jordán donde le llegara la noticia de la enfermedad de Lázaro, que escuchábamos el pasado domingo y su posterior muerte con los acontecimientos que siguieron ya comentados.
Estamos a las puertas ya casi de la semana santa y la liturgia nos va preparando para estos días de pasión que nos lleven a celebrar la pascua. Por eso todo el ambiente que nos ofrecen las lecturas de la Palabra de Dios hacen referencia a como tramaban contra El que desembocara en su prendimiento como iremos viendo en los días sucesivos. Nos daría esto para momentos de reflexión en como nosotros aceptamos de corazón a Jesús y estamos dispuestos a entrar con El en esta semana de pasión, pero ya será tema de reflexión en los próximos días.
Este viernes de la quinta semana de cuaresma – semana que ya comúnmente llamamos también de pasión – es tradicional fijarnos en la figura de María. Llamamos a este viernes precisamente Viernes de Dolores, por esa referencia a la Madre de Jesús. Aunque la festividad litúrgica de la Virgen de los Dolores es el quince de Septiembre ya en  nuestros templos suele estar entronizada la imagen de la Virgen Dolorosa como una preparación fuerte para nuestros corazones para vivir los días que se acercan.
Miramos, si, a María en el camino de la pasión, al pie de la cruz en el Calvario. Madre de los Dolores, la llamamos, Virgen de las Angustias y así tantos nombres que con nuestro amor de hijos queremos darle junto al sufrimiento redentor de su Hijo en la Cruz. Allí Jesús quiso dárnosla como Madre, aunque ella nos llevaba ya en el corazón desde que acepto la Encarnación de Dios en sus entrañas. Conocía ella las Escrituras y lo que los profetas habían anunciado del sufrimiento del Siervo de Yahvé. Ella sabia que allí estaba la redención. También el anciano Simeón se lo había anunciado diciéndole que una espada atravesaría su alma. Jesús seria un signo de contradicción porque su ofrenda de amor le llevaba a la muerte y aquella muerte nos daría la vida.
Pero de signos contradicción íbamos a ser nosotros porque teniendo la salvación que Jesús nos ofrecía a nuestra mano sin embargo en lugar de la vida tantas veces preferimos la muerte. Contradicciones de nuestra vida pecadora. Y María sabia que había de estar a nuestro lado para recordarnos una y otra vez el camino de Jesús, el camino del amor que nosotros habíamos de escoger. En su dolor y sufrimiento están los dolores de Jesús en la cruz, pero esta también nuestro sufrimiento como están nuestras negruras y oscuridades.
Cuando ahora la vamos a contemplar caminando en pos de Jesús en la calle de la Amargura vamos a seguir sus pasos, vamos ponernos a su lado, vamos a sentir el resplandor y el calor de su amor que mueva también nuestros corazones para que nos decidamos a hacer el camino de Jesús. María es un camino certero que nos lleva a la pascua, que nos hace vivir la pascua, que nos ayudará a transformar nuestro corazón y nuestra vida para sentirnos siempre iluminados por la luz de Jesús.
Ella siempre nos dirá haced lo que El os diga, y nos señala del camino de Jesús, el camino de la cruz pero que es el camino del amor y de la vida.

jueves, 6 de abril de 2017

Jesús nos ofrece una vida sin fin y nos alimenta de su carne para resucitar en el último día

Jesús nos ofrece una vida sin fin y nos alimenta de su carne para resucitar en el último día

Génesis 17,3-9; Sal 104; Juan 8,51-59
‘Os aseguro quien guarda mi palabra no sabrá lo que es morir para siempre…’ Vivir para siempre, morir… ¿Quién quiere morir? ¿A quien no le gustaría que la vida no se acabara? Sabemos sin embargo cual es la realidad y un día esta vida terrena se acabara. Hay quien no piensa en nada más.
Hay quien se resiste ante el hecho de la muerte, se angustia, se desespera… piensa quizás en lo que deja atrás, son los apegos de las cosas, son los ‘quereres’ de las personas; no solo nos cuesta pensar en nuestra propia muerte y nos rebelamos ante ella, sino que dolorosamente vivimos el hecho de la muerte de los seres queridos. Ante ello sin embargo, aunque tengamos que pasar por ese duelo, tenemos luego muchos recursos que nos mitigan ese dolor y esa separación. ¿Estoicismo, quizás? ¿O acaso aquello de que el tiempo cura todas las heridas? Pero realmente ¿de eso es de lo que nos quiere hablar Jesús? En sus palabras, ¿hay algo más?
Los judíos que están escuchando a Jesús no le entienden. Se toman las palabras con excesiva literalidad. Sacan sus conclusiones, hacen comparaciones entre Jesús y Abraham, entre Jesús y los profetas. No terminan de entender las palabras de Jesús como les cuesta aceptar no solo lo que Jesús les dice sino sobre todo lo que Jesús es, como Jesús se manifiesta.
Esta imagen de la vida, del morir o del vivir para siempre es algo repetido en el evangelio de san Juan. Ya el pasado domingo escuchábamos el relato de la resurrección de Lázaro, pero sobre todo las palabras de Jesús que nos hablaban de creer en El y tener vida para siempre.
Pero ya desde el principio del Evangelio Juan nos hace una hermosa presentación del tema. La Palabra que esta junto a Dios y que era Dios, la Palabra por quien fue hecho todo, la Palabra en quien estaba la vida y la vida era la luz de los hombres, y a quienes la reciben, a todos aquellos que creen en su nombre les da la vida de hijos de Dios. No es una vida que provenga del hombre, no es la vida producto de la generación humana, es la vida que nace de Dios.
Creemos en Jesús, Palabra eterna de Dios, guardamos las palabras de Jesús y guardarlas es cumplirlas, es hacerlas vida en nosotros y estamos llamados a vivir para siempre. Ya nos dirá Jesús que El ha venido para que tengamos vida y vida en abundancia, vida que dure para siempre. Y para eso – una imagen mas que nos ofrece Jesús – El se hace alimento para que tengamos vida. Quien come su carne tendrá vida para siempre, nos dirá en otro momento, y El nos resucitara en el último día.
Es hermoso lo que nos esta diciendo Jesús. Cuando le escuchamos tenemos que ir recogiendo toda su Palabra porque aunque en algún momento alguna cosa nos cueste entender, escuchándola en conjunto veremos la totalidad de su mensaje y unas cosas nos ayudaran a comprender otras.
Claro que queremos vivir para siempre, llenarnos de la vida de Jesús, hacer que nunca mas en nosotros haya muerte, porque en Jesús podremos tener la vida en plenitud, porque nos llenamos de la vida de Dios. A los que creen en su nombre les da el poder ser hijos de Dios, recordábamos, estamos haciéndonos participes de la vida de Dios por la fuerza de su Espíritu, estamos llamados a resucitar en el ultimo día, porque Jesús es la resurrección y la vida y es lo que El quiere para nosotros. Es su salvación.

miércoles, 5 de abril de 2017

Jesús nos da la sabiduría mas divina porque nos descubre la verdad del hombre y la libertad más grandiosa porque nos libera del mal y del pecado

Jesús nos da la sabiduría mas divina porque nos descubre la verdad del hombre y la libertad más grandiosa porque nos libera del mal y del pecado

Daniel 3, 14-20. 91-92. 95; Salmo: Dn. 3, 52. 53. 54. 55. 56; Juan 8, 31-42
Jesús nos habla hoy de verdad y de libertad, como al mismo tiempo nos hace reconocer nuestras esclavitudes y nuestras oscuridades. Creo que nos pueden hacer pensar mucho estas palabras de Jesús.
Verdad, libertad… todos hablan de ellos, todos tienen su opinión, todos quieren expresar su verdad muchas veces de manera subjetiva; no queremos absolutos, queremos hacerlo todo muy relativo, a nuestra conveniencia, a nuestra particular visión, en búsqueda de nuestras satisfacciones. Incluso nos hacemos nuestras muy particulares interpretaciones de las palabras de Jesús; como se suele decir queremos arrimar el ascua a nuestra sardina, porque nuestra verdad es la única que queremos que prevalezca.
Y en el mismo sentido cuando hablamos de libertad; en nombre de la libertad nos queremos permitir todo, pero claro todo lo que nos favorezca personalmente; en el choque con la libertad del otro, primero esta nuestra propia libertad y ya lo de respetar la libertad del otro lo relativizamos a nuestra conveniencia. ¿Será libertad o será libertinaje? Tendríamos que analizar mucho la manera de entenderlo, la manera de respetar a los demás, porque en nombre de nuestra libertad, de nuestra opinión o de nuestras ideas no tenemos por que molestar ni ofender a nadie. Es que es la verdad, decimos, y que le duela al que le duela, y no nos importa herir, incluso dañar.
Jesús nos invita a que le escuchemos, a que atendamos a sus palabras y seremos sus discípulos y nos dice que conoceremos la verdad y la verdad nos hará libres. Es que escuchando a Jesús conoceremos la verdad plena, nos da su Espíritu para llenarnos de esa sabiduría divina que nos haga conocer la verdad. ¿Quién nos puede revelar mejor la verdad del hombre que Aquel que nos ha creado? Así como el artista es el que mejor nos puede explicar el sentido de su obra, como el artesano aquella obra que ha realizado, así nuestro Creador. Y Jesús es la revelación de Dios, la Palabra que nos descubre la verdad de Dios y la verdad del hombre que Dios ha creado. Es en Jesús donde vamos a encontrar el sentido verdadero de nuestra existencia.
Y conociendo esa verdad de Dios que nos revela la verdad del hombre alcanzaremos, si, la libertad. Conocemos así el camino que nos lleva a la plenitud de nuestro ser; sabemos entonces cuales son aquellas cosas que pueden mermar esa plenitud de vida, que nos pueden entonces esclavizar. Con Jesús, escuchando sus palabras, siguiendo su camino, alcanzaremos esa libertad verdadera. ¿No nos había dicho allá en la sinagoga de Nazaret que venia con el Espíritu del Señor para dar a los oprimidos la libertad?
Escuchemos, si, y desde lo mas hondo del corazón estas palabras que hoy nos dice Jesús: ‘Si os mantenéis en mi palabra, seréis de verdad discípulos míos; conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres’. El nos da la sabiduría más divina y la libertad más grandiosa.

martes, 4 de abril de 2017

También nosotros nos hacemos preguntas sobre Jesús pero pongamos a Cristo en los pasos de nuestra vida porque en El encontremos el verdadero sentido de nuestra vida

También nosotros nos hacemos preguntas sobre Jesús pero pongamos a Cristo en los pasos de nuestra vida porque en El encontremos el verdadero sentido de nuestra vida

Números 21,4-9; Sal 101; Juan 8,21-30
‘¿Quién eres tu?’ le preguntan los judíos a Jesús. No entendían de lo que Jesús les hablaba. No terminaban de vislumbrar el misterio de Jesús. Jesús les hablaba de vida y de muerte, de salvación y de condenación, pero Jesús les hablaba sobre todo de creer en El. Era lo que les costaba, poner su fe en Jesús.
¿Qué veían en Jesús? Si se quedaban solo en lo exterior, un hombre como los demás. Ya lo decían, de Nazaret, allí estaban sus parientes, allí se había criado junto a José, el artesano. Algunas veces descubrían en Jesús algo especial, en la forma de hablar, en lo que les planteaba, en las cosas que les enseñaba, en los signos que realizaba que no terminaban de entenderlo porque se quedaban en el taumaturgo que curaba y que hacia milagros pero no llegaban a leer las señales que eso significaba.
Las exigencias que planteaba Jesús de seguirle con radicalidad, la nueva manera de ver y entender las cosas que les hacia cambiar muchos esquemas y planteamientos, la cierta ruptura que se vislumbraba en relación a lo que enseñaban los maestros de su tiempo, la autoridad con que se manifestaba hacia que sintieran admiración, pero no eran capaces de dar un paso mas; seguirle les comprometía, la muestra estaba  en aquellos pescadores que lo habían dejado todo olvidándose de su pesca o de sus ocupaciones habituales los que no eran pescadores. Eso en cierto modo  les asustaba, les hacia quedarse atrás, un poco a la expectativa sin decidirse del todo a seguirle. ‘¿Quién eres tu?’ Preguntaban, y se preguntaban a si mismos.
¿No nos sucederá a nosotros de manera parecida en muchas ocasiones? Nos asusta darle un si total y radical a Jesús. ¿Y si nos equivocamos? Y nos entran dudas, y pensamos que lo que quizás tengamos que dejar atrás, los cambios que tenemos que realizar en nuestra vida. Y ponemos nuestras pegas, nuestras condiciones, y nos hacemos preguntan, y no terminamos de caminar libremente en pos de Jesús.
Muchos otros también se hacen la misma pregunta porque la presencia y la figura de Jesús no deja insensible a nadie, aunque sea como sucede en tantas ocasiones para combatirle. Si con sinceridad miramos nuestro interior nos damos cuenta que nos inquieta, aunque busquemos subterfugios para la huida, para tratar de desentendernos, para no querer escuchar, para que no nos comprometa.
Creo que como creyentes que ahora estamos haciendo este camino cuaresmal que nos prepara para la pascua tenemos que hacernos la pregunta y sin miedos. Busquemos a Jesús, tratemos de conocerle de verdad para ahondar en el misterio de su vida, porque nos va a revelar el misterio de nuestra propia vida. Cristo le revela al hombre la verdad del hombre; Cristo viene a nosotros para que nos conozcamos a nosotros mismos de verdad y encontremos el verdadero sentido de nuestra vida. No temamos poner nuestra fe en El, toda nuestra confianza, toda la apertura de nuestro corazón. Dejémonos transformar por Cristo en esta Pascua que vamos a vivir para que haya de verdad pascua en nosotros.
No se trata solamente de hacer cosas sino que es nuestra vida la que tiene que implicarse. No se trata de hacer actos bonitos vistosos porque ahora es semana santa y vamos a hacer bonitas procesiones. Tenemos que caminar, desde lo más hondo de nosotros mismos, el mismo camino de Jesús. Y hacer el camino de Jesús no es solamente poner flores o mantos preciosos que adornen nuestros pasos procesionales, sino poner a Cristo en los pasos de nuestra vida. 

lunes, 3 de abril de 2017

Miremos nuestros propios tropiezos para que seamos capaces de comprender y no juzgar, perdonar y no condenar a imagen del Señor que es compasivo y misericordioso

Miremos nuestros propios tropiezos para que seamos capaces de comprender y no juzgar, perdonar y no condenar a imagen del Señor que es compasivo y misericordioso

Daniel 13,1-9.15-17.19-30.33-62; Sal 22; Juan 8,1-11
Levantamos demasiadas veces en la vida el dedo acusador. Claro que no nos gusta que ese dedo se vuelva contra nosotros, porque aunque hagamos algo mal o cometamos errores siempre estaremos buscándonos justificaciones. Pero a los otros no le pasamos nada. Ahí están nuestros juicios, nuestra critica, nuestra condena. Habrán hecho o no el mal, pero sin pensárnoslo mucho levantamos el dedo acusador y condenamos.
Pero por nuestro orgullo exigente tampoco damos oportunidad al otro a que se regenere, a que corrija, a que pueda de nuevo comenzar una nueva vida; ya lo tendremos marcado para siempre; será o no será culpable, pero el sambenito no hay quien se lo quite y ya para siempre será para nosotros el que hizo aquello, el que cometió tal injusticia, el que tropezó en la vida sin darnos cuenta que nosotros tropezamos tantas veces e intentamos una y otra vez volver a levantarnos.
Pero quizás en nuestro juicio esta el hecho de que no aceptamos al otro, su actuar, su manera de ser o como enfrenta los problemas. Muchas veces nos molesta quizás su rectitud y buscamos la manera como cogerle en algo, como encontrar algo en lo que pueda fallar y todo lo que hace o lo que dice lo pasamos por nuestro tamiz, por nuestro filtro, por nuestros juicios y ya previamente lo condenamos.
Es de lo que nos habla hoy el evangelio. Estaban buscando como coger a Jesús en sus palabras o en sus actuaciones. Aquel sentido nuevo de las cosas, de la vida, de la relación con Dios no les gustaba, les parecía incluso herético porque consideraban que Jesús se hacia con atribuciones que no le correspondían. No sabían como podrían condenarle, quitarle de en medio por eso tendrían que cazarle en alguna palabra, en alguna actitud, en algo que hiciera.
Jesús que hablaba tanto de amor y de perdón, vamos a ver hasta donde ella. Por eso le presentan a una mujer pecadora, a una mujer que ha sido sorprendida en flagrante adulterio. La ley de Moisés mandaba apedrear a las adulteras, vamos a ver cual es la respuesta de Jesús. Por eso le llevan a esa mujer, que para ellos ya estaba condenada, ¿Qué hará Jesús? Ante El arrastran a aquella mujer. Todo eran dedos acusadores. Todos estaban esperando la respuesta de Jesús porque el dedo se podría volver también contra El.
Jesús calla, parece entretenido haciendo dibujos en la tierra; ellos insisten y ahí tenemos la respuesta de Jesús. ‘El que este sin pecado, que tire la primera piedra’. Ahora el silencio se hizo en ellos, el silencio quedo ahora en torno a aquella mujer que se ha quedado sola, sin sus acusadores, delante de Jesús. Se habían ido escabullendo.
‘Mujer, ¿nadie te ha condenado?... pues yo tampoco te condeno, vete y no peques mas’. Son las palabras decisorias de Jesús.  Jesús que abre puertas, Jesús que pone en camino, Jesús que quiere que emprendamos una nueva vida. como al paralítico que le dijo que cargara con su camilla y fuera a su casa; como al leproso que quedo limpio y lo mando a casa con los suyos; como a tantos pecadores que los hacia bajar de su higuera, los había levantado de su garita, los ponía en camino de una vida nueva.
‘Vete en paz, no peques mas’. Jesús cree en las personas, en su regeneración, en que pueden comenzar una vida nueva y distinta, que pueden encontrar la paz en su corazón, que pueden de nuevo encontrarse con los demás. ¿Por qué vamos a juzgar y a condenar? ¿Acaso nosotros no hemos tropezado muchas veces en la misma piedra y aun seguimos intentándolo una y otra vez?  ¿Es que se puede seguir cargando para siempre con el peso de su delito si se ha arrepentido y esta intentando una nueva vida?
Cuidado porque en eso seguimos tropezando, porque seguimos juzgando y condenando, porque no damos oportunidades, porque no creemos en las personas. Y nos puede suceder hasta en los que nos consideramos más cristianos y religiosos, nos puede suceder incluso en el seno de la misma Iglesia.
No olvidemos que con la gracia del Señor todo es posible, con la gracia del Señor podemos emprender una vida nueva. El Señor no tiene en cuenta para siempre nuestros delitos porque su misericordia es eterna y es compasivo y misericordioso. Jesús nos dice que seamos compasivos como nuestro Padre es compasivo. 

domingo, 2 de abril de 2017

Un mensaje de vida y que nos llena de vida, que nos arranca de la oscuridad y de la muerte y hace crecer nuestra fe y nuestra esperanza

Un mensaje de vida y que nos llena de vida, que nos arranca de la oscuridad y de la muerte y hace crecer nuestra fe y nuestra esperanza

Ezequiel 37,12-14; Sal 129; Romanos 8,8-11; Juan 11,3-7.17.20-27.33b-45
De todo lo que nos sucede siempre podemos aprender algo; es la sabiduría de la vida, lo que vamos aprendiendo en la vida; por eso hemos de estar atentos a lo que nos sucede, a lo que vivimos, a lo que podemos contemplar alrededor, lo que podemos escuchar, siempre hay una lección que aprender. Es una sabiduría el saber tener los ojos bien abiertos, más aun nuestra mente, para ver y aprender de cuanto nos sucede.
En nuestra actitud de creyentes, siempre abiertos a Dios, ya bien comprendemos como Dios nos habla a través de los acontecimientos de la vida; un creyente saber tener una mirada de fe en lo que le sucede y en consecuencia sabe hacer una lectura creyente de los hechos de la vida.
En este quinto domingo de cuaresma es tradicional, y sobre todo en el ciclo C, el escuchar el evangelio de la resurrección de Lázaro; domingo de pasión en la liturgia preconciliar, pero que en ciertos ambientes incluso es conocido como domingo de Lázaro, por el hecho que nos narra el evangelio.
Es bueno detenerse a leer con calma todo el texto del evangelio desde el momento en que las hermanas le anuncian a Jesús la enfermedad de Lázaro. Quiero destacar algunos aspectos porque en la brevedad de esta reflexión no podemos entrar en todos los detalles del mensaje. En referencia a lo que nos ha servido de punto de partida destacar como el evangelista en las palabras de Jesús nos va dando la motivación, por así decirlo, de este pasaje haciéndonos comprender lo que la catequesis de este evangelio puede y ha de significar para nuestra vida.
Cuando le anuncian a Jesús la enfermedad de Lázaro y con las palabras que en principio los discípulos no entienden nos viene finalmente a decir que aquello que sucede 'servirá para la gloria de Dios, para que el Hijo del Hombre sea glorificado por ello'. Luego cuando ya se decida ir a Betania diciendo claramente que Lázaro ha muerto vuelve a decirnos Jesús: 'Lázaro ha muerto y me alegro por vosotros de que no hayamos estado allí, para que creáis'.
Será también la respuesta que dará a Marta cuando de alguna manera se resista a abrir la tumba, pues lleva cuatro días enterrado y ya huele mal, '¿no te he dicho que si crees verás la gloria de Dios?' Finalmente en la oración de acción de gracias que eleva al Padre antes de hacer que Lázaro salga vivo de la tumba será lo que exprese también: 'Padre, te doy gracias porque me has escuchado; yo sé que tú me escuchas siempre; pero lo digo por la gente que me rodea, para que crean que tú me has enviado'.
Como conclusión final el evangelista comentará que 'muchos judíos que habían venido a casa de María, al ver lo que había hecho Jesús, creyeron en El'. Todo ha de servirnos para nuestra fe; es nuestro alimento, lo que da sentido y orienta nuestra vida; lo que nos abre al misterio de Dios y de la vida; lo que nos hace trascender nuestra existencia para darle un valor profundo a cuanto vivimos; lo que nos hace buscar la verdadera vida, la que nos llena de plenitud porque da un valor eterno y sobrenatural a cuanto hacemos; la que nos llena de luz a pesar de cuantas oscuridades encontremos en la vida; la que nos hace comprender y superar nuestra propia muerte terrena, la muerte de nuestro cuerpo porque nos hace pensar en lo que nos llena de vida sin fin.
Es un mensaje de vida el que hoy escuchamos. Hay sufrimiento, dolor, muerte pero Jesús nos habla de vida y de vida para siempre si creemos en El. Ahí está la fe de los discípulos que va creciendo más y más; ahí está la fe de aquellas mujeres con su dolor y con su angustia, pero seguían confiando en Jesús.
Es la queja del amor y de la fe. 'Si hubieras estado aquí no habría muerto mi hermano', es como el saludo de ambas mujeres cuando se acercan a Jesús, o mejor, cuando Jesús llega hasta ellas. Pero aunque ahora todo eran lágrimas y oscuridades en su corazón atormentado allí estaba la fe que tenían en Jesús. Primero Marta, la que primero se encuentra con Jesús. Aunque su corazón está apenado y dolorido, sufre el duelo por la muerte de su hermano, sigue esperando, sigue confiando, sigue queriendo darle trascendencia a su vida. 'Sé que resucitará en la resurrección del ultimo día'. Pero Jesús no solo habla de futuro, sino habla de presente. Ahora hay vida si hay fe. 'El que cree en mi no morirá... yo lo resucitaré'.
Luego será la otra hermana, la que un día derramara perfume de nardo puro sobre los pies de Jesús, la que corre al encuentro con Jesús cuando le anuncian que 'el Maestro está ahí y te llama'. Los que no tienen la fe y el amor de María seguirán pensando en la muerte y piensan en el sepulcro. Pero Maria sabía sentarse a los pies de Jesús para escucharle aunque no hiciera otra cosa y recibiera las quejas de su hermana. Ahora quiere estar con Jesús, con sus reproches llenos de amor y de esperanza, con el deseo de que en Jesús encontrará la paz que ahora necesita su corazón.
En la vida caminamos muchas veces rodeados de muerte, en los dolores, en los sufrimientos, en las enfermedades, en la pobreza, en las injusticias que sufren nuestros hermanos o nosotros mismos acaso suframos también, pero tenemos que ir a Jesús. Aunque algunas veces lo hayamos sentido lejos porque no le hemos visto, pero sabemos que Jesús siempre está ahí, siempre se hace presente en nuestra vida, nos dará su paz, nos llenará de su vida.
Corramos, sí, al encuentro con Jesús con nuestras penas o con nuestras oscuridades, en El encontraremos la paz, la luz, la vida. Pongamos esperanza en nuestra vida incluso cuando nos pueda parecer por las negruras que suframos que ya no puede haber esperanza. La Palabra de Jesús es fiel. Y nos ha dicho que si ponemos nuestra fe en El tendremos vida para siempre. Que así crezca nuestra fe. Que así sintamos que nuestra vida se ilumina.

sábado, 1 de abril de 2017

Con humildad desde nuestras limitaciones, desde nuestras dudas y confusiones tenemos que acudir a Jesús queriendo llenarnos de su vida y dejarnos inundar por su Espíritu

Con humildad desde nuestras limitaciones, desde nuestras dudas y confusiones tenemos que acudir a Jesús queriendo llenarnos de su vida y dejarnos inundar por su Espíritu

Jeremías 11, 18-20; Sal 7; Juan 7, 40-53
Jesús no deja indiferente a nadie. Ante Jesús, su figura, su vida, sus obras todos nos decantamos de alguna manera. Ya lo había anunciado el anciano Simeón allá en el templo con la presentación del Niño. Será bandera discutida, será signo de contradicción, ‘este niño va a ser motivo de que muchos caigan o se levanten en Israel’.
Hoy lo escuchamos en el evangelio. Gente que dice que nadie ha hablado como El, otros que decía que si no seria el Mesías o un profeta, mientras los fariseos y los sumos sacerdotes están maquinando contra El; quieren apoyarse incluso en las Escrituras y cada uno hace sus interpretaciones; habrá entre ellos alguien que pide serenidad, reflexión, no tomarse las cosas a la ligera ni dejarse llevar por impulsos, porque las acusaciones hay que probarlas, pero todos de alguna manera se decantan a favor o en contra. Un mundo de confusión en torno a Jesús; los sencillos no entienden de esos conflictos, pero esas cosas afectan a todos. 
Pero ¿no sucederá que sigue pasando igual? ¿No nos puede pasar a nosotros mismos en nuestro interior? También en nuestro entorno hay mucha gente confundida. Nos sentimos confundidos nosotros mismos porque muchas veces casi sin saber por qué nos entran dudas en nuestro interior, nos preguntamos muchas cosas y no siempre sabemos dar respuestas.
Mucha gente sabemos bien que se aleja de la fe, de la religión, de la Iglesia cuando le surgen esas dudas que no saben resolver. No es malo que nos surjan dudas, porque eso tendría que aquilatar nuestra fe, purificarla, hacerla profundizar, pero tenemos que saber bien a donde tenemos que acudir, tenemos que saber también dejarnos conducir que el Señor irá poniendo nuestro lado muchas señales que tenemos que saber discernir.
Confusión también se produce cuando vemos tantas opiniones distintas, cuando vemos tantas divisiones incluso en los que tenemos una misma fe, o creemos tener una misma fe, en Jesús. Gentes que llegan a nuestra puerta y nos ofrecen sus ideas y sus interpretaciones, que unas veces quizá cerramos la puerta, pero otras veces nos producen una cierta inquietud en nuestro interior. Corrientes de opinión en torno a la Iglesia, la religión, la fe que circulan en el entorno en que vivimos, gente que habla en contra siempre tratando de desprestigiar, de anular, de destruir. Somos conscientes de ello y cuanto daño se hace a los sencillos.
Es necesario fortalecer nuestra fe, darle hondura, formarnos debidamente, crecer en espiritualidad. Con humildad desde nuestras limitaciones, desde nuestras dudas y confusiones tenemos que acudir a Jesús queriendo conocerle más y más, llenarnos de su vida, dejarnos inundar por su Espíritu. Es el Espíritu del Señor que nos conduce a la verdad plena, es el Espíritu que nos revelará allá en el interior de nuestro corazón todo el misterio de Cristo, es el Espíritu que nos fortalecerá interiormente frente a tantas cosas que nos puedan confundir o nos puedan arrastrar fuera de los caminos de la Verdad.
Tengamos un corazón humilde y sencillo porque será la mejor manera de escuchar a Dios, de sentir a Dios en nuestra vida, de expresarle toda nuestra fe. Pero esa humildad y sencillez no nos quita que nos esforcemos por conocer mejor nuestra fe para que podamos dar verdadera razón de nuestra fe y de nuestra esperanza. Un compromiso que tendría que surgir en nosotros en este camino cuaresmal que estamos viviendo sería el que leyéramos más la Biblia, la estudiáramos más, nos preocupásemos de acudir a aquellos medios que nos ofrece al Iglesia para crecer en nuestra fe. 

viernes, 31 de marzo de 2017

Abramos nuestro corazón al Espíritu Santo y llegaremos a conocer, y conocer es vivir, todo el misterio de Jesús

Abramos nuestro corazón al Espíritu Santo y llegaremos a conocer, y conocer es vivir, todo el misterio de Jesús

Sabiduría 2,1ª.12-22; Sal 33; Juan 7,1-2.10, 25-30
Si yo lo conozco, de toda la vida, que me vas a decir tu a mi; así habremos escuchado mas de una vez a alguien hablarnos de otra persona que dice que conoce y que conoce bien de siempre, o nos habrá pasado a nosotros lo mismo, pero que realmente ese conocimiento la más de las veces es superficial y no conocemos tanto a esa persona como nosotros decimos.
Conocer a alguien no es quedarnos en la apariencia, en la superficialidad de lo externo o en algunas circunstancias quizás de su vida. Somos de alguna manera un misterio profundo cada ser humano, y no nos podemos quedar en la epidermis. Es conocer las razones profundas de la persona, es vislumbrar su interior, es conocer a fondo sus sentimientos, es el saber el quién y el qué de esa persona. Algunas veces ni nos terminamos de conocer bien a nosotros mismos.
Pero todo esto que estamos diciendo apliquémoslo al ámbito de nuestra fe, al conocimiento que de Cristo y del evangelio habríamos de tener. Sabemos cosas, pero no son solamente cosas las que tenemos que conocer; podemos hacer hasta un relato hermoso del actuar de Cristo, de sus milagros, de lo que enseñaba a la gente y si iba y venia de acá para allá por aquellos caminos de Palestina, desde Galilea o más allá de Galilea, hasta Jerusalén o todo el valle del Jordán. Pero eso no nos basta para poder decir que conocemos todo el misterio de Cristo.
Muchos también han escrito muchas cosas de Jesús pero no siempre han sabido captar el misterio de su vida; muchos nos hacen sus juicios y apreciaciones y nos encontramos las más dispares opiniones acerca de Jesús y de lo que fue su obra. Pero, quizá nos venga bien preguntarnos si nosotros mismos llegamos de verdad a conocer a Jesús.
Porque nos puede pasar como nos sucede también tantas veces en la relativo al conocimiento que tenemos de las personas; muchas veces nos puede marcar el sentido de la amistad que tengamos con alguien lo que pueden ser los intereses más íntimos y profundos que nosotros tengamos dentro de nosotros mismos. Aquello del color del cristal con que se mira; así puede ser nuestra  mirada de los demás y así puede ser nuestra mirada a Cristo que se puede ver enturbiada por nuestro personal color.
Hoy nos lo esta diciendo Jesús en el evangelio. ‘Entonces Jesús, mientras enseñaba en el templo, gritó: A mí me conocéis, y conocéis de dónde vengo. Sin embargo, yo no vengo por mi cuenta, sino enviado por el que es veraz; a ése vosotros no lo conocéis; yo lo conozco, porque procedo de él, y él me ha enviado’. Les está diciendo Jesús que muchos creen conocerle pero realmente no le conocen. Podrán decir que es de Galilea o que nació en Belén, podrán decir que su padre era carpintero o que sus parientes están allá en Nazaret de Galilea, pero ¿conocen en toda su profundidad a Jesús? ¿Reconocen que El es el enviado del Padre, el Ungido del Espíritu, que viene a traernos el año de gracia del Señor, porque en verdad viene a traernos la salvación?
‘El Espíritu del Señor esta sobre mí…’ había dicho aplicándose las palabras del profeta allá al inicio de su tarea apostólica. Lleno del Espíritu de Dios había caminado en medio de ellos y había realizado la obra de Dios. Pero bien sabemos como algunos le atribuyen incluso los signos y milagros que realiza al padre del príncipe de los demonios. Era necesario dejarse conducir por el Espíritu de Dios que es el que nos revela todo allá en lo más hondo del corazón.
Es por donde tenemos que empezar nosotros para llegar a ese conocimiento vivo de Jesús, dejarnos conducir por su Espíritu.  Nos descubrirá la verdad de Jesús y que El es nuestra única verdad; nos llenará de la vida de Jesús porque El es nuestra única vida y nuestra única salvación; nos hará seguir las huellas que nos va dejando en el camino, porque El es el único camino que nos lleva hasta el Padre. Abramos nuestro corazón al Espíritu Santo y llegaremos a conocer, y conocer es vivir, todo el misterio de Jesús.

jueves, 30 de marzo de 2017

Es necesario que sepamos detenernos para reflexionar, para descubrir las obras de Dios en nosotros, tantos signos y señales que El nos va dejando de su presencia

Es necesario que sepamos detenernos para reflexionar, para descubrir las obras de Dios en nosotros, tantos signos y señales que El nos va dejando de su presencia

Éxodo 32, 7-14; Sal 105; Juan 5, 31-47
Podemos tener delante las cosas más hermosas, pero si cerramos los ojos no las podemos ver. Podemos tener a nuestra consideración los razonamientos más convincentes, pero si nos cerramos a considerarlos, a pensar en ellos o a aceptar sus razonamientos nos quedaremos en la ignorancia y en nuestro error.
Cuantas veces en la vida vamos cerrando los ojos, y ya no son solo los ojos de nuestra cara, sino nuestra mente, nuestro yo a lo que se nos pueda ofrecer y seguimos encerrados en nosotros mismos, en nuestras ideas de siempre, en nuestro conservadurismo y no llegamos a avanzar en la vida. Puede ser en razón de las ideas, pero también porque no queramos aceptar al otro, a quien nos puede ofrecer esa apertura para la vida; ponemos muchas pegas no solo a las ideas sino también a las personas. Hay mucha gente que vive así con la mente cerrada; es una tentación que nosotros también podemos vivir en tantos aspectos de la vida.
Nos cuesta también hacer un camino ascendente en nuestra fe. Nos anquilosamos, nos quedamos en actitudes y posturas infantiles, no maduramos. Nos quedamos en nuestras devociones de siempre, que no digo que sean malas, pero no tratamos de profundizar en lo que creemos, abrir de verdad nuestro corazón al Espíritu del Señor que nos guía. Convertimos, o tenemos el peligro de hacerlo, nuestras practicas religiosas en una mera obligación que cumplir, pero quizá no las hacemos vivencias profundas de nuestra fe en el interior de nosotros mismos y que luego se reflejen en las actitudes y comportamientos de nuestra vida.
Más de una vez quizás nos ha sucedido que hemos asistido a la celebración de la Eucaristía, pero estando físicamente allí espiritualmente estábamos muy lejos; el final de la celebración quizá nos hemos preguntando que hemos encontrado en esa celebración, qué es lo que hemos vivido y no tenemos nada que decir porque no hubo esa vivencia profunda.
Es necesario detenernos muchas veces en eso que estamos haciendo y haciendo de siempre para caer en la cuenta de lo que estamos expresando, lo que estamos celebrando, el sentido y significado en ese momento de aquellas oraciones que estamos diciendo, en lo que esa Palabra que estamos escuchando o la reflexión que se nos ofrece, qué es lo que nos está diciendo en concreto a la vida que vivimos. No podemos pasar de largo por nuestras celebraciones sin que dejen una huella en nosotros.  Y tristemente muchas veces nos sucede así, no quedan huellas como no dejamos huellas desde lo que vivimos para los demás.
En el evangelio que hoy escuchamos (nos convendría releerlo quizá una vez mas) Jesús quiere hacer pensar a sus discípulos y cuantos le escuchan. Muchos no han descubierto de verdad quien es Jesús; piden tantas veces señales, pero no son capaces de ver las señales y las huellas de Dios que Jesús va dejando en sus vidas. Ahí están sus obras, las obras del Padre que Jesús realiza y que tendrían que ser en verdad signo y testimonio para ellos que les haga creer. Pero no quieren ver esas obras de Dios en lo que Jesús realiza. Escuchan la Escritura pero no son capaces de ver aquello anunciado en las Escrituras en la obra de Jesús.
Como decíamos antes es necesario que sepamos detenernos para reflexionar, para descubrir las obras de Dios en nosotros, tantos signos y señales que El nos va dejando de su presencia y que tendrían que transformar nuestra vida, para que crezcamos en nuestra fe, para que en verdad construyamos el Reino de Dios, para que seamos también testimonio para que los demás también se abran a la fe.

miércoles, 29 de marzo de 2017

Creer en Jesús es pasar de la muerte a la vida porque El nos arranca de nuestro sepulcro de muerte que es nuestro desamor, maldad, injusticia en lo que hemos vivido y nos lleva a la vida

Creer en Jesús es pasar de la muerte a la vida porque El nos arranca de nuestro sepulcro de muerte que es nuestro desamor, maldad, injusticia en lo que hemos vivido y nos lleva a la vida

Isaías 49,8-15; Sal. 144;  Juan 5, 17-30
Creer en Jesús es pasar de la muerte a la vida. Toda nuestra vida esta imbuida por el misterio pascual de Cristo. Por la fe nos sentimos envueltos por el misterio de Cristo de manera que ya no vivimos, y permítanme que lo exprese así, para la muerte sino para la vida, ya no vivimos envueltos por la muerte sino por la vida.
Creer en Jesús significa sentir en nosotros su pascua, su paso salvador; un paso de Cristo en nosotros que nos transforma, un paso de Cristo en nosotros que nos arranca de la muerte; un paso de Cristo en nosotros que nos hace vivir una vida nueva, su vida. Yo he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia, nos dirá en otro momento en el evangelio.
La presencia de Cristo en nosotros no es un juicio de condena sino un juicio de vida, porque siempre nos esta ofreciendo vida, nos esta ofreciendo su salvación. Claro que cuando nos sentimos en la presencia de Cristo somos nosotros los primeros que nos juzgamos porque nos damos cuenta que lejos estamos, nos damos cuenta cuanto de muerte seguimos permitiendo que haya en nosotros, nos damos cuenta de nuestras sombras, de nuestro pecado; pero no para la angustia sino para la esperanza porque al mismo tiempo estamos contemplando ese rostro misericordioso de Dios que Cristo nos manifiesta y nos sentimos envueltos por su amor.
Indignos, porque somos pecadores, somos levantados por la gracia para lavarnos de ese pecado, para transformar nuestra vida, para sentirnos otros, para comenzar a amar con su mismo amor. La presencia de Cristo con su gracia que es lo mismo que decir con su amor nos transforma, nos hace vivir la pascua, nos llena de vida. Claro a eso tenemos que dar respuesta en nosotros, en ese camino nuevo que emprendemos, en esa vida de gracia que vivimos, en esas actitudes nuevas que van a comenzar a resplandecer en nosotros, en ese nuevo actuar y nuevo vivir llenos siempre de su amor.
De eso nos esta hablando Jesús hoy en el evangelio. No entienden los judíos que llame Padre a Dios y se escandalizan y por eso hasta quieren condenarlo. Pero es el rostro de Dios que Cristo nos esta manifestando, hoy con sus palabras, pero a lo largo del evangelio con todo su actuar, con su presencia de amor. Estas palabras de hoy siguen a lo que ayer escuchábamos, como Jesús se acerca a aquel paralítico de la piscina que allá esta con sus limitaciones y con sus soledades para llevarle vida, para ponerle a caminar en nuevo encuentro con Dios y con los demás. No lo entienden los judíos, no entienden lo que Jesús realiza, y Cristo con sus palabras quiere hacérnoslo comprender.
‘Quien escucha mi palabra y cree al que me envió posee la vida eterna y no se le llamará a juicio,-,- porque ha pasado ya de la muerte a la vida. Os aseguro que llega la hora, y ya está aquí, en que los muertos oirán la voz del Hijo de Dios, y los que hayan oído vivirán…’ Escuchemos a Jesús y tendremos vida; escuchemos a Jesús y pongamos toda nuestra fe en El; escuchemos a Jesús y pongámonos en camino con El y nos llevara a la vida.
‘No os sorprenda, porque viene la hora en que los que están en el sepulcro oirán su voz: los que hayan hecho el bien saldrán a una resurrección de vida…’ Es el sepulcro de nuestro pecado, del mal que hemos dejado meter en nosotros, de nuestro desamor, de la injusticia y la maldad en que tantas veces hemos vivido. Todo eso es muerte, pero Cristo viene a sacarnos del sepulcro, Cristo viene a llevarnos a la vida, Cristo viene a traernos su salvación. Como decíamos al principio creer en Jesús es pasar de la muerte a la vida.

martes, 28 de marzo de 2017

También Jesús te esta diciendo levántate, sal de tu soledad, camina al encuentro con los demás, pon la camilla de tu vida al servicio de los otros

También Jesús te esta diciendo levántate, sal de tu soledad, camina al encuentro con los demás, pon la camilla de tu vida al servicio de los otros

Ezequiel 47, 1-9. 12; Sal 45; Juan 5, 1-3. 5-16
Que triste es sentirse solo y no tener nadie que le acompañe y le ayude. Vivimos rodeados de gente por todas partes, familia, vecinos, compañeros de trabajo, amigos… y por otra parte hoy tenemos la facilidad de las redes sociales que nos hacen entrar en comunicación con personas de todos lados; nos llamamos con facilidad amigos, es una palabra muy socorrida, y desde que entramos en un mínimo de conocimiento enseguida nos llamamos amigos.
Sin embargo vivimos en un mundo donde hay demasiadas soledades. La comunicación con las personas de nuestro entorno no siempre es lo profunda que desearíamos, bien porque son unas relaciones muy superficiales o porque se ponen fácilmente barreras y distancias, o bien nosotros mismos nos encerramos en nuestras cosas, en nuestro mundo, en nuestras rutinas y no abrimos la puerta de nuestro yo a esa comunicación con el que quizás hasta nos estamos tratando cada día.
No es así el mundo de felicidad que todos desearíamos; en la soledad nos guardamos nuestras amarguras, nos sentimos paralizados ante cualquier problema, entramos en etapas de aislamiento y de inacción e inutilidad, vamos centrándonos solo en nosotros mismos y ya seremos incapaces de apreciar los problemas que los otros tienen a nuestro lado.
No es el camino que Jesús quiere para nosotros porque es un camino que merma más y más nuestra vida, y Jesús quiere que tengamos vida y vida en plenitud. Y la vida en plenitud comienza por valorarnos a nosotros mismos y ser capaces de desarrollar todas las posibilidades, todas las capacidades que hay en nuestra vida, todos esos valores que nos harán crecer, ser nosotros mismos, pero también ser para los demás.
Hoy el evangelio nos habla de un milagro especial que Jesús realiza, un signo muy especial y que puede enseñarnos mucho. Había en Jerusalén una piscina muy cercana al templo, junto a la puerta por donde entran introducidas las ovejas o los animales para los sacrificios en el templo y por eso se llamaba Betesda, o la piscina de las ovejas.
Allí se agolpaba una multitud grande de impedidos, de discapacitados y enfermos de todas clases porque tenían la creencia que cuando el agua entraba en movimiento quien se sumergiera el primero en la piscina era curado. No todos los lograban. El evangelio nos habla de un hombre que llevaba 38 años en los pórticos de aquella piscina esperando un día ser el primero que se sumergiera en el agua. No lo había logrado por su discapacidad, otros se le adelantaban. Por si mismo parecía que él no podía hacerlo.
Es Jesús el que se acerca a aquel hombre. ‘¿Quieres curarte?’ Y el hombre le cuenta sus penas, le habla de su soledad, no tenia quien le ayudase, cada día se sentía mas imposibilitado. ‘Levantate, toma tu camilla y echa a andar’, son las palabras de Jesús. Que se levante por si mismo, que camine, que vaya de nuevo al encuentro con los suyos, que vaya a su casa, que cargue con su camilla. No tiene que quedarse allí postrado. El puede. El tiene que levantarse. El tiene que salir de allí. El tiene que ir de nuevo al encuentro con los demás.
No le vale quedarse encerrado en aquella soledad, no puede sentirse inútil. Su vida vale, con su vida es posible seguir haciendo muchas cosas y tiene que hacerlo; que cargue con su camilla, no la va a dejar allí para que otros la lleven. Es lo que Jesús hace con aquel hombre, es la vida nueva que va a tener a partir de su encuentro con Jesús. No se puede quedar ya encerrado en su soledad y en su aislamiento.
¿No será eso lo que nosotros también tenemos que hacer? No sigamos dando vueltas sobre nosotros mismos; salgamos de ese círculo en el que nos hemos metido y que nos aísla. Vayamos al encuentro con los demás que podemos hacerlo, desarrollemos nuestras capacidades, nuestros valores, comencemos a creer en las posibilidades que en nosotros mismo tenemos.
Es lo que Jesús quiere para nuestra vida. Levántate, toma tu camilla, echa a andar. Muchas cosas puedes hacer incluso con esa camilla de tu vida, porque ahí quizás hemos encerrado muchas cosas, les hemos cortado las alas a nuestras posibilidades. Jesús nos tiene la mano para que vivamos esa vida nueva. Es el milagro que quiere realizar en nuestra vida. 

lunes, 27 de marzo de 2017

Aunque no veamos cosas maravillosas y extraordinarias sepamos apreciar en nosotros la maravilla del amor del Señor presente siempre en nuestra vida

Aunque no veamos cosas maravillosas y extraordinarias sepamos apreciar en nosotros la maravilla del amor del Señor presente siempre en nuestra vida

Isaías 65,17-21; Salmo 29; Juan 4,43-54
La palabra dada siempre se ha considerado algo como sagrado que hay que respetar y que en toda persona honrada siempre hemos de creer. Entre nuestros mayores no hacían falta papeles escritos ni firmas de ningún tipo porque se creía en la palabra que se nos diera.
Creíamos en la persona, creíamos en su palabra; era algo de obligado cumplimiento. Tratando entre personas maduras y honradas siempre tendría que ser así, pero bien sabemos que ya no somos tan crédulos y nos entra fácilmente la desconfianza, quizás desde experiencias negativas que hayamos podido tener o contemplar en la vida. Ahora parece que siempre tenemos que exigir pruebas que nos confirmen aquello que se nos dice y nosotros dar pruebas que confirmen nuestra fiabilidad, nuestra honorabilidad. Tenemos que hacernos creíbles y hacer que siempre se puedan fiar de nosotros, pero hemos de aprender de nuevo quizás a confiar en los demás, a confiar en la palabra dada.
Son aspectos humanos en los que me gusta fijarme, cosas que pudieran parecer insignificantes pero que pueden mostrar de alguna manera también nuestra madurez humana, y que siempre queremos iluminar con la luz del evangelio. Jesús quiere que aprendamos a confiar los unos en los otros; el plan de vida que nos ofrece en que en verdad nos sintamos en fraternidad y en comunión crearía esas bases necesarias para esa confianza que mutuamente hemos de tenernos en la vida, y más cuando vamos caminando en el mismo barco, podríamos decir, vamos compartiendo la misma vida y este mundo en el que vivimos y que entre todos hemos de construirlo mas justo y mas humano.
En el evangelio vemos llegar a Jesús a Galilea. Recuerda el evangelista lo que Jesús ya había dicho que un profeta no es bien recibido en su tierra, pero sin embargo nos dice que los galileos lo reciben bien porque han oído lo que Jesús había realizado en Jerusalén en la fiesta de Pascua porque ellos también habían ido. Pero el evangelio quiere centrarse en algo más. Un funcionario de Cafarnaún se entera de que Jesús ha llegado y sube hasta Cana donde se encuentra Jesús para pedirle que baje a curar a su hijo que se estaba muriendo. Jesús accede pero le dice que vaya porque su hijo ya estaba curado. Y aquel hombre cree en la Palabra de Jesús y se puso en camino.
‘Como no veáis signos y prodigios, no creéis’, había comenzado diciendo Jesús. Pero ante la insistencia de aquel hombre, ante la fe que esta poniendo en Jesús, accede no ya a ir, sino a decirle que estaba ya curado su hijo. Pedía aquel hombre, es cierto el prodigio de que Jesús lo curara, quería que fuera a su casa, pero aquel hombre cree en Jesús, cree en su palabra. Cuando le salen al encuentro sus criados para decirle que su hijo ya esta curado nos dice el evangelista que creyó el y toda su familia.
¿Por qué creemos en Jesús? ¿Solo esperamos ver signos y prodigios para poner nuestra fe en El? ¿Nos fiamos de su Palabra? ¿Con que atención e interés la escuchamos? Aunque no veamos cosas maravillosas y extraordinarias sepamos apreciar, sentir en nosotros la maravilla del amor del Señor presente siempre en nuestra vida. Su amor que nos llena de vida, que nos sana y que nos salva, que nos hace abrirnos a Dios, pero que nos hace abrir también nuestro corazón a los demás. De tantas maneras se manifiesta el amor de Dios en nosotros, descubrámoslo también en la confianza que los demás tienen en nosotros y en el amor y confianza que nosotros pongamos también en los demás. 

domingo, 26 de marzo de 2017

Tenemos que dejarnos iluminar por la luz de la fe en el encuentro con Jesús para ser luz también que transforme las oscuridades del mundo que nos rodea


Tenemos que dejarnos iluminar por la luz de la fe en el encuentro con Jesús para ser luz también que transforme las oscuridades del mundo que nos rodea

1Samuel 16,1b.6-7.10-13ª; Sal 22; Efesios 5,8-14; Juan 9,1.6-9.13-17.34-38
Si caminamos a oscuras, con los ojos vendados, por un lugar totalmente desconocido para nosotros pero teniendo quizás a nuestro lado alguien que pueda percibir el lugar, las cosas con las que nos encontramos y queriendo orientarnos nos va explicando la dimensión de los objetos, el paisaje por el que pasamos, las cosas que van sucediendo en nuestro entorno, podríamos decir que nos vamos haciendo una idea aproximada de donde estamos o el lugar por el que atravesamos, pero realmente no tendríamos una seguridad absoluta de lo que hay o de lo que sucede en nuestro entorno; podríamos decir que vemos, no por nuestros ojos, sino por la apreciación del que nos explica las cosas lo que no nos daría certezas absolutas, aunque sin embargo nos pueden servir de mucha ayuda en esa búsqueda y deseo de la luz. Si en algún momento pudiéramos abrir los ojos para ver por nosotros mismos entonces si nos podríamos hacer una idea clara de lo que hay a nuestro alrededor y necesitamos, es verdad, quien nos ayude a abrir los ojos y comprender toda la riqueza y la belleza de la luz.
¿Iremos así caminando por la vida? Pudiera sucedernos de que a pesar de que llevemos bien abiertos los ojos de nuestros sentidos corporales, haya otra oscuridad que nos nuble en el sentido mas profundo de la vida y en muchas cosas iríamos dando palos de ciego. No son solo los sentidos corporales los que hemos de llevar debidamente abiertos sino que ha de ser nuestro espíritu el que ha de dejarse iluminar para poder descubrir claramente el sentido mas profundo de nuestra vida.
No es fácil en ocasiones por la ceguera espiritual nos puede aturdir de tal manera que ni siquiera desearíamos salir de ella para encontrar esa verdadera luz de nuestra vida. Alguna vez pudiera sucedernos que nosotros mismos no querríamos salir de esa oscuridad y nos negamos a aquello que pueda elevar nuestro espíritu, nos negamos a dejarnos iluminar por la luz de la fe. Sin embargo hemos de decir también que allá en lo mas hondo de nosotros mismos esta latente ese ansia de la luz que nos ilumine y nos eleve, de ese querer creer en quien pueda ayudarnos a encontrar la verdad de nuestra vida.
Hoy el evangelio nos habla de un ciego de nacimiento que allá en las calles de Jerusalén pedía limosna a los que pasaban. No sabe quienes son los pasan ante el; algunos compadecidos le dejaran sus limosnas, pero no entiende lo que hablan los que ahora están al paso de la calle ni lo que le han puesto en los ojos. Solo ha entendido que vaya a la piscina de Siloé a lavarse de aquel barro que han puesto en sus ojos. Ciego esta sin entender lo que le sucede, como ciegos están los que ahora no entienden y se preguntan del por que de su ceguera. ¿Será su pecado o el pecado de sus padres?, escucha que se preguntan y atina a escuchar que cuanto le sucede es para que se manifieste la gloria de Dios.
De Siloé vuelve el que ha sido ciego porque ha recobrado la visión de sus ojos, aunque todavía quedan algunas oscuridades en su interior que aparentemente se van a agrandar en la oposición y el rechazo que algunos van a manifestar  de cuanto le ha sucedido. Una y otra vez ira explicando a los fariseos y a los sumos sacerdotes que alguien ha llegado junto a el, ha hecho barro con su saliva, se la puesto en sus ojos y lo ha mandado a la piscina de Siloé a lavarse; de allí ha vuelto con la visión de sus ojos recobrada.
Será un costoso proceso el que se va desarrollando en su espíritu, porque va a reconocer que quien le ha hecho esto – aun no sabe que fue Jesús – será o no un pecador por Dios esta con El porque si no fuera así no se podría haber realizado aquel milagro. Para él tiene que ser un profeta o un hombre de Dios. Su confesión en la que su espíritu se va abriendo a la luz le va a producir dificultades, porque incluso será expulsado de la sinagoga por esa confesión que ya va haciendo de la fe que va naciendo en su alma. Será finalmente Jesús el que se acercara hasta el para dársele a conocer plenamente.
‘¿Crees tú en el Hijo del hombre? Él contestó: ¿Y quién es, Señor, para que crea en él? Jesús le dijo: Lo estás viendo: el que te está hablando, ése es. Él dijo: Creo, Señor. Y se postró ante él’.
Finalmente se le abrieron en plenitud sus ojos. Pudo hacer una confesión de fe en Jesús. Se dejó conducir y encontró la luz. Ahora todo adquiría un nuevo sentido y un nuevo valor. Sin embargo algunos creían ver y estaban ciegos, porque su espíritu no se abría a la luz de la fe para reconocer a Jesús.
Que no permanezcamos nosotros en esa oscuridad; que lavemos y limpiemos de verdad nuestros ojos no ya en la piscina de Siloé, sino en el que es en verdad el enviado y nuestro salvador. Es el proceso que también queremos ir haciendo ahora de manera mas intensa en este camino cuaresmal que estamos recorriendo. Dejémonos iluminar; que la Palabra de Dios vaya calando hondo en nosotros haciéndonos descubrir nuestra vida y también nuestras oscuridades, esas oscuridades de las que tenemos que salir para vivir con todo sentido la pascua. Muchas serán las cosas de las que tenemos que purificarnos. El Señor nos espera.
Pero no olvidemos que dejándonos iluminar por esa luz de la fe, por esa luz de Jesús nosotros tenemos que convertirnos también en portadores de luz para los que nos rodean. Muchas son las oscuridades de nuestro mundo y de muchas personas en nuestro entorno. Tenemos un compromiso con la luz, ser portadores de esa luz para cuantos nos rodean.

sábado, 25 de marzo de 2017

Veamos las señales y no nos confundamos sino seamos capaces de descubrir lo que nos lleva de verdad a encontrar el misterio de Dios en su Encarnación

Veamos las señales y no nos confundamos sino seamos capaces de descubrir lo que nos lleva de verdad a encontrar el misterio de Dios en su Encarnación

Isaías 7, 10-14; 8, 10; Sal 39; Hebreos 10, 4-10; Lucas 1, 26-38
Vamos por una carretera o por una autopista buscando un camino, buscando una dirección; tratamos de encontrar la señal que nos indique el camino, pero hay muchas señales en la orilla del camino, muchos carteles grandes y luminosos que nos hacen sus anuncios porque nos quieren llevar a algún sitio o que realicemos alguna compra como suele suceder con la publicidad; pero lo llamativo de esos carteles nos distraen, nos impiden quizás que nos fijemos en las verdaderas señales que nos indiquen el camino que realmente buscamos, y atraídos por esos signos publicitarios nos pasamos de largo, no nos fijamos en la señal que para nosotros seria importante porque parece que nos llama menos la atención y no encontramos realmente el camino que buscamos. Nos perdemos.
Así nos puede suceder en las señales que Dios va poniendo en nuestro camino de la vida; buscamos quizás cosas muy llamativas y no somos capaces de encontrar las señales de Dios que se nos manifestaran con mayor sencillez. Lo vemos tantas veces en el evangelio que la gente le pide a Jesús una y otra vez señales, signos, cosas extraordinarias, milagros que les llamen la atención y les hagan creer en El. Es así como se nos manifiesta el misterio de Dios y es lo que hoy estamos celebrando aunque nos pase un tanto desapercibido.
‘Cuando se cumplió el tiempo, nos dice la carta del apóstol, envió Dios a su Hijo, nacido de una mujer, nacido bajo la ley…’ Pudo Dios escoger otros caminos, otras cosas asombrosas, otros lugares quizás mas significativos, pero fue allá en aquella aldea pequeña y perdida de Galilea – ‘¿De Nazaret puede salir algo bueno?’ se preguntaría uno que era del pueblo contrincante Cana de Galilea - que poco podría significar frente a otros lugares mas importantes en la misma Galilea como podría ser Cafarnaún, o como podría ser Jerusalén donde estaba el templo, pero Dios envió a su mensajero ‘a una ciudad de Galilea llamada Nazaret, a una virgen desposada con un hombre llamado José… y el nombre de la doncella era María’.
Así, en un pequeño lugar, en una humilde casa probablemente adosada a una roca, a una doncella que estaba desposada, prometida en matrimonio, con un humilde artesano, se realizo el misterio grande de Dios, su Encarnación. Allí Dios comenzaría a ser ya para siempre Emmanuel, Dios con nosotros, en aquel hijo que se engendraba en las entrañas de María, que seria el Hijo del Altísimo, verdadero Dios y verdadero hombre, el Ungido de Dios (Mesías) anunciado y prometido desde la aurora de los tiempos, el que venia para ser el Salvador, la Salvación para todos y por eso llevaría el nombre de Jesús.
Nos sobrecoge la sencillez y la humildad, ahora tampoco repican las campanas del cielo ni los ángeles harán coro para cantar la gloria de Dios. En silencio, humildemente el Todopoderoso se hace pequeño, el Dios de los cielos se fija en la pequeñez y en la humildad de la que quiere no solo llamarse sino sentirse la esclava del Señor, y se realizan cosas grandes, cosas maravillosas porque Dios llega a nosotros con su salvación; Dios ha hecho pequeño, se ha encarnado en el seno de María y como hombre pero pobre entre los pobres quiere nacer, quiere hacerse presente entre nosotros, viene a caminar a nuestro lado, a compartir nuestra vida y a compartir su vida con nosotros.
Veamos las señales y no nos confundamos. Descubramos lo que nos lleva de verdad a encontrarnos con el misterio de Dios en su Encarnación. Es el misterio de Dios que hoy celebramos y todo ese misterio nos sobrecoge, nos hace sentirnos pequeños y a la vez grandes porque así nos sentimos amados de Dios. Como María nosotros no tenemos otra cosa que hacer que cantar las maravillas del Señor, darle gracias, abrir nuestro corazón para sentir a Dios con nosotros, para empaparnos de su amor, para llenarnos de su gracia que ya para siempre no vivamos otra cosa sino su misma vida.
Para muchos pasará desapercibido este día porque se fijaran en otras señales, pero hoy es un día grande y fijémonos en las señales sencillas que nos llevan a Dios; hoy es un día en que con todas nuestras fuerzas, con toda nuestra vida queremos cantar la gloria de Dios.