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sábado, 5 de abril de 2014

Estudia la Escritura y conocerás más a Dios y tu vida será más conforme al Evangelio



Estudia la Escritura y conocerás más a Dios y tu vida será más conforme al Evangelio

Jer. 11, 18-20; Sal. 7; Jn. 7, 40-53
‘Unos decía: Este es de verdad el profeta. Otros decían: Este es el Mesías’. Pero otros lo ponían en duda porque el Mesías no podía ser Galileo como lo era Jesús, o decían que tenía que venir del linaje de David y de Belén. No terminaban de conocer a Jesús. Andaban divididos. ‘Surgió la discordia entre la gente por su causa’. Estaba anunciado ‘sería signo de contradicción’. Recordamos lo que anunciaba el anciano Simeón, cuando la presentación de Jesús en el templo.
Querían prenderlo, pero eran incapaces. Los sumos sacerdotes y los fariseos habían enviado a los guardias del templo y se volvieron más bien dando testimonio de Jesús. ‘Jamás nadie ha hablado así’, decían. Pero como hemos escuchado en textos anteriores, ‘todavía no había llegado su hora’.
Ante Jesús tenemos que decantarnos, no podemos andar nadando entre dos aguas, no podemos estar a medias tintas, como se suele decir. Tenemos que decidirnos; tiene que clarificarse bien nuestra fe. Ni nos podemos quedar con entusiasmos superficiales ni podemos permanecer siempre en la duda. Por eso, tenemos que fortalecer nuestra fe. Y para eso hemos de procurar cada día más crecer en nuestro conocimiento de Jesús y para ello tenemos que acudir más y más al evangelio, la Escritura Santo. Hemos de empaparnos de Evangelio, abrir nuestro corazón al Espíritu divino que nos lo vaya revelando en el corazón.
Lo mismo que hemos escuchado hoy y que quería servirles de argumento contra la defensa que hacía Nicodemo de Jesús, nos puede valer a nosotros para ese crecimiento de nuestra fe. ‘Estudia la Escritura y verás’, le decían a Nicodemo, aquel fariseo que había ido de noche a ver a Jesús y que ahora les decía que no se puede juzgar ni condenar a nadie sin haberlo oído previamente. Ellos querían argumentar  que de Galilea no salía ningún profeta. Nosotros sí tenemos que ir a la Escritura Santo pero para fundamentar más y más nuestra fe.
Es una lástima que a los cristianos se nos caiga de las manos el libro de la Biblia, porque realmente no leemos con atención ni meditamos profundamente el mensaje de la Palabra de Dios que tenemos contenido en la Biblia. Tendría que ser el vademécum de nuestra vida, el libro que nos acompañara en todo momento, para que en toda ocasión y circunstancia lo tomáramos en nuestras manos para empaparnos de su sabiduría.
Son palabras de vida eterna las que tenemos contenidas en la Biblia y nos ayudarían a encontrar y empaparnos de esa sabiduría de Dios. Crecería más y más nuestra fe en la medida en que fuéramos creciendo en ese conocimiento de Jesús y de su Buena Nueva de Salvación.
Ya es una riqueza para los que venimos cada día a la celebración la proclamación que se nos hace de la Palabra de Dios y lo que aquí podamos reflexionar. Pero no tendríamos contentarnos con este momento, sino que luego en nuestra oración personal, en esos momentos que tengamos en el día para nuestra reflexión, la lectura de una página de la Biblia, del Evangelio, o el volver a releer los textos que se nos han proclamado en la celebración nos ayudaría a darle todavía una mayor profundidad y riqueza espiritual.
Ya vamos bien avanzados en este camino cuaresmal que estamos haciendo y tenemos cercanos ya los días en que celebraremos el misterio pascual de Cristo en su pasión, muerte y resurrección. Sería una hermosa oportunidad para intensificar ese crecimiento espiritual, ese ir en verdad caldeando más y más nuestro corazón, para no echar en saco roto esa gracia que el Señor nos ofrece y nos regala en las próximas celebraciones pascuales. No nos hagamos oídos sordos a esta invitación que el Señor nos hace.

viernes, 4 de abril de 2014

Vivamos una entrega generosa de amor a la manera de Jesús aunque no seamos comprendidos por los demás

Vivamos una entrega generosa de amor a la manera de Jesús aunque no seamos comprendidos por los demás

Sab. 2, 1.2-22; Sal. 33; Jn. 7, 1-2.10.25-30
‘Recorría Jesús la Galilea, pues no quería andar por Judea porque los judíos trataban de matarlo… intentaban agarrarlo, pero  nadie le pudo echar mano, porque todavía no había llegado su hora…’ Así nos dice el principio del texto del evangelio que hoy hemos escuchado y el versículo final.
¿Por qué querían echarle mano? ¿por qué querían matarlo? En una ocasión que quisieron apedrearlo Jesús les preguntaba que por cual obra buena de las que hacía querían apedrearlo. ¿Por qué nos preguntamos nosotros también? El pasó haciendo el bien; ahí están sus milagros, sus curaciones, la cercanía de su corazón a todos como el pastor que cuida de sus ovejas y busca a las descarriadas, el perdón y la paz que con su presencia y con su palabra iba llevando a todos.
El texto del sabio del Antiguo Testamento, del libro de la Sabiduría nos ayuda a comprender. ‘Acechemos al justo que nos resulta incómodo… es un reproche para nuestras ideas… lleva una vida distinta a los demás y su conducta es diferente… declara dichoso el fin de los justos y se gloría de tener por Padre a Dios’.
La vida del hombre  justo a nuestro lado nos resulta incómoda porque con su vida nos está haciendo ver la realidad de nuestras obras que no son siempre son buenas.  A los ojos que están acostumbrados nada más que a las tinieblas les molesta y les hiere la luz. ¿La luz es mala? De ninguna manera, pero nos hiere porque nuestros ojos no quieren sino tinieblas, nos hiere porque nos hace descubrir donde están nuestras maldades.
Como hemos escuchado en el evangelio Jesús andaba por Galilea y cuando llegó la fiesta judía de las tiendas o de los campamentos, que recordaba su peregrinar por el desierto, no subió con sus parientes a Jerusalén, sino que lo hizo más tarde sin dejarse ver mucho. Sin embargo cuando algunos lo encuentran se harán preguntas sobre si en verdad Jesús será o no el Mesías y si ya lo habrán aceptado los dirigentes judíos. Pensaban, sin embargo, que no podía ser el Mesías, porque tenían la idea de que el Mesías no sabrían de donde procedía y de Jesús en cambio sabían que era de Galilea.
Es lo que ahora les quiere aclarar Jesús con sus palabras. Para conocer a Jesús era necesario algo más que saber que era de Galilea, cuál era su patria y quienes eran sus parientes. En Jesús habían de descubrir algo más que solo desde la fe podrían conocer. Jesús es el enviado del Padre. Será algo que nos aparecerá muchas veces en el Evangelio de san Juan. Viene del Padre y viene a hacer la voluntad de Dios.
‘Aquí estoy, oh Dios, para hacer tu voluntad’, es su grito a la entrada en el mundo del Hijo del Hombre. Consciente de que ha de hacer siempre la voluntad del Padre esa será su oración en la oración y agonía de Getsemaní. ‘Que pase de mí este cáliz, pero no se haga mi voluntad sino la tuya’. Ahí descubrimos la obra de Jesús y su misión; ahí comprendemos  su entrega de amor y su muerte en la cruz, entregándose en las manos del Padre.
Es lo que nos va enseñando, porque es lo que fue su vida en todo momento.  Es ese sentido nuevo de vivir que vemos en Cristo y que no siempre será comprendido por todos. Como hemos comenzado reflexionando hoy vemos cómo no es aceptado, cómo su vida resulta incómoda para los demás que quieren ponerlo a prueba y lo llevarán a la prueba suprema del amor que es su entrega y su muerte en la cruz.
Nosotros que nos decimos seguidores de Jesús, ¿seremos capaces de vivir una entrega de amor semejante? Quienes nos rodean ¿llegarán a descubrir en nosotros ese estilo de entrega y de amor porque también nuestra meta y nuestro ideal sean siempre pasar haciendo el bien?
No nos importe que no nos entiendan ni comprendan cuando amamos y cuando somos serviciales, cuando ponemos la paz y el amor por encima de todo y somos capaces de ser siempre comprensivos con los demás, aceptándonos mutuamente con generosidad y siendo capaces siempre de perdonarnos. No temamos parecer unos bichos raros porque amemos así a la manera de Jesús. No hacemos otra cosa que querer parecernos a Jesús porque sabemos que así es como vamos a encontrar la verdadera plenitud de nuestra vida.

jueves, 3 de abril de 2014

Acuérdate, Señor, de nosotros por amor a tu pueblo



Acuérdate, Señor, de nosotros, por amor a tu pueblo

Ex. 32, 7-14; Sal. 105; Jn. 5, 31-47
Bueno es fijarnos en el texto de la primera lectura. Se había realizado la Alianza de Dios con su pueblo al pie del Sinaí, la Antigua Alianza, pero pronto el pueblo cae en el pecado de infidelidad e idolatría. Era la continua tentación del pueblo de Israel. Mientras Moisés está en lo alto del Sinaí el pueblo pronto olvida la fidelidad que le había prometido a Dios, comprometiéndose a ser su pueblo y que Yahvé, el Dios que les había liberado de la esclavitud de Egipto sea para siempre su Dios.
‘Baja del monte, le dice Dios a Moisés, que el pueblo que has sacado de Egipto se ha pervertido, desviándose del camino que yo le había señalado’. Se hicieron un toro de metal al que ahora adoran como a su dios. ‘Cambiaron la gloria del Señor por la imagen de un toro que come hierba’, como nos relataba el salmista. ‘Se olvidaron de  Dios, su salvador, que había hecho prodigios en Egipto, maravillas en el país de Cam, portentos junto al Mar Rojo’ que Dios les había hecho cruzar a pie enjuto.
Es un pueblo de dura cerviz que merece el castigo, pero ahí vemos la intercesión suplicante de Moisés por su pueblo. ‘¿Por qué Señor se va a encender tu ira contra tu pueblo, que tu sacaste de Egipto con gran poder y mano robusta?... Acuérdate de tus siervos, Abrahán, Isaac y Jacob…’
Es la historia del pueblo de Israel tan llena de infidelidades, como es imagen también de nuestra propia historia. No siempre somos fieles al Señor; olvidamos pronto también ese amor de Dios y pronto apegamos el corazón a tantos falsos ídolos que convertimos en dioses falsos de nuestra vida; es la tentación que nos acecha y que nos hace olvidar tantas veces a Dios echando en saco roto tantas gracias con las que el Señor nos ha regalado.
‘Acuérdate, Señor, de nosotros, por amor a tu pueblo’, también tenemos que decirle como hemos repetido en el salmo pidiendo perdón una y otra vez al Señor. Es la súplica que hacemos invocando la misericordia del Señor para que perdone nuestros pecados, pero, a imagen de Moisés, ha de ser también la súplica que siempre hemos de tener muy presente en nuestros labios y en nuestro corazón pidiendo por todos los pecadores.
Pero digamos también una palabra del Evangelio que hemos escuchado. En los días que nos restan hasta que lleguemos a la Semana Santa y a la celebración de la pasión del Señor vamos a escuchar una continuidad de textos, sobre todo del evangelio de san Juan, donde contemplamos aquella oposición de los dirigentes judíos a Jesús que le llevarían precisamente a la pasión. Ya en días pasados escuchábamos cómo los judíos acosaban a Jesús y buscaban la forma de prenderle y llevarle a la muerte.
Pero al mismo tiempo iremos escuchando las palabras de Jesús, como es el caso de lo que hemos escuchado hoy, en que les da las razones por las que tendrían que creer en El. Les habla hoy del testimonio de Juan el Bautista; allá en el desierto primero había preparado al pueblo para su venida, y luego lo había señalado como el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo. Ahora como Cordero, verdadero Cordero Pascual, que ha de inmolarse Jesús camina hacia su pasión, hacia su entrega para nuestra salvación.
Pero Jesús no solo les habla del testimonio de Juan, sino de las obras de Dios que El realiza. Ya Nicodemo, cuando fue a ver a Jesús de noche, había dicho que si Dios no hubiera estado con El no podía realizar las obras que Jesús realizaba. Ahora Jesús les dice: ‘Esas obras que hago dan testimonio de mí: que el Padre me ha enviado. Y el Padre que me envió, él mismo ha dado testimonio de mí’.
Y les habla de lo que había anunciado Moisés, que estaba contenido en las Escrituras y que se cumplía en Jesús. ‘Si creyerais a Moisés, me creeríais a mí, porque de mí escribió él’, les dice. ‘Estudiáis las Escrituras pensando encontrar en ellas vida eterna, pues ellas están dando testimonio de mí ¡y no queréis venir a mi para tener vida!’
Creemos en Jesús; queremos reafirmar nuestra fe en El; nos dejamos enseñar y conducir por las Escrituras Santas que nos hablan de Jesús, que nos anuncian la salvación y la vida eterna; queremos acudir a Jesús para tener vida, para llenarnos de vida eterna. Que no flaquee nuestra fe; que nos sintamos firmes frente a todas las tentaciones que podamos sufrir y que nos puedan llevar por caminos de infidelidad y de pecado. Que sigamos haciendo con paso firme y confiado este camino de Cuaresma que nos conduce hasta la Pascua,  que nos conduce hasta la vida eterna.

miércoles, 2 de abril de 2014

Lo mismo que el Padre resucita a los muertos y les da vida, así también el Hijo da vida a los que quiere



Lo mismo que el Padre resucita a los muertos y les da vida, así también el Hijo da vida a los que quiere

Is. 49, 8-15; Sal. 144; Jn. 5, 17-30
‘Venid a la luz… no  pasarán hambre ni sed, no les hará daño el bochorno ni el sol, porque los conduce el Compasivo y los guía a manantiales de agua…’ Hermoso anuncio de resonancias mesiánicas el que nos hace el profeta Isaías en la primera lectura. Una invitación a la alegría y a la esperanza ‘porque el Señor consuela a su pueblo, se compadece de los desamparados…’
En medio de este camino cuaresmal que vamos haciendo es gozoso y esperanzador escuchar estas palabras. Queremos llegar a la Pascua con todo lo que ello significa; porque queremos llegar hasta Jesús que sabemos bien que nos viene a regalar su vida y su salvación.  En El ponemos toda nuestra fe y toda nuestra esperanza. Nos sentimos confortados.
Ayer contemplábamos a Jesús cómo sanaba al paralítico de la piscina de Betesda, hoy nos habla de que ‘quien escucha mi palabra y cree al que me envió, posee la vida eterna y no será condenado, porque ha pasado de la muerte a la vida’. Creemos en Jesús y participamos de su Pascua, que es ese paso de la muerte a la vida; creemos en Jesús el que ha muerto y ha resucitado y nos hacemos partícipes de su vida, nos regala su vida, su gracia, su salvación.
‘Lo mismo que el Padre resucita a los muertos y les da vida, así también el Hijo da vida a los que quiere… igual que el Padre dispone de la vida, así ha dado también al Hijo el disponer de la vida’. No quiere otra cosa Jesús para nosotros sino que tengamos vida y la tengamos en abundancia, como escuchamos en otros lugares del Evangelio. Y si se da y se entrega hasta la muerte y la muerte en Cruz es para que nosotros tengamos vida. Nuestro Bautismo  no es otra cosa que participar del misterio de su pascua, del misterio de su muerte y resurrección. Y bautizados en la Pascua de Cristo comenzamos a ser hijos de Dios, porque comenzamos a tener la vida nueva de la gracia que nos hace partícipes de la vida de Dios.
¿Qué nos queda que hacer a nosotros? Como nos ha dicho escuchar su Palabra y poner toda nuestra fe en El. Esa es tarea de cada día del cristiano. Pero es lo que ahora queremos hacer con especial intensidad, vamos haciendo cuando cada día nos acercamos a la celebración para escuchar su Palabra y alimentar así nuestra vida de fe. Agradecidos tendríamos que estar por esta riqueza tan grande que nos ofrece la Iglesia en este tiempo de Cuaresma en la posibilidad de irnos alimentando cada día de la Palabra de Dios.
Que esa Palabra nos ilumine nuestra vida para que vayamos descubriendo cómo hemos de vivir esa fe, en que aspectos de nuestra vida hemos de ir plasmando con espíritu de fe esa Palabra que el Señor quiere dirigirnos. Nos conduce el Compasivo y nos guía a manantiales de agua, nos decía el profeta en la primera lectura. ‘El Señor clemente y misericordioso’, como repetíamos en el salmo. ‘El Señor que es bondadoso, que sostiene a los que van a caer, que endereza a los que ya se doblan… el Señor que consuela a su pueblo y se compadece de los desamparados…’
Pero tenemos que dejarnos conducir por el Espíritu de Dios, porque algunas veces nos cuesta, nos resistimos, hacemos oídos sordos a lo que el Señor nos va diciendo allá en lo más hondo del corazón. Nos resistimos por los apegos que hay en nuestra vida; nos resistimos porque nos cuesta arrancarnos de esos apegos y darnos cuenta entonces de esas cosas que tenemos que purificar en nosotros. Pero aunque nos cueste hemos de darnos cuenta que esa tarea de purificación interior que hemos de ir haciendo no la hacemos por nosotros mismos, solo con nuestras fuerzas; no nos falta nunca la gracia del Señor.
El nos guía a manantiales de agua, que nos decía para expresar esa fuerza de la gracia que siempre nos acompaña. Es el Señor, como hemos venido viendo en tantos episodios del evangelio, el que viene a nuestro encuentro y nos toma de la mano para llevarnos a sus caminos. Démosle gracias al Señor por el amor tan grande que nos tiene. Con gozo grande en el corazón escuchamos su Palabra.

martes, 1 de abril de 2014

Cristo viene hasta nosotros y también nos dice: ‘Levántate, toma tu camilla y echa a andar’



Cristo viene hasta nosotros y también nos dice: ‘Levántate, toma tu camilla y echa a andar’

Ez. 47, 1-9. 12; Sal. 45; Jn. 5, 1-3.5-16
No podemos olvidar el sentido bautismal que tiene en su origen la cuaresma, por cuanto era la preparación intensa que hacían los catecúmenos para recibir el bautismo en la noche de Pascua. Luego para nosotros es una preparación para esa renovación de nuestro bautismo, y es por eso que el itinerario de la cuaresma tiene ese sentido bautismal expresado, por ejemplo, en estas imágenes repetidas del agua que nos van apareciendo en la Palabra de Dios a lo largo de la cuaresma.
Fue el agua viva que Cristo ofrecía a la Samaritana junto al pozo de Jacob, el agua de la piscina de Siloé donde se lavó el ciego de nacimiento para recibir la luz de Cristo y hoy nos aparece en el evangelio la imagen de esta otra piscina, la de Betesda, junto a la puerta de las ovejas, donde los aquejados con numerosas enfermedades esperaban el movimiento milagroso del agua que los sanara.
Vemos de nuevo que es Jesús el que toma la iniciativa de ir al encuentro del hombre en su sufrimiento. Es algo que aparece repetidamente en el evangelio de san Juan. Ahora como con el ciego de nacimiento que escuchábamos el pasado domingo, Jesús se acerca a aquel ‘hombre que llevaba allí postrado en su parálisis treinta y ocho años’. Es Jesús el que le preguntará, porque aquel hombre ni sabrá quien es Jesús. ‘¿Quieres quedar sano?’ Para eso estaba allí esperando el movimiento del agua; pero no había nadie que lo ayudara y cuando él llegaba arrastrándose a la piscina ya otros se le habían adelantado.
Pero allí está la Palabra de Jesús que le dice: ‘Levántate, toma tu camilla y echa a andar’. ¿Quién es el que lo sana? ¿Quién le puede traer la salvación? El agua de aquella piscina era un signo de la verdadera salvación que Dios quería para todo hombre. Es Jesús el que nos viene a traer la salvación; es Jesús el verdadero Salvador. Es Jesús la verdadera agua viva que nos llena de vida, que nos saciará plenamente, pero que nos purificará y nos dará vida para siempre.
No son necesarios los signos en aquel momento porque allí está la Palabra salvadora de Jesús. Pero quedará la imagen y el signo para que nosotros podamos seguir sintiendo esa Palabra de salvación que Jesús nos ofrece. Recordamos este episodio de la vida de Cristo, como recordamos ese hermoso texto del profeta Ezequiel que escuchábamos en la primera lectura. Del templo de Dios mana ese torrente de agua que crece y crece y allí por donde va pasando todo lo va llenando de vida. ‘Todos los seres vivos que bullan allí donde desemboque la corriente tendrán vida… y quedará saneado el mar y habrá vida dondequiera que llegue la corriente’. Y escuchábamos la descripción de la frondosidad de árboles frutales que van surgiendo en su ribera, ‘porque lo riegan aguas que manan del santuario; su fruto será comestible y sus hojas medicinales’.
Es la imagen de Cristo que viene a nosotros con su salvación. Sangre derramada para el perdón de los pecados, es ese manantial de gracia que nos purifica y que nos llena de vida. Todo esto viene a ser imagen del Bautismo y de todos los sacramentos, donde Cristo derrama su gracia sobre nosotros para llenarnos de vida, la vida de los hijos de Dios, para darnos el perdón de los pecados, para alimentarnos de sí mismo para que tengamos vida para siempre.
Cristo nos tiende también su mano para levantarnos, para ponernos en camino, el camino de la gracia y de la vida, el camino de la fe y del amor; mano de Cristo que nos levanta y nos llena de esperanza porque nos hará sentirnos unos hombres nuevos; mano de Cristo que al llenarnos de su vida nos restituye la dignidad perdida con nuestro pecado, sanándonos de toda maldad; mano de Cristo que al levantarnos nos contagia de su amor y misericordia, para que nosotros de la misma manera vayamos llevando fe y amor a cuantos están a nuestro lado envueltos en sus sufrimientos. Pero Cristo también nos toma de la mano para que nosotros aprendamos a ir tendiendo nuestra mano en la vida para ayudar a levantarse a tantos caídos como encontramos en los caminos de la vida. Pensemos cuanto podemos y tenemos que hacer en este sentido.
Sintamos cómo en verdad Cristo viene hasta nosotros y también nos dice: ‘Levántate, toma tu camilla y echa a andar’. Recordemos lo que en otro momento hemos reflexionado que cuando la fe llena y empapa nuestra vida nos pone siempre en camino.

lunes, 31 de marzo de 2014

El hombre creyó en la palabra de Jesús y se puso en camino



El hombre creyó en la palabra de Jesús y se puso en camino

Is. 65, 17-21; Sal. 29; Jn. 4, 43-54
‘El hombre creyó en la palabra de Jesús y se puso en camino’. Creer y ponernos en camino. La fe nunca nos encierra en nosotros mismos; la fe no nos deja quedarnos quietos y con los brazos cruzados; la fe no solo nos abre a Dios sino que abre caminos delante de nosotros para ir a los demás, para abrirnos a los demás; la fe no nos adormece sino que nos compromete; la fe nos lleva a una búsqueda constante, nos hace mirar hacia arriba y hacia adelante; la fe es un impulso grande que nos pone en camino. 
Nos habla hoy el evangelio de Jesús que está en camino. Viene de Jerusalén, ha atravesado Samaría, ahora llega a Galilea y va de nuevo a Caná de Galilea, donde había convertido el agua en vino. Pero hasta allí llega también un caminante,  alguien que viene en su búsqueda. ‘Un funcionario real que tenía un hijo enfermo en Cafarnaún, oyendo que Jesús había llegado de Judea a Galilea fue a verle y le pedía que bajase a curar a su hijo que estaba muriéndose’.  ¿Pide milagros y señales para creer? Ha venido, sí, pidiendo el milagro, pero confía plenamente en Jesús. ‘El funcionario insiste: Señor, baja antes de que se muera mi hijo’. Y Jesús lo envía a su casa diciéndole que su hijo está curado. ‘El hombre creyó en la palabra de Jesús y se puso en camino… y creyó él con toda su familia’.
Ya lo decíamos, la fe nos pone siempre en camino. Tenemos que revisar mucho cómo creemos y cómo manifestamos nuestra fe. Tenemos que hacer ciertamente que nuestra fe sea algo vivo y que dé sentido totalmente a nuestra vida. Creer en Dios no es simplemente como un libro que tengamos guardado en un cajón o colocado muy bonito en un estante de nuestra biblioteca. Es cierto que la fe es lo más hermoso que nos pueda suceder  porque nos hace encontrarnos con Dios, sentir y vivir a Dios, y desde ese amor de Dios le damos un sentido grande y luminoso a nuestra vida. Y eso es un tesoro que no podemos esconder, ni vivir como si  no lo tuviéramos.
Tenemos que agradecer el don de la fe; darle gracias a Dios por esa luz de la fe que ilumina nuestra vida y nos lleva a caminos cada día de mayor plenitud. Esa fe que nos llena de alegría y de esperanza porque nos hace sentir en todo momento esa presencia de gracia de Dios en nosotros. Y teniendo a Dios a nuestro lado se disipan temores y dudas, encontramos fortaleza para los momentos difíciles, llena nuestro corazón de paz incluso en medio de las turbulencias de los problemas que vamos encontrando en nuestra vida, nos hace actuar con un compromiso serio y efectivo con nuestros hermanos y con nuestro mundo, hará ciertamente que nuestra vida sea distinta,  vivíamos una vida nueva, la vida nueva de la gracia.
Es un camino nuevo el que vivimos cuando encontramos la fe y llenamos de su sentido toda nuestra vida, todo lo que hacemos. Todo adquiere un nuevo sentido y valor. Por eso decíamos que nos pone en camino y nos compromete. Tenemos que vivir agradecidos por nuestra fe, pero al mismo tiempo hemos de saber llevarla a los demás. Las maravillas que el Señor ha hecho con nosotros y que han despertado esa fe en nuestro corazón, hemos de compartirlas con los demás para que ellos también se vean iluminados por esa gracia.
Esa alegría de nuestra fe tiene que ser desbordante, y cuando se desborda algo irá empapando y contagiando todo cuando lo rodea. Por eso con razón cantábamos en el salmo: ‘Te ensalzaré, Señor, porque me has librado’.  Así tiene que ser esa alegría y ese gozo de nuestra fe, cuando sentimos la gracia del Señor que nos libera y nos llena de vida. 
Este camino cuaresmal que estamos haciendo, que es ciertamente un camino de fe, nos tiene que ayudar a pensar en todo esto para que se avive más y más nuestra fe. Hacemos este camino fijos los ojos en la Pascua hacia donde nos encaminamos, pero al tiempo vamos contemplando el camino de Jesús, tal como nos lo describen los evangelios para que así vaya más y más caldeándose nuestro corazón en esa fe y ese amor de Dios que ha de contagiarnos. Así podremos llegar con un corazón bien preparado a la fiesta de la Pascua, sintiendo ese paso salvador de Dios por nuestra vida.

domingo, 30 de marzo de 2014


Como el ciego de nacimiento hemos de encontrarnos con Jesús que es nuestra luz


1Sam.16, 1.6-7.10-13; Sal.  22; Ef. 5, 8-14; Jn. 9, 1-41

El ciego de nacimiento no sabía lo que era la luz, hasta que se encontró un día con el Sol. Empezó a ver y empezó a creer. Es el acontecimiento que nos narra hoy el evangelio con hermoso significado. 

En la ceguera todo es oscuridad. No se conoce la luz, no se sabe lo que es la luz.  Todo permanece en tinieblas. Descubrir la luz tiene que ser algo maravilloso; se distinguen los colores, lo que percibíamos por los otros sentidos ahora se vuelve realidad ante nuestros ojos, podemos contemplar una sonrisa que solo podíamos intuir, descubrir lo que se puede ver tras unos ojos luminosos, las cosas pueden tener otro sentido. Es triste esa oscuridad en la ceguera de los ojos, pero hay otras oscuridades más terribles. Tenemos muchas tinieblas, muchas clases de tinieblas que quieren ahogar la luz.

‘La luz brilla en las tinieblas y las tinieblas no la recibieron’, había dicho Juan en el principio de su evangelio. Pero la luz un día ha de brillar. ‘Levántate, tú que duermes, levántate de entre los muertos y Cristo será tu luz’, escuchábamos que citaba san Pablo en la carta a los Efesios. Cristo es nuestra luz; la luz que viene a arrancarnos de las tinieblas. El episodio del Evangelio de hoy viene a hacernos ese anuncio y a traernos la esperanza de la luz que en Cristo vamos a encontrar.

Cristo viene al encuentro del hombre para traernos su luz. El evangelio nos dice que ‘al pasar Jesús vio a un hombre ciego de nacimiento’. El episodio se sitúa en Jerusalén. El paso de Jesús será siempre un paso salvador. El paso de Jesús es pascua de luz para todo hombre. El paso de Jesús nos enseña también a mirar y ver. Es Jesús el que toma la iniciativa de venir a nuestro encuentro aunque digamos que nosotros lo buscamos y hacemos no sé cuantas cosas.

Allí estaba aquel hombre, ciego de nacimiento, en el que Jesús se quiere fijar de manera especial. Cuántos se tropezarían con él en su deambular por las calles de Jerusalén. Seguramente allí estaba tendiendo su mano pidiendo limosna - era lo habitual - y moviendo a compasión desde su ceguera.

Pero Jesús se detiene. La pregunta surge en los discípulos aflorando lo que quizá era una forma de pensar de muchos - también en nosotros aparece esa forma de pensar - imaginando culpabilidades y castigos por pecados, como se miraba la enfermedad o los males que pudieran suceder a las personas. Afloran cegueras en la manera de pensar que también nos afectan a nosotros porque quizá también cuando nos aparece el sufrimiento en la vida también estamos pensando en qué pecado hemos hecho para merecer tal castigo. Pero Jesús viene a darnos otro sentido. Jesús quiere abrirnos los ojos a través de esos acontecimientos para que aprendamos a descubrir las obras de Dios y las obras de Dios son siempre de amor para traernos paz a los corazones.

Allí está un hombre que sufre, un pobre que pide limosna, que se encuentra envuelto en las tinieblas de la ceguera y de su pobreza. Cuántas veces pasamos al lado de tantos sufrimientos y seguimos nuestro camino sin detenernos y quizá seamos nosotros los ciegos y los pobres; Jesús ahora nos está ayudando a salir de nuestras cegueras y oscuridades para que aprendamos a mirar de manera distinta y para que pongamos nuestra parte en que se descubran las obras de Dios.

Jesús realiza el signo que nos puede parecer incomprensible. Sobre aquellos ojos ciegos Jesús va a poner barro. Parece que en lugar de abrir los ojos lo que hace es mancharlos más con el barro. ¿Será para que sintiera la necesidad de lavarse? ¿Necesitaremos reconocer la oscuridad que hay en nuestros ojos, o mejor, la suciedad que hay en nuestra vida? Jesús le envía a lavarse a la piscina de Siloé.

Tiene su significado, porque el significado de tal nombre es ‘el enviado’. Era la piscina del Mesías. O mejor, la piscina es Cristo; más aún, Cristo es esa agua que no solo calma nuestra sed, como veíamos el domingo pasado en el episodio de la samaritana, sino que además nos purifica, da una nueva luz a nuestra vida. Y el hombre se encontró con la luz, aunque todavía no supiera bien quién era esa luz, como vemos por todo lo que sucederá a continuación.

Aquel hombre está ya lleno de luz, pero seguirán apareciendo oscuridades y cegueras. No todos quieren aceptar que aquel hombre ha recuperado la luz de sus ojos, se ha encontrado con la luz. Comienza, por así decirlo, la lucha entre la luz y las tinieblas, o las tinieblas queriendo rechazar la luz.

Será la gente desconcertada a la que le cuesta reconocer que el ciego de nacimiento ha recobrado la luz de sus ojos; serán los fariseos con su fanatismo que no querrán reconocer la obra de Dios que se ha realizado en aquel hombre; será la cobardía de los padres que temen reconocer el milagro que Jesús ha obrado en su hijo, por temor a ser expulsados de la sinagoga; será la desconfianza y las descalificaciones que se quieren hacer de Jesús para que la gente no crea en El.

Muchas cegueras que nos pueden aparecer también tantas veces en nuestra vida con nuestras dudas, nuestras cobardías, nuestros desconciertos, nuestras desconfianzas y hasta envidias hacia los que hacen cosas buenas; son las sombras de dudas que queremos sembrar en la vida de los demás porque nos cuesta aceptarlos; son las críticas y murmuraciones, juicios inmisericordes y condenas con las que dañamos a los demás y nuestro corazón se llena de negruras. ¿No necesitaremos ir también nosotros a lavarnos a Siloé? Necesitamos, hemos de reconocerlo, ir al encuentro de Jesús para que nos llene de su luz, para que arranque para siempre esas negruras y tinieblas que dejamos meter de muchas maneras en nuestro corazón.

Mientras, hemos seguido contemplando el proceso de aquel ciego de nacimiento que encontró la luz. En principio era ‘ese hombre que se llama Jesús que hizo barro, me lo untó en los ojos y me dijo que fuese a Siloé y que me lavase…’ No sabía más de Jesús. Pero la luz que brillaba en su corazón fue acercándole al misterio de Dios para reconocer que tenía que ser un profeta, que era un hombre de Dios y finalmente llegar a confesar su fe en Jesús.

No le fue fácil el recorrido de la fe. Las tinieblas luchaban contra la luz y tuvo dificultades y hasta al final se vio perseguido por el testimonio que estaba dando. ‘Lo llenaron de improperios…’ a causa de su testimonio. Finalmente ‘lo expulsaron de la sinagoga’, pero  él seguía dando testimonio. Era un testigo; lo que había visto, no lo podía callar; se había encontrado con la luz. ¿No nos hace pensar todo esto en nosotros? ¿Llegamos hasta el final dando testimonio de nuestra fe en Jesús?

‘Oyó Jesús que lo habían expulsado, lo encontró y le dijo: ¿Crees tú en el Hijo del Hombre?... ¿Y quién es, Señor, para que crea en El?... Lo estas viendo: el que está hablando contigo, ése es… Creo, Señor. Y se postró ante El’. Es la confesión de fe. No sabía qué era la luz, donde estaba la luz, pero se encontró con el Sol y empezó a ver y a creer.

Jesús viene hoy también a nuestro encuentro. Es el paso de Dios por nuestra vida que nos arranca de cegueras y oscuridades. Cuando llegue la noche de Pascua nos veremos envueltos totalmente por su luz. Son los signos que van a resplandecer en esa noche llena de luz. Para ese momento vamos haciendo ahora nuestro camino cuaresmal.

Queremos ver a Jesús; que aprendamos a distinguir su presencia sin confusiones ni dudas. Queremos ver como Jesús para que nuestros ojos se iluminen y nuestra mirada esté siempre llena de bondad y de misericordia como era la mirada de Jesús; ya no ha de ser una mirada a nuestra manera sino a la manera de Dios, a la manera de Jesús. Queremos ver a Jesús para aprender a ser luz como Jesús; El nos ha llamado a ser luz del mundo, y ahora somos luz en el Señor y como hijos de la luz hemos de aprender a caminar, como nos enseñaba san Pablo. Nuestras palabras, nuestras obras, nuestra vida tienen que ser siempre transparencia de Jesús, tienen que estar siempre llenas de luz.




sábado, 29 de marzo de 2014

Justificados porque nos llenamos de la presencia y santidad de Dios, inundados de Dios

Justificados porque nos llenamos de la presencia y santidad de Dios, inundados de Dios

Os. 6, 1-6; Sal. 50; Lc. 18, 9-14
‘Os digo que éste, el publicano, bajó a su casa justificado, y aquel no, el fariseo’, nos dice Jesús como conclusión de la parábola que acaba de poner. Y nos deja una sentencia. ‘Porque todo el que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido’.
El mensaje de Jesús está claro. Son las actitudes nuevas y los nuevos comportamientos que han de tener y vivir los que le siguen, los que quieren constituir el Reino de Dios. No podemos acercarnos de cualquiera manera a Dios; además, las actitudes que tengamos con los que nos rodean marcarán nuestra forma de acercarnos a Dios y en consecuencia nuestra manera de actuar cuando nos llamamos discípulos de Jesús.
¿Con qué actitud hemos de acercarnos a Dios? ¿cuál es nuestra postura y comportamiento? ¿qué es lo que vamos a buscar cuando nos acercamos a Dios en nuestra oración? La Parábola que nos propone Jesús nos da pautas de comportamiento, nos enseña que es lo verdaderamente importante que hemos de buscar en nuestro acercamiento a Dios a  través de la oración.
Es cierto que vamos al encuentro con el Señor en la oración y vamos con todo lo que son nuestras necesidades y problemas; mucho quizá queremos pedirle por nosotros y también por los que queremos, aquellos que están cerca de nosotros y nos importan algo. Pero ¿sólo hemos de acercarnos a Dios como quien va con la lista de la compra, llevando la lista de nuestros problemas y necesidades? El nos enseña a pedir, pero nos enseña algo más. En muchos lugares del evangelio se nos va señalando cómo ha de ser nuestra oración y con la confianza y con la humildad que ante El hemos de presentarnos.
Pero ¿hemos pensado que nuestra oración puede ser un gozarnos en la presencia de aquel que sabemos que nos ama y a quien también nosotros queremos amar sobre todas las cosas, como ayer  escuchábamos en el evangelio también? Gozarnos de la presencia de Dios; gozarnos en el amor de Dios, como dos personas que se aman y se sienten dichosos y felices solo con estar juntos el uno al lado del otro. ¿No sería esa una forma hermosa de hacer oración?
Hoy nos dice Jesús que el publicano, que se sentía pecador, bajó a su casa justificado y el otro no. ¿Qué querrá decirnos el Señor? Quizá utilizamos ese termino teológico de la justificación sin saberle dar un hondo sentido. Justificado es el que se llena de justicia, podemos decir, de gracia; justificado es el que se llena de la presencia y de la santidad de Dios, está inundado de Dios. Tendríamos que aprender a hacerlo. Es un regalo del amor de Dios. El regalo que El nos hace de su presencia, aunque nosotros no la merezcamos. Por eso quien se siente pecador es el que podrá saborear esa justicia y esa santidad de Dios.
El publicano se sentía pecador, necesitado de esa gracia de Dios que le llenara de santidad, porque reconocía que no era santo y solo en la misericordia de Dios podría alcanzarlo. No eran sus méritos, porque veía y sentía la miseria de su vida pecadora. ‘No se atrevía ni a levantar los ojos al cielo’, pero humilde pedía ‘Señor, ten compasión de este pecador’. El sí iba a saborear lo que era la misericordia de Dios, la gracia de Dios, el sentirse lleno de Dios.
Quien se había llenado de sí mismo y trataba de justificarse y presentar de antemano los méritos de las cosas buenas que había hecho, nada nuevo podría sentir en su corazón; no podría saborear en su corazón lo que es el perdón, porque él creía no necesitarlo; solamente alardeaba lleno de orgullo de aquellas cosas que hacía pero como se sentía pagado en sí mismo, ya no parecía necesitar nada de Dios, y no sería capaz de saborear esa presencia del Dios misericordioso en nuestra vida.
Los pobres y humildes de corazón serán los que verán a Dios; los que sienten necesidad de misericordia, pero al mismo tiempo son capaces de ofrecer misericordia a los demás, porque siempre estarán ofreciendo amor, serán los que alcanzaran la misericordia de Dios.
¿Qué vamos a buscar cuando nos acercamos a Dios en nuestra oración? ¿Tendremos verdaderos deseos de Dios, verdadera hambre y sed de Dios?

viernes, 28 de marzo de 2014

¿Nos dirá también Jesús a nosotros que no estamos lejos del Reino de Dios? Examinemos nuestro amor a Dios



¿Nos dirá también Jesús a nosotros que no estamos lejos del Reino de Dios? Examinemos nuestro amor a Dios

Os. 14, 2-10; Sal. 80; Mc. 12, 28-34
‘No estás lejos del Reino de los cielos’, le dijo Jesús a aquel escriba que le había venido con preguntas. Vemos repetidamente en el evangelio que vienen con preguntas a Jesús. ‘¿Qué es lo que tengo que hacer para heredar la vida?’ preguntaba un día un joven con ilusión por ser bueno. Otras veces las preguntas vienen con mala intención queriendo poner a prueba al Maestro; otras con buena voluntad con deseos de buscar lo que es lo fundamental que hay que hacer; algunas veces las preguntas son capciones queriendo ver la respuesta del Maestro para hacerse luego sus conclusiones.
Hoy el diálogo que se entabla entre Jesús y aquel escriba es aleccionador, profundo y enriquecedor. Jesús responde con las palabras de la propia Escritura tanto del Deuteronomio como del Levítico. Y como es corroborado por el escriba que ratifica que él cree también de verdad que lo importante es ese amor a Dios sobre todas las cosas, es por lo que Jesús concluirá diciéndole que no está lejos del Reino de Dios.
Nos hacemos preguntas también nosotros muchas veces con mucha sinceridad en el corazón para discernir si lo que estamos haciendo está bien. Buscamos también lo que es lo fundamental de nuestra fe y de nuestra vida cristiana. Aunque algunas veces nos creemos algunas confusiones dentro de nuestro corazón. Nos pensamos que somos buenos y que con no hacer daño a los demás ya lo tenemos todo hecho. Es cierto que es importante el  no hacer daño a los demás, pero la respuesta se quedaría corta.
Algunas dicen, como yo sea bueno con los demás y no haga daño a nadie, y ayude cuando pueda, ya me es suficiente y no necesito nada más; y cuando dicen que no necesitan nada más están queriendo decir que no necesitan ni rezar, ni venir a la Iglesia, ni ningún acto religioso. Eso, es cierto, es ser un hombre bueno, una persona buena; pero cuando hablamos de un cristiano tenemos que pensar en algo más, tenemos que fijarnos en Jesús y escuchar clara y sinceramente lo que El nos dice en el Evangelio.
Hoy nos está diciendo que tenemos que poner de verdad en el centro de nuestra vida a Dios. Hemos de amar a Dios con todo nuestro corazón, con toda nuestra vida, con todo  nuestro ser. Es el Señor y el único Dios de nuestra vida, a quien le debemos amor, pero no un amor cualquiera, no un amor mezquino, sino un amor total. Como consecuencia surgirá el amor que hemos de tener al prójimo; como fundamento y base de ese amor que le tenemos a Dios, estará el amor al prójimo. Porque no podrá haber uno sin el otro.
Por eso a la respuesta del escriba Jesús le dirá que no está lejos del Reino de Dios. ¿No significa el Reino de Dios reconocer que Dios es nuestro único Rey y Señor y a El le debemos todo nuestro amor? Y cuando sentimos que Dios es el único Rey y Señor de nuestra vida, estaremos siempre dispuestos a hacer en todo su voluntad para manifestar ese amor; y ya sabemos que la voluntad del Señor es que nos amemos los unos a los otros, como El nos ha amado. Fue el mandamiento que nos dejó Jesús.
Bien nos viene reflexionar en todo esto aunque lo tengamos bien sabido. Hemos de reconocer que muchas veces cuando hacemos el examen de nuestra conciencia y repasamos los mandamientos de la ley de Dios, quizá por este primer mandamiento de amar a Dios sobre todas las cosas pasamos muy rápidamente porque damos por sentado que amamos a Dios.
Pero creo que tendríamos que detenernos en él para ver si en verdad es así sobre todas las cosas como amamos al Señor y en qué estamos manifestando que le tenemos ese amor. Podríamos encontrarnos con la sorpresa de que no es tan intenso nuestro amor a Dios porque muchas veces andamos con raquitismos y mezquindades y a la hora de acercarnos a  Dios para darle culto hay otras cosas a las que le damos más importancia y nos retraemos y todo nuestro amor no es para el Señor.
Que podamos escuchar en nuestro corazón esa palabra de Jesús que nos dice que no estamos lejos del Reino de Dios.

jueves, 27 de marzo de 2014

No endurezcamos nuestro corazón, sino escuchemos la voz del Señor



No endurezcamos nuestro corazón, sino escuchemos la voz del Señor

Jer. 7, 23-28; Sal. 94; Lc. 11, 14-23
‘Ojalá escuchéis hoy su voz: no endurezcáis vuestro corazón’. Un deseo, una súplica, una llamada… a escuchar la voz del Señor, a no encerrarnos en nosotros mismos, a dejarnos conducir por el Espíritu del Señor, a estar vigilantes y atentos para mantenernos en los caminos de la fidelidad.
Estas palabras que hemos hecho nuestras en el salmo como una oración y una súplica al Señor hacen clara referencia a lo que fue el camino del pueblo de Dios por el desierto rumbo a la tierra prometida, como vamos recorriendo nosotros ahora este camino cuaresmal que nos conduce a la Pascua. Momentos difíciles para aquel pueblo en su peregrinar en que muchas veces se vieron tentados a la infidelidad y a no confiar en el Señor. ‘No endurezcáis el corazón como en Meribá, como el día de Masá en el desierto: cuando vuestros padres pusieron a prueba y me tentaron, aunque habían visto mis obras’.
Con el salmo hemos orado respondiendo a la Palabra de Dios que se nos va proclamando; la primera lectura nos refleja la amargura del profeta Jeremías como hombre de Dios frente a la actitud que mantenía el pueblo ante las llamadas que el Señor le iba haciendo. ‘Escuchad mi voz… yo seré vuestro Dios y vosotros seréis mi pueblo, caminad por el camino que os mando… pero no escucharon ni prestaron oído, caminaban según sus ideas, según la maldad de su corazón obstinado, me daban la espalda y no la frente… endurecieron la cerviz, fueron peores que sus padres’.
Pero, ¿no fue esa la oposición que se encontró Jesús? Es lo que nos narra el evangelio de hoy. A pesar de ver la acción de Dios, Jesús había curado a un mudo expulsado al maligno, sin embargo de forma blasfema le atribuyen ese poder de Jesús al poder del príncipe de los demonios y siguen pidiendo signos y milagros. Se repite una y otra vez; y una y otra vez hemos de escuchar la llamada: ‘Ojalá escuchéis hoy su voz: no endurezcáis vuestro corazón’.
Es lo que repetidamente nos va sucediendo a nosotros que tantas veces y de tantas maneras nos sentimos tentados. Nos creemos buenos, creemos que tenemos superadas las tentaciones, pero somos tentados de nuevo por el espíritu maligno, muchas veces con más fuertes tentaciones. Es a lo que nos quiere prevenir Jesús con sus palabras en el evangelio. Es la vigilancia atenta que hemos de mantener en nuestra vida, porque siempre el espíritu del mal estará enredando para apartarnos del camino bueno y de fidelidad.
Ahí está la tentación, pero está también nuestra debilidad. Pero sabemos también cómo podemos fortalecernos en la gracia del Señor. ‘No nos dejes caer en la tentación, líbranos del mal’, que decimos tantas veces cuando rezamos el padrenuestro. Pero que lo digamos con autenticidad, con verdad, siendo conscientes de esa tentación que nos acecha y cómo tenemos que evitar ponernos en la ocasión del pecado. Nos metemos en la boca del lobo, como se suele decir, tantas veces que no evitamos la ocasión del pecado. 
Penitencia que hemos de hacer por nuestros pecados, porque siempre hemos de sentirnos con toda sinceridad pecadores; sacrificios que le vamos ofreciendo al Señor, como ofrenda de amor; pero, negándonos a nosotros mismos incluso en cosas que son buenas - por eso es sacrificio -, nos sirve como un entrenamiento para  aprender a negarnos también cuando viene la tentación de verdad. Nos cuesta decir ‘no’; nos dejamos llevar por la pendiente de lo fácil y de no negarnos a nosotros mismos, y cuando viene el momento fuerte no sabemos resistir, no nos sentimos con fuerza para decir ‘no’ a esa tentación y fácilmente sucumbimos.
Y, por supuesto, no nos puede faltar la oración; una oración intensa, una oración en la que nos llenemos de la presencia de Dios para aprender a saborear su gracia y su vida divina en nosotros. Una oración en la que abriendo nuestro corazón a Dios El nos irá iluminando con su Palabra para aprender lo que es su voluntad y como se manifiesta esa voluntad del Señor en las cosas de cada día. Una oración que nos enseñe a discernir bien lo que vamos haciendo en cada momento, para que todo sea siempre para la gloria del Señor.
No endurezcamos nuestro corazón, sino escuchemos la voz del Señor.

miércoles, 26 de marzo de 2014

La ley del Señor vivida en el amor es nuestra sabiduría y nuestro camino de santidad



La ley del Señor vivida en el amor es nuestra sabiduría y nuestro camino de santidad

Deut. 4, 1.5-9; Sal. 147; Mt. 5, 17-19
Por una parte hemos escuchado  en el Deuteronomio que Moisés le dice al pueblo: ‘Escucha los mandatos y decretos que yo os enseño a cumplir: así viviréis, entraréis y tomaréis posesión que el Señor os va a dar…’ Y por otra parte hemos escuchado a Jesús que nos dice en el evangelio ‘no creáis que he venido a abolir la ley y los profetas: no he venido a abolir, sino a dar plenitud…’
Moisés le decía al pueblo que aquellos mandatos son su sabiduría y su prudencia. Era una manera de hacer comprender al pueblo lo importante que era cumplir con la ley del Señor. A todos nos pasa, no nos gusta que nos pongan normas y nos señalen lo que tenemos que hacer; siempre surge una rebeldía en nuestro corazón y nos puede parecer que una norma o un mandamiento coartaría nuestra libertad, porque nos gusta hacer lo que a nosotros nos parece.
Por eso Moisés trata de explicarles que en la ley del Señor encuentran su sabiduría, porque en la ley del Señor encuentran el verdadero sentido de sus vidas. Son como los cauces por donde han de circular los caminos de nuestra vida que no solo nos harían más felices a nosotros sino que también contribuiríamos a la felicidad de los demás. ‘Ellos son vuestra sabiduría y vuestra prudencia’, les dice. 
Pero antes que todo eso les da un motivo más grande que es la cercanía de Dios.  No es un Dios lejano, sino un Dios que se hace presente en nuestra vida, camina a nuestro lado. Los otros pueblos al escuchar lo que son los mandatos del Señor dirán: ‘Cierto que son un pueblo sabio y prudente esta gran nación; porque ¿Cuál de las naciones grandes tiene unos dioses tan cercanos? ¿cuál de las naciones grandes tiene unos mandatos y decretos tan justos…?’ Y les insiste que no olviden nunca todas las maravillas que el Señor ha hecho con su pueblo porque así recordarán el amor que Dios siempre les ha tenido y eso les motivará a querer cumplir siempre su voluntad.
Bien nos viene a nosotros recordar también todo esto, estas palabras de Moisés. Que sepamos descubrir toda la sabiduría que contiene la Palabra del Señor y lo importante que son para nosotros los mandamientos del Señor. No lo podemos olvidar, y no podemos olvidar los mandamientos del Señor. Es un peligro que tenemos. Hemos de tener siempre muy presente, no olvidarlos de ninguna manera, lo diez mandamientos.
Ojalá los tuviéramos siempre delante de nuestros ojos, muy presentes en nuestra vida, para que dejemos conducir nuestra vida siempre por lo que es la voluntad del Señor. Fijémonos en lo que decimos en el padrenuestro, ‘hágase tu voluntad así en la tierra como en el cielo’; cumplir siempre la voluntad del Señor en todo. ¿Cómo vamos a cumplirla si ni siquiera nos sabemos de memoria los mandamientos?
Y Jesús nos dice que no ha venido a abolir los mandamientos del Señor. Ha venido a darles plenitud, como plenitud quiere para toda nuestra vida. Y nos dice que el que se salte aunque solo fuera uno de los que pueden parecer más pequeños e insignificantes, no es digno del Reino de los cielos. ¿Cuál es el camino de esa plenitud de la que nos habla Jesús? No es otro que el camino del amor, porque eso fue su vida y quiere que sea nuestra vida.
No cumplimos los mandamientos a regañadientes y porque no nos queda más remedio; eso sería una pobreza grande en nuestra vida. Recordemos que en los mandamientos tenemos nuestra sabiduría y nuestra prudencia como nos decía Moisés. Lo hacemos desde el amor. no vamos temiendo castigos y condenas, sino vamos buscando cómo mejor expresar nuestro amor a Dios, que lo haremos en el amor que le tengamos a los demás.
Recordemos aquellos versos tan hermosos que quizá aprendimos de niños y qué valor tienen para motivarnos al amor y al cumplimiento de la ley del Señor. ‘No me mueve, mi Dios, para quererte el cielo que me tienes prometido, ni me mueve el infierno tan temido para dejar por eso de ofenderte. Tú me mueves, Señor, muéveme el verte clavado en una cruz y escarnecido, muéveme ver tu cuerpo tan herido, muévenme tus afrentas y tu muerte. Muéveme, en fin, tu amor, y en tal manera, que aunque no hubiera cielo, yo te amara, y aunque no hubiera infierno, te temiera. No me tienes que dar porque te quiera, pues aunque lo que espero no esperara, lo mismo que te quiero te quisiera’. Que así nos sintamos nosotros movidos a cumplir siempre la ley del Señor.

martes, 25 de marzo de 2014

La Palabra se hizo carne y acampó entre nosotros y hemos contemplado su gloria



La Palabra se hizo carne y acampó entre nosotros, y hemos contemplado su gloria

Is. 7,10-14; Sal.39; Hb. 10, 5-10; Lc. 1 ,26-38
‘La Palabra se hizo carne y acampó entre nosotros, y hemos contemplado su gloria’, es la aclamación que la liturgia nos invita a hacer antes  del Evangelio. Es precisamente el misterio de la Encarnación de Dios en las entrañas de María del que nos habla el Evangelio. Es el Misterio de la Encarnación de Dios que hoy estamos celebrando.
No nos hemos detenido lo suficiente ante este misterio de Dios que hoy estamos celebrando. No es cualquier cosa. No es simplemente que Dios venga a visitarnos como se visita a un familiar o a un amigo, que vamos, lo visitamos y luego nos vamos. Dios viene a visitarnos, como repetidamente se nos dice en la Escritura y en la liturgia, pero viene a quedarse: ‘acampó entre nosotros’. Así lo escuchamos en los cánticos de Zacarías y del anciano Simeón - ‘bendito sea el Señor Dios de Israel porque ha visitado y redimido a su pueblo… por la entrañable misericordia de nuestro Dios nos visitará el sol que nace de lo alto…’ -, pero esa visita de Dios será un estar Dios para siempre con nosotros, porque ya para siempre, desde que se encarnó en el seno de la Virgen será para siempre Emmanuel.
Lo hemos escuchado en el profeta en la primera lectura - ‘la virgen concebirá y dará a luz un hijo al que se le pondrá por nombre Emmanuel, que significa Dios con nosotros’ - pero es el cumplimiento de las antiguas promesas al pueblo de Israel, como reconoceremos en el prefacio, pero es al mismo tiempo la esperanza de todos los pueblos que en todas las expresiones religiosas siempre han manifestado ese deseo de vivir a Dios, o de estar en Dios.
Bellamente y con altura teológica nos lo ha presentado así el evangelio de Juan en lo que llamamos su prólogo o su primer capítulo. Es la luz que viene a iluminarnos, es la verdad que nos viene a dar plenitud, es la vida que nos va a llenar de Dios plenamente, es el Verbo de Dios, el Hijo de Dios que planta su tienda entre nosotros para ser para siempre nuestra salvación. ‘Y hemos visto su gloria, gloria propia del Hijo único del Padre lleno de gracia y de verdad’.
No nos cansemos de considerar esta maravilla del misterio de Dios, de contemplar la gloria de Dios que así se nos manifiesta. Tendríamos que rumiarlo una y otra vez en nuestra cabeza y en nuestro corazón contemplando la hermosa escena de Nazaret. Allí se estaba realizando ese misterio de Dios; allí se estaba derramando el amor de Dios pero en una medida infinita como es siempre el amor que Dios nos tiene y nos entrega a su Hijo único para que realice esa ofrenda de amor de su vida que nos dará la salvación para siempre.
Es el grito que escuchamos en la entrada del Hijo de Dios en el mundo, nuestra carne humana, al hacerse carne como nosotros. Grito de obediencia que va precedido o acompañado por el susurro de amor que salía del corazón de María cuando recibe la embajada angélica. ‘Aquí estoy, oh Dios, para hacer tu voluntad’ nos narraba la carta a los Hebreos que fue la exclamación y la aclamación de Cristo al entrar en el mundo. ‘Aquí está la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra’, escuchamos a María como un eco de la ofrenda de amor de Cristo. Cuánto nos enseña esta actitud de María, este ‘sí’ de María.
Demos gracias a Dios por el misterio que se nos revela. El amor de Dios supera todas las expectativas que pudiera tener el hombre. Nos desborda en su inmensidad y nos sentimos envueltos en ese amor que será ya para siempre nuestro amor. Si uno se parara lo suficiente a considerar este misterio del amor de Dios que es su Encarnación se quedaría como ensimismado sin saber qué decir o qué hacer ante tanta maravilla. Decimos ‘sí’ con nuestra fe; nos lo repetimos una y otra vez en nuestro interior y brota generosa y como espontánea la ofrenda que nosotros queremos hacer también de nuestro amor.
‘Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad’, repetimos embelesados porque parece que ya no sabemos decir otra cosa. No son unos holocaustos cualesquiera los que le vamos a ofrecer al Señor; no es la sangre de los animales ni el sacrificio de las cosas, sino que va a ser nuestra voluntad, nuestro yo, nuestra vida, todo nuestro amor. ‘Todos quedamos santificados por la oblación del cuerpo de Jesucristo - su sacrificio en la cruz - hecho de una vez  para siempre’. El sacrificio de Cristo nos va enseñar ya para siempre cuál es el verdadero sacrificio que es agradable al Señor.
Y es lo que queremos repetir; cada vez que celebramos la Eucaristía celebramos la pascua, celebramos el misterio pascual,  hacemos presente ese sacrificio y esa ofrenda de Cristo, pero donde también nosotros queremos ponernos, donde también ya nosotros queremos hacer nuestra ofrenda de amor. Es la maravilla de lo que es cada Eucaristía que celebramos y de lo que va a ser la celebración del misterio pascual en la ya cercana Pascua, y para la que nos vamos preparando. Es lo que ahora de forma intensa también queremos vivir cuando estamos hoy contemplando y celebrando el Misterio de la Encarnación de Dios.
Adoremos el Misterio de Dios, el Misterio de su Encarnación poniendo todo nuestro yo, toda nuestra vida postrada delante del Señor para hacer siempre su voluntad.