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sábado, 21 de septiembre de 2013


Andemos conforme a nuestra vocación para la unidad de la Iglesia

Fiesta del evangelista san Mateo
Ef. 4, 1-7.11-13; Sal. 18; Mt. 9, 9-13
‘Vio a un hombre llamado Mateo sentado al mostrador de los impuestos y le dijo: Sígueme. El se levantó y lo siguió’. Lo que nos relata el evangelio es la vocación de Mateo: la llamada del Señor y su pronta respuesta.
Esto es algo que nos tendría que hacer reflexionar. Es lo que está en el fondo de lo que es nuestra vida cristiana. Un encuentro con el Señor y una llamada a la que damos respuesta. Es el Señor el que nos sale al encuentro y nos invita a ir con El, como a Mateo.
Es la gracia del Señor que llega a nuestra vida regalándonos esa presencia del amor del Señor que viene a transformar nuestra vida. Desde ese encuentro con la gracia ya no puede ser igual en nuestra vida, en nosotros. No lo fue igual para Mateo; hasta entonces estaba dedicado a ser recaudador de impuestos y ahora emprendía un camino nuevo para seguir a Jesús; por eso lo vemos que lo deja todo. ‘El se levantó y lo siguió’.
De parte nuestra esta la respuesta; una respuesta que no son solo palabras sino un ponernos en camino, en camino de algo nuevo y distinto que nos ofrece el Señor. Nos hemos acostumbrado a eso de ser cristiano porque nos decimos que todos somos cristianos que al final no sabemos bien ni lo que somos, porque nuestra vida no refleja siempre lo que tendría que reflejar cuando nos decimos seguidores de Jesús.  No todo puede ser igual entre quienes se deciden de verdad por seguir a Jesús o se quedan en lo que estaban no dando respuesta a esa llamada. El testimonio que nos ofrece hoy Mateo es bien aleccionador y tendría que hacernos recapacitar mucho.
Los textos que nos ofrece la liturgia en esta fiesta del evangelista san Mateo, sobre todo la primera lectura de la carta a los Efesios abundan en este tema de la vocación. Nos recuerda el apóstol cómo hemos de vivir dando respuesta a esa llamada del Señor, a esa vocación que hemos recibido. ‘Os ruego que andéis conforme a la vocación a la que habéis sido llamados’. Y nos señala esas características de nuestra vida, de la vida de quien sigue a Jesús. Humildes, amables, comprensivos, aceptándonos mutuamente con todo respeto y amor, unidos en una nueva comunión, llenos de paz y constructores de la paz. Y nos habla de esa unidad en el Espíritu ‘como una sola es la meta de la esperanza en la vocación a la que habéis sido convocados’.
Todo esto que nos dice el Apóstol se hace eco de lo que a través de su Evangelio san Mateo nos ha trasmitido del mensaje de Jesús. Ese mensaje del Reino de los cielos del que fue empapándose en su estar al lado de Jesús. Un día lo dejó todo para seguir a Jesús, para responder a su llamada, pero esa respuesta la fue dando en ese estar con Jesús día a día empapándose de su mensaje que luego nos trasmitiría en su predicación y en su evangelio.
Como sabemos a él se le atribuye el primero de los evangelios, llamado precisamente de san Mateo. Podemos recorrer sus páginas y ver por ejemplo como en el sermón de la montaña nos deja plasmado ese mensaje de Jesús de lo que ha de ser nuestra vida conforme a nuestra vocación como antes destacábamos con las palabras de la carta de san Pablo. Lo mismo podríamos decir en las parábolas que nos recoge los diversos capítulos del evangelio o sus discursos.
Nos sentimos hoy estimulados, en esta fiesta del Apóstol san Mateo, a tener esa decisión pronta para seguir a Jesús, para escucharle y empaparnos de su mensaje y hacer que con nuestra vida de amor, de humildad, de sencillez, de espíritu de servicio, de generosidad vayamos dando respuesta a tanto amor cómo Dios derrocha sobre nosotros. Y algo más, que este encuentro con el Señor y su Palabra en esta fiesta nos ayude a descubrir ese lugar concreto donde hemos de realizar nuestra vocación cristiana, como nos señala también el apóstol, al tiempo que reconocemos las diversas vocaciones, los diversos ministerios que a nuestro alrededor se manifiestan en la Iglesia en tantos que viven su compromiso cristiano.
‘A cada uno de nosotros se le ha dado la gracia según la medida del don de Cristo’, nos decía el apóstol. Y habla de esos diferentes ministerios en el seno de la Iglesia. ‘Cristo ha constituido a unos, apóstoles, a otros, profetas, a otros, evangelistas, a otros, pastores y doctores, para el perfeccionamiento de los fieles, en función de su ministerio, y para la edificación del Cuerpo de Cristo…’ Todos vamos edificando la Iglesia cada uno desde esa respuesta que va dando a la llamada del Señor y en ese servicio que presta a los hermanos.

Por nuestro amor, por nuestro servicio, por nuestra generosidad y humildad, por las obras buenos que vamos haciendo, seamos en verdad constructores de la comunidad, constructores de la unidad de la Iglesia. Que el Señor nos bendiga por todo eso bueno que podamos ir haciendo.

viernes, 20 de septiembre de 2013

La Buena Noticia recibida nos convierte siempre en misioneros del Reino de Dios

1Tim. 6, 2-12; Sal. 48; Lc. 8, 1-3
‘Iba Jesús caminando de pueblo en pueblo predicando la Buena Noticia del Reino de Dios’. Caminando por todos rincones haciendo el anuncio del Reino.
El anuncio del Reino de Dios escuchado nos pone siempre en camino. Y escuchar el anuncio de esa Buena Noticia no es solo escuchar unas palabras. Es algo mucho más hondo lo que sucede en nuestra vida. Lo escuchamos, no porque nos entre por los oídos, sino cuando lo hacemos vida nuestra, cuando dejamos que penetre dentro de lo más hondo de nosotros mismos; lo escuchamos cuando recibimos esa salvación, sentimos esa salvación de Dios en nuestra vida. Se convierte así en la mayor Buena Noticia que hayamos recibido. Sentirnos salvados, porque nos sentimos amados de Dios que rescata y transforma nuestra vida, arrancándonos del mal y del pecado para llenarnos de nueva vida, para llenarnos de su vida. Esa es la salvación que recibimos.
Quien se siente inundado de esa salvación de Dios no se lo guarda para sí. Quien ha recibido una buena noticia la comparte; quien ha recibido el mayor premio de su vida o el regalo más hermoso, no lo guarda en secreto para sí sino que inmediatamente querrá hacer partícipes a cuantos le rodean de esa buena noticia, de ese premio o regalo que ha recibido. ‘Mira el regalo que he recibido, mira el premio que me han dado’, correremos enseguida a comunicarlo a la familia, a los amigos, a los vecinos, a cuantos nos rodean.
Ese regalo de Dios que es el evangelio que se nos anuncia y que es la salvación recibimos se ha de convertir necesariamente en Buena Noticia que nosotros comuniquemos a los demás, compartamos con los demás. El Evangelio, como decíamos antes, siempre nos pone en camino. La salvación de Dios que recibimos no nos encierra en nosotros mismos. Quien en nombre de su religiosidad se encierra en si mismo y no comparte esa Buena Noticia con los demás, significa que algo le está fallando y que aún la experiencia de salvación no es lo suficientemente profunda.
Lo contemplamos hoy en estos breves versículos del evangelio que se nos han proclamado. ‘Jesús iba caminando de ciudad en ciudad, de pueblo en pueblo, predicando la Buena Noticia del Reino de Dios’. Era lo que había comenzado a hacer desde el principio. Fue su primer anuncio invitando a la conversión porque llegaba el Reino de Dios. Pero ¿qué es lo que vemos inmediatamente? Enseguida veremos que van con El; no será ya nunca un camino que Jesús haga solo. Hoy nos dice que ‘lo acompañaban los Doce y algunas mujeres que El había curado de malos espíritus y enfermedades’.
Allá van los Doce, aquellos que El había escogido entre todos los discípulos y a los que había ido llamando uno a uno, pero van también algunas mujeres que han recibido la salvación de Dios en sus vidas. Han sido curadas, han sido liberadas del mal, y ahora se unen al cortejo de los que con Jesús van anunciando el Reino de Dios, y además ‘otras muchas les ayudaban con sus bienes’, compartiendo con Jesús y los discípulos.
El encuentro con el amor de Dios que les llenaba de salvación hacer surgir la generosidad y la disponibilidad para seguir a Jesús y para compartirlo todo con El. El encuentro con el amor de Dios que nos salva nos convierte en testigos de ese amor, cosa que tendremos que hacer ya para siempre con nuestra palabra y con nuestra obras, con toda nuestra vida. Jesús anunciaba el Reino e iba liberando del mal a aquellos que aceptando su Buena Noticia de Salvación.

No nos podemos quedar con los brazos cruzados ni encerrados en nosotros mismos. La Buena Noticia del Reino de Dios siempre nos ha de convertir en misioneros.

jueves, 19 de septiembre de 2013

Una confrontación de corazones entre los que saben amar y los que se cierran al amor

1Tim. 4, 12-16; Sal. 110; Lc. 7, 36-50
Una confrontación entre los corazones que saben amar y los que están cerrados al amor. De alguna manera así podríamos definir o describir el cuadro que se nos presenta hoy en el evangelio. Por encima incluso del pecado con que hayamos podido llenar nuestra vida está la posibilidad y la capacidad para el amor.
Allí están sentados a la mesa en la casa de Simón el fariseo que había invitado a Jesús. El hecho de la invitación a la comida podría parecer de entrada un gesto de amor, pero pronto descubrimos que allí falta el amor verdadero. Pronto aparecerán los recelos y las desconfianzas, los juicios condenatorios aunque solo fueran en el pensamiento y los desprecios, señal de la debilidad del amor. Una mujer pecadora se ha atrevido a introducirse en la sala del banquete y llegar hasta los pies de Jesús.
Comienzan los juicios y las condenas. Cuando no hay amor en el corazón estamos muy prontos a esos recelos y desconfianzas. Les cuesta incluso entender el que Jesús se deje hacer. Aquella mujer se ha puesto a sus pies a los que lava con sus lágrimas y enjuga con sus cabellos; el olor del perfume pronto embriagará toda la casa y no faltarán los gestos de amor por parte de aquella mujer que entre llantos besa continuamente los pies de Jesús.
Pero por dentro Simón está haciendo su juicio. ‘Si éste fuera profeta, sabría quien esta mujer que lo está tocando y lo que es: una pecadora’. Ni termina de aceptar realmente quien es Jesús pues aparece la desconfianza - ‘si este fuera profeta’ - ni faltará la discriminación, porque el que toque a Jesús siendo una mujer pecadora podría llenar de impureza también a Jesús, como si fuera una leprosa.
Pero allí está Jesús que sintoniza con el corazón lleno de amor de aquella mujer pecadora. El amor entra fácilmente en sintonía. Sí, es una mujer pecadora, pero ama mucho y sus muchos pecados quedarán perdonados. Pero Jesús quiere hacérselo comprender a quien se ha cerrado al amor poniendo desconfianza en su corazón. Jesús relatará una pequeña parábola a Simón para hacerle comprender donde está el verdadero amor y cuando hay un corazón abierto y agradecido sabrá llenarse de amor también. Ya escuchamos la parábola de los dos deudores. ‘¿Cuál de los dos lo amará más?’ preguntará Jesús.
Jesús le hará ver con una mirada distinta los gestos y el actuar de aquella mujer con Jesús, porque lo que hay que descubrir es la capacidad de amor que hay en su corazón. ‘Sus muchos pecados están perdonados porque tiene mucho amor’, será la sentencia final de Jesús. ‘Y a ella le dijo: tus pecados están perdonados’.
Pero por allí hay otros también con su corazón cerrado al amor. ‘Los demás convidados empezaron a decir entre sí: ¿Quién es éste que hasta perdona pecados?’ Claro que es Dios el que puede perdonar los pecados, porque es el que tiene el corazón suficientemente grande para amar sin esperar respuesta. Y allí está Dios; allí está quien tiene el amor más grande porque será el que es capaz de dar la vida por el amado. No nos cerremos al amor; no nos hagamos insensibles al amor; no perdamos la capacidad de amar y de perdonar en consecuencia en nuestro corazón.
Como decíamos al principio una confrontación de corazones, entre los que saben amar y están dispuestos a amar y los que se cierran al amor. Hoy vemos que está venciendo el amor. Florece en el corazón de aquella mujer pecadora que se hará merecedora a pesar de sus muchos pecados del perdón de Dios.
Pero está venciendo el amor porque allí está Jesús con su amor perdonando que es una victoria del amor; pero allí está Jesús enseñándonos a llenar de amor nuestro corazón con esa capacidad para la comprensión y para el perdón; ese amor que nos capacita para creer en las personas, para levantar a los caídos, para valorar todo lo bueno que hay en todo corazón y en toda persona, pero también para despertarnos y abrirnos los ojos para mirar con mirada nueva y limpia al hermano que está a nuestro lado.

¿De qué parte estamos? ¿de los que somos capaces de amar y perdonar o de los que nos cerramos al amor? que también como nosotros hemos sido perdonados tantas veces seamos capaces de dar generoso perdón al hermano que esté a nuestro lado. En la capacidad de perdón que tengamos en nuestro corazón estaremos pareciéndonos más a Dios.

miércoles, 18 de septiembre de 2013

Los caminos de Dios que nos conducen a la verdadera sabiduría

1Tim. 3m 14-16; Sal. 110; Lc. 7, 31-35
Un texto del profeta Isaías que habremos escuchado en más de una ocasión nos decía: ‘Mis caminos no son vuestros caminos, dice el Señor’. Creo que sería algo que tendríamos que tener muy en cuenta, porque muchas veces parece que pretendiéramos que Dios hiciera las cosas a nuestra manera o conforme a nuestras exigencias humanas.
Cuantas veces cuando hablamos de religión o de la Iglesia manifestamos lo que según nuestros criterios humanos tendría que ser la religión, la moral o lo que fuera el trabajo o la acción de la Iglesia. Que si la iglesia tendría que hacer las cosas de esta manera o de la otra, que si en cuestiones morales no se puede ser exigente porque el mundo de hoy es distinto y habría que abrir la mano en no sé cuantas cosas, y así nos hacemos una lista bastante larga muchas veces de nuestras reclamaciones o deseos.
Es cierto que el Señor se nos revela también en el corazón a cada uno y nos va iluminando sobre lo que tendría que ser nuestra vida cristiana o nuestro compromiso como creyentes sembrando en nosotros hermosas inquietudes y despertando compromisos por hacer que nuestro mundo sea mejor. Pero muchas veces tenemos el peligro de dejarnos absorber excesivamente por criterios humanos que pueden terminar muy lejos de lo que son los planes de Dios.
‘Mis caminos no son vuestros caminos’, nos dice el Señor y recordábamos las palabras del profeta. Es el camino de Dios el que hemos de buscar, lo que es su voluntad. Lo decimos y lo rezamos cuando hacemos la oración que Jesús nos enseñó, - ‘hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo’ - pero hay el peligro de que se quede solo en palabras que repetimos, porque lo que buscamos en el fondo es nuestra voluntad, que se responda a nuestras apetencias y deseos.
‘¿A quién se parecen los hombres de esta generación? ¿a quién los compararemos?’, hemos escuchado que hoy Jesús se pregunta por los hombres de su tiempo. Y Jesús compara las reacciones que tuvieron ante Juan el Bautista y las que tenían también ante el Hijo del Hombre. Muchos escuchaban a Juan e iban incluso a que los bautizara allá en la orilla del Jordán, pero bien sabemos que había otros que lo rechazaban; el evangelio nos relata lo de aquella embajada que vino de parte de los sacerdotes y ancianos de Jerusalén a preguntarle o a pedirle cuentas de por qué bautizaba si él no era el Mesías.
Pero con Jesús vemos que sucede lo mismo. Unos le aclaman y dicen que nunca han visto cosa igual porque Dios ha visitado a su pueblo, mientras otros le rechazan, no quieren aceptar su mensaje, le reclamarán la autoridad con que Jesús se manifiesta cuando hace milagros, resucita muertos o perdona los pecados. Pero algo que muchos no eran capaces de asimilar era la cercanía de Dios que se manifestaba en Jesús sobre todo cuando se rodeaba de los pecadores que acudían llenos de esperanza a estar con El e incluso se sentaban a su mesa.
Es lo que hoy hemos escuchado. ‘Vino Juan que ni comía ni bebía - es proverbial su austeridad y penitencia - y dijisteis que tenía un demonio; viene el hijo del hombre que come y bebe con los publicanos y los pecadores... y también lo rechazáis por comilón y borracho’.
Somos como niños nos dice Jesús; somos como niños caprichosos que nos dejamos llevar por el viento que más sople y más bien parecemos veletas movidas por el viento de acá para allá. Como niños tendríamos que ser pero por nuestra humildad y sencillez, por la apertura del corazón para dejarnos conducir por el Espíritu del Señor, por el ansia profunda de Dios que haya en nuestro corazón pero para encontrarnos de verdad con El y con su Palabra para descubrir lo que es la verdadera voluntad de Dios. De ello nos hablará Jesús en otros momentos del evangelio poniéndonoslo como modelos de esa apertura a Dios y de esa sencillez y humildad.

Busquemos los caminos de Dios que son los que verdaderamente nos conducirán a la verdad sabiduría y a la verdadera plenitud del hombre. 

martes, 17 de septiembre de 2013

Despertando el amor podemos llenar nuevamente de vida nuestro mundo

1Tim. 3, 1-13; Sal. 100; Lc. 7, 11-17
‘Todos sobrecogidos daban gloria a Dios, diciendo: Un gran profeta ha aparecido entre nosotros. Dios ha visitado a su pueblo’. Lo que acababan de contemplar y vivir había sido una experiencia inolvidable. Jesús había devuelto a la vida a aquel muchacho que sacaban a enterrar.
‘Por la entrañable misericordia de nuestro Dios nos visitará el sol que nace de lo alto para iluminar a los que están en tinieblas y en sombras de muerte…’ había anunciado proféticamente en su cántico el anciano Zacarías cuando el nacimiento del Bautista. Dios que viene al encuentro del hombre. Dios que viene a nuestro encuentro para llenarnos de luz y de vida. Nosotros podemos proclamar ya, después de la resurrección de Jesús, que la muerte ha sido vencida.
‘Jesús iba de camino a una ciudad llamada Naim, e iban con El sus discípulos y mucho gentío’ nos dice el evangelista. Jesús viene de camino y esa ciudad de Naim somos nosotros, es nuestro mundo. Las tinieblas de la muerte también nos envuelven y nos llenan de muerte. Pero viene la vida a nuestro encuentro. Viene el amor y allí donde hay amor verdadero renace la vida.
‘Sacaban a enterrar a un muerto, hijo único de su madre que era viuda y un gentío considerable de la ciudad la acompañaba’. Desfile de dolor y de muerte, de lágrimas y de sufrimiento, de soledades y abandonos. Era el dolor de la madre por la muerte de su hijo, como la de todos los que la acompañaban. Pero era el dolor por la soledad, el abandono, el sufrimiento de aquella madre. Había tinieblas de dolor, pero se vislumbraban anuncios de luz en la solidaridad en el sufrimiento de todos aquellos que acompañaban y que estaban sufriendo sintiendo en su corazón lo que sentía aquella madre en su propio corazón.
Pero hasta ellos llegó la luz y llegó de nuevo la vida. ‘Al verla Jesús, sintió lástima’, apareció su corazón compasivo y misericordioso, apareció el Amor con mayúsculas. Sintió lástima Jesús uniéndose a aquella solidaridad común de todos aquellos que la acompañaban; pero sintió lástima Jesús y su amor no se quedó en lamentaciones y llantos. Su amor hizo brotar de nuevo la vida. Detuvo el cortejo, se acercó al ataúd, tendió la mano, lo tocó y dijo: ‘¡Muchacho, a ti te lo digo, levántate! Y el muerto se incorporó y empezó a hablar, y se lo entregó a su madre’. El amor hizo brotar la luz y la vida.
Pero decíamos antes que Jesús no solo se estaba acercando a la ciudad de Naim, sino que se está acercando a nosotros. Y llega a nosotros con ese mismo corazón compasivo y misericordioso; ve cuanto de tinieblas y de muerte también hay en nosotros y querrá detenerse a nuestro lado para levantarnos. No podemos seguir en ese camino de muerte; Jesús a nosotros también nos tiende la mano para levantarnos.
Pero ya decíamos que con Jesús llegaba la luz, la vida, el amor. Había atisbos de luz y de vida a pesar de todo en aquel cortejo, porque en los que lo acompañaban estaba presente la solidaridad. Algo de eso también hay en nosotros a pesar de ser como somos, porque muchas veces también comienza a resplandecer algo de ese amor en nosotros, aunque tenemos el peligro de apagar esa pequeña llama con los ramalazos de egoísmo que algunas veces se  nos pueden meter en el alma.
Pero Jesús llega a nosotros para despertar el amor, para despertar esos buenos sentimientos y avivar esa llama de amor que como un rescoldo algunas veces sigue permaneciendo en nosotros. Si despertamos el amor se obrará el milagro. Es lo que Jesús quiere realizar en nosotros. Apareció allí en Naim el corazón misericordioso y compasivo de Jesús y comenzó a florecer de nuevo la vida. Es lo que tenemos que hacer nosotros, despertar ese amor que hay en nuestro corazón y aparecerá la vida; la vida no ya para nosotros, sino la vida que irá envolviendo nuestro mundo para resucitarlo a algo nuevo. Es la tarea que nosotros tenemos que realizar. Despertando el amor podemos llenar nuevamente de vida nuestro mundo.

Y esta noticia del amor y la vida resucitada para nuestro mundo ha de comenzarse a divulgar no solo por nuestra comarca sino que ha de darse a conocer a todos, porque eso es evangelizar, eso es anunciar a Jesús.

lunes, 16 de septiembre de 2013

¿Se asombrará Jesús de nuestra fe como de la del centurión?

1Tim. 2, 1-8; Sal. 27; Lc. 7, 1-10
Jesús se asombró de la fe del centurión, ¿se asombrará también de nuestra fe? Muchas veces hemos escuchado este texto del evangelio o su paralelo en los otros evangelistas. Siempre nos admiramos de la fe y de la humildad del centurión, pero se me ocurre hacerme la pregunta con que hemos comenzado nuestra reflexión. ¿Se asombrará Jesús también de nuestra fe?
Esa fe que tiene que estar muy presente en nuestra vida. Sin ella nada de todo esto tendría sentido. Si estamos ahora, aquí, en esta celebración de la Eucaristía y escuchando y meditando la Palabra del Señor es por nuestra fe, por la fe con que vivimos estos momentos. Una fe que motiva lo que hacemos, que llena de alegría y de esperanza nuestra vida aun cuando nos veamos envueltos en problemas, dificultades, enfermedades o múltiples limitaciones. Y es que en nuestra fe encontramos el sentido y el valor para todo ello.
También eran momentos difíciles para aquel centurión. ‘Un criado a quien estimaba mucho estaba enfermo y a punto de morir’. Pero el centurión no se ahoga en su angustia, busca una luz que le dé valor y sentido, y sabe que esa luz solo por la fe la puede encontrar con Jesús. ‘Al oír hablar de Jesús le envió unos ancianos de los judíos’ para que intercedieran por él.
Por eso acude a Jesús pero lo hace además de con una confianza total con una humildad grande. Tanto que ni siquiera se atreve a venir él personalmente. Pero su fe en Jesús es total. Lo manifiesta con lo que expresa. Dice que no es digno. ‘No soy quien para que entres bajo mi techo; por eso no me creí digno de venir personalmente’. Ha enviado unos legados que intercedan por él. Enviará un intermediario que expresará no solo lo bueno que ha sido con los judíos, sino la fe grande que tiene en Jesús. Sabe que la Palabra de Jesús es una palabra de vida, y que lo dicho por Jesús se realizará; como el soldado o el criado que obedece las órdenes de su superior o de su señor.
‘Os digo que ni en Israel he encontrado tanta fe’, dice Jesús admirado ante la fe de aquel hombre; la fe y la humildad, la oración confiada y llena de esperanza. Por eso, nos preguntábamos ¿se asombrará Jesús también de nuestra fe?
Hemos tomado las palabras del centurión para convertirlas en oración en la liturgia momentos antes de comulgar. ‘Señor, no soy digno, de que entres bajo mi techo…’ Pero no pueden ser solo palabras; tiene que ser la actitud de profunda humildad y confianza con que nosotros también nos dirigimos al Señor. Qué tremendo cuando decimos palabras sin darle un sentido hondo en la vida, simplemente por rutina repetitiva. No puede ser así nuestra oración.
Sabemos que el Señor nos escucha. Sí, sabemos, estamos seguros. Muchas veces manifestamos nuestra desconfianza, porque quizá no nos dirigimos al Señor con la debida humildad. Nuestra oración no es exigir; nuestra oración es confiar; nuestra oración es ponernos en sus manos; nuestra oración tiene que estar llena de paz porque sabemos que el Señor está ahí con su amor y nos escucha.
La oración que no puede estar hecha desde la amargura desesperanzada. La oración tiene que ser un momento en que nos llena siempre de paz. Tenemos confianza en el Señor. Nuestra oración no puede ser palabrería insulsa, porque nuestra oración es abrir nuestro corazón a Dios para dejarnos impregnar por su Espíritu. ‘Bendito el Señor que escuchó mi voz suplicante’, repetíamos en el salmo.
Tenemos que crecer en nuestro espíritu de oración. Hemos de sentir siempre en nosotros la presencia de Dios que nos inunda con su amor, que nos llena de gracia, que siempre escucha nuestras oraciones. Que el Señor nos dé espíritu de oración. Que sepamos abrir nuestro corazón a Dios con humildad desde nuestras necesidades y problemas pero siempre también desde el mucho amor.

domingo, 15 de septiembre de 2013

Los acoge, los busca y les invita a hacer fiesta

Ex. 32, 7-11.13-14; Sal. 50; 1Tim. 1, 12-17; Lc. 15, 1-32
‘Ese acoge a los pecadores y come con ellos’. Es la crítica y la murmuración de los fariseos y de los escribas cuando contemplaban las actitudes y el actuar de Jesús. Podíamos decir que aquí tenemos la clave del mensaje del evangelio de hoy, porque de aquí parte también el sentido de las tres parábolas que propone Jesús a continuación y hoy hemos escuchado.
Sí, podía responderles Jesús ‘los acojo, y no solo los acojo sino que los busco, pero aún más, es que los invito a la mesa, hago fiesta con ellos, los invito a hacer fiesta’. ‘Acoge a los pecadores y come con ellos’; los busca como un día buscaría a Zaqueo entre las ramas de la higuera invitándose a su casa; como acogió a la mujer pecadora e incluso la defendió ante Simón, el fariseo, porque es una pecadora, pero ama mucho y ahora está llorando sus pecados con mucho amor; como acogió y defendió a la mujer adúltera, porque nadie tiene derecho a condenar si primero se mira a mi mismo y ve que tiene también el mismo pecado.
Hoy nos hablará del pastor que va a buscar a la oveja perdida y hará fiesta con sus amigos porque la ha encontrado; y nos hablará de la mujer que revuelve toda la casa buscando la moneda extraviada y llamará a las amigas con alegría porque encontró lo que creía perdido; y finalmente nos hablará del padre que espera y que acoge, que levanta del suelo y restituye de nuevo en su dignidad al hijo que se había marchado y aun rogará también al hijo que se cree un niño bueno para que sea también acogedor con su hermano, queriendo llevarlo también a la fiesta que ha preparado.
Ha venido Dios a buscarnos y nos llama y nos acoge cuando volvemos a El sea cual sea la situación en que nos encontremos. Porque ahí está presente el amor y el amor verdadero no sabe llevar esas cuentas que recuerdan y echan en cara pasadas situaciones. Ahí está presente el amor que espera siempre porque siempre quiere contar con el amado al que le está ofreciendo siempre su abrazo de amor y de perdón para que reemprenda nueva vida. Es el amor que levanta, el amor que ofrece siempre un abrazo de comprensión, que llena de paz el alma.
Pero es el amor que nos interpela para que vivamos en el mismo amor, para que acojamos con el mismo corazón abierto. Es el amor que nos hace pensar y repensar nuestras anteriores actitudes para que comencemos a actuar con un nuevo espíritu que será siempre de acogida y de alegría, un nuevo espíritu que nos llena de paz y que va creando lazos nuevos de fraternidad con todos porque de todos ya para siempre nos sentiremos hermanos.
Siempre que escuchamos y meditamos este texto de esta parábola nos vemos a nosotros como ese hijo que se ha marchado de la casa del padre y que nos sentimos llamados a volver a él porque nos enseña cuál y cómo es el amor del padre que nos espera y que hará fiesta a nuestra vuelta. Pero creo que un mensaje más podemos deducir de este episodio del evangelio que hemos escuchado y estamos meditando.
Decíamos que una clave importante era esa acogida por parte de Jesús de los pecadores con los que terminaba comiendo y haciendo fiesta. Lo que critican los fariseos y los escribas es esa actitud de acogida por parte de Jesús, pero que era precisamente lo negativo que brillaba en ellos. Jesús acogía a los pecadores, pero ellos en lugar de abrir puertas más lo que querían era cerrarlas para dejar a los que ellos consideraban pecadores siempre por fuera, en una palabra, su ‘no-acogida’.
¿Eso no nos tendría que interpelar a nosotros también? Está bien esa primera interpretación y mensaje que siempre hacemos de la parábola, como hemos venido también mencionando, pero ¿cuál es la actitud que nosotros tenemos ante los demás, ante aquellos que nosotros no consideramos que son de los nuestros o que consideramos que son menos dignos?
Tendríamos que aprender de Jesús porque demasiado estamos con las puertas cerradas en los caminos de la vida. Sí, teóricamente lo sabemos, pero en la práctica de lo que hacemos  ¿cómo acogemos al que nosotros vemos distinto? Y lo vemos distinto por el color de su piel o la distinta raza que intuimos que tiene; y lo vemos distinto porque quizá es un inmigrante que ha dejado su tierra y ahora lo vemos deambular de acá para allá buscando un trabajo o un trozo de pan que llevarse al estómago vacío; y lo vemos distinto porque quizá ha caído en la desgracia de los vicios, el alcohol, la droga o no sé cuantas cosas y lo vemos hecho una piltrafa a nuestro lado que tenemos miedo hasta de darle la mano porque nos puede contagiar; y lo vemos distinto porque lo vemos tirado por la calle porque no tiene donde caerse muerto, o es un okupa o nos parece que procede de esas zonas marginales de nuestra sociedad, en una palabra, un marginado. Y así podríamos pensar en tantos a los que nos cuesta acoger, porque no son de los nuestros, porque nos caen mal, porque han sido un desastre en su vida, por no sé cuantas cosas más.
¿Qué haría Jesús hoy? ¿También nosotros como los fariseos murmuraríamos que ‘acoge a los pecadores y come con ellos’? Ojo, no digamos tan rápido que nosotros no lo hacemos, sino fijémonos en cuales son nuestras actitudes, nuestras posturas ante esas situaciones, y nuestros actos reales en la vida.
Pensemos en una cosa más, ¿qué lugar ocupan en nuestra iglesia, en nuestras comunidades, esas personas del listado que hacíamos antes de los que vemos diferentes? ¿Están sentados con nosotros en nuestras celebraciones? Y no digamos que es que ellos no vienen porque tendríamos que preguntarnos si salimos en su búsqueda como el pastor que fue a buscar la oveja perdida o la mujer que revolvió toda la casa para encontrar la moneda extraviada. ¿No podría ser que nos pareciéramos al hijo mayor que ni siquiera llamó hermano al que regresaba a la casa del padre?
¿No tendría que llegarnos por ahí el mensaje que recibiéramos del Evangelio para que aprendamos a ser acogedores como Jesús?

sábado, 14 de septiembre de 2013

La cruz es el gran signo de la esperanza del Reino

Núm. 21, 4-9; Sal. 77; Filp. 2, 6-11; Jn, 3, 13-17
Hoy levantamos los ojos a lo alto. Como una enseña gloriosa, como una bandera signo de nuestras victorias se levanta ante nuestros ojos la cruz. Ya no es para nosotros un patíbulo ignominioso sino una enseña gloriosa. Para el pueblo cristiano se levanta en alto la cruz que es el gran signo de la esperanza del Reino.
Cada uno en su patria tiene su bandera que es para él signo glorioso del país al que pertenece y se siente orgulloso de su bandera siendo como un faro que le guía en su caminar o como sombra bajo la que se cobija en esos duros caminos de la vida. La Cruz es nuestra bandera, el gran signo de nuestra pertenencia al Reino.
‘Nosotros hemos de gloriarnos en la cruz de nuestro Señor Jesucristo; en El está nuestra salvación, vida y resurrección; El nos ha salvado y liberado’, así comenzábamos nuestra celebración proclamando. Así hemos de llevar siempre con nosotros la cruz como la señal del Reino al que pertenecemos, que queremos vivir, en el que se nos ha introducido cuando en la cruz hemos sido redimidos.
Contemplamos  nosotros la cruz que de patíbulo ignominioso para el cristiano se ha convertido en signo glorioso de vida y de esperanza. Mirar a la cruz de Cristo, es la Cruz que hoy miramos con toda veneración, es mirar su amor y su entrega, el sufrimiento de su pasión y el camino de vida en el que para nosotros comenzó la redención y la salvación.
Jesús anunciaba el Reino nuevo de Dios. En su muerte en la cruz y en su resurrección llegó a su consumación. Cuando seguimos las páginas del evangelio vemos como progresivamente va anunciando el Reino con su Palabra, con su presencia, con las señales del Reino que nos iba dejando en los milagros que iba realizando.
Unos le escuchan y le siguen llenos de esperanza en la Buena Nueva que va anunciando; otros se resistirán y se opondrán a ese mundo nuevo que Jesús quiere realizar para que vivamos el Reino de Dios. Los corazones se han de ir transformando para aceptar y acoger el Reino que Jesús viene a instaurar, pero el pecado sigue pesando en el corazón de los hombres, el pecado que nos había apartado y alejado del camino de la voluntad de Dios.
Era necesaria una renovación total de la vida, por eso Jesús invitaba a la conversión, pero es que además El venía a traernos el perdón que llenara de paz nuestros corazones y nos impulsara a vivir esa vida nueva en los valores del Reino. Había anunciado una amnistía total, el año de gracia del Señor. Y ese año de gracia del Señor iba a tener su culminación en la cruz, porque allí seríamos redimidos y alcanzaríamos el perdón.
Por eso, para los que creemos en El y le seguimos queriendo vivir ya lo que nos anunciaba en la Buena Nueva del Evangelio, cuando contemplamos la cruz de Jesús lo contemplamos como signo de victoria, de gloria, de esperanza porque el Reino de Dios ya ha comenzado con la muerte de Jesús en la cruz en la que nos ha redimido para siempre.
Hay quienes ante el dolor y el sufrimiento que nos representa la cruz sienten una cierta repugnancia, porque siempre rehuimos el dolor. Nos cuesta quizá entender el sentido redentor que puede tener nuestro dolor y nuestro sufrimiento cuando sabemos hacer de él una ofrenda de amor.
Recuerdo en una ocasión a una madre que visitaba una Iglesia con su niño pequeño y rehuía detenerse con el niño cuando pasaba ante un altar donde estuviera un Crucificado; tenia como miedo a que el niño contemplara lo que fue el sufrimiento de Jesús en la cruz, porque le parecía cruel y eso podía dañar la sensibilidad del niño. Qué lástima que aquella persona no hubiera comprendido cuanto de amor y de vida hay en la cruz de Jesús. No recordaba quizá aquellas palabras de Jesús que nos hablan de que no hay amor más grande que el de que da la vida por aquellos a quienes ama.
Y eso hizo Jesús en la cruz, dar la vida porque nos amaba; la cruz para nosotros es el gran signo del amor, la gran señal de la esperanza que se despierta en nuestro corazón cuando contemplamos el amor de Dios, porque tenemos esperanza de salvación, tenemos esperanza de poder construir el Reino de Dios día a día ahora mientras caminamos peregrinos por este mundo, pero tenemos esperanza de poder vivirlo en plenitud.
‘No olvidéis las acciones del Señor’, repetimos en el salmo. No podemos olvidar las acciones del Señor, no podemos olvidar el amor de Dios que se nos manifiesta en la cruz de Cristo. Por eso celebramos con gozo grande esta fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz, que en nuestra tierra tan unida está a la celebración de la fiesta de Cristo en las diversas imágenes de nuestra devoción en nuestros pueblos. Porque claro, nunca podremos separar la cruz de Cristo. Por eso le llamamos el Crucificado, aunque sabemos que está vivo, que El resucitó vencedor de la muerte y que a nosotros nos llena de vida para siempre.
No olvidamos las acciones del Señor y vamos recordando también la gracia del Señor que se manifiesta y se derrama en nosotros en nuestros sufrimientos y dolores, en esa cruz nuestra de cada día de la que hemos de saber hacer ofrenda de amor al Señor. Recordamos que El nos invita a seguirle y seremos en verdad sus discípulos si cargamos con la cruz nuestra de cada día para irnos con El. No la podemos rehuir, sino todo lo contrario hemos de saber descubrir el caudal de gracia y de vida que llega a nosotros a través de esa cruz que asumimos y llevamos con Jesús.
Mírate a ti mismo con esa cruz de tu vida, de tu dolor, de tu enfermedad, de tu sufrimiento, de las limitaciones y discapacidades que puedan ir apareciendo en ti por la enfermedad o por los años de tu ancianidad, y considérate un agraciado del Señor. Sí, eres un agraciado del Señor; nos cuesta aceptarlo; pero ahí está la gracia del Señor que se derrama abundantemente en tu vida a través de esa cruz que tienes que llevar. Dios está contigo y su gracia abundante no te falta. Muchos han sabido llegar a encontrarse con Dios y de una forma maravillosa precisamente en ese camino de la cruz. Hay una llamada del Señor a tu corazón.
Por eso lleva la cruz con gallardía, con orgullo de poder ir al lado de Jesús que va cargando su cruz, pero que al mismo tiempo va siendo Cireneo que te ayuda a llevar la tuya. En la esperanza que anima nuestra vida desde la confianza total que hemos puesto en El, sé capaz de llevarla incluso con alegría y con mucha paz en tu corazón. Es lo que con fe podemos descubrir y vivir; es a lo que hoy nos está invitando el Señor. Por eso, para el cristiano la cruz es signo de la esperanza del Reino.

viernes, 13 de septiembre de 2013

Los caminos de humildad y comprensión manifiestan la grandeza de nuestro espíritu

1Tim. 1, 1-2.12-14; Sal. 15; Lc. 6, 39-42
Solo los ojos limpios descubren la luz y a la luz de Jesús, el único Maestro, toda sentencia condenatoria se hace imposible. Ojalá descubramos esa luz, nos llenemos de esa luz. Creemos tener la luz, pero muchas veces estamos a oscuras, cuando no nos hemos encontrado con Cristo de verdad.
Si en verdad estuviéramos iluminados con la luz de Jesús nuestra mirada sería distinta, sería limpia, estaría llena de amor, aprenderíamos en verdad a ser comprensivos con los demás, seríamos humildes, seríamos en verdad constructores de vida, nuestras relaciones mutuas estarían siempre llenas de comprensión y armonía y nunca tendríamos juicios condenatorios hacia los demás.
Somos fáciles para juzgar y para condenar; somos muy dados a ver con mucha facilidad las cosas negativas de los demás, pero cuánto nos cuesta reconocer las nuestras. Quizá somos más exigentes con los demás que con nosotros mismos; lo que sabemos que tendríamos que exigirnos a nosotros mismos se lo exigimos a los demás.
La falta de comprensión hacia los demás denota la pobreza de nuestro espíritu, la mezquindad que anida en nuestra alma, porque si tuviéramos la humildad de reconocer nuestras propias debilidades seríamos más comprensivos con los otros y nunca seríamos exigentes con dureza de corazón.
Los caminos de la sencillez y de la humildad son los que construyen autenticas y verdaderas relaciones humanas entre unos y otros y son los que a la larga mostrarán la grandeza de nuestro espíritu y los que de verdad van a crear un mundo mejor por más humano y más justo. Desde la prepotencia de considerarnos siempre justos y santos lo que creamos son apariencias e hipocresía en nuestras mutuas relaciones mostrándonos intransigentes e insensibles antes los problemas o debilidades de los demás.
Por eso nos ha dicho hoy Jesús ‘¿acaso puede un ciego guiar a otro ciego? ¿no caerán los dos en el hoyo?’ Eso que podría valer desde la práctica de la vida en el caso de los invidentes, sin embargo en las palabras de Jesús quiere decirnos algo más hondo. Se trata de una ceguera más profunda que la falta física de visión a lo que se refería Jesús. Ciegos somos no solo por la falta de visión del sentido de los ojos, sino cuando el mal se ha metido dentro de nosotros llenando de malicia el corazón. Qué difícil le va a ser a una persona así, con esa malicia en el corazón, poder tener una visión positiva de las cosas o de los demás para ayudarte a que tú también tengas esa visión positiva.
Por eso nos pide Jesús que nos limpiemos primeros nuestros ojos, y ya sabemos a qué ojos se está refiriendo, porque la suciedad que hay en ellos que hay en nuestro corazón nos impedirá ver con claridad. ‘Sácate primero la viga de tu ojos y entonces verás claro para sacar la mota del ojo de tu hermano’. Pero cuando somos humildes, nos damos cuenta de cuantos errores hemos cometido en la vida, en cuantas cosas hemos tropezado y sin embargo hemos sido capaces de levantarnos para corregirnos, para enmendar nuestra vida, eso nos enseñará a ser humildes en el trato con los demás.
Pidamos esa luz de Jesús que nos ilumine, que nos arranque de tantas tinieblas en las que nos vemos envueltos tantas veces en la vida. No nos creamos tan justos que digamos que nosotros nunca cometemos errores, tenemos fallos. Eso sería una ceguera terrible que se nos estuviera metiendo en la vida.
Vayamos con humildad hasta Jesús dejándonos iluminar por El, y dejarnos iluminar es dejarnos enseñar, aceptar la corrección que su Palabra va haciendo de nuestra vida, dejarnos conducir por su Espíritu que nos habla allá en nuestro interior pero cuya voz puede llegarnos también de quienes están a nuestro lado para orientarnos, para caminar con nosotros, para decirnos una buena palabra, para alentarnos en ese camino de nuestra vida en el que con tantas dificultades nos encontramos en tantas ocasiones.

La Iglesia con su Magisterio esta a nuestro lado y a través del ministerio de nuestros pastores va señalándonos la senda buena que hemos de recorrer. Escuchemos la voz de la Iglesia que el Espíritu está siempre presente en ella y se nos manifiesta de muchas maneras.

jueves, 12 de septiembre de 2013

El nombre de María está lleno de divina dulzura

Eclesiástico, 24, 17-22; Sal.: Lc. 1, 46-55; Lc. 1, 26-38
‘Y el nombre de la joven era María…’ nos dice el evangelista. Hoy nos gozamos en esta fiesta de María. El pasado 8 de septiembre se celebraba la natividad de la Virgen María, y a los pocos días la liturgia nos ofrece esta posibilidad de celebrar el santo nombre de María. Nos llenamos de gozo al celebrar a María, la boca se nos llena de dulzura al pronunciar su santo nombre y desde los más hondo de nosotros mismos queremos cantar la alabanza del Señor que en María nos ha dado tal madre que nos ama y nos protege y solo pronunciar su nombre nos aleja de los peligros porque es segura siempre su protección maternal.
Cuando ella cantaba al Señor reconociendo y dando gracias por las obras maravillosas que Dios en ella realizaba proféticamente, podríamos decir, anunciaba esta alabanza que en su honor cantar todos los pueblos y a través de todas las generaciones. ‘Desde ahora me llamarán dichosa todas las generaciones, porque ha hecho cosas grandes en mí el Poderoso: su  nombre es santo y su misericordia llega a sus fieles de generación en generación’.
María bendice al Señor, ‘su nombre es santo’, porque cuando en ella realiza tales maravillas se está manifestando la misericordia del Señor para todos los hombres. A través de María, porque Dios quiso fijarse en ella, nos llega aquel en cuyo nombre alcanzamos la salvación. ‘No hay otro nombre que pueda salvarnos, y ante el nombre de Jesús toda rodilla se dobla en el cielo, en la tierra y en el abismo y toda lengua proclama Jesús es el Señor, para gloria de Dios Padre’.
Pero como proclamaremos en el prefacio de esta fiesta ‘el Señor ha querido con amorosa providencia que también el nombre de María estuviera con frecuencia en los labios de los fieles’. Es el nombre de la madre y para un hijo no hay nombre más dulce que el de su madre. San Alfonso María de Ligorio en su libro ‘las glorias de María’ nos ofrece unas hermosas consideraciones en torno al nombre de María recogiendo lo que tantos santos a lo largo de los tiempos han dicho de manera hermosa del nombre de María.
‘El nombre de María está lleno de divina dulzura’, dice un autor, ‘es alegría para el corazón, miel en los labios y melodía para el oído de sus devotos’. Y al hablarnos de esa divina dulzura que destila del nombre de María nos dice que quiere hablarnos ‘de la dulzura saludable, consuelo, amor, alegría, confianza y fortaleza que da este nombre para quienes lo pronuncian con fervor’.
Al hablarnos de ello nos quiere explicar como pronunciar el nombre de María nos hace sentir una alegría honda y especial en nuestro corazón porque nos está recordando por una parte el amor del Señor que se manifiesta en María - ‘su misericordia se manifiesta a sus fieles de generación en generación’ - pero al mismo tiempo despierta en nosotros unos nuevos sentimientos de amor. Así recoge lo que decía san Bernardo: ‘Oh excelsa, oh piadosa, o digna de toda alabanza Santísima Virgen María, tu nombre es tan dulce y tan amable, que no se puede nombrar sin que el que lo nombra no se inflame de amor a ti y a Dios; y solo con pensar en él, los que te aman se sienten más consolados y más inflamados en ansias de amarte’.
Nombre de María, lleno de gracias y de bendiciones para quienes lo invocan, consuelo para el afligido y que nos pone en camino de salvación al que de él se había apartado, que conforta a los pecadores y llena de esperanza de salvación sus corazones. Con el nombre de María en nuestros labios nos sentimos fortalecidos frente a la tentación y podríamos recordar aquí cómo la invocamos en las letanías: ‘Torre de David, Torre de marfil, Casa de oro, Arca de la Alianza, Puerta del cielo, Estrella de la mañana, Salud de los enfermos, Refugio de los pecadores, Consoladora de los afligidos, Auxilio de los cristianos…’ en las que expresamos esa fortaleza y protección que con María a nuestro lado sentimos.
Así nos explica que ‘como el respirar es señal de vida, así invocar con frecuencia el nombre de María es señal o de que se vive en gracia de Dios o de que pronto se conseguirá; porque este nombre poderoso tiene fuerza para conseguir la vida de la gracia a quien devotamente lo invoca. En suma, este admirable nombre es, como torre fortísima en que se verán libres de la muerte eterna, los pecadores que en él se refugien; por muy perdidos que hubieran sido, con ese nombre se verán defendidos y salvados’.
Así que, aprovechemos siempre el hermoso consejo de san Bernardo: ‘En los peligros, en las angustias, en las dudas, invoca a María. Que no se te caiga de los labios, que no se te quite del corazón’. En suma, llega a decir san Efrén, que ‘el nombre de María es la llave que abre la puerta del cielo a quien lo invoca con devoción’. Por eso tiene razón san Buenaventura al llamar ‘a María “salvación de todos los que la invocan”, como si fuera lo mismo invocar el nombre de María que obtener la salvación eterna’. ¿No la invocamos en las letanías como puerta del cielo?
Muchas más cosas podríamos seguir meditando del santo y dulce nombre de María. Gocémonos en su dulzura, llenémonos de su amor, sintámonos bendecidos de Dios cuando así ha querido dárnosla por madre. La contemplamos, como diremos en el prefacio, como estrella luminosa y la invocamos como madre en los peligros y en las necesidades acudimos seguros a ella.
Amemos a María. Que no falte nunca su santo nombre de nuestros labios. Ella siempre  es intercesora amorosa por nosotros y nunca nos sentiremos defraudados porque ella siempre  nos llevará a Jesús y nos alcanzará como Madre mediadora la gracia de Jesús.

miércoles, 11 de septiembre de 2013

Los pobres son evangelizados y de ellos es el Reino de los cielos

Col. 3, 1-11; Sal. 144; Lc. 6, 20-26
Ayer escuchábamos que cuando ‘Jesús bajó del monte con los doce, se paró en el llano con un grupo grande de discípulos y de pueblo procedente de toda Judea, de Jerusalén y de la costa de Tiro y Sidón, que venían a oírlo y a que los curara de sus enfermedades’. Hoy se nos dice que ‘levantando los ojos hacia los discípulos’ les anuncia que serán dichosos y bienaventurados. Hace el anuncio de las Bienaventuranzas del Reino.
Cuando comenzó su predicación y se presentó allá en la sinagoga de Nazaret proclamó aquel texto de Isaías que hablaba del que venía ungido del espíritu para anunciar la Buena Nueva a los pobres y que los que sufrían y estaban esclavizados serían liberados porque llegaba el año de gracia del Señor. Es lo que se está cumpliendo por eso llamará dichosos y bienaventurados a los pobres y a los que sufren, a los que lloran y a los que son proscritos por los hombres por causa del Hijo del Hombre. De ellos es el Reino de los cielos y su pobreza y sufrimiento se transformará en gozo y plenitud profunda en la vida, y la recompensa será grande en el cielo.
¿Quiénes son los que siguen a Jesús y le escuchan y se llenan de su salvación? Aquellos que nada tienen y ahora ponen toda su confianza en el Señor. Han escuchado la Palabra de Jesús anunciando el Reino de los cielos y sus corazones se han llenado de esperanza. Reciben, sí, como una Buena Nueva, como una gran noticia de salvación la Palabra de Jesús. Se despierta la fe en sus corazones porque a nada lo tienen apegado. Desde la pobreza y el sufrimiento han escuchado el mensaje de alegría y esperanza del Evangelio de Jesús.
Será a los pobres y a los sencillos a quienes el Padre les revela allá en sus corazones los secretos del Reino de Dios; los que se creen sabios y satisfechos en sí mismos no podrán comprender ese misterio que se les revela. Recordamos otro momento del evangelio donde Jesús da gracias al Padre que se revela a los pequeños y a los sencillos, mientras se oculta a los sabios y entendidos.  
Ya hemos venido escuchando en el evangelio de cada día la oposición que Jesús va encontrando en aquellos que se creen seguros de sí mismos y no quieren aceptar la novedad del mensaje de Jesús. Se han creado un estilo de religión a su medida y todo serán pegas a lo nuevo que Jesús viene revelándonos. Le rechazan e incluso maquinarán contra Jesús queriendo quitarlo de en medio. ‘Ay de vosotros los ricos… los que ya estáis saciados… ya tenéis vuestro consuelo… haréis duelo y lloraréis…’ anuncia Jesús.
Y como el discípulo no es mayor que su maestro Jesús ahora nos anuncia que lo mismo que hicieron con El nos puede pasar a nosotros y si a El lo persiguieron hasta llevarlo hasta la cruz, los discípulos también serán perseguidos por la causa del Reino de los cielos porque también ponemos toda nuestra fe en Jesús como nuestro único salvador. ‘Dichosos vosotros cuando os odien los hombres y os excluyan e insulten y proscriban vuestro nombre como infame, por causa del Hijo del Hombre. Alegraos ese día y saltad de gozo, porque vuestra recompensa será grande en el cielo’.  
Leía estos días las declaraciones de un actor de nuestro tiempo y español, que había adquirido cierta fama por su participación en series de televisión - ‘7 vidas’ -, que ahora se ve proscrito porque se ha manifestado públicamente como católico. ‘He perdido oportunidades por ser católico’, confiesa. No le ha importando que se le cierren muchas puertas, porque como dice él, otras se le abrirán, pero es fiel a su fe y a sus convicciones religiosas y cristianas.
Escuchemos nosotros con fe esta Palabra de Jesús que conforta nuestros corazones y nos llena de esperanza. Venimos hasta Jesús desde nuestra pobreza y nuestra pequeñez, con nuestros sufrimientos y con nuestras limitaciones, con nuestra vida marcada también por el pecado porque así sentimos la mayor pobreza de nuestra vida que es nuestro pecado y nuestra fe débil en tantas ocasiones.

Abramos bien los oídos de nuestro corazón y sintamos esa paz que llena nuestro corazón cuando estamos con Jesús y dejémonos transformar por su Espíritu; la gracia de Dios llena nuestros corazones y nos hace renacer a nueva vida. Que nos manifestemos también valientemente como testigos de esa fe que anima nuestra vida sin temor a lo que puedan pensar de nosotros o nos puedan decir. Somos testigos del amor de Dios y eso no lo podemos callar.

martes, 10 de septiembre de 2013

Queremos tocar a Jesús con nuestra oración para llenarnos de su vida

Col. 2, 6-15; Sal.144; Lc. 6, 12-19
‘Subió a la montaña a orar, y pasó la noche orando a Dios’. Lo vemos repetidas veces en el evangelio y es bueno que nos detengamos a contemplar esa escena. Todo tiene que estar en referencia a Dios, porque El es el primero, hemos reflexionado estos días. Así contemplamos a Jesús y el evangelista nos lo resalta sobre todo en momentos de especial trascendencia. Este es uno de esos momentos. Cómo tendríamos que aprender.
‘Cuando se hizo de día llamó a sus discípulos, escogiendo a doce de ellos y los nombró apóstoles’. A continuación el evangelista nos da la relación de los doce Apóstoles. Allí están todos los que le siguen, pero de entre ellos escoge a doce. Son los que van a estar más cerca de El porque a ellos les va a confiar una misión especial. ‘Los nombró apóstoles’, es decir, enviados. A ellos de manera especial los enviará en su nombre por todo el mundo. Ahora, sin embargo, van a estar en una especial cercanía. Le veremos como a ellos los instruye de manera especial; se los lleva aparte en muchas ocasiones.
Pero seguimos con el texto del evangelio. ‘Bajó Jesús del monte con los doce y se paró en un llano con un grupo grande de discípulos y de pueblo…’ Allí han venido de diversas partes, de toda Palestina, porque los hay también de Judea y Jerusalén, pero hay también de más allá, porque los hay ‘de la costa de Tiro y de Sidón’, al norte, al borde del Libado y del mar mediterráneo.
‘Venían a oírlo y a que lo curara de sus enfermedades…’ Allí está Jesús, Palabra viva de Dios, trasmitiendo el mensaje de la salvación, la Buena Noticia del Reino de Dios. Lo que seguiremos escuchando en los próximos días es paralelo al texto del sermón del monte que nos narraba san Mateo. Pero también se están realizando las señales del Reino. ‘Los atormentados por espíritus inmundos eran curados’. Jesús que vence el mal; van apareciendo las señales del Reino de Dios que llevará a plenitud en su muerte y resurrección.
‘Y la gente trataba de tocarlo, porque salía de El una fuerza que los curaba a todos’. Jesús es la Vida y la Salvación; el encuentro con Jesús nos llena de esa vida y de esa salvación. El evangelista nos lo expresa de esa manera, diciéndonos que todos deseaban tocarlo para llenarse de esa fuerza de Dios, de esa vida de Dios. Recordemos el caso de la mujer de las hemorragias que pensaba que con solo tocar la orla de su manto se llenaría de vida y salud; y así fue.
Quizá nosotros ahora también, mientras estamos en este encuentro con Jesús de nuestra Eucaristía y escuchando su Palabra, sentimos esos mismos deseos; queremos tocar a Jesús, porque queremos llenarnos de su vida. ¿No tendremos nosotros la oportunidad de hacerlo como lo hacía la gente que estaba a su lado entonces?
Sí podemos hacerlo; claro que podemos acercarnos a Jesús y tocarlo para llenarnos de vida. Vayamos al principio de este texto y de nuestra reflexión de hoy. Contemplábamos a Jesús orando a Dios. Ahí tenemos el medio y la forma; con nuestra oración podemos sentirnos inundados de esa vida de Dios, porque en fin de cuentas nuestra oración es inundarnos de su presencia. Lo tenemos en la oración como lo tenemos en toda celebración de los sacramentos. Hagamos en verdad de nuestra oración ese sentirnos llenos e inundados de la presencia de Dios.
Cómo tenemos que aprender a saborear nuestra oración, sintiendo de verdad la presencia de Dios. Qué importante la oración para nuestra vida. Cuidemos nuestra oración. No nos reduzcamos a repetir fórmulas aprendidas de memoria. Siempre decimos cómo  no podemos iniciar nuestra oración sin detenernos a hacer un acto de fe en la presencia de Dios.
Esa señal de la cruz con que iniciamos nuestras oraciones hemos de hacerlo con toda devoción, con toda fe, dándonos cuenta de cómo estamos invocando a Dios, invocando su presencia, la presencia de la Santísima Trinidad ante quien nos postramos en adoración profunda desde lo más hondo de nosotros mismos. Y esto no lo podemos hacer si lo hacemos a la carrera, sin fijarnos bien en lo que hacemos y decimos. Nunca las prisas fueron buenas en las cosas que queremos hacer en la vida con toda intensidad y nunca las carreras en nuestros momentos de oración son buenos porque terminaremos de una forma rutinaria y no siendo conscientes de la presencia de Dios en nosotros que nos llena de vida y de salvación.

Sintamos, sí, cuando estamos en oración que estamos como queriendo tocar a Dios, y Dios toca nuestra vida y nuestro corazón llenándonos de su vida.

lunes, 9 de septiembre de 2013

Sembremos buenas semillas siendo positivos en nuestro pensamiento y en nuestra intención

Col. 1, 24-2, 3; Sal. 61; Lc. 6, 6-11
Lo que se plantean los letrados y los fariseos de estar acechando a Jesús para ver si curaba un sábado y que esto fuera motivo para estar cavilando qué hacer con Jesús quizá no sean planteamientos que hoy nosotros consideráramos lógicos ni usuales. Realmente lo que Jesús realizó de curar a un hombre de su mal, la parálisis de su brazo, nos puede parecer que entra dentro de lo normal porque en fin de cuentas es hacer el bien.
¿Qué es lo que estaba haciendo Jesús? simplemente manifestándonos lo que es su amor compasivo y misericordioso, el corazón compasivo y misericordioso de Dios. Ante El estaba un hombre con su sufrimiento, con sus limitaciones, con su brazo paralítico e inmediatamente se manifiesta el amor del Señor, curándolo. No entienden aquellos letrados y fariseos lo que Jesús hace, porque es un sábado, pero Jesús les hace la pregunta ¿Qué es lo que esta permitido o  no permitido un sábado? ¿hacer el bien o el mal, salvar a uno o dejarlo morir?’ En su legalismo su corazón se ha cerrado al amor y no entienden lo que Jesús hace, curar aquel hombre de su limitación.
Ya sabemos que todo arrancaba de su concepción religiosa de la vida y de su manera de interpretar el cumplimiento de la ley del Señor que prescribía el descanso sabático prohibiendo cualquier tipo de trabajo. Pero, más allá de ese cumplimiento o no de las estrictas leyes, en el fondo nos damos cuenta de su no aceptación de Jesús y de su mensaje evangélico. La trasformación que Jesús pedía para el corazón de quien aceptase su mensaje, era algo que parecía no entrar en sus planes. De ahí sus maquinaciones, sus sospechas y desconfianzas, actitudes bien negativas que ennegrecen el corazón porque lo que están haciendo es poner malicia dentro de nosotros.
Creo que por ahí podría ir nuestra reflexión. Cuántas desconfianzas, sospechas y recelos tenemos en ocasiones en nuestra relación con los demás. Es una tentación fácil que nos acecha y que hemos de estar bien prevenidos para no caer en sus redes.
Nos cuesta aceptar a los otros y muchas veces porque quizá nosotros no somos capaces de tener buen corazón somos desconfiados de los demás, vemos quizá o malas intenciones o doble sentido en lo que los otros hacen y eso crea dentro de nosotros un enfriamiento en nuestra relación que terminará distanciándonos y viendo mal en el otro donde realmente no lo hay. Como nosotros hemos dejado meter la malicia en nuestro corazón, entonces siempre estaremos viendo malicia en el corazón de los otros. Una sospecha llena de desconfianza estropeado una amistad; es más, podemos decir que es un síntoma claro de esa falta de amor.
Muchas veces nos cuesta la convivencia, la relación con los otros. Y mucho más nos cuesta cuando tenemos actitudes negativas en el corazón. Es necesario que seamos capaces de ser positivos; y ser positivo es pensar siempre lo bueno y alejar de nosotros el mal deseo; ser positivo es pensar bien del otro y de la buena intención con que actúa; pensar en positivo es ser capaz de descubrir el amor y las cosas buenas que hacen los demás; pensar positivo es quitar la malicia de nuestro corazón para tener unos ojos limpios que no vean nunca malicia en los demás y en lo que hacen; pensar en positivo es creer en las personas, creyendo que aunque hayan cometido errores en la vida - todos los cometemos - son capaces, sin embargo, de enmendarse y de cambiar.

Cuántas veces decimos que queremos que nuestro mundo sea mejor. Comencemos por tener actitudes positivas en nuestra relación con los demás y estaremos sembrando buenas semillas que transformen nuestro mundo.