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domingo, 15 de agosto de 2021

En la fiesta de la Asunción nos alegramos los hijos en la glorificación de la Madre y al tiempo sentimos el estímulo de María como un faro de luz que ilumina nuestra esperanza

 


En la fiesta de la Asunción nos alegramos los hijos en la glorificación de la Madre y al tiempo sentimos el estímulo de María como un faro de luz que ilumina nuestra esperanza

Apocalipsis 11, 19a; 12, 1. 3-6a. 10ab; Sal 44; 1Corintios 15, 20-27ª; Lucas 1, 39-56

Celebramos hoy una fiesta muy hermosa de la Virgen que se traduce en numerosas advocaciones con las que queremos invocarla en multitud de pueblos y lugares. Comienzo por mi tierra en que hoy la celebramos como patrona de nuestras islas, de todo el archipiélago en su advocación de Nuestra Señora de Candelaria, aunque como fiesta propia de esta advocación la tenemos el dos de febrero. 


Sin embargo en nuestras islas y sobre todo en la isla de Tenerife todos los caminos conducen estos días a Candelaria; si no hubiera sido por la pandemia que limita nuestros movimientos y encuentros desde hace días nos hubiéramos encontrado por los caminos de la isla peregrinos que se dirigirían a la Basílica de la Patrona.

No voy a entrar en otras numerosas advocaciones con que invocamos a la Virgen en este día en tantos lugares y en tantos pueblos, sino vamos a centrarnos en lo que litúrgicamente celebramos en este día. Hoy es el día, podríamos decirlo así, del triunfo pascual de María cuando celebramos su gloriosa Asunción en cuerpo y alma a los cielos. Es la culminación de la vida de María y de su plena unión con Jesucristo, su Hijo y nuestro Salvador. Si Jesús nos dijera un día que quería que donde El estuviera estuviéramos nosotros también y por eso va al Padre y nos prepara sitio, qué podríamos decir de lo que Jesús querría para su Madre María.

El final del decurso de su vida terrenal culmina con esta glorificación de María en que Cristo quiere hacerla a Ella como primicia partícipe de su misterio de Redención. La había hecho toda pura e inmaculada en su Concepción porque iba a ser la Madre de Dios en virtud de los méritos de Jesucristo, como confesamos en los artículos de nuestra fe, como no la va a hacer partícipe de su resurrección en su glorificación en cuerpo y alma a los cielos.

Y decimos que ella es como primicia, porque es el camino al que estamos llamados todos los que creemos en Jesús. María, siempre lo decimos, es el mejor modelo de lo que es el seguimiento de Jesús. Así plantó ella en su vida la Palabra de Dios. Era como su lema y como su meta. Aquellas palabras que pronuncia ante el ángel en Nazaret no fueron fruto solo del fervor de un momento incluso con todo lo sublime que era aquel instante de la Encarnación, pero si ella fue capaz de decir ‘hagase en mi según tu palabra’, es porque ella ya en su vida se había dejado envolver totalmente por la Palabra de Dios. ‘Dichosos los que escuchan la Palabra de Dios y la ponen en práctica’, la plantan en su vida diría Jesús, lo que era como una alabanza a su madre, la que así se había dejado conducir por la Palabra de Dios.

¿Cómo no iba ella a prorrumpir en ese cántico de alabanza y acción de gracias a Dios que en ella había hecho obras grandes, fijándose en la humildad de su esclava? Solo quien vivía una espiritualidad profunda porque se había dejado traspasar por el Espíritu podía ser capaz de pronunciar tan hermoso cántico.

Un cántico que además se convierte en profético porque irá describiendo como todo se transforma y transfigura cuando nos dejamos inundar por la misericordia del Señor y nos dará las señales de ese mundo nuevo que va a surgir y que es el Reino de Dios. Un mundo donde son exaltados los humildes, un mundo que nos ofrecerá un orden nuevo donde los pobres y los hambrientos serán saciados mientras que aquellos que se consideraba a sí mismos hartos ahora se sentirán vacíos. Es todo un resumen del mensaje del evangelio, un resumen de la buena nueva del Reino de Dios que comienza.

Hoy con esta fiesta de la Asunción de María sentimos el gozo de los hijos cuando ven la gloria de la Madre, su glorificación al ser llevada en cuerpo y alma a los cielos. Es un momento para felicitarnos con María al tiempo que en ella nos sentimos estimulados en nuestro camino, y con ella renacen nuestras esperanzas. María viene a ser así como un impulso para nuestro camino y para nuestra esperanza; con la Asunción de María de alguna manera nos quedamos como atónitos y estupefactos al contemplarla en su glorificación, pero nos sentimos impulsados a seguir haciendo el camino donde queremos hacer presente esas señales del Reino de Dios entre nosotros.

En ocasiones podemos sentir el cansancio en nuestras luchas y en nuestros esfuerzos por hacer un mundo mejor, nos sentimos quizás en momentos algo defraudados porque nos parece que el mal avanza demasiado en medio de nuestro mundo, pero ahí está la presencia de la madre que nos alienta, que se pone a nuestro lado en el camino, que nos impulsa a dar un paso más, a poner un nuevo esfuerzo, a poner más ánimo en nuestro corazón. Es lo que hacen las madres con los hijos que con su presencia les alientan y les animan.

Así sentimos la presencia de María en esta fiesta que hoy estamos celebrando. Mitiga nuestras lágrimas ante los sinsabores de la vida y con su consuelo alivia nuestros corazones tantas veces de mil maneras atormentados. Es aliento y es esperanza, es fuerza nueva que nos da un nuevo impulso para caminar. En su imagen bendita de la Candelaria que hoy los canarios de manera especial contemplamos la sentimos como un faro de luz, en esa candela que lleva en sus manos, para ir delante de nosotros alumbrándonos el camino y haciéndonos vislumbrar nuestras metas finales.

 

jueves, 12 de septiembre de 2013

El nombre de María está lleno de divina dulzura

Eclesiástico, 24, 17-22; Sal.: Lc. 1, 46-55; Lc. 1, 26-38
‘Y el nombre de la joven era María…’ nos dice el evangelista. Hoy nos gozamos en esta fiesta de María. El pasado 8 de septiembre se celebraba la natividad de la Virgen María, y a los pocos días la liturgia nos ofrece esta posibilidad de celebrar el santo nombre de María. Nos llenamos de gozo al celebrar a María, la boca se nos llena de dulzura al pronunciar su santo nombre y desde los más hondo de nosotros mismos queremos cantar la alabanza del Señor que en María nos ha dado tal madre que nos ama y nos protege y solo pronunciar su nombre nos aleja de los peligros porque es segura siempre su protección maternal.
Cuando ella cantaba al Señor reconociendo y dando gracias por las obras maravillosas que Dios en ella realizaba proféticamente, podríamos decir, anunciaba esta alabanza que en su honor cantar todos los pueblos y a través de todas las generaciones. ‘Desde ahora me llamarán dichosa todas las generaciones, porque ha hecho cosas grandes en mí el Poderoso: su  nombre es santo y su misericordia llega a sus fieles de generación en generación’.
María bendice al Señor, ‘su nombre es santo’, porque cuando en ella realiza tales maravillas se está manifestando la misericordia del Señor para todos los hombres. A través de María, porque Dios quiso fijarse en ella, nos llega aquel en cuyo nombre alcanzamos la salvación. ‘No hay otro nombre que pueda salvarnos, y ante el nombre de Jesús toda rodilla se dobla en el cielo, en la tierra y en el abismo y toda lengua proclama Jesús es el Señor, para gloria de Dios Padre’.
Pero como proclamaremos en el prefacio de esta fiesta ‘el Señor ha querido con amorosa providencia que también el nombre de María estuviera con frecuencia en los labios de los fieles’. Es el nombre de la madre y para un hijo no hay nombre más dulce que el de su madre. San Alfonso María de Ligorio en su libro ‘las glorias de María’ nos ofrece unas hermosas consideraciones en torno al nombre de María recogiendo lo que tantos santos a lo largo de los tiempos han dicho de manera hermosa del nombre de María.
‘El nombre de María está lleno de divina dulzura’, dice un autor, ‘es alegría para el corazón, miel en los labios y melodía para el oído de sus devotos’. Y al hablarnos de esa divina dulzura que destila del nombre de María nos dice que quiere hablarnos ‘de la dulzura saludable, consuelo, amor, alegría, confianza y fortaleza que da este nombre para quienes lo pronuncian con fervor’.
Al hablarnos de ello nos quiere explicar como pronunciar el nombre de María nos hace sentir una alegría honda y especial en nuestro corazón porque nos está recordando por una parte el amor del Señor que se manifiesta en María - ‘su misericordia se manifiesta a sus fieles de generación en generación’ - pero al mismo tiempo despierta en nosotros unos nuevos sentimientos de amor. Así recoge lo que decía san Bernardo: ‘Oh excelsa, oh piadosa, o digna de toda alabanza Santísima Virgen María, tu nombre es tan dulce y tan amable, que no se puede nombrar sin que el que lo nombra no se inflame de amor a ti y a Dios; y solo con pensar en él, los que te aman se sienten más consolados y más inflamados en ansias de amarte’.
Nombre de María, lleno de gracias y de bendiciones para quienes lo invocan, consuelo para el afligido y que nos pone en camino de salvación al que de él se había apartado, que conforta a los pecadores y llena de esperanza de salvación sus corazones. Con el nombre de María en nuestros labios nos sentimos fortalecidos frente a la tentación y podríamos recordar aquí cómo la invocamos en las letanías: ‘Torre de David, Torre de marfil, Casa de oro, Arca de la Alianza, Puerta del cielo, Estrella de la mañana, Salud de los enfermos, Refugio de los pecadores, Consoladora de los afligidos, Auxilio de los cristianos…’ en las que expresamos esa fortaleza y protección que con María a nuestro lado sentimos.
Así nos explica que ‘como el respirar es señal de vida, así invocar con frecuencia el nombre de María es señal o de que se vive en gracia de Dios o de que pronto se conseguirá; porque este nombre poderoso tiene fuerza para conseguir la vida de la gracia a quien devotamente lo invoca. En suma, este admirable nombre es, como torre fortísima en que se verán libres de la muerte eterna, los pecadores que en él se refugien; por muy perdidos que hubieran sido, con ese nombre se verán defendidos y salvados’.
Así que, aprovechemos siempre el hermoso consejo de san Bernardo: ‘En los peligros, en las angustias, en las dudas, invoca a María. Que no se te caiga de los labios, que no se te quite del corazón’. En suma, llega a decir san Efrén, que ‘el nombre de María es la llave que abre la puerta del cielo a quien lo invoca con devoción’. Por eso tiene razón san Buenaventura al llamar ‘a María “salvación de todos los que la invocan”, como si fuera lo mismo invocar el nombre de María que obtener la salvación eterna’. ¿No la invocamos en las letanías como puerta del cielo?
Muchas más cosas podríamos seguir meditando del santo y dulce nombre de María. Gocémonos en su dulzura, llenémonos de su amor, sintámonos bendecidos de Dios cuando así ha querido dárnosla por madre. La contemplamos, como diremos en el prefacio, como estrella luminosa y la invocamos como madre en los peligros y en las necesidades acudimos seguros a ella.
Amemos a María. Que no falte nunca su santo nombre de nuestros labios. Ella siempre  es intercesora amorosa por nosotros y nunca nos sentiremos defraudados porque ella siempre  nos llevará a Jesús y nos alcanzará como Madre mediadora la gracia de Jesús.