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sábado, 26 de septiembre de 2009

Alégrate que yo vengo a habitar dentro de ti…

Zac. 2, 1-5.10-11
Sal: Jer. 31, 10-13
Lc. 9, 46-50

¡Alégrate y gózate, hija de Sión!, que yo vengo a habitar dentro de ti!... yo seré para ella una muralla de fuego en torno, y gloria dentro de ella…’

Imágenes de rico contenido nos ofrecen hoy el profeta Zacarías, que leeremos varios días, y el salmo, que está tomado también de un profeta, Jeremías. Hacen referencia también a Jerusalén, hija de Sión. Frente a los peligros que podrían acechar a la ciudad de Jerusalén, el Señor se convierte en su muralla y su fortaleza – ‘muralla de fuego en torno’ – y habitará en medio de ella – ‘vengo a habitar dentro de ti’ – lo que le da seguridad y confianza.

Peligros podía tener muchos la ciudad, porque era ‘una ciudad abierta’, una ciudad sin murallas. En la reconstrucción después del regreso de la cautividad no habían podido concluir todas las tareas de rehacer también las murallas. Pasaría mucho tiempo para poder hacer eso. Y eso la convertía en una ciudad indefensa frente a los enemigos que podían atacarla, como ya en la historia pasada había sucedido.

Pero el Señor promete su asistencia habitando en medio de ella y siendo su gloria y fortaleza. Por eso con palabras de Jeremías en el salmo se expresa esa confianza porque ‘el Señor nos guardará como pastor a su rebaño’.

Esa confianza será también motivo de alegría. ‘Entonces se alegrará la doncella en la danza, gozarán los jóvenes y los viejos, convertiré su tristeza en gozo, los alegraré y aliviaré sus penas’.

Todas estas palabras son también para nosotros palabras de aliento y esperanza. Nos vemos acosados también por las tentaciones y los peligros. También el Señor ha prometido estar con nosotros, habitar en medio nuestro, habitar en nuestro corazón. ‘Vendremos y haremos morada en él’, anunciaba Jesús. Y al final del Evangelio nos dirá que estará con nosotros todos los días hasta el final de los tiempos. Y sabemos cómo nos envía su Espíritu que será también nuestra fortaleza – es uno de los dones del Espíritu Santo – como nuestra Sabiduría porque El nos dará la posibilidad de saborear las cosas celestiales, saborear el misterio de Dios.

Momentos difíciles de todo tipo podemos pasar. Pobreza, enfermedad, sufrimientos, tentaciones… muchas son las cosas que podrían preocuparnos e incluso ponernos tristes. Pero ‘el Señor nos guardará como pastor a su rebaño’, que decíamos con Jeremías. O como decimos en otro salmo, ‘el Señor es mi pastor, nada me falta, en verdes praderas me hace recostar, me conduce hacia fuentes tranquilas y repara mis fuerzas…’

Es un mensaje de consuelo que nosotros también hemos de saber trasmitir a los demás. ¿Cómo? Con el testimonio de nuestra paz interior nacida de esa confianza y de esa certeza de la presencia del Señor en nuestra vida. Pero esa experiencia hemos de comunicarla también a los demás con nuestra palabra, con nuestro anuncio valiente de la salvación que recibimos de Dios. También con la alegría con que vivimos nuestra fe. ‘Convertiré su tristeza en gozo, los alegraré y aliviaré sus penas’. Pues que eso se note en nuestra vida.

'Alégrate y gózate, hija de Sión… alégrate y gózate, alma mía, que el Señor fue bueno contigo...'

viernes, 25 de septiembre de 2009

Una confesión de fe a la que podemos llegar sólo desde la oración

Ageo, 2. 1-10
Sal. 42
Lc. 9, 18-22


La confesión de fe de Pedro es un texto que nos aparece con frecuencia en la liturgia. Ahora mismo hace un par de semanas en el domingo XXIV Ordinario lo escuchamos en el relato de Marcos.
Lucas nos dice que ‘Jesús estando orando solo en presencia de sus discípulos les pregunta’. Un detalle a tener en cuenta. ¿Cuál es la pregunta? ‘¿Quién dice la gente que es el Hijo del Hombre?’ La respuesta que dan los discípulos no es muy distinta a lo escuchado en versículos anteriores cuando nos hablaba del interés del virrey Herodes por Jesús. ‘Tenía ganas de verlo’. Le habían hablado de Jesús y también con distintas versiones acerca de la personalidad de Jesús. ‘Juan había resucitado… había aparecido Elías… alguno de los antiguos profetas había vuelto a la vida…’
Es el sentido de la respuesta de los discípulos a la pregunta de Jesús hoy. Pero, ¿es esa su fe en Jesús? ‘Y vosotros ¿quién decís que soy yo?’ La respuesta la dará Pedro. ‘El Mesías de Dios’
Pero Jesús les prohibió decírselo a la gente. A ellos les explicaba cómo se iba a manifestar que El era el Mesías. ‘El Hijo del Hombre tiene que padecer mucho, ser desechado por los ancianos, sumos sacerdotes y letrados, ser ejecutado y resucitar al tercer día’.
Creo que si escuchamos una vez más este texto es para que aprendamos a crecer en nuestra fe en Jesús. Es importante esa confesión de fe porque sólo el que dice que Jesús es el Señor se salvará, como nos dice la Escritura en otro lugar. Y tener que llegar a esa clara y convencida confesión de fe.
Hay un detalle al que hicimos mención al principio que teníamos que tener en cuenta y al que ahora vamos a destacar. Jesús les hace la pregunta estando en oración. La respuesta de nuestra fe no puede ser también sino desde la oración. Orando con Jesús.
En esa oración intima, profunda, personal desde el corazón con Dios es como podemos llegar a conocer de verdad quién es Jesús. Nuestro conocimiento de Jesús y en consecuencia nuestra fe en el no la conseguiremos solamente desde un estudio intelectual o sólo con lo que con los ojos de la cara podamos percibir. Muchos vieron a Jesús en su tiempo y no llegaron a creer en El. Y sólo por saber muchas cosas, metiéndolas en la cabeza, por decirlo de alguna manera, no llegaremos al conocimiento de Jesús. Porque es un conocimiento que tiene que ser vida.
Sólo en un trato intimo de corazón a corazón podemos penetrar en ese conocimiento y en esa fe en Jesús, o, podemos decirlo de otra manera, es cómo nosotros vamos a ser penetrados por ese Misterio de Dios.
Es gracia, es don de Dios, pero que el Señor quiere darnos para que, abriendo nuestro corazón en la oración, lo alcancemos. Sólo en la oración vamos a sintonizar de verdad en el Misterio de Dios. Es una sintonía que no podemos percibir de cualquier manera ni en cualquier onda. Es muy tenue al oído pero retumba fuerte en lo hondo del corazón cuando llegamos a percibirla. Será algo que va a envolver totalmente nuestra vida, de manera que ya nuestra vida no será la misma, nosotros ya no seremos los mismos, porque nos sentiremos transformador por El.
Una oración que tenemos que aprender a hacer, como hemos dicho tantas veces, con la Biblia en la mano. En la Biblia se nos trasmite mejor que en ningún sitio la Palabra viva de Dios. Será entonces con la Biblia cómo descubriremos, como escucharemos en lo más hondo de nosotros mismos la Palabra que el Señor quiere decirnos.
Entremos en oración. Entremos en ese misterio de Dios para que lleguemos a hacer la mejor y más honda profesión de fe en Jesús.

jueves, 24 de septiembre de 2009

Todavía no es tiempo de reconstruir el templo

Ageo, 1, 1-8
Sal. 149
Lc. 9, 7-9


En ocasiones, cuando escuchamos relatos de la Biblia, sobre todo el Antiguo Testamento, que hacen referencia a la historia del pueblo de Israel, llegamos a pensar o preguntarnos que pueden significar para nosotros esas historias de otro tiempo y de otro pueblo. Es el caso, por ejemplo, en estos días estamos escuchando sobre el regreso del exilio, la reconstrucción de Jerusalén y del templo.
En primer lugar tenemos que decir que son la historia de un pueblo en el que se ha desarrollado la historia de la salvación, pues a ese pueblo Dios quiso revelarse de manera especial y todos los momentos de su historia podemos verlos como reflejo de esa intervención de Dios en aquel pueblo signo de cómo Dios nos ama y se hace presente también nuestra propia historia.
Pero también podemos decir que esas historias son como un espejo y un ejemplo para nuestra propia historia, pudiendo descubrir más allá de lo que históricamente se nos narra un mensaje hondo para nuestra vida. Son además reflejo muchas veces de nuestras propias actitudes, de nuestras respuestas no siempre positivas, etc.
Hoy como se nos decía nos situamos en ese momento del regreso y de la reconstrucción de Jerusalén y del templo. Lo escuchamos también en estos pasados días en el libro de Esdras y ahora en el profeta Ageo coetáneo de estos acontecimientos. Precisamente el profeta trata de incentivar al pueblo para que se esfuerza en la reconstrucción del templo de Jerusalén frente a algunos que preferían dejarlo para otro tiempo y otra ocasión. ‘Este pueblo anda diciendo: todavía no es tiempo de reconstruir el templo’.
Ya sabemos que a partir de Jesús los cristianos cuando hablamos o pensamos en el templo no nos referimos habitualmente sólo al templo edificio material donde la comunidad se reúne, lugar propicio para la oración en el que podemos sentir una especial presencia del Señor, lugar de escucha de la Palabra de Dios y de la celebración del culto. Pensamos en ese templo de Dios que somos nosotros desde nuestra consagración bautismal. Somos nosotros ese templo del Espíritu y morada de Dios. recordamos lo que Jesús nos decía que si le amamos y guardamos sus mandamientos, el Padre nos amará ‘y vendremos y haremos morada en él’.
En nuestra vida tiene que manifestarse la gloria de Dios. así tiene que resplandecer la santidad de nuestra vida. Pero ya sabemos cuál es nuestra realidad porque con el pecado manchamos y profanamos ese templo de Dios que somos nosotros. Y si reconocemos que somos pecadores, también hemos de esforzarnos por restaurar ese templo de Dios recuperando la gracia del Señor para que vuelva a brillar la gloria de Dios en nosotros y a través de nosotros para los demás.
‘Todavía no es tiempo de reconstruir el templo’, decían algunos en tiempos de Ageo. Que es también nuestra respuesta en muchas ocasiones. Vamos dando largas a nuestra sincera conversión, posponemos el acercarnos al sacramento de la Penitencia para otra ocasión, no terminamos de decidirnos a cambiar y mejorar nuestra vida. Más adelante, ya tendremos tiempo, en otra cosas ocasión vamos respondiendo una y otra vez y el Señor puede llegar a nosotros ‘como ladrón en la noche’, como nos señala Jesús en el evangelio.
Démosle respuesta a la llamada del Señor, convirtámonos a El y purifiquemos nuestra corazón. Limpiemos ese templo de Dios que hemos manchado tantas veces con nuestro pecado para que viendo la santidad de vida todos puedan dar gloria a Dios.

miércoles, 23 de septiembre de 2009

La Biblia, nuestro libro básico de oración

Esd. 9, 5-9
Sal_ Tob.13, 2.4.6.7.8
Lc. 9, 1-16


La Biblia es el libro de la Palabra de Dios, porque es donde tenemos contenida y expresada todo lo que es la revelación de amor que Dios ha hecho de sí mismo. Allí acudimos a empaparnos del Misterio de Dios que es empaparnos de Dios mismo. Pero si la Biblia nos enseña a conocer a Dios también nos enseña a relacionarnos con Dios. podemos decir que es nuestro libro básico de oración.
Serán los salmos, por ejemplo, himnos y cánticos de alabanza y de acción de gracias, de súplica y de petición de perdón. Pero no son sólo los salmos. Encontraremos otros muchos modelos de oración en muchos y distintos personajes tanto del Antiguo como del Nuevo Testamento, hasta culminar en la oración de Jesús y en la oración en el Espíritu que es quien mueve y guía nuestra oración, orando El mismo en nuestro interior.
Hoy es una de esas páginas de la Biblia en donde contemplamos a un personaje en oración y que nos puede enseñar a nosotros o darnos pautas para lo que puede ser nuestra más profunda y auténtica oración.
Nos situamos. Los judíos han vuelto del destierro y la cautividad en Babilonia, porque Ciro, rey de los persas, les ha dado libertad. Ha llegado la hora de reconstruir Jerusalén, el templo y todo Israel. En eso están empeñados. Vemos hoy subir al templo a Esdras a la hora de la oración de la tarde, a las cuatro de la tarde, y hace una oración llena de reconocimiento y gratitud a Dios, muy llena de humildad para reconocer el pecado del pueblo que lo ha llevado a tantas desgracias como han sufrido; una oración de petición de perdón, de agradecimiento a Dios reconociendo también las mediaciones de las que Dios se ha valido en aquellos reyes para darles libertad, y de súplica confiada en el Señor.
Dios mío, me avergüenzo y me sonrojo de levantar mi rostro hacia ti, porque estamos hundidos por nuestros pecados…’ Reconoce el castigo merecido que han sufrido en el destierro y la desolación, para reconocer el actuar lleno de misericordia de Dios. ‘Ahora en este instante, el Señor, nuestro Dios, se ha compadecido de nosotros….nuestro Dios ha iluminado nuestros ojos y nos ha reanimado un poco en medio de nuestra esclavitud. Porque éramos esclavos, pero nuestro Dios no nos abandonó en nuestra esclavitud…’
Así con humildad nos tenemos que acercar a Dios. Cuando acudimos a Dios en la oración así lo hemos de hacer, sintiéndonos pueblo pecador. Muchas veces surge ese sentimiento interior cuando tras nuestro pecado nos ponemos de nuevo en la presencia del Señor. ‘Me avergüenzo y me sonrojo’, me siento miserable con mi pecado tras reconocer cuánto es el amor que Dios nos tiene, me siento humillado ante el Señor. ‘Soy un pecador, un hombre de labios impuros’, como decía el profeta Isaías, de corazón impuro, manchado por mi pecado. Ese acto de humildad es importante en el inicio de nuestra oración. Ese reconocimiento ha de mover nuestro corazón al amor porque nunca nos falla, por grande que sea nuestro pecado, el amor que Dios nos tiene y nos ofrece con su perdón.
Agachamos humildemente la cabeza y el corazón para al mismo tiempo levantar nuestra mirada a lo alto para contemplar las maravillas que hace el Señor, las maravillas que continúa haciendo en nosotros. Reconocemos en nuestra oración y tenemos que saber aprender a dar gracias por esas mediaciones a través de las que he recibido ese amor y esa gracia del Señor. Sí, descubrir como Dios actúa en nuestra vida, y nos llama, a través de acontecimientos, de otras personas, de muchas cosas que nos pasan pero que vienen a ser una voz y una llamada del Señor.
Todo eso nos lleva a alabar a Dios por todas esas maravillas también delante de los que nos rodean, como decíamos en el salmo, que es una oración de Tobías. ‘Dadle gracias, israelitas, ante los gentiles porque El nos dispersó entre ellos. Proclamad allí su grandeza, ensalzadlo ante todos los vivientes, que El es nuestro Dios y Señor, nuestro Padre por todos los siglos…’
¡Cuántas veces le hemos pedido al Señor, ‘enséñanos a orar’! Acudamos a la Biblia, que es nuestro gran libro de oración. Allí aprenderemos a encontrar profundamente con el Señor.

martes, 22 de septiembre de 2009

El martirio, una ofrenda de amor realizada cada día

Beatas Josefa Ruano y Mª Dolores Puis, mártires
Hermanitas Ancianos Desamparados
Sap. 3, 1-9
Sal. 33
Jn. 12, 24-26


‘Dichoso el hombre que soporta la prueba porque, una vez aquilatado, recibirá la corona de la vida’.
No es agradable pasar por una prueba. Nos gustaría que todo fuera fácil, no tuviéramos problemas, no surgieran las enfermedades, todos y siempre fuéramos inmensamente felices sin ninguna sombra que empañara esa felicidad, no encontráramos oposición por ningún lado. Pero sabemos que la vida no es así. Todas esas cosas y muchas más de una forma o de otra van surgiendo en la vida, haciéndonos más maduros, haciéndonos adquirir una riqueza grande en la vida que no se queda reducida a lo material o pecuniario y, ¿por qué no? en el orden de la fe haciéndonos tener una fe más madura y más firme.
En la frase que nos ha servido de principio a nuestra reflexión se emplea la palabra aquilatar y nos dice ‘una vez aquilatado, recibirá la corona de la vida’. Esa palabra, aquilatar, viene del método que se emplea para purificar el oro, que se hace a fuego y una vez pasado por el crisol y purificado con el fuego de toda escoria, adquiere más quilates, más valor. Una vez aquilatada nuestra vida en el fuego de la prueba, tenemos que decir, nos haremos dignos de la corona de la vida.
Entonces esas dificultades de la vida, todo eso que podemos encontrar como oposición a nuestra vida cristiana, tiene que aquilatarnos; es la prueba que nos purifica y nos hace madurar de verdad. Así en verdad nos veremos fortalecidos en nuestra vida cristiana, en nuestro seguimiento de Jesús.
De eso nos hablaba el libro de la Sabiduría. ‘La gente insensata pensaba que morían… era una desgracia su tránsito y una destrucción su partida… los probó como oro en el crisol… los recibió como sacrificio de holocausto…’ El sufrimiento y la muerte de los justos pudiera parecer injusto, innecesario y un sin sentido desde la óptica de los que no tienen fe.
Estamos escuchando esta Palabra de Dios y reflexionando sobre ella en la memoria que hacemos hoy de las dos beatas mártires de la Congregación de las Hermanitas de los Ancianos Desamparados, Sor Josefa y Sor María Dolores, en tiempos de la persecución religiosa en España en el siglo XX. ‘Resplandecen como chispas que prenden en el cañaveral’, seguía diciendo el libro de la Sabiduría. Es el resplandor de los mártires que para un no creyente pudiera ser considera una muerte inútil, pero, como sigue diciendo el texto sagrado, ‘el Señor reinará sobre ellas eternamente’; ellas han entrado a tomar posesión del Reino que Dios les tiene reservado porque para siempre Dios será su único Rey y Señor.
Ellas son ese ‘grano de trigo que cae en tierra y muere pero que da mucho fruto para siempre’, del que nos habla Jesús en el Evangelio. Dos Hermanitas que supieron hacer oblación de su vida calladamente día a día en su servicio y atención a los ancianos. No fueron mujeres de obras extraordinarias. No busquemos en su vida cosas maravillosas y extraordinarias sino que lo maravilloso es lo extraordinariamente bien que vivieron su amor cada día. No nos pide Dios normalmente cosas extraordinarias para santificarnos, sino que hagamos extraordinariamente bien las cosas ordinarias de cada día.
Es lo que hicieron las Hermanitas, en silencio, como grano de trigo enterrado bajo la tierra. De esa oblación silenciosa de cada día surgirá un día que lleguen a la culminación de su oblación y sacrificio en el martirio. Es la prueba suprema del amor a que fueron sometidas, pero pudieron alcanzar la corona de la vida. En ese momento Dios les pedirá lo extraordinario pero estaban preparadas para esa ofrenda desde esa oblación que cada día habían hecho de su vida en el amor. Y así fue como lo vivieron; habían vivido la prueba de cada día en su entrega silencio, ahora podían pasar la prueba suprema en la hora del martirio.
La Iglesia les reconoce el martirio de esa hora de la muerte en forma tan extraordinaria pero que yo diría sólo viene a confirmar ese martirio, esa ofrenda de amor que cada día hacían de su vida en la atención a los ancianos como lo hacen y siguen haciendo las Hermanitas cada día.
Tomemos el testigo que ponen en nuestras manos. Para vivir nuestra santidad así calladamente pero haciendo cada día esa oblación de amor al Señor.

lunes, 21 de septiembre de 2009

Como Mateo seguir a Jesús y vivir unidos a El en fidelidad



Ef. 4, 1-7.11-13
Sal. 18
Mt. 9, 9-13


‘A ti, oh Dios, te alabamos; a ti, Señor, te reconocemos. Te ensalza el glorioso coro de los apóstoles, Señor’. La Iglesia entera se alegra y bendice a Dios en la fiesta de los Apóstoles. Somos Iglesia apostólica porque somos ellos estamos fundamentados. La fe de la Iglesia que se ve alimentada por la predicación apostólica, como decimos en una de las oraciones de la liturgia. Cuánto más que al apóstol que hoy celebramos es San Mateo a quien se le atribuye el primero de los relatos evangélicos.
Mateo, que es llamado Leví por Marcos y Lucas, que además Marcos nos dice que era ‘hijo de Alfeo’, un recaudador de impuestos, un publicano como así era considerado por el pueblo de Israel, un pecador en consecuencia como lo tildaban sobre todo los fariseos, como hoy mismo vemos en el texto que comentamos.
Pero el Señor lo llamó y lo siguió. ‘Vió Jesús a un hombre llamado Mateo sentado en el mostrador de los impuestos, y le dijo: Sígueme. El se levantó y lo siguió’. Un publicano convertido en apóstol. Un hombre de disponibilidad total que ante una sola palabra ‘sígueme’, lo deja todo para seguir a Jesús. ¿Había conocido antes o escuchado a Jesús? Es probable porque la fama de Jesús se extendía por todas partes y a todos llegaba; entre esas multitudes que se agolpaban para escuchar a Jesús podría haber estado aquel recaudador de impuestos. Quizá sólo faltaba esa palabra y esa invitación. Pero tenemos que destacar su generosidad y su disponibilidad. ‘Se levantó y lo siguió’.
El Señor llama más allá de nuestra condición, seamos más justos o más pecadores. Jesús mira el corazón del hombre, que es lo importante. Somos vasos de elección en las manos del Señor. Dios tiene un designio de amor para cada uno de nosotros y a cada uno nos llama y nos confía una misión. Nuestra respuesta, ‘seguirle y permanecer unidos a El en fidelidad’, como pedimos también hoy. No es sólo la vocación específica a un determinado ministerio o carisma de vida, sino que es la vocación de todo hombre a escuchar a Jesús y seguirle, de todo cristiano a vivir la santidad que Jesús nos ofrece.
Pero hay un aspecto más bello e importante en este relato. Mateo se siente feliz por la llamada del Señor y celebra una comida. Allí está invitado Jesús y sus discípulos; pero allí están invitados, como no podía ser menos, sus amigos, sus compañeros de profesión. Nos recuerda que el padre cuando regresa el hijo pródigo también organiza un banquete y una fiesta; o podemos recordar la fiesta y la alegría que hay en el cielo por un solo pecador que se convierte, como nos dice Jesús.
Pero no todos lo entienden. Allí están con sus murmuraciones, con sus frases puntillosas a los discípulos los fariseos: ‘¿Cómo es que vuestro maestro come con publicanos y pecadores?’ los que vienen siempre a aguar la fiesta. Pero tenemos la respuesta de Jesús diciendo que el médico es para los enfermos, no para los sanos. ‘Misericordia quiero y no sacrificios, que no he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores’. Si te crees sano o te crees justo ya no necesitarás quien te sane o quien te perdone. Y Jesús viene para darnos vida, para traernos el perdón de Dios. Así tiene que brillar la misericordia del Señor.
Escuchemos la invitación de Jesús, sigámosle con total fidelidad, dejémonos sanar por el y al mismo tiempo convirtamos en signos de salud y salvación para los demás. Llenemos nuestro corazón de misericordia y compasión y desterremos de nosotros todo lo que sea discriminación o marginación, todo lo que sea juicio o condena de los demás. También a ti, como a mí, el Señor te dice: ‘Sígueme’.

domingo, 20 de septiembre de 2009

Jesús instruía a sus discípulos pero ellos estaban en otra onda

Sab. 2, 17-20;
Sal.. 53;
Sant. 3 16-4, 3;
Mc. 9, 29-36


Hablaban dos personas comentando cosas de actualidad y una le preguntaba a la otra si no había escuchado en la radio la noticia sobre la que hablaban; pero esta persona le respondía que no, porque ella no estaba escuchando esa emisora. No habían escuchado las mismas cosas porque estaban en ondas distintas. Nos puede pasar en la vida, no escuchamos en la misma onda. Incluso estando juntos e intercambiando ideas no nos enteramos de lo que la otra persona nos quiere decir, porque estamos en otra onda, nuestros pensamientos están en otra parte.
Era lo que le sucedía a los discípulos en el evangelio que hoy hemos escuchado. Jesús les hablaba y ellos no entendían. Les hablaba de Pascua, porque les hablaba de pasión y muerte y ellos no sólo ‘no entendían aquello, sino que les daba miedo preguntarle’. No era la primera vez que se los anunciaba. ‘El Hijo del Hombre va a ser entregado en manos de los hombres y lo matarán; y después de muerto, a los tres días resucitará’. Lo escuchamos ya el pasado domingo.
Pero era además lo que estaba anunciado en los profetas. Isaías hoy nos habla del justo que es perseguido y puesta a prueba, ‘nos resulta incómodo, se opone a nuestras acciones… es un reproche a nuestra ideas y sólo verlo da grima, lleva una vida distinta de los demás y su conducta es diferente…lo someteremos a la prueba de la afrenta y de la tortura, lo condenaremos a muerte ignominiosa… si es el hijo de Dios lo auxiliará y lo librará del poder de sus enemigos…’ Es un anuncio profético del Mesías.
¿Cómo iban a entender si ellos andaban en otra onda? A pesar de lo que Jesús les había enseñado una y otra vez seguían teniendo una idea distinta de lo que había de ser el Mesías. Por eso andaban todavía con apetencias de lugares de honor y primeros puestos. ‘¿De qué discutíais por el camino?’, les preguntó cuando llegaron a casa en Cafarnaún. Pero ‘ellos no contestaron, pues por el camino habían discutido quién era el más importante’. ¡Cómo iban a entender que el Mesías había de padecer porque se iba a entregar por amor a nosotros!
Discutían sobre quién era el más importante. Y ya sabemos lo que era ser importante para Jesús. Algo que había enseñado una y otra vez. ‘Quien quiera ser el primero, que sea el último de todos y el servidor de todos…’ les dijo una vez más. La sintonía de Jesús pasa por el amor, por la entrega, por el servicio, por la sencillez y la humildad. Por eso les habla también de acoger a un niño, algo tan pequeño y sencillo como un niño, ‘porque el que acoge a un niño como este en mi nombre, me acoge a mí, y el que me acoge a mí, acoge al que me ha enviado’, les dice.
Cuando no estamos en esa sintonía sino en la sintonía de las apetencias y ambiciones de grandeza terminamos discutiendo y peleándonos. Y como decía el apóstol Santiago en su carta hoy ‘donde hay envidias y peleas, hay desorden y toda clase de males… codiciáis lo que no podéis tener, y acabáis asesinando; ambicionáis algo y no podéis alcanzarlo, así que lucháis y os peleáis…’
Ellos vivían inmersos en lo que eran los sueños y apetencias de aquel pueblo y así tanto les costaba entender a Jesús. Nosotros vivimos también inmersos en nuestro mundo y en nuestra sociedad, que camina por sus derroteros no siempre en consonancia con el evangelio. Nuestra sintonía tiene que ser la de Jesús si es que nos llamamos cristianos. Pero son tantas las interferencias, las influencias que recibimos de nuestro ambiente, de lo que nos rodea, del espíritu del mundo en el que vivimos. A veces oímos el mensaje de Jesús pero no siempre lo escuchamos debidamente. Tenemos que sintonizarlo bien, coger en verdad su onda.
Queremos proclamar el mensaje y el sentido de Jesús a nuestro mundo, pero quizá para ellos desafinamos. No les gusta lo que nosotros podamos proclamar. No nos pueden entender. Lo vemos en las interpretaciones que se hacen de lo que es la vida de la Iglesia, de lo que es el mensaje que la Iglesia quiere trasmitir siendo fiel al evangelio. Y buscan y rebuscan en el magisterio de la Iglesia, en los mensajes del Papa, para hacer sus interpretaciones según sus criterios. Y buscan la frase llamativa sacándola de su contexto y queriendo hacerle decir lo que realmente el Papa no dijo y cosas así. Es que el Papa tenía que haber dicho, dicen, es que el mundo va por otro lado… Pero el Papa no puede proclamar sino el mensaje del evangelio y en consecuencia la defensa de la vida, y la proclamación del amor auténtico, es una palabra, el mensaje de Jesús. No podemos buscar otra cosa. Lo vemos con sus encíclicas, con sus discursos, con sus declaraciones. Muchos serían los ejemplos.
Tendríamos que ser signos verdaderos de ese mensaje de Jesús por nuestra vida ante el mundo que nos rodea. Como el justo del Antiguo Testamento también nos podemos encontrar rechazo y hasta quieran ponernos a prueba, como escuchamos en el texto sagrado. Miran con lupa lo que hacemos o decimos a ver si hay congruencia entre nuestra fe y nuestra vida; critican todo lo que hagamos buscando siempre cosas negativas sobre todo si no coincidimos con sus ideas o planteamientos; tratan de desestabilizarnos queriendo ridiculizar lo que podamos hacer o decir; pretenden influir en nosotros como en la sociedad para que nos dejemos llevar por su manera de entender las cosas.
Pero nosotros tenemos que sentirnos seguros de nuestro seguimiento de Jesús. Porque sabemos que El sí nos auxiliará, será nuestra fuerza, nuestra luz y nuestra sabiduría. Nos ha dejado su Espíritu. El Evangelio nos dice hoy que ‘Jesús mientras iba de camino por Galilea, instruía a sus discípulos’. Es lo que tenemos que hacer: dejar que Jesús nos siga instruyendo. No sé siempre nos dejaremos instruir lo suficiente por Jesús en tantos medios que a través de su Iglesia pone a nuestro alcance. Porque algunas veces tenemos el orgullo metido en nuestra alma y pensamos que ya nos lo sabemos todo y no necesitamos ahondar en esa formación cristiana, en esa profundización del Evangelio.
Yo, desde mi experiencia, pienso que esa es una tarea pendiente en la Iglesia de hoy. Lograr que haya cristianos debidamente formados y preparados para dar razón de la fe y para poder hacer una mejor proclamación del Evangelio en nuestro mundo. Les cuesta mucho a los cristianos sentarse a estudiar la Biblia, asistir a reuniones y encuentro de formación y de profundización de la vida cristiana. Necesitamos de ese crecimiento en el conocimiento del misterio de Cristo, en la profundización en el evangelio, en llegar a tener unas ideas claras de lo que realmente es vivir como cristianos. No temamos, como les sucedía a los discípulos hoy, preguntarle a Jesús por lo que no entendamos; y preguntarle significa esos deseos de una mejor formación cristiana y profundización en el evangelio de Jesús.
Pidámosle al Espíritu del Señor que nos dé hambre de Dios, deseos profundos de poder conocerle cada vez mejor para poder amarle más, para ser en verdad unos discípulos comprometidos por la causa del Evangelio.

sábado, 19 de septiembre de 2009

Una semilla recibida con actitud orante para dar mucho fruto

1Tim. 6, 13-16
Sal. 99
Lc. 8, 4-15


‘Dichosos los que con un corazón noble y generoso guardan la Palabra de Dios y dan fruto perseverando’. Son las palabras finales del Evangelio y que hemos utilizado también como antífona del Aleluya. Resumen verdadero del mensaje del Evangelio de hoy.
Es la parábola del sembrador narrada por san Lucas. La hemos escuchado muchas veces. Pero siempre es una semilla nueva que cae en la tierra de nuestra vida y que tiene que dar fruto. La misma parábola nos lo dice. Hay diversos tipos de tierra. Hay diversas actitudes ante esa semilla de la Palabra que llega a nuestra vida.
¡Cuidado que diciendo ‘una vez más la parábola del sembrador’ seamos esa tierra endurecida en la que no penetra, no cala en nosotros y no puede echar raíces para que sea una planta hermosa que luego nos dé el fruto de una dorada espiga en las buenas obras, en la fe y en el compromiso de nuestra vida.
Ya hay muchos vientos de tentaciones en la vida que quieren agostar y echar a perder esa planta para que también nosotros endurezcamos el corazón. Jesús mismo nos explica la parábola a petición de los discípulos. ‘¿Qué significa esa parábola?’ Cuidemos nuestras actitudes, la apertura sincera de nuestro corazón. Para que cale y eche raíces. Para que los momentos de la prueba no pongan en peligro sus frutos, para que ‘los afanes y las riquezas y los placeres de la vida’ no la vayan ahogando. Por eso tenemos que buscar todos los medios para hacerla fructificar. Por eso tenemos que evitar lo que impida dar el generoso fruto. Por eso tenemos que saber acogerla con actitud orante. Es la mejor manera prometedora de ricos y abundantes frutos. No en vano es Dios que nos habla y se ha de establecer ese diálogo de amor entre nosotros y Dios.
Hoy se está recomendando vivamente – ya se habló de ello intensamente en el reciente Sínodo de la Palabra - y está surgiendo en nuestras comunidades la ‘lectio divina’, que dicho en pocas palabras es una lectura desde una actitud orante y comunitaria, en todos los casos en que sea posible, de la Palabra de Dios.
Con espíritu de fe acudimos al sagrado texto. No vamos a leer o a escuchar un texto cualquiera, sino que es la Palabra que el Señor en todo tiempo quiere dirigirnos. De ahí esa postura de fe y de recogimiento; de ahí esa oración, no sólo para prepararnos para escucharla, sino también en esa reflexión, en esa respuesta. Porque con esa misma Palabra tenemos que orar para, una vez descubierto lo que el Señor ha querido decirnos, nosotros darle nuestra respuesta. Para hacerlo tanto de forma individual como en grupos, por así decirlo, tiene un método propio, pero que es fundamentalmente lo que acabamos de explicar.
Una Palabra así escuchada es semilla caída en tierra buena que necesariamente tiene que llevarnos a dar frutos. Y creceremos por dentro en nuestra espiritualidad. Y creceremos en nuestro compromiso cristiano de fe y de amor. Haremos que nuestra cristiana sea más viva y aquellas comunidades cristianas donde haya muchos cristianos que hagan esta lectura orante de la Palabra de Dios se convertirán en comunidades vivas, en comunidades de intensa vida cristiana y espiritual.
Que con corazón noble y generoso escuchemos la Palabra de Dios, la guardemos porque la hagamos vida nuestra y con perseverancia alcancemos frutos de vida eterna.

viernes, 18 de septiembre de 2009

La codicia raíz de todos los males…

1Tim. 6, 2-12
Sal. 48
Lc. 8, 1-3


Aunque las consideraciones que se hace Pablo tienen especial referencia a su discípulo Timoteo en orden al cumplimiento de su ministerio de Obispo de la comunidad de Éfeso, sin embargo son tan universales que nos viene bien reflexionarlas a todos los que nos llamamos discípulos de Jesús.
¿En que nos afanamos? ¿cuáles son nuestras preocupaciones? Demasiado afanados andamos muchas veces por las cosas que poseemos, los bienes o ganancias materiales y el deseo de riquezas. El apóstol nos dirá ‘sin nada venimos a este mundo y sin nada nos iremos de él’. Sentenciará a continuación: ‘teniendo qué comer y qué vestir nos basta’. Pero, ya sabemos, no nos contentamos con esto.
Por aquello de las múltiples necesidades que tenemos y que, tenemos que reconocer, algunas veces nos creamos, ahí andamos afanados con nuestros trabajos porque tenemos que tener unos rendimientos o unas ganancias para todo lo que queremos tener o hacer, y ahí andamos llenos de ambiciones.
Entonces, ¿lo que tenemos que hacer es no trabajar?, podrían argumentarnos algunos. De ninguna manera, tenemos que decir. Tenemos unas responsabilidades con nosotros mismos, con los nuestros, unas responsabilidades familiares, con la sociedad en la que vivimos y, si queremos, con toda la creación que Dios ha puesto en nuestras manos. Los talentos que Dios nos ha entregado en esos valores y capacidades de la vida y de esas responsabilidades que tenemos que asumir, tenemos que desarrollarlas porque además nos debemos a ese mundo que tenemos que hacer mejor cada día.
Pero eso no significa que tengamos que dejar meter la codicia en nuestro corazón. La codicia nos encierra y hace egoístas, porque todo lo queremos para nosotros. Como nos dirá el apóstol ‘los que buscan las riquezas se enredan en mil tentaciones, se crean necesidades absurdas y nocivas que hunden a los hombres en la perdición y la ruina. Porque la codicia es la raíz de todos los males…
Queremos tener y tener de todo. Los ojos hacen envidioso el corazón, porque todo aquello que vemos que tiene el otro, yo también quiero tenerlo. Lo envidias y le deseas mal. Nos vamos corroyendo por dentro y de ahí estamos a un paso de querer mal a los demás, o de querer apoderarme de la manera que sea de lo que el otro tiene. Es una cadena que acaba mal.
Y nos previene de algo más el apóstol. Nos dirá: ‘Muchos arrastrados por la codicia se han apartado de la fe y les ha acarreado muchos sufrimientos’. Parece que está haciendo un retrato fiel de lo vemos a nuestro alrededor. ¡Cuántos han abandonado la vida cristiana y la fe cuando llegan a una vida incompatible en lo que hacen en su codicia y un mínimo de moral o de ética cristiana! ¿Serán tentaciones para nosotros también? No tires la piedra al aire que te puede caer encima. No digas de esta agua no beberé… como se suele decir en el refranero, que más tarde o más temprano podemos vernos arrastrados por esas tentaciones.
Termina el apóstol con unas hermosas recomendaciones. ‘Huye de todo esto y practica la justicia, la religión, la fe, el amor, la paciencia, la delicadeza… combate el buen combate de la fe… conquista la vida eterna a la que fuiste llamado…’ Nos quiere hacer precavidos y por eso nos hace pensar. Nos invita a vivir una vida cristiana íntegra, luchando por mantenernos fieles al espíritu del Evangelio. Tendríamos que meditar mucho en el mensaje de las bienaventuranzas: ‘Dichosos los pobres de espíritu porque de ellos es el reino de los cielos’.

jueves, 17 de septiembre de 2009

Con nuestros pecados vayamos con fe y amor a lavarnos en la Sangre de Cristo

1Tim. 4, 12-16
Sal.110
Lc. 7, 36-50


En un platillo de la balanza, sus muchos pecados, y en el otro platillo su mucha fe y su mucho amor; como consecuencia, los frutos que podríamos decir, el perdón y la paz.
Así prácticamente podríamos resumir el mensaje del texto del evangelio hoy propuesto, aunque como contrapuesto a este luminoso mensaje está la negatividad del fariseo que en su interior despreciaba a aquella mujer por ser pecadora – ‘si este fuera profeta, sabría quién es esa mujer que lo está tocando y lo que es, una mujer pecadora’ -, y las dudas y reticencias de los otros comensales que ponían en duda la capacidad de Jesús para perdonar – ‘¿Quién es éste, que hasta perdona pecados?’ -.
Pero subrayemos algunos aspectos de este hermoso texto del evangelio. Aquella mujer era una mujer pecadora, y por eso mismo despreciada por todos; el pensamiento del fariseo expresa la idea que tenían de que con solo tocar a una persona pecadora, ya se volvían también impuros. Pero era una mujer de una fe grande y de un amor grande también.
Tenía la fe grande y la confianza total en que Jesús no la iba a rechazar ¿Habría escuchado ella en alguna ocasión a Jesús? Habría escuchado quizá aquellas palabras que hoy la liturgia nos ha ofrecido como antífona en el aleluya antes del evangelio: ‘Venid a mí los que estáis cansados y agobiados, que yo os aliviaré’. Habría quizá conocido el caso de aquella otra mujer pecadora, la adúltera, a la que Jesús perdonó. Las noticias corren en los pueblos y habría oído hablar de Zaqueo el que quería ver a Jesús escondido tras las ramas de la higuera, pero Jesús se había hospedado en su casa. Podría ser que ella también si no detrás de las ramas de una higuera, quizá medio oculta en ocasiones por el rechazo y desprecio que recibía, habría escuchado muchas veces a Jesús.
Una fe grande y una confianza total de aquella mujer que se atreve a introducirse en casa de Simón y llegar hasta la sala de comensales a los pies de Jesús. Y allí está aquella mujer realizando con Jesús todos aquellos gestos de hospitalidad que Simón había olvidado. Lo normal, como señal de hospitalidad, era ofrecer agua al huésped, saludarlo con el beso de la paz y ungirlo con perfume. Pero en este caso ‘Jesús, entrando en casa del fariseo, se recostó a la mesa’. Ahora Jesús le dirá a Simón: ‘¿Ves a esta mujer? Cuando yo entré en tu casa no me pusiste agua para los pies; ella en cambio me ha lavado los pies con sus lágrimas y me los ha enjugado con su cabello. Tú no me besaste; ella en cambio, desde que entró, no ha dejado de besarme los pies. Tú no me ungiste la cabeza con ungüento; ella en cambio me ha ungido los pies con perfume…’
Son las señales del amor grande de aquella mujer que Jesús destaca de manera especial. Le propone la parábola de los dos deudores, y concluirá Jesús, que igual que amará más aquel al que perdonó mas, ‘sus pecados están perdonados porque tiene mucho amor’.
Finalmente Jesús dirá a la mujer: ‘Tus pecados están perdonados… tu fe te ha salvado, vete en paz’. ¿Cómo no iba a salir aquella mujer de la presencia de Jesús con paz? Iba rebosante de paz, de la paz más grande, de la paz que de los hombres no había podido recibir, de la paz que sólo en Jesús podemos encontrar.
Pero ¿y nosotros? Vayamos a Jesús con esa misma fe, con esa misma humildad, con ese mismo amor. Con confianza absoluta podemos acercarnos a Jesús porque en El vamos a encontrar ese perdón y esa paz que necesitamos. Vayamos con humildad, reconociéndonos pecadores, viendo primero que nada la viga que llevamos en nuestro ojo antes que las pequeñas motas de los ojos de los hermanos. Que se destierre para siempre de nuestro corazón las actitudes de desconfianza, de desprecio, de orgullo, de creernos mejores o superiores. Vayamos a Jesús poniendo todo el amor que seamos capaces, porque sabemos que El nos lo va a devolver multiplicado por el infinito, porque así infinito es el amor que el Señor nos tiene.
Ya tenemos en nuestro platillo de balanza nuestros pecados, pero pongamos en el otro nuestra fe, nuestra humildad, nuestro amor, que con la sangre derramada de Cristo vamos a encontrar el perdón y la paz.

miércoles, 16 de septiembre de 2009

Dejémonos conducir por el Espíritu del Señor que hoy sigue inspirando el camino de la Iglesia

1Tim. 3, 14-16
Sal. 110
Lc. 7, 31-35


‘Tocamos la flauta y no bailáis, cantamos lamentaciones y no lloráis’. Probablemente sea un juego de niños de la época . la cuestión era hacer la cosa contraria de lo que se pedía hacer, entre cantos, bromas y fiestas, propias de los niños o de la juventud.
¿Por qué saca a colación Jesús este canto o juego infantil de los niños en la plaza? Se ha preguntado antes: ‘¿A quién se parecen los hombres de esta generación? ¿A quién los compararemos?’ Está haciendo referencia a las distintas reacciones que los judíos están teniendo ante su presencia y su actuar. No habían terminado de aceptar la vida de austeridad en la que vivía el Bautista en el desierto junto al Jordán, pues conocido era el rechazo de ciertos sectores de la sociedad religiosa y dirigente de Jerusalén por ejemplo al grupo de los esenios que vivían en algo parecido a un eremitorio junto al mar Muerto. Pero ahora les costaba aceptar a Jesús, que a todos se acercaba, con todos convivía porque lo que quería era anunciar el Reino de Dios a todos.
‘Vino Juan el Bautista, que ni comía ni bebía, y dijisteis que tenía un demonio; viene el Hijo del Hombre, que come y bebe, y decís: Mirad qué comilón y qué borracho, amigo de publicanos y pecadores. Sin embargo, los discípulos de la Sabiduría le han dado la razón’. Ni aceptaban a Juan ni aceptaban a Jesús. Pareciera que lo importante era estar a la contra de todo lo que pudiera surgir como algo nuevo.
¿Nos preguntará Jesús a nosotros, ‘¿a quiénes se parecen los hombres de esta generación? ¿A quién los compararemos?’ Algunas veces parece que estuviéramos también nosotros desorientado y sin saber a qué quedarnos. Nos vemos confundidos, pueden surgir añoranzas de tiempos pasados que nos parecen mejores y no somos capaces de descubrir lo bueno que el Espíritu va haciendo surgir en nosotros y en lo que nos rodea.
Hace cuarenta años con qué ilusión vivíamos aquel momento de renovación en la vida de la Iglesia suscitado por el reciente Concilio Vaticano II. Fueron tiempos intensos de muchas esperanzas, pero también con los riesgos de la crisis que se produce en todo ser vivo y en crecimiento. Los tiempos han ido cambiando en nuestra sociedad y en la concepción de la vida y del mundo y algunas veces nos llenamos de pesimismo porque nos pareciera que brilla más la negrura de la oscuridad que la propia luz. Por eso surgen en ciertos sectores añoranzas de pasado.
Ante esa frase que decimos que los tiempos pasados fueron mejores, yo digo que ni mejores ni peores que los actuales. Cada tiempo tiene sus dificultades y sus problemas. En cada tiempo surgen las crisis propias de donde hay vida en crecimiento. También en otros tiempos se tuvieron que enfrentar a problemas y dificultades como tenemos que enfrentarnos nosotros ahora. Pero en cada tiempo el creyente tiene que saber descubrir la acción del Espíritu que está actuando y que es quien de verdad conduce a la Iglesia y le inspira todo lo bueno.
Hoy nos toca vivir en este tiempo. Estamos en el siglo XXI que tendrá sus luces y sus sombras como todos los tiempos. Pero este es nuestro tiempo. Y es ahí donde tenemos primero que vivir como cristianos y donde tenemos que dar el testimonio de nuestra fe y el anuncio del evangelio. El Evangelio es el mismo, porque ese no cambia pero los métodos, por así decirlo, de su anuncio tienen que estar en consonancia con los tiempos en que vivimos porque tenemos que responder a las expectativas y a los problemas de los hombres de esta época, ni mejores ni peores que los de otros tiempos, pero que tienen sus propios problemas y expectativas.
No vamos a anunciarle el evangelio el evangelio a los hombres de hoy con un lenguaje arcaico o unas formas propias de siglos pasados, porque ni siquiera nos entenderían. El Espíritu que suscita todo lo bueno en nuestro interior también nos dará el lenguaje apropiado y la forma más conveniente para poder hacerlo hoy al hombre de hoy. En esa actitud abierta desde el fondo del corazón tenemos que estar.
Y como adelantábamos antes, no nos dejemos vencer por las negruras del pesimismo que nos pudiera envolver. No todo es negro en este mundo y en esta Iglesia concreta que vivimos en el momento de hoy. Hay muchas luces, porque hay muchas cosas buenas, porque hay mucha gente con una vivencia de fe muy intensa, porque hay mucha gente comprometida que no vive su vida cristiana desde la rutina sino con una entrega admirable. Nos hace falta abrir los ojos para descubrirlo porque eso está a nuestro lado. Porque no podemos negar que el Espíritu del Señor sigue actuando hoy en su Iglesia y sigue suscitando mucha generosidad en los corazones de los hombres de hoy.
Igual que tú o yo sentimos inquietud por la fe y por el anuncio del evangelio a nuestro lado hay muchos que sienten y viven intensamente esa inquietud. Sepamos descubrirlos porque eso además nos servirá de ánimo y estímulo en nuestra tarea y nuestro compromiso. Y no olvidemos que vivimos en pleno siglo XXI que tiene sus características propias y es a ese hombre y mujer de hoy en el que tenemos que sembrar la semilla del evangelio.
Ni carreras alocadas y sin sentido que no nos llevan a nada, ni paso de cangrejo o de tortuga que nos hagan volver para detrás. Solamente dejémonos conducir por el Espíritu del Señor que hoy sigue inspirando el camino de la Iglesia.

martes, 15 de septiembre de 2009

María en su dolor se asoció con sus entrañas de madre al Sacrificio de Jesús


Hb. 5, 7-9;

Sal. 30;

Jn. 19, 25-27



‘Junto a la cruz de Jesús estaban su madre, la hermana de su madre…’ Allí estaba María. Si ayer contemplábamos la Cruz de Cristo y la celebrábamos, hoy contemplamos a quien está al pie de la Cruz, María, la madre de Jesús.
El concilio Vaticano II, en la constitución Lumen Gentium sobre la Iglesia, dedica el último capítulo para hablarnos de María en el Misterio de Cristo y de la Iglesia. Entresacamos algunos párrafos en referencia a lo que hoy contemplamos, a María al pie de la cruz.
‘En la vida pública de Jesús aparece reveladoramente su madre ya desde el principio… a lo largo de su predicación acogió las palabras con que su Hijo, exaltando el reino … proclamó bienaventurados a los que escuchan y guardan la palabra de Dios, como ella lo hacía fielmente. Así avanzó también la Santísima Virgen en la peregrinación de la fe, y mantuvo fielmente su unión con el Hijo hasta la Cruz, junto a la cual, no sin designio divino, se mantuvo erguida sufriendo profundamente con su Unigénito y asociándose con entrañas de madre a su sacrificio, consintiendo amorosamente en la inmolación de la víctima que ella misma había engendrado; y, finalmente, fue dada por el mismo Cristo Jesús agonizante en la Cruz como madre al discípulo con estas palabras: Mujer, he ahí a tu hijo’.
Subrayamos algunos pensamientos. Allí estaba al pie de la cruz con su dolor de madre, unida a Jesús; allí estaba unida al sufrimiento redentor de su Hijo; pero tendríamos que decir que allí estaba en el sufrimiento doloroso de todos sus hijos. Esos hijos que precisamente, allí desde la Cruz, Jesús le había confiado.
Allí estaba la Madre asociándose al sacrificio de Cristo. Es Cristo quien nos redimió, pero ella puso su dolor de madre junto al dolor y sufrimiento redentor de Cristo; pero podríamos decir también, ya que ella es una de los nuestros, con ella, con su dolor y sufrimiento estaba también nuestro dolor, nuestro sufrimiento. Contemplándola a ella con esa firmeza al pie de la cruz nos está enseñando a estar nosotros con firmeza y con amor también junto a la cruz, o si queremos, con nuestra cruz.
Allí estaba María ‘consintiendo amorosamente en la inmolación de la víctima que ella misma había engendrado’, nos dice el concilio. Ella estaba haciendo también una inmolación de su vida. Como dirá más adelante el mismo concilio: ‘concibiendo a Cristo, engendrándolo, alimentándolo, presentándolo al Padre en el templo, padeciendo con su Hijo cuando moría en la cruz, cooperó de forma enteramente impar a la obra del salvador con la obediencia, la fe, la esperanza y la ardiente caridad con el fin de restaurar la vida sobrenatural de las almas’.
Es la gran lección que tenemos que aprender. La sabiduría de la cruz es la sabiduría del amor. Vamos a poner nosotros también nuestra obediencia, nuestra fe, nuestra esperanza, nuestra ardiente caridad. Es el sí de la fe y es el sí del amor. Es el sí con que nosotros nos ponemos al lado de la cruz de Cristo. Pero un sí que aprendemos a decir de María. Que nos enseñe a decir Amén, cantamos en nuestra oración a María tantas veces. El Amén de María no fue sólo el de la Anunciación, sino el de toda su vida. Allá en el templo lo ofreció a Dios como hijo primogénito, pero ahora consuma esa ofrenda en el Amén que María pronuncia en la Cruz.
Es lo que hoy le hemos pedido al Señor en nuestra oración. Que nos asociemos con María a la pasión de Cristo, para que un día merezcamos participar de su resurrección. Nos asociamos a la pasión de Cristo, pero queremos tomar también todo el sufrimiento de todos los hombres para ponerlo ahí también a la sombra de la cruz. Que todo él se transforme en vida, que todo ese dolor y sufrimiento de la humanidad pueda ser camino de vida nueva para todos los hombres.
Que ese regalo que desde la cruz hoy Jesús nos hace al darnos a María como madre nosotros sepamos apreciarlo, amando cada vez más a María, aprendiendo de ella a decir Amén y copiando sus virtudes y su santidad en nuestra vida. Que María, Madre, nos proteja, nos ayude alcanzándonos la gracia del Señor y nos conduzca siempre de su mano maternal hasta Jesús.

lunes, 14 de septiembre de 2009

Por tu cruz y resurrección nos has salvado, Señor


Núm. 21, 4-9
Sal. 27
Jn. 3, 13-17



‘Nosotros hemos de gloriarnos en la cruz de nuestro Señor Jesucristo; en El está nuestra salvación, vida y resurrección; El nos ha salvado y liberado’.
Así hemos comenzado hoy nuestra eucaristía. En la aclamación después de la consagración podemos decir: ‘Por tu cruz y resurrección nos has salvado, Señor’. Hoy es la fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz. Si en mayo por una antiguo fiesta litúrgica que recordaba el encuentro de la Santa Cruz en tiempos de Constantino la devoción popular se centraba en el adorno de las Cruces, esta fiesta de Setiembre está normalmente más unida a una fiesta de Cristo crucificado. Y realmente tiene una gran razón teológica, a mi parecer. Cuando nosotros celebramos la Cruz a quien realmente estamos celebrando es a Cristo en ella crucificado. Quien nos salva no es la cruz, sino Cristo que ha muerto en ella para nuestra salvación. De ahí que veneremos la Cruz, e incluso como lo hacemos el Viernes Santo en la Liturgia de la Pasión y Muerte de Cristo la adoramos. Pero realmente a quien estamos adorando es a Cristo mismo en ella clavado para nuestra salvación.
Oh Cruz bendita, tú sola fuiste digna de sostener al Rey Señor de los cielos’, decimos en una antífona de la Liturgia de las Horas. En otra antífona decimos: ‘Cómo brilla la Cruz, de la que colgó Dios en carne humana y en la que, con su sangre, lavó nuestras heridas’. En ese sentido podríamos recordar algunas otras antífonas que vienen a recoger lo que para la Iglesia ha significado la Cruz a través de los siglos y expresado en la oración de la Iglesia.
La Cruz que es para nosotros el gran signo de la vida y del amor. En ella Cristo muriendo nos dio la vida. Y por otra parte podemos decir que Cristo crucificado en ella es la prueba más grande del amor. ‘Nadie tiene mayor amor que aquel que da la vida por el amado’. Y Cristo en la Cruz dio su vida por nosotros. ¿Habrá signo mayor de amor?
Para los judíos es una locura y para los griegos una necedad, nos explica san Pablo en sus cartas, pero nosotros hablamos de Cristo Crucificado que es nuestra sabiduría y nuestra salvación. Fuerza y poder de Dios que se manifiesta en la aparente debilidad de una cruz. Es, pues, nuestro orgullo que con gallardía sabemos llevar como signo ante los demás de nuestra fe y de nuestra condición de cristianos, porque con ella fuimos marcados desde nuestro bautismo.
Se convierte como en nuestro estandarte que llevamos con nosotros como un signo de nuestra pertenencia a Cristo y de nuestra fe, pero que se convierte para nosotros también en señal de victoria que nos defiende de las acechanzas del enemigo. Recordamos cuando Constantino iba a emprender batalla contra unos contrincantes que eran signo de la persecución que hasta entonces sufrían los cristianos, se cuenta que tuvo una visión en la que aparecía una cruz como estandarte de batalla y escuchaba una voz que le decía: ‘con este signo vencerás’. Puso la cruz en sus estandarte y fue el principio de fin de las persecuciones que en aquellos tiempos estaban sufriendo los cristianos.
Que así llevemos nosotros como un estandarte, como una gran señal en nuestra vida el signo de la cruz. Nuestros antepasados, llenos de fe, la ponían en los cruces de los caminos y allí habían sufrido alguna desgracia. Así nuestros pueblos en sus calles, caminos y plazas están sembrados de cruces que fueron un gran signo de fe y de religiosidad para nuestros antepasados y pueden seguir siendo en nuestro tiempo también un signo visible de nuestra fe y de nuestra religiosidad, aunque nuestra sociedad secularizada, laicista hasta extremos en ocasiones que rozan la ridiculez, atea y guerrera contra todo lo que suene a Dios, quiera desterrar la cruz de todas partes.
No podemos permitirlo. Necesitamos de ese signo que nos eleve a Dios y al mismo tiempo nos haga abrazar a los hermanos – no olvidemos los dos trazos de la cruz, uno vertical que nos lleva a Dios y otro horizontal como un abrazo con los hermanos -.
Necesitamos de ese signo de reconciliación y de reencuentro en nuestra sociedad rota, enfrentada y dividida por tantas razones.
Y es que tenemos que decir que si los cristianos llevamos la señal de la cruz con nosotros seguro que siempre estaremos buscando la paz y la reconciliación. Precisamente cuando parece que nos molesta la señal de la cruz en la vida del hombre o presente en la sociedad es cuando la mayoría de las veces lo que hacemos es sembrar rencores y resentimientos, estamos resucitando viejas heridas que en lugar de curarlas parece que las enconamos más para más enfrentarnos, para más sembrar desconfianza en las relaciones humanas, para mantener los distanciamientos, y para olvidar lo que significa el perdón y la reconciliación.
Necesitamos, pues, de la presencia de la cruz en nosotros y en medio de nuestra sociedad. Hoy celebramos la Exaltación de la Santa Cruz. Que cada día la exaltemos más porque con orgullo la llevemos presente en nuestras vidas, cada día sepamos descubrir esa cruz que nosotros personalmente hemos de cargar sintiendo que Cristo es nuestro Cireneo, y sepamos hacer también nosotros de cireneos para ayudar a los demás, a llevar su cruz de cada día que de tantas maneras se les manifiesta en sus vidas.
Resplandece la Santa Cruz por la que el mundo recobra la salvación. ¡Oh Cruz que vences, cruz que reinas, cruz que nos limpias de nuestros pecados!’

domingo, 13 de septiembre de 2009

¿Nuestro camino o el camino de Jesús?

Is. 50, 5-9;
Sal. 114;
Sant. 2, 14-18;
Mc. 8, 27-35


Nos decimos cristianos porque creemos en Jesús y queremos ser sus discípulos, seguirle. Pero esa es precisamente la cuestión que nos podemos plantear. Cuando decimos que queremos seguirle y ser sus discípulos ¿estaremos en verdad queriendo escuchar lo que El nos dice o nos plantea, o más bien nosotros nos hemos hecho nuestra idea y es sólo eso lo que escuchamos y hacemos? ¿será nuestra idea o pensamiento, o será el pensamiento de Dios?
Los discípulos habían ido conociendo a Jesús poco a poco, estaban viendo sus actividades, siendo testigos de los signos que hacía y escuchando sus enseñanzas. Hoy hemos visto en el evangelio que Jesús se lleva al grupo más íntimo de discípulos a lugares apartados – Cesarea de Filipo quedaba bien al norte, cercana al territorio de Fenicia –y ahora les hace unas preguntas y unos anuncios que ayudarán a clarificar la idea que tenían de El.
‘¿Qué piensa la gente del Hijo del Hombre? ¿Qué pensáis vosotros?’ Hoy diríamos que estaba haciendo una encuesta. ‘Que eres uno de los grandes profetas como Elías o el recientemente desaparecido Juan el Bautista’. Pero vosotros, sí vosotros, ¿qué pensáis? Y allí está la respuesta de Pedro, el primero, el impulsivo, el que toma enseguida la palabra. ‘Tú eres el Cristo, el Mesías’. Pero Jesús no quiere que se lo digan a la gente. ‘Les prohibió terminantemente decírselo a la gente’. ¿Por qué? Ahora lo veremos claro.
‘Jesús empezó a instruirlos’. ¿De qué les hablaba? ‘El hijo del Hombre tiene que padecer mucho, tiene que ser condenado por los ancianos, sumos sacerdotes y escribas, ser ejecutado y resucitará al tercer día’.
‘El se los explicaba con toda claridad’,
pero ellos no entendían. Comprendemos nosotros ahora por qué les prohibió terminantemente decir a nadie que El era el Mesías. Tenían otra idea. El Mesías era un triunfador, un libertador que se iba a poner al frente del pueblo para libéralo de la dominación extranjera. Era lo que pensaban entonces que haría el Mesías. Lo que estaban todos esperando. Vemos que a Pedro no le cabe en la cabeza lo que Jesús acaba de anunciar. A Ti no te puede pasar eso. ‘Se llevó a Jesús aparte y se puso a increparlo’. Jesús lo rechazó. ‘Apártate, quítate de mi vista… piensas como los hombres, no según los planes de Dios’. Tú lo que tienes que hacer es seguirme, ir detrás de mí.
Ahí lo tenemos, nos hacemos nuestra idea, como Pedro, como la gente de la época, de lo que tenía que ser y hacer el Mesías. Pero si queremos seguir a Jesús tenemos que ir detrás de El. No somos nosotros los que señalamos el camino, sino que nuestro camino es seguir su camino. ‘El que quiera venirse conmigo, que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga’. Es seguir a Jesús. Y seguir a Jesús es comenzar a pensar como piensa El; y comenzar a actuar como actúa El. Y El se entrega, se da, es capaz de perder la vida para ganarla. ‘El que pierde su vida por mí y por el evangelio, la salvará’.
Esto que estamos reflexionando es serio y tendríamos que sacar muchas consecuencias. Y me lo digo a mí mismo. Porque nos pasa como a Pedro, como le pasaba a aquella gente en tiempos de Jesús. Como nos sigue pasando hoy. ¿En qué se queda muchas veces nuestra fe en Jesús?
En estos días en nuestros pueblos se están haciendo muchas fiestas a Cristo Crucificado. Vamos a sus santuarios donde se veneran Imágenes de Cristo con mucha devoción – Cristo de La Laguna, Cristo de los Dolores de Tacoronte, Cristo del Calvario de Icod, Cristo de la Salud de Arona, por mencionar algunos en mi tierra tinerfeña -; asistimos devotamente a muchos actos de culto y a muchas procesiones, sentimos enorme emoción religiosa al ponernos ante sus impresionantes imágenes, pero, ¿estaremos dispuestos seriamente y de verdad a vivir un amor y una entrega como la que El vivió que le llevó a la Cruz y a la muerte?
Tenemos devoción a una determinada imagen de Cristo en Cruz, pero cuando nos llega el dolor, el sufrimiento, la cruz de una enfermedad ¿cuál es nuestra reacción? Aquello que nos decía Jesús de cargar con nuestra cruz de cada día, ¿nos dice algo?
¿Seremos capaces de ver la cruz de la gente que sufre a nuestro lado – enfermedades, problemas de todo tipo, carencias y necesidades en esta situación social por la que estamos pasando, limitaciones de todo tipo – y estaríamos dispuestos a convertirnos en auténticos cireneos que con nuestro compromiso, nuestra entrega, nuestro tiempo les ayudemos a llevar su cruz?
¿Nos quedaremos solamente en esos momentos emotivos y de fervor, o seremos capaces de traducir todo eso en un compromiso serio, por ejemplo, de arrancarnos de nuestros vicios y pecados para vivir una vida más santa?
¿Sucederá que los que vienen a nuestras fiestas del Cristo les cuesta entender todo ese camino de compromiso y de amor por una vida nueva y distinta? ¿Nos dirán también, no nos compliquen la vida ahora que la cosa no es para tanto, que yo tengo mi fe y a mí no me la van a cambiar ahora?
Fue hermoso que Pedro fuera capaz de confesar su fe en Jesús proclamándolo el Cristo y el Mesías, pero le era más difícil aceptar un camino de entrega y de pasión, un camino de amor hasta el final que le llevar a la muerte y a la resurrección.
Que seamos capaces de confesar valiente e íntegramente nuestra fe en Jesús. Nos lo está planteando hoy el evangelio. Pero que lo hagamos con toda nuestra vida, con una mayor santidad, arrancándonos del pecado, viviendo un compromiso de amor por los demás en medio de la Iglesia y del mundo, que lo testimoniemos con el ejemplo de nuestra vida en los momentos fáciles y de fervor, pero también en los momentos difíciles, que seamos capaces de dar la cara por Cristo y por su Evangelio.

sábado, 12 de septiembre de 2009

Dulce nombre de María con olor a jardín florecido


Ecles. 24, 17-22
Sal.: Lc. 1, 46-55
Lc. 1, 26-38



‘¡Alégrate, la llena de gracia! ¡Alégrate, no temas, María! El Señor está contigo… has encontrado gracia ante Dios…’
Bendito nombre el de María. Su nombre es bendición y es gracia. Decir María es decir Madre, la Madre de Dios… también nuestra madre. Decir María es caminar hacia la luz, es sentir que la luz viene sobre nosotros. Decir María es pensar en Jesús. Bendito el nombre de María… bendito el nombre de Jesús.
No hay otro nombre bajo el cielo ni sobre la tierra que sea para nosotros salvación como el nombre de Jesús. ‘Ante El toda rodilla se doble, en el cielo, en la tierra, en el abismo…’ porque al decir Jesús estamos llamando a Dios, al decir Jesús sobre nosotros se derrama la salvación. Jesús es el Dios que nos salva, el que nos trae el perdón, el que nos llena de vida.
Pero hoy estamos haciendo fiesta de María y aprendiendo a invocar su nombre; hacemos fiesta de María y le damos gracias a Dios porque nos ha dado una madre tan hermosa que es la Madre de Dios; bendecimos y alabamos al Señor porque cuando llamamos a María parece que todos los caminos se nos abren, los caminos que nos llevan y acercan al Salvador.
¡Qué hermoso es el nombre de María, el nombre de la Madre, de nuestra Madre, la Madre del Señor! Un nombre que nos huele a jardines florecidos, porque al decir María, al nombrar a María van brotando en su derredor todas las hermosas flores que son sus virtudes, sus gracias de las que toda ella está inundada. Además de María brota la más hermosa frescura, el más intenso aroma del amor, el perfume más exquisito de todas sus virtudes de las que ella es para nosotros el mejor ejemplo.
Glorioso es el nombre de María, como decíamos en la antífona de entrada tomando palabras del cántico a Judith, la heroína del Antiguo Testamento por la que se vio libre el pueblo antiguo de la vara del opresor. ‘El Señor te ha bendecido, Virgen María, más que a todas las mujeres de la tierra; ha glorificado tu nombre de tal modo que tu alabanza está siempre en boca de todos’. ‘Bendita tú entre todas las mujeres’, como le dijo Isabel y como le repetimos una y otra vez en el Avemaría.
Su nombre es santo porque con él llamamos e invocamos a ‘la llena de gracia’, la que encontró gracia ante Dios de manera que fecundada por obra del Espíritu Santo de ella había de nacer el que nos trajera la gracia y la salvación.
Es su nombre el que invocamos y está frecuentemente en nuestros labios porque así recurrimos a su protección maternal; así nos sentimos defendidos y protegidos contra las acechanzas del enemigo, contra todos los peligros que nos acechan. ‘Has querido, con amorosa providencia, que también el nombre de María estuviera con frecuencia en los labios de tus fieles; éstos la contemplan confiados, como estrella luminosa, la invocan como madre en los peligros y en las necesidades acuden seguros a ella’, diremos en el prefacio de esta fiesta de María.
Queremos que la protección de María, cuando invocamos su nombre, nos haga comprender lo que significa también llevar el nombre de cristiano; que nunca profanemos la dignidad a la que está elevada nuestra vida desde el bautismo; que siempre seamos capaces de comportarnos conforme a esa dignidad con una santidad de vida.
Que María nos proteja; que María nos ayude; que María nos alcance esa gracia de parte del Señor.

viernes, 11 de septiembre de 2009

Se fió de mi y me confió este ministerio

1Tim. 1, 1-2.12-14
Sal. 15
Lc. 6, 39-42


Iniciamos hoy la lectura de la primera carta de san Pablo a Timoteo, ‘verdadero hijo en la fe’, como le llama en el saludo de la carta. Efectivamente Timoteo se había unido a Pablo en su segundo viaje por el Asia Menor. Le había acompañado hasta que Pablo lo dejó al frente de la comunidad de Éfeso. A él dirige dos cartas, llamadas pastorales, donde principalmente le da orientaciones en orden a organizar la comunidad, pero con hermoso contenido que nos ilumina en nuestro camino de la vida cristiana.
Tras el saludo Pablo hace una auténtica confesión de fe, reconociendo de quien ha recibido la misión que se le ha encomendado. ‘Doy gracias a Cristo Jesús, nuestro Señor, que me hizo capaz, se fió de mí y me confió este ministerio…’
Que me hizo capaz…’ Ya en su presentación en el saludo se llama a sí mismo ‘Apóstol de Cristo Jesús por disposición de Dios, nuestro Salvador, y de Jesucristo, nuestra esperanza’. No es un ministerio o servicio que haya asumido por sí mismo, como reconocerá también en otros lugares, sino que ha sido llamado por el Señor para ser apóstol.
‘Y se fió de mí…’ A continuación reconoce humildemente su condición anterior a su conversión. ‘Eso que yo era antes un blasfemo, un perseguidor y un violento. Pero Dios tuvo compasión de mí, porque yo no era creyente y no sabía lo que hacía’. Hermoso su gesto de humildad, al tiempo que el reconocimiento de la grandeza del Señor que le ha llamado y se ha fiado de él. Tiene otras resonancias esta confesión. María, se llama a sí mismo la esclava del Señor, pero reconoce que el Señor ha hecho en ella cosas grandes.
Y terminará diciendo Pablo: ‘Y me confió este ministerio’. Y es que ‘Dios derrochó su gracia en mí, dándome la fe y el amor cristiano’. Todo es gracia, regalo de Dios. Y los regalos de Dios son siempre generosos, sin medida. Por eso dice ‘derrochó’. Todo es un derroche de gracia del Señor.
Muchas cosas podemos aprender de estas palabras y de esta actitud de Pablo. El ha experimentado en su vida lo que es la gracia de Dios, el amor misericordioso del Señor. Eso le hace actuar también con misericordia con los demás. Cómo tenemos que aprender la lección. Reconocer en nuestra vida la misericordia del Señor con nosotros que somos pecadores, nos tendrá que hacer actuar de manera distinta con los otros. ¿Quiénes somos nosotros para juzgar y para condenar? Como nos dice hoy el evangelio tenemos que mirar la viga de nuestro ojo antes de ver la mota que pueda haber en ojo de nuestro hermano. Pero qué dados somos para el juicio y la condena, ver las faltas de los demás pero no ser capaces de reconocer nuestras propias debilidades y flaquezas.
Yo también, de manera personal, quiero como el Apóstol dar gracias a Dios ‘que me hizo capaz, se fió de mí y me confió este ministerio’, el ministerio sacerdotal. Así de grande ha sido el amor de Dios en mi vida. Así lo ha derrochado sobre mi para seguir confiando en mí a pesar de mis debilidades, de mis fracasos, de mi pecado. Y el Señor sigue confiándome este ministerio. Invito a quien lea estas consideraciones a dar gracias a Dios conmigo.
Pero todos hemos de saber descubrir esa acción maravillosa en nuestra vida, ese amor que se derrama sobre cada uno de nosotros, allí donde estemos, y en la misión que nos haya confiado. Todo es vocación, porque todo es llamada de Dios. Ese lugar que ocupo, esa profesión que realizo, esas actividades que hago, esa vida en el seno del hogar y de la familia, todo son llamadas de Dios, y todo es un derroche de la gracia de Dios sobre nosotros para el cumplimiento fiel de esa vocación a la que hemos sido llamados.

jueves, 10 de septiembre de 2009

Como pueblo elegido de Dios, pueblo sacro y amado

Col. 3, 12-17
Sal. 150
Lc. 6, 27-38


Tenemos que comenzar por decir que pueblo no es sólo una determinada demarcación geográfica, ni sólo un conglomerado de personas que viven en un lugar determinado. Quizá muchas veces cuando nos referimos a un pueblo nos quedemos en esa primaria idea de lo que es un pueblo, pero si nos paramos a pensar nos damos cuenta que es algo más.
Las personas que conforman un pueblo normalmente y se sienten de verdad miembros de ese pueblo o comunidad tienen unas características que les son comunes. Es lo que llamamos idiosincrasia o la manera de ser de las personas de un lugar y que de alguna manera las caracterizan y definen. Eso lo notamos claramente sobre todo de algunos pueblos fijándonos en sus costumbres, su manera de actuar y, si queremos, comparando pueblos vecinos y descifrando las características propias de cada pueblo.
¿Por qué decimos todo esto? San Pablo hoy en su carta a los Colosenses nos habla de un pueblo, al que llama ‘elegido de Dios, pueblo sacro (sagrado) y amado…’ Está refiriéndose, como todos podemos comprender, a la Iglesia, a la comunidad de los que creemos en Jesús.
Y nos habla de un uniforme. Y ya sabemos que el uniforme es el vestuario que define a un determinado grupo, porque en él todos llevan el mismo vestido y apariencia.
Pero Pablo nos está hablando del uniforme del cristiano que no puede quedarse reducido a un vestido externo, sino que está haciendo referencia a algo mucho más hondo. Nuestra idiosincrasia, por emplear la palabra que mencionábamos anteriormente, nuestra manera de ser, aquello que nos distingue como pueblo de Dios.
¿Cuál es ese uniforme? En una palabra, es el amor. Ya nos lo dejó dicho Jesús que sería por lo que nos distinguirían. Claro que el amor tiene como su raíz más profunda la fe y la esperanza. Ese amor va a nacer en esa fe que tenemos en Dios, que primero El nos ha amado y elegido. Porque desde esa fe en Dios encontramos el modelo y la fuerza para vestirnos de él.
¿Qué características nos propone el apóstol? ‘La misericordia entrañable, la bondad, la humildad, la dulzura, la comprensión…’ No amamos simplemente porque no hagamos daño al otro, o formalmente seamos buenos y respetuosos con él. Es algo más hondo y más lleno de matices. Nos habla de un amor entrañable, luego tiene que nacer de lo más hondo de nuestras entrañas, o de nuestro corazón. Pero nos habla también de los detalles en los que se ha de manifestar ese amor, porque está lleno de dulzura, de comprensión, de bondad, de humildad. Y cuántas cosas se encierran en estas palabras.
Eso nos llevará, por ejemplo, a aceptarnos y sobrellevarnos, que no es simplemente aguantarnos, sino que es aceptarnos desde una relación de amor. Amor que tendrá que traducirse en perdón. ‘Sobrellevaos mutuamente y perdonaos cuando alguno tenga quejas contra otro…’, que nos dice el apóstol. Precisamente hoy en el Evangelio Jesús nos ha hablado del perdón. Perdón a todos, también a los enemigos; perdón que se hace oración también por aquellos a los que nos cuesta amar. ‘Amad a vuestros enemigos, haced el bien a los que os odian, bendecid a los que os maldicen, orad por los que os injurian…’ Porque en algo tenemos que diferenciarnos los que seguimos a Jesús.
Nos habla de amor como ceñidor y de paz como árbitro. Todo envuelto en el amor, buscando siempre la paz. Y ante cualquier dificultad o conflicto, la paz que nace del amor es lo que tiene siempre que primar. Cuánto tendríamos que decir en este aspecto, pero no queremos alargarnos.
Y como termina diciéndonos hoy el apóstol, todo siempre para la gloria de Dios. ‘Todo lo que de palabra o de obra realicéis, sea todo en nombre de Jesús, ofreciendo la Acción de Gracias a Dios Padre por medio de El’.

miércoles, 9 de septiembre de 2009

Las bienaventuranzas ¿una utopía irrealizable o el proyecto de Dios?

Col. 3, 1-11
Sal. 144
Lc. 6, 20-26


¿Utopía, sueño inalcanzable, proyecto de Dios? Hay quienes al escuchar el mensaje del evangelio, sobre todo cuando escuchan las Bienaventuranzas tal como nos las presenta Mateo o como Lucas como hoy hemos escuchado, piensan que eso es una utopía, queriendo decir que es un sueño bonito, sí, pero que eso no se puede realizar en la vida.
Consciente de la dificultad, sin embargo me atrevo a decir, es el proyecto de Dios para el hombre, un hermoso proyecto que nos haría inmensamente felices. Es que Jesús lo que quiere proponernos es algo nuevo, Buena Noticia, Evangelio. Nos plantea un nuevo sentido de vivir, una nueva óptica para ver las cosas, un nuevo corazón.
Por eso, no nos extrañe que comience su predicación precisamente invitándonos a la conversión, al cambio del corazón, de la mentalidad. Nos anuncia el Reino de Dios, pero para poder aceptarlo tiene que haber una nueva disponibilidad en el corazón, una apertura a lo grande y maravilloso que nos presenta, aunque de entrada pudiera parecernos inalcanzable.
Las palabras y los gestos de Jesús muchas veces nos desconciertan, nos encuentran mal colocados, pero sus palabras y sus gestos no son locuras, son hermosos proyectos de vida nueva que nos ofrece el amor inmenso de Dios.
En las Bienaventuranzas que nos propone Lucas y que hoy hemos escuchado, se nos habla de que serán dichosos los pobres, los que tienen hambre, los que lloran, los que son perseguidos. Ya decíamos que nos puede parecer desconcertante. ‘Dichosos los pobres… dichosos los que ahora tenéis hambre… dichosos los que ahora lloráis… dichosos vosotros cuando os odien los hombres, os excluyan y proscriban vuestro nombre como infame, por causa del Hijo del Hombre…’ ¿Y qué nos ofrece? ‘…porque vuestro es el Reino de los cielos… quedaréis saciados… reiréis… alegraos ese día y saltad de gozo: porque vuestra recompensa será grande en el cielo’.
Todo esto se puede comprender con la esperanza del Reino de Dios. En la sinagoga de Nazaret en lo que hemos dicho que fue su presentación había dicho que los pobres serían evangelizados, que habría libertad para los oprimidos, alegría para los que lloran y para los que son perseverantes hasta el final a pesar de las dificultades era el año de gracia. En otro lugar también nos dirá ‘con vuestra perseverancia salvaréis vuestras almas’.
Se anuncia pues la Buena noticia a los pobres y a los que sufren, a los que se sienten oprimidos y a los que lloran. En la esperanza ya sentimos el gozo. Pero es que ese gozo no es un sueño, sino es la consecuencia de la vida nueva que surge cuando de verdad hemos optado por el Reino de Dios. Cuando hemos optado por seguir a Jesús y vivir el Reino de Dios nuestra vida, la vida de todos ha comenzado a ser distinta; habrá más amor y más solidaridad, habrá más autenticidad en la vida del hombre y habrá más justicia. Y eso ¿no hará que la vida de los pobres y de los que sufren cambie? Comenzarán día de dicha y de felicidad porque nos hemos tomando en serio el seguir a Jesús.
Ya no es un sueño irrealizable sino que es algo que ya estamos comenzando a vivir. Es el proyecto de Dios. Y para realizarlo no nos sentimos solos y sin fuerzas. Si Jesús en la Sinagoga con Palabras del Profeta había dicho ‘el Espíritu está sobre mí porque El me ha ungido y me ha enviado…’ eso lo podemos sentir nosotros también. Somos los ungidos y los enviados con la fuerza del Espíritu Santo. No nos faltará nunca la gracia divina para que se cumplan esas esperanzas del Reino de Dios y lo comencemos a vivir.

martes, 8 de septiembre de 2009

El nacimiento de María es la aurora que anuncia el día




Miqueas, 8, 2-5
Sal. 12
Mt. 1, 1-16.18-23




Los textos bíblicos que nos ofrece hoy la liturgia hacen más bien referencia al nacimiento de Jesús aun cuando estemos celebrando el nacimiento de María. Creo que podemos comprenderlo fácilmente porque en primer lugar celebrar el misterio de María no podemos hacer sin referencia a Jesús su Hijo. Y por otra parte nada hay en la Biblia que directamente nos cuente el nacimiento de María. Y es que además nunca podemos quedarnos en María sino que siempre ella nos llevará a que nos centremos en Jesús.
Nos llenamos de gozo en esta fiesta del nacimiento de María que es como un anticipo o como un ensayo general para lo que será la alegría del Nacimiento de Jesús. Hay un Himno en la Liturgia de las Horas, tomado probablemente del tesoro inagotable y riquísimo de nuestros poetas místicos de la Edad de Oro del Misticismo, que así precisamente la canta como una invitación a los ángeles a la alegría y a la fiesta en el nacimiento de María como un ensayo para los cantos y las aclamaciones de los coros celestiales en el nacimiento de Jesús.



‘Canten hoy, pues nacéis vos,


los ángeles, gran Señora,


y ensáyense desde ahora,


para cuando nazca Dios.


Canten hoy, pues a ver vienen


nacida su Reina bella,


que el fruto que esperan de ella


es por quien la gracia tienen.


Digan, Señora, de voz,


que habéis de ser su Señora,


y ensáyense, desde ahora,


para cuando nazca Dios’.



El nacimiento de María es la aurora que anuncia el día. María es la Madre de la luz, con una de las hermosas advocaciones con las que el pueblo cristiano la celebra en muchos lugares en este día, porque es la Madre de Cristo, la verdadera luz del mundo. La luz que brilla y resplandece en la santidad de María es el reflejo de la santidad de Dios, de la que ella bien supo llenarse. Porque ella es la llena de gracia, la que está inundada de Dios, ‘el Señor está contigo’, le dice el ángel de la anunciación.
Pero es que Dios la había llamado y escogido de manera especial para ser su Madre. La había adornado de toda gracia. En el conocimiento de Dios, para quien no hay tiempo, El sabía del sí de María al proyecto de Dios, que no sólo era para su vida, sino para la salvación de la humanidad. Por eso la hizo toda pura, toda santa desde el primer instante de su concepción. Porque si hoy nos alegramos y hacemos fiesta en el nacimiento de María, hace nueves meses exactamente, el 8 de diciembre, la proclamábamos Inmaculada, sin pecado, purísima desde el primer instante de su concepción.
Nos alegramos y cantamos las alabanzas de María en su fiesta. La felicitamos en su cumpleaños, podemos decir con toda razón. ¿No nos felicitamos unos a otros en nuestros cumpleaños, en la coincidencia con el día de nuestro nacimiento? ¡Cómo no hacerlo y hacerlo de manera especial con la Madre, la Madre de Dios pero también nuestra Madre!
Pero ya sabemos cuál es la mejor alabanza y felicitación que podemos hacer a nuestra madre. No son regalos de flores o de joyas lo que ella quiere de nosotros. Esos regalos tendríamos que hacérselos a ella en nuestros hermanos, sus hijos, más pobres. El mejor regalo que podemos hacerle es copiar de ella en nuestra vida sus virtudes y su santidad.
Que aprendamos de María a decir Sí al proyecto de Dios para nuestra vida. Y el proyecto de Dios es un proyecto de salvación. Llenándonos y viviendo su salvación es como estaremos diciendo sí a ese proyecto divino para nosotros. Ese sí pasa por una vida santa, una vida sin pecado, una vida llena de gracia, como la de María. A su lado nos sentimos pequeños y pobres con nuestra vida tan llena de pecado.
Lo que agradaría a María es nuestro propósito y nuestro compromiso de mejorar y cambiar nuestra vida. Ser cada día más santos. si tan prontos somos desgraciadamente para caer en las redes de la tentación y del maligno que nos lleva al pecado, que prontos seamos para levantarnos de nuestro pecado. Sabemos que la Madre está siempre rogando por nosotros que somos pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte como le decimos en el Avemaría, y que con su ayuda seamos dignos de alcanzar las promesas de nuestro Señor Jesucristo.

lunes, 7 de septiembre de 2009

Un valor y significado para nuestros trabajos y dolores

Col. 1,24-2, 3
Sal. 61
Lc. 6, 6-11


San Pablo nos habla hoy de sus luchas y trabajos para anunciar a todos el evangelio de Jesús. ‘Dios me ha nombrado ministro, asignándome la tarea de anunciaros a vosotros el mensaje completo….’ Y quiere que el anuncio llegue a todos y es lo que quiere hacer. ‘Nosotros anunciamos a ese Cristo; amonestamos a todos, enseñamos a todos con todos los recursos de la sabiduría…’
Por eso les dice que quiere que tengan ‘noticia del empeñado combate que sostengo por vosotros y por los de Laodicea, y por todos los que no me conocen personalmente… tarea en la que lucho denodadamente con la fuerza poderosa que El me da’.
Pero esta lucha y este esfuerzo le hace sufrir. Es el celo del apóstol que a todos quiere llegar y que busca la manera de mejor hacerlo y no siempre obtiene la respuesta deseada. Pero este sufrimiento no es para él un tormento sino una alegría. ‘Me alegro de sufrir por vosotros’, les dice. Podría parecer incomprensible que sufra y al mismo tiempo esté alegre. Pero hay un motivo, que además nos descubre un mensaje bien hermoso.
Y este mensaje es el descubrir el valor del sufrimiento. Algo que nos vale para motivarnos a nosotros cuando también tenemos que enfrentarnos al dolor y al sufrimiento que padecemos muchas veces en nuestra propia carne, allá en lo más hondo de la persona. ‘Me alegro de sufrir por vosotros, les dice, así completo en mi carne los dolores de Cristo, sufriendo por su cuerpo que es la Iglesia’.
¿Significa esto, acaso, que la pasión de Cristo no está completa? No es eso lo que nos quiere decir el apóstol. Los dolores y sufrimientos de Cristo en su entrega por nosotros que le hizo padecer la pasión y la muerte, son de un valor infinito. Por amor Cristo se entregó por nosotros dándole valor y sentido al sufrimiento para así hacernos llegar la vida y la redención.
Cuando el apóstol habla de completar es una manera de decirnos que él con sus sufrimiento se une a los sufrimientos y la pasión de Cristo. Es querer ponernos al lado de Cristo sufriente, de Cristo en el amor de su pasión y su cruz. Nos está enseñando a darle un valor y un sentido a nuestro propio dolor y sufrimiento, cuando seamos capaces de hacer una ofrenda de amor en El, para unirnos al amor de Cristo en su entrega por nosotros.
Es Cristo quien nos ha redimido, nos ha salvado. Nosotros queremos recibir su salvación, su vida, su gracia, su perdón. Pero tenemos la oportunidad de unirnos a El en su sacrificio con nuestro sacrificio y nuestra vida, con nuestro dolor y con nuestro amor. Y así nuestro sufrimiento en ese amor y en esa unión con Cristo adquiere un nuevo valor y un nuevo sentido. No es lo mismo sufrir resignadamente que poner amor en nuestro dolor. Y cuando por amor nos unimos a Cristo El no nos va a dejar solos; si queremos nosotros ser sus cireneos que le ayudemos a llevar la Cruz, es El quien se convierte en nuestro Cirineo estando a nuestro lado y ayudándonos a llevar nuestra cruz.
Les decía a mis ancianitos y ancianitas esta mañana cuando les comentaba este texto: No penséis que porque sois mayores, llenos de achaques y debilidades, con muchas enfermedades en vuestros cuerpos, ya sois unas personas para arrinconar y que no valéis nada. Tenéis un valor grande, no solo en esa riqueza inmensa que atesora vuestra vida con tanta sabiduría que habéis adquirido con el paso de los años, sino que tenéis el potencial de vuestras debilidades, de vuestros achaques, de vuestros sufrimientos, si sabéis ofrecerlos al Señor.
Tienen ustedes una palanca muy poderosa en vuestras manos para pedir al Señor. Os acordáis mucho, por ejemplo, de vuestros hijos y de vuestros familiares y aunque estéis aquí dentro os sigue preocupando su futuro, su prosperidad, su vida. Pues desde aquí podéis hacer mucho para ayudarles ofreciendo vuestra vida, vuestros dolores, vuestras debilidades al Señor.
Una palanca poderosa para pedir por la Iglesia y por el mundo, para pedir por la paz y para que cambien muchas cosas a mejor: el ofrecimiento de vuestra vida. Y lo digo a todos los que comparten esta reflexión. Todos tenemos muchas cosas que ofrecer al Señor desde la debilidad que de una manera u otra aparece continuamente en nuestra vida. Completamos, si, en nuestra carne, los dolores de Cristo por su cuerpo que es la Iglesia, por nuestro mundo, por tantas cosas que queremos pedirle al Señor.