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viernes, 3 de diciembre de 2021

Queremos caminar con seguridad, no queremos quedarnos atolondrados o conformistas, sino con paso valiente y decidido porque en Jesús ponemos totalmente nuestra fe

 


Queremos caminar con seguridad, no queremos quedarnos atolondrados o conformistas, sino con paso valiente y decidido porque en Jesús ponemos totalmente nuestra fe

Isaías 29, 17-24; Sal 26; Mateo 9, 27-31

Algunas veces nos hemos ido creando unas comodidades en la vida que al final las convertimos en exigencias, donde nos creemos merecedores de todo o que todo se nos de gratuitamente sin ningún esfuerzo por nuestra parte. No niego, por supuesto, los derechos que como seres humanos todos tenemos y a los que ha de atender la sociedad y todos hemos de estar al tanto, pero cuando nos vemos carentes de algo también tenemos que hacer de nuestra parte por lograrlo, por conseguirlo.

No me quedo tampoco en lo material, en las necesidades materiales vitales para nuestra vida, porque en lo humano y en lo espiritual algunas veces nos quedamos como estancados sin esforzarnos por una superación de nosotros mismos, por un crecimiento como persona, por un abrirnos a nuevas luces que nos den sentido y nos den respuestas a las preguntas más profundas que todos llevamos en nosotros.

Vamos como ciegos en la vida dando tumbos, pero en nuestra comodidad para evitar esos tropiezos nos quedamos al borde del camino sin tratar de buscar donde encontrar esa luz. Y humana y espiritualmente no crecemos, más bien nos estancamos, y de alguna manera parece como si nos fuéramos embruteciendo cada vez más. Necesitamos querer salir, ponernos en camino aunque en principio parezca que vayamos a tientas, pronto podremos encontrar recursos y medios para ir acercándonos a esa luz que necesitamos en la vida.

Me ha hecho pensar en todo esto y con conciencia de cuantas oscuridades nos ensombrecen la vida, escuchando el evangelio y viendo a aquellos dos ciegos que al enterarse de la llegada de Jesús se van en su búsqueda, quizás dando tumbos por los caminos del pueblo, pero al final llegaron a la casa de Jesús porque sabían que allí podían encontrar la luz que necesitaban. No se resignaron a su ceguera, que significaba para ellos pobreza y miseria, y el estar siempre dependiendo de lo que los demás pudieran compartir con ellos. Se pusieron en camino, llegaron a la casa de Jesús, querían la luz.

¿Creían ellos que en Jesús podían encontrar esa luz? Es la pregunta que Jesús les hace, es el interrogante que quizá surgía a su alrededor en muchos cuando los veían correr hasta la casa donde estaba Jesús. ¿Serían unos ilusos que terminarían fracasando? Estaban seguros de que Jesús podía hacerlo. ‘Que os sucede conforme a vuestra fe’. Y encontraron la luz para sus ojos.

Un buen itinerario para nuestra vida. Búsqueda de la luz. En la noche de la navidad del Señor con el profeta se nos va a anunciar que ‘el pueblo que caminaba en tinieblas vio una gran luz’. Estaba en tinieblas pero caminaba, iba en búsqueda de la luz y la luz viene a su encuentro.

Es el camino que vamos haciendo a lo largo de este tiempo de Adviento, un camino hacia la luz. Pero vamos con la certeza de aquellos dos ciegos de los que nos habla hoy el evangelio. No somos unos ilusos, tenemos la seguridad de que en Jesús encontramos esa luz y por eso es a El a quien buscamos. Quizás en nuestro entorno podemos escuchar comentarios que quisieran llevarnos al desaliento. Muchos se creen quizá muy sabios pero andan a oscuras y no quieren buscar la luz.

Caminamos con nuestras dudas y tropiezos, caminamos también con momentos de desaliento y parece como si nos faltara estímulo, caminos en ocasiones muy absorbidos por las cosas que nos rodean y no queremos pensar que hay algo superior hacia donde hemos de levantarnos y caminar, nos sentimos contagiados por un ambiente que hasta de los sentimientos religiosos ha hecho un negocio o lo quieren manipular para sus intereses, pero queriendo alejar a Dios de nuestra vida.

Pero nosotros queremos caminar con seguridad, no queremos quedarnos atolondrados o conformistas con nuestras tinieblas o las tinieblas que el mundo nos ofrece; queremos caminar con paso valiente y decidido porque en Jesús ponemos totalmente nuestra fe.

jueves, 2 de diciembre de 2021

No nos contentemos con simplemente recitar, sino que oremos de todo corazón porque esté brotando como de forma espontánea todo lo que llevamos en el corazón

 


No nos contentemos con simplemente recitar, sino que oremos de todo corazón porque esté brotando como de forma espontánea todo lo que llevamos en el corazón

Isaías 26, 1-6; Sal 117; Mateo 7, 21. 24-27

Cuando estamos con los amigos o con aquellas personas que queremos hablamos con naturalidad y espontaneidad, expresando nuestras ideas o nuestro pensamiento, manifestando espontáneamente nuestros sentimientos y no necesitamos buscar palabras rebuscadas para expresarnos. Sería como algo encorsetado que para expresar nuestros sentimientos a aquellas personas que queremos rebusquemos palabras que quizás tomemos de otros coartando así nuestra espontaneidad. Aunque algunas veces de forma romántica quizás nos expresemos con poesías o palabras de amor escritas por otros más inspirados, sin embargo sabemos hacerlas nuestras, poniéndole quizá nuestros propios matices para darles el aire de esa espontaneidad.

Es lo ideal. Que así seamos nosotros mismos. Que nos manifestemos como somos. Que comuniquemos lo que llevamos dentro. Que por hacer florituras de palabras hermosas no llevemos a expresar realmente lo que llevamos dentro, sino quizás las palabras o los sentimientos de los otros. Eso en todas las facetas de la vida. Hay cosas quizás que tienen su tecnicismo, por así decirlo, y según qué lugares pues tengamos que emplear ese lenguaje, pero no nos podemos poner a hablar con la gente normal que está a nuestro lado desde ese manera.

Y ¿esto tiene que ver algo con lo que es nuestra relacion con Dios? Es serio pensarlo, planteárnoslo, porque muchas veces podemos caer también en que repetimos unas oraciones que hemos convertido en fórmulas, pero con las que quizás nuestro corazón se siente lejos. Aquí podemos entrar en varias facetas o campos. Pensemos primero en lo que es nuestra oracion personal con el Señor. ¿Logramos en verdad sentirnos en su presencia y que nuestra oración sea realmente la oración, el diálogo de amor de un hijo con su padre?

Rezamos, decimos, y decimos que rezamos mucho, porque repetimos muchas oraciones una y otra vez. Pero es lo que seriamente tenemos que plantearnos. Que en ese momento de oración en verdad nos sintamos en las manos de Dios nuestro Padre y que nuestra oración sea ese encuentro personal con Dios, con el Dios que nos ama y a quien nosotros también amamos.

Es cierto que nos han enseñado unas oraciones que hemos aprendido desde niños y que seguimos repitiendo; es cierto que una de esas oraciones decimos que es salida de labios de Jesús cuando enseñó a orar a sus discípulos; cuando rezamos el padrenuestro o cualquiera de esas otras oraciones que hemos aprendido de memoria desde pequeños tenemos que hacer que en verdad en esas palabras, vamos a decirlo así, salga nuestro corazón, que las hagamos tan nuestras que en ello estemos poniendo todo lo que son nuestros sentimientos y nuestros deseos, todo lo que tiene que ser nuestra alabanza y nuestra acción de gracias al Señor.

Pensemos también en lo que es nuestra oración comunitaria que fundamentalmente hacemos con la oración litúrgica. Cuando esa oración es la oración de una comunidad reunida en el nombre del Señor es cierto que necesitamos aunar esa oración expresada en las plegarias que la liturgia nos ofrece. Pero aquí creo que hemos de tener un cuidado muy especial para que no sea un simplemente recitar unas oraciones o unas plegarias, como de una forma encorseta como decíamos antes, sino que sea lo que en verdad sale del corazón de aquella comunidad, del corazón de todos y cada uno de los que en esa celebración estamos participando.

Por eso, no nos contentemos con simplemente recitar, sino que oremos de todo corazón. Que por encima de esas palabras esté brotando como de forma espontánea todo lo que llevamos en el corazón. No es simplemente un poema de amor lo que recitamos fríamente, sino que es la oración que desde ese encuentro profundo con el Señor hacemos llegar al Padre que sabemos que nos ama. No es con florituras de palabras rebuscadas con lo que queremos hablar al Señor, aunque bellas son las expresiones de la liturgia. Sepamos sacarle jugo, por así decirlo. Tenemos que poner ahí todo lo que es la espontaneidad de nuestra vida y de nuestros sentimientos, todo lo que es la riqueza del amor que también nosotros queremos ofrecerle al Señor.

Hoy hemos escuchado a Jesús que nos dice en el evangelio. ‘No todo el que me dice “Señor, Señor” entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos’. Que no sea, pues, solamente decir, ‘Señor, Señor’, sino que seamos capaces de poner toda la intensidad de nuestra vida en nuestra oración. Y poner la intensidad de nuestra vida significa cómo con nuestra vida en todo momento siempre queremos hacer la voluntad del Señor. Porque oramos no solo para expresar lo que nosotros sentimos o llevamos en el corazón, sino para abrir nuestro corazón a Dios y escucharle para dejarnos transformar por la fuerza del Espíritu haciendo siempre lo que es su voluntad.

miércoles, 1 de diciembre de 2021

Ante Jesús venimos con nuestros pobres siete panes sin saber qué hacer pero si con disponibilidad para el encuentro y la escucha y poniendo generosidad en el corazón


 

Ante Jesús venimos con nuestros pobres siete panes sin saber qué hacer pero si con disponibilidad para el encuentro y la escucha y poniendo generosidad en el corazón

 Isaías 25, 6-10ª; Sal 22; Mateo 15, 29-37

¿Qué es lo que pasa ahí hay tanta gente? Quizás alguien pregunta cuando ve que mucha gente acude a una casa determinada o quizás a un salón que se ha habilitado al efecto. Es que vino un familiar que hacía años que emigró y a su venida los familiares y amigos han querido darle una sorpresa y se han reunido todos para una comida. Aquella comida era algo más que el tomar unos alimentos para satisfacer unas necesidades primarias como es la alimentación de nuestros cuerpos.

Algo más se está alimentando en aquel encuentro, porque es la alegría de los parientes que se reúnen, los amigos que se reencuentran, la sorpresa como señal de alegría y afecto que se quiere dar al familiar o amigo con quien tantos años no hemos podido convivir. Son muchas las cosas que se alimentan con un encuentro así. Es algo que hacemos bastante habitualmente sin que sea necesario algo extraordinario como lo que nos ha servido de base para el inicio de esta reflexión. Algo que tiene un significado hondo en el camino de la vida que vamos haciendo.

Nos puede valer esta imagen y comparación también para hablarnos del Reino de Dios que Jesús nos anuncia; en muchas ocasiones en el evangelio lo vemos comparándolo con un banquete, o aparecerá la imagen del banquete como culminación de lo que va a ser esa vida nueva que en Cristo vamos a encontrar. Son por una parte las parábolas que nos ofrece Jesús – banquete de bodas o banquete que prepara el padre para el pródigo a la vuelta -, o serán los signos que va realizando como el que hoy nos ofrece el evangelio, pero será el gran signo final de la Eucaristía donde Cristo mismo se nos dará en su Cuerpo y en su Sangre para que le comamos y nos alimentemos de El. Ya lo había anunciado el profeta tal como escuchamos hoy a Isaías en la primera lectura. ‘Preparará el Señor del universo para todos los pueblos, en este monte, un festín de manjares suculentos, un festín de vinos de solera…’

Hoy nos dice el evangelio que ‘Jesús, se dirigió al mar de Galilea, subió al monte y se sentó en él…’ Pero ya a continuación el evangelista nos dice que acudió mucha gente que quería escucharle, pero que le traía también a sus enfermos para que El los curase. Jesús siente compasión y los cura, pero Jesús ve algo más allá en aquella multitud hambrienta de su Palabra y de la salvación que El pueda ofrecerles que le sigue.

Por eso, como una imagen, como un signo de lo nuevo que Jesús quiere ofrecernos siente compasión porque aquella gente está sin comer desde hace días que le siguen. ‘No quiero despedirlos en ayunas para que no desfallezcan por el camino’, les dice Jesús a sus discípulos más cercanos que ya se andan preguntando ‘¿de dónde vamos a sacar en un despoblado panes suficientes para saciar a tanta gente?’

Pero Jesús quiere contar con ellos, con lo que son y con lo que tienen, con su nada y con su pobreza, con sus interrogantes y con sus búsquedas aunque ahora parezca que son solo búsquedas de lo material. ‘¿Cuántos panes tenéis?’ Vaya pregunta, si solo tienen siete panes y algunos peces. Para Jesús es suficiente que pongan a disposición aquello poco que son, aquello poco que tienen. El amor, se suele decir, hace milagros. Y si allí había amor, y no podemos dudar que en Jesús lo había que sentía compasión por aquella gente, el milagro se realizará.

¿Cuál sería el milagro más importante de aquella tarde? Normalmente decimos la multiplicación de los panes y de los peces, porque incluso llegó a sobrar. ¿Pero aquello no era signo de algo más? ¿Qué podía significar aquella comida que ahora si, casi de forma imprevista, tuvo toda aquella multitud aquella tarde en el descampado? Es lo que tiene que hacernos pensar. ¿Qué es lo que significa nuestro encuentro con Jesús y el escuchar la buena nueva de su evangelio? Esa comida y ese banquete que Jesús nos está ofreciendo ¿no será signo de algo más profundo que se tiene que realizar en nosotros, pero también en nosotros en relación con los demás?

Ante Jesús venimos con nuestros pobres siete panes sin saber que hacer porque quizá ni nosotros mismos tenemos claro en nuestro corazón lo que deseamos o lo que podemos hacer. Pero si venimos con esa disponibilidad para el encuentro y para la escucha, si venimos poniendo algo de generosidad en nuestro corazón, si venimos incluso reconocimiento nuestras limitaciones o esas enfermedades que están afectando a nuestro espíritu, en Jesús vamos a encontrar un banquete nuevo, una nueva comida, un nuevo sentido de vida, un nuevo camino que se va a abrir delante de nosotros. Dejemos actuar a Jesús con esos pocos panes de nuestra vida y veremos las maravillas de Dios.

martes, 30 de noviembre de 2021

Saber ponernos a remar con confianza mar adentro en búsqueda constante de la señal de la vida y al tiempo saber escuchar la invitación para adentrarnos en otros mares

 


Saber ponernos a remar con confianza mar adentro en búsqueda constante de la señal de la vida y al tiempo saber escuchar la invitación para adentrarnos en otros mares

Romanos 10, 9-18; Sal 18; Mateo 4, 18-22

Búsqueda y llamada. Dos palabras en las que quiero centrar el mensaje que hoy se nos puede ofrecer en esta fiesta de san Andrés.

¿Qué buscamos? ¿Qué buscas? ¿Qué esperas encontrar? Nos preguntamos a nosotros mismos cuando queremos algo en la vida. Nos hacen la pregunta cuando quizás nos encuentran donde no nos esperaban encontrar, o nuestro interlocutor se da cuenta de que hay poco común en nuestros intereses cuando nos encontramos en ese lugar. Nos la hacemos nosotros aclarando expectativas, comparando lo que se nos ofrece con lo que son nuestros deseos. Son muchas las pistas que se nos abren en esos caminos de búsqueda o en esos caminos de la vida. Es la inquietud que llevamos dentro ansiosos de algo mejor, de algo distinto, de algo que nos haga encontrarnos de verdad.

Quien en la vida se ha cansado de buscar y ha tirado la toalla de sus búsquedas entra en un camino de desolación y un camino de vacío quizás. Forman parte de lo más profundo de nuestro ser esas búsquedas que vamos haciendo en la vida y quizás nunca se acaban. Quien se siente desolado y se detiene en sus búsquedas entra en un camino de nada, un  camino de muerte de su ser existencial. Búsquedas que nos dejan insatisfechos porque queremos más, porque queremos lo mejor, porque queremos llegar más lejos, porque buscamos apuntar más alto. Cuántas cosas podemos decir del sentido de la búsqueda.

Fue la pregunta que les dirigió Jesús a aquellos dos discípulos de Juan que inquietos por lo que el Bautista anunciaba, pero también por sus palabras en aquella mañana, les habían puesto en camino. ‘¿Qué buscáis?’ Evidentemente Andrés andaba buscando algo cuando se había venido desde su Betsaida natal ahora a las profundidades del Jordán, allá cercano quizá a los desiertos de Judea, porque había un profeta que anunciaba algo. Pero no se había quedado en el Jordán, ante las palabras del Bautista se había puesto en camino de nuevo, ahora en compañía del joven Zebedeo detrás de aquel a quien Juan había señalado como el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo. Ya solo por eso es merecedor de que lo tengamos en cuenta y nos fijemos en su vida.

Habían ido, habían estado con Jesús, y a la mañana siguiente ya se está convirtiendo en portador de buenas nuevas anunciándole a su hermano que habían encontrado al Mesías. Pero todo no se había quedado ahí. Aquella estancia con Jesús, aquellas palabras que escuchaba al nuevo profeta de Galilea seguían rondando en su corazón, pero él seguía en sus tareas, en sus obligaciones con su hermano y con la barca para salir a pesar y ganarse el sustento. Fue necesario otro paso. Y el paso fue el de Jesús a su lado, que se acercaba a ellos allá en la orilla del lago. ‘Venid conmigo y os haré pescadores de hombres’, había escuchado entonces y presto lo había dejado todo para seguirle.

O sería en aquel otro momento en que Jesús se tomaría prestada la barca para enseñar a la gente desde la orilla, pero luego les había invitado a remar mar adentro porque había que echar de nuevo la red para pescar, aunque en la noche anterior nada habían cogido.  Pedro, su hermano, había sido el más decidido en esta otra ocasión porque creyendo en la palabra de Jesús había echado la red a pesar de todo lo que lo aconsejaba en contra. Y la redada de peces fue tan grande que necesitaron pedir ayuda. Y ahora se había repetido la invitación del Maestro ‘venid conmigo y os haré pescadores de hombres’. Y claro que lo habían dejado todo. Había encontrado, pero sobre todo había sido llamado.

Es importante la búsqueda. Ha de ser una actitud fundamental en la vida. Está en ello nuestro vivir, nuestro ser, el sentido y el valor de la vida. Pero cuando nuestra búsqueda no se queda solo en el ras de tierra, sino que quiere elevarse en un más allá lleno de trascendencia, tenemos que saber tener la humildad de dejarnos encontrar, de ponernos a remar mar adentro con la confianza en el corazón y de escuchar la llamada tan importante para que todas nuestras cortinas se descorran y podamos encontrar la luz verdadera. Solo Dios va a descorrer esa cortina, solo Dios es el que va hacer esa llamada a nuestro corazón, solo Dios es el que abrirá ante nuestros pasos caminos de plenitud.

Busquemos, sí, pero escuchemos esa voz, esa llamada, esa invitación y traspasemos esa puerta sin miedo ni temor, que con quien nos vamos a encontrar es el que va a dar la mayor plenitud a nuestra vida. Hoy lo descubrimos en el camino y en la vida de Andrés, el pescador de Galilea, el hermano de Simón Pedro, el apóstol del Señor a quien estamos celebrando.

 

lunes, 29 de noviembre de 2021

Copiemos la fe, la confianza, la humildad del centurión dejando que Jesús llegue a nuestra vida desterrando los complejos de que el mundo nos vea como creyentes

 


Copiemos la fe, la confianza, la humildad del centurión dejando que Jesús llegue a nuestra vida desterrando los complejos de que el mundo nos vea como creyentes

 Isaías 2, 1-5; Sal 121; Mateo 8, 5-11

Cuando tenemos que hacer una petición, presentar una súplica o una instancia ante algún organismo o alguna entidad determinada, solemos muchas veces decir, bueno vamos a echarla a ver si tenemos suerte y lo conseguimos, que siempre con el no vamos por delante. Será mucha quizás la necesidad de aquello por lo que estamos suplicando, pero parece muchas veces que vamos con la derrota por delante, somos demasiado conformistas en si lo conseguimos o no lo conseguimos, nos falta confianza en nosotros mismos, pero también por supuesto desconfiamos del poderoso o de aquel que tiene en sus manos la resolución de lo que pedimos.

Pero eso nos sucede también en nuestra vida espiritual, en nuestra vida religiosa, y nos cansamos y aburrimos en nuestras oraciones no tenemos la confianza de una fe profunda en nuestro interior. Y claro, luego decimos, Dios no nos escucha. Pero ¿con qué confianza has presentado tu oracion? ¿Cuál es la seguridad interior que tenemos cuando nos presentamos a Dios?

Es todo lo contrario de lo que vemos hoy en el evangelio en el caso de aquel centurión que viene a pedirle a Jesús por el criado que tiene en casa muy enfermo. Tiene la seguridad de que Jesús le va a escuchar, que no será necesario ni siquiera el que Jesús vaya a su casa para curarle.

Cuando el centurión le cuenta a Jesús su problema, del criado que tiene enfermo de muerte, y Jesús le dice que El va a curarlo – Jesús que se quiere acercar junto al lecho del enfermo, como hizo con la hija de Jairo, como hizo con el paralítico de la piscina, como le vemos tantas veces a lo largo del evangelio – aquel centurión le replica. ‘Señor, no soy digno…’ tú puedes hacerlo con tu palabra, igual que yo le doy órdenes a mis soldados o a mis criados para que hagan las cosas. Pero es que yo no soy digno de que entres en mi casa.

¿Se sobresaltó aquel hombre porque Jesús le dijo que iba a ir a su casa? Ya sabemos que lo que predominaba en aquel corazón era la fe, una fe humilde, pero una fe grandiosa. Algunas veces quizás nosotros nos sobresaltamos por nuestros miedos, por no querer quizá comprometernos, porque la presencia de Jesús nos interroga por dentro, porque el encuentro con la gracia cambiaría quizás muchas cosas en mi vida.

Pedimos, pero quizás nos quedamos en unas posturas lejanas y poco comprometidas, unas posturas llenas de temores y de complejos, porque quizá no queremos que los demás se enteren. Y no dejamos que el sacerdote llegue junto al lecho de un familiar enfermo disculpándonos que el enfermo se va a morir del susto; y no queremos que nos vean que nosotros somos muy religiosos; y no nos manifestamos públicamente con nuestra fe, porque ahora no sé lo que van a pesar de mi; no queremos llevar visible un signo religioso porque parece que eso chocaría con la mentalidad de nuestro alrededor que decimos tan moderna; y disimulamos nuestras posturas o nuestros principios porque para la gente de ahora no son las cosas políticamente correctas… Cuántos disimulos, cuántas posiciones ocultas, cuántas cobardías, cuántos miedos, cuántos complejos…

Pero aquel centurión si no quería que Jesús fuera a su casa no era sino porque no se consideraba digno; él confiaba plenamente en la palabra salvadora de Jesús y era solamente eso lo que necesitaba; él no se quería poner con exigencias aunque desde su posición de poder como centurión pareciera que fuera una postura fácil, aunque con Jesús ya sabemos que eso no valía. Mereció la alabanza de Jesús. ‘En todo Israel no he encontrado en nadie tanta fe’. Y aquel centurión no era un israelita, era un romano, era un gentil.

¿Necesitamos algo más? copiar la fe, la confianza absoluta y la humildad de aquel hombre.

domingo, 28 de noviembre de 2021

Cuando amamos a alguien de verdad, así será la intensidad con que lo esperamos y lo deseamos preparando el momento del encuentro, como es el camino del Adviento

 


Cuando amamos a alguien de verdad, así será la intensidad con que lo esperamos y lo deseamos preparando el momento del encuentro, como es el camino del Adviento

Jeremías 33, 14-16; Sal. 24; 1Tesalonicenses 3,12-4,2; Lucas 21,25-28.34-36

Cuando amamos a alguien de verdad, así será la intensidad con que lo esperamos, así lo deseamos y así preparamos el momento. Eso es el adviento que estamos comenzando a vivir. Creemos en Jesús, creemos en Dios, pero bien sabemos que la fe no es un acto meramente intelectual o de la voluntad que pongamos en creer; cuando decimos que creemos en Jesús, que creemos en Dios es que lo amamos.

Cuánto tendría que ser nuestro deseo de estar con El, cuánta tiene que ser la intensidad con que esperamos y deseamos encontrarnos con El. Es la tarea de nuestra vida cristiana; es la esperanza de nuestra vida cristiana; es la esperanza que ahora avivamos de manera especial. Con cuánta intensidad tendríamos que estar viviendo el momento presente ‘mientras esperamos la gloriosa venida de nuestro Señor Jesucristo’, como decimos en la liturgia.

Cuando estamos diciendo estas palabras de esperanza en la gloriosa venida de nuestro Señor Jesucristo, estamos haciendo referencia a su segunda venida, la venida final en el final de los tiempos. ‘Veréis al Hijo del Hombre venir entre las nubes del cielo con gran poder y majestad’, nos ha dicho hoy Jesús en el evangelio. ¿Y cuál fue la respuesta que dio ante el Sanedrín al Sumo Sacerdote? ‘Y desde ahora veréis al Hijo del Hombre sentido a la derecha del Poder de Dios y venir sobre las nubes del cielo’. Y no olvidemos la alegoría del Juicio final. ‘Cuando venga en su gloria el Hijo del Hombre, y todos los Ángeles con El, se sentará en el trono de su gloria y serán reunidas ante El todas las naciones…’

¿Qué decimos en el Credo? ‘Subió al cielo y está sentado a la derecha de Dios Padre todopoderoso, y desde allí ha de venir a juzgar a vivos y muertos’. Es su venida en plenitud al final de los tiempos. Es el encuentro pleno y definitivo que vamos a tener con el Señor. Forma parte, pues, de nuestra fe y de nuestra esperanza. Algo, pues, que tiene que estar muy presente en nuestra vida. Algo que tenemos que vivir con toda la intensidad del amor que le tenemos a Jesús. Esperamos al que amamos y ese deseo tiene que hacer subir la temperatura de nuestro amor y de nuestra esperanza.

Claro que tenemos que preguntarnos cuál es la intensidad de nuestra fe, para vivir esta esperanza en el amor. Porque según eso, así tendría que ser nuestra vida. Pero bien, sabemos que las esperas algunas veces pueden hacernos enfriar los ánimos. Más cuando vivimos en un mundo tan materializado que todo lo espiritual se va enfriando, tan preocupado de vivir el momento presente que le quitamos esa trascendencia de futuro con deseos de plenitud. ¿No decimos, o nos dicen muchas veces, de este mundo no nos llevamos nada, vivamos el ahora porque nada más hay? Algunas veces perdemos esa perspectiva de la fe.

Vivir en esta esperanza de la venida del Señor, de ese encuentro en plenitud con el Señor no nos tiene que hacer vivir en el agobio y en la angustia. Quizás muchas veces se nos ha insistido excesivamente en el juicio y en la condena que nos hace olvidar que nos vamos a encontrar con un Dios que nos ama, y tanto nos ama que nos ha entregado a su Hijo para que encontremos la salvación, para ofrecernos la salvación.

Es el Dios que va a poner la balanza toda la intensidad de todo lo bueno, la intensidad que hayamos puesto en nuestra vida y en nuestras responsabilidades con ese mundo que puso en nuestras manos, en la intensidad del amor que hayamos vivido y compartido. Es la verdadera intensidad con que tenemos que vivir el mundo presente, del que también hemos de disfrutar ¿por qué no? porque es Dios el que nos ha dado esa capacidad de la alegría y de la felicidad. Claro que eso nos exige que no nos descuidemos y vivamos la intensidad de todo lo verdadero.

Y es que ese Dios con quien vamos a encontrarnos en plenitud al final ahora mientras caminamos en este valle que tantas veces se convierte en un valle de lágrimas también sacramentalmente se está haciendo presente en nuestra vida. Le podremos sentir en nuestro corazón como podemos escuchar su Palabra, pero le vamos a encontrar en esas cosas buenas de la vida y en cada una de sus circunstancia porque prometió Jesús que estaría con nosotros hasta el final de los tiempos, pero le vamos a encontrar en los hermanos, en los que con nosotros están haciendo el camino de la vida.

La liturgia de la Iglesia nos invita a que pensemos todas estas cosas para que se renueve la esperanza en nuestro corazón cuando iniciamos este tiempo del Adviento. No es solo pensar en la celebración de la primera venida de Jesús y prepararnos para ello como en su momento iremos haciendo a través de este tiempo de Adviento, sino abrir nuestro espíritu a la esperanza en esa segunda venida del Señor al final de los tiempos para lo que también hemos estar preparados.

‘Levantaos, alzad la cabeza, se acerca vuestra liberación…’ nos dice Jesús hoy en el evangelio. ‘Estad, pues, despiertos en todo tiempo… y manteneros en pie ante el Hijo del hombre… Tened cuidado de vosotros, no sea que se emboten vuestros corazones… Entonces verán al Hijo del hombre venir en una nube, con gran poder y gloria’.

sábado, 27 de noviembre de 2021

Vigilancia para no distraernos y oración para abrir nuestro corazón a Dios para escucharle y sentir su presencia

 


Vigilancia para no distraernos y oración para abrir nuestro corazón a Dios para escucharle y sentir su presencia

Daniel 7, 15-27; Sal.: Dn 3, 82-87; Lucas 21, 34-36

Nos podemos distraer, y hay cosas que llaman la atención y nos pueden hacer olvidar la meta final por probar aquello que ahora vemos tan apetitoso. El caminante que emprende la aventura de un viaje por un lugar desconocido tratará de tener en cuenta todas las precauciones para no errar el camino o para no estar dando vueltas y más vueltas en torno al mismo sitio sin encontrar salida.

Pasa si vamos a una ciudad grande y desconocida para nosotros cuando por nosotros mismos queremos encontrar el camino y al final nos damos cuenta que estamos dando vueltas sobre un mismo sitio; confieso que esto de la ciudad a mi me ha pasado en alguna ocasión por ser atrevido y quizás no dejarme aconsejar. Es el caminante que trata de cruzar un desierto o atravesar una cordillera de altas montañas y se proveerá de las mejores brújulas que le orienten (la brújula siempre mira al norte y nos hará descubrir la verdadera dirección del camino) y entonces no le hagan dar vueltas sobre si mismo – hoy diríamos un ‘gps’ en los avances de la vida -; todo es tan parecido y tan desconocido que nos viene la confusión.

Eso son accidentes, vamos a llamarlos geográficos que nos podemos encontrar, pero la vida misma es también un camino donde hay muchas cosas que nos llaman la atención, que nos distraen, que nos pueden hacer olvidar la meta y objetivo final que nos hemos propuesto. Es el camino humano de crecimiento que vamos realizando día a día; es el camino de nuestro espíritu en el que hemos de tratar de darle una profundidad espiritual a lo que somos y en consecuencia a lo que hacemos; es el camino que como cristianos queremos realizar en el seguimiento de Jesús y en la realización de las tareas que a los que creemos en El nos ha encomendado. ¿Verdad que vamos tropezando cada día con muchas cosas que nos impiden esa madurez de la vida, esa espiritualidad profunda y esa vivencia con toda intensidad de nuestra fe?

En estos días finales del año litúrgico, que precisamente terminamos hoy, pero también en las primeras semanas del Adviento se nos habla de los tiempos finales y de ese encuentro definitivo con el Señor, en su segunda venida como iremos escuchando. Nos vale para el verdadero sentido del adviento que mañana iniciamos en toda la amplitud que tenemos que darle, como ya iremos viendo. Jesús nos habla de vigilancia como también nos habla de oración.

Vigilancia para estar atentos a esa llegada del Señor a nuestra vida, ya sea en el momento presente en que hemos de sentir siempre esa presencia del Señor, o ya sea ante la segunda venida del Hijo del Hombre en la plenitud de los tiempos. En distintos momentos nos hablará de la vigilancia como quien está de centinela atento a lo que pueda suceder, o de quien tiene unas responsabilidades que cumplir en donde no se podrá distraer de sus obligaciones. Hoy nos habla de que en cualquier ocasión hemos de estar vigilantes y atentos no dejándonos distraer por nada.

‘Tened cuidado de vosotros, nos dice, no sea que se emboten vuestros corazones con juergas, borracheras y las inquietudes de la vida, y se os eche encima de repente aquel día; porque caerá como un lazo sobre todos los habitantes de la tierra’. Cuidado no se nos emboten los corazones, ya sea porque nos demos a la fiesta y al jolgorio o ya sea, nos dice también, porque los quehaceres de la vida, las inquietudes de la vida nos absorban de tal manera que no seamos capaces de darnos cuenta del día y de la hora. No nos distraigamos.

Nos tiene que hacer pensar. ¿Cuáles son esos afanes y preocupaciones que llegan a embotarnos? Siempre hemos escuchado que hay que saber hacer una escala de valores en la vida. ¿Qué es lo importante y lo primordial? No se trata de eludir responsabilidades o considerar que las cosas pequeñas y secundarias no tienen valor, sino es saber poner cada cosa en su sitio. No nos distraigamos, repito.

Vigilancia y oración, que es estar con el corazón abierto para Dios. con oración pensamos muchas veces solamente en que tenemos que pedirle muchas cosas a Dios, pero oración es mucho más, porque es también abrir nuestro corazón a Dios para escucharle, para sentir su presencia, para darnos cuenta de esa luz que es para nuestra vida dejándonos conducir por su Espíritu.

viernes, 26 de noviembre de 2021

Hay algo que sí es inmutable y permanente que es el amor de Dios y su Palabra, por eso buscamos a Dios y en todo queremos sentir siempre su amor escuchando su Palabra

 


Hay algo que sí es inmutable y permanente que es el amor de Dios y su Palabra, por eso buscamos a Dios y en todo queremos sentir siempre su amor escuchando su Palabra

Daniel 7,2-14; Sal.: Dn. 3, 75-81; Lucas 21,29-33

Todo pasa, decimos algunas veces con un cierto sentido fatídico de destino inexorable ante el que nos tenemos que someter; todo pasa decimos cuando quizás queremos restarle importancia a lo que sucede si acaso no podemos hacerle frente a lo que sucede o nos vemos impotentes sin entender demasiado las cosas; todo pasa quizás pensamos porque nos damos cuenta que las cosas se van transformando, que unas pueden ser raíz y causa de otras, o también que nosotros somos los que vamos construyendo la vida y mucho pueda depender de las actitudes o posturas con las que nosotros nos enfrentemos. ¿Habrá algo que permanezca inmutable, que no tenga cambio, que sea como un sentido permanente para lo que es la vida y lo que nos sucede? Algunas veces parece que no sabemos responder.

Es cierto que la vida es un continuo caminar, pero es un caminar donde somos nosotros los que vamos dando los pasos envueltos por el tiempo, herederos de un pasado, pero siempre con el anhelo de ser constructores de un futuro. Hay cosas, es cierto, que sucede por la naturaleza de las mismas cosas; hay cosas que pueden parecernos que son fruto de un azar; hay fuerzas que provienen de la misma naturaleza y que en su devenir pueden transformar esa misma naturaleza o pueden obligarnos a transformarnos nosotros mismos.

Pero siempre está el hombre, la persona, con su vida, con su propia fuerza, con la creatividad que nace de si mismo, con una capacidad de transformación para mejorar o también para destruir. ¿Qué hacemos? ¿Qué estamos poniendo de nuestra parte? ¿Estaremos contribuyendo a la construcción y desarrollo, o nos habremos convertido algunas veces en destructores?

Pero el creyente sabe que detrás de todo eso, de ese devenir y de ese caminar de la historia, incluso de eso que con nuestra voluntad, con nuestra libertad podemos hacer, está Dios. Nos sentimos su criatura, pero una criatura en cuyas manos ha puesto Dios la misma vida y ese mundo también en que vivimos. Desde Dios que todo lo ilumina, también sentimos la responsabilidad de nuestros actos, de lo que podemos hacer a partir precisamente de esa libertad.

Y hay algo que sí es inmutable, permanente que es el amor de Dios y su Palabra. Y reconocemos que todo eso que ha puesto en nuestras manos desde nuestra vida misma es un regalo de su amor que nos hace grandes, que nos dignifica y que también nos compromete. Por eso el creyente busca a Dios y quiere sentir su amor; busca a Dios y quiere escuchar su palabra para descubrir todo lo que es su designio de amor para nosotros y para nuestro mundo; el creyente confía en Dios aunque muchas veces no termine de comprender cuanto sucede y por qué sucede. Muchos interrogantes pueden surgir en su corazón, pero se fía de Dios, busca a Dios, quiere escuchar a Dios.

A veces nos encontramos con momentos difíciles y oscuros en que nos parece no entender nada; dejémonos iluminar por su palabra, abramos nuestro corazón a la confianza y a la esperanza, intentemos seguir caminando en fidelidad, agarrándonos de su mano como el niño que se confía de su padre y se deja conducir por él. Dios siempre va a hacer surgir algo nuevo incluso de eso tumultuoso y doloroso que nos pueda estar sucediendo. Es la fe y la esperanza que ponemos por encima de todo en Dios y que es nuestra fuerza para caminar, para seguir adelante, para no dejarnos hundir en la oscuridad.

No entendemos pero abramos nuestro corazón a su Espíritu y el irá dictando esos caminos que hemos de seguir, que hemos de seguir construyendo.

jueves, 25 de noviembre de 2021

Con Jesús otra perspectiva se nos ofrece a la vida, por eso aunque mucha sean las sombras levantemos la cabeza para ver al Hijo del Hombre que viene a nuestro encuentro

 


Con Jesús otra perspectiva se nos ofrece a la vida, por eso aunque mucha sean las sombras levantemos la cabeza para ver al Hijo del Hombre que viene a nuestro encuentro

Daniel 6, 12-28; Sal: Dn. 3,68-74; Lucas 21, 20-28

En estos días finales del ciclo litúrgico se nos proponen unos evangelios que nos hablan de los tiempos finales y de la destrucción de Jerusalén con un luego apocalíptico que, hemos de confesar, nos llenan de una cierta angustia y de temor. Podríamos decir que es una reacción normal por nuestra parte, porque a nadie le gusta la muerte ni la destrucción y en cierto modo se nos contagia esa angustia de la que se nos habla para esos tiempos finales.

La muerte siempre es un desgarro en la vida, porque queremos vivir y nos querríamos que la vida se acabara; pensar en el final de algo nos puede traer angustia y desasosiego, porque se producen en nuestro interior incertidumbres y preguntas. ¿Cómo será ese final? Hasta el final de un partido de cualquier deporte si se está viviendo con cierta intensidad produce desasosiego en quienes lo están viviendo o incluso en quienes lo están contemplando. Como no se nos va a producir ese desasosiego si se nos habla del final de la vida o del final del mundo.

Cuando en nuestro entorno contemplamos catástrofes en la naturaleza, ya sea por condiciones climatológicas adversas como temporales u otro tipo de catástrofes como las que se están viviendo en nuestras islas estos días, meses ya, con el volcán, algo dentro de nosotros nos hace estar inquietos, brotan los temores y las angustias ante lo que sucede o ante el futuro incierto que se avecina. Pero como ya hemos reflexionado en otros momentos es reflejo también de esas luchas de la vida a las que cada día hemos de enfrentarnos.

Y hoy Jesús nos dice que levantemos la cabeza, que son momentos de liberación. Nos cuesta entender. Parece más bien todo lo contrario porque lo que se está generando muchas veces es angustia y sufrimiento. ¿Cómo entender las palabras de Jesús? Jesús siempre quiere poner esperanza en el corazón, que no nos falte la paz del espíritu por muy fuertes que sean las tormentas.

¿Qué nos sucede cuando nos vemos envueltos, por ejemplo, en una tormenta? Queremos tener un refugio seguro, no nos queremos sentir solos, queremos el amparo de aquellos seres que nos aman; el niño se refugia en las faldas de su madre, por decirlo de alguna manera, y nosotros buscamos aquellas personas que nos dan seguridad y que infunden con su presencia serenidad en nuestros corazones.

¿Nos sentimos solos ante las incertidumbres de la vida? ¿Nos sentimos como abandonados cuando esas angustias se nos meten en el alma? Quizá la peor angustia sea la de la soledad que nos da inseguridad porque no sabemos a donde agarrarnos, en quien apoyarnos o al menos nos parece que no está junto a nosotros.

Por eso tenemos que escuchar con toda atención las palabras de Jesús. Sus palabras nos dan una seguridad y una confianza, sus palabras quieren llenar de serenidad nuestro corazón. Nos había dicho Jesús en el evangelio. ‘Entonces verán al Hijo del hombre venir en una nube, con gran poder y gloria. Cuando empiece a suceder esto, levantaos, alzad la cabeza; se acerca vuestra liberación’. Que no nos pasen desapercibidas estas palabras.

‘Verán al Hijo del Hombre venir en una nube, con gran poder y gloria’. Nos está diciendo Jesús que no nos vamos a sentir solos, que tiene que haber angustia en nuestros corazones, que El está con nosotros. Es un aspecto que tenemos que resaltar, que no podemos olvidar, la presencia del Señor que se manifiesta a nuestro lado. Algunas veces vamos tan enfrascados en nosotros mismos – fijémonos que la palabra enfrascados significa estar metidos dentro del frasco – que solo estamos viendo lo turbio que pueda haber dentro de nosotros y no vislumbramos la luz que más allá hay.

Por eso nos dice que nos despertemos, que levantemos la cabeza, que no nos materialicemos tanto que solo nos miremos los pies. Nos encerramos y perdemos la perspectiva; no nos miramos sino la punta de la nariz y no vemos lo que hay más allá, no miramos sino las sombras que tenemos dentro de nosotros y no somos capaces de ver la luz que se nos ofrece. Con Jesús otra perspectiva se ofrece a nuestra vida.

miércoles, 24 de noviembre de 2021

No nos acobardemos ni tengamos miedo, mantengamos la firmeza y fidelidad que se manifieste en la perseverancia y encontraremos la salvación

 


No nos acobardemos ni tengamos miedo, mantengamos la firmeza y fidelidad que se manifieste en la perseverancia y encontraremos la salvación

Daniel 5,1-6.13-14.16-17.23-28; Sal.: Dn 3,62-67; Lucas 21,12-19

Mantenerse uno firme en sus convicciones no es fácil. Es más fácil acomodarnos. Es la tentación en la que todos estamos en las distintas facetas de la vida. Hoy se emplea mucho la frase de lo políticamente correcto; o sea aquello que tú tienes que pensar o decir para no ir a la contra de lo que todos dicen; porque ahora quieren mandar los que se creen en mayoría; y no hablo ahora de democracia política, sino del común sentir y hacer de la gente, de lo que todo hacemos. 

Hay corrientes de opinión y ahora todos tienen que pensar según esa corriente de opinión dominante; y las corrientes de opinión las crean algunos que más gritan, o más se manifiestan en la calle o en los medios de comunicación, los que van creando influencias en los demás, en la mayoría de la gente, y a esos hay que creerlos y seguirlos, no se puede ir a la contra. Y entonces para no resultar molestos o incómodos, nos acomodamos (vaya con todo sentido el juego de palabras incómodo-acomodarse). Si alguien quiere opinar distinto lo va a tener difícil. La verdad de la vida tiene que ser algo mucho más profundo.

Por eso al que quiere ser cristiano de verdad le va a costar, no le va a ser fácil. Porque muchas veces tendremos que remar en contra. Nuestros valores y nuestros principios son otros de los que el mundo o la sociedad tratan de imponer. Y nos va a costar mucho la fidelidad. Nuestro punto de partida tiene que ser el evangelio, esa buena nueva que Jesús nos ofrece que se convierte para nosotros en un sentido de vida.

Las motivaciones profundas que nosotros tenemos para nuestro trabajo por la justicia, para la construcción de nuestro mundo desde el amor, para conseguir la verdadera paz que nos dé una felicidad duradera y profunda tienen unas características muy especiales que nosotros mamamos (vamos a decirlo así) en el evangelio. Y eso choca con los intereses del mundo, eso choca con un sentido materialista de la vida, eso choca con los egoísmos que nos asaltan y las posturas interesadas de tanto que solo buscan sus ganancias o sus vanidades. Y nos vamos a encontrar entonces con un mundo enfrente, al menos con muchos que no les convencen nuestras ideas y tratarán de destruir lo que nosotros vayamos construyendo sin importarles el destruirnos a nosotros también.

Y de eso es de lo que nos está previniendo Jesús en el evangelio cuando nos habla de persecuciones y de cárceles o de que nos vamos a encontrar enfrente quizás hasta los más cercanos que tengamos a nuestra vida como pueden ser nuestros familiares o aquellos que consideramos amigos. ‘Os echarán mano, os perseguirán, entregándoos a las sinagogas y a las cárceles, y haciéndoos comparecer ante reyes y gobernadores, por causa de mi nombre… Y hasta vuestros padres, y parientes, y hermanos, y amigos os entregarán, y matarán a algunos de vosotros, y todos os odiarán a causa de mi nombre…’

Pero Jesús nos dice que no nos acobardemos, que no tengamos miedo, que no estemos preocupándonos demasiado en como hemos de hacer nuestra defensa, porque su Espíritu estará con nosotros.  ‘Esto os servirá de ocasión para dar testimonio. Por ello, meteos bien en la cabeza que no tenéis que preparar vuestra defensa, porque yo os daré palabras y sabiduría a las que no podrá hacer frente ni contradecir ningún adversario vuestro’.

Termina Jesús hablándonos de la firmeza, de la fidelidad de nuestra vida. Firmeza y fidelidad que se ha de manifestar en la perseverancia. Eso que nos cuesta tanto. Pronto nos cansamos. Pronto tiramos la toalla. Pronto nos parece todo tan oscuro que perdemos las ganas de luchar, de esforzarnos, de seguir adelante. ‘Con vuestra perseverancia salvaréis vuestras almas’, nos dice Jesús.

Vemos a tantos en la vida, en diferentes aspectos o en diferentes situaciones que cuando encuentran la dificultad ya van derrotados, que podemos nosotros terminar haciendo igual. Además muchas veces queremos que la salida sea a nuestra manera, pero Dios abre caminos nuevos y distintos delante de nosotros. Si permanecemos fieles aun en los momentos más oscuros veremos que al final la luz de Jesús no nos faltará. Como nos dice hoy ‘ni un cabello de vuestra cabeza perecerá’. Confiemos en el Señor, en su Palabra, en la fuerza de su Espíritu que estará siempre con nosotros.

martes, 23 de noviembre de 2021

Necesitamos saber estar con un testimonio de fe y de esperanza al lado de los que pasan por momentos oscuros que les hace perder el rumbo de sus vidas

 


Necesitamos saber estar con un testimonio de fe y de esperanza al lado de los que pasan por momentos oscuros que les hace perder el rumbo de sus vidas

Daniel 2,31-45; Sal.: Dn 3,57-61; Lucas 21,5-11

Confieso que algunas veces me siento impotente cuando me encuentro con alguien que ha perdido las esperanzas en su vida, se siente derrotado, se siente solo sin saber a donde tender una mano para encontrar un apoyo, te dice que se encuentra como en un túnel oscuro al que no le ve salida. Ha perdido las esperanzas y la ilusión, se siente sin fuerzas para luchar y camina como desorientado sin saber qué camino tomar. Son tormentas difíciles muchas veces de superar. Es en la lucha de los problemas personales desde el interior de su corazón, son los problemas que le va presentando la vida algunas veces uno tras otro sin soluciones intermedias, es una vida en la que cuesta mirar hacia arriba porque se encuentra tan embarrado que no sabe quitarse ese barro que le atenaza los pies.

¿De qué le hablas? ¿Qué le puedes decir que a él no le suenen como palabras repetidas y para él vacías de sentido? Quizás nos embarramos tanto en la vida presente, en lo material, en esos problemas que van surgiendo que nos cuesta mirar hacia lo alto y no hay altura de miras en su corazón. El mundo parece que se les viene encima y su vida la ven como una ruina.

¿Qué hacemos? al menos ponernos a su lado con la esperanza que aún queda en nuestro corazón, caminar su camino pero sintiéndonos nosotros seguros de nuestra esperanza, aunque algunas veces no sepamos como manifestarla. Esas personas necesitan un testimonio, algo que ellos vean en los demás que les pueda dar luz, y eso es lo que un creyente tiene que hacer al caminar a su lado, sintiendo la debilidad también, pero con el paso firme de quien sabe apoyarse en el Señor. Es difícil también el camino para el que acompaña, pero el creyente sabe donde encontrar el camino y la luz para ese camino.

Hoy el evangelio – y lo vamos a escuchar de una manera u otra en los próximos días – nos habla de los tiempos finales. Parte Jesús del esplendor del templo de Jerusalén que están contemplando anunciando que un día todo eso se vendrá abajo y no quedará piedra sobre piedra. Cuando el evangelista nos trascribe estas palabras de Jesús ya esas cosas habían sucedido, porque en los años setenta de aquel primer siglo fue la destrucción de Jerusalén. Pero ahora en el relato simplemente nos refleja lo que era el pensamiento de los judíos y de los seguidores de Jesús en aquel momento. Por eso Jesús les dice que tendrán tiempos finales, pero que ese tiempo final no es tan inmediato.

Pero en esas palabras de Jesús también podemos reflejadas esas circunstancias que nos acompañan en la vida, tal como veníamos describiendo desde el principio de esta reflexión. Jesús nos invita a la confianza y a creer en su palabra, como nos dirá en otros momentos. Cuando la cena pascual los discípulos intuían que algo difícil había de pasar y Jesús les invita a confiar en su palabra, Jesús les invita a fiarse de El y hacer su mismo camino. Yo soy el camino y la verdad y la vida, les dirá entonces.

Es lo que tenemos que saber seguir escuchando en estos momentos difíciles por los que podamos estar pasando. Serán circunstancias de la vida semejante a lo que antes describíamos, o serán también las circunstancias y momentos difíciles que podamos estar pasando por otros motivos. También el mundo parece que se nos viene encima, cuando contemplamos catástrofes naturales que llenan todo de destrucción y parece que hacen perder las esperanzas a aquellos que las están padeciendo.

Es difícil estar al lado de esas personas, tampoco sabemos en ocasiones cómo levantar el ánimo, pero lo que antes decíamos, tenemos que saber estar ahí con el testimonio de nuestra vida, con nuestro amor y con nuestra solidaridad, con el saber estar cerca y hacer que nuestra serenidad nacida de nuestra fe y nuestra esperanza trate de contagiar a los que están pasando por momentos oscuros.

Ahí está el testimonio de fe y de esperanza que nosotros los que creemos en Jesús siempre tenemos que saber dar. Habrá quien no lo entienda, porque buscan otras soluciones, pero nuestro testimonio no puede faltar.

lunes, 22 de noviembre de 2021

Compartir con generosidad es mucho más que desprendernos de unas monedas, necesitamos saber desprendernos de nosotros mismos, de nuestro orgullo y amor propio

 


Compartir con generosidad es mucho más que desprendernos de unas monedas, necesitamos saber desprendernos de nosotros mismos, de nuestro orgullo y amor propio

Daniel 1, 1-6. 8-20; Sal.: Dn 3, 52-56; Lucas 21, 1-4

Don… sí que es generoso, escuchamos decir, mira cuanto ha hecho por la Iglesia. A nuestra parroquia no le falta nada porque el atiende cualquier necesidad que tenga la parroquia… Puede ser el pensamiento que tengamos o lo que escuchemos decir a personas de buena voluntad, y es cierto que esa persona se gasta sus dineros en comprar lo que haga falta. Pero quizá al mismo tiempo vamos mirando de reojo porque a la hora de hacer una recaudación alguna persona no dio sino unas monedillas.

¿Qué sabes tú de la situación de esa persona? Cuidado no nos quedemos en las apariencias y en nuestros juicios tanto laudatorios como de minusvaloración de lo que los otros hacen. Es un peligro y una tentación. Aquel que está dando mucho tendrá quizás unas buenas finanzas y si aporta todo eso nunca le faltará para seguir con sus ganancias o sus negocios. Aquel que ha dado poco tenemos que quedarnos en silencio ante su secreto que no tenemos por qué ni desvelar ni juzgar.

Es la lección que nos da Jesús hoy en el evangelio. No hace muchos días ya lo hemos leído y comentado. Jesús se había fijado en quienes entraban al templo y en este caso ostentosamente hacían alarde de sus posibilidades con sonadas limosnas en el arca de las ofrendas. Sonadas, porque como dirá Jesús en otra ocasión algunos van tocando trompetas por las esquinas cuando van a hacer alguna limosna para que todos vean su generosidad. En esta ocasión Jesús se ha fijado en aquella mujer que además era viuda y pobre y con gran generosidad de corazón en aquellos dos reales que depositó en el arca estaba poniendo cuanto necesitaba para vivir.

Pero aquella mujer pasó desapercibida. Para todos menos para Jesús. El conoce el corazón del hombre. ¿Quién se iba a fijar en aquella mujer? Era mujer, era viuda, y además pobre lo que en aquella sociedad agravaba más la situación. Una serie de circunstancias concomitantes además propicias para que nadie se fijara en ella. Eran más sonadas y aplaudidas las generosidades aparentes de aquellos que se las daban de generosos.

Siempre este pasaje del evangelio nos ha servido de punto de examen para ver nuestra generosidad. Y tenemos que decir también nuestra forma de dar. Aquí nos recuerda lo que nos dirá Jesús en otro lugar del evangelio, que no sepa tu mano izquierda lo que hace la derecha. Quien tiene que ver lo que llevas en el corazón es Dios, y El bien que nos conoce. Todavía nos quedan en muchos lugares placas de agasajo y reconocimiento, repartos de diplomas. No significa que no tengamos que ser agradecidos con quienes son generosos, pero la gratitud y valoración verdadera no está en una placa o un diploma que amontonamos en un rincón llenos de polvo y el tiempo envejecerá o el viento se llevará.

Es lo que nos dirá Jesús en otro momento de que guardemos nuestros tesoros en el cielo. Allí no habrá ladrón que nos los robe; allí no hay polilla ni carcoma que lo eche a perder. Lo estaremos haciendo cuando aprendamos a compartir con generosidad; cuando seamos capaces de desprendernos incluso de nosotros mismos. No es cuestión solo de desprendernos de unas monedas o unas riquezas, sino lo importante es el desprendimiento interior que vence todo orgullo y todo amor propio. Eso cuesta muchas veces mucho más que desprendernos de unas monedas.

domingo, 21 de noviembre de 2021

Para celebrar a Jesucristo rey del universo nos revestimos de las túnicas enrojecidas por la sangre del amor y que han sido lavadas y purificadas en la sangre del Cordero

 


Para celebrar a Jesucristo rey del universo nos revestimos de las túnicas enrojecidas por la sangre del amor y que han sido lavadas y purificadas en la sangre del Cordero

Daniel 7, 13-14; Sal. 92; Apocalipsis 1, 5-8; Juan 18, 33b-37

Cuando llegamos al último domingo del año litúrgico – entramos en la última semana puesto que ya el próximo domingo iniciamos otro ciclo con el Adviento – la liturgia nos propone esta fiesta de Cristo Rey del universo como resumen y conclusión de todo lo que han sido las celebraciones a lo largo del año, celebrando el misterio de Cristo.

Es una fiesta realmente reciente en la liturgia de la Iglesia, pues se inició en el primer tercio del siglo pasado, aunque su celebración tenía lugar en el último domingo de octubre; fue con la reforma del año litúrgico a partir del Concilio Vaticano II cuando se trasladó a este último domingo. Una fiesta nacida en unas connotaciones particulares que se vivían entonces en la Iglesia y en el mundo y que de alguna manera nos marca la imagen que en el fondo tenemos de esta fiesta con signos inequívocos de un sentido de cristiandad que se vivía en aquel momento; las imágenes de la realeza de Cristo están un poco marcadas de un cierto triunfalismo pero que con la reforma litúrgica en cierto modo se han querido purificar.


Aunque con esa tradición reciente, como hemos mencionado, sin embargo era la imagen de Jesús que se presentaba en los primeros siglos del cristianismo. Aquellos bellos mosaicos del Pantocrátor de muchas iglesias orientales y realizadas luego también en el occidente cristiano nos presentan esa figura de Jesús como el centro de toda la creación, en cierto modo, como ahora queremos expresar como Rey del universo. Ya san Pablo en los himnos litúrgicos que nos recoge en sus cartas nos habla precisamente de ese recapitular todo en Cristo.

En el evangelio de la liturgia de este ciclo precisamente se nos presentará a Jesús en el momento que humanamente menos se nos puede presentar como rey, pero que sin embargo recoge todo su sentido profundo de la realeza de Cristo. Jesús está siendo juzgado ante el procurador romano donde le acusan de que se ha venido presentando como rey desde Galilea hasta llegar ahora a Judea. Y ahí surge la pregunta de Pilato, ‘¿Con que tú eres rey?... ¿eres tú el Rey de los judíos?’

‘Mi reino no es de este mundo… mi reino no es de aquí…’ le responde Jesús. No tiene ejércitos que ahora vengan a defenderle o a vengarle. El puñado de sus más fieles y cercanos seguidores, a la hora del desprendimiento, se dispersó y huyeron. Allá estarán algunos encerrados en el cenáculo por miedo a lo que les pudiera pasar. Pero Jesús no niega que sea rey.

Es otra la manera. Es lo que les había enseñado a sus discípulos, no habían de aspirar a ser como los poderosos y reyes de este mundo. Eran otros los valores; era otro el sentido; quien quisiera ser grande tenía que hacerse el último y el servidor de todos. Y es como ahora vemos a Jesús, como el último, despreciado por todos, abofeteado por la soldadesca, humillado al ser presentado como rey pero para la burla y comparado con un malhechor al que la gente prefiere.

‘Tú lo dices, soy rey; yo para esto he nacido y para esto he venido a este mundo, para dar testimonio de la verdad’. Lo tiene claro Jesús. Pilato preguntará qué es la verdad, porque no había oído antes a Jesús proclamar ‘Yo soy el camino, y la verdad, y la vida’. Ahora la estaba demostrando con su entrega, con su amor. 

Había anunciado Jesús el Reino de Dios desde el principio y nos había ido señalando sus características que no acabábamos de entender. Ahora lo podemos comprender, aunque las gentes griten en su contra; ahora será proclamado desde lo alto de la cruz, aunque los judíos querrán que se cambie el título; ahora está siendo el más grande porque es el último, porque es el que más ama, porque es el que entrega su vida por los que ama, que entrega su vida por nosotros. Tenemos que proclamar en verdad que Jesús es Rey.

Y a ese Rey queremos seguir nosotros, a ese Reino ponemos en el centro de nuestros corazones, en ese estilo nosotros queremos vivir, de ese reinado nosotros queremos participar, de ese sacerdocio nosotros nos queremos revestir. Con crisma hemos sido consagrados, como eran consagrados los reyes, los profetas, los sacerdotes, para ser con Cristo sacerdotes, profetas y reyes.

No olvidemos lo que ha significado el bautismo para nosotros. Ha sido un nacer de nuevo, un hombre nuevo que es con Cristo Sacerdote, profeta y rey. Ese perfume del crisma (sabemos que está hecho de aceite y perfume) nosotros tenemos que hacer notar en ese estilo nuevo que vivimos. Por eso el cristiano allá por donde pasa va dejando tras de sí ese perfume del amor.

Y es eso lo que hoy estamos celebrando. No nos revestimos de aterciopelados ropajes ni llevamos sobre nuestras cabezas doradas coronas; nos revestimos de la túnica de Cristo enrojecida con su sangre derramada por el amor; es lo que nos tiene que distinguir, porque esas túnicas han sido lavadas y purificadas en la sangre del Cordero y así un día formaremos parte de esa multitud innumerable que canta la gloria de Dios en el cielo.

Ahora ya comenzamos a entonar ese cántico de gloria con nuestra entrega y nuestra solidaridad, con nuestro amor y con la generosidad de nuestro corazón, con el espíritu de servicio y cuando hemos sido de verdad capaces de hacernos los últimos y servidores de todos. Es la forma como tenemos que celebrar que Jesucristo es el Rey del universo.