Vistas de página en total

sábado, 29 de agosto de 2020

Un testimonio de fidelidad que hace resplandecer la verdad, el bien, la justicia, la solidaridad, el amor

 


Un testimonio de fidelidad que hace resplandecer la verdad, el bien, la justicia, la solidaridad, el amor

1Corintios 1, 26-31; Sal 32; Marcos 6, 17-29

No podemos confundir la fidelidad con la cabezonería nacida del orgullo o del amor propio pero que no sabe descubrir la rectitud de lo que hacemos. Hoy lo vemos claramente contrapuestos en los dos personajes del evangelio, Juan el Bautista, y el rey Herodes.

Brilla la fidelidad del Bautista en el anuncio profético que con su palabra y con su vida cuando anuncia la llegada del Mesías e invita a las gentes a preparar los caminos del Señor va señalando a cada uno cuales son los caminos que ha de enderezar señalando como siempre habrá que obrar en rectitud y justicia anteponiendo por encima de todo el amor. Su palabra es clara, sus gestos son proféticos, la denuncia del mal y de la injusticia están bien presentes en su palabra profética y el testimonio de fidelidad a esa Palabra de Dios que quiere trasmitir hasta el final. Todo quedará rubricado con su sangre al ser decapitado en su martirio, pues es testigo de la verdad y de la justicia hasta derramar su sangre por ello.

Enfrente, Herodes con su vida disoluta y llena de vicios. Aunque siente en su corazón la verdad de la palabra del Bautista y hasta se dice que le agradaba escucharle, el vicio y la pasión lo ciegan para hacerse sordo ante el profeta e instigado por quien es causa también de su ciega pasión tener encerrado en la mazmorra al Bautista porque no le agradaba la denuncia que había de su mal en sus palabras proféticas.

Cuando nos cegamos y caemos en las redes de la pasión todo es una pendiente peligrosa en la que parece que no podemos parar y como en una terrible espiral crece y crece el mal en el corazón. Es lo que le sucedió en aquella fiesta en el que la lujuria de todo tipo se había adueñado de sus corazones y ante la sensualidad del baile de la hija de Herodías promete y promete regalar hasta la mitad de su reino si así se lo piden. Aquella palabra y promesa insensata de la que no sabe volverse atrás aunque comprenda la maldad y crueldad de lo que le piden, por aquello de la fidelidad a una palabra dada y por miedo a perder el prestigio ante sus invitados, llevará a la muerte del bautista.

Ya decíamos que no podemos confundir la auténtica fidelidad con la cabezonería del orgullo y la pasión cuando incluso está en juego la vida de una persona. No se puede llamar fidelidad ese permanecer en una palabra dada cuando eso conduce a obrar el mal y la injusticia. La pasión nos ciega tantas veces, la cobardía nos encierra en nosotros mismos y nos hace temerosos, los prestigios del mundo nos llenan de vanidades que al final son vacíos para el alma y todo terminará volviéndose oscuro en nuestro interior y en nuestra vida toda.

Creo que este testimonio que hoy nos ofrece la Palabra de Dios en el martirio del Bautista nos tiene que llevar a hondas reflexiones para nuestra vida. Queremos quedar bien, mantener nuestros prestigios, dar una apariencia de persona buena y complaciente, tratar de agradar a todos y a todos complacer, pero cuidado nos veamos envueltos en esas vanidades que terminarán llevándonos a la ruina. Son pendientes resbaladizas y peligrosas.

Nuestro testimonio verdadero tiene que ser el de una vida recta y honrada, que busca el bien y la justicia, que hace resplandecer la generosidad y la solidaridad en un amor auténtico y que no se deja cautivar por respetos humanos ni por la adulación, y que si mantenemos nuestra fidelidad hasta el final es porque sabemos muy bien de quien nos hemos fiado.

viernes, 28 de agosto de 2020

Cuidado estemos llegando tarde para iluminar la sala del banquete de la vida porque nos hemos dormido y encima no tengamos el aceite del evangelio

 


Cuidado estemos llegando tarde para iluminar la sala del banquete de la vida porque nos hemos dormido y encima no tengamos el aceite del evangelio

1Corintios 1, 17-25; Sal 32; Mateo 25, 1-13

Señales de responsabilidad y de madurez humana que hemos de ir dando en la vida es tomarnos en serio lo que traemos entre manos, asumiendo con seriedad lo que son nuestras obligaciones y haciendo las previsiones necesarias ante lo que puede suceder para estar siempre preparados y saber asumir en cada momento nuestra responsabilidad. No podemos hacer dejación de nuestra responsabilidad pensando que ya eso lo resolveremos cuando se presente y buscaremos remedio a última hora. Nuestra responsabilidad no nos permite actitudes y posturas así que parecen muy cómodas.

No es que vivamos con agobio y ansiedad angustiándonos ante el futuro que no conocemos, no es que vivamos obsesionados acumulando y acumulando cosas por si un día las podemos necesitar; son cosas que suceden y personas que viven así y entonces nunca tienen paz y sosiego, siempre andan preocupadas, viven en un agobio permanente que también se les hace difícil tolerar a los que están a su lado. Pero la responsabilidad, la previsión necesaria, la preparación es algo que tampoco podemos dejar de lado. Ahí está la sabiduría de vivir estas situaciones y siempre con paz en el espíritu.

Hoy nos habla Jesús en el evangelio de esa responsabilidad y de esa necesaria vigilancia. No nos podemos dejar dormir en la vida. Y no es solo aquello del refrán (al menos en mi tierra) de ‘camarón que se duerme se lo lleva la marea’. Es el saber asumir bien nuestras responsabilidades. Nos propone una parábola a partir de lo que eran las costumbres de la época para las bodas. El novio vendría que con sus amigos a buscar a la novia para casarse, pero las amigas de la novia en deferencia habían de salir al camino para esperar la llegada del novio. Habían de ir provistas de unas lámparas, que por una parte iban a iluminar el camino de la llegada del novio sobre todo si era en la noche por cualquier motivo, y que luego servirían para iluminar la sala del banquete y de la fiesta nupcial.

Diez fueron las jóvenes encargadas de esa misión. Pero el esposo tardó y hasta se durmieron en la espera. Cuando se escucha la voz de la llegada del novio se prestaron a aderezar sus lámparas, pero las lámparas se apagaban por falta de aceite. Y aquí viene la lección, algunas fueron previsoras y tenían suficiente aceite de repuesto, pero la mitad de ellas se vieron con las lámparas apagadas y sin aceite con que realimentarlas. No les quedaba otra que ir a buscar aceite, pero entre una cosa y otra el esposo llegó, y con las que estaban preparadas entraron a la sala del banquete cerrándose luego la puerta. Cuando llegaron las que fueron a reponer el aceite la puerta estaba cerrada y no se abrió para ellas.

Muchas veces hemos meditado este pasaje del evangelio. Muchas veces nos hemos preguntado por ese aceite y si en verdad nosotros tenemos el suficiente para que se mantenga encendida la lámpara en nuestras manos. Muchas veces hemos recordado nuestro bautismo y ese momento en que se puso también en nuestras manos una vela encendida en la luz de Cristo resucitado. Y nos hemos hecho muchas consideraciones. Seguro que cada uno mientras hemos ido escuchando este pasaje y meditando sobre él ya nos hemos estado preguntando sobre nuestra responsabilidad y vigilancia.

Pensemos si acaso los cristianos hemos dejado de reflejar la luz de Jesús para nuestro mundo; acaso hayamos enturbiado la luz y no brille con la misma fuerza y no ilumine con el mismo ardor esos caminos oscuros de nuestro mundo. Pensemos si acaso no nos habremos dormido pensando que la luz estaba segura, que ya estaba todo hecho, que por sí misma la Iglesia está haciendo resplandecer esa luz, pero esa luz la hemos enturbiado, el testimonio que estamos dando no es el verdadero, quizá nos hayamos contaminado con las luces de nuestro mundo, acaso podamos estar creando confusión porque ya no resplandece con el mismo ardor el evangelio de Jesús.

¿Estaremos llegando tarde porque nos hemos dormido? ¿estaremos nosotros mismos creando confusión porque habíamos abandonado la vigilancia y porque no nos hemos preparado debidamente llenando nuestros depósitos con el aceite del evangelio y ahora a última hora vamos a buscar lo que sea y donde sea, pero ya no es el evangelio de Jesús? ¿Nos habremos dormido tanto que ahora nos dejamos arrastrar por cualquier corriente olvidándonos del evangelio de Jesús? ¿Cuáles son las verdaderas prioridades en sintonía con el evangelio del Reino de Dios? Triste sería que ya nuestras luces no nos valgan para iluminar la sala del banquete de la vida porque incluso para nosotros se nos hayan cerrado las puertas.

jueves, 27 de agosto de 2020

Hay muchos signos de la presencia del Señor en cuanto nos sucede que nos invitan a la vigilancia y avivan la esperanza

 


Hay muchos signos de la presencia del Señor en cuanto nos sucede que nos invitan a la vigilancia y avivan la esperanza

1Corintios 1, 1-9; Sal 144; Mateo 24, 42-51

Vigilantes… porque esperan algo y se preparan para su llegada; es el familiar que se espera después de larga ausencia y estamos ansiosos de su encuentro; es el amigo que nos ha prometido una visita y nos preparamos para cómo mejor agasajarle. Vigilante el que por seguridad tiene que cuidar de un edificio, de una institución; vigilante el que cuida del orden público para evitar desórdenes y atropellos; pero vigilante está el padre o la madre en el cuidado de sus hijos a los que ve crecer y que no quiere que les pase nada malo, como vigilante está el médico o la enfermera ante el paciente que está hospitalizado esperando su curación pero poniendo todo de su parte para buscar los mejores remedios.

Podíamos seguir describiendo situaciones y tendríamos que decir que todos nos sentimos vigilantes de alguna manera, de nuestra propia vida, de nuestras posesiones o en la espera de un futuro mejor. Y nuestra vigilancia que se fundamenta en la esperanza sin embargo nunca puede ser algo pasivo, sino que nos exigirá atención como nos pedirá el esfuerzo de no caer en un sopor pasivo porque nos puede sorprender aquello que esperamos.

Y esa vigilancia no la reducimos a la atención a lo que nos viene de fuera sino que parte del interior de nosotros mismos y atentos estamos a lo que nos sucede de manera personal, pero a lo que nos va sorprendiendo también en nuestro interior para aprovechar lo buenos y las posibilidades que nos surgen, pero también para no perder el equilibrio y el dominio de nosotros mismos en las diversas situaciones con que nos vamos encontrando que algunas veces pueden ser incluso desagradables. Esa vigilancia es también ese deseo de superación interior que nos haga madurar de verdad para que nunca ni nuestras actitudes ni nuestras posturas o nuestros actos puedan dañarnos a nosotros mismos ni dañar a los demás.

De todo esto nos está hablando Jesús hoy en el evangelio. Y nos habla del dueño de casa que vigila cuidadosamente para que el ladrón no se introduzca en la casa y produzca estragos; y nos habla del criado fiel y vigilante que espera la llegada de su amo a la hora que sea para abrir la puerta pero para estar dispuesto para el servicio; y nos habla del que tiene especiales responsabilidades que no puede hacer dejación de su funciones ni aprovecharse de su autoridad para tratar mal a los demás. Habla Jesús de cosas muy concretas en el estilo de vida de entonces y era lo que sucedía en su entorno, pero que tiene rabiosa actualidad en lo que son nuestras responsabilidades hoy en la vida.

Pero Jesús quiere darle aun mayor trascendencia a sus palabras, porque habla de la venida del Señor, y en el fondo nos está hablando también de ese final de nuestra vida donde vamos a ir al encuentro con el Señor de manera ya definitiva, pero que nunca sabemos cuando será el momento. Son tantos los momentos en los que el Señor nos va saliendo al encuentro en la vida en las circunstancias, en los acontecimientos y en las mismas personas con las que nos vamos encontrando. Y es donde tienen que estar abiertos los ojos de la vigilancia, los ojos de la fe para descubrir al Señor que llega a nosotros, a nuestra vida y muchas veces somos tan cegatos que no somos capaces de descubrirlo.

Es también en esos momentos dolorosos, de dificultades y problemas, de contratiempos que podemos tener con los demás donde hemos de escuchar esa voz del Señor que nos habla y que nos llama. Todas aquellas esperas de las que hablábamos al principio como situaciones humanas en las que nos encontramos o podemos encontrar  pueden convertirse para nosotros en signos de esa presencia del Señor.

Es ahí donde tenemos también que hacer crecer nuestra fe para derrumbarnos en las dificultades, aunque muchas veces nos sintamos rotos por dentro. Pero si sabemos descubrir esa presencia del Señor no perderemos la paz, todo nos servirá para crecer, y de todo podemos aprender para dar gloria siempre al Señor.

miércoles, 26 de agosto de 2020

Nuestra palabra y nuestra vida siempre tiene que ser una palabra profética, un testimonio verdaderamente profético aunque no levanten mausoleos en nuestro honor


 

Nuestra palabra y nuestra vida siempre tiene que ser una palabra profética, un testimonio verdaderamente profético aunque no levanten mausoleos en nuestro honor

2Tesalonicenses 3, 6-10. 16-18; Sal 127; Mateo 23, 27-32

‘¡Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas, que edificáis sepulcros a los profetas y ornamentáis los mausoleos de los justo…!’ Estas palabras de Jesús en que recrimina a los fariseos y a los maestros de la ley de su tiempo la hipocresía con que vivían sus vidas me hace pensar en cosas parecidas que hoy también suceden.

También vivimos la hipocresía de los homenajes; quizá en vida no eran personas tenidas en cuenta, más bien en ocasiones y un poco según también lo que fuera la dedicación de esos homenajeados a posteriori se les tomaba por locos, no era precisamente un apoyo lo que recibían en las acciones, pongamos por caso, humanitarias que realizasen, no se les perdonaba cualquier error que cometieran, pero después de muertos todo eran alabanzas y reconocimientos, homenajes y dedicatorias. Como decía alguien, medio en broma medio en serio, a mí los homenajes que me los hagan en vida.

En referencia a ese comentario de Jesús hemos de reconocer que nunca los profetas fueron muy tenidos en cuenta, más bien sufrieron acoso por parte de quienes ostentaban el poder en la sociedad de su tiempo, el pueblo muchas veces les volvía la espalda, y terminaban sufriendo persecuciones violentas e incluso la muerte. Por pensar en algunos tendríamos que recordar lo dura que fue la vida del profeta Jeremías que incluso lo echaron en una cisterna para hacerlo morir allí de hambre desde las manipulaciones de los poderosos de su tiempo a quienes les costaba aceptar las palabras del profeta; a Amós podemos recordar como el sacerdote de Betel le decía que se fuera a profetizar en su tierra pero que no fuera una impertinencia en el Santuario de Dios; a Elías lo vemos huir a las montañas del encono de la reina Jezabel que pretendía suplantar el culto al Dios verdadero por el culto a los baales; y así podemos seguir haciendo un recorrido por todos los profetas hasta Juan Bautista encerrado en Maqueronte, odiado por Herodías, hecho decapitar por Herodes.

Todo esto es una lección para nosotros para que aprendamos a hacer una lectura del hoy de nuestra vida iluminada por la palabra de Dios que siempre es palabra de vida en todos los tiempos y para todos los hombres. ¿De alguna manera no es lo que sigue sucediendo hoy? La Iglesia, los cristianos que tenemos que dar un testimonio de nuestra fe y del evangelio que queremos vivir y con el que queremos iluminar nuestro mundo tenemos el peligro de dejarnos seducir en muchas ocasiones por los halagos del mundo.

Si la Palabra que anunciamos y el testimonio que damos son una palabra y un testimonio edulcorado, donde queremos acomodarnos a lo que la gente quiere escuchar, y andamos con paños calientes seguro que recibiremos muchas alabanzas de los que nos rodean. Entonces sí que somos buenos, según ellos la iglesia está realizando muy bien su función y hasta pueden llegar esos reconocimientos públicos que tanto nos halagan. Cuidado caigamos en esas redes que son muy sutiles. Tendríamos que preguntarnos con toda sinceridad si acaso la Iglesia no pueda estar cayendo en esas redes.

Recuerdo una anécdota del diálogo de un obispo y un sacerdote que vino a visitarle; al preguntarle el obispo si estaba contento en la parroquia que le habían encomendado y si la gente estaba contenta, el sacerdote se apresuró a decir que todo el mundo estaba muy contento con él, que toda la gente lo quería y por ahí se explayaba el sacerdote con un orgullo muy grande en su corazón porque todo el mundo lo quería. Malo, le dijo el obispo, si todo el mundo te quiere es que no estás predicando el evangelio en toda su radicalidad, tu vida sacerdotal no está dando el testimonio que tiene que dar; si así fuera, siempre aparecerían enemigos, gente que estaría en tu contra porque la Palabra que les dices no les puede contentar a todos por igual.

No olvidemos que tenemos que ser profetas en medio de nuestro mundo. Por eso no podemos buscar ni el halago ni las alabanzas de los que nos rodean. No podemos acomodarnos ni seguir simplemente los criterios del mundo. Es una tentación que está ahí muy patente y que con valentía tenemos que superar. Vivamos de manera auténtica el evangelio y sus valores aunque muchas veces nos cueste ir a contracorriente. No nos dejemos emborrachar por los cánticos de alabanza y reconocimientos que el mundo pueda hacernos. Nuestra palabra y nuestra vida siempre tienen que ser una palabra profética, con nuestra vida tenemos que dar un testimonio verdaderamente profético. Con nosotros está la fuerza del Espíritu del Señor, no buscamos la fuerza del espíritu del mundo.

 

martes, 25 de agosto de 2020

Autenticidad, sinceridad y verdad es lo que tiene que resplandecer en nosotros para hacer brillar la profunda espiritualidad que anima nuestra vida

 

Autenticidad, sinceridad y verdad es lo que tiene que resplandecer en nosotros para hacer brillar la profunda espiritualidad que anima nuestra vida

2Tesalonicenses 2, 1-3a. 14-17; Sal 95; Mateo 23, 23-26

Hoy cuidamos mucho la apariencia. Para eso tenemos hasta asesores de imagen; quien nos va a decir cómo tenemos que ponernos, la sonrisa que llevemos en nuestros labios, el lado mejor de la cara que nos va a dar mejor imagen; cualquier figura pública que se precie tiene a su alrededor esos asesores que le van a decir hasta el más mínimo detalle con el que han de manifestarse si quieren conseguir las metas que se proponen, ya sea un lugar destacado en la sociedad, un cargo o lugar público de influencia en esa sociedad, o el camino del poder que poco menos que los haga amos del mundo.

Pero y detrás de todo eso ¿qué queda? ¿Dónde están las ideas y los pensamientos? ¿Dónde queda la personalidad del individuo? ¿Qué es lo que hay en el fondo que define de verdad a la persona? ¿Todo es fachada y apariencia? Como las tramoyas de cartón piedra que nos querían reflejar el mundo antiguo y los grandes monumentos en las ‘películas de romanos’ que veíamos en otros tiempos. Claro que todo sigue siendo tramoya y escenificación, todo siguen siendo efectos especiales que nos transportan a otro mundo y nos alejan de la realidad.

Pero ni venimos a hablar de películas, ni venimos a hablar de esos personajes públicos que necesitan esos asesores de imagen. Pero nos vale la imagen y la comparación que estamos proponiendo para esa tramoya de falsedad e hipocresía sobre la que construimos muchas veces nuestra vida. Jesús es duro hoy en el evangelio con los fariseos a los que llama hipócritas, pero acaso tenemos que pensar si no seguimos hoy en nuestra vida con esas mismas hipocresías. Nos presentamos con minucias y superficialidades cuando quizá nuestro corazón está vacío. Es en lo que tenemos que pensar seriamente.

No podemos ocultarnos tras unos ropajes con que cubramos nuestra vida de apariencia de cosas buenas cuando seguimos siendo ruines en nuestro corazón. Es cierto que queremos tener buena voluntad, pero muchas veces nos cuesta superar tanto lastre de egoísmo y orgullo que llevamos dentro de nosotros. Somos débiles tenemos que reconocerlo, porque es la manera de comenzar a salir y a vencer esa debilidad.

Pero al mismo tiempo tenemos que cultivar nuestro espíritu, que se construye es cierto desde esas cosas pequeñas de cada día, pero donde tenemos que saber darle profundidad para que eso que realizamos no nos encorsete, sino que nos dé esa libertad de espíritu que nos haga crecer, que nos haga madurar en la vida, que en verdad en lo que hacemos estemos reflejando esa profundidad de nuestro corazón, esa profunda espiritualidad sobre la que construimos nuestra vida.

Y eso nos exige una purificación interior para ir reconduciendo todas esas pasiones que llevamos dentro de nosotros, pero para arrancar esas malas hierbas de esas vanidades, esos orgullos y esas apariencias que tienen el peligro de enraizarse en nuestro corazón. Recordemos aquello que en otro momento nos dirá Jesús de que lo que nos hace impuros son las maldades que salen de dentro de nosotros, que salen del corazón, no las cosas que nos entren de fuera. Son esas malas raíces que tenemos que arrancar de nosotros y así manifestamos con claridad y brillante resplandor toda esa bondad y toda esa generosidad en la que tiene que abundar nuestro corazón.

Jesús es para nosotros mucho más que un asesor de imagen, porque lo que nos está pidiendo esa autenticidad de nuestra vida, esa sinceridad y esa verdad con la que haremos resplandecer nuestro amor.

lunes, 24 de agosto de 2020

Cuando Natanael se acercó a Jesús empujado por el ardor de Felipe aún llevaba en su interior las sombras oscuras de la duda pero que en el encuentro se disiparon

 

Cuando Natanael se acercó a Jesús empujado por el ardor de Felipe aún llevaba en su interior las sombras oscuras de la duda pero que en el encuentro se disiparon

Apocalipsis 21, 9b-14; Sal 144; Juan 1, 45-51

Las noticias no corren sino que vuelan; algo así solemos decir porque sabemos cómo las noticias de aquellos acontecimientos que pasan corren de boca en boca y se van trasmitiendo de unos a otros. Aunque hoy digamos que tenemos los grandes medios de comunicación que nos permiten estar al tanto de cuanto sucede al minuto aunque pase al otro lado del mundo, sin embargo siendo camino eficaz de comunicación ese boca a boca que vamos trasmitiendo en nuestro encuentro con los demás.

Las noticias no son noticias, podríamos decir, mientras están estáticas en aquel lugar donde hayan acaecido los hechos sino que han de entrar en esa dinámica de trasmisión desde el encuentro, por el medio que sea, de los unos con los otros. En esa trasmisión cercana surge el comentario que enriquece, aunque también puede dañar, la noticia, pero es importante el hecho también de que lo realizamos en ese encuentro que provocamos con los demás. Una dinámica que no podemos dejar en el olvido en su sentido más profundo desde ese enriquecimiento personal que vamos teniendo con nuestros encuentros.

Así se trasmitió la buena noticia del evangelio tal como vemos hoy también en el texto sagrado. Felipe se había encontrado Jesús quien le había invitado a seguirlo, pero aquello que fue para él motivo de gozo grande pronto se convirtió en noticia que había que trasmitir. Por eso tan pronto se encuentra con su amigo ese es el comentario que trasmite, esa es la buena noticia que lleva al amigo Natanael, pero que a pesar de las reticencias que pone quien ha recibido la noticia culminará cuando Felipe termine convenciendo a su amigo de que hay que ir al encuentro con Jesús. ‘Ven y verás’, le dice cuando después de decirle que han encontrado a Aquel de quien hablan las Escrituras y que es Jesús de Nazaret, Natanael con aquellas rivalidades propias de pueblos vecino dirá que de Nazaret no puede salir nada bueno.

Se van sucediendo los encuentros y la trasmisión de las noticias que tendrá su culminación cuando Natanael llegue a los pies de Jesús que alaba y reconoce en él a un israelita de verdad. Por entremedio ha habido otro encuentro desconocido porque mientras Natanael estaba debajo de la higuera Jesús le estará viendo y serán ahora en la comunicación del hecho motivo de la fe que se despierte en Natanael.

Comunicación, trasmisión de noticias, encuentros que se suceden serán las cosas que nos tendrán que hacer pensar en esta fiesta del Apóstol san Bartolomé. No podremos tener noticia de la Buena Nueva de la Salvación si no hay quien nos trasmita esa noticia; pero la transmisión de esa noticia no podrán ser solamente frías palabras sino el testimonio y convencimiento de quien antes se ha encontrado también con esa Buena Nueva de Salvación.

Esto nos tiene que hacer pensar en esa misión que como cristianos todos tenemos. Todos estamos llamados a ser mensajeros del evangelio, evangelizadores con nuestras palabras convincentes porque han de nacer siempre de aquello que hemos convertido en vida nuestra, y convincentes con el testimonio que hemos de dar de aquello en lo que creemos y estamos plenamente convencidos.

Pero necesitamos nosotros haber tenido ese encuentro vivo y profundo con Jesús, a pesar de las reticencias que llevemos en el corazón o las oscuridades que nos acompañan en la vida. Cuando Natanael se acercó por primera vez a Jesús empujado por el ardor de Felipe aun llevaba en su interior las sombras oscuras de la duda que se vinieron a disipar totalmente en ese encuentro.

Aunque tengamos sombras en nuestro interior - ¿y quien no las tiene en sus dudas, pero también en las debilidades que se nos acumulan en la vida? – no temamos dejarnos convencer para acercarnos a Jesús; dejémonos conducir por esos Ángeles buenos de quienes nos hablan o nos presentan el testimonio de sus vidas y que nos plantean interrogantes en nuestro interior; en Cristo nuestro interior se va a ver iluminado y las sombras comenzarán a disiparse y así podremos llegar a escuchar hondamente en nosotros esa noticia de la Buena Nueva de la Salvación.

El testimonio de Natanael, de san Bartolomé, a eso nos está impulsando. También a nosotros se nos está diciendo ‘Ven y verás’. Como nosotros también tenemos que decirle al mundo que nos rodea ‘ven y verás’ para llevarlo hasta Jesús y así se disipen todas las sombras oscuras de la duda y la debilidad.

domingo, 23 de agosto de 2020

Tenemos que quitarnos la careta que nos ponemos para dar una apariencia y mostrarnos tal como creemos y vivimos aunque resultemos incómodos para los demás

 

Tenemos que quitarnos la careta que nos ponemos para dar una apariencia y mostrarnos tal como creemos y vivimos aunque resultemos incómodos para los demás

Isaías 22, 19-23; Sal 137; Romanos 11, 33-36; Mateo 16, 13-20

¿Qué me puedes decir de tu fe? Imaginemos que nos cruzamos con alguien por la calle, se detiene y nos hace detenernos y a boca jarro nos lanza esa pregunta. ¿Cómo responderíamos?

Hace unas semanas participando en la Eucaristía del domingo en mi parroquia, el sacerdote que recién había tomado posesión de la parroquia y un poco queriendo decirnos también cómo sería su estilo al hablarnos en la celebración nos decía que a él le gustaba lanzar preguntas a la gente, como para que la gente participara de forma directa en la reflexión ofreciendo su propias respuestas y pareceres; y os digo que noté en mi entorno una como cierta inquietud por las preguntas que pudiera hacernos el sacerdote y si estaríamos o no a la altura para responder.

Y es que decimos que tenemos mucha fe, no dejamos de participar en la eucaristía dominical, incluso muchas veces tenemos más compromisos en la comunidad, pero eso de hablar de una forma personal de lo que es mi fe, como que nos da miedo, como que no sabemos que responder, como que pensamos que no estamos a la altura y entonces preferimos callarnos.

Pues ese es el interrogante que hoy nos plantea la Palabra de Dios en este texto del evangelio. Porque la pregunta no es solo para lo que pudieran responder los discípulos en aquella ocasión, sino para que seamos cada uno los que tratemos de dar una respuesta no convincente por las razones doctrinales que sustenten esa respuesta, sino por vida desde la que demos esa respuesta.

Y lo estamos de alguna manera diciendo y lo hemos escuchado al proclamársenos el evangelio o leído por nosotros mismos. Jesús nos hace una encuesta. Una doble pregunta. Primero qué dice la gente, luego lo que ellos de manera concreta piensan de Jesús. La primera fácil de responder. Había mucha gente entusiasmada siguiendo a Jesús por todas partes, secándole y acudiendo a El con sus enfermos y con sus necesidades y a todas iba dando respuesta Jesús. Ya lo habían dicho ‘Dios ha visitado a su pueblo’; normal era que pensaran que era un profeta, y hacían sus comparaciones, Elías el gran profeta de la antigüedad, Juan el Bautista más reciente. La respuesta estaba dada.

La respuesta que nosotros diéramos a esa pregunta en estos tiempos tendría una variedad muy grande; un gran hombre de la historia, un revolucionario en su tiempo que sus palabras estaban ahí pero sus seguidores ya no tenían quizá el mismo empuje; un personaje de otro tiempo, que hoy ya dice poco; alguien que cambio la historia e incluso su nacimiento ha marcado la medida de los tiempos. Estarían las respuestas de los que siguen sintiendo admiración por Jesús, las respuestas de los que pasan de la historia y de la religión, las respuestas de los que de alguna manera ponen su fe en El, pero no terminan quizá de verlo claro. Es la realidad, no nos asustemos por su crudeza. Hoy no todos admiran a Jesús de la misma manera.

Pero como hemos visto en el evangelio Jesús quiere algo más concreto. ‘Y vosotros ¿quién decís que soy yo?’ ¿Se haría un silencio embarazoso? ¿Quedarían desconcertados sin saber que responder? ¿Tendrían miedo a unas respuestas que los comprometieron, viendo además como se estaban poniendo las cosas en aquellos que querían quitarlo de en medio? ¿Habría alguien que se atreviera a dar una respuesta valiente, pero no de catecismo, no algo aprendido de memoria, sino que saliera del corazón?

Allí estaba Pedro el que siempre se adelantaba a tomar la palabra, a tener la iniciativa, el que parecía que había ido perdiendo los miedos como cuando lo del lago  - claro que un día los miedos volverían y le traicionarían -, el que se atreviera a hablar más claramente. ‘Tú eres el Mesías, el Hijo del Dios vivo’. Ahí estaban las palabras valientes de Pedro, su respuesta clara y decidida. ¿Era en verdad su fe o solamente se estaba dejando llevar del entusiasmo por el amor que sentía por Jesús como cuando le diría un día que estaría dispuesto a dar la vida por El?

Era algo que le estaba saliendo del corazón. Era, es cierto, algo que quería convertir en su vida aunque sabía que le costaba. Era algo que había sido capaz de decir porque el Padre del cielo estaba hablándole en su corazón. Así se lo diría Jesús. No sabes eso por ti mismo, no hablas así porque estés totalmente convencido que las dudas siguen estando dentro de ti, eres capaz de decir esas cosas tan certeras porque el Padre del cielo te está hablando en tu corazón. Y Pedro se había dejado conducir por el Espíritu divino que lo inspiraba. Y allí, podemos decir, que estaba reflejado todo lo que era su vida.

Pero la pregunta viene para nosotros también. ¿Nos quedaremos en un silencio embarazoso o acaso cobarde? ¿Seguirán habiendo miedos en el corazón buscando palabras con las que responder para no salirnos del catecismo, para no salirnos de lo que consideramos que es lo correcto? ¿Nos moveremos inquietos en nuestro sitio como cuando aquel sacerdote nos decía que nos iba a hacer preguntas? Ante esa persona que se cruza con nosotros ¿qué seremos capaces de decirle?

Esa respuesta tenemos que darla desde la sinceridad de nuestra vida. Esa respuesta tiene que ser algo personal, muy personal porque tiene que ser lo que nos salga de lo más hondo del corazón, de aquello profundo que nosotros estamos viviendo. Aunque nuestra fe cristiana la vivimos en Iglesia, en comunión eclesial pero tiene que ser una respuesta personal; no nos vale decir ‘creemos’, sino ‘yo creo’, porque es lo que yo vivo, lo que es mi fe, lo que transmito con lo que hago, lo que son mis convicciones profundas, pero también lo que es la respuesta de amor que tenemos que dar.

Busquemos esa respuesta. Busquemos lo que es nuestra fe profunda. Expresemos valientemente lo que vivimos, porque ese testimonio coherente que demos será lo que convenza a los demás. Y no siempre somos del todo coherentes. No podemos andar a dos aguas; tenemos que quitarnos la careta que nos ponemos para dar una apariencia y tenemos que mostrarnos tal como creemos y vivimos aunque pueda ser que resultemos incómodos para los demás. Pero ése es nuestro testimonio.

sábado, 22 de agosto de 2020

Cuidado sigamos apeteciendo reverencias y reconocimientos, títulos honoríficos o no tan honoríficos porque sigamos aspirando a nuestras cuotas de poder

 

Cuidado sigamos apeteciendo reverencias y reconocimientos, títulos honoríficos o no tan honoríficos porque sigamos aspirando a nuestras cuotas de poder

Ezequiel 43, 1-7ª; Sal 84; Mateo 23, 1-12

Que sí, que aunque digamos lo contrario, a nadie amarga un dulce; que todos queremos que nos halaguen, nos digan cosas bonitas, nos reconozcan, tengan en cuentas nuestros merecimientos, o al menos los que nosotros creemos tener. Unos lo disimulan más y tratan de no hacer muchos aspavientos, pero bien contemplamos en la vida la vanidad con que vivimos; y un día le hacen un homenaje a alguien, y allá en nuestro interior nos reconcomemos porque de nosotros nadie se acuerda ni tiene en cuenta las cosas que hemos hecho.

Jesús resalta hoy en el evangelio aquellas posturas vanidosas, aquellas actitudes llenas de hipocresía en que vivían muchos en su tiempo; ansias de poder y de grandeza, al menos que nos hagan reverencias por la calle, que nos den títulos honoríficos; y Jesús lo resalta porque no quiere que entre sus discípulos haya estas posturas y esas actitudes.

El estilo que Jesús nos ofrece es otra cosa, aunque quizás tenemos que reconocer que habrán pasado más de veinte siglos pero todavía entre sus discípulos siguen existiendo esas vanidades y desgraciadamente la iglesia a lo largo de los siglos se ha sentido muy llena de ínfulas de poder y de grandeza manifestada en tantas cosas tan ajenas al espíritu evangélico. Es la verdad que tenemos que reconocer. Cuantas reverencias y cuantos títulos honoríficos o no, pero muy llenos de ansias de poder los ha habido. Y cuanto nos cuesta desprendernos de esos ropajes.

Jesús una y otra vez nos habla en el evangelio de hacernos los últimos y los servidores de todos, pero cuidado que algunas veces más que una realidad lo hayamos dejado en un título, y hasta nos atrevemos a decir que para poder servir al mundo y a los pobres necesitamos una cierta altura y reconocimiento en nuestra sociedad. ¿Se nos habrá metido ese espíritu de hipocresía también dentro de nosotros?

Pero creo que el evangelio lo que quiere es que cada uno de nosotros realicemos nuestra propia conversión, hagamos ese cambio necesario en nuestra vida. Algunas veces seguimos con la tentación de que sean otros los que empiecen y luego ya nosotros haremos lo que podamos. Quizá queremos empezar la casa por la azotea y buscamos un cambio de estructuras y no se cuantas cosas mas que nos vengan muy bien organizadas para que nosotros comencemos a tener donde realizar esos servicios que tenemos que hacer en la sociedad. Las transformaciones no se hacen desde arriba, sino cuando desde abajo cada uno de nosotros va cambiando el corazón. Y cuando cambiemos nuestro corazón esa humildad y ese verdadero espíritu de servicio se irán contagiando en los demás e irá transformando nuestra Iglesia. Queda mucho para que se quiten todos esos ropajes de vanidad y fantasía.

Recordemos una vez más las palabras de Jesús: ‘Y no llaméis padre vuestro a nadie en la tierra, porque Uno solo es vuestro Padre, el del cielo. No os dejéis llamar maestros, porque uno solo es vuestro maestro, el Mesías. El primero entre vosotros será vuestro servidor. El que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido’.

Tenemos que tomárnoslo muy en serio.

viernes, 21 de agosto de 2020

Al credo que recitamos proclamando nuestra fe en toda la historia de amor de la salvación unimos toda una respuesta de amor que tiene que ser sobre todas las cosas

 

Al credo que recitamos proclamando nuestra fe en toda la historia de amor de la salvación unimos toda una respuesta de amor que tiene que ser sobre todas las cosas

Ezequiel 37, 1-14; Sal 106; Mateo 22, 34-40

Y Jesús pasó la prueba. Aprobó el examen. Es que nos dice el evangelista que uno de los fariseos se acercó a Jesús y le hizo una pregunta para ponerlo a prueba. ¿Querían comprobar realmente dónde había estudiado Jesús y que autoridad rabínica tenía para enseñar al pueblo? Recordamos que ya sus vecinos se preguntaban cuando fue a su sinagoga en Nazaret y escucharle hablar donde había aprendido todo eso, porque allí estaban sus parientes y ninguno parecía tan ‘estudiado’ como Jesús. Claro que la pregunta que le hacían a Jesús ahora era cuál era el mandamiento principal y eso estaba muy claro en el libro de la ley. Por eso Jesús había respondido poco menos que textualmente lo que allí decía y lo que casi como una oración todo buen israelita repetía muchas veces en el día.

Quiero hacerte una pregunta, nos llega alguien en alguna ocasión poniendo quizá mucha cara de misterio y como buscando la sorpresa. Algunas veces tanta solemnidad esconde cualquier superficialidad o quizá en más de una ocasión pueden ser preguntas que podíamos llamar fundamentales que llevamos dentro del alma y no sabemos a quien hacer. Y seguramente tenemos que tomárnoslo muy en serio por el respeto que nos merecen los demás aunque luego las cosas no nos parezcan tan trascendentales.

Porque preguntas llevamos todos dentro de nosotros, aunque nos demos por sabidos. La vida nos produce muchos interrogantes, hay cosas que no comprendemos, o como hemos dicho en alguna otra ocasión estamos quizá buscando la receta que nos dé solución dándonos la lista de las cosas concretas que tenemos que hacer. ¡Qué fácil nos lo queremos poner! Como se suele decir todos nos ponemos a filosofar en más de una ocasión. Y es importante porque así vamos buscando lo que es verdaderamente fundamental, porque así vamos saliéndonos de esa superficialidad que a veces nos invade en nuestro entorno.

Es bueno que nos hagamos preguntas en este orden del sentido de la vida, o como lo queramos llamar, o en el orden religioso de nuestra relación con Dios. No nos podemos quedar simplemente en que esto ha sido siempre así o lo que decimos que aprendimos de pequeños que nuestros padres nos enseñaron. Todo eso hay que asimilarlo, todo eso hay que hacerlo propio; las respuestas que nos demos no han de ser solo lo que nos dijeron o enseñaron sino que hay que hacer la respuesta propia porque lo hayamos repensado bien, porque hemos rumiado mucho las cosas, porque vamos madurando en la vida.

Ese testimonio que un día recibimos, digamos de nuestros padres o de quienes influyeron en nuestra fe, es importante, pero tenemos que dar ese paso delante de hacerlo propio porque lo hayamos repensado bien y haya habido una maduración de nuestra fe. Esto es importante, no nos podemos quedar con una visión infantil, que bien nos valía en aquel momento pero de la misma manera que vamos madurando en la vida y vamos creciendo en conocimientos y convicciones, también en este orden religioso, en este orden de la fe, y no para abandonarla como hace tantos, hemos de madurarla para poderla vivir con mayor compromiso.

Ante la pregunta que hoy le hacían a Jesús responde centrando de verdad nuestra vida en esa respuesta de amor que damos al amor que Dios nos tiene. No es solo reconocer la existencia de Dios, su grandeza y su poder, su misterio de inmensidad y su presencia en toda existencia porque es el Creador. Es reconocer más allá de todo eso la inmensidad del amor que Dios nos tiene al que hemos de responder con todo nuestro amor. Recitamos el Credo, el contenido de nuestra fe, que es toda la historia de amor de la salvación que Dios nos ofrece; pero a ese credo que recitamos proclamando nuestra fe unimos ahora toda esa respuesta de amor.

‘Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente. Este mandamiento es el principal y primero. El segundo es semejante a él: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. En estos dos mandamientos se sostienen toda la Ley y los Profetas’.

jueves, 20 de agosto de 2020

No llenemos de pasividad, frustraciones o negatividades nuestra vida, sino seamos capaces de responder a la llamada de amor que el Señor nos hace

 

No llenemos de pasividad, frustraciones o negatividades nuestra vida, sino seamos capaces de responder a la llamada de amor que el Señor nos hace

Ezequiel 36, 23-28; Sal 50; Mateo 22, 1-14

Grande tendría que haber sido la frustración de aquel rey que después de haber hecho todos los preparativos sin embargo los invitados no corresponden y con mil disculpas rehúsan asistir al banquete. En el desarrollo de la parábola se nos mostrará que ello será ocasión de encontrar salidas, pero de encontrar también a quien correspondiera a tan generosa invitación.

Pero detengámonos aquí un poco para pensar en esas frustraciones que quizá tantas veces recibimos en la vida cuando no somos correspondidos por aquellos a quienes ofrecemos el regalo de nuestra amistad, los servicios de nuestro buen hacer o simplemente la preocupación que sentimos por ese mundo que nos rodea y por el que queremos trabajar lograr un mundo mejor. Si en lo que comentábamos la parábola que hoy se nos ofrece nos llama poderosamente la atención el que no tuvieran ni la más mínima cortesía que en nuestras relaciones sociales solemos tener, sin embargo son muchos los desplantes que no solo sufrimos, sino que también muchas veces nosotros damos en la vida.

Muchas veces es la pasividad con que vivimos la vida que parece que poco nos importa lo que otros hagan en beneficio de la sociedad, o es también ese poco compromiso con que vivimos de cara a cuanto nos rodea y nos excusamos con mil cosas para no poner nuestra parte en esa mejora de nuestra sociedad. No tenemos tiempo, suele ser la disculpa fácil que enseguida presentamos cuando no queremos comprometernos, pero vivimos en nuestro mundo, en nuestras cosas muchas veces ajenos a cuanto sucede a nuestro alrededor e incluso nuestras relaciones sociales con los que nos rodean suelen ser muchas veces muy superficiales y casi como de paso.

Creo que en el mensaje que nos ofrece la parábola podríamos destacar éste como primer toque de atención. Porque si nos quedamos en la literalidad de la parábola y no somos capaces de ver más allá nos quedaríamos siempre echando la culpa a los demás, que no corresponden, que no tienen la delicadeza de acudir a las llamadas que se les hagan, y queremos presentarnos nosotros siempre como los buenos, sin embargo quedan muchas pasividades en nuestra vida que nos cuesta mucho reconocer.

La frustración de aquel rey de la parábola por el desaire de los invitados, aunque le hizo reaccionar en un primer momento con violencia y con dureza, pronto su corazón dio la vuelta para abrir las puertas no solo a aquellos que hasta entonces había considerado sus amigos, sino que ahora todos estaban invitados al banquete. Por los caminos, por las plazas, por las calles salieron sus servidores invitando a todo el mundo para que participaran en aquel banquete ya preparado. ‘La sala se llenó de comensales’.

Una imagen de esa llamada universal a todos los hombres de buena voluntad. Y pensamos en esa llamada y ese ofrecimiento de amor que Dios nos hace como oferta de salvación para todos los hombres. Una llamada a participar en el banquete del Reino; todos estamos invitados; disfrutar de ese banquete es disfrutar de un sentido nuevo de vivir que por supuesto exige de nosotros una predisposición de nuestro espíritu.

No podemos decir que estamos en ese banquete del Reino pero nuestras vidas no han cambiado, porque sigamos con nuestros egoísmos o nuestras insolidaridades, porque sigamos con nuestras violencias o con nuestro trato injusto e inhumano con aquellos que están a nuestro lado, porque nos mantengamos en el rol de nuestras vanidades y nuestros orgullos llenando nuestras vidas de falsedad, hipocresía y mentira.

Recordamos que cuando Jesús comenzó a anunciar la Buena Nueva del Reino nos decía que era necesaria la conversión, la vuelta que habíamos de darle a nuestra vida porque era necesario creer y ponernos en camino de un nuevo sentido de vida. No nos extrañe que en la parábola aquel rey sea exigente con quien no lleva el traje de fiesta, el traje de boda; que todo entendemos muy bien que no se trata de ropajes externos, sino de esas actitudes profundas que hay que cambiar en nuestro corazón.

No llenemos de pasividad, frustraciones o negatividades nuestra vida, sino seamos capaces de responder a la llamada de amor que el Señor nos hace, como estaremos atentos también a la oferta de amor y de amistad que recibamos cada día de los que están en nuestro entorno reconociendo que son regalos del Señor que no podemos despreciar.

miércoles, 19 de agosto de 2020

Cuando tenemos un corazón libre de maldad las lentes de los ojos con que miramos a los demás estarán siempre limpias y haremos siempre resplandecer la luz

 

Cuando tenemos un corazón libre de maldad las lentes de los ojos con que miramos a los demás estarán siempre limpias y haremos siempre resplandecer la luz

 Ezequiel 34, 1-11; Sal 22; Mateo 20, 1-16

La generosidad de los buenos produce salpullidos en el corazón de los recelosos.  Hay gente que recela de todo, va por la vida siempre de desconfiado, siempre está sospechando de lo que hacen los demás sobre todo cuando ven personas generosas y buenas que quieren hacer el bien o simplemente vivir su vida de un forma honrada pero también con generosidad; parece que esas personas buenas molestan, y por eso ahí aparece enseguida el receloso de turno que siembra cizaña, que provoca sospechas, que quiere dejar como en interrogante las buenas intenciones de los que quieren ser buenos.

Qué distintas serían nuestras relaciones si supiéramos hacer desaparecer esos recelos y desconfianzas; si supiéramos apreciar lo bueno de los demás y valorar la generosidad de los que se preocupan por los otros. Andamos en la vida con demasiadas desconfianzas, no hay la suficiente sinceridad de corazón, y terminamos queriendo destruir lo bueno que hacen los demás.

Un mensaje en este sentido descubro yo hoy en la parábola que nos ofrece el evangelio. Las parábolas son comparaciones que nos presenta Jesús para hablarnos del Reino de Dios, del Reino de los cielos; quiere señalarnos esas actitudes buenas que debían de resplandecer en quienes queremos vivir el reino de Dios. Y creo que la parábola que hoy se nos ofrece eso es lo que quiere destacar.

Aquel hombre, propietario de unas viñas, que sale en distintas horas del día a buscar trabajadores para su viña; ha quedado desde el principio en que les ofrece un denario por el día trabajado. Al final del día cuando llega el momento de la paga todos reciben igualmente un denario, pero por allá aparecen los que protestan porque quieren comparar su trabajo que ha sido todo el día con los que han venido casi al final de la tarde y reciben la misma paga. Quieren poner en entredicho la generosidad de este propietario, que quizá ve y comprende la razón por la que algunos no habían conseguido trabajo durante el día y con los que quiere ser generoso pagando de la misma manera y con generosidad la misma cantidad. Pero los recelosos de turno no le perdonan la generosidad que hay en el corazón de aquel hombre y le interpelan.

Creo que por ahí va principalmente el mensaje de la parábola. Muchas veces nos hemos hecho muchas interpretaciones en referencia a que somos llamados a trabajar en la viña del Señor en distintas horas de nuestra vida y a cualquier hora que nos llame el Señor hemos de responder. Es cierto que podemos ver también ese mensaje. Pero cuando Jesús nos ofrece la parábola nos dice que el Reino de los cielos se parece a un propietario que salió a buscar trabajadores para su viña. Entonces en la actitud del propietario está el mensaje. Y al final precisamente se recalca la generosidad de este hombre, al que porque es generoso se le tiene envidia. Los recelosos en los que se les levantan salpullidos en el alma cuando ven la generosidad de los demás de la que ellos no son capaces.

Nos enseña, pues, a tener otra mirada en la vida, a saber ver con buenos ojos la bondad y generosidad de los demás, a valorar lo bueno que hacen los otros, a aprender a tener también nosotros un corazón generoso pero limpio de toda maldad para que no hagan mella en nosotros esos recelos y desconfianzas que tantas tratan de sembrar como mala cizaña en nuestros corazones. Que aprendamos a tener un corazón puro y generoso, un corazón limpio de maldad pero siempre lleno de amor; cuando tenemos un corazón así las lentes de los ojos con que miramos a los demás estarán siempre limpias y así haremos siempre resplandecer la luz.

 

martes, 18 de agosto de 2020

Importante es la buena actitud que tengamos en el corazón, libre de apegos e idolatrías, siempre dispuesto al servicio para el bien de los demás


Importante es la buena actitud que tengamos en el corazón, libre de apegos e idolatrías, siempre dispuesto al servicio para el bien de los demás

Ezequiel 28, 1-10; Sal.: Dt. 32, 26-36; Mateo 19, 23-30

El episodio que ayer escuchábamos en el evangelio, que solemos llamar del joven rico, dejó impactados a los discípulos que estaban cercanos a Jesús y había contemplado con detalle la escena. Motivaría comentarios entre ellos e interrogantes en su propio interior sobre todo con los comentarios que Jesús hace a continuación y que hoy escuchamos. Un joven bueno y cumplidor que aparecía con honradez delante de Jesús y que aún preguntaba qué más podría hacer para heredar la vida eterna y que podría haber formado parte incluso del grupo de discípulos más cercanos a Jesús, pero que sin embargo ante el planteamiento de Jesús, se queda triste y se da la vuelta volviéndose por donde había venido. Ya el evangelista subraya que era rico.

¿Había incompatibilidad entre la riqueza y el seguimiento de Jesús? ¿Hay incompatibilidad entre la posesión de las cosas y el ser cristiano? Es lo que se interrogan los discípulos cuando llegan incluso a decir que será imposible salvarse. Todos aspiramos a la posesión de unos bienes; es más necesitamos de esos bienes materiales para poder obtener lo necesario para vivir una vida digna; aun podíamos ahondar más con la Biblia y pensar que toda la riqueza del mundo, todos esos bienes materiales que Dios había creado, al crear al hombre lo pone en sus manos y le está pidiendo que desarrolle todos esos bienes, porque de alguna manera con su trabajo se convierte el hombre en un continuador de la obra de la creación de Dios.

Necesitamos de esa posesión de las cosas, que llamamos bienes materiales o que llamamos riquezas, porque en el intercambio con los demás podemos obtener todo lo necesario para nuestra vida y justo es que cada día deseemos una vida mejor, que haya menos carencias en nuestra vida y en esa posesión y desarrollo de esos bienes contribuyamos al crecimiento de nuestro mundo. Si no hubiera quien tuviera esos bienes que ha ganado honradamente con su trabajo no tendríamos quien pudiera ofrecer más trabajo a otros que no lo tienen y no se podría ayudar a mejorar sus vidas. Así diríamos es la base de toda esa actividad económica con la que se contribuye a la riqueza y al bienestar de las personas y las familias y de toda la sociedad.

¿Son malos en sí mismos esos bienes materiales que podamos poseer o esas riquezas conseguidas con nuestro trabajo? De ninguna manera, tendríamos que decir, y lo decimos también con la Biblia en la mano cuando se nos dice que al ir creando Dios todas las cosas iba viendo que todo era bueno. ¿Dónde está el mal, entonces, podríamos preguntarnos? En la forma como nosotros poseamos esas cosas o nos dejemos poseer por esas cosas. Y ahí, en ese deseo de más que todo llevamos dentro, es cuando aparece el desorden con nuestra avaricia, con nuestros deseos egoístas de acaparar, con ese endiosamiento que vamos haciendo de nosotros mismos en la medida en que nos veamos más poderosos por la posesión de esos bienes que termina por hacer que nos olvidemos de los demás, o nos olvidemos el pobre Lázaro que tengamos tendido y hambriento en nuestra misma puerta.

Por eso nos dice hoy tajantemente que le es ‘más fácil pasar a un camello por una aguja que a un rico entrar en el reino de los cielos’. Tomemos la aguja en el sentido que la queramos tomar, pero si pensamos en aquellas puertas estrechas que estaban en las murallas de las ciudades que por su estrechez podían impedir el paso de unos animales con sus cargas, nos daremos cuenta que cuando nos recargamos con esas riquezas nos hacemos tan pomposos que se nos hará difícil no solo acercarnos a los demás sino acercarnos también a Dios. En ese lenguaje tan lleno de hipérboles propio de los orientales nos dirá que a un camello a pesar de sus cargas le será más fácil atravesar esas estrechas puertas que a un rico entrar en el reino de los cielos.

¿Imposible alcanzar la salvación, entonces, como se preguntan los discípulos? ‘Imposible para los hombres, pero Dios lo puede todo’, fue la respuesta de Jesús. Imposible para los hombres que se convierten en acaparadores y no piensan en los demás; imposible para quien se encierra en su egoísmo o se convierte en un adorar de sus riquezas a las que convierte en ídolos de su vida. Pero Dios ayuda a cambiar el corazón del hombre, su palabra nos abre nuevos caminos cuando nos pone en los caminos del amor y del compartir, con el evangelio de Jesús en la mano aprenderemos cuanto podemos hacer para mejorar la vida de los demás y hacer que nuestro mundo sea más justo siendo capaces de poner al servicio de los demás, al servicio y bien de esa sociedad en la que vivimos cuanto poseemos.

‘Vende lo que tienes y repártelo entre los pobres’, le pedía Jesús al joven rico y nos estará pidiendo a nosotros también ese desprendimiento en nuestra vida, en la posesión de esas cosas que somos capaces de ponerlas al servicio y al bien de los demás. Ese servicio y bien de los demás que se puede traducir en ese arriesgarnos para emprender cosas, tareas, obras con las que podamos contribuir a que los demás también se ganen honradamente su pan con su trabajo y así entre todos podamos ir construyendo esa sociedad más justa.

Lo importante es la buena actitud que tengamos en el corazón, un corazón libre de apegos, un corazón siempre dispuesto al servicio para el bien de los demás. 


lunes, 17 de agosto de 2020

No es cosa solamente de lo que tengo que hacer para alcanzar la vida eterna sino si en verdad mi vivir es el vivir de Cristo

 

No es cosa solamente de lo que tengo que hacer para alcanzar la vida eterna sino si en verdad mi vivir es el vivir de Cristo

Ezequiel 24, 15-24; Sal.: Dt 32, 18-19. 20. 21; Mateo 19, 16-22

‘¿Qué tengo que hacer para alcanzar la vida eterna?’ ¿Qué tengo que hacer para…? Fue la pregunta de aquel joven que con buenos deseos y buena voluntad se acercó a Jesús. Pero ¿no será también la pregunta que nos hacemos muchas veces en la vida? Qué tengo que hacer para… y pensamos en lo que vamos a conseguir, pensamos en el rendimiento efectivo que podemos tener de nuestras acciones y aquí pueden entrar muchas cosas de orden material e incluso del orden económico, de nuestras ganancias, pensamos en que me sirve lo que ahora hacemos para un mañana, pensamos en lo que estudiamos para qué me sirve, pensamos en qué voy a ganar o qué voy a tener de más en aquel lugar que visitamos.

Parece que se trata siempre de hacer cosas, pero de hacer cosas para… y buscamos rendimientos y efectividades. Pero ¿no tendríamos que más en pensar qué cosas hacemos, qué podemos añadir por aquí o por allá, en lo que vivimos? Porque hacemos cosas, quizá porque son una exigencia, porque es un mandato, porque es un requisito, pero son como pegotes que añadimos por acá o por allá, pero nuestro vivir es otro, aunque sea difícil esa dualidad de vivir con un sentido pero luego hacer cosas porque son unas exigencias. Creo que en este sentido tendríamos mucho que reflexionar sobre lo que hacemos y lo que vivimos, sobre el sentido que le damos a la vida, o si es que simplemente nos vamos dejando arrastrar por lo que salga en cada momento.

Aquel joven del que nos habla el evangelio hoy hacía muchas cosas, cumplía, ahora buscaba que más tendría que hacer, pero no estaba del todo satisfecho de su vida. ¿En verdad habría encontrado un sentido para su vida? Se quedaba solo en ir recolectando merecimientos por las cosas que hacia a ver si al final todo sumaba algo para la vida eterna. Pero parece que la suma no le salía.

Aunque parezca que lo que ahora le propone Jesús es simplemente añadir unas cosas de más a su vida, realmente lo que Jesús le está ofreciendo es otro sentido de vivir. No se puede vivir solo para si mismo, otro horizonte hay que darle a la existencia y eso me tiene que hacer pensar en los que están a mi lado, al resto del mundo con el que convivo.

Pero eso Jesús le hablará de un desprendimiento total, un vaciarse de cosas, un vaciarse incluso del orgullo de sí mismo él que se creía tan cumplidor. Era mucho más que hacer algo vendiendo todas sus cosas, porque en lo que Jesús le estaba proponiendo le iba la vida. Y ese sentido de vivir ahora sí que no le satisfacía, porque seguía pensando en sí mismo, en hacer algunas cositas como méritos para sumar, pero no era capaz de darle la vuelta a la vida para un nuevo sentido de vivir.

Y eso sí que cuesta. Por eso nosotros seguimos igual. Cumpliendo. Añadiendo méritos. Pero nuestro sentido de vivir ¿habrá cambiado? ¡Cuántas veces habremos escuchado o habremos dicho nosotros mismos ‘yo ya hoy cumplí’! Y ya nos quedamos tranquilos porque cumplimos y el resto de cosas que sigan igual. Salimos de misa el domingo y decimos ya hoy cumplimos, pero ¿aquella eucaristía no me ha movido a un nuevo vivir? ¿En aquella eucaristía no he sentido esa buena nueva de Jesús que me anunciaba algo nuevo, que me pedía una nueva forma de vivir? Claro, no escuchamos porque solo habíamos ido a cumplir, a hacer cosas para quedarnos tranquilos.

¿Qué tengo que hacer para alcanzar la vida eterna? ¿Cómo ha de ser mi vida para que tenga trascendencia de vida eterna? ¿Mi vivir es en verdad el vivir de Cristo?

domingo, 16 de agosto de 2020

Tratemos de escuchar la buena noticia que Jesús tiene para nosotros hoy cuando escuchamos su evangelio

Tratemos de escuchar la buena noticia que Jesús tiene para nosotros hoy cuando escuchamos su evangelio

 Isaías 56, 1. 6-7; Sal 66; Romanos 11, 13-15. 29-32; Mateo 15, 21-28

El evangelio siempre tiene que ser evangelio, siempre tiene que ser buena noticia para aquellos a los que se proclama; cuando deje de ser buena noticia dejará de ser evangelio, habrá perdido todo su sentido y todo su valor. Puede parecer un juego de palabras pero es algo más que eso, aunque estemos jugando con las palabras, porque la palabra evangelio eso es lo que significa. Tiene que proclamarse siempre con ese sentido; si lo proclamamos o escuchamos como algo ya sabido, ya no es noticia. Noticia es algo que es nuevo, que sucede ahora y nos impacta y nos llama la atención, por eso decía un periodista que no nada más viejo que un periódico de ayer, porque ya no nos está trasmitiendo noticias de hoy que es su sentido.

Cuidado que vayamos tanto a proclamarlo a quienes les corresponda, como a escucharlo como una noticia ya sabida, ya repetida porque perdería todo su sentido, la novedad de gracia y de salvación que en el hoy de nuestra vida tiene que significar para nosotros. Mala actitud es la de quien cuando comienza a escuchar un evangelio ya se está diciendo para si mismo, ah, sí, eso ya lo sabia, es aquel episodio tan conocido. Lo estaríamos echando todo a perder. De ahí la necesidad de una capacidad de asombro que tiene que haber en nosotros para dejarse sorprender por lo que aquí y ahora a través de ese hecho, es cierto que ya lo conocemos, algo nuevo nos quiere decir el Señor.

Confieso que me estoy haciendo esta reflexión primero que nada para mi mismo; no hace pocos días hemos escuchado este mismo episodio, y reconozco que cuando hoy me he puesto de nuevo delante de esta pagina del evangelio he pensado ¿qué es lo que voy a decir, que es lo que me puede decir de nuevo este texto que ya lo reflexionamos hace poquitos días? Y me he detenido a pensar ¿qué tiene de nuevo que decirme el Señor hoy y con este mismo texto de la mujer cananea?

Me interpela la fe de aquella mujer. No era judía, era cananea y su fe la tendría puesta en sus dioses cananeos, aquellos baales quizás que a lo largo de la historia habían sido un peligro y una tentación para el pueblo judío; recordemos los tiempos del profeta Eliseo. Sin embargo cuando se entera de la llegada de Jesús  viene suplicando, utilizando incluso expresiones propiamente judías, misericordia y compasión, no para ella, sino para su hija poseída por un espíritu muy malo. Lo que podría entrar incluso en el terreno de los desaires, cuando Jesús no quiere escucharla, cuando dice que solo ha venido para las ovejas descarriadas de Israel, avivan con más fuerza su fe y no ceja en su suplica y petición con perseverancia yendo tras Jesús hasta la casa en que se aloja donde se establece el diálogo que nos presenta el evangelio. Serán incluso los discípulos los que se la quieren quitar de encima intercediendo por ella ante Jesús. ‘Grande es tu fe’ reconocerá Jesús finalmente y la hija de aquella mujer se vería libre de todo mal.

¿Dónde está mi fe? ¿Dónde está la perseverancia de mi fe y de mis súplicas? Cuantas veces decimos que Dios no nos escucha; cuantas veces nuestras súplicas son frías y rutinarias porque rezamos simplemente porque sabemos que tenemos que rezar, pero no está esa oración viva, esa oración que nos hace caminar detrás del Señor con insistencia esperando encontrar esa palabra de vida que nos transforme, que nos llene de salvación. Porque tenemos que preguntarnos si es que rezamos y de verdad buscamos al Señor, buscamos esa palabra nueva que el Señor quiere decirnos y para eso es necesario que abramos con sinceridad nuestro corazón. Quizá lo único que hacemos es repetir nuestros rezos, repetir unas palabras aprendidas de memoria pero nos falta ese encuentro vivo con el Señor.

Tras aquella prueba que significó todo aquel recorrido, incluso físico, que hizo aquella mujer en su súplica, aquella mujer salio fortalecida en su fe. No fue solamente el que su hija fuera liberada del espíritu maligno, sino cuanta purificación interior tuvo que producirse en el corazón de aquella mujer. Fue ella la primera liberada por Jesús porque como se suele decir se tuvo que comer sus orgullos y su amor propio para ponerse humilde a los pies de Jesús. Aquella mujer sí podía decir luego que había encontrado una palabra de vida, una palabra de salvación para su vida.

Nos interpela, pues, la fe de aquella mujer, la búsqueda de Dios que le hizo caminar humilde tras Jesús; nos interpela la oración de aquella mujer que nos hace mirar nuestra oración, nuestra manera de rezar y suplicar o las mismas cosas que pedimos de forma interesada tantas veces en nuestra oración. Es la buena noticia que hoy escuchamos, es el evangelio que vamos a llevar en nuestro corazón cuando salgamos hoy de esta celebración. Aprendamos a caminar tras Jesús suplicando pero escuchándole, abriéndonos a su Palabra, esa palabra nueva que tiene para nosotros hoy, pero dejándonos transformar en tantas cosas que tenemos que hacer nuevas en nuestra vida.