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viernes, 30 de abril de 2010

Eucaristía de una vida injertada en Jesús y en su Cruz


una reflexión en las bodas de diamante de una religiosa


Hechos, 13, 26-33;
Sal. 2;
Jn. 14, 1-6


Nos convoca aquí esta mañana una Eucaristía que es una acción de gracias pero que es también la ofrenda de una vida que se hizo Eucaristía en una consagración vivida a través de setenta y cinco años de fidelidad y de amor.
Para los que les cuesta entender estas cosas les puede parecer una Eucaristía muy larga. Muchos años de Eucaristía y de ofrenda continua cuando estamos viendo a nuestro alrededor un mundo de rupturas, un mundo de cansancios que producen inconstancia o de inconstancias que producen cansancios y banalidades, un mundo donde es tan fácil cambiar de parecer y de posturas, un mundo donde tan fácilmente se debilita el amor y donde no se sabe entender lo que es el compromiso y la fidelidad.
Por eso es admirable una ofrenda de Eucaristía que abarque toda una vida. Nosotros queremos hacer hoy Eucaristía especial porque queremos ayudar, apoyar con nuestra oración y nuestra comunión esas manos y esa vida – temblorosas y debilidades físicamente es cierto – pero que en el fondo de su corazón quieren seguir sosteniendo el cáliz de la ofrenda. Qué ejemplo es además para todos nosotros. Qué aliciente sentimos en nuestra vida. Qué entusiasmo de amor rebrota en nuestro corazón para vivir también nosotros así la Eucaristía de nuestra vida.
Ahí tenemos a Sor Rosa acercándose al centenario de su vida, pero cumpliendo hoy los setenta y cinco años de su consagración al Señor. Bodas de diamante, decimos, por la belleza de los años consagrados y por la firmeza con que se ha mantenido esa fidelidad. Hoy sus palabras no nos pueden decir nada dada su debilidad mental y su enfermedad, pero el testimonio de su vida es bien elocuente y un grito que nos hace despertar.
Más de medio siglo en este hogar – exactamente sesenta y un años -, el resto de su vida religiosa por Granada y Baza. Quienes la conocieron cuando estaba en plena lucidez nos hablan de su entrega, de su delicadeza exquisita, de su amor, de su humildad, de su austeridad; nos hablan de su preocupación constante por buscar lo mejor donde fuera para sus ancianitos – cuantas salidas a hacer cuestación por las casas de nuestros pueblos que incluso la llevarían cuando se estaba debilitando su mente a tocar en cualquier puerta del hogar esperando encontrar una respuesta y una limosna -; nos hablan de su espíritu de sacrificio que vivió ya antes de ingresar en la congregación que retrasó para que otras hermanas suyas entraran mientras ella cuidaba de sus padres ancianos; nos hablan del respeto y cariño que despertaba en los que la rodeaban con su presencia y que nunca permitía una mala palabra o un juicio o murmuración contra nadie; nos hablan de la alegría de su vida porque siempre llevaba a Dios con ella, de su fidelidad a su consagración viviendo intensamente los carismas propios de esta congregación de las Hermanitas de los Ancianos Desamparados.
Podríamos quizá preguntarnos de dónde nacía todo esto. Ella un día se había sentido cautivada por el Señor y le había dado un Sí total consagrándole toda su vida para seguir con toda radicalidad el camino de Jesús. ‘Yo soy el Camino, y la Verdad, y la Vida’. Ella habría escuchado quizá muchas veces estas mismas palabras de Jesús que hoy hemos nosotros escuchado en el evangelio y ella había dicho Sí, Jesús es mi camino, mi único camino; Jesús es mi Verdad, la única verdad que da sentido y es motor de mi vida; Jesús es mi vida, ya no vivo yo, ya no quiero vivir mi yo, el yo de mi vida, sino que será para siempre Cristo quien viva en mí.
Su fe en Jesús ya no se iba a resquebrajar aunque pudiera haber dudas y turbulencias en su vida, como las hay en toda vida. Ella había asumido esas palabras de Jesús: ‘Creed en Dios y creed también en mí’. Es lo que toda religiosa que se consagra al Señor, toda persona que siente en su corazón la llamada del Señor y le da su Sí total para seguirle.
Cuando estamos precisamente celebrando la semana vocacional tras la celebración del domingo pasado del día del Buen Pastor y la Jornada de Oración por las vocaciones, un testimonio como el que hoy estamos contemplando, aunque sea de una forma silenciosa por su parte, es para nosotros todos un fuerte grito, una fuerte llamada en nombre del Señor.
En ella, en su silencio, en su ensimismamiento, podemos ver el grano de trigo que cae en tierra y silenciosamente bajo la tierra sin saber nosotros cómo ni verlo con nuestros ojos, sin embargo hace surgir una nueva vida, una nueva planta. Que así surja de este testimonio un semillero de vocaciones como sólo Dios sabe hacer y suscitar. Oremos al Señor para que así sea. Y demos gracias, celebremos de verdad Eucaristía, la Eucaristía de Jesús, claro está, pero la Eucaristía de la vida de sor Rosa injertada como lo está en Jesús y en su cruz.

Unas palabras que despiertan la fe y la esperanza

Hechos, 13, 26-33;
Sal. 2;
Jn. 14, 1-6

‘No perdáis la calma: creed en Dios y creed también en mí…’ Estas palabras de Jesús fueron pronunciadas en el contexto concreto de la Última Cena y con el ambiente tenso que se había creado porque todo sonaba a despedida y que Jesús manifestaba con sus mismas palabras y su promesa. ‘Me voy a prepararos sitio, volveré y os llevaré conmigo, para que donde yo estoy, estéis también vosotros…’
Sin embargo reconozco y confieso que en muchos momentos me han ayudado a orar con confianza y esperanza en el Señor dadas las diversas situaciones por las que uno pasa en la vida.
Son, es cierto, palabras de esperanza y nos están hablando de vida eterna y de vivir en Dios y con Dios para siempre, incluso más allá de la muerte. Pero esa fe y esa esperanza que Jesús quiere despertar en nosotros con sus palabras las necesitamos escuchar con fuerza en muchos momentos. Cómo no poner nuestra confianza en Dios en medio del dolor y del sufrimiento de cada día, de nuestras limitaciones y debilidades, o cuando nos vemos agobiados por problemas o por soledades.
Ponemos nuestra confianza en Dios, en Cristo porque El es la roca firme y segura en la que podemos apoyarnos sabiendo que nunca nos fallará. Podrán surgir dudas en nuestro interior porque así nos sentimos débiles o cuando pensamos hacer las cosas sólo por nosotros mismos o con nuestras fuerzas. Entonces nos sentimos débiles, nos damos cuenta de nuestra inseguridad.
La única seguridad cierta la tenemos en el Señor. De mil maneras se manifiesta a nuestro lado y nos concede la fuerza de su Espíritu. Hemos de abrir los ojos de la fe para descubrirlo y experimentarlo.
‘Adonde yo voy, ya sabéis el camino…’ nos dice, aunque todavía habrá alguno de los discípulos que le replique: ‘Señor, no sabemos adonde vas, ¿cómo podemos saber el camino?’
Sí sabemos adonde va y adonde tenemos que ir nosotros. El camino es Jesús. El es nuestra vida y nuestra verdad. Cuando decimos que creemos en El no vamos a hacer otra cosa que seguir sus pasos, vivir su vida, sentir y experimentar en nosotros que sólo El es la verdad absoluta de nuestra vida. No podemos tener dudas, no podemos estar relativizándolo todo. También Pilatos preguntó: ‘¿y qué es la verdad?’ Era la pregunta de muchos filósofos de su tiempo que buscaban pero no sabían encontrar la verdad, como puede ser también la de los modernos hombres de pensamiento con semejantes planteamientos.
Pero nosotros tenemos la seguridad de que nuestra única verdad es Jesucristo. Por El lo damos todo, lo entregamos todo, somos capaces de darnos nosotros mismos, de dar nuestra vida. ‘Yo soy el Camino, y la Verdad, y la Vida’, nos dice Jesús. Y le creemos aunque nos cueste, pero le ponemos a El como único centro de nuestro vivir, como una razón de ser de nuestra existencia.
En los Hechos hemos escuchado el discurso de Pedro en Antioquia de Pisidia anunciando la Buena Nueva de Jesús. ‘Nosotros os anunciamos que la promesa que Dios hizo a nuestros padres, nos la ha cumplido a los hijos resucitando a Jesús’.

jueves, 29 de abril de 2010

Contemplación de la pasión y servicio a la Iglesia, santa Catalina de Siena

1Jn. 1, 5-2,2;
Sal. 148;
Lc. 10, 38-42

‘Hiciste arder de amor divino a santa Catalina de Siena en la contemplación de la pasión de la pasión de tu Hijo y en su entrega al servicio de la Iglesia…’ Así define las liturgia la santidad de Santa Catalina de Siena a quien la Iglesia reconoce como doctora por la sublimidad de su enseñanza mística y como Patrona de Europa por la importancia que tuvo su figura en aquellos años difíciles para la Iglesia y para la misma Europa.
Una mujer encerrada tras los muros de un monasterio de vida contemplativa y que además murió muy joven, sin embargo tuvo una influencia decisiva en la vida de la Iglesia, en la vuelta del Papa a Roma tras los largos años de Avignon como sólo un alma grande y santa podría realizar.
Lo importante, podríamos decir, fue su santidad. Se consagró al Señor muy joven en la Orden dominicana contemplativa. En la contemplación de la pasión de Cristo, decíamos en la oración, creció en su espíritu y sobresalió en la contemplación del misterio de Cristo y así en su espíritu de oración pudo llegar a altas cotas de contemplación y santidad. Lo que no la hacía ajena a los problemas de la Iglesia y de su tiempo, por lo que vivió ese intenso servicio a la Iglesia impulsando reformas de costumbres y una vida santa en todos.
Cómo tendríamos que aprender a empaparnos así de la vida de Cristo que nos llena de su gracia. Cómo contemplando la pasión de Cristo que es contemplar su amor sin límites, su amor infinito por nosotros, nos sentimos impulsados para arrancarnos del pecado, para purificar más y más nuestra vida, para que así resplandezca la gracia del Señor en nosotros, y así brille nuestra santidad.
Nos cuesta porque somos como esos objetos valiosos que, porque no hemos sabido cuidar debidamente, se van ennegreciendo, perdiendo su brillo y resplandor y pronto podremos confundirlos con objetos de poco valor. Los limpiamos, los pulimos, arrancamos esa suciedad y negrura y nos daremos cuenta de su brillo y valor.
Así nosotros, que valemos nada menos que la dignidad de hijos de Dios con que el Señor nos ha dotado en nuestro bautismo y además el valor infinito de la sangre de Cristo con la que hemos sido rescatados. Pero dejamos ennegrecer nuestra vida con el pecado, la frialdad, la indiferencia, la desgana espiritual y perdemos ese brillo de la gracia. Que aprendamos a purificarnos, a buscar ese brillo de la santidad en nuestra vida.
¿Cómo hacer? Hoy en el evangelio hemos visto a las dos hermanas de Betania alrededor de Jesús cada una en su función y que ambas tanto nos pueden enseñar. María, a los pies de Jesús, bebiéndose sus palabras, absorta en el disfrute de la presencia de Cristo allí en su hogar es el ejemplo para nuestra oración, para nuestra unión grande y profunda con el Señor. Y Marta, desviviéndose en el servicio, para atender de la mejor manera que podía y sabía al Señor.
Desviviéndose en el servicio que es desviviéndose en el amor, el amor al hermano, al que está a nuestro lado, al pobre que sufre de muchas carencias o al que tiene mucha necesidad, o al que se siente solo y abandonado porque ahí está el Señor. Desviviéndose en el servicio, tenemos que decir con el ejemplo de Santa Catalina de Siena, que es el amor a la Iglesia, amándola, defendiéndola, orando por ella, siendo buenos hijos de la Iglesia, prestando nuestro servicio de amor a la comunidad.
Es el camino que hoy nos pide quizá el Señor. ‘Concédenos vivir asociados al misterio de Cristo para que podamos llenarnos de alegría en la manifestación de su gloria’.

miércoles, 28 de abril de 2010

Yo he venido como luz, que su Espíritu nos mantenga siempre en esa luz

Hechos, 12, 24-13, 5;
Sal. 66;
Jn. 12, 44-50

‘Yo he venido al mundo como luz, y así el que cree en Mí no quedará en tinieblas…’ Será algo que nos repetirá Jesús en el evangelio. La imagen de la luz es constante sobre todo en el evangelio de san Juan. Jesús es la luz – ‘Yo soy la luz del mundo’, nos dirá – y cuando le damos el sí de nuestra fe quedamos iluminados para siempre.
Un detalle en referencia a esto es que a los cristianos recién bautizados en una época de la Iglesia se les llamaba los iluminados. Y no olvidemos que en el Bautismo recibimos como un signo la luz encendida del cirio pascual. Qué hermoso por otra parte el lucernario con que comienza la vigilia pascual hasta que somos iluminados por la luz de Cristo resucitado.
Pero es necesario ese sí, esa respuesta positiva por nuestra parte, esa respuesta de nuestra fe. No vaya a ser aquello otro que nos dice el principio del evangelio de Juan, que vino la luz pero las tinieblas no la recibieron. ¿Preferimos estar en las tinieblas o ser iluminados por la luz de Cristo?
Con esa luz conoceremos a Dios, porque como dice Jesús ‘el que me ve a mí, ve al que me ha enviado’. Con esa luz nos llenamos de vida eterna, porque el mandado, el encargo que Jesús ha recibido del Padre que le ha enviado, es la vida eterna, Cursiva‘yo sé que su mandato es vida eterna’, nos dice. Quien acepta esa luz, se deja iluminar por ella, cree en Jesús, se llena del Espíritu de Jesús. Va a ser su Espíritu el que actúa en nuestros corazones – sus obras son las obras de la luz, de la vida, del amor -, como el Espíritu es el que va a guiar a la Iglesia.
En el relato de los Hechos de los Apóstoles que hoy se nos ha proclamado vemos palpable esa acción del Espíritu en la comunidad, en este caso, de Antioquia.
Fruto de la presencia y fuerza del Espíritu era la intensidad de vida de aquella comunidad. Por una parte ‘la palabra del Señor cundía y se propagaba’, con lo cual vemos el crecimiento de vida de esa comunidad. Se manifestaban por otra parte los dones del Espíritu en los diferentes carismas que surgen en la comunidad. ‘En la Iglesia de Antioquia había maestros y profetas…’ y nos hace una relación de esas personas llenas del Espíritu que se manifestaba en diferentes carismas.
Era por otra parte una comunidad orante y que sentía la presencia y la fuerza del Espíritu del Señor en su oración. ‘Un día que ayunaban y daban culto al Señor, dijo el Espíritu Santo: apartadme a Bernabé y a Saulo para la tarea a que los he llamado’. Eso los hace también una comunidad misionera que envía con la fuerza del Espíritu a Bernabé y a Saulo a anunciar la Buena Noticia por diferentes lugares. ‘Volvieron a ayunar y orar, les impusieron las manos y los despidieron. Con la fuerza del Espíritu Santo bajaron a Seleucia y se embarcaron para Chipre…’ Seleucia es el puerto de mar en el Mediterráneo a poca distancia de Antioquia.
Que así nos dejemos inundar y conducir por el Espíritu, que nos ayude a conocer más y más a Jesús, a hacer una oración en el Espíritu y nos dé ese empuje misionero en nuestro corazón para sentir siempre la urgencia del anuncio del Evangelio en todas partes.

martes, 27 de abril de 2010

Espíritu misionero, espíritu de comunión, seguimiento de Jesús

Hechos, 11, 19-26;
Sal. 86;
Jn. 10, 22-30

Los Hechos de los Apóstoles nos manifiestan la intensidad de la vida de la Iglesia y su crecimiento constante. Todo es ocasión para realizar esa acción misionera. Si había sido duro dispersarse cuando el comienzo de la persecución con el martirio de Esteban, que podían realmente parecer momentos difíciles, sin embargo fue ocasión y motivo para esa acción misionera de la Iglesia. Algo tendríamos que aprender.
‘Llegaron hasta Fenicia, Chipre y Antioquia…’ nos relata el autor sagrado. Y ya no sólo anuncian la Buena Noticia de Jesús a los judíos sino que ‘se pusieron a hablar a los griegos anunciándoles al Señor Jesús’. Y está la respuesta porque ‘muchos se convirtieron y abrazaron la fe’. Más adelante nos dirá que ‘una multitud considerable se adhirió al Señor’.
Se manifiesta también la comunión entre las Iglesias que se van constituyendo. ‘Llegó la noticia a Jerusalén y enviaron a Bernabé a Antioquia…’ No son comunidades separadas y aisladas unas de otras, sino que hay una hermosa comunión entre ellas alegrándose mutuamente del crecimiento de los discípulos y apoyándose mutuamente.
Llegó Bernabé y siguió creciendo la comunidad y nos dice que se les iba instruyendo con todo detalle. Comunidad en la que pronto aparecerá el nombre de cristianos para llamar a los que seguían el nuevo camino, como se nos ha dicho en otro lugar, los discípulos de Jesús. Bernabé además sabe de alguien que puede realizar una labor importante entre los discípulos y en el avance del Evangelio y se va a Tarso para traerse a Saulo, a quien habría conocido en Jerusalén antes de que lo enviaran a Tarso..
Hemos ido subrayando algunos aspectos importantes que sobresalen en aquellas primeras comunidades y que pueden ser un estímulo y un ejemplo para nosotros. El impulso misionero y apostólico para en todo momento y ocasión anunciar a Jesús y hacer crecer el número de los discípulos, es una primera cosa que podemos destacar. Es una inquietud que tiene que haber en nuestro corazón, que tiene que estar muy presente en nuestra oración, que nos ha de mover en todo momento a ese buen testimonio que podemos y tenemos que dar.
Otra cosa que hemos destacado es el espíritu de comunión entre todos los que creemos en Jesús. Comunión que se llama vivencia eclesial, sentirnos y hacer Iglesia, vivir ese sentido de comunidad y que es ese sentirnos unidos a los demás en una misma fe y que se ha de manifestar también en un mismo amor. Cómo nos hemos de acoger y valorar todos; cómo acogemos al que llega y le hacemos sentirse a gusto con nosotros y a nuestro lado. Esto es algo a tener muy en cuenta hoy dada la movilidad tan grande en que se vive hoy en nuestra sociedad, llámense emigrantes que nos llegan de todas partes, o llámense también turistas que nos visitan y conviven con nosotros.
Y todo esto nace de nuestra fe en Jesús. Creemos en El y queremos seguirle; creemos en El y le escuchamos; creemos en El y le sentimos a nuestro lado siendo nuestra fuerza, nuestra vida, nuestro apoyo, nuestro alimento, nuestra defensa también. Hoy el evangelio nos habla del pastor y de las ovejas que le siguen, conocen su voz, y el pastor las conoce y las alimenta y las defiende. ‘Mis ovejas escuchan mi voz y yo las conozco y ellas me siguen, y yo les doy la vida eterna; no perecerán para siempre y nadie las arrebatará de mi mano’. Que así nos sintamos seguros desde nuestra fe en Jesús.

domingo, 25 de abril de 2010

El Cordero que está delante del Trono será su Pastor


Hechos, 13, 14.43-52;
Sal. 99;
Apoc. 7, 9.14-17;
Jn. 10, 27-30

‘Porque el Cordero que está delante del Trono será su Pastor y los conducirá hacia fuentes de aguas vivas. Dios enjugará las lágrimas de sus ojos…’ nos dice el libro del Apocalipsis.
Celebramos en este cuarto domingo de Pascua a Cristo Buen Pastor; Cristo es el Cordero inmolado que se ofrece y se inmola para quitar el pecado el mundo, pero al mismo tiempo es el Pastor que nos guía y nos conoce, nos alimenta y da su vida por nosotros, de lo que nos habla el Evangelio. Conducirá a su rebaño, como decía el Apocalipsis, ‘hacia las fuentes de aguas vivas’. Cuántas veces hemos rezado el salmo ‘el Señor es mi pastor, nada me puede faltar, en verdes praderas me hace recostar, me conduce hacia las fuentes tranquilas y repara mis fuerzas’.
Toda la liturgia de este domingo está impregnada de este sentido porque en las oraciones repetidamente nos habla del ‘rebaño adquirido por la sangre de Cristo’, y pedimos que podamos ‘tener parte en la admirable victoria de su pastor’. Por su parte los prefacios nos hablan de Cristo, ‘nuestra Pascua que ha sido inmolada y no cesa de ofrecerse por nosotros y de interceder por todos’, porque ‘inmolado ya no vuelve a morir, sacrificado, vive para siempre’.
‘Nosotros somos su pueblo y ovejas de su rebaño’
, decíamos en el salmo. Todo esto me hace hacerme la siguiente reflexión. Como miembros del pueblo de Dios sentimos también en nuestro interior y desde nuestra unión con Cristo la urgencia y la inquietud por la vida y el crecimiento de ese pueblo de Dios, porque a todos los hombres sea anunciado el nombre de Jesús. Tarea no siempre fácil, por nuestra debilidad y condición pecadora que no siempre hacemos atrayente para los demás nuestra forma imperfecta de vivir la salvación que Cristo nos ofrece, y porque no siempre encontramos un campo bien dispuesto que quiera aceptar la semilla del evangelio que nosotros queramos sembrar.
En la primera lectura, los Hechos de los Apóstoles, se nos narra la tarea evangelizadora que hacen Pablo y Bernabé en lo que llamamos el primer viaje apostólico y misionero de Pablo. Encontramos reacciones muy contrapuestas porque en lo que al principio podría parecer un éxito grande en tantos que escuchaban con agrado la predicación de Pablo y Bernabé, pronto se tornaba sombrío el ambiente cuando muchos dejándose arrastrar por la envidia se oponen con insultos y persecuciones a la predicación de los apóstoles; todo ello hará que se dirijan más a los gentiles que a los judíos y que luego tengan que marchar a otros sitios a proseguir su acción misionera porque allí no todos los aceptaban.
Es la tarea que, en medio de dificultades y también persecuciones de todo tipo, la Iglesia ha seguido realizando a través de los tiempos, y quiere seguir realizando hoy. Es toda la tarea misionera y pastoral que realiza la Iglesia. Como decíamos, no siempre es fácil. Porque nuestro mundo es como aquel tan diverso campo donde era sembrada la semilla en la parábola del sembrador que Jesús nos propone. Tierra endurecida por pisoteada, tierra llena de pedruscos o de abrojos y zarzales, y tierra buena aunque no siempre labrada con la misma intensidad en todas sus parcelas.
Se traduce en las dificultades diversas que se encuentran para hacer el anuncio de la Buena Nueva, porque a muchos no les interesa escuchar el mensaje, otros se encuentran bien – o eso les parece – como están y dicen no necesitar de esa novedad del evangelio para trasformar sus vidas, y en muchas ocasiones vamos a encontrar el rechazo y hasta la persecución que nos puede llegar bajo las más sutiles formas.
Pero el creyente en Jesús no se puede rendir ni echar para atrás por muy difícil que sea la tarea y aunque le lleguen incluso persecuciones. Estamos participando de la misión y de la obra de Jesús, y ya sabemos bien cómo El llega a subir al calvario y a la cruz. En el texto del Apocalipsis hoy encontramos más razones para la fortaleza y la esperanza, que es contemplar la gloria de Dios y a esa muchedumbre inmensa con vestiduras blancas y palmas en sus manos. ‘Son los que vienen de la gran tribulación: han lavado y blanqueado sus vestiduras en la sangre del Cordero’ y por eso ahora participan ya de la gloria del Señor, del triunfo del Señor en el cielo. Recordemos cómo pedíamos en la oración que ‘el débil rebaño de los que seguimos a Jesús tengamos parte en la admirable victoria de su pastor’. No nos puede faltar la esperanza y la valentía para seguir haciendo el anuncio del mensaje cristiano.
Cuando estamos celebrando este domingo del Buen Pastor y reflexionando sobre esta tarea evangelizadora y pastoral de la Iglesia se nos invita a mirar a quienes de una manera especial realizan esta acción pastoral en la vida sacerdotal y/o en la consagración de la vida religiosa. En otras épocas este domingo del Buen Pastor era algo así como el día del párroco por esa labor de pastor que realiza en las comunidades parroquiales.
Hoy se convierte en una Jornada vocacional, una Jornada de especial oración por las vocaciones, vocación a la vida sacerdotal y a la vida religiosa o consagrada. ‘El testimonio suscita vocaciones’, es el lema que se nos propone este año y sobre el que gira el mensaje del Papa para esta Jornada.
Yo diría que es una llamada a nosotros, los sacerdotes y a todos los consagrados al Señor, para que demos ese buen olor de Cristo, ese testimonio claro para que muchos puedan sentir también la llamada del Señor en su corazón para vivir igualmente una vida de servicio a Dios y a la Iglesia en esa especial vocación sacerdotal o religiosa.
Tendría que ser también una llamada a todos los cristianos para que, valorando la vida de entrega de los sacerdotes y religiosos y religiosas, oren al Señor para que sintamos la fuerza divina de la gracia que nos haga fieles, ejemplares para los demás en el seguimiento del Señor y en la vivencia de nuestra vocación y nuestros específicos carismas, lleguemos a dar ese testimonio que suscite vocaciones.
Es una Jornada, pues, para orar intensamente al Dueño de la mies para que envíe operarios a su mies. La oración intensa del pueblo cristiano alcanzará esa gracia del Señor para la Iglesia. Que importante la oración de los enfermos, de los ancianos, de las personas que viven la cruz del dolor y del sufrimiento, de la soledad y del abandono, para hacer esa hermosa ofrenda al Señor uniéndose a la pasión y cruz de Cristo para pedir por las vocaciones. Un pueblo cristiano que ora por las vocaciones, porque valora y tiene en su justo valor ese ministerio en medio de la Iglesia, será un pueblo que se verá enriquecido con muchas llamadas del Señor en su seno.

viernes, 23 de abril de 2010

Santo Hermano Pedro o la vivencia del misterio de Cristo en la pobreza de Belén y de la Cruz


Is. 58, 6-11;
Sal. 111;
Ef. 3, 14-19;
Mt. 25, 31-46

‘Venid vosotros, benditos de mi Padre, estuve enfermo y me visitasteis. Os aseguro que cada vez que lo hicisteis con uno de estos mis humildes hermanos, conmigo lo hicisteis…’ ¡Cómo no recordar estas palabras cuando estamos celebrando la fiesta del Santo Hermano Pedro, nuestro santo canario!
Esa fue su vida y ese fue su camino de santidad. Una inquietud en su corazón le llevó a marchar a Centroamérica y allí gastó su vida en el amor. Cumplió ampliamente y al pie de la letra las palabras del Evangelio y lo que escuchamos también en el profeta Isaías. ‘Cuando partas tu pan con el hambriento y sacies el estómago del indigente, hospedes al pobre sin techo, y vistas al que ves desnudo… brillará tu luz en las tinieblas, tu oscuridad se volverá mediodía…’
Pobre llegó hasta Guatemala después de muchos avatares desde que partió de Tenerife y allí vivió entre los pobres y a su atención y servicio dedicó totalmente su vida. Cuba, Honduras fueron etapas, además nada fáciles por su enfermedad, por las que el Señor le fue llevando hasta que sintió que sería allí en Antigua donde gastaría su vida en el amor.
No vamos a extendernos en detalles de su vida que fue todo amor y servicio a los pobres y necesitados, sino aprender de él para vivir también nuestro camino de amor y santidad. Cuando los cristianos celebramos las fiestas de los santos aprendemos del ejemplo de su vida al tiempo que nos sentimos protegidos con su valiosa intercesión pero sobre todo nos sentimos impulsados a ver en su santidad un estímulo grande para nuestra personal lucha por la santidad.
La espiritualidad del Hermano Pedro se centra en tres grandes misterios de la vida de Cristo: Belén, la Pasión y la Eucaristía. Pobreza y humildad como contemplamos en el nacimiento de Jesús en Belén, entrega en el amor hasta ser capaz de dar la vida como lo hizo Cristo en su pasión, y unión grande y profunda con Cristo en la Eucaristía que es la fuente de su profundo espíritu de humildad, pobreza y servicio, como nos lo expresa la liturgia en las oraciones de su fiesta.
El Santo Hermano Pedro era un hombre de profunda oración, un contemplativo casi podríamos decir. En la oración va discerniendo él los caminos del Señor para su vida ya desde su juventud en Tenerife y será donde descubre esa llamada en su corazón para emprender esa travesía del Atlántico rumbo a América.
En cada paso que va dando, en los acontecimientos que van jalonando su vida siempre quiere descubrir y realizar lo que Dios quiere para él. Su propia enfermedad, la pobreza y la penuria por la que tendrá que pasar, sus trabajos en el barco que le lleva de un sitio para otro son señales de esos caminos de Dios que él va descubriendo y discerniendo en su espíritu de oración. Así llegará a Guatemala.
Querrá ser sacerdote pero la dificultad para los latines serán una señal para él del camino humilde que ha de seguir. En momentos difíciles y sin saber qué decisiones tomar, retirado en oración ante la Virgen encontrará su verdadero camino. Así se entregará por entero al servicio de los desheredados de este mundo, los más pobres e indefensos.
Como pedimos en la oración litúrgica de esta fiesta, con el ejemplo del Santo Hermano Pedro, que el espíritu de la Pasión que inundó la vida de nuestro Santo anime nuestra vida para que podamos servir a Dios en una auténtica caridad, y así podamos servir al Señor en nuestros hermanos más necesitados.

Cristo sale al encuentro de Saulo porque es un instrumento elegido

Hechos, 9, 1-20;
Sal. 116;
Jn. 6, 53-60

Cuando escuchamos el relato del martirio de Esteban se nos decía que quienes lo apedrearon ‘dejaron sus capas a los pies de un joven llamado Saulo… que éste aprobaba aquella ejecución’.
Hoy lo vemos con ‘cartas del Sumo Sacerdote para las sinagogas de Damasco, autorizándolo a traerse a Jerusalén presos a todos los que seguían el nuevo camino, hombres y mujeres’. No es de extrañar, pues, la reacción de Ananías cuando recibe la visión del Señor diciendo que ‘ha oído hablar a muchos de ese individuo y del daño que ha hecho a los fieles de Jerusalén…’
‘Este hombre es un instrumento elegido por mí, le dice el Señor, para dar a conocer mi nombre a pueblos y reyes, y a los israelitas…’ Ya tendremos ocasión de ver toda la tarea que le confía el Señor. Dios lo había escogido, le había salido al encuentro en el camino de Damasco. ‘Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?... soy Jesús a quien tú persigues. Levántate y entra en la ciudad que allí te dirán lo que has de hacer’.
El resplandor de la luz de Cristo que le había salido como un fogonazo de un relámpago le dejó ciego para los caminos de este mundo. Algo nuevo tenía ahora Saulo que ver. ‘Lo llevaron de la mano hasta Damasco’. La luz de Cristo le iba a iluminar totalmente, aunque ahora en su confusión sus ojos estuvieran ciegos. Cuando recibiera el Bautismo sus ojos se abrirían pero ya de otra manera. No era otra cosa lo que iba a mirar en adelante sino a Cristo a quien iba a tener muy presente en su vida. ‘Inmediatamente se le cayeron de los ojos como una escamas y recobró la vista’. Quien había venido como perseguidor, pronto ‘se puso a predicar en las sinagogas afirmando que Jesús es el Hijo de Dios’.
Tendremos oportunidad de seguir contemplando el camino de Saulo, que pronto sería Pablo, porque en el tiempo pascual leemos los Hechos de los Apóstoles de forma continuada y a partir de cierto momento va a haber un seguimiento muy intenso de la actividad de Pablo en sus primeros viajes apostólicos hasta que llegue preso a Roma.
Hoy nos quedamos con este encuentro con Cristo y su conversión. Cristo es el que le busca y le sale al encuentro. La luz de Cristo le ilumina de una forma distinta como también a nosotros. Cristo nos sale al encuentro también tantas veces con su luz pero cuánto nos cuesta dejarnos transformar por El. Esto es hoy una invitación para aprender a escuchar esa voz de Cristo que nos llama y nos pide cada día la transformación de nuestro corazón.
Cristo que viene a nosotros para darnos vida y se hace comida para que tengamos vida para siempre. Y hacemos ahora referencia al evangelio que con el discurso del Pan de Vida hemos venido escuchando estos días. Pero la riqueza de la Palabra de Dios que se nos ha ido proclamando ha sido grande y hemos tenido que optar en esta ocasión por comentar con mayor detalle lo que nos ha ido narrando el libro de los Hechos de los Apóstoles. Pero, por supuesto, ahí está toda la riqueza y profundidad del Evangelio que no podemos olvidar.
Aquí estamos ahora celebrando la Eucaristía donde Cristo mismo se nos da y se nos hace alimento de nuestra vida. ‘Mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida’, hemos escuchado. ‘El que me come vivirá por mí… el que come de este pan vivirá para siempre’. Que nos llenemos en verdad de Cristo, de su vida, para que tengamos vida para siempre. Con su fuerza no sólo nos alimentamos, sino que se transformará nuestro corazón.

jueves, 22 de abril de 2010

‘¿Y cómo voy a entender sin nadie que me guíe?’

Hechos, 8, 26-40;
Sal. 65;
Jn. 6, 44-52

‘¿Entiendes lo que estás leyendo?... ¿y cómo lo voy a entender si nadie me guía?’ Es el arranque de la conversación entre Felipe y el ministro de la reina de Etiopía que volvía de una peregrinación a Jerusalén.
El Espíritu del Señor – ‘el ángel del Señor’, dice el texto sagrado – condujo a Felipe, a quien hemos visto predicando en Samaria, hasta llevarlo junto a la carroza del eunuco. ‘Iba de vuelta, sentado en su carroza, leyendo al profeta Isaías’. Un texto en clara referencia a Jesús, Cordero inocente que se entrega por nosotros. ‘Invitó a Felipe a subir y a sentarse con él’. Felipe le explica ante las preguntas de aquel hombre. ‘Se puso a hablarle y tomando pie de este pasaje, le anunció la Buena Noticia de Jesús’.
Un anuncio kerigmático proclamando a Jesús como el Mesías Salvador. Una Catequesis que llevará a aquel hombre a pedir el Bautismo. ‘En el viaje llegaron a un sitio donde había agua y le dijo el eunuco: Mira, agua. Qué dificultad hay en que me bautice?... Si crees de todo corazón, se puede… Creo que Jesús es el Hijo de Dios’, proclamó su fe aquel hombre. ‘Felipe lo bautizó… y siguió su viaje lleno de alegría… el Espíritu del Señor arrebató a Felipe y que fue a parar a Azoto, y fue evangelizando los poblados hasta que llegó a Cesarea’.
Hasta aquí un resumen del texto. Varias cosas podemos subrayar. Después del martirio de Esteban los primeros creyentes se fueron dispersando por distintos lugares y fueron llevando la Buena Noticia a todas partes. Aunque en principio el evangelio era anunciado a los judíos, pronto va a ser proclamado también a los gentiles. Este caso es alguien venido de lejos, quizá un prosélito del judaísmo por el interés que muestra por los profetas y el Antiguo Testamento.
Pero aquí hay un detalle a destacar. Iba leyendo al profeta Isaías. Era como su libro de compañía en el largo viaje. Pero fue la Palabra de Dios que llegó a su corazón. Qué importante para nosotros la lectura de la Biblia. No sólo cuando la escuchamos en la celebración sagrada, en la Eucaristía sino también como lectura personal, para nuestra reflexión personal y como base de nuestra oración. Ya podríamos aprender a ello y saber encontrar tiempo a lo largo de la jornada para dedicar un tiempo cada día a esa lectura personal.
Este hombre se deja guiar. No entiendo totalmente el sentido de lo que está leyendo pero está con el deseo de encontrar alguien que le explique. ‘¿Y cómo voy a entender sin nadie que me guíe?’ Es un aspecto importante, dejarnos guiar. Cuando venimos a la celebración escuchamos la explicación que nos hace el sacerdote. Pero los cristianos necesitamos algo más. Qué hermoso cuando en nuestras parroquias surgen grupos con deseos de profundizar en el evangelio o otra cualquier parte de la Biblia y se reúnen para hacer la lectura en común buscando alguien que oriente, que ayude, que dirija esa lectura para sacar provecho.
Felipe se deja conducir por el Espíritu del Señor que le lleva allí donde es necesario ese anuncio de la Buena Noticia de Jesús. Ha estado en Samaria, ahora es llevado junto a este hombre para ese anuncio del evangelio y luego seguirá evangelizando por distintos lugares como ya hemos reseñado. Dejarnos conducir por el Espíritu del Señor para eso bueno que nos va inspirando en nuestro corazón. Seguro que el Espíritu querrá llevarnos a muchas cosas buenas, a mucho que podemos hacer por los demás o por el anuncio del Evangelio. No pongamos resistencia al Espíritu del Señor.
El anuncio claro y firme que hace Felipe del nombre de Jesús como nuestro Salvador moverá el corazón de aquel hombre para hacer una profesión de fe, convertir su corazón al Señor y recibir el Bautismo. A eso tiene que llevarnos la Palabra de Dios que se nos proclama y que nosotros escuchamos. Que nuestra fe sea firme. Que nuestra conversión al Señor sea total. Que en verdad nos dejemos inundar por la gracia del Señor que recibimos en los sacramentos para vivir la salvación de Dios.

miércoles, 21 de abril de 2010

El que cree en mi nunca pasará hambre…

Hechos, 8, 1-8;
Sal. 65;
Jn. 6, 35-40

‘El que viene a mí no pasará hambre, y el que cree en mí nunca pasará sed’. Se había establecido un diálogo intenso entre Jesús y los que habían venido buscándole después de lo de la multiplicación de los panes.
Lo importante era creer en Jesús, pero les costaba creer y andaban siempre pidiendo signos y señales. Aún ahora después del gran signo que Jesús había hecho al darles de comer con el pan multiplicado milagrosamente allá en el descampado.
‘¿Qué signo vemos que tú haces, para que creamos en ti?’ Y le recuerdan a Jesús el maná que Moisés les dio en el desierto, mientras caminaban hacia la tierra prometida. Pero Jesús les dice que quien les da verdadero pan del cielo es el Padre Dios, ‘porque el pan de Dios es el que baja del cielo y da vida al mundo’.
¿Quién ha bajado del cielo para dar vida al mundo? ¿Quién es el que a pesar de su categoría de Dios se abajó y rebajó para hacerse hombre, para hacerse el último, para entregar su vida para que nosotros tengamos vida? Jesús es el verdadero Pan del cielo, el verdadero Pan de vida. ‘Yo soy el Pan de vida’, nos dice Jesús.
Por eso es necesario ir hasta Jesús. Con El ni tendremos hambre ni tendremos sed. Teniendo fe en Jesús tendremos vida porque sólo en Jesús encontraremos la vida verdadera. Sólo en Jesús encontramos la vida que dura para siempre. Sólo en Jesús encontraremos el auténtico sentido de nuestro existir, lo que nos da vida en plenitud.
‘Señor, danos siempre de ese pan’, le piden ahora los judíos de Cafarnaún, como un día le había pedido la samaritana el agua que calma la sed para siempre. ‘Señor, dame de esa agua; así no tendré ya más sed y no tendré que venir hasta aquí para sacarla’. Ojalá nos diéramos cuenta de que no tenemos que ir a otra fuente, que no tenemos que buscar otro pan, sino solamente a Jesús.
Dame de ese pan, dame de esa agua, también tenemos que pedirle nosotros a Jesús. que en Jesús sacie mi sed, que en Jesús me llene de vida para siempre. Así tenemos que creer en El y no andaremos desorientados buscando donde no vamos a encontrar. Qué importante que nuestra fe en Jesús sea fuerte, se mantenga firme, estemos firmemente convencidos de que El es nuestra única luz y nuestra única vida. Nada ya nos hará dudar. Con El arrancaremos de nosotros para siempre todos los temores y los miedos, lanzaremos lejos de nosotros todas las dudas y las tinieblas. Con Jesús todo será ya luz y vida.
‘Esta es la voluntad del Padre, el trabajo que Dios quiere, escuchamos en días pasados, que creáis en aquel que El ha enviado’. Ahora nos dice que El no hace otra cosa que la voluntad del Padre. ‘Esta es la voluntad del Padre que me ha enviado… que todo el que ve al Hijo y cree en El tenga vida eterna y yo lo resucitaré en el último día’.
También nosotros hemos de buscar lo que es la voluntad de Dios. Lo pedimos cada día; lo deseamos y tratamos de realizar esa voluntad de Dios en nuestra vida de cada día. ‘Hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo’, pedimos en el padrenuestro. Pero decir ‘hágase’, es decir quiero hacer, busco la manera de hacer, me comprometo seriamente a hacer la voluntad de Dios en mi vida. Pido al Señor que me ayude con su gracia; me alimento del Pan de vida, de Cristo para tener fuerza en todo momento para hacer su voluntad.

martes, 20 de abril de 2010

No es el discípulo mayor que su maestro y Esteban dio testimonio con la entrega de su vida

Hechos, 7, 51-59;
Sal. 30;
Jn. 6, 30-35

Jesús les diría un día a sus discípulos: ‘Acordáos de las palabras que os he dicho: no es el siervo mayor que su señor, ni el enviado mayor que el que lo envía, ni el discípulo mayor que su maestro… si me persiguieron a mí, también a vosotros os perseguirán… os echarán mano y os perseguirán, os arrastrarán a las sinagogas y os harán comparecer ante gobernadores y reyes por causa de mi nombre…’
He querido recordar estas palabras de Jesús cuando hemos escuchado en el relato de los Hechos de los Apóstoles del martirio de Esteban que se iba a convertir en el primer mártir, el protomártir. Estamos viendo como calcado en Esteban el cumplimiento de las palabras de Jesús, que ‘lleno de gracia y de poder realizaba grandes prodigios y signos en medio del pueblo’, como escuchamos ayer. Se repite en cierto modo lo que anteriormente se nos ha dicho de la predicación y del actuar de los apóstoles. Ayer escuchábamos cómo ‘no podían hacer frente a la sabiduría y al espíritu con que hablaba’.
Hoy contemplamos cómo sus palabras provocan la ira de los judíos que lo echan fuera de la ciudad y allí lo lapidan hasta darle muerte. Esteban, ‘lleno del Espíritu Santo’ contempla la gloria de Dios y con la fuerza del mismo Espíritu podrá repetir palabras y gestos de Jesús en su muerte en la cruz. También como Jesús pedirá a Dios que no tenga en cuenta el pecado de aquellos hombres, como Jesús que desde la cruz los disculpaba: ‘Señor, no les tengas en cuenta su pecado’; igualmente en el momento de expirar pondrá su vida en las manos de Jesús como éste lo hiciera en la Cruz poniéndose en las manos del Padre: ‘Señor Jesús, recibe mi espíritu’.
El proceso contra Esteban y su martirio podíamos decir que reproduce en cierto modo el proceso contra Jesús y su pasión y muerte. Unos testigos falsos también atestiguarán para buscar motivos para darle muerte y ya hemos escuchado como repite los gestos y las palabras de Jesús en la cruz. Sólo quien está lleno del Espíritu de Dios como lo estaba Esteban podía hacerlo. Pero aquí vemos también el cumplimiento de lo anunciado por Jesús que nos dijo que no nos preocupáramos de nuestra defensa porque El nos daría su Espíritu que sería nuestra fortaleza y pondría palabras en nuestros labios.
Esteban es el testigo de Cristo que proclama el evangelio con arrojo y valentía porque lo guía la fuerza irresistible del Espíritu. Recordemos cómo los apóstoles le habían impuesto las manos cuando fue elegido para ser uno de los siete primeros diáconos, como hemos visto en días pasados. Da testimonio Esteban ante los jueces y ante quien quisiera oírlo de cómo contempla la gloria de Dios y llega a dar el supremo testimonio del martirio, testimonio a precio de su sangre.
¿Qué podemos colegir nosotros de todo esto que estamos recordando y reflexionando? Por una parte ser capaces de poner nuestra vida siempre en las manos del Padre, porque en todo siempre queremos hacer su voluntad. Por otra parte se capaces como Jesús en la cruz y como Esteban en su martirio de perdonar y de disculpar siempre incluso a aquel que nos haya podido hacer mal.
Recordar finalmente también que nosotros hemos de ser testigos, que a nosotros también se nos ha dado el don del Espíritu Santo en el Sacramento de la confirmación que nos convierte en testigos, en heraldos de Cristo. Que el Señor nos dé esa misma valentía y audacia para llevar el nombre de Jesús a los demás, para empapar este mundo en que vivimos de Evangelio. Que el Espíritu nos vaya inspirando en todo momento esas obras buenas que hemos de hacer, esa valentía del bien y del amor con lo que nos convertimos en esos testigos valientes de nuestra fe, de Cristo nuestro Señor.

lunes, 19 de abril de 2010

Me buscáis, no porque habéis visto signos…

Hechos, 6, 8-15;
Sal. 118;
Jn. 6, 22-29

‘Cuando la gente vio que ni Jesús ni sus discípulos estaban allí, se embarcaron y fueron a Cafarnaún en busca de Jesús… Maestro, ¿cuándo has venido aquí?’
Fue después del milagro de la multiplicación de los panes. Habían comido hasta saciarse y entusiasmados habían querido proclamarlo Rey. Pero Jesús envió a los discípulos en barca a Cafarnaún y ‘El se retiró a la montaña El solo’. En medio el hecho de que Jesús caminara sobre el agua mientras los discípulos remaban con el viento en contra. Ahora llegan a Cafarnaún buscándolo.
¿Por qué lo buscan? ¿Sólo estaban entusiasmados por el milagro con el habían comido abundantemente en el desierto? Al encontrarse con Jesús, les hace reflexionar aunque les cueste entender. ‘Os lo aseguro; me buscáis no porque habéis visto signos, sino porque comisteis pan hasta saciaros. Trabajad no por el alimento que perece, sino por el alimento que perdura, el que os dará el Hijo del Hombre…’
Se habían quedado en el hecho material del pan multiplicado, pero no habían sido capaces de ver el signo con el que Jesús quería hablarles. El evangelio de Juan, ya lo sabemos, utiliza habitualmente la palabra signo para referirse a los milagros. Y es que esos hechos extraordinarios y maravillosos donde se manifiesta el poder de Dios en Jesucristo son signos de algo más profundo aún; quieren significar lo que realmente Jesús quiere darnos con su gracia, con su vida entrega, con el evangelio que se nos predica, con el Reino de Dios que se nos anuncia.
¿No nos sucederá a nosotros lo mismo? Quizá podríamos fijarnos un poco en las cosas más usuales que le pedimos al Señor en nuestra oración. Con qué facilidad nos fijamos de manera especial en cosas del orden material. Es cierto que en todo hemos de ver la mano de Dios y con El hemos de contar, pero muchas veces sólo nos quedamos en esas cosas.
Participaba en un encuentro con un grupo de personas y en un momento determinado se les ofreció la posibilidad que expresasen en alta voz de forma espontánea aquello por lo que querían orar o pedir al Señor. Muchas peticiones se quedaron en rogar por la salud física, la solución de los problemas sobre todo de orden material que pudieran tener. Repito que no digo que no haya que pedirle esas cosas al Señor, pues con El hemos de contar para todo.
Pero, ¿querer descubrir lo que era la voluntad de Dios para su vida? ¿pedir la ayuda del Señor para hacer que nuestra vida o nuestro mundo fuera mejor porque desterráramos la violencia o nos quisiéramos más? ¿darle gracia a Dios porque sentimos su amor en nuestra vida y nos está dando su perdón y su gracia? ¿preocuparme de los demás, de los que sufren y pedirle a Dios que nos ayude para ser capaces de nosotros saber estar al lado de esas personas? ¿pedir para que creciera más nuestra fe y fuéramos capaces de trasmitirla a los demás? No hubo peticiones casi que se expresasen así.
¿Se parecerá algo de todo esto con el interés que tenían aquellas gentes de Cafarnaún por buscar a Jesús? Hemos escuchado cómo les dice Jesús a aquellas gentes: ‘Este es el trabajo que Dios quiere: que creáis en el que El ha enviado’. Por ahí quizá tendríamos que empezar. Que crezca nuestra fe en Jesús; que cada día crezca más y más nuestro conocimiento de Jesús para así poderle amar más y poder realizar en nuestra vida el Reino de Dios que nos anuncia. Que en nuestros intereses y deseos esté muy presente ese Reino de Dios porque en verdad queramos impregnarnos de El y vivirlo. Que busquemos a Jesús queriendo encontrar en El ese amor de Dios que en El se nos manifiesta. ¿Rezamos por la Iglesia? ¿oramos por nuestra propia santificación? ¿pedimos también por la santificación de todos aquellos que nos rodean?

domingo, 18 de abril de 2010

Exultantes de gozo por la resurrección aprendamos a reconocer al Señor


Hechos, 5, 27-32.40-41;
Sal. 29;
Apoc. 5, 11-14;
Jn. 21, 1-19


Confieso que no sé por dónde comenzar mi comentario. Para comenzar resaltar toda la invitación a la alegría y el gozo al que nos invita hoy la liturgia en sus textos eucológicos sobre todo, pero también en el mensaje que nos ofrece la Palabra proclamada. Una ‘Iglesia exultante de gozo’, como diremos en una de las oraciones, ‘pues en la resurrección de tu Hijo nos diste motivos de tanta alegría…’ por eso que ‘tu pueblo exulte siempre al verse renovado y rejuvenecido en el espíritu… y concédenos participar también del gozo eterno…’
Alegría y gozo al seguir celebrando la Pascua, la resurrección del Señor, pero deseos de poder disfrutar de ese gozo eterno. ¿Cómo será ese gozo eterno? ¿Será como nos lo describe el libro del Apocalipsis en la visión de Juan que hoy hemos escuchado? ‘Digno es el Cordero degollado de recibir el poder, la riqueza, la sabiduría, la fuerza, el honor, la gloria y la alabanza’, proclaman ‘millares y millones de ángeles alrededor del Trono y de los vivientes y los ancianos y todas las criaturas que hay en el cielo, en la tierra, bajo la tierra, en el mar…’
La trascendencia y la esperanza con que hemos de vivir. Aunque aún caminamos en este valle de lágrimas en la esperanza vivimos anticipadamente ese gozo sabiendo que el Señor nos ama y está con nosotros, caminando a nuestro lado. Por eso, en esa esperanza podemos ser esa Iglesia exultante de gozo y también nosotros cantamos la alabanza y la bendición al Señor reconociendo su presencia y su gracia en nuestro camino.
Y es que Cristo resucitado se hace presente en medio de la vida, allí donde estamos y donde vivimos, allí donde son nuestros trabajos y nuestras luchas. Los discípulos se habían vuelto a la pesca, a lo que había sido su trabajo de siempre. ‘Me voy a pescar’, había dicho Pedro. ‘Vamos también nosotros contigo’, diría también el resto de los discípulos que estaban en Galilea. Pero allí está Jesús. Quizá en principio no se percatan de su presencia, no lo distinguen en aquel amanecer. Pero allí está el Señor.
Necesitaremos unos ojos de fe y de amor, como los apóstoles, también nosotros para descubrirlo. Necesitaremos caldear fuertemente nuestro corazón de amor para sentirlo. Fue el discípulo amado el primero que cayó en la cuenta. ‘Es el Señor’, le dice a Pedro. Y aquel entusiasmo de Pedro por Jesús, del Pedro que un día había hecho la más hermosa confesión de fe en Jesús, le hará saltar al agua para llegar pronto hasta donde está Jesús.
Nos vamos a la pesca, o andamos afanados en nuestras preocupaciones y responsabilidades; estamos ahí en lo que es nuestra vida de cada día. Pero es Jesús el que está a nuestro lado señalándonos caminos y tareas, interesándose por nuestras preocupaciones, nuestras tareas, nuestros fracasos o nuestras ilusiones, dándonos la fuerza y la luz que necesitamos. ‘Muchachos, ¿tenéis pescado?’ les había preguntado. ‘Echad la red a la derecha de la barca y encontraréis’, les señala. Es la Palabra de Jesús que llega llena de vida a nosotros; esa palabra que ilumina y da vida.
Qué a oscuras o a ciegas andamos muchas veces. Queremos hacer y no podemos; buscamos lo bueno y andamos confundidos; intentamos e intentamos pero nos parece que ya nada sabemos hacer; andamos llenos de dolores y sufrimientos y nos parece que nada tiene sentido. Jesús viene a nosotros con su Palabra para iluminarnos, para darnos fuerzas, para crear ilusión y da esperanza a nuestro corazón, para darnos el verdadero sentido a nuestra vida. Escuchemos esa Palabra de Jesús en nuestro corazón como la escucharon aquella mañana los discípulos en el lago y todo comenzó a ser distinto para ellos.
‘Al saltar a tierra, ven unas brasas con un pescado puesto encima y pan… traed de los peces que acabáis de coger… vamos almorzad… y ninguno de los discípulos se atrevía a preguntarle quién era, porque sabían bien que era el Señor’. Jesús invita a comer a los discípulos que vuelven exhaustos de la tarea. Ese pescado asado y ese pan con la invitación de Jesús nos puede estar señalando muy bien esa invitación que nos hace Jesús para que vayamos a El y de El nos alimentemos. Es Jesús el que les da de comer. Es Jesús quien en verdad alimenta nuestra vida.
El se nos da en la Eucaristía, bien lo sabemos. Tampoco nosotros necesitaríamos preguntar porque sabemos que cuando venimos a la Eucaristía es Cristo mismo el que se nos da. Comiéndole a El vamos a tener vida y vida para siempre. El quiere ‘renovarnos con los sacramentos de vida eterna’, como expresaremos en la oración final de la Eucaristía, para que nos llenemos de vida para siempre, ‘alcanzar la resurrección gloriosa’.
Finalmente tomará aparte a Simón Pedro. ‘Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que estos?’ Será la triple pregunta, el examen de amor que Jesús hará a Pedro. Este se pondrá triste a la tercera vez que le hace la misma pregunta, ‘Señor, tú conoces todo, tú sabes que te quiero’, porque quizá el recuerde su negación y traición. Pero Jesús no está preguntando por fracasos ni fallos, sino que Jesús está preguntando por el amor, para que sea un amor en plenitud.
Un día le había dicho que sería piedra sobre la que fundamentar la Iglesia, ahora le dice que tiene que apacentar el rebaño. ‘Apacienta mis corderos, apacienta mis ovejas…’ Pescador o pastor Pedro estaba recibiendo una misión grande que Jesús le confiaba. Jesús sólo necesitará de su amor porque así sabe que será fiel para siempre, de manera que pueda confirmar en la fe a los hermanos.
‘Sígueme’, le dice Jesús. Le sigue en la fe; le sigue en el amor. Ahí estará siempre Pedro caminando delante porque está junto a Jesús, porque nos querrá llevar hasta Jesús. Será hoy Pedro el primero que se suba de nuevo a la barca para arrastrar la red hasta la orilla. Había aprendido la lección de cómo hay que hacer para ser el primero. Se hace servidor y por eso ahora sí será el primero, el que en nombre de Cristo nos apaciente, nos guíe nos ayude a caminar siempre hasta Jesús.
Pero nosotros, todos, también hemos de pasar ese examen de amor, como el que le hizo Jesús a Pedro. Serán muchas nuestras debilidades y flaquezas, pero el Señor quiere mirar ahora la medida de nuestro amor. ¿Podremos decirle también como Pedro ‘tú sabes que te amo, tú lo conoces todo, y sabes que te quiero’?
Creemos en El, queremos reconocerle siempre y correr para estar a su lado; queremos escuchar su Palabra que nos ilumine, nos guíe y nos fortalezca; queremos alimentarnos de El porque también nos sentimos invitamos a que vayamos a su Mesa. Será ahí donde alimentemos esa fe y ese amor. Será ahí donde aprenderemos a reconocerle como los discípulos de Emaús al partir el pan, pero caminando ese camino de amor aprenderemos también a reconocerle en el hermano, el que está a nuestro lado o más lejano, en el que sufre o en el que padece necesidad. Llenémonos de ese amor, sintámonos también nosotros amados del Señor y podremos como Juan reconocerle y decir ‘es el Señor’.

sábado, 17 de abril de 2010

El ministerio de la diaconía riqueza de la Iglesia

Hechos, 6, 1-7;
Sal. 32;
Jn. 6, 16-21

‘La Palabra de Dios iba cundiendo , y en Jerusalén crecía el número de los discípulos…’ Se va manifestando el crecimiento de la comunidad con la predicación de los Apóstoles y bajo la guía del Espíritu Santo que sostenía la vida de la comunidad y daba fuerzas para el testimonio valiente de la fe.
Eso no quita para que surjan algunos problemas en medio de la comunidad pero que con la fuerza y luz del Espíritu se irán resolviendo y manifestarán incluso la riqueza de la propia comunidad.
Hay el peligro de una cierta división a causa del origen diverso de aquellos que aceptaban la fe; unos, judíos originarios, podíamos decir, del lugar, pero otros judíos provenientes de la diáspora que con motivo de las diferentes fiestas judías se concentraban en Jerusalén y allí habían escuchado el mensaje del evangelio y se habían adherido a la fe. Recordemos el listado de pueblos diferentes de donde procedían los que habían escuchado la predicación de Pedro en Pentecostés y de alguna manera habían sido testigos de los hechos maravillosos de aquel día.
Unas quejas a causa de la atención que recibían unos u otros motiva que los apóstoles los convoquen y hagan la propuesta de elegir ‘a hombres de buena fama, llenos de espíritu de sabiduría’ para dedicarlos al servicio de la caridad, de la atención de los más necesitados mientras los apóstoles se dedicarán ‘a la oración y al servicio de la Palabra’. Eligieron a siete – nos da la relación el texto donde destacan algunos que veremos en diferentes momentos de los Hechos de los Apóstoles – ‘los presentaron a los apóstoles y les impusieron las manos…’
Surge así la diaconía, el ministerio del servicio de la comunidad en la Iglesia. Se manifiesta así la riqueza de la comunidad, la riqueza de la Iglesia, guiada por el Espíritu Santo, para hacer surgir este ministerio del servicio en la Iglesia. En ellos podemos ver a los diáconos con ese ministerio ordenado peculiar dentro de la comunidad. Y daremos gracias a Dios porque en medio de la Iglesia haya quienes ejerzan este ministerio en el orden sagrado recibido y no sólo como un paso hacia el Sacerdocio, al tiempo que tenemos que rogar al Señor para que haya muchos que reciban esa llamada y esa misión del Señor. Bien sabemos que el Orden del Diaconado como un servicio permanente a la comunidad se ha recuperado en la Iglesia. Todos conocemos los que llamamos diáconos casados aunque necesariamente no tienen por qué ser casados.
Pero en esta diaconía que surge en aquella primera comunidad y de la que nos habla hoy el libro de los Hechos de los Apóstoles podemos ver también a tantos que sin ser ministros ordenados viven su compromiso de servicio a la comunidad en tantas y tantas obras de la Iglesia. Podemos pensar en todos los voluntarios de Cáritas que desde su fe asumen este compromiso del amor, pero también en tantos otros que en la atención a enfermos, a discapacitados, a niños, jóvenes o mayores, prestan un servicio en nuestras parroquias y en nuestra comunidad.
Creo que también esto tiene que ser motivo para nuestra oración y para nuestra acción de gracias al Señor por ese compromiso en el amor que desde su fe viven tantas personas. Y orar por ellas para que en el Señor sientan su fuerza, pero para que también cunda cada día el número de los que sienten en su corazón esa llamada del Señor y lleguen también a ese compromiso.
Todo ello es expresión de la riqueza de nuestra Iglesia, de nuestras comunidades. Que así con ese testimonio de amor y de servicio crezca nuestra Iglesia y sean muchos los que se sienten llamados a la fe.

viernes, 16 de abril de 2010

Estaba cerca la fiesta de la Pascua y Jesús multiplica los panes

Hechos, 5, 34-42;
Sal. 26;
Jn. 6, 1-15

‘¿Con qué compraremos panes para que coman éstos?... lo seguía mucha gente porque habían visto los signos que hacía con los enfermos… estaba cerca la fiesta de la Pascua… Jesús levantó los ojos y al ver que acudía mucha gente…’ fue cuando le hizo la pregunta a Felipe ‘para tantearlo, pues bien sabía lo que iba a hacer’.
Muchos siguen a Jesús. Jesús quiere darles de comer. ¿Qué alimento les quiere dar Jesús? Les alimenta con su Palabra. Siempre vemos a Jesús enseñando, anunciando el Reino de Dios. En Jesús se despiertan esperanzas. Cuando ven que cura a los enfermos, se van tras El. Seguro que no sólo las curaciones de unos miembros impedidos o llenos de dolores lo que están buscando en Jesús aunque aparentemente eso sea lo primero que parece. Cuando le escuchan se quedan entusiasmados porque nadie ha hablado así. Se maravillan de las cosas que hace. ‘Nunca hemos visto una cosa igual’, dicen en muchas ocasiones. Ahora se han ido lejos tras Jesús y no quiere Jesús que se marchen así.
Va a realizar un signo que querrá significar mucho. ‘Jesús bien sabía lo que iba a hacer’. Precisamente estamos comenzando a leer el capítulo 6 de san Juan que comienza con la multiplicación de los panes pero que concluirá con el discurso del pan de vida en la sinagoga de Cafarnaún. Lo seguiremos leyendo a través de toda la próxima semana.
Por allí hay ‘un muchacho que tiene cinco panes de cebada y un par de peces; pero ¿qué es eso para tantos?’ Le vienen a contar los discípulos ante la dificultad de no tener donde comprar por lo menos doscientos denarios de pan para que coman todos. Jesús no necesita más. Es el pan de los pobres, el pan de cebada. Poca cosa para tanta gente, pero quizá haya generosidad y disponibilidad en aquel muchacho que lo pone a los pies de Jesús. ¿No es algo bonito lo que se está suscitando en el corazón de aquel muchacho ante la presencia de Jesús? ¿No decíamos antes que ante Jesús se despertaban muchas cosas bonitas en el corazón de las gentes porque se despertaba la esperanza?
Todo lo que va a realizar Jesús es un signo de amor. Por amor Jesús se ha preocupado de dar de comer a todas aquellas gentes. Por amor generoso aquel muchacho pone a disposición lo que tiene. Por amor milagrosamente Jesús lo multiplicará para que todos coman hasta que sobre. Amor y comunión les pide Jesús a las gentes que se sentarán en el suelo unos junto a otros, formando grupos, como nos dirá otro evangelista. Pero es que este signo de la multiplicación de los panes es un anticipo de la gran señal del amor que es la entrega de Jesús, y que será su donación inmensa, eterna en la Eucaristía donde querrá que le comamos a El. Ya lo iremos reflexionando en días sucesivos.
Nosotros ahora nos sentimos invitados por Jesús para que vengamos hasta El y le comamos en la Eucaristía. Antes destaqué lo que decía el evangelista cuando sucedió todo esto que nos narra que ‘estaba cerca la Pascua, la fiesta de los judíos’. Nosotros estamos en Pascua porque seguimos celebrando con gozo la fiesta grande de la resurrección del Señor y nos sentimos invitados por Cristo que se da, se parte y se reparte por nosotros para que de El nos alimentemos. Pero es que además cada vez que celebramos la Eucaristía celebramos la pascua, porque estamos anunciando, proclamando la muerte y la resurrección del Señor. ‘Cada vez que comemos de este pan y bebemos de este cáliz anunciamos la muerte del Señor hasta que vuelva’, que nos dice san Pablo.

jueves, 15 de abril de 2010

Que Dios nos haga testigos de su amor

Hechos, 5, 27-35;
Sal. 33;
Jn. 3, 31-36

‘El que cree en el Hijo posee la vida eterna… porque el Padre ama al Hijo y todo lo ha puesto en sus manos… y el que Dios envió habla las Palabras de Dios, porque no da el Espíritu con medida…’
Creemos en Jesús. Queremos poner toda nuestra fe en El. Y El nos da su vida, nos llena, nos inunda de vida eterna, porque nos da su Espíritu. Y ¡de qué manera! Nos inunda de su Espíritu para hacernos partícipes de su vida divina. Creo que a esta afirmación de fe nos lleva todo lo que venimos celebrando en estos días de Pascua. ¿Queremos pruebas más fuertes y contundentes de que en verdad quiere llenarnos de su vida que todo el misterio de Cristo que hemos contemplado y celebrado en los días pasados?
Nadie puede hacer tanto como ha hecho Jesús por nosotros si no es por amor. Grande es el amor de Dios que nos da a su Hijo, lo entrega por nosotros; grande es el amor que Jesús nos tiene cuando de tal manera se ha entregado por nosotros en su pasión y su muerte en Cruz. Es más, la consideración de tanta entrega y tanto amor tendría que mover nuestro corazón de una forma radical, mover nuestra vida a cambiar para amar más, para responder con mayor amor, en una palabra, para ser más santos.
Aunque nos parezca que nos repetimos – y es cierto que nos estamos repitiendo – creo que es tan grande lo que Jesús ha hecho por nosotros que no nos tendríamos que cansar de meditarlo, rumiarlo una y otra vez en nuestro interior para dar gracias, para alabar y bendecir al Señor, para dejarnos inundar de su Espíritu que es el que nos ayudará a que lo comprendamos todo, a que tengamos fuerza para realizarlo en nuestra vida.
¿Qué es lo que le dio valentía y coraje a Pedro y a los Apóstoles cuando tenían que enfrentarse a los tribunales y responder a los requerimientos del Sumo Sacerdote y del Sanedrín para que no hablasen del nombre de Jesús? El Espíritu Santo que habían recibido y moraba en sus corazones. Espíritu Santo que les había hecho comprender todas las cosas del misterio de Cristo en toda su plenitud y podían ahora ver claro y reconocer el amor y la gracia del Señor en su vida.
El tiempo de Pascua que venimos celebrando y que concluirá en Pentecostés nos lleva a vivir esa presencia de Cristo resucitado en nuestra vida, pero de alguna manera ya nos está haciendo presente la fuerza del Espíritu Santo que luego de manera especial recibiremos en Pentecostés. Aunque de manera un tanto más intensa nos aparecerá en la liturgia y en la Palabra de Dios en la última semana, eso no quita para que ya vayamos sintiendo su presencia y dejándonos inundar por su fuerza para hacer nuestra profesión de fe en Cristo resucitado.
Retomando de nuevo lo que decíamos de la valentía de los apóstoles para anunciar el nombre de Jesús como única salvación, hoy hemos visto que de nuevo ‘son conducidos a la presencia del Consejo del Sanedrín’ y les interrogan por qué no han obedecido las órdenes que les habían dado y en su lugar ‘habían llenado Jerusalén con las enseñanzas del evangelio de Jesús’. Ya conocemos su respuesta. ‘Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres’.
Quienes habían experimentado en sus vidas el amor de Dios que en ellos se había derramado, ahora no podían callar. Eran unos testigos a los que no se les podrá poner una mordaza en su boca, porque ‘testigos de esto somos nosotros y el Espíritu Santo que Dios da a los que le obedecen’.
Creemos en Jesús y obedecemos a Dios. Escuchamos su mensaje de amor y nos convertimos en testigos de todo aquello que hemos experimentado en lo más hondo de nosotros mismos. Que el Señor nos dé fuerzas para ser testigos de su amor.

miércoles, 14 de abril de 2010

Jesús la expresión suprema del amor del Padre y nosotros sus mensajeros

Hechos, 5, 17-26;
Sal. 33;
Jn. 3, 16-21

Creemos en Jesús. Celebramos nuestra fe en Jesús. Queremos vivir con toda intensidad nuestra fe en Jesús. Por eso estamos aquí, queremos vivir este estilo y sentido de vida. Pero cuando decimos que creemos en Jesús estamos reconociendo y proclamando el amor grande que Dios Padre nos tiene.
Jesús es la expresión suprema del amor del Padre a los hombres. Y Jesús es nuestro único salvador, que en ese amor de Dios y ese amor que El nos tiene por nosotros se ha entregado para que nosotros tengamos vida.
Es lo que nos viene a decir hoy el evangelio en esta conversación que venimos escuchando y comentando estos días entre Jesús y Nicodemo. ‘Tanto amó Dios al mundo, que entregó su Hijo único, para que no perezca ninguno de los que creen en El, sino que tengan vida eterna’.
Dios Padre desde el cielo nos lo señala como su Hijo amado y predilecto. Así lo escuchamos en la teofanía del Bautismo y en lo alto del Tabor cuando la transfiguración de Jesús. El Hijo amado de Dios, elegido y predilecto. A quien tenemos que escuchar y seguir. Pero a quien El nos ha entregado para que tengamos vida.
A pesar de que nosotros hayamos preferido la muerte cuando elegimos el camino del pecado, Dios no quiere nuestra condenación sino la vida y la salvación. ‘Porque Dios no mandó su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo se salve por El’.
Como nos explica Juan en el comienzo del Evangelio Jesús es la luz que vino a este mundo para iluminarnos, pero preferimos las tinieblas a la luz. Cuantas veces hemos preferido las obras del mal a las obras buenas, porque así nos hemos dejado engatusar por la tentación y el pecado.
La fe en Jesús supone aceptarle, pues, como nuestro único salvador. Es el amor de Dios que nos salva. Y cuando lo aceptamos como nuestro único salvador vivir ya para siempre en su luz. Vivir en la luz es vivir en la práctica de las buenas obras, unas obras según Dios. Unas obrar que tienen que ser entonces unas obras de amor.
Cuando nos detenemos un poquito a reflexionar sobre todo esto tiene que avivarse nuestro deseo de vivir a tope nuestra fe, nuestro deseo de vivir nuestra vida santamente realizando las obras del amor. Sentimos nuestra debilidad. Sentimos cómo la tentación del mal nos acosa. Y por eso mismo pedimos con insistencia al Señor que nos conceda la fuerza y la gracia de su Espíritu para que lleguemos a comprenderlo, a convencernos hondamente de todo esto, a vivirlo con toda radicalidad.
Pero todo esto además es algo que hemos de saber trasmitir también a los demás. Tenemos que ser mensajeros de evangelio, mensajeros del amor de Dios. Hemos escuchado hoy que cuando el Ángel del Señor liberó de la cárcel a los apóstoles les dijo: ‘Id al templo y explicadle al pueblo este modo de vida’. Hemos de ir al templo, hemos de ir a los hermanos para hablarles una y otra vez todo lo que es el amor que Dios nos tiene que nos ha enviado, entregado a su propio Hijo.

martes, 13 de abril de 2010

La fe en Jesús desemboca siempre en comunión

Hechos, 4, 32-37;
Sal. 92;
Jn. 3, 11-15

La fe en Jesús resucitado siempre desemboca en la comunión. En nuestra fe cristiana están íntimamente unidos. Mal se puede entender una auténtica fe en Jesús que pretendamos vivirla por nuestra cuenta o a nuestro aire. Es una exigencia fundamental de nuestra fe en Jesús el amor y la comunión.
Bien lo entendieron las primeras comunidades cristianas, porque la fe que profesaban en Jesús les hacía vivir unidos. Hemos venido escuchando que desde la predicación de los apóstoles, desde el testimonio que daban con valentía de la resurrección del Señor eran más y más lo que se adherían a la fe y se unían a la comunidad de hermanos. Y es que esa comunión era luego la mejor expresión de la fe que tenían en Jesús.
Cristo había sido levantado a lo alto para que todo el que creyera en El alcanzara la vida. Hoy nos decía el evangelio continuando con la conversación de Jesús y Nicodemo que ‘así como Moisés elevó la serpiente en el desierto, así tiene que ser elevado el Hijo del Hombre, para que todo el que cree en El tenga vida eterna’. Lo hemos comentado muchas veces. Es una clara referencia a la crucifixión de Jesús y a su glorificación. Porque se humilló hasta hacerse el último y el esclavo de todos, sometiéndose a la muerte de cruz pero Dios lo levantó y su nombre está sobre todo nombre y no hay ningún otro nombre en el que podamos salvarnos.
Creemos en Jesús, nos unimos a El para alcanzar la vida eterna. Y ¿en qué se manifiesta que tenemos vida? En que nos amamos. Es hermoso el testimonio que nos ofrece hoy el libro de los Hechos de los Apóstoles. ‘En el grupo de los creyentes todos pensaban y sentían lo mismo; lo poseían todo en común y nadie llamaba suyo propio nada de lo que tenía…’ Y nos habla a continuación cómo vendían sus posesiones para ponerlo a los pies de los apóstoles y nadie pasara necesidad.
¡Cuánto tenemos que aprender! Qué hermoso testimonio se nos ofrece en el libro de los Hechos en aquellas primeras comunidades cristianas. Tengamos también ojos de fe y de amor para ver ese mismo testimonio en muchas situaciones a nuestro alrededor y en muchas personas que viven una consagración al Señor así. Es el ideal de todo cristiano, pero es el ideal que viven los consagrados al Señor de manera especial en la vida religiosa.
Era una comunión que llega al extremo de compartir todos los bienes materiales, pero era una comunión nacida del amor que les hacía quererse de verdad, sentirse auténticamente en comunión desde lo hondo del corazón los unos con los otros. Y nos ofrece también el testimonio de Bernabé, a quien luego seguiremos viendo en su entrega apostólica a lo largo de los Hechos de los Apóstoles.
Pedíamos en la oración que el Señor nos hiciera capaces de anunciar la victoria de Cristo resucitado. Que lo hagamos con nuestras palabras y nuestra vida, que lo hagamos con nuestro amor y nuestra comunión, que lo hagamos con nuestro desprendimiento y nuestra generosidad. ‘Los apóstoles daban testimonio con mucho valor de la resurrección del Señor’, nos decía el libro de los Hechos. Que ese sea también nuestro testimonio valiente. Un testimonio que se manifieste por nuestra comunión de hermanos.

lunes, 12 de abril de 2010

La muerte ya no tiene dominio sobre él

Hechos, 4, 23-31;
Sal. 2;
Jn. 3, 1-8

‘Cristo, una vez resucitado de entre los muertos, ya no muere más; la muerte ya no tiene dominio sobre él’. Con esta antífona, tomada de la carta a los Romanos, se abre la liturgia de este día.
Seguimos viviendo el tiempo de Pascua y seguimos sintiendo en nuestro corazón el gozo del triunfo de Cristo con su resurrección, pero seguimos sintiéndonos con Cristo también vencedores de la muerte y del pecado. Participamos del triunfo de Cristo. La muerte y el pecado ya no han de tener dominio sobre nosotros.
A El nos hemos unido en nuestro Bautismo, que es un participar en el misterio pascual de Cristo, un hacernos partícipes de su muerte y resurrección. Con Cristo, pues, desde nuestro Bautismo somos hombres nuevos. Por eso hemos escuchado hoy en el evangelio que hemos de nacer de nuevo por el agua y el Espíritu, que es una clara referencia al Bautismo.
Ya lo hemos escuchado. ‘Nicodemo, magistrado judío, fue a ver a Jesús de noche’. Un hombre con inquietud en el corazón y para quien no caían en balde las palabras y los gestos de Jesús. Quiere conocer más hondamente a Jesús. Busca quizá el silencio de la noche como el momento más oportuno para ese encuentro con Jesús. ‘Rabí, sabemos que has venido de parte de Dios, como maestro; porque nadie puede hacer los signos que tú haces si Dios no está con él’. Es un reconocimiento a Jesús, lo llama rabí, maestro, ve en él el actuar de Dios.
Pero Jesús va al grano, por así decirlo. Hay que nacer de nuevo para ver el Reino de Dios. Los otros evangelistas cuando nos hablan del inicio de la predicación de Jesús hablan de la invitación a la conversión, al cambio total y radical. En el evangelio de Juan se nos habla de nacer de nuevo. Como Nicodemo no llega entender eso de nacer de nuevo, sobre todo si uno es ya viejo, responderá Jesús: ‘Te lo aseguro, el que no nace del agua y del Espíritu, no puede entrar en el Reino de Dios…’ Clara referencia al Bautismo, como ya dijimos. Clara referencia a ese hombre nuevo que tenemos que ser. Y lo podemos ser por la acción del Espíritu que es el que en verdad transformará nuestro corazón y nuestra vida.
Un bautismo, como decíamos antes, que nos hace partícipes de la victoria de Cristo; un bautismo que nos llena de la vida de Dios para hacernos hijos. Por eso podíamos decir en la oración ‘nos permites que te llamemos Padre, acrecienta en nosotros el espíritu filial, a fin de que un día lleguemos a poseer la herencia que nos tienes prometida’.
Con esa esperanza y con la fuerza del Espíritu vamos haciendo el camino de nuestra vida cristiana, sintiéndonos fuertes en nuestra lucha contra el mal. Pero es algo que tenemos que pedir con insistencia, con confianza, con esperanza. Esa lucha contra el mal es la lucha contra la tentación y el pecado, contra la muerte del pecado de la que ya tendríamos que sentirnos vencedores como partícipes que somos de la victoria de Cristo. ‘La muerte ya no tiene dominio sobre él’. Ya no tendría que tener dominio sobre nosotros. Pero sabemos que el maligno nos acecha.
Un ejemplo hermoso lo tenemos en el texto de los Hechos que hoy hemos escuchado. ‘Pedro y Pablo, puestos en libertad, volvieron al grupo de los suyos y les contaron lo que les habían dicho los sumos sacerdotes y los ancianos’. Recordamos lo escuchado el pasado sábado con la prohibición de hablar de Jesús. Pero ahora vemos como la comunidad se pone a orar con fervor. Utilizan los textos de los salmos para inspirar su propia oración y para encontrar luz para esa situación por la que están atravesando donde comienzan las persecuciones. ‘Ahora, Señor, mira como nos amenazan, y da a tus siervos valentía para anunciar tu palabra, mientras tu brazo realiza curaciones, signos y prodigios, por el nombre de tu siervo Jesús’.
Igual nosotros hemos de saber leer esas situaciones y dificultades por las que podamos estar pasando. Que el Señor nos dé fuerza y valentía; que no nos falte nunca la gracia del Señor. Que su Espíritu esté siempre en nosotros y podamos ser esos hombres nuevos de la gracia. Que nunca la muerte ni el pecado vuelva a tener dominio sobre nosotros. Así hemos de orar para sentirnos fuertes siempre en el Señor.

domingo, 11 de abril de 2010

Vivamos con las puertas abiertas porque tenemos a Jesús resucitado


Hechos, 5, 12-16;
Sal. 117;
Apoc. 1, 9-13.17-19;
Jn. 20, 19-31

A los ocho días estamos reunidos de nuevo. Seguimos sintiendo viva en nosotros la presencia del Señor resucitado. También nosotros nos llenamos de alegría al ver al Señor, al encontrarnos con el Señor, al sentir viva en nosotros la presencia del Cristo resucitado. No se ha acabado para nosotros la intensidad con que celebramos la fiesta de la Pascua del Señor. Así queremos vivir y estamos viviendo, lo hemos vivido a través de toda esta semana, la octava de la Pascua.
La Palabra de Dios proclamada en este segundo domingo de Pascua a esto nos ayuda. En el evangelio las apariciones de Jesús a los discípulos reunidos en el Cenáculo el mismo primer día de la semana y ocho días después cuando ya está Tomás con ellos. Lo mismo nos ayuda el testimonio de la vivencia y del crecimiento de aquella primera comunidad de Jerusalén como nos relatan los Hechos de los Apóstoles. Igualmente la figura que se nos presenta en el Apocalipsis, imagen de Cristo resucitado: ‘me volví a ver quien me hablaba y al volverme, vi siete lámparas de oro, y en medio una firma humana, vestida de larga túnica con un cinturón de oro a la altura del pecho…Yo soy el que vive. Estaba muerto, y ya ves, vivo por los siglos de los siglos…’
Muchas cosas podemos concluir de los textos de la Palabra proclama que nos ayuden en la propia celebración y para el crecimiento y maduración de nuestra fe personal y de la vivencia de todos como comunidad cristiana. Destaquemos algunas cosas e interroguémonos también por dentro.
La primera, la paz. ‘Paz a vosotros’, es el saludo del Señor resucitado. Por tres veces aparece dicho saludo en el texto del evangelio de hoy. Frente al temor y a las dudas, la paz; frente a aquello que nos tiene rotos por dentro, nuestro pecado y nuestro desamor, la paz. La paz de la seguridad y la confianza que nacen de la presencia del Señor resucitado. La paz de quien se siente amado y perdonado. La paz del que en Cristo encuentra esa armonía interior, pero que será creadora también de comunión y nueva fraternidad con los demás. La paz de quien se siente seguro en el Señor y convencido de ello quiere comunicarlo y compartirlo con los demás.
‘Hemos visto al Señor’, le comunican inmediatamente los que se habían encontrado con el Señor al ausente Tomás. Pero en Tomás siguen las dudas, se seguía sintiendo turbado e inseguro por dentro porque aún no se había encontrado con el Señor. Pide pruebas que no son otra cosa que buscar apoyos donde afianzarse en sus inseguridades. Cuando se encuentre con el Señor, a los ocho días, ya no necesitará las pruebas, recobrará la fe y la paz. ‘¡Señor mío y Dios mío!’ es su exclamación y profesión de fe.
Es importante esta experiencia de encuentro vivo con el Señor. Algunas veces nos puede faltar a nosotros y vienen también nuestras dudas, inseguridades, turbaciones frente a cualquier problema o cosa extraña que nos pueda suceder. Por eso tenemos que cuidar mucho la forma cómo vivimos nuestras celebraciones alejando rutinas y frialdades, no dejándonos llevar por la tibieza. Importante que nuestros momentos de oración no se reduzcan a un recitar o repetir fórmulas de oración. Necesario siempre ese primer acto de fe para sentirnos en la presencia del Señor. ¡Qué distinto sería todo!
Cuando uno escucha los relatos de los Hechos de los Apóstoles ve la intensidad con que vivían aquellos primeros creyentes en Jesús y cómo crecía más y más el número de los que se adherían a la fe, no puede menos que tener también una mirada a nuestra situación actual, el hoy de nuestra iglesia y nuestras comunidades. Y surge la pregunta: ¿Qué signos y señales tenemos que dar los cristianos hoy para que aumente también, como en aquellas primera comunidades, el número de los creyentes?
‘Los apóstoles hacían muchos signos y prodigios en medio del pueblo’, dice el texto de los Hechos de los Apóstoles. ‘Los fieles se reunían de común acuerdo…, traían a los enfermos y a cuantos sufrían a los pies de los apóstoles, acudiendo de todas partes… y crecía el número de los creyentes, hombres y mujeres, que se adherían al Señor’.
Signos y prodigios, valentía para anunciar el nombre de Jesús a todos y en toda ocasión y se reunían de común acuerdo, y vivían una especial comunión entre todos los que creían en Jesús, como se nos manifiesta en otros textos también de los Hechos de los Apóstoles. Ya se habían abierto aquellas puertas en principio cerradas por miedo a los judíos. Se habían acabado las dudas y los temores. Tenían la certeza y la seguridad de la presencia del Señor resucitado.
¿Es así cómo nosotros lo vivimos? ¿o permaneceremos aún acobardados, con muchas puertas cerradas o encerrados en nosotros mismos porque muchas veces nos encontramos un mundo adverso? Ya sabemos que los momentos en que vivimos no son fáciles ni demasiado brillante quizá y que el mundo y las fuerzas del mal se valdrán de los que sea para oscurecer la labor de la Iglesia y acallar el mensaje de vida que en nombre del evangelio queremos proclamar. Cuántas cosas adversas.
Tenemos que sentirnos seguros de nuestra fe en Cristo resucitado. No nos faltará nunca su presencia ni la fuerza de su Espíritu que es el que en verdad guía la vida de la Iglesia. A través de la historia no han faltado momentos oscuros y difíciles pero no ha faltado tampoco la asistencia del Espíritu Santo que a pesar de todo ha mantenido incólume a la Iglesia. ‘El poder del abismo no la hará perecer’, le prometió Jesús a Pedro cuando lo hizo piedra sobre la que edificar la Iglesia.
Demos signos y señales con nuestra fe y con nuestro amor. La Iglesia, hemos de reconocer, sigue haciendo prodigios de amor a través de tantas personas fieles y santas y a través de tantas obras de amor que se siguen realizando. Tengamos confianza. Tenemos que ser luz con nuestra fe y con nuestras obras de amor. Y Jesús nos enseña en el evangelio que la luz hay que ponerla en alto para que ilumine. ‘Vean los hombres vuestras buenas obras para que den gloria al Padre del cielo’.
Vivamos ya con las puertas abiertas porque tenemos con nosotros a Jesús resucitado. Puertas abiertas de nuestro corazón para acoger a todos; puertas abiertas que nos pongan en camino para ir a llevar ese anuncio de Jesús a los demás, para anunciar el perdón y la paz, para ir a hacer un hombre nuevo y un mundo nuevo. ‘Hemos visto al Señor’, como le decían a Tomás. Es el anuncio que tenemos que hacer.
El evangelio que hemos escuchado termina diciéndonos que todo esto ‘se ha escrito para que creáis que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y para que, creyendo, tengáis vida en su nombre’. Pedíamos en la oración que se reanimara la fe de la Iglesia con estas fiestas pascuales. Que crezca así nuestra fe y nos llenemos de vida y de paz; que sepamos también trasmitir esa fe para que el mundo crea que Jesús es el Hijo de Dios y, creyendo, tengan también vida en su nombre.