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jueves, 4 de junio de 2009

Un nuevo y eterno Sacerdote, Jesucristo, el Señor

Hebreos, 10, 121-23
Sal. 39
Lc. 22, 14-20

‘He deseado enormemente, ardientemente, comer esta comida pascual con vosotros antes de padecer porque os digo que no la volveré a comer, hasta que se cumpla en el reino de Dios’.
Aquella cena pascual tenía un sentido especial. No era ya sólo el recuerdo de la antigua Pascua que todos los años celebraban, sino el inicio de una nueva Pascua. Se iniciaba una nueva Pascua y un nuevo sacerdocio. No era ya la ofrenda que se hacía cada día en el templo de aquellos sacrificios y holocaustos de animales o de frutos de la tierra, sino que era un nuevo y definitivo sacrificio el que se ofrecía. Ya no eran los sacerdotes de la antigua alianza, los del sacerdocio de Aarón, sino que era el Pontífice definitivo, que siendo al mismo tiempo sacerdote, víctima y altar se ofrecía a sí mismo de una vez para siempre para el perdón de los pecados y para la vida de la gracia.
‘Para gloria tuya y salvación del género humano constituiste a tu Hijo único nuevo y eterno Sacerdote, Pontífice de la Alianza nueva y eterna…y determinaste, en tu designio salvífico perpetuar en la Iglesia su único Sacerdocio’. Así lo expresa la liturgia de este día en la oración y el prefacio. Este día en que estamos celebrando esta fiesta de Jesucristo, sumo y eterno Sacerdote.
Hoy contemplamos y celebramos ese nuevo Sacerdote, a Jesucristo, nuestro Sumo y Eterno Sacerdote. El nos abrió un camino nuevo y vivo a través de su carne entregada y de su sangre derramada, y ya, en virtud de la Sangre de Cristo, podemos entrar definitivamente en el Santuario del cielo, como se nos expresaba en la carta a los Hebreos.
Cuando hoy contemplamos ese Sacerdocio eterno de Cristo tenemos que ser conscientes de lo que El nos hace partícipes. En virtud de la unción del Espíritu que con el Crisma hemos recibido todos los cristianos, en virtud de nuestro Bautismo, somos partícipes de ese Sacerdocio de Cristo. Con Cristo somos sacerdotes, profetas y reyes. Participamos todos los bautizados de lo que llamamos el sacerdocio común de los fieles, sacerdocio real del que nos habla San Pedro en su carta.
‘Vosotros, como piedras vivas sois edificados como casa espiritual para su sacerdocio santo, para ofrecer sacrificios espirituales aceptos a Dios por Jesucristo… vosotros sois linaje escogido, sacerdocio regio, gente santa, pueblo escogido para pregonar las excelencias del que os llamó de las tinieblas a su luz admirable…’
Por eso en el prefacio vamos a decir. ‘No sólo confiere el sacerdocio real a todo su pueblo santo, sino que también, con amor de hermano, elige a hombres de su pueblo para que, por la imposición de las manos, participen de su sagrada misión’.
Por eso, mirando el sacerdocio de Cristo, del que todos somos participes, como hemos dicho, por el bautismo, tenemos que mirar también a aquellos que de manera especial son escogidos para participar en el sacerdocio ministerial al servicio del pueblo de Dios; aquellos, pues, que han recibido el sacramento del Orden sacerdotal.
Hoy es una celebración eminentemente sacerdotal, donde el pueblo cristiano ha de saber estar al lado de sus sacerdotes, que como pastores del pueblo de Dios, en nombre de Cristo ejercen el sacerdocio en sus diferentes ordenes para la celebración de los sacramentos, para hacernos llegar la gracia de Dios y anunciarnos la Palabra de la salvación.
‘Ellos renuevan, en nombre de Cristo, el sacrificio de la redención, preparan a tus hijos para el banquete pascual, presiden a tu pueblo santo en el amor, lo alimentan con tu Palabra y lo fortalecen con los sacramentos’, como diremos en el hermoso prefacio de este día.
Por eso, el pueblo cristiano ha de pedir al Señor la gracia para que sus sacerdotes se configuren cada vez más con Cristo en una vida santa, y den testimonio constante de fidelidad y de amor.

miércoles, 3 de junio de 2009

En ti confío, no quede yo nunca defraudado

En ti confío, no quede yo nunca defraudado
Tobías, 3, 1-11.24-25
Sal.24
Mc. 12, 18-27

‘A ti, Señor, levanto mi alma’, hemos repetido en el salmo responsorial. Dos súplicas desde el dolor y llenas de esperanza suben a la presencia del Señor y, como se nos dice, son escuchadas. Todo el relato del libro de Tobías nos trae ese mensaje especial. Así lo hemos escuchado en los últimos versículos del texto hoy proclamado: ‘Por entonces llegaron las oraciones de los dos ala presencia gloria del Dios Altísimo y fue enviado el santo ángel Rafael a curarlos a los dos que habían elevado sus oraciones a Dios al mismo tiempo’.
Hermosa la súplica de Tobías. Hombre de generoso corazón dado siempre a hacer el bien a los demás, se ha quedado ciego y en la más extrema pobreza. Ayer escuchamos las circunstancias de su ceguera. Sufre él al verse ciego y sufre con los reproches que recibe hasta de su propia mujer. ‘Sí, tu esperanza se ha visto frustrada; ya ves de lo que te ha servido hacer limosnas’, le escuchábamos ayer enfadada.
‘Tu eres justo y justas son tus sentencias… actúas con misericordia, con lealtad y con justicia… acuérdate de mí… no tengas en cuentas mis culpas… Señor, haz de mí lo que quieras: hazme expirar en paz, que prefiero la muerte a la vida…’ Así oraba el anciano Tobit.
En el fondo de todo está una petición de paz, paz para su espíritu atormentado. Se siente débil y pecador pero se acoge a la misericordia del Señor. Recuerda la bondad, la lealtad y la misericordia del Señor y eso le hace confiar por encima de todo.
Hermosa oración. Cómo tendríamos que aprender a orar así, a poner toda nuestra confianza en el Señor que no nos abandona. ‘Dios mío, en ti confío, no quede yo defraudado, que no triunfen de mí mis enemigos, pues los que esperan en ti no quedan defraudados…’
La otra súplica dolorosa pero llena también de confianza es la de Sara, hija de Ragüel. Se siente desairada y burlada incluso por su sirvienta desde su situación en que se le han muerto sus siete maridos uno tras otro. - ¿Nos recuerda esto la ley del levítico a la que se hace mención en el Evangelio en la pregunta que le hacen a Jesús? Ya hemos comentado en otras ocasiones ese texto -. Llora y suplica Sara al Señor verse liberada de tal ignominia y, como se nos dice, la oración de Sara también fue escuchada por el Señor.
Se nos habla aquí del ángel Rafael que fue enviado por Dios a la tierra par conducir al joven Tobías al encuentro de la que va a ser su esposa, como seguiremos escuchando en los próximos días, y a encontrar remedio también para la salud de su padre Tobit. Ya sabemos cómo el arcángel Rafael es sinónimo de ‘medicina de Dios’, porque de algún modo podemos decir que esa fue la misión que le trajo a la tierra.
Una invitación a la confianza en nuestra oración. Oremos que Dios siempre nos escucha. Por muy dolorosa que sea nuestra situación, Dios atiende nuestras súplicas y con la respuesta y la presencia del Señor seremos siempre nosotros los beneficiarios de la gracia divina.
‘Dios mío, en ti confío; no quede yo nunca defraudado…’ El Señor no nos defrauda nunca. Siempre nos llenará de su gracia.

martes, 2 de junio de 2009

Sinceridad, autenticidad, libertad, verdad, responsabilidad y compromiso

Tobías, 2, 10-23
Sal. 111
Mc. 12, 13-17

En una primera aproximación al texto del evangelio podemos ver por una parte en un sentido negativo: mala intención, doblez del corazón, hipocresía, falsedad y mentira. Frente a ello la postura y la actitud de Jesús: sinceridad, autenticidad, libertad y verdad.
Se acercan a Jesús ‘unos fariseos y unos partidarios de Herodes para cazarlo con una pregunta’. Y la forma como inician la conversación con Jesús es desde la falsedad y la adulación, pues dicen todo lo contrario de lo que piensan. ‘Maestro, sabemos que eres sincero y que no te importa de nadie; porque no te fijas en apariencias…’ Realmente están diciendo una cosa cierta de Jesús, pero en la forma de plantearle la cuestión se nota la falsedad interior, porque lo que pretendían era ‘cazarlo’, con sus preguntas. Ya le propio evangelista nos comenta que ‘Jesús, viendo su hipocresía, les replicó…’
La actitud y la postura de Jesús es la de la verdad y la libertad. Jesús conoce además nuestro corazón por dentro y a El no lo podemos engañar. Pero es que además Jesús es ‘la verdad misma’, como se proclamaría a sí mismo en el evangelio. Jesús no se queda en las apariencias externas sino que quiere contar con la sinceridad y la verdad, la autenticidad de nuestro corazón, de nuestra vida.
De nada valen ahora estas preguntas tendenciosas. Ya conocemos la respuesta de Jesús. Les pide que le enseñen la moneda de uso legal y qué es lo que allí y se ve. De ahí la respuesta: ‘Dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios’. El problema de fondo en la pregunta estaba en la obligación o no, siendo un pueblo sometido al yugo de Roma, de pagar o no pagar los tributos al César.
Las palabras de Jesús en su respuesta hemos de saber entenderlas bien para no hacerle decir tampoco lo que El no quiso decir. Jesús realmente nos está planteando cosas bien hondas. ¿Cuál es el lugar de Dios para los creyentes? Porque si es el Dios y Señor de nuestra vida tendrá que ser también el centro de nuestra existencia. Pero ¿eso hará que este reñida nuestra actitud creyente con el devenir, incluso político, de la vida de la persona?
Tendríamos que decir que no está reñida sino que más bien es una exigencia: la preocupación por la ciudad temporal y la contribución que yo de he hacer, desde el sentido de mi vida, desde ese sentido que tengo también como creyente, de mejorar la situación y el bienestar de nuestra sociedad. El creyente no se encierra en sí mismo y se desentiende de la realidad temporal de la vida, sino todo lo contrario, tiene que sentirse realmente responsable de ese mundo que entre todos construimos.
Me atrevo a decir que nadie puede ser apolítico, pero eso no significa que tenga que ser partidista. No podemos devaluar la palabra política reduciéndola a un partidismo cerrado en unas ideas predeterminadas. La ‘polys’ – palabra griega raíz de la palabra política - era la ciudad y la preocupación por la ciudad, por la sociedad en la que vivimos, es tarea de todo ciudadano. Y también yo como creyente tengo que sentirme responsablemente comprometido a trabajar por mi sociedad, por mi mundo. Y claro lo haré desde mis principios, desde el sentido que yo tengo de la vida; principios y sentido que yo encuentro en mi fe en Jesús y su evangelio.
Y aquí tenemos que decir que es necesario que más creyentes con unos verdaderos principios éticos y morales vivan este compromiso para poder darle el mundo rumbo a nuestra sociedad. Nos quejamos del rumbo que va tomando nuestra sociedad pero quizá no ponemos el empeño para hacer que las cosas sean de otra manera. Que el Señor nos ilumine.

lunes, 1 de junio de 2009

El Señor habla por mí y para mí

Tobías, 1, 1-2: 2, 1-9
Sal. 111
Mc.12, 1-12


Quiero expresar, en primer lugar, el marco litúrgico en que nos encontramos, ya que estos comentarios van al hilo de la Palabra de Dios proclamada cada día. Concluíamos ayer el tiempo pascual con la fiesta de Pentecostés y retomamos de nuevo el llamado tiempo Ordinario. Lo habíamos iniciado a partir de la fiesta del Bautismo del Señor para quedar interrumpido el miércoles de ceniza en el comienzo de la Cuaresma que nos conducía a la Pascua. Ahora lo volvemos a retomar para concluir cuando vayamos a iniciar un nuevo ciclo en el próximo Adviento. Aunque nos quedan dos domingos de especial significación, la Santísima Trinidad y Corpus Christi, ya en medio de la semana seguimos con la lectura continuada de la Palabra de Dios.
Hoy precisamente iniciamos la lectura del libro de Tobías que lo seguiremos durante toda esta semana. Libro que entra en el conjunto de los sapienciales por el sentido que tiene. Nos presenta hoy a Tobías, hombre honrado y piadoso, que destaca por la generosidad de su corazón en el cumplimiento de lo que podríamos llamar las obras de misericordia, dar de comer al hambriento y enterrar a los difuntos.
Es un amor generoso el que destaca en Tobías que le hará buscar incluso al necesitado. Habiéndosele preparado una buena comida en su casa porque era el día de la fiesta del Señor, no quiere sentarse a la mesa sin que su hijo vaya a buscar un pobre con el que compartir su comida. ‘Vete a invitar a un pobre… para que venga a comer con nosotros’, le dice a su hijo.
Pero el hijo le traerá la noticia de un israelita al que han asesinado y cuyo cadáver se encuentra tirado en la plaza, pues estaba prohibido darles sepultura. No lo puede consentir, trae el cadáver a su casa para darle sepultura en la noche, exponiendo incluso su vida. ‘Los vecinos le regañaban diciéndole: por este motivo te condenaron una vez a muerte… ¿cómo es posible que vuelvas a lo mismo? Pero Tobías temía a Dios más que al rey…’ termina diciendo el texto sagrado. ‘Su caridad es constante, sin falta. En las tinieblas brilla como una luz el que es justo, clemente y compasivo…’ que decíamos en el salmo.
El texto del Evangelio hoy escuchado lo habremos meditado muchas veces. ‘Un hombre plantó una viña, la rodeó de una cerca, cavó un lagar, construyó la casa del guarda, la arrendó a unos labradores y se marchó de viaje’. Pero ya nos dice el texto sagrado que Jesús habló a los sumos sacerdotes, los levitas y los escribas que le escuchaban. Y al final de la parábola nos dice que ‘ellos veían que hablaba por ellos’.
Creo que esto tiene que hacernos reflexionar. La Palabra de Dios que escuchamos es una palabra directa que el Señor nos dirige de manera concreta a nosotros. Ya sé que muchas veces tratamos de escabullirnos y tenemos la tentación de decir que esa Palabra que se nos ha proclamado qué bien le vendría a éste o aquel. Ponemos un muro en nuestros oídos y en nuestro corazón no dejando que esa Palabra llegue a nosotros sino que tratamos siempre de dirigirla hacia los demás. Pero es una Palabra que el Señor me dirige a mí de manera concreta y yo soy el que tengo que oírla y saber discernir lo que el Señor quiere decirme o pedirme de forma concreta.
Es cierto que en esta parábola podemos ver bien reflejada lo que es la historia del pueblo de Israel, que tanto amor recibió del Señor, pero ya sabemos cómo rechazaban a los profetas o cómo rechazaron al mismo Cristo, el Hijo de Dios. Pero ¿no podríamos preguntarnos si acaso nosotros no estamos haciendo de alguna forma lo mismo? ¿Cuál es la actitud que yo tengo, o con la que yo recibo esa Palabra que Dios quiere dirigirme? Son las primeras preguntas que tenemos que hacernos para saber qué clase de tierra somos para acoger la semilla de la Palabra de Dios, y cómo están abiertos los oídos de nuestro corazón para escucharla.
Escuchemos con sinceridad esa Palabra que Dios me dirige, esa Palabra que tengo que plantar en la tierra concreta de mi vida con mis personales circunstancias. Dios se está dirigiendo directamente a mi vida. ¿Cuál es mi respuesta? El Señor está hablando por mi y para mi.

domingo, 31 de mayo de 2009

Es Pentecostés: El Espíritu realiza maravillas en nosotros



Hechos, 2, 1-11
Sal. 103
1Cor. 12, 3-7.12-13
Jn. 20, 19-23





‘No dejes de realizar en el corazón de tus fieles aquellas mismas maravillas que obraste en Pentecostés’, hemos pedido en la oración litúrgica. Y es que esto debe ser lo que estamos viviendo en esta celebración litúrgica.
Sentimos quizá envidia de los apóstoles y discípulos reunidos en el cenáculo en Pentecostés, porque en el fondo deseamos experimentar en nosotros aquellas mismas señales de la presencia del Espíritu en nuestra vida. Pensamos en el ruido, en el viento recio, en las lenguas como llamaradas, o en el hablar lenguas extranjeras sin dificultad. Pero ¿esas son las cosas verdaderamente importantes de Pentecostés? Fueron sólo signos o señales externas de lo que más hondo se realizó. Y es lo que nosotros tenemos que buscar. Lo que queremos que se produzca hondamente en nuestro corazón.
Fijándonos en los textos litúrgicos de esta fiesta nos dice que el Espíritu lleva a plenitud el Misterio Pascual de Cristo en nosotros, nos da el conocimiento de Dios y nos congrega en una misma fe; nos santifica y nos lleva al conocimiento pleno de toda la verdad revelada. Así lo había prometido Jesús. ‘Os enviaré el Espíritu de la verdad que os llevará a la verdad plena’. Y nos lo envió. Lo estamos celebrando.
Nos dice san Pablo. ‘No podemos decir Jesús es Señor si no es por la acción del Espíritu’. Pero decir ‘Jesús es el Señor’ no es simplemente repetir la materialidad de las palabras, sino la confesión de fe que realizamos. Y una confesión de fe no es simplemente repetir unas palabras. Es el Espíritu que nos da el conocimiento de Dios para que podamos conocerlo. El Espíritu que ‘infunde el conocimiento de Dios a todos los pueblos’. Lo pedimos en la oración litúrgica: que ‘la efusión del Espíritu nos lleve al conocimiento pleno de toda la verdad revelada’.
Sintamos todo esto como una realidad en nuestra vida. Tenemos, pues, que vivir la experiencia de la nueva comunión que se da entre nosotros por la confesión de una misma fe. Y es que el Espíritu Santo nos congrega, nos une y nos reúne, nos hace amarnos y sentirnos hermanos. ‘Todos bebemos del mismo Espíritu’ y ese Espíritu crea en nosotros una relación nueva por el amor. Y tendrá que expresarse en nuestra vida.
Babel fue el signo de la confusión donde cada uno va por su lado, andamos divididos y enfrentados, nos cuesta entendernos como si habláramos lenguajes extraños. Estamos muchas veces en Babel, hablando una misma lengua pareciera que hablamos lenguajes distintos porque nuestras palabras o nuestras actitudes nos separan y nos hieren, no logramos el entendimiento sino la división y el enfrentamiento. ¿No nos hemos fijado en lo que nos sucede muchas veces en las discusiones, en las que porque no nos oímos lo que hacemos es enfrentarnos cada vez más?
Ahora con la efusión del Espíritu todo tiene que ser distinto. El signo del don de lenguas que contemplamos en Pentecostés, como nos ha narrado el texto de los Hechos de los Apóstoles, viene a significar ese nuevo entendimiento y comunión que por la acción del Espíritu se realiza en nosotros.
Hoy es Pentecostés. Pero no sólo porque hace 50 días de la Pascua y ahora toque Pentecostés. Hoy es Pentecostés porque hoy se realizan las mismas maravillas de Dios en nosotros por la acción del Espíritu Santo. No es un recuerdo. Tiene que ser una realidad vivida en cada uno de nosotros y en toda la comunidad, como en toda la Iglesia.
Igualmente tenemos que sentir entonces en nuestro corazón ese fuego del Espíritu Santo que nos llene del amor de Dios, pero nos llena también del mismo coraje y valentía, de la misma Sabiduría divina para proclamar con conocimiento pleno que Jesús es el Señor.
Hoy es Pentecostés y tenemos que sentir en lo más hondo de nosotros mismos este impulso del Espíritu que nos lleve a descubrir y desarrollar también esos carismas que el Señor nos ha dado, no para beneficio personal, sino para bien de la Iglesia. El Espíritu Santo fue ‘el alma de la Iglesia naciente’ que suscitó en el corazón de aquellos primeros cristianos esos dones y carismas que impulsaron e hicieron crecer a la Iglesia. ‘Diversas funciones, diversos ministerios, diversos dones, pero un mismo Espíritu, un mismo Señor, un mismo Dios, Padre de todos… en cada uno se manifiesta el Espíritu para el bien común’. Eso mismo tiene que suscitarse en nosotros y en nuestra Iglesia.
Tenemos que vivir un Pentecostés muy fuerte en nuestra Iglesia; algunas veces parece que está dormida por esa falta de espíritu que se aprecia en muchos cristianos que no han terminado de descubrir cuál es la función que tienen que realizar en la Iglesia y en el mundo. Está esa vida amorfa y sin iniciativas de tantos cristianos poco comprometidos; pero muchas veces los pastores, tenemos que reconocer, tampoco sabemos suscitar y valorar esos dones y carismas en los laicos en medio del pueblo de Dios.
Reconozcamos las diversas funciones y ministerios que pueden y tienen que haber en la Iglesia y apoyemos la corresponsabilidad de todos los fieles en la tarea y la misión de la Iglesia. Que eso es obra del Espíritu.
No porque celebramos en esta Jornada el día del Apostolado seglar está todo hecho. Es en el día a día donde tenemos que suscitar y valorar ese apostolado seglar, donde tenemos que promover que los laicos desarrollen su función en medio de la Iglesia.
Es Pentecostés. Dejémonos inundar por el Espíritu Santo. Llenémonos de esa paz que es el regalo pascual de Cristo resucitado cuando envía sobre nosotros el Espíritu Santo como hizo con los apóstoles en el cenáculo. ‘Enviaste al Espíritu Santo para llevar a plenitud el Misterio Pascual’.
Que lleguemos en verdad a esa plenitud del misterio pascual de Cristo. En el Espíritu nos sentimos transformados. Es el Espíritu el que nos hace pasar verdaderamente de la muerte a la vida, el que nos hace vivir en plenitud todo el misterio de Cristo. Que a partir de la vivencia de este Pentecostés se note en verdad esa nueva vida en nosotros, que revitalice a la Iglesia y que dé vida a nuestro mundo con la luz y el sabor del Evangelio.

sábado, 30 de mayo de 2009

Conservemos siempre en nuestras vidas la alegría de la Pascua

Conservemos siempre en nuestras vidas la alegría de la Pascua
Hechos, 26, 16-20.30-31
Sal. 10
Jn. 21, 20-25

Podíamos decir que en los dos textos de la Palabra de Dios hoy proclamada los autores vienen a poner como su rúbrica a dichos textos. Terminamos la lectura de los Hechos de los Apóstoles y es también el final del evangelio de san Juan.
En los Hechos contemplamos a san Pablo ya en Roma. Recordamos que había recibido en una visión la voz del Señor que le decía que ‘lo mismo que has dado testimonio a favor mío en Jerusalén, tienes que darlo en Roma’. Había apelado al César cuando vio su vida en peligro con las acusaciones de los judíos, y ahora tras varios capítulos de su recorrido preso hasta Roma, le vemos predicar allí ‘el Reino de Dios enseñando la vida del Señor Jesús con toda libertad’ a pesar de estar detenido y custodiado ‘con un soldado que le vigilase’.
Por su parte el propio evangelista y sus discípulos dan testimonio de que ha sido Juan el que ha escrito el evangelio. En referencia a aquel discípulo que sigue a Pedro y Jesús en su conversación y por el que pregunta Pedro qué le va a suceder cuando Cristo le ha anunciado a él su propio martirio, se termina comentando ‘éste es el discípulo que da testimonio de todo estoy y lo ha escrito; y nosotros sabemos que su testimonio es verdadero’.
Pero como hemos venido haciendo esta semana fijémonos en lo que hemos pedido, precisamente hoy cuando estamos en las vísperas de Pentecostés y a punto de terminarse el tiempo pascual. ‘Concédenos conservar siempre en nuestra vida y en nuestras costumbres la alegría de estas fiestas de Pascua que nos disponemos a clausurar’.
Pedimos que el Espíritu nos conceda el don de la alegría. Lo hemos vivido de manera intensa y especial en este tiempo de Pascua. Pero ese don del Espíritu tendría que acompañarnos todos los días. ¿Cómo no vamos a vivir la alegría de la fe? ¿Cómo no va a prolongarse en nuestra vida esa alegría de la Pascua?
Se termina el tiempo pascual, pero no se nos puede terminar la alegría de la fe. El misterio pascual tiene que envolver toda nuestra vida, no sólo en un tiempo determinado. Y ese gozo, entonces, que sentimos en Cristo resucitado tiene que estar presente continuamente en nuestra vida, lo hemos dicho y lo repetimos, los cristianos tenemos todos los motivos para ser las personas más alegres del mundo.
Con la fuerza del Espíritu hemos de participar fructuosamente en los sacramentos, como diremos en la oración sobre las ofrendas, porque con la venida del Espíritu llega a nosotros también el perdón de los pecados. ‘Ayúdanos a pasar de la vida caduca, fruto del pecado, a la nueva vida del Espíritu’, pediremos en la oración después de la comunión.
Que se derrame, pues, sobre nosotros el Espíritu de la alegría. Que nos sintamos inundados y seamos capaces de llevar con su fuerza el gozo de la fe y de la salvación recibida a los demás. Ven, Espíritu Santo, tenemos que repetir una y otra vez en este día para que mañana podamos sentirlo intensamente en nuestra vida cuando celebremos Pentecostés.

viernes, 29 de mayo de 2009

Pedro se entristeció por la debilidad de su amor pero Jesús seguía confiando en él.

Hechos, 25, 13-21
Sal.102
Jn. 21, 15-19


‘Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que estos?’
La escena, como todos sabemos, sucedió a orillas de lago de Tiberiades después que Jesús resucitado se les manifestara desde la orilla mientras ellos estaban pescando. No habían cogido nada, Jesús les había indicado por donde habían de echar las redes, y milagrosamente la pesca fue muy grande. A indicaciones de Juan que reconoció a Jesús en la orilla –‘es el Señor’ – Pedro se lanzó al agua para venir hasta Jesús el primero.
Ahora, después de almorzar – Jesús les había preparado ya pan y pescado en las brazas – se llevó aparte a Pedro y comenzó este diálogo. ‘Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que estos?’, tú que has sido siempre el primero en todo, ¿eres también el primero en el amor? ‘¿me amas más que estos?’; tú, que fuiste el primero en confesar que yo era el Mesías a mi pregunta de qué pensaba la gente y vosotros acerca de mi, ‘¿me amas más que estos?’; tú, el primero en responder que a dónde iban a acudir si tenía palabras de vida eterna, cuando muchos se marchaban allá en la sinagoga de Cafarnaún, ‘¿me amas más que estos?’; tú que quería ser el primero en seguirme dispuesto a seguirme a donde quiera que yo fuera, ‘¿me amas más que estos?’; tú, que sacaste la espada en el huerto para defenderme a la hora del prendimiento, ‘¿me amas más que estos?’
‘Sí, Señor, tú sabes que te quiero’
, era la respuesta que iba dando a Jesús una y otra vez, pero ante la insistencia en la pregunta, al tener que enfrentarse con la realidad de su vida y de su amor con toda sinceridad ‘se entristeció Pedro de que le preguntara por tercera vez si lo quería’. Recordaría la realidad de su amor que le falló cuando le negó; recordaría su debilidad ante una criada allá en el patio del pontífice al comienzo de la pasión; recordaría que él también fue de los que le abandonó en Getsemaní, primero dejándose dormir y luego marchándose con los otros; recordaría que estaba también encerrado en el cenáculo por miedo a los judíos. ‘Señor, tú conoces todo, tu sabes que te quiero’.
Pero Jesús seguía confiando en él; quien un día le prometiera que iba a ser piedra sobre la que se fundamentara su Iglesia ahora le confiaba una y otra vez la misma misión. ‘Apacienta mis corderos, apacienta mis ovejas…’ Jesús lo conocía y conocía también su debilidad pero también conocía su amor impulsivo y que sí estaría dispuesto a todo por El. Por eso terminará diciéndole: ‘Sígueme’.
Cuando miramos la realidad de nuestra vida y de nuestro amor, pero lo hacemos con sinceridad seguramente también nos daremos cuenta de la debilidad de nuestro amor y de nuestro seguimiento de Jesús. Hacemos repaso por los mandamientos y al pasar por el primero, - ‘amarás a Dios sobre todas las cosas, con todo tu corazón, con toda tu mente, con todo tu ser’ – seguramente con toda facilidad también decimos que sí, que así amamos al Señor. Pero seguro que si seguimos mirando nuestro amor cuando tenemos que examinar como lo tenemos reflejado en aquellos a quienes el Señor quiere que amemos, veremos también nuestra debilidad y nuestra flaqueza. Pero el Señor sigue amándonos de la misma manera y nos sigue invitando a seguirle.
Una persona que Dios ha puesto en el camino de mi vida para que le ayude a ir hasta El, es así como se siente en estos momentos. Quiere amar al Señor y amarlo con todo el corazón; se siente amado del Señor y quiere darle respuesta con su vida. Pero cuando se mira crudamente en su realidad se siente pecador, se siente débil, siente toda la debilidad que ha habido en su amor a Dios a través de toda su vida. Pero yo le digo, sigue adelante, Dios te ama, Dios quiere contar contigo a pesar de tus debilidades, de lo que ha sido la debilidad de tu amor hasta este momento, pero puede amarle, puedes seguir, puedes estar con El. Dios te ama y te seguirá amando siempre.
El amor de Pedro llegaría hasta el final, hasta dar la vida también por Jesús, como el le había prometido. Ahora Jesús se lo anuncia. ‘Te lo aseguro: cuando eras joven, tú mismo te ceñías e ibas a donde querías; pero cuando seas viejo, extenderás las manos, otro te ceñirá y te llevará a donde no quieras’. ¿Qué quería anunciarle Jesús? El propio evangelista lo comentará. ‘Esto lo dijo aludiendo a la muerte con la que iba a dar gloria a Dios’.
Queremos seguir y amar a Jesús. También queremos porfiarle nuestro amor. Somos débiles pero sabemos que el Señor con nosotros está. Nos deja su Espíritu, como nos aprestamos a celebrar en unos días. Hoy le hemos pedido al Señor que ya que ‘por la venida del Espíritu Santo nos has abierto las puertas de tu Reino, haz que la recepción de dones tan grandes nos mueva a dedicarnos con mayor empeño a tu servicio y a vivir con mayor plenitud las riquezas de nuestra fe’. Mayor empeño, mayor plenitud, para dedicarnos a las obras del amor, para vivir toda la inmensa riqueza de nuestra fe. El Espíritu nos ayuda, nos mueve, nos fortalece para ello. Pidamos intensamente que se derrame su Espíritu sobre nosotros.

jueves, 28 de mayo de 2009

No es que queramos estar con Cristo, es El quien quiere estar en nosotros

Hechos, 22, 30; 23, 6-11
Sal. 15
Jn. 17, 20-26


Hace unos días escuchábamos a Pablo que nos decía que se dirigía ‘a Jerusalén, forzado por el Espíritu. No sé qué me espera allí, decía, sólo sé que el Espíritu Santo, de ciudad en ciudad, me asegura que me aguardan cárceles y luchas’.
Hoy lo contemplamos en Jerusalén, ha habido un salto en la lectura continuada y han sucedido por medio muchas cosas. Está en la cárcel, como se le había anunciado, y el tribuno lo lleva al Consejo, probablemente sea el Sanedrín judío. Allí proclama valientemente su fe en la resurrección y en Jesucristo resucitado. Lo que provoca un gran alboroto entre fariseos y saduceos – estos niegan la resurrección – y el tribuno que ve en peligro la vida de Pablo –‘temía que hicieran pedazos a Pablo’ – lo saca de allí y lo lleva de nuevo al cuartel.
Pablo ha proclamado su fe en la resurrección y sobre todo en la resurrección de Jesús. Como nos enseñará en sus cartas, sobre todo en la carta a los Corintios, ‘si Cristo no hubiera resucitado vana sería nuestra fe’. Todos resucitaremos con Cristo, porque todos estamos llamados a la vida y en Cristo resucitaremos a nueva vida. Es nuestra fe y la fe que nosotros también tenemos que proclamar.
Termina el texto de hoy hablándonos de una nueva visión que tiene Pablo donde el Señor le anuncia cómo tendrá que seguir dando testimonio del nombre de Jesús incluso en Roma. ‘La noche siguiente el Señor se le presentó y le dijo: ¡Ánimo! Lo mismo que has dado testimonio a favor mío en Jerusalén, tienes que darlo en Roma’. Allí dará testimonio con su predicación y con su vida, puesto que allí sería martirizado.
Como ya hemos reflexionado, ¿dónde encuentra el apóstol la fuerza para dar ese testimonio con su palabra y con su vida? El Espíritu Santo es el que le conduce, le inspira y le da la fuerzas necesarias. Un pensamiento y una certeza que no nos ha de faltar a nosotros, sobre todo ahora que nos preparamos para Pentecostés, para ese testimonio que con nuestra palabra y nuestra vida hemos de dar también del nombre de Jesús, de nuestra fe.
Pero quisiera fijarme también en el texto del Evangelio con el que se termina en una tercera parte la oración sacerdotal de Jesús en la Última Cena. Pide una vez más Jesús que vivamos unidos y en comunión. Podríamos decir que este texto Jesús va abriéndonos su corazón y cuáles son sus sentimientos y deseos más hondos para nosotros.
Sabía bien El lo necesaria que era la unidad entre todos los que creemos en su nombre y por eso su insistente oración. ‘Para que todos sean uno, como Tú, Padre en mí y yo en Ti, que ellos lo sean en nosotros, para que el mundo crea que Tú me has enviado… yo en ellos y Tú en mí, para que sean completamente uno, de modo que el mundo sepa que Tú me has enviado, y los has amado como me has amado a mí’.
Es tanto el amor con que nos ama que no hace otra cosa que trasmitirnos el amor del Padre, el amor que el ha tenido a El, ‘desde antes de la creación del mundo’. Qué así nos sintamos amados de Dios, amados por el Padre, con el mismo amor con que el Padre ama a Jesús. Además esa unidad, esa comunión entre nosotros y con Cristo es garantía del amor de Dios y es señal para el mundo de cuánto nos ama Dios. Contemplando ese amor y esa unidad, el mundo creerá.
No es ya que nosotros deseemos estar unidos a Jesús porque le amemos, sino más bien, es El quien quiere estar unidos a nosotros, estar en nosotros, que en nosotros esté ese amor de Dios. ‘Les he dado a conocer y les daré a conocer tu Nombre, para que el amor que me tenías esté en ellos, como yo estoy en ellos’. ¡Qué hermoso! Que esté en nosotros el amor de Dios; que Cristo esté en nosotros. Así quiere unirse a nosotros, estar con nosotros. Y para eso nos da la fuerza de su Espíritu.
Finalmente tengamos en cuenta lo que hemos pedido hoy en nuestra oración litúrgica. ‘Que tu Espíritu, Señor, nos penetre con su fuerza, para que nuestro pensar te sea grato y nuestro obrar concuerde con tu voluntad’. Nuestro pensamiento no puede ser otro que el pensamiento de Dios; nuestro actuar no puede ser de otra manera que conducido y con la fuerza del Espíritu. El nos inspira y nos guía, nos da fuerzas y lo es todo para nosotros.

miércoles, 27 de mayo de 2009

Congregados en un solo cuerpo por el Espíritu

Hechos, 20, 28-38
Sal.67
Jn. 17, 11-19

El texto de los Hechos de los Apóstoles nos ofrece la segunda parte de la despedida de Pablo a los presbíteros de la Iglesia de Efeso que había llamado a Mileto, mientras el evangelio nos ofrece también la segunda parte, en este caso, de la oración sacerdotal de Jesús en la Última Cena.
Las palabras de Pablo, que son como una despedida y testamento, vienen a ser unas recomendaciones a aquellos presbíteros para que cuiden del rebaño a ellos confiado. ‘Tened cuidado de vosotros y del rebaño que el Espíritu Santo os encargado guardar, como pastores de la Iglesia de Dios, que El adquirió con la sangre de su Hijo’. Y les invita a estar vigilantes porque se puede meter la mala cizaña de la división y de los enfrentamientos en medio de la comunidad, así como falsas y erróneas doctrinas. ‘Se meterán entre vosotros lobos feroces que no tendrán piedad del rebaño. Incluso algunos de vosotros que deformarán la doctrina y arrastrarán a los discípulos’.
Una recomendación y un deseo de cuidar la unidad de la Iglesia, de la comunidad, de los creyentes. Lo mismo que Jesús pide en la oración sacerdotal. ‘Padre santo, guárdalos en tu nombre a los que me has dado, para que sean uno, como nosotros…’ Una oración la de Jesús por la unidad de la Iglesia, de toda la Iglesia, de la comunidad, de cada uno de los cristianos que tienen que sentirse siempre en comunión con los hermanos. ¿Dónde está la fuerza para esa unidad? La fuerza la tenemos en el Espíritu del Señor, el Espíritu Santo, que El nos envía. Porque es el Espíritu el que nos congrega en la unidad.
Así lo expresamos en la liturgia. Esa es la petición que en este miércoles de la última semana de pascua hemos hecho al Señor en la Eucaristía. ‘Concede a tu Iglesia, congregada por el Espíritu Santo, dedicarse plenamente a tu servicio y vivir unida en el amor, según tu voluntad’.
Pero quisiera fijarme cómo se resalta esta petición en la Plegaria Eucarística. En toda Plegaria Eucarística hay dos epíklesis, dos invocaciones al Espíritu Santo. Una invocando al Espíritu Santo para que vengan sobre aquellos dones del pan y del vino para que sean el Cuerpo y la Sangre de Jesús. Pero la otra invocación del Espíritu es pidiendo precisamente esa unidad de la Iglesia, de la comunidad que está participando del mismo Cuerpo y Sangre del Señor.
Así en la plegaria que más utilizamos, la segunda, se invoca ‘que el Espíritu Santo congregue en la unidad a cuantos participamos del Cuerpo y de la sangre de Cristo’.
Y en la plegaria tercera, en dos ocasiones se invoca al Espíritu pidiendo esa unidad. Alabamos al Señor porque ‘por Jesucristo, tu Hijo, Señor nuestro, con la fuerza del Espíritu Santo, das vida y santificas todo y congregas a tu pueblo sin cesar…’ Luego se volverá a pedir ‘para que fortalecidos con el Cuerpo y la Sangre de tu Hijo y llenos de su Espíritu Santo formemos en Cristo un solo cuerpo y un solo espíritu’.
En la cuarta se dirá. ‘Concede a cuantos compartimos este pan y este cáliz, que, congregados en un solo cuerpo por el Espíritu Santo, seamos, en Cristo, víctima viva para tu alabanza’.
El Espíritu que nos congrega, que nos hace unos, que nos lleva a la unidad y a la comunión. Que venga sobre nosotros. Que arranque de nuestro corazón todo aquello que pueda romper esa unidad. El es el Espíritu del amor y de la paz, que desaparezcan de nuestro corazón el odio y el desamor. Que nos llenemos de su fuerza y de su gracia. Así lo queremos invocar con toda intensidad en este camino que nos conduce a Pentecostés, pero que tiene que ser el camino de la Iglesia de cada día.

martes, 26 de mayo de 2009

Ha llegado la hora… que te conozcan a Ti y a tu enviado Jesucristo

Hechos, 20, 17-27
Sal. 67
Jn. 17, 1-11


‘Padre, ha llegado la hora, glorifica a tu Hijo, para que tu Hijo te glorifique y, por el poder que Tú le has dado sobre toda carne, dé la vida eterna a lo que le confiaste…’
He llegado la hora… Es el comienzo de la llamada oración sacerdotal de Jesús en la última cena. En el evangelio de Juan se repite esta expresión. Cuando María le pide a Jesús su intervención en la bodas de Caná ‘porque no tienen vino’, la respuesta de Jesús fue ‘aún no ha llegado mi hora…’ aunque al final realiza el signo.
Pero cuando se va acercando el momento de su pasión vuelve a aparecer la expresión. Fue ya después de la entrada de Jesús en Jerusalén. Hablaba Jesús a las gentes en el templo. Siente la inminencia de todo lo que va a suceder y casi como un adelanto de lo que sería su agonía en el Huerto de Getsemaní Jesús exclama: ‘Ha llegado la hora de que sea glorificado el Hijo del Hombre… Ahora mi alma está agitada, y ¿qué diré?: Padre, líbrame de esta hora. Pero si por esto he venido, para esta hora. Padre, glorifica tu nombre’.
Será cuando el evangelista Juan comience el relato de la Última Cena cuando de nuevo volverá a aparecer la expresión. ‘Antes de la fiesta de la Pascua, sabiendo Jesús que había llegado la hora de pasar de este mundo al Padre, habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo…’ Es el comienzo de la pasión y de la entrega. Es la hora del amor. Es la hora en que Cristo será glorificado para que también se manifieste la gloria de Dios. La pasión de Cristo en la cruz es la hora de la gloria, aunque para el no creyente pudiera parecer un sin sentido.
Es la hora en que Cristo nos va a dar vida eterna. ‘…dé la vida eterna a los que Tú me diste…’ Y ¿en qué consiste esa vida eterna? ‘Esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, único Dios verdadero, y a tu enviado, Jesucristo’. El conocimiento de Dios Padre y nuestra fe en Jesús. ‘Yo les he comunicado las palabras que Tú me diste, y ellos las han recibido, y han conocido verdaderamente que yo salí de Ti, y han creído que Tú me has enviado’.
Es lo que Pablo predica y anuncia, como hemos escuchado en el texto de los Hechos de los Apóstoles. Pablo va ya de regreso a Jerusalén en su tercer viaje apostólico y desde Mileto llama a los presbíteros de la Iglesia de Éfeso. Mileto está cercano al mar en la ruta que hace el barco que le lleva a Jerusalén y era más fácil que vinieran los presbíteros de Éfeso. Esto suena a despedida que escuchamos hoy y completaremos mañana.
Recuerda el apóstol su tarea y su esfuerzo en el que ha puesto toda su vida. ‘Sabéis que no he ahorrado medio alguno, que he predicado y enseñado en público y en privado, insistiendo a judíos y griegos a que se conviertan y crean en nuestro Señor Jesús’. Su preocupación es ‘completar mi carrera y cumplir el encargo que me dio el Señor Jesús, ser testigo del Evangelio que es la gracia de Dios’.
Ahora ‘forzado por el Espíritu va a Jerusalén’, presintiendo lo que le espera, ‘cárceles y luchas’. Pero Pablo se deja conducir por el Espíritu del Señor. Lo que nosotros tenemos que aprender. Es el Espíritu el que nos guía y nos santifica, el que nos habla en el corazón y nos señala los caminos del Señor, el que es nuestra fuerza para nuestras luchas y el fuego divino que nos llevará a ser testigos y dar testimonio de nuestra fe con toda valentía, el que nos hace creer en Jesús y convertirnos de verdad a El, el que nos inunda de vida divina y el que nos hace hijos de Dios.
En esta semana en que nos preparamos para la celebración de Pentecostés tengamos en cuenta lo que hemos pedido hoy en la oración litúrgica. Que el Espíritu Santo ‘haciendo morada en nosotros, nos convierta en templos de su gloria’. Recordemos cómo hemos sido ungidos en el Bautismo para hacernos morada de Dios y templos de su Espíritu.

lunes, 25 de mayo de 2009

El Espíritu que nos da fuerza para hacer su voluntad

Hechos, 19, 1-8
Sal. 67
Jn. 16, 29-33


‘Ni siquiera hemos oído hablar de un Espíritu Santo’, fue la respuesta de los discípulos de Éfeso a la pregunta de Pablo ‘¿Recibisteis el Espíritu Santo al abrazar la fe?’
Pablo en su cuarto viaje apostólico atravesando Galacia y Frigia llega a Éfeso. Hay un grupo de discípulos, que sólo conocen el Bautismo de Juan. Como Apolo a quien hemos visto evangelizar por Priscila y Aquila. Ahora Pablo explica a estos discípulos que el bautismo de Juan era un bautismo de conversión como preparación a la llegada de Jesús. Les anuncia a Jesús, ellos creen y se bautizan; Pablo les impone las manos y ’bajó sobre ellos el Espíritu Santo y se pusieron a hablar en lenguas y profetizar’.
Quizá muchos cristianos hoy también tenga una respuesta parecida a la de aquellos discípulos de Éfeso. No conocen al Espíritu Santo. Para algunos quizá es una devoción más como la que se puede tener a cualquier santo que sea popular o ‘esté de moda’. Para un cristiano verdadero el Espíritu Santo no es una devoción más. Es la tercera persona de la Santísima Trinidad, y nosotros creemos en Dios, en el misterio de la Santísima Trinidad como esencial en nuestra fe. Tendríamos que tener un conocimiento mayor de la fe que profesamos, para que demos razón verdadera de nuestra fe y de nuestra esperanza.
Estamos en la última semana de Pascua que desemboca en la fiesta grande del Espíritu Santo, la solemnidad de Pentecostés con la que culminamos todo nuestro recorrido pascual desde la resurrección del Señor. Y nosotros tendríamos que estar esta semana como los apóstoles y discípulos que estaban reunidos en el Cenáculo con María, la Madre de Jesús, en la espera del cumplimiento de la promesa del Padre de la que nos habló Jesús.
La Palabra de Dios que hemos venido escuchando ya en estos últimos días nos ha ido haciendo el anuncio de la venida del Espíritu Santo, y así lo seguiremos escuchando durante toda esta semana para prepararnos debidamente a esta gran fiesta del Espíritu Santo que es Pentecostés, donde no sólo vamos a recordar la venida del Espíritu Santo sobre los Apóstoles reunidos en el Cenáculo, sino que vamos a vivirlo en nuestras vidas sintiendo cómo actúa en nosotros, cómo llena e inunda nuestra vida, cómo está presente en nosotros y en la vida de la Iglesia.
La oración litúrgica de cada día será una invocación al Espíritu Santo para así ir dejando sentir en nosotros su fuerza y su gracia. Hoy hemos pedido ‘que podamos cumplir fielmente su voluntad y demos testimonio de ti con nuestras obras’. Es el Espíritu divino el que nos ayuda a descubrir lo que es la voluntad de Dios, pero también el que nos fortalece para que podamos cumplirla. Es el que está en nosotros para fortalecernos en el testimonio que tenemos que dar en nuestra vida.
En el evangelio hemos seguido escuchando a Jesús en sus palabras con los discípulos en la ‘sobremesa’ de la Última Cena. Les anuncia hoy cómo se van a dispersar y dejarlo solo. ‘Está para llegar la hora, mejor, ya ha llegado, en que os disperséis cada cual por su lado y a mí me dejéis solo’. Una referencia a lo que pocos momentos después va a suceder. Con el prendimiento de Jesús en el Huerto todos lo abandonaron y huyeron.
Pero Jesús no se siente solo. ‘Pero no estoy solo, porque el Padre está conmigo’. Aunque en aquellos momentos difíciles en Getsemaní El clame: ‘Padre, que pase de mi este cáliz…’ Aunque en la cruz grite: ‘¡Dios mío, Dios, mío, ¿por qué me has abandonado?’ El no se siente solo, en las manos del Padre pondrá su vida y esas serán las últimas palabras: ‘Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu’.
Y Jesús nos previene porque tendremos luchas y dificultades para cumplir su voluntad, para vivir nuestra vida cristiana, para dar nuestro testimonio. Pero nos dice que no temamos. ‘En el mundo tendréis luchas, pero tened valor: Yo he vencido al mundo’. Cuando va a comenzar a suceder lo que aparentemente a los ojos del mundo pudiera parecer una derrota, Jesús nos dice que es una victoria. ‘Yo he vencido al mundo’. Y para eso nos habla y nos lo cuenta todo. ‘Os he hablado de esto, para que encontréis la paz en mi’.
Pidamos, sí, que venga el Espíritu Santo y nos dé esa paz, nos de esa certeza de la victoria. Ayer decíamos que la victoria de Cristo cuando lo contemplábamos en su Ascensión, es nuestra victoria. Que El sea nuestra fuerza para cumplir su voluntad, para dar testimonio con nuestras obras, para llenarnos de su paz. Que venga su Espíritu sobre nosotros.

domingo, 24 de mayo de 2009

La ascensión de Jesús nuestra victoria y nuestro compromiso por el Reino


Hechos, 1, 1-11;
Sal. 46
Ef. 1, 17-23;
Mc. 16, 15-20

‘Jesús, el Señor, el rey de la gloria, vencedor del pecado y de la muerte, ha ascendido hoy ante el asombro de los ángeles a lo más alto del cielo, como mediador entre Dios y los hombres, como juez de vivos y muertos…’
No podemos menos que comenzar con estas palabras del prefacio, que resumen todo el sentido de esta fiesta de la Ascensión del Señor. Es el Señor, el Rey de la gloria, el vencedor del pecado y de la muerte, el Pontífice y Sacerdote eterno, el mediador entre Dios y los hombres, el que está sentado a la derecha del Padre, como confesamos en el Credo, el que ha de venir a juzgar a vivos y muertos.
Nos quedamos extasiados mirando al cielo, como los discípulos en el momento de la Ascensión – ‘¿qué hacéis ahí plantados mirando al cielo?’, les dijeron los ángeles a los apóstoles en el monte de la Ascensión –, porque de alguna manera nosotros también queremos ascender, sentimos que su victoria es el principio de ‘nuestra victoria, y donde nos ha precedido El, que es nuestra cabeza, esperamos llegar también nosotros como miembros de su cuerpo’. Pero al mismo tiempo nos sentimos enviados porque el mensaje de la Ascensión también tenemos que llevarlo a los hombres nuestros hermanos.
Es lo que nos confía Jesús en el momento de su Ascensión. Se ha de cumplir primero en nosotros lo que era su promesa, para luego sentirnos enviados. ‘No os alejéis de Jerusalén, aguardad que se cumpla la promesa de mi Padre, de la que os he hablado… vosotros seréis bautizados con Espíritu Santo’. Y luego les dice, nos dice: ‘Cuando el Espíritu Santo descienda sobre vosotros, recibiréis fuerza para ser mis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaria y hasta los confines del mundo… id al mundo entero y proclamad la Buena Nueva de la salvación, el Evangelio, a toda la creación…’
Tenemos antes que nada quedarnos como los discípulos en Jerusalén, en el Cenáculo, en la espera del cumplimiento de la promesa del Padre. Tenemos que dejarnos llenar de su Espíritu para poder sentirnos en verdad enviados e ir con su fuerza. Ese momento de Cenáculo, ese momento de oración que nos trasciende y nos abre a Dios es algo que necesitamos saber hacer. Porque no vamos a anunciarnos a nosotros mismos sino la salvación que Jesús nos da. ¡Qué importante es la oración en la vida del cristiano! ¡Qué importante que sepamos abrir nuestra vida y nuestro corazón para llenarnos de Dios, para llenarnos de su Espíritu!
Vendrá, sí, el Espíritu, si nos dejamos inundar por El y para eso hemos de ser corazón abierto, que nos levantará también a nosotros haciéndonos ascender en nuestra vida, porque nos dará una vida distinta. Vendrá el Espíritu que nos ungirá con su fuerza y su poder para llenarnos de la vida de Dios. Vendrá el Espíritu que nos asemejará a Jesús, nos configurará con El, nos hará una cosa con El para tener su misma vida y misión. Y la misión será llevar esa Buena Noticia de la salvación que nos levanta, que nos dignifica y nos hace grandes, que nos llena de vida y dará nueva vida al mundo, que nos transformará a nosotros y transformará también a los demás. ‘El que crea y se bautice se salvará…’, les dice Jesús.
Celebrar la fiesta de la Ascensión nos convierte en mensajeros de esperanza. Nos hace testigos en medio del mundo con nuestra vida en virtud de la fuerza del Espíritu del Señor que está en nosotros. Esperanza para nosotros de alcanzar esa salvación y esperanza para nuestro mundo tan necesitado de esperanza.
Cuando decimos que creemos en Jesús es que en él ponemos toda nuestra esperanza de salvación para nosotros y para nuestro mundo. Salvación que nos hace trascender para pensar en la vida eterna, pero salvación que vamos empezando a vivir ahora aquí cuando vamos llenando nuestro mundo de los valores del Reino de Dios.
Valores que tienen que resplandecer en nosotros: en nuestro amor, en nuestro deseo de bien y de verdad, en nuestro compromiso por los demás, en la alegría y en la paz que llevamos en nuestro corazón y con la que queremos contagiar a los que nos rodean. Somos testigos de esos valores y queremos que cada día resplandezcan un poco más en ese mundo que nos rodea tan lleno de desamor, de mentira y falsedad, tan insolidario muchas veces y tan egoísta, tan lleno de violencias de todo tipo y tan carente de justicia y de paz. Y ahí está nuestro compromiso. Sembrar esa buena semilla de los valores del Reino y saber avivar también cuanto de bueno haya en el corazón de los demás que son también semillas del Reino. Y para eso tenemos la fuerza del Espíritu de Jesús en nuestro corazón.
Por eso no nos quedamos parados simplemente mirando al cielo sino que recogemos el testigo que Cristo pone en nuestra manos para continuar su misión. Que se nos dé ‘el espíritu de sabiduría y revelación para conocerlo… que se iluminen los ojos de nuestro corazón para comprender cuál es la esperanza a la que nos llama, cuál es la riqueza de gloria que da en herencia a los santos, y cuál es la extraordinaria grandeza de su poder para con nosotros, los que creemos…’
Una esperanza viva tiene que surgir en nuestro corazón. Una esperanza viva y una esperanza comprometida porque tenemos que llevarla a los demás. Somos mensajeros del Reino. Somos testigos de una Salvación. Somos portadores de Evangelio, de Buena Noticia para los demás. Que lo seamos con nuestra palabra. Que lo seamos con nuestra vida. Que claramente anunciemos a Jesús como nuestro único Salvador a toda la creación.

sábado, 23 de mayo de 2009

Misioneros del Evangelio para los que están a nuestro lado

Hechos, 18, 9, 18
Sal. 46
Jn. 16, 20-23

¿La misión de anunciar el evangelio, de hablar del nombre de Jesús es exclusivamente de los apóstoles? Puede ser una buena pregunta que nos hagamos para que lleguemos a comprender que esa misión de trasmitir el nombre de Jesús a los demás nos corresponde a todos los que tenemos fe en El.
Y es bueno que reflexionemos sobre ello porque algunas veces en una comunidad pensamos que el único que tiene que predicar el evangelio de Jesús es el sacerdote y a lo más algunas personas lo que hacen es ayudarle en su tarea, por ejemplo, de catequistas.
Sobre todo a partir del concilio Vaticano II los laicos han asumido la responsabilidad del anuncio del evangelio, del apostolado como algo propio en su ser de cristiano y creyente en Jesús. No es que eso no se pensara antes, pero si, hemos de reconocer, que el concilio fue algo que impulsó fuertemente aún siendo una tarea que en diversas obras de apostolado ya muchos cristianos hacían. Pero es todo cristiano, desde su condición de bautizado y ungido, el que tiene esa responsabilidad del anuncio del Evangelio en medio de la Iglesia y ante el mundo.
La Palabra proclamada hoy nos ayuda a comprenderlo, sobre todo el texto de los Hechos de los Apóstoles. Aunque comienza hablándonos del inicio del tercer viaje apostólico de Pablo, sin embargo de quien nos va a hablar a continuación es de Apolo, Priscila y Aquila. Ya anteriormente en los Hechos de los Apóstoles habían aparecido estos personajes, Priscila y Aquila como judíos y cristianos que habían tenido que exiliarse de Roma por un decreto del emperador en contra de los judíos. Hoy les vemos haciendo una hermosa tarea apostólica.
Apolo, era un ‘judío de Alejandría, hombre elocuente y versado en la Escritura’. Conocía los caminos de Señor pero su conocimiento no era completo, pues sólo conocía el Bautismo de Juan, luego en referencia a Jesús, aunque 'exponía la vida de Jesús con toda exactitud’, había algo que faltaba. Y es cuando aparece aquel matrimonio, ‘Priscila y Aquila, que lo tomaron por su cuenta y le explicaron con más detalle el camino del Señor’. Posteriormente Apolo marchará a Acaya, lo veremos en Corinto, donde ‘con la ayuda de la gracia de Dios contribuyó mucho al provecho de los creyentes… demostrando con la Escritura que Jesús es el Mesías’.
Aquí está lo que queremos destacar. La tarea que aquel matrimonio realizó de hacer un anuncio explicito, una formación más completa, del nombre de Jesús a Apolo. Por una parte resaltar el dejarnos enseñar, tener deseos de una mayor formación y profundización en todo lo referente al misterio de Cristo y en consecuencia a nuestra vida cristiana. Y por otra parte lo hermoso que podemos hacer si el conocimiento y vivencia que tenemos de Jesús lo compartimos con los demás, nos hacemos misioneros y apóstoles de los demás.
Siempre hay a nuestro lado a quien podemos enseñar el nombre de Jesús, a quien podamos reconducir por los caminos de la fe, a quien podemos animar para que venga a un mayor y mejor conocimiento de Cristo. Es esa tarea de apostolado que podemos hacer con el que está a nuestro lado, sea un familiar, un amigo, un vecino, un compañero de trabajo, al que podemos ofrecer el testimonio de nuestra vida pero también nuestra palabra para hacer ese anuncio explícito del nombre de Jesús y su salvación.
Esa misión evangelizadora el Señor nos la confía a todos. Seamos misioneros del evangelio allí donde estemos.

viernes, 22 de mayo de 2009

La fuerza del Apóstol en la presencia del Espíritu del Señor

Hechos, 18, 9-18
Sal. 46
Jn. 16, 20-23

¡Dónde encuentra su fuerza el apóstol para anunciar con constancia y sin cansancio la Palabra de Dios una y otra vez a pesar de las dificultades, los contratiempos, y hasta la oposición que pueda encontrar? Si nos fijamos el recorrido apostólico del apóstol Pablo a quien hemos seguido en las últimas semanas en la lectura de los Hechos de los Apóstoles vemos que su tarea no fue fácil, no sólo por las distancias que tuvo que recorrer de un lado para otro, sino también por la oposición que en muchos lugares se encontraba, y hasta las persecuciones, cárceles y vituperios de todo tipo que tuvo que sufrir.
Hoy lo contemplamos en Corinto, a donde había llegado procedente de Atenas y donde estaría largo tiempo. Y como nos dice el texto sagrado ‘estando Pablo en Corinto, durante la noche le dijo el Señor en una visión: No temas, sigue hablando y no te calles, que yo estoy contigo y nadie se atreverá a hacerte daño; muchos de esta ciudad son pueblo mío’.
Ahí está su fuerza, en el Señor. Ya nos prometió que estaría con nosotros hasta la consumación de los siglos. Pero además como hemos venido escuchando el promete que nos enviará al Espíritu Santo, el Espíritu de la verdad que nos lo enseñará todo, el Espíritu que pondrá palabras en nuestros labios y fuerza en nuestro corazón para ser testigos, para dar testimonio de nuestra fe.
Lo que siente el Apóstol y le impulsa al anuncio del evangelio es lo que hemos de sentir cada uno de nosotros en esa lucha de superación de cada día, en ese testimonio de nuestra fe que hemos de dar en todo momento, en ese trabajo que hacemos por los demás, en ese cumplimiento fiel de nuestras responsabilidades vividas además desde la óptica de la y desde el compromiso que tenemos con Jesús. Ahí, en nuestra vida y con nuestra vida, hemos de dar nuestro testimonio, hemos de manifestarnos siempre como testigos.
Nos costará, tendremos dificultades y hasta encontraremos oposición cuando no incluso que nos puedan vituperar a causa de nuestra fe. Pero sabemos quien está con nosotros y estando la fuerza del Espíritu de Jesús en nuestro corazón, ¿quién podrá contra nosotros? Y aún en esos momentos hemos de manifestar la alegría de nuestra fe, la alegría de ser unos seguidores de Jesús y que incluso podamos padecer por su nombre. Los apóstoles salían contentos de la presencia del Sanedrín a pesar de los castigos que sufrían o de las prohibiciones que trataban de imponerles.
De esa alegría nos habla Jesús en el Evangelio. Sabemos las circunstancias en que fueron pronunciadas estas palabras. Era la última cena y se avecinaba toda la pasión del Señor, y los discípulos vislumbraban que algo iba a pasar. Jesús les habla de su marcha junto al Padre, lo cual aumentaba la tristeza de la separación. Pero Jesús les invita a la alegría que nace de la fe y de la esperanza. Porque cuando esperamos algo bueno no nos importa pasar lo que sea con tal de llegar a esa alegría y plenitud final.
‘Vosotros estaréis tristes pero vuestra tristeza se convertirá en alegría… volveré a veros y se alegrará vuestro corazón y nadie os quitará vuestra alegría…’ Jesús viene a estar con nosotros. Los discípulos lo experimentaron después de la resurrección, de manera que incluso ya no era necesario ni preguntarle quien era porque ellos sabían muy bien que era El, como se nos dice cuando ser manifiesta junto al lago de Galilea. Nosotros por la fe lo podemos sentir siempre en nuestra corazón y nuestra vida y El nunca nos fallará.
Vivamos esa alegría de la fe. Recordamos que los mártires incluso cuando eran conducidos al martirio, a las fieras o a las tormentos iban cantando la gloria de Dios. Que así cantemos nosotros esa gloria del Señor con nuestra vida en todo momento cualquiera que sea nuestra situación

jueves, 21 de mayo de 2009

El ardor de Pablo para anunciar la alegría del evangelio

Hechos, 18, 1-8
Sal. 97
Jn. 16, 16-20

‘Muchos corintios, al oír la palabra de Pablo, creyeron y recibieron el Bautismo’. Pablo había partido de Atenas y llegó a la ciudad de Corinto, una ciudad importante y donde poco a poco lograría una comunidad intensa y floreciente. La prueba lo tenemos en las cartas que nos han quedado en el Nuevo Testamento de san Pablo a la comunidad de Corinto.
Creo que, en este año de san Pablo que convocó el Papa para celebrar al año dos mil de su nacimiento, es bueno que nos fijemos en el ardor y celo del apóstol por anunciar el Evangelio de Jesús. Hemos ido siguiendo en los últimos, días al hilo de los Hechos de los Apóstoles que estamos leyendo en este tiempo de Pascua, los viajes del Apóstol, su ir de un lado a otro anunciando el evangelio a pesar de los contratiempos y hasta persecuciones que tuvo que soportar.
Creo que para nosotros, cristianos del siglo XXI, puede y tiene que ser para nosotros un buen estímulo en la tarea evangelizadora que hemos de realizar. En nuestro tiempo no nos es fácil y también nos encontramos un mundo bien alejado del evangelio, aunque mayoritariamente en nuestra sociedad occidental la mayoría estén bautizados. Unos viven unas religiosidades muy elementales y muchos viven un mundo sin Dios, materializado y sensual. Nuevos dioses que sustituyen al verdadero Dios en el corazón del hombre. Y es ahí donde tenemos que anunciar el evangelio, donde tenemos que anunciar la salvación que nos ofrece Jesús que es el que verdaderamente engrandece al hombre.
Esto nos exige a nosotros primero que nada dejarnos impregnar por el evangelio, poner a Jesús en el centro de nuestro corazón y nuestra vida. Y esto es algo que nos falta a muchos cristianos, descubrir que de verdad Jesús es el centro de nuestra vida, dejarnos cautivar por Jesús. Como lo hizo Pablo desde que se encontró con Jesús en el camino de Damasco. Para él ya desde entonces no había nada ni nadie que pudiera cautivar su vida. No conoció a Jesús ni le escuchó directamente cuando Jesús predicó el evangelio por los caminos de Galilea y Palestina, pero supo poner a Jesús en el centro de su corazón; se dejó conducir por el Espíritu de Jesús que era el que le hablaba en su corazón y le hizo descubrir todo el misterio de Jesús.
Dejémonos conducir nosotros por el Espíritu Santo, que, como hemos escuchado repetidamente estos días, es el que nos conducirá a la verdad plena, el que nos ayudará a conocer todo el misterio de Jesús, y que es el que pondrá ese ardor y celo en nuestro corazón convertirnos en verdad testigos del evangelio en medio de nuestro mundo.
Hoy Jesús en el evangelio les decía a los discípulos. ‘Dentro de un poco ya no me verán. Pero en un poco de tiempo más me volverán a ver’. Palabras que les resultaban incomprensibles para los discípulos por lo que se preguntan que significaban. ‘¿Qué querrá decir esto de que dentro de un poco de tiempo ya no me verán, y un poco de tiempo más me volverán a ver?’ Pero Jesús le habla de que esa tristeza que tienen se convertirá en alegría.
Es la alegría que por la fuerza del Espíritu podemos vivir porque nos hace sentir a Cristo en nuestro corazón. Es la alegría de nuestra fe. Es la alegría de poner a Cristo en el centro de nuestra vida. Es la alegría del anuncio del evangelio. No perdamos esa alegría que Cristo está con nosotros.

La oración de fe salvará al enfermo

Sacramento de la Unción de los enfermos
Santiago, 5, 11-16;
Sal. 89;
Mt. 15, 29-31

‘Acudió mucha gente llevando tullidos, ciegos, lisiados, sordomudos y muchos otros; los echaban a sus pies y El los curaba…’ Así hemos escuchado este texto como hubiéramos podido escuchar muchos más. Es una escena que se repite en el evangelio.
Cuando Juan le mandó a preguntar si era El quien había de venir, la respuesta de Jesús a los discípulos del Bautista fue: ‘Id y contad a Juan lo que habéis visto y oído: los ciegos ven, los inválidos andan, los leprosos quedan limpios, los sordos oyen, los muertos resucitan y a los pobres se les anuncia la Buena Noticia…’
Y Jesús envía a los discípulos a anunciar la Buena Noticia de salvación y a curar a los enfermos. ‘Id al mundo entero y proclamad el evangelio a toda la creación… impondrán las manos a los enfermos y quedarán curados…’
Hoy estamos nosotros dando respuesta a ese mandato de Jesús. Anunciamos y celebramos la Buena Noticia de la salvación. El Evangelio se está haciendo presente hoy entre nosotros. Llega la salvación; celebramos que el Señor nos salva y nos sana. Cristo está en medio de nosotros igual que en aquel momento en que le llevaban los tullidos, los ciegos, los lisiados, los sordomudos… y toda clase de enfermos.
Y Jesús pasa en medio de nosotros y nos toca con su mano salvadora y llena de gracia y nos sana. No es un recuerdo de lo que entonces Jesús hacía, sino algo presente que se realiza ahora mismo en nuestras vidas. Es sacramento. Es el hoy de la salvación de Jesús.
¿Significa que se nos van a acabar los achaques, las enfermedades, la debilidad de nuestros muchos años? Tengamos fe y será lo que el Señor quiera depararnos. Tengamos fe y veremos al Señor que sana nuestra vida.
¿Qué será peor, el dolor de unas piernas a las que les cuesta ya caminar o la impaciencia y desazón que se produce en nuestro interior al vernos tan debilitados? ¿Qué será peor, el que estemos torpes quizá para entender o incluso para llevarnos la comida a la boca, o el egoísmo que nos encierra y que nos hace desconfiados y agresivos hacia los que están a nuestro lado? ¿Qué será peor, que a nuestros ojos les cueste ver con claridad o que nos volvamos huraños, nos encerremos en nuestras soledades o nos aislemos de los demás?
El Señor viene a sanarnos y a salvarnos, a ayudarnos a salir de ese circulo en que nos encerramos, a hacernos más generosos de corazón, a quitar esas actitudes impacientes y violentas que muchas veces se nos meten en la vida, a arrancarnos de ese pecado que nos ha alejado de Dios, a hacer desaparecer esos miedos ante la incertidumbre de lo que va a ser nuestra vida, o ante la muerte que pueda avecinársenos.
Pidamos al Señor que nos sane en lo más hondo de nosotros mismos, que purifique nuestro corazón de todo pecado, que lo llene de su gracia.
Estamos ahora realizando lo mismo que nos decía Santiago en su carta. ‘¿Está enfermo alguno de vosotros?’ Aquí estamos con nuestras debilidades, nuestros achaques, nuestras limitaciones, nuestras discapacidades, nuestros sufrimientos.
‘Llame a los presbíteros de la Iglesia y que oren sobre él…’ Aquí estamos reunidos en Iglesia y en Iglesia en oración con los presbíteros que en nombre del Señor presiden esta comunidad y esta celebración. Y oramos y pedimos al Señor que se haga presente entre nosotros. Y vamos a ser ungidos en nombre del Señor con el Santo Óleo.
‘Y la oración de fe salvará al enfermo…’ Vamos a sentir esa salvación de Dios en nuestra vida y nos vamos a sentir renovados y rejuvenecidos en el espíritu. Porque vamos a sentir que nuestra vida es otra donde habrá más ilusión y más ganas de vivir, más esperanza, más amor y más paz en nuestro corazón y en nuestra convivencia con los demás, después que hayamos sentido que el Señor ha puesto su mano salvadora sobre nosotros, ha vuelto su mirada sobre nosotros y nos ha llenado de su paz.
Que lo sintamos. Que lo vivamos. Que lo celebremos. Que el Señor está hoy aquí en medio de nosotros.

miércoles, 20 de mayo de 2009

El Espíritu de la verdad que nos haga conocer a Dios

Hechos, 17, 15. 22-18, 1
Sal. 148
Jn. 16, 12-15

Continuamos siguiendo el segundo viaje apostólico de san Pablo. Ahora llega Pablo a Atenas, ciudad de la cultura y de las artes, ciudad de los pensadores y de los filósofos; bella ciudad llena de monumentos rebosantes de arte. Una ciudad griega, en consecuencia gentil para un judío, y llena de templos a todos los dioses, pues no olvidemos que son politeístas teniendo infinidad de dioses de todo tipo.
Pasea Pablo por el Areópago, que era como el centro de la ciudad donde todos confluían, pues allí estaban los filósofos enseñando sus doctrinas a todo el que quisiera oírles; en su entorno estaban los diferentes templos a todos los dioses, y era algo así como el mercado adonde todos acudían y donde todo se compraba y se vendía.
Se encuentra Pablo con un altar dedicado al ‘dios desconocido’ y eso le da pie para su discurso en medio de aquel variopinto mercado de oyentes y paseantes. Aprovecha Pablo la ocasión para hacer el anuncio del Evangelio. ‘Pues eso que veneráis sin conocerlo, os lo anuncio yo: el Dios que hizo el mundo y lo que contiene. El es el Señor del cielo y tierra…’ Parte del Dios creador, infinito y todopoderoso, que todo lo ha creado y todo lo llena con su inmensidad, que no necesita de ‘templos contraídos por hombres’. El Dios que no necesita ser representado ‘en imágenes de oro o de plata o de piedra, esculpidas por la destreza y la fantasía de un hombre’.
Es el Dios que tenemos que buscar ‘a ver si, al menos a tientas, lo encontráis…’ pero que es el Dios que podemos encontrar no solo en toda la obra de la creación – ‘los cielos y la tierra están llenos de tu gloria’, que dijimos en el salmo – sino también en nosotros mismos allá en lo hondo del corazón porque El quiere habitar en nosotros, ‘pues en El vivimos, nos movemos y existimos…’
Llega Pablo a anunciarles la conversión para aceptar a aquel que es el rostro amoroso de Dios y que ha venido a traernos la salvación y que por nosotros murió y resucitó. ‘Ha dado prueba de esto resucitándolo de entre los muertos’.
Claro que cuando oyen hablar de resurrección aquellos filósofos escépticos poco menos que se ríen de él – había muchas corrientes contradictorias en la filosofía de aquel entonces como ahora – y le dicen ‘De esto te oiremos hablar en otra ocasión’. Solamente un pequeño grupo aceptó la palabra de Pablo y se le adhirieron. ‘Algunos se le juntaron y creyeron, entre ellos Dionisio el areopagita, una mujer llamada Damaris y algunos más’. A continuación nos dice el autor de los Hechos de los Apóstoles: ‘Después de esto, dejó Atenas y se fue a Corinto’. No se vuelve a oír hablar de Atenas en el nuevo Testamento.
Un altar al dios desconocido se encontró san Pablo en Atenas. ¿Será para nosotros también Dios un dios desconocido? Aunque nos llamemos creyentes y cristianos hemos de reconocer que algunas veces en nuestra fe actuamos como si se tratara igualmente de un Dios desconocido. Nos quedamos como atascados ante el misterio de Dios, y no vamos más allá para conocerle y para sentirle en nosotros y en nuestra vida.
Sin embargo, nosotros tenemos a Jesús que viene a revelarnos el Misterio de Dios. ‘Nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se le quiere revelar…’ Y Cristo ha venido para eso, para mostrarnos el rostro de Dios que es rostro de amor porque Dios es Amor. Nos cuesta a veces llegar a penetrar en esa inmensidad de Dios o de sentirlo en nuestro corazón. Pero Jesús que nos habla de Dios y nos revela al Padre nos da su Espíritu para que nos conduzca hasta la verdad plena de Dios. Lo estamos escuchando en el evangelio en estos días, el Paráclito, el Defensor, el Espíritu de la Verdad que enviará desde el Padre. ‘Ahora, cuando venga El, el Espíritu de la Verdad, os guiará hasta la verdad plena’, le hemos escuchado hoy decir a Jesús.
Que nos envíe su Espíritu, sí, que nos conduzca a la verdad plena porque nos llene de Dios, nos inunde con la vida de Dios que nos hace hijos y que nos permite llamar a Dios Padre; que venga el Espíritu de la Verdad, que gima en nuestro interior para que nos enseñe a orar de verdad; que nos inunde el Espíritu de la Verdad, porque sólo ‘con el Espíritu podemos decir Jesús es Señor’.
Es nuestra súplica y nuestra oración.

martes, 19 de mayo de 2009

Celebraron una fiesta de familia por haber creído en Dios

Hechos, 16, 22-34
Sal.137
Jn. 16, 5-11


‘Que tu pueblo, Señor, exulte siempre al verse renovado y rejuvenecido en el espíritu…’ hemos pedido hoy al comenzar nuestra celebración. Una oración que se repite con frecuencia en este tiempo pascual gozosos por la salvación que nos renueva, que nos hace hombres nuevos en el Espíritu.
Y esto nos invita a la alabanza y a la acción de gracias al Señor en todo momento y situación. ‘Te doy gracias, Señor, de todo corazón; delante de los ángeles tañeré para ti… daré gracias a tu nombre: por tu misericordia y tu lealtad…’ cantamos al Señor, hacemos sonar todos los instrumentos, todo tiene que ser júbilo y alegría en nuestro corazón, todo para la alabanza del Señor.
Es lo que nos enseña también la Palabra de Dios hoy proclamada, en especial, el texto de los Hechos de los Apóstoles. Pablo y Silas han llegado a Filipos. Habían acudido junto al río donde los judíos se reunían para rezar y allí entablan conversación con algunas mujeres. Lo escuchábamos ayer. Al final, una de aquellas mujeres, Lidia, que han aceptado la fe incluso les invitan a su casa.
Hoy escuchamos la otra cara de la moneda en parte, porque algunos se soliviantan contra Pablo y Silas. ‘La plebe se amotinó contra ellos y los magistrados dieron orden que los desnudaran y los apalearan…’ Terminan con cepos en la mazmorra. Pero allí. ‘a eso de medianoche, Pablo y Silas oraban cantando himnos a Dios’. No parece el momento más adecuado para cantar, mientras molidos a palos yacen en la cárcel. Pero en todo momento el verdadero creyente ha de saber cantar a Dios su alabanza. Pueden ser momentos duros y difíciles, pero no es sólo pedir la ayuda de Dios para esa situación, sino que ha de ser también el canto de la alabanza al Señor. Es lo que hacen Pablo y Silas.
Pero suceden más cosas. ‘De repente vino una sacudida violenta, que temblaron los cimientos de la cárcel. Las puertas se abrieron de golpe y a todos se les soltaron las cadenas…’ El carcelero teme que le hayan escapado los presos e intenta suicidarse, pero Pablo se lo impide. Al final como hemos escuchado termina haciéndole el anuncio de Jesús y de la salvación. ‘¿Qué tengo que hacer para salvarme?... cree en el Señor Jesús y te salvarás tú y tu familia…’
Ya lo hemos escuchado. ‘Le explicaron la Palabra del Señor a él y a todos los de su casa. El carcelero se los llevó a aquellas horas de la noche, les lavó las heridas, y se bautizó enseguida con todos los suyos, los subió a su casa, les preparó la mesa, y celebraron una fiesta de familia por haber creído en Dios’.
Hermoso mensaje. Nos manifiesta la alegría de la fe, la alegría de aquella familia por haber encontrado la fe que les lleva a la salvación. ‘Celebraron una fiesta de familia por haber creído en Dios’. Es la alegría con la que hemos de vivir nuestra fe. Lo hemos repetido muchas veces los cristianos tenemos que ser los hombres y mujeres más alegres del mundo.
Gozosos y orgullosos de nuestra fe. Y eso en todo momento y situación como decíamos. Gozosos y alegres venimos a nuestra celebración de la Eucaristía que siempre tiene que ser la fiesta de la Pascua del Señor. No caben Eucaristías tristes, porque cualquiera que sea el estado anímico que vivamos, en la fe encontramos la fuerza, la luz, el sentido para vivir nuestra vida. Y quien ha encontrado esa luz camina siempre en plenitud. Plenitud en la fe y plenitud en la esperanza. Como hemos escuchado estos días a Jesús, ‘os he contado todo esto para mi alegría esté en vosotros y vuestra alegría llegue a su plenitud’.

lunes, 18 de mayo de 2009

Os he hablado de esto para que no os tambaleéis

Hechos, 16,11-15
Sal. 149
Jn. 15, 26-16, 4


‘Os he hablado de esto para que no os tambaleéis…’ les estaba diciendo Jesús a los discípulos. ¿No necesitaremos que nos lo diga Jesús también a nosotros?
Nos tambaleamos cuando nos falta un apoyo firme bajo los pies. Todo se nos mueve y nos da vueltas, perdemos el equilibrio y no sabemos donde apoyarnos. Tiembla la tierra bajo nuestros pies en un terremoto y todo se cae; tiembla una estructura ante cualquier movimiento inesperado y se nos puede venir abajo… cuantas cosas nos pueden suceder en la vida en todo ámbito y que nos pueden hacer tambalearnos.
‘Os he hablado de esto para que no os tambaleéis…’ para que no perdáis pie en el camino de vuestra fe, parece que les está diciendo Jesús a los discípulos y nos está diciendo también a nosotros.
Incluso cuando Jesús estaba con ellos también pasaron por momentos de duda, de crisis y hasta de negación. Le negó Pedro allá en el patio del Sumo Sacerdote. Le traicionó uno de los discípulos vendiéndole por unas monedas. Muchos discípulos ya no quisieron seguir con Jesús cuando les hablaba de cosas que no entendían o les era difícil comprender. La pasión y la cruz fue un momento de crisis y de escándalo para los discípulos, porque al ser prendido Jesús en el huerto ‘le abandonaron y huyeron…’ Encerrados estaban en el cenáculo ‘por miedo a los judíos…’
Podría sucederles cuando fueran ellos los que tuvieran que pasar por su propia pasión cuando comenzaran las persecuciones. Cuando el evangelista Juan escribe el evangelio ya casi a finales del siglo primero habían arreciado las persecuciones. Por eso recordaría lo que Jesús ahora les decía: ‘Os excomulgarán de la Sinagoga; más aún, llegará incluso una hora cuando el que os dé muerte, pensará que da culto a Dios…’
‘Os he hablado de esto para que no os tambaleéis… os he hablado de esto para que cuando llegue la hora, os acordéis de que yo os lo había dicho’.
Nos sucede a nosotros también. Somos conscientes de cómo fácilmente se nos debilita la fe, y vemos a nuestro alrededor a tantos que quizá fervorosos y entregados un día, pronto se enfriaron, abandonaron, y ahora quizá marchan por otros caminos. Ante los problemas o dificultades que vamos encontrando en la vida, ante la dificultad para vivir con coherencia nuestra fe, también muchas veces dudamos y nos tambaleamos, nos sentimos débiles y pareciera que perdiéramos todo punto de apoyo.
Por eso Jesús nos previene, pero además nos asegura que no nos faltará nunca ese punto de apoyo para nuestra vida. Nos promete la presencia de su Espíritu, el Espíritu divino que nos fortalezca y santifique. Nos promete un Abogado, el Paráclito, que nos defienda y nos enseñe la verdad plena. ‘Cuando venga el Paráclito, que os enviaré desde el Padre, el Espíritu de la verdad, que procede del Padre, El dará testimonio de mí, como vosotros daréis testimonio…’
El ha prometido que estaría con nosotros siempre, hasta el final de los tiempos. Por eso tenemos que sentirnos fuertes y nada tendría que hacernos tambalear. Cuidemos nuestra fe, pero confiemos de verdad en la presencia del Espíritu de Jesús junto a nosotros. Cuidemos nuestra fe tratando de ser en verdad coherentes en la vida, sin temor a ningún contratiempo y dejémonos iluminar y conducir por el Espíritu Santo. No desconfiemos, tenemos un Abogado, el Espíritu Santo que está con nosotros.

domingo, 17 de mayo de 2009

Todo es cuestión de amor, y ¡de qué amor!


Hechos, 10, 25-26.34-35.44-48
Sal. 97
1Jn. 4, 7-10
Jn. 15, 9-17



Todo es cuestión de amor, y ¡de qué amor!, tendríamos que reconocer como a manera de resumen del mensaje de la Palabra de Dios escuchada hoy.
Quizá podríamos pensar preguntándonos – algunos se lo preguntan – si el amor puede ser un mandamiento y un mandato, algo que hay que hacer por imperativo o por ley. Todo lo que nos suena a mandamiento, nos suena a imposición, y ante aquello que nos quieren imponer una primera reacción es de rechazo o de cierta rebeldía. Queremos defender nuestra libertad o lo que entendemos por nuestra libertad y rechazamos todo lo que nos suene a imposición. Y es que lo que hoy hemos escuchado en el evangelio es que Jesús nos da un mandato y ese mandato será el del amor. Con lo que empezamos a hacernos nuestros razonamientos para decir que en el amor no puede haber mandato ni obligación. Amo a quien quiero y no porque nos lo impongan, decimos.
Pero, ¿es así que el mandamiento del amor nos condiciona, nos coarta o se convierte en una dependencia no querida? Tendríamos que leer o escuchar con detenimiento todo lo que nos dice la Palabra proclamada.
Nos habla Jesús del amor del Padre con el que El se siente amado y que es fuente del amor con que nos ama. 'Como el Padre me ha amado, así os he amado yo...' Y nos dice: ‘Permaneced en mi amor’. ¿Qué significa ese permanecer en el amor? Yo diría, primero que nada saborear un amor como el que Señor nos tiene. Saborear es sentirnos amados, gozarnos en su amor, vivir esa experiencia desde lo más hondo del alma. Es como un torrente que parte del Padre, se manifiesta en Jesús y llega a nosotros. Jesús, podríamos decir, nos sirve de cauce para que llegue a nosotros el amor del Padre.
Por eso san Juan en su carta nos dirá: ‘el amor consiste, no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que El nos amó primero y nos envió a su Hijo’. Se manifiesta ese amor del Padre en que Dios envía a su Hijo al mundo, no para condenarlo sino para salvarlo. Dios envió a su Hijo al mundo para que vivamos por medio de El. Así pues, permanezcamos en su amor, o lo que es lo mismo, amemos nosotros con un amor así.
Y le da una sublimidad hasta entonces desconocida al amor. Amar significa haber nacido de Dios. ‘El que ama ha nacido de Dios’. El amor le da un toque divino a nuestra vida. Nos eleva de tal manera que nos hace parecernos a Dios. Sí, amando, nos parecemos a Dios, ‘porque Dios es Amor’.
Surge entonces lo que decíamos: el mandamiento que nos deja Jesús. Un mandamiento que nos sirve para destacar, para subrayar lo que ha de ser el verdadero amor. Porque no se trata de un amor cualquiera. Tiene que ser un amor a la manera del amor de Jesús. ‘Como yo os he amado’. Y ¡ojo!, que El nos ha amado con un amor como con el que el Padre lo amó a El. Es mandamiento, pero no es una imposición. Es para que aprendamos a hacer una oblación de nuestra vida – amor es oblación, donación y entrega – como la que hizo Jesús. Con el mandamiento Jesús lo que nos está diciendo es la altura y sublimidad que tiene que tener nuestro amor si queremos ser discípulos suyos.
Es por eso por lo que podemos decir que Jesús nos mira ya de otra manera. ‘A vosotros os llamo amigos’, nos dice. Amigos, amados, y ¡de qué manera!, con el amor más grande, el amor del que se da hasta el final, del que se da totalmente sin reservarse nada. Por no reservarse no se reserva ni su propia vida, porque la entrega por nosotros. ‘Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos’. Y es lo que hizo Jesús.
Es, entonces, la sublimidad con que nosotros hemos de vivir el amor. Y es que no puede ser de otra manera cuando uno se siente querido y amado de Dios con un amor como con el que El nos ama. Un amor que nos llena de dicha y de felicidad, nos lleva a la plenitud. ‘Os he hablado de esto para que mi alegría esté en vosotros y vuestra alegría llegue a plenitud’. Hemos de reconocer que tendríamos que ser los hombres y mujeres más felices del mundo. Y cuando amamos con un amor así es cuando podemos hacer felices de verdad a los demás, cómo iremos transformando nuestro mundo.
Intenta cada día ir poniendo un amor así, como el que nos enseña Jesús, en cada una de esas personas con las que convives, con las que te cruzas en los caminos de la vida. Ya sé que no es fácil, pero no por eso hemos de dejar de intentarlo. Además no lo vamos a hacer por nosotros mismos o por nuestras fuerzas, sino que tiene que brotar casi espontáneamente de esa experiencia que nosotros vivimos del amor que Dios nos tiene.
Os confieso que algunas veces no sé que pensar cuando uno ve tanta gente amargada alrededor, que caminan como fantasmas, pues esa amargura que han dejado meter en su corazón les llena de negrura y de muerte. No saben amar, guardan el odio y el rencor en su corazón, y a la larga sufren porque no saben perdonar, no son generosos y se guardan tanto para si que se guardan hasta el rencor, la envidia, el orgullo y no sé cuantas cosas y al final no saben ser felices.
Amemos contagiando de amor a los demás y haremos un mundo más feliz y mejor. Tendría que ser algo que surgiera espontáneo de un corazón generoso que se siente amado. Mira, sin embargo, cómo somos que para que lo hagamos tendrá que mandárnoslo el Señor.