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miércoles, 27 de mayo de 2009

Congregados en un solo cuerpo por el Espíritu

Hechos, 20, 28-38
Sal.67
Jn. 17, 11-19

El texto de los Hechos de los Apóstoles nos ofrece la segunda parte de la despedida de Pablo a los presbíteros de la Iglesia de Efeso que había llamado a Mileto, mientras el evangelio nos ofrece también la segunda parte, en este caso, de la oración sacerdotal de Jesús en la Última Cena.
Las palabras de Pablo, que son como una despedida y testamento, vienen a ser unas recomendaciones a aquellos presbíteros para que cuiden del rebaño a ellos confiado. ‘Tened cuidado de vosotros y del rebaño que el Espíritu Santo os encargado guardar, como pastores de la Iglesia de Dios, que El adquirió con la sangre de su Hijo’. Y les invita a estar vigilantes porque se puede meter la mala cizaña de la división y de los enfrentamientos en medio de la comunidad, así como falsas y erróneas doctrinas. ‘Se meterán entre vosotros lobos feroces que no tendrán piedad del rebaño. Incluso algunos de vosotros que deformarán la doctrina y arrastrarán a los discípulos’.
Una recomendación y un deseo de cuidar la unidad de la Iglesia, de la comunidad, de los creyentes. Lo mismo que Jesús pide en la oración sacerdotal. ‘Padre santo, guárdalos en tu nombre a los que me has dado, para que sean uno, como nosotros…’ Una oración la de Jesús por la unidad de la Iglesia, de toda la Iglesia, de la comunidad, de cada uno de los cristianos que tienen que sentirse siempre en comunión con los hermanos. ¿Dónde está la fuerza para esa unidad? La fuerza la tenemos en el Espíritu del Señor, el Espíritu Santo, que El nos envía. Porque es el Espíritu el que nos congrega en la unidad.
Así lo expresamos en la liturgia. Esa es la petición que en este miércoles de la última semana de pascua hemos hecho al Señor en la Eucaristía. ‘Concede a tu Iglesia, congregada por el Espíritu Santo, dedicarse plenamente a tu servicio y vivir unida en el amor, según tu voluntad’.
Pero quisiera fijarme cómo se resalta esta petición en la Plegaria Eucarística. En toda Plegaria Eucarística hay dos epíklesis, dos invocaciones al Espíritu Santo. Una invocando al Espíritu Santo para que vengan sobre aquellos dones del pan y del vino para que sean el Cuerpo y la Sangre de Jesús. Pero la otra invocación del Espíritu es pidiendo precisamente esa unidad de la Iglesia, de la comunidad que está participando del mismo Cuerpo y Sangre del Señor.
Así en la plegaria que más utilizamos, la segunda, se invoca ‘que el Espíritu Santo congregue en la unidad a cuantos participamos del Cuerpo y de la sangre de Cristo’.
Y en la plegaria tercera, en dos ocasiones se invoca al Espíritu pidiendo esa unidad. Alabamos al Señor porque ‘por Jesucristo, tu Hijo, Señor nuestro, con la fuerza del Espíritu Santo, das vida y santificas todo y congregas a tu pueblo sin cesar…’ Luego se volverá a pedir ‘para que fortalecidos con el Cuerpo y la Sangre de tu Hijo y llenos de su Espíritu Santo formemos en Cristo un solo cuerpo y un solo espíritu’.
En la cuarta se dirá. ‘Concede a cuantos compartimos este pan y este cáliz, que, congregados en un solo cuerpo por el Espíritu Santo, seamos, en Cristo, víctima viva para tu alabanza’.
El Espíritu que nos congrega, que nos hace unos, que nos lleva a la unidad y a la comunión. Que venga sobre nosotros. Que arranque de nuestro corazón todo aquello que pueda romper esa unidad. El es el Espíritu del amor y de la paz, que desaparezcan de nuestro corazón el odio y el desamor. Que nos llenemos de su fuerza y de su gracia. Así lo queremos invocar con toda intensidad en este camino que nos conduce a Pentecostés, pero que tiene que ser el camino de la Iglesia de cada día.

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