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viernes, 4 de agosto de 2023

Aprendamos a valorar lo bueno de los otros, quitemos prejuicios de nuestra mente, arranquemos también el orgullo que motiva tantas desconfianzas


Aprendamos a valorar lo bueno de los otros, quitemos prejuicios de nuestra mente, arranquemos también el orgullo que motiva tantas desconfianzas

Levítico 23, 1. 4-11. 15-16. 27. 34b-37; Sal 80; Mateo 13,54-58

Suele suceder muchas veces que le hacemos caso más pronto al que viene de fuera que a uno de los nuestros. Nos llenamos de admiración con facilidad ante lo que nosotros consideramos palabras sabias porque citamos a tal o cual personaje, y mejor si es de nombre impronunciable porque está en otro idioma, pero no sabemos escuchar una palabra que nos puede decir un vecino de los nuestros de toda la vida. ¿Qué va a saber este que conocemos de toda la vida y que quizás no ha salido de nuestro pueblo o no tiene los estudios que nos parece que pueden tener otros, simplemente por el hecho de que es de fuera o de un determinado lugar? 

Nos cuesta valorar lo nuestro, y a eso que nos dice el vecino de al lado al que decimos que conocemos de toda la vida no le damos el mínimo valor. Somos muchas veces obtusos, como se suele decir, nos envolvemos de prejuicios y no somos capaces de valorar lo que está ahí a nuestro lado.

Cuando Jesús llegó a su pueblo de Nazaret, ya venía con su fama de lo que oían que Jesús realizaba en otros lugares; como iba haciendo en todos los lugares a donde llevaba la buena noticia del Reino de Dios que llegaba, también en esta ocasión fue el sábado a la sinagoga de su pueblo, y allí se puso a enseñar.

La gente sorprendida le escuchaba con atención, estaban admirados que uno de los de ellos se hubiera adelantado al ambon de la Palabra para hacer la lectura de la ley y los profetas. Al encargado de hacer la lectura le correspondía hacer también el comentario del texto sagrado, que iba a ser una motivación para el cántico de los salmos con que terminaba la oración. 

Estaban admirados porque era el hijo de María, la de José el carpintero, y por allí andaban sus primos y parientes, todos  conocían el que hacía la lectura y ahora les hablaba. La admiración se fue convirtiendo en extrañeza y terminaría por claro rechazo. ¿Dónde había aprendido todo eso que decía, cuando lo conocían desde niño allí en medio de ellos en su pueblo?

En otros lugares vemos que la gente se admira, sí, y se pregunta dónde ha aprendido todo eso, pero también reconoce que nadie ha hablado con tanta autoridad como Jesús les estaba hablando. Y eso es lo que sus paisanos de Nazaret no quieren aceptar. ‘Ningun profeta es bien mirado en su tierra’ terminará incluso reconociendo Jesús. Y allí no pudo hacer Jesús ningún milagro por su falta de fe.

Cuando le pedían signos y acudían a El con sus limitaciones y enfermedades, Jesús lo único que les pedía siempre era la fe. ‘Basta que tengas fe’, le decía Jesús a Jairo mientras iban de camino y las malas noticias desalentaban al jefe de la sinagoga. Se admiraba Jesús de la fe del centurión porque incluso en todo Israel nunca había encontrado una fe así. ‘Tú fe te ha curado’, les decía Jesús a los que salían sanos de sus dolencias y enfermedades. Y viendo la fe de aquellos hombres que habían descolgado al paralítico a sus pies Jesús no solo hace que el paralítico se levante y cargue con su camilla sino que le ofrecerá el perdón de sus pecados. Pero en Nazaret no pudo realizar ningún milagro por su falta de fe.

Dos conclusiones o dos interrogantes para nuestra vida. ¿Sabremos aceptar lo bueno de los que están a nuestro lado aunque los conozcamos de toda la vida? Aprendamos a valorar lo bueno que podemos descubrir junto a nosotros; quitemos prejuicios de nuestra mente, arranquemos también el orgullo que se nos puede meter en el corazón que motiva tantas desconfianzas. 

Y por otra parte despertemos la fe muchas veces aletargada de nuestros corazones. Cuidado que nos puede suceder que incluso realizando nuestras prácticas religiosas, por llamarlas de alguna manera, algunas veces caigamos en la rutina y no seamos capaces de expresar con toda la carga de vitalidad  nuestra fe esos actos piadosos que estamos realizando. 

Nos acostumbramos y hasta en nuestras oraciones muchas veces nuestra mente está muy lejos de las palabras que pronunciamos con nuestros labios; se nos debilita y se nos enfría nuestra fe. Tenemos que de nuevo caldearla para que no solo sean unas palabras que pronunciamos, sino sea algo que envuelva totalmente nuestra vida desde lo más hondo. 

jueves, 3 de agosto de 2023

 


Aprendamos de la vida siendo reflexivos, sabiendo detenernos para rumiar una y otra vez las cosas, para poder tener una mirada llena de sabiduría

Éxodo 40,16-21.34-38; Sal 83; Mateo 13,47-53

Algunas veces nos ponemos en plan de sabios, muy reflexivos y muy ‘filosóficos’ como queriendo dejar sentencias y nos decimos que la vida nos enseña, es la mejor escuela y el mejor maestro. No niego el aserto final pero si me digo que la vida nos enseña, pero si nos dejamos enseñar. Buenos maestros hemos tenido muchas veces y eso no significa que todos hayamos salido unas lumbreras, porque si no escuchamos al maestro, no quisimos aprender de él nada de su sabiduría se nos pegó.

Así me atrevo a decir, comentar o poner una pega a afirmaciones como esa. Tenemos que dejarnos enseñar, y para eso necesitamos reflexión, para eso necesitamos detenernos – eso que llamamos estudiar que no es solo aprendernos una cosa de memoria – para asimilar, para descubrir lo bueno y lo malo, lo que tenemos que aprovechar y lo que tenemos que descartar; y en eso tenemos que ir haciéndonos criterios, saber ir haciendo un juicio de valor a todo eso que nos va sucediendo o que vamos encontrando, para saber valorar y para saber descartar. No es solo lo que nos enseñen o nos metan a la fuerza en la cabeza, sino lo que nosotros vamos asumiendo.

Es lo que nos va a dar esa sabiduría de la vida, que no es fácil, que no lo conseguimos de un plumazo, que no es una nota que vayamos a conseguir aunque sea por lo raspado para decir que aprobamos. Es algo más y es algo distinto. Será lo que nos dará verdadera maduración a nuestra vida. Bien lo necesitamos.

Una hermosa tarea que tenemos que ir sabiendo hacer; no siempre es fácil, muchas vueltas tenemos que darle a las cosas, mucho tenemos que ir analizando lo que hemos experimentado en nuestra propia vida para irnos formando esos criterios, mucho también tenemos que dejarnos enseñar por quien nos pueda abrir cauces y horizontes para ver las cosas de otra manera, desde otra perspectiva, porque no todo nos lo vamos a tragar sea como sea. Será cuando nos encontremos a nosotros mismos, y seremos lo que tenemos que ser.

El evangelio hoy nos habla de la red echada al mar y que recoge toda clase de peces; será el sabio pescador el que cuando llegue a la orilla y hará recuento de los peces que ha recogido la red, verá los que son válidos y los que no, descartará a unos y recogerá a otros. Y nos dice Jesús que el Reino de Dios es así. ¿Nos estará hablando de esa sabiduría que hemos de tener en la vida? Como nos hablará también del hombre sabio que saber ir sacando del arcos donde tiene guardadas las cosas lo que es válido en cada momento. ¿Cómo ha llegado a descubrir lo que es valido en cada momento para sacar lo oportuno en su tiempo? Como solemos decir, porque lo ha estudiado, porque lo ha reflexionado, porque ha ido comparando una y otra cosa para descubrir lo que es justo y lo que es bueno, porque ha ido madurando en su interior para irse trazando esos principios para su vida, pero ha llegado a ello después de una madura reflexión.

Adolecemos de muchas superficialidades en la vida, vamos a lo loco, nos vamos dejando arrastrar por nuestros impulsos sin valorar si aquello que hacemos de verdad es valido para el crecimiento de nuestra vida, vamos mirando la vida y lo que hacemos muy a corto plazo sin darle verdadera perspectiva a lo que hacemos o a lo que nos sucede, y por eso vivimos en esa superficialidad, y todo se nos convierte en locura, y pensamos que solo disfrutar del momento sea como sea es lo que importa, nos vamos dejando arrastrar por nuestros caprichos, lo que satisfaga en este momento, nos vamos construyendo la vida como un castillo de naipes que pronto se nos puede desmoronar. Con cuantos infantiles nos vamos cruzando en la vida.

¿Aprendemos de la vida? Si sabemos ser reflexivos, si sabemos detenernos a contemplar lo que nos va sucediendo para irlo analizando, para ir descubriendo la bueno, para aprender donde no debemos tropezar, para saber comenzar de nuevo rehaciendo lo que hemos hecho mal, siendo capaces de ser humildes para dejarnos enseñar, y ser valientes para reconocer nuestros errores. Es la mirada de la persona reflexiva, es la mirada del sabio de verdad. Dejémonos conducir por el Espíritu de Dios fuente de nuestra verdadera sabiduría.

miércoles, 2 de agosto de 2023

Tenemos que darlo todo para comprar aquel campo que contiene el tesoro escondido, tenemos que darlo todo para vivir la alegría más honda de nuestra vida

 


Tenemos que darlo todo para comprar aquel campo que contiene el tesoro escondido, tenemos que darlo todo para vivir la alegría más honda de nuestra vida

Éxodo 34,29-35; Sal 98; Mateo 13,44-46

Siempre en la vida nos encontramos con cosas, con momentos, con acontecimientos, con personas que nos dan alegría.  Un acontecimiento inesperado que nos sorprende y que puede ser motivo de nuevas cosas para mi vida, nos llena de alegría; una buena noticia de algo que le ha sucedido a alguien y le ha dado mucha alegría, nos llena a nosotros de alegría también; la solución de unos problemas que teníamos enconados en la vida y que parecía que no tenían salida, nos da alegría; una buena cosecha, la consecución del fruto de unos trabajos y de unos esfuerzos, el alcanzar unas metas que nos habíamos propuesto, nos llena de alegría; el contemplar a alguien que es muy feliz y se siente realizada con lo que hace y con lo que ha conseguido, nos llena de alegría también… así podíamos seguir haciendo una lista grande de cosas que nos motivan, nos llenan de alegría, e incluso nos sentimos como impulsados a compartirlo con los demás para que participen también de esa misma alegría.

Hoy nos habla Jesús en la parábola del hombre que trabajando el campo de pronto se ha encontrado un tesoro escondido en él; se llena de alegría, nos dice el relato de la parábola, y va a conseguir los medios necesarios para adquirir aquel campo y con ello conseguir para sí el tesoro en él escondido. Jesús hace la comparación con esta parábola de lo que es el Reino de los cielos; en cierto modo nos está hablando de la alegría de encontrar el tesoro de la fe, el tesoro del evangelio, en una palabra, del encuentro con Jesús y su salvación.

Descubrir el mensaje del evangelio, tener un encuentro vivo con Jesús es algo profundo que sucede en nuestra vida y nos vamos a sentir totalmente transformados por ese encuentro y ese mensaje. Es encontrar luz para la vida; por eso el evangelio nos hace la comparación, incluso con palabras del profeta, que la aparición de Jesús de Nazaret por los pueblos y aldeas de Galilea fue como el aparecer una luz grande que iluminó aquellas tinieblas en que vivían. Con la presencia de Jesús algo nuevo se estaba sintiendo en aquellos lugares, en aquellas personas; querían seguir a Jesús, querían estar con El, querían escuchar su Palabra, se iban conviviendo en sus discípulos. Su vida se transformaba; Jesús había pedido conversión para creer y para aceptar aquella buena noticia que les estaba llegando.

¿Será en verdad para nosotros el encuentro con el evangelio y con Jesús algo semejante? ¿Sentiremos que en verdad hay una luz nueva que nos está iluminando y entonces haciéndonos ver las cosas de forma distinta – la luz nos hace descubrir lo más bello de la realidad – y trasformando nuestra vida que ya no será distinta?

Tenemos que redescubrir la alegría que produce en nosotros nuestra fe. Tenemos que despertar nuestra fe para que en verdad produzca esa alegría en nuestra vida. No podemos ser cristianos tristes; tenemos que ser los que creemos en Jesús los que vivimos la más intensa y profunda alegría. Yo tengo un gozo en el alma, recuerdo un canto que hacíamos hace unos años en la catequesis y en las celebraciones. Sí, tenemos un gozo en el alma, el gozo y la alegría que despierta en nosotros nuestra fe, nuestro encuentro vivo con Jesús; es la alegría de ser cristiano que llevamos con el mayor orgullo del mundo, y aquí el orgullo sí que no es pecado.

Tenemos que darlo todo para comprar aquel campo que contiene el tesoro escondido; tenemos que darlo todo para vivir la alegría más honda de nuestra vida; tenemos que darlo todo para vivir con alegría y con gallardía nuestra fe, dando testimonio valiente, contagiando de nuestra alegría a los demás.

martes, 1 de agosto de 2023

Siempre hay un momento para comenzar de nuevo, seamos capaces de ofrecer siempre el regalo de la comprensión que la paciencia de Dios es infinita como lo es su misericordia

 


Siempre hay un momento para comenzar de nuevo, seamos capaces de ofrecer siempre el regalo de la comprensión que la paciencia de Dios es infinita como lo es su misericordia

Éxodo 33, 7-11; 34, 5b-9. 28; Sal 102; Mateo 13, 36-43

Un gran dilema que se nos presenta, queremos ser buena semilla, queremos lo bueno y queremos trabajar por lo bueno, pero continuamente nos aparecen las sombras del mal por todas partes de manera que parece que se ahoga el bien que queremos hacer, se ahogan las plantas de buena semilla que queremos plantar.

Yo diría que sentimos rebeldía interior. ¿Por qué nos preguntamos? Y, reconozcámoslo, sentimos muchas tentaciones en nuestro interior; lo que sucede es que si nos dejamos arrastrar por esas tentaciones somos nosotros los que nos convertimos en mala semilla, en cizaña dañina. Cuantas veces en esa rebeldía tenemos el peligro de llenarnos de violencias y de odios, querríamos quitar de en medio a todos aquellos que vemos que son injustos y hacen el mal, o al menos eso es lo que nos parece que hacen porque no nos gusta.

Claro que tenemos que andar con cuidado con nuestras apreciaciones y juicios, porque el hecho de que no nos guste una cosa, o se haga de diferente manera a como nosotros la hagamos no significa que esté llena de perversidad, de maldad; la maldad podría estar entonces en nuestro corazón, en nuestros juicios y prejuicios y en nuestras condenas, en esa violencia que surge en nuestro interior, en esos sentimientos de animadversión que van apareciendo en nuestro interior.

La parábola que hoy Jesús mismo nos comenta en el evangelio ante la pregunta de los discípulos, nos hablaba de la buena semilla plantada en aquel campo, pero en la noche el enemigo vino y plantó cizaña en medio. Al ir brotando aquella nueva cosecha aparecen la cizaña en medio del trigo, con el peligro que se malogre la cosecha. Con buena voluntad, como nosotros tantas veces cuando queremos arrancar de la vida a los que hacen el mal, los jornaleros de aquel buen hombre le piden permiso para ir a arrancar aquella semilla mala que se ha plantado en el campo. Pero el dueño de la mies no lo permite, quiere dejar que crezcan juntas, que solo será a la hora de la cosecha cuando se haga la separación de los frutos. Podrían arrancar lo bueno también con lo malo, porque es difícil distinguir.

Ya hemos escuchado la explicación de la parábola que nos hace Jesús. La parábola es un ejemplo, que no es la realidad misma de lo que son las personas. Y aquí está el designio de Dios, su misericordia. La planta no podrá cambiar pero la persona si puede cambiar. Es la esperanza de Dios, sí, Dios está esperando siempre ese cambio de nuestro corazón, Dios nos está dando siempre una nueva oportunidad; lo que predomina en el corazón de Dios es el amor y es la misericordia. Esperó al hijo que se había marchado de casa y no lo condenó porque había gastado de mala manera toda su fortuna, pero salió a buscar al otro hermano que había llenado de envidia y rencor su corazón y no quería entrar al banquete que el padre había preparado por la vuelta del hijo perdido.

Siempre puede llegar a nuestra vida ese momento de reflexión, ese momento de dar la vuelta para comenzar una vida nueva. Quizás somos inconstantes en nuestros propósitos y caemos una y mil veces, pero una y mil veces tenemos la oportunidad de levantarnos. Todos somos pecadores, pero todos estamos llamados a ser santos; si con nuestro primer pecado hubiéramos recibido el castigo divino, ¿qué sería de nosotros? La paciencia de Dios no se acaba porque su misericordia es eterna.

¿Por qué nosotros tenemos que ser tan intransigentes con el pecado o el error de los demás si nosotros estamos siempre esperando que nos den una nueva oportunidad?  Nuevas actitudes tenemos que comenzar a tener con los demás llenando de comprensión y misericordia nuestro corazón.

lunes, 31 de julio de 2023

Aprendamos a seguir los ritmos del Reino de Dios que arranca de las cosas pequeñas y como levadura hará a su tiempo fermentar nuestro mundo

 


Aprendamos a seguir los ritmos del Reino de Dios que arranca de las cosas pequeñas y como levadura hará a su tiempo fermentar nuestro mundo

Éxodo 32 15-24.30-34; Sal 105; Mateo 13, 31-35

¿Por qué no hemos de reconocerlo? Todos cuando nos ponemos a soñar, soñamos con cosas grandes, cosas importantes, cosas que llamen la atención. Sentimos un no sé dentro de nosotros cuando vemos el éxito de los demás, que lo que realizan es muy valorado y tenido en cuenta, que quizás han realizado cosas grandes que nos hubiera gustado hacer a nosotros, y por eso al menos nos quedamos con nuestros sueños.

Bajándonos de los sueños, cuando hacemos nuestras programaciones de lo que podríamos hacer, de lo que es un plan para nuestra empresa o en la tarea cualesquiera que sea que nosotros realizamos, nos queremos programar a lo grande, realizar muchas cosas y muchas cosas importantes. Pero, ¿nos daremos cuenta de que esas cosas tan maravillosas que ahora vemos, o que nos programamos, tienen siempre que comenzar de abajo, por cosas que en la grandiosidad de la obra hasta olvidamos, pero que fueron cosas pequeñas en principio sobre lo que poco a poco se fue creciendo?

Es como nos propósitos que nos hacemos tantas veces cuando queremos hacer un cambio en nuestra vida. Nos decimos de ahora en adelante no haré ni esto ni lo otro, y ya estamos pensando en tantas cosas nuevas y distintas que vamos a hacer. Esos grandes propósitos de grandes cosas, a pesar de lo grande, se los lleva el viento.

Hoy Jesús cuando nos habla del Reino de Dios nos está enseñando a saber comenzar por lo pequeño. Cuando pensamos en el Reino de Dios y cuando pensamos hoy en la Iglesia querríamos una Iglesia triunfadora, una iglesia que hace grandes cosas, una iglesia que se hace respetar por todas esas maravillas que decimos que tiene que hacer. Pero la realidad de la Iglesia tenemos que vivirlo en lo pequeño, la realidad de la Iglesia parte de cada uno de nosotros que en nuestra pequeñez tenemos que aprender a hacer cosas pequeñas, que nos pueden parecer insignificantes, pero que son las que están de verdad construyendo el Reino de Dios.

Por eso hoy Jesús nos habla de la mostaza, una semilla pequeña e insignificante, que no va a producir un árbol grande, cuando más un pequeño arbusto, pero que será capaz hasta de albergar el nido de un pajarillo; y nos habla de la levadura que prácticamente es un polvo, una harina por explicárnoslo de alguna manera que ha de mezclarse y prácticamente desaparecer en la masa pero que la hará fermentar, y para eso tiene también su tiempo, para lograr el efecto deseado.

Hacernos grano de mostaza, hacernos levadura que se disuelve en la masa, así comenzamos la tarea de la construcción del Reino de Dios. Partimos de algo tan sencillo y tan humilde como es un acto de fe. Un acto de fe que nos abaja de nuestros pedestales para ponernos humildemente en la manos de Dios; un acto de fe que, en cierto modo, es como voto de confianza que estamos dando a Dios (aunque esto que estoy diciendo nos parezca muy atrevido); pero hablamos de la obediencia de la fe, hablamos del reconocimiento de la grandeza de Dios y de su amor que será lo que en verdad luego nos hará a nosotros grandes. Ponemos nuestra confianza en Dios, es cierto, porque hemos sentido su amor sobre nosotros.

Pero comenzamos a fiarnos y a dejarnos conducir; comenzamos a fiarnos y vamos a ir comenzando a poner pequeños gestos y detalles de fe y de amor; esa fe que ponemos en Dios nos hace creer en el hombre, nos hace confiar en la persona y por eso comenzaremos a amar, a manifestar nuestro amor – que es dar las señales del Reino de Dios en nosotros – a través de esos pequeños gestos de cercanía, de ternura, de amor que vamos a poner en los demás.

La semilla germina, y tiene su tiempo para germinar, y poco a poco irá brotando esa planta que luego irá creciendo poco a poco. Tenemos que saber esperar. Eso que en el mundo en el que vivimos de todo automático ya no sabemos tener, paciencia. Todo lo queremos de forma automática, si el ordenador no nos responde tan deprisa como nosotros queremos, nos desesperamos; si el teléfono móvil se nos pone lento, ya queremos eliminarlo y buscar otro que sea más rápido.

Pero el crecimiento siempre es lento, tiene su tiempo. No podemos hacer que un niño de dos años, tenga ya la madurez de un adulto de cuarenta. Hemos de dejarlo crecer, hemos de saber esperar sus propias etapas de crecimiento y de maduración. Así nos sucede con el Reino de Dios, tiene sus tiempos, que son los tiempos de Dios, que no es el automatismo que nosotros queremos dar; así es el camino de la Iglesia, el camino de la transformación de nuestro mundo por la levadura del evangelio.

¿Aprenderemos a seguir los ritmos del Reino de Dios que arranca de las cosas pequeñas y como levadura tiene que hacer fermentar nuestro mundo? Nos enseña también a respetar el ritmo de las personas que tienen su tiempo para crecer y para madurar.

domingo, 30 de julio de 2023

Saber escuchar con el corazón, saber rumiar en nuestro interior lo que es la vida un gran paso para alcanzar la verdadera sabiduría que nos hace testigos del Reino

 


Saber escuchar con el corazón, saber rumiar en nuestro interior lo que es la vida un gran paso para alcanzar la verdadera sabiduría que nos hace testigos del Reino

1Reyes 3, 5. 7-12; Sal 118; Romanos 8, 28-30; Mateo 13, 44-52

Saber escuchar con el corazón, saber rumiar en nuestro interior lo que contemplamos, los acontecimientos de la vida, lo que nos sucede, lo que podemos recibir un gran paso para alcanzar la verdadera sabiduría. No es la mirada superficial lo que nos hace descubrir la riqueza de la vida, no es la carrera loca con la que queremos llegar a todas, libar todas las mieles, lo que nos puede hacer entrar en ese camino de sabiduría. El hombre maduro es aquel que ha sabido rumiar la vida, el que sabe escuchar con el corazón, el que ha aprendido a discernir lo que le sucede o lo que recibe para lograr hacer resaltar lo mejor, lo más sabroso de la vida, lo que en verdad va alimentar nuestro espíritu para elevarnos sobre esas superficialidades que al final lo que harían es embrutecernos, para encontrar ese rico tesoro para la vida.

Jesús en el evangelio cuando nos quiere hablar del Reino de Dios nos propone hoy varias parábolas. Nos habla del tesoro encontrado en el campo y nos habla de la perla preciosa por la que merece venderlo todo para adquirirla. Ni uno ni otro es un encuentro al azar; no era la mirada superficial que pasar por encima de todas las cosas sin prestar atención la que pudo hallar aquel tesoro en el campo. ¿Habrían pasado otros antes junto a aquel tesoro y no lo habían sabido descubrir? ¿En manos de otros tratantes de perlas preciosas habría estado aquella perla especial y no habrían descubierto su brillo y su valor? Era necesario buscarla con atención, era necesario afinar la sensibilidad para captar entre otras cosas aquel tesoro o el valor de aquella joya.

Decíamos al principio que es necesario saber escuchar con el corazón. Es lo que le pedía el joven Salomón a Dios al comienzo de su reinado. Tener la suficiente sabiduría para escuchar a su pueblo, para discernir lo que en verdad tenía que hacer mejor para gobernar a su pueblo a pesar de su juventud. Le agrada a Dios que le concede esa sabiduría; proverbial es en la historia la sabiduría de Salomón, vendría incluso la reina del Sur, como dice la Escritura, para escuchar su sabiduría.

Es la sintonía que hemos de tener en nuestro corazón. Lo necesitamos en los quehaceres de la vida de cada día, lo necesitamos en nuestro encuentro con los demás, lo necesitamos para saber leer la vida, para saber leer lo que nos sucede, lo necesitamos para discernir entre lo malo y lo bueno. Vivimos en un mundo de confusiones, estamos llegando a un sincretismo terrible porque todo lo mezclamos, todo nos parece bueno, nos dejamos arrastrar por la ultima novedad que aparece en cualquier rincón, todo lo queremos probar.

Es necesario, sí, tener los ojos abiertos en la vida para descubrir el sentido de cuanto nos rodea, pero tener la sabiduría del discernimiento. Tenemos que aprender a hacerlo, tenemos que llenarnos de los valores más nobles y que más nos puedan engrandecer, hemos de tener, si, respeto a los demás y a lo que hacen porque nunca podemos meternos en las intenciones del corazón de los demás, pero tenemos que saber encontrar ese camino de rectitud, no abandonando nunca nuestros valores y nuestros principios.

Escuchar con el corazón es ir logrando esa maduración de nuestro interior, ese crecimiento de nuestro espíritu, es saber leer y escuchar con discernimiento los acontecimientos de la vida que son siempre una hermosa lección para nosotros, es abrir nuestros ojos y nuestros oídos para ver y para escuchar a Dios que nos habla de muchas maneras. Encontraremos esa perla preciosa, ese tesoro escondido por el que merece darlo todo para alcanzarlo, para conseguirlo.

Nos hablaba la parábola también de la red arrojada al mar y que recogía toda clase de peces, pero que luego había que saber bien escoger, para quedarnos con lo bueno, para desechar lo que no nos valen. Por eso, decíamos antes, que no nos valen las mezcolanzas, es tan importante esa virtud del discernimiento.

En nuestras manos tenemos la buena noticia del Reino de Dios que nos ofrece Jesús, pero que tenemos que saber llevar también como buena noticia a los demás. Ojalá seamos capaces de empaparnos de evangelio y lleguemos a vivir intensamente el Reino de Dios para que nos convirtamos en signos de ese Reino de Dios ante nuestro mundo. Será la riqueza de nuestra vida, nuestra salvación.

Sí, que también nuestra vida se convierta en signo del Reino de Dios para los demás. Que a través de nuestros gestos, de nuestras actitudes, de nuestra manera de vivir, de nuestra alegría y nuestro amor, de la esperanza con que vivimos cada momento y de la madurez con que nos enfrentamos a las sombras y problemas que puedan aparecer en la vida, de nuestro entusiasmo y nuestro compromiso, de esa sabiduría con la que hemos envuelto nuestra vida el mundo que nos rodea sea capaz de llegar a descubrir y encontrar ese tesoro.

sábado, 29 de julio de 2023

Hemos de saber valorar nuestras emociones para descubrir los caminos de Dios y convertir nuestras lágrimas en flor de solidaridad con el sufrimiento de los demás

 

Hemos de saber valorar nuestras emociones para descubrir los caminos de Dios y convertir nuestras lágrimas en flor de solidaridad con el sufrimiento de los demás

Éxodo 24, 3-8; Sal 49; Juan 11, 19-27

Hay momentos en la vida en que la emoción puede más que nosotros y, aunque tratamos de controlarnos y disimular por aquello, si somos hombres, de que los hombres no lloran, o simplemente si somos personas mayores, hombre o mujer, no está bien que perdamos la serenidad y nos pongamos en la vida como plañideras – así pensamos muchas veces – sin embargo las lágrimas afloran a nuestros ojos, las emociones se hacen palpables, aunque quizá estemos pensando por dentro que si hubiéramos hecho las cosas de otra manera las emociones no se saldrían de cauce, pero nos damos cuenta de que son necesarias, porque al menos desahogamos la pena o la tristeza que llevamos dentro. Sí, nos suceden cosas así, y vienen las culpabilizaciones porque podríamos haberlo hecho de otra manera, o porque incluso podemos pensar que es un castigo de Dios cuanto nos está sucediendo.

No terminamos de caer en la cuenta que los caminos de Dios son distintos a los nuestros y que Dios nos pueda dar una luz con la que podamos comenzar a ver incluso aquello que no nos parece tan bueno, un camino de Dios que nos está pidiendo algo. Dios también nos habla por medio de esos caminos errados que podamos tomar en un momento determinado, de los errores que cometamos en la vida, o también desde esas mismas emociones que algunas veces tratamos de reprimir.

Se desbordó el corazón de Marta primero y luego también el de María, cosa que incluso se convirtió en sus labios en una queja a Jesús, porque si hubiera estado allí no habría sucedido aquel trance de dolor por el que están pasando. ‘Si hubieras estado aquí…’ fue la queja de ambas hermanas que parece se hubieran puesto de acuerdo, o era algo que aquellos momentos de duelo habrían hablado entre ellas. Con esa les salió Marta al encuentro con Jesús cuando se enteró de que llegaba, y fueron también las primeras palabras de María cuando le avisaron que había venido Jesús.

Pero ya Jesús les había dicho a los discípulos cuando le avisaron de la enfermedad de Lázaro, dándoles claves de interpretación a cuanto estaba sucediendo, de que aquello no era mortal, sino para que se manifestase la gloria de Dios. Por eso ahora la respuesta de Jesús es ‘tu hermano resucitará’. Y no se trata de la resurrección en el último día, como se apresta a confesar rápidamente Marta, sino que será ahora un momento para que se manifieste la gloria de Dios. Solo hace falta una cosa, creer en la Palabra de Jesús, porque el que cree tendrá vida para siempre.

Nos venimos haciendo esta reflexión del evangelio que nos habremos hecho muchas veces porque en este día celebramos la fiesta de santa Marta, la hermana de María de Betania y de Lázaro. Un momento de luz del evangelio que nos ayudará a encontrar sentido y valor a esos momentos que atravesamos muchas veces de dolor, de impotencia quizá antes los acontecimientos que se van desarrollando en nuestra vida, y esos momento en que afloran nuestras emociones que quizás tratamos de medio ocultar, pero que hemos de tratar de saber valorar bien, para descubrir los caminos que Dios va poniendo delante de nosotros.

No es que tengamos que ser plañideras con nuestros gritos desgarradores tratemos de contagiar de nuestra emoción a los que nos rodean, pero no nos ha de acobardar el dejar salir externamente esas emociones por las que pasamos, porque nos pueden ayudar a encausar ese torrente de ternura que muchas veces brota de nuestro corazón.

No temamos emocionarnos en público, no nos importe que afloren nuestras emociones, aparte de que sicológicamente se aflojen muchas tensiones que llevamos en nuestro interior muchas veces reprimidas sino que nos harán presentarnos en ese lado tan humano de la vida en el que somos capaces de sentir como nuestro también el dolor de los demás, de los que están a nuestro lado. Nuestras lágrimas se pueden convertir en flor de solidaridad con el sufrimiento de los demás.

viernes, 28 de julio de 2023

Cuando una semilla germina hará nacer una nueva planta que a su vez producirá otras semillas multiplicando la vida en una cadena sin fin

 


Cuando una semilla germina hará nacer una nueva planta que a su vez producirá otras semillas multiplicando la vida en una cadena sin fin

Éxodo 20,1-17; Sal 18; Mateo 13,18-23

¿Qué hacemos con la semilla? Virtualmente la semilla es una explosión inagotable de vida que parece que nunca se acaba; de ella surge la vida en la semilla que germina y que hará nacer una nueva planta que a su vez producirá otras semillas con lo que la vida se va multiplicando como en una espiral sin fin; pero la semilla que utilizamos como alimento, cuántos productos nuevos podrán surgir de esa semilla que se transforma; quien de ella se alimenta, así mismo se llena de vida, que engendrará y producirá más vida también podemos decir que en una cadena igualmente sin fin.

Pero esa cadena o esa espiral la podemos romper, cuando una semilla no produce el fruto para la que estaba pensada, bien porque o no germine o lo haga con tanta precariedad que nunca va a hacer florecer una nueva planta que produzca a su vez nuevos frutos, o si la dejamos morir de manera que en su putrefacción no nos produzca el alimento sano que de ella podríamos esperar.

Es lo que nos viene a describir la parábola cuando no encuentra la tierra apropiada donde germinar y hacer crecer esa nueva plata anuncio y presagio de nuevos frutos. Y aquí siempre nos hacemos hermosas consideraciones de por qué no somos la tierra buena, por qué hemos dejado crecer esos abrojos o no hemos limpiado ese pedregal en que hemos convertido la tierra donde sembrar esa semilla; pensamos, es cierto, en cuantas cosas rodean nuestra vida con sus apegos que nos distraen y nos arrastran muchas veces. Muchas cosas podemos pensar en este sentido.

Pero quiero pensar en algo más, en la semilla que nosotros podemos ser para los que nos rodean. Sí, el testimonio de vida que podemos ofrecer, el amor que podemos regalar, la ternura que llevamos en nuestro corazón y que podemos contagiar a los demás, la alegría con que vivimos la vida que despierta ilusión y ganas de vivir en los demás, el esfuerzo que realizamos cada día en nosotros mismos por superarnos, por crecer, por ser maduros en la vida, los valores que cultivamos y las metas altas que nos proponemos y por las que luchamos, van a ser semilla que vamos plantando en los otros con el deseo de que en ellos produzcan también nueva vida.

Seamos buena semilla en el campo de nuestro mundo, hagamos fructificar la vida, sepamos ir sembrando buenas cosas en los demás, que nuestra palabra ilusione, que nuestros gestos despierten deseos de vida, que nuestra manera de actuar abra nuevos horizontes a los que están a nuestro lado, que la grandeza de nuestro corazón eleve también sus corazones en búsqueda de algo grande y hermoso, que nuestra profunda espiritualidad llene también de ese Espíritu de Dios al mundo que nos rodea.

Nos preguntábamos al principio qué hacemos con la semilla que era una forma de interrogarnos como la acogemos o como somos la tierra propicia para que germine y dé fruto. Pero ahora nos preguntamos cómo somos nosotros como semilla. Decíamos antes que las semillas se multiplicaban cuando las nuevas plantas nacidas de esa semilla producían a su vez nuevas semillas, llamadas a seguir dando vida. Por eso nos preguntamos ahora cómo somos nosotros esa semilla que sigue germinando vida en nuestro mundo. Es el impulso interior, el impulso de vida que sentimos dentro de nosotros para seguir generando vida.


jueves, 27 de julio de 2023

Escuchemos esas campanas que nos hablan de Dios, son sonidos maravillosos que Dios hace llegar a los oídos de nuestro corazón y que nos hacen encontrarnos con El

 


Escuchemos esas campanas que nos hablan de Dios, son sonidos maravillosos que Dios hace llegar a los oídos de nuestro corazón y que nos hacen encontrarnos con El

Éxodo 19,1-2.9-11.16-20b; Dn 3,52.53.54.55.56; Mateo 13,10-17

Como solemos decir, oímos campanas y no sabemos donde. En otros tiempos en que no había tanto sonido o tanto ruido en el ambiente en nuestros campos oímos campanas en la lejanía y pronto percibíamos que es lo que nos estaban anunciando, ya fuera el toque de oración, la muerte de algún vecino, o la llegada del tiempo de las fiestas. Hoy hemos perdido la percepción del sentido de los toques de las campanas y además aunque oigamos no escuchamos para poder percibir el sentido de lo que se nos anuncia. Oíamos el toque de la campana y nos decíamos unos a otros, escucha y se hacia silencio para poder escuchar de verdad los sonidos que nos hablaban.

Una imagen que nos puede hablar mucho de lo que nos sucede hoy, pero también de aquello a la que Jesús está haciendo referencia, cuando le preguntan por qué les habla en parábolas. Ya también iban perdiendo es capacidad de escucha a la voz de Dios que les hablaba, y les sucedía como nos sucede también muy fuertemente hoy que no somos capaces de percibir esa voz de Dios que nos habla desde la naturaleza o nos habla de los acontecimientos que nos suceden a nosotros o en nuestro entorno. Todo hoy quizás nos lo queremos explicar científicamente y ya no somos capaces ni de percibir el misterio ni de ser capaces de elevar nuestro espíritu para ver más allá de lo que los sentidos nos pueden señalar.

Jesús les recuerda las palabras de Isaías: ‘Oiréis con los oídos sin entender; miraréis con los ojos sin ver; porque está embotado el corazón de este pueblo, son duros de oído, han cerrado los ojos; para no ver con los ojos, ni oír con los oídos, ni entender con el corazón, ni convertirse para que yo los cure’.

Así nos sigue sucediendo, oímos, miramos, pero ni somos capaces de escuchar ni somos capaces de entender. Nos hemos insensibilizado para muchas cosas, hemos perdido un sentido espiritual de la existencia, todo lo convertimos en materia, o lo queremos convertir en ganancias pero que las reducimos a lo material; ya ni somos capaces de disfrutar de lo que vivimos, de esas cosas sencillas de nuestra vida, a las que no damos importancia y las pasamos por alto, no sabemos valorar porque hemos llenado la vida – y valga la incongruencia – de vacío. Hay una riqueza espiritual que nada tiene que ver con lo que resuena en nuestros bolsillos, ni con lo abultado de los números de nuestras cartillas bancarias, ni con aquellos oropeles con los que queremos envolvernos llenos de vanidad para dar una apariencia de lo que en realidad no somos.

Necesitamos de nuevo aprender la cartilla para que aprendamos a leer la vida; buscar el diapasón que afine nuestros oídos y que les dé sensibilidad  para sintonizar con lo espiritual; darle hondura a nuestra vida para que nuestras raíces lleguen a esos nutrientes que de verdad nos van a fortalecer el corazón; aprender a prestar atención alejándonos de los ruidos que nos perturbar porque será la manera de escuchar ese susurro de Dios; ponernos en el lugar adecuado para que cuando pase esa suave brisa como le sucedía al profeta en la montaña darnos cuenta que ahí está Dios.

Escuchemos esas campanas que nos hablan de Dios, son sonidos maravillosos que Dios hace llegar a los oídos de nuestro corazón y que nos hacen encontrarnos con El. Podremos decir al final, ‘¡Bendito eres, Señor, en el templo de tu santa gloria!’

miércoles, 26 de julio de 2023

La iglesia no se puede quedar con la semilla guardada en el granero esperando que vengan a ella sino que tiene que salir a esparcirla por cada rincón de nuestro mundo

 


La iglesia no se puede quedar con la semilla guardada en el granero esperando que vengan a ella sino que tiene que salir a esparcirla por cada rincón de nuestro mundo

Éxodo 16, 1-5. 9-15; Sal 77; Mateo 13, 1-9

Esta mañana evocaba la parábola y el evangelio de hoy. ‘Salió Jesús de casa y se sentó junto al lago…’ Hermosa imagen. Había salido yo de casa también, en ese paseo mañanero de todos los días… un paseo que es algo más que ‘estirar las piernas’ como se suele decir, algo más que un ejercicio porque lo necesita mi salud, mi corazón, un paseo que me ayuda a salir, a ir más allá de esos lugares físicos por donde camino, un paseo para un encuentro con la vida, para contemplar cuanto me rodea, un paseo que me ayuda mirar los campos, las personas que están a mi alrededor, un paseo que muchas veces hago en silencio, pero me ayuda a sentir, a escuchar otro palpitar… Esta mañana llegué al parque y allí me senté… no me rodeó nadie, como a Jesús que tuvo que subirse a la barca para poder desde allí hablar a la gente, regalarles esta hermosa parábola.

Un sembrador que sale echando a voleo su semilla por los campos y caminos que atraviesa, una semilla que se va desparramando por endurecidos caminos igual que por zarzales o ásperos pedregales, una semilla que llegará también a tierra cultivada y preparada, una semilla que va germinando, va brotando, unas crecen pronto, otras se muestras raquíticas por la sequedad y dureza del terreno, otras que pronto se ven ahogadas por la maleza que les rodea, otras que solo servirán de alimento para los pajarillos del cielo que así pronto encuentran fácil alimento, pero una semilla que está llamada a dar fruto y por eso germina.

Miraba a mi alrededor, casas y caminos, campos de cosecha o campos abandonados, casas de puertas cerradas y casas abandonadas en el silencio de la soledad, gentes que pasaban por el camino, o gentes que allá estaban en sus quehaceres o sentadas placidamente también en la plaza y con sus entretenimientos.

¿Dónde está la semilla? ¿Dónde está el sembrador? ¿Penetrará en esas casas una buena noticia? ¿Llegarán a esas personas semillas de esperanza que despierten los corazones a una nueva vida? ¿Cómo se hará germinar la semilla en esos campos tan diversos? ¿Podremos ver el ir y venir de sembradores que lleguen también hasta esos rincones? ¿Cuáles son los deseos que se anidan en esos corazones, en esas personas afanadas en sus quehaceres, en esos que andan entretenidos pero distraídos por la vida porque parece que nada los hace pensar?

¿Llegará la voz de la Iglesia también a esos lugares que parecen lejanos y distantes o siempre estará esperando la Iglesia que sean ellos los que vayan hasta su lugar? El sembrador del que habla Jesús no se quedó en casa con la semilla en la mano esperando que aquellos terrenos vinieran a buscarla. Aquel sembrador salió, como Jesús que no se quedó sentado en la orilla del lago sino que se subió a la barca.

Yo también mientras tanto me había quedado sentado en mi banco en el parque, tampoco quizás había salido al camino para algo más que contemplar el campo, tampoco había salido para también esparcir la semilla. Algo he intentado hacer porque estos días precisamente se han cumplido quince años en que he querido estar regalando esta ‘semilla de cada día’; tengo la esperanza de que en algún corazón haya comenzado a germinar.

Cuando hoy escuchamos de nuevo esta parábola, que ya se nos ofreció en la liturgia de los pasados domingos, ¿estaremos sintiendo la urgencia de ser sembradores, de salir para seguir esparciendo esa semilla por los campos de la vida? Es un buen toque de atención que una vez más el Señor nos da.

Es una llamada a la Iglesia misma para que sea más misionera, para que salgamos de nuestros cómodos graneros donde guardamos el grano y vayamos al encuentro de nuestro mundo que espera y necesita esa semilla de vida que de alguna manera en nuestra comodidad nos estamos negando a regalar.

martes, 25 de julio de 2023

No dejemos de soñar en cómo mejor podemos servir a la tarea de la Evangelización, aunque tengamos que beber el cáliz, tenemos a María como fortaleza de nuestra fe

 


No dejemos de soñar en cómo mejor podemos servir a la tarea de la Evangelización, aunque tengamos que beber el cáliz, tenemos a María como fortaleza de nuestra fe

Hechos 4, 33; 5, 12. 27b-33; 12, 2; Sal 66; 2Corintios 4, 7-15;  Mateo 20, 20-28

También nosotros tenemos nuestros sueños, y solemos decir que soñar es bueno, no sé si para justificarnos; pero, es cierto, soñamos con algo mejor, soñamos que haya cambios en nuestra sociedad, aunque algunas veces nos sintamos un poco frustrados o derrotados cuando no lo logramos como a nosotros nos hubiera gustado – pensemos cómo se sienten muchos en nuestra sociedad en el momento concreto en que vivimos -, soñamos con algo mejor y tenemos el sueño de que seamos nosotros lo que hagamos eso mejor para el mundo y para los demás; soñamos que queremos ser grandes, aunque muchas veces no nos clarificamos bien el como lo vamos a hacer o como lo vamos a lograr. Soñamos porque tenemos ambición en nuestra vida, lo que tendríamos que clarificar bien cuales son esas ambiciones. Y puede ser ahí donde nos podemos comenzar a plantear el sentido o el valor de esos sueños.

Como soñaban los contemporáneos de Jesús en la situación en la que estaban viviendo, con sus pobrezas y sus miserias, con el sentirse oprimidos y sin libertad porque el poder estaba en manos de otros o porque incluso se veían manipulados por los que se consideraban poderosos e influyentes en su sociedad; y la aparición de aquel nuevo profeta de Galilea también les hacia soñar en la pronta llegada de aquel Mesías liberador y en Jesús podían ver su realización. Claro que soñaban los discípulos más cercanos a Jesús, que precisamente por esa cercanía, también quizás por razones de parentesco, con aquel Mesías que se barruntaba ellos podían tener alguna situación mejor, o alguna situación de dominio también sobre los demás. Era bueno el sueño que alimentaba sus esperanzas, pero todo se podía torcer cuando se dejasen envolver por ciertas ambiciones de poder.

Con ese sueño llegaron aquellos dos discípulos hasta Jesús, valiéndose además de la influencia que pudiera tener su madre en razón del parentesco con Jesús. ‘Ordena que estos dos hijos míos se sienten en tu reino, uno a tu derecha y el otro a tu izquierda’, es la petición directa y clara que se atreve a hacerle a Jesús. Pero detrás de aquella madre soñadora estaban los hijos con sus ambiciones también en el corazón. Jesús escucha, Jesús comprende, Jesús no recrimina, Jesús quiere hacer pensar, Jesús quiere que se aclaren en su interior cuales son las verdaderas ambiciones que llevan dentro de sí.

‘No sabéis lo que pedís… ¿podéis beber el cáliz que yo he de beber?’ Muy decididos están y parecen tenerlo claro por su pronta respuesta, aunque como les dice Jesús no saben lo que están pidiendo. ‘Podemos’, fue su pronta respuesta. ‘El cáliz lo beberéis…’ y ellos que a pesar de su prontitud pensaban que no habría momentos de pasarlo mal porque todo sería como un discurrir sobre ruedas.

Pero los primeros puestos no son para quienes los piden así con sus corazones llenos de ambiciones. Había que entender el espíritu de servicio que había de envolver sus vidas; tenían que entender que la grandeza no estaba en esos primeros lugares que estaban pidiendo, sino en hacerse los últimos; otros eran los parámetros de Jesús para medir las grandezas, como el mismo Jesús había de vivir, habría de beber también el cáliz, aunque fuera amargo y llegara el momento de pedirle al Padre que le librara de aquel cáliz. Pero ellos no se iban a librar de aquel cáliz tampoco. ‘Lo beberéis…’

Cuando hoy escuchamos este evangelio, precisamente porque celebramos la fiesta del Apóstol Santiago, patrón de España tendríamos que entender nosotros lo que ha de significar en nuestras vidas ese cáliz que quizás habremos de beber. No le fue fácil al apóstol como nos señalan las buenas tradiciones la predicación del evangelio en nuestras tierras. Muestra de ello es lo que la tradición también nos habla de la presencia de María junto al apóstol para ser un pilar en la tarea de la evangelización. Pero también, por otra parte, las Escrituras nos hablan en los Hechos de los Apóstoles, del pronto martirio decapitado en Jerusalén. Bebió el cáliz en la dificultad de la evangelización de nuestras tierras y bebió el cáliz en el pronto martirio sufrido por el nombre de Jesús. Del Apóstol conservamos el recuerdo de lo que nos dice el evangelio que formaba parte de aquellos discípulos especialmente escogidos por Jesús y estaría al lado de Jesús en momentos importantes como sería la Transfiguración del Tabor, la resurrección de la hija de Jairo y la agonía de la oración en el huerto de Getsemaní al comenzar la pasión.

¿Qué nos puede decir todo esto cuando estamos celebrando su fiesta? ¿Seremos capaces de decir también ‘podemos’ como lo hicieron los hijos del Zebedeo ante la invitación de Jesús a seguirle y al sentirnos también enviados al anuncio del Evangelio? Sabemos que no es tarea fácil, sabemos que vivimos en una sociedad de indiferencia ante el hecho religioso cuando no de una sorda oposición al anuncio y a la vivencia de nuestra fe. Esto nos está pidiendo y exigiendo una fortaleza interior, de la que algunas veces carecemos, porque no hemos cuidado lo suficiente la maduración de nuestra fe.

Hay, sin embargo, una esperanza que podemos tener en la presencia de María, como lo fue para el apóstol Santiago, en esa devoción que aun mantienen a la Virgen mucha de la gente que nos rodea y a quienes hemos de llevar ese anuncio del evangelio. El Seños nos la quiso dejar como madre, y fue precisamente Juan, el hermano de Santiago, el que la acogió en su casa. Acojamos a María y sintamos la presencia de María, que sea un pilar seguro en esa misión que también nosotros hemos recibido de hacer el anuncio del Evangelio.

No temamos el cáliz que también tengamos que beber, porque aunque sabemos que es dura la tarea y nos cuesta tanto doblegar nuestra cerviz para aprender humildemente a hacernos los últimos y los servidores de todos, en se cáliz sabemos que estamos bebiendo la Sangre de Cristo – así nos lo dejó al instituir la Eucaristía – que será para nosotros cáliz de fortaleza y bebida de salvación. No dejemos de soñar en cómo mejor nosotros podemos servir a la tarea de la Evangelización.

lunes, 24 de julio de 2023

Inquietud para que esa vivencia que llevamos en nuestro interior se transforme en un testimonio ilusionante para todos los que están en nuestro entorno

 


Inquietud para que esa vivencia que llevamos en nuestro interior se transforme en un testimonio ilusionante para todos los que están en nuestro entorno

Éxodo 14,5-18; Ex 15,1-2.3-4.5-6; Mateo 12,38-42

Es muy preocupante, al menos es una de mis preocupaciones nacidas desde el compromiso de mi misma fe, la decadencia, por llamarlo de alguna manera, que apreciamos en nuestro entorno de los sentimientos religiosos. El domingo contemplaba las naves prácticamente vacías de la Iglesia a la hora de la celebración dominical; y no es que vivamos en un pueblo despoblado – esos pueblos vacíos de los que hablan de muchos lugares – sino que ha entrado un enfriamiento religioso, como decía muy preocupante, en un pueblo que se llama cristiano, que presume de su devoción a su Cristo y se organizan grandes fiestas cuando llega su tiempo, pero en el día a día públicamente no se expresan esos sentimientos religiosos, estamos más prontos para una fiesta o un espectáculo deportivo que para cualquier acto religioso que se celebre e la comunidad.

Hemos ido dejando que se vaya creando una sociedad sin Dios, se asiste por compromiso social a algunas cosas tradicionales de tipo religioso, pero cada vez son menos los que se hacen presentes. Vivimos al margen de todo sentimiento  religioso, y más aun de lo que suenen a principios o valores cristianos. Me vais a decir que  no todos somos así, pero miro el mismo entorno donde vivo y veo ese vacoeligioso, esa despreocupación y alejamiento de lo que les suene a cristiano o a Iglesia.

No todos somos así, es cierto, pero me pregunto cómo los que aun seguimos manteniendo encendida esa llama de la fe somos testimonio atractivo para los que nos rodean. ¿Llama la atención nuestra manera de ser y de actuar precisamente porque estamos viviendo una fe? Confieso que si preocupante es la indiferencia religiosa que nos rodea, más preocupante es que los que somos cristianos no seamos una referencia atractiva que despierte la fe de los que nos rodean.

Hoy hemos escuchado en el evangelio que por allí andaban los escribas y los fariseos pidiéndole pruebas a Jesús para creer en El. Testigos eran de las obras de Jesús, porque Jesús no realizaba nada oculto, y todos eran testigos de sus milagros, de las curaciones que realizaba que, es cierto, movían los corazones de los sencillos para creer en Jesús, pero no movía los corazones de aquellos escribas y fariseos. Les recuerda Jesús cómo los ninivitas se convirtieron con la predicación de Jonás, o incluso la reina del Sur había venido de lejos para escuchar y conocer la sabiduría de Salomón. Por eso les dice Jesús que no tendrán más signo que la señal de Jonás, y estaba hablando de su propia muerte y resurrección. Pero sus corazones estaban cerrados.

Y esto del evangelio me ha hecho pensar en lo que he venido reflexionando desde el principio. Nuestro mundo cierra los ojos para no ver; y estamos de ese mundo cercano a nosotros, que somos cristianos de toda la vida, como se suele decir, que en nuestra niñez y nuestra juventud hemos tenido una cercanía a la Iglesia con unas catequesis, con la preparación para unos sacramentos, donde se han vivido unas tradiciones que llamamos cristianas, pero ahora nos encontramos en esa situación que mencionábamos.

Da pena algunas veces cuando uno ve concursos tipo cultural que se hacen en las televisiones, que cuando surgen preguntas que pueden estar relacionadas con el hecho religioso y cristiano, da pena, digo, la incultura religiosa que tiene la mayoría de las personas, incapaces de responder a las cosas más elementales que hemos oído o contemplado toda la vida cuando hemos vivido cercanos a la Iglesia. Eso denota la despreocupación que se tiene por todo lo que suene, por decirlo así, a religión.

Comparto esta preocupación y quisiera que en nosotros los cristianos se despertara una inquietud. A veces parece que nos resignamos, pero esa resignación no casa de ninguna manera con nuestra fe. Preocuparnos, entonces, por nuestra fe, preocuparnos por alimentarla, preocuparnos por formarnos debidamente para poder dar una respuesta madura. Inquietud que nos tiene que hacer preguntarnos que estamos haciendo realmente y qué podemos hacer. Inquietud para que esa vivencia que nosotros llevamos en nuestro interior se transforme en un testimonio ilusionante para todos los que están en nuestro entorno.

domingo, 23 de julio de 2023

Es tan bonito el respeto que debemos tenernos los unos a los otros porque nuestro amor cristiano siempre tiene que ser constructivo, sembrador de vida y de esperanza

 


Es tan bonito el respeto que debemos tenernos los unos a los otros porque nuestro amor cristiano siempre tiene que ser constructivo, sembrador de vida y de esperanza

 Sabiduría 12, 13. 16-19; Sal 85; Romanos 8, 26-27; Mateo 13, 24-30

También nos volvemos nosotros exigentes y radicales muchas veces en la vida como el que quería arrancar la cizaña. ¿Qué nos sucede cuando nos llevan la contraria? ¿Cuál es la actitud y la postura que muchas veces mantenemos dentro de nosotros cuando vemos a alguien que está haciendo algo que nosotros no nos parece lo correcto y desde nuestra manera de ver las cosas pensamos que está haciendo daño a la sociedad, por ejemplo? ¿Cómo reaccionamos contra los que consideramos injustos, que hacen daño a los demás, que quisiéramos quitarlos de un plumazo de la sociedad en la que estamos? Con nuestras ideas, con nuestro pensamiento de rectitud, al menos creemos que nosotros andamos en lo cierto y en lo justo, queremos arrancar la semilla de la cizaña, queremos quitarlos de en medio.

¿Alguna vez nos miramos a nosotros mismos? Si con sinceridad lo hacemos nos damos cuenta de los errores que cometemos, de las cosas que hacemos mal, y para nosotros pedimos comprensión y paciencia que yo cambiaré, nos decimos, paciencia y comprensión que no tenemos nunca con los demás. Si el actuar de Dios fuera como nosotros pensamos en esta línea que estamos reflexionando, ya nos hubiera quitado a nosotros de un plumazo, pero ¡cuánta paciencia ha tenido Dios con nosotros para esperar, para perdonarnos una y otra vez esperando que demos el cambio! Si hubiera arrancado la mala cizaña, ¿dónde estaríamos nosotros ahora?

Es lo que nos está proponiendo Jesús hoy en el evangelio con la parábola que nos ofrece. Un hombre sembró buena semilla en su campo, pero vino el enemigo que no lo quería y mientras dormía en el mismo campo, en medio de aquella buena semilla, sembró cizaña. Nacerían a un tiempo, el parecido de las plantas en su crecimiento es mucho, aunque se pueden bien distinguir, pero cuando los criados le hablan de arrancar la cizaña, les dice que hay que esperar hasta el tiempo de la ciega; ahora podríamos arrancar las plantas buenas junto con las malas, en la hora de la cosecha ya se podrá diferenciar. La paciencia del buen agricultor.

La paciencia de Dios en nuestra vida que siempre está esperando una buena respuesta de nuestra parte. Nuestra paciencia que algunas veces damos por desaparecida. Será nuestra paciencia, o será el modo de cultivar nuestro campo, el modo de cultivar nuestra vida. Para que no haya confusión. Para que no demos por bueno aquello que no lo es pero que lo aparenta; cuantas veces nos creamos esas confusiones; cuántas veces hacemos tantas mezcolanzas en nuestra vida; cuántas veces nos dejamos confundir por las apariencias, o permitimos que las apariencias en nuestra vida que aparecen con nuestras vanidades pueden confundir a los demás.

No somos iguales, no todos pensamos lo mismo, no todos nos planteamos la vida de la misma manera, no siempre aparece esa rectitud y esa madurez en nuestra vida para discernir, para diferenciar, para no dejarnos contagiar. Es un gran peligro. Pero así es la vida y así es nuestro mundo. Así andamos con nuestras diferencias y hasta con nuestros caminos opuestos. Pero siempre tenemos que saber dar una oportunidad, otra oportunidad.

Tenemos que encender luces que iluminen, no podemos dejarnos llevar por las ilusiones, tenemos que tener claro cuáles son nuestros principios y cuál es la meta que esperamos alcanzar. Siempre tenemos que estar abiertos para que el otro pueda descubrir esa luz, pueda encontrarse con esa luz; es una hermosa tarea.

No somos nadie para destruir, y menos destruir la vida de nadie, pero si tenemos que estar abiertos a la esperanza y con nuestro testimonio hacer que todos un día puedan encontrar esa luz.

No nos sirven los radicalismos. Están apareciendo demasiado en nuestra sociedad en un lado y en otro; queremos imponer y si no nos aceptan apartamos, queremos arrastrar las fichas fuera de la mesa de juego.

No nos sirven las intransigencias, que desgraciadamente están demasiado presentes en nuestra sociedad de hoy, en la vida social, en la vida política, y cuidado que por algunas rendijas se nos vaya metiendo en nuestra vida de fe, como si fueran valores también de nuestra vida cristiana.

Es tan bonito el respeto que debemos tenernos los unos a los otros. Nuestro amor cristiano siempre tiene que ser constructivo, sembrador de vida y de esperanza. Algún día podremos recoger los buenos frutos.

sábado, 22 de julio de 2023

En Jesús encontraremos el sentido de nuestro amor, el valor de un amor verdadero, la satisfacción más honda en nuestro corazón cuando somos capaces de darnos por amor

 


En Jesús encontraremos el sentido de nuestro amor, el valor de un amor verdadero, la satisfacción más honda en nuestro corazón cuando somos capaces de darnos por amor

Cantar de los Cantares 3, 1-4b; Sal 62; Juan 20, 1-2. 11-18

Hoy no hacemos sino hablar de amor, de amor nos habla la literatura y nos habla la música, mensajes de amor estamos trasmitiendo en todas direcciones en todos los rincones del mundo, es la palabra que más fácil y pronto sale de los labios, la gente dice que está muriendo de amor. Suena muy romántico, parece ser que es una cosa sabida, pero también podemos decir que se muere de amor porque quizás no se alcanza el amor; no sabemos llegar al amor y ser felices porque quizás algunas veces creamos confusiones con la palabra y con el concepto y cuando se está hablando decimos de amor, quizás son otras cosas las que están en nuestro deseo interior. Hemos de tener cuidado con no jugar con esa palabra de amor y lo echemos a perder.

Hoy estamos celebrando y contemplando en algunos momentos de su vida en el evangelio a quien vivió una búsqueda intensa de amor. María Magdalena y el evangelio con certeros trazos nos describe su búsqueda del amor. Marcos nos dirá que de ella Jesús arrojó siete espíritus, que pueden reflejar etapas de su vida y de su búsqueda de amor quizás no siempre de forma correcta; pero se encontró con Jesús y se vio liberada del mal y de la muerte, la vemos caminando con Jesús entre aquellas mujeres que le acompañaban y le ayudaban, pero destacan esos momentos en que la vemos en toda la fidelidad de amor junto a la cruz de Jesús. Nos lo describe el evangelista. No era fácil estar al lado de un reo en el momento de su condena, pero allí está María Magdalena; no era fácil en ese momento supremo de la muerte estar a su lado sin poder hacer nada, pero allí estaba María Magdalena. No podría nunca arrancar de su corazón al amor que había encontrado.

Pero su presencia no termina ahí, porque será del grupo de mujeres que en el primer día de la semana al amanecer corren al sepulcro porque había que cumplir con todos los ritos funerarios en la víspera del sábado no pudieron cumplir. ¿Quién moverá la piedra de la entrada del sepulcro?, iban pensando en el camino pero sentían que la fuerza del amor haría lo posible. Pero la piedra estaba corrida y el cuerpo de Jesús no estaba allí. La llamo la mañana de las carreras; había que contarlo a los discípulos que seguían encerrados en el cenáculo, Pedro y Juan vendrían y constatarían lo mismo, y mientras María se quedaba a la entrada del sepulcro entre sus lágrimas y sollozos porque quería saber donde estaba el cuerpo de Jesús que de allí habían sacado.

Sus lágrimas le impiden ver y entender el mensaje de los ángeles, por cuando alguien se acerca pensando que era el encargado del huerto ya está pidiendo, reclamando donde se ha llevado el cuerpo de Jesús, que ella lo recogería. Será la voz de Jesús la que le hará escuchar y comprender, para encontrarse con Jesús mismo que le ha salido al encuentro. ‘¡Maestro!’ exclama y quiere agarrarse a sus pies porque ya nada ni nadie podrán separarla de Jesús, aunque recibirá un encargo y una misión. Hay que llevar la Buena Noticia a los apóstoles, por eso se convertirá en la primera portadora de evangelio para comunicarlo a los demás. ¿Quién mejor podía ser la primera portadora del evangelio que quien tanto había llenado su corazón del amor de Jesús?

El amor la hace buscar y el amor la hace misionera. ¿Por qué lloras? ¿A quien buscas? Habían sido las preguntas que se le habían repetido en aquella mañana. Ahora había encontrado definitivamente el amor y tenía que ser esa mensajera de amor, del amor verdadero, del amor de quien había dado su vida por aquellos que amaba, que es el amor más sublime.

Es nuestra búsqueda y son también nuestras lágrimas, porque muchas veces buscamos pero no encontramos ese amor porque no sabemos bien donde hemos de ponerlo y se crean tantas confusiones en nuestra mente y en nuestro corazón. No era suficiente para María Magdalena buscar en un lugar de muerte, sino que tenía que encontrarse con quien en verdad estaba vivo. Buscamos a veces amores de muerte, que no nos satisfacen, que nos dejan vacíos, que se nos desbordan en nuestras vidas en cosas que no son verdadero amor. Tenemos que aprender de María Magdalena, aunque también tengamos que pasar muchas veces por el dolor del calvario, pero sabemos que es camino a la vida verdadera, al amor verdadero.

En Jesús encontraremos el sentido de nuestro amor, el valor de un amor verdadero, la satisfacción más hondo que podemos sentir en nuestro corazón cuando somos capaces de darnos por amor. Hagamos ese recorrido con arrojo y valentía, porque sabemos además que luego tenemos que seguir caminando porque tenemos que convertirnos en mensajeros del amor verdadero que puede salvar a nuestro mundo. Es el evangelio que tenemos que comunicar.