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miércoles, 24 de agosto de 2022

Tenemos que dejarnos encontrar por el Señor, como Natanael, quitando miedos, desconfianzas, autosuficiencias para llegar a hacer una viva confesión de fe

 


Tenemos que dejarnos encontrar por el Señor, como Natanael, quitando miedos, desconfianzas, autosuficiencias para llegar a hacer una viva confesión de fe

Apocalipsis 21, 9b-14; Sal 144; Juan 1, 45-51

Podemos imaginar la escena como si nos estuviera sucediendo a nosotros; al azar nos encontramos con un amigo y mientras caminamos por la calle vemos que se nos acerca alguien y nuestro amigo nos dice, vamos que te lo voy a presentar, es alguien importante; quizás por eso mismo nos ponemos reticentes y de alguna manera manifestamos que no es de nuestro agrado esa presentación, pero nuestro amigo insiste y al llegar, antes incluso que se hagan las presentaciones, aquella persona nos dice que nos conoce y que sabe mucho de nosotros y que somos una gran persona, dejándonos algunas insinuaciones de por qué nos conoce. ¿Cómo reaccionaríamos? ¿Qué respuesta le daríamos? ¿Nos veríamos sorprendidos?

Pero ha sucedido algo en aquel encuentro, como sucedió entonces en lo que nos narra el evangelio. Hay algo que nos sorprende y nos llena de asombro, su palabra, su mirada, si manera de tendernos la mano para el saludo, algo como un hilo que aparece no sabemos donde y nos envuelve de alguna manera nos sentimos cautivados por aquella persona; hay algo que en el fondo nos está diciendo que seamos amigos, que no lo rechacemos, que demos una oportunidad, y parece como que nuevos caminos se van abriendo en mi vida, que a algo grande podemos llegar.

Los enamorados hablan de un flechazo, pero esto puede ser algo bien distinto, como fue distinto para Natanael desde aquel primer momento. Cuando le habían alabado al que le iban a presentar, diciendo incluso que lo que hablaban Moisés y los profetas en El lo podría encontrar, muestra su rechazo sacando ese odio pueblerino que siempre estará en contra del pueblo vecino, porque ¿qué puede salir de ahí? Nos está reflejando cosas que nos suceden, hechos, gestos o anécdotas de lo que sucede entre las gentes de distintos pueblos con esas rivalidades tan características. Todo se rechaza porque viene del pueblo de al lado, porque de allí nunca podrá salir algo bueno.

El diálogo que se produce en aquellos momentos es corto y el evangelista nos lo resume con pocas palabras, pero algo hondo tuvo que suceder en aquel encuentro. Cuando Jesús llega al corazón de la persona algo profundo y misterioso se produce que muchas veces podemos expresar en pocas palabras. Natanael terminaría reconociendo a Jesús como su señor y como su Mesías. Y ya no eran las palabras que le había insinuado su amigo Felipe, pero ahora era algo que él mismo había experimentado en su ser. Pero aunque en sus reticencias parecía un corazón cerrado, algo inquieto había en él para a pesar de sus reticencias dejarse llevar a encontrarse con Jesús. ‘Rabí, tú eres el Hijo de Dios, tú eres el Rey de Israel’.

Necesitamos encuentros así. Que nuestros encuentros con las personas sean encuentros auténticos porque descolguemos previamente los pesados cortinajes de los prejuicios y las desconfianzas; mucho tenemos que ir descolgando en nuestro camino por la vida, porque ponemos muchos visillos que al final nos tergiversan la visión que podamos tener de las personas. A través de esas personas también puede llegarnos Dios, podemos encontrar una invitación interesante como la que le hacia Felipe a Natanael. Tenemos que aprender a abrir el corazón, a vaciarlo de muchas cosas que se pueden convertir en obstáculos para ese nuevo encuentro que necesitamos ir dando.

Será así también cómo tenemos que dejarnos encontrar por el Señor. Quitemos miedos, quitemos desconfianzas, quitemos autosuficiencias porque muchas veces nos decimos qué nuevo vamos a encontrar si ya todo eso nos lo sabemos. ¿Nos lo sabemos? ¿Nos lo creemos de verdad? ¿O serán solo prejuicios, o formas de dar largas a ese encuentro, de marcharnos en huida porque tememos los compromisos?

Ojalá llegáramos a una confesión de fe tan viva como la que hizo en aquel momento Natanael. ¿Qué puedes decir que significa Jesús para ti?

martes, 23 de agosto de 2022

Rectitud de nuestro corazón, misericordia y compasión de las que hemos de rebosar, armonía y paz interior desde la fidelidad al camino recto

 


Rectitud de nuestro corazón, misericordia y compasión de las que hemos de rebosar, armonía y paz interior desde la fidelidad al camino recto

2Tesalonicenses 2, 1-3a. 14-17; Sal 95; Mateo 23, 23-26

Mantener el equilibrio no es fácil; podríamos llegar a decir que es todo un arte; difícil es que con fuerzas opuestas que tiran o empujan de nosotros de un lado o de otro podamos mantenernos en ese equilibrio. El equilibrista, el que se lo toma como un arte y una exhibición tendrá que entrenar mucho no solo físicamente sino mentalmente para lograrlo.

Pero no quiero ahora hablar de esos artistas que vemos en la calle haciendo sus exhibiciones, o en un circo, sino de esos equilibrios que muchas veces nos vemos forzados a ir haciendo en la vida. Será el mantenernos firmes y con serenidad ante los embates de la vida que muchas veces son fuertes, y nos cuesta mantener esa serenidad interior para mantener la paz, para sentirnos seguros en lo que hacemos, para mantener el ritmo de la vida, para no cansarnos y tirar la toalla porque los momentos sean difíciles. Ahí buscamos siempre la rectitud, el actuar bien y en conciencia sin dejarnos influir o arrastrar por muchos cantos de sirena que pretenden atraernos.

Pero hay otros equilibrios, y no sé si llamarlos falsos, que vemos haciendo a muchos, o acaso nosotros nos hayamos visto envueltos en ellos también, porque está lo que sabemos que es justo y es recto, pero quizás queremos mantener una apariencia, cuando en el fondo hemos sido débiles y no hemos actuado conforme a aquella rectitud de conciencia que deberíamos de haber tenido. Y vienen las apariencias y las vanidades, viene el querer mantener la imagen cuando en el fondo sabemos que no somos tan buenos porque muchas hemos hecho lo que no es correcto; y muchas veces cuando estamos actuando desde esa apariencia y vanidad hasta, como una reacción, nos volvemos incluso exigentes con los demás. ¿Podemos llamar a eso equilibrio o será la vanidad de la doble caras que queremos poner?

Qué importante es la autenticidad con que vivamos la vida, incluso sabiendo que somos débiles y muchas veces vamos tropezando en muchas cosas que no hacemos del todo bien. Nos cuesta incluso ser sinceros con nosotros mismos, y entonces tampoco seremos sinceros con los demás, no mostraremos la autenticidad de nuestra vida; pensamos quizá que perdemos puntos si los que están a nuestro lado ven nuestra debilidad. Qué difícil es vivir momentos y situaciones así.

Me estoy haciendo esta reflexión que os estoy ofreciendo desde una lectura del evangelio donde Jesús pide esa autenticidad en la vida. en este caso, son las diatribas que mantienes con los fariseos, a los que precisamente llama hipócritas; hipócrita es el que no usa una cara auténtica, no dejando ver su cara propia, sino expresando cosa distinta a lo que es él por dentro. La palabra viene de aquellas caretas que se utilizaban en el teatro griego para caracterizar a los personajes de la comedia.

Cuantas veces nosotros también, tal como nos dice hoy el evangelio en lo que Jesús echa en cara a los fariseos, nosotros estamos dándole importancia a cosas nimias que pareciera que las convertimos en esenciales, y no olvidamos, como nos dice Jesús, de la justicia, la misericordia, la fidelidad y la compasión.

Habla de colar un mosquito y tragarse un camello; habla de pagar el diezmo por el comino y la hierbabuena, mientras no somos capaces de tener misericordia en el corazón en el trato con los demás; habla de limpiar mucho la copa por fuera, pero por dentro está llena de miseria y suciedad. No mantengamos esa imagen externa como para mantener un prestigio, sino que limpiemos y purifiquemos nuestro corazón de toda maldad. Ya nos dirá en otro momento que la maldad no nos entra por la boca, sino que sale de nuestro corazón cuando lo tenemos maleado.

¿Equilibrios, como decíamos al principio? La rectitud de nuestro corazón, la misericordia y la compasión de las que hemos de rebosar, la armonía y la paz que logramos en nuestro interior cuando nos mantenemos fieles y actuamos en todo momento con rectitud porque muchos que sean los embates que recibamos.

lunes, 22 de agosto de 2022

Vamos invocando a María como nuestra señora y coronándola como reina cuando sintiendo su amor de madre la convertimos en estímulo de nuestra fe y nuestro amor

 


Vamos invocando a María como nuestra señora y coronándola como reina cuando sintiendo su amor de madre la convertimos en estímulo de nuestra fe y nuestro amor

 

Unos buenos hijos siempre tendrán motivos para honrar y festejar a la madre, porque el amor hace como inventarse mil motivos y ocasiones para manifestarse; no nos contentamos ni con su onomástica ni su cumpleaños, buscamos cualquiera aniversario de hechos de su vida, o simplemente iremos con una flor en cualquier momento porque nos apetece y queremos decirle que la queremos.

Eso nos pasa a los cristianos con la Virgen María; cuántas fiestas celebramos en su honor a lo largo del año y en los anchos caminos de nuestros pueblos; por cualquier motivo, podríamos decir nos surge un nombre con que invocarla, o recordamos cualquiera de sus valores y virtudes para festejarla. Es nuestro amor, es la presencia de la Madre que no queremos olvidar, es sentir cómo camina a nuestro lado regalándonos su amor y siendo para nosotros el mejor estímulo para seguir el camino de Jesús.

Hoy, como a la manera de una octava – hace ocho días celebramos su gloriosa Asunción al cielo – la queremos proclamar reina y señora de nuestra vida y de nuestro mundo. Es la fiesta de María Reina, que instituyó el Papa Pío XII aunque en otra fecha, y que en la reforma litúrgica viene a celebrarse en esta fecha, como octava casi de la Asunción.

¿Celebrar a María reina es llenarla de coronas y joyas preciosas como quizá excesivamente vemos en tantas imágenes, aunque sea fruto del fervor y de la devoción del pueblo cristiano? Es mucho más que eso, aunque algunas veces nos llenemos de confusiones en esa efusión de nuestro amor a la madre, a la Virgen María.

No es reina porque lleve una corona en la cabeza, porque tendríamos que decir incluso que es el signo más contradictorio con lo que realmente fue la vida de María de Nazaret. Es cierto que la liturgia se llena de poesía y recoge cánticos del Antiguo Testamento queriéndoselos aplicar a María. Pero esas expresiones poéticas tenemos que mirarlas en su hondo significado para comprender este título y advocación de María que hoy celebramos.

¿Qué nos dice Jesús en el evangelio de quienes quieren ser grandes y primeros? Que se hagan los últimos y los servidores de todos. Fue el camino de María, porque ella fue la primera que plasmó en su vida los valores del evangelio de Jesús. Es la mujer humilde, pero abierta a Dios para descifrar de la mejor manera en su vida lo que era su voluntad. Así se llama a sí misma la humilde esclava del Señor que está disponible siempre para que se cumpla la Palabra de Dios en su vida, para que se haga y cumpla su voluntad.

Pero en su grandeza de llegar a ser la Madre de Dios, porque Dios así quiso contar con ella, no le hizo de ninguna manera cerrarse a los demás. Los pocos trazos del evangelio sobre la figura de María nos la presentarán siempre como la mujer abierta a los demás y siempre disponible para el servicio. Corre a las montañas de Judea porque allí puede prestar un servicio a su prima que va a ser madre, pero será mujer de corazón siempre atento a las necesidades de los demás; no tienen vino le trasmite a Jesús cuando detecta los problemas que se están presentando en las bodas de Caná de Galilea. No se cruza de brazos sino que interviene, intercede, pone en camino a los sirvientes para que hagan lo que Jesús les va a indicar.

Así será para siempre la presencia de María en el seno de la Iglesia; junto a los discípulos la contemplamos mujer orante en el cenáculo en la espera de al venida del Espíritu Santo; y si el discípulo amado la recogió, por así decirlo, de manos de Jesús al pie de la cruz, fue para llevársela a su casa. ¿Cuál era desde entonces la casa de Juan? La Iglesia, la comunidad cristiana, y ahí estará María a través de todos los tiempos para caminar junto a nosotros, para recordarnos una y otra vez que hagamos lo que Jesús nos dice, para ser para nosotros ese estímulo vivo para el amor y para el servicio.

¿No la vamos a llamar nuestra Señora? ¿No la vamos a reconocer como nuestra Reina? Y la vamos coronando como reina cuando vamos siguiendo sus indicaciones, cuando sentimos su amor de madre, cuando la vemos como intercesora poderosa a nuestro favor, cuando la imitamos en su fe y en su amor, cuando como ella queremos convertirnos para siempre en servidores de los demás.

domingo, 21 de agosto de 2022

Seriamente tenemos que plantearnos si realmente estamos viviendo como cristianos que tenemos esperanza de vida eterna o acaso como unos paganos más

 


Seriamente tenemos que plantearnos si realmente estamos viviendo como cristianos que tenemos esperanza de vida eterna o acaso como unos paganos más

Isaías 66, 18-21; Sal 116; Hebreos 12, 5-7. 11-13;  Lucas 13, 22-30

Seguro que en más de una ocasión lo hemos oído, ha sido el consejo que incluso en algún momento alguien nos ha dado. Disfruta, pásalo bien, diviértete todo lo que puedas que de aquí no nos llevamos nada sino lo que hemos disfrutado. Puede parecer una frase ligera, que se dice en un momento de euforia o de fiesta, pero puede tener detrás todo un sentido de la vida; como quien dice, no hay nada más que esto que ahora tenemos, disfrutémoslo, que no hay otra cosa.

Por eso, pienso, que lo que hoy le plantean a Jesús en el evangelio no es precisamente lo que entre en la preocupación de la mayoría de la gente de nuestro entorno, o de nosotros mismos. Dice el evangelio que Jesús mientras subía a Jerusalén al pasar por las distintas poblaciones iba enseñando a la gente y es cuando uno se acerca a Jesús para preguntarle. ‘Señor, ¿son pocos los que se salven?’ eran tantas las normas y preceptos que se habían acumulado en torno a la ley de Moisés, que parecía poco menos que imposible cumplirlo todo, luego serían pocos los que se salvaran. Es lo que le plantean a Jesús.

¿Entrará entre nuestros parámetros y esquemas ese tema de la salvación en el ultimo día como le planteaban entonces a Jesús? creo que tenemos que preguntárnoslo con toda sinceridad. Es cierto que quienes vamos a la Iglesia cuando proclamamos en credo de nuestra fe confesamos que creemos en quien por nosotros y por nuestra salvación se hizo hombre y murió en la cruz; es cierto que terminamos el credo confesando la resurrección de la carne y la vida eterna o la vida del mundo futuro; es cierto que rezamos por nuestros difuntos y los encomendamos en la celebración de la Eucaristía deseando que vivan en la vida eterna, aunque no sé si en vida nos preocupamos de vivir de manera  que pudiéramos alcanzar esa vida eterna.

Pero, cuidado, no sean solo palabras que repetimos pero el sentido de nuestra vida esté lejos de eso, de ese pensar en la vida eterna, de ese pensar en la salvación eterna. Miremos nuestra vida, nuestra manera de actuar, nuestros agobios por el día a día de nuestra vida, por los problemas económicos a los que nos enfrentamos, por nuestra forma de actuar y hasta, tenemos que pensar, por nuestra forma de divertirnos.

¿Le damos verdadera trascendencia a nuestra vida? Y no solo es pensar que lo que hacemos tiene una trascendencia porque tiene una repercusión en los que nos rodean, que sería una trascendencia muy terrena y también necesaria, sino pensando en Dios, en el evangelio, en los planteamientos que Jesús nos hace en el evangelio que tendría que ser nuestra vida.

Aunque nos decimos creyentes y cristianos muchas veces nuestra vida no se diferencia mucho de la de cualquier pagano, de la de cualquiera que no tiene fe. Ya nos lo plantea Jesús en el sermón del monte cuando nos habla de nuestra manera de amar, de saludar a los demás, de amar al enemigo y de perdonar. ¿Vamos a hacer lo mismo que hacen los gentiles?, nos plantea Jesús entonces.

‘No sé quienes sois’, terrible esa respuesta de Jesús; que no seamos reconocidos, aunque hayamos comido y bebido con El. Y no podemos alegar que nosotros sí vamos a Misa, y a las procesiones, y a Semana Santa y le llevamos ramos de flores a la Virgen, porque a pesar de todo eso nos puede decir Jesús, ‘no sé quienes sois’.

En otros momentos del evangelio nos ha hablado de dar la cara por Jesús pero también en ese momento nos dice que quienes ahora no damos la cara por El, tampoco seremos reconocidos por El ante el Padre del cielo. ¿Daremos en verdad la cara por Jesús?

Cuántas veces oímos hablar mal de la Iglesia y nos callamos; cuántas veces escuchamos una blasfemia en la manera de hablar de los que están a nuestro lado, y nos callamos; cuántas veces tenemos ante nosotros una mano tendida de alguien que nos pide ayuda, y pasamos de largo como aquellos de la parábola. ¿Damos la cara por Jesús? ¿Expresamos con valentía lo que son nuestros valores del Evangelio frente a un mundo tan materialista y tan hedonista que nos rodea? ¿No pensaremos nosotros también, como aquello que decíamos al principio, divirtámonos ahora que nada más nos vamos a llevar?

¿Creemos en verdad en la salvación que ha venido a traernos Jesús y queremos vivir en su gracia? ¿Tenemos viva la esperanza de la vida eterna que Jesús nos ha prometido para quienes creemos en El? Tenemos que plantearnos seriamente todas estas cosas, porque a lo mejor no estamos viviendo como cristianos sino como unos paganos más.

sábado, 20 de agosto de 2022

Ser humilde es exigirnos a nosotros mismos para estar siempre en camino de búsqueda de metas grandes, para crecer desarrollando todo cuanto somos

 


Ser humilde es exigirnos a nosotros mismos para estar siempre en camino de búsqueda de metas grandes, para crecer desarrollando todo cuanto somos

Ezequiel 43, 1-7ª; Sal 84;  Mateo 23, 1-12

Las mediocridades suelen ser pendientes muy resbaladizas, y las pendientes nos suelen precipitar al abismo. Yo soy bueno decimos, y vamos haciendo lo que buenamente podemos y nuestra vida se convierte en ramplona, no salimos del pe al pa, no avanzamos, siempre andamos en lo mismo, hace falta esfuerzo y deseos de superación.

Claro que cuando nos contentamos lo de siempre podemos convertir en principios inmutables lo que pudieron haber sido buenas costumbres que valían en otro momento, y aquello quedó obsoleto, fuera de lugar en el momento presente, no hubo búsqueda sincera y profunda de algo mejor, y terminamos por imponer cosas que se quedan en superficiales, pero que las queremos convertir en leyes y normas.

No eran malos los fariseos, querían ser cumplidores y se toman muy radicalmente cosas que pudieron valer en otro momento negándose a abrirse a algo nuevo y renovador. Claro que con su influencia social su estilo que decían muy de cumplidores, pero que a la larga era ramplón por lo repetitivo y por lo rutinario se quería imponer a los demás. No había apertura en su corazón sino cumplimiento ciego y radical llenando la vida de los que los rodeaban de agobios y angustias al sentirse incapaces de vivir encorsetados en tantas normas y reglas y se manifestaba todo eso en una falta de paz en el corazón.

Jesús viene abriéndonos caminos, enseñándonos a aspirar a lo más alto, pero al mismo tiempo a darle profundidad hasta en las cosas más pequeñas cuando le damos el sentido más verdadero. No nos quiere encorsetados en normas que nos tratan de imponer, sino que quiere la autenticidad del corazón. No quiere que nadie se sienta esclavo de nadie, pero nos enseña también que nuestro camino no es el imponernos los unos a los otros, sino el de caminar como hermanos que se dan la mano para superar esos obstáculos y escollos de la vida. Quiere alejar de nosotros todo lo que signifique vanidad y nos hace darnos cuenta que el orgullo es mal compañero para el camino de la vida. Lejos de nosotros la búsqueda de títulos o de pedestales, de reverencias o de reconocimientos que despierten  nuestro ego que pronto se llene de orgullo. Es en el espíritu de la humildad y de la sencillez, donde todos nos sentimos igualmente débiles, pero cuando caminamos juntos nos sentimos más fuertes, el sentido que le hemos de dar a nuestro camino.

‘Vosotros, en cambio, no os dejéis llamar “rabí”, porque Uno solo es vuestro maestro y todos vosotros sois hermanos. Y no llaméis padre vuestro a nadie en la tierra, porque Uno solo es vuestro Padre, el del cielo. No os dejéis llamar maestros, porque uno solo es vuestro maestro, el Mesías’.

Por eso terminará diciéndonos algo que muchas veces nos repetirá y que tanto nos cuesta comprender y aceptar. ‘El primero entre vosotros será vuestro servidor. El que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido’.

Ser humilde no es llevar una vida ramplona; ser humilde es ser sencillo y saber ponernos a la altura del otro; es reconocer nuestra debilidad, pero reconocer también los valores que Dios ha puesto en nuestro corazón que hemos de desarrollar. Ser humilde no es ocultar los talentos, sino exigirnos a nosotros mismos para no quedarnos en la rutina, para no quedarnos en una vida ramplona y repetitiva de lo de siempre, para estar siempre en camino de búsqueda, para saber levantarnos para buscar metas grandes, para crecer desarrollando todo cuanto tenemos en nosotros. Por eso nos dirá que el que se humilla, será enaltecido, porque llegará a encontrar la verdadera grandeza de su vida.

viernes, 19 de agosto de 2022

Sin buscar puntos de méritos y recompensas los cristianos tenemos que responder claramente sobre nuestra fe, no ofreciendo palabras, sino lo que son las obras de nuestro amor

 


Sin buscar puntos de méritos y recompensas los cristianos tenemos que responder claramente sobre nuestra fe, no ofreciendo palabras, sino lo que son las obras de nuestro amor

Ezequiel 37, 1-14; Sal 106;  Mateo 22, 34-40

Una pregunta para ponerlo para ponerlo a prueba; una pregunta, además, de lo más elemental; parecería absurdo para un judío hacerla y más aun para un maestro de la ley. Era lo básico que enseñaban, lo que todo judío desde la más tierna infancia se sabía de memoria, pues había de repetirlo al salir de casa o al entrar a casa, al levantarse o al ir a comer, al emprender un viaje, o como oración de la noche. Así está prescrito, y todo judío había de repetir. Pero es la pregunta que le hacen a Jesús.

Yo me pregunto si acaso muchos también no nos estarán preguntando a los cristianos, a ti y a mi, esa misma pregunta. También nos quieren poner a prueba, pero no nos van a pedir palabras. Aunque aparentemente vemos mucho rechazo o mucha indiferencia, en ocasiones cargando las tintas contra la Iglesia o contra los cristianos, porque está de moda, porque es fácil querer echar en cara, porque siempre se están viendo las cosas con inquina, y parece que siempre están con deseos de revancha, aunque no sabemos por qué esa revancha, ese dedo que nos apunta tantas veces y que algunas veces nos duele, es también esa pregunta que nos hacen a nosotros los cristianos, que nos hacen a la Iglesia y hasta muchas veces de parte de gente que es también miembro de esa misma Iglesia.

¿Cuál es el mandamiento principal? Pero no se buscan respuesta de catecismo aprendidas de memoria; nos están preguntando por nuestro estilo de vida, por nuestra congruencia, por la sinceridad de nuestra fe, por el testimonio que damos. Siguen preguntándonos por qué tienen que creer lo que nosotros decimos, por qué tienen que creer a la Iglesia. Quizá aunque lo tengan delante claramente no quieren ver, no quieren escuchar la respuesta, no quieren abrir los ojos.

Nosotros respondemos es cierto, tal como nos dice hoy el evangelio, con el amor a Dios sobre todas las cosas, con todo el corazón, con toda la vida, con todo nuestro ser, pero también completamos la respuesta tal como lo hizo Jesús, ‘y al prójimo como a nosotros mismos’.

Pero tenemos que decirlo claramente, sin tapujos, con el testimonio de las obras de la Iglesia, con el testimonio de tantos cristianos entregados, con la lista interminable por ejemplo de ancianos acogidos en centros de la Iglesia o de instituciones de la Iglesia; con las puertas abiertas de tantos y tantos centros y obras de cáritas en nuestras parroquias para acoger a los necesitados y a los pobres, que quizá muchas veces nos vienen rebotados de los centros de las instituciones eclesiales porque dicen que no tienen recursos; con los enfermos, la gente sin hogar, los ancianos que viven solos, los emigrantes abandonados a su suerte, los discapacitados que muchas veces la sociedad hace más discapacitados, los enfermos de sida que nadie quiere y que son acompañados en sus sufrimientos y soledades por todo un ejército de voluntarios que dedican su tiempo para estar a su lado ofreciendo el cariño y la atención que algunos no reciben ni de sus familiares…

He querido mencionar solo algunas cosas, aunque la lista se haría muy larga, de esa respuesta que damos a esa pregunta que también nos hacen en nuestro mundo de hoy, dicen, para ponernos a prueba. Aunque Jesús nos dice que lo que hace tu mano derecha no lo sepa la izquierda, sin buscar puntos de méritos y recompensas, creo que los cristianos tenemos que responder claramente, no ofreciendo palabras, sino ofreciendo lo que son las obras de nuestro amor, que manifiestan claramente la fe que llevamos por dentro, el amor que en verdad mueve nuestra vida. Ahí está la prueba de nuestra fe.

jueves, 18 de agosto de 2022

Nos cuesta en tantas ocasiones enfrentarnos a nuestra propia realidad para dejarnos iluminar por la luz nueva del evangelio y vestirnos el traje nuevo de la gracia

 


Nos cuesta en tantas ocasiones enfrentarnos a nuestra propia realidad para dejarnos iluminar por la luz nueva del evangelio y vestirnos el traje nuevo de la gracia

Ezequiel 36, 23-28; Sal 50; Mateo 22, 1-14

Cuando hacemos un regalo a alguien solemos estar muy atentos a la cara de quien lo recibe mientras abre el paquete; estamos pendientes de su reacción, y aunque no lo manifieste con palabras que seguramente estarán llenas de cortesía si nos daremos cuenta de su agrado o desagrado en el regalo que le hicimos; nos sentiríamos defraudados si no es de su agrado, pero mucho más si muestra algún signo de rechazo hacia nuestro regalo, no dándole importancia, relegándolo a un segundo lugar o manifestando que son otras las cosas que le agradaban.

No solo es la cortesía y delicadeza, sino que puede manifestarse algo mucho más hondo en una no posible aceptación de aquello que le ofrecemos. Mucho podríamos reflexionar aquí sobre la valoración que hacemos de aquello que se nos ofrece humanamente hablando simplemente de lo que son nuestras relaciones entre unos y otros. Nos faltan en ocasiones esos detalles o esa delicadeza en nuestras mutuas relaciones; muchas veces estamos también más pendientes de quién es el que nos ofrece algo, porque no a todos aceptamos de la misma manera, ni de la misma manera aceptamos o acogemos lo que se nos ofrece según de quien venga. También tenemos nuestras preferencias o hacemos nuestras distinciones, y hablamos ahora simplemente en plan humano.

De esto nos está hablando hoy Jesús en el evangelio, de la aceptación o no, o del rechazo que nosotros podamos estar haciendo del regalo de vida y de gracia que nos ofrece. Aquellos invitados al banquete de bodas parecían que tenían otras preferencias, no supieron ser corteses, sino que además hubo señales claras de rechazo cuando entre disculpas cada uno se fue a sus cosas y no quiso participar en el banquete de bodas que se les ofrecía.

Hay otro detalle que algunas veces nos ha costado interpretar, y es que habiendo sido invitados luego a la gente de los caminos, la sala del banquete se llenó de buenos y de malos. Y aquí está el detalle, según las costumbres, a todos aquellos que nada tenían y se veían ahora obsequiados con la participación en ese banquete se les había ofrecido un traje de fiesta; he aquí que hay uno que también rechaza. ¿Cómo es que has entrado aquí sin ponerte el traje de fiesta?

Jesús está hablándonos del Reino de los cielos, y Jesús en esta ocasión ha querido dirigirse de manera especial a los que son los dirigentes del pueblo, delante de él tiene a los sumos sacerdotes y a los ancianos (del Sanedrín, se entiende). No les interesa el Reino de Dios tal como se los está planteando Jesús; tienen otros intereses u otras preferencias y por eso ni siquiera se esfuerzan por escuchar y entender lo que Jesús les dice. Van a lo suyo, no les interesa ese banquete tal como Jesús se los está ofreciendo; prefieren sus vestidos viejos, de sus tradiciones, costumbres y rutinas antes que vestir ese traje del hombre nuevo que Jesús les ofrece.

Pero no nos quedemos en pensar en aquella gente o aquellos dirigentes del tiempo de Jesús. La Palabra del Evangelio es buena noticia que tenemos que recibir los hombres y mujeres de hoy, que tenemos que recibir nosotros.  ¡Cuánto nos cuesta salir de nuestros intereses y rutinas, de lo que siempre hemos hecho y cuando nos cuesta abrirnos a la novedad del evangelio hoy para nosotros y nuestra vida concreta! Nos cuesta vestirnos ese traje de fiesta, ese traje del hombre nuevo que Jesús nos ofrece.

Aquí con una sinceridad grande tenemos que ponernos a analizar nuestra vida, lo que escuchamos del evangelio, lo que intentamos pasar por alto o no detenernos a reflexionar con profundidad; hacemos también nuestras elecciones, nuestros distintos, buscamos aquello que nos tranquilice pero rehuimos lo que nos pueda inquietar o interrogar por dentro. Nos cuesta en tantas ocasiones enfrentarnos a nuestra propia realidad, nuestras costumbres o nuestras rutinas de eso que siempre hacemos, dejándonos iluminar por esa luz nueva del evangelio. Tampoco queremos vestirnos ese traje de gracia.

miércoles, 17 de agosto de 2022

Disfrutemos de la vida, del trabajo, démonos cuenta de todo lo que tiene de obra creadora y de la belleza que puede en todo momento salir de aquello que realizamos

 

Disfrutemos de la vida, del trabajo, démonos cuenta de todo lo que tiene de obra creadora y de la belleza que puede en todo momento salir de aquello que realizamos

Ezequiel 34, 1-11; Sal 22; Mateo 20, 1-16

Me siento muy satisfecho y muy honrado con que usted me haya permitido trabajar en su obra. Es quizás la reacción que con humildad y sinceridad alguien puede hacer porque, por ejemplo, un artista muy importante lo haya llamado a colaborar en la obra artística que estaba realizando. No va a aparecer su nombre quizá en ningún lado, porque la obra llevará el nombre de su autor, pero sí ha sentido el gozo de poder trabajar al lado y con las orientaciones de personaje tan importante. Esa persona por todas esas cosas disfrutaba de su trabajo, y poco le importaba que su remuneración quizás fuera mínima. Era fundamentalmente el gozo de lo que hacía, en lo que participaba, de la obra que estaba realizando.

Esto puede ser un caso extremo, pero si nos podría ayudar a preguntarnos si nosotros disfrutamos con lo que hacemos. Demasiado vemos el trabajo como una carga consecuencia del pecado, demasiado lo vemos como algo duro y agobiante, demasiado nos quedamos embrutecidos con lo material y lo costoso y no sabemos disfrutar de aquello donde estamos plasmando nuestro ser, porque el trabajo siempre es creador de algo nuevo, es expresión de lo que llevamos en el alma. Y el artista disfruta en su creación, aunque sea costoso, le exija esfuerzo y dedicación, pero allí está plasmando su vida.

‘Nosotros hemos pasado el calor y el bochorno del día’, se quejaban aquellos viñadores contratados, porque les parecía sentirse minusvalorados porque a ellos se les pagara igual que los que habían venido a la ultima hora. No habían disfrutado de su trabajo, no habían sabido descubrir esa vena creadora que tiene todo aquello que realizamos, donde plasmamos nuestro ser, nuestra vida, lo que somos y lo que somos capaces de realizar. Nos mueven solo los intereses, y no descubrimos la belleza de la vida y la belleza también de lo que es nuestro trabajo. No disfrutamos de la vida. ¿No es lo que tendríamos que hacer como el artista que disfruta de la creación de su obra?

Me surgen estas reflexiones desde la parábola que nos ofrece el evangelio. Nos habla del viñador que salió a la plaza a buscar jornaleros para su vida; a todos fue invitando en las distintas horas del día; no importaba ya la hora, ni siquiera la producción en sí misma como una riqueza de la que obtener beneficios. Importaban las personas, importaba el trabajo que realizaran, fuera a la hora que fuera, no importaba la tardanza a incorporarse al trabajo, sino la dicha de poder tener un trabajo; era la felicidad para el trabajador, como era la felicidad también para el que contrataba a aquellos jornaleros para su viña. Y el viñador estaba satisfecho y pagaba con generosidad el trabajo realizado.

Importa escuchar la voz del que nos llama a la tarea; importa la respuesta que damos con entusiasmo en cualquiera que sea la hora en la que la escuchamos. Algunos piensan que cuando ya son las horas de la tarde y se está terminando el día, cuando ya estamos quizás en el atardecer de la vida y nos parece que se nos está acabando la vida, para qué vamos a emprender algo nuevo, para qué vamos a emprender una tarea, y nos olvidamos de la riqueza de esa obra que puede salir de nuestras manos, de nuestro quehacer. En todo momento podemos sembrar una semilla o acudir a una vendimia; en todo momento puede salir una obra hermosa de nuestras manos.

Disfrutemos de la vida, disfrutemos del trabajo, seamos capaces de darnos cuenta de todo lo que tiene de obra creadora, y de la belleza que puede en todo momento salir de aquello que realizamos. Aunque ya estemos en el ocaso de la vida. Es lo que yo intento seguir haciendo a mis años, quiero seguir sembrando buenas semillas en el campo de la vida.

martes, 16 de agosto de 2022

Vaciarnos de nosotros mismos y de nuestras ambiciones materiales y de nuestros orgullos y vanidades es lo que nos abrirá la puerta de la felicidad total

 


Vaciarnos de nosotros mismos y de nuestras ambiciones materiales y de nuestros orgullos y vanidades es lo que nos abrirá la puerta de la felicidad total

Ezequiel 28, 1-10; Sal.: Dt. 32, 26-27ab. 27cd-28. 30. 35cd-36ab; Mateo 19, 23-30

Todo lo que nos encierre en nosotros mismos, nos haga pensar solo en nosotros mismos, no nos conducirá a una plenitud y a una felicidad en la vida. Muchas veces nos cegamos. Pensamos que convirtiéndonos en el centro de todo vamos a alcanzar la verdadera felicidad, pensamos que llenándonos de cosas, porque decimos que no dependemos de nada ni de nadie, no dependemos de los demás, vamos a ser más libres y más felices. Acaparamos bienes, acaparamos cosas, acaparamos orgullos, acaparamos vanidad, y lo que estamos haciendo es creando un círculo alrededor nuestro que nos aleja de todos, al final nos sentiremos vacíos y el que se siente vacío y el que se aísla de todo para vivir solo para si mismo nunca podrá sentirse feliz.

Cuando nos encerramos en nosotros mismos y nos dedicamos a acaparar que lejos estamos del Reino de Dios; no hemos comprendido el sentido de la vida, no hemos llegado a descubrir lo que verdaderamente nos hace más humanos y en consecuencia más felices.

Es lo que nos viene a decir hoy Jesús en el evangelio, cuando sentencia radicalmente que a los ricos les es imposible entrar en el reino de los cielos, que más fácil le es a un camello pasar por el ojo de una aguja. La imagen del camello y de la aguja ha dado mucho que hablar para buscarnos muchas explicaciones; pensemos, si queremos en la materialidad de las propias palabras, o pensemos en esa puerta estrecha que había en la muralla de la entrada a las ciudades por la que no podía pasar un camello y menos con la carga que solían llevar. Esas cargas sobre nuestras espaldas de nuestros apegos, o de las cosas y riquezas que acumulamos no nos dejan pasar a nosotros tampoco por esa puerta estrecha, por esa aguja; el camello pasaría más fácilmente que nosotros.

Cuando hablamos de riquezas, ya entendemos todo lo que se engloba en esa palabra. Sí, es cierto, son los bienes materiales, el oro o la plata, los dineros o las posesiones, pero muchas veces son otras las riquezas que acumulamos en nuestros orgullos mal curados, en nuestras envidias que tanto daño nos hacen, en la vanidad de la que queremos revestirnos, en el endiosamiento de nuestro yo que nos vuelve egoístas e insolidarios, en las ambiciones que nos ciegan, en los distanciamientos que creamos alrededor nuestro para no mezclarnos, para no contaminarnos, para que no crean que nosotros somos como todos. Y en nuestra vanidad nos creemos ricos, nos subimos a los pedestales, nos aislamos de los demás.

Son muchas las cosas de las que tenemos que liberarnos, de las que tenemos que desprendernos, que tenemos que arrancar de nosotros, y eso cuesta. Los discípulos cuando escuchaban a Jesús en estas consideraciones que hoy estamos comentando se preguntaban que entonces quién puede salvarse. Y Jesús nos da una clave, por nosotros mismos, no, pero con Dios todo es posible. Imposible para los hombres, pero no para Dios; imposible no será, entonces, para quienes queremos estar con Dios, para quienes queremos contar con Dios.

Pedro y los discípulos se siguen haciendo preguntas. Y a ellos ¿qué les va a tocar? Lo han dejado todo por seguir a Jesús; allá amarradas quedaron las lanchas del lago de Tiberíades, vacía quedó la garita del cobrador de impuestos, en casa quedaron padre y madre, esposa o hijos, ¿qué será de ellos? ¿Habría para ellos primeros puestos, lugares de honor, recompensas de lugares de privilegio? Era algo en lo que pensaban y discutían muchas veces cuando salían las ambiciones de los primeros puestos, como es algo que hoy sigue tentando a muchos cuando optan por algún servicio o función por la comunidad o por la sociedad; ya se creen, nos creemos con derechos adquiridos para recibir pagos y recompensas extraordinarias.

Cuando se han dispuesto a seguir a Jesús dejándolo todo, lo habían hecho tras lo que Jesús había dicho que había que negarse a sí mismo, que había que tomar la cruz si fuera necesario, que había que dejar padre y madre, hermano y hermana, mujer o hijos, casas o tierras para seguirle y entrar en el Reino de los cielos. Y ahora les dice que quienes han sido capaces de eso van a recibir cien veces más y en el Reino futuro, la vida eterna. Un vaso de agua dado en su nombre, nos dirá en otra ocasión, que no quedará sin recompensa.

Por eso todo lo que sea desprendimiento, vaciarnos de nuestras apetencias humanas, arrancarnos de nuestros orgullos, quitar de nosotros esas ambiciones materiales, será lo que en verdad nos va a abrir la puerta del Reino de los cielos, que es la puerta de la verdadera felicidad, que es la puerta de la mayor plenitud del hombre.

lunes, 15 de agosto de 2022

Celebrar la Asunción de María es dejarnos envolver por un fogonazo de luz y de esperanza porque para nosotros también hay un camino de victoria y de glorificación



Celebrar la Asunción de María es dejarnos envolver por un fogonazo de luz y de esperanza porque para nosotros también hay un camino de victoria y de glorificación

Apocalipsis 11, 19a; 12, 1. 3-6a. 10ab; Sal 44; 1Corintios 15, 20-27ª;  Lucas 1, 39-56

Tenemos encuentros en la vida que todo lo llenan de luz; quizá lo hemos sentido o experimentado alguna vez, pasamos por momentos oscuros, situaciones que nos llenan de incertidumbre, problemas que se nos hacen insalvables, angustias que nos paralizan y nos llenan de temor, y de pronto todo es luz para nosotros, alguien llegó a nuestra vida, nos dijo la palabra más oportuna, nos tendió la mano en señal de amistad y de que confiaba en nosotros, y comienzan a despejarse esos nubarrones, y comenzamos a sentir una alegría muy especial dentro de nosotros. Aquel encuentro, aquel momento, aquella persona que llegó a nuestra vida, aquella mano tendida nos abrió horizontes de luz.

Me atrevo a decir que este momento que nos narra hoy el evangelio, el encuentro de aquellas dos mujeres, una venida desde la lejana Galilea y la otra habitante de aquellas montañas de Judea, fue un momento de luz y de despertar esperanzas para toda la humanidad. No lo vemos solo como la anécdota del encuentro de aquellas primas en esa visita que María hace a Isabel, sino como algo que viene a ser signo de salvación y de vida para la historia de toda la humanidad.

Dos corazones inundados de fe, dos corazones enamorados de Dios como para saber leer los aconteceres de la historia y descubrir la presencia de Dios en medio de nosotros, son los que allí se están encontrando y hoy nosotros contemplamos como algo que se hace, se tiene que hacer patente en medio del mundo en el que vivimos tan necesitado de esa luz.

Y surgió aquel canto tan maravilloso de unas mujeres verdaderamente enamoradas de Dios. Habían sentido y experimentado la presencia de Dios en sus vidas y su actuar maravilloso y ahora prorrumpen en cánticos de alabanza, de bendición y de acción de gracias. Es el canto de María pero es también el canto de Isabel. Ambas han experimentado esas maravillas de Dios en sus vidas, por eso están llenas del Espíritu divino.

Isabel ha sentido cómo Dios ha llegado a su vida concediéndole el don de la maternidad aun en su anciana edad, pero ahora está sintiendo de nuevo como Dios está entrando en su casa con la presencia de María. Desde que llegó a sus oídos la voz de su prima ya la criatura saltaba de gozo en su vientre, podría bendecir entonces a Maria, siendo también una bendición a Dios, porque la madre de su Señor la visitara, que era la visita de Dios.

María también reconocía que Dios hacia maravillas en la humildad de su sierva y por eso desborda de gozo también su corazón para alabar y bendecir a Dios. Se siente llena del Espíritu divino que ha puesto en ella esa semilla de Dios en aquel hijo que le ha de nacer que será llamado el Hijo del Altísimo. Siente entonces María que su gozo se desborda y ha de alcanzar a todas las generaciones, que la alabaran y bendecirán porque es la Madre de Dios, porque todos se van a ver inundados por esa misericordia de Dios tantas veces anunciada y que se hacía presente ahora para todos.

Había pasado Isabel por la noche oscura de no poder ser madre, como María se sentía turbada por cuanto le sucedía y que también le hacía hacerse preguntas en su interior. ‘Consideraba el significado de aquellas palabras’, nos dice el evangelista de cuando el ángel la vino a visitar a Nazaret. Seguro que aunque su corazón desbordaba de gozo en el Señor en la soledad de su camino también iría haciéndose preguntas sobre como asimilar cuanto le estaba sucediendo, como le sucedía también a su esposo José con un corazón también lleno de dudas. Pero ahora todo se había vuelto luz, resplandecían nuevos horizontes, la esperanza para todos los hombres comenzaba a tener cumplimiento, una nueva era de luz y de vida comenzaba a brillar entonces.

Es lo que nosotros hemos de sentir cuando hoy estamos celebrando esta fiesta de María en su Asunción al cielo. La vemos luminosa, enjoyada con oro de Ofir, como decía el salmo, viene entre alegrías y algazaras, todos cantan en su honor, como lo había hecho Isabel y como ella misma proféticamente había anunciado, la contemplamos en su glorificación, en el anticipo para ella, como había sido el verse liberada de todo pecado desde su concepción, pero también de su participación en la resurrección de Jesús y su entrada en la gloria del cielo.

Y esto, a los que aún caminamos con los pies sobre la tierra, pero envueltos en sufrimientos y angustias, agobiados en nuestras luchas de cada día, queriendo superarnos e intentando vivir una vida mejor y ser también mejores, nos está diciendo que hay algo que es distinto, que para nosotros también brillará la luz, que sabremos incluso descubrir un sentido nuevo a esas angustias y sufrimientos que en el camino de la vida hemos de padecer, que para nosotros también hay un camino de victoria y de glorificación final como lo tuvo María. Podremos recordar sus siete dolores en las espadas que le atravesaban el alma en tantas situaciones de la vida, pero ahora en ella todo lo contemplamos como luz y como gloria. Lo tenemos que ver reflejado en nuestra propia vida.

Es el camino al que nosotros tendemos, es la esperanza que nace en el alma, es la grandeza y la trascendencia que podemos darle a cada uno de los actos de nuestra vida, es la luz nueva que tenemos en la esperanza que un día nos envolverá. María hoy en su Asunción al cielo nos lleva de la mano, María despierta esa fe y esa esperanza en nuestros corazones, María con su presencia de Madre nos ayuda a hacer el camino. Es lo que hoy celebramos, es lo que queremos vivir.


Hoy nosotros los canarios, aunque en cada rincón de nuestras islas celebramos muchas fiestas de María, de manera especial celebramos a la que es la Patrona General del Archipiélago canario, la Virgen de Candelaria. Su imagen bendita ha estado presente en nuestra tierra desde los primeros momentos de la conquista de estas Islas siendo ella la primera embajadora y la primera misionera del evangelio para nuestros antepasados que habitaron estas tierras.

Pero ella ha estado ahí siempre a nuestro lado, como madre y compañera de nuestro camino, siendo ese faro de luz y de esperanza para nuestras vidas simbolizado en esa candela encendida que porta entre sus manos. Que ella sea también hoy, en el momento que vivimos, ese faro de luz y de esperanza, en ella nos sentimos alentados, junto a nosotros la sentimos siempre en nuestro caminar.

domingo, 14 de agosto de 2022

Tomémonos en serio las cosas, tomémonos en serio nuestra fe, y dejémonos de una vez por todas con componendas para manifestar con claridad el mensaje del Evangelio

 


Tomémonos en serio las cosas, tomémonos en serio nuestra fe, y dejémonos de una vez por todas con componendas para manifestar con claridad el mensaje del Evangelio

Jeremías 38,4-6.8-10; Sal 39; Hebreos 12,1-4; Lucas 12,49-53

Tenemos que tomarnos en serio las cosas. No nos quedemos en superficialidades. Somos habitualmente fáciles de contentar. Ya una cosa nos marcha medianamente bien y nos creemos en la gloria, nos creemos triunfadores; bueno, es que rehusamos el esfuerzo, lo que signifique sacrificio, aquello en lo que es necesario trabajar con ahínco; si ya con esto nos podemos arreglar, para que seguir trabajando más.

Es en muchos aspectos de la vida que nos sucede; es el estudiante que se contenta con el aprobado cuando podría obtener mejores notas; y no es cuestión de tener unas notas de las que podamos presumir, sino de los mayores conocimientos que podría adquirir, del mayor dominio de la materia, de la sabiduría que vaya adquiriendo, para poder desempeñarme mejor en la vida; pero nos sucede en el desarrollo de responsabilidades, en el trabajo, en los compromisos que pueda adquirir. Vamos planeando por encima de las cosas y no nos queremos meter en profundidades, porque eso significará mayor esfuerzo.

Tenemos que tomarnos en serio de nuestra nos viene a decir hoy la Palabra de Dios. Se nos ofrece el testimonio del profeta Jeremías, que escuchamos en la primera lectura, fiel a su misión aunque esto le costara persecuciones y hasta peligro de muerte. Releamos con detenimiento de nuevo la lectura del profeta.  Es de lo que nos habla la carta a los Hebreos que nos invita ‘a correr con constancia la carrera que nos toca renunciando a todo lo que nos estorba y al pecado que nos asedia, fijos los ojos en el que inició y completa nuestra fe, Jesús quien, en lugar del gozo inmediato, soportó la cruz, despreciando la ignominia’.

Y el evangelio nos ofrece un texto que en una primera lectura superficial nos podría resultar contradictorio. Si Jesús es el príncipe de la paz, ¿cómo nos dice que ha venido a traer guerra? Si Jesús lo que quiere es que nos amemos, ¿cómo ve tan natural que haya divisiones incluso en el ámbito familiar? ¿Cómo entender lo del fuego que quiere prender y nos habla de un bautismo de muerte? Pero cuando nos hacemos estas preguntas ¿no tendríamos que recordar lo que había anunciado el anciano Simeón de que aquel niño que tenía en sus brazos había sido puesto como signo de contradicción?

La palabra de Jesús, y tenemos que decir su vida, no nos puede dejar adormilados y pasivos sino que siempre va a producir una inquietud grande en quien la escucha con sinceridad. Ya nos dice Jesús en otra ocasión que no viene a poner remiendos sino que es necesario un traje nuevo, una nueva vestidura, unos odres nuevos para el vino nuevo que nos ofrece. No es que Jesús venga producir fundamentalismos y fanatismos en quienes lo escuchan, pero sí ha de producirse una profunda transformación del corazón y de la vida de manera que las cosas no pueden seguir de la misma manera. ¿No nos ha pedido conversión para aceptar la buena nueva que nos anuncia, para poder aceptar y vivir el Reino de Dios?

Cuando nos ponemos en la órbita de Jesús ya las cosas no pueden ser de la misma manera, no podemos andar con componendas, nos exige tomarnos en serio las cosas, como decíamos al principio. O caminamos por el camino del amor hasta sus últimas consecuencias o no nos digamos discípulos de Jesús. En la medida en que voy escuchando el evangelio de Jesús tengo que ir tomando opciones en mi vida emprendiendo ese camino nuevo que nos ofrece. Cuando nos sentimos cogidos por Jesús en lo más hondo de nosotros mismos tiene que brotar ese fuego en nosotros para de una manera ardiente transformar nuestra vida y luchar por ir transformando también nuestro mundo. ‘Fuego he venido a traer sobre la tierra…’ nos dice hoy Jesús. Y ese fuego tiene que comenzar ardiendo dentro de nosotros para sentirnos purificados y transformados. De ese fuego queremos contagiar a los demás.

Claro que no todos lo entenderán. Vamos a nadar contracorriente. Porque en nuestra inquietud no podemos permitir que las cosas sigan siendo de la misma manera; porque queremos transmitir a los demás esa inquietud que nosotros llevamos dentro. No queremos arrasar, no queremos imponer, no queremos obligar a nadie, pero aquello en lo que creemos, aquello que son nuestras convicciones nadie me las podrá arrebatar. Claro que eso me va a hacer chocar quizás con los más cercanos a nosotros. Es lo que nos dice hoy en el evangelio de la división que se va a producir incluso entre los seres más queridos de la familia.

¿Será así como lo vivimos? ¿Será esa la imagen que damos los cristianos? ¿Será esa la radicalidad con la que nos expresamos y vivimos nuestros compromisos hasta el final? Qué lástima que los que creemos en Jesús en lugar de dejarnos contagiar por El, sigamos dejándonos contagiar por el espíritu del mundo; y tenemos miedo de expresar nuestras convicciones porque decimos que no nos entienden, y vamos acomodándonos a lo que hay en el ambiente, y no queremos ‘molestar’ a nadie expresando libremente lo que es nuestra fe y tiene que ser nuestra vida, y porque queremos contentar a todos vivimos tan superficialmente nuestra fe y nuestra vida cristiana.

Tomémonos en serio las cosas, decíamos al principio, tomémonos en serio nuestra fe, y dejémonos de una vez por todas con componendas.

sábado, 13 de agosto de 2022

 


Cuando vayamos con la mirada del niño y tengamos siempre las puertas abiertas estaremos dando la señales del Reino

Ezequiel 18,1-10.13b.30-32; Sal 50; Mateo 19,13-15

Aunque hoy nos llenamos de orgullo y se nos hace la boca agua para hablar de cuánto hemos avanzado, del mundo mejor que hemos hecho, de cómo se van reconociendo los derechos de todos, y sin negar niveles de progreso que se han conseguido, hemos de reconocer que todavía nuestro mundo está lleno de etiquetas, de distinciones que nos hacemos que si progresistas o carcas, que si proceden de este u otro lugar o país, de esta zona o de aquella isla y también ¿por qué no? aun hacemos distinciones por el color de la piel. Pero no solo eso luego vienen los que se creen más importantes porque son más progresistas, vienen los que se siguen fijando en las apariencias, que si es una persona de la calle porque no tiene donde vivir y así no se cuentas discriminaciones más que nos seguimos haciendo.

Es la realidad. Los que nos parecen pequeños no los tenemos en cuenta, mientras a los que van avasallando les tenemos temor porque no sabemos qué jugarreta nos harán. Y nos vamos contagiando con esas cosas parece que sin darnos cuenta, y tenemos nuestras miradas y nuestras apreciaciones hacia quien nos llega quizá a tocar a la puerta de la casa o lo vemos merodeando allí por donde vivimos. Y surgen los recelos, las desconfianzas, las miradas a distancia, y hasta las humillaciones porque con todos no nos mezclamos.

Jesús hoy en el evangelio nos da una hermosa lección que podíamos decir es un gesto más de cómo él se va acercando a todos sin distinción. Hoy es con algo tan inocente como un niño. Por allá andan los discípulos cercanos a Jesús con sus prejuicios por una parte pero también en un exceso de celo con las barreras que quieren interponer, porque no se puede molestar al Maestro. Están en la plaza y los niños se acercan a Jesús. Los niños tienen una intuición especial para saber a quien se acercan; por otra parte las madres muy entusiasmadas con Jesús les traen a sus hijos para que Jesús les imponga las manos y los bendiga. Pero al Maestro no hay que molestarlo y salen por allí muy ‘fervorosos’ los discípulos.

‘Dejadlos, no impidáis a los niños acercarse a mí; de los que son como ellos es el reino de los cielos’. Allí está la palabra y el gesto de Jesús. Ahí está la hermosa lección de Jesús. Como sugeríamos antes no es sino una prolongación de lo que Jesús habitualmente hace. A todos se acerca. Deja que todos se acerquen a Jesús.

¿No le critican los fariseos porque como con publicanos y prostitutas? ¿No llamó a Zaqueo el publicano porque quería hospedarse en su casa? ¿No invitó a Leví que estaba en su mostrador de cobrador de impuestos para que le siguiera y luego participó con él en el banquete que ofreció en su casa? ¿Pero no había ido a comer también a casa de Simón el fariseo, aunque en aquella ocasión hasta dejó que una mujer de la calle le lavara los pies? ¿No recibió en la noche en su casa a Nicodemo, hombre principal y magistrado cuando éste vino a verle?

En la orilla del lago permitía que todos se arremolinaran en torno a El para escuchar su Palabra; la gente la estrujaba cuando caminaba hasta la casa de Jairo y aquella mujer impura por sus flujos de sangre llegó hasta tocarle el manto, cuando le hacía reconocer Pedro y El preguntaba quién lo había tocado. ¿Cómo no iba a ahora a dejar que los niños, los pequeños, se acercaran a El?

Pero es que Jesús quiere decirnos algo más. Hay que ser como esos niños para poder entrar en el reino de los cielos. Bien sabido es lo poco que eran considerados los niños en aquella sociedad de entonces, eran como personas sin valor hasta que no llegaran a la mayoría de edad. Pero Jesús dice que hay que ser como un niño, y lo repetirá en otras ocasiones.

¿Cómo es la mirada del niño hasta que no se le hecho manchado con el ejemplo de nuestros malos deseos e intenciones? Una mirada limpia, una mirada curiosa e interrogativa, una mirada sin malicia ni maldad, una mirada que siempre se está ofreciendo para el encuentro, una mirada que se está fijando en cuanto le rodea para aprender, una mirada que se confía porque no piensa en la maldad de los otros. ¿No irán por ahí las características del Reino de Dios que nos está planteando Jesús?

Cuando en la vida aprendamos a ir sin poner etiquetas, sin hacer distinciones, sin ningún miedo ni temor a nadie, cuando vayamos abriendo nuestros brazos a todos y a todos ofreciendo nuestra sonrisa, cuando no hagamos distinciones de a quien hemos de saludar y de quien hemos de pasar de largo, cuando sepamos ponernos todos a la misma altura y si acaso nos agachamos es para lavarle los pies al que está a nuestro lado, cuando vayamos con la mano tendida para no desconfiar pero también para ofrecer la paz de nuestro corazón, cuando sepamos tener siempre abiertas nuestras puertas y sepamos mezclarnos con todos,  estaremos dando las señales del Reino, nos sentiremos hermanos, porque todos somos hijos del mismo Padre y Señor.

‘Dejadlos, no impidáis a los niños acercarse a mí; de los que son como ellos es el reino de los cielos’.

viernes, 12 de agosto de 2022

Una construcción que no es fácil aunque todos hablemos con facilidad del amor, pongamos en Dios los cimientos que lo hagan duradero y lleno de belleza

 


Una construcción que no es fácil aunque todos hablemos con facilidad del amor, pongamos en Dios los cimientos que lo hagan duradero y lleno de belleza

Ezequiel 16, 1-15. 60. 63; Sal.: Is. 12, 2-3. 4bcd. 5-6;  Mateo 19, 3-12

¿Qué hemos hecho del amor? ¿Un tópico del que todo el mundo habla? Poesía, música, romanticismo, palabras hermosas… todos tenemos algo que decir, pero al final se nos muere entre las manos, se nos escurre de nuestra vida como agua que se escurre de nuestras manos. Y aunque lo cantamos como lo más hermoso, terminamos diciendo que se nos murió el amor; y decimos que lo rehacemos y lo reconstruimos, pero ya vamos con la desconfianza de que no va a durar, que un día se nos puede escurrir también de esa vida que soñamos tan hermosa con el amor. No quiero entrar en ruedas de pesimismo que sabemos cómo acaban siempre, siento en el alma que nos cueste tanto entender el amor y lo perdamos, que nos sea tan difícil hablar del amor aunque todos queramos decir las cosas más hermosas.

Y Jesús nos viene a decir que no, que no nos dejemos embaucar por esos senderos de derrotismo; que seamos capaces de empezar soñando, si queremos, pero que no dejemos que entre por ninguna esquina ninguna sospecha ni desconfianza, pero tampoco dejemos que sea la pasión la que domine, aunque la pasión tenga que venir; que comencemos a amar de verdad pero buscando la verdad del amor, lo más puro del amor, lo más noble y hermoso del amor; que no construyamos la casa queriendo comenzar por el tejado, porque antes hemos de poner unos sólidos cimientos, una estructura firme, unos valores fundamentales que no pueden faltar, porque será la forma de que la casa no se derrumbe aunque vengan los peores temporales.

Es algo más que un flechazo que se puede quedar en algo pasajero como una flecha que nos roza y pasa de largo. Es algo que tenemos que saber ir construyendo poco a poco, desde la maduración de la propia persona, pero la maduración también en la relación con los demás; que no es solo la relación con la persona que decimos que amamos de manera especial – que también hemos de saber construir y madurar – sino con todos.

Muchas veces nuestra relación con los demás se nos queda inmadura, se nos queda en lo superficial, no sabemos afrontar luchas y dificultades, fácilmente ante la menor dificultad queremos desentendernos de todo e irnos cada uno por nuestro lado y no sabemos mantener una amistad duradera sabiendo reconstruir, corregir, rehacer; no sabemos encontrarnos, y llenamos la vida de banalidad. No sabremos entonces afrontar lo que es una verdadera relación de amor para que sea permanente, para que pueda permanecer para siempre.

Cuando vivimos la vida con esa superficialidad, incapaces del sacrificio para alcanzar algo que consideramos superior, y no hemos aprendido de esa virtud de la constancia y perseverancia aunque no veamos tan pronto como queramos los frutos de la planta que estamos cultivando, no nos extrañe que pongamos tantas pegas a un amor permanente, que no lleguemos a entender la fidelidad que nos pide Jesús en el amor matrimonial, que comencemos a hablar enseguida de rupturas, de separaciones y de divorcios, que rechacemos esa indisolubilidad del matrimonio de la que nos habla Jesús en el evangelio. Lo vemos todo tan lógico y queremos decir tan humano.

Y Jesús nos recuerda que ya no son dos sino una sola carne, así de profunda es la unión del amor verdadero, pero nos dice también que lo que Dios ha unido que no lo separe el hombre. Y es que esa capacidad de amor nos viene de Dios, esa posibilidad del amor se la debemos a Dios, ese modelo de amor lo tenemos en Dios.

¡Qué hermoso el texto del profeta que se nos ofrece también hoy en la liturgia! Viene a hablarnos de esa fidelidad del amor de Dios a pesar de nuestras infidelidades. Y si Dios está en medio de ese amor ¿cómo es posible que falle el amor? porque Dios no nos falla nunca.

Los discípulos se quejaban, como lo hacemos nosotros también, lo difícil que era entender todas esas cosas de las que les hablaba Jesús. Y Jesús no lo reconoce, ‘es cierto que no todos lo entienden, sino los que han recibido ese don’. Pidamos a Dios que nos conceda a nosotros también ese don.