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domingo, 3 de junio de 2018

La procesión del Corpus tiene que ser el compromiso de querer llevar siempre a Cristo con nuestro amor y con el testimonio de una vida comprometida a ese mundo que nos rodea


La procesión del Corpus tiene que ser el compromiso de querer llevar siempre a Cristo con nuestro amor y con el testimonio de una vida comprometida a ese mundo que nos rodea

Éxodo 24, 3-8; Sal. 115; Hebreos 9, 11-15; Marcos 14, 12. 16. 22-26

Ya todos sabemos que una comida básicamente es la forma de tomar el alimento que necesita nuestro cuerpo para vivir, siendo una necesidad básica y fundamental para nuestra existencia, de manera que si no comemos morimos, pero también entendemos que una comida puede tener muchos significados en ese encuentro con las personas, cercanas o lejanas con lo que se convierte en cierto modo en celebración de muchos acontecimientos de nuestra vida.
Nos gozamos en nuestro amor y amistad con los demás y de alguna manera lo celebramos comiendo juntos que viene a ser mucho más que compartir unos alimentos. Disfrutamos de esa comida que se convierte en algo especial para nosotros en ese encuentro con el otro, pero compartimos mucho más que los alimentos por muy ricos que sean; será el momento de hablar, de recordar, de comunicarnos, de revivir muchas cosas, de amasar más profundamente esa amistad. ¿Cuándo nos volvemos a encontrar y comer juntos? Terminaremos expresando.
Celebraciones y conmemoraciones de acontecimientos de nuestra vida que hacen historia de nosotros las festejamos con una comida; será un cumpleaños o un aniversario, será el recuerdo de un acontecimiento que fue importante para nosotros o para nuestra familia, serán incluso momentos de nuestra historia patria, serán los momentos de alegría y de fiesta que tenemos en el transcurso del año en la vida de nuestros pueblos, será la alianza, contrato o compromiso que hacemos o tenemos con otras personas incluso dentro de la marcha de nuestras tareas o realizaciones laborales, así tantos momentos en que tomamos algo juntos, nos tomamos una copa o compartimos una comida.
Y todo esto no es solo en lo que es nuestra vida personal, familiar o social de relación con los otros sino que en lo más profundo de nosotros mismos, en el ámbito de la fe y de nuestras relaciones con Dios tenemos también esos mismos signos que alimentan nuestra fe y el devenir de nuestra vida religiosa y de nuestra vida cristiana. No es momento de entretenernos excesivamente para recordar cuantos textos de la Biblia tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento nos aparece repetidamente esa imagen de la comida y del banquete.
Quiso Jesús dejarnos como el gran signo del Reino el Banquete de la Eucaristía. Lo había anunciado repetidamente Jesús cuando nos proponía las parábolas que nos hablaban de un banquete de bodas para hablarnos del signo del Reino de Dios. Alegría, fiesta, encuentro, conmemoración, compromiso, alianza son características de ese Reino construido en la justicia y en el amor y que bien se expresan en ese banquete de bodas de las parábolas.
Aunque marchemos por las cañadas oscuras de la vida el preparará para nosotros la mesa del banquete, como el pastor que prepara el alimento de su rebaño. Y a quienes hemos sido fieles en el camino nuevo del amor en el sentido del Reino nos invitará a que pasemos al banquete preparado para nosotros desde la creación del mundo.
Pero no va a ser un banquete cualquiera donde manifestemos todos esos signos del Reino nuevo de Dios porque será el mismo Jesús el que se nos de cómo comida y como alimento de vida eterna. Ya nos había anunciado que quien comiese su Carne y bebiese su Sangre nos resucitaría en el último día, porque su carne es verdadera comida y su sangre verdadera bebida y el que lo coma vivirá por El.
Hoy nos recuerda el evangelio que en aquel primer día de la pascua, cuando se sacrificaba el cordero pascual, los discípulos le preguntan que donde han de preparar la cena pascual. Les da Jesús unas indicaciones concretas para que encuentren aquel lugar en aquella sala alta que le facilita quien quizá sea un pariente del Señor y allí preparan la cena pascual.
No va a ser una cena de pascua más donde coman aquel cordero sacrificado. Va a ser una cena pascual especial porque comienza una nueva pascua, la Pascua Nueva y Eterna, la Pascua de la Nueva Alianza, la que ha de durar para siempre. Jesús es el Cordero Pascual inmolado, como ya lo había señalado el Bautista como el Cordero que se sacrificaba para el perdón de los pecados. Por eso cuando Jesús toma aquel pan y pasa la copa del vino les dirá que aquello es su Cuerpo y que aquella copa es la Copa de su Sangre, la Sangre derramada para la nueva y eterna Alianza.
Es la Pascua, es la hora de la entrega y del Sacrificio, es la hora en que se va a derramar sobre nosotros aquella Sangre que cae de la Cruz del Calvario por nosotros y por todos los hombres para el perdón de los pecados. Es su Cuerpo entregado, es su Sangre derramada, es la hora de la Salvación, es la hora en que quiere que le comamos en este Banquete Nuevo del Reino que ha instaurado para nosotros. Es el Cuerpo entregado y la Sangre derramada que seguiremos comiendo y bebiendo a través de todos los tiempos porque nos dice que eso lo hagamos en conmemoración suya para siempre. Ha instituido Jesús la Eucaristía, el gran signo de su amor y de su presencia, el Sacramento del Cuerpo y de la Sangre de Cristo.
Y esto es lo que hoy la Iglesia celebra en esta fiesta grande de la Eucaristía. Sí, es cierto, cada día, cada vez que celebramos la Eucaristía estamos celebrando este banquete pascual. Pero la piedad de la Iglesia en el transcurso de los siglos quiso hacer esta fiesta especial donde queremos proclamar públicamente también en nuestras calles y en nuestras plazas nuestra fe en Jesús Eucaristía. Nos salimos hoy de nuestros templos, nuestras calles, nuestras plazas, nuestros pueblos que se adornan de fiesta y manera especial porque queremos llevar a Cristo mismo en el Sacramento en nuestras procesiones, pero que tienen que ser signo de mucho más.
No es solo hoy con una procesión cuando tenemos llevar a Cristo a nuestro mundo. Es el compromiso de cada día de la vida del cristiano. Con nuestra fe, con nuestro amor, con nuestra vida comprometida en el amor cada día tenemos que llevar a Cristo a los demás. Si no unimos este compromiso que hemos de vivir cada día con esta procesión que hoy celebramos algo nos está fallando. Por eso quizá muchas veces esta procesión se puede quedar en algo frió y ritualista al que le falta el calor de una fe comprometida.
Con nuestra procesión de hoy y con toda esa manera maravillosa de adornar nuestras calles para el paso de Cristo en la Eucaristía estamos expresando el compromiso que cada día queremos vivir. Adornamos hoy nuestras calles, pero es que cada día tenemos que adornar a nuestros hermanos con nuestro amor, cada día tenemos que seguir repartiendo ese amor comprometido con todos, pero de manera especial con los que sufren en sus necesidades y carencias de cualquier tipo.
Aquello que decíamos que venia a significar un banquete o una comida en todas esas experiencias humanas que vivimos, lo tenemos que reflejar también en lo que ha de significar para nosotros el Banquete de la Eucaristía. Conmemoramos y hacemos memoria de la Pascua y de la entrega de amor de Jesús por nosotros. Pero expresamos nuestra amistad y nuestra cercanía, nuestra comunión de amor y nuestro compromiso que queremos expresar y vivir juntos por hacer un mundo mejor, cantamos la alegría de nuestra fe y de sentirnos amados y salvados por el Señor, y nos alimentamos de la vida, de la gracia, de Cristo mismo que se nos da para ser nuestro alimento, nuestra fuerza y nuestra vida. No es solo un recuerdo sino que es un memorial porque en El hacemos presente el sacrificio de Cristo, el Cordero que quita el pecado del mundo.
Que esta fiesta de hoy nos ayude a darle siempre verdadero y profundo sentido a nuestras Eucaristías.

sábado, 2 de junio de 2018

Fidelidad total a Jesús y el evangelio que entraña un saber aceptarnos mutuamente y ayudarnos en los caminos de la vida


Fidelidad total a Jesús y el evangelio que entraña un saber aceptarnos mutuamente y ayudarnos en los caminos de la vida

Judas 17.20b-25; Sal 62; Marcos 11, 27-33

Y él quién se cree que es; así nos expresamos cuando nos cuesta aceptar que alguien pueda venir a decirnos como tenemos que hacer las cosas o a corregirnos por lo que hemos hecho mal. En nuestro orgullo que hace que nos cueste reconocer que no siempre acertamos, que no siempre hacemos las cosas bien, rechazamos al que nos quiera decir algo, tratamos de desautorizarlo y nos ponemos en su contra. ¿Quién le ha dado velas en este entierro?, decimos en nuestro rechazo al no querer reconocer quizá la verdad que está muy clara delante de nuestros ojos.
Le vienen a preguntar los judíos de Jerusalén, letrados, fariseos y sumos sacerdote con qué autoridad se ha atrevido a echar a los vendedores del templo. Lo rechazaban en sus enseñanzas porque El no era de sus escuelas rabínicas; en su pueblo también se habían preguntado de donde le salía aquella sabiduría y donde había aprendido todo eso que enseñaba. Ya sabemos por otra parte que en su ceguera querían atribuir al poder del demonio que Jesús arrojase los demonios de los endemoniados.
Ahora ha sido algo que les ha resultado escandaloso porque Jesús ha llegado al templo de Jerusalén y se ha atrevido a poner orden en toda aquella barahúnda de cosas que allí sucedían. Claro que era otro el templo que El quería purificar, pero eso tampoco querían entenderlo.
A la pregunta sobre su autoridad Jesús les responde con otra pregunta sobre la autoridad del Bautista al que ahora ellos aceptaban mejor que lo que lo habían aceptado en vida sobre su bautismo allá en el Jordán. Pero ellos ahora no sabrán qué responder, porque se verían cogidos en su propia respuesta fuera en un sentido o en otro.
No vamos nosotros a negar la autoridad de Jesús. En verdad le sentimos como nuestro Salvador y nuestro Redentor; confesamos que es el Hijo de Dios encarnado para nuestra Salvación y que ha instaurado el Reino de Dios que día a día nos sentimos comprometidos a construir. Es nuestra fe, la fe que en comunión con toda la Iglesia queremos confesar y queremos vivir.
Pero pienso que episodios como el que escuchamos del evangelio siempre tendrían que hacernos pensar, reflexionar sobre lo que en realidad nosotros hacemos y vivimos. Dudas se nos meten en nuestro interior en muchas ocasiones; unas dudas que tendrían que ayudarnos a purificar en verdad nuestra fe queriendo ahondar cada vez mas en el sentido de nuestra fe.
Pero sí tenemos que pensar que no siempre somos del todo fieles a esa Palabra de Dios que se nos proclama; y no son solo las tentaciones a las que nos vemos sometidos y que tantas veces nos hacen tropezar con nuestro pecado. Son las dudas sobre la interpretación de esa Palabra de Dios y su aplicación a nuestra vida. Reconozcamos que muchas veces queremos hacernos rebajas; reconozcamos que nos decimos que no es para tanto, que no hay que ir con tanta radicalidad y queremos nadar entre dos aguas; nos permitimos hacernos concesiones, nos permitimos restarle importancia a algunos aspectos de lo que ha de ser nuestra vida cristiana. Y con todo esto y muchas mas cosas que nos suceden están haciendo como aquellos judíos que querían restarle autoridad a Jesús.
Ahondemos en nuestra fe para que la hagamos vida de nuestra vida y lo hagamos con fidelidad total. Y eso entraña también esa fidelidad y esa aceptación mutua que nos tengamos unos a otros para dejarnos ayudar en los caminos de la vida.

viernes, 1 de junio de 2018

Profundidad y altura de miras en la vida para despojarnos del ropaje de la vanidad y la superficialidad


Profundidad y altura de miras en la vida para despojarnos del ropaje de la vanidad y la superficialidad

1Pedro 4,7-13; Sal 95; Marcos 11, 11-26

Eso no es sino ramaje, apariencia, luego no se recogerá cosecha. Recuerdo que con palabras parecidas en alguna ocasión le escuche a mi padre, agricultor, que aquello que veíamos en la huerta con tanto ramaje solo se podía quedar en eso y que luego no pudiéramos tener buena cosecha.
Así nos puede pasar en la vida, nos quedamos en muchas ocasiones en apariencias, palabras bonitas, hermosas promesas, muchos propósitos, pero luego en el fondo de la persona no hay nada, sino que todo se queda en lo superficial, en consecuencia, en la mentira y en la falsedad. Tenemos que aprender a trabajar la vida desde el fondo, poniendo buenos cimientos, dándole un buen cultivo, abonando de verdad con verdaderos valores nuestra existencia, no quedándonos nunca en lo superficial ni en la apariencia, dándole un buen y verdadero sentido a lo que hacemos, purificando todo lo que sea necesaria con una buena poda de ramas superficiales y también de ramajes de malas costumbres que serán un obstáculo para nuestro crecimiento personal, poniendo también metas altas y llenas de espíritu en nuestra lucha y en nuestro caminar.
Cuando vivimos en la superficialidad, aunque nos creamos que todo es bello y es fácil y nos sentimos hasta contentos porque no tenemos que esforzarnos tanto, nos hacemos daño a nosotros mismos, pero es que también podemos dañar a los demás. Es que para mantener esa apariencia y vanidad avasallamos cuanto encontremos a nuestro paso y nos volvemos manipuladores, egoístas, intransigentes con los demás sobre todo con aquellos que no nos ríen la gracia. Esa apariencia es una forma de creernos superiores y llenos de poder y todo lo que pueda ser obstáculo a ese endiosarnos a nosotros mismos, lo queremos quitar de en medio. Lo vemos en tantos que se creen poderosos.
Las imágenes que hoy nos ofrece el evangelio nos llevan por estos derroteros. Nos habla de una higuera frondosa, pero que no tiene higos; nos habla de un culto vació y superficial en el templo de Jerusalén reducido a una serie de sacrificios en los que todo se queda en lo material de manera que han cambiado el sentido de lo que tendría que ser el templo, casa de Dios y casa de encuentro para la significación de la persona. No es eso lo que quiere Jesús; le veremos maldiciendo la apariencia de aquella higuera que no da fruto, pero también purificando el templo para que no sea una cueva de ladrones. Cuánta superficialidad y cuantas manipulaciones, cuánta pérdida de valores y cuanta vanidad y apariencia. Faltaba la profundidad de la verdadera fe.
Es lo que finalmente nos quiere enseñar Jesús, que le demos esa profundidad y también esa altura de miras a nuestra vida. Pero eso, incluso, cuando vamos a acercarnos al Señor con nuestra oración hemos de saber hacerlo desde el interior de nosotros mismos con un corazón limpio de toda maldad. Pero para eso necesitamos una purificación. Con un corazón maleado en rencores y regimientos, un corazón que no sabe sanarse perdonando de verdad y siendo verdaderamente misericordioso con los otros no podemos acercarnos al Señor con la pretensión que nos escuche en nuestras peticiones. ‘Y cuando os pongáis a orar, perdonad lo que tengáis contra otros, para que también vuestro Padre del cielo os perdone vuestras culpas’, nos dice el Señor.
Profundidad, pues, y altura de miras en la vida para despojarnos del ropaje de la vanidad y la superficialidad y así podamos dar verdaderos frutos de vida.


jueves, 31 de mayo de 2018

Siempre que haya un encuentro de amistad, de amor y de servicio hay una visita de Dios como la fue la visita de María a Isabel


Siempre que haya un encuentro de amistad, de amor y de servicio hay una visita de Dios como la fue la visita de María a Isabel

Romanos 12, 9-16b; Sal.: Is 12; Lucas 1, 39-56
Visitamos al amigo porque nos sentimos a gusto y nos gusta compartir con él, visitamos la familia porque así se mantienen vivos los lazos que nos unen, visitamos al vecino porque nos ayuda a fomentar la convivencia y mutuamente nos ayudamos en nuestra necesidades, visitamos a aquellos seres que amamos ya estén cerca o ya estén lejos en la medida de nuestras posibilidades porque no queremos que la distancia nos aleje y queremos conservar nuestro afecto, visitamos al que quizá podemos ofrecerle nuestra ayuda o también cuando en nuestra necesidad sea cual sea deseamos encontrar esa mano que nos levante y nos estimule en nuestro caminar.
La visita es relación, es encuentro, es compartir; las visitas nos enriquecen mutuamente porque con nuestra presencia ofrecemos el calor de nuestra amistad, pero también recibimos mucho de quien nos acoge porque todo lo bueno nos hace crecer. Nos sentimos acogidos en el hogar del amigo y la soledad estará lejos de nuestro espíritu; abrimos las puertas de la hospitalidad a quien llega a nuestro lado y se sentirá más seguro en su caminar. Muchas cosas podríamos seguir diciendo de lo que nos ayuda a caminar juntos en la vida y de los proyectos grandes que se pueden suscitar en nuestros mutuos encuentros con los demás.
Hoy el evangelio y la festividad que celebramos nos hablan de una visita muy especial. Hoy recordamos y celebramos aquella visita de la que nos habla el Evangelio de María a la casa de su prima Isabel. Grande era la distancia física desde Nazaret hasta las montañas de Judea donde Vivian Zacarías e Isabel. El ángel del Señor, como una prueba y manifestación de las grandezas que realiza el Señor comunica a María que su prima Isabel, a pesar de su vejez, esperaba un hijo. Y María se pone en camino. Esa visita y ese encuentro aparecen hoy ante nuestros ojos y nuestro espíritu para la celebración porque grandes van a ser las maravillas que el Señor quiere seguir realizando.
Es la imagen del espíritu pronto para el servicio lo primero que contemplamos en María pero es también la acogida de la hospitalidad lo que encontramos en aquel hogar de la montaña. Es la visita de Dios que con María llega a casa de Isabel inundándolo todo del espíritu del Señor, pero es el espíritu abierto a Dios de ambas mujeres que se dejan conducir por El y les hace también proclamar y cantar las maravillas del Señor.
En el amor y la mutua acogida de María y de Isabel se manifiesta la presencia de Dios. María ya lleva a Dios encarnado en su seno y a su paso todo se va llenando de gracia y de la fuerza del Espíritu. Pero es Isabel también la que abierta al Espíritu descubre las maravillas de Dios y recibe ya a María, sin que ningún ser humano se lo hubiera revelado, como la Madre del Señor.
Y salen a flote todas las virtudes y todas las gracias de las que aquellas almas están dotadas; es la humildad de Isabel para reconocer la grandeza de María, porque Dios solo se revela a los que son humildes de corazón; pero será también la humildad de María que se reconoce pequeña, pero al tiempo reconoce las maravillas que el Señor hace en ella. Y María prorrumpe con el cántico del amor, con el cántico de la acción de gracias, con el cántico a las maravillas que hace el Señor que visita a su pueblo.
Es la visita de María a su prima Isabel, pero es la visita de Dios a su pueblo. Es todo un signo de las maravillas que hace el Señor en nosotros. Dios llega también a nuestra vida, como aquella visita de María en tantos que llegan a nuestra vida, como Dios quiere llegar a los demás a través de la visita que hagamos a los demás, del acercamiento que tengamos a los otros en la humildad y en el amor. Siempre que haya un encuentro de amistad, de amor y de servicio hay una visita de Dios.

miércoles, 30 de mayo de 2018

Hay unos pasos que no nos podemos saltar que es el camino del amor y del servicio, de la entrega y de la pasión para llegar al Reino de Dios


Hay unos pasos que no nos podemos saltar que es el camino del amor y del servicio, de la entrega y de la pasión para llegar al Reino de Dios

1Pedro 1, 18-25; Sal 147; Marcos 10, 32-45

Un amigo, un familiar, un conocido en el lugar oportuno podría abrirnos quizá muchas puertas. Así pensamos, así deseamos porque una influencia, una ‘manguita’, una palabra de alguien en su momento podría ayudarnos quizá a conseguir nuestras ambiciones, nuestros sueños. Así vamos muchas veces por la vida haciendo galas de que conocemos a tal o cual personaje, que somos amigos ‘íntimos’ que hemos comido juntos tantas veces, y nos queremos subir en nuestros pedestales porque así alcanzamos ‘el cielo’ de nuestros sueños nos parece que con mayor facilidad.
¿Pensarían así aquellos dos hermanos, los hijos de Zebedeo, porque quizá eran pariente de Jesús? Uno de los evangelistas al narrarnos este episodio nos dice que fue precisamente la madre la que vino a decir ‘la palabra oportuna’ a Jesús para conseguir para sus hijos las mejores influencias. Como nos narra san Marcos al que estamos siguiendo en este momento, vinieron muy decididos a pedir los primeros puestos, uno a tu derecha y otro a tu izquierda.
Pero el contraste está en que previamente el evangelista no había contado que subían a Jerusalén – un detalle curiosos parece que Jesús tenia prisa porque dejaba a todo el mundo atrás y los discípulos estaban extrañados y la gente se preguntaba que pasaba para aquellas prisas – pues cuando subían a Jerusalén Jesús les había querido dar las claves de aquella subida. ‘Mirad, estamos subiendo a Jerusalén, y el Hijo del hombre va a ser entregado a los sumos sacerdotes y a los escribas, lo condenarán a muerte y lo entregarán a los gentiles, se burlarán de él, le escupirán, lo azotarán y lo matarán; y a los tres días resucitará’.
Como sucederá en otras ocasiones en que Jesús haga el mismo anuncio, los discípulos no se enterarán de las palabras de Jesús. No entendían, les daba miedo preguntarle, como se dice en otras ocasiones. Y tanto no se enterarán que a continuación se acercarán los Zebedeos con aquella petición que antes comentábamos.
No os enteráis. No sabéis lo que pedís. Y les habla de cáliz de entrega y les habla de bautismo, que Jesús ha de beber y por el que Jesús ha de pasar también. ¿Estáis dispuestos? Con demasiado entusiasmo dicen que sí. Pero Jesús les va a explicar una vez más cual ha de ser el sentido de su discípulo. Vais a beber el cáliz, vais a pasar por ese bautismo, pero ser primero es otra cosa. No os dejéis seducir por el estilo y el sentido del mundo. Todos quieren ser primeros para tener influencia, para mandar y para estar por encima; son los afanes del poder y de las glorias humanas. Son los sueños que se nos meten en el corazón y nos confunden.
Entre vosotros no podrá ser así. ¿Recordáis lo que os acuciaba que le va a pasar al Hijo del Hombre en su subida a Jerusalén? ¿Por qué le va a pasar todo eso? Porque he venido para servir, no para que me sirvan, he venido para entregar mi vida para que todos tengan vida. Por eso el que me sigue tiene que caminar por el mismo camino de servicio y de la entrega, aunque tenga que hacerse el último, es más, haciéndose el ultimo de todos y el servidor de todos. Y eso pasa por en cáliz y por un bautismo. Significará amargura, dolor, sufrimiento, muerte, pero es el camino de la vida porque todo eso se hace por el camino del amor.
¿Lo habremos entendido nosotros? ¿O seguiremos queriendo saltarnos los pasos que hemos de dar buscando cómodas facilidades en el camino del Reino de Dios que hemos de construir?

martes, 29 de mayo de 2018

No andemos buscando satisfacciones y recompensas humanas cuando sabemos que tenemos garantizado en tesoro en plenitud en el cielo


No andemos buscando satisfacciones y recompensas humanas cuando sabemos que tenemos garantizado en tesoro en plenitud en el cielo

1Pedro 1, 10-16; Sal 97; Marcos 10, 28-31

Alguna vez surge en nuestro interior la duda o la pregunta si aquello bueno que estamos haciendo, queriendo ayudar a los demás por ejemplo, o teniendo siempre un espíritu servicial y disponible para estar allí donde puedan necesitarnos o podamos hacer algo por un mundo mejor, merece la pena. ¿Qué sacamos nosotros en claro de lo que hacemos? ¿Merece de verdad hacer lo que hacemos de una forma desinteresada cuando quizá nadie nos lo agradezca?
Consciente o inconscientemente buscamos una compensación, un reconocimiento, una valoración de lo que hacemos, de alguna manera algo que nos recompense. Quizá tratamos de quitar ese pensamiento porque en el fondo queremos ser buenos y queremos hacer el bien, pero quizá en nuestro interior pudieran quedar ocultos deseos de satisfacción y recompensa. Sí deseamos ver un fruto al menos en aquellos por los que trabajamos y algún día nos veamos compensados cuando vemos que aquellos por los que quisimos hacer algo también han madurado en la vida y ahora también actúan de forma responsable y generosa.
Los discípulos también sintieron esas dudas en su interior. Es lo que ahora le plantean a Jesús. Después del episodio del joven rico que no dio el paso adelante de generosidad para desprenderse de todo y seguir a Jesús, éste les habla de lo difícil que les es a los que tienen su corazón apegado a riquezas u otras cosas que lo posean a uno el seguir el camino del Reino de los cielos.
No es que poseamos cosas, sino lo tremendo es que las cosas nos posean a nosotros, porque así dependamos de ellas que parece que nada somos si no lo tenemos. Y no son solo las riquezas materiales, sino son muchos apegos del corazón en nuestras rutinas, en nuestra tibieza espiritual, en los afectos desordenados y así en múltiples cosas.
Tras todo esto que les está diciendo Jesús Pedro le replica que ellos lo han dejado todo por seguirle, ¿qué les va a tocar? Una pregunta que denota si en verdad nuestra generosidad y desprendimiento es desinteresado. Aquello que decíamos de esas satisfacciones que buscamos, de esas compensaciones y recompensar de alguna manera por lo que hayamos hecho.
‘Os aseguro que quien deje casa, o hermanos o hermanas, o madre o padre, o hijos o tierras, por mí y por el Evangelio, recibirá ahora, en este tiempo, cien veces más -casas y hermanos y hermanas y madres e hijos y tierras, con persecuciones-, y en la edad futura, vida eterna’.
Quien se desprende de si mismo nunca se quedará ni solo ni vacío. Nos lo tememos algunas veces y por eso en ocasiones somos raquíticos con nuestra generosidad. Ni el aceite se acabará, ni la harina para el pan nos faltará, como le decía el Señor por boca de Elías a aquella viuda de Sarepta de Sidón, allá en el Antiguo Testamento. El Señor no lo permitirá. La misericordia del Señor es grande. Y con esa confianza tenemos que saber actuar con generosidad.
Pero si ya Jesús le había dicho a aquel joven rico que si se desprendía de todo tendría un tesoro en el cielo, ahora Jesús le dice a Pedro que en la edad futura tendría la vida eterna. Es la eterna bienaventuranza. ‘Dichosos los pobres porque de ellos es el Reino de los cielos’, nos prometería Jesús en las bienaventuranzas. Conocemos las palabras de Jesús porque muchas veces las hemos escuchado y meditado, pero parece que en ocasiones las olvidamos. ¿Por qué andamos buscando satisfacciones y recompensas humanas, si tenemos garantizado un tesoro en el cielo? Esa plenitud de vida y de amor que Jesús nos promete bien que merece la pena.

lunes, 28 de mayo de 2018

No nos demos por satisfechos nunca, aunque sintamos el gozo de lo que hemos hecho, sino que siempre queramos ir más allá y más arriba, plus ultra


No nos demos por satisfechos nunca, aunque sintamos el gozo de lo que hemos hecho, sino que siempre queramos ir más allá y más arriba, plus ultra

1Pedro 1, 3-9; Sal 110; Marcos 10, 17-27

¿Seremos nosotros de aquellos que cuando han logrado una meta que se han propuesto en la vida o conseguido un primer objetivo ya se dan por satisfechos y bajan la guardia y la intensidad de sus esfuerzos? Es algo que nos puede suceder o que sucede con frecuencia luchamos por unos objetivos, nos esforzamos todo lo que podemos y ya luego por así decirlo nos queremos gozar de nuestras conquistas y ya simplemente nos dejamos llevar por la vida.
Sucede a la gente joven como a la de mediana edad, pero sucede también que cuando llega la hora de la jubilación nos decimos que ya hemos luchado en la vida y ahora ya no queremos hacer nada ni nos esforzamos por nada cayendo en una rutina y desgana y hasta en un vacío existencial al no saber ya en qué ocupar nuestra vida. Creo que no podemos enterrar así nuestra vida, los valores por los que hemos luchado, o esa riqueza y sabiduría interior que podría seguir haciendo tanto bien a los demás. Esa inacción nos lleva a vivir una vida ya sin ilusión haciendo que se pierda el color del vivir y poco menos lo que hacemos es vegetar y la vida es muy preciosa y mucho más que todo eso. No podemos caer en una vida gris y anodina.
Hoy vemos acercarse a Jesús un joven con deseos de algo más; es bueno, cumple los mandamientos, lo que significa una vida de fidelidad y de esfuerzo, pero ahora le pregunta a Jesús que más ha de hacer para alcanzar la vida eterna. Conocemos el diálogo con Jesús y su mirada de ternura y de cariño. Y Jesús le propone metas más altas. Desprenderse de cuanto tiene para poder tener el verdadero tesoro en el cielo. ‘Una cosa te falta: anda, vende lo que tienes, dale el dinero a los pobres, así tendrás un tesoro en el cielo, y luego sígueme’, le dice Jesús.
Ahí el joven se quedó pesaroso. Era rico, y desprenderse de todo ya no entraba en sus planes, o al menos le parecía que era incapaz de ello. Dio media vuelta y se marchó. Ya conocemos los comentarios de Jesús que les cuesta entender a los discípulos de lo difícil que es desprenderse de las cosas cuando tenemos el corazón apegado a ellas.
Pero en la línea de lo que veníamos comentando al principio nos arroja mucha luz. Será el corazón apegado a las cosas, serán los cansancios de la vida, serán las tentaciones de una vida cómoda y sin esfuerzo, será no haber descubierto la riqueza que gana el corazón cuando somos desprendidos y dedicamos parte de nuestra vida a los demás, son tantas las cosas que muchas veces nos frenan en nuestras inquietudes, nos inducen a una vida anodina y sin metas,  a darnos por satisfechos de lo que ya hicimos.
Son cosas que tendrían que hacernos pensar. La vida se enriquece en la medida en que se da; el desarrollo continúo de nuestras cualidades y nuestros valores la da vida a nuestra existencia, no podemos contentarnos con lo que ya hacemos sino que hemos de sentir inquietud en nuestro corazón por hacer algo con lo que cada día hagamos mejor nuestro mundo. Y eso está en nuestras manos; nuestra vida adquiere más sentido en la medida en que nos ponemos metas y luchamos por subir un peldaño más que nos conduzca a mayor plenitud. El talento de nuestra vida no lo podemos enterrar, como nos dirá Jesús en otro lugar del evangelio.
No nos demos por satisfechos nunca, aunque sintamos el gozo de lo que hemos hecho, sino que siempre queramos ir más allá y más arriba. Siempre: ¡plus ultra! ¡Más allá!

domingo, 27 de mayo de 2018

Dichoso el pueblo que el Señor se escogió como heredad, dichosos nosotros amados y elegidos de Dios que quiere morar en nuestro corazón


Dichoso el pueblo que el Señor se escogió como heredad, dichosos nosotros amados y elegidos de Dios que quiere morar en nuestro corazón

Deuteronomio 4, 32-34. 39-40; Sal. 32; Romanos 8, 14-17; Mateo 28, 16-20

Qué admiración no sentiríamos y qué sentimientos de gratitud no se provocarían en nosotros si en nuestra pequeñez y pobreza nos viéramos honrados con la visita y la presencia a nuestro lado de alguien que consideráramos muy importante y por la grandeza y relevancia de su vida lo tuviéramos como inalcanzable; sentir que un personaje así camina con nosotros, se sienta a nuestra mesa, tiene no solo palabras amables para nosotros sino que además nos revela secretos del misterio de su vida nos haría sentir a nosotros de alguna manera importantes también e incluso elevaría nuestra autoestima.
Esto que estoy diciendo entra en la imaginario, pero también en las categorías que los hombres nos hemos creado para hacer distinciones entre nosotros, que sin embargo muchas veces nos alejan unos de otros creando distancias en nuestras relaciones que se vuelven insalvables. Sin embargo esto que estoy diciendo me hace pensar en otro orden de cosas, entrando en lo sobrenatural y en lo divino.
La inmensidad del misterio de Dios y las consideraciones que nos hacemos de la divinidad en nuestros razonamientos humanos ha hecho que algunas veces situemos a Dios en una inmensidad lejana a nosotros y nos parece que llegar hasta El para conocerle y comprenderle se convierte ante nosotros en ese abismo que nos parece como decíamos insalvable.
Y aquí tendríamos que reconocer que no solo es esa búsqueda de Dios por nuestra parte – en cierto modo natural porque la vida misma muchas veces nos trasciende y nos lleva a pensar y querer descubrir esa perfección y plenitud que todos ansiamos en nuestro interior – pero que digo no es solo la búsqueda que nosotros podamos hacer, sino que la maravilla está en ese Dios que viene a nosotros, se hace presente en nuestra vida queriendo caminar a nuestro lado y El mismo se nos revela para que podamos llegar a conocerle y vivirle.
Aunque también es bueno que nos valgamos de nuestra inteligencia y nuestra capacidad buscando caminos y razonamientos que nos lleven a descubrirle, sin embargo importante es que seamos capaces de hacer un recorrido por ese camino de Dios que viene a nosotros y se nos revela, que está junto a nosotros y nos manifiesta su amor, que quiere habitar en nuestro corazón haciéndonos participes de su Espíritu y de su vida divina y que en su ternura y misericordia infinita no solo nos llama sino que nos tiene como hijos.
Es hermoso lo que nos dice la primera lectura de hoy. ‘¿Hay algún pueblo que haya oído, como tú has oído, la voz del Dios vivo, hablando desde el fuego, y haya sobrevivido?, ¿algún Dios intentó jamás venir a buscarse una nación entre las otras por medio de pruebas, signos, prodigios y guerra, con mano fuerte y brazo poderoso, por grandes terrores, como todo lo que el Señor, vuestro Dios, hizo con vosotros en Egipto?’ La confesión de fe que hace el pueblo elegido es una confesión de fe que parte de su historia. En su historia, en su vida han sentido esa presencia de Dios, esa llamada de Dios, esa cercanía de Dios.
¿No es lo mismo lo que nosotros hacemos? Cuando confesamos nuestra fe estamos haciendo un recorrido por la historia de la salvación que ha tenido su momento culminante en Jesús. Fijémonos que en el credo hacemos mención a un momento histórico concreto. ‘En tiempos de Poncio Pilatos’ decimos para referirnos a ese momento culminante en que Cristo se ha ofrecido por nuestra salvación.
Una confesión de fe que seguimos haciendo recorriendo nuestra historia personal, en la que nos hemos sentido llenos e inundados de Dios que por la fuerza del Espíritu nos hace sus hijos. Ya nos decía san Pablo que ‘los que se dejan llevar por el Espíritu de Dios, ésos son hijos de Dios’. Esa maravilla que no llegaremos a comprender ni vivir si no nos dejamos llevar por el Espíritu. Es un decirle sí a Dios, dar respuesta a esa presencia de amor para dejar que Dios habite en nosotros. Decimos sí a Dios porque después de experimentar su amor queremos ya para siempre vivir cumpliendo su voluntad. ‘Si cumplís mis mandamientos mi Padre os ama y vendremos a él y haremos morada en él’ que nos explicaba Jesús. Creemos porque experimentamos su amor, creemos y queremos hacer su voluntad, creemos y nos sentiremos inundados de Dios.
Hemos escuchado en el evangelio que Jesús envía a sus discípulos por el mundo a anunciar el evangelio de la salvación que en Jesús nos ha hecho presente a Dios en medio de nosotros. Y nos dice Jesús que los crean sean bautizados en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. ¿Qué significa ser bautizado en el nombre trinitario de Dios? Bautizarse es sumergirse, pero Jesús nos dice que hemos de ser bautizados en el agua y en el Espíritu. Bautizarse es sumergirse en Dios y así seremos ese hombre nuevo, ese hombre que ha nacido de nuevo como le decía Jesús a Nicodemo por el agua y el Espíritu y que ahora ya comenzamos a ser hijos de Dios.
¿Buscamos explicaciones al misterio de Dios, al misterio de la Trinidad de Dios? Aquí lo tenemos. Nos hemos sumergido en Dios que nos ama como Padre, nos hemos sumergido en Dios y toda nuestra vida se renueva en la salvación que en Jesús el Hijo de Dios hemos alcanzado comenzando a vivir en el Reino nuevo de Dios que Jesús ha venido a instaurar, nos hemos sumergido en Dios y por la fuerza de Espíritu divino comenzamos a ser hijos de Dios en una vida nueva que nos hace un hombre nuevo.
Qué admiración hemos de sentir, como decíamos al principio de nuestra reflexión, y qué sentimientos de gratitud han de brotar en nuestro corazón cuando así nos sentimos amados de Dios de tal manera que habita en nosotros y nosotros en El. Es el Dios grande, infinito en su amor, pero es el Dios que se hace Emmanuel, porque está en nosotros y con nosotros camina en nuestra propia vida. Dichoso el pueblo que el Señor se escogió como heredad, dichosos nosotros amados y elegidos del Dios que quiere habitar en nosotros.

sábado, 26 de mayo de 2018

Fijémonos en lo pequeño y descubriremos su belleza, nos encontraremos con su verdadera grandeza, porque solo los que se hacen como niños entenderán el reino de los cielos



Fijémonos en lo pequeño y descubriremos su belleza, nos encontraremos con su verdadera grandeza, porque solo los que se hacen como niños entenderán el reino de los cielos

Santiago 5,13-20; Sal 140; Marcos 10,13-16

Las cosas más insignificantes cuando uno se fija en ellas descubre lo bonitas que son. Fue una reflexión que me surgió en la conversación con un amigo que me decía qué bonita era una sencilla y pequeña flor que en una fotografía había subido a Instagram. No era ninguna fotografía extraordinaria, pero yo me había fijado en el detalle para fotografiarla y mi amigo para admirarla. Muchas veces yo mismo había pasado junto a aquel seto y no me había fijado en sus flores; hoy me detuve junto a él y le hice la mencionada fotografía. ‘¡Qué bonita!’ decía mi amigo y me surgió esa respuesta. Las cosas más insignificantes cuando uno se fija en ellas ve lo bonitas que son.
Hemos perdido quizá la capacidad de admirarnos ante muchas cosas bellas que tenemos ante los ojos, pero que en nuestras prisas o en nuestros intereses por otras cosas no les prestamos atención. Y perdemos la oportunidad de admirar su belleza. Son las cosas de la naturaleza o las que las manos del hombre ha elaborado; pero no son solo las cosas, son también las personas; también tienen sus detalles, también hay valores que admirar en toda persona, y no solo vamos a buscar las más importantes, los que hacen cosas mas llamativas que para que les prestemos atención; son los pequeños y los que nos parecen insignificantes. Quizá ellos valoran mas ese pequeño detalle y los cultivan con mayor intensidad en sus vidas, aunque nadie se fije en ellos. Que ciegos vamos tantas veces por la vida.
De eso nos está hablando Jesús hoy para hablarnos del Reino de Dios. La oportunidad vino porque muchas madres traían a sus niños pequeños para que Jesús los bendijera. Pero ya sabemos como son los niños, pronto empiezan a enredar con sus juegos, se acercan con toda confianza a Jesús y diríamos que Jesús estaba gozando rodeado de los pequeños. Pero allá viene celosamente Pedro que no quiere que molesten al Maestro y ya le está pidiendo a las madres que se lleven a los niños porque molestan a Jesús.
‘Dejad que los niños se acerquen a mí: no se lo impidáis; de los que son como ellos es el reino de Dios. Os aseguro que el que no acepte el reino de Dios como un niño, no entrará en él’. Reacciona Jesús inmediatamente. ‘No se lo impidáis, de los que son como ellos es el Reino de Dios’.
Pero si los pequeños son una cosa insignificante. En aquellos tiempos y con aquella cultura no eran tenidos en cuenta para nada. Que todavía en algunos ambientes queda algo de eso. Pero es que Jesús habla de ser como ellos, porque así es como entenderemos el Reino de Dios.
Ahí está lo pequeño, porque será a los sencillos y a los pequeños a los que se revela mejor el Padre del cielo. Será el valorar lo pequeño porque el que no sabe valorar lo pequeño no sabrá valorar luego lo que es verdaderamente importante; es que eso que nos parece pequeño ya es importante también; y será la fidelidad de las cosas pequeñas. Y podríamos seguir fijándonos en muchas mas cosas.
Pero es que Jesús nos dice que hay que ser como los niños. Sí, los niños con los ojos abiertos siempre porque siempre quieren conocer, quieren saber, ahí están todas esas preguntas que algunas veces nos pueden parecer impertinente. Pero es algo más, son los pequeños que se admiran ante todo, porque en todo se fijan, quizá en lo que ya no nos fijamos los mayores.
Son los pequeños que van con simplicidad y sencillez, que mientras nosotros no los hayamos maleado van por la vida sin malicia, con corazón puro y humilde. Son los pequeños siempre abiertos al amor, y para quienes no hay esas distinciones que luego nosotros los mayores nos hacemos, que si la raza y el color, que si esta familia o aquella, que si de este lugar o con estos antecedentes; de cuantas malicias vamos los mayores llenando la vida y haciendo distinciones y apartándonos de los demás.
Que importantes son los pequeños, las cosas pequeñas, la sencillez y la humildad en nuestras relaciones, la valoración siempre de lo bueno y del pequeño detalle. Tenemos que aprender a fijarnos en esas pequeñas cosas, tenemos que aprender a fijarnos en los pequeños no solo en las cosas, tenemos que tener ese corazón puro y sin malicia, tenemos que tener esa capacidad de admiración para descubrir esos pequeños detalles que hacen verdaderamente grandes a las personas. Cuánto tenemos que aprender. Fijémonos en lo pequeño y descubriremos su belleza, nos encontraremos con su verdadera grandeza.

viernes, 25 de mayo de 2018

En las situaciones difíciles que viven tantos a nuestro lado tendríamos que saber ser signos de amor misericordioso sabiendo estar a su lado en su camino


En las situaciones difíciles que viven tantos a nuestro lado tendríamos que saber ser signos de amor misericordioso sabiendo estar a su lado en su camino

Santiago 5,9-12; Sal 102; Marcos 10,1-12

‘El Señor es compasivo y misericordioso’ es una aclamación que rezamos muchas veces en los salmos. Y nos lo hemos de repetir muchas veces porque tenemos que asimilarlo de tal manera que lo hagamos nuestra vida, nuestro sentimiento y nuestra manera de obrar. Reconocer esa misericordia de Dios que nunca nos falla – ‘es lento a la ira y rico en clemencia’, como proclamamos en ese mismo salmo – nos hace sentir paz en nuestro corazón en medio de nuestros infinitos fallos porque más infinito es el amor que Dios nos tiene y la misericordia que derrama sobre nosotros.
Creo que sin ese convencimiento nos costaría vivir en paz porque siempre aparecería en nuestra mente ese fantasma de nuestras faltas y pecados, pero sin contamos con ese amor compasivo y misericordioso del Señor nos sentimos como más impulsados a mejorar nuestra vida y a llenarla de esa misma compasión y misericordia para con los demás. Teniendo presenta esa misericordia que el Señor ha tenido con nosotros, ¿cómo es que nosotros no vamos a ser compasivos y misericordiosos con los demás? Por eso decía que nos marcará nuestra manera de actuar.
Y en la vida bien lo necesitamos. Todos tenemos nuestras debilidades y nuestros fallos; todos sentimos la tentación que no siempre sabemos superar; todos tenemos nuestro pecado y el que sinceramente se considere que no tiene pecado será el que pueda tirar la primer piedra. ¿Quién puede tirar la primera piedra? Pero bien sabemos que muchas veces nos volvemos intransigentes con los demás; exigimos y no perdonamos como si nosotros no fuéramos también débiles y pecadores.
Qué lejos tendría que estar de nuestras actitudes la intransigencia; intransigencia que es una señal de nuestro orgullo y vanidad, que nos hace sentirnos soberbios por encima de los otros y gamo despreciando a los demás porque son pecadores. No son solo aquellos fariseos del evangelio que despreciaban a los publicanos por pecadores, sino que esas posturas nos las encontramos en nosotros mismos quizá muchas veces.
Muchas son las situaciones de la vida en las que manifestamos nuestra debilidad o en la que nosotros nos volvemos exigentes con los demás sin querer comprender la situación personal de cada uno. Llenamos la vida de reglas y reglamentos, de normas, leyes y protocolos y parece que todos tenemos que pasar por el aro, sin ver la situación personal de cada uno, que puede ser siempre muy diferente. No es caer en un subjetivismo como regla suprema, sino atender a la singularidad de cada persona. Si dialogáramos más entre nosotros en verdaderos niveles de sinceridad nos conoceríamos mejor, nos entenderíamos más, juzgaríamos menos, no seriamos nunca intransigente con los otros. Mucho tiene cada uno de revisarse de estas cosas.
Hoy el evangelio hace referencia a una de esas situaciones complicadas de la vida que quizá también muchos sufrimientos pudiera hacer pasar a muchos, cuando es una faceta de la vida que tendría que llenarnos de verdadera felicidad y tendría que ser la base de la construcción de ese mundo bueno y cada vez mejor en que todos tendríamos que colaborar en construir. Se habla de matrimonio y se habla también de divorcios, de rupturas. Y se lo plantean a Jesús. Y Jesús lo que quiere es que vayamos a la base y al fundamento de lo que tiene que ser ese matrimonio.
Hemos sido creados para amar y así, podríamos decir, hemos sido constituidos por el Creador. Un amor que conduce a la más profunda comunión que pudiera haber entre hombre y mujer que es el matrimonio. Y es ahí en la construcción del amor, verdadero fundamento de la plenitud de toda persona donde tenemos que ahondar para que construyamos ese edificio sólido y bien fundamentado.
Claro que  no nos podemos confundir en lo que es la verdadera base de ese amor. Muchos comenzamos la casa por el tejado y nos faltan los cimientos más sólidos. No se puede llegar la plenitud de entrega en ese amor como si fuera solo una carrera guiada por el instinto. El amor tenemos que fundamentarlo, tenemos que construirlo bien, tenemos que darle las bases del verdadero encuentro de la persona en el dialogo y la amistad, en la comunicación sincera que lleve a un autentico conocimiento mutuo y en ese deseo de caminar juntos ayudándose y apoyándose mutuamente.
Sí, como reflexionábamos al principio, en esas situaciones en que parece que no ha madurado el amor y se llena la vida de tantos sufrimientos, tiene que aparecer en nuestro corazón la compasión y la misericordia, para comprender, para perdonar, para ayudar, para servir de apoyo y ayudar a madurar en la dificultad al que sufre, para confortar en esos sufrimientos que nos aparecen en la vida, para ser un caminante signo de la misericordia del Señor junto al que tiene su vida llena de amargura y dolor. De formas muy concretas la Iglesia que es madre y es signo de ese amor misericordioso del Señor ha de saber estar al lado de esas situaciones dolorosas de la vida de tantos a nuestro lado. ¿Cómo tenemos que hacerlo y cómo hacerlo? Que el Señor nos ilumine.

jueves, 24 de mayo de 2018

Jesucristo, Sumo y Eterno Sacerdote, de cuyo sacerdocio todos participamos para con toda la creación cantar para siempre la gloria de Dios



Jesucristo, Sumo y Eterno Sacerdote, de cuyo sacerdocio todos participamos para con toda la creación cantar para siempre la gloria de Dios

Jeremías 31, 31-34; Sal 109; Marcos 14, 12. 16. 22-26

‘Por Cristo, con El y en El, a ti Dios Padre todopoderoso, en la unidad del Espíritu Santo, todo honor y toda gloria por los siglos de los siglos’. Es el momento de la Ofrenda del Sacrificio para la gloria de Dios. Litúrgicamente decimos la doxología. Es el momento en el que el Gran Sacerdote, el Sumo y Eterno Sacerdote que es el mismo tiempo la Victima está ofreciendo, se está ofreciendo para la gloria de Dios. Es el momento culminante de la Eucaristía, del Sacrificio que de nuevo vivimos en el Altar.
He querido recordar este momento de la celebración de la Eucaristía porque en El estamos contemplando en toda su plenitud el Sacerdocio de Cristo. El ha hecho ofrenda de si mismo en el Altar de la Cruz como sacrificio de redención y de salvación. Es el Sacerdote, el Pontífice que nos ha servido de puente para nuestra unión con el Padre en esa ofrenda en el que El mismo es también la Víctima del Sacrificio. Su alimento y su vida era hacer la voluntad del Padre, como tantas veces nos repite en el Evangelio, y ahora está haciendo esa ofrenda y ese sacrificio. El Sacrificio ofrecido de una vez para siempre en lo alto de la Cruz, por eso El es el Sacerdote único y para siempre, de cuyo sacerdocio todos vamos a participar por nuestra unión con El.
Es lo que hoy estamos celebrando en este jueves posterior a la fiesta de Pentecostés, aunque quizá pase desapercibido para la mayoría de los cristianos. Pero es algo importante porque, como decíamos, nosotros por nuestro bautismo estamos unidos, ungidos y consagrados para ser con Cristo sacerdotes, profetas y reyes. Todos los cristianos vivimos ese sacerdocio de Cristo porque unidos a El hacemos al Padre la ofrenda de nosotros mismos y de toda la creación.
Nuestra vida, cuanto hacemos y vivimos ha de ser siempre esa ofrenda para la gloria de Dios. Con nuestra vida, con lo que hacemos y vivimos, con nuestras alegrías y también con nuestras penas y sufrimientos nos unimos a toda la creación para en Cristo hacer esa ofrenda para la gloria de Dios. Todo para la mayor gloria de Dios. Y eso lo podemos vivir, lo tenemos que vivir todos los cristianos unidos a ese sacerdocio de Cristo.
Allí donde estemos siempre hemos de buscar la gloria de Dios; allí donde estemos estaremos entonces ejerciendo ese sacerdocio, con nuestro trabajo, con el desempeño de nuestras obligaciones, con nuestras alegrías, en el ofrecimiento de amor de nuestros sufrimientos, en nuestra convivencia con los demás, en nuestra lucha por la justicia y la búsqueda de la paz, en los compromisos que asumimos en la vida para mejorar nuestro mundo, en todo momento estaremos ejerciendo ese sacerdocio, porque en todo buscamos siempre la gloria de Dios, hacemos esa ofrenda de amor de nuestra vida para el honor y la gloria de Dios.
Claro que hoy pensamos también en quienes ejercen el ministerio sacerdotal en una especial consagración para el bien del pueblo de Dios, los presbíteros que participan de ese sacerdocio de Cristo con su ministerio. Por ellos oramos hoy, para que por la santidad de sus vidas, por el ejemplo de su entrega, por la Palabra de Dios que nos ofrecen, por el ministerio de los sacramentos que celebran para la comunidad cristiana sean para todos ese estimulo y en todo puedan también dar toda esa gloria y honor a Dios Padre por Cristo, en Cristo y con Cristo con quien se sienten especialmente unidos en la fuerza del Espíritu.
Oremos, pues, por los sacerdotes ministros del pueblo de Dios también sacerdotal y oremos para que sean muchos los llamados a este ministerio de especial consagración sacerdotal.

miércoles, 23 de mayo de 2018

La pureza de nuestro corazón y nuestra buena intención nos hará tener una mirada buena para descubrir siempre los valores que hay en los demás


La pureza de nuestro corazón y nuestra buena intención nos hará tener una mirada buena para descubrir siempre los valores que hay en los demás

Santiago 4,13-17; Sal 48; Marcos 9,38-40

No termino de entender por qué nos cuesta tanto reconocer lo bueno que hacen los demás. Lo estamos viendo todos los días. Es en nuestras relaciones personales donde fácilmente nos fijamos en los errores de los otros, pero no tenemos ojos para darnos cuenta de las cosas buenas que tienen los demás. Y ya sabemos bien todo lo que somos capaces de hacer cuando la envidia nos corroe por dentro y con que facilidad echamos basura sobre lo bueno que hacen los otros.
Pero estas posturas y actitudes se ven magnificadas cuando entramos en los ámbitos de la vida social o política. Lo vemos en cualquier tipo de asociación o comunidad donde es natural que haya diferentes puntos de vista; lo vemos cada día en la vida política en que cada uno se encierra en sus ideas y no es capaz de ver algo bueno en los que piensan distinto. Tengo ganas de escuchar a alguien que diga que algo que ha hecho un oponente político o social es bueno, está bien hecho. Si es la gente de mi línea todo lo hacen bien; si son oponentes porque tienen otra opinión u otra manera de ver el desarrollo de la sociedad todo lo que hacen es malo. ¿Lo dijo o lo hizo tal persona? Como no es de los míos, o de los que piensan como yo, todo es malo, no es capaz de hacer nada bueno.
Parece que en lugar de querer construir una sociedad mejor en la colaboración de todos, aportando cada uno sus propios valores, lo que queremos es destruir porque no somos capaces de ver valores en los demás. Que distinta seria nuestra vida y que distinto haríamos nuestro mundo sin cambiáramos estas posturas que nos llegan a encerrarnos en nosotros mismos y solo en los nuestros y crean fácilmente intransigencias hacia los demás.
Pero es algo que también nos puede suceder dentro de nuestras comunidades cristianas con lo que estaríamos bien lejos de lo que Jesús quiere de nosotros, de ese Reino de Dios que entre todos hemos de construir. Enfrentamientos, desconfianzas, grupúsculos que pretenden influir o manipular de la forma que sea son cosas que nos encontramos en nuestras comunidades, parroquias, asociaciones cristianas, hermandades o tantos otros grupos que forman nuestras comunidades cristianas.
Tendríamos que leer con atención el evangelio que hoy se nos ofrece. Vienen diciendo algunos discípulos a Jesús que se han encontrado a uno que echaba demonios en el nombre de Jesús y se lo quisieron impedir ‘porque no es de los nuestros’. Y ya conocemos la reacción de Jesús. ‘No se lo impidáis… El que no está contra nosotros está a favor nuestro’.
Viene a enseñarnos Jesús a saber descubrir y valorar todo lo bueno de los demás. Siempre hay unos valores, siempre hay algo bueno en el corazón, siempre queremos buscar una rectitud y un bien hacer, siempre queremos tener buena voluntad. Siempre podemos encontrar una buena semilla. No vayamos con malicia al encuentro del otro, porque si nuestros ojos llevan ese cristal de la malicia claro que no seremos capaces de ver lo bueno que hay en el  otro. Por eso tenemos que limpiar las ventanas de nuestra alma, para que no haya filtros sucios en nuestros ojos que nos hagan ver todo malo. No seamos como aquella mujer que criticaba a la vecina porque decía que tendía la ropa a medio lavar y llena de suciedad, pero eran los cristales de su ventana los que estaban manchados y le hacían ver manchas donde no las había.
Seamos capaces de aprovechar todo lo bueno de los otros, porque a nosotros también nos construye, nos enriquece. Si vamos con la autosuficiencia de que somos los únicos, somos los que hacemos siempre las cosas bien poco podremos contar con los demás, como los demás también tomaran esas mismas posturas con nosotros. De ahí nacen tantos enfrentamientos con que nos vamos encontrando en la vida. La pureza de nuestro corazón nos hará tener buena mirada para ver siempre lo bueno que hay en los demás. Recuerdo a alguien que decía que se ponía por la mañana las lentes de ver las cosas bonitas y bellas y era eso lo que siempre veía en los demás. Pensemos si acaso ese mal que estamos siempre viendo en los otros no es otra cosa que el mal que llevamos dentro de nosotros mismos.


martes, 22 de mayo de 2018

Aunque aun seguimos discutiendo por nuestras ambiciones y sueños de poder abramos de una vez por todas los oídos de nuestro corazón a la Palabra de Jesús


Aunque aun seguimos discutiendo por nuestras ambiciones y sueños de poder abramos de una vez por todas los oídos de nuestro corazón a la Palabra de Jesús

Santiago 4,1-10; Sal 54; Marcos 9,30-37

Parece en ocasiones como si tuviéramos mecanismos en nuestro interior que nos hacen escuchar lo que nosotros queremos, pero en aquello en lo que no tenemos interés o que sabemos que pudiera tocarnos en alguna fibra sensible de nuestra vida se hiciera un vació en su entorno para no escucharlo ni enterarnos. Vamos por la vida con nuestra idea fija, nuestro pensamiento o nuestra manera de ver las cosas que hace que solo le prestemos atención a aquello que nos interesa y para lo demás somos como sordos.
Es nuestro amor propio o nuestro orgullo que nos encierra y solo vemos en aquello en que somos heridos; son los intereses materialistas que nos envuelven y ya solo pensamos en nuestras ganancias o en nuestro quererlo pasar bien; es nuestra sensualidad que se nos desboca y todo lo tamizamos por ese sentido placentero de la vida, de manera que lo que nos lleve a eso parece que de nada nos sirve y así en tantas cosas de las que no nos queremos enterar por muy claro que nos hablen.
Si nuestro interés es el poder, el orgullo de estar por encima de todo y de todos, lo que no nos ayude a conseguirlo o los que puedan ser un obstáculo para esas ambiciones lo vamos destruyendo a nuestro paso. No todos y no siempre actuamos así, pero son tentaciones, apetencias, visiones desorbitadas,  sorderas interesadas que se van creando en el camino de nuestra vida y en lo que podemos sucumbir.
‘¿De qué discutíais por el camino?’ les pregunta Jesús a los discípulos cuando llegan a Cafarnaún. Pero se quedan callados. Les da vergüenza responder. Habían salido a flote sus ambiciones. Estaban discutiendo quien seria el primero entre ellos.
Sucede en todo grupo, nos llevamos bien, todo parece que marcha normal pero algunas veces allá en el interior de los individuos se van incubando ambiciones, deseos de ser los primeros, pero primeros para estar por encima, para imponer sus ideas o sus criterios, para mandar, para sentir en el interior que luego también lo dejamos manifestar externamente el orgullo de que somos importantes, los más importantes. Cuantas veces se nos destruyen nuestros grupos; aquello que parecía que marchaba bien pronto aparecen divisiones que nos apartan a unos de otros, que crean recelos, que nos enfrentan, que destruyen lo bueno que quizá nos había costado tanto conseguir.
Jesús mientras iban de camino entre las distintas aldeas de Galilea les había estado anunciando cuanto un día sucedería con El. Pero no lo habían entendido. No les cabía en la cabeza. Y parece que aquello lo olvidaron pronto. Porque Jesús les había hablado de entrega y parece que ellos no estaban por esa labor. Las ambiciones iban rondando por sus corazones.
Pacientemente ahora de nuevo comienza a explicarles. En el Reino de Dios no podía suceder como en los reinados de este mundo donde todos andan como a codazos, porque todos quieren mandar, tener poder, influir sobre los demás, imponer su manera de hacer las cosas. Con que facilidad vemos eso en nuestro entorno; desde quienes no quieren bajarse nunca del poder, hasta quienes anuncian y prometen muchas cosas de un estilo nuevo, pero pronto caen en las mismas redes y aparecen las vanidades, los sueños de poder, y todas esas ambiciones que vemos todos los días y que enfangan cada vez más nuestra sociedad. Terminamos por no creer en nadie.
Pero lo que Jesús nos anuncia y nos promete tiene toda la certeza y la verosimilitud. Es el Señor y se pone a servir; es el Señor y se abaja para hacerse el ultimo y el servidor de todos; es el Señor pero en El no vemos vanidades ni cosas hechas a la fuerza por apariencia; es el Señor y se entrega a la muerte y se dejará clavar en una cruz. ‘Quien quiera ser el primero, que sea el último de todos y el servidor de todos’, nos dice, pero es lo que El hace.
Tenemos que aprender ese camino; tenemos que abrir los ojos y los oídos de nuestro corazón; tenemos que dejar que Jesús nos ponga en el dedo en la llaga, pero señalarnos bien en concreto donde están esas lagunas de nuestra vida. No podemos hacernos oídos sordos a su Palabra. El es la Luz que no podemos ocultar. Dejémonos iluminar por su luz y tendremos vida; dejémonos transformar por su amor y seremos en verdad hombres nuevos.

lunes, 21 de mayo de 2018

María, Madre de la Iglesia, estará siempre a nuestro lado, al lado del camino de la Iglesia para ser plenamente lo que las madres saben ser y hacer con sus hijos


María, Madre de la Iglesia, estará siempre a nuestro lado, al lado del camino de la Iglesia para ser plenamente lo que las madres saben ser y hacer con sus hijos

Hechos 1, 12-14; Sal. Jdt 13; Juan 19, 25-27
Fue en pleno concilio Vaticano II, en la clausura de la tercera sesión cuando el papa Pablo VI quiso dar a María el título de Madre de la Iglesia. Se había tratado en aquellas sesiones ampliamente el tema de la Iglesia y dentro de dicha constitución se había dedicado un amplio capítulo – el octavo capitulo – a la figura de María dentro de la misión de la Iglesia. En la propia realización del concilio habían surgido voces de muchos miembros del Episcopado, como ya antes en amplios sectores del pueblo de Dios, de esa proclamación de María, como Madre de la Iglesia.
Ya desde entonces, como celebración votiva en el lunes siguiente a Pentecostés se venia celebrando esta memoria de María, Madre de la Iglesia, y recientemente ha sido instituida esta celebración para toda la Iglesia universal en esta fecha del calendario litúrgico, en este día de hoy precisamente.
Si contemplábamos a María en el cenáculo con la Iglesia naciente en oración para la venida del Espíritu Santo como ya nos señala Lucas en los Hechos de los Apóstoles, aunque María ya estaba inundada del Espíritu Santo que había venido sobre ella para hacerla la Madre del Hijo de Dios, justo es que la contemplemos con los Apóstoles en el momento de Pentecostés. Hoy lo queremos festejar de manera especial.
María es la Madre de Jesús, la madre de Cristo, que es cabeza de la Iglesia; todos unidos formamos el cuerpo de Cristo y El es nuestra cabeza. Justo es que al contemplar y celebrar a María la Madre de Cristo, la invoquemos también como madre de todo el Cuerpo místico de Cristo, que somos nosotros, que es la Iglesia. A los cuidados maternales de María estamos confiados por Jesús desde el momento de su muerte en la Cruz, donde nos la dejó como Madre, ‘Mujer, ahí tienes a tu hijo… ahí tienes a tu madre’, dice Jesús señalando a Juan en quien todos estábamos representados.
Así la Iglesia siempre la ha tenido como madre, aunque algunas veces parece que nos pasáramos en nuestros fervores adornándola incluso con cosas materiales; pero es justo que unos hijos enamorados de su madre quieran para ella las cosas mas hermosas que incluso humanamente pudieran imaginar además de contemplarla siempre como la mas hermosa – nadie es más hermoso para un hijo que su madre – y en ella contemplemos las mas hermosas virtudes y valores que quisiéramos imitar también en nuestra vida.
Sintamos, pues, esa presencia de María en nuestro caminar, como tantas veces hemos cantado; sienta la Iglesia en su misión evangelizadora esa presencia de María que sea un estimulo para esa hermosa tarea del anuncio del evangelio de la salvación; sientan los misioneros y predicadores ese aliento de María para incansablemente seguir en la tarea de la evangelización de nuestro mundo; sientan ese aliento de María todos los que quieren vivir en el espíritu de las bienaventuranzas – en las que María es el mejor modelo y ejemplo – y quieren hacer vida de su vida las obras de la misericordia; sientan el aliento de María Madre los niños y los jóvenes que se abren a la vida con ilusión y llenos de esperanza por hacer un mundo mejor y que nunca el desaliento o el cansancio corte las alas de su ilusión para entregarse a las cosas mas bellas y a los ideales más altos.
María, silenciosamente como saben hacerlo siempre las madres, estará a nuestro lado, al lado del camino de la Iglesia para ser ese aliento que necesitamos, ese estimulo que nos impulse, ese ejemplo que nos enamore, esa alegría que llene de sonrisas el alma, esa luz que nos ilumina para hacernos ver las cosas con mayor claridad, esa mano en quien apoyarnos, esa mirada que llena de ardor nuestro corazón, ese calor y aliento que nos hace luchar por ser cada día más buenos y mas santos, esa estrella que nos hace mirar a lo alto para que pongamos altura de miras en nuestros ideales. Es la Madre, es María, Madre de la Iglesia que camina siempre a nuestro lado.