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sábado, 2 de marzo de 2013


¿Dónde podemos encontrar mayor amor? Parábola del padre misericordioso

Miqueas, 7, 14-15.18-20; Sal. 102; Lc. 15, 1-3.11-32
‘¿Qué Dios hay como tú, que perdonas el pecado y absuelves la culpa del resto de tu heredad?’ El Señor se complace en la misericordia, extinguirá nuestras culpas, arrojará a lo hondo del mar nuestros delitos. Qué hermoso texto del Antiguo Testamento. Con razón podíamos repetir en el salmo ‘el Señor es compasivo y misericordioso’.
Creo que tendríamos que leer y escuchar en el corazón con mayor hondura los textos del Antiguo Testamento. Quitar prejuicios e ideas preconcebidas, porque el Señor se manifiesta compasivo y misericordioso con su pueblo. Lo corrobora todo lo que es la historia de la salvación y cómo Dios siempre va en búsqueda de su pueblo pecador para volver a pastorearlo, como nos dice hoy el profeta, y volvamos a poner toda nuestra confianza en la misericordia del Señor.
Es una riqueza de gracia muy grande que en la liturgia de la Cuaresma la Iglesia nos ofrezca estos hermosos textos de la Palabra de Dios para que así nos enamoremos más y más de Dios, nuestro Señor. Toda la historia de la salvación es la historia de amor de Dios por su pueblo que lo vemos reflejado en numerosos y hermosísimos textos como este de Miqueas que hoy hemos escuchado y estamos meditando. La fidelidad y el amor misericordioso de Dios no nos faltarán nunca.
Este texto se complementa con uno de los más bellos textos y parábolas del Nuevo Testamento. Jesús viene a manifestarnos lo que es ese amor misericordioso de Dios y lo expresa en esa cercanía con los pecadores. Pero siempre habrá alguien interesado para manipular el mensaje de Dios y no querrá entender lo que Jesús realiza. Por allá están los fariseos y los letrados murmurando ‘ése acoge a los pecadores y come con ellos’, lo que dará pie a que Jesús nos proponga esta hermosa parábola.
¿Cuál es el centro del mensaje de esta parábola de Jesús? El amor del padre que acoge a su hijo pecador aunque lo haya malgastado todo y de muy mala manera. ‘Este hijo mío estaba muerto y ha revivido, estaba perdido y lo hemos encontrado’, no se cansará de repetir el padre entre lágrimas de alegría y amor.
Nos retrata a nosotros que somos hijos pródigos que de tantas maneras le damos la espalda a Dios. No es necesario detenernos mucho a mirar nuestra vida para verla reflejada en aquel hijo que se marchó de la casa del padre. No tenemos que rebuscar mucho en nuestra conciencia para darnos cuenta de cómo nos olvidamos de Dios y de sus caminos queriendo recorrer nuestros propios caminos que nos llevan a la destrucción de nosotros mismos y la muerte con el pecado.
Muchas veces quizá nos encontremos desanimados en nuestra situación porque somos tan reincidentes en nuestra manera de actuar que nos lleva una y otra vez al pecado. No podemos sentirnos de ninguna manera desesperados sino que con esperanza y humildad tenemos que volver nuestra mirada al corazón de Dios siempre abierto para acogernos, recibirnos, perdonarnos y amarnos para siempre. Hemos de tener la certeza de que el Padre bueno está siempre esperando nuestra vuelta, nos está atrayendo hacia El con cantos de amor y nos está ofreciendo el abrazo de su paz.
Muchas más cosas podríamos reflexionar sobre este texto y esta parábola, pero recordemos lo que nos decía el profeta: ‘¿Qué Dios hay como tú, que perdonas el pecado y absuelves la culpa del resto de tu heredad?’ ¿Dónde podemos encontrar mayor amor?
Pero esto tiene que enseñarnos también muchas cosas más. Porque está la actitud del hijo que se creía bueno pero no lo era tanto porque en su corazón había demasiados resentimientos y muchos deseos de revancha o de venganza justiciera. Sí, creía hacer justicia condenando al hermano pródigo - cómo lo seguimos haciendo nosotros tantas veces en la vida cuando condenamos a los demás con la actitud inmisericorde de los letrados y fariseos y la de aquel que se creía bueno - y se olvidaba del amor misericordioso del padre en cuyo corazón no sabía sino la ternura y la compasión.
Aprendamos también la lección para nuestra relación con los demás y el trato que le demos a los hermanos. Que siempre haya ternura, compasión y misericordia en nuestro corazón. Sería también una hermosa lección y una forma de parecernos más al corazón misericordioso de Dios. 

viernes, 1 de marzo de 2013


Un propietario plantó una viña ¿daremos frutos?

Gen. 37, 3-4.12-13.17-28; Sal. 104; Mt. 21, 33-34.45-46
El comienzo de la parábola que nos propone hoy Jesús en el evangelio nos recuerda el canto de amor de mi amigo a su viña que nos trae el profeta Isaías, que habremos escuchado en alguna ocasión. ‘Mi amigo tenía una viña en fértil colina. La cavó y la despedregó, plantó cepas selectas, levantó en medio una torre y excavó también un lagar. Esperaba uvas, pero dio agrazones…’ Es de lo que nos habla Jesús para hablarnos del Reino de Dios y de la respuesta que nosotros damos a su amor. El propietario preparó su viña dotándola de todo lo necesario para poder obtener unas buenas cosechas y la confió a unos labradores.
Si tenemos una viña es porque queremos recoger sus frutos. Es lo que esperaba aquel propietario y como nos narra la parábola envió a sus criados a recoger los frutos y hasta finalmente envió a su propio hijo. Ya hemos visto lo que hicieron con unos y con el otro. Mucho nos quiere decir el Señor. Como dice al final el evangelista ‘los sumos sacerdotes y los fariseos, al oír sus parábolas, comprendieron que hablaba de ellos’. Una primera explicación que siempre hacemos de la parábola es ver reflejada la historia de la salvación y lo que finalmente hicieron con Jesús. El Padre  nos envió a su Hijo y sabemos como terminó clavado en una cruz.
La imagen de la viña, como bien sabemos, es algo que se repite a lo largo de la Biblia; ya lo hemos visto con la mención que hacíamos al profeta. Pero Jesús también nos hablará de que quiere que demos fruto y fruto abundante. El próximo domingo, tercero de Cuaresma, en este ciclo nos hablará de la higuera a la que su propietario viene a buscar fruto. Pero también recordamos que Jesús nos hablará de la vid y de los sarmientos para hablarnos de nuestra necesaria unión con él, pero también nos hablará de la poda para desechar los ramajes inútiles e inservibles para poder obtener mejores frutos.
Por eso la lectura que tenemos que hacer del mensaje de la parábola tenemos que aplicárnoslo a nosotros mismos. Cuánto nos ha regalado el Señor desde que nos dio la vida y a lo largo de nuestra existencia cuántas gracias hemos recibido de El. Cada uno tendría que recordar su propia historia personal viendo la historia de la salvación que Dios nos ha ofrecido y sigue ofreciéndonos en nuestra vida concreta. Pero ha de ser también la historia de nuestras respuestas; respuestas que hemos de reconocer no han sido siempre  positivas. Cuántos ‘no’ le hemos dado al Señor cuando con nuestro pecado le hemos dado la espalda.
Pero una cosa si tenemos que considerar y es cuánto nos regala el Señor con su amor. Tanto nos amó que nos envió a su Hijo que se entregó por nosotros. algo que hemos de tener siempre muy presente en nuestra vida, pero que ahora en este tiempo de cuaresma hemos de considerar con una especial intensidad. Es algo que no hemos de cansarnos de considerar porque así nos sentiremos más motivados para dar esa respuesta positiva, para ofrecer esos frutos que tenemos que dar con nuestra vida santa.
Aunque hoy la parábola no nos habla de la poda, ya que hemos  hecho mención a esos otros momentos en los que Jesús nos hablará de ello, creo que este tiempo de cuaresma es n tiempo propicio para ir purificando bien nuestra vida de todas esas cosas inútiles e inservibles que hay en nosotros que no nos ayudan a ser más santos, sino todo lo contrario. Un tiempo de ir revisándonos, purificándonos, arrancando de nosotros malas costumbres que se nos van metiendo como esas ramas que hay que podar.
A esto nos va ayudando la palabra del Señor que vamos escuchando cada día. A esto nos ayuda la gracia que el Señor nos ofrece en las celebraciones que vamos viviendo. En la oración personal que cada uno vamos haciendo nos sentiremos fortalecidos. 

jueves, 28 de febrero de 2013


Hundamos las raíces de nuestra vida en las corrientes de agua viva de la Palabra de Dios

Jer. 17, 5-10; Sal. 1; Lcv. 16, 19-31
El profeta nos contrapone en sus imágenes el cardo de la estepa que habita la aridez del desierto con el árbol de verdes hojas plantado junto al río y que no deja de dar hermosos frutos. Bella imagen que nos retrata según sean nuestros intereses o nuestra manera de vivir.
¿Qué es lo que significará esta comparación? ¿Qué nos querrá decir? En el salmo se nos habla de nuevo del ‘árbol plantado junto a la acequia, que da fruto en su sazón y no se marchitan sus hojas’. Y nos dice, ‘dichoso el hombre que ha puesto su confianza en el Señor’, mientras el profeta decía ‘maldito quien confía en el hombre y en la carne busca su fuerza apartando su corazón del Señor’.
El mensaje está claro, pero es necesario que profundicemos un poco más en él para sacarle todo su jugo. ¿Qué significa ese confiar en el hombre y poner su fuerza en su carne, en sí mismo? ¿Cómo expresamos en verdad en la vida que hemos puesto toda nuestra confianza en el Señor? ¿No podemos confiar en el hombre de ninguna manera? No es eso lo que nos quiere decir, porque la misma Biblia nos habla y nos enseña cómo aquellos dones y aquellas cualidades de las que hemos sido dotados tenemos que desarrollarlas y hacerles dar fruto. No podemos enterrar el talento, los valores que tenemos y de esos bienes materiales incluso que tenemos hemos de sacar algo bueno en el desarrollo de nosotros mismos y como bien para la humanidad y su progreso.
En la parábola del evangelio que nos propone Jesús podemos encontrar pistas de solución, por así decirlo. Vemos por una parte un hombre rico, avaro y sensual que solo piensa en si mismo, en sus riquezas y en lo que él pueda disfrutar de la vida sin pensar de ninguna manera en los demás. A su puerta mientras está un pobre que nada tiene cubierto de harapos y lleno de llagas al que ni siquiera ha sido capaz de ver, mucho menos que atender.
Cuando en la vida solo pensamos en nosotros mismos y la avaricia corroe nuestro corazón qué ciegos e insensibles nos volvemos; como cardos de la estepa, siguiendo la imagen que nos ofrecía el profeta. Y pensar en la avaricia no significa siempre el tener muchas riquezas o muchos bienes, sino la ambición que se nos mete en el corazón que nos ciega de manera que solo vemos lo que podamos poseer y con lo que nos podamos satisfacer. Por algo nos dirá Jesús en el evangelio que no podemos servir a dos señores, a Dios y al dinero. Las riquezas, la posesión de las cosas nos resecan el corazón y nos hacen insensibles para el trato con los demás.
Necesitamos ser ese árbol que hunde sus raíces en el agua viva del Señor. Cuando en verdad Dios es nuestra agua viva nuestro corazón no solo está abierto a Dios sino que automáticamente, podríamos decir, está abierto también a los demás. Con Dios en nuestro corazón no podemos ser ese cardo arisco que no sabe tener compasión con los otros, sino que en verdad estaremos llenándonos de la ternura de Dios. Son los frutos del amor que brotarán de nuestra vida y que se van a traducir en todo lo bueno que hagamos o deseemos para los demás.
Cuando en la parábola aquel hombre rico se encuentra con la verdad de su vida y a lo que le ha llevado su codicia y su insensibilidad querrá volverse atrás de cuanto hizo pero ya su hora se ha pasado; quiere que no les pase lo mismo a sus hermanos que quedan en la tierra y es por lo que pide que vaya Lázaro a avisarles que cambien de camino. ‘Tienen a Moisés y los profetas, que los escuchen’, le dice Abrahán.
Decir ‘tienen a Moisés y los profetas’ es decir que tienen la Palabra de Dios. Tenemos la Palabra de Dios que cada día podemos escuchar; hemos de dejar que penetre bien en nuestro corazón, dejarnos transformar por la fuerza del Espíritu. Aprovechemos ahora este tiempo que vamos recorriendo de la Cuaresma con toda la riqueza de la Palabra que cada día se nos ofrece, seamos capaces también de encontrar momentos de silencio y de soledad para rumiarla hondamente dentro de nuestro corazón. Es esa agua viva que penetra dentro de nosotros y nos llena de vida, nos fecunda con la gracia del Señor, y veremos brotar esos frutos de amor que tienen que resplandecer en nuestra vida. 

miércoles, 27 de febrero de 2013


Estamos subiendo a la Jerusalén de la Pascua, ¿podremos beber el cáliz de Jesús?

Jer. 18, 18-20; Sal. 30; Mt. 20, 17-28
No nos tiene que extrañar que ante los acontecimientos que se suceden en la Iglesia la gente tenga diversas reacciones, hagan los más dispares comentarios y nos estén manifestando que en muchas ocasiones no saben ni por donde van las cosas, como sucede en estos días. Para entender debidamente las cosas de Dios, y vamos a llamar cosas de Dios por simplificarlo lo que es la vida de la Iglesia hay que tener una cierta sensibilidad, por supuesto un debido conocimiento de cómo son las cosas pero también solo podremos comprenderlo desde los ojos de la fe. No podemos mirar los asuntos de la Iglesia solo desde una mirada humana haciendo comparaciones con lo que es la vida de la sociedad y sus luchas de poder y cosas por el estilo. En la Iglesia hemos de reconocer que hay un misterio que solo podemos descubrir e interpretar desde los ojos de la fe.
Decía que no nos debe extrañar que sucedan cosas así estos días, porque realmente hemos de reconocer que siempre costó comprender y aceptar todo el misterio de Jesús. Así les costó a los propios apóstoles que estaban al lado de Jesús comprender todo lo que  Jesús les estaba diciendo. Lo vemos hoy en el evangelio. Van subiendo a Jerusalén, se acerca la fiesta de la pascua, y Jesús comienza a anunciar a los doce, a los que ha tomado aparte, todo lo que le va a suceder. Les habla claramente pero por lo que veremos a continuación ellos no lo van a entender.
‘Mirad que estamos subiendo a Jerusalén y el Hijo del Hombre va a ser entregado a los sumos sacerdotes y a los letrados, lo condenarán a muerte y lo entregarán a los gentiles para que se burlen de El, lo azoten y lo crucifiquen, y al tercer día resucitará’.
Anuncia Jesús claramente lo que le va a suceder. Pero ya veremos qué es lo que entienden, o  mejor, que no entienden nada. Por allá aparece la madre de los Zebedeos con sus peticiones. ‘Ordena que estos dos hijos míos - mira que son tus parientes, parece que viene a recordarle a Jesús - se sienten en tu reino, uno a tu derecha y el otro a tu izquierda’. Aquí viene el tráfico de influencias, diríamos hoy día.
¿Qué dice Jesús? ‘No sabéis lo que pedís…’ - ¿no habéis escuchado ahora mismo lo que os he anunciado que va a significar la subida del Hijo del Hombre a Jerusalén? - ‘¿sois capaces de beber el cáliz que yo he de beber?’ Allí está respuesta pronta pero no sé si del todo consciente: ‘lo somos’. ¿Sabrán realmente lo que Jesús les está diciendo, y lo que ellos están pidiendo? ‘Beberéis mi cáliz… pero el puesto a mi derecha o a mi izquierda…’ eso es otra cosa. ‘Es para aquellos para quienes lo tiene reservado mi padre’.
Pero no serán solo estos dos discípulos lo que anden con sus apetencias. Por detrás comienza a escucharse el murmullo. ‘Los otros diez, que lo habían oído, se indignaron contra los dos hermanos’. Aquí vienen estos queriendo adelantarse. Y surgen los recelos y las envidias, las desconfianzas que puede provocar la división entre el grupo.
Y Jesús los reúne de nuevo y comienza de nuevo a explicarles lo que tantas veces les había dicho. ‘Los jefes de los pueblos los tiranizan y los grandes los oprimen. No será así entre vosotros: el que quiera ser grande entre vosotros, que se haga vuestro servidor, y el que quiera ser primero entre vosotros, que sea vuestro esclavo. Igual que el Hijo del hombre no ha venido para que le sirvan, sino para dar su vida en rescate por todos’.
Ya lo hemos reflexionado más de una vez y además recientemente. La grandeza está en el servicio, porque la grandeza está en el amor. Es nuestro distintivo, nuestro estilo y nuestra manera de actuar. Es lo que realmente ha de mover nuestra vida. Es lo que tiene que mover también la vida de la Iglesia. No es una lucha de poderes lo que mueve la vida de la Iglesia y los que en ella tienen un ministerio, sino que es la carrera del servicio, de hacerse el último, de amar y entregarse hasta el último límite. En este camino de cuaresma mucho tenemos que reflexionar en este sentido y en concreto en las circunstancias que vivimos en la Iglesia.
Es la clave con que hemos de interpretar muchas cosas. Es la manera de ver lo que es el sentido de la Iglesia. Es lo que queremos hacer y vivir aunque, somos conscientes de ello, muchas veces nos cuesta porque se nos pegan muchas cosas del estilo del mundo, y también tenemos el peligro de que nuestro corazón se pueda dejar arrastrar por ambiciones y luchas que no tienen sentido. Son los ojos con los que tenemos que mirar también los acontecimientos de la Iglesia en este momento histórico; los ojos con los que hemos de mirar y valorar el ministerio del Papa y lo que mueve el corazón de todos los miembros de la Iglesia.
Oremos al Señor para que sepamos escuchar a Jesús, para que sepamos comprender y vivir su evangelio. Oremos al Espíritu para que ilumine nuestros corazones, pero también que ilumine a los que tendrán en los próximos días la misión de elegir al sucesor de Pedro, a quien va a ser el Papa que con la fuerza de ese mismo Espíritu guíe al pueblo de Dios.

martes, 26 de febrero de 2013


Una auténtica actitud de servicio es la verdadera grandeza del hombre

Is. 1, 10.16-20; Sal. 49; Mt. 23, 1-12
¿Donde buscamos y encontramos la autentica grandeza del hombre, de la persona? Creo que es una pregunta importante que nos hacemos o que tenemos que hacernos. El ser humano siempre de una forma o de otra se pregunta por el sentido y el valor de su vida. Muchas veces podemos encontrarnos envueltos en una marea inmensa o diversa de respuestas o eso al menos es lo que podemos percibir en nuestro entorno, si nos fijamos en por qué luchan las personas, que es lo que buscan en la vida para ser feliz, o qué es lo que realmente les hace realizarse como personas. De lo que encontremos o de lo que decidamos va a depender el sentido que le demos a nuestra vida.
Desde la fe que tenemos en Jesús el evangelio es para nosotros una luz grande que nos ayuda en nuestra búsqueda. Es más, tendríamos que reconocer que si somos cristianos, si nos llamamos personas creyentes y seguidores de Jesús es porque precisamente ahí en el evangelio, en Jesús hemos encontrado esa respuesta.
Es bueno que reflexionemos sobre ello, y este tiempo de Cuaresma es un tiempo propicio para reflexionar y darle verdadera hondura a nuestra vida. Este tiempo de Cuaresma con todo lo que la Iglesia en su liturgia nos va ofreciendo va iluminando nuestra vida y nos va ayudando a que conociendo más y más a Jesús y su evangelio ahondemos en esas cuestiones que son fundamentales para nuestro ser cristiano, para que nos llamemos cristianos pero con toda autenticidad.
El evangelio que hemos escuchado nos ayuda a que vayamos a lo más hondo de nosotros mismos y no basemos nuestra vida en meras apariencias. Jesús critica y denuncia la actitud que contemplaba en aquellos fariseos que lo que les gustaba era aparentar externamente incluso en sus actitudes o en sus prácticas religiosas dejando luego en el interior un vacío muy grande. ‘Alargan filacterias  y ensanchan las franjas de sus mantos, les gustan los primeros puestos y los asientos de honor, o que les hagan reverencias por la calle y la gente los llame maestro’.
Por eso Jesús nos enseña a no buscar honores ni reconocimientos, a no buscar títulos ni grandezas humanas que se quedan en oropeles y ya sabemos que los oropeles no son oro de verdad, sino solamente un brillo externo. No quiere Jesús que ni nos llamen maestros ni jefes. El magisterio de la persona o la autoridad no está en un nombre que pongamos o un título que demos, sino en lo que en verdad reflejamos en la vida. Y si lo reflejamos porque es lo que realmente vivimos no hace falta hacer alardes, porque lo bueno se ve por sí mismo. Y cuánto nos gustan a nosotros los reconocimientos y los títulos.
¿Dónde ha de estar nuestra grandeza y nuestra verdadera autoridad como personas? En la actitud de servicio con que caminemos por la vida. El que vive en actitud de servicio  va siempre por la vida con el corazón abierto para los demás. El que vive una auténtica actitud de servicio siempre tendrá una mirada limpia, pero será siempre la mirada del amor. El que vive en una actitud de servicio siempre estará buscando lo bueno y lo que querrá es la felicidad de todos los  hombres, de toda persona. El que vive en una actitud de servicio nunca será arrogante ni fanfarrón, sino que sabrá ser humilde y sencillo porque lo que busca siempre es lo bueno, el bien que pueda hacer a los demás. ‘El primero entre vosotros será vuestro servidor. El que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido’.
Ahí está la verdadera grandeza. Quien vive de esta manera será la persona más feliz y más realizada del mundo, será la que verdaderamente es respetada y valorada por todos los que le rodean sin que él lo ande buscando. Cómo necesitamos aprender a vivir así. Y esto a nivel individual como esto tendría que ser lo que se viva como comunidad creyente y como Iglesia. Hemos de ser en verdad una iglesia pobre y sencilla, una iglesia servidora y despojada de todo tipo de oropel para que en verdad seamos signos del evangelio de Jesús en medio del mundo. 

lunes, 25 de febrero de 2013


Nuestro Padre Dios es compasivo, seamos compasivos con los demás

Dan. 9, 4-10; Sal. 78; Lc. 6, 36-38
‘Señor, no nos trates como merecen nuestros pecados… que tu compasión nos alcance pronto… socórrenos… líbranos y perdona nuestros pecados a causa de tu nombre…’ Así rezábamos en el salmo. Así con humildad queremos sentirnos ante Dios.
La lectura del profeta Daniel, la primera lectura, es toda una hermosa confesión de nuestra condición de pecadores. En la medida en que vamos avanzando en nuestro camino de cuaresma que es un camino de purificación que nos tiene que llevar a una renovación profunda de nuestra vida, una y otra vez confesaremos nuestro pecado delante del Señor.
El reconocimiento sincero de nuestro pecado nos abre a la misericordia de Dios. Dios nos ofrece su misericordia y su perdón porque el Señor es misericordioso y compasivo, pero nosotros hemos de reconocer nuestro pecado. Solo así habrá verdadero arrepentimiento en nuestro corazón. Cuando con humildad y sinceridad queriendo poner mucho amor se hará presente la misericordia de Dios en nuestra vida.
‘Nosotros hemos pecado, hemos cometido iniquidad, hemos sido malos, nos hemos rebelado y apartado de tus mandamientos y normas, no hemos escuchado a tus siervos, los profetas, que en tu nombre nos hablaban…’
¿No han de ser nuestras esas palabras? Ahí están reflejando lo que es nuestra vida. La Palabra del Señor que cada día vamos escuchando nos ayuda a reflexionar, a revisar nuestra vida haciendo un auténtico y sincero examen de conciencia. Y esa Palabra nos va iluminando, nos va señalando lo que es la voluntad del Señor, lo que han de ser nuestras actitudes y posturas, lo que en cada momento hemos de hacer. Con sinceridad hemos de ponernos ante la Palabra de Dios. Con un corazón bien abierto y acogedor sincero a la Palabra que se nos proclama. No podemos tirar la primera piedra porque pensemos que no tenemos pecado.
Pero el reconocimiento de nuestro pecado, que es reconocer lo que es nuestra pequeñez, nos hace al mismo tiempo admirar la grandeza del amor que nos tiene el Señor. Qué grande es el Señor; qué grande es su amor. Es infinita su misericordia, la paciencia que tiene con nosotros en su amor.
Pero todo esto tiene que movernos a enmendar nuestra vida. Vemos lo que tenemos que corregir, lo que tiene que ser mejor en nosotros. Como decimos en el catecismo en las condiciones para una buena confesión, propósito de la enmienda. No nos vale reconocernos pecadores y seguir actuando o viviendo de la misma manera. No es suficiente con que vayamos a decirle al Señor lo bueno que es y que nos perdone, si por nuestra parte no ponemos todo lo necesario para cambiar nuestras actitudes, nuestras posturas, nuestras maneras de actuar. Aunque nos cueste.
Son las actitudes de generosidad, de compasión que hemos de poner también en nuestra vida de cara a los demás. Porque la misma generosidad que estamos recibiendo del Señor hemos de tenerla nosotros con los demás. ‘Sed compasivos como vuestro Padre es compasivo’, nos dice Jesús hoy en el evangelio. Y por eso lejos de nosotros los juicios condenatorios que podamos tener con los demás. Ese no puede ser nuestro estilo ni nuestra manera de actuar. ¿Quiénes somos nosotros para juzgar o condenar a los demás si nosotros también somos pecadores? Si Dios tan generosamente nos perdona, ¿por qué nosotros no vamos a perdonar también a los demás?
Seamos generosos en nuestro amor, en nuestra comprensión, en nuestra capacidad de perdonar a los otros, que el Señor no se dejará ganar en generosidad, y siempre nos ofrecerá su gracia infinita que nos dará fuerzas para tener esas buenas actitudes con los otros y para la santificación de nuestra vida. 

domingo, 24 de febrero de 2013


Subamos al Tabor del encuentro con Dios y escuchemos la voz del Señor

Gen. 15, 5-12.17-18; Sal. 26; Filp. 3, 17-4,1; Lc. 9, 28-36
Si en el primer domingo de cuaresma se nos invitaba a no temer el desierto, a emprender el camino que podía ser camino duro de desierto, de silencio, de soledad, ahora se nos invita a mirar a lo alto, a subir a lo alto de la montaña, que es el Tabor pero que es anuncio también de la montaña de pascua, de Calvario pero que es anticipo y camino final de resurrección.
Dios, que un día le había pedido a Abrahán salir de su tierra, ahora le pide salir fuera y mirar al cielo. ‘Mira al cielo, le dice, cuenta si puedes las estrellas’. Pero en el evangelio vemos a ‘Jesús que cogió a Pedro, a Juan y a Santiago y subió a lo alto de la montaña para orar’. Por su parte en este mismo sentido terminará diciéndonos el apóstol Pablo ‘nosotros somos ciudadanos del cielo, de donde aguardamos a un Salvador: el Señor Jesucristo’.
Es necesario mirar a lo alto, subir a lo alto para poder contemplar el rostro de Dios. En el Antiguo Testamento será imagen repetida - Horeb, Sinaí… - la subida a lo alto de un monte para encontrarse con el Señor. Y ya no se trata de la subida física a una montaña con todo su esfuerzo, puesto que es una imagen, sino de esa otra subida, de esa otra ascensión interior que hemos de hacer desprendiéndonos de muchos impedimentos y ataduras para que en verdad nos abramos a Dios. Moisés tuvo que descalzarse en el Horeb porque se encontraba en la presencia del Señor.
‘Mientras oraba, el aspecto de su rostro cambió, sus vestidos brillaban de blancos’, nos narra sencilla y escuetamente el evangelista para hablarnos de la gloria de Dios que se manifiesta en Jesús transfigurado. Posteriormente nos dirá que una nube los envolvió y ‘una voz desde la nube decía: Este es mi Hijo, el escogido, escuchadle’.
Se manifiesta la gloria del Señor. Lo que ahora se contempla y se escucha en el Tabor resuena como en un eco de lo ya escuchado junto al Jordán cuando el bautismo de Jesús. Se nos manifiesta también ahora a nosotros la gloria del Señor cuando contemplamos esta teofanía de lo alto de la montaña, pero hemos de saber tener bien abiertos los oídos y los ojos del corazón para nosotros poder empaparnos de esta gloria del Señor.
Este camino que vamos haciendo en la Cuaresma y que nos conduce a la Pascua ha de ser también para nosotros una ascensión a la montaña alta como aquellos discípulos con Jesús. Tendremos que aprender a hacer esa ascensión y no tener miedo de lo que allí nos podamos encontrar. En ese esfuerzo de superación y de crecimiento que hemos de ir haciendo desde lo más hondo de nuestro corazón podríamos sentirnos en algún momento aturdidos o confundidos como les sucedía a Pedro y a los otros dos apóstoles, que primero ‘se caían de sueño’ y luego casi ‘no sabían lo que se decían’, llegando incluso a asustarse al entrar en la nube.
Nos dice el evangelista que en el momento en que Cristo se iba transfigurando ‘aparecieron dos hombres que conversaban con El que eran Moisés y Elías y hablaban de su muerte que se iba a consumar en Jerusalén’. Por eso decíamos antes que la subida al Tabor es también anuncio de Pascua, es anuncio de Calvario. Moisés y Elías son imagen de la ley y los profetas, o lo que es lo mismo son imagen de la Escritura Santa que guió al pueblo de Dios y que ahora nos está recordando a nosotros cómo hemos de dejarnos iluminar en el camino de nuestra vida por la Escritura Santa, por la Palabra de Dios que nos irá ayudando a dar esos pasos que nos llevan a la Pascua.
Frente a los temores o confusiones que nos pueden ir apareciendo en el camino de la vida siempre la Palabra del Señor es luz que nos ilumina; cuando tenemos luz en los oscuros caminos de la vida desaparecen los temores y nos sentimos seguros, por eso este resplandor que brilla hoy con la transfiguración de Jesús nos alienta y  nos anima a seguir con decisión nuestro camino hasta la Pascua, realizando toda esa transformación, esa transfiguración que necesitamos hacer en nosotros para resplandecer con la luz de la resurrección. Esa es la tarea profunda que hemos de ir realizando en este camino de la Cuaresma.
En el prefacio vamos a proclamar dando gracias al Señor que ‘después de anunciar su muerte a los discípulos, les mostró en el monte santo, el esplendor de su gloria, para testimoniar, de acuerdo con la ley y los profetas, que la pasión es el camino de la resurrección’.
‘Abrahán creyó al Señor y se le contó en su haber’, nos dice el texto sagrado. Por la fe un día se había dejado conducir por Dios y se había puesto en camino dejando atrás su casa y su parentela; ahora cree, a pesar de que es viejo y no tiene descendencia, lo que el Señor le dice que su descendencia será tan numerosa como las estrellas del cielo. Y aunque haya momentos duros cuando Dios le pida el sacrificio de su hijo o ante el misterio de Dios que se le manifiesta en momentos sienta un cierto temor, Abrahán es el hombre de la fe, el hombre que pone toda su confianza en Dios, que acepta su Palabra y en cierto modo cierra los ojos para dejarse conducir por el Señor. Abrahán es el hombre de la fidelidad permanente ejemplo para nosotros también de fidelidad. ‘Por la fe Abrahán obedeció a Dios’ y es el que supo tener siempre esperanza contra toda esperanza, como nos diría san Pablo de él.
Es el peldaño importante que nosotros hemos de saber subir en este camino de ascensión precisamente en este año de la fe que estamos recorriendo. Nuestra fe tiene que salir fortalecida en este camino y en los momentos que vivimos que no son siempre fáciles. Como nos dice el Papa en su mensaje para esta Cuaresma ‘La existencia cristiana consiste en un continuo subir al monte del encuentro con Dios para después volver a bajar, trayendo el amor y la fuerza que derivan de éste, a fin de servir a nuestros hermanos y hermanas con el mismo amor de Dios’.
Subamos, pues, al monte del encuentro con Dios y escuchemos la voz del Señor que nos habla en el corazón para que aprendamos a seguir con toda fidelidad el camino de Jesús. ‘La fe, don y respuesta, nos da a conocer la verdad de Cristo como Amor encarnado y crucificado... la fe graba en el corazón y la mente la firme convicción de que precisamente este Amor es la única realidad que vence el mal y la muerte. La fe nos invita a mirar hacia el futuro con la virtud de la esperanza, esperando confiadamente que la victoria del amor de Cristo alcance su plenitud’.
Como recordábamos al principio con el evangelio Jesús subió con aquellos discípulos a la montaña alta para orar. Tabor es el lugar de la oración, el lugar donde se manifiesta de forma admirable esa misteriosa presencia y experiencia de Dios. Hemos de saber encontrar ese Tabor para nuestra vida, ese momento en la altura de la oración para hacer ese silencio que nos haga sentir la presencia y la paz de Dios en nuestro corazón, que nos haga escuchar a Dios para encender más y más nuestra fe, fortalecer nuestra esperanza y caldear nuestro corazón en el amor.
Que nos sintamos tan a gusto como para decir con Pedro, aunque no sabía bien lo que se decía, lo bueno que es estar en el Tabor, en ese encuentro con el Señor, pero sabiendo que hemos de bajar porque hemos de llevar esa fe y ese amor a nuestros hermanos los hombres, hemos de sembrar esperanza frente a tanta desesperanza desde el anuncio de la vida y de la resurrección que ya no haremos solo con palabras sino con el testimonio vivo de nuestra vida.
Nuestra oración, nuestra Eucaristía, la escucha de cada día de la Palabra del Señor, como la celebración de todos los sacramentos tienen que ser en verdad un Tabor para nosotros por esa experiencia viva de encuentro con el Señor. Y siempre de ese Tabor también nosotros hemos de salir transfigurados.

sábado, 23 de febrero de 2013


Comienza a rezar por los demás y comenzarás a amarlos

Deut. 26, 16-19; Sal. 118; Mt. 5, 43-48
Mala cosa es cuando nos contentamos con ser uno de tantos y perdemos los deseos y los ánimos que nos estimulen a querer ser mejor cada día, superándonos para tener cada vez metas mas altas y que nos llenen de ilusión y de vigor. Es dejar que se nos envejezca el alma y eso nunca tenemos que permitírnoslo. Eso en todos los aspectos de la vida, que los años pueden pasar por nosotros, pero precisamente hemos de tener esa sabiduría de querer siempre lo mejor, de saber buscar siempre lo mejor y lo que es más importante.
En el camino del seguimiento de Jesús esto es algo muy importante. Porque seguir a Jesús no es simplemente hacer lo que todos hacen. Seguir a Jesús es querer escucharle en esas metas que nos propone para nuestra vida cuando nos anuncia el Reino de Dios tratando de que cada vez nuestro amor sea más sublime, porque siempre la meta y el modelo es el amor que El nos tiene. Por eso hoy le hemos escuchado decir ‘sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto’.
El texto que hemos escuchado forma parte, y parte muy central, del llamado sermón del monte donde nos va describiendo Jesús esas actitudes que han de adornar nuestra vida y todo eso que hemos de ir realizando para ir viviendo cada vez con mayor intensidad el estilo del Reino de Dios que nos propone.
Hoy nos habla del amor; un amor que no se puede reducir a amar simplemente a los que nos aman, de hacer el bien a los que nos hacen el bien. El estilo del amor que nos propone Jesús es un amor abierto a todos, un amor universal, un amor que no es simplemente amar a los otros porque los otros me aman y me hacen el bien.
Nos dice Jesús: ‘Habéis oído que se dijo: amarás a tu prójimo y aborrecerás a tu enemigo. Yo, en cambio, os digo: amad a vuestros enemigos, haced el bien a los que os aborrecen y rezad por los que os persiguen y calumnian’. Es sublime y maravilloso lo que Jesús nos propone, pero también hemos de reconocer que no está exento de dificultades. Un amor así, reconocemos, nos cuesta. Nos es más fácil decir que amamos a los que nos aman, a nuestros amigos y de los otros nos desentendemos. Pero Jesús quiere más para nosotros. Jesús nos propone metas más altas.
Como nos dirá a continuación ¿en que nos vamos a diferenciar de los gentiles o de los pecadores? Eso así lo hace cualquiera. Pero quien se dice seguidor de Jesús porque ha puesto toda su fe en El, ha de comprender cómo el amor tiene que ser como el caldo de cultivo de toda su vida, su razón de ser y de vivir. Quienes creemos en Jesús porque aceptamos su Reino entendemos que ya todos hemos de ser hermanos y como hermanos hemos de amarnos.
Ahí está, como decíamos antes, ese deseo de superar y de crecer que tiene que haber en nuestra vida; ese compromiso de hacer las cosas cada vez mejor y dejándonos conducir por el Espíritu de Jesús. El nos dirá que hemos de amar al hermano, y nos dirá que ese es su único mandamiento, tal como El nos ama a nosotros. Y si consideráramos bien esto, del amor que Jesús nos tiene que hemos de reconocer que no lo merecemos, nos daríamos cuenta cómo de esa manera hemos de amar a los demás. Los amamos no por sus merecimientos sino porque son unos hermanos y que son también amados de Dios.
Ya decíamos no es fácil, nos cuesta, pero con nosotros está la gracia del Señor. Es el camino que hemos de emprender, pero emprenderlo de verdad, comenzar a dar pasos de superación en esas actitudes y posturas de amor, en esos gestos de amor, en esas cosas positivas de amor que cada día hemos de tener para con los demás. En esa tarea no estamos solos porque nunca nos faltará la gracia y la fuerza del Señor. Para eso nos concede el don del Espíritu Santo que es espíritu de amor, de comunión, de perdón. Que vaya así creciendo cada día más y más nuestro amor. Comienza a rezar por los demás y comenzarás a amarlos.

viernes, 22 de febrero de 2013


Desde el consuelo y la esperanza de sentirnos amados y perdonados a un amor lleno de ternura y delicadeza

Ez. 18, 21-28; Sal. 129; Mt. 5, 20-26
‘Si llevas cuenta de los delitos, Señor, ¿quién podrá resistir? Pero de ti procede el perdón y así infundes respeto…’ Quiero comenzar la reflexión recogiendo y recordando de nuevo las palabras con que hemos rezado en el salmo. Palabras de consuelo y esperanza. Siempre está por encima de todo la misericordia del Señor. Qué triste vivir sin esperanza abrumado para siempre por nuestros pecados. Pero sabemos que tenemos un salvador; sabemos que Dios nos ama y en El encontraremos siempre el perdón.
Ese amor y perdón del Señor que, podríamos decir, es el empuje y aliciente más fuerte para cambiar y mejorar nuestra vida. No nos movemos impelidos por el temor. Cuando actuamos solo desde el temor pudiera ser que pronto lo olvidáramos y volviésemos a los antiguos caminos de pecados. Pero cuando nos movemos desde el amor, considerando lo que es el amor que el Señor nos tiene y el perdón que nos ofrece parece como que nos sentimos más obligados, obligados por el amor, a convertir nuestro corazón al Señor.
La lectura del profeta Ezequiel nos llena también de gozo en la esperanza. ‘¿Acaso quiero yo la muerte del malvado y no que se convierta de su camino y viva? Si el malvado se convierte de los pecados cometidos… ciertamente vivirá y no morirá’. Quiere el Señor nuestra vida. Para eso nos ha enviado a Jesús. Tanto es el amor que nos tiene que nos entrega a su Hijo. Y nos está buscando y llamando continuamente como el pastor que busca la oveja perdida, que nos dirá Jesús en el evangelio. Así es el amor que el Señor nos tiene.
Por eso Jesús nos señala en el evangelio por donde han de ir nuestros caminos para ser en verdad santos. No nos podemos quedar en meras formalidades ni nuestra santidad y nuestro amor los podemos construir sobre apariencias. Por eso nos dice hoy: ‘Si no sois mejores que los escribas y fariseos no entraréis en el Reino de los cielos’.
Y nos habla de la autenticidad de nuestro amor. De su profundidad, para no quedarnos en meras formalidades. Un amor que ha de envolver toda nuestra vida. Un amor que nos llena de una ternura y una delicadeza especial. Un amor que nos hace tener buen corazón. Un amor que nos llevará a mirar con ojos nuevos al hermano. Un amor que se ha de traducir en delicadeza en gestos y palabras.
El quinto mandamiento ‘no matarás’, nos viene a decir Jesús que es mucho más que el hecho de quitar la vida a una persona. Matar es quitar todo lo que afecta no solo a vida física sino también a la dignidad de la persona. Ahí se engloban muchas cosas. Si desde nuestro corazón odiamos al hermano, lo estamos matando en el corazón. Si desde nuestro corazón despreciamos de alguna manera al hermano, lo estamos matando desde nuestro corazón. Si lo tratamos mal, si en nosotros predomina la ira en nuestro trato, si le decimos palabras hirientes o tenemos gestos de menosprecio, si desde nuestro corazón nos dejamos llevar por el orgullo o en la envidia en la manera que consideremos al otro, estamos matando desde nuestro corazón al hermano. Es lo que nos viene a decir Jesús que aún podríamos traducirlo en muchas más cosas. Por eso hablábamos de que ese amor ha de traducirse en la ternura y en la delicadeza con que tratemos al hermano.
Y terminará diciéndonos Jesús que no podremos tener buena relación con El, con Dios, si no tenemos de corazón buena relación con el hermano, para comprender y para perdonar, pero también para amar y ser capaz de pedir perdón. ‘Vete primero a reconciliarte con el hermano’, nos dice Jesús, antes de presentar nuestra ofrenda ante el altar. Por eso al enseñarnos a orar nos ha enseñado a decir que le pedimos perdón al Señor así como nosotros también hemos antes perdonado a los que nos hayan ofendido.
Muchas cosas tenemos que ir revisando en nuestro camino cuaresmal hacia la Pascua para que lleguemos a una verdadera y autentica celebración del misterio pascual sintiendo la renovación de la gracia en nuestra vida. 

jueves, 21 de febrero de 2013


Tantas veces hemos experimentado que el Señor nos escucha

Esther, 14, 1.3-5.12-14; Sal. 137; Mt. 7, 7-12
‘Cuando te invoqué, me escuchaste, Señor’. Con qué seguridad y con qué gozo se expresa el salmista. El gozo y la seguridad que sentimos nosotros también porque sabemos que el Señor siempre nos escucha. Parece como que da saltos de alegría el salmista y quiere contar a todos y quiere hacer sonar todos los instrumentos para que todos sepan y todos canten con él la gloria del Señor.
‘Te doy gracias de todo corazón, delante de los ángeles tañeré para ti… acreciste el valor en mi alma… el Señor completará sus favores conmigo porque tu misericordia es eterna…’ Quiere expresar cómo en la situación difícil no le falto la respuesta del Señor que le dio fortaleza a su alma - ‘acreciste el valor en mi alma’ -  para emprender la tarea que tenía que realizar o salir del peligro en que se encontraba porque el Señor nunca nos abandona.
Es lo que finalmente sentiría en su alma la reina Esther cuando se van sucediendo las cosas y al final podrá librar a su pueblo de la condena que pesaba sobre él. Por distintas circunstancias, Esther, una doncella judía, ha llegado a ser la esposa del rey. Pero ahora por las maquinaciones de Amán el pueblo está en peligro de ser exterminado. Mardoqueo le hace ver a la reina Esther que si ella está junto al rey será porque el Señor la ha puesto allí providencialmente para que sea salvación para su pueblo. Pero se siente sin fuerzas para interceder ante el rey porque no puede presentarse ante él si no es llamada. Es lo que provoca la oración que hoy escuchamos en el texto de la primera lectura; oración que va acompañada también por las súplicas y ayunos de todo su pueblo para que ella encuentre valor para realizar su misión.
Hermosa oración de confianza total puesta en el Señor con la certeza de que Dios va a poner las palabras adecuadas en sus labios para poder interceder ante el rey. ‘Pon en mi boca un discurso acertado cuando tenga que hablar ante el león’, pide Esther a Dios. Nos recuerda cómo Simón Pedro poniendo toda su confianza en el Señor se pone manos a la obra y echa las redes al lago cuando pensaba que allí no habría pesca posible; pero en el nombre del Señor los hace - ‘por tu palabra echaré las redes’ - y ya sabemos lo grande que fue la redada.
Una hermosa lección y un profundo mensaje. Cuántas veces nos vemos débiles o incapaces de realizar la obra que quizá se nos ha confiado; cuántas veces nos sentimos indefensos en nuestra lucha por ser mejores, en nuestro esfuerzo por superar situaciones difíciles, en el empeño que cada día queremos poner en nuestro trabajo por los demás o el cumplimiento de nuestras responsabilidades.
No tenemos por qué sentirnos débiles, incapaces o indefensos, porque con nosotros está el Señor. Lo que hemos de saber hacer es invocar el nombre del Señor, impetrar esa gracia que necesitamos que tenemos la certeza de que el Señor nos la dará. Nos sucede muchas veces que a pesar de que decimos que somos cristianos, personas creyentes, sin embargo actuamos como si no lo fuéramos porque no sabemos acudir a la gracia del Señor.
Hoy nos lo repite Jesús en el evangelio. ‘Pedid y se os dará, buscad y encontraréis, llamad y se os abrirá; porque quien pide recibe, quien busca encuentra y al que llama se le abre’. Y nos pone ejemplos Jesús de lo que hará un padre con su hijo para decirnos cómo actuará el Señor con nosotros. Pedir, buscar, llamar; no sabemos cómo hacer, no nos sentimos con fuerzas, estamos desorientados, busquemos en el Señor, invoquemos a Dios; en El encontraremos siempre esa luz y esa fuerza que necesitamos. Siempre el Señor estará a nuestro lado con la luz y la fuerza de su gracia.
Podemos decir con toda razón tal como hemos repetido en el salmo: ‘Cuando te invoqué, me escuchaste, Señor’. Y seguro que ahí en el corazón tenemos tantos recuerdos de tantas experiencias de haber sentido cómo el Señor nos ayudaba, cómo en tantos momentos casi sin saber por qué surgieron en nuestros labios palabras que parecían que no eran nuestras, o realizamos tantas cosas que nos parecía que éramos incapaces de hacerlas. El Señor nos escuchó y estuvo a nuestro lado con su gracia. Démosle gracias al Señor.

miércoles, 20 de febrero de 2013


Los ninivitas se convirtieron con la predicación de Jonás y nosotros tenemos a Jesús

Jonás, 3, 1-10; Sal. 50; Lc. 11, 29-32
‘Un corazón quebrantado y humillado, tú no lo desprecias’. Así hemos ido repitiendo mientras nos reconocíamos pecadores delante del Señor invocando su misericordia con el salmo 50. Ha sido la respuesta que hemos ido dando a la palabra que se nos proclamaba donde contemplábamos el testimonio admirable de la ciudad de Nínive que a la voz del profeta convirtió su corazón al Señor. ‘Como vio Dios sus obras y cómo se convertían de su mala vida, tuvo piedad de su pueblo el Señor Dios nuestro’.
Al profeta Jonás le había costado aceptar su misión. Se sentía incapaz de ir en nombre del Señor a aquella gran ciudad - ‘Nínive era una ciudad enorme, tres días hacían falta para atravesarla’ que dice el texto sagrado -, por otra parte una ciudad infiel, y había intentado huir embarcándose en dirección contraria. Suceden muchas cosas, que otros momentos hemos comentado, y finalmente el profeta accedió a ir a predicar la conversión en aquella gran ciudad.
Los caminos de Dios son admirables y el poder la gracia divina obra maravillas. Donde al profeta le parecía difícil o casi imposible que la gente se convirtiera a la llamada del Señor sin embargo hay una respuesta admirable porque ‘los  ninivitas creyeron en Dios, proclamaron un ayuno y se vistieron de sayal, grandes y pequeños’. La gracia del Señor vino sobre aquellos corazones que llenos de humildad supieron reconocer su pecado y convertirse al Señor.
Creo que puede ser un hermoso testimonio y ejemplo, una llamada también a nuestro corazón que muchas veces nos creemos orgullosamente nosotros buenos y no somos capaces de reconocer que en los demás también hay cosas buenas o también pueden responder positivamente a la gracia del Señor.
Es el corazón humilde con que nosotros hemos de acercarnos al Señor para alcanzar misericordia. Nunca las posturas orgullosas o llenas de soberbia fueron buenas y en nada nos ayudan. Es con sencillez y humildad cómo podemos ganarnos el corazón de los demás y facilita el encuentro y la convivencia con los que están a nuestro lado. Las posturas arrogantes nos alejan de los demás como también nos alejan de la gracia del Señor, del conocimiento de Dios y de la vivencia de una auténtica vida cristiana.
Este testimonio de la conversión de los ninivitas se lo recordará Jesús a los judíos de su tiempo. ‘Cuando sea juzgada esta generación, los  hombres de Nínive se alzarán y harán que los condenen; porque ellos se convirtieron con la predicación de Jonás, y aquí hay uno que es más que Jonás’. ¿No nos ayuda esto a reflexionar nosotros sobre la respuesta que le damos a tantas invitaciones que cada día desde la Palabra del Señor recibimos para convertir nuestro corazón a Dios y sin embargo muchas veces continuamos encerrados en nuestra condición pecadora sin hacer mucho por cambiar nuestra vida?
Muchas veces parece como que nosotros estamos pidiendo milagros y cosas maravillosas y extraordinarias para mover nuestro corazón a la fe y a un verdadero seguimiento de Jesús. Pero el milagro no lo hemos de buscar externamente, sino que el milagro tenemos que realizarlo dentro de nosotros, en nuestro corazón. Porque es nuestro corazón el que tiene que cambiar, el que tiene que transformarse con la fuerza de la gracia del Señor. Y esto es algo que nos cuesta, porque muchos quizá con los apegos que tenemos en nuestro interior.
Dejémonos transformar por la gracia; dejémonos conducir por el Espíritu del Señor que es el que mueve los corazones y tratemos de vivir los caminos de la fidelidad y del amor. Esta es la tarea que hemos de ir realizando en nuestro camino cuaresmal, un camino de ascensión que nos lleva a la gloria de la Pascua.

martes, 19 de febrero de 2013


Palabra y oración, diálogo de amor con Dios

Is. 55, 10-11; Sal. 33; Mt. 6, 7-15
‘Cuando recéis no uséis muchas palabras como los paganos, que se imaginan que por hablar mucho les harán caso…’ Palabras sorprendentes de Jesús cuando nos habla de la oración. Nos dirá en otros momentos ‘pedid y recibiréis, llamad y se os abrirá… porque quien pide recibe y a quien llama se le abre…’ Y nos habla muchas veces de la perseverancia en la oración. ¿Están en contradicción unas y otras palabras? De ninguna manera.
Quiere Jesús que nuestra oración sea auténtica, viva, profunda. Es cierto que son muchas las cosas que hemos de pedirle al Señor, pero nuestra oración no puede quedarse solo en peticiones, ni en solo peticiones de cosas materiales.
La oración ha de ser como un diálogo de amor, de quien se siente amado y que al mismo tiempo quiere amar con toda profundidad, con toda intensidad a quien le ama. Por eso, cuando nos enseña a orar de alguna manera nos está enseñando a disfrutar de la presencia del amado, de la presencia de Dios en nosotros, con nosotros, en lo más hondo de nuestra vida; y su presencia es una presencia de amor que nos llena de luz y de vida.
Por eso en la oración que Jesús nos enseña hacer la primera palabra que hemos de saborear en ‘padre’. Es saborear más que una palabra; es saborear una presencia llena de amor. De un padre nos sentimos queridos; a un padre siempre le ofreceremos todo nuestro amor. Es la necesaria correspondencia.
Y no olvidamos que ese padre que nos ama es Dios; el Creador y todopoderoso, que lo llena todo con su inmensidad y con su sabiduría; el Dios que nos manifiesta su gloria en sus obras, las obras de toda la creación, y la obra preferida de su creación que somos nosotros; es el Dios que nos ama con un amor infinito y no se cansará nunca de ese amor que nos tiene de manera que a pesar de nuestras infidelidades y de que tantas veces rompemos esa cadena de amor, sigue amándonos ofreciéndonos su gracia y su perdón, regalándonos a su Hijo para darnos su salvación.
Por eso le decimos ‘padre’ y al tiempo queremos dar gloria siempre a su santo nombre; decimos ‘padre’ y queremos hacer en todo su voluntad; decimos ‘padre’ y al abrir nuestro corazón a su amor lo estamos abriendo a su Palabra de vida que queremos siempre escuchar; decimos ‘padre’ y sentimos que es nuestro único Señor y eso lo querremos proclamar con toda nuestra vida y es por eso por lo que decimos que queremos vivir en su Reino que llega a nosotros.
No hacen falta muchas palabras; solo una es necesaria, que sepamos decir ‘padre’ en su más hondo sentido y ya todo surgirá casi como de espontáneo de nuestro corazón, o mejor, todo nos vendrá desde el corazón de Dios que es un corazón de padre que nos ama y nos llenará siempre de su gracia y de sus bendiciones. Decimos ‘padre’ y nos sentimos bendecidos de Dios porque además ya nos dará cuanto necesitemos en el pan y necesidad de cada día. Decimos ‘padre’ y nos sentiremos ya para siempre fortalecidos con su gracia que nos libera de todo mal, pero que también nos hará tener esas actitudes nuevas del amor para cuantos nos rodean.
Nuestra oración será, como decíamos, un verdadero diálogo de amor. Ya no será todo lo que nosotros le podamos decir sino será lo que allá en lo hondo del corazón estaremos sintiendo que nos dice Dios. Le decimos ‘padre’ y nos sentiremos interpelados por su palabra que caerá sobre nuestro corazón como esa lluvia que empapa la tierra, la fecunda y la hace germinar. No podemos decir en verdad ‘padre’ para dirigirnos a Dios sin sentir desde lo más hondo del corazón el compromiso por una vida nueva, una vida llena de amor para Dios y también para nuestros hermanos.
Cuando oréis ‘vosotros rezad así: padre nuestro del cielo, santificado sea tu nombre…’ No hacen falta más palabras. Solo disfrutemos de ese amor de padre que nos tiene Dios.

lunes, 18 de febrero de 2013


Hermoso y exigente compromiso como camino de plenitud, ser santos

Levítico: 19, 1-2. 11-18; Sal. 18; Mt. 25, 31-46
‘Seréis santos, porque yo, el Señor vuestro Dios, soy santo’. Sublime mandato: ‘Seréis santos’. Sublime modelo de santidad: ‘Yo, el Señor vuestro Dios, soy santo’.
Contemplamos la santidad de Dios y en lugar de quedar como fulminados por tan infinitos resplandores, nos sentimos elevados. Había el sentimiento o la sensación de que quien se acercar a Dios y quisiera atreverse a mirarle cara a cara, quedaría aniquilado, moriría. Pero  no es así, sino todo lo contrario. La santidad no es algo lejano que no esté a nuestro alcance; es más, es el camino cierto que  hemos de recorrer; es la meta segura a la que tenemos que aspirar; es la vida que hemos de vivir. No es ni un camino, ni una meta ni un estilo imposible de alcanzar. Es el camino, la meta y la vida a la que se nos invita.
Pero hemos de unir el mensaje del Levítico con el que Jesús luego nos ofrece en el evangelio. Jesús no vino a abolir la ley de Dios, sino a darle plenitud. Será lo que nos va a enseñar en el evangelio, la plenitud a la que hemos de aspirar en nuestra santidad.
En el Levítico se nos dice que tenemos que ser santo y para ello se nos señala en principio lo que no tenemos que hacer. ‘No robaréis, no mentiréis, no engañaréis a vuestro prójimo, no juraréis en falso, no seréis injustos,  no odiarás…’  Se nos van desgranando todos y cada uno de los mandamientos. En quien aspira a alcanzar esa santidad a la que se nos invita porque tenemos que parecernos al Señor nuestro Dios que es santo todas esas cosas no caben en su vida, es para ni siquiera nombrarlas.
Y es cierto, por ahí tenemos que caminar evitando todo eso malo en la vida. Pero viene Jesús que nos dice que nos quiere conducir a la plenitud, ¿y qué nos dice? No solo no debemos hacer todas esas cosas sino que además hemos de amar con un amor nuevo. Ya no es solo no robar o no dañar al prójimo ni ser injusto, sino que ademas hemos de amarlo de tal manera que de lo que es nuestro tenemos que compartir, porque hemos no solo no quitar sino dar, porque hemos de dar de comer al hambriento, de beber al sediento, de visitar al enfermo, de hospedar al peregrino, de acompañar al que está en la cárcel.
Es el camino de plenitud al que nos conduce Jesús. Es la santidad en plenitud que hemos de alcanzar los que nos decimos seguidores de Jesús porque creemos en El y hemos optado por su sentido de vida. Y ¿por qué hemos de hacerlo? ‘Porque todo lo que hicísteis con uno de estos humildes hermanos, conmigo lo hicísteis’. Es tan hermoso porque no solo miraremos siempre al otro en toda su dignidad de persona, sino que además en él estaremos siempre viendo a Jesús. Y todos los gestos y detalles que tengamos con la otra persona es como si se los estuviéramos haciendo a Jesús.
Por ahí van los caminos del que se llama cristiano. Por ahí han de ir los caminos de santidad de quien dice que tiene fe en Jesús. Y es que vemos en el otro a Jesús, y amamos al otro con el amor de Jesús. Queremos parecernos a Jesús y queremos vivir su mismo estilo y sentido de santidad. Si en el Antiguo Testamento nos decía que tenemos que ser santos como el Señor nuestro Dios es santo, ahora la imagen de Dios que tenemos ante nuestros ojos es Jesús, imagen de Dios invisible. Y en la santidad nos parecemos a Jesús por cuanto por la acción del Espíritu en Jesús nosotros hemos comenzado también a ser ya hijos de Dios. Y si somos hijos en el Hijo, con el Hijo que es Santo nosotros tenemos que ser también santos.
Hermosa tarea que tenemos en nuestras manos y en nuestra vida. Hermoso recorrido el que tenemos que ir haciendo en este camino de preparación a la Pascua. Hermoso y exigente compromiso que tenemos para nuestra vida, ser santos. Con nosotros está la fuerza del Espíritu para realizarlo.

domingo, 17 de febrero de 2013


Encrucijadas en las que tenemos siempre un Norte, Jesús

Deut. 26, 4-10; Sal. 90; Rom. 10, 8-13; Lc. 4, 1-13
‘Jesús, lleno del Espíritu Santo, volvió del Jordán y, durante cuarenta días, el Espíritu lo fue llevando por el desierto, mientras era tentado por el diablo’. Así ha comenzado el texto del evangelio en este primer domingo de Cuaresma. El pasado miércoles con la imposición de la ceniza comenzamos nuestro camino de ascensión cuaresmal que nos conduce a la Pascua; nos prepara para su celebración, pero nos prepara, hemos de decir, para vivir la pascua. Es tradicional en nuestra liturgia que siempre en este primer domingo de Cuaresma contemplemos y meditemos las tentaciones de Jesús en el desierto.
Confieso que al escuchar este evangelio me quedé rumiando en mi interior este hecho de Jesús conducido por el desierto. Cuántas cosas nos evoca el desierto. Recordaba un relato leído recientemente que hablaba de unas personas perdidas en un desierto. Pensamos en un lugar inhóspito, duro y difícil; sentirse en medio del desierto te hace escuchar el silencio, un silencio que te envuelve pero un silencio que quizá comiences también a sentir por dentro sembrando quizá muchas inquietudes; caminar por un lugar desierto sin mayores puntos de referencia te hace sentir la soledad, el abandono quizá en las muchas carencias que vamos a tener mientras lo recorremos, el sentirte como perdido y desorientado, lo que puede provocar una cierta angustia en el alma.
El silencio y la soledad que sientes en un lugar desierto, la búsqueda intensa que pueda realizar queriendo encontrar caminos o salidas quizá te hacen pensar, reflexionar en ti mismo como en una búsqueda de respuestas a los muchos interrogantes que puedan surgir, pero puede ser también un momento de prueba que te haga descubrir lo que es verdaderamente importante en tu vida, en lo que haces o has hecho o en lo que vas a hacer de ahora en adelante. Quizá después de un desierto las cosas se verán de otra manera.
¿Necesitamos quizá ir al desierto para que nos planteemos las cosas, la vida misma, con mayor seriedad o con un nuevo sentido? Alguna vez quizá nos vendría bien una experiencia así, porque si somos capaces de superar la prueba saldríamos más fortalecidos y probablemente habiendo descubierto lo que es verdaderamente importante en la vida, con una nueva visión.
¿Sería algo así ese caminar de Jesús por el desierto a donde había sido conducido por el Espíritu, pero donde fue tentado por el diablo? El evangelista nos habla de tres tentaciones provocadas quizá por esas carencias por una parte de que ‘todo aquel tiempo estuvo sin comer y al final sintió hambre’, o porque dentro del espíritu de Jesús estaba surgiendo toda aquella misión mesiánica que tendría que realizar.
¿Sería con el milagro fácil de convertir las piedras en pan como habría de presentarse Jesús como Mesías del pueblo de Israel? ¿Sería la apoteosis de una caída desde el pináculo del templo con los ángeles tomándolo entre sus manos para que su pie no tropezara en ninguna piedra como el pueblo lo reconocería como Mesías Salvador? En el Reino de Dios que iba a proclamar todos habrían de reconocer que Dios era el único Señor del hombre y de la historia ¿cómo recuperar ese mundo que estaba bajo el poder del maligno? ¿a qué tendría que someterse Jesús? ¿afrontaría la pasión y la muerte o se sometería a las fuerzas del maligno? Habrá también otros momentos en el evangelio donde vemos a Jesús sufrir esa turbación y esa prueba.
De alguna manera así nos presenta el evangelista las tentaciones a las que el diablo sometió a Jesús, las cosas que pudieron pasar por su mente y por su corazón en aquel momento en que iba a comenzar a anunciar el Reino de Dios y que tanto le iba a costar.
Son preguntas, son interrogantes que se plantean también en el interior del hombre cuando quiere encontrar un sentido y un valor para su vida. Son preguntas e interrogantes que sentimos muchas veces en esa soledad interior, en ese silencio que sentimos por dentro cuando nos parece encontrarnos desorientados y sin saber que rumbo tomar.
Dudamos si escogemos entre un camino fácil en el que encontremos satisfacciones prontas y meramente sensibles, un camino en búsqueda de aplausos haciendo simplemente lo que a los demás les agrada, un camino de búsqueda de triunfos - siempre sentimos ansias de poder o de riquezas en nuestro interior - a base de lo que sea aunque fuera vendiendo nuestra alma al diablo como se suele decir, o si seremos capaces de escoger el camino de la rectitud y de la responsabilidad, el camino que nos lleve a encontrar un sentido hondo de la vida aunque ello entrañe sacrificio, entrega, olvidarnos quizá de nosotros mismos siendo capaces de hacernos los últimos, porque lo que queremos es el bien de la persona, de toda persona y hacer un mundo mejor y mas justo. Una encrucijada en la que nos encontramos tantas veces.
En las respuestas que Jesús fue dando a cada una de aquellas tentaciones encontramos también la manera de cómo nosotros hemos de responder a todo eso que se nos pueda plantear tantas veces en nuestro interior. No es por el camino de grandezas humanas o vanidades, no es por un camino de poder donde siempre quedemos por encima del otro por donde vamos a encontrar la verdadera respuesta. No podemos perder el rumbo de nuestra vida y la Palabra de Dios tiene que ser nuestra luz y nuestro alimento de cada día. Sabemos bien cuál es el camino y si seguimos a Jesús para nosotros no habrá desorientación.
Fuertes pueden ser las pruebas, las tentaciones, los momentos malos por los que podamos pasar en la vida, pero sabemos donde está nuestra fortaleza y la gracia que nunca nos faltará para vencer la tentación. Cada día le pedimos al Señor que nos libre del mal y no nos deje caer en la tentación. Nunca nos podemos sentir solos porque la presencia de Dios nos acompaña, pero el Señor además ha puesto a nuestro lado a los hermanos, los demás hombres y mujeres, con los que tenemos que saber vivir en comunión de hermanos y amándonos siempre y nunca desentendiéndonos de los demás.
Miramos el evangelio y sabemos cual es el camino que hemos de tomar. Con Jesús a nuestro lado nunca nos sentiremos desorientados y sin saber qué camino tomar. Miramos el evangelio y nunca nos sentiremos a oscuras porque su luz nos estará siempre iluminando haciendo que encontremos un sentido y un valor a todo lo que vivamos, aunque sean momentos duros de sacrificio, de sufrimiento y dolor quizá. ‘El Señor está siempre junto a nosotros en la tribulación’, que decíamos en el salmo. Miramos el Evangelio y nos sentiremos fortalecidos en nuestra fe cuando vemos a Jesús que va caminando delante de nosotros enseñándonos a tomar su cruz para seguirle, pero sabiendo que en esa cruz que es el sacrificio, que es la entrega, que es el amor y el darnos por los demás está nuestra verdadera victoria.
Ahora estamos emprendiendo este camino cuaresmal que nos conduce a la Pascua y no tememos ir al desierto, al silencio, a la oración. No temamos ir al desierto ni el hacer silencio en nuestro interior. No tengamos miedo a la prueba y a los interrogantes que se nos planteen dentro de nosotros. En ese desierto y en ese silencio dejémonos, como Jesús, conducir por el Espíritu.
En ese silencio de nuestra oración vayamos iluminando todas esas situaciones de nuestra vida desde la fe, vayamos rumiando y reflexionando todas esas cosas que nos suceden o que se nos plantean sabiendo que de este desierto, de este camino que nos pudiera parecer duro en el sacrificio que vayamos haciendo, vamos a salir fortalecidos en la fe y en el amor y resplandecientes de luz en la noche de la pascua, porque nos sentiremos con vida nueva, nos sentiremos resucitados y vencedores con Cristo resucitado.
Emprendamos con decisión el camino de la Pascua como Jesús emprendió el camino de subida a Jerusalén.