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lunes, 4 de mayo de 2009

Lo que Dios ha declarado puro, no lo llames tú profano

Hechos, 11, 1-8
Sal. 41
Jn. 10, 1-10


‘Los apóstoles y los hermanos de Judea se enteraron de que también los gentiles habían recibido la Palabra de Dios’. Un motivo de alegría podemos pensar. La fe en Jesús se iba propagando y ya no sólo era entre los judíos, sino que también los gentiles abrazaban la fe.
Pero descubrimos algo en el fondo de todo esto porque ‘cuando Pedro subió a Jerusalén, los partidarios de la circuncisión le reprocharon: has estrado en casa de incircuncisos y has comido con ellos’. Pedro se explica y cuenta la visión que había tenido en la que el Señor le manifestaba que ‘lo que Dios ha declarado puro, no lo llames tú profano’.
Y Pedro dejándose conducir por el Espíritu del Señor Jesús fue actuando. ‘El Espíritu me dijo que me fuera con ellos sin más’, explica Pedro. El ángel del Señor se le había manifestado a aquel hombre diciéndole también: ‘lo que te diga te traerá la salvación a ti y a tu familia…’ Y Pedro comentará que ‘bajó sobre ellos el Espíritu Santo igual que había bajado sobre nosotros al principio…’ Al final todos alabaron a Dios porque ‘también a los gentiles les ha otorgado Dios la conversión que lleva a la vida’.
El Evangelio es para todos los hombres, porque Dios quiere que todos los hombres se salven, porque Jesús ha venido para que tengamos vida y vida en abundancia. El mandato de Jesús en su Ascensión será que vayamos por todo el mundo y anunciemos el evangelio de la salvación a toda la creación. No hace Jesús distinciones sino que quiere que todos alcancen la salvación.
En el trasfondo de este hecho que se nos ha narrado hoy hay un problema que está surgiendo en aquella primera comunidad cristiana, pero que tendríamos que pensar si de una forma o de otra también pudiera dársenos en nuestro tiempo, en todo tiempo. Nos ha hablado de los partidarios de la circuncisión y ese será un tema que resolverá más tarde el concilio de Jerusalén, como ya escucharemos. Comprensible en cierto modo dado que los primeros seguidores de Jesús formaban parte del pueblo judío, del pueblo de Israel. Y fue en cierto modo algo que les costó esa apertura del evangelio y el anuncio de la salvación a todos los hombres sin ningún límite de raza o de lugar.
Pensando en nosotros y en situaciones por las que podamos pasar, no hemos de creernos tan poseedores de la verdad como si fuera para nosotros solos o sólo nosotros seríamos los capaces de ser cristianos y vivir el seguimiento de Jesús. Algunas veces ponemos también nuestras reticencias. Quiero explicarme bien en lo que quiero decir.
Pensamos quizá en la Iglesia misionera, pero pensando sólo en pueblos y lugares lejanos, a los que quizá consideramos pobrecitos a los que tenemos que ir a misionar. El ardor misionero que podamos sentir en nuestro corazón por una parte no nos puede hacer que nos consideremos mejor que los demás, y por otra parte ese ardor misionero tendría que hacernos pensar también en tantos a nuestro lado, en nuestra cercanía a los que también tenemos que anunciar el evangelio.
Pero, o damos por supuesto que todos a nuestro alrededor son cristianos , o si vemos a alguien que está alejado de la fe o vive una vida muy lejana a unos valores y principios cristianos, quizá no pensamos cómo esas personas necesitan también de ese anuncio de la Buena Nueva de Jesús. Pero algunas veces decimos, pero si esas personas son como son, y nada las va a cambiar. ¿Por qué pensamos así y tenemos esa desconfianza?
Quizá han vivido en el error o en una vida llena de desórdenes morales por ignorancia, o porque nosotros no les supimos trasmitir la verdad de nuestra fe o les damos un anti-testimonio con nuestra vida. Es una cosa en lo que pienso mucho. ¿Por qué no sabemos sacar de la ignorancia y del error a los que vemos alrededor que van por otros caminos? Y me pregunto también si en verdad con nuestra vida somos testigos de nuestra fe que atraigamos a los demás a seguir a Jesús.
Siento mucho dolor en el alma, y no quiero juzgar a nadie, cuando uno ve personas que se creen muy perfectas y cumplidoras pero luego son inmisericordes con los otros, desprecian o rechazan a los demás porque los consideran menos, discriminan con sus prejuicios. Para mi situaciones así, que se den en personas de iglesia, son tristes y dolorosas y lo considero un anti-testimonio.
Si nos sentimos seguros y firmes en nuestra fe, queremos en verdad ser seguidores de Jesús que queremos vivir el evangelio la misericordia tiene que abundar en nuestro corazón, nunca podemos condenar ni discriminar, sino que siempre tenemos que ser acogedores de corazón para que los demás puedan también descubrir esa luz de la verdad de Jesús. Es con nuestro amor y misericordia como hemos de hacer el mejor anuncio de Jesús.

domingo, 3 de mayo de 2009

Yo soy el Buen Pastor que doy mi vida por mis ovejas...


Hechos, 4, 8-12;

Sal. 117;

1Jn. 3, 1-2;

Jn. 10, 11-18


A veces es difícil explicarnos y para expresarnos mejor utilizamos imágenes que nos ayuden a introducirnos en el hondo contenido de nuestra fe. Así nos lo expresa hoy la liturgia y la propia palabra de Dios proclamada. Piedra angular, rebaño, pastor, praderas eternas son algunas de las imágenes que hoy se nos presentan.
La imagen del Buen Pastor con que se nos presenta a sí mismo hoy Jesús en el Evangelio es la figura central que incluso da nombre a este cuarto domingo del tiempo de Pascua. Imagen de gran riqueza que se ve complementada con la del rebaño que le sigue y que le escucha y que, adquirido por la sangre de Jesús, que da su vida por nosotros, está llamado a gozar eternamente de las verdes praderas de su Reino, como decimos en una de las oraciones de la liturgia, y allí donde la veremos tal cual es, como nos dice san Juan en su carta hoy.
Se completa además con la imagen que nos presenta Pedro, tomada de los salmos, que llama a Cristo lan piedra angular de nuestra historia y nuestra vida, aunque fuera desechada por los arquitectos. Cristo es el centro y la trabazón de nuestra vida y de la comunidad cristiana que en torno a Cristo se congrega, la Iglesia.
Sí, Cristo, Buen Pastor de nuestra vida. No el asalariado al que no le importan las ovejas y huye cuando ve venir el lobo. 'Yo soy el Buen Pastor que da la vida por las ovejas...' Cristo que da su vida y la da libremente. 'Nadie me la quita', nos dice. Estamos en la Pascua y no está lejana la imagen de la entrega de Jesús, cuando en la prueba más grande del amor, muere en la cruz por nosotros.
Cristo, Buen Pastor, que da la vida para que nosotros tengamos vida. Cristo, Buen Pastor, que nos alimenta, pero siendo El mismo nuestro alimento, cuando en la Eucarístía se hace pan para que le comamos y así tengamos vida para siempre. 'Todo el que ve al Hijo y cree en El, tenga vida para siempre, vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día... el pan que yo os daré es mi carne, para la vida del mundo'.
Cristo, Buen Pastor, que nos guía y nos conduce. 'Pastor, que con tus silbos amorosos me despertaste del profundo sueño; tú que hiciste cayado de ese leño en que tiendes tus brazos amorosos...', que nos diría el místico poeta. 'Yo soy el Buen Pastor que conozco a mis ovejas y las mías me conocen... y escucharán mi voz'. Ahí está el alimento de su Palabra que nos ilumina y nos señala caminos, que nos llama y nos invita a ir con El y seguirle para vivir su vida, para llenarnos de su amor; ese amor grande que nos inunda de tal manera que al hacernos partícipes de su vida nos hace hijos. No sólo nos llama sino que nos hace hijos. 'Mirad qué amor más grande ha tenido el Padre para llamarnos hijos, pues ¡lo somos!'
¿Qué nos queda a nosotros? Escuchar su voz y seguirle. Reconocer su voz, reconociéndole como nuestro Pastor, pero también como nuestra vida, nuestra luz, nuestra salvación. Creer en El y alimentarnos de su vida. ¡Como no vamos a creer en El y seguirle cuando de tal manera nos ha manifestado su amor! Tenemos que sentirnos gozosos cuando así somos amados. Ansiosos hemos de estar de su Palabra y de su vida. Es nuestra salvación, nuestra luz, nuestra paz y nuestro gozo.
Pero una consideración más tenemos que hacernos en este día. Cristo, Buen Pastor, se hace presente en su Iglesia y ante el mundo en aquellos que El ha dejado para que en su nombre realicen ese oficio y esa función de pastores en el pueblo de Dios. Podríamos decir que son como una prolongación de Cristo, es más, para el pueblo de Dios son otros 'cristos', porque, llamados por Cristo, realizan su misma misión.
Es la valoración que la comunidad cristiana ha de hacer de sus pastores, porque en nombre de Cristo apacientan el pueblo de Dios. Indignamente, porque somos tan pecadores como los demás, como frágiles vasijas de barro, pero a través de las cuales Cristo quiere hacernos llegar su gracia en el anuncio de la Palabra y en la celebración de los sacramentos. Valoración que se ha de manifestar sobre todo en la oración que la comunidad cristiana hace por sus pastores. ¡Cuánto bien nos hace esa oración que hacéis por los sacerdotes y por todos los consagrados al Señor! Es la gracia del Señor que necesitamos y el Señor nos concede por vuestra oración, pero también es como un estímulo en nuestro camino de superación hacia la santidad que tendría que brillar en nuestras vidas.
Pero oración también por las vocaciones, para que el Señor siga llamando a quienes han de ser pastores del pueblo de Dios. Hoy es una Jornada de oración por las vocaciones sacerdotales y a la vida consagrada. 'La mies es abundante y los obreros son pocos... rogad al dueño de la mies para que mande operarios a su mies', nos enseña Jesús mismo a pedir en el evangelio.
Y cuánto cuesta en la sociedad que hoy vivimos, tan carente de valores, tan renuente al sacrificio y a la entrega sin límites, que surjan vocaciones de almas intrépidas que se sientan llamadas por el Señor, que puedan escuchar su llamada en su corazón en medio de tantos ruidos de la vida, y que den respuesta valiente y con coraje para entregarse al servicio del pueblo de Dios.
Que nuestras familias cristianas por la educación en los verdaderos valores y en los principios cristianos y evangélicos sean semilleros de vocaciones. Que se cultiven en nuestras parroquias y comunidades cristianas. Roguemos al dueño de la mies.

sábado, 2 de mayo de 2009

¿Qué decimos? ¿Este modo de hablar es duro, o tus palabras son Espíritu y Vida?

Hechos, 9, 31-42
Sal. 115
Jn. 6, 53-70


¡Qué difícil le era en ocasiones a los discípulos llegar a entender lo que Jesús les decía y les pedía! Nos encontramos diversas situaciones así en el evangelio. En una ocasión nos relata un evangelista que vinieron los familiares a llevarse a Jesús porque pensaban que no estaba en sus cabales. O el mismo Pedro que en ocasiones hace hermosas profesiones de fe en Jesús, como hoy mismo escuchamos, trata de disuadir a Jesús cuando éste anuncia su pasión y muerte en Jerusalén. O estando más allá del Jordán, al enterarse Jesús de la muerte de Lázaro que decide venir a Betania, los discípulos le dice que cómo va allá si intentan matarlo.
Es lo que hoy escuchamos también en el Evangelio. ‘Este modo de hablar es duro, ¿quién puede hacerle caso?’ Jesús les hablaba de creer en El para tener vida y vida para siempre, porque quien pusiera su fe en él, lo resucitaría en el último día, como hemos venido escuchando en días anteriores. ‘El que cree tiene vida eterna… y yo lo resucitaré en el último día’.
¿Cómo va a ser posible eso? ‘El pan que yo le daré es mi carne, para la vida del mundo’. Y es aquí cuando no comienzan a entender. ‘¿Cómo puede éste darnos a comer su carne?’ No les cabía en la cabeza, pero Jesús insiste porque es lo que quiere enseñarnos. ‘Mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre habita en mí y yo en él’.
Aquí podríamos entender cómo es ese vivir para siempre. Cristo nos da su misma vida, es más, el habita en nosotros para que nosotros habitemos en El. Si El habita en nosotros, no es nuestra vida sino su vida, una vida para siempre, una vida eterna la que El nos da porque es su misma vida. Esta es la maravilla que Jesús quiere ofrecernos. Lo que no terminamos de comprender y llegar a vivir. Y para eso tenemos que comerle. Para eso El nos ha dejado la Eucaristía.
Nos lo quiere hacer comprender y nos dice que ‘las palabras que yo os he dicho son espíritu y vida. Y con todo, algunos de vosotros no creen…’ Nos falta la fe. Dirá el evangelista que ‘desde entonces muchos discípulos suyos se echaron atrás y no volvieron a ir con El’. Pero el seguir a Jesús y tener fe en El, es también un don de Dios al que tenemos que dar una respuesta. ‘Por eso os he dicho que nadie puede venir a mí si el Padre no se lo concede’.
Ante la duda de los discípulos Jesús les pregunta a los doce: ‘¿También vosotros queréis iros?’ A lo que Simón Pedro respondió inmediatamente: ‘Señor, ¿a quién vamos a acudir? Tú tienes Palabras de vida eterna; nosotros creemos y sabemos que Tú eres el Santo consagrado por Dios’. Hermosa profesión de fe y de amor la que hace Pedro. A pesar de sus debilidades, sus dudas, sus negaciones, sus huidas, un día allá en Cesarea dirá que es ‘El hijo de Dios vivo, el Mesías que tenia que venir’. Ahora proclamará valientemente que estará siempre con Jesús porque estar con Jesús es tener la vida, y la vida que dura para siempre.
Es lo que nosotros también queremos decirle a Jesús. ‘¿A quién vamos a acudir?’, nosotros creemos en ti, tu tienes palabras de vida eterna para nosotros, queremos creer, queremos que el Padre nos conceda ese don de la fe, queremos tener la fuerza de tu Espíritu para responder, para seguirte, para comerte, para llenarnos de tu vida, para hacer que habites en nosotros, para que nosotros habitemos en ti.

viernes, 1 de mayo de 2009

¿No es éste el hijo del carpintero?

Col. 3, 14-15.17
Sal. 89
Mt. 13, 54-58

'¿No es éste el hijo del carpintero?' Así era conocido Jesús por los vecinos de Nazaret. Lo habían visto crecer desde niño y ya de joven estaba en la carpintería con su padre José. Era el hijo del carpintero. El que había venido a encarnarse y hacerse hombre 'pasando por uno de tantos' allñi había vivido en Nazaret – lo conocerían también por Jesús el Nazareno – y había compartido en todo nuestra realidad humana también en el trabajo.
En este día primero de mayo, en que la sociedad civil celebra la fiesta del trabajo, la Iglesia quiere mirar a aquel hogar de Nazaret donde se crió el Hijo de Dios como hombre contemplando también el mundo del trabajo donde Jesús también vivió su vida como el hijo del carpintero. Miramos a san José, el hombre de fe y el hombre justo. Así nos lo presenta en el evangelio en los cortos retazos que nos da de su vida. Y cuando nos dice un hombre justo, lo contemplamos en la responsabilidad de su vida y de su trabajo siendo así ejemplo para nosotros.
Una fiesta de la sociedad civil nacida desde las reivindicaciones laborales en pro de un trabajo digno y justo, pero que tiene también ese sentido de fiesta, de alegría, de gozarnos por esa realidad de nuestra vida que nos realiza y nos dignifica y con la que todos contribuimos al bien y desarrollo de nuestra sociedad. Porque el trabajo no sólo es un medio de nuestro desarrollo personal, sino que es también nuestra contribución a la vida de ese mundo en el que vivimos. Los aires de fiesta de este día quizá se ven ensombrecidos por la realidad social que vive en estos momentos nuestra sociedad de crisis económica, pero la fiesta ha de tener entonces también un sentido de solidaridad con los que están pasando situaciones precarias en tantos miles que diariamente se suman al número de los parados.
La iglesia, decíamos antes, mira este mundo del trabajo que quiere ver también desde la luz del evangelio. Reflexionar sobre el sentido del trabajo que no solo ayuda a nuestra propia realización personal desde un trabajo digno, sino que lo vemos también como una continuación de la obra creadora de Dios, cuando ha puesto ese mundo creado por El en nuestras manos y nos ha dado unas capacidades y unos valores para que continuemos su desarrollo. 'Llenad la tierra, dominadla...' fueron las palabras del Creador al hombre al poner el mundo en sus manos. Ese talento que Dios ha puesto en nuestras manos no lo podemos enterrar, sino que hemos de sentirnos responsables de esa vida, don de Dios, pero también de ese mundo, de esa naturaleza que hemos de cuidar para que en verdad sea ese jardín donde todos, toda la humanidad, nos sintamos felices.
Pero para el creyente cristiano es aún algo más. Es un medio de santificación. 'Todo lo que hagais... sea en el nombre de Jesús, dando gracias a Dios Padre por medio de El', nos dice san Pablo en la carta a los Colosenses. Todo para la gloria de Dios. El trabajo hecho con responsabilidad y dignidad es también un medio para ir a Dios, para glorificar al Señor. Lo ha puesto Dios como desarrollo de nuestra personalidad pero también como una contribucion necesaria para el desarrollo de nuestra sociedad. Vivimos en una estrecha relación.
Si hablábamos antes de la situación de crisis que vive nuestra sociedad en la que tantos están sufriendo las consecuencias de la falta de trabajo, creo que esta fiesta también tiene que despertarnos a la solidaridad. Una solidadaridad en el compartir generoso para aliviar esas difíciles situaciones que pasan muchos. Una solidaridad que nosotros los creyentes la manifestamos con nuestra oración. Pedimos al Señor por la solución de este tiempo de crisis; pedimos al Señor para que ilumine a los que tienen en sus manos el poder político o económico para que encuentren soluciones satisfactorias y logremos de nuevo una sociedad en bienestar y paz.

jueves, 30 de abril de 2009

El que viene a mi ya no pasará más hambre

Hechos, 8, 26-40
Sal.65
Jn. 6, 35-40.44-52


‘¿Cómo podemos ocuparnos en los trabajos que Dios quiere?’, escuchamos el otro día que le preguntaban a Jesús en su encuentro con El en la sinagoga de Cafarnaún después de la multiplicación de los panes. Y Jesús les respondía: ‘Este es el trabajo que Dios quiere: que creáis en el que El ha enviado’. Hoy nos dice Jesús: ‘Esta es la voluntad de mi Padre: que todo el que ve al Hijo y cree en El, tenga vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día’.
Creer en Jesús y tener vida eterna. Seremos resucitados en el último día. Creer en Jesús y alimentarnos de El. La fe que tenemos en Jesús nos lleva a unirnos a El para tener su misma vida. Cuando uno ama profundamente lo que desea es estar unidos a aquel a quien se ama. Creemos en Jesús, amamos a Jesús – están unidos la fe y el amor que le tenemos – y queremos unirnos a El, vivir su misma vida.
¿Cómo podremos hacerlo? Comiendo su misma vida; haciendo nuestra su misma vida. El que come, asimila el alimento que ha comido, y ese alimento le da vida. Si no nos alimentamos, nuestra vida mermará hasta morir.
Cristo quiere darnos vida para siempre, no quiere nuestra muerte. Por eso hemos de alimentarnos de El. Y para que eso sea posible El se hace alimento, se nos da en la Eucaristía, Pan de vida. ‘Yo soy el Pan de vida, el que viene a mí no pasará más hambre’, nos lo repite varias veces.
Había hablado del pan bajado del cielo y ellos habían pensado en el maná, el pan que Moisés les dio en el desierto. Pero Jesús no nos quiere dar un pan cualquiera, un alimento pasajero, que no nos alimente para siempre. Por eso les dice: ‘Vuestros padres comieron en el desierto el maná, y murieron…’ Y les insiste: ‘Yo soy el pan de vida… ese es el pan que verdaderamente bajó del cielo para que el hombre coma de él y no muera…’
Ya antes les había dicho que El era el que había venido del cielo. Ahora les concreta aún más y les dice que El es ‘el pan vivo bajado del cielo; el que coma de este pan vivirá para siempre. Y el pan que yo le daré es mi carne para la vida del mundo’.
Antes le habían pedido ‘danos siempre de ese pan’; como la samaritana que le había pedido que le diera de aquella agua con la que no tendría ya más sed, para no tener que ir de nuevo al pozo cada día.
Ahora no terminan de entender las palabras de Jesús y, como veremos en los próximos días, protestan porque no lo entienden.
Nosotros queremos entenderlo. Por eso venimos a la Eucaristía cada día y le pedimos con todo sentido ‘danos siempre de ese pan’. Nosotros sabemos bien lo que significa alimentarnos de Cristo, llenarnos de su vida, comerle a El, y queremos hacerlo con toda profundidad.
Que no se convierta nunca para nosotros la Eucaristía en una rutina. Que no nos acostumbremos al misterio grande que significa comer a Jesús en la Eucaristía. Que cada vez que venimos a la celebramos seamos capaces de asombrarnos del misterio y del amor inmenso que el Señor nos tiene. Que la vivamos siempre con toda profundidad queriendo alimentarnos de Jesús.
Queremos vivir a Jesús. Queremos tener vida en plenitud. Queremos tener la esperanza de la resurrección.

miércoles, 29 de abril de 2009

La espiritualidad de las cosas pequeñas

Santa Catalina de Siena
1Jn. 1, 5-2,2
Sal. 102
Mt. 11, 25-30


‘Te doy gracias, Padre, Señor de cielo y tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos y los has revelado a la gente sencilla’. Dios se manifiesta y se revela a los pequeños y sencillos de corazón.
Es lo que contemplamos en las páginas del evangelio. Hay que hacerse pequeño, sencillo, humilde. Dios rechaza los corazones arrogantes. Se complace en los humildes. Hay que hacerse pequeño. ‘tomando un niño, lo puso en medio y les dijo: si no os hacéis como niños, no entraréis en el reino de los cielos…’ cuando los discípulos quieren hacer grandes e importantes, les dice también que tienen que hacerse como niños, que tienen que hacerse los últimos y servidores de todos.
La espiritualidad de las pequeñas, podemos llamarla. Nos enseña a valorar lo pequeño. El reino de Dios es como una pequeña semilla… como el grano de la mostaza… como el puñado de levadura que nunca será grande. Nos enseña a ser fieles en lo pequeño. ‘El que es fiel en lo poco, será de fiar en lo mucho…’ Si sabemos hacer bien una cosa que nos parece insignificante, sabremos hacer bien las cosas grandes. Porque no nos pide cosas grandes, sino las pequeñas y sencillas de cada día.
Es lo que hizo Jesús. ¿Con quién estaba y de quien se rodeaba? De la gente humilde y sencilla. Dios se hizo pobre y nació en Belén. ‘Siendo de categoría de Dios… se hizo uno de tantos…’ Se hizo hombre, se hizo el último, se hizo el esclavo de todos. Haciendo el servicio de los esclavos le vemos lavando los pies a los discípulos en la cena. ‘El Hijo del hombre no ha venido a que le sirvan, sino a servir y dar su vida por todos’. Como el último, como el esclavo, el más vilipendiado y maltratado le vemos caminar con la cruz hasta el Calvario y morir en la muerte más ignominiosa.
Sólo los que saben leer y recorrer ese camino de lo pequeño, del dolor y del sufrimiento, de la cruz, podrán descubrir el misterio de Dios, que así se nos revela y manifiesta. El centurión romano, que era pagano y que estaba al pie de la cruz ejecutando la sentencia, al ver morir a Jesús en la cruz le reconoce. ‘verdaderamente este hombre es Hijo de Dios’.
No podemos ir hasta Dios desde el orgullo de nuestros propios saberes, sino que tenemos que dejarnos sorprender por la sabiduría de Dios. Y esa sabiduría se manifiesta en lo pequeño, en lo humilde, en el dolor y sufrimiento, en la locura de la cruz. Tenemos que aprender la lección. No nos gusta humillarnos. No nos gusta que no nos tengan en cuenta. No nos gusta que nos hagan desplantes. No nos gustan los desaires. Nos sentimos heridos y humillados. Tenemos que aprender. Descubrir su valor y su significado que sólo podremos aprender mirando a la cruz de Cristo. Pasamos por muchas situaciones dolorosas en la vida, pero miremos a la cruz. Necesitamos purificarnos, llenarnos de luz.
Es así cómo podremos al final reconocer que Jesús es el Señor. Los discípulos tuvieron que pasar por el escándalo de la cruz y toda la crisis interior que para ellos significó. Pero luego lo contemplaron resucitado y pudieron proclamar ‘es el Señor’. Dios lo levantó, lo exaltó, le dio el nombre sobre todo nombre, y toda rodilla se dobla, y toda lengua proclama ‘Jesucristo es el Señor para gloria de Dios Padre’.
Es el Dios que nos acoge en nuestra pequeñez, y también aunque estemos manchados por el pecado. ‘Venid a mí… encontraréis vuestro descanso…’ la paz, el perdón, la gracia, la vida nueva, el amor para siempre.
Estamos hoy celebrando a una pequeña mujer que contemplando el misterio de Cristo, y sobre todo su pasión, se hizo grande y de una profunda espiritualidad. Se encerró en un monasterio de clausura, pero su luz brilló por toda Europa. Vivió pocos años, pues murió a los 33 años, e influyó en Papas, Obispos y reyes. Bajo su impulso el Papa volvió a Roma desde Aviñón. Su espiritualidad trasmitida en sus escritos sigue iluminando los corazones de muchos. Hoy la celebramos como doctora de la Iglesia y como patrona de Europa. Nos referimos a santa Catalina de Siena.
Ella es la mujer sabia y prudente que salió al encuentro del Seños con las lámparas encendidas. Que desde nuestra pequeñez salvamos al encuentro del Señor para que el Señor se nos revele y se nos manifieste a nosotros también. Que sepamos leer el misterio de la cruz que tantas veces vemos en nuestra propia vida, para que descubramos todo lo que es el misterio del amor de Dios.

martes, 28 de abril de 2009

Testigos fuertes en el Espíritu para el servicio y el anuncio del Evangelio

Hechos, 7, 51-59
Sal. 30
Jn. 6, 30-35

‘Recibiréis la fuerza del Espíritu Santo y seréis mis testigos, comenzando por Jerusalén… hasta los confines de la tierra’, fueron las palabras de Jesús antes de la Ascensión. Y hemos escuchado en estos días una y otra vez a Pedro y los Apóstoles repetir: ‘testigos de esto somos nosotros…’
Hoy la Palabra de Dios en los Hechos de los Apóstoles nos presenta a un testigo que llegó hasta el final en su testimonio derramando su sangre y dando la vida. Mártir, decimos, testigo hasta dar su vida, como lo es el amor más grande, aquel que es capaz de dar la vida por aquellos a quienes ama. Es el Protomártir san Esteban, el primero que dio su vida por la fe en Jesús y por el evangelio.
Como hemos venido escuchando en estos últimos día al crecer el número de los discípulos, al crecer la comunidad fueron surgiendo nuevos servidores de esa comunidad. Así nació la institución de los diáconos para el servicio de la comunidad, sobre todo de los más débiles e indefensos, los huérfanos y las viudas. Un servicio necesario en una comunidad que todo lo sabía compartir y que ponía a los pies de los apóstoles el valor de sus posesiones y bienes para el compartir y nadie pasase necesidad.
Esteban es uno de esos siete diáconos escogidos ‘hombres de buena fama, llenos de espíritu de sabiduría…’ Pero pronto veremos a Esteban que no se reduce a este servicio de diaconía sino que con toda valentía y sabiduría hace el anuncio de la Buena Nueva de Jesús. ‘Esteban, lleno de gracia y de poder, realizaba grandes prodigios y signos en medio del pueblo… no lograban hacer frente a la sabiduría y al espíritu con que hablaba’.
Lo que motivó que lo prendieran y lo llevaran a presencia del Consejo, terminando, como hemos escuchado hoy, condenado a ser apedreado. ‘Se abalanzaron sobre él, lo empujaron fuera de la ciudad y se pusieron a apedrearlo’. Un martirio que repite muchas señales de la muerte de Jesús, porque Esteban está impregnado del Espíritu de Jesús y repetirá los gestos y las palabras del mismo Cristo en la Cruz. ‘Señor, no les tengas en cuenta este pecado… Señor Jesús, recibe mi espíritu’.
Es el testigo que nos está enseñando muchas cosas. Un testimonio que nos impulsa a nosotros, que impulsa a la Iglesia a ser testigos en el servicio, en el anuncio de la Buena Nueva y en la fortaleza para vivir tiempos difíciles y que se pueden convertir en persecución.
Testigos de Cristo resucitado desde el amor y desde el servicio, como hemos reflexionado muchas veces. Es así como tiene que manifestarse la Iglesia frente al mundo. Siempre. Pero en los momentos difíciles para muchos por la situación de crisis que se vive en el momento presente en nuestro mundo, ha de ser un testimonio claro el que ha de dar. Una Iglesia servidora, en espíritu de diaconía. Una Iglesia que manifiesta su solidaridad y una solidaridad viva y efectiva con todo el que sufre. Tiene que ser testigo, rayo de luz que despierte el amor y la solidaridad entre los hombres. Y cuando digo la Iglesia, lo podemos decir como institución, como comunidad cristiana y como actitud fundamental para todos y cada uno de los cristianos.
Pero una Iglesia llena del Espíritu para anunciar el nombre de Jesús, para hacer llegar la salvación a todos los hombres. Y una Iglesia que se siente fuerte, pero no con su fuerza a lo humano, sino con la fuerza del Espíritu del Señor frente a un mundo adverso y que quizá nos pueda llevar a la persecución, aunque sea de forma sutil. Tenemos que estar preparados y sentirnos fuertes en el Señor.
Creo que es el hermoso testimonio que hoy nos da Esteban. Es nuestro compromiso de ser testigos.

lunes, 27 de abril de 2009

Que creáis en el que el Padre ha enviado

Hechos, 6, 8-15
Sal. 118
Jn. 6, 22-29


El texto del evangelio que hoy se nos ofrece nos trae un hermoso resumen en sus primeros versículos de lo que ha sido la actividad del dia anterior de Jesús. En el descampado había multiplicado milagrosamente los panes para dar de comer a mas de cinco mil hombres y la travesía de los discípulos en barca hasta Cafarnaún manifestándoseles Jesús caminando sobre las aguas. Por eso nos dice que 'al día siguiente, la gente que se había quedado al otro lado del lago, notó que allí no había más que una barca y Jesús no había embarcado con sus discípulos, sino que sus discípulos se habían marchado solos... fueron a Cafarnaún en busca de Jesús...'
Es muy significativo el diálogo que se establece entre aquellas gentes y Jesús que dará lugar al llamado discurso del Pan de Vida, que iremos escuchando los próximos días. La primera pregunta de la gente a Jesús y su respuesta nos tiene que hacer pensar mucho, porque quizá puede ser un cuestionamiento que nos tengamos que hacer en nuestro interior, de por qué buscamos también nosotros a Jesús.
'Os lo aseguro, me guscáis, no porque habéis visto signos, sino porque comísteis pan hasta saciaros...' Da que pensar. ¿Por qué buscaban a Jesus? ¿Por qué buscamos nosotros a Jesús? Es un detalle a tener en cuenta. Normalmente en el evangelio de Juan cuando se nos relatan milagros de Jesús, la expresión que se emplea es 'signos'.
El milagro es esa acción portentosa y extraordinaria que Dios realiza, saltándose, podríamos decir, lo que son las leyes naturales para realizar algo distinto, como pueda ser la curación de un enfermo, el resucitar un muerto o la solución de un problema que humanamente podría parecernos imposible. Dios puede realizarlo y lo realiza. Así se manifiesta el poder de Dios y su amor al hombre, al que quiera darle la salud o hacerse presente en su vida para la solución de esos problemas humanos y hasta físicos que podamos tener. Pero con ello Dios quiere hacer algo más por nosotros. Por eso se emplea la palabra signo; esa acción portentosa de Dios es un signo, una señal que nos pone en el camino de nuestra vida.
Cuando vamos por un camino y vemos una señal que nos indica una dirección, no nos quedamos simplemente parados contemplando la señal, sino que seguiremos su imdicación para bien llegar a la meta. Así las huellas que Dios nos va dejando de su amor en nuestra vida, esos signos, esas señales a través quizá en un momento determinado para que lleguemos hasta El.
'Trabajad, no por el alimento que perece, sino por el alimento que perdura, el que os dará el Hijo del Hombre...' ¿Qué tenemos que buscar? ¿Solamente que el Señor nos calme aquel dolor o nos cure de aquella enfermedad o tengamos la solución de aquel problema que nos preocupa? También tenemos que pedírselo - ¿cómo no? - al Señor, pero no nos quedamos en ello. El Señor quiere darnos algo más en su salvación. Es el Señor que quiere transformar nuestra vida, llenar nuestro corazón de fe y de amor, hacer que podamos ser felices pero haciendo felices a los demás.
Los judíos de la Sinagoga de Cafarnaún algo entendiero lo que Jesús les estaba diciendo, porque preguntan: '¿Cómo podemos ocuparnos de los trabajos que Dios quiere?' Y ahí esta la respuesta de Jesús: 'Este es el trabajo que Dios quiere: que creáis en el que El ha eviado'. Creer en Jesús, que es el enviado del Padre, que es el Hijo amado de Dios al que hemos de escuchar, que es el Camino, la Verdad y la Vida, que es al que hemos de seguir, que es nuestro amor y nuestra salvación, el sentido de nuestro vivir y el alimento de nuestra vida.

domingo, 26 de abril de 2009

Chispas de bondad que con Cristo levanten hogueras de amor


Hechos, 3, 13-15.17-19
Sal. 4
1Jn. 2, 1-5
Lc. 24, 35-48


La liturgia de este domingo está llena de expresiones de alegría y gozo en sus diversos textos eucológicos, ya sean las oraciones como el prefacio.'Con esta efusión de gozo pascual la Iglesia se desborda de alegría', que decimos en el prefacio.
Con Cristo resucitado nos sentimos renovados, rejuvenecidos, pues al darnos una nueva vida recibimos el ser hijos, lo nos llena de alegría y nos hace exultar de gozo. No hemos recibido un espíritu de esclavitud – eso era el pecado - sino de libertad y vida que nos hace hijos de Dios. Por eso esa alegría y gozo de ahora pero que son ansias también del gozo eterno. Que se afiance, pues, la esperanza de resucitar gloriosamente, participar del gozo eterno, como repetimos en las diversas oraciones.
La Palabra de Dios proclamada en este domingo nos ofrece diversos testimonios de la resurrección de Jesús. Los discípulos que volvieron de Emaús 'contaban lo que les había sucedido por el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan'; Jesús se les manifiesta resucitado y les explica el sentido de todo lo que ha pasado – 'les abrió el entedimiento para comprender las Escrituras' -; Pedro hace un anuncio valiente ante el pueblo congregado – 'el Dios de nuestros padres ha glorificado a su siervo Jesús... y Dios lo resucitó de entre los muertos, y nosotros somos testigos' -. Todo nos está invitando a poner toda nuestra fe en Jesús para creer en su palabra para que su amor llegue en plenitud a nosotros. 'Quien guarda su palabra, ciertamente el amor de Dios ha llegado en él a su plenitud', que nos decía san Juan. Sentimos también nosotros el gozo de los discípulos en su encuentro con Cristo resucitado y así lo queremos expresar en la alegría de nuestra celebración y con el testimonio de nuestra vida. 'Y nosotros somos testigos'.
No nos podemos cansar de escuchar repetidamente estos textos que nos hablan de la resurrección del Señor. Tenemos tanto que aprender. Más aún, tendríamos que pedirle también nosotros que nos explique El las Escrituras, que nos abra el entendimiento y el corazón para que las comprendamos. Porque también nosotros nos llenamos de dudas. Podemos querer hacernos nuestras explicaciones. Y nos sucede también que a pesar de nuestros buenos propósitos quizá volvemos a las andadas. Nos falta constancia en nuestro fervor y en nuestro amor.
Cuando en los días del Triduo Pascual contemplábamos y meditábamos todo el Misterio de Cristo – la cena pascual con la institución de la Eucaristía, el mandamiento del amor, o veíamos a Jesús postrado a los pies de los discípulos para lavárselos, o contemplábamos todo el recorrido de la pasión hasta la muerte en Cruz, o cuando entusiasmados cantábamos los ‘aleluyas’ de la resurrección – nos proponíamos intensamente que nuestra vida iba a ser otra, que íbamos a poner más amor en nuestra vida para acoger a los demás, o que lucharíamos fuertemente contra el pecado. Pero luego hemos visto que somos débiles y en lugar de avanzar dábamos pasos en retroceso. No nos podemos sentir defraudados de nosotros mismos, de nuestra debilidad o de nuestras inconstancias.
Hemos escuchado lo que nos decía hoy el apóstol Juan. Bien conoce el Señor cómo somos. 'Os escribo esto para que no pequéis. Pero si alguno peca, tenemos a uno que abogue ante el Padre, Jesucristo, el Justo'. El sacrificio de Cristo no puede quedar inútil ni infructuoso. El se ofrece por nosotros para renovarnos y rejuvenecernos, como decíamos en la oración litúrgica. 'El es víctima de propiciación por nuestros pecados, no sólo por los nuestros, sino también por los del mundo entero', que nos decía san Juan en su carta.
Seguimos viviendo la alegría de la Pascua. Seguimos proclamando el nombre de Jesús porque El es nuestra salvación. Seguimos dando nuestro testimonio para que el mundo crea. Con nosotros está la fuerza del Señor; El nos ha dado su Espíritu. Que brille sobre nosotros la luz de su rostro.
Alguien me decía hace unos días. Queremos ser buenos y bondadosos con todos, pero, me decía, no siempre se puede. Es que hay tanta maldad, tanto egoismo, tantos intereses creados en la gente, tantas envidias y yo poca cosa puedo hacer con mi bondad. Se siente uno rebelde ante todo eso. Y luego es que hasta malinterpretan lo que uno hace, pensando que uno lo hace por interés, me decía. Y no saben agradecerlo...
Yo le decía, sembremos sin cansarnos semillas de bondad aunque nos parezca que es poca cosa lo que nosotros hacemos, o incluso no nos entiendan o nos interpreten mal. Son pequeñas llamas, chispas insignificantes nos pueden parecer, pero seguro que pueden ir prendiendo poco a poco en el corazón de aquellos que reciban nuestros gestos de bondad. Esas pequeñas chispas pueden generar un día una hoguera grande, un incendio de amor que vaya purificando y transformando nuestro mundo. Tengamos esperanza porque el Señor puede dar fuerza a ese amor y esa bondad que nosotros vayamos prendiendo en los otros.
No nos cansemos. No perdamos el ánimo. No nos parezca insignificante o inútil eso pequeño que nosotros podamos hacer cada día en favor de los demás. El Señor lo hará fructificar. Vivamos con alegría, ilusión, esperanza esa misión que el Señor nos ha confiado de ser sus testigos. Y seremos sus testigos a través de esos pequeños gestos de amor.

sábado, 25 de abril de 2009

Buena Noticia de Jesús de vida y salud para todos


FIESTA DE SAN MARCOS

1Ped. 5, 5-14
Sal. 88
Mc. 16, 15-20



Al iniciar san Marcos su evangelio nos dice: ‘Evangelio de Jesucristo, el Hijo de Dios…’ Evangelio, esta es la Buena Noticia de Jesús, el Hijo de Dios. Y a continuación comienza a narrarnos todo lo que es esa Buena Noticia, más aún comienza a presentarnos a Jesús, que es la Buena Noticia de salvación y de vida para el hombre. Nos dirá a los pocos versículos cuando nos hable de los inicios de la vida pública de Jesús: ‘Convertíos y creed en el Evangelio – en la Buena Noticia -…’
Y precisamente en el texto que hoy hemos proclamado en la fiesta de san Marcos, el evangelista, que es la conclusión del Evangelio tenemos el mandato de Jesús: ‘Id al mundo entero y proclamad el Evangelio a todas la creación…’ Este evangelio, esta Buena Noticia que Marcos nos ha trasmitido, esta Buena Noticia que es Jesús tenemos que ir a anunciarla al mundo entero, a toda la creación.
Y nos dirá luego ‘ellos fueron y proclamaron el Evangelio por todas partes y el Señor actuaba con ellos y confirmaba la Palabra con los signos que los acompañaban…’ Proclamación de esta Buena Noticia acompañada de signos y señales que manifestaban esa vida nueva que nos llegaba con Jesús. ‘El que crea y se bautice, se salvará…’ Creer en Jesús que es esa Buena Noticia de salvación, unirnos a Jesús por medio del Bautismo que es nuestra participación en la pascua, y alcanzar la vida y la salvación.
‘A los que crean les acompañarán estos signos: echarán demonios en mi nombre, hablarán lenguas nuevas, cogerán serpientes en sus manos y si beben un veneno mortal, no les hará daño. Impondrán las manos a los enfermos y quedarán sanos…’ ¿Qué significa todo esto además de la materialidad de esas propias acciones? Se nos habla de signos y señales. Son señales de vida y de salvación. Quien cree en Jesús y se ha unido a El, ya no tendría que volver al pecado y a la muerte; lejos tendría que estar ya el mal, el sufrimiento, el pecado. Todo tendría que ser vida, salud, salvación.
‘Os escribo esto para que no pequéis’, nos decía Juan en sus cartas. Y es que Jesús viene a sanarnos, salvarnos, sanar nuestro mundo enfermo y lleno de muertes, sanarnos y salvarnos a nosotros de ese dolor y de esa muerte que podría haber en nuestra vida. Y esas tendrían que ser las señales que se dieran en nuestra vida; son las señales que tenemos que dar ante el mundo que nos rodea.
Pero eso nos exige una vigilancia y un cuidado. Ya nos lo advierte el texto de la carta de Pedro que escuchamos en la primera lectura. Un texto escogido de manera especial por la mención que se hace de Marcos, como compañero y como hijo muy querido de Pedro. Pero las recomendaciones que nos hace nos valen muy bien en nuestra reflexión. Además de hablarnos de los sentimientos de humildad y de sencillez con que hemos de vivir y de poner toda nuestra confianza en el Señor nos dice también que andemos precavidos. ‘Sed sobrios y estad alerta, que vuestro enemigo el diablo, como león rugiente, anda buscando a quien devorar. Resistirle firmes en la fe…’ Pero nos dice también cómo del Señor recibimos fortaleza. ‘Tras un breve padecer, el mismo Dios de toda gracia que os ha llamado como cristianos a su eterna gloria, os restablecerá, os afianzará, os robustecerá…’
Una Buena Noticia que tenemos que vivir y anunciar. Una Buena Noticia que es Jesús que nos da vida, que nos sana y que nos salva. Una Buena Noticia en la que tenemos que creer. Una Buena Noticia que nos lleva a seguir las huellas de Cristo, como pedimos en la oración litúrgica. Que creamos con firmeza en el Evangelio que Marcos nos ha trasmitido y que la Iglesia se mantenga siempre fiel a la misión de anunciar el Evangelio.

viernes, 24 de abril de 2009

Según la plenitud total de Dios

Isaías, 58, 6-11
Sal. 111
Ef. 3, 14-19
Mt. 25, 31-46


En la liturgia de estos días de Pascua algo que se nos repite continuamente es el pedir al Señor que un día podamos participar de los gozos eternos, alcanzar la resurrección gloriosa con Cristo resucitado. Es algo que forma parte de nuestra fe y de nuestra esperanza cristiana como lo expresamos en otros momentos de la liturgia, por ejemplo en la plegaria eucarística. 'Que con María... los apóstoles y cuantos vivieron en tu amistad a través de los tiempos merezcamos compartir la vida eterna y cantar tus alabanzas'.
Hoy san Pablo nos ha dicho 'así llegaréis a vuestra plenitud, según la plenitud total de Dios'. Gozar de los gozos eternos, de la plenitud total que sólo en Dios podemos alcanzar. Es nuestra esperanza del cielo, de vivir para siempre junto a Dios.
Pero, ¿cómo podemos alcanzar esa plenitud, esos gozos eternos? En la carta a los Efesios nos ha dado la pauta: 'que de los tesoros de su gracia, por medio de su Espíritu, os conceda robusteceros en lo profundo de vuestro ser; que Cristo habite por la fe en vuestros corazones; que el amor sea vuestra raíz y vuestro cimiento...'
Una profundidad en nuestra vida, una espiritualidad profunda, 'por medio de su Espíritu', mediante el conocimiento de Cristo, de Dios; haciendo que Cristo habite de verdad en nosotros porque nos llenemos de su vida; vivir la vida de Cristo, es más, que Cristo sea nuestra vida, nuestro vivir. Estamos llamados desde nuestro bautismo a configurarnos con Cristo, a hacernos otros 'cristos'. Como llegaría a decir san Pablo en otro lugar: 'Ya no soy yo, sino que es Cristo quien vive en mí'.
Viviendo a Cristo nos impregnamos de su vida, de sus sentimientos, de su amor. Nos llenamos de su amor, pero no como una vestidura que nos pongamos por fuera, sino porque en verdad estemos enraizados y cimentados en Cristo. 'Que el amor sea vuestra raíz y vuestro cimiento'.
Este texto que estamos comentando nos lo ofrece la liturgia en esta solemnidad que en nuestra diócesis hoy celebramos. Es el día del Santo Hermano Pedro, nuestro primer santo canario nacido en nuestra tierra y evangelizador en Centroamérica, en concreto, en Guatemala.
¿Qué fue su vida? Un hombre enamorado de Cristo que, aún en la sencillez y pobreza de su vida, siente la inquietud misionera de irse a América a evangelizar. No llegó a ser sacerdote – los latines no le entraban porque su vida de joven fue la de un simple pastor – y perteneció a la Tercera Orden Franciscana, para en el espíritu de humildad y pobreza de san Francisco de Asís, trabajar por los pobres y necesitados. Era un hombre impregnado del amor de Cristo. Dedicó toda su vida al servicio de los más pobres y necesitados surgiendo en torno a él, lo que más tarde sería la Orden de Belén.
Lo que hemos escuchado en el profeta Isaías lo vemos totalmente reflejado en su vida. 'Partir tu pan con el hambriento, hospedar a los pobres sin techo, vestir al que ves desnudo, y no cerrarte a tu propia carnes... cuando partas tu pan con el hambriento y sacies el estómago del indigente, brillará tu luz en las tinieblas...' Y vaya si brilló su luz y sigue brillando en la Iglesia que le ha reconocido su santidad. Fue beatificado y canonizado por el Papa Juan Pablo II.
El escucharía de labios de Cristo las palabras del Evangelio. 'Venid, vosotros, benditos de mi Padre; heredad el reino preparado para vosotros desde la creación del mundo: porque tuve hambre... estaba sediento... estaba desnudo... enfermo... en la cárcel... cuanto hicisteis con uno de estos hermanos, conmigo lo hicisteis...'
Que brille la luz de su santidad sobre nosotros para que sigamos su ejemplo. Los santos son para nosotros un ejemplo y un estímulo. Ellos a su vez interceden por nosotros para que también seamos capaces de vivir ese camino de santidad.

jueves, 23 de abril de 2009

Eucaristía que celebra y alimenta nuestra fe

Hechos, 5, 27-33
Sal. 33
Jn. 3, 31-36


Cuando venimos cada día a la celebración de la Eucaristía, venimos a celebrar nuestra fe; celebrar todo el amor que Dios nos tiene por lo que queremos alabarle y bendecidle, queremos darle gracias por tantas cosas que de El recibimos; pero nuestra alabanza y nuestra acción de gracias se centra sobre todo en Jesús. Así lo expresamos en el centro de nuestra Eucaristía cuando comenzamos la plegaria eucarística con el prefacio; siempre decimos ‘en verdad es justo y necesario darte gracias… por Jesucristo, Señor nuestro’.
Pero al mismo tiempo que celebramos nuestra fe la alimentamos, porque nos llenamos de Dios, nos alimentamos de Cristo mismo que se nos ofrece como alimento de nuestra vida, y nos sentimos enriquecidos con la Palabra de Dios que se nos proclama. Esa Palabra que nos ilumina, que nos va ayudando continuamente a conocer el misterio de Dios, que nos señala pautas y caminos para nuestro seguimiento de Jesús, que nos estimula con los testimonios que nos ofrece, como es el caso ahora que en el tiempo de pascua estamos escuchando el relato de los Hechos de los Apóstoles con el testimonio de la vida de aquella primera comunidad cristiana.
Es lo que hoy escuchamos. De nuevo ‘los guardias condujeron a los apóstoles a la presencia del Sanedrín’. Allí les recriminan por qué siguen hablando de Jesús cuando se los habían prohibido. ‘Habéis llenado Jerusalén con vuestra enseñanza y queréis hacernos responsables de la muerte de ese hombre’. ¡Qué pronto lo olvidaron! Ellos fueron los que en la mañana del viernes, cuando Pilatos se lavaba las manos para proclamar su inocencia por la muerte de Jesús, gritaron ‘Caiga su sangre sobre nosotros y nuestros hijos’. Habían soliviantado a las masas para que pidieran el indulto de un homicida y rechazado al autor de la vida.
Pero los apóstoles replican que ‘hay que obedecer a Dios antes que a los hombres’. Y ellos eran testigos de algo que no podían callar; lo que habían visto y oído, como dirá san Juan en sus cartas, lo que palparon nuestras manos… ‘Testigos de esto somos nosotros y el Espíritu Santo que Dios da a los que le obedecen’. Y proclaman valientemente una vez más. ‘Ese Jesús, a quien vosotros matasteis colgándolo de un madero, el Dios de nuestros padres lo resucitó… haciéndolo jefe y salvador, para otorgarle a Israel la conversión con el perdón de los pecados’. En El está la salvación, el perdón de los pecados.
Una fe, un testimonio, un anuncio de salvación, una invitación a la conversión. Venimos a la Eucaristía, como decíamos al principio, a proclamar y celebrar nuestra fe en Jesús como nuestro Salvador. Y en la Eucaristía alimentamos nuestra fe. De ella salimos con la fuerza del Espíritu de Jesús para hacer ese anuncio de salvación, para convertirnos nosotros los primeros al Señor pero para invitar también a los demás a la conversión para seguir de verdad a Jesús.
Venimos a la Eucaristía para sentir también esa fuerza del Señor, y al mismo tiempo sentirnos impulsados a dar ese testimonio, a dar fruto en nuestra vida. Porque no separamos la Eucaristía, como si fuera un lugar o un momento estanco, del resto de nuestra vida, sino que luego en nuestra vida de cada día se va a manifestar lo que creemos y lo que queremos que sea nuestra vida.
Hoy hemos pedido en la oración litúrgica ‘que los dones recibidos en esta pascua produzcan frutos abundantes en nuestra vida’. Todo lo que estamos recibiendo al celebrar esta pascua tiene que manifestarse en nuestra vida, en esos frutos de gracia y de santidad.
Por eso pediremos también ‘que purificados por su gracia, podamos participar más dignamente en los sacramentos de tu amor’. Que el Señor nos purifique. Así comenzamos la eucaristía con el acto penitencial y la liturgia está llena de signos, como el lavarse la manos el sacerdote en el ofertorio, que nos hablan de esa purificación.
Finalmente al dar gracias por la Eucaristía celebrada volveremos a pedir ‘que los sacramentos pascuales den en nosotros fruto abundante y que el alimento de salvación que recibimos fortalezca nuestras vidas’. Podremos dar ese fruto, podrá manifestarse esa santidad en nuestra vida con la fortaleza de la gracia del Señor.
Y es que todo esto tiene que llevarnos a crecer por dentro, en nosotros mismos como personas, en nuestra fe, en nuestra espiritualidad, en ese valiente testimonio que tenemos que dar de esa fe en medio de nuestro mundo. No olvidemos que somos levadura en la masa. Seremos pequeños o poquitos, pero para hacer fermentar la masa vale unos granos de levadura. Eso tenemos que ser nosotros en medio del mundo.

miércoles, 22 de abril de 2009

Signos de Pascua con nuestra luz para los demás

Hechos, 5, 17-26
Sal.33
Jn. 3, 16-21
Donde hay amor no hay condena. Donde hay amor todo es luz y todo es vida. El que experimenta el amor en su vida no querrá saber nada de las tinieblas. Así me atrevo a resumir el mensaje que hoy nos propone el evangelio.
No viene Cristo a condenar sino a salvar. El es luz y salvación, Es vida y es gracia. Es amor. 'Porque Dios nos mandó a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo se salve por El'. ¿No es un Dios que es Amor y vida? Cristo es la prueba más grande, la señal más grande de lo que es el amor de Dios, el amor del Padre.
Lo hemos repetido muchas veces pero una vez más tenemos que repetirlo para que se quede bien grabado en el alma. 'Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Hijo único, para que no perezca ninguno, sino que tengan vida eterna'. Por eso no condena, por eso en El todo es luz y salvación.
Si estamos con Cristo porque creemos en El, hacemos siempre las obras de la luz. Jesús nos dice: 'Yo soy la luz del mundo... el que me sigue no camina en tinieblas'. Y hoy nos ha dicho: 'El que realiza la verdad, se acerca a la luz, para que se vea que sus obras son según Dios'. No tememos la luz, sino que nos acercamos a la luz. Queremos que esa luz de Cristo nos ilumine, para que así siempre sepamos hacer las obras de la luz, las obras del amor.
Seguimos celebrando la Pascua. La luz de Cristo resucitado sigue iluminándonos. Presente está en el centro de nuestra celebración el Cirio Pascual como signo de la luz de Cristo resucitado. Seguimos celebrando la Pascua porque seguimos queriendo que haya pascua en nosotros; en nosotros se siga realizando ese paso de la muerte a la vida, de las tinieblas a la luz.
Pero es que además tenemos que ser signos de Pascua para los demás. Porque manifestemos que en nuestra vida se ha realizado esa transformación pascual. Porque queremos iluminar con esa luz de Cristo a los demás. Porque tenemos que ser por nuestros actos y nuestras actitudes portadores de luz para los que nos rodean. Porque tenemos que ser evangelizadores, transmisores del Evangelio.
No es fácil. Porque tenemos el peligro de dejar apagar la luz. El cristiano siempre tiene que estar vigilante, atento para que no se le apague su luz. El cristiano siempre está en actitud de superación, de crecimiento. Al principio podemos tenemos momentos de intenso fervor, pero a medida que pasan los días ese fervor puede decaer, podemos llegar a acostumbrarnos, a la rutina de todos los días, y es la mejor manera, el mejor camino para que pronto decaigamos y abandonemos.
Pero están también los vientos impetuosos de las tinieblas que quieren ahogar esa luz y apagarla. Una imagen, recuerdo cuando celebraba en la parroquia la vigilia pascual y encendíamos el cirio en una hoguera en la plaza, al ir con el cirio recién encendido camino de la Iglesia, habíamos de ir con cuidado a las corrientes de aire que podían apagarnos aquella luz, y ya procurábamos la manera de poner algo como pantalla que no dejara llegar aquellos aires que lo apagaran. Así tenemos que hacer con esa luz de Cristo encendida en nuestro corazón y que queremos llevar a los demás. Cuidarla, protegerla, mantenerla siempre encendida.
No es fácil, porque nos sentimos débiles e impotentes muchas veces. Pero no estamos solos. Jesús resucitado nos ha dado su Espíritu que nos fortalece y que nos envía. En la primera lectura escuchábamos como el ángel del Señor liberó a los apóstoles que estaban en la cárcel pero los envió a predicar con valentía el evangelio. 'Id al templo y explicad allí este modo de vida'. Id al templo, id al mundo nos dice a nosotros también para que vayamos a la vida a hacer ese anuncio de Jesús y de su evangelio de salvación.

martes, 21 de abril de 2009

Mirad cómo se aman

Hechos, 4, 32-37
Sal.92,
Jn. 3, 11-15

El grupo de los creyentes. De eso nos habla la primera lectura de los Hechos de los Apóstoles. Estamos llamados a vivir en grupo, en sociedad. Hoy, incluso, hablamos de aldea global para referirnos a nuestro mundo, tal es la inter-relación que tenemos todos los que vivimos en este mismo mundo. Dios no nos ha hecho para la soledad, sino para la relación y la comunión con los demás. Y así formamos grupos, comunidades, según sean nuestras afinidades, nuestras metas en la vida, aquellos gustos que podamos tener y así muchas cosas más que nos unen.
Lo hermoso sería que en esos pequeños o grandes grupos viviéramos en armonía, caminando juntos, colaborando entre todos, viviendo una especial comunión entre todos. Pero la experiencia nos dice que no siempre es así y que muchas veces nos encontramos con enfrentamientos y luchas, egoísmos o intereses particulares que nos desunen, orgullos que nos enfrentan y hacen daño.
Sucede también con demasiada frecuencia en los grupos porque aflora nuestro individualismo egoísta. Y, es doloroso reconocerlo, nos sucede también más de lo que quisiéramos en nuestros grupos cristianos dentro de la Iglesia. ¡Qué mal ambiente se crea cuando suceden cosas así y qué difícil se hace la relación y la convivencia!
Nosotros, los cristianos tendríamos que saber superar todo eso, no en vano nuestra ley es el amor y el estilo que nos dejó Jesús para nuestra vida es la sencillez, la humildad, la comprensión entre todos, la ayuda mutua de forma generosa y desinteresada. Sin embargo, ya sabemos lo que nos pasa como a todos. Afloran nuestras pasiones y egoísmos y fácilmente olvidamos la ley del Señor que es el amor.
La lectura de los Hechos de los Apóstoles nos habla de cómo era la vida de aquel primer grupo de cristianos, de aquellas primeras comunidades cristianas. ‘Todos pensaban y sentían lo mismo, lo poseían todo en común y nadie llamaba suyo propio, nada de lo que tenía… ponían a disposición de los apóstoles lo que tenían y se distribuía según lo que necesitaba cada uno…’
¡Qué hermoso ejemplo para nuestra vida! Y no es que no tuvieran problemas en aquellas primeras comunidades cristianas, pronto veremos que los hay y tratan de resolverlos, pero el amor estaba por encima de todo y eso les hacía sentirse unidos. Así ‘eran bien vistos por todos’, como comenta el autor sagrado. Como se dirá en otra ocasión comentaban diciendo ‘mirad cómo se aman’.
Era el mejor anuncio que podían hacer de Cristo resucitado. Dice el texto sagrado que ‘daban testimonio de la resurrección del Señor con mucho valor’. Y el mejor testimonio era su amor. Un amor que nace precisamente de la fe en Cristo resucitado.
Esto tiene que valernos para la vida nuestra de cada día en nuestra relación con los demás y en esa pertenencia a los grupos humanos o cristianos que tengamos o en los que nos sintamos integrados. Porque además en ese grupo siempre nos sentiremos enriquecidos. Si nos damos por los demás, también al mismo tiempo cuánto recibimos de ellos.
En el texto del evangelio Jesús le dice a Nicodemo ‘lo mismo que Moisés elevó la serpiente en el desierto, así tiene que ser elevado el Hijo del Hombre para que el que cree en El tenga vida eterna’. Miramos a Cristo levantado en alto, en lo alto de la Cruz que vino para unirnos, para introducirnos en el camino del amor queriendo arrancar de nosotros todo lo que pudiera impedirlo, el pecado. Como diría san Pablo ‘vino a destruir el muro que nos separaba, el odio, por su sangre derramada’.
Que el Espíritu del Señor nos llene de sus dones para que logremos vivir siempre generosamente esa comunión con los demás. Que se derrumben esos muros que nos separan y nos distancian, y que creemos siempre puentes que nos lleven al encuentro con los demás y lazos que nos una en el amor.

lunes, 20 de abril de 2009

Resucitados con Cristo para vivir una vida nueva

Hechos, 4, 23-31
Sal. 2
J n. 3, 1-8


Resurrección, volver a la vida, renacer, nueva vida, resucitar con Cristo, nuevo nacimiento... son palabras, ideas que se van repitiendo una y otra vez en estos días de Pascua. Es necesario pararnos un poco a reflexionar sobre ellas para poder vivirlo con todo sentido.
Cuando hablamos de resurrección estamos en principio en el hecho incuestionable y centro de nuestra fe que es la resurrección de Jesús. Pero hablamos también de que nosotros hemos de resucitar con Cristo y es aquí quizá donde no terminamos de comprender cómo ha de ser ese resucitar con Cristo.
En el evangelio se nos ha hablado de 'Nicodemo, magistrado judío que fue de noche a ver a Jesus', reconociendo que algo de divino había en Jesús, 'porque nadie puede hacer los signos que tú haces si Dios no está con él'. Pero cuando Jesús le habla de nacer de nuevo no lo entiende. 'El que no nazca de nuevo no puede ver el Reino de Dios'. Por eso Nicodemo se pregunta: '¿Cómo puede nacer un hombre siendo viejo? ¿Acaso puede por segunda vez entrar en el vientre de su madre y nacer?'
Cuando hablamos de resucitar con Cristo no es para volver a la misma vida, sino es dejar atrás nuestra condición del hombre viejo del pecado para comenzar a vivir la vida nueva de la gracia, ser el hombre nuevo, como nos dice san Pablo, de la gracia, el hombre nuevo que es Hijo de Dios. Es una vida nueva la que nosotros recibimos. Es un participar de la vida de Cristo para en Cristo hacernos hijos de Dios. Es una renovación profunda de nuestra vida, por eso lo llamamos nuevo nacimiento, renacer, nacer a una vida nueva.
Y eso no se puede realizar de cualquier manera. Partimos de la fe, que por el agua y el Espíritu nos hace renacer a esa vida nueva. 'Te lo aseguro, el que no nazca de agua y Espíritu, no puede entrar en el reino de Dios'. Ya sabemos que con estas palabras Jesús nos está dando el sentido del Bautismo. Un nuevo bautismo porque ya no es sólo el baño y la purificación, sino que es el engendrar una nueva vida que sólo se puede realizar por la fuerza del Espíritu Santo. A partir del Bautismo de Jesús el bautismo tiene un nuevo significado, como expresamos en la liturgia. Porque el agua del Bautismo por la fuerza del Espíritu nos santifica, nos llena de la gracia que nos hace hijos. Por eso concluirá diciéndonos Jesús: 'No te extrañes de que te haya dicho: Tenéis que nacer de nuevo'.
En la primera lectura hemos escuchado la vuelta de Pedro y Juan a la comunidad después de haber sido liberados de la cárcel tras la curación del paralítico de la puerta Hermosa. 'Volvieron al grupo de los suyos y les contaron lo que les habían dicho los sumos sacerdotes y los ancianos...' ¿Cuál fue la reacción de la comunidad? Orar al Señor pidiendo su luz y su fuerza. 'Ahora, Señor, mira cómo nos amenazan y da a tus siervos valentía para anunciar tu Palabra... por el nombre de tu santo siervo Jesús'. Y nos cuenta el autor sagrado cómo se vieron llenos del Espíritu Santo 'y anunciaban con valentía la Palabra de Dios'.
No olvidemos que nosotros también estamos llenos del Espíritu Santo desde nuestro Bautismo y de manera especial en el sacramento de la Confirmación, en el que recibimos el don del Espíritu Santo. Ese Espíritu que nos transformó para llenarnos de nueva vida. Ese Espíritu que anima nuestro corazón para que demos ese testimonio en todo momento de Jesús. Ese Espíritu que nos llena de su gracia y que nos hace hombres nuevos. Que seamos capaces también de 'anunciar con valentía la Palabra de Dios'.

domingo, 19 de abril de 2009

Proclamación de fe, anuncio de esperanza para nuestro mundo


Hechos, 4, 31-35;

Sal. 117;

1Jn. 5, 1-6;

Jn. 20, 19-31

Nos ha dicho el evangelio: ‘Al anochecer de aquel día, el día primero de la semana, estaban los discípulos en una casa con las puertas cerradas por miedo a los judíos, entró Jesús, se puso en medio y les dijo: Paz a vosotros…’ Más adelante vuelve a decir: ‘a los ocho días estaban otra vez dentro los discípulos y Tomás con ellos; llegó Jesús, estando cerradas las puertas, se puso en medio y les dijo: Paz a vosotros…’
El primer día de la semana… a los ocho días – primer día de la semana también – se manifiesta Jesús resucitado a los discípulos. Y ¿qué estamos haciendo nosotros hoy? También el primer día de la semana, es el domingo, que para nosotros es el primer día de la semana, es el día del Señor – por eso precisamente lo llamamos domingo – porque es el día en que resucitó el Señor, estamos también reunidos. Y Cristo también está en medio de nosotros.
¿Qué es lo que estamos celebrando? El día del Señor, el día de la Pascua; celebramos la Eucaristía que es anunciar la muerte del Señor y proclamar su resurrección. ¡Qué importante es para nosotros el domingo y que este día se reúna la comunidad cristiana para celebrar la Eucaristía.
¿Cuál es el mensaje fundamental que recibimos en este segundo domingo de Pascua? Seguimos viviendo el gozo de la Pascua, este domingo es la octava de la Pascua que queremos celebrar con igual intensidad, y todo nos invita a proclamar nuestra fe en que Jesús es el Hijo de Dios para tener vida en su nombre. A esa proclamación de nuestra fe en Jesús nos está invitando toda la Palabra de Dios proclamada. Así termina precisamente el evangelio de Juan que hoy hemos proclamado. ‘…estos se han escrito para que creáis que Jesús es el Mesías, y para que, creyendo, tengáis vida en su nombre’. En esas palabras el evangelista de alguna manera nos resume lo que es la finalidad del evangelio.
‘Los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor’, nos dice el evangelio. Llenos de temores estaban encerrados en el cenáculo pero todo cambia y la vida de los discípulos se llena de luz con la presencia de Cristo resucitado. Jesús les saluda con la paz, pero aún más quiere llenarlos de su Espíritu para la misión que han de realizar. ‘Como el Padre me ha enviado, así os envío yo’, les dice.
Vendrán las dudas de Tomás que no estaba con ellos cuando vino Jesús, pero si cuando a los ocho días Jesús vuelve a manifestarse. Terminará proclamando ‘¡Señor mío y Dios mío!’, para confesar su fe en Jesús cuando tiene la experiencia de verlo y sentirlo vivo junto a él. ‘¿Porque me has visto has creído? ¡Dichosos los que crean sin haber visto!’, le dirá Jesús.
Nosotros no le veremos con los ojos de la cara, ni tendremos la oportunidad de meter nuestros dedos en las llagas de sus manos o nuestra mano en la llaga de su costado. No será necesario, porque podemos tener la certeza firme de la resurrección del Señor. Nos fundamentamos en la fe de los apóstoles, no en vano somos una iglesia apostólica heredera de la fe de los apóstoles, sino porque además nosotros podemos experimentarlo y sentirlo vivo y presente en nosotros y en medio de la Iglesia.
Creemos en Jesús con toda certeza de que es el Hijo de Dios. Su resurrección es la prueba definitiva. Y creemos que Jesús nos da la salvación y la vida eterna, porque, como dice El, ‘para eso he venido, para que tengan vida y la tengan en abundancia’.
Por eso, podemos decir también, que la celebración de la resurrección del Señor que estamos viviendo es una invitación a la esperanza. Cristo no es un perdedor sino un vencedor y con estamos llamados también a la victoria sobre el mundo.
Aunque a veces nos sintamos sobrecogidos por la tentación y el mal que nos acecha y nos rodea, por ese mundo de indiferencia e increencia en medio del cual nos encontramos, sabemos que con Jesús nosotros estamos llamados a la vida y la vida de Dios en nosotros podrá sobre todo ese mal. ‘Todo el que cree que Jesús es el Cristo, ha nacido de Dios… y todo el que ha nacido de Dios vence al mundo. Esta es la victoria que vence al mundo: nuestra fe; ¿Por qué quien es el que vence al mundo, sino el que cree que Jesús es el Hijo de Dios?’ Así nos ha hablado hoy la carta de san Juan en la Palabra de Dios. Y cuánta esperanza y seguridad nos dan estas palabras.
Y bien que necesitamos avivar nuestra fe y nuestra esperanza, como despertar también esa esperanza en el mundo que nos rodea. Aunque veamos muchas sombras a nuestro alrededor en tantas cosas que nos afectan cuando vemos un mundo sin amor, sin paz, con resentimientos y malquerencias en las relaciones entre unos y otros, con desconfianzas y malos deseos, sin embargo podemos tener la esperanza de que se puede hacer un mundo mejor y distinto.
No todo son sombras, también hay mucha luz, porque también hay muchas personas que aman y que viven un compromiso de servicio por los demás; hay muchas personas que han puesto solidaridad en su corazón para sufrir con el que sufre pero también para consolar, animar y compartir muchas cosas buenas. Todo eso tiene que alentarnos. Y mucha gente quiere realizar ese mundo nuevo precisamente desde el compromiso de su fe en Cristo resucitado.
La lectura de los Hechos de los Apóstoles nos habla de que ‘daban testimonio de la resurrección del Señor con mucho valor’. ¿Cuál era ese testimonio? La vida de amor y de solidaridad que vivían. ‘En el grupo de los creyentes todos pensaban y sentían lo mismo, lo poseían todo en común… nadie pasaba necesidad… lo que tenían lo ponían a disposición de los apóstoles y luego se distribuía según lo que necesitaba cada uno…’
Una hermosa pauta para lo que nosotros hemos de vivir, para lo que tiene que ser nuestro compromiso de solidaridad desde la fe que tenemos en Jesús resucitado. Pongamos esa solidaridad y ese amor, pongamos paz en nuestros corazones para que llevemos esa paz también a los demás, pongamos esa confianza en el otro y ese compartir, pongamos nuestros buenos deseos de amistad y alejemos de nosotros todo sentimiento malo que nos pueda llegar, pongamos luz en nuestro corazón. Que seamos capaces de compartir de todo eso según lo que necesite cada uno de los que están a nuestro alrededor como hacían en lo que nos cuentan los Hechos de los Apóstoles.
La celebración de Cristo resucitado tiene que hacernos resplandecer en esa luz del amor, porque así tenemos que iluminar nuestro mundo.

sábado, 18 de abril de 2009

Sorprendidos por el aplomo y valentía de Pedro y Juan

Hechos, 4, 13-21
Sal. 117
Mc. 16, 9-15


‘Id al mundo entero y predicad el evangelio, anunciad esta Buena Noticia, a toda la creación’. Es la conclusión del evangelio de san Marcos. ‘Seréis mis testigos…’ hemos escuchado en el relato de los otros evangelistas. Aquí hace un envío por todo el mundo para anunciar esa Buena Noticia que tendrá por centro precisamente su resurrección.
Pero Marcos es más parco a la hora de relatarnos los hecho sucedidos en torno a la resurrección de Jesús. Lo resume en pocos versículos, apenas lo que escuchamos este año en la vigilia pascual y lo que hemos escuchado hoy.
Nos hace como un resumen. Nos habla en esta ocasión de María Magdalena que fue a anunciárselo a los discípulos pero no la creyeron. Nos habla de los dos discípulos, probablemente los que marchaban a Emaús que hemos escuchado en el relato de san Lucas, pero a los que tampoco creen. Finalmente se les aparecerá Jesús resucitado que ‘les echó en cara su incredulidad y dureza de corazón, porque no habían creído a los que le habían visto resucitado’. Necesitaban como hemos escuchado en otros evangelistas que Jesús les abriese el corazón para que entendiesen las Escrituras.
Pero fijémonos también en lo escuchado en la primera lectura que viene a ser el final de todo el episodio de la curación del paralítico de la puerta Hermosa. Finalmente viéndose impotentes los sumos sacerdotes y los ancianos deciden soltar a Pedro y Juan pero prohibiéndoles que ‘vuelvan a mencionar a nadie ese nombre’, o sea prohibiéndoles hablar de Jesús. ‘Les prohibieron en absoluto predicar y enseñar en nombre de Jesús’.
Pero ya hemos visto la respuesta de los apóstoles. No puede callar aquello de lo que son testigos. ¿A quién van a obedecer? ‘¿Puede aprobar Dios que os obedezcamos a vosotros en vez de a El? Juzgadlo vosotros. Nosotros no podemos menos de contar lo que hemos visto y oído’. Son los testigos que no pueden callar. Son los testigos que han de anunciar esta Buena Noticia de Jesús, de que Jesús es el Salvador.
Pero es admirable la elocuencia con que hablan de Jesús. ‘Los sumos sacerdotes y los escribas estaban sorprendidos viendo el aplomo de Pedro y Juan, sabiendo que eran hombres sin letras ni instrucción…’ No necesitaban de letras, porque ellos sólo están hablando de lo que han vivido. Pero quizá no sabían aquellos sumos sacerdotes ni escribas lo que Jesús mismo les había anunciado a sus discípulos.
‘Cuando os juzguen no os preocupéis por lo que vais a decir ni cómo tenéis que hacerlo; en esa misma hora se les inspirará lo que tienen que decir. No sois vosotros los que hablarán, sino el Espíritu de vuestro Padre el que hablará por vosotros’. Como dice en otro lugar ‘no os preocupéis para preparar vuestra defensa, el Espíritu pondrá palabras en vuestros labios…’ Allí están los llenos del Espíritu Santo. No hace muchos días lo han recibido en Pentecostés.
Algunas veces nos sentimos nosotros temerosos del testimonio que henos de dar. ¿Seremos capaces? ¿Nos acobardaremos? La valentía no es nuestra. La fuerza la tenemos en el Señor. No olvidemos que hemos recibido el don del Espíritu Santo en el sacramento de la confirmación que nos convierte en testigos, en soldados de Cristo, en apóstoles del Evangelio. No temamos, el Señor está con nosotros. Lo estuvo con los apóstoles, con los mártires de todos los tiempos, y con los cristianos que en cada momento han tenido que dar testimonio de su fe en Jesús.

viernes, 17 de abril de 2009

Echad la red a la derecha y encontraréis…

Hechos, 4, 1-12
Sal. 117
Jn. 21, 1-14

¡Cuándo aprenderemos que sólo con Jesús es como será verdaderamente eficaz aquello bueno que queremos hacer!
Por segunda vez el evangelio nos presenta una pesca infructuosa de aquellos que incluso siendo unas profesionales de la pesca y que sólo con la presencia de Jesús podrá volverse su trabajo totalmente fructífero. En la otra ocasión Pedro de entrada se resistió porque se había pasado la noche sin coger nada pero luego habrá echado la red en nombre de Jesús.
En esta ocasión están reunidos en Galilea como Jesús les había indicado y, aunque ya habían abandonado la barca y la redes para seguir a Jesús, ahora que Jesús no está y aunque ya habían tenido alguna experiencia de resurrección, sin embargo deciden aquella noche ir también a pescar. El evangelista nos detalla bien el hecho, nos da relación de los que aquella noche se fueron con Pedro al lago a pescar: ‘Pedro, Tomás, Natanael, el de Caná de Galilea, los Zebedeos, Santiago y Juan, y otros dos discípulos’.
‘Me voy a pescar…’ dice Pedro. ‘Vamos también nosotros contigo’, dicen los demás. ‘Salieron, se embarcaron; y aquella noche no cogieron nada’. La misma experiencia. Jesús no está con ellos en la barca, aunque allá en el amanecer sí estaba en la orilla, pero ellos no lo reconocen. ‘No saben que era Jesús… Muchachos, ¿tenéis pescado?... echad la red a la derecha de la barca y encontraréis…’ Sucede lo mismo que la vez anterior.
Será ahora el discípulo amado el que le dice a Pedro ‘Es el Señor’. Ya sabemos cómo Pedro salta al agua porque se le haría largo el tiempo y la distancia para llegar a los pies de Jesús. En la otra ocasión había exclamado: ‘¡Apártate de mí que soy un hombre pecador!’. Ahora corre para llegar hasta los pies de Jesús. Los demás llegaron remolcando la red. Jesús les tenía preparado sobre unas brasas pescado y pan. ‘Vamos, almorzad’.
Los santos Padres ven en esta segunda pesca milagrosa una imagen de la Iglesia. Esa red repleta de toda clase de peces. Unos pescadores que por la presencia y la fuerza del Espíritu de Jesús llevan adelante su misión. En la otra pesca Jesús les había dicho que los haría pescadores de hombres. Una iglesia que camina guiada por la presencia de Jesús en medio de ella y con la fuerza de su Espíritu. Es Cristo el que suscita en nuestro corazón lo bueno que tenemos que hacer y sin El nada podemos hacer. Es Cristo el que se hace presente en los pastores y por la fuerza del Espíritu va dando fecundidad a toda la acción pastoral.
Tenemos que aprender algo que creo que es importante. Solos, sin Cristo nada somos ni nada podemos hacer porque es su obra. Unidos a El, sintiéndole en nuestro corazón, presente en nuestra vida iremos realizando toda esa buena labor que hemos de hacer. Cristo se hace presente y nos habla, y nos señala el camino, y nos alimenta. Ese pan y ese pescado sobre las brasas es símbolo de la Eucaristía que nos fortalece y nos alimenta.
La Iglesia no puede vivir sin Eucaristía. El cristiano tiene que alimentarse en todo momento de Cristo Eucaristía.

jueves, 16 de abril de 2009

Les abrió el entendimiento para entender las Escrituras

Hechos, 3, 11-26
Sal. 8
Lc. 24, 35-48


Así estaba escrito: el Mesías padecerá, resucitará de entre los muertos al tercer día, y en su nombre se predicará la conversión y el perdón de los pecados a todos los pueblos, comenzando por Jerusalén. Vosotros sois testigos de esto’.
Una vez más vemos al mismo Jesús explicarlo. Lo había anunciado y no lo habían entendido. Se los explicaba a los discípulos que marchaban a Emaús. ‘Le explicó todo lo que se refería a El en toda la Escritura’. Y ahora nos dice el evangelista que ‘les abría el entendimiento para comprender las Escrituras’.
Lo que hemos escuchado hoy es lo que nos narra Lucas como sucedido cronológicamente a continuación del regreso de los discípulo de Emaús. ‘Estaban hablando de estas cosas… contaban lo que les había pasado por el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan… cuando se presenta Jesús en medio de ellos y les dice: Paz a vosotros’. Miedo, sorpresa, atónitos no se lo creen, llenos de alegría… ¿será un sueño? Era una realidad, Jesús estaba en medio de ellos. Era El, no un fantasma, ahí están sus manos y sus pies con las señales de los clavos, pide comida, le ofrecen un trozo de pez asado, comió delante de ellos…
‘Vosotros sois testigos de esto’. Escuchamos en los Hechos de los Apóstoles a Pedro dando testimonio. Un paralítico les ha tendido la mano pidiendo limosna a la entrada del templo por la puerta Hermosa. ‘No tengo plata ni oro, te doy lo que tengo…’ ¿Qué le va a ofrecer Pedro si no tiene para dar una limosna? Su fe en Jesús resucitado. ‘En nombre de Jesucristo Nazareno, echa a andar’. En nombre de Jesús, el Nazareno como todos lo conocen, pero Jesús que es el Cristo, el Ungido de Dios, el Mesías. Un día Pedro había dicho: ‘En tu nombre echaré las redes…’ y la redada de peces fue muy grande. Ahora en nombre de Jesús levanta a aquel paralítico. ‘Echa a andar… levántate y anda’, como había dicho Jesús en tantas ocasiones.
Y Pedro da testimonio ante todos anunciando a Jesús. ‘Matásteis al autor de la vida, pero Dios lo resucitó de entre los muertos y nosotros somos testigos. Como éste que ven aquí y que conocéis – todos conocían al paralítico curado porque lo veían todos los días pidiendo limosna a la entrada del templo -, ha creído en su nombre y su nombre le ha dado vigor; su fe le ha restituido completamente la salud, a vista de todos vosotros’.
Es Jesús quien nos salva. Necesitamos tener fe en El. A El acudimos desde nuestra vida y con nuestra vida. A El acudimos con nuestra necesidad y nuestro mal. A El acudimos con nuestro pecado y ansiosos de gracia y de perdón. Acudimos a El para que nos abra el corazón para comprender las Escrituras.
Contemplamos a Cristo resucitado, vencedor del pecado y de la muerte. Que El nos levante de la muerte de nuestro pecado. Que no nos ahogue la tiniebla de la tentación y del pecado que nos acecha. Que no nos enturbien la mente nuestras dudas y complejos. Que sintamos esa mano que nos levanta y nos llena de vida. Que nos iluminemos con su luz. Que se nos abra el corazón y entendamos las Escrituras. Que nos llenemos de su paz y de su alegría.

miércoles, 15 de abril de 2009

Camina a nuestro lado y no lo reconocemos

Hechos, 3, 1-10
Sal. 104
Lc. 24, 13-35


‘¿Qué conversación es esa que traéis mientras vais de camino? Ellos se detuvieron preocupados…’ dice el evangelista a la pregunta que les hace el extraño caminante que se les ha unido.
Se sienten tan frustrados y desesperanzados que sus ojos estaban ciegos. Sólo piensan en pasado mientras no caen en la cuenta de lo hermoso del momento presente.
‘¿Eres tú el único forastero en Jerusalén que no sabes lo que ha pasado allí estos días?’ ‘Ha pasado… fue un profeta poderoso en obras y palabras… nosotros esperábamos… les habían dicho… no encontraron su cuerpo… las mujeres vinieron contando que habían visto…’ Hablan de Jesús en pasado pero no ven el momento presente. La muerte de Jesús les había llenado la vida de sombras y todavía ellos no habían visto la luz de la resurrección.
Y Jesús estaba con ellos como con nosotros tantas veces cuando en el camino de la vida nos sentimos desalentados, las cosas no nos salen como nosotros quisiéramos, recibimos desaires que nos hieren y hacen sentir mal. También nosotros nos cegamos y nos cuesta ver esa presencia de Jesús.
Hubo una cosa buena en aquellos caminantes de Emaús. A pesar del estado de ánimo se dejaron enseñar por Jesús. Casi sin darse cuenta ellos, una vez que desahogaron sus penas y tristezas, Jesús tomó la palabra y comenzó a enseñarles. Ellos, como dirían luego, le escuchaban a gusto y les ardía el corazón. ‘¿No ardía nuestro corazón mientras nos hablaba por el camino y nos explicaba las Escrituras?’
Jesús les explicaba el sentido de las cosas que a ellos hasta ese momento tanto les había costado aceptar y comprender. ‘¡Qué necios y torpes sois para creer lo que anunciaron los profetas! ¿No era necesario que el Mesías padeciera esto para entrar en su gloria? Y comenzando por Moisés y siguiendo por los profetas, les explicó lo que se refería a El en toda la Escritura’.
Escuchando la Palabra de Jesús el corazón se les fue abriendo hasta que surge el gesto generoso de la hospitalidad. ‘Quédate con nosotros porque atardece y el día va de caída’… se hace de noche si tú no estás con nosotros, y no queremos perder tu luz, es como si le dijeran.
Será entonces sentados a la mesa del amor y la hospitalidad cuando al partir el par lo reconocieron. ‘Sentado a la mesa con ellos, tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo dio. A ellos se les abrieron los ojos y lo reconocieron’. Aunque luego ya sus ojos no lo verán, saltarán de alegría porque Jesús estuvo con ellos. Ya tenían luz en el corazón y no importaba lo oscuro del camino para volver a Jerusalén. ‘Les contaban lo que les había pasado por el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan’.
Tenemos que dejarnos encontrar por Jesús en cualquiera que sea la situación de nuestra vida en que nos encontremos. Dejarnos encontrar y escucharle. Dejarnos llenar de luz. Dejar que se caldee de nuevo nuestro corazón. Reconocerle en lo hondo del corazón y reconocerle en la fracción del pan. Muchas oscuridades desaparecerán de nuestra vida.

martes, 14 de abril de 2009

Jesús nos llama por nuestro nombre

Hechos, 2, 36-41
Sal. 32
Jn. 20, 11-18

Necesitamos oír la Palabra de Jesús que nos llama por nuestro nombre. Como María Magdalena hoy en el evangelio.
La Palabra que escuchamos no puede quedarse en una palabra fría y ritual, ni en una palabra teórica, sino que tiene que ser siempre una palabra viva que llegue a nuestra vida. En sí misma eso es siempre la Palabra que el Señor nos dirige; por eso es tan importante la actitud con que nosotros la acogemos, los oídos, podríamos decir, con que la escuchemos. No vamos a ella como quien simplemente va a aprender cosas, ni podemos ponernos en la distancia con una cierta actitud de reserva ante lo que nos vayamos a encontrar, ni como quien ya se la sabe y la conoce y nada nuevo nos va a decir.
Tenemos que sentirla como una Palabra que el Señor nos dirige en nuestra vida concreta personal y comunitariamente recibida. Se dirige a cada uno personalmente en su vida pero también es la Palabra que Dios dice al pueblo creyente. Algunos, cuando se sienten interpelados por la Palabra, porque quizá el comentario o reflexión del sacerdote no toca de manera directa, piensan ‘eso lo está diciendo por mí’. Pero es que siempre tendríamos que decir eso mismo ‘el Señor lo dice por mí’.
Lo vemos hoy en María Magdalena en el texto proclamado en el Evangelio. Allí está llorosa, llena de dudas y desconsuelos, buscando dónde está el cuerpo de Jesús. Eso la ha confundido de manera que no llega en principio a reconocer la presencia de Jesús, confundiéndolo con el encargado del huerto. Pero, cuando escucha su nombre en labios de Jesús, lo reconoce. ‘María’, le dice Jesús. ‘Rabboni (Maestro)’ exclama ella tirándose a su pies.
La veremos ir luego gozosa a contar a los discípulos su encuentro con Jesús. ‘He visto al Señor y me ha dicho esto’, les cuenta. Si vida cambia al escuchar esa Palabra directa de Jesús que llega a su corazón. Lo que decíamos al principio: necesitamos oír la Palabra de Jesús que nos llama por nuestro nombre.
Lo mismo es lo que sucede en lo que hemos escuchado en los Hechos de los Apóstoles. El texto es continuación literal del escuchado ayer, porque vamos a seguir haciendo una lectura continuada a través de todo el tiempo pascual. Pedro les ha hablado de Jesús: ‘Escuchadme, israelitas: os hablo de Jesús Nazareno, el hombre que Dios acreditó ante vosotros…’ Y hoy le hemos escuchado concluir. ‘Todo Israel esté cierto de que el mismo Jesús, a quien vosotros crucificasteis, Dios lo ha constituido Señor y Mesías’.
Fue una palabra que llegó a lo hondo de aquellos que le escuchaban. ‘Estas palabras les traspasaron el corazón y preguntaron a Pedro y a los demás discípulos: ¿Qué tenemos que hacer hermanos?’ Y ya conocemos la respuesta de Pedro: ‘convertíos y bautizaos todos en nombre de Jesucristo, para que se os perdonen los pecados, y recibiréis el Espíritu Santo…’
Convertirse, creer en Jesús. Aceptar que Jesús es el Mesías de Dios, el Hijo de Dios que se ha entregado a la muerte para salvarnos, que es el Señor que vive y está en medio de nosotros.
Convertirnos, creer en El y unirnos a El. Por eso, recibir el Bautismo, que es esa participación en el misterio de Cristo que nos une a El, que es participar en su muerte y su resurrección.
Es la Palabra viva que llega a nuestro corazón y nos da vida. Nos da vida porque nos hace partícipes de la vida de Dios. Nos une a Jesús. Una Palabra que se dirige a cada uno y nos llama por nuestro nombre, porque para nosotros, para mi, es esa salvación que Jesús nos ha ganado. Escuchémosle.

lunes, 13 de abril de 2009

Testigos con valentía de Cristo resucitado frente a un mundo que no cree

Hechos, 2, 14. 22-32
Sal. 15
Mt. 28, 8-15

Seguimos disfrutando de ls mieles de la Pascua. Vivimos la misma alegría de domingo de la resurrección que se va a prolongar de manera especial durante todo lo que es la octava de la Pascua, que es como seguir celebrando lo mismo que el primer día en un día grande que se prolonga ocho días.
Hoy nos encontramos en la Palabra proclamada dos posturas o actitudes contrapuestas en los testigos de la resurrección del Señor, que bien pudieran reflejar actitudes y posturas que nos seguimos encontrando hoy.
Por una parte, aquellos que fueron testigos directos del momento en que se corrió la piedra de la entrada del sepulcro, los guardianes que se habían puesto, y a los que hicieron callar con sobornos para que no se manifestaran como tales testigos. Por otro lado, el testimonio valiente y claro de Pedro y los otros discípulos manifestándose sin ningun temor como testigos de Cristo resucitado.
Hemos escuchado a Pedro en su discurso del día de Pentecostés que habla directamente de Jesús. 'Escuchadme, israelitas: os hablo de Jesús Nazareno, el hombre que Dios acreditó ante vosotros...' Estaba hablando ante quienes crucificaron a Jesús. 'Vosotros, por mano de paganos, lo matasteis en una cruz...' No era fácil decirlo. Ya incluso antes incluso habían prohibido hablar de Jesús o manifestarse como su seguidor con la amenaza de ser expulsado de la sinagoga.
Podemos recordar el hecho de la curación del ciego de nacimiento en las calles de Jerusalén. Los padres del ciego no habían querido dar testimonio sobre quién había curado a su hijo. 'Sabemos que es nuestro hijo y que nació ciego, pero cómo ve ahora, no lo sabemos... preguntádselo a él, que es mayor, y puede explicarse'. Y comenta el evangelista: 'Sus padres respondieron así porque tenían miedo a los judíos; porque los judíos habían acordado excluir de la sinagoga a quien reconociera a Jesús como Mesías'.
Más tarde nos contarán los Hechos de los Apóstoles, como tendremos oportunidad de escuchar en este tiempo de Pascua, que les prohibían formalmente hablar de Jesús, pero los apóstoles respondían que 'no podemos callar lo que hemos visto y oído... tenemos que obedecer a Dios antes que a los hombres'.
Ahora Pedro habla directamente de Jesús, como hemos escuchado. 'Dios lo resucitó rompiendo las ataduras de la muerte; no era posible que la muerte lo retuviera bajo su dominio... Dios resucitó a este Jesús, y todos nosotros somos testigos...'
En el evangelio veremos la alegría de aquellas 'mujeres que se marcharon a toda prisa del sepulcro e impresionadas y llenas de alegría corrieron a anunciarlo a los discípulos'. El sepulcro estaba vacío y los ángeles les habían anunciado la resurrección. Pero es Cristo quien les sale al encuentro. 'Alegráos... no tengáis miedo: id a comunicar a mis hermanos que vayan a Galilea; allí me verán'.
Nosotros hemos de manifestarnos así valientemente como testigos de la resurrección del Señor. Aunque el mundo que nos rodea no nos entienda o esté en otras cosas. Porque muchos no lo terminan de entender ni lo creen. A muchos incluso les puede sonar raro que nosotros nos felicitemos en estos días.
Me sucedió ayer al ir a comprar el pan. Tras el saludo les felicité porque estamos en la resurrección del Señor. Una persona me miró y me dijo, sí es verdad es el día de resurrección, pero la otra persona se quedó callada mirándome como si no entendiera lo que le decía.
No es noticia para nuestros medios de comunicación que estemos celebrando la resurrección del Señor. Noticia serán en estos días las procesiones de los coches que regresan de las vacaciones con las largas y kilmétricas colas en carreteras y autopistas; noticia son los accidentes de tráfico y sus muertos o la lluvia que aguó las vacaciones a muchos. Pero no será noticia de primera página que celebramos la resurrección del Señor, porque creemos en El.
Frente a este mundo tenemos que seguir siendo testigos de una fe y de una esperanza, que para nosotros nace en la resurrección del Señor.

domingo, 12 de abril de 2009

Proclamemos nuestra fe en Cristo resucitado




DOMINGO DE RESURRECCION
Hechos, 10, 34.37-43
Sal. 117
1Cor. 5, 6-8
Jn. 20, 1-9


‘Este es el día en que actuó el Señor: sea nuestra alegría y nuestro gozo’. Es el canto de la Pascua. Este es el día. Nuestra alegría, nuestro gozo. Cristo ha resucitado. Actuó el Señor. Llega la vida y la salvación. Todo es fiesta. Nos gozamos en el Señor.
Nuestra esperanza se ha cumplido. Nos sentamos a la sombra de la cruz a la puerta del sepulcro, pero con la esperanza de la vida. Y la Vida nos ha inundado. Cristo ha resucitado. El gozo de Cristo resucitado llena nuestro corazón y lo hace rebosar. Anoche, en el amanecer del día primero, estalló la luz y la vida nos inundó. Hoy lo seguimos celebrando con toda solemnidad y quisiéramos contagiar a nuestro mundo de tanta felicidad y alegría.
Como Pedro, en lo que escuchamos en la primera lectura, nosotros somos testigos. Estamos llamados a dar testimonio ante el mundo de que Cristo vive. No podemos permanecer en las sombras ni en las tinieblas de la muerte y no podemos permitir que el mundo siga en sus tinieblas. Por eso la certeza que tenemos en el corazón hemos de trasmitirla. Lo hacemos con nuestra voz y nuestras palabras, con nuestros cantos de alegría y con toda la fiesta que hacemos, pero tenemos que hacerlo con toda nuestra vida.
Por una parte fijémonos en el evangelio hoy proclamado – luego lo haremos también en la carta de san Pablo – para que veamos lo que tenemos que hacer y las actitudes que tenemos que dejar atrás, que quitar. Mientras los discípulos no estaban convencidos de que Cristo había resucitado, todo era oscuro, todo eran elucubraciones y desconfianzas, todo era ceguera y sospechas.
Maria Magdalena iba a llorar al sepulcro y dice el evangelista, como un síntoma, que era oscuro. Al ver corrida la piedra de la entrada del sepulcro y no está el cuerpo muerto de Jesús allí, todo fue desconfianza y sospecha. ‘Se han llevado el cuerpo de Jesús y no sabemos donde lo han puesto’. Más tarde María Magdalena, que aun seguía llorando a Jesús muerto, diría al que creía el hortelano ‘Si tu te has llevado el cuerpo de Jesús, dime donde lo has puesto’. Corre ahora a comunicarlo a Pedro y a Juan que también corren al sepulcro a comprobar lo que Magdalena les dice. Mañana de carreras llamo yo a esta mañana. Sólo ven las vendas por el suelo y el sudario enrollado aparte.
Cuando se les encienda la luz de la fe todo será distinto. Es Juan el primero. Aunque había llegado antes que Pedro no había entrado; ‘entonces entró también el otro discípulo, el que había llegado primero al sepulcro; vio y creyó’. Y comenta el evangelista. ‘Hasta entonces no habían entendido la Escritura: que el había de resucitar de entre los muertos’.
La fe todo lo ilumina. Como tenemos nosotros que dejarnos también iluminar por la fe. Por eso hoy para nosotros todo es luz. Todo es vida. Y toda esa fe tiene que manifestarse en nosotros en una vida nueva, en unas actitudes nuevas, en una nueva luminosidad en nuestra vida para verlo todo distinto y con una confianza nueva.
Por eso san Pablo nos invitaba a quitar la levadura vieja de nosotros, de la corrupción y de la maldad, porque tenemos que ser una masa nueva. No podemos dejar fermentar lo malo en nosotros. ‘Porque ha sido inmolada nuestra víctima pascual, Cristo’.
Si Cristo fue inmolado y lo contemplamos ahora resucitado ya todo el mal ha sido vencido, la muerte ha sido derrotada. El es ‘el verdadero Cordero que quita el pecado del mundo: muriendo destruyó nuestra muerte y resucitando restauró la vida’, como cantamos en el prefacio pascual. Somos los hombres nuevos. Restaurados con la muerte y la resurrección de Cristo. Por el Bautismo nos hemos unido a El en una muerte como la suya para que así andemos en una vida nueva, como nos enseña san Pablo. ‘En la muerte de Cristo nuestra muerte ha sido vencida, y en su resurrección hemos resucitado todos’, como decimos en otro de los prefacios de Pascua.
Creo que los cristianos tenemos que despertar nuestra fe en la resurrección de Cristo. No sé si todos los que llevamos el nombre de cristianos tenemos bien clara esa certeza que se convierte en el meollo, en el centro de nuestra fe. Porque creer en la resurrección de Jesús nos hace vivir una vida nueva y distinta porque con Cristo nos sentimos renacidos a una vida nueva, y además eso nos da una trascendencia distinta a toda nuestra existencia.
Estamos llamados a la resurrección. Es un artículo de nuestra fe. Creemos en la resurrección de los muertos y en la vida futura, en la vida eterna junto a Dios. Y muchos viven como si no creyeran en esa vida futura y en esa resurrección. Aunque lo recitemos en el credo de nuestra fe, no lo llevamos a la práctica, podemos decir, en hoy de nuestra vida de cada día. Y para muchos la muerte es el final irremediable y fatal tras la cual no hay esperanza de ninguna otra vida. Y así se nos cae por la base todo el edificio de nuestra fe y de nuestra vida cristiana.
Por eso al celebrar hoy a Cristo resucitado y proclamarlo ante el mundo, tenemos que hacer renacer esa fe y esa esperanza en nuestro corazón y en el corazón y la vida de todos los hombres, de toda la humanidad. Es una consecuencia de nuestra confesión de fe en la resurrección de Jesús.
‘Este es el día en que actuó el Señor: sea nuestra alegría y nuestro gozo’.