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sábado, 6 de abril de 2024

Como cristianos tenemos que mirar a Cristo y a su Pascua, para experimentar en nosotros el paso de Dios por nuestra vida y así ser testigos de Evangelio ante el mundo

 


Como cristianos tenemos que mirar a Cristo y a su Pascua, para experimentar en nosotros el paso de Dios por nuestra vida y así ser testigos de Evangelio ante el mundo

Hechos de los apóstoles 4, 13-21; Salmo 117; Marcos 16, 9-15

¿Tan difícil es creer? Pudiera parecer una pregunta retórica sin embargo ante esa pregunta no todos van a responder de la misma manera. Desde los que te dicen que para ellos es fácil, porque solo significa aceptar unas tradiciones o unos mandatos para la vida y realmente no se hacen más planteamientos profundos, como que para decir que de verdad somos creyentes es necesario implicar la vida en esas verdades en las que decimos que creemos, pero también los que lo consideran algo irracional, supersticiones heredades de otros tiempos, de otras tradiciones pero que nos dicen que razonablemente el hombre de hoy no tiene por qué implicarse en una vida de fe, en una vida y prácticas religiosas, o que eso lo consideran como algo del pasado o algo meramente privado y allá cada uno con su fuero interno.

Claro que cuando nos lo estamos planteando así, no sé si todos comprenderán lo mismo en relación a lo que es creer, o si nos podemos quedar en una visión superficial de la fe. Y es que decir que tengo fe no es simplemente como un barniz externo que pongo a mi vida con unos ritos o unos cumplimientos sin que realmente esté convencido, sino que es algo mucho más hondo que le va a dar un sentido y un valor a la vida. Cuando me digo creyente y creyente cristiano es mucho más lo que tenemos que manifestar o lo que realmente tenemos que hacer vida nuestra.

Cuando hablamos de fe estaremos entrando en una visión, llamémosla así, de confianza, pero una confianza que estoy otorgando desde una experiencia previa de amor. Me siento amado de Dios, y más cuando lo miro todo desde la óptica de Jesús, y estoy dando una respuesta de amor poniendo mi confianza en quien sabemos que verdaderamente nos ama. Y me convenzo de ese amor desde lo que contemplo en Jesús, pero más aun desde lo que yo voy experimentando en mi propia vida de lo que es ese amor que Dios nos tiene que nos ha entregado a Jesús. En ese amor me siento transformado, en ese amor siento que la vida tiene un distinto sentido y valor, en ese amor me siento engrandecido a pesar de todas las limitaciones que yo sé que tengo en mi vida, porque me conozco y conozco mis debilidades.

Sin embargo, no siempre es fácil, me siento envuelto en esas mismas debilidades que no me dejan dar toda esa respuesta de amor que tendría que dar a todo el amor que de Dios recibo. Son muchos los cantos de sirena que tratan de arrastrarme encandilándome con otras cosas que parece que se nos presentan más fáciles o donde no tendríamos que realizar tanto esfuerzo para superarnos. Miramos a nuestro alrededor y vemos el sentido de vida de tantos envueltos en sus superficialidades y que parece que nada les preocupa y pareciera que todo les va bien, y nos sentimos tentados. Nos ponemos con nuestros razonamientos humanos donde todo nos lo queremos explicar de manera fácil, y nos llenamos de dudas y desconfianzas.

¿Dónde está, pues, nuestra fe? Como cristiano miro a Cristo y a su Pascua. Cuando estoy contemplando a Cristo estoy sintiendo un paso de Dios por mi vida, un paso de Dios que me está diciendo que me ama y solo me pide su amor. Pero muchas veces nos cuesta mirar la Pascua de Cristo; nos sentimos como desconcertados con su sufrimiento, son su pasión y su muerte y no terminamos de contemplar toda la luz que viene a resplandecer en la Pascua, al contemplar a ese Cristo crucificado.

Todavía muchas veces seguimos buscando solo al crucificado y no terminamos de contemplarlo vivo y glorioso, no llegamos a captar todo el sentido de la Pascua. Y eso se debe también a las influencias que recibimos de mundo, a las cobardías por las que muchas veces nos dejamos arrastrar cuando tendríamos que ser verdaderos testigos de resurrección.

Hoy el evangelio de Marcos, en su concisión y brevedad nos ofrece un resumen de aquellos momentos de la Pascua de los primeros discípulos. Cuanto les costaba creer que Jesús realmente había resucitado. No aceptaban el testimonio los unos de los otros. Ni creyeron a las mujeres que fueron al sepulcro, ni querían creer a aquellos discípulos que volvieron de Emaús con sus ricas experiencias de Cristo resucitado. Finalmente Cristo se les manifiesta allí en el cenáculo y aunque en principio también se sintieron sorprendidos, terminaron creyendo en Jesús. Jesús les echó en cara su incredulidad y su dureza de corazón, pues no habían creído a los que lo habían visto resucitado.

Definitivamente desde aquella experiencia ahora sí se convierten en los testigos que han de ir por el mundo anunciando esa Buena Nueva. Es el mandato de Jesús. ‘Id al mundo entero y proclamad el Evangelio a toda la creación’. Es el evangelio de la vida y de la salvación, es el evangelio del perdón y de la gracia, es el evangelio del amor de Dios, que no podemos callar. Como dirían más tarde cuando intentaban hacerlo callar y prohibirles hablar en el nombre de Jesús, dirán que no pueden callar lo que han visto y oído.

¿Nosotros podemos decir lo mismo también? ¿Es de esa manera que hacemos anuncio del evangelio? ¿Estaremos transmitiendo también lo que hemos experimentado en nuestra vida convirtiéndonos así en testigos de ese evangelio? Arranquémonos de una vez por todas de nuestras dudas y cobardías.

jueves, 4 de abril de 2024

Jesús no nos deja solos en las oscuridades de nuestros desalientos

Jesús no nos deja solos en las oscuridades de nuestros desalientos, pone muchas señales de su amor con los panes y los peces sobre las brasas que alimentarán de nuevo el fuego de nuestro corazón

Hechos de los apóstoles 4, 1-12; Salmo 117; Juan 21, 1-14

La riqueza de nuestro lenguaje nos ofrece expresiones, que casi son como sentencias, que vienen a describirnos multitud de situaciones por las que podamos estar pasando y que vienen a ser como una manifestación de una cultura o de una filosofía de la vida que condensamos en esos refranes.

‘A perro flaco todo son pulgas’ decimos cuando se amontonan los problemas, las situaciones que se nos vuelven difíciles de resolver, pues decimos también que ‘nunca ningún mal viene solo’. Por supuesto no podemos ser pesimistas ni fatalistas en la lectura de la vida, aunque si es verdad que muchas veces nos encontramos que los problemas se nos juntan y hacen montañas y nos llenamos de desaliento y desánimo.

Los apóstoles habían tenido unas horas bajas, con todo aquello del prendimiento de Jesús y cómo los judíos lo llevaron a muerte. Ya desde un primer momento, allá en el huerto cuando el prendimiento lo abandonaron y huyeron. Algunos andaban algo despistados de acá para allá como le sucedió a Tomás, otros habían intentado marchar a sus casas y sus ocupaciones, y allí estaban en Cafarnaún un grupo de aquellos apóstoles desalentados porque aún les costaba entender que Jesús hubiera resucitado. Pedro se quiere ir a pescar, allá estaba aún la barca y las redes, y los que estaban con él se ofrecieron a acompañarle. ‘Me voy a pescar… Nosotros vamos contigo’, es el diálogo escueto que nos ofrece en esa ocasión el evangelista a más de darnos algunos nombres de los que se fueron a pescar.

Pero aquella noche no cogieron nada. Parece que se repiten algunas circunstancias. Alguien pregunta desde la orilla si tienen pescado y ante la negativa les sugiere que echen la red por el otro lado. Y aunque cansados, y por qué no aburridos por no coger nada, hacen lo que se les pide y ahora de nuevo la redada de peces es bien grande.

¿De quién era aquella voz que les hablaba desde la orilla y ellos no reconocieron? Será Juan, el discípulo amado que hace unas noches en la cena había recostado su cabeza en el pecho de Jesús el que tendrá una sensibilidad especial para reconocer en aquel timbre de voz que le llegaba parecía desde la lejanía, era la voz de Jesús. ‘Es el Maestro, es el Señor’, le dice a Pedro y este se lanzará al agua tal como estaba para llegar pronto a los pies de Jesús. Los demás vendrán en la barca arrastrando la red, pues la redada había sido bien grande.

Es de nuevo la Palabra de Jesús, es la voz del Maestro que en su pesadumbre y en sus oscuridades no supieron reconocer pero sí obedecer, el que les abre nuevos caminos llenos de esperanza. No importa ya lo pesada que sea la red cargada de peces, pero ellos la arrastran hasta la orilla, como un signo de aquella nueva pesca que realmente han de comenzar a realizar. Un día se les había dicho que serían pescadores de hombres.

La mesa está servida, podíamos decir, porque Jesús ha estado al tanto de todo y ya sobre unas brasas hay unos peces y unos panes. ‘Vamos, almorzad’, son las palabras que se escuchan porque parece que nadie se atreve hablar, nadie se pregunta ya, porque todos saben muy bien que es el Señor.

Jesús no nos deja solos, por muchas que sean las oscuridades en que andemos o nos vayamos metiendo en la vida. Los desalientos y los desánimos ensombrecen el corazón y ciegan los ojos. Las ilusiones no bien fundamentadas pueden hacernos daño y hacer que andemos a la deriva. Nos hace falta sentirnos seguros para sentirnos fuertes. Y solo lo podemos estar cuando escuchamos la voz del Señor que nos llama, nos hace prestar atención, nos hace mirar al sitio verdadero donde encontrar la luz y la salvación. Pero somos nosotros los que no podemos amodorrarnos, dejarnos arrastrar por las desilusiones, aflojar la tensión del espíritu para caer en la tibieza que será mucho más dañina que estar frió del todo porque nos llena de confusiones.

Sepamos ver al Señor, escuchar su voz, reconocer tantos signos de amor que va poniendo a nuestro lado, para nosotros tiene también aunque no sepamos verlo los peces y los panes sobre las brasas para alimentarnos y hacer que de nuevo renazcamos a la vida.


Lo que hemos vivido y celebrado tiene que provocar en nosotros un entusiasmo renovador de nuestra fe, ¿hasta dónde nosotros hoy seguimos siendo testigos?

 


Lo que hemos vivido y celebrado tiene que provocar en nosotros un entusiasmo renovador de nuestra fe, ¿hasta dónde nosotros hoy seguimos siendo testigos?

Hechos de los apóstoles 3, 11-26; Salmo 8; Lucas 24, 35-48

Seguían con sus dudas, con su incredulidad… algunas veces nos cuesta dar el brazo a torcer, como se suele decir, o bajarnos del burro. Hay momentos y cosas en la vida que aunque parezcan claras para todo el mundo, dentro de nosotros, sin saber por qué, permanece la duda, no terminamos de creernos aquello que nos dicen, aquello que incluso nuestros propios ojos han contemplado; y nos buscamos otras explicaciones, y decimos que hay algo escondido detrás, y no nos entra en la cabeza. Sobre cosas o acontecimientos que nos cuentan, que vemos a través de noticias, de cosas que se dicen y que tratan de explicarnos cosas de la vida.

Así andaba el grupo de los discípulos aquel primer día de la semana, a pesar de todos los acontecimientos y noticias que iban llegando. Ya desde la mañana las mujeres que fueron al sepulcro y lo encontraron vacío, las visiones de ángeles que contaban que habían tenido, pero que se lo habían tomado como ensoñaciones de mujeres, ahora habían llegado aquellos dos que se habían marchado a Emaús y que habían vuelto a marchas forzadas porque eran una buena noticia que traían, Jesús había estado con ellos en el camino y se había aposentado en su casa, les había hablado y ellos habían sentido algo especial en su corazón sin saber qué, pero al final lo habían reconocido en la fracción del pan. Pero el grupo seguía erre con erre, sin terminarlo de creer.

Y ahora Jesús mismo estaba entre ellos, que se sintieron todos sorprendidos y ahora sí que no sabían qué decir o qué argumentar. Incluso les había pedido si tenían algo que comer, para que vieran que no era un fantasma. Y de nuevo Jesús, como con los discípulos de Emaús se había puesto a explicarles las cosas, a traer a colación las Escrituras donde todo estaba anunciado, y les había abierto el corazón y el entendimiento para que entendieran las Escrituras.

‘El Mesías padecerá, resucitará de entre los muertos al tercer día y en su nombre se proclamará la conversión para el perdón de los pecados a todos los pueblos, comenzando por Jerusalén. Vosotros sois testigos de esto’. Será cuando el Espíritu del venga sobre ellos en Pentecostés cuando lo comprenderán todo y se convertirán en esos testigos de cuanto había sucedido.

¿Hasta donde nosotros hoy seguimos siendo testigos de todo eso que ha sucedido? Hemos venido contemplando y celebrando en estos días, Fue toda la semana de la pasión para la que nos habías venido preparando durante toda la Cuaresma. Está en el fondo esa fe que tenemos en el corazón y que tanto tenemos que renovar. Lo que hemos vivido y celebrado en estos días tenía que ser en verdad para nosotros esa renovación de nuestra fe. Pero ¿cómo seguimos? ¿Nos habrá faltado algo? Porque está pasando la pascua, realmente estamos aun en los primeros días, y parece como si todo ya nos quedara tan lejos que hemos perdido fuelle, hemos perdido entusiasmo.

Y nos siguen apareciendo dudas y desánimos, caemos de nuevo en la rueda de la rutina y vamos perdiendo la intensidad de lo que supuestamente hemos vivido y celebrado. También nos vamos a nuestras cosas, o nos encerramos en las cosas de siempre, haciendo que todo sea lo mismo. Es como si nos faltara algo. Hay comunidades vivas que han vivido con toda intensidad esa fiesta de la Pascua que ha tenido que significar la resurrección del Señor, aunque también lamentablemente hemos de reconocer que esa fiesta quizás nos ha faltado, ha faltado algo que le diera más calor y viveza a nuestra celebración, por eso tan pronto quizás nos enfriamos. No serán las dudas o interrogantes quizás, porque quizá ni nos lo planteamos, sino la fuerza de la rutina que nos hace tibios en nuestro espíritu.

Renovemos el calor de la pascua, que en verdad sintamos con toda intensidad la presencia del Señor resucitado en medio nuestro, y podamos entonces con valentía y con alegría desbordante hacer el anuncio de la resurrección del Señor.

miércoles, 3 de abril de 2024

Dejémonos encontrar por Jesús que llegará a través de los signos más insospechados, de las personas que menos pensamos, o de esa nueva sensibilidad del corazón

 


Dejémonos encontrar por Jesús que llegará a través de los signos más insospechados, de las personas que menos pensamos, o de esa nueva sensibilidad del corazón

Hechos de los apóstoles 3, 1-10; Salmo 104; Lucas 24, 13-35

Pero, ¿de qué están hablando ustedes? Parece que no entienden mucho lo que pasa y de lo que están hablando. De pronto alguien se ha metido en nuestra conversación y con ese poco menos que exabrupto se mete con nosotros y con lo que estamos hablando. Seguramente nos deja perplejos con esa irrupción en nuestra conversación, y habría la posibilidad de que le respondiéramos de mala manera, o si era tal el estado anímico por el que estamos pasando, nos quedamos callados sin saber qué responder o qué hacer.

¿Se sentirían así aquellos dos discípulos que en aquella tarde se marchaban a Emaús dándole vueltas y revueltas a cuando había sucedido aquellos días y para lo que terminaban de encontrar explicación? También se verían sorprendidos con aquel caminante que se une a ellos en el camino y en la conversación. Explicado un poco lo que había sucedido que no comprendían que él no lo supiera, se encuentran que el caminante va dando respuestas a todo aquello que estaba sucediendo en sus corazones.

Para ellos había sido un chasco muy grande el que habían sufrido, con el prendimiento y muerte de Jesús. Aunque recordaran que El lo había anunciado, sin embargo no lo terminaban de entender. Aunque habían venido las mujeres que habían ido al sepulcro aquella mañana diciendo que estaba vacío y unos ángeles les hablaban de que había resucitado, se lo habían tomado como visión de mujeres y no las habían creído. Ahora desalentados se vuelven a sus casas y a sus cosas, tan cegados por el sufrimiento ante todo lo que había pasado que no llegan a reconocer a quien les hablaba, que ahora les explicaba con las Escrituras en las manos el sentido de cuanto había sucedido.

Poco a poco parece que van cambiando sus actitudes y posturas, que van sintiendo algo distinto en sus corazones, algo así como cuando Jesús les hablaba, y ante el deseo de seguir adelante aquel caminante le invitan a quedarse con ellos, porque los caminos en la noche son peligrosos. ‘¡Quédate con nosotros, porque atardece!’


Cuando se sienten a la mesa y al partir el pan para ellos, podíamos decir, como huésped de honor en aquel hogar, se les abren los ojos. Lo reconocieron al partir el pan. Ahora se dan cuenta de quien ha caminado con ellos y les hablaba; les ardía el corazón mientras les explicaba las Escrituras. Y aunque ya no lo están viendo con los ojos de la cara saben que ha estado con ellos y que es Jesús que verdad ha resucitado, por eso marchan de nuevo a Jerusalén, ya no hay noche peligrosa para ellos, para anunciar a los demás cuantas cosas les han sucedido.

Es un texto hermoso que habremos meditado y reflexionado muchas veces. Un texto seguramente donde nos hemos visto retratados, en aquellos desánimos y desesperanzas con las que andaban por aquellos caminos que cada vez más se les llenaban de sombras. Cuántas veces andamos así, y también tenemos la tentación de tomar el camino de la huida, de marcharnos de nuevo a nuestras cosas porque quizás queremos olvidar, porque no nos queremos comprometer, porque no queremos hacer el esfuerzo de abrir los ojos y el corazón.

Y Jesús nos va saliendo al encuentro en ese camino oscuro de la vida que vamos recorriendo, y cuanto nos cuesta muchas veces reconocerle. Alguna vez quizás también cuando se han metido con nosotros, y nos han dicho cosas que nos interrogan o quieren abrirnos los ojos para que tengamos una mirada distinta, quizás nos encerramos más, quizás interiormente rechazamos esa posibilidad de ver las cosas de otra manera. Tenemos que despertar la sensibilidad de nuestro corazón, para no encerrarnos en nosotros mismos. Cuando abramos las puertas del corazón para dejar que alguien entre a nuestra vida seguramente todo cambiará, porque las actitudes de amor y de generosidad hacen milagros en la vida. Como les sucedió a aquellos discípulos de Emaús que querían que se quedara con ellos y fue entonces cuando lo reconocieron.

Dejémonos encontrar por Jesús que podrá llegar a nosotros a través de los signos más insospechados, a través de las personas que quizás menos pensamos que pudieran ayudarnos, a través de esa nueva sensibilidad que ponemos en el corazón. Nos daremos cuenta que Jesús está entre nosotros y saldremos también corriendo a anunciarlo a los demás sin temores a noches oscuras ni a peligros en los caminos.

martes, 2 de abril de 2024

Afinemos las fibras de nuestro espíritu para que entremos en la sintonía del amor que va a secar nuestras lágrimas y nos dará sensibilidad ante las lágrimas de los que nos rodean

 


Afinemos las fibras de nuestro espíritu para que entremos en la sintonía del amor que va a secar nuestras lágrimas y nos dará sensibilidad ante las lágrimas de los que nos rodean

Hechos de los apóstoles 2, 36-41; Salmo 32; Juan 20, 11-18

¿Por qué lloras? Es lo que sale espontáneo de nuestros labios cuando vemos correr rostro abajo unas lágrimas. Sale a flote nuestra sensibilidad. Unas lágrimas son siempre un fuerte despertador para nuestra sensibilidad. Ya sea el llanto de un niño, ya sean las lágrimas de una mujer, ya sea el llanto muchas veces disimulado de un hombre que no sé por qué razones parece que estuviera peleado con su masculinidad, pero los hombres también lloran. Y nos preguntamos ¿por qué esas lágrimas?, y no soportamos quizás el sufrimiento que esconden detrás. Y nos dejan quizás mal sabor en nuestro paladar humano porque nos saben quizás a amargura, nos evocan soledades, nos recuerdan sufrimientos que no siempre sabemos curar.

Hoy en el evangelio estamos contemplando de entrada unas lágrimas que nos pueden traer recuerdos de encontradas emociones y recuerdos, pero que son siempre sintonía de un corazón agradecido y lleno de amor que no quiere separarse del amado. María Magdalena tenía mucho que recordar, porque un día Jesús le había arrancado siete demonios de su alma, como nos recuerda san Juan, podía haber sido aquella mujer pecadora pero que sin embargo un día supo volverse hacia el amor y la misericordia y había sido perdonada por sus muchos pecados. Es la mujer que desde entonces siempre había sido fiel y no se había separado de Jesús en sus andanzas a través de toda Palestina desde Galilea a Jerusalén.

Sabemos que estuvo al pie de la cruz hasta el último momento bebiéndose las últimas palabras y los últimos gestos de Jesús para alimentar más y más su amor. Ahora la contemplamos a la entrada del sepulcro vacío, donde en la tarde del sábado ella había contribuido también a depositar allí el cuerpo de Jesús difunto. Entre las primeras mujeres que al alba habían venido al sepulcro en el deseo de embalsamar a Jesús estaba ella también cuando se encontraron el sepulcro vacío.

Ella participó también seguramente en aquellas carreras matinales por las calles de Jerusalén para llevar la noticia que el cuerpo de Jesús no estaba en el sepulcro, y ahora estaba allí llorosa preguntando a todo el mundo quien se había llevado el cuerpo de Jesús, donde lo habían colocado, porque ella iría a buscarlo y traerlo para darle honrosa sepultura. Primero los ángeles que estaban dentro de la sepultura y luego a quien parecía ser el hortelano encargado de aquel huerto.

¿Por qué lloras? Había sido la pregunta repetida. ¿Cómo no iba a llorar el amor cuando sentía que la soledad le amargaba el alma? ¿Cómo no iba a llorar quien se sintiera tan agradecida por los dones de amor que Dios había derrochado sobre ella? Y sus ojos llorosos estaban encandilados y ahora no podían distinguir al que era la luz de su vida que estaba delante de ella. Será el sonido de unas palabras que pronuncian su nombre el que la hará despertar de aquel letargo en que el dolor la había sumido. No fue necesario nada más para que se despertaran todas las sintonías del amor que escuchar su nombre en los labios de Jesús. Todo se hacía música para ella y comenzó de nuevo a cantar su corazón. Había sido la nota palpitante que la había despertado y todo su amor se desbordaba. Seguramente las lágrimas seguían desparramándose de sus ojos, pero ahora eran de alegría en el amor recobrado.

¿Nos embargarán también a nosotros las lágrimas del amor o las lágrimas que nos hacen sensibles al dolor de los demás? ¿Será acaso que ya no sabemos llorar? Despertemos de nuevo la sensibilidad del corazón. Pero quizás también necesitamos oír una voz, una palabra con nuestro nombre en los labios de Jesús. ¿Qué tendríamos que hacer para escucharla? Miremos cómo vamos a afinar las fibras de nuestro espíritu para que podamos entrar de nuevo en esa sintonía de amor. Hay un paso de Dios por nuestra vida que va a ajustar la música de nuestro corazón, dejémonos encontrar por ese paso de Dios que lleva a esa nuestra vida que muchas veces aun permanece junto a la puerta de una tumba. También nosotros tenemos que resucitar.

lunes, 1 de abril de 2024

Unas primeras evangelizadoras, primero llenas de miedo por la sorpresa, pero luego inundadas de alegría anuncian valientemente que Jesús ha resucitado

 


Unas primeras evangelizadoras, primero llenas de miedo por la sorpresa, pero luego inundadas de alegría anuncian valientemente que Jesús ha resucitado

Hechos de los apóstoles 2, 14. 22-33; Salmo 15;  Mateo 28, 8-15

Las sorpresas en muchas ocasiones nos dejan descolocados y no sabemos cómo reaccionar; si además hemos estado pasando por momentos de gran tensión, aunque nos esforcemos por mantener la serenidad y el equilibrio en aquellas cosas que tenemos que hacer, sin embargo siempre nos fallan las cosas, no solemos prevenirnos lo suficiente para los inconvenientes que nos pueden sobrevenir y si a esto se añade la sorpresa de lo inesperado, aunque nos hubieran barruntado que eran cosas que podían suceder, nos hace reaccionar de forma incontrolada mezclándose multitud de sentimientos en nuestro interior y teniendo reacciones bastante dispares.

¿Con qué estado de ánimo iban aquellas mujeres en la mañana del primer día en dirección al sepulcro? Mucho habían pasado la mañana y la tarde del viernes, grande había sido la soledad que habían sufrido durante el sábado sin poder hacer nada, y ahora se apresuraban para a tiempo aun poder embalsamar debidamente el cuerpo de Jesús con sus ungüentos y perfumes; hasta se habían olvidado de llevar a alguien que les ayudara a correr la piedra de la entrada del sepulcro.

Comienzan las sorpresas, porque la piedra está rodada; dentro no se encuentran el cuerpo de Jesús; tienen unas visiones que a ellas les parecen que son Ángeles los que les hablan preguntando por qué buscan allí el cuerpo de Jesús; cómo buscar entre los muertos al que vive, buscan a un crucificado y se les anuncia que está vivo, que ha resucitado. Vienen quizás a su mente las palabras de Jesús cuando anunciaba lo que le iba a pasar y siempre terminaba hablando de resurrección; pero ellas como el resto de los discípulos aquello nunca lo habían entendido. Y ahora parece que es realidad.

Corren sorprendidas, llenas de miedo y al tiempo de gozo y alegría, se mezclan los sentimientos, para ir a contarlo a los discípulos que allá andan encerrados en aquella sala que les habían prestado para la cena pascual y se había convertido en su refugio. Pero se detienen en seco porque es Jesús mismo el que les sale al encuentro. Era verdad, lo que les había dicho el ángel, lo que El había anunciado; lo creen y no lo creen como sucede en estos casos de sorpresa y cuando todo se provoca a la alegría. Quieren abrazarle los pies. Pero las palabras de Jesús que les invita a la alegría, son también un envío, han de ir a anunciar todo esto a los discípulos, las primeras portadoras de la Buena Noticia, las primeras evangelizadoras y precisamente unas mujeres, porque además han de ir a Galilea.

Sorpresa y alegría, temores producidos por la sorpresa porque como suele suceder no se lo terminan de creer, pero también la confianza de un anuncio, la misión de un primer envío que un día será por toda la tierra, unas sencillas mujeres que son las primeras que reciben el mensaje, pero que han de ser las primeras también en transmitirlo, en comunicarlo a los demás.

Es la alegría que seguimos viviendo nosotros también la pascua. Que se disipen nuestras dudas, que se apaguen los nubarrones de los miedos, que sintamos la fortaleza de quien va con nosotros, porque nos ha salido al encuentro pero para estar con nosotros, para también nosotros seguir haciendo ese anuncio hoy.

De lo que hemos celebrado a lo largo de toda la semana santa, de lo que vivimos y celebramos en la vigilia pascual y en el día de Pascua, ¿qué nos queda? ¿Será una cosa que archivamos en los recuerdos y si acaso algún día hacemos memoria de aquello que entonces vivimos y volvemos a abrir ese archivo de nuestros recuerdos? Pesan mucho las actitudes pasivas y negativas que seguimos manifestando en la rutina de los días a la que hemos vuelto como si nada hubiera pasado.

¿Seremos acaso como aquellos guardias que querían mantener que en el sepulcro no había pasado nada y a lo más es que algunos habrían venido de noche para robar el cuerpo de Jesús? ¿Seguiremos todavía con sepulcros sellados y cerrados porque no nos queremos convencer que Cristo está vivo porque quizás nos da miedo hacer ese anuncio a nuestro mundo? Ellos se dejaron sobornar por el dinero, ¿por qué miedos nos dejamos sobornar nosotros?

domingo, 31 de marzo de 2024

Tenemos que ponernos en camino a la Galilea de nuestra vida para seguirle viendo y seguir proclamando la Buena Noticia de la Pascua, que Cristo ha resucitado

 


Tenemos que ponernos en camino a la Galilea de nuestra vida para seguirle viendo y seguir proclamando la Buena Noticia de la Pascua, que Cristo ha resucitado

Romanos 6, 3-11; Marcos 16, 1-7

No podemos menos que repetir el mismo anuncio. Es la Buena Nueva de hoy y de siempre. Es el evangelio que nos manda proclamar Jesús. Es la Buena Noticia que estábamos esperando y para lo cual Jesús nos había pedido desde el principio que teníamos que creer, que teníamos que convertirnos para hacerla vida nuestra. Es la gran noticia del Reino de Dios que se realiza hoy y aquí entre nosotros cuando podemos proclamar, como hoy lo hacemos, a todo pulmón que Cristo ha resucitado.

Lo escuchamos en la noche de la Pascua y lo volvemos a repetir hoy. ‘¿Por qué buscáis entre los muertos al que vive? ¿Estáis buscando a Jesús, el Nazareno, el crucificado? No está aquí. ¡Ha resucitado! Mirad el sitio donde lo pusieron’. Efectivamente la tumba está vacía y eso hará correr a aquellas buenas mujeres que con la mejor buena voluntad del mundo aquel primer día de la semana habían ido para completar los ritos funerarios y embalsamar el cuerpo de Jesús que no habían podido hacer en la tarde del viernes, porque a la caída del sol comenzaba la pascua. Corrían a comunicarlo al resto de los discípulos que estaban aun encerrados en el cenáculo por miedo a los judíos, a que a ellos les pasara igual. ‘Ahora id a decir a sus discípulos y a Pedro: Él va por delante de vosotros a Galilea. Allí lo veréis, como os dijo’.


Lo de menos ahora era que la tumba estaba vacía. Magdalena lloraría a la puerta de la tumba buscando al responsable de quien había quitado de allí el cuerpo de Jesús; vendrían a corroborarlo algunos de los discípulos, Pedro y Juan en loca carrera también por las calles de Jerusalén. Estaba la palabra del ángel. Un ángel le había anunciado a María su nacimiento, ¿habría también un ángel que a ella le anunciara también que había resucitado?

Lo importante es que Jesús les va saliendo al encuentro. A las mujeres en el camino de vuelta, a María Magdalena a la entrada del sepulcro, a los discípulos encerrados en el Cenáculo. Todos van a ir teniendo la experiencia del encuentro con Cristo vivo, con Cristo resucitado. Y nacería la fe en sus corazones. Y correría el anuncio a lo largo y ancho del mundo. Y lo sentimos vivo también nosotros que también nos sale al encuentro y lo podemos vivir. Lo hemos vivido en nuestra celebración pascual y lo sentimos palpitar en nuestros corazones. Y tiene que crecer nuestra fe y convertirse también en anuncio.

Es la Pascua. Es la Pascua hoy y ahora. No es la celebración de un recuerdo. Es la celebración de algo que vivimos. Es el hoy del encuentro con Jesús resucitado. Hemos venido haciendo un camino durante la cuaresma, hemos querido subir con El hasta esta Pascua pasando por el desierto o el monte de la cuarentena, con nuestras dudas y con nuestras reticencias que se habían hecho tentaciones en nuestra vida; quisimos subir con El al Tabor, porque allí también nos había invitado para que aprendiéramos a descubrir la luz; bajamos a la llanura de la vida y fuimos escuchando sus anuncios que algunas veces parecía que se nos hacían duros a los oídos y más aun al corazón, por aquello de lo que teníamos que desprendernos, aquello de lo que teníamos que purificarnos; nos dimos cuenta que la semilla hay que enterrarla para que dé fruto y eso nos costaba; pero quisimos atravesar el pórtico del monte de los olivos para con El entrar en la ciudad santa y con cierto temor nos acercamos un poquito al Calvario.

Ha sido el camino que nos ha conducido a la Pascua, porque nos hemos dado cuenta del paso del Señor por nuestra vida que nos ha ido renovando, purificando, fortaleciendo, transformando. Hoy sentimos la alegría de la Pascua, de contemplarlo resucitado, pero de sentir cómo nos ha llevado a nosotros también a la resurrección, porque ha sido Pascua en nosotros. No es un recuerdo, es la realidad que ahora estamos viviendo, es el gozo grande que ahora se desborda de nuestro corazón, porque nos sentimos con vida nueva, con la vida del resucitado.

A nosotros también nos manda a ir al encuentro con los hermanos, a nosotros nos manda también que vayamos a la Galilea de nuestra vida, para seguirle viendo, para seguir encontrándonos con El. Galilea fue aquel lugar donde principalmente hizo su vida y el anuncio del Reino de Dios. Galilea es el día a día de nuestra vida, de nuestras familias, de nuestros vecinos y nuestros amigos, de nuestros trabajos y lo que son las responsabilidades diarias de nuestra vida. Ahí tenemos que ir con el gozo de la Pascua, ahí tenemos que ir con el anuncio de la Pascua, ahí tenemos que seguir proclamando la Buena Nueva del Evangelio, ahí en esas personas con las que convivimos o con las que nos cruzamos cada día tenemos que seguir encontrándonos con El, ahí a esas personas nosotros vamos a contagiar con la alegría de nuestra pascua.

‘Que vayan a Galilea y allí me verán’, les anunciaban los ángeles en nombre de Jesús a las mujeres que fueron al sepulcro y lo encontraron vacío. Es lo que se nos está diciendo a nosotros. No es al pie del sepulcro, ni en lo alto del calvario donde tenemos que quedarnos. Es ponernos en camino a la Galilea de nuestra vida para seguirle viendo y para seguir proclamando al mundo esa Buena Noticia.

sábado, 30 de marzo de 2024

En silencio nos quedamos junto a María, madre de los Dolores y de las Angustias, madre de la Soledad pero también madre de la Esperanza

 


En silencio nos quedamos junto a María, madre de los Dolores y de las Angustias, madre de la Soledad pero también madre de la Esperanza

Junto a la cruz de Jesús estaba su madre… así sencilla y escuetamente nos dice el evangelista. ¿Había habido un encuentro en la calle de la amargura camino del Calvario? La devoción popular y la tradición nos hablan de ello, viéndolo con toda normalidad; hecho que además en la tradición daría nombre a aquella calle, pues tal imaginamos era la amargura de la madre en el encuentro con el hijo condenado que llevan a crucificar.

Nosotros también en el amor de los hijos queremos ponernos en estos momentos al lado de la madre. La madre del crucificado con todo lo que eso significa, pero que es la madre que hoy se nos ha regalado. Detalles de Jesús, con su madre, con nosotros. Allí estaba el discípulo amado y es a él a quien le dice ‘he ahí a tu madre’; pero es que también se ha dirigido a María la que en aquel momento estaba perdiendo un hijo que se lo arrebataba la muerte, ‘mujer, ahí tienes a tu hijo’. Y nos dice el evangelista - ¿fue el mismo el que recibió el encargo? – que ‘desde aquella hora la recibió en su casa’.

Sí, queremos estar al lado de María, al lado de la madre, al lado de nuestra madre, pero vamos a hacerlo en silencio porque no es de otra manera como se pueden acompañar estos momentos. Sobran las palabras, habla el silencio. Muchos nombres, como calificativos, le damos en este día a María, dadas las circunstancias que vive. El más común Madre dolorosa, Madre de los Dolores, Virgen de los Dolores. El dolor y el sufrimiento de una madre que ve morir a su hijo. Algo que no vamos a describir porque es indescriptible. Pero una realidad dura que parte el corazón.

Simeón le había anunciado que una espada le traspasaría el alma y hasta siete espadas en nuestro amor y devoción vemos que atraviesan el corazón de la madre. Así la representamos, no faltará nunca el signo de esa espada en cualquier imagen de la Virgen de los Dolores. Casi más no podemos decir, no es necesario decir, porque sobran explicaciones. ¿Pregúntenselo a una madre que ve sufrir a un hijo enfermo con una enfermedad incurable? ¿A una madre que pierde un hijo en un accidente, en una guerra? ¿Pregúntenselo a una madre que no tiene pan para darle a su hijo que le dice que tiene hambre?

La llamamos también Virgen de las Angustias, quizás porque en ella al pie de la cruz de su hijo o caminando junto al cuerpo difunto de su hijo llegan hasta su tumba. Es un dolor insuperable que nos hace perder el alma, es una oscuridad grande que nos lleva a perder el rumbo de la vida, es un sin sentido que nos enloquece y nos hace perder todo equilibrio. ¿Sería así la angustia de María? Dolor había en su alma y podrá preguntarnos con las lamentaciones del profeta si es que hay un dolor semejante a su dolor, pero María era la mujer confiada de Dios, en El había puesto toda su fe y toda su confianza, y aunque había tenido momentos de incertidumbre en su vida – ‘¿Cómo será eso que no conozco varón?’ se había preguntado ante el ángel – era la mujer que se fiaba y decía sí. ¿No había dicho ella que era la esclava del Señor dispuesta a todo, a que se cumpliera la Palabra del Señor que le llegaba por boca del ángel?

También la invocamos como la virgen de la Soledad. Justo que la veamos y la invoquemos así cuando ha perdido todo lo que humanamente podía ser su apoyo, había perdido a su hijo. En esa soledad queremos nosotros acompañarla en estos momentos posteriores a la muerte de Jesús. Pero ya nos dice el evangelio junto a María estaba también María Magdalena y aquellas otras mujeres que habían venido con El desde Galilea. Aunque los discípulos de su hijo se habían dispersado y habían huido allí quedaba el discípulo amado que iba a recibir aquel hermoso encargo. Desde aquella hora la había recibido en su casa, como ya hemos comentado.

Soledad la llamamos e invocamos porque queremos expresar así lo que se puede sentir, lo que puede pasar por el corazón de una madre en estas circunstancias. No queremos esa soledad de María, porque además queremos que sea ella la que nos acompañe en nuestras soledades, en nuestras angustias, en nuestros dolores. Necesitamos esa madre que sabe estar a nuestro lado y nosotros queremos saber estar también a su lado. Por algo la llamamos también la Virgen de la Esperanza. Por mucho que fuera el dolor no faltó en ella la esperanza, porque era la primera que había plantado la Palabra de su Hijo en su corazón y entendía que la vida y el amor no se acaban, porque con Jesús la tenemos para siempre, con Jesús nos sentiremos siempre desbordados por el amor.

Y con ella hemos caminado esos pasos de la tarde del Viernes Santo, como la queremos acompañar en este Sábado que parece oscuro y silencioso pero que es preámbulo de un amanecer luminoso con resplandores de resurrección. En silencio nos quedamos junto a María, quizás muchas palabras han circulado ya por nuestra mente cuando la contemplamos, pero nada más vamos a decir. Que ese silencio nos hable, que ese silencio nos haga sentir una presencia que llena el corazón. Con María superaremos dolores y angustias, soledades y desesperanzas, porque con María sabemos llenarnos de luz y de vida, renace la esperanza en nuestro corazón.


viernes, 29 de marzo de 2024

Detengámonos y contemplemos, de frente, con valentía, escuchemos en silencio el susurro del amor de Dios

 


Detengámonos y contemplemos, de frente, con valentía, escuchemos en silencio el susurro del amor de Dios

 Isaías 52, 13 — 53, 12; Salmo 30; Hebreos 4, 14-16; 5, 7-9; Juan 18, 1 — 19, 42

Es viernes santo. Y casi está todo dicho. Es el día en que los cristianos conmemoramos la pasión y la muerte de Jesús. Ante nuestros ojos desfilan, podíamos decir que interminables, las imágenes de la pasión y de la muerte de Jesús. Caminamos por nuestras calles y desfilan a nuestro encuentro las imágenes de la pasión en las procesiones que en todas partes se realizan estos días; entramos a nuestros templos y nos vemos rodeados de las más diversas imágenes de la pasión; vamos a las celebraciones y escuchamos el hermoso relato de la pasión que nos hace hoy el evangelista Juan. ¿Llegaremos a estar saturados?

Detengámonos en cualquiera de esos momentos de la pasión que tan gráficamente se nos describen, aquel que más nos impresiona, aquel que nos hace pensar y nos interroga por dentro, aquel que será más conocido para nosotros; todos tenemos, es cierto, alguna preferencia especial, ante cuya imagen nos sentimos más sobrecogidos. Detengámonos ahí, no es necesario hacer recorrido por todos los momentos, y contemplemos; hagámoslo en silencio, no porque no hablemos, sino porque no nos adelantemos con pensamientos prediseñados o conclusiones que nos hayamos hecho en otros momentos de reflexión. Detengámonos así, como si fuera la primera vez y dejémonos sorprender.

En cualquiera de los momentos ante el que nos detengamos vamos a escuchar aquello que por dos veces repitió Pilatos, ‘he aquí al hombre, aquí está vuestro rey’. No desviemos la mirada ni nos entretengamos en nada sino miremos y escuchemos. Miremos de frente, sin temor, con los ojos bien abiertos, con el espíritu y el corazón bien abierto. Como hemos hecho silencio podemos escuchar un susurro de Dios.

¿Qué estaremos viendo a través de esa imagen de Jesús? Sí, vemos dolor y sufrimiento, un cuerpo atormentado, un cuerpo atravesado por el sufrimiento, pero vemos amor. Es la razón, es el motivo. Es la expresión del amor que nos tiene quien se dio por nosotros. No hay amor más grande, ya nos lo había dicho. Lo comprendemos. Es el amor de Dios Padre que nos entrega al Hijo; es el amor de Jesús que sube a Jerusalén, que sube a la cruz, libremente se entrega. Ha llegado su hora, pero es El quien da el paso adelante, porque hay amor, porque nos ama. ¿Cómo nos sentimos ante tanto amor? ¿Qué es lo que podemos decir? Nos quedamos en silencio, contemplando, rumiando en nuestro interior, sintiéndonos invadidos por ese amor, quedándonos transformados en el amor.

Estamos contemplando a Dios. Estamos sintiendo como nunca la presencia de Dios porque nos sentimos envueltos por su amor. Estamos contemplando cómo se ha bajado del cielo para caminar con nosotros, para caminar entre nosotros, para hacerse uno con nosotros. Se anonadó, porque se hizo esclavo desde el amor. Se anonadó porque haciéndose como nosotros quiso morir como nosotros. Se anonadó porque lo contemplamos en una terrible muerte de Cruz.

Es Dios y se hizo hombre y está sufriendo con toda la humanidad doliente. ‘He aquí al hombre’, había dicho Pilato. Es Jesús, pero en él vemos todo hombre que sufre, toda la humanidad doliente. Asumió nuestro dolor para que en el dolor de todos los hombres le viéramos a El. Sí, eso nos dijo. Y está en el hambriento y en el sediento, en el enfermo y en el que está en la cárcel, en el que está solo y en el que se encuentra en los oscuros callejones de la vida, en el que sufre el desprecio y la discriminación y en el que lleva en su carne los duros horrores de la guerra, en el que es perseguido o despreciado por ser distinto, por ser de otra raza, por ser de otro lugar, porque actúa de otra manera o piensa distinto, en todo el que sufre o que padece por cualquier motivo.

Cuanto le hiciéramos a uno de esos pequeños, a El se lo hacemos, así nos dijo. Cuando hoy lo contemplamos en su pasión y en su muerte seguramente nos hubiera gustado estar allí para liberarlo de ese sufrimiento, para ser quizás ángel del consuelo, para ponernos en su lugar, para acompañarlo con nuestra presencia como Juan, como María Magdalena, como María, su madre. Sí, hoy, pongámonos a su lado en los nuevos calvarios de la vida. Pongámonos a su lado en todos esos que sufren, y ante los cuales tantas veces pasamos insensibles y quizá sin mirarlos. Mirando hoy a Jesús en la cruz aprendamos a mirar a nuestro alrededor para encontrar a ese ser que se encuentra sumido en su soledad, a mirar a nuestro alrededor y descubrir tantas lágrimas que se derraman sobre tantos rostros pero en las que nunca nos habíamos fijado, a mirar de una manera nueva el dolor y el sufrimiento que quizás causamos con nuestros desaires o con la despreocupación con que vamos por la vida.

Dejémonos mirar por Jesús con aquella misma mirada compasiva con que miró a Pedro después de su negación, como miró a Juan desde lo alto de la cruz para entregarle a su madre, como miró a quienes le crucificaban para perdonar y para disculpar, como miró a nuestro mundo para llenarlo de nueva vida y de amor. Algo nuevo tiene que comenzar a brotar dentro de nuestro corazón, una nueva vida tiene que estar gestándose en nosotros. Vamos camino de la Pascua, porque sentimos el paso de Dios por nuestra vida. En nosotros queda siempre la esperanza de la resurrección. Dios está hablando a nuestro corazón.

jueves, 28 de marzo de 2024

En este triduo pascual no olvidemos que estamos celebrando la gran fiesta del amor que se nos manifiesta en la pascua de Jesús y que hemos de hacer como El en nuestra vida

 



En este triduo pascual no olvidemos que estamos celebrando la gran fiesta del amor que se nos manifiesta en la pascua de Jesús y que hemos de hacer como El en nuestra vida

Éxodo 12, 1-8. 11-14; Salmo 115; 1 Corintios 11, 23-26; Juan 13, 1-15

En estos momentos que suenan a despedida da la impresión de que Jesús nos está insistiendo mucho que no lo podemos olvidar, que tenemos que recordarlo siempre, que tenemos que hacer las mismas cosas que El. Son las recomendaciones que se hacen los seres queridos cuando tienen que despedirse porque van a estar lejos físicamente los unos de los otros, son lo que llamamos las ultimas voluntades a la hora de despedirnos de este mundo y de los nuestros que no es solo el testamento de un reparto de bienes o propiedades sino que sabemos que va más allá, porque son las recomendaciones para una forma de actuar, una forma de vivir que es la mejor herencia y que será el mejor cumplimiento cuando hacemos las cosas como nos dijeron.

Lo pongo como ejemplo, pero es lo que Jesús repite, ‘haced esto en conmemoración mía’ o como les dice después de levantarse del suelo de haberles lavado los pies ‘os he dado ejemplo para que lo que yo he hecho con vosotros, vosotros también lo hagáis’. Me vais a recordar, haciendo lo mismo que yo, viene a decirles.

Por eso es tan importante esta cena pascual que Jesús realizó con sus discípulos. ‘Sabiendo Jesús que había llegado su hora de pasar de este mundo al Padre, habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo…’ comienza diciéndonos el relator del evangelio. Llegaba el día de la Pascua; llegaba, más bien tenemos que decir para hacerlo con todo sentido, la hora de la Pascua.

No era solo aquella conmemoración que los judíos realizaban cada año comiendo el cordero pascual y conmemorando su salida de Egipto. Aquella había sido muy importante y había marcado al pueblo para siempre, porque había sido el comienzo de su identidad como pueblo; había sido la liberación de Egipto y el camino hacia la libertad, hacia la tierra prometida. Era importante y aquella cena tenía el valor de un rito conmemorativo que era una forma también de dar gracias a Dios por su realidad de pueblo.

Pero aquella cena de Jesús con los suyos tenía un significado especial. ‘Había llegado su hora…’ Pero era una hora nueva de Dios para una humanidad nueva. Y Jesús quería dejarnos, por así decirlo, una señal de esa nueva pascua. Por eso les dice ‘haced esto… para que vosotros también lo hagáis’. Lo llamamos la Eucaristía, lo sentimos como el amor hasta el extremo de Dios por nosotros.  Por eso cuando nosotros estemos haciendo lo mismo que Jesús y que El nos mandó que hiciéramos, como nos diría san Pablo, ‘cada vez que comemos de este pan y bebemos de este cáliz estamos anunciando, proclamando la muerte del Señor hasta que vuelva’.

¿No es por eso por lo que decimos que cada vez que celebramos lo que El nos mandó celebrar, cada vez que celebramos la Eucaristía estamos celebrando el sacrificio de Cristo?

Sí, tenemos que repetir, hacer de nuevo, todo lo que Jesús hizo. Y como hizo Jesús en aquella noche el pan para nosotros ya será su Cuerpo que se entrega por nosotros, y el vino de la copa será su Sangre derramada por nosotros para el perdón de nuestros pecados. Es el milagro del amor y de la entrega hasta lo más extremo. Es el milagro que nos hace presente a Cristo mismo para que le comamos, como nos había anunciado allá en la Sinagoga de Cafarnaún. ‘El pan que yo os daré es mi vida para la vida del mundo… y el que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna y yo lo resucitaré en el último día’, nos decía. Celebrar la Eucaristía, entonces, es celebrar nuestra redención, es celebrar la salvación.

Pero esto no lo podemos hacer si no vivimos en el amor. Es cierto que es la fuerza para nuestro amor, pero tenemos que decir también que sin amor no tiene sentido el celebrarlo. Recordemos que el mandato de hacer lo mismo que El hizo tenía otra parte, que fue aquel gesto de lavar los pies a sus discípulos. ‘Os ha dado ejemplo para que vosotros también lo hagáis...’ Por eso, sin amor no puede haber Eucaristía; no hay cosa más sacrílega que celebrar la Eucaristía sin amor, o descartando el amor de nuestra vida. ¿No nos decía que si cuando vamos a presentar la ofrenda en el altar hay alguien que tiene quejas contra ti vayas primero a reconciliarte con tu hermano?

Es algo muy serio y muy comprometido. Este día del Jueves Santo, día de la institución de la Eucaristía es también el día del amor fraterno. Cuando estamos iniciando este triduo pascual no olvidemos que estamos contemplando y estamos celebrando la gran fiesta del amor que así se nos manifiesta en Jesús, en su pascua, en su muerte y resurrección. Hoy estamos iniciando la gran Eucaristía que culminará en el amanecer de la resurrección del Señor.

Días de pasión pero también días de gloria. Días para dejarnos inundar por el amor de Dios y días de los que tenemos que salir rebosando de ese amor que ha transformado nuestras vidas pero que queremos que transforme también nuestro mundo. A partir de este momento, de esta pascua que queremos vivir con toda intensidad tendremos que ir por la vida supurando amor, contagiando de amor, empapando de amor todo allí donde estemos. 

No cerremos nuestras vidas al amor.

 

miércoles, 27 de marzo de 2024

Jesús nos dice hoy también a nosotros que quiere venir a celebrar la cena pascual en nuestra casa con aquellos que son sus preferidos y amados, ¿qué sala le vamos a ofrecer?

 


Jesús nos dice hoy también a nosotros que quiere venir a celebrar la cena pascual en nuestra casa con aquellos que son sus preferidos y amados, ¿qué sala le vamos a ofrecer?

Isaías 50, 4-9ª; Salmo 68; Mateo 26, 14-25

Las cosas hay que prepararlas bien. Sobre todo si son conmemoraciones de algo que ha sido importante para nuestra vida, que son parte de nuestra historia, que marcaron de alguna manera nuestra existencia. No puede caer en el olvido. Hay que recordarlo y celebrarlo. De la mejor manera. Con la mayor participación y con las mejores cosas.

Eran los días previos a la celebración de la Pascua. No era algo baladí en la historia del pueblo judío. Hacía siglos que la celebraban y para eso tenían unos ritos propios y seguirían celebrándolo. Estaba todo además muy predeterminado y preestablecido. Así lo había prescrito Moisés y se mantenía fijo el ritual en las Escrituras Santas. Era la comida de un cordero en familia, que era memorial y era anticipo de futuro, aunque no lo tenían muy claro. Pero estuvieran donde estuvieran había que celebrar aquella cena pascual, que así la llamaban. Y había que hacer todos los preparativos. Y en la buena hospitalidad judía se ofrecían las casas de las familias de Jerusalén para los que habían subido de todas partes a la pascua.

Y ahí está la pregunta de los discípulos. ‘¿Dónde quieres que te preparemos la cena de Pascua?’ Y Jesús da instrucciones muy precisas, porque señala circunstancias muy concretas para que encuentren la casa y vayan a decirle de su parte ‘El Maestro dice: mi hora está cerca; voy a celebrar la Pascua en tu casa con mis discípulos’. Probablemente algún pariente que tenían en la ciudad; aquel lugar va luego a convertirse en lugar importante, no solo en aquella cena, sino en los momentos siguientes en refugio, pero también más tarde como punto de encuentro para los primeros discípulos y la iglesia naciente.

Preguntan los discípulos pero termina Jesús haciéndonos también una pregunta. Nosotros también estamos en el momento previo para algo muy importante. También nosotros nos hemos de disponer para celebrar la Pascua. Y tenemos los motivos más grandes del mundo para prepararla bien y para celebrarla con hondura. Ya nos hemos preguntado hace unos días si en verdad Jesús va a venir a nuestra fiesta de pascua y aquello nos hacía pensar. Pero cuidado que ese interrogante siga pesando en nuestras actitudes, en nuestras posturas, en nuestros ajetreos y no sea una pregunta en balde que a poco que nos olvidemos de ella.

Es cierto realmente que muchos son los preparativos que se tienen en estos días en nuestros templos y en nuestras comunidades. Como Marta, allá en Betania, también andamos ajetreados de acá para allá con muchos preparativos y parece que no tenemos tiempo ni para nosotros mismos. Y esos interrogantes tienen que seguir pesando en nuestro interior para que no nos durmamos o no nos entretengamos en lo que no es tan importante.

Sí, Jesús quiere venir a nuestra casa para celebrar la cena de pascua. Y no va a venir solo, viene con sus discípulos. Es algo muy significativo. Me preparo yo, preparo mi casa, pero tengo que tener las puertas abiertas, tengo que despejar la casa de muchas cosas que puedan ser obstáculo para que venga Jesús y para que vengan con sus discípulos, aquellos a los que ama, aquellos que son sus preferidos. ¿Quiénes son hoy esos preferidos del Señor? ¿Quiénes son hoy esos amados de manera especial por el Señor?

Tenemos que mirar nuestra casa, nuestro corazón, ese mundo que nos rodea, con sus problemas, con sus necesidades, con sus pobrezas, con sus guerras, con la gente que nos parece que anda desorientada de acá para allá, con esa gente que quizás no nos gusta tanto, con esos que quizás nosotros quitaríamos de en medio. ¿A quienes quiere Jesús que miremos? ¿A quienes quiere Jesús hoy, en esa vida concreta que vivo, que yo acepte y reciba también en mi casa para juntos celebrar la Pascua?


martes, 26 de marzo de 2024

Recostémonos en el pecho de Jesús para sentir el latido de su corazón y, aunque mucho sea nuestro pecado, escucharemos el latir de la misericordia y del perdón

 


Recostémonos en el pecho de Jesús para sentir el latido de su corazón y, aunque mucho sea nuestro pecado, escucharemos el latir de la misericordia y del perdón

Isaías 49, 1-6; Salmo 70; Juan 13, 21-33. 36-38

Hay momentos en que afloran las emociones y nos sentimos incapaces de controlarlas. Hasta la persona más fría del mundo, la que nos parece que nunca se inmuta, aquel que parece que se ha cubierto con una coraza para no dejar entrever cuales son sus sentimientos también tiene un momento en el que el control desaparece y afloran todas sus emociones.

Algunas veces parece que tenemos que mostrarnos duros e insensibles, no queremos dejar trasparentar lo que llevamos por dentro, porque nos parece quizás una falta de dominio de nosotros mismos, o porque queremos aparentar una fortaleza que quizás en el fondo no tenemos tanto como queremos insinuar; pero nos hace falta dejar trasparentar nuestras emociones para ser más humanos, eso forma parte de nuestra vida, de lo que somos, porque todo no es un fría cabeza sino que están los sentimientos que se desprender del corazón, y eso es también vida nuestra. Cuidado que esas insensibilidades aparentes sean orgullos ocultos, pero que son muy reales en nuestra vida y que por otra parte tanto daño nos puede hacer.

El evangelio que se nos ofrece en este martes santo es un evangelio donde afloran las emociones. Sí, podemos decir, Jesús está emocionado por el momento. Démonos cuenta que este episodio que ahora se nos narra está enmarcado en aquella última cena, la cena pascual que Jesús quiso hacer con sus discípulos como un anticipo o como un principio de lo que iba a ser su Pascua. En dos momentos de esta noche expresará Jesús la tristeza de su espíritu y cuanto ha deseado comer aquella pascua con sus discípulos. Al comienzo de la cena, y luego lo repetirá en su entrada en Getsemaní.

Parece como si en su emoción por el momento se le escapara lo que iba a suceder precisamente a partir de las actitudes de ellos. ‘Uno de vosotros me va a entregar’. Pero al mismo tiempo es su entrega, como así lo había manifestado, nadie le arrebata la vida, sino que El la entrega libremente. Pero por medio anda quien lo va a traicionar, o quienes lo van a traicionar. Pensamos siempre en Judas, a quien le da un poco de pan untado en aquella salsa que preparaban para comer el cordero pascual, pero a él le dice que lo que tiene que hacer que lo haga pronto. No entenderá el resto, que piensa en algún encargo de Jesús a quien era encargado de llevar la bolsa común. Pero cuando salió Judas ‘era de noche’, la oscuridad de la noche lo envolvía.

Allá queda el resto con sus buenos deseos, porque no terminaban comprender lo de la traición y la entrega, estarán dispuestos a todo por Jesús como se adelantará a decir Pedro. Siempre adelantándose sin darse cuenta que el espíritu puede estar pronto pero la carne es débil. Luego se dejará dormir en el huerto cuando Jesús les pide que oren en aquella hora tan importante. Pero Pedro siempre porfiando va a recibir el anuncio más terrible que pudiera escuchar, aunque siga sin comprender. ‘¿Conque darás tu vida por mí? En verdad, en verdad te digo: no cantará el gallo antes de que me hayas negado tres veces’. Así a suceder antes que el gallo cante en esa noche. Sigue estando presente la noche.

Pero hay uno de quien tenemos que aprender que se ha recostado sobre el pecho de Jesús. Por algo será el discípulo amado, como tantas veces va a ser reconocido así y no por su nombre en el evangelio. Podía sentir el palpitar del corazón de Cristo. Podía él palpitar también al mismo ritmo y con el mismo amor. Suyas pueden hacer sus emociones y su sensibilidad, con Jesús podrá subir a una altura espiritual que quizás otros no podrán alcanzar.

¿Quién será el mejor que nos habla de la luz que quiere ser anulada por las tinieblas pero que será quien nos ilumine el camino, de la vida que tiene la última palabra sobre la muerte porque habrá resurrección, de la verdad porque en el espíritu de Jesús vamos a encontrar la verdadera sabiduría, del amor y de la intensidad con que hemos de vivirlo, del camino para seguir a Jesús que es Jesús mismo? Todo su evangelio estará lleno de estas imágenes que por si mismas nos están hablando de lo más profundo de Jesús.


Recostémonos en el pecho de Jesús para sentir el latido de su corazón, y aunque muchas hayan sido nuestras traiciones y negaciones, mucho sea nuestro pecado, escucharemos el latir de la misericordia y del perdón.

lunes, 25 de marzo de 2024

Un perfume, el del amor, como el de Betania a partir de la pascua tiene que envolver nuestra vida y tiene que inundar nuestro mundo para transformarlo

 


Un perfume, el del amor, como el de Betania a partir de la pascua tiene que envolver nuestra vida y tiene que inundar nuestro mundo para transformarlo

Isaías 42, 1-7; Salmo 26; Juan 12, 1-11

En la vida no dejamos de aprender. Claro, si queremos, si sabemos estar atentos a las lecciones que nos va dando la vida. Ante lo que nos sucede a veces nos resignamos y no aprendemos, lo tomamos como muy natural que las cosas sucedan así, pero no sabemos sacar la lección. Y si estamos atentos en aquello que nos va sucediendo vamos aprendiendo. Hay cosas que podrían ser punto de partida de cambios radicales de la vida, o al menos de mirar las cosas con otras perspectivas, o ser capaces de ser observadores para darnos cuenta que los horizontes se pueden ampliar. No nos podemos cegar, ni como decíamos resignarnos.

Hoy contemplamos en el evangelio una comida, de alguna manera una comida familiar. Pero en los personajes que, por así decirlo, invitan a aquella comida estamos descubriendo nuevas formas de estar, de hacer las cosas. Podíamos recordar otros momentos de las visitas de Jesús a Betania; siempre lo vemos como un lugar de paz donde Jesús se siente acogido. Eran los amigos de Jesús; recordamos que el recado que envía Marta Jesús ante la enfermedad de Lázaro es decirle, ‘tu amigo está enfermo’. Luego veremos la confianza e intimidad que había entre ellos y con Jesús en la forma de expresarse, aunque fuera con sus quejas, cuando Jesús llega y Lázaro llevaba ya cuatro días enterrado, ‘si hubieras estado aquí’, le dice.

Pero recordamos también que en aquellas visitas de Jesús hay momentos en que se crea cierta tensión. Marta andaba afanada en los preparativos para acoger a Jesús y María no ayudaba, se había sentado a los pies de Jesús para escucharle. Y vinieron las quejas de Marta y las palabras de Jesús. Pero ahora parece todo distinto, Marta como siempre servía a la mesa, Lázaro estaba sentado entre los comensales, Jesús y sus discípulos y gente que se acercaba por conocer a Lázaro después de su resurrección y de camino también para estar con Jesús. Y María vuelve a estar a los pies de Jesús, pero ahora con un frasco de nardo purísimo para derramarlo sobre los pies de Jesús y haciendo que el perfume inundara toda la casa.

Nuevas eran las actitudes y las posturas. El reproche no surge de aquellos corazones que estaban entusiasmados por Jesús y quieren ofrecerle lo mejor. María, nos dice Jesús, tenía reservado aquel perfume para su sepultura, pero es ahora cuando se lo ofrece a Jesús y Jesús lo acepta. Son los gestos y los detalles del amor. Solo los interesados andarán con otros pensamientos. ‘Se hubiera podido vender por trescientos denarios para dar el dinero a los pobres’, apunta por allá Judas; pero el evangelista nos descubre los intereses y los manejos de quien llevaba la bolsa común. No sé qué pasa pero cuando andan por medio los dineros, los intereses del corazón se tergiversan.

Todo tiene el perfume de la Pascua. Jesús habla de su sepultura; se recuerdan los ungüentos y perfumes que se utilizan en los ritos funerarios. Ya el evangelista nos dice que este acontecimiento sucede seis días antes de la Pascua. Y Jesús nos deja a entrever lo que sí tenemos que hacer a partir de la Pascua, donde nos vamos a encontrar en el camino de la vida a los pobres, con los que entonces sí tendremos que compartir, porque cuanto a ellos les hagamos es a Cristo mismo a quien se lo estamos haciendo.

El perfume que aquel día inundó la casa y la comida de Betania es el que a partir de la Pascua tendrá que ir envolviendo nuestra vida e inundando nuestro mundo. Algo nuevo tiene que comenzar, un nuevo olor tiene que haber en nuestra vida, el perfume que tiene que desprenderse de nuestro amor, y el perfume del amor con que tenemos que transformar nuestro mundo.