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sábado, 17 de noviembre de 2018

Cuando saboreemos en el amor nuestro encuentro con Dios estaremos siempre buscándole, deseando estar en el gozo de su presencia



Cuando saboreemos en el amor nuestro encuentro con Dios estaremos siempre buscándole, deseando estar en el gozo de su presencia

1Juan 5-8; Sal 111; Lucas 18,1-8

Una virtud que muchas veces nos falla en la vida es la constancia. Nos cuesta perseverar, mantener el ritmo, llegar hasta el final. Vienen los cansancios cuando la meta parece que tarda en llegar y nos decimos para que seguir luchando; no tenemos confianza en que podemos alcanzar el objetivo, la meta, y nos entran las desganas, mil tentaciones de abandonar la lucha, de tirar la toalla.
Es en nuestras luchas personales por tratar de superarnos, de mejorar nuestra vida; nos cuesta trazarnos una meta y ser fieles y continuos en nuestra lucha hasta conseguirlo; así nos cansamos de nuestros trabajos y queremos estar cambiando siempre, no porque surjan iniciativas que nos lleven a un mayor crecimiento sino quizás para rehuir el aburrimiento que decimos tenemos porque nos parece todo siempre lo mismo. Es en el trabajo, es en nuestras responsabilidades que quizá empezamos con mucha fuerza pero poco a poco nos vamos desinflando, es en nuestra vida interior, en el crecimiento de nuestra espiritualidad. En muchas cosas nos damos cuenta que nos cuesta perseverar, que no somos lo suficientemente constantes.
Y aquí entra el tema que nos apunta Jesús hoy en el evangelio, la oración. No somos perseverantes, porque quizá nuestra fe es floja y débil, porque no terminamos de tener confianza en que el Señor nos escucha, o porque algunas veces somos demasiado interesados y materialistas en lo que pedimos y siempre el Señor nos va a dar lo mejor para nuestra vida; claro como no vemos lo que nosotros ansiamos en esa superficialidad en que vivimos muchas veces, dejamos pronto a un lado nuestra oración. No hemos aprendido por otra parte a saborear la oración como tendríamos que hacerlo.
Nos dice el evangelista que Jesús nos propuso esta parábola ‘para explicar a sus discípulos cómo tenían que orar sin desanimarse’. Y nos habla de la viuda que pide justicia pero que no es escuchada. Pero ante su insistencia al final el juez decide hacerle justicia aunque solo fuera por quitársela de encima. La perseverancia de aquella mujer hizo que al final fuera escuchada.
No es que Dios nos escuche con la actitud displicente de aquel juez. La escucha que el Señor hace de nuestras plegarias entra en otra onda, porque Dios nos ama, porque Dios es nuestro Padre ¿y qué padre no escucha a sus hijos? Es no solo la perseverancia sino la confianza con que nosotros hemos de acudir a Dios. El nos escucha.
Pero es lo que antes mencionábamos de paso, tenemos que aprender a saborear nuestra oración. No es solo pedir, es disfrutar de la presencia de quien sabemos que nos ama. Como el hijo se siente a gusto con su madre, como el amigo busca la compañía del que sabe que le aprecia mucho y que es su amigo, es el gozo de estar con Dios. No necesitamos en ocasiones palabras, sino dejar que fluyan nuestros sentimientos; no necesitamos palabras sino saber que estamos con quien nos ama.
Y ahí estaremos con nuestro amor y saboreando el amor de Dios; y ahí estaremos con nuestros gozos y alegrías y gozándonos en Dios; y ahí estaremos con nuestras necesidades que bien sabemos que Dios las conoce; y ahí estaremos y seremos capaces de presentar ante la mirada de Dios a todos aquellos a los que amamos para que sientan la mirada de Dios, para que sientan su bendición.
Cuando saboreemos así  nuestro encuentro con Dios ya no necesitamos que nos digan que seamos constantes, porque siempre estaremos buscando a Dios, deseando estar en el gozo de su presencia.

viernes, 16 de noviembre de 2018

Vigilancia y confiada esperanza con que hemos de vivir, que nos hace estar atentos, ser fieles, vivir en el amor, actuar siempre en justicia y santidad


Vigilancia y confiada esperanza con que hemos de vivir, que nos hace estar atentos, ser fieles, vivir en el amor, actuar siempre en justicia y santidad

2Juan 4-9; Sal 118; Lucas 17,26-37

No te esperaba ahora, sabría que vendrías pero no pensaba que fuera tan pronto; mira como tengo las cosas, la casa sin recoger, sin limpiar, pensaba hacerlo después… Alguna vez quizá hemos razonado así, buscando disculpas por no tener todo preparado, ante una visita no tan inesperada, pero sí que llegó en el momento inoportuno para nuestros intereses. Nos descuidamos, dejamos las cosas para después, no ordenamos las cosas y al final surge lo inesperado.
Bueno, esto es una imagen de algo que en la vida nos sucede tantas veces. Un motivo de reflexión en la humano, en las cosas que cada día hacemos o tenemos que hacer, sobre nuestras responsabilidades y nuestras dejaciones, o la superficialidad con que vivimos la vida estando solamente a lo que salga sin preocuparnos de darle una mayor profundidad a lo que hacemos y a lo que vivimos. Necesitamos muchas veces en la vida detenernos, no quedarnos en un activismo o en un estar simplemente entretenido. Muchas veces no hacemos mayores cosas sino que nos contentamos con estar entretenidos, como también tenemos la tentación de dejarnos arrastrar por la rutina y no poner todo nuestro ser en aquello que hacemos para hacerlo de la mejor forma posible.
Pero también esta reflexión surge de lo que hoy nos dice el evangelio. Es lo que estamos escuchando con mayor intensidad estos días. Una invitación a la vigilancia y a la responsabilidad con que hemos de vivir la vida; pero una invitación a que no hagamos dejación de todo lo que son nuestros compromisos cristianos, nuestra vida espiritual, nuestra unión con el Señor y la purificación interior que hemos de vivir siempre atentos al encuentro con el Señor que llega a nuestras vidas y nos puede sorprender con sus llegadas inesperadas por causa de nuestras insensatez, nuestra tibieza espiritual, o nuestra rutina.
El lenguaje del texto que hoy se nos ofrece tiene unas características que solemos llamar apocalípticas. Pero decimos apocalípticas no en el sentido profundo de la palabra sino en el sentido de lo catastrófico que se nos presenta. Quizá desde una lectura superficial del libro del Apocalipsis hemos unido lo catastrófico a lo apocalíptico, y eso es lo que hoy interpretamos de las palabras de Jesús.
Pero si, como en un paréntesis, hemos de decir que el libro del Apocalipsis es un libro de esperanza; Apocalipsis es la revelación del Señor, que en medio de esas situaciones difíciles en que nos podemos encontrar en la vida – el Apocalipsis fue escrito en tiempos de persecución y es lo que reflejan sus imágenes – pues en esos momentos difíciles sabemos que el Señor llega a nuestra vida y llega con su vida y salvación. El final del Apocalipsis nos habla de momentos de triunfo, ya no habrá muerte ni dolor porque un mundo nuevo ha surgido, el nuevo cielo y la nueva tierra. Valga este comentario como decíamos a manera de paréntesis para mejor entender las palabras de Jesús.
La llegada del Señor no ha de ser para el temor, sino para el amor porque es encuentro con el Señor que nos ama. Quizá lo inesperado del momento nos asusta, por aquello de que no estamos quizá preparados, pero esto nos ha de hacer pensar en esa vigilancia con que hemos de vivir nuestra vida para no separarnos de nuestra unión con el Señor, para ser fieles y no apartarnos de sus caminos.
Es la vigilancia y la confiada esperanza con que hemos de vivir, que nos hace estar atentos, ser fieles, vivir en el amor, actuar siempre en justicia y santidad.

jueves, 15 de noviembre de 2018

Jesús nos dice que tenemos que estar vigilantes porque vendrán momentos de confusión porque en esas cosas espectaculares que nos anuncian no encontraremos la salvación



Jesús nos dice que tenemos que estar vigilantes porque vendrán momentos de confusión porque en esas cosas espectaculares que nos anuncian no encontraremos la salvación

Filemón 7-20; Sal 145; Lucas 17,20-25

Aunque hoy parece que nos lo sabemos todo y pensamos que a nosotros nadie nos engaña sin embargo en ocasiones vivimos en una ingenuidad que nos hace dejarnos confundir con cualquier cosa que aparezca fuera de lo normal o cualquier cosa que nos digan que si hacemos esto o lo otro no se cuantas veces vamos a conseguir suerte y no sé cuantas cosas milagrosas; decimos que no nos lo creemos, pero por si acaso que me cuesta hacer eso que me piden y total al final quedaremos igual.
Ya hoy todo el mundo se manifiesta no creyente o agnóstico, porque parece que eso de está de moda, pero luego creemos en cualquier superstición que nos presenten como milagrosa o nos dejamos influir por no sé qué espiritualidades que aparecen por aquí o por allá y ante la novedad enseguida lo vemos como cosas maravillosas en las que comenzamos a creer o, al menos, dejarnos influenciar. Hemos sido cristianos de toda la vida, no hemos cultivado nuestra fe ni nuestra propia espiritualidad cristiana pero enseguida nos vamos tras cualquier corriente de pensamiento, porque ahí, si decimos, que encontramos algo espiritual que nos eleva y nos hace ser distintos.
Creo que estamos en momentos de gran confusión. Ahora quizá se resalta más esa confusión porque con los medios de comunicación que tenemos cualquier cosa se desparrama por el mundo en un instante, pero creo que en todos los tiempos históricos siempre ha habido momentos de gran confusión. Hoy como decíamos con los medios de comunicación que tenemos se crean redes de manipulación o de extensión de esas confusiones.
¿Quién que utilice las redes sociales del momento no ha recibido más de una vez no se cuantas cadenas que nos prometen milagros mil, imágenes de tipo religioso que esconden detrás muchas cosas raras, o que nos ofrecen nuevas visiones de las cosas, nuevos enfoques que además nos piden que los divulguemos? Tras muchas frases bonitas muchas veces se nos ofrecen, incluso con un cariz religioso, pensamientos que entran en profunda contradicción con el pensamiento de un cristiano; con aquella imagen sugerente, con aquellas palabras bonitas nos dicen cosas muy dispares y que si no las razonamos bien pueden entrar en confusión y contradicción con nuestra fe cristiana.
Por algo Jesús nos dice que tenemos que estar vigilantes porque vendrán momentos de confusión. Nos dirán que está aquí o está allí, pero El nos dice que el Reino de Dios está dentro de nosotros. Nos hablaran de cosas espectaculares, de milagros y hechos extraordinarios, pero nos invita que no nos dejemos confundir. ‘El reino de Dios no vendrá espectacularmente, ni anunciarán que está aquí o está allí; porque mirad, el reino de Dios está dentro de vosotros… Si os dicen que está aquí o está allí no os vayáis detrás. Como el fulgor del relámpago brilla de un horizonte a otro, así será el Hijo del hombre en su día’.
Es en el evangelio que Jesús nos ha anunciado en lo que tenemos que creer. Lástima que los cristianos primero nos dejemos arrastrar por esas cosas que nos crean confusión antes que ponernos a escuchar el evangelio en nuestro corazón. Queremos todos dar opiniones, queremos que las cosas sean de una forma o de otra y expresamos nuestros gustos, que muchas veces son escaquearnos de la radicalidad y exigencia del evangelio. Dejémonos conducir por el Espíritu de Jesús y mantengamos nuestra fidelidad aunque muchas veces nos cueste o nos parezca que se nos hace cuesta arriba. Siempre la Pascua en toda su amplitud va a estar presente en nuestra vida.

miércoles, 14 de noviembre de 2018

Aprendamos a ver y descubrir cuanto cada día recibimos de los demás alejando orgullos innecesarios y reconociéndonos débiles y dependientes de cuanto recibimos de los otros


Aprendamos a ver y descubrir cuanto cada día recibimos de los demás alejando orgullos innecesarios y reconociéndonos débiles y dependientes de cuanto recibimos de los otros

Tito 3,1-7; Sal 22; Lucas 17,11-19

Ya nos dice la sabiduría popular que es de bien nacidos el ser agradecidos, pero cuidado que eso lo tengamos en cuenta más para lo que hagan o dejen de hacer los demás que para las actitudes y gestos de gratitud que nosotros podamos tener hacia los que nos hacen bien. Como se suele decir no cuesta nada decir ‘gracias’. Sin embargo en la vida podemos ir como aquellos que se lo merecen todo y nunca tienen un gesto de agradecimiento hacia los demás por lo que hacen con nosotros. Fácilmente olvidamos la palabra, pero más bien quizá olvidamos la actitud del corazón.
Es un gesto y una actitud que nos engrandece, es un gesto de nobleza y de humildad, es un gesto con el que sabemos valorar lo que hacen los demás por pequeño que sea aun cuando nosotros directamente no salgamos beneficiados, es un gesto que brota de la alegría serena de nuestro corazón que aun reconociendo sus propias debilidades o nuestra pobreza sabe apreciar la grandeza del corazón de los demás.
Un gesto que cuando lo olvidamos nos está indicando nuestra pobreza espiritual que es la peor, un gesto no realizado desde nuestro orgullo porque con una postura así parece como que nos sintiéramos humillados cuando alguien hace algo por nosotros, un gesto cuando no lo tenemos puede indicar nuestra mezquindad y un amor propio herido porque no queremos reconocer nuestras propias limitaciones y saber apreciar que nos necesitamos realmente los unos a los otros.
Me he venido haciendo toda esta reflexión contemplando la escena del evangelio de hoy. Un grupo de leprosos que sale al encuentro de Jesús en el camino, aunque desde la distancia para observar las normas sanitarias le piden que tenga compasión de ellos. Son diez leprosos. Jesús les manda a que vayan a presentarse a los sacerdotes para que una vez curados les permitan entrar de nuevo en los poblados y volver al encuentro con sus familiares. Al verse curados todos corren porque quieren volver pronto con los suyos, pero uno hacia donde corre es hacia Jesús. Viene a postrarse ante El reconociendo que le ha curado y agradecer lo que ha hecho con ellos. Pero es solo uno el que viene a Jesús. Y este que vienes es extranjero, que resalta Jesús. ‘Levántate, vete; tu fe te ha salvado’ le dice.
No solo se ha curado de su enfermedad sino que Jesús le dice que se ha salvado. En su vida ha habido una vuelta a Dios. Es el camino de la salvación. El reconocimiento de su nada y de su indignidad, pero al mismo tiempo el reconocimiento de que lo que ha recibido no es por sus merecimientos personales le eleva su espíritu para ir a Dios. Un camino que nosotros también hemos de saber hacer, quitando de nuestra vida orgullos y autosuficiencias.
Nos creemos merecedores, ponemos la salvación en nosotros mismos, nuestro amor propio nos ciega para no saber reconocer nuestras debilidades y limitaciones, nos encerramos en nuestra autosuficiencia, y todo eso nos impide ir a Dios. Es una lepra que tenemos que quitar de nuestra vida que permanece en nosotros de muchas maneras. Hemos de saber reconocer la obra de Dios en nuestra vida que se nos manifiesta de muchas formas y a través de muchas señales.
En el día a día de nuestra vida una nueva forma de relacionarnos con Dios reconociendo sus bondades en nuestra vida como también con los demás. Hace el Señor cosas grandes en nosotros. Y veamos esas acciones de Dios en los gestos y detalles que tantos tienen con nosotros. Por eso aprendamos a ver y descubrir cuanto cada día recibimos de los demás. Alejemos orgullos innecesarios y reconozcámonos débiles y dependientes también de cuanto recibimos de los otros. Y vayamos con una actitud generosa de gratitud hacia los que están a nuestro lado y manifestémoslo con nuestros gestos, con nuestras palabras y con nuestras actitudes.

martes, 13 de noviembre de 2018

Somos los trabajadores de la viña del Señor que no buscamos recompensas ni glorias humanas sino que la recompensa nos la da el Señor


Somos los trabajadores de la viña del Señor que no buscamos recompensas ni glorias humanas sino que la recompensa nos la da el Señor

Tito 2,1-8.11-14; Sal 36; Lucas 17, 7-10

Pero ¿es que soy yo el que siempre tengo que estar haciendo esto? ¿Por qué me toca siempre a mí? Frases como estas nos surgen muchas veces en nuestro interior en medio del cansancio de nuestras obligaciones y responsabilidades. Quizá observamos a nuestro alrededor gente que vive su vida sin mayores preocupaciones, sin asumir responsabilidades pensando solo en si mismos y nosotros ahí andamos con nuestras obligaciones, con nuestros trabajos, y hasta quizá nos parece que nadie nos valora.
Son quizá como tentaciones que nos surgen y que algunas veces nos desalientan, pero en la madurez de nuestra vida asumimos nuestras responsabilidades y no dejamos de cumplir con nuestros deberes. Somos conscientes de nuestra responsabilidad. Es la responsabilidad de la propia vida, pero es la responsabilidad con que vivimos nuestras obligaciones personales y familiares, la responsabilidad de nuestro trabajo que es mucho más que ganarnos el sustento, porque nos sentimos en débito con la vida misma y también con esa sociedad en la que vivimos y que entre todos hemos de construir.  No podemos sentirnos ajenos a nuestro mundo, vivimos en él y en él hemos de desarrollar todas nuestras capacidades.
Hoy Jesús nos está hablando en el evangelio de la vigilancia con que hemos de vivir nuestra vida; cómo  no tenemos que desalentarnos porque quizá nuestros trabajos no sean reconocidos ni valorados, sino que seamos en verdad conscientes de nuestra responsabilidad personal. Emplea quizá una expresión que ya en nuestro tiempo parezca que no tiene tanta validez, pero hemos de saber interpretarla como una llamada a nuestra responsabilidad y a la conciencia gozosa del deber cumplido.
‘Somos unos pobres siervos, hemos hecho lo que teníamos que hacer’, nos dice. No nos sentimos siervos o esclavos, es verdad, pero sentimos la alegría del bien que podemos hacer a los demás y a nuestro mundo desde el desarrollo de nuestras responsabilidades. Ya nos recuerda Jesús en otros momentos del evangelio que nuestra grandeza no está en la vanidad del aparentar sino en la maravilla de hacernos servidores de los demás. Esto solo lo podemos entender desde el amor, que es el distintivo de nuestra vida.
Y todo esto que nos habla de la madurez de nuestra vida y que para nosotros sabemos muy bien que se deriva del compromiso de nuestra fe, hemos de mirarlo también en el plano de lo que desde esa fe hacemos en el seno de nuestra comunidad cristiana, en el seno de la Iglesia. Somos unos trabajadores de la viña del Señor, como nos recordaba Benedicto XVI en el día de su elección para el pontificado cetrino. Es de lo que tenemos que ser conscientes todos los cristianos, todos los miembros de la Iglesia. Somos los trabajadores de la viña del Señor.
Bien sabemos cuanto tenemos que hacer, cuantas son las necesidades y problemas, como entre todos tenemos que ir construyendo la Iglesia con la ayuda y la fuerza del Señor. Cuanto hacemos, cuando decimos, cuanto trabajamos por la Iglesia y por los demás sea siempre para la gloria del Señor. No olvidemos nuestra responsabilidad. La recompensa nos la da el Señor, no busquemos glorias ni recompensas humanas.

lunes, 12 de noviembre de 2018

Todos necesitamos encontrarnos con esa mano y esa mirada compasiva y misericordiosa que nos hace llegar la misericordia y el amor de Dios y así hacer un mundo más hermoso


Todos necesitamos encontrarnos con esa mano y esa mirada compasiva y misericordiosa que nos hace llegar la misericordia y el amor de Dios y así hacer un mundo más hermoso

Tito 1,1-9; Sal 23; Lucas 17,1-6

Cuando contemplamos cómo la inmoralidad, la falta de ética, la poca honradez en las responsabilidades que cada uno tiene que asumir, la maldad que llena los corazones o la falta de escrúpulos o sensibilidad para no hacer daño a nadie nos va invadiendo y de alguna manera sentimos como se contagia y a nosotros también nos puede contagiar, sentimos una repulsa tremenda en nuestro corazón y al mismo tiempo como impotentes sin saber qué hacer o cómo hacer. Parece como que quisiéramos destruirlo todo para recomenzar de nuevo haciendo que el mundo sea mejor, pero no siempre parece que pueda estar en nuestras manos.
Jesús nos está diciendo hoy que ese mal que tanto daño hace a los demás tenemos que arrancarlo de raíz, aunque sabemos que es bien difícil y a todos, creo que lo sabemos por experiencia propia, nos cuesta cambiar muchas cosas en nuestra vida que sabemos que no siempre son buenas. Como nos dirá en otro momento con la parábola de la buena semilla y la cizaña, sabemos que han de crecer juntas siendo al final cuando serán separadas del todo. Será para nosotros un acicate que nos hará mantenernos siempre muy vigilantes para no dejarnos contagiar por ese mal. Es la lucha que cada día hemos de mantener en la vida buscando por encima de todo lo bueno y alejándonos de lo malo.
Pero por otra parte nos habla Jesús de la paciencia de Dios que siempre está esperando nuestro cambio y nuestra conversión. No nos da por irremediablemente malos, sino que continuamente nos está regando con su gracia para que demos el paso a esa transformación.
Hoy nos habla Jesús también del perdón. Una disposición y una actitud necesaria siempre en nuestro corazón. Y es que como nosotros nos sentimos también pecadores y débiles, que nos cuesta recuperarnos y rehacer nuestra vida y siempre estamos tropezando, eso tiene que hacernos humildes para ser comprensivos con los demás, sea cual sea el mal que hayan podido hacer.
Algunas veces parece que hacemos distinciones entre lo que los otros pudieran hacer, y decimos con mucha facilidad ‘eso yo  no se lo perdono’. Pero ¿es así la actitud del corazón de Dios? ¿Y no nos dice Jesús en el evangelio que hemos de ser compasivos y misericordiosos como lo es el Señor siempre compasivo y misericordioso? Para que Dios nos perdone a nosotros si tenemos en cuenta esas palabras, pero para nosotros tener esa disposición y actitud para con los demás, ya somos distintos.
Es la imagen que misericordia que siempre tiene que tener la Iglesia para con los pecadores, sea cual sea su pecado. Pero en ocasiones parece que un poco se deja arrastrar por influencia mediática del mundo, por las actitudes justicieras de tantos alrededor y no muestra del todo ese corazón misericordioso. Y el pecador, por muy grande que sea su pecado, está ansiando encontrar esa misericordia, esa comprensión, esa mano como la de Jesús que levantaba a los enfermos y a los pecadores y a todos se acercaba sin hacer distinción, pero muchas veces quizás no la encuentra.
Todos necesitamos encontrarnos con esa mano y esa mirada compasiva y misericordiosa. Todos tenemos que mostrarnos igualmente compasivos y misericordiosos en todo momento con el hermano que ha tropezado y ha caído y saber tender la mano para ayudarlo a levantarse y hacer que se encuentre la infinita misericordia de Dios.

domingo, 11 de noviembre de 2018

¿Hasta qué punto y en qué medida somos capaces de desprendernos de todo para poner absolutamente nuestra confianza en Dios?


¿Hasta qué punto y en qué medida somos capaces de desprendernos de todo para poner absolutamente nuestra confianza en Dios?

1Reyes 17, 10-16; Sal. 145; Hebreos 9, 24-28;  Marcos 12, 38-44

Estaba Jesús enfrente de la entrada del templo y el evangelista nos señala cómo Jesús iba observando toda aquella gente que iba entrando al templo.
Judíos devotos que cada día subían al templo para la oración en la hora de los sacrificios, lo ofrenda del pan de la mañana o los sacrificios vespertinos, gente que acudía para escuchar a los maestros de la ley que desparramados por aquellos pórticos hacían comentarios a la Ley y los Profetas, los que acudían con los animales para los sacrificios quizá entraran por otra puerta, cercana a la piscina de las ovejas pero por allí entrarían los cambistas con sus dineros para el cambio a la moneda del templo, peregrinos venidos de cualquier lugar de la tierra de Judá e Israel o llegados desde los lugares lejanos de la diáspora, gente sencilla, pequeños y grandes, niños y mayores, sacerdotes y levitas, saduceos y fariseos.
Y allí en el cepillo de las ofrendas iban dejando sus limosnas; unos callados y humildemente, otros quizá entre aspavientos que llamaran la atención de los circundantes para que vieran lo generoso de sus ofrendas. Jesús observa; solo él puede ver el corazón de los hombres y las rectas intenciones o el amor que había en aquellos corazones. El culto a Dios que allí se celebraba y el esplendor de aquel templo se sostenía, por así decirlo, desde aquellas ofrendas que allí se hacían. Y muchos querían que fuera esplendoroso.
Alguna vez también habremos estado enfrente de las puertas de nuestros templos, quizá porque esperábamos a alguien o que fuera el tiempo de las celebraciones, o quizá en la visita a algún santuario especial como tantos repartidos por tantos lugares. Y distraídamente quizá nos habremos fijado también en los que entraban o salían de nuestros templos o santuarios, observando la diversidad de personas que traspasan esos umbrales hacia lo sagrado desde distintas motivaciones, unos en su fervor, otros quizá desde la curiosidad de conocer algún lugar especialmente artístico, otros simplemente porque acompañaban a algún familiar o amigo en alguna circunstancia especial; no queremos entrar en juicios o cavilaciones pero diversos pueden ser los motivos o las actitudes. Algo o alguien quizá en un momento determinado pueden habernos llamado la atención, mientras otros pasan desapercibidos delante de nosotros.
Pero Jesús si conoce el corazón de los hombres y se ha fijado en la que parece más pequeña y más humilde que también ha depositado callada y silenciosamente su ofrenda en el cepillo. Y aunque de aquella mujer ni siquiera conocemos su nombre, solo que era una pobre viuda – y decir viuda era sinónimo de pobreza y necesidad porque ya no tenia quien sostuviera su vida -, y ni ella se enteraría de los comentarios de Jesús porque sigilosamente se ha introducido en el templo Jesús sí quiere hacerle un comentario a los discípulos. ‘Os aseguro, les dice, que esa pobre viuda ha echado en el cepillo más que nadie’.
Anteriormente a ella habrían pasado ricos con sus generosas o portentosas ofrendas, habrían desfilado como lo seguirían haciendo los orgullosos fariseos con sus campanilleos y aspavientos para que todos vieran su aparente generosidad, pero Jesús nos viene a decir que aquella mujer ha echado más que nadie. ‘Porque los demás han echado de lo que les sobra, pero esta, que pasa necesidad, ha echado todo lo que tenía para vivir’.
Ya antes Jesús había prevenido a los discípulos. ‘¡Cuidado con los letrados! Les encanta pasearse con amplio ropaje y que les hagan reverencias en la plaza, buscan los asientos de honor en las sinagogas y los primeros puestos en los banquetes; y devoran los bienes de las viudas con pretexto de largos rezos. Esos recibirán una sentencia más rigurosa’. No ha de ser ese nuestro estilo ni el sentido que le demos a lo que hacemos. No es esa la manera como habremos de ir por la vida poco menos que comiéndonos el mundo y atropellando cuanto y cuantos encontremos.
El culto que le demos a Dios no se ha de sustentar ni en cosas portentosas ni en vanidades. No son cosas lo que nos pide Dios que le ofrendemos sino nuestra propia vida, el corazón. Es la imagen que vemos reflejada en aquella pobre mujer; nada tiene e incluso se desprende de lo poco que tiene. ‘Ha echado lo que tenia para vivir’, que nos dice Jesús resaltado la ofrenda de aquella mujer. Ha puesto allí su vida.
Ella sabe que su vida no depende de cosas sino depende en lo más profundo de Dios y con esa confianza hemos de saber caminar por la vida. Porque nos confiamos en un Dios que nos ama, un Dios que es nuestro padre y no abandona a sus hijos. De su mano hemos de hacer el camino con la confianza puesta totalmente en El. Es la fe, es el fiarnos de Dios, es el confiar en El por encima de todas las cosas. Y a ese amor de Dios respondemos nosotros con nuestro amor. Ese es el verdadero culto que Dios nos pide.
Y quien ama se confía. Quien ama de verdad en el amor encuentra toda su fortaleza. Y aunque no lo terminemos de creer Dios cada día va haciendo el milagro de su amor sobre nosotros y se nos va manifestando de mil maneras. Claro que no siempre tenemos los ojos abiertos para descubrirlo, cerramos demasiadas veces en la vida los ojos de la fe.
Seguimos pensando en las cosas como la solución de nuestra vida y terminamos por tener más confianza en las cosas que poseemos que en Dios, a pesar que decimos que creemos en El y le amamos. ¿Hasta que punto y en qué medida somos capaces de desprendernos de todo para poner absolutamente nuestra confianza en Dios? ¿Hasta donde llega el nivel de nuestra fe?


sábado, 10 de noviembre de 2018

No vivimos ajenos a los problemas de cada día, no vivimos como en una nube en que no nos afectaran esas cosas incluso materiales en las que tenemos que manejarnos



No vivimos ajenos a los problemas de cada día, no vivimos como en una nube en que no nos afectaran esas cosas incluso materiales en las que tenemos que manejarnos

Filipenses 4,10-19; Sal 111; Lucas 16,9-15

‘Oyeron esto los fariseos… y se burlaban de El’. Se burlaban de Jesús porque a ellos muy amantes del dinero no les entraban en la cabeza yeron o   las recomendaciones que Jesús estaba haciendo del uso que debemos hacer de las cosas.
Pero eso de las burlas ya lo conocemos, quizá en carne propia. Son las burlas y sarcasmos del mundo que nos rodea cuando nosotros queremos presentar el mensaje evangélico, cuando quizá con nuestra vida y no solo con nuestras palabras estamos mostrando una nueva manera de vivir que no nos entienden. Se vive en nuestro entorno un mundo demasiado materializado, sin trascendencia, alejado de todo sentido espiritual, un mundo sin referencia a Dios y cuando nosotros manifestamos nuestra fe habrá quien nos diga que para qué sirve eso.
Quizás algunos respetuosamente sigan viviendo su vida y no les importe el sentido que nosotros queramos darle a la nuestra, pero bien sabemos que hay muchos que quieren desterrar toda referencia a lo sagrado, al sentido religioso, a lo que suene a cristiano, y si por ellos fuera destruirían todo vestigio o signo religioso que haya en nuestra sociedad. No es raro escuchar en estos que se presentan como los salvadores de la humanidad y que todo lo quieren cambiar sus complejos y sus odios con un afán muy destructivo que sería el camino por donde ellos quieren llevar a la sociedad. Nos cuesta en ocasiones mantenernos firmes en la proclamación de nuestra fe, porque hay muchos que lo quieren acallar, porque parece como si les molestara.
Jesús nos pide fidelidad al evangelio, al sentido de vida que El quiere trasmitirnos. Nos previene para que no descuidemos incluso aquellas cosas que nos pudieran parecer más pequeñas o quizá de segundo orden. Hoy nos habla Jesús de fidelidad en las cosas pequeñas y en consecuencia nos pide fidelidad en la buena administración incluso de esas cosas materiales de las que nos valemos en la vida como sea el dinero. ‘El que es de fiar en lo menudo también en lo importante es de fiar; el que no es honrado en lo menudo tampoco en lo importante es honrado. Si no fuisteis de fiar en el injusto dinero, ¿quién os confiará lo que vale de veras?’, nos dice el Señor hoy.
Y es que así tenemos que presentarnos ante nuestro mundo. No vivimos ajenos a los problemas de cada día, no vivimos como en una nube en que no nos afectaran esas cosas incluso materiales en las que tenemos que manejarnos. Demasiado ya quieren decirnos que la religión nos adormece – el opio del pueblo, fue una frase muy socorrida – pero nosotros con nuestro compromiso y la seriedad con que vivimos los problemas de cada día hemos de manifestar, que precisamente desde Dios, desde esa fe que tenemos en Dios más responsables nos sentimos de este mundo que está en nuestras manos y al que tenemos que contribuir en hacer mejor cada día.
Habrá quien no nos entienda, pero nosotros tenemos que proclamar claramente el mensaje. El mundo necesita luz y nosotros con nuestra vida tenemos que trasmitir esa luz de Jesús y de su evangelio. No nos cansemos. No temamos las burlas y los sarcasmos que podamos encontrar. Sintámonos seguros de nuestra fe y de nuestro ideal. Jesús está a nuestro lado.


viernes, 9 de noviembre de 2018

La imagen de la Iglesia ha de ser siempre la de la unidad y la comunión porque nuestro distintivo es el amor




La imagen de la Iglesia ha de ser siempre la de la unidad y la comunión porque nuestro distintivo es el amor

Ezequiel 47,1-2.8-9.12; Sal 45; 1Corintios 3,9-11.16-17; Juan 2,13-22

‘Sois edificio de Dios… mire cada uno como construye… Nadie puede poner otro cimiento fuera del ya puesto, que es Jesucristo…’ Así nos lo recordaba el apóstol san Pablo en la carta a los Corintios. Y nos propone la liturgia este texto  en el día en que estamos celebrando la Dedicación de la Basílica de san Juan de Letrán que es la Catedral de Roma.
Es importante la celebración de esta fiesta litúrgica. San Juan de Letrán es, como decíamos, la Catedral de Roma, la Sede del Obispo de Roma, es decir, del Papa. Aclarar para quien tenga confusión que aunque veamos al Papa en el Vaticano y las grandes celebraciones tengan lugar en la Basílica de san Pedro o en su plaza de todos tan conocida, la catedral, la sede del Papa, del Obispo de Roma esa san Juan de Letrán. También durante siglos el Papa vivió en los palacios lateranenses que están junto a esta basílica-catedral, aunque por razones históricas en las que ahora no vamos a entrar fue el Vaticano la residencia del papa y de toda la organización de la Iglesia Católica.
Un momento esta celebración para vivir en toda profundidad, por la comunión con el Papa, todo el sentido eclesial de nuestra fe. Somos la Iglesia de Cristo y en comunión eclesial hemos de vivir todos los que creemos en Jesús porque así lo quiso Jesús, así nos constituyó en familia y comunidad, y es algo que dimana desde lo más profundo de nuestra fe y del sentido y espíritu del Evangelio.
Pero muchas mas reflexiones podríamos y tendríamos que hacernos hoy al albur de los textos del Evangelio y de toda la Palabra de Dios que nos ofrece la liturgia de este día. Sírvanos de referencia el texto mencionado al comienzo de esta reflexión. ‘Sois edificio de Dios…’ Demasiadas veces cuando hacemos referencia a la Iglesia nos quedamos en los edificios de nuestros templos. Por analogía nos referimos a ellos llamándolos iglesias, por cuanto que en ellos se reúne la Iglesia, la asamblea de los hijos de Dios para las celebraciones de los sacramentos y la escucha de la Palabra.
Pero el verdadero edificio somos nosotros. A ello es lo que se refiere el apóstol. Por eso nos advierte de cómo lo edificamos, igual que cuidaríamos la construcción de un edificio material. No lo hacemos de cualquier manera, no empleamos cualquier elemento para su construcción, no ponemos cualquier cimiento, pues es fundamental para la sustentación del edificio. Y nos recuerda el apóstol que nuestro cimiento es Cristo; no podemos poner otro, porque estaríamos desvirtuando nuestra vida misma. ‘¿No sabéis que sois templo de Dios y que el Espíritu de Dios habita en vosotros?’, nos dice a continuación.
Hablamos, pues, pues de ese templo de Dios que somos nosotros, hablamos de ese edificio de Dios que constituimos todos los que formamos la Iglesia. Es importante considerar bien esto. Es muy importante tenerlo en cuenta para la manera de vivir nuestra fe. El edificio es uno aunque esta formado por muchos elementos. Ese edificio del pueblo de Dios es uno, aunque seamos muchos los que lo constituyamos. Pero ha de estar bien conjuntado ese edificio; tenemos que estar en verdadera comunión todos los que formamos el edificio que es la Iglesia.
Qué importante la unidad y qué importante la comunión que tiene que haber entre todos nosotros. Es la comunión del amor, ya que éste es el único mandamiento de Jesús y que tiene que convertirse en nuestro distintivo. ¿Será en verdad el distintivo de la Iglesia, de nuestras comunidades, de nuestras parroquias, de nuestros grupos cristianos la comunión en el amor?
Mucho tendríamos que concluir de esta pregunta y de este planteamiento. Es algo que personalmente tenemos que revisar si nos sentimos en verdadera comunión los unos con los otros los que formamos la misma comunidad que es la Iglesia. Es algo que la Iglesia como comunidad se tiene que estar revisando siempre para que demos en verdad esa imagen, distintivo de nuestro ser, y principal y gran motivo para que el mundo crea en el mensaje que tratamos de trasmitir.
En muchas cosas muy concretas y muy prácticas tendríamos que revisarnos. Cuántas cosas tendríamos que purificar en nuestra vida y en la vida de la Iglesia, siguiendo la imagen que nos ofrece hoy Jesús en el evangelio cuando trata de purificar aquel templo de Jerusalén que lo habían convertido de una casa de oración en una cueva de ladrones.

jueves, 8 de noviembre de 2018

Es el Señor que sale a nuestro encuentro allá en los barrancos de la vida donde tantas veces nos podemos encontrar


Es el Señor que sale a nuestro encuentro allá en los barrancos de la vida donde tantas veces nos podemos encontrar

Fílipenses 3,3-8ª; Sal 104; Lucas 15,1-10

Es muy bucólica la imagen del pastor con la oveja sobre sus hombros al encuentro de nuevo con el rebaño que sabiamente guía acompañado de sus pastores. Es el cordero pequeño, es la oveja malherida, el la que se perdió y hubo que buscarla entre zarzales y barrancos. Pero nos quedamos describiendo un paisaje ensoñador que llevaría nuestra mente por lugares que ya los urbanitas ni nos imaginamos ni conocemos, sino que queremos ahondar en esa imagen que hoy nos presenta Jesús en el Evangelio.
Los fariseos y los escribas habían estado murmurando sobre esa nueva manera de actuar de Jesús. No se queda Jesús solo en los que ya son buenos o se creen buenos, sino que la cercanía de Jesús es a todos, a nadie excluye, y si preferencia tiene es por los pobres y enfermos y por los pecadores. Esto es lo que ahora critican, que se mezcle con la gente pecadora, que se haya hecho amigo también de los publicanos porque incluso come con ellos o los acepta a su mesa. Y eso, para los puritanos fariseos, es inconcebible. Mezclarse con los pecadores que son impuros nos puede llenar a nosotros de impureza, es su manera de ver las cosas desde su puritanismo.
La actitud de Jesús es otra, su manera de actuar es distinta. El es el médico, como nos dirá, que viene a curar a los enfermos, pero  no solo espera a que vengan hasta El en busca de salud, sino que El va a su encuentro.
Llamó a Zaqueo, deteniéndose delante de la higuera en Jericó, para ir a comer en su casa, porque aquel día iba a ser un día de salvación. Invitó a publicano Leví a seguirle para hacerle no solo discípulo sino confiarle incluso el ser del número de los Apóstoles. Aceptó las lágrimas y perfumes de aquella mujer pecadora que se introdujo en la sala del banquete en casa de Simón el fariseo, porque aunque era y se sentía pecadora, Jesús veía en ella el amor de su corazón. Aunque Pedro se considera indigno pecador y quiere apartarse de Jesús cuando lo de la pesca milagrosa, le dirá que va a ser pescador de hombres, confiándole también una misión aunque un día más tarde le negara ante una criada.
Y así podríamos seguir con las páginas del evangelio o con las páginas de la historia. Saulo era perseguidor de Jesús y sus seguidores, y lo convirtió en el Pablo que llevaría el evangelio por toda la cuenca del Mediterráneo. Agustín era un agnóstico y pecador que retrasaba una y otra vez el bautismo, pero llegaría ser el san Agustín padre y maestro por sus enseñanzas no solo en su tiempo sino a lo largo de los siglos. Ignacio se dedicaba a sus batallas, pero un día sintió la llamada del Señor y comenzaría su andadura de ser apóstol y a través de su compañía de Jesús a través de los siglos. Podríamos recordar muchos santos que un día se convirtieron de su vida pecadora porque sintieron que de una forma o de otra Dios llegaba a sus vidas, para ser luego esos testigos de fe que nos estimulan con el ejemplo y testimonio de sus vidas.
Es lo que Jesús nos viene a decir con las dos pequeñas alegorías o parábolas que hoy nos propone en el evangelio. Por una parte la parábola del pastor que busca a la oveja perdida a la que hacíamos referencia al principio de esta reflexión, pero también la de la mujer que busca afanosamente la moneda que se le había perdido, expresándose luego uno y otro con gran alegría por la oveja socorrida o por la moneda extraviada y ahora encontrada.
Es el Señor que sale a nuestro encuentro allá en los barrancos de la vida donde tantas veces nos podemos encontrar. El viene a tendernos su mano, a hacernos escuchar su voz, a mover nuestro corazón, a impulsarnos a nuevos caminos, a que emprendamos de una vez por todas el camino de su seguimiento. Podemos cambiar, podemos transformar nuestras vidas, podemos comenzar un camino nuevo. Jesús nos va a llevar sobre sus hombros.
Como pueden cambiar tantos a nuestro lado de los que quizá tantas veces desconfiamos. Porque de una forma o de otra seguimos con unas actitudes semejantes a las de aquellos fariseos de que nos habla el evangelio que criticaban a Jesús. Quizá pueda ser un buen inicio de cambio en nuestra vida que cambiemos esas actitudes que nos aparecen de tanto en tanto en nuestro interior con desconfianzas y con suspicacias hacia los otros. Jesús viene a nosotros y algo nuevo tiene que comenzar a gestarse en nuestro corazón.

miércoles, 7 de noviembre de 2018

Merece la pena seguir a Jesús, pero siendo conciente de las exigencias que comporta, no desde un entusiasmo pasajero, porque la cruz y el amor nos llenan de vida


Merece la pena seguir a Jesús, pero siendo consciente de las exigencias que comporta, no desde un entusiasmo pasajero, porque la cruz y el amor nos llenan de vida

Filipenses 2,12-18; Sal 26; Lucas 14,25-33

Entusiasmarnos en un momento de emoción o de fervor es algo que podríamos decir que es relativamente fácil. Las histerias colectivas son bastante frecuentes en masas entusiasmadas ante algo que ha sido gratamente sorpresivo y en momentos así todos arden de fervor y son capaces de hacer cosas que en momentos de sensatez y de cordura no serian capaces de hacer. Puede ser algo extraordinario que nos sucede y nos impresiona personalmente y en ese entusiasmo somos capaces de prometer que haríamos no sé cuantas cosas; o puede ser un discurso enardecido que entusiasma a gentes que poco menos que han perdido la esperanza.
Todos conocemos como las gentes se entusiasman, por ejemplo, en discursos electoralistas que prometen poco menos que un paraíso en la tierra porque todas las cosas se van a solucionar, pero quizá pronto se sienten defraudados porque se dieron cuenta que aquello solo eran palabras para entusiasmar y conseguir de las masas lo que querían. Y así vemos como nacen fanatismos que nos ciegan y nos pueden llevar a hacer locuras.
Jesús no quería que sus seguidores actuaran de ese modo y que seguir fuera solo el entusiasmo de un momento. Es cierto que sus gestos y palabras llenaban de esperanza los corazones porque vislumbraban un mundo nuevo, pero no quería Jesús que aquello fuera solo algo ilusorio, sino que comprendieran que realizar ese mundo nuevo que Jesús nos presentaba exigía de quienes querían seguirle y ser sus discípulos un esfuerzo y un compromiso, una transformación de sus vidas que fuera signo de verdad de ese mundo nuevo.
Por eso Jesús les habla claramente de sus exigencias. Vivir ese Reino nuevo de Dios que Jesús anuncia no es cosa de fervores de momento. Vivir el Reino de Dios exige una transformación de la vida y cuando las cosas tienen que cambiar hay que dejar atrás muchas cosas aunque nos sean muy queridas, porque tengamos un profundo apego a ellas.
Jesús nos habla de dejar padre o madre, o hermanos o familia, o casa o aquellas cosas que poseamos. No impide Jesús el amor del padre o de la madre o de la familia; no impide Jesús que tengamos lo que necesitamos para una vida digna y que además nos ayude a nuestro desarrollo y crecimiento como personas. Pero esas posesiones o esos amores humanos hemos de ponerlos en su verdadero sitio.
Serán muchas cosas de las que tenemos que desprendernos que ya no son solo las cosas materiales; serán apegos del corazón, serán cosas que nos impidan la libertad de vivir en un amor total y entregado, serán aquellas cosas que en lugar de poseerlas nosotros para nuestro uso y disfrute más bien son ellas las que nos poseen porque nos esclavizamos a esas posesiones, serán actitudes de nuestro corazón que nos hacen orgullosos o nos hagan quizás sentirnos superiores o por encima de los otros, sean esas posturas egoístas e insolidarias que nos pueden aparecen en la vida cerrando los ojos a las necesidades de los demás. Muchas cosas de las que tenemos que desprendernos para que haya un verdadero cambio del corazón y Dios sea en verdad el único Señor de nuestra vida.
Por eso Jesús nos invita a pensarnos bien las cosas. Como el que va a edificar una torre o el rey que va a emprender una batalla, que mira antes sus posibilidades. Así tenemos que abrir nuestro corazón a Dios y a su Palabra para ver lo que significa seguirle, y ver si en verdad estamos dispuestos, seremos capaces de seguir su camino.
Nos habla Jesús de Cruz para seguir su camino. Y la cruz está en nosotros, en nuestra vida, en todo eso de lo que tenemos que despojarnos y nos está hablando de amor, como fue el amor que Jesús puso cuando subió a la cruz del Calvario. Y en esa cruz y en ese amor vamos a encontrar la vida. Merece la pena seguir a Jesús, pero siendo consciente de las exigencias que comporta, no desde un entusiasmo pasajero.

martes, 6 de noviembre de 2018

Tendríamos que aprender a superar las barreras que nos creamos con nuestras disculpas plenamente convencidos de cuál es el único y verdadero camino para vivir el Reino de Dios


Tendríamos que aprender a superar las barreras que nos creamos con nuestras disculpas plenamente convencidos de cuál es el único y verdadero camino para vivir el Reino de Dios

Filipenses 2,5-11; Sal 21; Lucas 14,15-24

Se suele decir que querer es poder, y también como consecuencia de ese pensamiento venimos a decir que cuando no queremos siempre encontraremos disculpas, dificultades para alcanzar aquello que se nos propone y también en muchas ocasiones huidas para no implicarnos ni complicarnos la vida.
Hace unos minutos antes de sentarme a escribir esta reflexión para la semilla de cada día charlaba con un joven haciéndole ver que aunque tuviera que hacer cosas en la mañana eso no era disculpa para escaquearse de las clases de la tarde; él no lo entendía y todo era poner pegas y dificultades, porque daba la impresión que no tenia mucho interés en asistir a aquellas clases.
Así hacemos tantas veces en la vida; cuántas disculpas nos ponemos para no ir, para no hacer, para no participar, para no comprometernos con alguna cosa. Y esto en muchas aspectos de la vida; así dejamos a un lado incluso muchas veces nuestras responsabilidades; o así huimos del encuentro y de la convivencia asilándonos muchas veces de los demás. No digamos nada en el aspecto de nuestra vida religiosa o de nuestros posibles compromisos de vida cristiana, como nos decimos tantas veces que no tenemos tiempo o que estamos muy ocupados.
A alguien le escuché decir una vez que si tenia que pedirle a una persona algo importante y algo que llevase incluso mucho trabajo, que no se lo pidiese a quien le sobrara tiempo sino al que estaba más ocupado y comprometido, porque siempre encontraría tiempo para algo más, mientras que al que le sobra siempre tiempo, nunca será capaz de comprometerse con nada.
En esto quiere hacernos reflexionar hoy Jesús en el Evangelio. Nos habla del Reino de Dios y como tantas veces nos ofrece la imagen de un banquete. Son muchos los invitados, pero ya vemos cuantas disculpas se ponen para no asistir. Serán otros ahora los invitados porque salen a los caminos y a todo el que encuentran lo llevan al banquete, pobres, discapacitados, gente que se siente abandonada de todos llenarán la sala del banquete. Los otros que no se lo merecían por sus disculpas se quedarán fuera para siempre.
Mucho nos dice el Señor. La imagen del banquete para hablarnos del Reino de Dios es muy rica y sugerente. Esa alegría de fiesta, ese compartir juntos, esas muestras de amistad y de cercanía de los unos con los otros nos están hablando de esos valores que hemos de vivir donde todos hemos de sentirnos como hermanos, como una gran familia, acogidos, llenos de alegría y de paz.
Es lo que tendría que ser nuestra vida siempre y de la manera que tendríamos que construir el mundo. Lo sabemos pero cómo le vamos dando largas desde nuestros egoísmos e insolidaridades, desde nuestras ambiciones desmedidas y desde nuestros orgullos que nos aíslan, que nos separan, que crean tantas divisiones y separaciones entre nosotros.
Estamos invitados a hacer así nuestro mundo, pero cómo seguimos en nuestras cosas y nos hacemos oídos sordos a esa invitación. Pensamos quizá que haciendo las cosas a nuestra manera y por nuestro lado vamos a ser mejores o más felices. Cuantas pantallas de separación, cuantas murallas que nos aíslan y distancian, cuantas huidas en nuestra vida para no comprometernos, cuantas disculpas nos ponemos porque tenemos tantas cosas nuestras que hacer.
Tendríamos que aprender a superar esas barreras que nos creamos. Pero tendríamos de verdad que buscar ese Reino de Dios y estar convencidos que ese el único y verdadero camino para hacer mejor nuestro mundo. ¿Queremos, no queremos? ¿Seguiremos poniendo disculpas para no vivir todo el compromiso que implica nuestra fe en Jesús?

lunes, 5 de noviembre de 2018

Tenemos que liberar nuestro corazón de tantos miedos, de tantos prejuicios, de tantas vanidades para que seamos capaces de ser totalmente generosos y desinteresados



Tenemos que liberar nuestro corazón de tantos miedos, de tantos prejuicios, de tantas vanidades para que seamos capaces de ser totalmente generosos y desinteresados

Filipenses 2,1-4; Sal 130; Lucas 14,12-14

El texto que nos ofrece hoy la Palabra de Dios en la liturgia es continuación del que escuchábamos y ya comentábamos el pasado sábado. Habían invitado a Jesús a comer en casa de uno de los principales fariseos y Jesús estaba observando a los que también habían sido invitados, los amigos y personas cercanas de aquel personaje pero también la actitud que mostraban al poco menos que pelearse por los primeros puestos. Y esto da ocasión a una reflexión en voz alta por parte de Jesús además de unas recomendaciones al que lo había invitado.
¿Cuál es nuestra manera de actuar de forma casi espontánea en la vida? Muchos dicen yo ayudo al que me ayuda, soy amigo de mis amigos; cuando ser trata de invitaciones y regalos, invito o regalo al que me ha invitado a mi o me ha regalado. Y así nos vamos haciendo nuestras escalas de valores o de amigos, valorándolos por lo que nos hacen o los beneficios que me pueda reportar aquella amistad. A los demás, sean quienes sean, los miro indiferentes, yo paso de ellos como se suele decir desentendiéndome y esperando que acaso sea siempre el otro el que dé el primer paso.
Si nos fijamos de una forma serena tendríamos que reconocer que actuamos en la vida muchas veces de una forma muy interesada. Está bien, por supuesto, que ayudemos al que nos ayuda y seamos capaces de correspondernos mutuamente en lo que vamos haciendo y compartiendo. Pero lo que muchas veces nos sucede es que ponemos barreras, ponemos demasiados prejuicios, tenemos unos muy particulares criterios y de ese círculo en el que siempre me muevo me cuesta mucho salir. Pareciera muchas veces que lo hacemos es pagarnos unos a otros cualquier cosa que nos hagamos y que lo de la gratuidad estuviera un tanto olvidado.
Es lo que Jesús nos quiere indicar. Cuando invites, no lo hagas solo a tus amigos que va a corresponder invitándote a ti en la próxima ocasión y casi eso va a ser como un pago. Y nos dice que invitemos a los pobres, a los que nada tienen, a los que se encuentran disminuidos físicamente o a aquellos con los que nadie cuenta. Ellos no podrán pagarte, no estarás buscando recompensas por lo bueno que haces. Es el sentido de la gratuidad. Hacemos las cosas gratuitamente, hacemos las cosas porque si, porque queremos hacerlas, porque queremos hacer el bien, porque llevamos amor en nuestro corazón y se desborda sobre los demás, porque hay generosidad en tu corazón.
¿Seremos capaces de hacerlo? Os digo con sinceridad que eso cuesta, porque siempre aparecen en nuestro corazón esos intereses que nos vuelven mezquinos; nos cuesta porque estamos muy llenos de ataduras en la vida, y quizá muchas veces estamos más pendientes de lo que los otros puedan pensar o puedan decir. Nos cuesta… y buscamos tantas razones dentro de nosotros que al final terminamos no haciéndolo.
Tenemos que liberar nuestro corazón de tantas cosas, de tantos miedos, de tantos prejuicios, de tantas vanidades que mientras no nos liberemos de verdad no seremos capaces de ser totalmente generosos y de forma desinteresada. Es una tarea ardua a que tenemos que emprender para liberar del todo nuestro corazón. Con la fuerza del Señor podremos realizar ese camino.

domingo, 4 de noviembre de 2018

No es un amor cualquiera el que Jesús nos pide sino que hemos de entrar en una nueva dimensión divina del amor para no estar lejos del Reino de Dios



No es un amor cualquiera el que Jesús nos pide sino que hemos de entrar en una nueva dimensión divina del amor para no estar lejos del Reino de Dios

Deuteronomio 6, 2-6; Sal. 17; Hebreos 7, 23-28; Marcos 12, 28b-34

Qué hermoso y reconfortante es encontrarnos con un grupo de amigos que se quieren de verdad, que son muy amigos, que se buscan porque desean estar juntos, que comparten cosas, que viven con alegría su amistad y son capaces de hacer cualquier cosa por su amigo. Lo mismo podemos decir que nos gozamos cuando vemos familias unidas, que se quieren y se sienten comprometidos los unos con los otros, padres que se sacrifican por la familia, hijos que contribuyen cada uno desde sus valores al bien común de la familia, que se desviven los unos por los otros y siempre encuentran ocasión de hacer por sus familiares. Es hermoso y nos sentimos crecer por dentro cuando somos de ese grupo de amigos o pertenecemos a ese clan familiar.
Pero podríamos preguntarnos quizás ¿es suficiente con eso? ¿No nos quedaremos cortos, aun con lo bueno que es, cuando solo somos amigos de nuestros amigos y solo por los amigos nos desvivimos así los unos por los otros? Es maravilloso que tengamos familias así como lo que muy escuetamente hemos tratado de describir, pero luego fuera de ese ámbito familiar quizás somos unos lobos los unos contra los otros. ¿Es suficiente esto y podemos pensar que ya con solo hacer esto estamos viviendo el reino de dios que Jesús nos propone?
Cuando alguien le pregunta a Jesús qué es lo principal que tiene que hacer, cuál es el mandamiento primero y principal, resumiéndolo muy rápidamente, podríamos decir que Jesús lo que está pidiendo es amor, que sepamos amar. Repite Jesús, extendiéndose quizá un poco, con aquellas palabras de Deuteronomio – la Shemá por su primera palabra en hebreo ‘escucha’ – que incluso todo buen judío sabia de memoria y hasta repetía muchas veces al día, porque eran palabras que había que tener muy presente y muy gravadas en el corazón.
‘Las palabras que hoy te digo quedarán en tu memoria; se las repetirás a tus hijos y hablarás de ellas estando en casa y yendo de camino, acostado y levantado; las atarás a tu muñeca como un signo, serán en tu frente una señal; las escribirás en las jambas de tu casa y en tus portales’. Amor a Dios en una palabra con todas sus fuerzas y sobre todas las cosas.
Vemos que Jesús añade algo más, que ya venía señalado en el libro del Levítico. ‘El segundo es éste: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. No hay mandamiento mayor que estos’. Y Jesús los está poniendo en pie de igualdad porque no hay nada mayor que esto. En una palabra amor.
Alguna podría decirme, pues lo que hablábamos al principio. Ahí está el amor de los amigos que tanto bien hace a los propios amigos y que puede ser un primer principio de ese amor que nos pide el Señor. Y lo mismo podríamos decir del amor familiar; ya estaremos cumpliendo lo que nos dice Jesús. ¿No será suficiente?
Si nos fijamos bien en el sentido de las palabras de Jesús y lo que a lo largo nos va diciendo en el evangelio, podríamos decir que con aquel amor de amistad,  con aquel amor familiar no estamos quedando cortos. No nos pide Jesús solo un amor de amigos. No nos pide Jesús que encerremos nuestro amor en el círculo familia y de ahí a fuera no queremos saber nada porque ya nos amamos en familia. Es algo más que ese amor de amistad en que solo amamos a los amigos es algo más que el amor familiar que se queda encerrado en el círculo de nuestros seres queridos, como los solemos llamar. ¿Y los demás? ¿Se quedarán fuera de esa órbita de amor?
El amor que nos pide Jesús es un amor universal en que nadie pueda quedar excluido, abarcará a amigos y a enemigos, abarcará a los que nos hacen bien pero también a los que pasan indiferentes ante nosotros, o aquellos que nos hayan hecho daño y nos hayan hecho mal, abarcará también al desconocido o aquel que no nos cae simpático, a aquel que es justo y es bueno pero también al que pueda quizá llevar la maldad en su corazón, a aquel que no facilita las cosas y también al que pueda ser un estorbo para nosotros en la vida porque nos haga perder el tiempo o quizá pueda trastocar todos nuestros planes, a aquel que nos quiere y a aquel que nos odia.
Esto es otra altitud, otra forma nueva de mirar y de medir, esto  nos da una nueva amplitud a nuestra vida y nos dará también un nuevo sentido a nuestro amor. Esto será algo que no podemos hacer solo con nuestras fuerzas ni podemos encontrar ningún modelo humano para ese estilo y sentido del amor.
Ya nos dirá Jesús que amemos como El nos ha amado; ya nos dirá Jesús que recemos por aquellos a los que nos cuesta amar, ya nos dirá Jesús que el modelo de ese amor es el amor de Dios que siempre es compasivo y misericordioso con todos.  No caben distinciones, no caben separaciones ni discriminaciones, no nos valen excusas ni disculpas, no nos vale que ese amor lo acomodemos a nuestros amores humanos.
Es que estamos entrando en una dimensión divina del amor. Será entonces cuando comencemos a estar cerca del Reino de Dios. ¿Será así nuestro amor? ¿Estaremos entendiendo bien esa nueva dimensión del amor o todavía estaremos queriendo hacernos rebajas?