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sábado, 17 de octubre de 2015

Ponernos de parte de Jesús no es solo llegar al martirio cruento de dar la vida sino ofrecer el testimonio de mi fe cada día con mi vida

Ponernos de parte de Jesús no es solo llegar al martirio cruento de dar la vida sino ofrecer el testimonio de mi fe cada día con mi vida

Romanos 4,13. 16-18; Sal 104; Lucas 12, 8-12
Siempre he sentido una admiración grande por los mártires; y no es para menos. Mantenerse en la fidelidad a una fe, a unos principios, a unos valores, al evangelio, a Jesús hasta llegar al límite de dar la vida, no es cualquier cosa. No sé si hoy será más difícil que en otros tiempos aunque el testimonio de los mártires está patente en toda la historia de la Iglesia y hemos de reconocer que hoy también se sigue dando y quizá mucho más de lo que imaginamos.
Decía si hoy será o no más difícil dar ese testimonio en el mundo tan lleno de relativismo en el que vivimos; pareciera que no hay verdades absolutas por las que mereciera la pena dar la vida, o eso al menos nos tratan de hacer creer; y esa sería una gran tentación a la hora de dar el testimonio por la verdad de Jesús, hasta donde hemos de llegar, hasta donde merece que perdamos la vida.
La palabra de Jesús es clara y no nos vale andar a medias tintas o querer nadar entre dos aguas. Somos o no somos. Seguimos a Jesús con todas sus consecuencias o no lo seguimos y nos vamos con la canción a otra parte. Pero ya nos diría Jesús que estamos con El o contra El y el que no recoge con El desparrama; no hace muchos días que lo hemos escuchado.
Hoy nos habla de ponernos de su parte ante los hombres, en fin de cuentas, dar la cara por Jesús. Claro que pensamos en esos momentos extremos de cruenta persecución como tantos hemos visto a lo largo de la historia y que también hoy siguen sucediendo. En muchos lugares del mundo hoy se sigue persiguiendo a los cristianos y son muchos los que siguen dando la vida por el testimonio de la fe.
El pensamiento que surge en mi interior es si yo, en semejantes circunstancias, llegaría también hasta el final en el testimonio de mi fe. ¿Sería capaz de dar la vida cuando tantas veces en la vida de cada día no somos tan fieles y estamos tan llenos de cobardías? Claro que no podemos olvidar la promesa de Jesús y El es fiel. ‘Cuando os conduzcan a la sinagoga, ante los magistrados y las autoridades, no os preocupéis de lo que vais a decir, o de cómo os vais a defender. Porque el Espíritu Santo os enseñará en aquel momento lo que tenéis que decir’. Es lo que hoy le hemos escuchado. La fuerza del Espíritu no nos fallará. Que no falle en nosotros la fe la presencia y fuerza del Espíritu, porque eso sería un gran pecado, como nos dice hoy también.
Como decíamos nos habla de ponernos de su parte delante de los hombres. Claro que no podemos quedarnos en esos momentos extremos de persecución sino que tenemos que pensar en el día a día de nuestra vida. Ponernos de parte de Jesús significa mantener nuestra fe y nuestra fidelidad; ponernos de parte de Jesús es preferir nos valores del evangelio a los valores que nos ofrece nuestro mundo; ponernos de su parte es no dejar de lado todo el aspecto espiritual y trascendente de la vida para quedarnos, como tantas veces somos tentados a ello, en lo material, en lo terreno, en la ganancia inmediata, en la búsqueda de un prestigio sea como sea; ponernos de su parte es vivir mi vida y mi trabajo, mis relaciones familiares o el trato con los amigos, la mirada con que miro el mundo que me rodea o la situación que pasan los que viven en nuestro entorno, según el sentido de Jesús, con la mirada de Jesús, con el amor que Jesús me enseña a tener.
Somos testigos de una fe, somos testigos de Jesús; lo vamos a proclamar con palabras porque también tenemos que hacerlo así, pero lo vamos a testimoniar con el estilo y sentido de la vida. Cuántas ocasiones tenemos para dar testimonio de nuestra fe en Jesús. Que contemos siempre con su gracia.

viernes, 16 de octubre de 2015

La mano de Jesús siempre estará sobre nuestro hombro en los momentos difíciles y podemos sentir su presencia y cercanía en lo hondo del corazón

La mano de Jesús siempre estará sobre nuestro hombro en los momentos difíciles y podemos sentir su presencia y cercanía en lo hondo del corazón

Romanos 4,1-8; Sal 31; Lucas 12,1-7

Qué paz y que fortaleza se siente en el corazón cuando una mano amiga se posa sobre tu hombro o escuchas una palabra amable y de ánimo en momentos en que quizá te sientes solo, los problemas te abruman, o estás como desconcertado ante lo que sabes que se te viene encima y no sabes cómo afrontarlo. Cuánta agradece uno esa palmadita en la espalda o esa palabra de ánimo y de cariño para no sentirse solo, para saber que puedes afrontar todo lo que pueda suceder y que en ti hay una fuerza distinta y superior que te hará salir a flote por malos que sean los momentos que estás pasando.
Cuanto necesitamos muchas veces en la vida esa mano amable, esa mirada de cariño y de ánimo, pero también tendríamos que saber ofrecerla a los que caminan a nuestro lado porque eso sería una muestra de que no nos desentendemos de ellos sino que estamos atentos a su situación. Quizá no podemos ofrecerles grandes soluciones, pero sí podemos estar a su lado y que con nuestra presencia, esa sonrisa y ese calor de nuestro corazón hacer que no se sientan solos ni abandonados.
Eso quiero ver en el pasaje del evangelio que hoy se nos ofrece. Mucha gente seguía a Jesús en su subida a Jerusalén, dice que hasta se atropellaban unos a otros y se pisaban. Pero allí en medio de todo ese tumulto van los discípulos más cercanos a Jesús a los que El les había ya anunciado lo que iba a pasar en Jerusalén aunque como nos ha repetido el evangelista a ellos les costaba entender. Quizá veían también que la tarea que les esperaba era inmensa, viendo tanta gente como ahora seguía a Jesús, y no sabrían si ellos serían capaces de afrontarla.
Jesús los toma aparte y con ellos comienza a abrir su corazón. Pero Jesús quiere hacerles sentir que no están solos porque Dios Padre nos cuida a todos y qué preferencia especial tendrá con sus elegidos. Ya en otra ocasión veremos a Jesús orando al Padre para que cuide a aquellos a los que ha elegido. Ahora quiere que ellos sientan esa palabra de ánimo, esa mano sobre el hombro y que no teman.
Es bueno escuchar de nuevo esas palabras concretas de Jesús. ‘A vosotros os digo, amigos míos: no tengáis miedo a los que matan el cuerpo, pero no pueden hacer más. Os voy a decir a quién tenéis que temer: temed al que tiene poder para matar y después echar al infierno. A éste tenéis que temer, os lo digo yo. ¿No se venden cinco gorriones por dos cuartos? Pues ni de uno solo se olvida Dios. Hasta los pelos de vuestra cabeza están contados. Por lo tanto, no tengáis miedo: no hay comparación entre vosotros y los gorriones’.
Podrán venir momentos difíciles en los que pueden atentar incluso contra nuestra vida, pero Dios no se olvida de nosotros y no nos faltará la fuerza de su Espíritu. En otros momentos Jesús anunciará persecuciones y muerte a causa de su nombre, pero también les había dicho allá en las bienaventuranzas que serían dichosos si padecieran por el nombre de Jesús. Lo importante es que sepamos mantener la fidelidad hasta el final, que no nos quiten eso más importante que llevamos dentro de nosotros con nuestra fe y nuestro sentido de la vida.
Hemos de saber escuchar esas palabras de Jesús, sentir esa presencia de Jesús en el camino de nuestra vida de cada día. Momentos malos, momentos de desanimo, momentos en que nos podemos sentir acosados, momentos en los que no sabremos qué hacer o cómo actuar, momentos en que lo podemos ver todo oscuro y no sabemos cómo salir adelante, momentos en que todo se nos vuelve en contra, no nos faltarán. Pero sepamos mantener nuestra fidelidad. Sepamos apoyarnos en el Señor. Sepamos sentir su presencia y la fuerza de su Espíritu. Sepamos acudir allá en la intimidad de nuestro corazón a la oración que nos haga sentir la presencia y la gracia del Señor.

jueves, 15 de octubre de 2015

Teresa de Jesús modelo del camino de perfección y santidad para llenarnos de Dios y saborear la sabiduría de su presencia

Teresa de Jesús modelo del camino de perfección y santidad para llenarnos de Dios y saborear la sabiduría de su presencia

Eclesiástico 15,1-6; Sal 88; Mateo 11,25-30
En este día del 15 de octubre celebra la Iglesia la festividad de santa Teresa de Jesús, virgen y doctora de la Iglesia. Precisamente en este día viene a concluir el año teresiano que venimos celebrando en el quinientos aniversario de su nacimiento. Aquella mujer fuerte que tras un largo proceso en su vida emprendió el camino de la perfección que le llevaría a la altura y profundidad de la vida mística de unión con Dios y que se sintió llamada y escogida por el Señor para emprender la inmensa tarea de la reforma de la Orden del Carmelo.
Centrando su vida en la contemplación del misterio de Dios, del que recibió inmensos favores y aunque en la vida dura de la clausura del convento que con tanta fuerza trató de reformar para llevarlo a la forma más autentica de lo que había de ser la vida de unas personas consagradas a Dios en la clausura para ser fortaleza de la Iglesia con su testimonio y oración, sin embargo se le llama la monja andariega porque recorrería los caminos de Castilla, llegando incluso a Andalucía, para la fundación de los nuevos conventos reformados de las Carmelitas Descalzas.
Sus escritos en las cartas que dirigía a los conventos reformados o a quienes acudían a ella pidiendo consejo y orientación para sus vidas, en el relato de la experiencia de su vida y de las profundidades de la vida espiritual que Dios le otorgó la convirtieron también en escritora que se convierte así en gloria de las letras españolas en el siglo de Oro de la literatura española. Pero la profundidad de su vida y de sus escritos han hecho por otra parte que la Iglesia la reconozca como doctora mística de la Iglesia, convirtiendo así su doctrina y enseñanzas en magisterio espiritual para quienes quieren alcanzar un alto grado de contemplación en su vida espiritual.
Como Teresa estaba abierta a Dios y a su Palabra, nosotros también en su fiesta dejémonos iluminar por la Palabra de Dios que la liturgia nos ofrece en su celebración. Nos hablan los textos sagrados de Sabiduría y de humildad, de mansedumbre y de búsqueda de nuestra fortaleza y nuestro descanso en Dios.
No es una sabiduría como estábamos acostumbrados a ver a los sabios de este mundo que se puede quedar en mero conocimiento intelectual. Podemos aprender cosas, podemos adquirir muchos conocimientos, podemos ser expertos en toda clase de ciencias, aunque bien sabemos que no podemos abarcarlo todo y normalmente nos centraremos en un área concreta de conocimientos.
Pero la sabiduría de la que nos habla hoy la Palabra de Dios es otra cosa. Buenos son todos esos conocimientos de tipo llamémoslo intelectual o científico con el que estamos también desarrollando esos dones con que reconocemos nos ha dotado Dios. Pero esa sabiduría nos lleva a algo más, porque es como un saborear ese sentido de la vida, es entrar en otra profundidad que va incluso mucho más allá de unos conocimientos filosóficos porque nos hacen descubrir ese sentido de Dios que llena e inunda todo nuestro ser dándole el más profundo de los sentidos.
Y hoy Jesús en el evangelio nos está diciendo que ese misterio del ser humano que encontraremos en Dios solo se revela a los que son sencillos y humildes de corazón. Da gracias Jesús porque el Padre se ha revelado no a los que se creen sabios y entendidos sino a los pequeños y a los sencillos, porque son los que mejor pueden abrirse a ese misterio que nos trasciende, a ese misterio de Dios. ‘Te doy gracias, Padre, Señor de cielo y tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos y se las has revelado a la gente sencilla. Sí, Padre, así te ha parecido mejor’.
Y nos invita Jesús a que desde nuestras luchas y nuestros cansancios, desde nuestras búsqueda y desde nuestros agobios acudamos a El que es manso y humilde de corazón, aprendamos de su mansedumbre, aprendamos de su humildad, aprendamos cual es ese sentido verdadero que hemos de darle a nuestra vida y que solo en El vamos a encontrar. Es Jesús el que con la fuerza de su Espíritu nos va a ayudar a encontrar esa sabiduría de Dios, ese sentido de Dios para nuestra vida.
En la salvación que Jesús nos ofrece no solo nos regala el perdón que viene a restaurar nuestra vida rota por el pecado, sino que en El vamos a encontrar esa luz que nos conduce por caminos de vida eterna, por los caminos de mayor plenitud que nosotros podamos imaginas o podamos encontrar.
Todo esto nos lo estamos reflexionando en la fiesta de santa Teresa de Jesús. Cuando su corazón se vació de si mismo empezó a encontrarse con Dios y a llenarse de El cada vez en una mayor plenitud. Es el camino de ascesis y camino de perfección y santidad que ella emprendió. Hoy la contemplamos y celebramos. Es modelo y estimulo para nuestra vida como lo son todos los santos, pero a ella queremos hoy contemplar e invocarla de manera especial. Que no nos falten nunca en nuestro corazón esos deseos de Dios, esos deseos que nos llevan por caminos de santidad y nos conduzcan a la plenitud del conocimiento de Dios, de la sabiduría de Dios. Que saboreemos de verdad en lo más hondo de nosotros mismos ese presencia de Dios que nos llena de sabiduría y que nos hace resplandecer de santidad.

miércoles, 14 de octubre de 2015

No seamos fáciles para juzgar a los otros y decirles lo que tienen que hacer, sino sepamos caminar juntos con sentido de fraternidad

No seamos fáciles para juzgar a los otros y decirles lo que tienen que hacer, sino sepamos caminar juntos con sentido de fraternidad

Romanos 2,1-11; Sal 61; Lucas 11,42-46

Qué fácil es decirles a los demás lo que tienen que hacer antes que hacerlo uno mismo. Somos muy dados a caer en esa tentación. Vemos lo que hacen los demás y enseguida entramos en el juicio, ya estamos pensando en nuestro interior si eso se puede hacer así o no se puede hacer, pensamos que nosotros los haríamos mejor aunque no hagamos el mínimo esfuerzo por hacerlo, y le estamos diciendo al otro lo que tiene que hacer.
Ahí entran muchas cosas como son nuestros juicios y hasta nuestras fáciles condenas, nuestro orgullo de considerarnos mejores y más perfectos y nuestros deseos de imposición sobre los otros desde nuestro complejo de superioridad. Nos ponemos en un escalón superior y miramos por encima. Nos consideramos tan perfectos que nos cegamos y no nos damos cuenta de los errores en los que nosotros también podemos caer. Enseguida nos consideramos maestros que enseñamos y decimos lo que los otros tienen que hacer.
Cuánta humildad necesitamos en nuestra vida; cuanta capacidad de mirarnos a nosotros mismos y juzgarnos, pero a nosotros, siendo capaces de reconocer nuestros errores, nuestros fallos, nuestros tropiezos. Cuanto espíritu de fraternidad que nos hace sentirnos iguales y cercanos, caminantes que hacemos los caminos juntos y somos capaces de ayudarnos mutuamente, no estando siempre por ayudar a los demás sino también por el dejarnos nosotros ayudar.
Me hago esta reflexión que es también algo así como un auto examen al escuchar las palabras que Jesús dirige a los fariseos y a los letrados. Ciegos guía ciegos, los llama en ocasiones, que tropiezan los dos en la misma piedra y caen ellos y hacen caer también a los otros en el mismo hoyo. Es lo que le venimos escuchando a Jesús estos días en el evangelio.
‘¡Ay de vosotros también, maestros de la Ley, que abrumáis a la gente con cargas insoportables, mientras vosotros no las tocáis ni con un dedo!’, les dice hoy Jesús a los letrados que se quejan porque se sienten ofendidos por las palabras de Jesús. Se sienten ofendidos porque se sienten tocados y señalados por la denuncia de Jesús.
‘¡Ay de vosotros, fariseos, que pagáis el diezmo de la hierbabuena, de la ruda y de toda clase de legumbres, mientras pasáis por alto el derecho y el amor de Dios! Esto habría que practicar, sin descuidar aquello. ¡Ay de vosotros, fariseos, que os encantan los asientos de honor en las sinagogas y las reverencias por la calle!’ Así les dice a los fariseos tan quisquillosos para fijarse en las cosas más menudas dejando a un lado las que son verdaderamente importantes. Asientos de honor, lugares de importancia, pedestales en los que subirse para estar por encima de los demás como unos intocables. Pero Jesús enseña que otras han de ser las actitudes, otra la manera de actuar donde siempre ha de prevalecer la humildad y la misericordia.
Ojalá aprendamos la lección de Jesús, el que vino no ser servido sino a servir, el que estuvo siempre cercano a nosotros haciendo nuestro mismo camino, el que cargó sobre sus hombros toda nuestra miseria para ayudarnos a llevar nuestra cruz, pero para levantarnos también desde las caídas y honduras de nuestras miserias.  Ojalá sepamos hacerlo nosotros también con nuestros hermanos aprendiendo a caminar juntos siendo en verdad cireneos los unos de los otros, y yo dejando también que otro cireneo se acerque a mí para ayudarme a llevar mi carga.

martes, 13 de octubre de 2015

Viviendo con sinceridad y autenticidad, alejamos de nosotros apariencias y vanidades para poner humildemente nuestro corazón en el Señor

Viviendo con sinceridad y autenticidad, alejamos de nosotros apariencias y vanidades para poner humildemente nuestro corazón en el Señor

Romanos 1,16-25; Sal 18; Lucas 11,37-41

Cuantas cosas se pueden ocultar tras una apariencia bonita; vanidades de la vida, orgullos que nos quieren revestir de brillos exteriores, apariencias externas que tratan de ocultar las miserias de nuestro interior, la mentira que nos impide ser sinceros con nosotros mismos y con la que tratamos de engañar a los que nos rodean. Son tentaciones que sufrimos cada día cuando nos falta la humildad de la verdad.
Nos contentamos con cumplir formalmente pero desde nuestro interior no sería lo que nos gustaría hacer. Podemos aparecer con mucha rectitud aparente y hasta nos convertimos en exigentes con las actitudes, las posturas o las acciones de los demás, pero no somos capaces de exigirnos a nosotros mismos de la misma manera. Con qué sinceridad tendríamos que enfrentarnos a todo esto.
Nos puede parecer una anécdota lo que vienen a plantearle a Jesús los fariseos, o acaso una cuestión de higiene. Lo curioso es que lo que podían ser meras formas de cortesía y de higiene para evitar contagios y enfermedades, o expresa corrección también en el trato y respeto que le debemos a los demás, los fariseos lo habían convertido en ley, le habían dado hasta un significado religioso donde hablaban de impureza legal, es cierto, pero con una connotación fuertemente religiosa. Lo habían convertido en una fuerte exigencia, el tema de lavarse las manos al volver de la plaza antes de sentarse a la mesa.
En esta ocasión el asunto surge cuando un fariseo invita a su casa a Jesús a comer y se extrañó que Jesús no se lavara las manos antes de sentarse a la mesa. Hay otro episodio del evangelio en que Jesús también está invitado en casa de un fariseo, pero éste realmente no le había ofrecido todo lo que eran las normas habituales para la hospitalidad y acogida, donde estaba lo del agua para lavarse o el perfume que se ofrecía como un obsequio al visitante.
Entonces será la mujer pecadora la que con su amor y sus lágrimas y perfumes va a suplir lo que el fariseo no le había ofrecido y dará ocasión para un hermoso mensaje de Jesús. Ahora también Jesús viendo el recelo del fariseo tendrá oportunidad de dejarnos un hermoso mensaje.
‘Vosotros, los fariseos, limpiáis por fuera la copa y el plato, mientras por dentro rebosáis de robos y maldades’, le dice Jesús. ¿Es el lavarse las manos o será la acogida a la persona lo que es importante? ¿Es la formalidad de una limpieza interior o será más importante cómo tengamos el corazón?
Mucho tendrían que hacernos pensar estas palabras de Jesús, para examinar de verdad cuales son las intenciones que tenemos en el corazón, para no quedarnos en esa pureza o santidad de apariencia sino que tengamos verdaderamente limpio del corazón. Podemos hacer incluso muchas cosas buenas, pero las intenciones que tengamos por dentro sean intenciones torcidas porque busquemos un reconocimiento, unas alabanzas, o el que nos consideren muy buenos sabiendo nosotros que no es oro todo lo que reluce en nuestra vida porque ocultamos orgullos y soberbias, buscamos vanidades.
No son los ritos los que le dan profundidad a la vida del hombre; el rito tendrá que ser signo de algo más profundo que llevamos dentro. Esto nos vendría bien para hacernos pensar en cómo, por ejemplo, desarrollamos y vivimos nuestros ritos religiosos; eso, si se quedan simplemente en ritos, y no son signos de lo que verdaderamente llevamos o hacemos en nuestro interior. “Yo ya fui a Misa y cumplí”, decimos tantas veces, pero mientras estaba corporalmente en la celebración mi mente y mi corazón estaban lejos, no había un verdadero encuentro y relación con el Señor; con nuestros labios vamos recitando oraciones, pero nuestra mente está en otra parte, en otras cosas que tenemos que hacer, cuando no estemos maquinando el mal.
Vivamos con sinceridad y autenticidad; alejemos de nosotros apariencias y vanidades; centremos de verdad nuestra vida en el Señor reconociendo también humildemente lo que hay de pecado muchas veces en nuestro corazón.

lunes, 12 de octubre de 2015

María es Pilar de nuestra fe, como signo de presencia de gracia y fortaleza y como señal que se hace camino para llevarnos siempre hasta Jesús

María es Pilar de nuestra fe, como signo de presencia de gracia y fortaleza y como señal que se hace camino para llevarnos siempre hasta Jesús

1Crónicas 15,3-4. 15-16;16,1-2; Sal 26; Lucas 11,27-28

El pilar es un signo y una señal. Fundamentamos los edificios sobre fuertes pilares que van a sostener la trabazón de todo el edificio y nos hablan de la fortaleza de lo que edificamos; pero también podemos decir que es una señal porque un pilar colocado en un sitio determinado nos puede estar señalando lo importante que allí podemos encontrar, pero también puede ser una señal que nos indique una dirección a seguir para no perder el norte o la dirección de nuestro camino.
He querido comenzar mi reflexión con estas imágenes porque hoy estamos celebrando a la Santísima Virgen María en su advocación y título del Pilar por la representatividad de su imagen sobre una columna o un pilar. Nos recuerda una hermosa tradición que nos habla de la presencia de María ya desde los orígenes de la fe cristiana en nuestras tierras hispanas con la predicación del Apóstol Santiago, a quien se le manifestó la Virgen María como fortaleza de Dios en la difícil tarea del anuncio del Evangelio en nuestra tierra.
Da igual que tengan o no tengan fundamento histórico estas piadosas tradiciones - no vamos a entrar en discusiones de tipo histórico que pienso son lo menos importante en este caso -, porque lo importante es el signo de María presente en el caminar de nuestra fe en nuestra tierra hispana a lo largo de los siglos, en los que María ha sido siempre un faro seguro que nos ha conducido a la fortaleza de nuestra fe en Jesús. Ella siempre nos conduce a Cristo y nos enseña a dejarnos iluminar por su luz.
María así es para nosotros ese pilar, esa columna que nos ayuda a mantener firme nuestra fe frente a todas las acechanzas y peligros. Con María a nuestro lado, en ese lugar preciso y precioso en que Dios quiso colocarla en la historia de la salvación, nos sentimos seguros en el camino de nuestra fe, nos sentimos fortalecidos con la gracia del Señor de la que ella es intercesora en favor nuestro. María en su imagen del Pilar se convierte así en signo de esa presencia y de esa gracia del Señor que con la mediación de la madre llega a todos sus hijos; es el signo que nos habla de esa firmeza de nuestra fe y de nuestra esperanza, pero es el signo también de lo que tiene que ser nuestro amor del que María nos enseña a amar como nos amó Jesús.
Estando al lado de María nos sentimos seguros en la orientación y en la dirección que le damos a María. Con ella nunca nos sentiremos engañados; si escuchamos de verdad a María en nuestro corazón - cómo tendríamos que aprender a hacer silencios en nuestro corazón cuando vamos al encuentro de María para no solo atiborrarla con nuestras peticiones sino también sobre todo para escuchar sus inspiraciones en lo secreto de nuestro corazón - ella nos llevará siempre hasta Jesús. Siempre María es esa señal que nos dirige hasta Jesús y nos dice ‘haced lo que El os diga’.
‘Dichoso el vientre que te llevó y los pechos que te criaron’, escuchábamos a la mujer anónima del evangelio prorrumpiendo en cánticos de alabanza a María, pero también escuchábamos a Jesús que completaba ese cántico diciéndonos que seremos en verdad dichosos como María si como ella escuchamos la Palabra de Dios y la plantamos en nuestro corazón. Así María es ese pilar, ese signo de fortaleza, esa señal que se hace camino que nos conduce a Jesús, ese ejemplo que hemos de seguir y ese amor que hemos de vivir.

domingo, 11 de octubre de 2015

Busquemos la sabiduría del evangelio que nos conduce a la vida eterna aprendiendo a vaciarnos de nosotros mismos

Busquemos la sabiduría del evangelio que nos conduce a la vida eterna aprendiendo a vaciarnos de nosotros mismos

Sabiduría 7, 7-11; Sal. 89; Hebreos 4, 12-13; Marcos 10, 17-30
Seguramente que más de una vez hemos oído decir que la Iglesia tiene que cambiar en sus posturas, que ha de modernizarse y ponerse al día, que no se puede estar enseñando lo mismo sobre determinadas cuestiones porque el mundo ha avanzado, las cosas en la sociedad han cambiado, la gente pide otra cosa; y ahí suelen salir una serie de cuestiones, que si de moral sexual, que si del aborto o la eutanasia, y ahora mismo las cosas están candentes con el tema del matrimonio y la familia, con motivo del Sínodo que se está celebrando y donde algunos pareciera que están esperando que la Iglesia ha de bajarse de sus principios, cambiar lo que son materias fundamentales de los sacramentos o del mismo matrimonio.
Yo me atrevo a decir que esto no es nada nuevo y propio solo de nuestro tiempo. A lo largo de todos los siglos siempre nos hemos encontrado con quienes pareciera que están buscando rebajas en las cosas tocantes a nuestra fe o a nuestros principios morales, porque la gente se va o quiere pensar de otra manera. Peticiones así no le han faltado a la Iglesia en el correr de los tiempos.
Pero es que eso hoy mismo lo encontramos en la escena del Evangelio de este domingo. Serán los propios discípulos cercanos a Jesús los que exclamaran ante lo que Jesús les está proponiendo ‘entonces, ¿quién puede salvarse?’ Ante las exigencias que propone Jesús de lo que significa su seguimiento a ellos les parece que eso es imposible y Jesús debería de actuar de otra manera o enseñar otras cosas que agraden más a la gente. Ya recordamos que en otro momento, allá en la sinagoga de Cafarnaún la gente dirá que Jesús está loco y muchos ya no querrán saber nada de Jesús.
Jesús viene a iluminar nuestra vida con la luz de la sabiduría de Dios en todas y cada una de las circunstancias que los hombres vivimos. Y Jesús nos habla con claridad. La ocasión ha sido en este momento el hecho de aquel joven que se acerca a Jesús con buenos deseos e intenciones, pero que no pasan de ahí cuando Jesús abre ante sus ojos otros caminos. Quiere aquel joven saber de la sabiduría de la vida eterna y qué es lo que hay que hacer y Jesús comienza por plantearlo los mandamientos. Pero aquel joven está muy lleno de si mismo. ‘Maestro, yo todo eso lo he cumplido desde pequeño’. Y Jesús le dirá que hay que vaciarse de si mismo porque otras han de ser las actitudes.
Aparentemente todo parece centrarse en el tema de las riquezas, porque aquel joven se marchó porque era muy rico y Jesús dirá qué difícil les es entrar en el reino de los cielos a los ricos, lo que motivará los comentarios de los discípulos a que hemos hecho referencia. Pero no nos quedemos en la materialidad de las palabras, aunque hacen, es cierto, clara referencia a las riquezas, sino que hemos de entender todo lo que son los apegos que llenan nuestro corazón convirtiéndolos en centros y dueños de nuestra vida.
Ya decíamos que aquel joven estaban muy lleno de si mismo; y no era solo que las riquezas que poseía ya le encerraban en si mismo, siendo una rémora imposible  de saltar para ser capaz de desprenderse de todo, vendiendo lo que tenía y dando el dinero a los pobres. Es eso y algo más, porque son muchos los orgullos de nuestro corazón porque nosotros sí sabemos,  nosotros sí somos buenos, nosotros somos los escogidos y hacemos las cosas siempre bien, nosotros nos creemos con la posesión de la verdad absoluta, y así tantas cosas.
Qué espíritu nuevo habríamos de tener de una mayor humildad y sencillez; qué generosidad de nuestro corazón para compartir pero también para saber aceptar a los demás y de los demás. Son los caminos nuevos del evangelio que nos cuesta aceptar y asumir de verdad en nuestra vida. Es lo que nos está planteando Jesús cuando nos habla de vender nuestras cosas y posesiones para poder encontrar el verdadero tesoro de nuestra vida.
No es simplemente que nosotros nos desprendamos de nuestras cosas para volvernos pobres miserables, sino saber entender bien el sentido de eso que poseemos que no solo es nuestro y para nosotros. Comprender que eso que tenemos hemos de convertirlo en un bien para los demás porque quizá una cosa que tendríamos que hacer es hacer fructificar esas cosas para hacer posible que otras personas tengan; y cuando digo tengan no es solo porque se lo demos y así puedan por ejemplo alimentarse o tener lo indispensable para la vida, sino que quizá lo que podríamos ofrecer es un trabajo digno para esos que nada tienen a nuestro lado desde eso que nosotros tenemos y no nos contentamos con guardarlo, enterrarlo como aquel del talento de la parábola, sino que lo hacemos fructificar para bien de los demás.
Ese darlo a los pobres podría significar que aunque a mi no me falte lo necesario aprenda sin embargo a vivir en la austeridad y en la sencillez para sentir en mi propia carne el sacrificio de los que nada tienen para poder vivir; seguro que cuando lo sintamos en nuestra propia carne - y ese es el sentido del ayuno penitencial que la Iglesia nos propone - aprenderemos mejor lo que es la necesidad que los otros padecen y en consecuencia habrá una compasión más auténtica en nosotros, porque realmente estaremos padeciendo con y como los que nada tienen.
Es la sabiduría del evangelio que hemos de buscar para convertirlo de verdad en sabiduría de nuestra vida. Aquel joven del evangelio buscaba la sabiduría de la vida eterna y Jesús nos está enseñando cual es el camino de esa verdadera sabiduría aprendiendo a vaciarnos de nosotros mismos. Y aunque nos cueste y hasta nos parezca imposible, en esa tarea no estamos solos porque Dios está con nosotros.


sábado, 10 de octubre de 2015

Una nueva bienaventuranza para quienes saben escuchar la Palabra de Dios y plantarla en su corazón, como lo hizo María

Una nueva bienaventuranza para quienes saben escuchar la Palabra de Dios y plantarla en su corazón, como lo hizo María

Joel 4,12-21; Sal 96; Lucas 11,27-28
Cuantas veces nos sentimos impresionados por algo y nos dan ganas de gritar para que todo el mundo conozca aquello maravilloso que nos causa admiración. Es algo espontáneo que nos surge por dentro y que si tantas veces no hacemos es quizá por aquello del sentido del ridículo o los respetos humanos.
Pero aquella mujer del evangelio no se pudo callar. Escuchaba a Jesús y seguramente sus palabras estaban haciendo mella en su corazón. Como tantas veces nos cuentan los evangelistas de la admiración de las gentes ante lo que Jesús hacía y lo que Jesús enseñaba. Ya sabemos que algunos con el corazón demasiado encerrado en si mismos iban con ojo crítico a escuchar a Jesús y siempre estaban viendo doble sentido en lo que Jesús hacia o decía y le oponían sus dudas no porque tuvieran deseos de que Jesús las aclarase y ellos quisieran seguir a Jesús sin con un espíritu corrosivo que lo que querían eran desprestigiar al maestro.
Aquella mujer sencilla del pueblo no puede callar y como saben hacer los humildes y sencillos de corazón no solo alaba a Jesús por sus palabras y acciones, sino que la alabanza se transporta a la madre que lo crió. ‘¡Dichosa la mujer que te llevó en su seno y cuyos pechos te amamantaron!’, es el grito de aquella mujer. Alababan a Jesús como a un profeta y hasta se preguntaban si no sería el Mesías; reconocían que la mano de Dios estaba en El porque de lo contrario no podría realizar los signos que hacía. Pero ahí está el corazón de una mujer sencilla, que seguramente será madre también y quizá ella piensa en sí misma en la alegría y gozo que tendría en su corazón si tuviera un hijo así. Por eso la alabanza a Jesús se transporta a la madre de Jesús. ¡Dichosa la mujer… dichosa la madre que tuviera un hijo así!
Ya María inspirada lo había anunciado en el cántico del Magnifica. ‘Dichosa me llamarán todas las generaciones’. Pero es el corazón de los humildes y sencillos el que es capaz de descubrir los misterios de Dios, a quienes Dios se les revela.
Pero Jesús sin mermar para nada aquella alabanza espontánea que había surgido en honor de su madre quiere decirnos algo más. Algo para nosotros para que sepamos encontrar la dicha verdadera, pero algo que viene a aclararnos también por qué María es la dichosa en el Señor. La respuesta o la réplica de Jesús ya la hemos escuchado. ‘Dichosos todavía más los que escuchan la palabra de Dios y la ponen en práctica’. Ya en otra ocasión nos dirá también en un momento con clara referencia a la presencia de María, que su ‘madre y hermanos son aquellos que escuchan la Palabra de Dios y la ponen en práctica’.
Una nueva dicha o bienaventuranza además de las proclamadas allá en el Sermón del Monte que nos viene a señalar quienes son verdaderamente la familia de Jesús y cómo seremos realmente felices y dichosos si escuchamos la Palabra de Dios y la ponemos en práctica, la cumplimos, la realizamos en nuestra vida.
No nos quedamos en la admiración y en la alabanza aunque también las tengamos, sino que hemos de saber escuchar, acoger, plantar en nosotros esa Palabra de Dios. Como lo hizo María, porque si ella fue merecedora de que el Verbo de Dios se encarnase en sus entrañas, antes ella había ido plantando esa Palabra de Dios en su vida. Así surgiría su disponibilidad, la ofrenda de su vida: ‘Aquí está la esclava del Señor, hágase en mí según tu Palabra’, que le dijera al ángel.

viernes, 9 de octubre de 2015

La madurez de nuestra vida cristiana se manifiesta en la firmeza de nuestros principios y en la fidelidad en todo momento a los valores del evangelio

La madurez de nuestra vida cristiana se manifiesta en la firmeza de nuestros principios y en la fidelidad en todo momento a los valores del evangelio

Joel 1,13-15; 2,1-2; Sal 9; Lucas 11,15-26

El hombre maduro es una persona con principios, sabe lo que quiere y a la hora de tomar decisiones lo hace con firmeza y valentía, aunque algunas veces le cueste; intenta que nada le tuerza de su camino y trata de actuar en su vida conforme a esas ideas, esos principios que son como su norte y su guía.
El cristiano todo eso lo ve desde el prisma de la fe y será Jesucristo y su evangelio la fuente de sus principios y el motor de su vida. Un autentico cristiano es el que ha hecho una opción firme y clara en su vida por Jesús y su evangelio. Se siente verdaderamente libre con la mayor de las libertades, pero trata de encauzar su vida desde esos valores del Evangelio porque ahí cifra toda su felicidad y la mayor plenitud de su vida. Y es que Jesús no ha venido a anular al hombre en su libertad, sino precisamente a darle una mayor profundidad que le haga caminar por los caminos de la plenitud más grande en su dignidad.
Sin embargo somos conscientes que son muchos los cantos de sirena, por llamarlos de alguna manera, que nos quieren llamar la atención y distraernos de ese camino que hemos emprendido. Son muchas las cosas de nuestro entorno que pudieran atraernos y arrastrarnos por caminos bien distintos de los del evangelio. Es ahí donde un cristiano siempre ha de andar vigilante, atento, fiel a sus principios y a sus valores para que el mal no se introduzca en el corazón. No podemos bajar la guardia porque de una manera muy subliminal con apariencias de bien la tentación quiere engañarnos.
Muchas veces tenemos la tendencia a aflojar la tensión, o nos decimos, bueno, eso son pequeñeces, cosas de menor importancia y no pasa nada porque un día podamos consentirnos en algo. Pero ya sabemos que es como una pendiente muy resbaladiza que nos hace caer casi sin darnos cuenta y luego nos costará detenernos para enderezar el rumbo de nuestra vida.
Es la reflexión que me hago a partir del evangelio de este día. Todo parte de aquel momento en que Jesús expulsa el demonio de un hombre poseído por un espíritu inmundo y de los comentarios interesados que algunos se hacen. Pero Jesús quiere prevenirnos y recordarnos que no podemos andar con medias tintas, nadando entre dos aguas, como se suele decir. Que nuestra opción por El y por el evangelio tiene que ser total en nuestra vida. ‘El que no está conmigo está contra mí; el que no recoge conmigo desparrama’, nos viene a sentenciar Jesús de forma radical.
Luego nos hablará de cómo siempre el diablo ronda buscando la manera de tentarnos y hacernos caer otra vez. ‘Cuando un espíritu inmundo sale de un hombre, da vueltas por el desierto, buscando un sitio para descansar; pero, como no lo encuentra, dice: Volveré a la casa de donde salí." l volver, se la encuentra barrida y arreglada. Entonces va a coger otros siete espíritus peores que él, y se mete a vivir allí. Y el final de aquel hombre resulta peor que el principio’.
Creo que todos habremos pasado alguna vez por la experiencia de que en cosas que pensábamos que teníamos ya superadas en ese camino de ascesis que hemos ido haciendo en nuestra vida, de repente, sin saber cómo, volvimos a tropezar en la misma piedra y volvimos por las andadas. Quizá habíamos aflojado la guardia, como solemos decir, pensábamos que todo estaba superado y no mantuvimos la debida vigilancia y volvimos a tropezar en lo mismo. Cuántas experiencias personales podríamos cada uno contar.
Es el camino de superación que hemos de ir recorriendo siempre, no olvidando nunca nuestros principios y nuestros valores, apoyándonos de verdad en el Señor para mantenernos fieles. Que así se manifieste la madurez de nuestra vida, de nuestro compromiso cristiano cuando de verdad amamos a Jesús y queremos seguirle por los caminos del evangelio.

jueves, 8 de octubre de 2015

La confianza del amor que nos hace saborear la presencia del Dios que sabemos que nos ama y nos escucha

La confianza del amor que nos hace saborear la presencia del Dios que sabemos que nos ama y nos escucha

Malaquías 3, 13 – 4,2ª; Sal 1; Lucas 11,5-13

Es la confianza que da el amor; es la confianza de quien se siente en la presencia del que sabe que le ama; es la confianza a la que nos invita Jesús con que hemos de orar a Dios.
Ayer escuchábamos que nos enseñaba a llamar Padre a Dios y decíamos cómo nuestra oración es un saborear en lo hondo del corazón ese amor de Dios y ese sentirle y vivirle como Padre. Cuando estamos con el Padre que nos amas se establece una relación profunda de amor que nos hace desnudarnos ante El con nuestras miserias y nuestras necesidades; cuando sabemos que así Dios nos ama a El acudimos con la confianza de que siempre seremos escuchados y nos dará lo mejor que necesitemos. No nos caben dudas ni miedos; todo ha de ser confianza porque todo es una relación de amor.
Pero por si acaso considerando nuestra pequeñez y nuestra miseria dudáramos de acercarnos a Dios con nuestras necesidades hoy Jesús nos insiste. ‘Pues así os digo a vosotros: Pedid y se os dará, buscad y hallaréis, llamad y se os abrirá; porque quien pide recibe, quien busca halla, y al que llama se le abre’. Antes nos había puesto el ejemplo de quien acude a su amigo incluso en horas intempestivas para pedirle pan porque le ha llegado una visita a casa y no tiene que ofrecerle; con insistencia llama al amigo sabiendo que al final va a ser escuchado.
Así nosotros acudimos a Dios y nos ponemos ante El tal como somos, con nuestra pobreza, con nuestras debilidades, con nuestras carencias, con nuestra vida al desnudo sabiendo que en Dios encontraremos siempre amor, misericordia, gracia, paz, ayuda y fortaleza en nuestras luchas y necesidades.
Como nos dice pedimos, pero nuestra petición no es una petición pasiva; pedimos y buscamos, pedimos y vamos a la búsqueda de la verdad, pedimos y queremos encontrar caminos, pedimos y ponemos de nuestra parte todo lo que sea necesario para hacer ese camino, pedimos y ansiamos no solo cosas materiales sino que levantamos nuestro espíritu buscando algo más hondo que llene nuestra vida.
Nuestra oración no es algo pasivo donde simplemente esperamos que milagrosamente se nos resuelvan las cosas; nuestra oración es encuentro con el Padre de amor que llena de luz nuestra vida; nuestra oración es iluminación interior que nos hace encontrar sentido y valor, que nos abre caminos, que nos lleva al compromiso; nuestra oración es escucha allá en lo más hondo de nosotros mismos de esa voz de Dios que nos descubre sus designios de amor; nuestra oración es aprender a tener una mirada nueva sobre nuestra vida, pero también una mirada nueva de amor hacia los hermanos que nos rodean y que nos hará actuar con una misericordia y un amor semejante al de Dios.
Nuestra oración es sentirnos envueltos por el amor de Dios y en El nos sentimos llenos de bendiciones que hemos de saber llevar a nuestro mundo.

miércoles, 7 de octubre de 2015

Saboreemos que Dios es nuestro Padre que nos ama y todo comenzará a ser nuevo en nuestra vida en nuestra relación con Dios y con los hermanos

Saboreemos que Dios es nuestro Padre que nos ama y todo comenzará a ser nuevo en nuestra vida en nuestra relación con Dios y con los hermanos

Jonás 4,1-11; Sal 85; Lucas 11,1-4
Con Jesús todo tiene un sabor distinto; con Jesús vivimos un sentido nuevo de la vida; con Jesús comenzamos a saborear de una manera nueva el amor y la presencia de Dios en nuestra vida; con Jesús nuestra mirada se transforma y tenemos una manera nueva de caminar junto al hombre nuestro hermano; con Jesús comenzamos sentir un nuevo calor de amor en nuestro corazón; con Jesús nos sentimos amados por un Dios que es Padre y todo se reduce a partir de entonces a corresponder a ese amor con una vida nueva, una relación nueva con Dios y una nueva relación con los que caminan a mi lado en la peregrinación de la vida.
Comenzó diciéndonos Jesús que comenzaba algo nuevo y había que creer en esa buena noticia que nos anunciaba; nos decía que llegaba el Reino de Dios y pronto pudimos ir comprendiendo que ese Reino de Dios no era a la manera de los reinos de este mundo. El gran descubrimiento que Jesús una y otra vez nos recordaba es que ese Dios que es nuestro Rey y Señor es un Padre bueno que nos ama. Una nueva palabra tenía que comenzar a brotar de nuestra boca y desde lo hondo de nuestro corazón, Padre.
Así llamaba Jesús a Dios porque se sentía su Hijo; así había sido proclamado desde el cielo allá en el Jordán cuando el bautismo y más tarde solemnemente desde lo alto del Tabor. ‘Este es mi Hijo amado, mi predilecto, el elegido’, era el mensaje del cielo. Pero así ahora Jesús nos enseñaba a llamar a Dios, Padre. Se trata de saborear esa palabra que es más que una palabra. Se trata de saborear ese sentido nuevo de Dios. Se trata de saborear el sentirnos hijos amados. Se trata, pues, de comenzar a vivir de una manera nueva.
Los discípulos ven a Jesús orando con frecuencia, cómo se retira en momentos determinados a lugares apartados para orar o se levanta al amanecer; contemplan y palpan cómo Jesús continuamente se siente en la presencia del Padre porque su alimento es hacer la voluntad del Padre; le escuchan invocarle o darle gracias por cómo se va manifestando Dios y su poder, cómo se va manifestando continuamente su amor poderoso que todo lo transforma. Ellos quieren hacer como Jesús, quieren orar como Jesús, le piden a Jesús que les enseñe a orar.
Y Jesús les dice cómo han de hacerlo, no solo como una formula que se repita, sino como algo que hay que aprender a saborear. Se trata de saborear esa palabra en todas sus consecuencias, llamar a Dios Padre pero aprender a gozarnos en su amor sintiendo como todo se transforma en nuestro corazón y en nuestra vida, como todo ha de transformarse en ese mundo en el que vivimos.
No nos contentemos a repetir mecánicamente las palabras de Jesús para nuestra oración. Saboreémoslas empezando cuando llamamos a Dios Padre. Todo lo demás vendrá como consecuencia. Porque si sentimos y saboreamos su amor es justo que le alabemos y bendigamos, que queramos hacer su voluntad, que nos pongamos ante El con nuestras necesidades que Dios bien conoce, que ya nuestra vida comience a ser distinta y aprendamos a amar y a perdonar, a pedir perdón reconociendo nuestros errores y a luchar contra lo malo con la certeza que Dios está con nosotros y nos ayuda a superar el mal y la tentación.
Comencemos por saborear que Dios nos ama, que es nuestro Padre y se derramará sobre nosotros una lluvia del amor de Dios.

martes, 6 de octubre de 2015

Despertar la sensibilidad de la acogida y la hospitalidad de corazón y saber encontrar lo verdaderamente importante en la vida

Despertar la sensibilidad de la acogida y la hospitalidad de corazón y saber encontrar lo verdaderamente importante en la vida

Jonás 3, 1-10; Sal 129; Lucas 10, 38-42

Hay ocasiones en que se nos presenta un imprevisto y parece que todo se nos vuelve un caos, nos ponemos nerviosos, nos afanamos y querer hacer mil cosas a un tiempo para resolverlo todo. Pero no es solo cuando nos suceden cosas extraordinarias, sino que nos hemos hecho un ritmo de vida tan trepidante que andamos como a la carrera, queriendo solucionar todo al mismo tiempo o queriendo abarcar más de lo que realmente podemos hacer.
Tan ajetreados andamos en la vida que tenemos el peligro de perder de vista lo que es lo principal y pudiera ser que en el apuro de sacarlo todo adelante le demos prioridad a lo que es menos importante. Nos es necesario hacer una buena escala de valores en la vida para poner las cosas en su sitio.
¿Qué es lo verdaderamente importante a lo que tendríamos que darle prioridad? Agobiados por los problemas o las necesidades materiales pudiera ser que le demos más importancia a las cosas que a las personas, por ejemplo; que le demos más importancia a lo material que a cultivar nuestro espíritu; que nos importen más las ganancias económicas que el crecimiento de la persona.
‘Entró Jesús en un poblado, y una mujer, llamada Marta, lo recibió en su casa…se afanaba en diversos quehaceres… María, su hermana, se sentó a los pies de Jesús y se puso a escuchar su palabra...’ Es el cuadro que nos presenta hoy el evangelio y que podría darnos mucha luz en nuestra vida.
En esta escena hay algo que destacar con fuerza y que es lo que podríamos llamar la ley de la hospitalidad, en la que los orientales son tan exquisitos. La acogida, la apertura del hogar al peregrino o al transeúnte que pasa a nuestro lado. Ser acogedores los unos con los otros, abrir nuestros oídos y nuestro corazón, ser capaces de detenernos junto al que pasa a nuestro lado, mirarle a los ojos, escucharnos para entendernos, hacer funcionar la sintonía del corazón. Qué hermoso si en la vida camináramos con estos presupuestos. Despertar la sensibilidad en nuestra vida, en nuestras actitudes y posturas, en nuestra mirada y en nuestras palabras, en nuestro corazón.
Aquel hogar de Betania que estaba al paso del camino que subiendo desde Jericó conducía a Jerusalén y que era el lugar de paso obligado para los peregrinos de Galilea que bajando por el valle del Jordán se dirigían a la ciudad santa. Cuantos serían los que se vieran acogidos con hospitalidad ofreciendo agua y descanso en aquel hogar en su subida a Jerusalén. ¿Por qué no pensar que así nacerían muchas amistades, como nacería la amistad de aquella familia con Jesús?
Pero el evangelio además de resaltarnos esta hermosa virtud de la hospitalidad quiere enseñarnos algo más. Es, podríamos decir, en referencia al tema con que iniciábamos nuestra reflexión. Pareciera que hay un conflicto de intereses y actitudes en la postura de Marta afanosa que lo quiere tener todo preparado y la postura de María sentada a los pies de Jesús escuchando. Jesús les dice que hay que saber escoger la mejor parte. Es la conclusión a la que llegábamos al principio.
Saber encontrar en la vida lo que es lo fundamental, lo que es lo más importante. Hacernos una buena escala de valores. En el sentido de fe que tiene que animar e iluminar nuestra vida es plantearnos el lugar que le damos a Dios, a la escucha de su Palabra, al culto que hemos de darle, a lo que es lo esencial en nuestra vida cristiana. Muchas cosas quizá sobre la que tendríamos que reflexionar más largamente y que quedan aquí ahora apuntadas; muchas actitudes y posturas que tendríamos que saber revisar. Es la búsqueda de ese crecimiento espiritual de nuestra persona, ese crecimiento de nuestra fe, ese compromiso de amor que tendría que centrar nuestra vida.

lunes, 5 de octubre de 2015

El camino que el creyente va haciendo día a día rodeado de sus limitaciones y esperanzas pero sintiéndose regalado por el amor del Señor

El camino que el creyente va haciendo día a día rodeado de sus limitaciones y esperanzas pero sintiéndose regalado por el amor del Señor

Deuteronomio 8, 7-18; Salmo: 1 Cro 29, 10; 2Corintios 5, 17-21; Mateo 7, 7-11

El creyente no es solo el que recita una fórmula de profesión de fe, sino el que hace de esa fe el sentido de su vivir. Ser creyente no es solo un acto intelectual donde proclamamos unas verdades que son fundamentales sobre la existencia de Dios, sino que el creyente ha de sentir y vivir en si mismo, en su propia vida esa existencia de Dios, esa presencia de Dios. Lo formularemos con un credo donde se contengan esas verdades, pero lo hemos de expresar en el sentido de nuestra vida y de nuestra existencia.
Creemos, sí, en el Dios infinito, todopoderoso y creador pero vivimos a ese Dios que es amor y que se hace sentir en la vida y en la historia del hombre. No somos creyentes solo cuando recitamos la fórmula de un credo en una celebración religiosa, sino cuando en la experiencia de la vida, en el caminar de la vida vamos sintiendo la presencia llena de amor de un Dios que es nuestro Padre y nos ama y que nos salva.
El verdadero creyente lo es en todo momento de su vida, no solo cuando nos encerramos tras las paredes de un templo o cuando hagamos nuestras oraciones personales en el silencio de nuestro corazón. En todo momento, en todo lo que hace y en todo lo que sucede el creyente ve la mano de Dios, escucha la voz de Dios que le dice en su corazón que le ama y va respondiendo en todo momento con la propia ofrenda de amor de su vida.
En este día la liturgia de la Iglesia nos ofrece una especial celebración - las témporas - que dentro del ritmo de año y de la vida nos viene a recordar cómo siempre hemos de tener viva esa presencia del Señor en nosotros y en nuestra historia. Témporas de acción de gracias y de petición es el título que se da a esta conmemoración. Y es que la primera respuesta de amor que hacemos a esa inmensidad del amor de Dios sobre nosotros que se manifiesta en nuestra historia y en los acontecimientos de cada día es la acción de gracias.
El creyente ha de ser hombre de memoria para recordar continuamente esa acción de Dios en su vida y en su historia. Esa memoria agradecida de esa acción de Dios es algo que ha de estar siempre presente en nosotros. Es bueno recordar la historia de la salvación no solo en los grandes pasos en los que Dios se nos manifestó en Cristo Jesús para redimirnos, sino en esa historia de la salvación, diríamos personal, en la que cada uno recuerda esos momentos de su vida donde ha sentido de manera especial esa acción de Dios. Y claro, ha de surgir la acción de gracias.
Pero llamamos a las témporas también días de petición, porque somos concientes de nuestra debilidad e impotencia por nosotros mismos y en ese camino de la vida necesitamos de la protección de Dios, de la gracia de Dios que nos acompañe y nos fortalezca. Así surge nuestra oración, en este caso, de petición por nosotros y nuestras necesidades, pero por nuestro mundo, por toda la humanidad con sus problemas, y por la Iglesia.
Una oración de petición que se haría casi interminable porque son tantas las necesidades y los problemas que no acabaríamos nunca de presentarlos al Señor. Pero dediquemos tiempo para ir repasando esos problemas de nuestro mundo con sus injusticias, sus miserias, sus violencias, sus guerras, sus discriminaciones y con tantos odios con que los hombres una y otra vez nos enfrentamos. Dediquemos un tiempo a hacer memoria de la Iglesia y de sus necesidades para presentarla delante del Señor, y no podemos olvidar este momento eclesial que estamos viviendo con la renovación promovida por el Papa Francisco ni a los Obispos reunidos hoy mismo en Sínodo en Roma para tratar de los problemas de la familia y ofrecernos la luz que necesitamos.
Pero en esa petición hay algo que no puede faltar que es la petición de perdón. Nos sentimos débiles y pecadores. Al lado de toda la historia de gracia de la salvación de Dios en nuestra vida, está nuestra historia de debilidades y pecados. Pero la misericordia de Dios es más poderosa que todas nuestras miserias. Nos presentamos ante el Señor sintiéndonos pecadores y queriendo llenarnos hasta rebosar de la misericordia del Señor.
Es el camino del creyente va haciendo día a día con sus limitaciones y con sus esperanzas, pero sintiéndose en todo momento regalado por el amor del Señor. A todo esto nos ayuda la Palabra del Señor que hoy se nos ofrece y que invito a leer y meditar de nuevo.

domingo, 4 de octubre de 2015

Estamos llamados a la comunión e interrelación con el otro que rompe soledades y nos lleva por caminos de plenitud

Estamos llamados a la comunión e interrelación con el otro que rompe soledades y nos lleva por caminos de plenitud

Génesis 2, 18-24; Sal. 127; Hebreos 2, 9-11; Marcos 10, 2-16
La soledad es como la loza de una tumba oscura que si cae sobre nosotros nos hace perder todo sentido y todo valor de aquello que vivimos o que hacemos. No está hecho el hombre, la persona para la soledad. Desde lo más intrínseco de nuestro ser estamos llamados a la comunicación y a la comunión, aunque luego como consecuencia de nuestras propias limitaciones y de los orgullos que dejamos meter en nuestra vida algunas veces se nos pueda hacer difícil.
Necesitamos estar, o más aun, ser para alguien, para el otro, para los demás. En la soledad decimos que nos aburrimos, o lo que es lo mismo parece que todo carece de sentido. Podemos buscar la soledad en un momento determinado porque quizá necesitamos centrarnos dentro de nosotros mismos pero pronto nuestro ser tiende a abrirse a los demás, a ir al encuentro con el otro, a entrar en comunicación y más aun en comunión con nuestros semejantes.
Cuando vemos a alguien que dice que prefiere la soledad, que trata de aislarse de los otros para vivir su vida sin esa interdependencia con los otros, decimos que es un bicho raro o que está caminando a contracorriente de lo que es su ser más hondo. Es difícil que en esa situación se sea verdaderamente feliz, porque tendría que saber buscar ese sentido de su ser para los demás aunque en determinados momentos o situaciones viva a solas.
Pero la soledad no la podemos llenar con cosas. En las cosas tendrá una utilización, pero no la valdrán para el encuentro. Tampoco cualquier ser vivo puede llenar la soledad de la persona, porque esa comunión y comunicación tiene mucho de personal, y entonces será el encuentro de la persona con la persona donde se establezca esa relación personal. Nos encontramos en la vida quienes quieren llenar sus soledades en la posesión de las cosas o en la compañía de los animales. No es el camino que nos lleve a una plenitud de nuestro ser y a esa relación personal que necesitamos desde lo más hondo de nosotros mismos.
Muchos pensamientos y reflexiones surgen al hilo del pensamiento de la soledad de la persona. ‘No está bien que el hombre esté solo’, se dice Dios en el paraíso después de haber creado a su criatura preferida, el hombre. ‘Voy a hacer alguien como él que le ayude’. Y nos habla de la creación de todos los seres vivos que Dios va presentando al hombre para que le ponga nombre. Es una expresión de posesión el dar nombre a algo o a alguien. Pero nada de todos aquellos animales, como antes ninguna de las otras cosas creadas, da satisfacción al corazón del hombre para hacerle salir de su soledad.
Será cuando aparezca la mujer - hemos de saber entender las imágenes de la creación que nos propone el Génesis como una forma de hablar - cuando el hombre llegue a encontrarse de verdad con un ser semejante a él con quien pueda entrar en comunicación y en comunión. ‘¡Esta sí que es hueso de mis huesos y carne de mi carne!’, dirá Adán llamando a la mujer Eva.
Nos aparece la sentencia que será base y fundamento de lo que es el matrimonio pero que viene a expresar esa nueva comunión entre los seres humanos que romperá todas las soledades. Se rompe la soledad no solo porque puede estar ya con alguien sino porque además ya la vida y la existencia adquieren un nuevo sentido y valor al ser también para alguien en esa comunión e interrelación que se crea entre los seres humanos.
Nada tendría que romper esa nueva interrelación entre los seres humanos que le llevaría de nuevo a la soledad. Se han entendido siempre estas palabras en relación a esa unión entre el hombre y la mujer que llamamos matrimonio, pero más profundamente nos está hablando de esa comunión que tendría que haber siempre entre todos los seres humanos.
En el evangelio hemos escuchado a los fariseos que vienen a preguntarle a Jesús sobre el tema del divorcio. Les recuerda Jesús las palabras del Génesis que manifiestan la voluntad y el designio de Dios desde la creación para todo el género humano. ‘No son dos sino una sola carne y lo que Dios ha unido que no lo separe el hombre’, termina sentenciando Jesús.
Pero hay algo importante que les dice Jesús en referencia a que Moisés permitió en algunas circunstancias el divorcio. ‘Por vuestra terquedad dejó escrito Moisés este precepto’, les dice. La terquedad que se puede traducir en muchas posturas y actitudes, en muchos contravalores que podemos dejar meter en el corazón que nos destrozan y que nos dividen.
Es el orgullo que se mete en nuestra vida y que nos aísla y que nos separa de los demás; todo lo que sea creernos superiores a los otros, convertirnos en reyes y señores de todos para que prevalezca siempre mi propia voluntad, las insolidaridades que nos hacen olvidarnos de los otros para pensar solo en nosotros mismos, el egoísmo avaricioso en que todo lo quiero para mi porque me creo merecedor de todo, y así podríamos seguir diciendo muchas más cosas, nos destruyen desde lo más hondo de nosotros mismos y van creando rupturas en nuestro entorno con aquellos con los que tendríamos que convivir. Y hacemos referencia al matrimonio y a las causas de tantas rupturas, pero podemos hacer referencia a todo lo que va creando barreras con aquellas personas de nuestro entorno.
No podemos vivir en soledad, pero a causa de nuestra terquedad volvemos a encerrarnos en ella aislándonos de la comunión y comunicación que tendríamos que vivir con los demás. Creo que podríamos sacar muchas consecuencias de esta reflexión para nuestra vida de cada día y para esa mutua interrelación que habríamos de vivir con los demás. Cuidemos de no caer de esa manera en las redes de la soledad.
En el camino de nuestra vida cristiana no vamos solos, porque siempre hemos de vivir esa comunión de amor fraterno como nos enseñó Jesús; pero ese camino de nuestra vida cristiana sabemos que tenemos de nuestra parte al Espíritu del Amor que nos dará fuerzas y sabiduría para saber vivir esa comunión de amor que ha de ser toda vida.