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sábado, 22 de agosto de 2009

Salve, Reina de los cielos y Señora de los ángeles


Is. 9, 1-6
Sal.117
Lc. 1, 26-38



‘Salve, Reina de los cielos y Señora de los Ángeles… Reina del cielo, alégrate…’, la aclama la Iglesia en los himnos de su liturgia. Y nosotros le rezamos y la aclamamos: ‘Dios te salve, Reina y Madre de misericordia…’ Reina de los ángeles, reina de los patriarcas, reina de los apóstoles, reina de los mártires, reina de las vírgenes… reina de la paz, reina de la familia, reina de todos los hombres… reina de la gracia, reina de la vida… le aclamamos y le suplicamos en letanía diciéndole una y otra vez ‘ruega por nosotros’.
‘Aleluya, aleluya, el Señor es nuestro Rey…’ reza un canto de la liturgia. Nuestro único Rey es el Señor, nuestro Dios. Cuando el ángel le anuncia a María el nacimiento de un hijo le dice: ‘y darás a luz un hijo… y se llamará el Hijo del Altísimo, el Señor Dios le dará el trono de David, su padre, reinará sobre la casa de Jacob para siempre y su reino no tendrá fin’. Lo había anunciado el profeta: ‘Lleva a hombros el Principado, y es su nombre Maravilla de Consejero… Príncipe de la Paz… para dilatar el principado con una paz sin límites, sobre el trono de David y su Reino’.
Jesús viene a anunciar el Reino de Dios, donde reconoceremos la Señorío y la Soberanía de Dios sobre toda la creación. Un Reino de Dios donde todos participamos, por el que trabajamos los que creemos y seguimos a Jesús. Cristo nos llama a participar en su Reino y nos hace reyes; unidos a Cristo desde nuestro Bautismo con El somos sacerdotes, profetas y reyes. Y participamos de su Reino, perteneceremos a ese Reino en la medida en que aprendamos a ser grandes pero desde el servicio y la humildad, sólo haciéndonos los últimos y los servidores de todos.
Hoy proclamamos a María Reino y Señora nuestra. Cuándo mejor que al celebrar la octava de su glorificación al cielo en su Asunción a los cielos. Cuando meditamos el misterio de Cristo y unido a Cristo el misterio de María en el rezo del rosario, después de haber meditado en uno de sus misterios en la Asunción de María al cielo, a continuación la contemplamos como Reina y Señora de toda la creación.
Es lo que hoy en esta fiesta queremos proclamar. María Reina, partícipe del Reinado de Cristo, su Hijo, pero porque ella es la primera que reconoce ese Señorío de Dios sobre su vida. Alaba y ensalza al Señor que es grande. ‘Proclama mi alma la grandeza del Señor y se alegra mi espíritu en Dios mi Salvador’, es el comienzo de su cántico de alabanza y reconocimiento de lo que son las obras de Dios en su vida. Pero María es la que es toda para Dios. Dijo ‘Sí’ a Dios porque por encima de todo está siempre la voluntad de Dios. Y María es la que se hace la última y la servidora de todos y del Señor, porque ella no se ve a sí misma, sino como la humilde esclava del Señor. ‘Hágase (fiat) en mí según tu Palabra. Aquí está la esclava del Señor’.
Maria se una a Cristo más que ninguna otra criatura. Por eso participa como nadie en el Reinado de su Hijo y nosotros que la amamos – Jesús, su Hijo, nos la dejó como Madre al pie de la Cruz – no podemos menos que llamarla Reina y Señora nuestra.
‘María, nuestra Reina, está de pie, a la derecha de Cristo, al pie de la cruz, enjoyada de oro, vestida de perlas y brocado’, como la proclaman las antífonas de la liturgia.

viernes, 21 de agosto de 2009

Estos dos mandamientos sostienen la Ley entera y los profetas

Rut. 1,1.3-6.14-16.22
Sal. 145
Mt. 22, 34-40


‘Señor, instrúyeme en tus sendas, haz que camine con lealtad’. Hermosa súplica y hermosa actitud. Con humildad venimos hasta el Señor. Que El sea quien nos enseñe sus caminos. Pero que nosotros lealmente nos dejemos enseñar, conducir. Y con lealtad sigamos sus enseñanzas.
Hoy en el evangelio contemplamos una actitud distinta en los fariseos que se acercan a Jesús. ‘Al oír que había hecho callar a los saduceos, se acercaron a Jesús y uno de ellos que era entendido en la Ley le preguntó para ponerlo a prueba…’ ¿Para qué era la pregunta? ¿Porque querían aprender del Maestro? ¿O era más bien un examen para ver si lo que Jesús decía concordaba con ellos?
‘Maestro, ¿cuál es el mandamiento principal?’ Jesús les responde con lo que todos sabían, pues era algo aprendido de memoria desde niños y que repetían cual acto de fe y cual recordatorio del mandamiento del Señor. No hace muchos días hemos reflexionado recordando el texto del Deuteronomio donde Moisés les imponía el mandamiento del Señor.
‘Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con todo tu ser. Este mandamiento es el principal y primero’. Pero Jesús añadió algo más que no le habían pedido, porque va expresando una característica fundamental del cristiano. ‘El segundo es semejante a él: Amarás a tu prójimo como a ti mismo’.
No necesita Jesús apoyarse en ninguna autoridad humana para decirnos cuál era el mandamiento del Señor. El es la Palabra viva de Dios. Sin embargo, como lo que le están preguntando es para ver si coincide con lo que es la ley judía, añade: ‘Estos dos mandamientos sostienen la Ley entera y los profetas’. Los dos pilares del pueblo judío; La Ley y los Profetas. Ahí basan su espiritualidad. Ahí se manifiesta para ellos lo que es la voluntad del Señor. Por eso, viene a decirles Jesús lo que os estoy diciendo es lo que sostiene ‘la Ley entera y los profetas'. Recordemos, por ejemplo, cómo en el Tabor, en la Transfiguración del Señor, aparecerán junto a Jesús Moisés y Elías, para expresar así la Ley y los Profetas.
‘Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón…’ Tienes que poner ahí toda la afectividad de tu corazón; lo que son tus sentimientos más profundos. Amar desde lo hondo, desde lo más profundo de ti mismo. ‘Con toda tu alma…’ Toda tu razón, tu inteligencia, tu voluntad para Dios. Te costará entenderlo en algún momento o no, pero ahí está la ofrenda de la obediencia de la fe que se hace amor. ‘Con todo tu ser’. Lo que eres y lo que vales; lo que importas o lo que no importas; todo lo que es tu vida, ningún resquicio se queda fuera, todo para Dios, todo para amarle y con el amor más profundo.
Pero Jesús nos dice que el segundo es semejante. Con la misma intensidad hemos de amar al prójimo. ‘Amarás a tu prójimo como a ti mismo’. Todo lo bueno que quieres para ti, tienes que quererlo también para el prójimo que es tu hermano. Nada malo querrás para ti, nada malo puedes querer para el prójimo. Trata a los demás como quieres que ellos te traten. Y ya sabemos que más adelante Jesús en el evangelio elevará la sublimidad del amor al prójimo cuando nos diga que tenemos que amarle con un amor como el que El nos tiene. ‘Como os he amado yo…’ nos dirá en otra ocasión.
Con lealtad queremos seguir las sendas del Señor. Con lealtad queremos poner todo nuestro amor a Dios. Con la misma lealtad queremos también amar al prójimo como a nosotros mismos. Es hermoso lo que nos pide Jesús.

jueves, 20 de agosto de 2009

Todos invitados al banquete del Reino de los cielos

Jue. 11, 29-39
Sal. 39
Mt. 22, 1-14


‘Volvió a hablar Jesús en parábolas a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo’. Y le propone Jesús la parábola del banquete de bodas. ‘El Reino de los cielos se parece aun rey que celebraba la boda de su hijo…’ El reino de Dios… Un descripción de lo que estaba sucediendo. Aquel era el pueblo a quien primero se invitaba al Reino de Dios. ‘Tengo preparado el banquete… venid a la boda’.
Fue el primer anuncio que Jesús hizo al iniciar su predicación. ‘Está cerca el Reino de Dios…’ Pero habían endurecido su corazón. ‘No endurezcáis vuestro corazón…’ Los invitados tenían otras cosas en qué pensar o en qué ocuparse. Rechazaban la invitación o se buscaban excusas, pero no quisieron ir. La invitación era ahora a todos. ‘Id ahora a los cruces de los caminos y a todos los que encontréis convidadlos a la boda’. Pero también ahora era necesario algo más que venir. Era necesario el traje de fiesta.
El Reino de los cielos es para todos. Pero tiene sus exigencias. No se pueden dar largas ni poner disculpas. Cada día llega la Palabra de Dios a nuestra vida invitándonos, pero cuántas veces pensamos, es verdad, pero es que ahora, en estas circunstancias, ya lo haré en otro momento, y también ponemos disculpas, vamos dando largas a la respuesta que tendríamos que dar a esa invitación que nos hace el Señor. Pero ¿qué es lo primero y lo más importante? Tendríamos que recordar lo que nos dice Jesús en otro lugar del Evangelio_ ‘Buscad primero el Reino de Dios y su justicia que lo demás se os dará por añadidura…’ Pero queremos muchas primero lo demás al Reino de Dios.
El Reino de Dios tiene sus exigencias. Hay una nueva forma de vivir, una nueva manera de actuar, unas nuevas actitudes que tienen que envolver nuestra vida. No podemos seguir de la misma manera. Es cierto que Cristo derramó su Sangre por todos y a todos nos redimió. Pero tenemos que responder. El no nos obliga. Siempre está esperando nuestra respuesta. Podemos aceptar o podemos rechazar. Podemos dar largas o actuar prontamente en nuestra vida, Pero eso es decisión nuestra, si en verdad nosotros optamos por el Reino de Dios.
Es necesario ponernos el traje de fiesta para participar en ese banquete del Reino de los cielos. La salvación que Cristo nos ganó para todos nos llega por los sacramentos. Es el traje de fiesta que tenemos que vestirnos. Si no me bautizo, no soy cristiano, porque será en el Bautismo donde participo del misterio de la muerte y resurrección del Señor para poder ser hijo de Dios.
Si no me acerco al Sacramento de la Penitencia, confieso humildemente mis pecados y le pido perdón a Dios de todo corazón, no recibiré el perdón que Cristo nos da con su Sangre derramada. De muchas maneras le pido perdón al Señor, pero será en el Sacramento donde recibo su gracia y su perdón.
Así podríamos seguir pensando y analizando todos y cada uno de los sacramentos. No soy sacerdote, por ejemplo, solamente porque yo quiera serlo, si el Obispo no me impone las manos para recibir el don del Espíritu que me consagra como sacerdote.
Como no puedo llamarme en verdad cristiano solamente porque yo diga que creo en Dios si luego mi vida, mis actitudes, mi amor no es a la manera del amor de Cristo, si no amo con el amor de Cristo. Con un amor así es como testimoniaré en verdad que soy cristiano.
Igual no podemos acercarnos a la Eucaristía de cualquiera manera. Todos estamos invitados a participar de la Cena del Señor, pero sólo con un corazón limpio de pecado, en gracia de Dios, que habré obtenido en el Sacramento de la Penitencia, es como podré acercarme a la Mesa de la Eucaristía para comulgar a Cristo.
El Señor nos llama, nos reúne, nos invita a la mesa Reino de Dios, pero tenemos que responder. Tenemos que aceptar esa invitación y ponernos el traje de fiesta de las exigencias que significa vivir y pertenecer al Reino de Dios. Que con su fuerza y su gracia lo podamos alcanzar.

miércoles, 19 de agosto de 2009

Palabra viva que es alimento, medicina y fuego en nuestro corazón

Jue. 9, 6-15
Sal.20
Mt. 20, 1-16


‘La palabra de Dios es viva y eficaz, sondea la mente y el corazón’.
Así nos invitaba a reflexionar la antífona del aleluya para disponer nuestro corazón a la escucha de la Palabra de Dios.
Es una Palabra vida, llena de vida, que nos da vida. Así tendríamos que acogerla en nuestro corazón. Cuando la escuchamos en la celebración así hemos de acogerla; no es simplemente un rito que realizamos, y ahora toca hacer una lectura y después pasamos página y vamos a otro momento de nuestro rito. Sería muy pobre esa actitud. No podemos olvidar nunca que es el Señor el que nos habla y así hemos de prestarle atención.
Como alimento que nos fortalece y nos da vida; como luz que penetra en lo más hondo de nosotros mismos para señalarnos caminos; como ungüento y medicina que nos cura, que nos sana de nuestras heridas, de tantas heridas como tenemos en nuestro corazón por los sufrimientos, por el daño que nos hayan hecho o nosotros hayamos hecho a los demás; pero también como fuego purificador, que nos ayuda a limpiarnos de tanta suciedad de pecado como vamos llenando nuestra vida. Qué importante que seamos tiene labrada y abonada para acoger esa semilla en nosotros y siempre dé fruto.
Es así como acogemos la palabra que hoy se nos ha proclamado sobre todo en la parábola del Evangelio. Una parábola que habremos meditado muchas veces, donde los viñadores son llamados a distintas horas del día a trabajar en la viña. En distintas horas, en distintos momentos de nuestra vida el Señor llega a nosotros y nos llama.
‘Vete a trabajar a mi viña’, nos ha dicho el Señor en algún momento de la vida. Quizá desde primeras horas de nuestra vida hayamos vivido nuestra fe; fue la educación que recibimos de nuestros padres y tantas otras influencias recibidas de la comunidad cristiana que nos han ayudado a vivir nuestra fe.
Pero quizá hayamos vivido con menos intensidad esa vida cristiana y en algún momento en nuestra juventud o ya en la edad adulto hayamos recibido esa visita del Señor que nos ha llamado y comenzamos entonces a vivir con más fuerza nuestra fe y nuestro compromiso cristiano.
‘Id también vosotros a trabajar a mi viña, les dice los que encuentra a la caída de la tarde’. Quizá ya en el atardecer de la vida, porque vivimos muy al margen de la iglesia, de la fe, de nuestro ser cristiano, es cuando hemos recibido una llamada, o este mismo comentario que estás leyendo pueda ser también para ti una llamada. Lo importante es responder y querer ir a participar en la vida de la viña del Señor, del pueblo de Dios.
A unos y otros el Señor va llamando e invitando a participar de su vida. A unos y otros aunque haya sido en distintos momentos el Señor sigue ofreciéndonos el denario de su gracia, de la fe, de la vida divina que quiere regalarnos. El refrán castellano dice que nunca es tarde si la dicha es buena, nunca es tarde para escuchar esa llamada del Señor y darle nuestra respuesta. En todo momento podemos vivir esa gracia del Señor o trabajar en su vida en tatas cosas que podemos hacer. No digamos, yo a estas horas de mi vida, ¿qué es lo que puedo hacer? Podemos hacer, podemos vivir, podemos amar, podemos ayudar, podemos poner esperanza, podemos tantas cosas…
Es la Palabra que nos ilumina y que nos alimenta. Pero decíamos también que la Palabra podía ser fuego purificador de nuestra vida. Por eso hemos de estar atentos para no caer en las redes negativas de la envidia, del orgullo, de los resentimientos y desconfianzas, de las que nos habla hoy al final de la parábola. ‘¿Es que tú vas a tener envidia por yo soy bueno?’ Se nos pueden meter esas actitudes negativas en nuestro corazón. Hemos de estar vigilantes.
Vayamos a trabajar a la viña del Señor, con sencillez, con humildad, con generosidad y disponibilidad, con fe y esperanza. Tenemos garantizado el denario de la vida de la gracia con que el Señor va a enriquecer nuestra vida para siempre.

martes, 18 de agosto de 2009

Yo estoy contigo, valiente, vete a librar a mi pueblo Israel

Jue. 6, 11-24
Sal. 84
Mt. 19, 23-30


Es del libro de los Jueces de donde está tomado el texto que hoy comentamos. Leemos en estos días diversos pasajes de este libro del Antiguo Testamento.
Momentos oscuros de la historia del pueblo de Israel. Se habían establecido en la tierra que el Señor les había prometido dar y pronto cayeron en aquello de lo que Moisés les había prevenido en el libro del Deuteronomio. Pronto olvidaron al Señor. ‘Los israelitas hicieron lo que el Señor reprueba, dieron culto a los ídolos, abandonaron al Señor Dios de sus padres que los había sacado de Egipto… desviándose muy pronto de la senda por donde habían caminado sus padres…’
Pero conocemos el amor de Dios por su pueblo. ‘El Señor hacía surgir jueces que los libraban de las bandas de salteadores… pero ni a los jueces hacían caso…’ Los jueces eran personajes que surgían en medio del pueblo, para proféticamente apartar a las gentes de sus malos caminos y hacerlos volver al Dios de la Alianza, al mismo tiempo que eran como líderes que los ayudaban a verse libre de la opresión de los pueblos en medio de los cuales vivían. De esto nos hablaba del texto propio del día de ayer.
Hoy se nos habla de lo que podríamos llamar la vocación de Gedeón. En los próximos días escucharemos otros textos escogidos de este libro de los Jueces. El ángel del Señor se le manifiesta. Cuando en estos textos se habla del ángel del Señor realmente de lo que se nos está hablando es de la presencia del Señor en medio de ellos. Por eso en ocasiones, como en este texto, tanto será el ángel del Señor el que le hable a Gedeón, como en otros momentos se nos dirá que le habló el Señor.
‘El ángel del Señor se le apareció y le dijo: El Señor está contigo, valiente’. La reacción de Gedeón es preguntar cómo es que el Señor está con ellos y sin embargo de tal forma se ven acosados. ‘¿Dónde han quedado aquellos prodigios que nos contaban nuestros padres. De Egipto nos sacó el Señor?’ Pero el ángel del Señor le insiste: ‘Vete, y con tus fuerzas salva a Israel de los madianitas. Yo estoy contigo’.
Gedeón se resiste porque como dice es el menos de los hijos de su padre y su familia es la menos importante de Manasés. ‘Yo estaré contigo…’, es la respuesta y el envío del Señor. La obra no será la obra de las manos humanas, sino que será la obra del Señor. Y el Señor se vale, estamos acostumbrados a verlo repetido en la Biblia, de los pequeños y de los que parecen débiles instrumentos.
‘Vete… yo estaré contigo…’ también nos dice a nosotros el Señor. ¿Momentos oscuros o difíciles los que vivimos? Siempre está nuestra lucha contra el mal. Siempre está el testimonio que nosotros hemos de dar. Siempre está esa superación que en nosotros tenemos que realizar. No nos podemos sentir débiles e indefensos por mucha que sea la tarea. El Señor está con nosotros.
Será, como decíamos, esa superación personal que hemos de realizar en nosotros mismos para no dejarnos arrastrar por la tentación y el pecado. O será también un mundo adverso, un mundo que no quiere entender de Dios, un mundo que se crea sus propios ídolos en el materialismo con que se vive la vida o en esos deseos de sensualidad y placer que muchos tienen como uno objetivo o norma de su existencia. Pero en ese mundo nosotros tenemos que ser luz; en ese mundo tenemos que ser profetas de bien, de ideales nobles, de vida espiritual, de amor, de comprensión, de perdón. Y aunque nos cueste proféticamente tenemos que dar nuestro testimonio. Porque somos testigos, para eso nos ha elegido y enviado Jesús a nuestro mundo que tenemos que evangelizar.
El prometió que estaría con nosotros todos los días hasta el final de los tiempos. El nos prometió la fuerza de su Espíritu para que podamos ser testigos. Vayamos a la misión que el Señor nos confía. Es tan hermoso el evangelio que hemos de anunciar…

lunes, 17 de agosto de 2009

¿Qué me falta? No dejemos envejecer el corazón

Jue. 2, 11-19
Sal. 105
Mt. 19, 16-22


Tres preguntas o tres cuestiones le plantea este joven que se acerca a Jesús. ‘Maestro, ¿qué tengo que hacer de bueno para obtener la vida eterna?’ Y a la respuesta de Jesús ‘Cumple los mandamientos’, le replica preguntándole, ‘¿Cuáles?’ Finalmente al señalárselos Jesús con detalle, le dice. ‘Todo eso lo he cumplido, ¿qué me falta?’
Aunque al final le costara dar una respuesta positiva, porque ante la exigencia de Jesús ‘si quieres llegar hasta el final, vende lo que tienes, da el dinero a los pobres – así tendrás un tesoro en el cielo – y luego vente conmigo… el joven se fue triste al oír esto, porque era rico’, sin embargo hemos de confesar y reconocer que era alguien lleno de inquietud en su corazón y siempre estaba aspirando a más.
Es interesante este diálogo y no sé si será algo que a nosotros nos tenga que interrogar por dentro. ¿Nos preguntaremos nosotros seriamente, qué es lo que tengo que hacer para heredar la vida eterna? ¿Pensamos en eso habitualmente? ¿Nos preguntaremos igualmente qué nos falta, qué más puedo o tengo que hacer?
A esto se contrapone lo que hemos escuchado muchas veces o quizá hasta pensado en nuestro interior. Si soy bueno… si yo no tengo pecados… como dice la gente, yo no mato ni robo… Y nos contentamos quizá con seguir simplemente arrastrándonos por la vida, haciendo lo de siempre sin plantearnos cosas nuevas, sin hacernos una reflexión o un examen a fondo de lo que hacemos o podemos hacer, sin plantearnos quizá qué más podría yo hacer.
Porque todos podemos caer en esa rutina que nos lleva a una frialdad espiritual y hasta una indiferencia. Las pendientes de la rutina son resbaladizas y cuidado en lugar de crecer en la vida lo que hagamos sea volver a lo malo.
En el Apocalipsis cuando el Espíritu del Señor escribe a las siete Iglesias, en concreto al ángel de la Iglesia de Laodicea le dice: ‘Conozco tus palabras y que no eres ni frío ni caliente. ¡Ojalá fueras frío o caliente! Mas, porque eres tibio, y no eres ni caliente ni frío, estoy por vomitarte de mi boca’. Nos tendría que hacer pensar.
Cuando falta inquietud en el corazón y deseos de más, la frialdad y la rutina se apoderan de nuestra vida. Siempre tenemos que poner en nuestra vida unas metas altas, poner ideales sublimes en el corazón. Aspirar siempre a más y a mejor. Que no es la ambición por lo material. Que tiene que ser el buscar un crecimiento del espíritu.
¡Qué más puedo hacer de lo que estoy haciendo? Hemos de tener siempre un corazón joven e inquieto. Que eso no va con los años. Aunque tengamos muchos años, no debe faltar esa inquietud en nosotros. Eso nos da vida. Podremos equivocarnos o fallar en los intentos de lo mejor, pero siempre hemos de tener deseos de más en nuestro corazón, de estar en camino para más cosas buenas. ¡Y cuánto podemos hacer! No dejemos envejecer nuestro corazón con mezquindades en nuestros sueños e ideales. Esa inquietud por lo más y lo mejor dará vitalidad a nuestro corazón.
‘¿Qué me falta?’, se pregunta aquel joven. ‘¿Qué me falta?’, podemos preguntarnos nosotros para amar más a Dios. Hay tanto bueno que podemos hacer. Puede crecer tanto nuestro amor al Señor. ¡Cuánta gloria podemos darle cada día!

domingo, 16 de agosto de 2009

Eucaristía, banquete de nueva vida, alimento de vida eterna


Prov. 9, 1-6;

Sal. 33;

Ef. 5, 15-20;

Jn. 6, 51-59



‘La sabiduría ha construido su casa, plantando siete columnas, ha preparado el banquete, mezclado el vino y puesto la mesa… venid a comer mi pan y a beber el vino que he mezclado, dejad la inexperiencia y viviréis…’ Así nos hablaba el libro de los Proverbios. Un banquete que está preparado y nosotros invitados. Varias parábolas del evangelio nos repiten la invitación para acercarnos a la mesa del Reino de los cielos. Hoy mismo Jesús con palabra clara nos dice que vayamos a El y le comamos, y así tendremos vida para siempre.
Creer en Jesús y seguirle. Creer en El y unirnos a El. Creer en El y vivirle. Creer en El y comerle para que tengamos vida eterna y seamos resucitados con El en el último día. Es el recorrido que hemos ido siguiendo en la medida en que hemos ido escuchado su evangelio. Fe para creer en el que nos llevará a vivir su misma vida.
Se hace comida. ‘Yo soy el pan vivo bajado del cielo, el que coma de este pan vivirá para siempre. El pan que yo le daré es mi carne para la vida del mundo…’ No estamos hablando en simples imágenes sino en realidades. No es un simple signo que se queda fuera de lo significado, sino algo que es realidad viva, por eso cuando vamos a comer a Cristo en la Eucaristía no es un simple pan lo que comemos sino que es Cristo mismo.
Ante la Eucaristía nos postramos y adoramos porque estamos adorando a Dios. Es verdaderamente el Cuerpo y la Sangre de Jesús; es Cristo mismo que está real y verdaderamente presente. Es, pues, a Cristo a quien comemos. Cristo que se hace alimento, que se hace comida. Cristo que se nos da y no simbólicamente sino de forma real y verdadera.
Comemos para tener vida. La comida que ingerimos se asimila de tal manera por el organismo humano que se hace vida en nosotros, es lo que hace que podamos vivir, es nuestro alimento para vivir. No podemos luego diferenciar y separar aquello que hemos comido del resto del nuestro organismo, sino que el alimento que comemos es el que nos hace vivir.
Así es cuando comemos la Eucaristía, a Cristo en la Eucaristía. Su vida se hace vida nuestra. Y porque El es vida eterna, nosotros comenzamos a tener vida eterna. ‘El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna, nos repite Jesús. Yo lo resucitaré en el último día… yo vivo por el Padre, continúa diciéndonos Jesús, del mismo modo el que me come vivir por mí… el que come de este pan vivirá para siempre’.
Podría parecer un juego de palabras, o una repetición innecesaria. Pero no es así. Es cierto que Jesús nos lo repite una y otra vez, para que lo comprendamos, para que lo deseemos, para avivar nuestra esperanza y nuestros deseos de Dios y de vida eterna, para que tengamos verdaderamente hambre de Dios.
No terminaban de entenderle los judíos. Veremos incluso que muchos van a abandonar el seguimiento de Jesús. ‘¿Cómo puede éste darnos a comer su carne?’, se preguntaban los judíos, como antes habían dicho que cómo puede decir que ha bajado del cielo si nosotros le conocemos, que es el hijo del carpintero de Nazaret, que es el hijo de María y de José. Tenemos que reconocer que eran difíciles las palabras de Jesús.
Nosotros mismos por más que digamos que sí lo entendemos, no terminamos de comprender y vivir con toda plenitud el misterio de la Eucaristía. Pensemos en lo que muchos cristianos han convertido la Eucaristía, las motivaciones verdaderas por las que muchos vienen a Misa. Un rito mágico o casi mágico que celebra el sacerdote es para muchos la misa; algo a lo que nosotros nos contentamos con asistir o algo de lo que nos valemos simplemente para pedir por los nuestros o por otras necesidades que tengamos del tipo que sea.
Cristo se nos da en la Eucaristía y se hace comida nuestra para que tengamos vida, para vivir El en nosotros y nosotros en El. ‘El que come mi carne y bebe mi sangre… que es verdadera comida y verdadera bebida… habita en mí y yo en El’. Si comemos a Dios, Dios habita en nosotros.
Es su Cuerpo entregado. Es su Sangre derramada. Es banquete porque es comida en que El mismo se nos da para que le comamos; pero también es la señal, el signo del gran sacrificio, de su entrega hasta el final por nosotros. Por eso la Eucaristía es la gran celebración de la Pascua de Cristo para el cristiano. Por eso en la Eucaristía tenemos que morir para vivir.
Con Cristo también nosotros nos inmolamos para dejar atrás nuestras muertes, para comenzar a vivir una vida nueva, distinta. La Eucaristía es señal de Pascua, es señal de resurrección. Nos lo ha dicho Jesús, que El nos resucitará para que tengamos su misma vida para siempre. Por eso de la Eucaristía tenemos que salir siempre transformados. Después de cada Eucaristía en que comamos a Cristo tenemos que salir renovados, nuevos, con nuevas actitudes, con nuevos compromisos, con nuevos deseos de bien, en una palabra, con vida nueva.
¡Qué misterio de amor más grande que Cristo se nos dé así en la Eucaristía! ¡Cómo tenemos que darle gracias por esa posibilidad que El nos da de vivir su misma vida!¡Con cuánta fe y con cuánto amor tenemos que venir siempre a la Eucaristía, pero nunca como meros asistentes ni espectadores, sino implicándonos siempre y dejándonos transformar por esa vida nueva que Cristo nos da!

sábado, 15 de agosto de 2009

En la Asunción de María vislumbramos la gloria que un día podemos alcanzar

Apc. 11, 19; 12, 1.3-6.10;
Sal. 44;
1Cor. 13, 20-27;
Lc. 1, 39-56


Todas las fiestas de María nos llenan de alegría porque son la fiesta de la madre. Cómo no se van a gozar los hijos en la fiesta de la madre. Pero, si queremos, esta fiesta de la Asunción de la Virgen en cuerpo y alma al cielo nos llena de mayor alegría y nos hace rebrotar la esperanza en nuestro corazón.
Nos lo señalan a cada paso cada uno de los textos de la liturgia de esta fiesta. ‘María ha sido llevado al cielo; se alegra el ejército de los ángeles’, decía una antífona de la liturgia de este día. Se alegran los ángeles, se alegra la Iglesia, nos alegramos todos sus hijos, se gozan todos los pueblos, porque, como ella misma diría, ‘me felicitarán todas las generaciones…’ Y es que hoy estamos celebrando la glorificación de María. Llevada en cuerpo y alma al cielo como una primicia después de Cristo para que contemple y viva ya por toda la eternidad la gloria del Señor en la visión de Dios. Es ‘la mujer vestida de sol, la luna por pedestal, coronada con doce estrellas’, de la que nos habla la Apocalipsis para referirse a la Iglesia, nueva Jerusalén, pero en la que nosotros contemplamos también a María.
El camino de María es nuestro camino y es el camino de la Iglesia, porque seguimos sus pasos. Y la gloria de María es la imagen de la gloria de la Iglesia, la imagen y el espejo de la gloria que un día también recibiremos en la visión de Dios por toda la eternidad.
Maria fue la primera que recibió los frutos de la redención de Cristo. En virtud de los méritos de su Hijo fue preservada de toda mancha de pecado para vivir para siempre llena de gracia, como la llena de la vida de Dios. ‘El Señor está contigo… llena eres de gracia…’ le dijo el ángel en la anunciación. La contemplamos Inmaculada, purísima, desde el primer instante de su concepción. Preservada del pecado original porque iba a ser la madre de Dios, justo era que ella fuera también la primera criatura en ser llevada al cielo para gozar de la visión de Dios, a gozar de la Pascua eterna del cielo.
Contemplar ese camino de la gloria de María es para nosotros aliciente, ejemplo y estímulo en nuestro peregrinar. En medio de tantas oscuridades que nos rodean en la vida necesitamos un faro de luz que nos ilumine y nos señale el camino seguro hacia el puerto de nuestra salvación. En nuestra lucha contra el pecado y el mal necesitamos saber que la victoria es posible, que podemos alcanzarla y que un día todo será para nosotros luz, dicha y salvación eterna. Merecen la pena las luchas, los trabajos, los esfuerzos porque tenemos asegurada la victoria. Nos lo está diciendo esta fiesta de María en su Asunción, en su glorificación.
Tenemos que caminar hacia la montaña como María, tal como nos lo señala hoy el evangelio. ‘María se puso en camino y fue aprisa a la montaña, a un pueblo de Judá… a casa de Isabel’.
Ponernos en camino a la montaña será ir al encuentro con el otro como lo hizo María, que fue al encuentro de su prima Isabel en esa actitud profunda de servicio de quien ‘se quedó con Isabel unos tres meses’, como nos dice el evangelio, antes de volverse de nuevo a su casa.
Ponernos en camino a la montaña será la actitud de servicio o será nuestra fe honda y profunda que empapa y envuelve toda nuestra vida, para nunca dudar, para siempre creer, esperar y amar; una fe que nos levanta y nos pone en camino; una fe que nos levanta y nos pone en camino, porque nos hace ponernos en pie ante Dios para decir Sí como María; nos levanta y nos pone en camino porque nos hace abrirnos a Dios, para dejar que Dios actúe en nosotros, para que Dios venga y haga maravillas en nosotros, como lo hizo con María. ‘El Poderoso ha hecho obras grandes en mí, su nombre es Santo’, reconocería y proclamaría María.
Ponernos en camino a la montaña es saber mirar con mirada nueva todo cuanto es nuestra vida y la vida de los que nos rodean; es el sentido nuevo de nuestra vida que descubrimos desde nuestra fe; es el sentido nuevo de los hombres y mujeres que están a mi lado que ya serán para mí para siempre unos hermanos.
Ponernos en camino a la montaña nos levanta y nos compromete, nos hace mirar hacia arriba, nos hace poner altos ideales y sublimes metas en nuestra vida, para que no nos quedemos a ras de tierra. Es la fe que nos hace trascender en nuestra vida. Iremos más allá porque pensamos en la vida eterna que podremos vivir en Dios; vida de dicha, de gloria, de felicidad como ya estamos contemplando en María.
Alegrémonos, gocémonos con María y cantemos con toda la Iglesia la gloria de María. Porque contemplar a María nos hace mirar hacia arriba, aspirar al cielo, nos llena de ansias de eternidad. En el día de la Ascensión del Señor, cuando se aparecieron los ángeles a los discípulos que miraban embelesados cómo Jesús subía al cielo, les dijeron ‘¿Qué hacéis ahí parados mirando al cielo?’; también nosotros ahora en la fiesta de la Asunción de María nos quedamos entusiasmados mirando al cielo. Queremos subir con María; queremos ir tras María, porque sabemos que ella es la primera, la primicia, que participa ya de una gloria a la que nosotros también estamos llamados y que esperamos un día alcanzar.
Hemos pedido hoy en la oración que ‘aspirando siempre a las realidades divinas, lleguemos a participar como ella de su misma gloria en el cielo’. Y pediremos también que ‘nuestros corazones, abrasados en el amor de Dios, vivan siempre orientados hacia Dios’.
Es que María nos enseña a que nuestra vida esté siempre centrada en Dios. Ella no es la luz, es la madre de la Luz, es el faro que nos orienta y no nos perdamos, para que vayamos a donde está la Luz verdadera.
Hoy la celebramos también en nuestra tierra canaria como la Candelaria, la portadora de la luz, porque es la portadora de Cristo a quien lleva en sus brazos, a quien nos está señalando y diciendo que El es la luz verdadera. Por María vayamos hasta Jesús.

viernes, 14 de agosto de 2009

Creemos en un Dios cercano que interviene en el hoy de nuestra vida con su salvación

Josué, 24, 1-13
Sal. 135
Mt. 19, 3-12


Los israelitas han llegado ya a la tierra que el Señor les había prometido, ahora ya conducidos por Josué después de la muerte de Moisés. Antes de asentarse en aquella tierra tan deseada Josué les plantea seriamente a qué Dios van a servir. ¿Al que les ha conducido por el desierto en medio de grandes prodigios y cosas maravillosas para traerles a aquella tierra o a los dioses de aquellos pueblos con los que van a convivir? ‘Yo y mi casa serviremos al Señor’, es la opción por la que se decanta Josué.
Josué les hace un resumen de su historia que es una historia de salvación, que es la historia de la acción de Dios en medio de aquel pueblo. Les recuerda cómo Dios llamó a Abrahán ‘allá al otro lado del río Eufrates y lo conduje por todo el país de Canaán…’ Les recuerda los grandes patriarcas Isaac y Jacob y su marcha a Egipto. ‘Saqué de Egipto a vuestros padres con los portentos que hice’ y los hice atravesar el Mar Rojo. Finalmente les recuerda todas las dificultades pasadas en los largos años del desierto hasta entregarles la tierra en la que se iban ahora aposentar. No es simplemente la historia humana de Israel, sino que es la historia de las intervenciones de Dios con el pueblo al que ha escogido y al que ama.
Viene a ser como una profesión de fe. El judío no trataba de definir a Dios a partir de ideas o de conceptos, como un filósofo pudiera hacerlo. Dios ha dado, es cierto, razón e inteligencia al hombre para que incluso pueda llegar a descubrir la existencia de Dios. Así lo hicieron los filósofos de la antigüedad que incluso en medio de pueblos politeístas que adoraban a muchos dioses sin embargo hablaban de la existencia de un único Dios verdadero, al que desde la razón podían llegar a vislumbrar.
Pero el Dios en el que cree el pueblo judío es el Dios de la revelación. El Dios que se revela en su actuar, porque cuando confiesan su fe en Dios lo que hacen es recordar toda esa acción de Dios en su historia y en su vida. Luego vendrá desde la reflexión la profundización en ese misterio de Dios que así se les ha revelado, pero el Dios a quien confiesan su fe y al que adoran es al Dios que ha estado cerca de su pueblo, ha escuchado el clamor de su pueblo y ha caminado con su pueblo manifestando así su poder, su gloria y su amor.
Es cierto que nosotros hemos de saber dar razón de nuestra fe y para eso Dios nos ha dotado de inteligencia y capacidad de razonar. Pero creemos en ese Dios que se nos revela y que nos descubre el misterio más hondo de sí mismo en su actuar, en su amor y en su cercanía. Creemos en el Dios que nos ama y nos ama de tal manera que nos ha dado a su Hijo, nos lo ha entregado para por amor darnos vida, alcanzarnos la salvación.
Así como el judío creía en el Dios de Abrahán, Isaac y Jacob, para expresar así el Dios que había intervenido en su historia, nosotros creemos en el Dios Padre de nuestro Señor Jesucristo que así nos ha manifestado su amor y también se ha hecho presente junto al hombre – es Emmanuel , Dios con nosotros – para nada menos que regalarnos su vida y su salvación.
También nosotros tenemos que hacer un recuento de nuestra historia personal para descubrir ese actuar de Dios en nuestra vida. En cuántos momentos Dios se nos ha manifestado y se nos ha revelado, nos ha regalado con su amor y ha estado junto a nosotros para liberarnos de todo mal. Nos hace falta esos ojos de fe para descubrirle, pero nos hace falta ese reconocimiento desde nuestro corazón, desde lo más hondo de nuestro ser. Bueno es, en nuestra oración, hacer muchas veces ese recuento de esas intervenciones de Dios en nuestra vida, para reconocerle y para darle gracias, para que así surja nuestra alabanza más fresca, más viva y con toda nuestra vida.
Es el Dios vivo, el Dios personal, el Dios de amor presente también en nuestro corazón. Es el Dios que merece nuestro reconocimiento, nuestra alabanza, nuestra acción de gracias y nuestro amor. Es el Dios al que queremos obsequiar toda la ofrenda y obediencia de nuestra fe.

jueves, 13 de agosto de 2009

El que ama tiene capacidad en su corazón para perdonar

Josué, 3, 7-17
Sal. 133
Mt. 18, 21-19, 1


Pedro le sale con una pregunta a Jesús que en el fondo tenemos que reconocer que es una cuestión que de alguna manera nosotros también nos planteamos. ‘Señor, si mi hermano me ofende, ¿cuántas veces le tengo que perdonar?’ Es que le he perdonado una y otra vez, tantas veces…
Lo que aquí se nos está planteando es una exigencia del amor. Hemos reflexionado diciéndonos que toda nuestra vida tiene que estar envuelta por el amor, porque es nuestro distintivo y nuestra diferencia. Pues aquí está una exigencia muy concreta del amor. tendríamos que preguntarnos, ¿podemos decir que amamos si no perdonamos? Cuando nos cuesta tanto perdonar, ¿no será porque no amamos lo suficiente?
El que ama de verdad tiene capacidad en su corazón para perdonar. Si amas a alguien de verdad, ¿cómo no lo vas a perdonar? Quizá tendríamos que recordar aquel texto de san Pablo en la Carta a los Corintios (1Cor, 13), que tantas veces hemos leído como muy hermoso, pero que no sé si hemos meditado lo suficiente, o hemos hecho que nuestro amor seriamente esté enmarcado por aquellas características que allí se nos dan.
El amor no tiene límites. El amor es generoso. El amor perdona siempre. Pero nos cuesta comprender la densidad del amor. Un amor que no se queda en palabras bonitas. Un amor que no es sólo para los que me aman. Un amor que es universal, que es para todos; también para los que hayan podido ofenderme.
Lo sabemos pero sin embargo ponemos límites porque nos cuesta la generosidad. Lo sabemos pero nos cuesta perdonar, porque aparecen tantos orgullos y desamores dentro de nosotros. Lo sabemos pero andamos haciendo cálculos de hasta donde podemos llegar.
Para amar de verdad también es importante saber experimentar el amor, el sentirnos amados. Y porque nos sentimos amados, hemos sido perdonados tantas veces. Es quizá lo que le faltó al hombre de la parábola que propone Jesús. Su señor le había perdonado aquella inmensa deuda, y sin embargo el no era capaz de perdonar la mezquindad que le debía el hermano. No se había gozado con el perdón que le habían concedido. No se había dado cuenta de que si le habían perdonado su deuda era como consecuencia del amor. Y a ese amor tendría él que responder también con amor y aprender entonces a perdonar a su vez.
Es que no terminamos de calibrar bien hasta donde llega el amor que Dios nos tiene. Es la lección que tenemos que aprender de la parábola. Y así no estaremos poniendo límites. Pedro, cuando le hizo la pregunta a Jesús se atrevió a aventurar si tenía que llegar hasta siete veces. Ya sabemos la respuesta de Jesús. ‘No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete’.
Y es que el que ama no lleva cuentas. El amor no sabe de números ni de límites. El amor siempre es generoso.

miércoles, 12 de agosto de 2009

Si tu hermano peca, repréndelo a solas entre los dos

Deut. 31, 1-8
Sal. Deut. 32
Mt. 18, 1-5.10.12-14


Todo en el cristiano ha de estar conformado por el amor. Lo hemos reflexionado muchas veces y no nos podemos cansar de reflexionarlo. Es nuestro distintivo. Es el mandato de Jesús. Es el sentido de nuestro vivir. Pero no se puede quedar en bonitas palabras. Tiene que reflejarse en nuestras posturas, en nuestras actitudes, en nuestro actuar, en nuestros gestos, en los detalles de la vida de cada día.
El amor nos lleva a buscar siempre el bien, a desear lo bueno y lo mejor, a buscar la manera, ayudándonos mutuamente, a que todos siempre caminemos por las sendas del bien. No es ya sólo preocuparme yo de hacer el bien, sino ayudar para que el que está a mi lado haga también el bien.
Confieso que lo que hoy nos pide Jesús en el evangelio no siempre es fácil de realizar. Confieso que a mi me cuesta y no siempre sé realizarlo. Claro que es algo que tiene que estar impregnado por el amor; tiene que surgir del amor, y realizarse además con mucho amor, con mucha delicadeza, con mucha humildad también.
Nos habla Jesús de la corrección fraterna. Difícil hacerlo y difícil aceptarlo. Difícil para el que tiene que realizar una corrección al hermano, y difícil también para quien es corregido por el hermano. Sólo lo podemos hacer bien si lo hacemos desde el amor, desde la delicadeza, desde el respeto, desde la humildad. Sólo lo aceptaremos también si miramos esa corrección con amor y sabemos ser humildes para reconocer los errores que hayamos cometido. Uno y otro podrán hacerlo y recibirlo bien, si en verdad nos sentimos hermanos que caminamos juntos y nos ayudamos en ese camino.
Porque no podemos ir al otro desde el orgullo o la superioridad de que nosotros somos buenos y perfectos. Tengo que ir con la humildad de que se siente también pecador y también comete errores. Reconociendo que quizá haya una viga en mi ojo, cuando voy a señalarle la mota que puede tener el hermano en su ojo. Por eso esa actitud de humildad. Esa delicadeza y respeto con que me acerco al otro. Y es difícil hacerlo. Difícil pero posible si ponemos suficiente amor en nuestra vida.
Jesús nos da pautas para hacerlo. ‘Si tu hermano peca, repréndelo a solas entre los dos… si no te hace caso, llama a otro o a otros dos…’ Claro que nosotros muchas veces primero llamamos al otro para comentar lo malo que haya podido hacer el hermano, que ir directamente a él con caridad para corregirlo como a un hermano. Si siguiéramos las pautas de Jesús, qué distintas haríamos las cosas.
Nos habla también hoy Jesús en el texto del evangelio del perdón que Dios nos concede a través de su Iglesia. En cierto modo nos está hablando del Sacramento de la Reconciliación. Precisamente en la antífona del aleluya antes del evangelio se nos habla de cómo Dios nos reconcilió en Cristo y cómo a nosotros se nos ha dado ese ministerio de la reconciliación. Es misión de la Iglesia, que nos trae el perdón de Dios, pero es tarea del cristiano ejercer ese ministerio de reconciliación para que todos siempre nos sintamos hermanos que nos queremos y caminamos juntos por las sendas de la vida.
Y finalmente nos habla del valor de la oración comunitaria. ‘Os aseguro, además, que si dos de vosotros se ponen de acuerdo en la tierra para pedir algo, se lo dará mi Padre del cielo. Porque donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos’. Unidos para orar, unidos sintiendo la presencia de Jesús.
Que sintamos de igual manera esa presencia de Jesús a nuestro lado cuando ejercemos ese ministerio de la reconciliación o cuando nos acercamos al hermano con amor y humildad para buscar siempre el bien.

martes, 11 de agosto de 2009

El que acoge a un niño como éste…

Deut. 31, 1-8
Sal. Deut.32
Mt. 18, 1-5.10.12-14


En otra ocasión habían sido los discípulos los que se peleaban por los primeros puestos, por quién iba a ser el más importante. Por el camino habían ido discutiendo y al llegar a casa Jesús les había preguntaba de qué discutían, pero ellos avergonzados se callaron por iban discutiendo sobre quién iba a ser el primero entre ellos. Y cuando los hermanos Zebedeos quisieron estar uno a la derecha y otro a la izquierda en su Reino valiéndose de la posible influencia familiar de la madre, los otros se habían puesto a ronronear por allá envidiosos de las pretensiones de los dos hermanos.
Ahora fueron los mismos discípulos los que vinieron a hacerla la pregunta a Jesús. ‘Se acercaron los discípulos a Jesús y le preguntaron: ¿Quién es el más importante en el Reino de los cielos?’
Entonces les había dicho que no podían ser como los poderosos de este mundo que lo que querían eran mandar e imponerse sobre los demás, sino que habían de ser los últimos, ser serviciales con todos. ‘El que quiera ser el primero que se haga el último y el servidor de todos’, les había dicho.
Ahora la respuesta fue poner a un niño en medio de ellos. Lo había hecho también en alguna de aquellas ocasiones. ‘El llamó a un niño, lo puso en medio, y dijo: Os digo que, si no volvéis a ser como niños, no entraréis en el Reino de los Cielos. Por tanto el que se haga pequeño como este niño, ése es el más grande en el Reino de los Cielos’.
Hacerse como un niño; hacerse pequeño; tener la inocencia y la candidez de un niño; ser una persona disponible y servicial como lo sabe hacer un niño. Sin malicias, sin apetencias de cosas grandes, sin resentimientos hacia los demás, sin doblez de corazón. Los niños saben estar siempre los unos con los otros en sus juegos, no pierden la sonrisa ni la alegría del corazón.
Hacerse como niños y acoger a los niños. ‘El que acoge a un niño como éste en mi nombre, me acoge a mí’. Acoger al pequeño y al humilde; acoger y aceptar al que nadie quiere y se menosprecia, acoger al que nos parece insignificante y que nada vale; acoger al que no cuenta, y al que pasa desapercibido; acoger a todos sin diferencia ni distinción.
Cuando nos vamos haciendo mayores cuánta malicia vamos dejando entrar en el corazón; cuantos sueños y apetencias de grandezas, de relumbrones, de figurar para que me tengan en cuenta; cuánta soberbia se nos va metiendo en la vida. Cuando nos vamos haciendo mayores, nos creemos tan grandes e importantes que nos permitimos hacer distinciones, discriminaciones: éste me gusta y este no; aquel me cae bien y este otro no lo soporto; aquel me dijeron que era no sé qué y este no es de los míos, de mis amigos o de los de mi tierra.
Y nos dejamos llevar por prejuicios, e influimos en los demás con nuestros comentarios no siempre buenos y si muchas veces para resaltar defectos o lo que nos parece a nosotros que son cosas malas. Cuánto daño nos hacemos los unos a los otros con nuestros comentarios y nuestros prejuicios. Y ya miramos al otro con un determinado color de cristal y nos costará aceptarlo porque siempre para mí será eso que me dijeron o que yo me imaginé.
Jesús nos pide un estilo nuevo para los que vamos a pertenecer a su Reino. Por eso nos dice que nos hagamos como niños y que acojamos a los niños. Es una mirada nueva la que he de tener hacia el hermano, una actitud nueva en mi corazón, pero también en mis actitudes y en los gestos externos que tenga en mi relación con los demás,
¿Quién será el más importante en el Reino de los Cielos? Hagámosle caso a Jesús, pongamos esas actitudes nuevas en nuestro corazón, y comencemos a relacionarnos de una forma nueva y distinta.

lunes, 10 de agosto de 2009

Un corazón generoso y desprendido por amor

San Lorenzo mártir
2Cor. 9, 6-10
Sal. 111
Jn. 122. 24-26


No hay cosa más hermosa que un corazón generoso y desprendido. Es el primer pensamiento que se me ocurre al escuchar el texto que se nos ofrece hoy de la carta a los Corintios.
Hay quienes hacen las cosas simplemente por cumplimiento, porque hay que hacerlas. Tenemos que ser buenos y hacemos cosas buenas, pero que no me pidan demasiado, que yo ya le ayudé a esa persona, que yo ya he hecho muchas cosas… y así razonamos muchas veces de forma mezquina, aunque hagamos cosas buenas. Es que pareciera que hacemos las cosas por obligación. Y quien actúa así no será generoso nunca, sino que siempre estará poniendo o buscando límites o medidas.
El que tiene un corazón generoso nunca pondrá límites, sino que siempre está disponible para lo más. No mirará si gana o pierde con lo que hace, sino que su preocupación será hacer lo bueno, hacer el bien. Porque ésa es una tentación, medir, mirar lo que pierdo o lo que gano cuando hago algo por los demás.
Hoy nos dice san Pablo: ‘El que da de buena gana, lo ama Dios’. y en generosidad siempre nos gana Dios. Así nos dice a continuación: ‘El que proporciona semilla para sembrar y pan para comer, os proporcionará y aumentará la semilla, y multiplicará la cosecha de vuestra justicia’. No habla de cosechas con miras humanas. Nos habla de la cosecha de la justicia, de la caridad, del amor. Porque así se desborda el amor de Dios en nosotros.
Podemos conectar con lo que nos dice el Evangelio. ‘El que se ama a sí mismo se pierde, y el que se aborrece a sí mismo en este mundo, se guardará para la vida eterna’. Aunque queramos ser buenos, siempre aflora la tentación del egoísmo y de mirar por nosotros mismos. No queremos perder. Pero Jesús nos está diciendo el que pierde, ganará. Son las maravillas del evangelio que pueden parecernos contradictorias, pero que son de gran sabiduría, la Sabiduría de Dios.
No nos importe ser el grano de trigo que se entierra para que pueda germinar y dar fruto. Si queremos guardar el grano y no perderlo, porque queremos conservarlo bonito a nuestro lado, ese grano nunca dará fruto; más bien con el paso del tiempo se consumirá y ya no nos servirá para nada. ‘Os aseguro, que si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo; pero si muere, da mucho fruto’. Ha de enterrarse y perderse allá dentro de la tierra para produzca la nueva planta de la que brotará la generosa espiga, que ya no será un solo grano sino que serán muchos granos, será mucho fruto. Así con nuestra vida. ‘El que siempre tacañamente, tacañamente cosechará; y el que siembra generosamente, generosamente cosechará’.
Estamos haciéndonos esta reflexión a partir de los textos que la liturgia nos propone en este día de san Lorenzo. Se consumió en el fuego del amor.
Cuando hablamos de san Lorenzo pronto nos viene la imagen de la parrilla sobre la que fue quemado vivo. Pero si llegó a este grado de martirio, no fue cosa de un momento, sino de algo que había ido preparándose en su corazón. Era un corazón caldeado por el amor, encendido en el fuego del amor divino. San Lorenzo era diácono de la Iglesia de Roma, servidor. Su función era el servicio en la administración de los bienes de la Iglesia a favor de los pobres.
Cuando el emperador romano le pide que le traiga las riquezas de la Iglesia, la tradición nos habla de que llevó a los pobres de la comunidad y de Roma y los puso delante del emperador. ‘Estos son la riqueza de la Iglesia’. Aquellos pobres a quienes eran destinados los bienes que la comunidad compartía y que tan generosamente administraba san Lorenzo. Ahí en el fuego del amor de Dios a los demás había ido caldeando su corazón, consumiéndose de amor por Cristo, en el que el martirio no fue sino el momento culminante de aquella ofrenda viva de amor que él había hecho al Señor. Fue el sacrificio y la víctima de suave olor presentada al Señor, como nos decía ayer la carta a los Efesios.
¡Qué hermosa lección para nuestra vida! Que llenemos nuestro corazón de amor y generosidad, así estaremos siempre disponibles para más amar.

domingo, 9 de agosto de 2009

Yo le resucitaré en el último día


1Rey. 19, 4-8;

Sal. 33;

Ef. 4, 30-5, 2;

Jn. 6, 41-52



¿Queremos morir o queremos vivir? Una angustia permanente del hombre de todos los tiempos es la muerte. No nos queremos morir ni queremos que se nos mueran los seres queridos. ¿Cómo reaccionamos nosotros? ¿Cómo reacciona la gente de nuestro entorno ante el hecho de la muerte? Hay quien tiene una reacción fatalista y estoica, como hay quien se desespera, pero unos y otros pueden terminar viviendo en la práctica una negación de la trascendencia y de la posibilidad de una vida más allá de la muerte corporal, y hasta una negación de la vida eterna. Aunque nos parezca que lo tenemos claro, muchos a nuestro alrededor no lo tienen tan claro.
Y Jesús hoy nos habla de resurrección, de no morir o de vivir para siempre. Pero para ello nos habla de creer en El, nos exige creer en El, porque el que cree en El, nos dice, tiene vida eterna. ¿Cómo entender todo esto? ¿Qué tiene que ver esta vida que nos ofrece Jesús con esas ansias de vida que tenemos nosotros que no queremos morir?
Veámoslo. Hemos visto en el evangelio que los judíos le critican porque les dice que El ha bajado del cielo. Ellos le conocen, saben que es de Nazaret, conocen a su familia, saben que es el hijo del carpintero. ¿cómo es que les dice ahora que El ha bajado del cielo?
Jesús les responde hablándoles de ir a El, pero les dice ‘Nadie puede venir a mí, si no lo trae el Padre que le ha enviado. Y yo lo resucitaré el último día’. Hay que ir a Jesús para creer en El y ser por El resucitados y llenos de vida eterna. No es cuestión de nuestro voluntarismo, simplemente de que nosotros queramos o no.
Es cuestión de gracia Dios que nos atrae y a la que nosotros hemos de dar respuesta. Escuchar al Padre en nuestro corazón para llegar hasta Jesús; como en otra ocasión que nos dirá que es necesario escucharle y conocer a Jesús para conocer al Padre, e ir hasta el Padre. ‘Todo el que escucha lo que dice el Padre, viene a Mí. No es que nadie haya visto al Padre, a no ser el que viene de Dios. Ese ha visto al Padre’. Cuestión de gracia, de sentirlo en nuestro interior, de dejarnos conducir por El. Cuestión de fe. Porque ‘el que cree tiene vida eterna’.
Decíamos al principio que queremos vivir, no queremos morir, pero quizá no tenemos trascendencia en la vida y no creemos en la vida eterna. Prueba de ello es la manera cómo se vive la vida. Vivimos pensando sólo en el momento presente. Algunos dicen, y no sé si lo dirán con seriedad, que nadie ha venido para contarnos del más allá. Si lo que queremos es palpar con nuestras manos para poder estar convencidos, lo tenemos difícil, pero diríamos que no sólo en esta cuestión de la vida eterna, sino en todo lo que sea creer o aceptar lo que otro nos dice. Algunos pretenden ponerlo en duda todo. ¿Cómo no van a poner en duda también la vida eterna de la que nos habla Jesús? Es cuestión de fe y cuestión de creer en Jesús.
Fe que no es una quimera o un sueño. El que tiene fe de verdad tiene de hecho una experiencia interior tan profunda o más que todas las otras razones que puedan darnos en la vida para otro tipo de cosas. Si te abres a la fe de verdad y te dejas conducir por Dios vas a tener una experiencia de Dios muy profunda en la vida. Ahí encontraremos todas las razones, todas las motivaciones para esa fe. Encontraremos la fuerza para creer y para vivir.
La primera lectura nos ha hablado en parte de esa experiencia de Dios que tuvo el profeta Elías. ¿Dudas en su interior? ¿cansancio en sus luchas? ¿angustia interior por lo difícil que le resultaba el cumplimiento de su misión? Por todo eso y mucho más estaba pasando el profeta. Quería morirse. ‘Caminó por el desierto una jornada de camino y al final se sentó bajo una retama y se deseó la muerte diciendo: Basta ya, Señor, quítame la vida, pues yo no valgo más que mis padres…’
Allí estaba el primer paso de esa experiencia de Dios, porque realmente él no había dejado de creer. El ángel de Dios, el pan, la jarra de agua a su lado… escuchamos en el texto. ‘Levánte y come…’ le dice el ángel por dos veces, ‘que el camino es superior a tus fuerzas… Y con la fuerza de aquel alimento caminó cuarenta días y cuarenta noches hasta el Horeb, el monte de Dios’. Allí se completaría la experiencia de Dios que le hizo volver para terminar de cumplir su misión profética.
Un pan de Dios que le dio fuerza, que le dio vida. Como pan de Dios era el maná que Dios dio a los israelitas en el desierto para llegar a la tierra prometida. Pero con aquel maná murieron los israelitas. Ahora Cristo promete un pan que el que lo coma no morirá, vivirá para siempre. ‘Este es el pan que baja del cielo para que el hombre coma de él y no muera… yo soy el pan vivo bajado del cielo. El que coma de este pan vivirá para siempre’.
Ya nos lo había dicho: ‘El que viene a mi… yo lo resucitaré el último día… el que come de este pan tiene vida eterna…’ Ya Jesús nos está diciendo nuevas cosas en esta progresión del discurso del Pan de vida. Creer en El – como escuchamos el domingo pasado -, comerle porque es el Pan de vida. Su carne es el pan de vida que El nos da para la vida del mundo. Pero ya sabemos cómo tenemos que alimentarnos de El. Es nuestro alimento. Comiéndole a El tendremos vida.
El camino es superior a nuestras fuerzas. Cuánto tenemos que hacer, o de cuánto tenemos que despojarnos. Recordemos brevemente lo que nos decía la carta a los Efesios. Nos señala cuál es el verdadero vivir, cuál es la verdadera vida. Marcados por el Espíritu del Señor lejos de nosotros las amarguras, la ira, los enfados e insultos, toda maldad. Eso es muerte. Tenemos que revestirnos de bondad, de comprensión, siendo capaces de perdonarnos siempre unos a otros. ‘Como Dios os perdonó en Cristo… vivid en el amor como Cristo os amó y se entregó por nosotros como oblación y víctima de suave olor’.
Y todo eso lo podemos hacer si nos llenamos de Cristo, si nos alimentamos con ese Pan de Vida que Cristo nos da, que es El mismo. Así tendremos vida y vida para siempre.

sábado, 8 de agosto de 2009

Cuidado, no te olvides del Señor que te sacó de Egipto

Deut. 6, 4-13
Sal. 17
Mt. 17, 14-19


Cómo nos acordamos de Dios, le suplicamos, le rogamos, le prometemos no sé cuantas cosas cuando tenemos problemas, cuando las cosas nos van mal o no salen como nosotros quisiéramos, cuando nos aparece la enfermedad. Como se suele decir, nos acordamos de santa Bárbara cuando truena. Pero qué pronto olvidamos todas esas súplicas y promesas, qué pronto prescindimos de Dios cuando las cosas nos van bien, nos llega la prosperidad y el bienestar. Eso lo estamos viendo cada día en nosotros y en la sociedad que nos rodea. Las sociedades en las que se llega una situación de bienestar vemos cómo lo religioso se deja a un lado, la gente se vuelve indiferente en lo religioso y cada uno va a vivir su vida cómo puede o como quiere.
De todo eso quería prevenir Moisés al pueblo de Israel para cuando llegasen a la prosperidad de la tierra prometida. Se los dice claramente. ‘Cuando el Señor, tu dios, te introduzca en la tierra que juró a tus padres, que te había de dar, con ciudades grandes y ricas… casas rebosantes de riquezas… viñas y olivares... cuidado, no olvides al Señor que te sacó de Egipto, de la esclavitud…’
Les dice que tienen que recordarlo siempre, no lo pueden olvidar. Por eso como quien pone una señal allí donde la vea para no olvidar lo que tiene que hacer, emplea unas imágenes de cómo ha de ser ese recuerdo. Muchas veces nosotros buscamos la manera de no olvidar algo, y pones una marca en algún lugar, utilizamos algún truco en las cosas que tenemos a mano. Pero no es la señal lo importante sino aquello que tenemos que recordar.
Moisés les dice. ‘Las palabras que hoy te digo quedarán en tu memoria, las repetirás a tus hijos y hablarás de ellas entrando en casa y yendo de camino, acostado y levantado, las atarás a tu muñeca como un signo, serán en tu frente una señal, las escribirás en las jambas de tu casa y en tus portales’. Se tomaron muy al pie de la letra estas palabras.
Todos hemos visto las imágenes de judíos ultraortodoxos, con sus vestiduras y sombreros negros, con unas cintas que cuelgan de los tirabuzones de sus cabellos… Es el querer tener presente al pie de la letra estas palabras del Deuteronomio. Bien sabemos cómo Jesús les echa en cara a los fariseos que alargan las filacterias o las franjas de sus mantos. Es que ahí copiaban este texto del Deuteronomio para no olvidarlo y aún hoy podemos ver en las puertas de las casas de los judíos más cumplidores esas señales en sus puertas donde escriben estas palabras de la ley. Pero, como decíamos, lo importante no son las señales sino el recuerdo hecho vida de la Palabra del Señor.
‘Escucha, Israel: el Señor nuestro Dios es solamente uno. Amarás al Señor tu Dios con todo el corazón,, con toda el alma, con todas las fuerzas’. Recordamos cómo en el evangelio los letrados que querían poner a prueba a Jesús le preguntaban por el primer y principal mandamiento y el Señor les respondía con estas palabras. ‘¿Qué lees en la ley?’ Era algo que todo judío se sabía de memoria y repetía muchas veces al día. Algo que hay que recordar bien, pues el monoteísmo es algo fundamental para el judío como para nosotros, algo que lo identificaba frente a los pueblos vecinos idólatras y politeístas. Moisés se los recuerda bien,
Y a ese Dios único hay que amar sobre todas las cosas como nosotros resumimos en los mandamientos. Porque Dios es el único Señor, el único que se merece todo nuestro amor. El único al que tenemos que adorar. El único que es el centro de nuestra vida.
Es también nuestra fe y lo que tiene que ser nuestro amor y nuestra vida. Algo que tampoco nosotros podemos olvidar. Algo que tenemos que repetir pero en la práctica de nuestra vida y es lo que tenemos que enseñar a los demás no sólo con nuestras palabras sino con muchos signos de que toda nuestra vida es para el Señor. No serán recuerdos ni signos meramente externos, pero también externamente, públicamente tenemos que manifestarlo. Algo que vivimos no sólo en los momentos en que nos vemos con problemas, sino en todo momento de nuestra vida, cuidando que el bienestar y la prosperidad nunca nos alejen de Dios. Cuidado, no te olvides del Señor que te ha amado y te ha salvado.

viernes, 7 de agosto de 2009

Recordemos las proezas del Señor presente en mi vida y en mi historia

Deut. 4, 32-40
Sal. 76
Mt. 16, 24-28


Dentro de la lectura continuada que venimos haciendo hoy hemos comenzado a leer el Deuteronomio, el quinto libro del Pentateuco. Este libro es algo así como si fueran unas reflexiones, en la forma de discursos, que Moisés le hace al pueblo para ayudarles a mantenerse fieles al Señor ahora que se van a establecer ya en la tierra prometida y no olviden las acciones del Señor.
‘Recuerdo las proezas del Señor’, decimos con el salmo, ‘sus antiguos portentos, medito todas sus obras y considero sus hazañas’. Les invita a ser fieles. ‘Reconoce, pues, hoy y medita en tu corazón, que el Señor es el único Dios…’ Algo a lo que quiere prevenirlos Moisés porque atraviesan pueblos y van a vivir en medio de ellos que son idólatras, para evitar que se dejen arrastrar por esos pueblos. Y les invita: ‘guarda los preceptos y mandamientos que yo te prescribo hoy, para que seas feliz, tú y tus hijos…’
Son hermosas las consideraciones que se hace. ‘¿Hubo jamás desde un extremo al otro del cielo palabra tan grande como ésta? ¿se oyó cosa semejante? ¿hay algún pueblo que haya oído como tú has oído la voz del Dios vivo, hablando desde el fuego…?’ Les recuerda cuánto ha hecho el Señor por ellos, que les sacó de Egipto, les hizo atravesar el mar Rojo, y ahora los conduce por el desierto en medio de prodigios maravillosos hasta la tierra prometida.
No es el Dios lejano que se contempla allá en los cielos en medio de la majestad de su gloria. Aunque se manifiesta en la grandiosidad de las tormentas en el Sinaí, sin embargo es el Dios que se acerca al hombre, que interviene y se hace presente en la historia del hombre y del pueblo, de su pueblo. La fe de Israel en Yavé es la fe en el Dios que interviene en su historia. Por eso Moisés les dice que no hay pueblo que tenga un Dios como el que ellos tienen y les invita a la fidelidad.
Pero pensemos en nosotros. Miremos nuestra fe en el Señor. Porque si Moisés puede decir todo eso de Dios, cuánto podemos decir nosotros que nos sentimos tan amados de Dios que nos ha enviado a su propio Hijo para nuestra salvación.
Cuánto podemos decir nosotros creemos en un Dios que se hace Emmanuel, Dios con nosotros, y también interviene en nuestra historia, se hace presente en nuestra vida, podemos sentirlo allá en lo más hondo de nuestro corazón.
Cuánto nos ama Dios que en su Hijo Jesús muere por nosotros, da su vida por nosotros como la más grande prueba de amor, derrama su sangre para darnos el perdón de nuestros pecados y llenarnos de nueva vida.
Igualmente nosotros nos sentimos invitados a mantener nuestra fidelidad al amor de Dios cumpliendo sus mandamientos, siguiendo su camino de amor. Así tenemos que hace que sea el centro de nuestra vida, nuestro sentido y nuestra esperanza.
La frase que hemos escuchado hoy en el evangelio en este mismo sentido tendría que hacernos pensar. ‘¿De qué le sirve a un hombre ganar el mundo entero si malogra su vida?’ Un interrogante que nos plantea Jesús que ha hecho cambiar muchas vidas, que ha sido el inicio de una vida de santos para tantos. Podemos tener riquezas, poderes, grandezas humanas, incluso, salud que es lo que tanto pedimos al Señor, pero si al final se malogra nuestra vida, no alcanzamos la salvación eterna, ¿de qué nos ha servido?
Que ninguna de esas cosas me lleven a la condenación. Que todo me sirva para alcanzar la salvación eterna. Que si tengo que dejarlo todo por alcanzar la salvación sea capaz de hacerlo porque así me sienta amado por el Señor que lo único que me importe es vivir en su amor, vivir su vida. Recordemos las maravillas que hace el Señor, sus proezas, sus hazañas y eso me impulse cada vez más a la fidelidad y al amor.

jueves, 6 de agosto de 2009

Cristo transfigurado nos transfigura a nosotros con los resplandores de su gloria


2Ped. 1, 16-19
Sal. 96
Mc. 9, 1-9



Los evangelistas nos narran con muchos detalles la transfiguración de Jesús en la montaña alta que nosotros reconocemos por el Tabor en medio de las llanuras de Galilea.
El resplandor de las vestiduras ‘de un blanco tan deslumbrador como no puede dejarlos ningún batanero del mundo’, nos dice Marcos.
Los tres sinópticos nos hablan de los dos personajes, Moisés y Elías que hablan con El; sólo Lucas nos dirá que ‘hablaban de la muerte que iba a consumar en Jerusalén’.
Tanto Marcos como Mateo nos señalan la prohibición de que de que ‘no cuenten a nadie lo que han visto hasta que el Hijo del Hombre resucite de entre los muertos’, aunque ello no lo entendían. Como vemos todo el misterio de la Transfiguración de Jesús en el Tabor está referenciado a la Pascua, a su muerte y a su resurrección. Es allí donde todos podremos contemplar ya a Jesús como el Señor, lleno de la gloria de Dios.
Los tres nos refieren la voz venida del cielo: ‘este es mi Hijo amado, el escogido, mi predilecto: escuchadle’.
Pedro nos explicará que han sido ‘testigos oculares de su grandeza’; y nos dirá más aún que ‘esta voz traída del cielo la oímos nosotros, estando con El en la montaña sagrada’.
¿Qué significado tiene la transfiguración de Jesús? Manifestar su gloria, fortalecer y alentar la fe y la esperanza de los discípulos y de la Iglesia. No es sólo la gloria del Señor lo que se manifiesta cuando ‘les da a conocer en su cuerpo, en todo semejante al nuestro, el resplandor de su divinidad’. Si ése es el resplandor y la gloria de la Cabeza, todo el Cuerpo está llamado a la misma gloria y resplandor. Se está expresando con estas palabras en el prefacio todo lo que es el misterio del Cuerpo Místico de Cristo. Unidos a Cristo, con Cristo resplandeceremos. Todo el Cuerpo de Cristo va a resplandecer con el resplandor y la gloria de Cristo. Es nuestra esperanza. Es nuestra confianza,
‘Revela en sí mismo la claridad que brillará un día en todo el cuerpo que le reconoce como cabeza suya’. Así nos lo explica el prefacio. Es el resplandor de la Iglesia, nuestro propio resplandor y santidad.
Es una prefiguración maravillosa de nuestra perfecta adopción como hijos. ‘Este es mi Hijo amado, predilecto, escogido’, le dice el Padre a Jesús en lo alto del Tabor, pero para que nosotros lo escuchemos.
Tu eres mi hijo amado, yo te he escogido, te he llamado, nos dirá a nosotros también. Cristo Jesús ha muerto por ti, te ha lavado con su sangre, te ha llenado de vida nueva, te ha dado su Espíritu para que seas hijo por adopción. Sólo Jesús, el Hijo de Dios, lo es por naturaleza. Pero Dios quiere llamarnos sus hijos. Como dirá san Juan en su primera carta, no sólo nos llama sino que lo somos en verdad.
Con los resplandores de tu luz límpianos de la mancha de nuestros pecados, le pediremos a Jesús. Nosotros tenemos también que resplandecer. Muchas son las manchas de nuestros pecados que nos han quitado ese resplandor. Por eso le pedimos que nos purifique, que nos llene de los resplandores de su luz. Que nos alimentemos de Cristo, Pan de vida que da vida al mundo, para que así nos transformemos a imagen de Jesús. Comiéndole a El en la Eucaristía de tal modo asimilaremos su vida en nosotros que viviremos una nueva vida, que no es nuestra vida sino la de El.

miércoles, 5 de agosto de 2009

María, templo y morada de Dios, imagen de lo que nosotros hemos de ser


Apoc. 21, 1-7
Sal. Jud.
Lc. 11, 27-28



Este día 5 de agosto es una fiesta de la Virgen que se celebra bajo diversas advocaciones, según sean los pueblos. Por ejemplo en nuestra tierra canaria es habitual celebrar en este día a la Virgen bajo la advocación de Nuestra Señora de las Nieves, como se celebra en la isla de la Palma y en otros muchos lugares. Pero litúrgicamente es la fiesta de la Dedicación de la Basílica de Santa María la Mayor. Una de las cuatro Basílicas Mayores que hay en Roma y que fue el primer templo dedicado a la Virgen María en occidente después del concilio de Éfeso que la proclamó como la Madre de Dios.
Esta dedicación de un templo a María centrar nuestra reflexión de hoy. Un templo a María, pero, tenemos que decir, un templo para Dios. Un templo cristiano es un lugar de culto a Dios; un lugar que por su especial dedicación o consagración se convierte para nosotros en un lugar de la presencia de Dios. Es cierto que Dios en su inmensidad lo llena todo y en todas partes nos sentimos en la presencia de Dios. Sin embargo, el templo cristiano se convierte para nosotros en un signo especial de su presencia, un signo y un lugar de encuentro con Dios. Como lugar sagrado y con ese significado especial al que hacemos mención nos facilita el que sea lugar para la oración y para la escucha de Dios, la escucha de su Palabra, ya sea en nuestra oración personal o en la celebración comunitaria.
Hoy en el Apocalipsis hemos escuchado un texto que en su primer significado nos está hablando de la Iglesia. ‘Vi la ciudad santa, la nueva Jerusalén, que descendía del cielo, enviada por Dios, arreglada como una novia que se adorna para su esposo. Y oí una voz potente… Esta es la morada de Dios con los hombres; acampará entre ellos. Ellos serán su pueblo y Dios estará con ellos…’
Pero la liturgia de la Iglesia cuando nos propone este texto en las fiestas de María de alguna manera nos está señalando también una referencia a la Virgen en estas palabras. Así utilizan este texto en referencia a Maria los comentarios de los santos padres, de los teólogos y del magisterio de la Iglesia. María, podemos decir, morada de Dios, templo de Dios, signo y lugar de la presencia de Dios. A través de ella quiso Dios venir a nosotros hecho hombre, porque en sus entrañas por obra del Espíritu Santo se encarnó el Hijo de Dios para ser Emmanuel, Dios con nosotros. Así María nos lleva a Dios.
Pero también podríamos decir que este texto del Apocalipsis habla de nosotros. Somos también templo del Espíritu Santo, morada de Dios, desde nuestra consagración bautismal. Podríamos recordar aquel lugar donde Jesús nos habla de que si le amamos y guardamos sus mandamientos el Padre y El vendrían y harían morada en nosotros, como más de una vez hemos reflexionado.
Y es aquí donde de María tenemos que aprender a ser esa morada de Dios. María, templo y morada de Dios porque acogía la Palabra de Dios que se hacía presente en su vida. Así la vemos en ese momento de la anunciación cómo acoge ella al ángel, mensajero divino, que le trasmite la Palabra de Dios, lo que Dios quería para ella y de ella. María abre su corazón a las palabras del ángel, acoge así la Palabra de Dios. Y de tal manera acoge la Palabra de Dios, que el mismo Verbo de Dios se hace carne en ella, se encarna en sus entrañas para hacerse hombre. Viviendo la Palabra de Dios, Dios habita en ella, porque por obra del Espíritu Santo de ella va a nacer el Hijo de Dios hecho hombre.
Es la alabanza de María que hoy escuchamos en el Evangelio. ‘Mientras Jesús hablaba a las gentes, una mujer de entre el gentío levantó la voz diciendo: Dichoso el vientre que te llevó y los pechos que te criaron..,’ Es la alabanza y la bendición a la madre que surge espontánea del pueblo al escuchar la Palabra de Jesús. Pero Jesús quiere decirnos que hay una dicha más grande en María y en nosotros. ‘Mejor, dichosos los que escuchan la Palabra de Dios y la cumplen’. Una alabanza a María, pero que tiene que ser también una alabanza a nosotros si de esa manera acogemos la Palabra de Dios en nuestra vida.
Como María así tenemos nosotros que acoger la Palabra de Dios, para que Dios habite también en nosotros y seamos en verdad ese templo de Dios, esa morada de Dios en medio de los hombres. Así nosotros podemos y tenemos que convertirnos también en signos de la presencia de Dios en medio del mundo para los demás. La santidad de nuestra vida, la santidad con que nosotros vivamos esa nuestra condición de templos de Dios, ha de ser señal para los demás que les hable de su encuentro con Dios. Exigencia de santidad para nuestra vida. Grandeza también de nuestra vida porque podemos convertirnos en signos de esa presencia de Dios para los demás. Es lo que tenemos que aprender de María, copiar en nosotros de María, plantar la Palabra de Dios en nosotros como lo hizo María.

martes, 4 de agosto de 2009

¿Por qué dudamos? Seamos firmes en nuestra fe

Núm. 12, 1-13
Sal. 50
Mt. 14, 22-36


‘¡Ábimo, soy yo, no tengáis miedo!’ Cuánto necesitamos muchas veces escuchar estas palabras de Jesús. Un apretón de manos, una mano sobre el hombro, una sonrisa reconfortante, una palabra de estímulo lo necesitamos con bastante frecuencia. Podemos sentir cansancio; pueden desanimarnos muchas cosas; la travesía de la vida se nos puede hacer costosa; puede parecernos que andamos solos; la fe se nos puede enfriar o decaer, y ese aliento es muy necesario en la vida.
Seguían titubeantes y con muchos miedos. A pesar de la hermosa experiencia vivida con el signo de la multiplicación de los panes, ahora se encuentran solos en medio del lago, luchando contra el viento y el oleaje. Y para colmo les parece ver fantasmas. Por eso tienen miedo, están llenos de dudas, se atreverán incluso a pedir pruebas de que en verdad es Jesús quien camina hacia ellos sobre las aguas del lago.
‘Jesús apresuró a los discípulos a que subieran a la barca y se le adelantaran a la otra orilla’. Pero Jesús no fue con ellos. Se quedó para despedir a la gente. ‘Y después de despedir a la gente, subió al monte a solas para orar’. Esto ellos no lo sabían y allí están en medio de lago en su lucha con los elementos.
Jesús les invita a no tener miedo pero no lo tienen claro. ‘Señor, si eres tú, mándame ir hacia ti andando sobre el agua. Jesús le dijo: Ven…’ Y Pedro lo intentó pero seguía dudando. Por eso a la menor complicación se hundía. ‘Al sentir la fuerza del viento, le entró miedo, empezó a hundirse…’
Qué fácil nos hundimos cuando tenemos miedo. Lo vemos todo negro. Algunas veces pareciera que preferimos las negruras. No sabemos ver un rayo de luz. Se nos cae la esperanza y la confianza. Nos gustaría que las cosas fueran de otra manera, que todo nos saliera bien y no tuviéramos ningún tropiezo. Pero las cosas no salen siempre bien y los tropiezos aparecen por nuestros errores, nuestras dudas o también la oposición o la malicia de los demás. Pero tenemos que saber encontrar la luz.
Que no nos hundamos, Señor. ‘Sálvame’, fue el grito de Pedro y es tantas veces nuestro grito. ¿O acaso algunas veces ni siquiera somos capaces de gritar pidiendo auxilio porque lo vemos todo tan negro que pensamos que las cosas no tienen solución o nadie nos puede salvar?
Jesús tendió mano hasta Pedro para levantarlo y sacarlo a flote, ‘¡Qué poca fe! ¿por qué has dudado?’ ¿Por qué dudamos? ¿No sabemos que ahí está el Señor y El nunca nos abandona?
‘Realmente eres Hijo de Dios’, fue la exclamación y la profesión de fe que terminaron haciendo cuando vieron que todo volvía a la calma. Que seamos capaces de hacer esa afirmación siempre, porque no nos entre la duda, porque no se nos enfríe la fe. Es el Señor. Es Jesús, el Hijo de Dios que está con nosotros, que camina con nosotros.
Que crezca cada día mas mi fe. ‘Auméntame la fe’, le pedimos como aquel hombre del evangelio. Que aunque siente la tentación de la duda, me aferre siempre a mi fe, me aferre siempre a Jesús que nos está tendiendo su mano, que nos está diciendo que no perdamos la fe, que nos está dando confianza diciéndonos una y otra vez que El está ahí.

lunes, 3 de agosto de 2009

Un pueblo rebelde pero un pueblo creyente que pone toda su confianza en el Señor

Núm, 11, 4-15
Sal. 80
Mt. 14, 13-21


Durante varios días vamos a estar escuchando el libro de los Números, de los cinco libros del Pentateuco, con lo que iremos completando el acercamiento a los libros de la Ley del Antiguo Testamento. Este libro sigue narrándonos principalmente las incidencias del recorrido del pueblo de Dios por el desierto camino de la tierra de promisión.
Largo y duro recorrido el que realiza el pueblo de Israel. Largo porque se prolongará durante cuarenta años y duro no sólo por lo que significaba caminar por el desierto con unas condiciones bien inhóspitas, sino también por el proceso que como pueblo iban realizando. Podemos decir que fue un tiempo de prueba que les iba a purificar y les iba a hacer tomar conciencia de su condición de pueblo unido y peregrino. Lo que había de llegar no podían ser simplemente unos clanes familiares sino un pueblo bien unido y conjuntado, y un pueblo creyente que ponía su confianza en el Señor y por El se dejaba conducir. Llegar a ello era una tarea inmensa.
Una cosa que nos presenta el texto sagrado son precisamente esos momentos de duda, de rebelión interior, de cansancio en ese largo camino. Ya en las reflexiones que nos hemos ido haciendo ha ido apareciendo esa situación que vivía el pueblo de Israel en su peregrinar por el desierto. Esas tentaciones a la añoranza de los tiempos pasados es algo que va apareciendo. De ello nos ha hablado hoy el texto. ‘Cómo nos acordamos del pescado que comíamos en Egipto, y de los pepinos y los melones y puerros y cebollas y ajos…’
Esa situación que vive el pueblo le afecta a Moisés que tiene que dirigir y guiar a ese pueblo. Se siente cansado por las rebeliones y las infidelidades. Pero Moisés es un hombre de fe, que quiere poner toda su confianza en el Señor. ‘Yo solo no puedo cargar con todo este pueblo, pues supera mis fuerzas… ¿He concebido yo a todo este pueblo o le he dado a luz, para que me digas: coge en brazos a este pueblo, como una nodriza a la criatura, y llévalo a la tierra que prometí a sus padres?...’ Pero aún así quiere seguir con la misión que el Señor le confió y le pide fuerzas.
Cuando escuchamos estos textos no es sólo por entretenernos con viejas historias que pudiera parecer que nada tienen que ver con nosotros. Primero son la historia del pueblo de Dios, del que nosotros somos herederos porque en él nació Jesús, nuestro Salvador. Pero además porque hemos de saber leer en esas historias nuestra propia historia y nuestra propia situación.
En el camino de nuestra fe y de nuestra vida cristiana nosotros podemos vernos en situaciones parecidas. También surge el cansancio en nuestra lucha por la superación, muchas veces nos vemos arrastrados por la tentación que nos lleva a la rebelión y a la infidelidad al Señor, nos gustaría que las cosas fueran de otra manera y nos cuesta aceptar y enfrentarnos a los caminos que tenemos que recorrer. Pero ahí tiene que aparecer nuestra actitud creyente como vemos en Moisés para confiarnos al Señor y para fiarnos de Dios y sus caminos.
Igual que Israel en el desierto apetecía las cebollas y los puerros que comían en Egipto en los tiempos de la esclavitud, como hemos reflexionado ya en alguna ocasión, nos sentimos tentados a volver a la vida anterior, a la vida del pecado que nos esclaviza, pero que en nuestros sueños tentadores nos pueden parecer mayor libertad. Es donde tenemos que pedir la fuerza del Señor, su gracia, su luz que nos ilumine para descubrir sus caminos y no volvernos por las sendas tortuosas de la muerte y del pecado.
No nos podemos sentir solos ni desamparados porque tenemos siempre la presencia del Señor. No podemos decir como Moisés ‘¿de dónde sacaré pan para repartir a este pueblo y que coma?’, porque en el evangelio hemos contemplado como Jesús da de comer a la multitud en el desierto con solo cinco panes y dos peces. No comentamos ahora este evangelio que nos propone la liturgia hoy, porque en estos días repetidamente lo hemos escuchado y comentado y lo seguiremos haciendo, pero sí ver cómo el Señor no nos deja ni nos abandona, sino que siempre nos dará el alimento mejor que necesitamos que es El mismo, verdadero Pan de vida.