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sábado, 25 de abril de 2009

Buena Noticia de Jesús de vida y salud para todos


FIESTA DE SAN MARCOS

1Ped. 5, 5-14
Sal. 88
Mc. 16, 15-20



Al iniciar san Marcos su evangelio nos dice: ‘Evangelio de Jesucristo, el Hijo de Dios…’ Evangelio, esta es la Buena Noticia de Jesús, el Hijo de Dios. Y a continuación comienza a narrarnos todo lo que es esa Buena Noticia, más aún comienza a presentarnos a Jesús, que es la Buena Noticia de salvación y de vida para el hombre. Nos dirá a los pocos versículos cuando nos hable de los inicios de la vida pública de Jesús: ‘Convertíos y creed en el Evangelio – en la Buena Noticia -…’
Y precisamente en el texto que hoy hemos proclamado en la fiesta de san Marcos, el evangelista, que es la conclusión del Evangelio tenemos el mandato de Jesús: ‘Id al mundo entero y proclamad el Evangelio a todas la creación…’ Este evangelio, esta Buena Noticia que Marcos nos ha trasmitido, esta Buena Noticia que es Jesús tenemos que ir a anunciarla al mundo entero, a toda la creación.
Y nos dirá luego ‘ellos fueron y proclamaron el Evangelio por todas partes y el Señor actuaba con ellos y confirmaba la Palabra con los signos que los acompañaban…’ Proclamación de esta Buena Noticia acompañada de signos y señales que manifestaban esa vida nueva que nos llegaba con Jesús. ‘El que crea y se bautice, se salvará…’ Creer en Jesús que es esa Buena Noticia de salvación, unirnos a Jesús por medio del Bautismo que es nuestra participación en la pascua, y alcanzar la vida y la salvación.
‘A los que crean les acompañarán estos signos: echarán demonios en mi nombre, hablarán lenguas nuevas, cogerán serpientes en sus manos y si beben un veneno mortal, no les hará daño. Impondrán las manos a los enfermos y quedarán sanos…’ ¿Qué significa todo esto además de la materialidad de esas propias acciones? Se nos habla de signos y señales. Son señales de vida y de salvación. Quien cree en Jesús y se ha unido a El, ya no tendría que volver al pecado y a la muerte; lejos tendría que estar ya el mal, el sufrimiento, el pecado. Todo tendría que ser vida, salud, salvación.
‘Os escribo esto para que no pequéis’, nos decía Juan en sus cartas. Y es que Jesús viene a sanarnos, salvarnos, sanar nuestro mundo enfermo y lleno de muertes, sanarnos y salvarnos a nosotros de ese dolor y de esa muerte que podría haber en nuestra vida. Y esas tendrían que ser las señales que se dieran en nuestra vida; son las señales que tenemos que dar ante el mundo que nos rodea.
Pero eso nos exige una vigilancia y un cuidado. Ya nos lo advierte el texto de la carta de Pedro que escuchamos en la primera lectura. Un texto escogido de manera especial por la mención que se hace de Marcos, como compañero y como hijo muy querido de Pedro. Pero las recomendaciones que nos hace nos valen muy bien en nuestra reflexión. Además de hablarnos de los sentimientos de humildad y de sencillez con que hemos de vivir y de poner toda nuestra confianza en el Señor nos dice también que andemos precavidos. ‘Sed sobrios y estad alerta, que vuestro enemigo el diablo, como león rugiente, anda buscando a quien devorar. Resistirle firmes en la fe…’ Pero nos dice también cómo del Señor recibimos fortaleza. ‘Tras un breve padecer, el mismo Dios de toda gracia que os ha llamado como cristianos a su eterna gloria, os restablecerá, os afianzará, os robustecerá…’
Una Buena Noticia que tenemos que vivir y anunciar. Una Buena Noticia que es Jesús que nos da vida, que nos sana y que nos salva. Una Buena Noticia en la que tenemos que creer. Una Buena Noticia que nos lleva a seguir las huellas de Cristo, como pedimos en la oración litúrgica. Que creamos con firmeza en el Evangelio que Marcos nos ha trasmitido y que la Iglesia se mantenga siempre fiel a la misión de anunciar el Evangelio.

viernes, 24 de abril de 2009

Según la plenitud total de Dios

Isaías, 58, 6-11
Sal. 111
Ef. 3, 14-19
Mt. 25, 31-46


En la liturgia de estos días de Pascua algo que se nos repite continuamente es el pedir al Señor que un día podamos participar de los gozos eternos, alcanzar la resurrección gloriosa con Cristo resucitado. Es algo que forma parte de nuestra fe y de nuestra esperanza cristiana como lo expresamos en otros momentos de la liturgia, por ejemplo en la plegaria eucarística. 'Que con María... los apóstoles y cuantos vivieron en tu amistad a través de los tiempos merezcamos compartir la vida eterna y cantar tus alabanzas'.
Hoy san Pablo nos ha dicho 'así llegaréis a vuestra plenitud, según la plenitud total de Dios'. Gozar de los gozos eternos, de la plenitud total que sólo en Dios podemos alcanzar. Es nuestra esperanza del cielo, de vivir para siempre junto a Dios.
Pero, ¿cómo podemos alcanzar esa plenitud, esos gozos eternos? En la carta a los Efesios nos ha dado la pauta: 'que de los tesoros de su gracia, por medio de su Espíritu, os conceda robusteceros en lo profundo de vuestro ser; que Cristo habite por la fe en vuestros corazones; que el amor sea vuestra raíz y vuestro cimiento...'
Una profundidad en nuestra vida, una espiritualidad profunda, 'por medio de su Espíritu', mediante el conocimiento de Cristo, de Dios; haciendo que Cristo habite de verdad en nosotros porque nos llenemos de su vida; vivir la vida de Cristo, es más, que Cristo sea nuestra vida, nuestro vivir. Estamos llamados desde nuestro bautismo a configurarnos con Cristo, a hacernos otros 'cristos'. Como llegaría a decir san Pablo en otro lugar: 'Ya no soy yo, sino que es Cristo quien vive en mí'.
Viviendo a Cristo nos impregnamos de su vida, de sus sentimientos, de su amor. Nos llenamos de su amor, pero no como una vestidura que nos pongamos por fuera, sino porque en verdad estemos enraizados y cimentados en Cristo. 'Que el amor sea vuestra raíz y vuestro cimiento'.
Este texto que estamos comentando nos lo ofrece la liturgia en esta solemnidad que en nuestra diócesis hoy celebramos. Es el día del Santo Hermano Pedro, nuestro primer santo canario nacido en nuestra tierra y evangelizador en Centroamérica, en concreto, en Guatemala.
¿Qué fue su vida? Un hombre enamorado de Cristo que, aún en la sencillez y pobreza de su vida, siente la inquietud misionera de irse a América a evangelizar. No llegó a ser sacerdote – los latines no le entraban porque su vida de joven fue la de un simple pastor – y perteneció a la Tercera Orden Franciscana, para en el espíritu de humildad y pobreza de san Francisco de Asís, trabajar por los pobres y necesitados. Era un hombre impregnado del amor de Cristo. Dedicó toda su vida al servicio de los más pobres y necesitados surgiendo en torno a él, lo que más tarde sería la Orden de Belén.
Lo que hemos escuchado en el profeta Isaías lo vemos totalmente reflejado en su vida. 'Partir tu pan con el hambriento, hospedar a los pobres sin techo, vestir al que ves desnudo, y no cerrarte a tu propia carnes... cuando partas tu pan con el hambriento y sacies el estómago del indigente, brillará tu luz en las tinieblas...' Y vaya si brilló su luz y sigue brillando en la Iglesia que le ha reconocido su santidad. Fue beatificado y canonizado por el Papa Juan Pablo II.
El escucharía de labios de Cristo las palabras del Evangelio. 'Venid, vosotros, benditos de mi Padre; heredad el reino preparado para vosotros desde la creación del mundo: porque tuve hambre... estaba sediento... estaba desnudo... enfermo... en la cárcel... cuanto hicisteis con uno de estos hermanos, conmigo lo hicisteis...'
Que brille la luz de su santidad sobre nosotros para que sigamos su ejemplo. Los santos son para nosotros un ejemplo y un estímulo. Ellos a su vez interceden por nosotros para que también seamos capaces de vivir ese camino de santidad.

jueves, 23 de abril de 2009

Eucaristía que celebra y alimenta nuestra fe

Hechos, 5, 27-33
Sal. 33
Jn. 3, 31-36


Cuando venimos cada día a la celebración de la Eucaristía, venimos a celebrar nuestra fe; celebrar todo el amor que Dios nos tiene por lo que queremos alabarle y bendecidle, queremos darle gracias por tantas cosas que de El recibimos; pero nuestra alabanza y nuestra acción de gracias se centra sobre todo en Jesús. Así lo expresamos en el centro de nuestra Eucaristía cuando comenzamos la plegaria eucarística con el prefacio; siempre decimos ‘en verdad es justo y necesario darte gracias… por Jesucristo, Señor nuestro’.
Pero al mismo tiempo que celebramos nuestra fe la alimentamos, porque nos llenamos de Dios, nos alimentamos de Cristo mismo que se nos ofrece como alimento de nuestra vida, y nos sentimos enriquecidos con la Palabra de Dios que se nos proclama. Esa Palabra que nos ilumina, que nos va ayudando continuamente a conocer el misterio de Dios, que nos señala pautas y caminos para nuestro seguimiento de Jesús, que nos estimula con los testimonios que nos ofrece, como es el caso ahora que en el tiempo de pascua estamos escuchando el relato de los Hechos de los Apóstoles con el testimonio de la vida de aquella primera comunidad cristiana.
Es lo que hoy escuchamos. De nuevo ‘los guardias condujeron a los apóstoles a la presencia del Sanedrín’. Allí les recriminan por qué siguen hablando de Jesús cuando se los habían prohibido. ‘Habéis llenado Jerusalén con vuestra enseñanza y queréis hacernos responsables de la muerte de ese hombre’. ¡Qué pronto lo olvidaron! Ellos fueron los que en la mañana del viernes, cuando Pilatos se lavaba las manos para proclamar su inocencia por la muerte de Jesús, gritaron ‘Caiga su sangre sobre nosotros y nuestros hijos’. Habían soliviantado a las masas para que pidieran el indulto de un homicida y rechazado al autor de la vida.
Pero los apóstoles replican que ‘hay que obedecer a Dios antes que a los hombres’. Y ellos eran testigos de algo que no podían callar; lo que habían visto y oído, como dirá san Juan en sus cartas, lo que palparon nuestras manos… ‘Testigos de esto somos nosotros y el Espíritu Santo que Dios da a los que le obedecen’. Y proclaman valientemente una vez más. ‘Ese Jesús, a quien vosotros matasteis colgándolo de un madero, el Dios de nuestros padres lo resucitó… haciéndolo jefe y salvador, para otorgarle a Israel la conversión con el perdón de los pecados’. En El está la salvación, el perdón de los pecados.
Una fe, un testimonio, un anuncio de salvación, una invitación a la conversión. Venimos a la Eucaristía, como decíamos al principio, a proclamar y celebrar nuestra fe en Jesús como nuestro Salvador. Y en la Eucaristía alimentamos nuestra fe. De ella salimos con la fuerza del Espíritu de Jesús para hacer ese anuncio de salvación, para convertirnos nosotros los primeros al Señor pero para invitar también a los demás a la conversión para seguir de verdad a Jesús.
Venimos a la Eucaristía para sentir también esa fuerza del Señor, y al mismo tiempo sentirnos impulsados a dar ese testimonio, a dar fruto en nuestra vida. Porque no separamos la Eucaristía, como si fuera un lugar o un momento estanco, del resto de nuestra vida, sino que luego en nuestra vida de cada día se va a manifestar lo que creemos y lo que queremos que sea nuestra vida.
Hoy hemos pedido en la oración litúrgica ‘que los dones recibidos en esta pascua produzcan frutos abundantes en nuestra vida’. Todo lo que estamos recibiendo al celebrar esta pascua tiene que manifestarse en nuestra vida, en esos frutos de gracia y de santidad.
Por eso pediremos también ‘que purificados por su gracia, podamos participar más dignamente en los sacramentos de tu amor’. Que el Señor nos purifique. Así comenzamos la eucaristía con el acto penitencial y la liturgia está llena de signos, como el lavarse la manos el sacerdote en el ofertorio, que nos hablan de esa purificación.
Finalmente al dar gracias por la Eucaristía celebrada volveremos a pedir ‘que los sacramentos pascuales den en nosotros fruto abundante y que el alimento de salvación que recibimos fortalezca nuestras vidas’. Podremos dar ese fruto, podrá manifestarse esa santidad en nuestra vida con la fortaleza de la gracia del Señor.
Y es que todo esto tiene que llevarnos a crecer por dentro, en nosotros mismos como personas, en nuestra fe, en nuestra espiritualidad, en ese valiente testimonio que tenemos que dar de esa fe en medio de nuestro mundo. No olvidemos que somos levadura en la masa. Seremos pequeños o poquitos, pero para hacer fermentar la masa vale unos granos de levadura. Eso tenemos que ser nosotros en medio del mundo.

miércoles, 22 de abril de 2009

Signos de Pascua con nuestra luz para los demás

Hechos, 5, 17-26
Sal.33
Jn. 3, 16-21
Donde hay amor no hay condena. Donde hay amor todo es luz y todo es vida. El que experimenta el amor en su vida no querrá saber nada de las tinieblas. Así me atrevo a resumir el mensaje que hoy nos propone el evangelio.
No viene Cristo a condenar sino a salvar. El es luz y salvación, Es vida y es gracia. Es amor. 'Porque Dios nos mandó a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo se salve por El'. ¿No es un Dios que es Amor y vida? Cristo es la prueba más grande, la señal más grande de lo que es el amor de Dios, el amor del Padre.
Lo hemos repetido muchas veces pero una vez más tenemos que repetirlo para que se quede bien grabado en el alma. 'Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Hijo único, para que no perezca ninguno, sino que tengan vida eterna'. Por eso no condena, por eso en El todo es luz y salvación.
Si estamos con Cristo porque creemos en El, hacemos siempre las obras de la luz. Jesús nos dice: 'Yo soy la luz del mundo... el que me sigue no camina en tinieblas'. Y hoy nos ha dicho: 'El que realiza la verdad, se acerca a la luz, para que se vea que sus obras son según Dios'. No tememos la luz, sino que nos acercamos a la luz. Queremos que esa luz de Cristo nos ilumine, para que así siempre sepamos hacer las obras de la luz, las obras del amor.
Seguimos celebrando la Pascua. La luz de Cristo resucitado sigue iluminándonos. Presente está en el centro de nuestra celebración el Cirio Pascual como signo de la luz de Cristo resucitado. Seguimos celebrando la Pascua porque seguimos queriendo que haya pascua en nosotros; en nosotros se siga realizando ese paso de la muerte a la vida, de las tinieblas a la luz.
Pero es que además tenemos que ser signos de Pascua para los demás. Porque manifestemos que en nuestra vida se ha realizado esa transformación pascual. Porque queremos iluminar con esa luz de Cristo a los demás. Porque tenemos que ser por nuestros actos y nuestras actitudes portadores de luz para los que nos rodean. Porque tenemos que ser evangelizadores, transmisores del Evangelio.
No es fácil. Porque tenemos el peligro de dejar apagar la luz. El cristiano siempre tiene que estar vigilante, atento para que no se le apague su luz. El cristiano siempre está en actitud de superación, de crecimiento. Al principio podemos tenemos momentos de intenso fervor, pero a medida que pasan los días ese fervor puede decaer, podemos llegar a acostumbrarnos, a la rutina de todos los días, y es la mejor manera, el mejor camino para que pronto decaigamos y abandonemos.
Pero están también los vientos impetuosos de las tinieblas que quieren ahogar esa luz y apagarla. Una imagen, recuerdo cuando celebraba en la parroquia la vigilia pascual y encendíamos el cirio en una hoguera en la plaza, al ir con el cirio recién encendido camino de la Iglesia, habíamos de ir con cuidado a las corrientes de aire que podían apagarnos aquella luz, y ya procurábamos la manera de poner algo como pantalla que no dejara llegar aquellos aires que lo apagaran. Así tenemos que hacer con esa luz de Cristo encendida en nuestro corazón y que queremos llevar a los demás. Cuidarla, protegerla, mantenerla siempre encendida.
No es fácil, porque nos sentimos débiles e impotentes muchas veces. Pero no estamos solos. Jesús resucitado nos ha dado su Espíritu que nos fortalece y que nos envía. En la primera lectura escuchábamos como el ángel del Señor liberó a los apóstoles que estaban en la cárcel pero los envió a predicar con valentía el evangelio. 'Id al templo y explicad allí este modo de vida'. Id al templo, id al mundo nos dice a nosotros también para que vayamos a la vida a hacer ese anuncio de Jesús y de su evangelio de salvación.

martes, 21 de abril de 2009

Mirad cómo se aman

Hechos, 4, 32-37
Sal.92,
Jn. 3, 11-15

El grupo de los creyentes. De eso nos habla la primera lectura de los Hechos de los Apóstoles. Estamos llamados a vivir en grupo, en sociedad. Hoy, incluso, hablamos de aldea global para referirnos a nuestro mundo, tal es la inter-relación que tenemos todos los que vivimos en este mismo mundo. Dios no nos ha hecho para la soledad, sino para la relación y la comunión con los demás. Y así formamos grupos, comunidades, según sean nuestras afinidades, nuestras metas en la vida, aquellos gustos que podamos tener y así muchas cosas más que nos unen.
Lo hermoso sería que en esos pequeños o grandes grupos viviéramos en armonía, caminando juntos, colaborando entre todos, viviendo una especial comunión entre todos. Pero la experiencia nos dice que no siempre es así y que muchas veces nos encontramos con enfrentamientos y luchas, egoísmos o intereses particulares que nos desunen, orgullos que nos enfrentan y hacen daño.
Sucede también con demasiada frecuencia en los grupos porque aflora nuestro individualismo egoísta. Y, es doloroso reconocerlo, nos sucede también más de lo que quisiéramos en nuestros grupos cristianos dentro de la Iglesia. ¡Qué mal ambiente se crea cuando suceden cosas así y qué difícil se hace la relación y la convivencia!
Nosotros, los cristianos tendríamos que saber superar todo eso, no en vano nuestra ley es el amor y el estilo que nos dejó Jesús para nuestra vida es la sencillez, la humildad, la comprensión entre todos, la ayuda mutua de forma generosa y desinteresada. Sin embargo, ya sabemos lo que nos pasa como a todos. Afloran nuestras pasiones y egoísmos y fácilmente olvidamos la ley del Señor que es el amor.
La lectura de los Hechos de los Apóstoles nos habla de cómo era la vida de aquel primer grupo de cristianos, de aquellas primeras comunidades cristianas. ‘Todos pensaban y sentían lo mismo, lo poseían todo en común y nadie llamaba suyo propio, nada de lo que tenía… ponían a disposición de los apóstoles lo que tenían y se distribuía según lo que necesitaba cada uno…’
¡Qué hermoso ejemplo para nuestra vida! Y no es que no tuvieran problemas en aquellas primeras comunidades cristianas, pronto veremos que los hay y tratan de resolverlos, pero el amor estaba por encima de todo y eso les hacía sentirse unidos. Así ‘eran bien vistos por todos’, como comenta el autor sagrado. Como se dirá en otra ocasión comentaban diciendo ‘mirad cómo se aman’.
Era el mejor anuncio que podían hacer de Cristo resucitado. Dice el texto sagrado que ‘daban testimonio de la resurrección del Señor con mucho valor’. Y el mejor testimonio era su amor. Un amor que nace precisamente de la fe en Cristo resucitado.
Esto tiene que valernos para la vida nuestra de cada día en nuestra relación con los demás y en esa pertenencia a los grupos humanos o cristianos que tengamos o en los que nos sintamos integrados. Porque además en ese grupo siempre nos sentiremos enriquecidos. Si nos damos por los demás, también al mismo tiempo cuánto recibimos de ellos.
En el texto del evangelio Jesús le dice a Nicodemo ‘lo mismo que Moisés elevó la serpiente en el desierto, así tiene que ser elevado el Hijo del Hombre para que el que cree en El tenga vida eterna’. Miramos a Cristo levantado en alto, en lo alto de la Cruz que vino para unirnos, para introducirnos en el camino del amor queriendo arrancar de nosotros todo lo que pudiera impedirlo, el pecado. Como diría san Pablo ‘vino a destruir el muro que nos separaba, el odio, por su sangre derramada’.
Que el Espíritu del Señor nos llene de sus dones para que logremos vivir siempre generosamente esa comunión con los demás. Que se derrumben esos muros que nos separan y nos distancian, y que creemos siempre puentes que nos lleven al encuentro con los demás y lazos que nos una en el amor.

lunes, 20 de abril de 2009

Resucitados con Cristo para vivir una vida nueva

Hechos, 4, 23-31
Sal. 2
J n. 3, 1-8


Resurrección, volver a la vida, renacer, nueva vida, resucitar con Cristo, nuevo nacimiento... son palabras, ideas que se van repitiendo una y otra vez en estos días de Pascua. Es necesario pararnos un poco a reflexionar sobre ellas para poder vivirlo con todo sentido.
Cuando hablamos de resurrección estamos en principio en el hecho incuestionable y centro de nuestra fe que es la resurrección de Jesús. Pero hablamos también de que nosotros hemos de resucitar con Cristo y es aquí quizá donde no terminamos de comprender cómo ha de ser ese resucitar con Cristo.
En el evangelio se nos ha hablado de 'Nicodemo, magistrado judío que fue de noche a ver a Jesus', reconociendo que algo de divino había en Jesús, 'porque nadie puede hacer los signos que tú haces si Dios no está con él'. Pero cuando Jesús le habla de nacer de nuevo no lo entiende. 'El que no nazca de nuevo no puede ver el Reino de Dios'. Por eso Nicodemo se pregunta: '¿Cómo puede nacer un hombre siendo viejo? ¿Acaso puede por segunda vez entrar en el vientre de su madre y nacer?'
Cuando hablamos de resucitar con Cristo no es para volver a la misma vida, sino es dejar atrás nuestra condición del hombre viejo del pecado para comenzar a vivir la vida nueva de la gracia, ser el hombre nuevo, como nos dice san Pablo, de la gracia, el hombre nuevo que es Hijo de Dios. Es una vida nueva la que nosotros recibimos. Es un participar de la vida de Cristo para en Cristo hacernos hijos de Dios. Es una renovación profunda de nuestra vida, por eso lo llamamos nuevo nacimiento, renacer, nacer a una vida nueva.
Y eso no se puede realizar de cualquier manera. Partimos de la fe, que por el agua y el Espíritu nos hace renacer a esa vida nueva. 'Te lo aseguro, el que no nazca de agua y Espíritu, no puede entrar en el reino de Dios'. Ya sabemos que con estas palabras Jesús nos está dando el sentido del Bautismo. Un nuevo bautismo porque ya no es sólo el baño y la purificación, sino que es el engendrar una nueva vida que sólo se puede realizar por la fuerza del Espíritu Santo. A partir del Bautismo de Jesús el bautismo tiene un nuevo significado, como expresamos en la liturgia. Porque el agua del Bautismo por la fuerza del Espíritu nos santifica, nos llena de la gracia que nos hace hijos. Por eso concluirá diciéndonos Jesús: 'No te extrañes de que te haya dicho: Tenéis que nacer de nuevo'.
En la primera lectura hemos escuchado la vuelta de Pedro y Juan a la comunidad después de haber sido liberados de la cárcel tras la curación del paralítico de la puerta Hermosa. 'Volvieron al grupo de los suyos y les contaron lo que les habían dicho los sumos sacerdotes y los ancianos...' ¿Cuál fue la reacción de la comunidad? Orar al Señor pidiendo su luz y su fuerza. 'Ahora, Señor, mira cómo nos amenazan y da a tus siervos valentía para anunciar tu Palabra... por el nombre de tu santo siervo Jesús'. Y nos cuenta el autor sagrado cómo se vieron llenos del Espíritu Santo 'y anunciaban con valentía la Palabra de Dios'.
No olvidemos que nosotros también estamos llenos del Espíritu Santo desde nuestro Bautismo y de manera especial en el sacramento de la Confirmación, en el que recibimos el don del Espíritu Santo. Ese Espíritu que nos transformó para llenarnos de nueva vida. Ese Espíritu que anima nuestro corazón para que demos ese testimonio en todo momento de Jesús. Ese Espíritu que nos llena de su gracia y que nos hace hombres nuevos. Que seamos capaces también de 'anunciar con valentía la Palabra de Dios'.

domingo, 19 de abril de 2009

Proclamación de fe, anuncio de esperanza para nuestro mundo


Hechos, 4, 31-35;

Sal. 117;

1Jn. 5, 1-6;

Jn. 20, 19-31

Nos ha dicho el evangelio: ‘Al anochecer de aquel día, el día primero de la semana, estaban los discípulos en una casa con las puertas cerradas por miedo a los judíos, entró Jesús, se puso en medio y les dijo: Paz a vosotros…’ Más adelante vuelve a decir: ‘a los ocho días estaban otra vez dentro los discípulos y Tomás con ellos; llegó Jesús, estando cerradas las puertas, se puso en medio y les dijo: Paz a vosotros…’
El primer día de la semana… a los ocho días – primer día de la semana también – se manifiesta Jesús resucitado a los discípulos. Y ¿qué estamos haciendo nosotros hoy? También el primer día de la semana, es el domingo, que para nosotros es el primer día de la semana, es el día del Señor – por eso precisamente lo llamamos domingo – porque es el día en que resucitó el Señor, estamos también reunidos. Y Cristo también está en medio de nosotros.
¿Qué es lo que estamos celebrando? El día del Señor, el día de la Pascua; celebramos la Eucaristía que es anunciar la muerte del Señor y proclamar su resurrección. ¡Qué importante es para nosotros el domingo y que este día se reúna la comunidad cristiana para celebrar la Eucaristía.
¿Cuál es el mensaje fundamental que recibimos en este segundo domingo de Pascua? Seguimos viviendo el gozo de la Pascua, este domingo es la octava de la Pascua que queremos celebrar con igual intensidad, y todo nos invita a proclamar nuestra fe en que Jesús es el Hijo de Dios para tener vida en su nombre. A esa proclamación de nuestra fe en Jesús nos está invitando toda la Palabra de Dios proclamada. Así termina precisamente el evangelio de Juan que hoy hemos proclamado. ‘…estos se han escrito para que creáis que Jesús es el Mesías, y para que, creyendo, tengáis vida en su nombre’. En esas palabras el evangelista de alguna manera nos resume lo que es la finalidad del evangelio.
‘Los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor’, nos dice el evangelio. Llenos de temores estaban encerrados en el cenáculo pero todo cambia y la vida de los discípulos se llena de luz con la presencia de Cristo resucitado. Jesús les saluda con la paz, pero aún más quiere llenarlos de su Espíritu para la misión que han de realizar. ‘Como el Padre me ha enviado, así os envío yo’, les dice.
Vendrán las dudas de Tomás que no estaba con ellos cuando vino Jesús, pero si cuando a los ocho días Jesús vuelve a manifestarse. Terminará proclamando ‘¡Señor mío y Dios mío!’, para confesar su fe en Jesús cuando tiene la experiencia de verlo y sentirlo vivo junto a él. ‘¿Porque me has visto has creído? ¡Dichosos los que crean sin haber visto!’, le dirá Jesús.
Nosotros no le veremos con los ojos de la cara, ni tendremos la oportunidad de meter nuestros dedos en las llagas de sus manos o nuestra mano en la llaga de su costado. No será necesario, porque podemos tener la certeza firme de la resurrección del Señor. Nos fundamentamos en la fe de los apóstoles, no en vano somos una iglesia apostólica heredera de la fe de los apóstoles, sino porque además nosotros podemos experimentarlo y sentirlo vivo y presente en nosotros y en medio de la Iglesia.
Creemos en Jesús con toda certeza de que es el Hijo de Dios. Su resurrección es la prueba definitiva. Y creemos que Jesús nos da la salvación y la vida eterna, porque, como dice El, ‘para eso he venido, para que tengan vida y la tengan en abundancia’.
Por eso, podemos decir también, que la celebración de la resurrección del Señor que estamos viviendo es una invitación a la esperanza. Cristo no es un perdedor sino un vencedor y con estamos llamados también a la victoria sobre el mundo.
Aunque a veces nos sintamos sobrecogidos por la tentación y el mal que nos acecha y nos rodea, por ese mundo de indiferencia e increencia en medio del cual nos encontramos, sabemos que con Jesús nosotros estamos llamados a la vida y la vida de Dios en nosotros podrá sobre todo ese mal. ‘Todo el que cree que Jesús es el Cristo, ha nacido de Dios… y todo el que ha nacido de Dios vence al mundo. Esta es la victoria que vence al mundo: nuestra fe; ¿Por qué quien es el que vence al mundo, sino el que cree que Jesús es el Hijo de Dios?’ Así nos ha hablado hoy la carta de san Juan en la Palabra de Dios. Y cuánta esperanza y seguridad nos dan estas palabras.
Y bien que necesitamos avivar nuestra fe y nuestra esperanza, como despertar también esa esperanza en el mundo que nos rodea. Aunque veamos muchas sombras a nuestro alrededor en tantas cosas que nos afectan cuando vemos un mundo sin amor, sin paz, con resentimientos y malquerencias en las relaciones entre unos y otros, con desconfianzas y malos deseos, sin embargo podemos tener la esperanza de que se puede hacer un mundo mejor y distinto.
No todo son sombras, también hay mucha luz, porque también hay muchas personas que aman y que viven un compromiso de servicio por los demás; hay muchas personas que han puesto solidaridad en su corazón para sufrir con el que sufre pero también para consolar, animar y compartir muchas cosas buenas. Todo eso tiene que alentarnos. Y mucha gente quiere realizar ese mundo nuevo precisamente desde el compromiso de su fe en Cristo resucitado.
La lectura de los Hechos de los Apóstoles nos habla de que ‘daban testimonio de la resurrección del Señor con mucho valor’. ¿Cuál era ese testimonio? La vida de amor y de solidaridad que vivían. ‘En el grupo de los creyentes todos pensaban y sentían lo mismo, lo poseían todo en común… nadie pasaba necesidad… lo que tenían lo ponían a disposición de los apóstoles y luego se distribuía según lo que necesitaba cada uno…’
Una hermosa pauta para lo que nosotros hemos de vivir, para lo que tiene que ser nuestro compromiso de solidaridad desde la fe que tenemos en Jesús resucitado. Pongamos esa solidaridad y ese amor, pongamos paz en nuestros corazones para que llevemos esa paz también a los demás, pongamos esa confianza en el otro y ese compartir, pongamos nuestros buenos deseos de amistad y alejemos de nosotros todo sentimiento malo que nos pueda llegar, pongamos luz en nuestro corazón. Que seamos capaces de compartir de todo eso según lo que necesite cada uno de los que están a nuestro alrededor como hacían en lo que nos cuentan los Hechos de los Apóstoles.
La celebración de Cristo resucitado tiene que hacernos resplandecer en esa luz del amor, porque así tenemos que iluminar nuestro mundo.

sábado, 18 de abril de 2009

Sorprendidos por el aplomo y valentía de Pedro y Juan

Hechos, 4, 13-21
Sal. 117
Mc. 16, 9-15


‘Id al mundo entero y predicad el evangelio, anunciad esta Buena Noticia, a toda la creación’. Es la conclusión del evangelio de san Marcos. ‘Seréis mis testigos…’ hemos escuchado en el relato de los otros evangelistas. Aquí hace un envío por todo el mundo para anunciar esa Buena Noticia que tendrá por centro precisamente su resurrección.
Pero Marcos es más parco a la hora de relatarnos los hecho sucedidos en torno a la resurrección de Jesús. Lo resume en pocos versículos, apenas lo que escuchamos este año en la vigilia pascual y lo que hemos escuchado hoy.
Nos hace como un resumen. Nos habla en esta ocasión de María Magdalena que fue a anunciárselo a los discípulos pero no la creyeron. Nos habla de los dos discípulos, probablemente los que marchaban a Emaús que hemos escuchado en el relato de san Lucas, pero a los que tampoco creen. Finalmente se les aparecerá Jesús resucitado que ‘les echó en cara su incredulidad y dureza de corazón, porque no habían creído a los que le habían visto resucitado’. Necesitaban como hemos escuchado en otros evangelistas que Jesús les abriese el corazón para que entendiesen las Escrituras.
Pero fijémonos también en lo escuchado en la primera lectura que viene a ser el final de todo el episodio de la curación del paralítico de la puerta Hermosa. Finalmente viéndose impotentes los sumos sacerdotes y los ancianos deciden soltar a Pedro y Juan pero prohibiéndoles que ‘vuelvan a mencionar a nadie ese nombre’, o sea prohibiéndoles hablar de Jesús. ‘Les prohibieron en absoluto predicar y enseñar en nombre de Jesús’.
Pero ya hemos visto la respuesta de los apóstoles. No puede callar aquello de lo que son testigos. ¿A quién van a obedecer? ‘¿Puede aprobar Dios que os obedezcamos a vosotros en vez de a El? Juzgadlo vosotros. Nosotros no podemos menos de contar lo que hemos visto y oído’. Son los testigos que no pueden callar. Son los testigos que han de anunciar esta Buena Noticia de Jesús, de que Jesús es el Salvador.
Pero es admirable la elocuencia con que hablan de Jesús. ‘Los sumos sacerdotes y los escribas estaban sorprendidos viendo el aplomo de Pedro y Juan, sabiendo que eran hombres sin letras ni instrucción…’ No necesitaban de letras, porque ellos sólo están hablando de lo que han vivido. Pero quizá no sabían aquellos sumos sacerdotes ni escribas lo que Jesús mismo les había anunciado a sus discípulos.
‘Cuando os juzguen no os preocupéis por lo que vais a decir ni cómo tenéis que hacerlo; en esa misma hora se les inspirará lo que tienen que decir. No sois vosotros los que hablarán, sino el Espíritu de vuestro Padre el que hablará por vosotros’. Como dice en otro lugar ‘no os preocupéis para preparar vuestra defensa, el Espíritu pondrá palabras en vuestros labios…’ Allí están los llenos del Espíritu Santo. No hace muchos días lo han recibido en Pentecostés.
Algunas veces nos sentimos nosotros temerosos del testimonio que henos de dar. ¿Seremos capaces? ¿Nos acobardaremos? La valentía no es nuestra. La fuerza la tenemos en el Señor. No olvidemos que hemos recibido el don del Espíritu Santo en el sacramento de la confirmación que nos convierte en testigos, en soldados de Cristo, en apóstoles del Evangelio. No temamos, el Señor está con nosotros. Lo estuvo con los apóstoles, con los mártires de todos los tiempos, y con los cristianos que en cada momento han tenido que dar testimonio de su fe en Jesús.

viernes, 17 de abril de 2009

Echad la red a la derecha y encontraréis…

Hechos, 4, 1-12
Sal. 117
Jn. 21, 1-14

¡Cuándo aprenderemos que sólo con Jesús es como será verdaderamente eficaz aquello bueno que queremos hacer!
Por segunda vez el evangelio nos presenta una pesca infructuosa de aquellos que incluso siendo unas profesionales de la pesca y que sólo con la presencia de Jesús podrá volverse su trabajo totalmente fructífero. En la otra ocasión Pedro de entrada se resistió porque se había pasado la noche sin coger nada pero luego habrá echado la red en nombre de Jesús.
En esta ocasión están reunidos en Galilea como Jesús les había indicado y, aunque ya habían abandonado la barca y la redes para seguir a Jesús, ahora que Jesús no está y aunque ya habían tenido alguna experiencia de resurrección, sin embargo deciden aquella noche ir también a pescar. El evangelista nos detalla bien el hecho, nos da relación de los que aquella noche se fueron con Pedro al lago a pescar: ‘Pedro, Tomás, Natanael, el de Caná de Galilea, los Zebedeos, Santiago y Juan, y otros dos discípulos’.
‘Me voy a pescar…’ dice Pedro. ‘Vamos también nosotros contigo’, dicen los demás. ‘Salieron, se embarcaron; y aquella noche no cogieron nada’. La misma experiencia. Jesús no está con ellos en la barca, aunque allá en el amanecer sí estaba en la orilla, pero ellos no lo reconocen. ‘No saben que era Jesús… Muchachos, ¿tenéis pescado?... echad la red a la derecha de la barca y encontraréis…’ Sucede lo mismo que la vez anterior.
Será ahora el discípulo amado el que le dice a Pedro ‘Es el Señor’. Ya sabemos cómo Pedro salta al agua porque se le haría largo el tiempo y la distancia para llegar a los pies de Jesús. En la otra ocasión había exclamado: ‘¡Apártate de mí que soy un hombre pecador!’. Ahora corre para llegar hasta los pies de Jesús. Los demás llegaron remolcando la red. Jesús les tenía preparado sobre unas brasas pescado y pan. ‘Vamos, almorzad’.
Los santos Padres ven en esta segunda pesca milagrosa una imagen de la Iglesia. Esa red repleta de toda clase de peces. Unos pescadores que por la presencia y la fuerza del Espíritu de Jesús llevan adelante su misión. En la otra pesca Jesús les había dicho que los haría pescadores de hombres. Una iglesia que camina guiada por la presencia de Jesús en medio de ella y con la fuerza de su Espíritu. Es Cristo el que suscita en nuestro corazón lo bueno que tenemos que hacer y sin El nada podemos hacer. Es Cristo el que se hace presente en los pastores y por la fuerza del Espíritu va dando fecundidad a toda la acción pastoral.
Tenemos que aprender algo que creo que es importante. Solos, sin Cristo nada somos ni nada podemos hacer porque es su obra. Unidos a El, sintiéndole en nuestro corazón, presente en nuestra vida iremos realizando toda esa buena labor que hemos de hacer. Cristo se hace presente y nos habla, y nos señala el camino, y nos alimenta. Ese pan y ese pescado sobre las brasas es símbolo de la Eucaristía que nos fortalece y nos alimenta.
La Iglesia no puede vivir sin Eucaristía. El cristiano tiene que alimentarse en todo momento de Cristo Eucaristía.

jueves, 16 de abril de 2009

Les abrió el entendimiento para entender las Escrituras

Hechos, 3, 11-26
Sal. 8
Lc. 24, 35-48


‘Así estaba escrito: el Mesías padecerá, resucitará de entre los muertos al tercer día, y en su nombre se predicará la conversión y el perdón de los pecados a todos los pueblos, comenzando por Jerusalén. Vosotros sois testigos de esto’.
Una vez más vemos al mismo Jesús explicarlo. Lo había anunciado y no lo habían entendido. Se los explicaba a los discípulos que marchaban a Emaús. ‘Le explicó todo lo que se refería a El en toda la Escritura’. Y ahora nos dice el evangelista que ‘les abría el entendimiento para comprender las Escrituras’.
Lo que hemos escuchado hoy es lo que nos narra Lucas como sucedido cronológicamente a continuación del regreso de los discípulo de Emaús. ‘Estaban hablando de estas cosas… contaban lo que les había pasado por el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan… cuando se presenta Jesús en medio de ellos y les dice: Paz a vosotros’. Miedo, sorpresa, atónitos no se lo creen, llenos de alegría… ¿será un sueño? Era una realidad, Jesús estaba en medio de ellos. Era El, no un fantasma, ahí están sus manos y sus pies con las señales de los clavos, pide comida, le ofrecen un trozo de pez asado, comió delante de ellos…
‘Vosotros sois testigos de esto’. Escuchamos en los Hechos de los Apóstoles a Pedro dando testimonio. Un paralítico les ha tendido la mano pidiendo limosna a la entrada del templo por la puerta Hermosa. ‘No tengo plata ni oro, te doy lo que tengo…’ ¿Qué le va a ofrecer Pedro si no tiene para dar una limosna? Su fe en Jesús resucitado. ‘En nombre de Jesucristo Nazareno, echa a andar’. En nombre de Jesús, el Nazareno como todos lo conocen, pero Jesús que es el Cristo, el Ungido de Dios, el Mesías. Un día Pedro había dicho: ‘En tu nombre echaré las redes…’ y la redada de peces fue muy grande. Ahora en nombre de Jesús levanta a aquel paralítico. ‘Echa a andar… levántate y anda’, como había dicho Jesús en tantas ocasiones.
Y Pedro da testimonio ante todos anunciando a Jesús. ‘Matásteis al autor de la vida, pero Dios lo resucitó de entre los muertos y nosotros somos testigos. Como éste que ven aquí y que conocéis – todos conocían al paralítico curado porque lo veían todos los días pidiendo limosna a la entrada del templo -, ha creído en su nombre y su nombre le ha dado vigor; su fe le ha restituido completamente la salud, a vista de todos vosotros’.
Es Jesús quien nos salva. Necesitamos tener fe en El. A El acudimos desde nuestra vida y con nuestra vida. A El acudimos con nuestra necesidad y nuestro mal. A El acudimos con nuestro pecado y ansiosos de gracia y de perdón. Acudimos a El para que nos abra el corazón para comprender las Escrituras.
Contemplamos a Cristo resucitado, vencedor del pecado y de la muerte. Que El nos levante de la muerte de nuestro pecado. Que no nos ahogue la tiniebla de la tentación y del pecado que nos acecha. Que no nos enturbien la mente nuestras dudas y complejos. Que sintamos esa mano que nos levanta y nos llena de vida. Que nos iluminemos con su luz. Que se nos abra el corazón y entendamos las Escrituras. Que nos llenemos de su paz y de su alegría.

miércoles, 15 de abril de 2009

Camina a nuestro lado y no lo reconocemos

Hechos, 3, 1-10
Sal. 104
Lc. 24, 13-35


‘¿Qué conversación es esa que traéis mientras vais de camino? Ellos se detuvieron preocupados…’ dice el evangelista a la pregunta que les hace el extraño caminante que se les ha unido.
Se sienten tan frustrados y desesperanzados que sus ojos estaban ciegos. Sólo piensan en pasado mientras no caen en la cuenta de lo hermoso del momento presente.
‘¿Eres tú el único forastero en Jerusalén que no sabes lo que ha pasado allí estos días?’ ‘Ha pasado… fue un profeta poderoso en obras y palabras… nosotros esperábamos… les habían dicho… no encontraron su cuerpo… las mujeres vinieron contando que habían visto…’ Hablan de Jesús en pasado pero no ven el momento presente. La muerte de Jesús les había llenado la vida de sombras y todavía ellos no habían visto la luz de la resurrección.
Y Jesús estaba con ellos como con nosotros tantas veces cuando en el camino de la vida nos sentimos desalentados, las cosas no nos salen como nosotros quisiéramos, recibimos desaires que nos hieren y hacen sentir mal. También nosotros nos cegamos y nos cuesta ver esa presencia de Jesús.
Hubo una cosa buena en aquellos caminantes de Emaús. A pesar del estado de ánimo se dejaron enseñar por Jesús. Casi sin darse cuenta ellos, una vez que desahogaron sus penas y tristezas, Jesús tomó la palabra y comenzó a enseñarles. Ellos, como dirían luego, le escuchaban a gusto y les ardía el corazón. ‘¿No ardía nuestro corazón mientras nos hablaba por el camino y nos explicaba las Escrituras?’
Jesús les explicaba el sentido de las cosas que a ellos hasta ese momento tanto les había costado aceptar y comprender. ‘¡Qué necios y torpes sois para creer lo que anunciaron los profetas! ¿No era necesario que el Mesías padeciera esto para entrar en su gloria? Y comenzando por Moisés y siguiendo por los profetas, les explicó lo que se refería a El en toda la Escritura’.
Escuchando la Palabra de Jesús el corazón se les fue abriendo hasta que surge el gesto generoso de la hospitalidad. ‘Quédate con nosotros porque atardece y el día va de caída’… se hace de noche si tú no estás con nosotros, y no queremos perder tu luz, es como si le dijeran.
Será entonces sentados a la mesa del amor y la hospitalidad cuando al partir el par lo reconocieron. ‘Sentado a la mesa con ellos, tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo dio. A ellos se les abrieron los ojos y lo reconocieron’. Aunque luego ya sus ojos no lo verán, saltarán de alegría porque Jesús estuvo con ellos. Ya tenían luz en el corazón y no importaba lo oscuro del camino para volver a Jerusalén. ‘Les contaban lo que les había pasado por el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan’.
Tenemos que dejarnos encontrar por Jesús en cualquiera que sea la situación de nuestra vida en que nos encontremos. Dejarnos encontrar y escucharle. Dejarnos llenar de luz. Dejar que se caldee de nuevo nuestro corazón. Reconocerle en lo hondo del corazón y reconocerle en la fracción del pan. Muchas oscuridades desaparecerán de nuestra vida.

martes, 14 de abril de 2009

Jesús nos llama por nuestro nombre

Hechos, 2, 36-41
Sal. 32
Jn. 20, 11-18

Necesitamos oír la Palabra de Jesús que nos llama por nuestro nombre. Como María Magdalena hoy en el evangelio.
La Palabra que escuchamos no puede quedarse en una palabra fría y ritual, ni en una palabra teórica, sino que tiene que ser siempre una palabra viva que llegue a nuestra vida. En sí misma eso es siempre la Palabra que el Señor nos dirige; por eso es tan importante la actitud con que nosotros la acogemos, los oídos, podríamos decir, con que la escuchemos. No vamos a ella como quien simplemente va a aprender cosas, ni podemos ponernos en la distancia con una cierta actitud de reserva ante lo que nos vayamos a encontrar, ni como quien ya se la sabe y la conoce y nada nuevo nos va a decir.
Tenemos que sentirla como una Palabra que el Señor nos dirige en nuestra vida concreta personal y comunitariamente recibida. Se dirige a cada uno personalmente en su vida pero también es la Palabra que Dios dice al pueblo creyente. Algunos, cuando se sienten interpelados por la Palabra, porque quizá el comentario o reflexión del sacerdote no toca de manera directa, piensan ‘eso lo está diciendo por mí’. Pero es que siempre tendríamos que decir eso mismo ‘el Señor lo dice por mí’.
Lo vemos hoy en María Magdalena en el texto proclamado en el Evangelio. Allí está llorosa, llena de dudas y desconsuelos, buscando dónde está el cuerpo de Jesús. Eso la ha confundido de manera que no llega en principio a reconocer la presencia de Jesús, confundiéndolo con el encargado del huerto. Pero, cuando escucha su nombre en labios de Jesús, lo reconoce. ‘María’, le dice Jesús. ‘Rabboni (Maestro)’ exclama ella tirándose a su pies.
La veremos ir luego gozosa a contar a los discípulos su encuentro con Jesús. ‘He visto al Señor y me ha dicho esto’, les cuenta. Si vida cambia al escuchar esa Palabra directa de Jesús que llega a su corazón. Lo que decíamos al principio: necesitamos oír la Palabra de Jesús que nos llama por nuestro nombre.
Lo mismo es lo que sucede en lo que hemos escuchado en los Hechos de los Apóstoles. El texto es continuación literal del escuchado ayer, porque vamos a seguir haciendo una lectura continuada a través de todo el tiempo pascual. Pedro les ha hablado de Jesús: ‘Escuchadme, israelitas: os hablo de Jesús Nazareno, el hombre que Dios acreditó ante vosotros…’ Y hoy le hemos escuchado concluir. ‘Todo Israel esté cierto de que el mismo Jesús, a quien vosotros crucificasteis, Dios lo ha constituido Señor y Mesías’.
Fue una palabra que llegó a lo hondo de aquellos que le escuchaban. ‘Estas palabras les traspasaron el corazón y preguntaron a Pedro y a los demás discípulos: ¿Qué tenemos que hacer hermanos?’ Y ya conocemos la respuesta de Pedro: ‘convertíos y bautizaos todos en nombre de Jesucristo, para que se os perdonen los pecados, y recibiréis el Espíritu Santo…’
Convertirse, creer en Jesús. Aceptar que Jesús es el Mesías de Dios, el Hijo de Dios que se ha entregado a la muerte para salvarnos, que es el Señor que vive y está en medio de nosotros.
Convertirnos, creer en El y unirnos a El. Por eso, recibir el Bautismo, que es esa participación en el misterio de Cristo que nos une a El, que es participar en su muerte y su resurrección.
Es la Palabra viva que llega a nuestro corazón y nos da vida. Nos da vida porque nos hace partícipes de la vida de Dios. Nos une a Jesús. Una Palabra que se dirige a cada uno y nos llama por nuestro nombre, porque para nosotros, para mi, es esa salvación que Jesús nos ha ganado. Escuchémosle.

lunes, 13 de abril de 2009

Testigos con valentía de Cristo resucitado frente a un mundo que no cree

Hechos, 2, 14. 22-32
Sal. 15
Mt. 28, 8-15

Seguimos disfrutando de ls mieles de la Pascua. Vivimos la misma alegría de domingo de la resurrección que se va a prolongar de manera especial durante todo lo que es la octava de la Pascua, que es como seguir celebrando lo mismo que el primer día en un día grande que se prolonga ocho días.
Hoy nos encontramos en la Palabra proclamada dos posturas o actitudes contrapuestas en los testigos de la resurrección del Señor, que bien pudieran reflejar actitudes y posturas que nos seguimos encontrando hoy.
Por una parte, aquellos que fueron testigos directos del momento en que se corrió la piedra de la entrada del sepulcro, los guardianes que se habían puesto, y a los que hicieron callar con sobornos para que no se manifestaran como tales testigos. Por otro lado, el testimonio valiente y claro de Pedro y los otros discípulos manifestándose sin ningun temor como testigos de Cristo resucitado.
Hemos escuchado a Pedro en su discurso del día de Pentecostés que habla directamente de Jesús. 'Escuchadme, israelitas: os hablo de Jesús Nazareno, el hombre que Dios acreditó ante vosotros...' Estaba hablando ante quienes crucificaron a Jesús. 'Vosotros, por mano de paganos, lo matasteis en una cruz...' No era fácil decirlo. Ya incluso antes incluso habían prohibido hablar de Jesús o manifestarse como su seguidor con la amenaza de ser expulsado de la sinagoga.
Podemos recordar el hecho de la curación del ciego de nacimiento en las calles de Jerusalén. Los padres del ciego no habían querido dar testimonio sobre quién había curado a su hijo. 'Sabemos que es nuestro hijo y que nació ciego, pero cómo ve ahora, no lo sabemos... preguntádselo a él, que es mayor, y puede explicarse'. Y comenta el evangelista: 'Sus padres respondieron así porque tenían miedo a los judíos; porque los judíos habían acordado excluir de la sinagoga a quien reconociera a Jesús como Mesías'.
Más tarde nos contarán los Hechos de los Apóstoles, como tendremos oportunidad de escuchar en este tiempo de Pascua, que les prohibían formalmente hablar de Jesús, pero los apóstoles respondían que 'no podemos callar lo que hemos visto y oído... tenemos que obedecer a Dios antes que a los hombres'.
Ahora Pedro habla directamente de Jesús, como hemos escuchado. 'Dios lo resucitó rompiendo las ataduras de la muerte; no era posible que la muerte lo retuviera bajo su dominio... Dios resucitó a este Jesús, y todos nosotros somos testigos...'
En el evangelio veremos la alegría de aquellas 'mujeres que se marcharon a toda prisa del sepulcro e impresionadas y llenas de alegría corrieron a anunciarlo a los discípulos'. El sepulcro estaba vacío y los ángeles les habían anunciado la resurrección. Pero es Cristo quien les sale al encuentro. 'Alegráos... no tengáis miedo: id a comunicar a mis hermanos que vayan a Galilea; allí me verán'.
Nosotros hemos de manifestarnos así valientemente como testigos de la resurrección del Señor. Aunque el mundo que nos rodea no nos entienda o esté en otras cosas. Porque muchos no lo terminan de entender ni lo creen. A muchos incluso les puede sonar raro que nosotros nos felicitemos en estos días.
Me sucedió ayer al ir a comprar el pan. Tras el saludo les felicité porque estamos en la resurrección del Señor. Una persona me miró y me dijo, sí es verdad es el día de resurrección, pero la otra persona se quedó callada mirándome como si no entendiera lo que le decía.
No es noticia para nuestros medios de comunicación que estemos celebrando la resurrección del Señor. Noticia serán en estos días las procesiones de los coches que regresan de las vacaciones con las largas y kilmétricas colas en carreteras y autopistas; noticia son los accidentes de tráfico y sus muertos o la lluvia que aguó las vacaciones a muchos. Pero no será noticia de primera página que celebramos la resurrección del Señor, porque creemos en El.
Frente a este mundo tenemos que seguir siendo testigos de una fe y de una esperanza, que para nosotros nace en la resurrección del Señor.

domingo, 12 de abril de 2009

Proclamemos nuestra fe en Cristo resucitado




DOMINGO DE RESURRECCION
Hechos, 10, 34.37-43
Sal. 117
1Cor. 5, 6-8
Jn. 20, 1-9


‘Este es el día en que actuó el Señor: sea nuestra alegría y nuestro gozo’. Es el canto de la Pascua. Este es el día. Nuestra alegría, nuestro gozo. Cristo ha resucitado. Actuó el Señor. Llega la vida y la salvación. Todo es fiesta. Nos gozamos en el Señor.
Nuestra esperanza se ha cumplido. Nos sentamos a la sombra de la cruz a la puerta del sepulcro, pero con la esperanza de la vida. Y la Vida nos ha inundado. Cristo ha resucitado. El gozo de Cristo resucitado llena nuestro corazón y lo hace rebosar. Anoche, en el amanecer del día primero, estalló la luz y la vida nos inundó. Hoy lo seguimos celebrando con toda solemnidad y quisiéramos contagiar a nuestro mundo de tanta felicidad y alegría.
Como Pedro, en lo que escuchamos en la primera lectura, nosotros somos testigos. Estamos llamados a dar testimonio ante el mundo de que Cristo vive. No podemos permanecer en las sombras ni en las tinieblas de la muerte y no podemos permitir que el mundo siga en sus tinieblas. Por eso la certeza que tenemos en el corazón hemos de trasmitirla. Lo hacemos con nuestra voz y nuestras palabras, con nuestros cantos de alegría y con toda la fiesta que hacemos, pero tenemos que hacerlo con toda nuestra vida.
Por una parte fijémonos en el evangelio hoy proclamado – luego lo haremos también en la carta de san Pablo – para que veamos lo que tenemos que hacer y las actitudes que tenemos que dejar atrás, que quitar. Mientras los discípulos no estaban convencidos de que Cristo había resucitado, todo era oscuro, todo eran elucubraciones y desconfianzas, todo era ceguera y sospechas.
Maria Magdalena iba a llorar al sepulcro y dice el evangelista, como un síntoma, que era oscuro. Al ver corrida la piedra de la entrada del sepulcro y no está el cuerpo muerto de Jesús allí, todo fue desconfianza y sospecha. ‘Se han llevado el cuerpo de Jesús y no sabemos donde lo han puesto’. Más tarde María Magdalena, que aun seguía llorando a Jesús muerto, diría al que creía el hortelano ‘Si tu te has llevado el cuerpo de Jesús, dime donde lo has puesto’. Corre ahora a comunicarlo a Pedro y a Juan que también corren al sepulcro a comprobar lo que Magdalena les dice. Mañana de carreras llamo yo a esta mañana. Sólo ven las vendas por el suelo y el sudario enrollado aparte.
Cuando se les encienda la luz de la fe todo será distinto. Es Juan el primero. Aunque había llegado antes que Pedro no había entrado; ‘entonces entró también el otro discípulo, el que había llegado primero al sepulcro; vio y creyó’. Y comenta el evangelista. ‘Hasta entonces no habían entendido la Escritura: que el había de resucitar de entre los muertos’.
La fe todo lo ilumina. Como tenemos nosotros que dejarnos también iluminar por la fe. Por eso hoy para nosotros todo es luz. Todo es vida. Y toda esa fe tiene que manifestarse en nosotros en una vida nueva, en unas actitudes nuevas, en una nueva luminosidad en nuestra vida para verlo todo distinto y con una confianza nueva.
Por eso san Pablo nos invitaba a quitar la levadura vieja de nosotros, de la corrupción y de la maldad, porque tenemos que ser una masa nueva. No podemos dejar fermentar lo malo en nosotros. ‘Porque ha sido inmolada nuestra víctima pascual, Cristo’.
Si Cristo fue inmolado y lo contemplamos ahora resucitado ya todo el mal ha sido vencido, la muerte ha sido derrotada. El es ‘el verdadero Cordero que quita el pecado del mundo: muriendo destruyó nuestra muerte y resucitando restauró la vida’, como cantamos en el prefacio pascual. Somos los hombres nuevos. Restaurados con la muerte y la resurrección de Cristo. Por el Bautismo nos hemos unido a El en una muerte como la suya para que así andemos en una vida nueva, como nos enseña san Pablo. ‘En la muerte de Cristo nuestra muerte ha sido vencida, y en su resurrección hemos resucitado todos’, como decimos en otro de los prefacios de Pascua.
Creo que los cristianos tenemos que despertar nuestra fe en la resurrección de Cristo. No sé si todos los que llevamos el nombre de cristianos tenemos bien clara esa certeza que se convierte en el meollo, en el centro de nuestra fe. Porque creer en la resurrección de Jesús nos hace vivir una vida nueva y distinta porque con Cristo nos sentimos renacidos a una vida nueva, y además eso nos da una trascendencia distinta a toda nuestra existencia.
Estamos llamados a la resurrección. Es un artículo de nuestra fe. Creemos en la resurrección de los muertos y en la vida futura, en la vida eterna junto a Dios. Y muchos viven como si no creyeran en esa vida futura y en esa resurrección. Aunque lo recitemos en el credo de nuestra fe, no lo llevamos a la práctica, podemos decir, en hoy de nuestra vida de cada día. Y para muchos la muerte es el final irremediable y fatal tras la cual no hay esperanza de ninguna otra vida. Y así se nos cae por la base todo el edificio de nuestra fe y de nuestra vida cristiana.
Por eso al celebrar hoy a Cristo resucitado y proclamarlo ante el mundo, tenemos que hacer renacer esa fe y esa esperanza en nuestro corazón y en el corazón y la vida de todos los hombres, de toda la humanidad. Es una consecuencia de nuestra confesión de fe en la resurrección de Jesús.
‘Este es el día en que actuó el Señor: sea nuestra alegría y nuestro gozo’.

sábado, 11 de abril de 2009

Ha resucitado… va delante de vosotros a Galilea


VIGILIA PASCUAL DE LA RESURRECIÓN

Rom. 6, 3-11; Mc. 16, 1-7


Con la esperanza por los suelos muy preocupadas iban las mujeres al sepulcro en aquel amanecer del primer día de la semana que tan importante y trascendental iba a ser. Su primera preocupación era ‘¿Quién nos correrá la piedra de la entrada del sepulcro?’ Pero ‘la piedra estaba corrida , y eso que era muy grande’.
‘¿A quién buscáis?’
les pregunta el joven que ven ‘sentado a la derecha vestido de blanco’, como Jesús había preguntado a los que venían a prenderle en la noche del jueves. ‘No os asustéis. - ¡Cómo no iban a asustarse por la sorpresa de lo que encontraban! - ¿Buscáis a Jesús, el Nazareno, el crucificado? No está aquí. Ha resucitado. Mirad el sitio donde lo pusieron’.
Se preocupaban de un cuerpo muerto que había que embalsamar debidamente porque en la tarde del viernes con las prisas de la pascua que comenzaba no lo hicieron como correspondía. Pero no estaba allí. Quienes iban sin esperanza ven renacer una luz en su corazón y su vida. ‘Ha resucitado’. Han de anunciarlo y ellas y los discípulos han de ponerse en camino. ‘Id a decir a sus discípulos y a Pedro: El va delante de vosotros a Galilea. Allí lo veréis, como os dijo’, es el anuncio y encargo que les hace el ángel.
¿A quién buscamos? ¿A quién hemos esperando en esta noche, en esta vigilia orante? ¿A un crucificado? A un crucificado que ahora vive. Ha resucitado y es el Señor. Ya de ahora en adelante no será simplemente el Maestro sino que ya para siempre lo proclamaremos el Señor. ‘Dios lo constituyó Señor y Mesías resucitándolo de entre los muerto por la gloria del Padre’, dirá Pedro en su primer discurso después de Pentecostés. Es el Señor queremos proclamar esta noche y para siempre con toda nuestra vida muy alto dando testimonio delante de los hombres. Es el Señor. Ha resucitado el Señor.
También nos ponemos en camino, porque queremos seguirle. Somos los discípulos que queremos correr a su encuentro. Tantas veces nos hemos llenado de dudas y nuestra esperanza también ha estado por los suelos. Pero queremos gritar bien fuerte esta noche. Que todo el mundo se entera de esta verdad para nosotros incuestionable. Ha resucitado el Señor y queremos resucitar con El.
Nos lo ha repetido san Pablo. Cristo ha resucitado y nosotros hemos de resucitar con El. Nuestra fe vuelve a llenarnos de vida, a hacerse viva, en la contemplación de Cristo resucitado. Nuestra esperanza renace de nuevo y pareciera que nuestra vida reverdece y se llena de flores en una nueva primavera. Que hermosos son los campos en la primavera cuando todo se llena de flores y de color. Ya no tiene que haber muerte en nosotros. Tenemos que llenarnos de vida y de vida para siempre con Cristo resucitado.
San Pablo nos ha hablado de que ‘si con Cristo hemos sido sepultados en su muerte, como Cristo fue resucitado de entre los muertos por la gloria de Dios Padre, así también nosotros andemos en una vida nueva’. Si en la tarde del viernes al contemplar a Cristo crucificado allí estábamos nosotros con nuestra muerte, con nuestra vida llena de muerte en nuestros sufrimientos, en nuestras angustias, en nuestro pecado, todo eso ‘ha quedado sepultado con Cristo para con Cristo renacer a una vida nueva.’
‘Nuestra vieja condición ha sido crucificada con Cristo, quedando destruida nuestra personalidad de pecadores… libres de la esclavitud del pecado… absueltos del pecado’. Somos el hombre nuevo de la gracia. Somos los resucitados con Cristo. Lejos de nosotros ya para siempre el pecado. Todo tiene que ser vida.
Por eso nuestra alegría esta noche. Todo tiene que ser fiesta. ¿No estará lleno de alegría y hará fiesta el esclavo que ve caer las cadenas de su esclavitud para ser libre para siempre? Así nosotros. Así tenemos que cantar nuestra alegría – y no me canso de repetirlo – porque Cristo ha resucitado y nos lleva con El también a la resurrección.
Nos ponemos nuevamente en camino – ese camino que habíamos dejado a causa de nuestro pecado – porque queremos seguirle y vivirle pero también queremos anunciarle a los hermanos. El ángel les encomienda a las mujeres que vayan a llevarle la noticia al grupo de los discípulos que aún se sienten en las tinieblas de la muerte porque no saben que Cristo ha resucitado.’Id y decir a Pedro y los discípulos…’ Han de ir a Galilea, aquella Galilea donde habían hecho la vida hasta entonces, y Jesús irá delante de ellos y allí se les dejará ver.
También nosotros tenemos que hacer el camino, ir a la Galilea donde hacemos nuestra vida y a la Galilea de nuestro mundo, para que todos los vean, lo reconozcan y crean en El. Esa humanidad que contemplábamos junto a la cruz de Jesús tan llena de muerte ha de conocer a Cristo resucitado. Hay esperanza para todos.
Nuestro mundo necesita esperanza y necesita vida. Muchos signos de muerte vemos a nuestro alrededor en una humanidad desorientada, llena de dolor y sufrimiento, agobiada por las angustias de cada día en las crisis y los problemas que padecemos, llena de muerte porque ha perdido la fe y en consecuencia la esperanza.
Y tenemos que decirle que sí, que hay esperanza, que es posible un mundo nuevo y distinto. Que Cristo está con nosotros vivo y quiere llenarnos de vida. Que le contemplábamos en la cruz solidario con nuestros sufrimientos y nuestros males y El quiere levantarnos de ese sepulcro de muerte en el que hemos metido nuestra vida. Que está señalándonos el camino. Un camino que no puede ser otro que el de el amor y la solidaridad. El amor nos redimió y el amor nos hace vencer toda esa muerte que amenaza a nuestro mundo.
Pero tenemos que ser nosotros, los que creemos en Cristo, los que esta noche cantamos a Cristo resucitado los primeros que vayamos dando ejemplo de amor y solidaridad. Si nos amamos es que resucitó, como decimos en un canto pascual. Es nuestro compromiso en esta fiesta grande de Cristo resucitado que estamos celebrando. Porque queremos que todos participen de esta fiesta y de esta alegría, nuestro anuncio tiene que ir desde el amor y con amor.
‘¿Buscáis a Jesús el crucificado?’ No está aquí en el sepulcro. Ha resucitado. Allí donde hay amor de verdad lo vamos a encontrar. Resucitemos con El. Hagamos resucitar a nuestro mundo. Aleluya.

viernes, 10 de abril de 2009

Se convirtió en causa de salvación eterna para todos


Is. 52, 13-53, 12;

Sal. 30;

Hebreos 4, 14-16; 5, 7-9;

Jn. 18, 1-19,42



‘¿A quien buscáis?’ Fue la pregunta con que Jesús les salió al paso en el huerto de los Olivos a quienes venían a prenderle.
‘¿A quién buscáis?’ Puede ser la pregunta que se nos haga, que nos hagamos, a los que venimos en esta tarde a esta celebración. ¿Qué es lo que buscamos o a quién buscamos?
La Iglesia hoy en su liturgia nos invita y nos dice: ‘Mirad el árbol de la cruz…’ La Cruz está hoy en el centro de toda nuestra celebración litúrgica. Hacia la cruz tenemos mirar sin miedo ni temor. Con todo lo que significa de pasión y de muerte. Pero con todo lo que significa para nosotros de vida y salvación.
‘Mirad el árbol de la cruz donde estuvo colgada la salvación del mundo’, termina diciéndonos la invitación litúrgica. Miramos a la cruz porque miramos al que en ella estuvo clavado. No nos quedamos simplemente en el madero. Miramos a la cruz porque miramos a quien es nuestra salvación. Eso lo sabemos ya por nuestra fe.
Pero con lo primero que tropiezan nuestros ojos cuando miramos a la cruz es con dolor y muerte. ‘Muchos se espantarán de él, porque desfigurado no parecía hombre, ni tenía aspecto humano… lo vimos sin aspecto atrayente, despreciado y evitado de los hombres… como un hombre de dolores ante el cual se vuelven los rostros…’ No puede tener otro aspecto quien ha pasado por todo el tormento de lo que fue la pasión que sufrió Jesús en su camino hasta llegar a ser clavado en la cruz. ‘Soy la burla de todos mis enemigos, la irrisión de mis vecinos, el espanto de mis conocidos: me ven por la calle y escapan de mí…’ que rezamos en el salmo.
Hay gente que no le gusta mirar a la cruz. ¿Le repugna o le tienen miedo? Recuerdo en una ocasión que una madre quería evitar hablar a su niño pequeño del dolor de Cristo crucificado porque decía que eran imágenes crueles que podían herir la sensibilidad de su hijo. No entro ni salgo en los criterios de aquella madre en la educación de su hijo. Pero ¿no será el reflejo de lo que en el fondo nos sucede a nosotros porque no queremos reconocer la parte que tenemos o podemos tener en esos sufrimientos de Jesús en la cruz?
El profeta nos ha dicho en el cántico del Siervo de Yavé: ‘El soportó nuestros sufrimientos y aguantó nuestros dolores; nosotros lo estimamos leproso, herido de Dios y humillado; pero él fue traspasado por nuestras rebeliones, triturado por nuestros crímenes… el Señor cargó sobre él todos nuestros crímenes…’
Allí en la cruz de Jesús está nuestra vida: la vida, el dolor, el sufrimiento de toda la humanidad. Está nuestro pecado que El quiere expiar y del que quiere liberarnos. Pero está el dolor y el sufrimiento de todos los hombres, del que El quiere hacerse solidario. ‘Porque expuso su vida a la muerte y fue contado entre los pecadores, y él tomó el pecado de muchos e intercedió por los pecadores’.
Pero, ¿en la raíz de todo ese dolor y sufrimiento de toda la humanidad no estará también nuestro pecado? Es nuestra maldad, nuestra injusticia o nuestra insolidaridad, nuestros egoísmos y nuestros orgullos que discriminan, que nos hacen insensibles, que nos aíslan porque no queremos saber del dolor de los otros.
Pero Cristo se hace solidarios con todos. Cristo quiere que cuando le miremos a El traspasado en la Cruz por el sufrimiento aprendamos a mirar el sufrimiento, la soledad, la angustia de los demás para que también los hagamos nuestros. Cristo solo, clavado en lo alto de la cruz entre el cielo y la tierra quiere tenernos junto a sí con nuestros dolores, sufrimientos, soledades, angustias pero también con nuestro pecado. Ahí quiere El salvarnos, liberarnos de todo ese mal que llevamos dentro de nosotros, hacernos un hombre nuevo lleno de vida y llenos de un amor nuevo porque nos dignifica, porque dignifica también a toda la humanidad con su salvación ganada en la cruz. ‘Llevado a la consumación se ha convertido en autor de salvación eterna’.
Miramos el árbol de la cruz y ya no nos repugna tanto porque al mirar a Cristo nos vemos a nosotros, nos reconocemos a nosotros.
Miramos el árbol de la cruz y ya vislumbramos vida y salvación que es lo que Cristo nos ganó, nos regaló al derramar su sangre, al dar su vida por nosotros.
Miramos al árbol de la cruz y a su sombra queremos acogernos para que su sangre caiga sobre nosotros, cure nuestras heridas, lave nuestras manchas, nos redima de nuestros pecados, siembre en nosotros la vida nueva de la gracia.
Quedémonos hoy contemplando en silencio la Cruz y a Cristo clavado en ella. Veamos en su muerte la semilla de la vida y de la resurrección. Es el grano de trigo que cae en tierra y muere, pero muere para que resurja la vida. Muere Cristo para danos vida, para darnos su salvación.
Es un día hoy para quedarnos a la sombra de la cruz, sentados junto a la entrada del sepulcro en la espera de la resurrección. Es lo que la iglesia quiere que hagamos desde que termina esta tarde la celebración de la muerte de Cristo hasta que en la madrugada del día primero resucite la vida, resucite Cristo glorioso saliendo victorioso del sepulcro. Es la esperanza que queda en nuestro corazón tras la contemplación de la cruz de cristo y de la celebración de su muerte.
‘¿A quién buscáis?’ ¿A quién buscamos? ‘A Jesús Nazareno’, el crucificado, el que en la mañana del domingo ya no encontraremos en el sepulcro porque ha resucitado, como le dirán los ángeles a las mujeres que irán muy de mañana al sepulcro. Porque es el Señor. Porque es el Hijo de Dios . Porque es nuestra vida y salvación.

jueves, 9 de abril de 2009

El signo (sacramento) del amor más grande


Ex. 12, 1-8.11-14; Sal. 115; 1Cor. 11, 23-26; Jn. 13, 1-15

Hay momentos que se viven con una especial intensidad, en los que se manifiestan los sentimientos más profundos del corazón y donde sale a flote aquello que llevamos en lo más profundo de nuestra vida y que ha sido como el motor, la motivación más honda de nuestro actuar y nuestro existir. Son momentos de entrega sin límites, donde nada se reserva uno para sí mismo, sino que todo es la donación más grande e intensa de nuestro ser.
Así podemos ver y palpar hoy lo que sucedía en aquella especial cena pascual en aquella memorable tarde de Jerusalén. Momentos de mucha intensidad, de mucho amor. ‘He deseado enormemente comer esta pascua con vosotros’, les dice Jesús según nos cuenta san Lucas, ‘porque les aseguro que ya no la volveré a celebrar hasta que sea la nueva y eterna Pascua en el Reino de Dios’.
Y así era. Comenzaba una nueva Pascua. La definitiva y eterna. El Reino nuevo anunciado por Jesús llegaba a su momento culminante con la entrega de Jesús. Por eso sucedieron tantas cosas en aquella cena pascual. No era ya la celebración de la pascua de la salida y liberación de Egipto, aunque ese era el rito en medio del cual se estaba celebrando aquella cena. Algo nuevo estaba comenzando. Había llegado la Hora. La hora del amor, la hora de la entrega sin límites. ‘Habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo…’
Era el día del amor y parecía que había prisa para manifestar todo lo que era ese amor. Los gestos y los signos se van sucediendo. Todo era una manifestación de amor. Un amor que quedaba allí palpable y visible de muchas formas para que nosotros aprendiéramos a amar, para que nosotros comenzáramos a amar de la misma manera. Será el amor que es nuestro distintivo: ‘en eso conocerán que sois discípulos míos’, había dicho Jesús. Será el amor nuevo que tiene que expresar nuestra fe y nuestra entrega. Será el amor nuevo que manifiesta que nosotros hemos entrado ya de una vez para siempre en la órbita del Reino eterno de Dios. Es el amor de la Alianza nueva y eterna del Cuerpo entregado y de la Sangre derramada.
Se quita el manto y se ciñe la toalla, Jesús comienza a lavar los pies de los discípulos. Asombro, sorpresa. El Maestro está a los pies de los discípulos en el oficio de los esclavos, lavar los pies a los huéspedes e invitados que se sientan a la mesa. ‘No me lavarás los pies tú a mí’ porque tú no eres mi esclavo sino el Maestro y el Señor, se atreve a oponerse Pedro. ‘No tendrás parte conmigo… ya lo entenderás más tarde’, le dice Jesús.
‘¿Comprendéis lo que he hecho con vosotros?’ ¿recordáis lo que os decía cuando os peleabais por los primeros puestos? ‘Si yo el Maestro y el Señor – así me llamáis, ¿no? – os he lavado los pies…’ ya sabéis lo que tenéis que hacer, ‘tambien vosotros debéis lavaros los pies los unos a los otros’.
Es una forma concreta y hasta plástica de decirnos y enseñarnos cuál sería su principal mandamiento, tan principal que sería nuestro distintivo: ‘Os doy un mandamiento nuevo: que os améis los unos a los otros como yo os he amado’.
Es el día del amor. Esto no ha hecho sino comenzar. Llegará a su plenitud cuando mañana le veamos en lo alto de la cruz. Pero antes quiere dejarnos el gran signo de su entrega, sacramento de su presencia y de su redención para siempre, sacramento que es vida para nosotros y que alimentará nuestra fe, y que tenemos que repetir en memoria suya a través de los siglos, que será el memorial permanente de su pasión, muerte y resurrección.
Nos lo cuenta hoy san Pablo como una tradición que él a su vez también ha recibido. ‘En la noche en que lo iban a entregar…' Dentro de poco en Getssemaní se iba a consumar esa entrega. Pero El quiere decirnos que no lo entregan sino que El se entrega. Nos dará su Pan que es su Cuerpo entregado. Nos dará la Copa que será la Copa de la Alianza nueva y eterna en su Sangre derramada. ‘Esto es mi Cuerpo que se entrega por vosotros… éste es el Cáliz de la Nueva Alianza sellada con mi Sangre… cada vez que lo comáis… cada vez que lo bebáis, hacedlo en memoria mía’. Por eso, cada vez que comemos de este Pan y bebemos de este Cáliz anunciamos la muerte del Señor hasta que vuelva.
Es el día del amor, de la entrega, de la Eucaristía, del Sacerdocio de la Nueva Alianza. Son momentos de especial intensidad para nosotros también. Cristo está aquí en medio nuestro en su entrega y en su amor. Es el memorial de nuestra redención. Aquí se está actualizando, haciendo presente en esta tarde todo el Misterio de la Redención de Cristo.
Aquí estamos sintiéndonos nosotros también rebosantes de amor. Nos contagiamos de su amor. Nos dejamos empapar e inundar por su amor. Queremos también nosotros comenzar a amar con un amor nuevo. No perdamos la intensidad de lo que estamos viviendo y que crezca más y más nuestro amor.
El Sacerdote se postrará en el suelo para repetir el gesto de Jesús de lavar los pies. Es Cristo mismo que está entre nosotros. No es sólo el sacerdote, somos nosotros, todos, los que tenemos también que abajarnos, postrarnos para comenzar a amar con un amor como el de Jesús. Es nuestro compromiso de amor nuevo. Es lo que tiene que ser nuestra vida de ahora en adelante. Tenemos tanta oportunidad de hacerlo cada día. No nos quedemos sentados e insensibles ante el hermano que pasa a nuestro lado. Ciñámonos también la toalla del servicio y del amor. Jesús nos ha dado ejemplo. ¿Qué vamos a hacer nosotros?

miércoles, 8 de abril de 2009

Decir al abatido una palabra de aliento

Is. 50, 4-9
Sal. 68
Mt. 26, 14-25
‘El Señor me ha dado una lengua de iniciado para saber decirle al abatido una palabra de aliento. Cada mañana me espabila el oído, para que escuche como los iniciados…’
Dios capacita al siervo de Yavé para su misión de consolador de los afligidos. Saber escuchar y saber decir una palabra de aliento. Una hermosa sabiduría. Repartir esperanza, ser consuelo para los que sufren, tener la palabra de ánimo oportuna, saber hacernos todo oídos para el que sufre… hermosa tarea. Hermoso corazón.
No es fácil a veces aprender esta sabiduría. Por eso habla de iniciado, de los que están entrenados para saber escuchar, para saber decir la palabra sabia, consoladora y oportuna en cada momento. Decíamos antes hermoso corazón el de quien sabe hacerlo. Sólo sabrán hacerlo los que tienen un gran corazón, un corazón compasivo y misericordioso, un corazón hecho de amor.
¿Quién mejor puede consolar al afligido que aquel que ha padecido en su carne esos mismos sufrimientos? El que sabe lo que es el dolor y el sufrimiento, porque lo ha pasado en su carne, en su vida es el que mejor preparado está para consolar, para escuchar, para dar esperanza. Quien en su sufrimiento se ha visto consolado, ha aprendido también la lección para aprender a su vez a consolar al otro.
Cristo es el Pontífice compasivo y fiel, porque, dice la Escritura, aprendió, sufriendo, a obedecer. Cargó sobre sí nuestros crímenes y pecados que lo hicieron pasar por el sufrimiento de la pasión, de la cruz y de la muerte. Es el que mejor puede consolarnos, animarnos, decirnos una palabra de vida y llenarnos de vida.
Nos lo dice el cántico del siervo de Yavé proclamado hoy que es una hermosa descripción de la pasión de Cristo. ‘El Señor Dios me ha abierto el oído y yo no me he rebelado ni me he echado atrás. Ofrecí la espalda a los que golpeaban, la mejilla a los que mesaban mi barba. No oculté el rostro a insultos y salivazos…’ ¿No es eso una descripción de la pasión tal como luego nos la narrarían los evangelistas?
Lo anunciado por el profeta refiriéndose al siervo de Yavé lo vemos totalmente realizado y cumplido en Cristo. También nos lo describe el salmo 68 y otros salmos. Es el maldito que nadie quiere reconocer. ‘Soy un extraño para mis hermanos, un extranjero para los hijos de mi madre… las afrentas con te afrentan caen sobre mí… me destroza el corazón y desfallezco… en mi comida me echaron hiel, para mi sed me dieron vinagre…’
Es lo que contemplamos en la pasión de Cristo. El que mojaba en el mismo plato con El sería quien le traicionaría por treinta monedas; más tarde los discípulos lo abandonaron y huyeron; Pedro le niega en el patio del pontífice; los que le habían aclamado con hosannas, ahora gritarán crucifícale; se reparten y echan a suerte su túnica los soldados que le crucifican; ante sus gritos en la cruz le acercaron un hisopo empapado en vinagre… Podríamos seguir recogiendo y recordando distintos momentos de su pasión.
Pero vuelve a aparecer la confianza en el Señor. ‘Mi Señor me ayudaba, por eso no quedaba confundido, por eso ofrecí el rostro como pedernal, y sé que no quedaré avergonzado… tengo cerca de mi abogado… mi Señor me ayuda ¿quién probará que soy culpable?...’ decía el profeta. ‘El Señor escucha a sus pobres, no desprecia a sus cautivos…’, rezamos también con el salmo.
Le contemplamos en la cruz, en su pasión, pero le veremos triunfa y vencedor en la resurrección. Es el Señor.

martes, 7 de abril de 2009

Mi salario lo tenía mi Dios

Is. 49, 1-6
Sal. 70
Jn. 13, 211-33.36-38

La profecía de Isaías que sigue presentando al Siervo de Yavé nos habla de la misión del propio profeta, mientras nos hace al mismo tiempo el anuncio mesiánico de Jesús como nuestro Salvador, pero nos señala también la misión que Dios nos ha encomendado.
‘Estaba en el vientre materno y el Señor me llamó en las entrañas maternas y pronunció mi nombre…’, hemos escuchado. Es el Señor el que llama. La misión del profeta no la asume por sí mismo sino por esa llamada del Señor. Algo que vemos repetido en los profetas y muchas veces casi con estas mismas palabras.
Recordamos la respuesta del profeta Amós cuando era rechazado por el sacerdote del santuario real de Betel y le mandaba que fuera a profetizar a otro sitio porque no le agradaba lo que le decía el profeta. ‘Yo solamente era pastor de vacas y cultivador de higos pero el Señor me llamó y me encargó que hablara a Israel’.
No siempre le fue fácil el cumplimiento de su misión al profeta y hay momentos en que siente la soledad en el cumplimiento de su misión. ‘En vano me he cansado, en viento y en nada he gastado mis fuerzas, pero en realidad mi derecho lo llevaba el Señor, mi salario lo tenía mi Dios’.
Por encima de todo desaliento está la confianza en el Señor. El es nuestra fortaleza. Por eso seguirá siendo fiel a su misión. ‘Y ahora habla el Señor, que desde el vientre me formó siervo suyo para que le trajera a Jacob, para que le reuniera a Israel; tanto me honró el Señor y mi Dios fue mi fuerza…’
Pero decíamos que la profecía es anuncio mesiánico que vemos realizado y cumplido en Cristo. Así lo anunció el ángel a María antes de su concepción dándole el nombre de ‘Jesús, porque el salvará al pueblo de sus pecados’. Es la misión y la obra de Jesús. Es la redención que le estamos contemplando realizar en las celebraciones de estos días. Fue todo su camino en el evangelio y es por lo que ahora le vemos en lo más alto de la cruz.
También dirá, en el mismo sentido del profeta que hemos comentado, ‘Padre que pase de mi este cáliz, pero no se haga mi voluntad sino la tuya… que para esto he venido, para hacer tu voluntad…’ Pero no faltará también el grito desgarrador de la Cruz: ‘Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?’ Pero bien sabemos que terminará poniendo su vida en las manos del Padre. ‘Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu’.
Pero decíamos también que es la misión que Dios nos ha encomendado. Todos tenemos una vocación. Todos hemos sido llamados ya desde el seno de nuestra madre, como decía el profeta, a una vocación y a una misión. Y allí donde estamos nos toca también dar nuestro testimonio. Claro que sentimos igualmente la tentación del cansancio y del desánimo, como le sucedía al profeta, como la pasó Jesús en Getsemaní, y muchas veces queremos tirar la toalla para abandonar, porque nos supera muchas veces la misión y nos falta la fuerza. Pero el Señor es nuestra fuerza y nuestro premio, como decía el profeta.

lunes, 6 de abril de 2009

Sobre El he puesto mi Espíritu para que traiga el derecho a las naciones

Is. 42, 1-7
Sal. 26
Jn. 12, 1-11

En esta semana se pasión en las diversas celebraciones escuchamos los llamados cantos del Siervo de Yavé. Así fue la primera lectura del domingo que se repetirá en parte el miércoles santo, y también la primera del lunes y martes santo, como la que vamos a escuchar el viernes santo. Nos vamos a referir en el comentario de manera especial en estos días a estos cánticos del siervo de Yavé.
Esa expresión del siervo de Yavé que puede referirse en una primera lectura al propio pueblo de Dios escogido y amado de Dios, pero que tiene connotaciones mesiánicas y sobre todo en referencia en muchos de sus textos con la pasión de Jesús.
‘Mirad a mi siervo, a quien sostengo; mi elegido, a quien prefiero… sobre él he puesto mi espíritu, para que traiga el derecho a las naciones…’ hemos escuchado hoy. Si recordamos bien hay una referencia clara al texto también de Isaías que Jesús leyó en su aparición pública en la sinagoga de Nazaret. ‘El Espíritu del Señor está sobre mí, porque El me ha ungido y me ha enviado…’ escuchamos en aquella ocasión. El ungido del Señor, Mesías de Dios, que estaba lleno del Espíritu del Señor.
Pero también podemos recordar por una parte la teofanía del Bautismo de Jesús en el Jordán, de la misma manera que la del Tabor. En una y otra se escuchó la voz del Padre que desde el cielo le señalaba: ‘Este es mi Hijo amado, mi predilecto…’
Es el Ungido del Espíritu – el evangelio nos ha hablado también de la unción de Betania, que como dice Jesús se ha adelantado a la unción para la sepultura – que es enviado como mensajero de paz y de justicia. ‘Sobre él he puesto mi espíritu para que traiga el derecho a las naciones…’ Pero también anunciaba el profeta: ‘No gritará, no clamará, no voceará por las calles… hará implantar el derecho en la tierra y sus leyes que esperan las islas…’ Clara referencia a su mensaje de paz y de justicia.
Traer el derecho significa también traernos la revelación de Dios y la salvación. El viene a anunciarnos el camino del amor como la única ley para nuestra vida. ‘Un mandamiento nuevo os doy: que os améis los unos a los otros como yo os he amado…’ nos dejará dicho Jesús en la última cena.
Es el siervo de Yavé que se presenta humilde y pobre, lleno de mansedumbre y de humildad. Por eso nos dirá Jesús en el evangelio: ‘Venid a mí todos los cansados y agobiados y encontraréis vuestro descanso; aprended de mí que soy manso y humilde de corazón…’ Viene en la mansedumbre y en la humildad pero viene con la firmeza del que se sabe enviado del Padre para señalarnos el único camino que nos lleva a la vida y a la salvación.
Se manifiesta en el amor y es una alianza de amor la que quiere establecer. ‘Yo, el Señor, te he llamado con justicia, te he cogido de la mano, te he formado y te he hecho, alianza de un pueblo, luz de las naciones…’¿No ha venido El ha establecer la nueva y definitiva Alianza en su sangre? ‘Esta es mi sangre derramada por vosotros’, nos dirá en la institución de la Eucaristía. ‘Sangre de la Alianza nueva y eterna…’
Es así como lo vamos a contemplar en estos días de pasión. Lo contemplaremos en su pasión y en su muerte en la cruz, en su entrega hasta derramar su sangre, hasta darnos vida, para hacer la alianza nueva, para establecer el nuevo pueblo de Dios, el pueblo de la Nueva Alianza.
Muchas son las señales que hemos ido descubriendo a través de todo el evangelio de ese nuevo pueblo liberado y lleno de luz que quiere constituir. Los milagros que hace son signos y señales de lo que en verdad quiere hacer con nosotros como son señales que nos da de que El es nuestro único Salvador, el único Mesías que habíamos de esperar. ‘Id y contad a Juan lo que habéis visto y oído: los ciegos ven, los cojos andan, a los pobres se les anuncia la Buena Noticia…’ les dice a los enviados de Juan. ‘Te he hecho alianza de un pueblo, luz de las naciones… para que abras los ojos de los ciegos, saques a los cautivos de la prisión y de la mazmorra a los que habitan en tinieblas…’ Que tendríamos que recordar el año de gracia del Señor, que El anuncia en la sinagoga de Nazaret.
Ese siervo de Yavé es Jesús nuestro salvador, a quien vamos a contemplar derramando su sangre, entregando su vida, amándonos hasta el final.