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domingo, 8 de noviembre de 2015

Autenticidad y generosidad en el amor y en el compartir para merecer la bienaventuranza del Señor

Autenticidad y generosidad en el amor y en el compartir para merecer la bienaventuranza del Señor

1Reyes 17, 10-16; Sal. 145; Hebreos 9, 24-28; Marcos I2, 38-44
‘Yo aprendí a DAR, no porque tenga mucho, sino porque sé lo que no es tener NADA’. Hace unos días me encontré con este hermoso mensaje en internet y lo he querido traer hoy aquí al comienzo de esta reflexión porque realmente es lo que vemos reflejado en el evangelio y podría llevarnos a hermosos compromisos.
Jesús estaba sentado frente a la puerta de entrada del templo e iba observando a cuantos entraban en él. Por allí andan los maestros de la ley, los fariseos, los que se creían principales con sus amplios ropajes, con sus gestos portentosos, con sus ofrendas bien sonadas en el cepillo del templo para que todos se dieran cuenta de lo generosos que eran. Entran también los pobres, la gente sencilla que no se hace notar y que calladamente van dejando también sus ofrendas. Qué diferencias y qué distancias entre los humildes y sencillos y aquellos que tienen lleno su corazón de orgullo.
‘¡Cuidado con los escribas! Les encanta pasearse con amplio ropaje y que les hagan reverencias en la plaza, buscando los asientos de honor en las sinagogas y los primeros puestos en los banquetes, y devoran los bienes de las viudas, con pretexto de largos rezos. Recibirán una sentencia más rigurosa’. Cuanto nos puede estar señalando Jesús con estas palabras sobre nuestras posturas y actitudes en la vida.
Por allí entra una mujer pobre, una viuda que nada tiene y que pasará desapercibida a los ojos de las gentes. Pero Jesús que está siempre cerca de los pequeños y de los humildes se fijará en aquella mujer que deposita en el arca de las ofrendas los dos reales que tenía para vivir. Jesús quiere resaltar aquel gesto que pasaría desapercibido. ‘Os aseguro que esa pobre viuda ha echado en el arca de las ofrendas más que nadie… ésta que pasa necesidad he echado todo lo que tenía para vivir’.
Merece la bienaventuranza de Jesús. ‘Dichosos los pobres, de ellos es el Reino de los cielos’. Jesús había pedido al joven rico que vendiera todo lo que tenia y diera el dinero a los pobres para tener un tesoro el cielo. Pero tenía mucho y no entendía lo que es desprenderse de todo. ‘Se marchó pesaroso’, había comentado el evangelista en aquella ocasión. Esta mujer no tiene nada, pasa necesidad y todo lo da. ‘Aprendí a dar, no porque tengo mucho, sino porque sé lo que es no tener nada’, como recordábamos al principio.
Iban al templo a dar culto a Dios. Las ofrendas eran un signo de nuestro reconocimiento profundo de que todo nos viene de Dios y para Dios es lo primero y lo mejor. Así estaba el mandamiento de los diezmos y primicias. Pero si para Dios es lo primero y lo mejor, lo primero que tenemos que ofrecer al Señor es nuestro corazón. No son ofrendas externas las que Dios nos pide, aunque nos cueste mucho sacrificio desprendernos de ellas. Ya la ofrenda tiene también ese sentido de sacrificio, algo que sacrificio, que ofrendo al Señor. Pero es nuestro corazón desde lo más hondo de nosotros mismos lo que tenemos que ofrecer al Señor.
Quizá se contentaban con sus limosnas en las que quizá simplemente se desprendían de lo que les sobraba, pero en el fondo de su corazón sus vidas estaban lejos de Dios. Lejos de Dios estamos cuando no hay verdadero amor en nuestro corazón; lejos de Dios estamos cuando no sentimos el sufrimiento de los demás como nuestro también; lejos de Dios estamos cuando nos encerramos en nosotros mismos, en nuestros intereses, en nuestras cosas y vivimos poniendo murallas entre nosotros y los que están a nuestro lado haciendo el mismo camino de la vida; lejos de Dios estamos cuando no sabemos tener una mirada de amor y de ternura para fijarnos en el hermano que está a nuestro lado, para tenerle en cuenta y para valorarle, para tenderle una mano en su necesidad, o para compartir su dolor y sus lágrimas cuando quizá no podemos hacer más.
Ese el culto que Dios quiere que le demos. Un corazón lleno de misericordia, un corazón rebosando de amor, un corazón generoso que pone toda su confianza en Dios. Es el verdadero culto que aquella mujer estaba dando a Dios desde su pobreza. Su confianza estaba en el Señor; en las manos de Dios ponía su vida, sabiendo que podía confiar en El. Por eso es capaz de desprenderse de todo y quedarse sin nada porque sabe que Dios es su socorro y su fortaleza. Y los que confían en Dios nunca se verán defraudados.
Lo hemos escuchado en el caso de la viuda de Sarepta que nada tenía y se fió de la palabra del profeta, de la palabra del hombre de Dios. Hizo como le había pedido Elías y ni la orza de harina se vació, ni la alcuza de aceite se agotó.
¿Qué nos pide el Señor hoy después de escuchar su Palabra? Primero, una autenticidad en nuestra vida; no podemos hacer las cosas por las apariencias, para que los otros vean y me consideren bueno. Que no sepa tu mano izquierda lo que hace la derecha, nos enseñaba Jesús en otro momento del evangelio. Lo que hacemos tiene que salir desde lo  hondo del corazón poniendo todo nuestro amor para que tenga el sello de la autenticidad.
Y por otra parte esa generosidad de nuestro corazón, no tanto para ofrecer cosas a Dios, sino para ofrecerle auténticamente nuestro corazón y nuestra vida. ¿Qué eso significa desprendernos de todo para saber lo que es no tener nada y aprender a ser más solidario con los demás? Cuando aprendamos a vivir de una manera austera como viven los que nada tienen nuestro corazón se volverá más generoso y seremos capaces de desprendernos de todo por los demás.
Es la gloria del Señor, es el culto que hemos de darle a Dios.

sábado, 7 de noviembre de 2015

Los pequeños detalles de amor a los que están a nuestro lado signos de un estilo de vida y de nuestra fidelidad al Señor

Los pequeños detalles de amor a los que están a nuestro lado signos de un estilo de vida y de nuestra fidelidad al Señor

Romanos 16,3-9.16.22-27; Sal 144; Lucas 16,9-15
Jesús está rodeado de fariseos; entre todas aquellas gentes que le siguen, que van a escucharle, o que le llevan a sus enfermos para que Jesús los cure también hay fariseos. Quizá alguno con sinceridad, no vamos a negarlo porque tenemos el caso de Nicodemo, un magistrado judío, que va de noche a casa de Jesús porque quiere hablar con Él, pero sabemos bien que también había muchos que iban para acecharle, para ver lo que Jesús hacia o decía y ellos pasarlo por la criba de sus estrictos criterios para ver si Jesús hacía o decía algo contra la Ley. Nos lo repite muchas veces el evangelio que estaban al acecho.
Y hago referencia a que Jesús estaba rodeado de fariseos - además en el mismo texto aparecerá su presencia con la reacción a las palabras de Jesús - pero para constatar cuál era su manera de actuar. Minuciosos, como decían ellos, en el cumplimiento de la ley pero llenos de vanidades y superficialidad para simplemente aparentar que eran cumplidores pero saltándose el sentido más profundo de la ley del Señor. Como les echará en cara Jesús pagarán el diezmo por el comino y la hierbabuena olvidándose luego de lo más importante y profundo de la Ley. Por eso, como escuchamos en otras ocasiones, Jesús los llamará sepulcros blanqueados e hipócritas por su falsedad y por su vanidad.
Jesús les echa en cara su minuciosidad y sin embargo hoy escuchamos decir a Jesús que hay que ser fiel hasta en lo más pequeño y nos parezca menos importante. No hay contradicción. Una cosa es quedarnos en el cumplimiento de cosas superficiales por vanidad y ostentación y otra cosa es que no seamos fieles a lo que es la voluntad del Señor. La fidelidad se mantiene no solo en las cosas grandes, sino que se construye desde las cosas pequeñas de cada día. ‘El que es de fiar en lo menudo, también en lo importante es de fiar; el que no es honrado en lo menudo, tampoco en lo importante es honrado. Si no fuisteis de fiar en el vil dinero, ¿quién os confiará lo que vale de veras?’
Pero esa fidelidad está en saber valorar y saber poner en su sitio cada cosa. Por eso hablando del dinero nos dirá Jesús que no lo podemos convertir en un ídolo de nuestra vida. Y vaya que sí es una tentación que sufrimos todos. Por aquello de que en nuestras relaciones de intercambio entre unos y otros lo necesitamos, luego nos sentimos tan agobiados que terminamos convirtiéndonos en sus esclavos. Y es de lo que Jesús quiere prevenirnos.
‘Ningún siervo puede servir a dos amos: porque o bien aborrecerá a uno y amará al otro, o bien se dedicará al primero y no hará caso del segundo. No podéis servir a Dios y al dinero’. Así nos dice Jesús en este texto que tendríamos que meditar muy bien.
Pero por allá andan los fariseos ‘amigos del dinero’, como dice el evangelista, y se burlaban de Jesús. No quieren entender las palabras de Jesús. Siguen ellos con sus apariencias y superficialidades. Les cuesta ahondar de verdad en lo que verdaderamente es la voluntad de Dios para nuestra vida. De ahí la sentencia con que termina Jesús: ‘Vosotros presumís de observantes delante de la gente, pero Dios os conoce por dentro. La arrogancia con los hombres, Dios la detesta’.
Cuidémonos de las apariencias que son una falsedad, una falta de autenticidad en la vida, pero cuidemos nuestra fidelidad de cada día a lo que es la voluntad del Señor. Esa fidelidad de las cosas pequeñas que no quedará sin recompensa, como nos dice Jesús que no quedará sin recompensa un vaso de agua que demos al sediento. Tenemos oportunidad de expresar esa fidelidad de los pequeños detalles en tantos gestos y signos de amor, por ejemplo, que cada día podemos tener con los demás. Y aquí podríamos pensar en tantas cosas que tendrían que convertirse en estilo de nuestra vida en el trato y en la relación con los demás. Tantos pequeños signos y detalles con los que podemos alegrar el corazón de los demás. 

viernes, 6 de noviembre de 2015

Busquemos lo que verdaderamente es esencial para poder alcanzar la vida eterna que Jesús promete a los que son fieles

Busquemos lo que verdaderamente es esencial para poder alcanzar la vida eterna que Jesús promete a los que son fieles

Romanos 15,14-21; Sal 97; Lucas 16,1-8
‘Pues los que pertenecen a este mundo son más hábiles en sus negocios que los que pertenecen a la luz’. Así concluía Jesús la parábola dejándonos como resumen de su mensaje.
Efectivamente, qué hábiles somos para los negocios de este mundo. Se agudiza nuestro ingenio, buscamos tiempo donde lo haya, nos afanamos, andamos preocupados dándole vueltas a las cosas, pero queremos que todo nos salga bien. Si estamos emprendiendo negocios de los que queremos sacar nuestras ganancias buscamos quien nos asesore, analizamos bien las cosas porque no queremos perder. Si es en otras responsabilidades humanas que tengamos tratamos de aseguramos bien de lo que queremos y nos lo pensamos mucho. Hábiles en los negocios de este mundo, como nos decía Jesús. Y, por supuesto, hemos de reconocer que andemos con responsabilidad y nos aseguremos bien el fruto de nuestros trabajos.
Pero, ¿es en eso solo en lo que nos afanamos? ¿solo lo material es lo que cuenta? ¿nos importan solamente esas ganancias materiales o económicas, o de prestigio o influencia, o del poder que podamos alcanzar? ¿no habría algo más de lo que tendríamos que preocuparnos?
Creo que en el fondo la parábola que nos propone Jesús a eso nos quiere conducir, a que nos hagamos preguntas sobre cuestiones fundamentales de nuestra vida de lo que nos hemos de preocupar o por las que hemos de luchar también. No es solo lo material o lo que podamos palpar con nuestras manos de lo que hemos de preocuparnos. Como personas somos algo más. Como creyentes tendríamos que pensar en el negocio fundamental de nuestra vida que es nuestra salvación. De eso casi no queremos hablar, son cosas que parece que no interesan, aunque nos llamemos cristianos y decimos que tenemos fe.
Es la importancia que le hemos de dar al evangelio. Son las actitudes creyentes que hemos de mantener en nuestra vida. Es el lugar que Dios ocupa en nuestra existencia. Es la trascendencia que hemos de saberle dar a nuestra vida. Es la salvación que Jesús ha venido a ofrecernos y la vida eterna que El nos promete. Es el Reino nuevo de Dios que Jesús nos ha anunciado y que si decimos que seguimos a Jesús porque creemos en El, hemos de estar comprometidos en su construcción.
Cuando aquel hombre de la parábola vio que iba a ser relegado de la administración buscó lo que fuera para no quedarse sin nada en la nueva etapa de su vida que se abría ante él. No es que nosotros tengamos que obrar de forma injusta como quiso hacer aquel hombre para asegurarse su futuro, sino que hemos de saber buscar bien lo que verdaderamente es importante en nuestra vida por lo que tendríamos que ser capaces de dejarlo todo. Jesús nos propone una situación límite en el actuar injusto de aquel hombre incluso para hacernos recapacitar en cómo hemos de saber buscar lo que verdaderamente es importante en nuestra vida.
Aunque tengamos que hacer renuncias a muchas cosas, porque lo que importa es esa salvación eterna. Estos días hemos escuchado a Jesús que nos hablaba de negarse a si mismo, de poner en segundo término cosas incluso que son buenas, o de ser capaz de renunciar a los bienes materiales por alcanzar el tesoro del cielo.
Somos los hijos de la luz y esa luz siempre hemos de buscarla y mantenerla encendida en nuestra vida. Que no se nos apague nunca nuestra fe, que mantengamos viva la esperanza de vida eterna que el Señor nos promete.

jueves, 5 de noviembre de 2015

Que sepamos pasar de las actitudes orgullosas del menosprecio a la acogida llena de amor para caminar juntos sintiendo el amor de Dios en nosotros

Que sepamos pasar de las actitudes orgullosas del menosprecio a la acogida llena de amor para caminar juntos sintiendo el amor de Dios en nosotros

Romanos 14, 7- 12; Sal 26; Lucas 15, 1-10

‘Se acercaban a Jesús los publicanos y los pecadores a escucharlo; por lo cual los fariseos y los escribas murmuraban entre sí: Este recibe a los pecadores y come con ellos’. Qué difícil para un corazón lleno de orgullo ser compasivo y misericordioso con los demás. El corazón orgulloso todo se lo sabe y se lo merece; el corazón orgulloso es incapaz de verse a si mismo en el prójimo que está a su lado; el corazón orgulloso se cree un intocable porque cree que todo lo puede manchar sin darse cuenta de la miseria que lleva en su interior.
Qué distinto se nos muestra el corazón de Cristo que a todos acoge, a todos ofrece su compasión y su misericordia, más aún está siempre rondándonos, buscando nuestro corazón dolorido para sanarlo con su amor. Es el corazón de Dios, el Dios compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en perdón, como tantas veces rezamos con los salmos.
Ante la actitud orgullosa y de menosprecio de los fariseos y los escribas que lo único que saben es criticar y juzgar Jesús nos ofrece dos hermosas parábolas. El pastor que va a buscar la oveja perdida allá donde esté para traerla gozoso sobre sus hombros cuando la ha encontrado, para curarla y llevarla de nuevo al redil, y la mujer que busca y rebusca por todas partes buscando la moneda que se le había perdido. Pero Jesús además nos habla de alegría por el reencuentro, alegría en el pastor al encontrar la oveja perdida y alegría en la mujer al encontrar la moneda que se le había extraviado; pero es una alegría expansiva, una alegría que se comunica a los demás para que todos participen de ella.
Mucho nos enseña Jesús con estas parábolas. Primero para nosotros mismos que nos sentimos perdidos, porque nos sentimos pecadores la confianza de que el amor del Señor nunca nos fallará; podremos estar en lo más hondo de nuestras miserias, pero el amor del Señor siempre se estará derramando sobre nosotros y con qué confianza podemos acercarnos humildes a El sabiendo que vamos a encontrar su amor y su perdón.
Pero nos enseña también la nueva mirada que hemos de tener hacia los demás. Tenemos la tentación y el peligro del orgullo que nos acecha; podemos también tener esa misma actitud que nos separa de los demás porque no queremos mezclarnos con todo el mundo, no vayan a verme con esa clase de gentes; podemos hacernos compasivos pero con una compasión llena de orgullo, porque ‘pobrecitos, mira como son’, y nos creemos mejores, nos creemos santos comparados con ellos.
Es la nueva mirada del amor verdadero que nos hace acercarnos a todos, ponernos a su lado y no digo a su altura porque nosotros no estamos en un estadio superior del que nos abajemos sino ponernos a su lado. Es el amor que tiende la mano, que ofrece una sonrisa, que se hace comprensivo, que nos hace mirarnos a nosotros mismos los primeros que también somos pecadores, que nos impulsa a ayudar a los demás para caminar juntos para salir de esos baches de la vida.
Es cuestión de llenar nuestro corazón de amor, de amor verdadero como el de Jesús.

miércoles, 4 de noviembre de 2015

Tengamos claro lo que significa el seguimiento de Jesús para caminar a su paso y vivir con corazón generoso

Tengamos claro lo que significa el seguimiento de Jesús para caminar a su paso y vivir con corazón generoso

Romanos 13,8-10; Sal 111; Lucas 14,25.33

Nos propone Jesús hoy en el evangelio dos ejemplos, a modo de parábolas si queremos llamarlos así, muy ciertos y que nos tendrían que hacer pensar mucho en cómo nos planteamos la vida.
El que va a construir algo primero piensa además de cómo hacerlo si tiene los medios necesarios para emprender la obra que quiere realizar; lo mismo el ejemplo del rey o gobernante que va a emprender una batalla o tiene unos objetivos para su gobierno ha de ver cómo va a realizarlo y si tiene las posibilidades de conseguirlo.
La vida es mucho más que una construcción o una batalla, porque eso son solo imágenes y la vida es más bella, pero realmente hemos de saber bien lo que queremos hacer con ella. Y en nuestro caso hablando de nuestro ser cristiano hemos saber bien en lo que nos embarcamos. No podemos decir que somos cristianos solo por una tradición o simplemente dejándonos llevar por la rutina de lo que siempre se hace. Si quiero en verdad ser cristiano he de saber entender bien lo que eso significa, lo que va a implicar mi vida, lo que va a representar para mi el ponerme en camino de seguir a Jesús.
Hoy nos está hablando Jesús de unas exigencias, de un tomar la cruz o de un poner una serie determinada de cosas en un segundo lugar. Nos habla de posponer, o sea poner detrás, poner en otro lugar que no sea lo primero de nuestra vida. Lo primero es Dios y nada ni nadie puede ocupar su lugar. Por eso nos dice que el amor que le tengamos a Dios, el amor que le tengamos a El ha de ser la primacía de nuestra vida.
‘Si alguno se viene conmigo y no pospone a su padre y a su madre, y a su mujer y a sus hijos, y a sus hermanos y a sus hermanas, e incluso a sí mismo, no puede ser discípulo mío. Quien no lleve su cruz detrás de mi no puede ser discípulo mío’. No nos dice Jesús que no podemos amar a nuestro padre o nuestra madre, a los hijos o a los hermanos. Es que el amor que le tenemos a Dios nos obliga a amarlos con toda intensidad, pero nunca podrán ocupar el lugar de Dios.
Lo mismo cuando se trata del desprendimiento con que hemos de vivir la posesión de las cosas que en la vida tengamos. Se trata de no convertirlas en dioses de nuestra vida. Bien vemos por otra parte del evangelio cómo hemos de vivir con responsabilidad y desarrollar todas nuestras capacidades; nos enseñará por otro lado que lo que tenemos no debe encerrarnos en nosotros mismos, sino que hemos de saber compartir con los otros porque esos bienes no son solo nuestros sino que están en bien también de los demás.
Por otra parte hemos de saber ser agradecidos por lo que tengamos o lo que consigamos con nuestro esfuerzo, dándole gracias a Dios, pero sintiendo siempre que Dios es el único centro de nuestra vida y no podemos convertir nunca las cosas que poseemos o el amor que le tenemos a los demás en ídolos de nuestra vida. En nuestro corazón, primero Dios. Y con Dios en el corazón, su amor, para poder amar lo que la vida nos da y para darlo a los demás, para poder compartirlo.
‘Dichoso quien teme al Señor y ama de corazón sus mandatos, decíamos en el salmo, Reparte limosna a los pobres; su caridad es constante, sin falta, y alzará la frente con dignidad’.


martes, 3 de noviembre de 2015

Sintamos el gozo de participar en el banquete del Reino pero comprometidos por llevar ese anuncio a cuantos nos rodean

Sintamos el gozo de participar en el banquete del Reino pero comprometidos por llevar ese anuncio a cuantos nos rodean

Romanos 12, 5-16ª; Sal 130; Lucas 14, 15-24

Cuántas veces estamos muy a gusto en un lugar, una reunión de amigos o de familia, un acontecimiento especial y gozoso, una celebración extraordinaria de mucho impacto, por ejemplo, y no desearíamos que aquello se acabara, que fuera así siempre. Algo así como lo de Pedro en el Tabor, ‘¡qué bien se está aquí!’. Y quisiéramos que se repitiese, que siempre pudiéramos tener aquel buen ambiente, pero en realidad sabemos que luego pronto lo olvidamos, que quizá pudiera dársenos de nuevo una ocasión semejante, pero lo dejamos porque estamos ocupados, porque siempre tenemos cosas que hacer, porque quizá en ese momento tenemos otras prioridades, etc… Buenos deseos, pero somos inconstantes.
Jesús está participando en una comida con un grupo que lo ha invitado. Y es entonces cuando ‘uno de los comensales exclama: ¡Dichoso el que coma en el banquete del Reino de Dios!’ ¿Qué motivaría aquellos deseos? ¿el buen ambiente que se vivía en aquel convite? ¿lo que Jesús venía anunciando del Reino de Dios al que vemos tantas veces comparar en sus parábolas con un banquete?
Pero Jesús quiere hacerle reflexionar. A ese banquete del Reino de los cielos todos estamos invitados, pero no siempre sabemos corresponder. Pero aunque los invitados no respondan, el banquete se ha de celebrar, el Reino de los cielos se ha de construir; todos estamos invitados a su construcción, todos podemos poner nuestro granito de arena en la construcción del Reino de Dios, y sin embargo tantas veces no lo hacemos.
Aquello que decíamos con los ejemplos que poníamos para iniciar esta reflexión nos sucede en ese compromiso por el Reino de Dios en el que hemos de estar implicados. Cuántas cosas buenas dejamos de hacer en tantos momentos porque quizá privan más otros intereses; cuántas veces dejamos de participar en ese trabajo por los demás, en ese compromiso por hacer un mundo mejor, porque primero están nuestros intereses personales; cuántas disculpas vamos repitiendo como una letanía de que no tenemos tiempo, de que estamos muy ocupados, que ahora tengo no sé cuántas cosas que hacer, que eso está bien para los que nada tienen que hacer que se ocupen de esas cosas, que cerramos nuestros ojos para no ver porque estamos esperando que otros sean los que comiencen.
Cuando escuchamos la parábola que hoy nos propone Jesús en el evangelio y vemos las disculpas de todos aquellos invitados para no asistir al banquete, pensamos en lo fútiles que son tales disculpas, pero quizá nos cueste vernos retratados en ellas. Es la lectura que hemos de hacer, viendo que esa parábola Jesús nos la está diciendo por nosotros, por mí y por ti.
Pero quiero pensar una cosa más. Por una parte avivar en mí ese compromiso por el Reino de Dios porque aunque en ocasiones me cueste, la satisfacción que luego voy a sentir va a ser muy grande. El Señor me hará sentir el gozo del trabajo por el Reino de Dios. Pero también quiero pensar como yo puedo ser canal, vamos a decirlo así, para que llegue esa invitación del Reino a los demás. A nadie podemos excluir; a todos hemos de llamar; a todos hemos de hacer ese anuncio del Reino; todos pueden ser sembradores de esas semillas del Reino de Dios a través de esas cosas buenas que pueden hacer.

lunes, 2 de noviembre de 2015

Las ansias de vida en plenitud del corazón humano encuentran respuesta en el anuncio de vida eterna que nos hace Jesús para quienes creen en El

Las ansias de vida en plenitud del corazón humano encuentran respuesta en el anuncio de vida eterna que nos hace Jesús para quienes creen en El

Apocalipsis 21, 1-5a. 6b-7; Sal 24; Juan 11, 17-27

Todos queremos vivir y no queremos que la vida se nos acabe. Cuando vivimos momentos de dicha y de felicidad queremos que esos momentos sean eternos; y aunque en la vida que ahora vivimos no siempre todo es felicidad porque hay momentos oscuros, problemas, dificultades, sufrimientos, aun así ansiamos vivir, queremos que esas negruras pasen y con esperanza ansiamos la vida.
Pero, ¿esta vida se acabará? ¿todo tendrá su final? ¿llegará un momento en que caigamos en la nada? Sabemos que la muerte está al final de este camino y quienes no tienen más fe y más esperanza que este mundo terreno que ahora palpamos piensan quizá que ese es el final definitivo. Sin embargo en lo más hondo del ser humano siguen esas ansias de vida sin fin donde desaparezca el dolor y la muerte. Es la semilla de eternidad que Dios ha sembrado en nuestros corazones.
Y es que aparte de esas ansias de plenitud, de vida sin fin, de eternidad que hay en lo más hondo de nosotros mismos, contamos con la revelación que Dios ha hecho de si mismo y del sentido que nos revela que tiene nuestra vida que no se acaba en el final de una muerte fatídica que todo lo encierra en oscuridad. Esas ansias de vida que llevamos en nosotros mismos se ven iluminadas por la revelación de Dios que nos habla de una vida sin fin donde ya no hay ni muerte ni dolor, porque quiere que vivamos en El, porque quiere hacernos participes de su vida divina y ese es el destino final de nuestra existencia. Y aquí si podemos hablar del destino porque es lo que Dios nos tiene reservado, vivir en El, vivir en plenitud, en la plenitud de la vida de Dios, de una vida sin fin.
Son las palabras que Jesús le decía a Marta, cuando la muerte de Lázaro, su hermano. Es la esperanza de vida eterna que Dios siembra en nuestros corazones cuando nos revela su destino de amor para nosotros. Por eso creemos en Jesús y queremos llenarnos de su vida para vivir para siempre. ‘Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá; y el que está vivo y cree en mí, no morirá para siempre’.
El misterio de salvación que Jesús nos revela con su presencia y con su palabra no solo trata de que hagamos nuestro mundo mejor construyendo el Reino de Dios, sino que quiere que ese Reino lo vivamos en plenitud para siempre. Nos ofrece su palabra que nos ilumina el camino y nos señala la meta, pero en su salvación que viene a hacer nuevas todas las cosas, nos ofrece su gracia y su perdón para renovar nuestra vida nuestros corazones con su perdón para que alcancemos la vida en plenitud. Eso nos da un sentido a nuestro caminar; esto nos llena de esperanza y nos estimula a buscar esa vida para siempre; esto nos empuja a vivir en la fidelidad en el amor porque es el que nos lleva a esa plenitud.
Este día, 2 de noviembre, la Iglesia nos invita a hacer una conmemoración de los difuntos. No es solo un recuerdo de aquellos que un día estuvieron con nosotros, a quienes les debemos la vida como nuestros padres, o de todos los que recibimos tanto. No simplemente el recuerdo de un pasado sino un pensamiento que nos levanta hacia la plenitud.  Por eso nuestro recuerdo se hace oración para pedir por nuestros seres queridos difuntos que vivan ya en la plenitud de Dios porque hayan alcanzado su perdón y su vida. Es el sentido verdadero y profundo que tiene esta conmemoración que no es para vivir en tristeza sino para levantar nuestro corazón con esas ansias de plenitud y de vida que nosotros esperamos también un día alcanzar. 

Oremos con fe y esperanza por nuestros difuntos.

domingo, 1 de noviembre de 2015

Celebramos a todos los santos que un día emprendieron la aventura del Reino con un sí que mantuvieron en fidelidad en el espíritu de las bienaventuranzas

Celebramos a todos los santos que un día emprendieron la aventura del Reino con un sí que mantuvieron en fidelidad en el espíritu de las bienaventuranzas

Apocalipsis 7, 2-4. 9-14; Sal 23; 1Juan 3, 1-3; Mateo 5, 1-12a
"La aventura de la santidad comienza con un «sí» a Dios". Cuando estaba queriendo preparar esta reflexión para la fiesta de Todos los Santos que  hoy celebramos,  cayó en mis manos este pensamiento de san Juan Pablo II. Todo comienza con un “sí” a Dios. Una aventura, decía san Juan Pablo II. Un camino que hemos de emprender todos, porque todos estamos llamados a la santidad.
Antes de seguir adelante en esta reflexión me viene a la mente pensar que toda la aventura de nuestra salvación en el momento culminante de la plenitud de los tiempos comenzó también con un “sí”, el sí de María con su disponibilidad total, con la apertura de su corazón a Dios, con la generosidad de quien entrega totalmente su vida en las manos de Dios. Y el misterio de la Encarnación se realizó en sus entrañas y Dios para siempre será Emmanuel porque para siempre será Dios con nosotros.
Hoy la liturgia de la Iglesia nos invita a contemplar y a celebrar a Todos los Santos. Hemos contemplado las descripciones maravillosas y trascendentales que nos ofrece el libro del Apocalipsis. Cuando celebramos la fiesta de Todos los Santos, pensamos en quienes están para siempre en la presencia de Dios en el cielo cantando su gloria, viviendo en plenitud la santidad de Dios.
No los podemos contar, como nos decía el libro del Apocalipsis. Es cierto que podemos plasmar esa lista que nos parece interminable de los que la Iglesia ha reconocido su santidad y los llamamos santos. Mártires, vírgenes, consagrados en el sacerdocio o en la vida religiosa, esposos cristianos, niños, jóvenes o mayores que vivieron en plenitud ese sí que le dieron a Dios y ahora gozando de la visión de Dios son intercesores nuestros pero también ejemplo y estimulo para los que aun caminamos en medio de la tribulación de este valle de lágrimas.
Pero santos, todos los que han emprendido esa aventura, como nos decía el Papa, de la santidad diciendo sí a Dios con toda su vida, y ahora ya gozan de la visión de Dios. Innumerables, santos anónimos que cantan la gloria de Dios en el cielo en esa visión de Dios porque fueron fieles, que nadie podría contar que ‘pasaron por la gran tribulación y lavaron sus mantos en la sangre del Cordero’, como nos decía el Apocalipsis.
Pero sigo insistiendo en los que emprendieron esa aventura de la santidad diciendo sí a Dios y aun viven en este mundo queriendo ser fieles, queriendo mantener su si. Santos que caminan a nuestro lado, que quizá algunas veces no sabemos descubrir pero que en el silencio de sus vidas mantienen su sí a Dios. Los que hoy veneramos como santos reconociendo su santidad, hicieron ese camino de fidelidad aquí en la tierra, pues pensemos en cuantos están ahora queriendo hacer ese camino de santidad con el sí de su vida a Dios y que un día formarán parte de ese cortejo celestial, pero que ahora también están dando gloria a Dios con la santidad de su vida. Son los santos de la tierra, los santos de todos los días, los santos y santos que caminan a nuestro lado glorificando también al Señor.
Son aquellos a los que Jesús hoy en el evangelio llama dichosos porque están queriendo vivir según el estilo y el sentido del Reino, están queriendo vivir en el espíritu de las bienaventuranzas.
Pensemos que las bienaventuranzas con las que Jesús inicia el sermón del monte son algo más que una página bella, literariamente bien compuesta, con un mensaje idealista y utópico que nos parece muy lejano y al que tenemos que interpretar para adaptarlo a nuestra vida. Muchas veces ante esa página del evangelio así nos quedamos y luego comenzamos a darle vueltas y vueltas buscando interpretaciones en palabras que consideramos en cierto modo enigmáticas.
No nos quedemos ahí. Enfrentémonos con espíritu abierto, con los oídos del corazón bien abiertos a este mensaje de Jesús que nos señala un camino de vida y no busquemos acomodaciones. Ahí están las palabras de Jesús y son sus palabras y son su mensaje de vida y de esperanza. Y habla de pobres, y de personas que sufren, y de gente que tiene hambre y sed, y de lágrimas que corren raudas por los rostros, y de quienes son perseguidos por su causa, y de los que se mantienen firmes y fieles en un camino de rectitud, y de los que saben vivir desprendidos de todo porque lo han aprendido no teniendo nada, y de los que les duele la injusticia y se rebelan porque no quieren un mundo así, y de los que no manchan sus manos ni su corazón con la torpeza de la ambición que todo lo corrompe, y de los que saben buscar la verdadera felicidad no en cosas efímeras y que pronto se desvanecen como humo.
Sí, Jesús nos está hablando de esas personas que vemos con ese sufrimiento o con esa inquietud caminando a nuestro lado; y si nos fijamos bien veremos en sus rostros, aunque estén marcados por el sufrimiento en sus luchas o en su pobreza, una felicidad y una paz que no veremos nunca en los que se sienten siempre satisfechos porque aunque satisfechos siempre estarán ambicionando más.
Son los santos que caminan a nuestro lado aun en medio de las tribulaciones de este mundo, pero que saben trascenderse más allá buscando siempre una plenitud. Son los santos de hoy que están construyendo el Reino poniendo cada uno su parte siempre buscando un mundo nuevo y mejor. Son los que emprenden ese camino, esa aventura decía el Papa, pero se ponen en las manos de Dios, se fían de Dios llenos de fe y de esperanza y va brotando de sus corazones cada vez con más fuerza el amor. Son los sembradores de semillas buenas, de las verdaderas semillas del Reino que tenemos la esperanza de que un día florecerá y dará frutos.
Hoy nosotros celebramos a todos los Santos, los que en el cielo están cantando la gloria de Dios porque un día aquí en la tierra emprendieron esa aventura de su sí a Dios, y también los santos que aun ahora caminan a nuestro lado y que son también para nosotros estimulo y ejemplo y son fuente de esperanza de un mundo mejor.

sábado, 31 de octubre de 2015

Busquemos los valores verdaderamente importantes en nuestra capacidad de servicio y de amor a los demás

Busquemos los valores verdaderamente importantes en nuestra capacidad de servicio y de amor a los demás

Romanos 11,1-2a.11-12.25-29; Sal 93; Lucas 14,1.7-11
Es cierto que cuando vamos a presentarnos para conseguir un trabajo o un puesto de responsabilidad se nos pide un curriculum vitae donde manifestemos por una parte lo que es nuestra preparación y nuestra formación para poder desempeñar aquel puesto  y ahí pondremos los titulos académicos que tengamos y los cursos de formación que hayamos hecho para prepararnos además de lo que ha sido el recorrido vital de responsabilidades que hayamos desempeñado en la vida. Es justo, podríamos decir, es necesario.
Pero hay otro curriculum que algunas veces presentamos y es lo que ahora me atrevo a llamar el  curriculum de influencias; arrimamos el ascua a nuestra sardina, o mejor nos arrimamos a nombres de personas que nos pueden servir de influencia. Porque yo soy amigo de tal o cual personaje, yo he estado en la casa de no sé quien o he comido junto a no sé que personaje de influencia en la vida social o política o lo que sea.
Y yo me preguntaría. ¿Valemos por lo que por nosotros mismos valemos o nuestro valor está en esos personajes de influencia que pudieran ser buena sombra o buen puente para yo tener un prestigio o un nombre? Cuantas veces lo habremos escuchado, yo soy intimo amigo de tal o cual persona o cosas semejantes que creemos que nos van a dar nombre y un cierto poderío llameémoslo social.
Hoy nos habla el evangelio de aquel momento en que un fariseo principal lo había invitado a una comida y Jesús estaba observando cómo los comensales poco menos que se daban de codazos por ocupar los puestos principales de la mesa. Y es cuando aprovecha Jesús el momento para darnos la lección. ‘Notando que los convidados escogían los primeros puestos, les propuso esta parábola’. El evangelista dice una parábola pero más bien parece una exhortación y unos buenos consejos. No corramos por los primeros puestos, nos viene a decir; seamos capaces de ponernos detrás en el último lugar, que si mereces un puesto mejor, el que te invitó ya se encargará de subirte más arriba.
La lucha por los primeros puestos es algo que veremos repetido en el evangelio. La búsqueda de lugares de influencia o donde pensamos que vamos a ser mejor considerados o vamos a tener más poder. Como decíamos en el principio de esta reflexión, ponernos al lado de aquellas personas de influencia para que vean que nosotros somos también importantes.
Como ya sabemos bien por el evangelio, porque además cuando comentamos un texto o un episodio determinado siempre lo hacemos mirando los lugares paralelos del mismo evangelio o aquellas palabras de Jesús que aparecen en otras circunstancias quizá pero que nos vienen a complementar la reflexión, a hacernos profundizar más en el mensaje de Jesús. No será así entre vosotros les dice a los discípulos cuando están peleando por los primeros puestos, porque los grandes de este mundo se consideran con el poder para dominar, para explotar, manipular y esclavizar a los que consideran pequeños. Jesús nos dirá entonces como nos está diciendo hoy, ponte en el último lugar, ponte en el lugar del servicio.
¿Valemos por la sombra que recibimos de los que son influyentes? Valemos por la capacidad de servicio que tengamos en nuestra vida; valemos por el amor que enriquece nuestro corazón; valemos por todo eso que hacemos para levantar al hermano, para valorarlo, para ayudarlo a ser el mismo, para hacerlo grande. Busquemos los verdaderos valores de nuestra vida en nosotros mismos y en toda la capacidad de amar que tengamos en el corazón.

viernes, 30 de octubre de 2015

La gloria del Señor está en que sepamos hacer más feliz a quien está a nuestro lado borrando de su vida todo lo que le hace sufrir

La gloria del Señor está en que sepamos hacer más feliz a quien está a nuestro lado borrando de su vida todo lo que le hace sufrir

Romanos 9,1-5; Sal 147; Lucas 14,1-6

Hay momentos en que tenemos la sensación de que estamos siendo observados y lo  normal es que de alguna manera nos sintamos incómodos; no nos agrada, nos parece que nos están desnudando con sus ojos y en su pensamiento, analizando nuestros actos, interpretando lo que hacemos. En esa incomodidad no sabemos qué hacer, o pasamos olímpicamente de ello y nos da igual lo que miren, piensen u opinen, o tenemos la tentación de acomodarnos un poco y tratar de parecer normales, o también podemos reaccionar de mala manera según sea nuestro temperamento. En la madurez de nuestra vida, cuando obramos rectamente no nos importa que nos miren y seguimos actuando con toda rectitud.
A Jesús también lo observaban, algunos miraban con lupa lo que hacia y lo que decía y cuándo actuaba. Pero como alguien le dijo un día ‘sabemos que eres sincero t veraz y no tienes ninguna acepción de personas’. Ahora nos cuenta el evangelio que lo habían invitado a casa de unos de los principales fariseos y allí estaban letrados y fariseos expiando a ver qué es lo que hacía.
Era sábado. Y allí estaba un hombre enfermo de hidropesía. Y Jesús pregunta qué es lo licito de hacer el sábado. Era el día del Señor; todo tenía que estar centrado en el culto a Dios. Pero el culto que había que tributarle a Dios ¿era solamente lo que en el templo o en la sinagoga se pudiera hacer? ¿Solo serían los sacrificios del templo o la lectura de la ley y los profetas de las sinagogas? ¿Y la gloria del Señor no es el buscar el bien del hombre? ‘Y se quedaron sin respuesta’, dice el evangelista ante las preguntas que en este sentido Jesús les hacia.
Allí tenía que manifestarse la gloria del Señor. En la curación de aquel hombre que era mucho más que simplemente curarle de su enfermedad. Era la atención, la cercanía, el contacto humano, el amor en una palabra lo que en verdad iba a curar a aquel hombre, por lo que aquel hombre podría sentirse sano, sentirse feliz. Y esa es la gloria del Señor que hemos de buscar.
Vamos a iniciar el año de la misericordia al que nos ha convocado el Papa. Pero que no se quede en bonitas palabras sino que se manifieste de verdad la misericordia del Señor en su Iglesia. Aun seguimos pendientes más de las normas y de las leyes, de los ritos y de la imagen que podamos dar, que de una autentica misericordia con la que nos acerquemos a todas las personas.
Todavía seguimos condenando con dureza de corazón, sin llenarnos de ternura para ver cual es la situación humana de aquel que quizá haya obrado mal y porque obró quizá en un momento mal ahora excluimos y separamos. No terminamos de mirar cuanto es el sufrimiento que puedan tener en su interior esos a los que condenamos y excluimos. Todavía en nuestra Iglesia tenemos muchas cosas que revisar.
En nuestro corazón, en nuestros gestos y en nuestras actitudes, en nuestra manera de actuar, en nuestras relaciones con los demás mucho tenemos que revisar para en verdad nos manifestemos compasivos y misericordiosos, como nos dice el evangelio, que tenemos que ser pareciéndonos al Padre bueno que siempre es compasivo y misericordioso.

jueves, 29 de octubre de 2015

Una vida impregnada del misterio pascual no teme las perturbaciones que podamos encontrar en el camino

Una vida impregnada del misterio pascual no teme las perturbaciones que podamos encontrar en el camino

Romanos 8, 31b – 39; Sal 108; Lucas 13, 31-35

Alguna vez quizá haya se nos habrá acercado a decirnos que tengamos cuidado con tal persona que no nos quiere bien y probablemente en principio nos hayamos quedado desconcertados; nos cuesta entender que nos quieran mal, que no entiendan lo que hacemos o que lo malinterpreten; somos conscientes de que intentamos hacer las cosas bien, decimos lo que creemos conveniente y justo y en esa consecuencia actuamos, pero quizá eso no guste, moleste a alguien y pueden devenir tan malos odios o sentimientos negativos en esas personas que quizá nos puedan desear algo malo.
Ya digo, nos quedamos desconcertados y no sabemos qué hacer, porque creemos que estamos haciendo lo recto y lo correcto; ¿qué hacemos? ¿seguir como si nada hubiera pasado? ¿atender a esas advertencias y moderar nuestra actuación? ¿mantenernos fiel en nuestra actuación con la conciencia de lo bueno que estamos haciendo? Difícil tesitura en la que podemos encontrarnos en ocasiones.
Hoy vienen a decirle a Jesús que se ande con cuidado porque Herodes quiere matarle. Y con los antecedentes de lo que le había sucedido a Juan el Bautista, quizá habría que tomar precauciones. ¿Será esa actitud de la llamada prudencia la que tomará Jesús?
Jesús no tiene miedo. Habrá momentos, como en Getsemaní antes de comenzar su pasión, en que su alma sentirá la angustia de la muerte cercana, pero aun en esos momentos oscuros estará por encima de todo su deseo de hacer la voluntad del Padre. Que pase este cáliz, pedirá entonces, pero que no se haga mi voluntad sino la tuya. Ahora manifiesta su decisión ante lo que le dicen de Herodes, sabiendo que su vida puede estar en peligro, pero es fiel a su misión y sabe que habrá de vivir una pascua muy especial, porque estará muy llena de sufrimiento y de pasión, pero sigue con su camino.
‘Hoy y mañana seguiré curando y echando demonios; pasado mañana llego a mi término. Pero hoy y mañana y pasado tengo que caminar, porque no cabe que un profeta muera fuera de Jerusalén’. Sigue su camino hacia Jerusalén. Sabe incluso que Jerusalén no ha acogido ni acoge su palabra y llorará por ella. Anuncia, sin embargo, cómo va a ser aclamado en su entrada en Jerusalén.  ‘Os digo que no me volveréis a ver hasta el día que exclaméis: "Bendito el que viene en nombre del Señor’. Aunque bien sabe que ese va a ser el pórtico de su pascua.
¿Y nosotros tendremos también que vivir una pascua? Nuestra vida ha de estar impregnada toda ella por el misterio pascual de Cristo y aquellos acontecimientos que vayamos viviendo, en ocasiones dolorosos y perturbadores, en otros momentos quizá con muchas alegrías también en el corazón, hemos de vivirlos con ese sentido pascual.  Y es que nos unimos a Jesús, nos unimos a su pasión con nuestra pasión, nuestros sufrimientos, nuestras dificultades, nuestros problemas y luchas, pero siempre sabemos que estamos iluminados por la luz de Cristo, por la fuerza de su Espíritu.
Hagamos ese camino pascual en cada momento de nuestra vida con decisión, con gallardía, con la valentía y fortaleza que nos da el Espíritu del Señor. No temamos porque Cristo es nuestra Paz, en nuestra Pascua.

miércoles, 28 de octubre de 2015

Celebrar a los apóstoles nos recuerda que siempre hemos de ser sembradores de esperanza en el anuncio de la Buena Nueva de la Salvación de Jesús

Celebrar a los apóstoles nos recuerda que siempre hemos de ser sembradores de esperanza en el anuncio de la Buena Nueva de la Salvación de Jesús

 Efesios 2,19-22; Sal 18; Lucas 6,12-19
‘Nuestro Señor Jesucristo instituyó a aquellos que habían de ser guías y maestros de todo el mundo y administradores de sus divinos misterios, y les mandó que fueran como astros que iluminaran con su luz no solo el país de los judíos, sino también a todos los países que hay bajo el sol, a todos los hombres que habitan la tierra entera. Es verdad lo que afirma la Escritura: Nadie puede arrogarse este honor: Dios es quien llama. Fue, en efecto, nuestro Señor Jesucristo el que llamó a sus discípulos a la gloria del apostolado, con preferencia a todos los demás…’
He querido comenzar hoy mi reflexión con estas palabras de san Cirilo de Alejandría - una padre de la Iglesia en la antigüedad de los primeros siglos del cristianismo - en su comentario sobre el evangelio de san Juan. Y es que hoy celebramos la fiesta de dos apóstoles, que formaban parte del grupo de los Doce a quien Jesús llamó de manera especial y constituyó apóstoles, sus enviados. Hoy celebramos a san Simón y san Judas Tadeo.
Poco sabemos de estos apóstoles, Simón el  cananeo y Judas Tadeo que no el Iscariote, poco más que lo que nos dicen los evangelios al hacernos relación de los nombres de aquellos Doce a quienes Jesús llamó y constituyó como Apóstoles. Es lo que nos ofrece el evangelio de este día, la elección, llamada y envío de los Doce Apóstoles, dándonos la relación de sus nombres. A Simón se le llama también el Celotes probablemente por su pertenencia en origen a aquel gripo de los Celotes que vivían en resistencia al dominio de los romanos. También sabemos que era de Caná de Galilea. Y de Judas Tadeo se hace mención cuando en la última cena la pregunta a Jesús por qué se manifestó a ellos y no a todos.
Bien nos viene recordar y celebrar a los Apóstoles; no es necesario que nuestro recuerdo y devoción lo hagamos simplemente desde esas devociones populares que los llaman santos muy milagrosos a los que hemos de acudir. Ya sabemos que la verdadera devoción a los santos no es convertirlos en unos más milagreros que otros porque nos ayuden en nuestras necesidades, aunque no negamos su intercesión por nosotros, sino que hemos de ir a algo más profundo, desde el testimonio de santidad que en su vida nos ofrecen que es lo que verdaderamente hemos de imitar.
Por otra parte la celebración de los apóstoles nos recuerda siempre esa característica fundamental de nuestra cristiana y de la Iglesia que es su categoría de apostólica, enraizada en la fe de los apóstoles que fueron los primeros testigos del Señor resucitado cuyo testimonio recogemos para vivir ese profundo sentido eclesial que siempre ha de tener nuestra fe.
Al escuchar hoy en el evangelio la llamada y el envío de Jesús nos recuerda también esa llamada que el Señor nos hace que también nos envía en medio de nuestro mundo a ser testigos de su Reino, anunciando con nuestra vida y con nuestras palabras la Buena Nueva de la Salvación que Jesús nos ofrece. Un cristiano siempre tiene que ser testigo y apóstol. Un cristiano nunca ha de ocultar su fe sino que con toda gallardía y valentía ha de proclamarla ante los que le rodean. Un cristiano siempre tiene que ser sembrador de esperanza porque anuncia la salvación, ha de ser sembrador de la paz porque ha de ir en todo momento repartiendo amor.

martes, 27 de octubre de 2015

Una esperanza, una ilusión, una fuerza interior que nos hace crecer interiormente y lleva el Reino de Dios a su plenitud

Una esperanza, una ilusión, una fuerza interior que nos hace crecer interiormente y lleva el Reino de Dios a su plenitud

Romanos 8, 18-25; Sal 125; Lucas 13, 18-21

Algunas veces parece que nos desesperamos porque no vemos el fruto de aquello que hacemos; nos parece estar trabajando en baldío porque en nuestro deseo quisiéramos ver enseguida el fruto de lo que enseñamos, de lo que trabajamos por los demás, o del esfuerzo que realizamos por superarnos en la vida.
Es lo que muchas veces nos sucede en la familia, los padres se afanan en la educación de sus hijos, enseñan, corrigen, aconsejan, ayudan, apoyan pero parece que no vemos el resultado porque da la impresión que los hijos hacen casi lo contrario de lo que tratamos de imbuirles. Se ha de saber cultivar en uno mismo la virtud de la paciencia, saber esperar y confiar que aquella semilla que sembramos algún día brotará, algún día veremos las flores anuncio de nuevos y buenos frutos.
Nos sucede en el ámbito de nuestra vida religiosa y nuestra vida eclesial. Los pastores de la Iglesia se afanan en cómo mejor servir al pueblo de Dios, se trazan planes pastorales, se trabaja con ahínco por enseñar, por formar a las comunidades y no siempre encontramos el fruto que tanto deseamos.
Es la pequeña semilla que hemos de ir sembrando con la esperanza de que un día brotará; eso en nuestra propia vida en ese desarrollo personal, en esa superación que hemos de ir logrando en nosotros para ser mejores, pero es también en lo que hagamos por los demás. Es la paciencia del agricultor que echa la semilla en la tierra y ha de esperar para un día poder recoger los frutos. Es el proceso que en toda vida se desarrolla que tiene sus pasos y que hemos de saber seguir con paciencia y con esperanza.
Es de lo que nos hablan las pequeñas parábolas que hoy nos propone el evangelio. Nos habla de la pequeña e insignificante semilla de la mostaza que un día brotará y se convertirá en un arbusto grande; o es el puñado de levadura que mezclamos con la masa que parece que se diluye y desaparece pero que hará fermentar toda la masa; y que fermente la masa lleva su tiempo, su proceso.
Tenemos que aprender para la vida en todos sus aspectos. Es la esperanza que nos anima cuando tratamos de hacer el bien aunque no veamos respuesta. Es el ánimo que estimula nuestra vida en la lucha de cada día. Es el esfuerzo constante, sin cansarnos, que hemos de ir realizando en el desarrollo de nuestras responsabilidades y compromisos. Es la ilusión con que unos padres trabajan por el futuro de sus hijos y será el gozo final que tendrán cuando los ven crecer y madurar.
Que no nos falte nunca esa esperanza en ese compromiso con que vivimos nuestra vida. Que sintamos que el Espíritu del Señor está actuando ahí en nuestro interior, en nuestro corazón y es el que nos da fuerza y empuje para esa tarea de cada día. Es la esperanza con que vivimos y construimos el Reino de Dios que sabemos que un día alcanzará su plenitud.


lunes, 26 de octubre de 2015

El amor y la compasión con el que sufre han de tener la primacía en nuestra vida que le de sentido a lo que hacemos y vivimos

El amor y la compasión con el que sufre han de tener la primacía en nuestra vida que le de sentido a lo que hacemos y vivimos

Romanos 8,12-17; Sal 67; Lucas 13,10-17

El amor es el que tiene siempre que vencer. Es nuestro sentido, nuestra razón de ser y vivir. Sabemos que no es fácil, vivimos envueltos en muchas negruras y sombras desde nuestros intereses y nuestros orgullos; pero no nos podemos dejar vencer.
Otras veces nos cuadriculamos la vida con normas, reglamentos y leyes, o con cosas que hacemos desde la costumbre que se convierte en rutina, o desde unos parámetros que nos construimos como para decir que haciendo esas cosas ya nos podemos quedar contentos porque hemos cumplido. Otras veces desde esas cuadriculas en las que hemos metido la vida tenemos la tentación y el peligro de convertirnos en manipuladores de los demás, porque queremos que las cosas se hagan desde nuestro parecer, porque queremos encorsetarlos con nuestras normas y reglamentos, porque de alguna manera queremos imponernos sobre los demás.
La vida religiosa y social de los judíos estaba llena de normas y preceptos. Claro que tenemos que pensar si de alguna manera también nosotros andamos así. Lo que en un principio se había preceptuado como algo que nos recordara la primacía de Dios sobre todo como pueblo creyente que era se podían convertir en norma opresora y deshumanizante porque quizá olvidaban el valor de la persona frente a los preceptos. Nunca puede estar reñido el culto que le demos a Dios con el respeto y el valor que le demos a la persona; es más el amor que manifestamos a Dios cuando le damos culto tiene que llevarnos necesariamente al amor a la persona, a la valoración de la persona y a buscar su bien por encima de todo.
Es en lo que se había convertido el descanso sabático que en principio buscaba que el hombre de verdad centrar su vida en Dios; pero se había reglamentado tanto el trabajo que se podía y no se podía hacer, que había perdido todo sentido de humanidad. Pero allí está Jesús que nos viene a recordar el verdadero sentido de las cosas y cómo el amor debe primar sobre todo.
Nos habla el evangelio de una mujer encorvada a causa de su enfermedad a la que Jesús cura. Aclarar el sentido que para los judíos y los antiguos tenía todo tipo de enfermedad que se veía como una posesión y dominio del maligno cuando no de un castigo por algo que se había hecho mal. Jesús nos da un sentido nuevo y distinto. ‘Jesús la llamó y le dijo: «Mujer, quedas libre de tu enfermedad.» Le impuso las manos, y en seguida se puso derecha. Y glorificaba a Dios’.
Jesús que viene a sanarnos nos sana también de ese sentido equivocado de las cosas y en este caso de las enfermedades. Pero también nos está dando una señal de lo que realmente Jesús quiere hacer dentro de nuestro corazón del que quiere arrojar todo mal; es el perdón que nos regala, es el camino de vida nueva que nos ofrece, es la gracia que nos salva y nos llena de vida, es el amor que hemos de poner allí donde estemos y hagamos lo que hagamos para que le dé sentido y profundidad a lo que hacemos.
Frente a aquella vida encorsetada de normas y preceptos Jesús nos contrapone una vida llena de amor; como fue el amor y la compasión lo que le llevó a sanar a aquella mujer saltándose todos aquellos preceptos tan deshumanizadores. Que en verdad le demos en nuestra vida la primacía al amor.

domingo, 25 de octubre de 2015

Aprendamos a hacer el mismo camino de Jesús atentos a los gritos de los que sufren y ofreciendo nuestro brazo para caminar en una nueva claridad

Aprendamos a hacer el mismo camino de Jesús atentos a los gritos de los que sufren y ofreciendo nuestro brazo para caminar en una nueva claridad

Jeremías 31, 7-9; Sal. 125; Hebreos 5, 1-6; Marcos 10,46-52
Nos habla el evangelio de un ciego que está junto al camino en Jericó y que al paso de Jesús gritará insistentemente pidiendo compasión; Jesús lo mandará llamar ante los gritos insistentes del ciego preguntándole que desea y ante la fe de aquel hombre que, desde su pobreza y su humildad así acude a Jesús, por su fe lo curará.
‘Jesús, hijo de David, ten compasión de mí… ánimo, levántate que te llama… ¿qué quieres que haga por ti?... Maestro, que pueda ver… Anda, tu te ha curado… recobró la vista y lo seguía por el camino’.
Así sencillamente en ese diálogo tan hermoso, casi con naturalidad, nos cuenta el evangelista el episodio. Está la fe de aquel hombre, por un lado, desde su pobreza y necesidad, pero enfrente está la compasión y la misericordia de Jesús. Pero nos puede decir muchas cosas fijándonos en detalles que son como signos y que hemos de saber traer a nuestra realidad y a nuestra vida.
‘El ciego Bartimeo (el hijo de Timeo) estaba sentado al borde del camino pidiendo limosna’, nos dice el evangelista. Al borde del camino, con su ceguera y con su pobreza. Ni la ceguera ni la pobreza le podían dejar hacer el camino. Será incapaz, no ve, no tiene medios. Algunos le gritarán que se calle, que no moleste. Nos molesta la pobreza y la necesidad de los demás y preferimos no enterarnos, seguir nuestro camino y que no encontremos impedimentos. Pero los pobres, los que están discapacitados como aquel ciego tienen tantos impedimentos. Sus limitaciones le impedían una vida digna y desde su necesidad no podía hacer otra cosa que pedir y mover a compasión. Pero no nos gusta que nos pidan o que nos quieran mover a compasión y cerramos los ojos o miramos hacia otro lado para no ver, para no sentir.
Miremos cuáles son nuestras cegueras nosotros que creemos que vemos; miremos cuál es nuestra pobreza nosotros que creemos que nos bastamos; miremos si acaso nos hemos discapacitado para amar de verdad. ¿No tendríamos que ser nosotros los que estemos gritando que se tenga compasión de nosotros si somos capaces de reconocer esas pobrezas, esas cegueras, esas discapacidades que tenemos en nuestra vida? Será algo que tenemos que preguntarnos. Aquel ciego está quizá ocupando nuestro lugar porque allí tendríamos que estar nosotros.
Pero Jesús no se desentiende, no se hace el sordo. Jesús se detiene en su camino y pide que lo traigan. Pararnos en nuestras prisas por llegar no sabemos donde, aunque digamos que vamos al templo. Mereció la atención de Jesús y Jesús movió a los demás para que no se hicieran sordos, para que prestaran atención. Ahora sí se movilizan. ‘Animo, levántate que te llama’ y lo traen hasta Jesús. No eran ellos los que lo iban a curar pero pudieron señalar el camino, tender la mano para ayudar a caminar.
Decimos tantas veces que no sabemos, que no podemos. No tenemos que pensar en hacer milagros, sino el milagro puede estar en esa atención que prestas, en esa palabra de ánimo que pronuncias, en ese brazo que ofreces para que se apoye en ti en tu titubeante caminar. Solamente con abrir nuestros oídos para prestar atención ya estamos haciendo milagro. Quizá ese pobre malherido por la vida no necesite sino unos oídos y un corazón que le escuche, o una mano que le sirva de apoyo, un acompañamiento en su soledad, un sentir que se le ha prestado atención.
Y comenzó el diálogo con Jesús. ‘¿Qué quieres que haga por ti?’ ¿Qué necesitas? ¿Qué te pasa? ¿Cuál es tu problema? Jesús bien sabía cual era la necesidad de aquel hombre, como también todos aquellos que lo veían pobre y ciego a la vera del camino. Pero le dio oportunidad para expresarse, para manifestar cual era el problema de su vida y aquel hombre contando sus penas y necesidades ya se sentía valorado. No podemos pensar que ya nos lo sabemos, que ya conocemos las necesidades que hay o los problemas de nuestro mundo. Tenemos que acercarnos y escuchar para que cada uno cuente su realidad, se exprese con dignidad a pesar de su pobreza. Podemos nosotros que nos lo sabemos todo alcanzar otra visión de la vida y del problema de los demás.
‘Tu fe te ha curado’, le dice Jesús. Ya se sentía curado desde que le prestaron atención, desde que le ofrecieron el brazo de apoyo para caminar, desde que escuchó aquella palabra de ánimo, desde que pudo llegar a los pies de Jesús y expresar su necesidad. ‘Maestro, que pueda ver’, se expresaba aquel ciego que ya estaba comenzando a ver. Su fe y la insistencia de su petición habían hecho posible el milagro de llegar hasta Jesús. Aunque no fuera más ya se sentía curado porque al sentirse valorado se sentía un hombre nuevo.
Y vaya si era un hombre nuevo. Ahora ya podía caminar tras Jesús. Lo había buscado pero ahora se iba con Jesús porque había aprendido algo nuevo. Su vida se transformaba del todo. No sería él de ahora en adelante de los que sirvieran de tropiezos o impedimentos para los demás. Si El había podido llegar hasta Jesús y ser un hombre nuevo con la luz que comenzaba a brillar en su vida, ahora el tenía que llevar también esa luz a los demás. ‘Recobró la vista y lo seguía por el camino’, decía el evangelista.
Si antes decíamos que nuestro lugar estaba en el sitio que ocupaba aquel ciego allí al borde del camino, porque muchas veces a pesar de que creamos lo contrario es así como nos encontramos, ahora tenemos que sentir que tras este encuentro con Jesús que significa este evangelio nosotros habremos recobrado también la vista y con el mismo entusiasmo tenemos que seguirle por el camino.
Habremos recobrado la vista cuando comencemos a mirar con mirada nueva cuanto nos rodea, cuando sepamos enfrentarnos con la realidad de la pobreza y del sufrimiento de tantos a nuestro alrededor, cuando sepamos ofrecerle nuestro brazo para su caminar porque nos hemos detenido para prestarles atención, cuando hayamos abierto nuestros oídos para escuchar y sentir en nuestra carne todo el sufrimiento de tantos a nuestro lado, cuando tras todos estos pasos de verdad lleguemos al encuentro con Jesús. Entonces sí que estaremos siguiendo a Jesús por el camino, porque habremos aprendido a hacer su mismo camino.