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viernes, 9 de agosto de 2013

La sabiduría de la fe que no hemos de dejar de alimentar en Cristo cada día

Os. 2, 16-17.21-22; Sal. 44; Mt. 25, 1-13
‘¡Que llega el esposo, salid a recibirlo!’ Fue el grito que se escuchó en la noche y que despertó a las doncellas que esperaban al esposo. Pronto se pusieron a aderezar sus lámparas, que para eso habían venido, para poder iluminar el camino a la llegada del esposo y la sala del banquete de bodas. Pero no todas tuvieron suficiente aceite para poder mantener encendidas sus lámparas - era el combustible necesario para mantenerlas encendidas - y mientras lo buscaban se cerró la puerta y no pudieron entrar al banquete de bodas.
Una parábola que nos propone Jesús partiendo de las costumbres de su época pero que es bien significativa para nuestro camino cristiano. Muchas veces la hemos escuchado y meditado porque nos hace pensar mucho en lo que hacemos de nuestra vida y de nuestra fe. ¿Dejaremos nosotros también apagar nuestras lámparas y nos quedaremos en la vida sin rumbo y sin poder alcanzar la meta?
¿Cuál es esa luz y cuál es ese aceite que necesitamos en la vida? La reflexión es clara. En ese camino de la vida necesitamos una luz que nos oriente, nos dé sentido, con la que encontremos el valor de lo que somos y de lo que hacemos, nos haga ver más allá de lo inmediato con un sentido global de nuestra existencia llenándonos de trascendencia, nos haga encontrar la verdadera sabiduría de la vida, nos haga alcanzar una plenitud total que sacie las ansias más profundas del ser humano. Necesitamos de la sabiduría de la fe. Sí, es nuestra más profunda sabiduría.
Ni la sabiduría es simplemente la acumulación de conocimientos, ni la fe se queda reducida a unas bonitas palabras o algunos ritos religiosos que hagamos en determinados momentos. Ese conocimiento que vayamos adquiriendo en ese caminar y madurar de la vida no se reduce a que sepamos unas determinadas materias o que tengamos noticia de que existe un lugar o una realidad, sea la que sea, en cualquier lugar del planeta, por ejemplo. Ese conocimiento madurado y reflexionado nos va ayudando a encontrar como el sabor de nuestra existencia, de lo que vivimos o de lo que hacemos que en el fondo es el sentido de nuestro ser y de nuestro existir.
Pero todo ese sabor o ese saber, esa sabiduría de la vida que vamos adquiriendo va a encontrar en la fe una luz que le conduzca a la mayor plenitud y sentido, que precisamente solo en Dios podemos alcanzar. Por eso la fe, como decíamos, no se reduce a unas ideas o a unos ritos, sino que va a ser lo que de verdad envuelva toda nuestra existencia o, aún más, penetre de sentido desde lo más hondo nuestro ser, lo que somos, lo que vivimos y en consecuencia todo aquello que realizamos. Por eso hablábamos de la sabiduria de la fe, la más profunda sabiduria de nuestro vivir que en Cristo podemos encontrar.
No  nos puede faltar el aceite que mantenga encendida esa lámpara de nuestra fe. Qué importante es para nosotros esa luz de nuestra fe y cómo tenemos que cuidarla en todo momento para que no se nos apague. Que no nos suceda como aquellas doncellas de la parábola del evangelio que no tuvieron suficiente aceite para mantener encendida sus lámparas. Luego se quedaron fuera del banquete de bodas del Reino.
Por eso el verdadero creyente cuida su fe manteniendo muy viva su unión con el Señor; el verdadero creyente entronca su vida con el Evangelio porque en él está la fuente de esa sabiduría de su fe; entroncar la vida en el Evangelio es entroncar de verdad nuestra vida en Cristo, escuchando su Palabra, regándola con la gracia de los sacramentos, fundamentandola cada día en su unión con el Señor por la oración, y viviendo esa comunión de amor con los hermanos en una vivencia y sentido de Iglesia.
Hoy estamos celebrando a una mujer que supo encontrar esa sabiduría de la fe y por la que llegó a dar su vida. Ediht Stein era una mujer judía dedicada al estudio y enseñanza de la filosofía; su vida estaba dedicada plenamente a la búsqueda de la verdad. Y se encontró con Cristo, que fue a partir de entonces la verdadera y auténtica sabiduría de su vida. Se convirtió a Jesús y se bautizó; continuó con su enseñanza y sus escritos de filosofía hasta que un día se sintió llamada por el Señor para hacerse religiosa Carmelita Descalza. Fueron los tiempos duros de la intolerancia del nazismo la que finalmente le condujeron al martirio en un campo de exterminio. Hoy es para nosotros, con el nombre que tomó desde su bautismo y su consagración al Señor, santa Teresa Benedicta de la Cruz.
Sigamos nosotros manteniendo encendida esa lámpara de la fe en nuestra vida alimentándola de esa Sabiduria de Dios que encontramos en el Evangelio y que se enriquece con la gracia del Señor. Que sea la verdadera luz y sabiduría de nuestra vida.

jueves, 8 de agosto de 2013

Una confesión de fe con la total radicalidad de toda la vida

Núm. 20, 1-13; Sal. 94; Mt. 16, 13-23
‘Tú eres el Cristo, el Mesías, el Hijo de Dios vivo’. Hermosa confesión de fe por parte de Pedro. Una confesión de fe que sin embargo le costaba a Pedro hacer en toda su plenitud. Aunque en su fe y en su amor por Jesús ahora estaba dispuesto a decir cosas bien hermosas de Jesús y un día llegaría a decir que estaba dispuesto a todo por seguirle, sin embargo sabemos que no le fue fácil.
Sí, nos cuesta confesar nuestra fe en Jesús, porque ha de ser no solo con nuestras palabras; porque aunque nos sepamos de memoria el Credo, la confesión de nuestra fe ha de ser no solo con palabras sino con toda nuestra vida y en la totalidad de lo que tiene que ser nuestra fe en Jesús.
Ha comenzado Jesús preguntando por lo que la gente piensa de El para preguntarles luego de una forma muy concreta por lo que ellos creen. Diversas opiniones que manifiestan lo que era la admiración que la gente sentía por Jesús. A lo largo del evangelio escuchamos muchas veces ese entusiasmo por Jesús sobre todo cuando ven sus obras. ‘Un gran profeta ha aparecido entre nosotros… nadie ha hablado igual… Dios ha visitado a su pueblo…’ son algunas de las expresiones de la gente ante el actuar y el enseñar de Jesús. Aunque luego haya momentos es que les parecerá dura su doctrina y difícil de aceptar. Siempre ha sido así y siempre será así porque Jesús es como un signo de contradicción ante el que hemos de decantarnos.
Ahora cuando les pregunta a los apóstoles más cercanos por la opinión de la gente le hablan de que si es un profeta, que si es Juan que ha vuelto a la vida - recordemos que Herodes pensaba que había resucitado Juan - o si era como uno de los antiguos profetas, Jeremías, Isaías o algún otro de los profetas.
Pero Jesús quiere una respuesta más profunda y más vital, aunque tras la respuesta de Pedro dirá que solo desde la revelación del Padre en el corazón es como podremos llegar a conocerle. ‘Eso no te lo ha revelado nadie de carne y hueso, sino mi Padre que está en el cielo’. En  otra ocasión Jesús nos dirá que el Padre se revela a los pequeños y a los sencillos, de la misma manera que nadie podrá ‘conocer al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar’.
Por eso ahora, tras la confesión de fe de Pedro, comenzará Jesús a revelar más hondamente su misterio. Ahora, sí, que les va a costar mucho más aceptar todo lo que revela Jesús de si mismo. ‘Desde entonces empezó Jesús a explicar a sus discípulos que tenía que ir a Jerusalén y padecer allí mucho por parte de los ancianos, sumos sacerdotes y letrados, y que tenía que ser ejecutado y resucitar al tercer día’.
Esta parte de la Pascua es la que les va a costar más aceptar. Su pasión y su muerte será un escándalo grande para ellos. Recordamos lo que reflexionábamos cuando la transfiguración en el Tabor, que esa revelación de su gloria venía a ayudar a superar el escándalo de la cruz. Por eso, aunque ahora Jesús lo explica claramente y lo repetirá muchas otras veces a lo largo del evangelio, a los discípulos les va a ser difícil aceptarlo. La Pasión y la Cruz siguen produciendo repulsa y rechazo en nuestros corazones. Pero ahí tiene que estar presente la pascua en la vida de Jesús como tendrá que estar presente la pascua también en nuestra vida.
‘Pedro se lo llevó aparte y se puso a increparlo: ¡No lo permita Dios, Señor! Eso no puede pasarte’. Ya hemos visto la reacción de Jesús que lo aparta de su lado porque con esas cosas es para Jesús como una tentación del maligno. Aquella tentación de la montaña de la cuarentena que le quería presentar a Jesús un camino de triunfalismo, pero que Jesús rechazó.
Es la tentación que ahora también rechaza cuando aparta de sí a Pedro. Y es que Pedro el que había dicho aquellas cosas hermosas en su confesión de fe en Jesús reconociéndolo como el Mesías Salvador y como el Hijo de Dios no podía aceptar la plenitud del misterio de Jesús que estaba envuelto también por el misterio de la pascua, el misterio de la muerte y la resurrección de Jesús.
¿Nos pasará de alguna manera igual a nosotros? En momentos de fervor qué bien nos sentimos con Jesús, cuánta devoción surge en nuestro espíritu, pero en los momentos difíciles y de prueba cuando dudas aparecen también en nuestra alma. Creer y seguir a Jesús es aceptarle en su total plenitud, en la plenitud también del misterio pascual con todo lo que eso puede implicar nuestra vida.

Nuestra fe en Jesús no se puede quedar a medias, tiene que ser total, con el sí radical de toda nuestra vida y la aceptación radical de todo su misterio de salvación, de todo el mensaje del Evangelio. No nos vale decir que aceptamos unas cosas si y a otras les ponemos pegas. Cuando seguimos a Jesús y le damos el sí de nuestra fe tiene que ser con toda nuestra vida y con la aceptación de todo su evangelio.

miércoles, 7 de agosto de 2013

Un corazón lleno de amor que nos hace grandes y nos llena de confianza en el Señor

Núm. 13, 2-3.26-14, 1.26-30.34-35; Sal. 105; Mt. 15, 21-28
‘Mujer, qué grande es tu fe: que se cumpla lo que deseas’, son las palabras finales de Jesús. Qué grande es la fe de aquella mujer; qué grandeza de espíritu, qué entereza y qué fortaleza, pero qué espíritu de humildad y de confianza tan grande lo que manifestó aquella mujer.
Es el corazón de una madre que sufre con el dolor de su hija lo que hace florecer esa entereza y esa humildad; es un corazón lleno de amor. Cuando somos capaces de poner amor de verdad en nuestro corazón florecerán todas esas virtudes, todos esos valores, y porque amamos seguimos buscando hasta el final por muchas que sean las dificultades de todo tipo por las que tengamos que pasar, aunque se tenga que humillar nuestro espíritu.
Mirando el corazón de esta madre me puse a pensar en nuestras reacciones y sensibilidades ante cualquier cosa que pueda herir nuestro amor propio. Hoy parece que esas sensibilidades las llevamos a flor de piel y no somos capaces de pasar por nada que nos pueda herir en lo más mínimo.
Por supuesto, nadie tiene derecho a herir el amor propio de nadie; porque queramos ayudar a los demás no tenemos derecho a humillar o hacer pasar por malos tragos; precisamente en el  nombre del amor tenemos que ser más delicados con nuestros semejantes y muchas veces, hemos de reconocerlo, no sabemos hacer bien las cosas, porque tenemos la tentación y el peligro de subirnos en nuestros pedestales de bondad con los que podemos humillar incluso a aquellos que queremos ayudar.
Pero tenemos que admirar la entereza de aquella mujer que movida por su amor de madre viene pidiendo y suplicando por la salud de su hija. Hemos de poner el hecho en el contexto de su tiempo y de las costumbres de aquella época que Jesús vendrá a purificar y transformar. Desde ahí podemos entender muchas de las cosas que escuchamos en este texto, pero viendo que en Jesús prevalecerá su amor y misericordia y tras la prueba por la que pasa aquella mujer va a ser no solo atendida por Jesús en su petición de la curación de su hija, sino que además recibirá la alabanza de Jesús por su fe, su humildad y su perseverancia.
Es el gran mensaje y lección que nosotros hoy recibimos para aprender a hacer nuestra oración al Señor por una parte. La oración de esta mujer es un modelo de humildad, de confianza y de perseverancia. No se siente humillada porque aparentemente parece no ser escuchada por Jesús. Los discípulos también intercederán por ella. ‘Atiéndela, que viene detrás gritando’, le dicen a Jesús. Reconoce su pequeñez y su indignidad, que precisamente es lo que la hace grande y que motivará luego la alabanza de Jesús. Y desde su humildad insiste llena de confianza; busca motivos y razones, pero ella sabe que va a ser escuchada por Jesús porque su corazón de madre está sintonizando con el corazón misericordioso de Jesús.
En la sintonía que, por otra parte, nosotros hemos de poner en nuestra vida, la sintonía del amor. Sintonizar con el corazón Cristo que es un corazón compasivo y misericordioso. Sintonizar con el corazón de Cristo para aprender a amar con un amor como el de Jesús. Sintonizar con el corazón de Cristo para, llenos de amor, poner esa humildad, esa delicadeza, esa perseverancia en nuestro corazón y en consecuencia en nuestra manera de orar al Señor. Sintonizar con el corazón lleno de amor de Jesús para en esa misma empatía y simpatía saber sentir como nuestros los sufrimientos de los demás y convertirnos también en intercesores de nuestros hermanos.

¿Tendremos la misma grandeza, la misma entereza, la misma humildad y perseverancia de la mujer cananea?

martes, 6 de agosto de 2013

Con la experiencia de la Transfiguración de Jesús nos sentimos transfigurados para transfigurar nuestro mundo

2Pedro, 1, 16-19; Sal. 96; Lc. 9, 28-36
La liturgia de la Iglesia con su sabiduría nos va ofreciendo a lo largo del año litúrgico una serie de celebraciones, que no son solo las que entran dentro del ritmo litúrgico de la celebración del misterio pascual, que son hitos importantes que nos ayudan en nuestro caminar y que son hermosos alicientes que nos despiertan de la modorra o de la rutina en la que podríamos caer.
Así es esta fiesta que hoy se nos ofrece, la Transfiguración del Señor. Y es en que incluso en los momentos buenos y de fervor pueden asaltarnos sentimientos encontrados que nos distraigan o nos puedan hacer perder el ritmo del camino de nuestra vida cristiana. Casi al inicio de la Cuaresma caminando hacia la celebración de la Pascua del Señor en el segundo domingo se nos ofreció en el evangelio el texto de la Transfiguración del Señor. Ahora, en medio del tiempo Ordinario y cuando dentro de un mes aproximadamente se nos ofrezca celebrar la Exaltación de la Cruz de Cristo, se nos presenta de nuevo la Transfiguración del Señor.
Como diremos en el prefacio de esta fiesta ‘ante la proximidad de la pasión, fortaleció la fe de los apóstoles para que sobrellevasen el escándalo de la cruz, y alentó la esperanza de la Iglesia’. Ahí, podemos decir, tenemos la gran motivación de la celebración de esta fiesta de la Transfiguración del Señor, fortalecer la fe de la Iglesia y alentar la esperanza. En ese camino de cada día entretejido de luces y sombras, de momentos de fervor y entusiasmo en nuestra fe y nuestro caminar cristiano, pero con momentos también de debilidad y decaimiento, momentos de desaliento ante lo que nos rodea o la inmensa tarea que tenemos que realizar, necesitamos esa luz de la transfiguración.
Jesús se había llevado a aquellos tres discípulos escogidos a lo alto del monte para orar. A ellos no les había sido fácil a pesar de todo lo que habían visto en Jesús y éste les había enseñado de cómo tenía que ser su oración. Tantas veces nos pasa a nosotros también. Pero el evangelista nos da el detalle: ‘Pedro y sus compañeros se caían de sueño’.
Pero allí ante ellos se estaba manifestando la gloria del Señor en su transfiguración. Y contemplaron la gloria del Señor. El aspecto del rostro de Jesús había cambiado, sus vestidos brillaban de blancos; dos hombres aparecieron en gloria con Jesús, Moisés y Elías. Pedro no puede menos que manifestar el gozo grande que estaban sintiendo: ‘Maestro, qué hermoso es estar aquí’. Y ya quería quedarse allí para siempre y estaba queriendo levantar tres tiendas. ‘No sabía lo que decía’, dice el evangelista.
Pero ahora una nube los envuelve y el temor se apodera de nuevo de ellos. Estaban envueltos por el misterio de la gloria del Señor y era algo que les superaba. ‘Se asustaron al entrar en la nube’. Y viene la voz del cielo señalando a Jesús. Como allá en la teofanía del bautismo junto al Jordán. ‘Este es mi Hijo, el escogido: escuchadle’. Y de nuevo está Jesús solo. Y se hizo silencio, un silencio que les hizo  no contar lo que les había sucedido. Así se los pediría Jesús hasta que resucitase de entre los muertos.
Todo aquello que había sucedido había que rumiarlo en su interior. Lo comprenderían todo a la luz de la Pascua. Esto era un anticipo, un adelanto. Pero allí se estaba manifestando todo el resplandor de la divinidad. Después de la Pascua ya podrían proclamar en verdad que Jesús es el Señor.
Todo esto también nosotros tenemos que rumiarlo en nuestro interior. Queremos confesar con toda nuestra vida y en todo momento que Jesús es el Señor. Nos cuesta en muchas ocasiones; si a Pedro y los compañeros se les cerraban los ojos de sueño, a nosotros quizá se nos cierra la boca con nuestros miedos y cobardías, con nuestros temores e inseguridades. Pero tenemos que hacerlo; tenemos que fortalecernos también en nuestra fe y no perder la esperanza.
Es el testimonio valiente que hemos de dar y que el mundo ha de escuchar. Porque es a Jesús a quien tenemos que anunciar. Y lo podemos anunciar porque nosotros lo hemos vivido, lo hemos experimentado en nuestro corazón. Y así nos convertimos en testigos. Experimentamos dentro de nosotros mismos cómo Jesús nos transforma, nos transfigura también porque podemos escuchar de la misma manera esa voz del Padre que nos llama hijos, amados y escogidos. Así nos ama el Señor.
‘Prefiguraste maravillosamente nuestra perfecta adopción como hijos tuyos’, decíamos en la oración litúrgica expresando todo lo que ha de significar y repercutir en nuestra vida la celebración de esta fiesta. Es cierto que nos sentimos débiles y pecadores, pero con los resplandores de su luz nos sentimos limpios y purificados de las manchas de nuestros pecados.

Subamos al monte del Tabor para tener esa experiencia de la transfiguración y así nos sintamos nosotros también transfigurados. Llenos de esa luz y de esa gloria del Señor hemos de bajar a la llanura de la vida y con nuevo brío y valentía hagamos ese anuncio de Jesús a nuestros hermanos. El mundo necesita también ser transfigurado, pero eso va a depender de  nosotros porque esa tarea la ha puesto el Señor en nuestras manos. No nos asustemos con la misión. No nos durmamos.

lunes, 5 de agosto de 2013

María de las Nieves, salud y vida de nuestro pueblo

Gál. 4, 4-7; Sal. 112; Lc. 2, 1-7
A lo largo del año son muchas las fiestas de la Virgen en las que vamos celebrando el misterio de María en torno al Misterio de Cristo y reconociendo cuántas grandes el Señor quiso realizar en María, porque era su Madre, la Madre del Señor. ‘El Señor hizo en mi maravillas’, como cantaría ella misma en el Magnificat.
Fiestas en las que celebramos su Maternidad divina, la mayor de sus grandezas, como hacemos dentro del misterio de la Navidad, o fiestas donde contemplamos todas las prerrogativas con las que Dios quiso adornarla en su infinita sabiduría y misericordia, como cuando la celebramos preservada de todo pecado e Inmaculada en su Concepción o glorificada en su Asunción al cielo como la vamos a celebrar dentro de pocos días.
A lo largo del año en otras fiestas celebramos a María en sus diferentes advocaciones, que son como piropos que queremos cantar a la Madre después que de diversas maneras hemos sentido su presencia y su protección. Toda una manifestación de ese amor que le tenemos a María, porque el Señor ha querido dejárnosla como Madre que nos protege y continuamente nos alcanza la gracia del Señor.
A ella la contemplamos como el mejor ejemplo y estímulo que podemos sentir en el camino de nuestra vida cristiana, y siempre estamos queriendo aprender de María porque en ella nos sentimos impulsado a caminar hacia lo alto, a recorrer esos caminos de santidad a los que estamos llamados.
Esta fiesta del cinco de agosto nace de la conmemoración de una de las Basílicas Mayores que están en Roma junto a la sede de Pedro, pero que es, así siempre se ha considerado, el primer templo cristiano dedicado en Roma al culto y a la veneración de la Santísima Virgen María. Será también en esta Basílica donde se encuentra el Icono de María, Salud del Pueblo Romano, de especial advocación en toda Roma que se quiere acoger al patrocinio y protección de la Virgen esta Advocación de Salus populi romani. Ante él se ha postrado el Papa Francisco en el inicio de su Pontificado y en diversas visitas hechas a esta Basílica, como ahora con motivo de la Jornada Mundial de la Juventud que se acaba de celebrar.
Litúrgicamente este día es el de la Dedicación de Santa María la Mayor, erigida en el siglo cuarto de la era cristiana precisamente después que el Concilio de Éfeso había proclamado la maternidad divina de María, cuando se vino a definir en toda plenitud la divinidad de Jesús, proclamando que es verdadero Dios al mismo tiempo que verdadero hombre.
Luego en torno a la construcción de este templo dedicado a María surgen tradiciones y leyendas con lo que esta Basílica liberariana levantada en el monte Esquilino es conocida también como la de Nuestra Señora de las Nieves, haciendo referencia a las nieves aparecidas en el ferragosto romano para señalar el lugar de la edificación de este templo.
Por eso en diversos lugares una de las advocaciones más queridas de la Virgen que se celebra en este día es precisamente el de Nuestra Señora de las Nieves, como lo es en la Isla de la Palma y en tantos otros lugares en nuestras islas.
Queremos nosotros hoy celebrar con devoción esta fiesta de María; a ella queremos invocarla para que sintamos siempre su protección de Madre que nos preserve de todos los peligros y sea para nosotros luz que nos ilumine en ese camino de santidad que hemos de hacer cada día. Virgen de las Nieves cuya blancura nos habla de resplandores de pureza y de santidad; Virgen de las Nieves que nos hace sentir fuertemente el ardor del fuego de su amor en nuestro corazón para que así nos derritamos en ternura para cuantos nos rodean nuestros hermanos.
Que María nos lleve siempre de su mano; que seamos capaces de revestirnos de María que es revestirnos de gracia y de santidad para que con ella nos sintamos fuertes en nuestra lucha contra el maligno tentador. Vestidos de María, y no solo porque llevemos una vestidura externa, un escapulario o una medalla como escudo protector, sino sobre todo porque nos vistamos de sus virtudes, de su entrega, de su humildad, de su amor, de su apertura a Dios y a su Palabra, nos sintamos seguros porque estando así María con nosotros el enemigo malo nada podrá contra nosotros.

Ruega por nosotros, que somos pecadores, le decimos a María, ahora y en la hora de nuestra muerte. Que en María encontremos la salud de Dios, la salvación de Dios, y que de María aprendamos a llevarla a los demás.

domingo, 4 de agosto de 2013

Una hondura espiritual y trascendente que es más que una pompa de jabón

Eclesiastés, 1, 2; 2, 21-23; Sal. 89; Col. 3, 1-5.9-11; Lc. 12, 13-21
No terminamos nunca de aprender la lección. Con lo que nos va sucediendo en la vida o contemplamos lo que va sucediendo en nuestra sociedad tendríamos que aprender a escarmentar en cabeza ajena, como se suele decir, pero no terminamos de aprender. No sé, pero parece que fuéramos niños que corriéramos tras unas pompas de jabón sin darnos cuenta de que se van a desvanecer en el aire.
Hace unos días al pasar por una plaza había alguien que estaba haciendo eso, pompas de jabón; confieso que nunca las había visto tan grandes y con figuras tan caprichosas; y como suele suceder allá había unos niños que corrían tras ellas tratando de atraparlas en su juego sin caer en la cuenta de que pronto al tocarlas se quedaban en nada; pero lo curioso era que los mayores que pasábamos por el lugar también nos quedábamos como atontados mirando y casi como queriendo correr también a atraparlas.
Pompas de jabón, vanidades… Así comenzaba el texto del sabio del Antiguo Testamento. ‘Vanidad de vanidades y nada más que vanidad…’ Curioso que la palabra hebrea empleada en el esto sagrado ‘hebel’ su primer significado es soplo, utilizado en sentido metafórico para designar algo efímero, transitorio, una realidad inconsistente y fugaz que no se puede aferrar. Me vino la imagen de la pompa de jabón.
¿Queremos apoyar nuestra vida en una pompa de jabón? ¿en algo efímero, transitorio y fugaz? Nos aparecen varias sentencias en el texto de la Palabra de Dios que hoy se nos ha proclamado. ‘Guardaos de toda clase de codicia, nos dice Jesús; pues, aunque uno ande sobrado, su vida no depende de sus bienes’. Y por otra parte san Pablo al invitarnos a mirar hacia arriba, a no quedarnos solamente a ras de la tierra con las cosas materiales, nos advierte que entre otras cosas también ‘la codicia y la avaricia son una idolatría’. Nos recuerda aquello que en otra ocasión nos dice Jesús en el evangelio que no podemos servir a dos señores, a Dios y a las riquezas.
El texto del evangelio de hoy arranca del hecho de que alguien viene a pedirle a Jesús que haga de árbitro o de juez con su hermano que le está reclamando la herencia. No quiere Jesús entrar en esos pleitos familiares, pero si nos deja un hermoso mensaje para que no apeguemos nuestro corazón a lo material. ‘Guardaos de toda clase de codicia, nos dice Jesús; pues, aunque uno ande sobrado, su vida no depende de sus bienes’. Y ya hemos escuchado la parábola que nos propone.
Somos bien conscientes de que tenemos que valernos en la vida de los bienes materiales; es la forma de nuestro intercambio, de la remuneración material de lo que hacemos o trabajamos, son los medios materiales que necesitamos para nuestro sustento y para la obtención de aquello que necesitamos  y justo es que lo tengamos y por ese medio logremos una vida digna y que también podamos disfrutar de todo eso bueno que tengamos a nuestro alcance. Sentimos arder nuestro corazón en compasión y hasta en angustia cuando contemplamos a tantos que hoy lo pasan mal por la carencia de esos medios que les lleva a profundas y dolorosas necesidades. Y no podemos quedarnos con los brazos cruzados ante esos problemas que hacen sufrir a tantos.
Pero lo que estamos escuchando hoy en el Evangelio y toda la Palabra de Dios es un iluminarnos para que le demos un hondo sentido a la vida y al uso también de esos bienes. Se nos habla de la codicia, de la avaricia, de esa ambición desmedida por la posesión de cosas o de bienes, de esa acumulación de cosas materiales pensando que es así donde y cómo vamos a alcanzar la felicidad verdadera. Nos viene bien hacernos estas reflexiones, también ¿por qué no? en medio de este tiempo de vacaciones y de disfrute, porque bien sabemos que vivimos en un mundo demasiado materialista, demasiado sensual que se pueden convertir en tristes idolatrías de nuestra vida.
Cuidado con las pompas de jabón, como veíamos en las imágenes del principio de nuestra reflexión. Tenemos el peligro de descuidar esos valores que van a dar más trascendencia y profundidad a nuestra vida quedándonos solo en lo material. Hay tantas cosas que pueden contribuir a nuestra felicidad y a la de cuantos nos rodean y no es precisamente solo desde la posesión de esos bienes materiales.
Cuidemos y cultivemos de verdad todo aquello que nos ayude a una mejor convivencia y armonía con los que están a nuestro lado. Y ahí podríamos fijarnos en tantos detalles y señales de respeto, de sinceridad, de sencillez y humildad, de encuentro y entendimiento que habríamos de tener con los que están a nuestro lado, desterrando de nuestro corazón vanidades, orgullos, posturas egoístas e insolidarias, desconfianzas... Son cosas sencillas que podemos hacer sin que nos cueste nada más que nuestra buena voluntad poniendo lo mejor de nosotros mismos y nos hacen verdaderamente felices a todos.
Y como nos decía san Pablo ‘buscad los bienes de allá arriba… aspirad a los bienes de arriba, no a los de la tierra… despojaos del hombre viejo, con sus obras, y revestíos del nuevo…’ Elevemos nuestra mirada, elevemos nuestro espíritu; no nos podemos quedar en lo terreno, somos un ser espiritual; démosle trascendencia a nuestra vida, porque no nos quedamos en el aquí y ahora de nuestra vida terrena y presente. Démosle verdadero hondura espiritual a todo lo que hacemos y vivimos.
Cultivemos los valores de la fe. Sintamos cómo desde Jesús nuestra vida se transforma. En Cristo vamos descubriendo en verdadero valor de lo que hacemos y de lo que vivimos. El que elevemos nuestro espíritu, el que sepamos dar trascendencia a lo que hacemos, no significa que nos desentendamos de nuestro mundo y de lo que aquí tenemos que vivir, o de las cosas que aquí tenemos que usar. Vamos a encontrar su verdadero valor. Y si nos dejamos en verdad transformar por Cristo necesariamente estaremos contribuyendo a transformar nuestro mundo a imagen del Reino de Dios.
Y en la fidelidad y responsabilidad con que usemos de esos bienes materiales nos daremos cuenta también de su trascendencia para los demás, porque con ello estaremos contribuyendo a hacer nuestro mundo mejor. Recordemos que nos enseña en sus parábolas a saber valorar y hacer fructificar hasta el más pequeño de los talentos. No nos desentendemos, pues, de este mundo, sino todo lo contrario, todo eso que está en nuestras manos nos daremos cuenta que está para el bien de todos y estaremos contribuyendo a la felicidad de todos mejorando nuestro mundo.

No nos apoyamos en una pompa de jabón, en una vanidad. Qué profundidad aprendemos a darle a nuestra vida desde el sentido del evangelio. Que en todo aquello que hacemos o de lo que disfrutamos no busquemos nuestra gloria sino que de la trascendencia que le damos a todos busquemos siempre la gloria del Señor.

sábado, 3 de agosto de 2013

Las sombras no tienen la última palabra porque al final brillará la luz de la victoria

Lev. 25, 1.8-17; Sal. 66; Mt. 14, 1-12
Aparecen brutalmente retratadas las sombras de la maldad del corazón del hombre que irrumpen impetuosamente pareciendo que todo lo inundan con su espiral de pecado y de muerte frente al rayo de luz y esperanza que significa la bondad y fidelidad de un corazón justo que no se deja avasallar por el mal y que está llamada a ser siempre una luz victoriosa. Ya sabemos cómo el mal hace mucho ruido y también mucho daño allá donde lo dejamos introducir, mientras la bondad y el amor suelen ser semillas silenciosas pero las que serán capaces de transformar los corazones y transformar también el mundo.
Muchas veces hemos meditado este texto del martirio del Bautista y próximamente tendremos ocasión de meditarlo una vez más. Podemos sentir la tentación del desánimo porque nos pareciera que el mal y la injusticia tuvieran la última palabra inundándonos de muerte. Es una terrible espiral la que contemplamos en Herodes con su vida incestuosa y llena de cobardías y de injusticias que abocan a la muerte en el martirio del Bautista. Reflejo como bien sabemos de todas las tentaciones que nosotros podamos sufrir también de una forma o de otra, porque cuando nos dejamos llevar por el maligno poco a poco irán apareciendo también muchos desordenes en nuestra vida.
Pero la vida honrada, justa, llena de fidelidad y valentía de Juan que no teme la cárcel ni la muerte para proclamar en todo momento lo que es el bien y la verdad denunciando todo lo malo nos estimula y nos da fuerzas, la fuerza que recibimos del Señor, para nuestra lucha contra la tentación y el mal que hemos de hacer cada día. Es como un faro de luz que nos llena de esperanza en nuestra lucha contra el mal. Su testimonio será un testimonio permanente para nuestra vida y un estímulo poderoso para nosotros.
La muerte del Bautista no es para nosotros un fracaso sino una victoria de fidelidad y de amor porque hemos de saber leer su muerte y su martirio desde el prisma del misterio pascual de Cristo, que es misterio de pasión y de muerte, pero es proclamación de victoria y de resurrección.
Siempre el maligno querrá borrar y hacer desaparecer toda semilla de bien y de bondad que nosotros queramos sembrar, pero no nos podemos desalentar. No podemos consentir que se ahoguen los resplandores del bien porque el maligno quiera imponer su reino de sombras.
Por muchos que sean los vendavales de las tentaciones que quieran apagar esa luz tengamos la confianza y la esperanza de que esa luz ha de brillar, sintamos la fuerza del Señor en nosotros para dar ese testimonio de que nuestro corazón se puede transformar con la fuerza de la gracia del Señor y sigamos sembrando esas buenas semillas de bondad, de amor, de paz, de armonía, de generosidad, de sinceridad, de rectitud que son las que irán transformando nuestro mundo.
¿Dónde tenemos nuestro apoyo y nuestra fuerza? En el Señor que siempre estará a nuestro lado. Y aunque haya ocasiones en que tengamos fracasos por nuestras debilidades sabemos que en el Señor tenemos nuestro consuelo y también el aliento necesario para levantarnos y seguir luchando por todo eso bueno que queremos para nosotros y para nuestro mundo.

Fijémonos en un detalle, cuando los discípulos de Juan se enteraron ‘recogieron el cadáver, lo enterraron y fueron a contárselo a Jesús’, que nos dice el Evangelista. ¿A quien mejor podían acudir, cuando Juan tantas veces les había señalado el camino que les condujera a Jesús, que acudir a Jesús y en Jesús encontrar ese consuelo y ese animo para seguir adelante con la misión?

viernes, 2 de agosto de 2013

Los prejuicios nos impiden una aceptación sincera de los demás

Lev. 23, 1.4-11.15-16.27.34-37; Sal. 80; Mt. 13, 54-58
Muchas veces en la vida nos dejamos influenciar por ideas preconcebidas, prejuicios, que nosotros mismos nos hayamos hecho sobre las personas o los aconteceres de nuestro alrededor o también influenciados por la opinión de otros o las presiones que desde determinados lugares de poder (así podríamos decir de manera suave) nos puedan estar realizando.
Nos cuesta ser imparciales y objetivos, o tener justos criterios de juicio sin dejarnos influenciar para llegar a una opinión lo más justa posible. Es lo que dice o piensa todo el mundo y ya no nos molestar en analizar si es verdadero; salió en determinado medio de comunicación y ya se toma como una verdad absoluta; hacia aquella persona porque no es de mi misma opinión o no me cae bien en algún aspecto, ya tenemos nuestros prejuicios bien determinados y diga lo que diga o haga lo que haga ya siempre será tal o cual, por no poner aquí ningún epíteto.
En la vida social, en la política, en los enfrentamientos que pueden surgir entre vecinos o en las propias familias, porque lo dice fulanito o porque un día hizo algo que no nos agradó, vamos marcando a la gente y no somos capaces de aceptarnos y ya nunca veremos nada positivo en lo que haga o en lo que diga. Qué difícil, pienso, es que podamos con esas determinaciones construir entre todos el edificio de nuestra sociedad en el que a la larga todo tenemos que estar bajo el mismo techo, todos tenemos que convivir. Así nos va, que no terminamos de dar pasos verdaderos hacia adelante.
Me hago esta reflexión que creo que nos puede ayudar a pensar un poco en qué es lo que hacemos de nuestra sociedad y nuestro mundo, mirando por una parte esa realidad de nuestras relaciones mutuas y nuestra convivencia de cada día, pero escuchando al mismo el evangelio que se nos proclama en este día que nos habla de las reacciones de la gente de Nazaret ante la presencia y el actuar de Jesús.
Hacemos una lectura de este evangelio recordando en paralelo lo que de este mismo episodio nos narra san Lucas. Recordamos que fue cuando Jesús leyó aquel texto de Isaías que fue como su discurso programático al inicio de su vida pública. En principio parecen reacciones positivas de admiración ante la sabiduría de Jesús y el poder que manifiesta pues a sus oídos han llegado ya noticias de sus milagros. Pero es solo un primer momento, porque pronto comenzarán a recordar que si es el hijo del carpintero, que si allí están sus parientes, que de donde saca todos esos saberes y poderes, porque a El lo han visto desde niño allí entre ellos.
Los prejuicios porque de donde ha aprendido todas esas cosas, las pretendidas manipulaciones porque querrán presentarse con orgullo ante los pueblos vecinos como que tienen entre ellos alguien muy poderoso, los recelos y las desconfianzas. Terminará diciendo el evangelista que Jesús allí no hizo milagros por su falta de fe. El reconocimiento de lo que Jesús hacía no les sirvió para despertar su vida. Grandes eran los recelos, desconfianzas, los intentos incluso de manipulación podríamos ver en el fondo.
Qué parecido a lo que decíamos al principio de nuestra reflexión sobre lo que sigue sucediendo hoy entre nosotros y cuantas consecuencias tendríamos que sacar para nosotros. Cuantas consecuencias en el camino de nuestra fe, de nuestra manera de acercarnos a Jesús. A El tenemos que acercarnos con fe pura y limpia; hasta Jesús tenemos que llegar siempre con corazón bien abierto para que llegue a nosotros todo lo que es la novedad de la vida nueva de la gracia que El quiere regalarnos.
No podemos acercarnos a Jesús desde intereses torcidos ni desde prejuicios predeterminados; no podemos ir a Jesús para que nos diga simplemente lo que nos agrade a nuestros oídos, sino con la sinceridad de un corazón humilde que se deje interpelar por la palabra y la presencia de Jesús.
Y de la misma manera en nuestra relación con los demás; alejemos de nosotros prejuicios hacia las otras personas; cuantos juicios injustos de desconfianza, de condena incluso, nos hacemos en nuestro interior cuando nos acercamos así prevenidos contra los demás y que algunas veces manifestamos externamente con nuestras actitudes y posturas y hasta con nuestras palabras descalificatorias hacia los demás.
Qué difícil una convivencia sana y constructiva cuando llevamos en nuestro interior esas posturas. Qué difícil construir una sociedad mejor para todos cuando tenemos esa desconfianza en el corazón hacia los otros y en lugar de aprovechar todo lo bueno, destruimos con nuestras descalificaciones y nuestros enfrentamientos irracionales.

Mucho nos hace pensar este evangelio, si queremos recibirlo como una buena nueva de gracia de Jesús para nuestra vida.

jueves, 1 de agosto de 2013

No nos dejemos ahogar por la mediocridad sino busquemos siempre caminos de plenitud

Ex. 40, 16-21; 34-38; Sal. 83; Mt. 13, 47-53
En la vida  no podemos andar con mediocridades, nadando entre dos aguas, quedándonos a medias tintas. La vida en si misma entraña crecimiento, vitalidad que decimos en una palabra, y si no crecemos, nos renovamos continuamente nos morimos. Algo que se realiza fisiológicamente por si mismo en toda persona y en toda edad. Sin querer entrar en terminologías médicas o técnicas ¿qué es el cáncer sino que unas células muertas nos invaden y nos van llenando de muerte? Por eso no nos podemos quedar nunca a medias - quedarnos a medias sería dejar entrar algo de muerte en nuestra vida - sino que siempre, en todas las etapas de la vida, hemos de tener espíritu de superación y crecimiento.
Podríais decirme es que ya somos mayores, ya hemos vivido la vida, ahora ya no tenemos la energía ni la vitalidad de cuando éramos jóvenes y nos comíamos el mundo. No vale decir esto. No se nos pide que tengamos la vitalidad de un joven, pero sí que tengamos una verdadera madurez en la vida, y la madurez no la da solamente la acumulación de los años. Por supuesto que los años vividos nos enseñan, y precisamente porque nos enseñan es por lo que nos hemos de dar cuenta de que no podemos perder esa vitalidad de la vida en si misma, aunque sea con los años y las posibilidades que ahora tengamos. Somos maduros cuando sabemos darle un sentido hondo a lo que hacemos y a lo que vivimos. No vivimos de ensoñaciones, sino poniendo bien los pies en la tierra de lo que es nuestra realidad, pero sabiendo elevar nuestra mente y nuestro corazón en ese deseo de vivir con plenitud de sentido cada momento.
Esto en el aspecto humano de nuestra existencia en esa lucha diaria de nuestro vivir, pero esto también en ese camino espiritual que queremos vivir desde nuestra fe y nuestro seguimiento de Jesús. Es esa madurez espiritual que le hemos de dar a nuestra vida, esa espiritualidad que nos anima; una espiritualidad que parte de ese ser espiritual que hay en nosotros, que nos constituye en persona, pero que fundamentamos por así decirlo en el Espíritu divino que Dios nos concede, del que nos hemos hecho partícipes desde nuestro bautismo.
Estos días pasado hemos ido escuchando en el evangelio las diferentes parábolas de Jesús que Mateo nos ha concentrado en el capítulo trece de su evangelio. Parábolas que nos han ido hablando del Reino de Dios como semilla que se planta en nosotros y que hemos de saber hacer fructificar. Ayer se nos hablaba del Reino como de un tesoro escondido o de una perla preciosa, por el que hemos de ser capaces de darlo todo. Y hoy nos ha hablado por una parte del pescador que al sacar la red a la orilla de la playa escoge entre los peces buenos, mientras desecha los que no sirven, o del hombre sabio que sabe sacar del arca lo nuevo o lo antiguo según convenga.
Es esa sabiduría que nosotros queremos aprender de la Palabra del Señor para nuestra vida, para buscar lo que en verdad vale, lo que en verdad es importante y por lo que merece la pena darlo todo. Como un tesoro, como una perla preciosa. Ese tesoro y esa perla que en la sabiduría infinita de Dios y en su eterna misericordia llega a nosotros para ayudarnos a descubrir caminos, para alentarnos en nuestra vida para que nuestra vida crezca, para fortalecernos en nuestro caminar a pesar de nuestra debilidades y carencias.
Queremos seguir luchando, queremos seguir buscando lo bueno, queremos intentar que nuestro corazón cada día se llene de más bondad y generosidad, queremos seguir sintiendo dentro de nosotros esa inquietud por hacer que cada día nuestro mundo sea un poquito mejor y queremos poner nuestro granito de arena.
No nos queremos quedar arrumbados a un lado, como si ya fuéramos inservibles; todos podemos hacer siempre algo bueno, aunque nos parezca insignificante. Una gota de agua puede parecer insignificante en la inmensidad del mar, pero el mar no sería mar, el océano no sería océano si no estuviera formado por esos miles y millones de gotas que nos puedan parecer insignificantes.

Pongamos la gotita de agua o el granito de arena de nuestra vida que no es tan insignificante y veremos cuanto de bueno podemos hacer. Pongamos con intensidad eso que yo soy en la vida y nos sentiremos fuertes y con mayores deseos aun de crecer más y más dándonos así cuenta de cuánta vida hay aun en nosotros. Busquemos esa perla preciosa, ese tesoro de la sabiduría de Dios que enriquece nuestra vida y nos hace sentirnos en verdad fuertes para seguir luchando. No nos dejemos ahogar en la mediocridad que solo nos llevaría a la muerte.

miércoles, 31 de julio de 2013

El rostro resplandeciente de un cristiano tiene que expresar que lleva a Dios consigo

Ex. 34, 29-35; Sal. 98; Mt. 13, 44-46
‘La cara es el espejo del alma’ es un dicho o proverbio popular de mucha sabiduría. Si estamos alegres eso se va a manifestar en la brillantez de nuestro rostro; si estamos, por otra parte, enojados o tristes difícilmente podremos ocultarlo. Creo que todos tenemos la experiencia de encontrarnos con personas que nos trasmiten paz y serenidad solamente con su presencia y su mirada: una persona bondadosa lo reflejará en su rostro de manera que con gusto nos acercamos a ella pues parece como si de esa bondad o de esa paz nos contagiemos nosotros también.
Sin embargo podemos tener el peligro y la tentación de querer ocultar nuestros sentimientos porque no queremos manifestar lo que de verdad llevamos dentro. ¿Será porque será malo? ¿será porque quizá nos avergüence manifestar lo que sentimos porque así nos parecería que somos más débiles?  Por otra parte nos encontramos también personas que van siempre con ceño fruncido, que no son capaces de sonreír, que podría parecer que van siempre enojadas. Dejemos trasparentar nuestros mejores sentimientos.
¿Por qué me hago esta reflexión que estoy compartiendo con ustedes? Me da pie lo que hemos escuchado hoy en el libro del Éxodo. ‘Cuando bajó Moisés del Monte Sinaí con las dos tablas de la alianza en la mano, no sabía que tenía radiante la piel de la cara, de haber hablado con el Señor. Pero Aarón y todos los israelitas vieron a Moisés con la piel de la cara radiante’. Estaban impresionados, no se atrevían a acercarse a Moisés, por eso dice el autor sagrado que luego Moisés se echó un velo por la cara.
Grande había sido la experiencia de Dios que había vivido Moisés en el Sinaí. Como escuchábamos ayer ‘el Señor hablaba con Moisés cara a cara, como habla un hombre con su amigo’. Moisés venía de la presencia del Señor. Grande tenía que ser el gozo que llevaba en su alma por haber contemplado la gloria del Señor y esa gloria del Señor se iba reflejando ahora en su rostro radiante. Lo que había vivido, todo lo que había experimentado ahora se reflejaba en ese resplandor. Ese brillo y resplandor no lo podía ocultar, ni podía ocultar la experiencia de Dios que había vivido. Eso marcaba su vida para siempre.
Pero creo que todo esto tiene que hacernos reflexionar para nuestra vida. No es necesario que subamos a lo alto de la montaña del Sinaí para vivir nuestra experiencia de Dios. Por la fe que tenemos, una fe que tiene que ser viva y fuerte, tendríamos que sentirnos llenos de Dios. Muchas veces lo hemos reflexionado cómo Dios quiere venir a habitar en nosotros. No es necesario que nos extendamos nuevamente en ello. Pero sí hemos de ser conscientes que ya desde nuestro Bautismo hemos sido consagrados para ser morada de Dios, templos del Espíritu Santo.
Y eso que así hemos de vivir en el día a día de nuestra vida se intensifica cuando nos unimos a Cristo en los Sacramentos. Ya el mero hecho de estar reunidos para celebrar la Eucaristía tendría que hacer resplandecer nuestro corazón con la gloria del Señor. Pero cuando además en la Eucaristía comemos a Cristo, nos alimentamos de El, nos estamos llenando intensamente de su vida, de su amor, de su paz. Por eso me atrevo a decir que no tiene sentido ni que vivamos nuestra Eucaristía de manera fría y sin que deje huella en nosotros, ni que salgamos de la Eucaristía, después de haber comulgado a Cristo, con rostros de amargura, con sentimientos de tristeza, con pensamientos de muerte. Tendríamos que sentirnos transformados. Tendría que resplandecer nuestro rostro con un brillo nuevo y especial porque llevamos a Cristo con nosotros.
En Cristo siempre encontramos paz, nos llenamos de esperanza, nos sentimos cada vez más impulsados al amor, nos sentimos comprometidos con lo bueno, hemos de estar rebosantes de alegría. Pero, seamos sinceros, ¿es eso lo que reflejamos cuando salimos de la Misa, cuando salimos de la Iglesia? ¿Qué es lo que habrá pasado para que no lleguemos a resplandecer con esa paz? ¿Por qué no brilla nuestro rostro como el de Moisés? Muchas cosas tendríamos que analizar.

Que nuestro rostro refleje de verdad que llevamos a Dios con nosotros y asi trasmitamos paz y serenidad, brillemos por nuestra bondad y nos apartemos siempre del mal.

martes, 30 de julio de 2013

El Señor hablaba cara a cara con Moisés, como habla un hombre con su amigo

Exodo, 33, 7-11; 34, 5-9.28; Sal. 102; Mt. 13, 36-43
‘El Señor hablaba cara a cara con Moisés, como habla un hombre con su amigo’. Hermosa imagen que nos habla de la cercanía de Dios, que nos habla de cómo ha de ser nuestra oración. No perdemos de vista la inmensidad y la grandeza de Dios; no olvidamos que es el Señor de cielo y tierra creador de todas las cosas; tenemos muy presente su omnipotencia, su poder, que es el Dios único de nuestra vida a quien hemos de reconocer y adorar. Pero sentimos su cercanía y su amor.
‘El Señor pasó ante él proclamando: Señor, Señor, Dios compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en clemencia y lealtad, misericordioso hasta la milésima generación… y Moisés al momento se inclinó y se postró por tierra…’  Y Moisés le pide a Dios que vaya con ellos siempre, ‘aunque sean un pueblo de dura cerviz’ rogándole que perdone sus culpas y pecados.
Nos postramos ante Dios y lo adoramos; reconocemos nuestra indignidad y nuestro pecado; pedimos al Señor que esté siempre con nosotros. Es como ha de ser siempre nuestra oración. Fijémonos en la oración litúrgica; comenzamos reconociendo esa presencia del Señor con el saludo sacerdotal; en el saludo el sacerdote nos desea la paz y el amor del Señor, que el Señor esté con nosotros; es como un acto de fe.
Hemos de ser conscientes siempre de lo que expresamos en los textos litúrgicos que no pueden ser simplemente un rito que repetimos; es un peligro que tenemos; muchas veces incluso en el comienzo de la celebración, porque lleguemos tarde, porque estemos más bien mirando quien está en la Iglesia, o porque estamos simplemente en nuestras cosas, quizá no lo damos toda la importancia que tiene ese saludo e inicio de la celebración.
Pero fijémonos en cual es siempre el segundo paso de nuestra celebración. Sintiéndonos en la presencia del Señor nos damos cuenta que somos pecadores, nos reconocemos pecadores. ‘Perdona nuestras culpas y pecados y tómanos como heredad tuya’, que le decía Moisés al Señor. Así nos sentimos con toda sinceridad en la presencia del Señor.
El momento que sigue, sobre todo en la celebración de la Eucaristía, es el de la alabanza, de cantar la gloria del Señor, de proclamar nuestra acción de gracias. ‘Te alabamos, te bendecimos, te damos gracias… con el Espíritu Santo en la gloria de Dios Padre’.
A la luz del texto de libro del Exodo he querido detenerme en estos sencillos aspectos en esta breve reflexión. Quisiera que en verdad esto nos ayudara a vivir con intesidad nuestra oración al Señor y a darle sentido verdadero a nuestras celebraciones para que no caigamos en rutinas que facilmente nos deslizan por la pendiente que termina en la frialdad y en un vivir sin sentido aquello que tendría que ser tan importante para nosotros.

‘El Señor hablaba cara a cara con Moisés, como habla un hombre con su amigo’. Que así con esa intensidad hagamos nuestra oración como un encuentro vivo y profundo con el Señor.

lunes, 29 de julio de 2013

Santa Marta, modelo de acogida a Dios en nuestra vida para aprender a acoger a los demás en nuestro corazón

Hebreos, 13, 1-3; 14-16; Sal. 33; Lc. 10, 38-42
Estamos celebrando hoy a santa Marta, que como bien sabemos la comunidad de las Hermanitas la tiene como especial protectora, pero también como hermoso y valioso ejemplo de servicialidad y acogida en su trabajo con los ancianos. Un hermoso ejemplo también para todos porque nos hace descubrir valores muy importantes en nuestras relaciones humanas de cada día en las que dejándonos iluminar por la gracia de Dios nos ayudan a vivir esa caridad intensa que como cristianos tiene que brillar siempre en nuestra vida
La Palabra de Dios hoy, pues, nos está hablando de la hospitalidad, tanto en el texto de la primera lectura como en el Evangelio. Una virtud muy humana, un valor muy importante que tenemos que cultivar pero diríamos también una virtud muy gloriosa que nos acerca a Dios y nos acerca a los hermanos que caminan a nuestro lado, donde hemos de aprender a descubrir siempre el rostro y la presencia de Dios.
Una virtud muy característica del pueblo judío, y en general de todos los pueblos semitas, que manifiesta unos valores muy profundos y muy enriquecedores de las personas y de los pueblos. Un pueblo hospitalario, hemos de reconocer, es un pueblo rico en valores que por otra parte facilitan la convivencia entre todos y donde todos los que se acercan a él se sentirán a gusto en esa acogida y hospitalidad. Hay pueblos en los que brilla de manera especial esta virtud de acogida y de apertura del corazón ante el que llega, ante el forastero y para quienes nadie se considera extraño, pero también nos encontramos con pueblos muy encerrados en sí mismos en los que habitualmente se ven cerradas no solo las puertas de los hogares ante el extraño sino lo que es peor las puertas de los corazones en una cerrazón llena de desconfianza y de temor.
La persona o el pueblo hospitalario es de corazón a abierto y con esa persona o en ese pueblo siempre nos sentiremos a gusto y motivados para abrir también nuestro corazón. Yo diría más, la virtud de la hospitalidad que abre nuestro corazón al que está a nuestro lado en cierto modo nos está ayudando a abrir nuestro corazón a Dios.
Hay un texto de la Palabra de Dios, del Antiguo Testamento, que hemos escuchado en domingos anteriores, que nos habla de la acogida y hospitalidad de Abrahán ante aquellos tres caminantes que llegan a su tienda, que serán para Abrahán un signo de la presencia de Dios en su vida y de la acogida de su corazón a los designios de Dios. Le vemos allí cumplir con todas las leyes de la hospitalidad en su acogida y en el ofrecimiento de lo que tiene para que descansen del calor del camino y repongan fuerzas con el alimento. Abrahán se está encontrando con Dios.
De ello nos está hablando el hermoso cuadro del hogar de Betania, que nos ha descrito hoy el Evangelio, en aquella familia que acoge a Jesús y a sus discípulos no solo a su paso por el camino, sino también en muchas ocasiones en que Jesús llegará hasta aquellos que serán para siempre sus amigos. Recordemos cómo Marta enviará recado a Jesús cuando Lázaro está enfermo, diciéndole, ‘tu amigo, el que amas, está enfermo’; recordemos, como siempre hemos comentado, que Betania está al borde del camino que sube de Jericó a Jerusalén y era paso obligado de los peregrinos que se dirigían a la ciudad santa desde el valle del Jordán o provenientes de la lejana Galilea. Un lugar muy propicio para hacer un último descanso después de la larga subida desde el Jordán y el cansado camino desde Galilea para reponer fuerzas para tras cruzar el monte de los olivos entrar en la ciudad santa de Jerusalén.
Pero, bien, ¿qué nos puede estar diciendo hoy la Palabra del Señor? ¿Qué nos enseñará para nuestra vida este texto del Evangelio completado con el texto y reflexiones que en el mismo sentido nos ofrecía la primera lectura?
En el texto al que hacíamos mención y escuchado hace varios días, Abrahán acoge a Dios en aquellos tres caminantes y ahora vemos cómo Marta y María acogen a Jesús en el hogar de Betania. ¿Cómo se sentía Abrahán cuando sabía que estaba acogiendo a Dios en su tienda? ¿Cómo se sentían Marta y María cuando tenían el gozo de tener a Jesús con ellas en su hogar?
Hermoso ejemplo nos ofrecen para nuestra vida. Mucho tendríamos que aprender para ofrecerle nuestro amor al Señor con lo mejor de nosotros mismos. Muchas veces hemos reflexionado sobre este texto y esta manera de acoger tanto de Marta como María. En las dos encontramos la lección para acoger a Jesús que llega a nuestra vida, como para acoger a cuantos nos encontramos a nuestro paso en el camino de la vida. A los pies de Jesús hemos de saber ponernos abriendo nuestro corazón, dando lo mejor de nosotros mismos, para llenarnos de Dios, para aprender también desde la acogida de Dios a acoger a los demás y al tiempo llevar a Dios a los demás. Estamos recibiendo a Dios en aquel que llega hasta nosotros y por nuestra manera de acoger y recibir, de escuchar y atender estamos también llevándoles a Dios a sus vidas.
Quizá podríamos preguntarnos ¿somos nosotros los que ofrecemos hospitalidad a Dios o es Dios el que nos ofrece hospitalidad? Es cierto que Dios quiere venir a nosotros, quiere habitar en nuestros corazones; como nos dirá Jesús si guardamos su palabra, si cumplimientos sus mandamientos el Padre nos amará y también nos amará Jesús y el Padre y El vendrán a nosotros para habitar en nosotros. Es la acogida que hemos de hacer al Señor que viene a nuestra vida guardando su palabra, viviendo en el amor y así nos llenaremos de Dios.  
Es el ejemplo que nos ofrece María sentada a los pies de Jesús bebiéndose sus palabras, queriendo escucharle y gozarse de su presencia; pero es el ejemplo también de Marta que da lo mejor de si misma para servir, para hacer todo lo posible para que Jesús se sintiera a gusto en la casa. Por eso andaba tan ajetreada preparando todo y de ahí sus quejas porque quizá María no le ayudaba como ella quería, pero que en el fondo estaba cumpliendo también en su acogida con la ley de la hospitalidad.
Pero nos preguntábamos si no es Dios el que nos acoge a nosotros. ¿Qué es lo que quiere Dios sino que vivamos en El? Nos hace partícipes de su vida que es meternos en su corazón. ¿No nos dice Jesús en la última cena que se va junto al Padre, pero va para prepararnos sitio y que vendrá y nos llevará con El? ¿Qué otra cosa es el amor que Dios nos tiene sino meternos en su corazón?
Es por donde tenemos que aprender hoy el mensaje que nos trae la Palabra del Señor. Cuando aprendemos a acoger a Dios en nuestra vida, estamos aprendiendo a acoger a los demás en nuestro corazón, aprendiendo a meter a los demás en nuestro corazón. Esa es la verdadera acogida, la verdadera hospitalidad. No se reduce a ofrecer cosas - lo que también será necesario y en el  nombre del amor no hemos de dejar de hacer- sino que es ofrecer mi corazón, abrir mi corazón para que el otro tenga cabida en él.
Y cuando somos nosotros capaces de ofrecer la hospitalidad de nuestro corazón a los demás estamos abriendo de verdad nuestro corazón a Dios. No olvidemos lo que nos enseña Jesús que todo lo que le hagamos al hermano a El se lo estamos haciendo. Pero quizá tendríamos que decir que esta virtud de la hospitalidad interactúa en nosotros en nuestra manera de acoger a Dios y en nuestra manera de acoger a los demás, de manera que no hay una sin la otra.
La hospitalidad en su sentido más elemental y natural es abrir las puertas para acoger al que llega dejando que ocupe un lugar en nuestra casa, en nuestro hogar. Ya no se trata sola y llanamente del hogar o cosa material sino que se trata de nuestro corazón que ha de ser un hogar para los demás y para Dios. Abrimos las puertas para que los otros ocupen un lugar en nuestro corazón.
Amarlos no es solo decir que los queremos mucho si luego los tenemos apartados de nuestro corazón por nuestras desconfianzas o todos esos 'peros' que solemos poner en nuestra relación con los otros. Amarlos, como decíamos, es dejar que ocupen un lugar en nuestro corazón, es permitir que se adueñen de nuestro corazón. Es la generosidad del amor que ya nos hará que no seamos dueños de nosotros mismos, sino que al otro lo pongamos siempre en el centro de nuestro corazón.
Hoy estamos celebrando a santa Marta junto a una comunidad, en un hogar, con esa característica tan fundamental, la acogida, la hospitalidad, el amor. Es lo que las hermanitas nos ofrecen; no es solo un edificio donde podamos encontrar un techo, un plato de comida, o un sitio para descansar; es un hogar, un hogar abierto y lleno de amor; un hogar donde podemos aposentarnos con seguridad y con confianza, porque siempre vamos a encontrar amor; un hogar que entre todos hemos de saber construir cada día porque cada uno de los que aquí habitemos tengamos también ese corazón abierto para los demás, sabiendo aceptarnos, comprender, ofrecernos verdadera amistad.
Celebramos a santa Marta que así lo vivió en aquel hogar de Betania, pero al celebrarla a ella en esta fiesta estamos celebrando lo que queremos ser. Que el ejemplo de santa Marta nos estimule, que su intercesión nos alcance esta gracia del Señor; que el ejemplo de quienes a nuestro lado nos sirven y nos acogen sea también para nosotros ese estímulo para vivir con un corazón así. Y si lo vamos haciendo cada día, no olvidemos, estaremos abriendo más y más nuestro corazón a Dios.
Santa Marta es modelo de acogida a Dios en nuestra vida para aprender a acoger a los demás en nuestro corazón.

domingo, 28 de julio de 2013

Le pedimos que nos enseñe a orar y nos enseña a decir Padre

Gén. 18, 20-32; Sal. 137; Col. 2, 12-14; Lc. 11, 1-13

‘Enséñanos a orar’, le piden a Jesús sus discípulos ‘una vez que estaba orando en cierto lugar’. Eran un pueblo creyente a los que acompañaba la oración en todos los momentos del día. Así estaba prescrito en la ley del Señor, ya salieran o entraran de casa, ya comenzaran un trabajo o se retiraran a descansar, ya fuera cada día en cualquier ocasión o de manera especial cuando el día del Señor se reunía en la sinagoga para el rezo de los Salmos y la escucha de la Palabra.
David les había dejado hermosos cánticos e himnos que eran utilizados en el culto - o al menos se le atribuían a David que había reglamentado el culto del templo - pero los profetas que iban apareciendo en medio del pueblo les enseñaban a orar como lo hacía ahora Juan con sus discípulos allá en el desierto junto al Jordán. De su época era el grupo de los esenios que en las orillas del mar muerto llevaban una vida dedicada por entero a la oración.
Veían a Jesús orar en toda ocasión, y ya no era solamente cuando estaba reglamentado por el culto o la ley, sino que contemplaban como se retiraba a solas en muchas ocasiones a orar, ya fuera en el descampado o subiera a las montañas altas, como sucedió en el Tabor. Ahora le piden que les enseñe. ¿Cómo ha de ser la oración que han de hacer a Dios? ¿Se reducirán a repetir los salmos que ya traía el libro sagrado o habría otra manera?
Y Jesús les deja un modelo de oración; un modelo no significa simplemente una fórmula a aprender de memoria y repetir, sino un estilo y un sentido de lo que ha de ser la verdadera oración del discípulo. Y aunque muchas veces nos entretengamos en dar muchas explicaciones y buscar razonamientos para analizar lo que Jesús les enseñó, realmente era algo muy sencillo que estaba al alcance de todo creyente.
Sencillo porque simplemente Jesús nos enseñaba cómo ponernos delante de Dios, con qué actitud profunda del corazón y con qué espíritu. Es simplemente eso, ponernos ante Dios reconociendo en su presencia su amor. Por eso la primera palabra es Padre y ahí va todo encerrado. Decir Padre es decir tú, mi Dios me amas; a ti quiero yo amarte respondiendo a tu amor.
Cuando decimos Padre, cuántas cosas estamos reconociendo. Si decimos Padre es porque nos sentimos amados y porque queremos amar. Y cuando queremos amar queremos todo lo bueno para aquel a quien amamos y de quien nos sentimos amados. Cuando decimos Padre es que queremos portarnos como hijos; cuando decimos Padre estamos mirando con unos nuevos ojos no solo al Dios que nos creó y que nos ama, sino que estaremos mirando con una mirada distinta cuanto nos rodea, cuantos nos rodean.
Cuando le decimos Padre a Dios, queremos su gloria, la gloria del nombre del Señor; nos estamos regocijando sabiendo que ese Dios nos ama y nos quiere como hijos y su nombre para siempre será bendito, será lo más dulce que pongamos en nuestros labios y ya para siempre su voluntad será para siempre nuestra norma y nuestro estilo de actuar.
Una cosa muy sencilla nos está enseñando Jesús, porque nos está enseñando a pronunciar con un nuevo sabor una palabra, padre. Y en ese padre descargamos nuestro corazón, todo cuando llevamos dentro de nosotros. Por eso al decir Padre nos damos cuenta de nuestras necesidades, pero también nos damos cuenta de las necesidades de los hermanos que están a nuestro lado. Por eso tras esa palabra irán surgiendo esas peticiones para el pan de cada día, para el sentido nuevo de cada día en que hemos de vivir, para sentir toda la fuerza divina en nosotros para vernos libres de todo mal y de toda tentación.
Le pedimos al Señor que nos enseñe a orar y nos enseña a decir Padre. Y ahí está todo lo que tenemos que decirle a Dios. Ahí está toda la alegría y el gozo grande del alma al sentirnos amados de ese Dios que es nuestro Padre.
Luego nos explicará Jesús que podemos tener la confianza y la certeza absoluta de que en nuestra oración Dios siempre nos escucha. Es el Padre que escucha a sus hijos y le dará lo mejor. Pero es también el amigo a quien no nos importe importunar, porque siempre al final terminará cediendo para darnos lo que necesitamos. Por eso no nos podemos cansar de nuestra oración primero porque estamos gozándonos en ese encuentro con el Padre bueno que nos ama, pero además porque nos da la confianza para que acudamos a El en toda ocasión.

Por eso nos dice: ‘Pedid y se os dará, buscad y hallaréis, llamad y se os abrirá; porque quien pide recibe, quien busca halla, y al que llama se le abre’. No podemos acercarnos al Señor con desconfianza. Eso es lo que hará que no se nos conceda lo que pedimos, porque es que no lo hacemos con fe, con la confianza total que nos enseña Jesús a tener con el Padre.