Vistas de página en total

viernes, 3 de mayo de 2013

Por medio de los santos apóstoles proteges y guías a todos con la luz del Evangelio

1Cor. 15, 1-8; Sal. 18; Jn. 14, 6-14
‘Os recuerdo el evangelio que os proclamé y que vosotros aceptasteis, y en el que estáis fundados, y que os está salvando… que Cristo murió por nuestros pecados según las Escrituras; que fue sepultado y que resucitó al tercer día, según las Escrituras…’
Así nos lo recuerda el apóstol san Pablo y ahí encontramos el sentido profunda de esta fiesta de los Apóstoles Felipe y Santiago que hoy estamos celebrando, como la fiesta de todos los Apóstoles que vamos celebrando a lo largo del año. Viene a ser una proclamación y una afirmación de nuestra fe, que hemos recibido de los Apóstoles. Fueron los primeros testigos de la muerte y la resurrección del Señor que nos han trasmitido la fe. Es a lo que nos ayuda la celebración de la fiesta de los apóstoles, a una afirmación de nuestra fe.
Como diremos en el prefacio, motivando nuestra acción de gracias al Señor ‘no abandonas nunca a tu rebaño, sino que por medio de los santos apóstoles, lo proteges y conservas, y quieres que tenga por guía la palabra de aquellos mismos pastores, a quienes tu Hijo dic la misión de anunciar el evangelio’. A esto tiene que ayudarnos nuestra celebración, damos gracias a Dios por la fe recibida, pero al mismo tiempo nos sentimos más fortalecidos para proclamarla en medio del mundo, porque también hemos recibido esa misión de anunciar el evangelio.
En el texto de san Pablo que hemos escuchado se nos ha dado una descripción de las distintas apariciones de Cristo resucitado, unas nos las han relatado los evangelios otras no, pero nos llega a decir cómo también se apareció a Santiago, como reconoce Pablo que también él tuvo su encuentro con Cristo resucitado en el camino de Damasco. La liturgia nos ofrece este texto porque nos viene a ayudar en esa proclamación de nuestra fe, heredada de los Apóstoles, pero también por la mención a Santiago, que hoy estamos celebrando junto con Felipe. En el evangelio nos aparecerá Felipe en el diálogo con Jesús en la última cena.
Si nos fijamos bien en este texto del evangelio vemos que todo él es una invitación insistente a poner nuestra fe en Jesús. Felipe manifiesta su deseo, que era el deseo de todos los discípulos como es nuestro deseo según hemos reflexionando recientemente, de querer conocer más a Dios. ‘Muéstranos al Padre’, le pide a Jesús. Pero Jesús nos invita a poner toda nuestra fe en El; una fe que nos lleve a conocerle más, porque conociendo a Jesús estamos conociendo a Dios. ‘Quien me ha visto a mi, ha visto al Padre’, le responde Jesús.
Pero la respuesta de Jesús en cierto modo encierra una queja. Tanto tiempo con Jesús y aún no han terminado de conocerle. Ya hemos visto muchas veces cuánto les cuesta entender a Jesús, conocer a Jesús. Miremos a Jesús, conozcamos a Jesús, vivamos a Jesús y nos estaremos llenando de Dios. Porque nuestra mirada no es una mirada externa, el conocimiento de Jesús no es un conocimiento superficial que solo se fije en cosas; mirar a Jesús y conocerle es vivirle, es llenarnos de su vida, es irnos configurando con El para vivir su misma vida.
Y nosotros, ¿conocemos de verdad a Jesús? ¿ponemos en el toda nuestra fe y nuestra esperanza? Es nuestra tarea, la tarea de cada día. Si en verdad hemos comenzado a amar a Jesús, y a amarlo de verdad, cada día tendremos más deseos de su vida, tendremos ansias de escucharle y escucharle desde lo más hondo de nosotros mismos para dejarnos transformar por El, sin dejarnos reservas para nosotros. Y es que en el seguimiento de Jesús no podemos andas a medias tintas, nadando entre dos aguas, sino que por El hemos de aprender a darlo todo, a darnos totalmente.
Que la celebración de esta festividad de los dos santos apóstoles nos ayude a una vivencia profunda de nuestro ser cristiano, y de nuestro ser cristiano en Iglesia. Porque no vivimos nuestra fe por nuestra cuenta en solitario o a nuestra manera. Nuestra fe en Jesús tiene siempre, ha de tener un profundo sentido eclesial, porque a la Iglesia confió Jesús toda la gracia de la salvación para que a través de ella en la celebración de los Sacramentos y en la proclamación de la Palabra nos llegue esa gracia salvadora que nos llena de vida.
Que crezca nuestra fe; que crezca nuestro sentido de Iglesia; que crezca también nuestro espíritu misionero para llevar esa luz de la fe a los demás que quizá están a nuestro lado buscando hasta sin saberlo. ‘A toda la tierra alcanza su pregón’, repetíamos en el salmo. Como Felipe que con Andrés condujeron a aquellos dos gentiles que preguntaban por Jesús hasta el Maestro, nosotros por el testimonio de nuestra vida, pero también por  nuestra palabra valiente seamos capaces de conducir a la luz a tantos que se encuentran en las tinieblas por no tener fe y que solo en Jesús, en su encuentro con El podrán iluminar plenamente sus vidas. 

jueves, 2 de mayo de 2013


Fe, amor y alegría para contar a todos la gloria del Señor

Hechos, 15, 7-21; Sal. 95; Jn. 15, 9-11
‘Contad a los pueblos la gloria del Señor’, fuimos repitiendo en el salmo. ‘Contad a los pueblos su gloria, sus maravillas a todas las naciones… cantad al Señor, bendecid su nombre…’
Cantamos la alabanza del Señor, bendecimos a Dios y proclamamos su gloria contando a los pueblos las maravillas que hizo el Señor. Escuchábamos en la primera lectura de los Hechos de los Apóstoles cómo ‘toda la Asamblea hizo silencio para escuchar a Bernabé y Pablo que les contaron los signos y prodigios que habían hecho entre los gentiles con la ayuda de Dios’; como escuchábamos anteriormente ‘cómo Dios había abierto a los gentiles la puerta de la fe’.
Pedro corrobora también con la experiencia que él había tenido cuando el Espiritu del Señor bajó también sobre el centurión Cornelio, un pagano que también había abrazado la fe. Como les dice ahora Pedro ‘Dios que penetra los corazones mostró su aprobación dándoles el Espíritu Santo como a nosotros. No hizo distinción entre ellos y nosotros, pues ha purificado sus corazones con le fe… creemos que lo mismo ello que nosotros nos salvamos por la gracia del Señor Jesús’.
Contamos y cantamos las maravillas que hace el Señor que nos llama a todos a la fe. Contamos y cantamos las maravillas que hace el Señor que nos otorga la salvación por la gracia del Señor Jesús. Como  nos dirá san Pablo luego en la carta a los Efesios, ‘por pura gracia estáis salvados’. La salvación es una gracia del Señor, un regalo que nos hace el Señor no porque nosotros lo merezcamos sino por el amor que nos tiene.
¿Cómo hemos de responder nosotros? Con nuestra fe y con nuestro amor. La fe con la que le decimos sí a Dios, reconociendo su grandeza y su amor, reconociendo la gracia que nos regala con su salvación. La fe que es el sí que le damos a Dios viviendo esa vida nueva que nos ofrece. La fe es el Sí que le damos al Señor reconociendo que El es nuestro único Señor y Salvador.
Pero si con la fe le decimos sí a su amor, en su amor hemos de vivir; nos sentimos amados y no podemos menos que amar. Nos sentimos amados y porque creemos en El queremos permanecer unidos a El en su amor. La fe nos conduce al amor, como el amor de Dios ha despertado en nosotros la fe. Reconocemos su amor y le damos la respuesta de nuestra fe; renoconocemos que El es el Señor de nuestra vida porque creemos en El y le damos la respuesta de nuestro amor.
‘Como el Padre me ha amado, así os he amado yo: permaneced en mi amor’, nos decía Jesús en el Evangelio. Como hemos reflexionado estas palabras de Jesús se corresponden con las palabras de despedida de Jesús en la última cena. Nos muestra el amor que Dios nos tiene y nos dice que así amemos nosotros a Dios, así permanescamos unidos en su amor. Cuando le amamos y le damos respuesta con nuestra fe y con nuestro amor cumpliendo sus mandamientos vamos a permanecer unidos a El para siempre. Es despedida pero es decirnos que El estará siempre con nosotros en su amor y lo que nosotros hemos de hacer es permanecer en su amor.
Finalmente nos habla Jesús de la alegría. Cuánto lo necesitamos porque cuando creemos en El y le amamos no caben en nosotros las tristezas. Cuánto necesitamos que Jesús nos hable de alegría, porque El quiere que haya esperanza en nuestros corazones. Algunas veces caminamos por la vida y pareciera que se nos han acabado todas las esperanzas. Eso no tiene sentido en un cristiano que ha puesto toda su fe en Jesús. Los problemas nos agobian, la situación dificil por la que podamos estar pasando parece que desastabilizan el corazón, pareciera que nos envolviera la negrura del pesimismo y la desilución. Todo eso está lejos del sentir cristiano, todo eso tiene que estar lejos del que se dice creyente en Jesús.
La fe que tenemos en Jesús nos dice que de esas negruras podemos salir, que esos problemas pueden tener solución, que esas situaciones las podemos superar, que a esas dificultades por las que pasamos le podemos poner unos nuevos tintes de color y de luz, porque el Señor está con nosotros, porque su amor no  nos faltará nunca, y porque si vivimos intensamente en esa fe y en ese amor que ha de ser nuestra respuesta estaremos ya realizando una transformación en nosotros, en nuestros corazones, pero estaremos también ayudando a esa transformación de nuestro mundo.
‘Os he hablado de esto para que mi alegría esté en vosotros y vuestra alegría llegue a plenitud’. Vivamos con entusiasmo la alegría de nuestra fe y que eso se manifieste en nuestras actitudes, en las sonrisas de nuestros rostros y en la ilusión y esperanza de la que contagiemos a nuestro mundo. 

miércoles, 1 de mayo de 2013


El trabajo que nos ennoblece y nos hace creadores para la gloria de Dios

Col. 3, 14-15.17.23-24; Sal. 89; Mt. 13, 54-58
‘¿De dónde saca toda esa sabiduría y esos milagros? ¿No es éste el hijo del carpintero?... ¿de dónde saca todo eso?’ Así se preguntaban sus convecinos de Nazaret cuando escuchaban a Jesús en sus enseñanzas y contemplaban los milagros que hacía.
El hijo del carpintero, así conocían a Jesús. Así mencionaban a José a quien hoy una vez más estamos celebrando, el carpintero de Nazaret, el esposo de María de la cual nació Jesús, llamado el Cristo, como dice el principio del evangelio de Mateo en la genealogía.
La liturgia nos ofrece este texto con esta mención en esta celebración que hacemos en el primero de Mayo en honor de san José, contemplándolo desde ese aspecto de hombre trabajador. La festividad litúrgica principal de san José es el 19 de Marzo, pero en este día para ayudarnos a darle un sentido cristiano a la fiesta del trabajo que en el ámbito civil se celebra el Papa Pío XII instituyó esta fiesta en honor de san José, llamándola la fiesta de san José obrero.
‘Creced, multiplicaos, llenad la tierra y sometedla’, es el mandato de Dios al hombre en la creación. El hombre dotado de inteligencia y voluntad, con todas las capacidades que tiene en su naturaleza humana, se desarrolla a través del trabajo que viene a ser camino de plenitud para el hombre. En el uso de su inteligencia, en la capacidad creadora de su ser, desarrollando sus cualidades, sus potencialidades, sus valores el hombre se desarrolla así mismo. El trabajo hace al hombre creador en el desarrollo de si mismo y para bien de la humanidad y de la creación.
El trabajo no es un castigo para el hombre ni una maldición. Las consecuencias del pecado sí endurecerán el trabajo del hombre porque lo llenamos al mismo tiempo de ambiciones y orgullos, de egoísmos y maldades que nos hacen insolidarios y que nos enfrentan unos a otros en ese camino de la vida convirtiéndonos en dominadores los unos de los otros. Pero eso son las consecuencias del pecado, no del trabajo en si.
Si lo que buscáramos fuera ese desarrollo de todas esas potencialidades que hay en nosotros y no pensando solo en nosotros mismos sino en el bien de esa humanidad a la que pertenecemos, encontraríamos la verdadera riqueza de nuestro trabajo, que no es solo ni principalmente un lucro económico. Es en lo que tendríamos que reflexionar para llegar a descubrir su verdadero valor y la verdadera riqueza que nos va a ayudar a ser grandes de verdad. Lejos de materializarnos y embrutecernos en el trabajo nos haríamos creadores y llenos de nobles valores.
Hoy contemplamos a San José, el carpintero de Nazaret, hombre justo y trabajador que además fue forjador en lo humano de Jesús, que si era verdadero Dios era también verdadero hombre. ¿Cómo sería el trabajo en aquel hogar de Nazaret? Y pensamos en el trabajo de José, pero pensamos en el trabajo de toda la familia, de María y de Jesús que también trabajó con sus manos en el mismo taller de José.
Hoy nos ha dicho algo hermoso la carta del apóstol san Pablo a los Colosenses. ‘Todo lo que de palabra o de obra realicéis, sea todo en nombre de Jesús, ofreciendo la Acción de gracias a Dios Padre por medio de él’. Todo para la gloria del Señor como tantas veces decimos. Sí, nuestro trabajo, nuestro actuar, ese desarrollo y ese crecimiento de la persona en sus valores y cualidades creadoras, sea siempre para la gloria de Dios.
Que cada tarea que vayamos realizando en nuestra vida seamos capaces de hacerla siempre en el nombre del Señor como cuando Pedro echó las redes para la pesca, y así estaremos siempre dando gloria a Dios.

martes, 30 de abril de 2013


Como aquellas comunidades tengamos interés y sintamos como propia toda la actividad y vida de la Iglesia

Hechos, 14, 18-27; Sal. 144; Jn. 14m 27-31
‘Se embarcaron para Antioquía, de donde los habían enviado con la gracia de Dios, a la misión que acababan de cumplir’. Recordamos cómo estando la comunidad en oración en Antioquía Saulo y Bernabé fueron escogidos por el Espíritu para una misión que se les iba a confiar. Con esa fuerza del Espíritu habían recorrido grandes territorios anunciando la Palabra de Dios.
El texto que hoy escuchamos es el final de ese viaje que nos resume la actividad que iban realizando. ‘En cada Iglesia designaban presbíteros, oraban, ayunaban y los encomendaban al Señor en quien habían creído’. Ahora ‘al llegar a Antioquía, reunieron a la comunidad, les contaron lo que Dios había hecho por medio de ellos y cómo había abierto a los gentiles la puerta de la fe’.
Hay varios aspectos que convendría destacar. La tarea no fue fácil; el recorrido fue largo y en no todos los lugares tuvieron la misma acogida y aceptación. No faltaron las persecuciones como Jesús lo había anunciado, y ya habíamos contemplado al principio de los Hechos de los Apóstoles. En Iconio habían intentado ya apedrear a Pablo y Bernabé y se habían marchado a Listra y Derbe. En principio habían sido bien aceptados pero llegaron judíos de Antioquía de Pisidia y de Iconio y soliviantaron a la gente de manera que apedrearon a Pablo y lo arrastraron fuera de la ciudad.
Pero el apóstol continúa con su misión en su fidelidad al encargo recibido del Señor. Es como lo vemos completar el recorrido y van dejando fortalecidas aquellas incipientes comunidades de creyentes. ‘Se habían abierto a los gentiles las puertas de la fe’, dirían más tarde. Todo terminan compartiéndolo con la comunidad de donde habían partido ‘con la gracia del Señor’.
Alguien podría pensar - y algunas veces uno lo ha escuchado - qué nos puede interesar todos esos recorridos y esas peripecias de los apóstoles recorriendo esos caminos de anuncio del Evangelio. Son historias pasadas, escuchamos en ocasiones decir algunos. Historias pasadas, respondemos, que tienen su actualización en el día a día del anuncio del Evangelio hoy.
Pero ¿en verdad hoy nuestras comunidades están interesadas por las tareas de la evangelización que la Iglesia va haciendo por todas partes? Hemos de reconocer, es la tarea de la Iglesia, es nuestra tarea. Realizada por nuestros misioneros, nuestros sacerdotes, la gente comprometida en el apostolado en distintos movimientos dentro de la Iglesia, pero hemos de sentir que es la tarea de todos y a todos tendría que afectarnos.
Tendríamos que mostrar más interés por lo que sucede en nuestra iglesia, y no solo para criticarla si hay cosas que no nos gustan o alguien hace algo mal. Es interés por todo lo que realiza la Iglesia, y deberíamos tener más conocimiento de lo que se hacen en nuestras parroquias, o en las comunidades cristianas de nuestro entorno, como en todo el ámbito de la Iglesia.
Nos hablaban hoy los Hechos de los Apóstoles de la persecución que en este caso sufrió Pablo al ser apedreado, pero ¿somos conscientes de tantos cristianos que en tantos lugares de nuestro hoy, en nuestro siglo, siguen sufriendo persecución? En muchos lugares no se deja predicar el evangelio, hablar de Jesús, o se queman nuestras Iglesias o se mira mal las actividades de los cristianos, pero seguimos quizá sin enterarnos o no le damos importancia, o son noticias que no salen nunca en las primeras páginas de los medios de comunicación.
Que se despierte nuestro amor a la Iglesia; que busquemos la manera de tener conocimiento de todo lo que es la vida de la Iglesia. Que con nuestra oración seamos esa comunidad que está detrás apoyando toda esa inmensa labor que realiza la Iglesia en tantos ámbitos tan diversos también. Oremos por la Iglesia.

lunes, 29 de abril de 2013


Señor, ¿qué ha sucedido para que te muestres a nosotros y no al mundo?

Hechos, 14, 5-17; Sal. 113; Jn. 14, 21-26
Seguramente habremos tenido la experiencia cuando ha surgido una amistad entrañable entre dos personas llegando a un buen entendimiento y comunicación sincera en que uno se pregunta cómo es que se ha llegado a una relación de amistad tan hermosa, cómo ha nacido esa comunicación y esa confianza sincera, por qué uno se siente tan querido por ese amigo. Ha surgido, ha crecido la amistad y el cariño sincero y ahí está esa hermosa comunicación e intercambio de sentimientos que nos lleva a una comunión profunda.
Pienso que algo así les estaba sucediendo a los discípulos de Jesús y de manera especial al grupo de los Doce Apóstoles que Jesús se había escogido de manera especial, por lo que ahora Judas, no el Iscariote como matiza muy bien el evangelista, se pregunte y le pregunte a Jesús ‘Señor, ¿qué ha sucedido para que te muestres a nosotros y no al mundo?’ Como veremos más adelante Jesús les dirá que los llama amigos, no siervos, porque a ellos les ha revelado todos los secretos del Padre.
¿Qué ha sucedido? nos preguntamos nosotros también. Claro que también tendríamos que preguntarnos qué es lo que tiene que suceder entre nosotros y Jesús. La cercanía, el encuentro, el escucharnos con sinceridad mutuamente hacen la amistad, y hacen que vaya creciendo el calor del amor en el corazón. ‘El que sabe mis mandamientos y los guarda, ése me ama, y al que me ama lo amará mi Padre y lo amaré yo y me mostraré a él’, les había dicho Jesús.
No era la relación de curiosidad de escuchar cosas interesantes o bonitas por el mero hecho de aprender lo que había entre los discípulos y Jesús de forma mutua. Era algo más hondo, porque nacía más y más el amor el corazón de los discípulos por Jesús, porque también se sentían amados por Jesús.
Y Jesús les habla de esa comunión nueva y profunda que va a surgir entre ellos y Jesús. ‘El que me ama guardará mi palabra y mi Padre le amará, y vendremos a él y haremos morada en él’. Cuando entramos en esa órbita del amor de Dios, queriendo escucharle, pero queriendo también realizar su voluntad, queriendo amarle y dejándonos amar por el Señor, Dios va a llenar, a inundad nuestro corazón con su presencia y con su amor, de manera que nos haremos morada de Dios. ‘Vendremos a él y haremos morada en él’.
¿No decimos que por el Bautismo nos convertimos en templo del Espíritu Santo y morada de Dios? No son meras palabras teóricas, no son cosas automáticas y simplemente rituales. Si podemos llegar a eso, y el Bautismo es el signo sacramental por el que se realiza, es porque nosotros en nuestra vida le hemos dado el sí de nuestra fe y de nuestro amor a Dios; decimos que queremos seguir a Cristo pero es que seguir a Cristo significa ese dejarnos inundar por el amor de Dios para que sea su amor lo que plenifique nuestra vida; será desde ese amor de Dios que nos llega en Jesús donde le demos sentido profundo a nuestra vida y ya en nosotros todo ha de ser siempre buscar la voluntad de Dios y amar a Dios y amar a los hermanos desde lo más profundo de nuestra vida. Sentiremos entonces como Dios está morando en nuestro corazón y nuestro vivir es Cristo porque ya no vivamos sino para El.
Pero es tarea nuestra de querer crecer en ese amor y en esa amistad con el Señor desde nuestra oración, desde la escucha de la Palabra, desde ese ir rumiando lo que es la voluntad del Señor allá en lo hondo de nuestro corazón. Es ese crecimiento espiritual del que hemos hablado también tantas veces, esa espiritualidad que hemos de vivir hondamente para seguir a Jesús. 

Es hermoso y es profundo todo esto que estamos reflexionando; algo que nos llena de alegría y de plenitud. Algo quizá que nos cuesta llegar a entender en toda su profundidad y algo que también nos costará muchas veces vivir por tantas limitaciones y debilidades como hay en nosotros. Pero Jesús nos promete la asistencia del Espíritu Santo, el que vendrá y nos lo revelará todo, pero también nos dará la fuerza de la gracia para que podamos vivirlo. 

domingo, 28 de abril de 2013


El amor nuevo que nos pide Jesús y que es nuestro distintivo

Hechos, 14, 21-27; Sal. 144; Apoc. 21, 1-5; Jn. 13, 31-35
No es posible creer en Dios-Amor y seguir atrapado en la telaraña de nuestros egoísmos y mezquindades. Sólo quien es amado y se siente amado es a su vez capaz de amar. Quienes hemos vivido en toda su intensidad el misterio pascual de Cristo no podemos menos que amar y amar en el estilo y la manera de cómo nosotros hemos sido amados. Y nosotros seguimos celebrando la Pascua.
Hemos escuchado en el Apocalipsis: ‘El que estaba sentado en el trono dijo: lo hago todo nuevo’. Es el fruto más brillante de la pascua. Un mundo nuevo tiene que surgir de la pascua. ‘Un cielo nuevo y una tierra nueva, el primer cielo y la primera tierra han pasado…’ Es el amor nuevo que hemos de vivir y que nos ha de distinguir para siempre. El amor será el carné de identidad de los cristianos porque es signo concreto de una fuerza misteriosa inaccesible al ser humano: la fuerza del amor de Dios que se revela en su Hijo Jesús.
Es el mandato de Jesús que hoy le escuchamos en el evangelio. Un mandamiento nuevo,  nos dice. Mandamiento nuevo, ¿por qué? El amor está impreso en el corazón del hombre, podríamos decir, desde su misma naturaleza humana, desde su misma humanidad. Un amor que nos hace entrar en relación con nuestros semejantes en la que el ser humano se afianza a sí mismo en una relación mutua buscando armonía y entendimiento para alejar de sí aquello que le pudiera destruir, si todo lo basáramos en un enfrentamiento y en una lucha. Por el mismo amor a la vida el ser humano buscará ese entendimiento en el amor para evitar su destrucción. Por eso podemos decir que está impreso en el ser más intimo del hombre, de la persona, aunque pudiéramos dañarlo desde intereses que solo le hicieran mirarse a si mismo y nos pudiera volver egoístas. 
En la medida en que Dios se va revelando a la humanidad nos va revelando también la grandeza del ser humano construido desde el amor. El mandamiento del amor desde lo que es la voluntad del Dios está patente y claro también en el Antiguo Testamento porque ya los diez mandamientos nos enseñan a buscar el respeto y el valor de toda persona y en consecuencia el amor, nacido desde ese amor de Dios que expresamente se manifiesta en lo que es la historia de la salvación en el antiguo pueblo de Israel, en el Antiguo Testamento.
El mandamiento, pues, de amarnos los unos a los otros no es nuevo en sí mismo, sin embargo Jesús nos dice que nos da un mandamiento nuevo que es el amarnos los unos a los otros. ¿Dónde está la novedad? podríamos preguntarnos. La novedad está en la manera cómo ha de ser ese amor, porque Jesús nos dice que hemos de amarnos como El nos ama a nosotros. Esa es la novedad y esa es la Buena Noticia. ‘Os doy un mandamiento nuevo: que os améis los unos a los otros; como yo os he amado, amaos también entre vosotros’. Y como nos dice a continuación esa será la señal por la que nos reconocerán como discípulos de Jesús.
Mandamiento nuevo del amor porque constituye el único y radical compromiso de la Alianza nueva y eterna instaurada por Jesús en su entrega suprema de amor; mandamiento de amor recíproco - amarnos los unos a los otros - porque ya para siempre nadie será superior al otro porque además todos necesitamos del amor del otro.
Pero mandamiento nuevo del amor porque se funda en el amor de Jesús - ‘como yo os he amado’, nos dice - que es el modelo supremo de nuestro amor. ‘Si yo el maestro y el Señor os he lavado los pies, así debéis lavaros los pies los unos a los otros’, nos diría al principio de la cena pascual después de haber realizado el signo.
El amor que nos está pidiendo Jesús que nos tengamos tiene unas características muy precisas y hermosas, tenemos que reconocer. Será un amor generoso, rompedor de límites, gratuito, misericordioso, liberador y que nos hace entrar en una nueva comunión con resplandores y anuncios de plenitud y de eternidad.
Un amor que no tiene limites a la hora de dar ni de darse, que sabe esperar siempre y siempre dispuesto a comprender y a perdonar; un amor que nos hace humildes y sencillos para abajarnos siempre y ponernos en la actitud del servicio desinteresado; un amor generoso que ama a todos porque nadie se considerará ya un enemigo, y que llega a todos, al cercano y al lejano, al amigo de siempre y al desconocido.
Será un amor gratuito que ni se fija en méritos ni busca méritos ni recompensas sino que siempre será gracia - gratuito - como lo es la gracia del Señor que envía la lluvia o hace salir el sol sobre malos y buenos, sobre justos o injustos; un amor que se hace extraño en un mundo de intereses y de búsquedas de recompensas, donde todo se paga o se compra, pero que actúa entonces en la sintonía de Dios, mucho más hermosa que todas nuestras interesadas sintonías humanas.
Será un amor entrañable, como entrañable es la ternura y la misericordia de Dios como se nos refleja en el pastor que busca la oveja perdida o el padre que espera siempre con un corazón lleno de ternura tanto al hijo pródigo que se marchó como al hijo orgulloso que se quedó en la casa del padre para sentirse superior sobre su hermano. Es un amor siempre dispuesto a perdonar no una sino hasta setenta veces siete porque siempre ve en el otro un hermano y no será capaz nunca de tirar la primera piedra del juicio y la condena porque primero reconoce su debilidad y su propio pecado.
Será un amor liberador, porque amando de verdad nos liberamos de tantas cosas que nos atan por dentro, pero que será siempre una mano tendida al hermano para levantarlo, para restablecerlo en su dignidad, para ayudarle a caminar, para hacerle sentirse nuevo porque se sentirá querido y amado, comprendido y perdonado.
Será un amor que nos hará entrar en una relación nueva con el otro que es algo más incluso que un compartir solidariamente o una amistad, porque será empatizar desde lo más hondo con el otro para saber vivir una nueva relación de comunión, una nueva relación que nos hará saber comulgar también con el otro para amarlo desde lo más profundo, sea quien sea.
Y será un amor permanente, un amor que no desfallece ni se agota ni por el paso del tiempo ni por los contratiempos que puedan surgir, porque será un amor a la manera del amor que el Señor nos tiene que siempre es fiel en su amor por nosotros; un amor que nos abre a horizontes de plenitud y de eternidad porque nos hace participar del amor eterno e infinito de Dios.
Un amor nuevo, un amor distinto es el amor que nos pide Jesús y que nos enseña a vivirlo con su propio amor. Un amor de lo más humano pero también de lo más divino; un amor humilde, servicial, misericordioso; un amor que es paciente y que llena de esperanza; un amor delicado y fuerte, comprensivo y exigente; un amor que comparte el dolor y la alegría, un amor que sana y que libera; un amor que nos hace entrar en la más profunda comunión con el hermano y que nos acerca a Dios, al mismo tiempo que hace presente a Dios. Un amor que se alimenta en el amor de Dios y que al mismo tiempo se hace ofrenda y sacrificio porque en el amor - ahí está lo que es el amor y la entrega de Jesús - el mundo va a encontrar salvación.
‘Os doy un mandamiento nuevo: que os améis los unos a los otros; como yo os he amado, amaos también entre vosotros. Es la señal por la que conocerán todos que sois discípulos míos…’ ¿Se nos reconocerá por ese amor?

sábado, 27 de abril de 2013


Quien me ha visto a mi ha visto al Padre

Hechos, 13, 44-52; Sal. 97; Jn. 14, 7-14
‘Quien me ha visto a mí, ha visto al Padre’. Es la respuesta que Jesús da a Felipe cuando éste le pide: ‘Señor, muéstranos al Padre, y nos basta’.
Deseamos conocer a Dios. Es un ansia y un deseo que todos llevamos dentro. Nos sentimos sobrecogidos ante el misterio de Dios al que no podemos abarcar por nosotros mismos. Los discípulos que tanto le habían oído hablar a Jesús de Dios, a quienes les había enseñado a llamar Padre les parece ahora que tienen la oportunidad, por lo que les dice Jesús, de que puedan conocer a Dios. ‘Muéstranos al Padre’, le piden porque no es solo la petición de Felipe, sino en el fondo es la petición de todos, como es también nuestra petición en ese deseo de Dios que tenemos allá en lo más hondo de nosotros mismos.
‘Hace tanto tiempo que estoy con vosotros, ¿y aún no me conoces, Felipe?’. Efectivamente conociendo a Jesús podemos llegar a conocer a Dios. Ya al principio del evangelio de Juan escuchábamos: ‘A Dios nadie lo vio jamás; el Hijo único, que es Dios y que está en el seno del Padre, nos lo ha dado a conocer’. Y como se  nos decía rotundamente entonces: ‘Y la Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros; y hemos visto su gloria, la gloria propia del Hijo único del Padre, lleno de gracia y de verdad’.
Es Jesús la Revelación de Dios, la Palabra viva de Dios que se ha hecho carne. Es en Jesús en quien podemos conocer al Padre. ‘El que me ve a mi, ve al Padre’, o como ya nos había dicho ‘nadie va al Padre sino por mí’, por eso nos decía como hemos escuchado recientemente que Jesús es el Camino, y la Verdad, y la Vida.
Cuando estamos contemplando a Jesús, en sus obras y en su actuar, estamos contemplando el rostro misericordioso de Dios. ‘Yo estoy en el Padre y el Padre en mí’, nos dice hoy, ‘creed a las obras’. Son las que dan testimonio de Jesús y nos están ratificando quien es Jesús, pero viendo a Jesús estamos viendo las obras de Dios, estamos conociendo a Dios.
Por eso hemos escuchado cómo Jesús da gracia al Padre que se ha revelado a los pequeños y a los sencillos, ocultando los misterios de Dios a los que se creen grandes y entendidos. Es lo que realiza Jesús a quien vemos siempre rodeados de los pequeños, de los pobres, de los que sufren y allí va derramando el amor y la misericordia de Dios. ‘Nadie conoce al Hijo sino el Padre y nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien se lo quiera revelar’.
Es por eso por lo que nos dice Jesús hoy: ‘Si me conocierais a mi, conoceríais también a mi Padre. Ahora ya lo conocéis y lo habéis visto’. Por eso es tan importante lo que tantas veces repetimos, la necesidad que tenemos de crecer en el conocimiento de Jesús para crecer en nuestra fe, para que luego se pueda manifestar en una verdadera vida cristiana. 
Qué importante que escuchemos con atención y con mucha fe la Palabra del Señor que cada día llega a nosotros. No es una palabra cualquiera, es la Palabra que Dios quiere decirnos para revelarse a sí mismo y para que conociendo cada vez más el misterio de Dios vayamos al mismo tiempo descubriendo las maravillas que el Señor quiere realizar en nosotros; descubramos y reconozcamos la grandeza a la que el Señor nos llama cuando  nos hace partícipes de su vida.
Y una última cosa que nos deja dicho Jesús hoy en el evangelio. Es la seguridad y la certeza de que Dios nos escucha y nos concede lo mejor y lo más hermoso para nuestra vida. ‘Yo me voy al Padre, nos dice, y lo que pidáis en mi nombre, yo lo haré, para que el Padre sea glorificado en el Hijo. Si me pedís algo en mi nombre, yo lo haré’. Es por eso por lo que la oración de la Iglesia la hacemos siempre ‘por Jesucristo nuestro Señor’. Que por Jesucristo nuestro Señor podamos cada día conocer más a Dios.

viernes, 26 de abril de 2013



Con la fe en Jesús nos sentimos siempre llenos de paz y contagiamos de esa paz

Hechos, 13, 26-33; Sal. 2; Jn. 14, 1-6
Qué a gusto y qué bien se siente uno al lado de personas que con su sola presencia nos dan sensación de sosiego y de paz. Personas que vemos serenas, aun en medio de momentos malos y tormentosos, porque nos da la impresión de que saben bien lo que quieren, a donde van o lo que es el sentido o el valor de su vida. No pierden la calma, la serenidad; nos trasmiten paz y sosiego; nos ayudan, muchas veces solo con su presencia, a que nosotros tengamos también ese equilibrio interior que se manifestará también en la forma de reaccionar y de actuar.
Hoy Jesús nos dice: ‘No perdáis la calma…’  Quiere Jesús que tengamos paz en nuestro espíritu y sepamos también trasmitir paz. Y ¿qué es lo que hemos de hacer para no perder la calma, para mantener esa paz de nuestro espíritu? ‘Creed en Dios y creed también en mí’, nos dice. Poner toda nuestra fe y nuestra confianza en Dios, en Cristo.
¿Qué significa eso? ¿qué significa esa fe y cómo ha de ser? No es decir, como algunos piensan, bueno en algo hay que creer por si acaso. Nuestra fe tiene que ser otra cosa, porque la fe que ponemos en Dios nos da seguridad y confianza total. No creemos por si acaso, sino con la seguridad que nos da Dios que se hace presente en nuestra vida, de tal manera que nos dará seguridad, serenidad, paz en todo lo que hagamos o en todo lo que vivamos.
El auténtico creyente se llena de esa paz de Dios; el auténtico creyente se siente firme y seguro en su fe y nada le hará dudar o llenar de zozobra, por muy fuertes que sean los embates de las cosas desagradables que le sucedan en su vida. Los problemas, la enfermedad, la muerte incluso no le hacen perder la paz del espíritu. Por la confianza que ha puesto en Dios sabe lo que quiere y seguro y con fortaleza emprende su camino. Por la fe que pone en Dios su vida está llena de esperanza y expresará en lo que haga ese equilibrio que tiene en su interior a pesar de todo lo que le pueda pasar.
Y es que Jesús nos da la seguridad de que vamos a vivir en El; estará con nosotros pero de manera que nuestra vida se transformará totalmente porque nos sentimos inundados por su gracia y por su vida. Ahí, sea lo que sea lo que nos suceda, nunca el creyente se siente solo o abandonado. El viene a nosotros pero nosotros nos sentimos inmersos en El. Y todo eso lo vamos a vivir con paz de espíritu, lo vamos a expresar con alegría, será contagioso para los que están a nuestro lado. Aquello que decíamos que cuando estamos junto a alguien lleno de sosiego y paz nos sentimos contagiados, pues es de lo que nosotros tenemos que contagiar a los demás.
Lograr todo eso es el camino de espiritualidad cristiana que vamos recorriendo en nuestra vida, en el que hemos de crecer más y más. Es el camino de superación que cada día hemos de ir logrando en nosotros, porque son muchas las cosas que nos acechan y nos distraen de la meta a la que aspiramos. Pero como decimos que hemos de ir creciendo en nuestra fe más y más, iremos creciendo en esa espiritualidad que nos va llenando de Dios y va haciendo nuestra vida distinta.
¿Qué hemos de hacer? Seguir el camino de Jesús. ‘Volveré y os llevaré conmigo para que donde yo estoy estéis también vosotros. A donde yo voy ya sabéis el camino’, les decía a los apóstoles en la última cena y nos está diciendo a nosotros. Los discípulos le preguntaban porque les costaba entender: ‘Señor, no sabemos adónde vas, ¿cómo podemos saber el camino?’ A lo que Jesús les respondió: ‘Yo soy el Camino, y la Verdad, y la Vida. Nadie va al Padre, sino por mí’.
Como tantas veces hemos reflexionado nuestro vivir es Cristo, nuestro camino es Cristo, la verdad de nuestra vida es Cristo. Si lo convertimos de verdad en el centro de nuestra existencia encontraremos el sentido de todo, encontraremos la luz que necesitamos, tendremos la fuerza de su Espíritu que nos ilumina, encontraremos de verdad esa paz. Es el camino de espiritualidad que hemos de recorrer, porque es llenarnos, dejarnos inundar por el Espíritu de Cristo.

jueves, 25 de abril de 2013


Una profesión de fe con firmeza, un anuncio hecho con fidelidad, unas huellas que hemos de seguir

San Marcos Evangelista

1Pedro 5, 5-14; Sal.88; Mc. 16, 15-20
‘Id al mundo entero y proclamad el evangelio a toda la creación. El que crea y se bautice, se salvará; el que se resista a creer, será condenado’. Es el final del Evangelio, el último mandato de Jesús. ‘Y ellos fueron y proclamaron el evangelio por todas partes…’
Pero si así concluye el evangelio de Marcos, en ese mismo sentido tenía su comienzo. ‘Comienzo del Evangelio (de la Buena Noticia) de Jesús, el Cristo, el Hijo de Dios’. Fueron las primeras palabras y el inicio que nos está manifestando lo que el evangelista nos quiere trasmitir: la Buena Noticia de Jesús, que es el Mesías, el Cristo, el Hijo de Dios; Buena Noticia que se ha de trasmitir a toda la creación para que todo el que crea en esa Buena Noticia alcanza la salvación.
Marcos o Juan Marcos, el autor del Evangelio que más tarde sería el fundador de la Iglesia de Alejandría - así se ha considerado siempre y así lo tiene la Iglesia Copta de Egipto - aparece en distintos momentos de la Escritura, ya sea el propio evangelio algo así como insinuado, ya sea en los Hechos de los Apóstoles o en las cartas de San Pablo y San Pedro que lo llama ‘mi hijo querido’, como hoy mismo hemos escuchado.
Digo que en el evangelio es insinuado porque los intérpretes suponen que aquel joven que tras el prendimiento de Jesús en el Huerto le sigue envuelto en una sábana es el propio Marcos; ¿sería aquel huerto de la familia de Juan Marcos? Son suposiciones porque el hecho de que lo siguiera envuelto en una sábana da a entender que dormía cerca y al oír los ruidos saliera a ver lo que pasaba.
En los Hechos aparecerá con Pablo y Bernabé - del que se dice en la carta a los colosenses que eran primos o familia - en el primer viaje apostólico aunque al llegar a Panfilia decide volverse a Antioquía. Eso motivará que en el segundo viaje Pablo y Bernabé discutan a causa de Juan Marcos a quien Bernabé quería llevar con ellos pero Pablo no, y es por lo que ese viaje lo hará ya Pablo solo. Marcos acompañó a Bernabé a Chipre.
En distintas cartas Pablo hará alusión a un Juan llamado Marcos, lo mismo que en la carta de San Pedro que hoy hemos escuchado. Evangelizaría Egipto por lo que se le considera fundador de la Iglesia de Alejandría que tanta importancia tuvo en la Iglesia de los primeros siglos y donde murió mártir. Sus restos están en la Catedral de Venecia dedicada precisamente a su nombre. 
A Marcos se le ha considerado siempre como autor del segundo evangelio, en el que se considera que recoge las catequesis de san Pedro en Roma, puesto que él no fue discípulo directo de Jesús. Es el evangelio más breve y tiene muchas concordancias con los otros evangelios sinópticos de Marcos y de Lucas, porque los exegetas hablan de una fuente común para dichos evangelios.
Tras esta breve reseña de la vida de Marcos y su evangelio desde lo que nos refleja la propia Escritura sagrada, convendría detenernos a reflexionar un poco en cual sería el mensaje que lleváramos a nuestra vida en esta fiesta de san Marcos a la que nos invita hoy la liturgia de la Iglesia. Muchas consideraciones podríamos hacernos fijándonos en aspectos que se resaltarían de manera especial en este evangelio.
Ya desde un primer momento el evangelista nos hace una afirmación contundente para definirnos quien es el Jesús del que nos va a hablar en el Evangelio. Como resaltábamos al principio de esta reflexión el evangelio se inicia diciéndonos ‘Evangelio - Buena Noticia - de Jesús, el Cristo - Mesías -, el Hijo de Dios’. Quiere presentarnos a Jesús en quien hemos de creer para alcanzar la salvación. El que crea en esa Buena Noticia que se nos trasmite, y se bautice, se salvará.
Para centrar este mensaje quiero fijarme en las tres intenciones o motivaciones principales de las oraciones de la liturgia en la Eucaristía de la fiesta de san Marcos. Pedimos ‘seguir siempre fielmente las huellas de Cristo… mantenernos fieles a la misión de anunciar el Evangelio… y creer con firmeza en ese evangelio’. Una fe que hemos de confesar, de vivir y de proclamar con toda fidelidad siguiendo siempre las huellas de Jesús.
Queremos manifestar con toda firmeza nuestra fe en Jesús y en la Buena Noticia de Salvación que nos llega con Jesús a nuestra vida; la firmeza de la proclamación de nuestra fe. Pero esa proclamación no la hacemos solo con palabras, sino en el camino de nuestra vida. ¿Cuál ha de ser ese camino? Seguir las huellas de Cristo. No queremos otra cosa sino vivir a Cristo, imitarle, ser como El, tener sus mismos sentimientos, vivir su misma vida, empaparnos de sus mismas actitudes de amor, de humildad y de servicio. Pero esa riqueza no nos la guardamos para nosotros sino que hemos de trasmitirla a los demás: fidelidad en el anuncio del evangelio.
Es lo que hizo san Marcos con su vida, con su anuncio del evangelio por todo el mundo, escribiéndonos también el evangelio inspirado por el Espíritu Santo para que lo tengamos como Palabra de vida y de salvación para nosotros, como Palabra de Dios, Palabra que Dios nos dirige para que creyendo en Jesús alcancemos la salvación.
Que el Espíritu del Señor nos ilumine y fortalezca para esa confesión de fe, para ese anuncio de nuestra fe para que llegue al mundo la salvación.

miércoles, 24 de abril de 2013


La Eucaristía fuente de una espiritualidad de humildad, pobreza y servicio a ejemplo del Hermano Pedro

Is. 58, 6, 11; Sal. 111; Ef. 3, 14-19; Mt. 25, 31-46
Cuando celebramos la fiesta de los Santos, como decimos en el prefacio, se nos ofrece el ‘ejemplo de su vida, la ayuda de su intercesión y la participación en su destino, para que alentados por su presencia alentadora luchemos sin desfallecer en la carrera y alcancemos con ellos la corona de gloria que no se marchita’.
Hoy estamos celebrando al Santo Hermano Pedro, nuestro santo canario, nacido en un pueblo de nuestras islas, Vilaflor, y que murió en Guatemala. Han pasado los siglos y sigue siendo para nosotros ese ejemplo por su vida. Damos gloria al Señor por el estímulo que significa para nosotros su ejemplo. Damos gracias a Dios porque contemplándolo a él nos sentimos alentados en ese camino que queremos realizar de seguimiento de Jesús. Damos gracias a Dios porque él es también ese poderoso intercesor desde el cielo para alcanzarnos la gracia del Señor que necesitamos en el día a día de nuestra vida cristiana.
En nuestras islas pasó su vida como pastor, cuidando su rebaño en aquellas bandas del sur, como se decía antes para referirnos a esa parte de la Isla. Desde las alturas de Vilaflor hasta la orilla del mar allá junto a la playa del Médano los caminos se entrecruzan y por aquellas veredas de entonces llevaría a pastar sus ganados como era la costumbre entonces en invierno o en verano en un sitio o en otro para obtener los mejores pastos. Queda la memoria de su fe y de su devoción y ya sea hoy en la cueva que tantas veces le cobijara en la costa o en el lugar donde estuviera la casa de su nacimiento a espaldas de la Iglesia de Vilaflor nos quedan esos lugares como santuarios que con la intercesión del santo Hermano Pedro nos acerquen a Dios y nos alcance la gracia divina.
Joven marchó a América, porque en su corazón algo le llamaba, mejor Alguien decimos desde nuestra fe, porque allá, aunque muriera joven, de cuarenta y un año, grande había de ser la obra que realizara desde la humildad y desde el amor. Son dos pilares fundamentales de la espiritualidad de su vida tomando como ejemplo y modelo la escuela de Belén.  Era el humilde terciario franciscano, no pudo llegar al sacerdocio como hubiera deseado por su falta de letras, que recorría las calles de Antigua Guatemala recogiendo a los pobres enfermos y necesitados y recogiendo para ellos las limosnas que le daban para poder atenderlos debidamente.
Calladamente y en silencio como lo saben hacer los que son humildes y están llenos de amor fue forjando la santidad de su vida alimentado por su extrema devoción a la Eucaristía. Por eso en una de las oraciones de la liturgia se nos dice que tengamos nosotros como ‘centro de nuestra vida el misterio eucarístico a ejemplo del Santo Hermano Pedro, quien hizo de la Eucaristía la fuente de un profundo espíritu de humildad, pobreza y servicio’.
El Concilio Vaticano II vendría a decirnos que la Eucaristía es la fuente y la cumbre de la vida de la Iglesia y del cristiano. Ya lo contemplamos en nuestro Santo Hermano Pedro, porque allí estaba la fuente profunda de su espiritualidad. Caminos de amor y de entrega, caminos de humildad y servicio que alimentamos de Cristo Eucaristía.
Porque cuando comulgamos a Cristo, como hemos reflexionado últimamente, estamos comiendo a Cristo para hacernos uno con El, para configurarnos con El que es vivir su misma vida, que es vivir su mismo amor, que es llenarnos de sus mismos sentimientos de humildad y de mansedumbre, que es vivir sus mismas actitudes de amor y de servicio. Ya reflexionábamos que cuando comemos a Cristo en la Eucaristía nos sentimos transformados por Cristo para vivir una misma vida. Es lo que vivía el Santo Hermano Pedro y en lo que es hermoso ejemplo y lección para nuestra vida.
En el evangelio hemos escuchado la alegoría que Jesús nos propone para hablarnos del juicio final. Como hemos recordado en alguna ocasión san Juan de la Cruz vino a resumir estas palabras de Jesús con aquello de que ‘en el atardecer de la vida, seremos examinados del amor’. Es lo que escucharía nuestro santo Hermano Pedro cuando se presentó ante el Señor: ‘Ven, bendito de mi Padre, porque estuve hambriento y me diste de comer, porque estaba enfermo y me visitaste, porque era peregrino y me acogiste…’ Es lo que supo hacer nuestro santo en su vida, acoger al hermano, al pobre, al enfermo, al que nada tenía, al que estaba abandonado de todos, como si a Cristo acogiera. Es el ejemplo, el hermoso testimonio que hemos de recoger de su vida, es la hermosa lección que nosotros hemos de aprender. ‘Que el amor sea vuestra raíz y vuestro cimiento’, nos decía el apóstol en la carta a los Efesios.
Es la lección del amor que hemos de aprender porque en él estamos viendo reflejado el amor del Señor. Y como  nos dice san Juan en sus cartas ‘en esto hemos conocido el amor de Dios: en que El dio su vida por nosotros. También nosotros hemos de dar la vida por nuestros hermanos’, también nosotros hemos de amar con un amor así.
Y la presencia y el ejemplo y el testimonio del Hermano Pedro es nuestro aliento para no desfallecer en ese camino de nuestra vida cristiana. Sabemos que nuestra recompensa la tenemos en el Señor.

martes, 23 de abril de 2013


Por primera vez comenzaron a llamarse cristianos

Hechos, 11, 19-26; Sal. 86; Jn. 19, 22-30
‘Fue en Antioquia donde por primera vez llamaron a los discípulos cristianos’. Hasta ahora eran simplemente los discípulos de Jesús, ‘los que seguían aquel camino’ como se referirá a ellos en otro momento el libro de los Hechos de los Apóstoles. Pero ahora con la expansión, llegando a Antioquia de Siria y donde nacería una comunidad de gran importancia en la Iglesia primitiva y donde se anunciaba también a los gentiles el nombre del Señor Jesús comienzan a llamarse cristianos.
Jesús había enviado a sus discípulos por todo el mundo a predicar el Evangelio de manera que todo el que creyese y se bautizase, alcanzase la salvación; ahora con la dispersión provocada por la persecución que se había desatado en Jerusalén y el martirio de Esteban vemos cómo llega el anuncio del evangelio a Antioquia como a otros muchos lugares.
Ayer escuchábamos cómo Pedro, impulsado por el Espíritu, había ido a casa de un gentil al que también había bautizado; tuvo que dar sus explicaciones a la comunidad de Jerusalén porque en principio solo hablaban de Jesús a los judíos; estaba claro que el evangelio había de extenderse por todas partes y a todos había de anunciarse. Ahora contemplamos en la comunidad de Antioquía que también comenzaron a hablar de Jesús a los gentiles que también abrazaban la fe.
Pero otro aspecto que podríamos destacar es la unidad entre todos los que creen en Jesús. Se irán creando y estableciendo distintas comunidades por todas partes en la medida en que se anuncia el Evangelio, pero siempre habrá una unidad en todos los creyentes. Cuando los cristianos de Jerusalén tienen noticia de esa nueva comunidad muy floreciente en Antioquía envían a Bernabé como un signo de comunión. ‘Al llegar y ver la acción de la gracia de Dios se alegró mucho y exhortó a todos a seguir unidos al Señor con todo empeño…. y una multitud considerable se adhirió al Señor’.
Ya el libro de los Hechos hizo mención de Bernabé por el testimonio que dio al vender sus posesiones para generosamente entregarlo todo para ayudar a los pobres y nadie pasara necesidad, pero ahora veremos la importancia que Bernabé tuvo en la Iglesia primitiva, que sin ser del número de los Doce se le considera también como un Apóstol. A Antioquía vino enviado por la comunidad de Jerusalén y en diferentes asuntos que surgieron entre ambas comunidades lo veremos a El como un mediador.
Hoy lo vemos que toma la iniciativa de ir a Tarso a buscar a Saulo - hemos escuchado hace días su conversión y tras momentos de tensión que se habían creado con su predicación y anuncio del evangelio, había marchado a su pueblo de origen, Tarso de Cilicia - y Bernabé lo trae ahora porque ambos van a realizar una gran tarea en la Iglesia naciente.
Es hermoso ir contemplando este camino de la Iglesia naciente y como se va propagando; pero es algo que tendría que hacernos pensar y que tendría que servirnos a nosotros de estímulo para esa tarea del anuncio del evangelio, de llevar el nombre de Jesús a los demás. Un cristiano nunca se puede cruzar de brazos en esta maravillosa tarea de la evangelización. Nos gozamos viendo el crecimiento de la Iglesia, pero hemos de poner también el granito de arena de nuestro esfuerzo, de nuestro testimonio para que así podamos hacer que cada día más muchos puedan alabar el nombre del Señor.
Que el Señor nos dé ese espíritu apostólico y misionero para que sintamos la urgencia de la evangelización de nuestro mundo. Si para nosotros es un gozo el creer y en Cristo Jesús encontramos el sentido y el valor de nuestra vida, ¿por qué no hacer partícipes a los demás de esa alegría y todos puedan sentirse iluminados por la luz de la fe? ‘¡Ay de mí, si no evangelizare!’ decía en una ocasión san Pablo en sus cartas. Es el compromiso que hemos de sentir en nuestro corazón, es el ardor de nuestro espíritu para anunciar la Palabra de Dios a los demás.
Que todos puedan llevar el nombre de cristianos porque en verdad nos adhiramos con toda firmeza y valentía a Jesús y a su evangelio.

lunes, 22 de abril de 2013



Yo soy la puerta de las ovejas… quien entre por mí, se salvará…

Hechos, 11, 1-8; Sal. 41; Jn. 10, 1-10
‘Yo soy la puerta de las ovejas… quien entre por mí, se salvará…’ La salvación solo la tenemos en Jesús. El es nuestro único Salvador. ¿Buscamos en El de verdad la salvación?
Seguimos con la imagen del pastor, de las ovejas, de los apriscos o rediles donde se guardan las ovejas, como ayer domingo que celebrábamos el domingo del Buen Pastor. Parte Jesús de las imágenes de lo que sucedía entonces y quizá aun en algunos ambientes pastoriles pueden seguir siendo costumbres. Todas las ovejas eran guardadas en un mismo redil; cada pastor iba a buscar a sus ovejas para sacarlas a pastar y llevaría solo sus ovejas, pero cada oveja solo seguiría a su pastor porque es a quien conocían. Al redil solo podrían entrar quienes eran de verdad los pastores de aquellas ovejas y quien quisiera entrar por otro lado, como nos dice, es el ladrón y bandido que va a robar. El pastor entra por la puerta porque le abre el guarda y las ovejas atienden a su voz y le siguen. Al extraño no lo seguirán sino huirán de él, porque no conocen su voz.
Como antes nos preguntábamos ¿buscamos al que es el verdadero pastor de nuestra vida, el único en quien encontraremos la salvación? ¿Escucharemos y reconoceremos su voz o andaremos algunas veces perdidos buscando la salvación donde en verdad no vamos a encontrarla? Tenemos que reafirmar bien nuestra fe en Jesús creciendo más y más en su conocimiento.
Son los peligros de las confusiones que podemos tener en la vida, porque quizá puedan venir de aquí o de allí diciéndonos cosas que nos confunden y nos alejan del verdadero camino de nuestra salvación que solamente en Jesús vamos a encontrar. Cuando se acercan a nosotros tratando de atraernos a sus caminos algunos nos dicen que lo que enseñan no es malo, y tenemos que escuchar a todos. Pero cuando  no tenemos unos sólidos fundamentos en nuestra fe, terminamos haciendo una mezcla de cosas y de ideas que nos apartan de la verdadera fe católica que nos une a nuestra Iglesia.
Creo que tenemos que sentirnos bien seguros de nuestra fe y formarnos debidamente para que no nos entren esas confusiones. Cuando somos débiles en la fe porque no  nos hemos formado debidamente todo nos puede parecer bueno y al final terminamos abandonando lo que es la fe en Jesús que en la Iglesia recibimos y en la Iglesia hemos de vivir. Y hay muchos que quizá quieran aprovecharse de esa nuestra debilidad.
Estamos celebrando el año de la fe al que nos convocó el Papa durante este año en las diversas conmemoraciones que estamos celebrando tanto del inicio de Concilio Vaticano II como de la promulgación del Catecismo de la Iglesia Católica que compendia todo el contenido de nuestra fe.
Precisamente en la convocatoria del Papa para este año se nos hablaba de la puerta de la fe, una buena referencia a lo que hoy hemos escuchado en el evangelio. Y la intención de la celebración de este año es el que ahondemos en nuestra fe, revitalizándola de verdad, para que podamos dar ese testimonio claro y valiente de nuestra condición de cristianos en medio del mundo. Y una forma de revitalizar nuestra fe no es solamente decir que yo si creo, sino el que trate de ahondar, estudiar, repasar todo lo que es el contenido de nuestra fe que se nos recoge en el catecismo para luego con toda firmeza y sin confusión confesar nuestra fe.
Cuando a los mayores se les habla de Catecismo y de esto que ahora estamos diciendo algunos parece como que se sienten ofendidos porque piensan que eso es cosa para niños o cosa de aprendernos unas fórmulas de memoria. De ninguna manera podemos pensar así. En cada etapa de la vida necesitamos esa profundización en nuestra fe, porque no podemos profundizar lo mismo siendo niños que de jóvenes o de mayores.
Lástima esa reacción tan negativa en la mayoría de nuestras gentes a conocer con profundidad su fe. Claro que luego todos quieren hablar y opinar sobre la Iglesia y sobre lo que tendría que enseñar para que se nos hagan rebajas, como se suele decir, porque estos son otros tiempos. Por esa falta de hondura en el conocimiento de lo que es nuestra fe, de lo que nos contiene el catecismo, vienen esas confusiones de las que hablábamos antes y que tanto daño nos hacen en la vivencia de nuestra fe y nuestra vida cristiana. Tenemos que conocer con más profundidad lo que son los fundamentos de nuestra fe y los principios de la moral cristiana, y en eso andamos con muchas carencias en nuestro pueblo cristiano. Ojalá el Espíritu del Señor mueva nuestros corazones que nos lleven a esa proclamación auténtica de nuestra fe.
Cristo es la puerta por la que tenemos que entrar para alcanzar la salvación porque El es nuestro único salvador. Y todo ese depósito de la Salvación lo dejó confiado a su Iglesia. No  nos apartemos nunca de lo que es la fe auténtica de la Iglesia.

domingo, 21 de abril de 2013


Jesús, Buen Pastor está siempre a nuestro lado

Hechos, 13, 14.43-52; Sal. 99; Apoc. 7, 9.14-17; Jn. 10, 27-30
Este cuarto domingo de Pascua es conocido desde siempre como el domingo del Buen Pastor. Es la imagen con la que Jesús se nos presenta en el Evangelio pero, además todos los textos de la liturgia propios de este domingo, las oraciones, las antífonas, están impregnados de ese sentido y de una forma o de otra nos aparece esa imagen del Buen Pastor.
‘Yo soy el Buen Pastor - dice el Señor - conozco a mis ovejas y las mías me conocen’ es la antífona del Aleluya con que hemos aclamado el Evangelio antes de proclamarlo. De ello nos ha hablado Jesús. ‘Mis ovejas escuchan mi voz, y yo las conozco, y ellas me siguen, y yo les doy la vida eterna’, nos decía en el evangelio.
Esta imagen del pastor es muy rica en significado para hablarnos de ese amor de Dios que nos busca y que nos llama, que nos cuida y que nos alimenta, que nos conduce por caminos seguros y nos llena de vida. Es imagen bien hermosa para manifestarnos todo  lo que es el amor de Dios que se nos manifiesta en Jesús. Un amor fiel que permanece invariable sobre nuestra vida, que nos llena de esperanza porque nos sabemos siempre amados de Dios.
En el mensaje que nos dejaba Benedicto XVI para la Jornada de oración por las vocaciones que se celebra en este día nos decía: ‘¿En qué consiste la fidelidad de Dios en la que se puede confiar con firme esperanza? En su amor. El, que es Padre, vuelca en nuestro yo más profundo su amor, mediante el Espíritu Santo. Y este amor, que se ha manifestado plenamente en Jesucristo, interpela a nuestra existencia, pide una respuesta sobre aquello que cada uno ha de hacer de su propia vida, sobre cuánto está dispuesto a empeñarse en realizarla plenamente. El amor de Dios sigue, en ocasiones, caminos impensables, pero alcanza siempre a aquellos que se dejan encontrar. La esperanza se alimenta, por tanto, de esta certeza: Nosotros hemos conocido el amor que Dios nos tiene y hemos creído en él. Y este amor exigente, profundo, que va más allá de lo superficial, nos alienta, nos hace esperar en el camino de la vida y en el futuro, nos hace tener confianza en nosotros mismos, en la historia y en los demás…’
¡Qué hermoso sentirse así amado por Dios! Es necesario que nos dejemos encontrar por su amor. Nos sentimos engrandecidos y llenos de vida, nos sentimos alentados a caminar con esperanza y a luchar con empeño por superarnos y crecernos, nos sentimos impulsados a amar más para entrar en una relación mutua más humana y más fraterna, nos sentimos con deseos profundos y comprometidos por hacer que nuestro mundo sea cada día un poco mejor, nos hace sentirnos con más confianza en nosotros mismos para sentirnos capaces de hacer ese mundo mejor. Siempre el que se siente amado se siente dignificado en su ser más intimo y eso le enseñará también a valor la dignidad de los demás a quienes ya mirará siempre como hermanos.
Y es que no nos sentimos solos, porque sabemos que Jesús, como Buen Pastor que está siempre al lado de sus ovejas, está junto a nosotros alentándonos con su presencia pero llenándonos también con su gracia. Como el pastor que buscará siempre los mejores pastos, el mejor alimento para sus ovejas, así el Señor nos ofrece cada día la riqueza de su Palabra que alimenta nuestra vida, pero también se nos dará El mismo para ser nuestra fuerza y nuestro alimento en la Eucaristía de su Cuerpo y Sangre.
Así nos cuida el Señor y nos defenderá como el pastor que no es un asalariado, porque el asalariado no defiende a las ovejas sino que cuando  ve venir al lobo huye y las abandona, como nos dice en otros lugares del evangelio. Hoy nos dice que sus ovejas ‘no perecerán para siempre y nadie las arrebatará de mi mano’. Nos sentimos seguros en el amor del Señor.
Como nos decía Benedicto XVI ‘¡En el Señor resucitado tenemos la certeza de nuestra esperanza!... También hoy Jesús, el resucitado, pasa a través de los caminos de nuestra vida… y en ese devenir cotidiano sigue dirigiéndonos su palabra; nos llama a realizar nuestra vida con El, el único capaz de apagar nuestra sed de esperanza. El, que vive en la comunidad de los discípulos que es la Iglesia, también hoy nos llama a seguirlo’.
‘Mis ovejas escuchan mi voz, y yo las conozco, y ellas me siguen’, que nos decía Jesús en el evangelio. Por una parte está esa respuesta nuestra escuchando al Señor y queriendo seguirle porque en El nos sentimos totalmente seguros con esa seguridad y certeza que nos da el amor, pero está también cómo el Señor nos conoce; y nos conoce por nuestro nombre, como somos, con nuestras necesidades y debilidades, con nuestras ilusiones y nuestras esperanzas; y aún así nos ama y nos está invitando continuamente a seguirle, a estar con El. Le escuchamos y nos llenamos de su luz; le escuchamos y nos sentimos envueltos por su amor; le escuchamos y nos ponemos en camino de vida eterna. Queremos seguir a Jesús, verdadero pastor de nuestra vida y al mismo tiempo Cordero de Dios que se sacrifica por nosotros para darnos vida.
Como ya hemos venido expresando al hacer mención al mensaje del Papa hoy estamos celebrando la Jornada de Oración por los Vocaciones. Jesús es el Buen Pastor de nuestra vida pero El se hace presente en su Iglesia en aquellos que llama con una vocación especial para ejercer ese ministerio de pastores en su nombre para bien de la Iglesia. Un día llamó a Pedro y a los Apóstoles para que continuaran su misión enviándolos por el mundo a anunciar el evangelio constituyendo la Iglesia en las comunidades de creyentes en el  nombre del Señor Jesús que iban surgiendo. Esa misión se continúa en los pastores que Dios sigue llamando a través de todos los tiempos como regalo de gracia para su Iglesia.
Pastores compenetrados en todo con Cristo Pastor y que se hacen pobres y desprendidos, con Cristo empobrecido, para evangelizar a los pobres; pastores humildes, con Cristo humillado y servidor, para estar más cerca de los pobres y los pequeños; pastores misericordiosos, con Cristo compasivo, para estar más abiertos a las miserias humanas; pastores pacíficos, con Cristo-Paz, para llegar a ser instrumentos de reconciliación; pastores limpios de corazón, con Cristo transparencia divina, para poder descubrir y proyectar la presencia de Dios en medio del mundo.
Hoy es un día de especial oración de las comunidades cristianas por sus pastores y también por todos aquellos llamados por el Señor con una vocación de especial consagración, como son los religiosos y religiosas, testigos de Cristo en medio del mundo. Oremos al dueño de la mies que envié obreros a su mies, como nos enseña Jesús en el evangelio. Como nos decía Benedicto XVI en su mensaje para esta Jornada ‘la oración constante y profunda hace crecer la fe de la comunidad cristiana, en la certeza siempre renovada de que Dios nunca abandona a su pueblo y lo sostiene suscitando vocaciones especiales, al sacerdocio y a la vida consagrada, para que sean signos de esperanza en medio del mundo’.
La abundancia de vocaciones es la mejor expresión de la intensidad de vida de nuestras comunidades cristianas; ‘la respuesta a la llamada divina por parte de un discípulo de Jesús para dedicarse al ministerio sacerdotal o a la vida consagrada se manifiesta como uno de los frutos más maduros de la comunidad cristiana, que ayuda a mirar con particular confianza y esperanza el futuro de la Iglesia y a su tarea evangelizadora. Esta tarea necesita siempre de nuevos obreros para la predicación del evangelio, para la celebración de la Eucaristía y de todos los sacramentos’.
Oremos al Señor para no falten sacerdotes, personas que consagren su vida a Dios y al servicio de la Iglesia en una especial consagración en la vida religiosa en sus diferentes órdenes y carismas. Oremos al Señor para que sean muchos los llamados, pero que sientan en su corazón la fortaleza de la gracia para responder a su vocación con total fidelidad. Son un regalo bien preciado del Señor a su Iglesia.