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miércoles, 29 de septiembre de 2021

Santos Arcángeles, Miguel, Rafael y Gabriel que nos hacen sentir esa presencia de Dios en nuestra vida trayéndonos un mensaje de salud y salvación

 


Santos Arcángeles, Miguel, Rafael y Gabriel que nos hacen sentir esa presencia de Dios en nuestra vida trayéndonos un mensaje de salud y salvación

Daniel 7,9-10.13-14; Sal 137; Juan 1,47-51

Hoy celebramos la fiesta de los santos Arcángeles san Miguel, san Rafael y san Gabriel. Los mayores tenemos este día como si fuera únicamente de san Miguel, porque antes de la reforma del calendario romano después del Concilio Vaticano II, san Rafael se celebraba el 24 de octubre y san Gabriel la víspera de la Anunciación del Señor, el 14 de Marzo.

El Catecismo que estudiamos de niños nos decía que los ángeles son espíritus puros que están en la presencia del Señor alabándole siempre. Hoy precisamente en el evangelio Jesús nos habla de los ángeles que están en la presencia del Señor en el comentario que hace a Natanael que se siente admirado por la presencia de Dios en un momento determinado de su vida y le lleva a aquella hermosa confesión de fe en Jesús. ‘Has de ver cosas mayores, le dice… En verdad, en verdad os digo: veréis el cielo abierto y a los ángeles de Dios subir y bajar sobre el Hijo del hombre’.

 En la liturgia, recogiendo el sentir del Apocalipsis y de algunos libros del Antiguo Testamento se nos habla de los coros de los Ángeles y de los Arcángeles, los coros celestiales que alaban y cantan la gloria del Señor. Dentro de pocos días celebraremos a los Santos Ángeles Custodios como esos Ángeles que Dios ha puesto a nuestro lado para inspirarnos el camino del bien y preservarnos de todo malo; ya hablaremos de ello.

Hoy celebramos a los Santos Arcángeles Miguel, Rafael y Gabriel, a quienes vemos en la Biblia con una muy concreta misión, como incluso el significado del mismo nombre indica. Mensajeros de Dios que nos traen la buena noticia o que nos acompañan en el camino de la vida para preservarnos del mal.

En concreto es habitual contemplar en nuestras iglesias o templos la imagen del Arcángel San Miguel en el cuadro de Ánimas del Purgatorio. Es la imagen que quizás los mayores mas recordamos como un intercesor o mediador para después de la purificación del purgatorio conducirnos a la presencia y gloria del Señor. Es por eso por lo que aparece casi siempre con esa imagen de la balanza en sus manos, signo de la justicia de Dios. Es el arcángel del que nos habla la Biblia algo así como capitán de las milicias y ejércitos celestiales – aunque la imagen aparezca un tanto guerrera – frente a la rebelión de Lucifer, el llamado ángel de la luz.

Del Arcángel Rafael conocemos la historia de Tobías, donde él mismo se presenta como un ángel que está en la presencia de Dios y presentando las súplicas y las oraciones de los fieles. Se le verá como compañero de camino del joven Tobías y el que le inspirará tanto para elegir mujer, como para encontrar el remedio que curara la ceguera del anciano Tobías. Es algo así como medicina de Dios en la interpretación de los santos padres de la Iglesia nos han hecho a través de los tiempos.

Y del Arcángel Gabriel nos habla el evangelio, como del ángel que viene de parte de Dios para anunciarle al anciano Zacarías el nacimiento de un hijo y de cuál sería su misión, como luego quien vendrá hasta la doncella de Nazaret para anunciarle que iba a ser la madre del Señor. Mensajero de la Buena Noticia, primer mensajero del Evangelio que viene de parte de Dios para hacer el anuncio a María.

Brevemente hemos hecho una referencia a los tres arcángeles que en este día celebramos pero que viene a ayudarnos a la comprensión del significado de los ángeles en nuestra vida. Como decíamos, espíritus puros que están en la presencia de Dios, enviados y mensajeros de Dios que nos acompañan en el camino de nuestra vida para hacernos sentir la presencia del Señor. Recordemos como en el Antiguo Testamento normalmente cuando se habla de la presencia de Dios junto a los grandes patriarcas, los jueces de Israel e incluso a los profetas, se habla de cómo se manifestó el ángel del Señor que era una forma de hablar de la presencia de Dios.

Esa presencia de Dios que nosotros podemos sentir en nuestra vida cuando sentimos la inspiración para el bien o para alejarnos del mal. El ángel del Señor que nos acompaña, que nos inspira, que nos hace presente la gracia y la fuerza del Señor para liberarnos del mal. Ojalá sepamos dejarnos conducir esa inspiración buena que tantas veces sentimos en nuestro corazón y que casi no nos damos cuenta de donde nos viene, quien nos inspiró aquella cosa buena, quién se puso junto a nosotros como un escudo protector frente a ese mal o peligro que nos acechaba.

Pensemos, sí, en los Ángeles del Señor, en sus santos Arcángeles que hoy celebramos, en su protección que nos hacen presente y nos hacen sentir la presencia de Dios en nuestra vida y como decimos con los salmos delante de los ángeles, juntos con los coros de los ángeles cantemos para el Señor.


martes, 28 de septiembre de 2021

Tenemos que saber afrontar la vida con sus dificultades e incluso con los tropiezos que podamos tener en nuestro encuentro con los demás con verdadera madurez

 


Tenemos que saber afrontar la vida con sus dificultades e incluso con los tropiezos que podamos tener en nuestro encuentro con los demás con verdadera madurez

Zacarías 8,20-23; Sal 86; Lucas 9,51-56

Alguna vez nos habrán dado el consejo de que si tenemos que pasar por algún sitio de especial dificultad o peligroso, demos un rodeo evitando ese lugar y ese peligro. Y nos puede parecer un buen consejo. Quizás lo decimos a nuestros hijos para evitarles amistades peligrosas o se vean enrollados en tantas cosas que se les ofrecen hoy y pudieran terminar esclavizándolos.

Claro que rodeos damos muchos en la vida y no solo evitando esos peligros que podíamos decir físicos, sino que por muchas razones evitamos muchas cosas, evitamos personas con las que no queremos encontrarnos, evitamos aquello en lo que pudiéramos vernos comprometidos, evitamos aquello que pudiera exigirnos un esfuerzo de superación o algún tipo de sacrificio. Claro que entonces lo del buen consejo que decíamos al principio tendríamos que pensárnoslo si queremos vivir de una forma madura buscando la sana convivencia entre todos.

Creo que en estos breves versículos del evangelio que hoy se nos ofrece puede haber una hermosa lección para esos caminos de nuestra vida. Jesús decidió subir a Jerusalén porque El sabía que le llegaba su hora. Los discípulos no terminan de entender las prisas de Jesús ni los anuncios que les ha venido haciendo.

El camino habitual que hacían las gentes de Galilea para subir a Jerusalén era bajando por el valle del Jordán para luego subir desde Jericó hasta Jerusalén. Evitaban el paso por Samaría, que eran judíos también, pero con los cuales no había buenas relaciones, porque ellos no aceptaban la centralidad del templo de Jerusalén. Recordamos el caso de la samaritana del que nos habla el evangelio de san Juan. Pero Jesús en esta ocasión decidió subir atravesando Samaría. Afronta el enfrentamiento o el rechazo que se pudieran encontrar por el hecho de ir a Jerusalén.

Es el incidente con que se encuentran los discípulos cuando van a una aldea a pedir hospitalidad, pero que son rechazados por dirigirse a Jerusalén. Enfadados vienen Santiago y Juan diciéndole a Jesús que baje fuego del cielo para castigar a quienes no les han ofrecido hospitalidad. ‘Señor, ¿quieres que digamos que baje fuego del cielo que acabe con ellos?’ Pero bien vemos que Jesús les rechaza esa petición porque nunca la violencia es solución de nada.

Bien nos puede valer en este momento de nuestra reflexión lo que un escritor y pensador de nuestro tiempo decía: ‘No es cierto que la violencia sea la «imperfección» de la caridad; es el pudridero de la caridad, la inversión, la falsificación y la violación de la caridad. Quizá algún violento haya comenzado a ejercer su violencia por motivos subjetivos de amor, pero de hecho, al hacer violencia se ha convertido en el mayor enemigo del amor. Ya que con la violencia se puede entrar en todas partes, menos en el corazón’. (JL Martín Descalzo)

Tenemos que saber afrontar la vida con sus dificultades e incluso con los tropiezos que podamos tener. Primero porque no somos perfectos y en ocasiones se va a manifestar nuestra debilidad en aquello que hacemos.  pero eso ha de hacer que sepamos mirar con otros ojos a los demás, que también tienen sus debilidades, que tienen su manera de ver y hacer las cosas en lo que muchas veces no coincidimos, nos vamos a encontrar distintas opiniones o incluso rechazo de aquello que nosotros queremos hacer. Son muchos los caminos que nos encontramos, muchas las maneras de entender o de hacer las cosas que incluso puede ir en contra de nuestra manera de pensar y de actuar. Pero hemos de saber respetarnos y valorarnos en lo bueno que hacemos a pesar de las diferencias.

Muchas veces preferimos dar rodeos. Si es para evitar la violencia y buscar la paz buenos caminos pueden ser; pero bien sabemos que muchas veces los rodeos que hacemos es porque queremos evitar a las personas, porque no siempre quizás queremos encontrarnos o mezclarnos con todo el mundo; ahí entra todo ese camino de discriminaciones en el que tantas veces entramos; ahí entran esos distanciamientos y barreras que creamos porque un día quizás no nos entendimos o incluso en nuestro diálogo podíamos tener opiniones enfrentadas; ahí entran esos miedos al compromiso, a expresar con valentía lo que son nuestras convicciones aunque sean distintas a las de los demás, esas cobardías que a la larga tan molestas nos resultan hasta para nosotros mismos.

Realmente nos manifestamos muchas veces con un infantilismo tremendo y con una inmadurez muy peligrosa. Seamos capaces de dar la cara por nuestras convicciones, por nuestra fe y por nuestra vida.

 

lunes, 27 de septiembre de 2021

Cuánto nos sigue costando entender los caminos del Reino de Dios porque todavía seguimos pensando en grandezas y vanidades, necesitamos una buena cura de humildad

 


Cuánto nos sigue costando entender los caminos del Reino de Dios porque todavía seguimos pensando en grandezas y vanidades, necesitamos una buena cura de humildad

Zacarías 8,1-8; Sal 101; Lucas 9,46-50

Qué carreras innecesarias hacemos tantas veces en la vida. Todos queremos llegar los primeros; hemos hecho de la vida una competición, una competición en la que falta la verdadera competitividad, nos falta deportividad. En los juegos de la vida muchas veces no nos queda más remedio que decir al final, porque quizá no fuimos nosotros los ganadores, lo importante es la participación. Suele ser una forma de deportividad, pero muchas veces puede quedársenos en palabras, porque en el fondo por encima de todo lo que nosotros queríamos era quedar por encima de todos.

Es cierto que tenemos que esforzarnos por hacer lo mejor, es necesario un espíritu de superación, tenemos que buscar estímulos para esa necesaria ascensión que hemos de ir haciendo en la vida; pero nunca han de ser los codazos para eliminar al otro, para desestabilizar, los modos de estímulo y superación.

Lo importante sería el servicio, aquello que hacemos nos beneficie a todos, no solo a los nuestros, o no solo nuestras ganancias particulares, sino que sintamos que aquello bueno que hacemos es una perla que va a embellecer la vida de todos. Pero ya sabemos como aparecen dentro de nosotros el amor propio, el orgullo, las rivalidades, los enfrentamientos, las suspicacias, las envidias ante lo bueno que pueda beneficiar a los demás o ante lo bueno que veamos realizar por parte de los otros.

Nos pasa a todos tantas veces aunque tengamos buena voluntad y buenos deseos. Queremos entender las palabras de Jesús pero pronto nos desinflamos, desde desilusiones que tenemos en la vida, desde las comparaciones que nos hacemos con los demás, desde los cantos de sirena de lo que nos ofrece nuestro mundo, desde esa pendiente resbaladiza en que vemos caminar a otros pero que al final nosotros también caminamos por ella, y nos aparecen esas apetencias, nos aparece el mirar con ojos envidiosos los avances y los logros que otros alcanzan, nos vienen esos sueños de grandeza que tan fácilmente se nos meten no solo en la cabeza sino en el corazón y terminamos dejándonos influir, dejándonos empapar por el espíritu del mundo que nos rodea.

Así andaban también los discípulos que rodeaban a Jesús. Con sus sueños de mesianismos comenzaban ya a apetecer cuál era el mejor lugar que pudieran conseguir en ese Reino nuevo, que Jesús estaba continuamente anunciando. Pero escuchaban de Jesús lo que les interesaba. Tantas veces Jesús les había hablado del espíritu de servicio o de saber hacerse los últimos, pero esas palabras no terminaban de calar en ellos. Por eso discutían por el camino por los primeros puestos.

Y Jesús les pone en medio un niño, y les dice que hay que ser como niños, que hay, por otra parte, que saber acoger a un niño, que era lo mismo que acoger a los que en la vida se consideraban pequeños y sin valor. Esos que nosotros dejamos a un lado, esos que están a la vera del camino pero que no sabemos poner a caminar junto a nosotros, esos que nos parece que nada valen porque estamos muy llenos de prejuicios y no miramos el valor profundo de las personas, sino que nos dejamos llevar por las apariencias.

Cuánto nos sigue costando entender los caminos que Jesús nos ofrece, los verdaderos caminos del Reino de Dios. Todavía seguimos pensando en grandezas, todavía seguimos presentando imágenes grandiosas y llenas de vanidad, todavía seguimos poniéndonos ropajes ostentosos para expresar que estamos llenos de poder, todavía seguimos soñando con solemnidades, con reverencias y con reconocimientos.

Y todo eso un día se nos vendrá abajo y nos quedaremos sin nada. Hoy hemos visto como se venía abajo una iglesia arrasada por el empuje de la lava de un volcán; es cierto que era algo humilde y sencillo, pero cuando tanta gente se ha quedado sin nada en la más terrible desnudez y pobreza, es una imagen significativa que también la Iglesia se haya quedado al lado de los que nada tienen porque también se ha quedado sin nada, porque su templo se ha ido abajo. Una imagen de cómo hemos de abajarnos, de ponernos no metafóricamente sino en la más cruda realidad al lado de los pobres y que nada tienen.

¿Cuándo nos despojaremos de tantas vanidades para ser en verdad la Iglesia de Jesús?

domingo, 26 de septiembre de 2021

Cuando sepamos aceptar que los otros también son buenos y justos aunque no parezcan de los nuestros estaremos dando señales de que entendemos el Reino de Dios

 


Cuando sepamos aceptar que los otros también son buenos y justos aunque no parezcan de los nuestros estaremos dando señales de que entendemos el Reino de Dios

Números 11, 25-29; Sal. 18; Santiago 5, 1-6;  Marcos 9, 38-43. 45. 47-48

Lo podemos llamar envidia, lo podemos llamar celos, podemos darle el nombre que queramos pero cuanto nos cuesta en ocasiones aceptar que otros puedan hacer el bien; como si fuera una cosa exclusiva nuestra, como si los otros no fueran capaces de hacer cosas buenas también; como si aquel que no es de los nuestros, y en eso ponemos nuestros grupos, nuestras familias, la gente de una manera de pensar semejante a la nuestra, y no digamos nada cuando entran por medio ideologías y políticas, lo que hacen no puede ser bueno, y si alguna cosa positiva vislumbramos ya buscaremos algo que la vicie. Así andamos a la greña en la vida; así vamos destruyendo lo que otros hacen, así no somos capaces de edificar sobre algo ya comenzado para continuar lo bueno que se pudiera estar haciendo, sino que arrasamos aunque luego no sepamos como construir.

Lo vemos en nuestras mutuas relaciones con sus desconfianzas; lo vemos en los orgullos pueblerinos donde por cualquier cosa estamos enfrentados y no somos capaces de aceptar lo bueno que hacen los demás; lo vemos en la vida social y política de nuestros pueblos que llegamos de nuevos al poder y querer borrar del mapa todo lo que hayan podido hacer los que consideramos nuestros adversarios. No es necesario poner muchos ejemplos porque lo vemos casi todos los días en la forma infantil que tenemos de hacer las cosas. Que pena que no sepamos construir juntos aceptando lo bueno que hacen los demás, que también son capaces de hacerlo.

Es la historia de cada día y es lo que vemos en la historia de todos los tiempos. A eso hace referencia hoy el evangelio y toda la palabra de Dios que en este domingo escuchamos. En el campamento habían dos que se pusieron a profetizar aunque no estaban en el grupo de los cuarenta que Moisés había escogido, y ya andaba por allá Josué con sus celos por Moisés queriendo impedírselo. Juan se encuentra que alguien está haciendo milagros expulsando demonios en el nombre de Jesús, pero como no es del grupo de aquellos discípulos cercanos a Jesús, ya quiere impedírselo y viene corriendo a contárselo al Maestro.

’Ojalá todo el pueblo fuera profeta’, les dice Moisés. ‘No se lo impidáis, les dice Jesús, porque quien hace un milagro en mi nombre no puede luego hablar mal de mí. El que no está contra nosotros está a favor nuestro’.

Y viene a decirnos Jesús que tenemos que aprender a valorar todo lo bueno que hagan los demás aunque sea algo tan sencillo como dar un vaso de agua. Así tenemos que construir, así tenemos que aprender a valorar, así hemos de saber tener en cuenta lo bueno que hacen los otros, así tenemos que nosotros que saber colaborar de las cosas buenas y sencillas que hacemos cada día.

Y es que el camino de evangelización, de anuncio del evangelio que tenemos que hacer no significa que tengamos que hacer grandes sermones donde mostremos nuestra erudición sobre lo que dicen los evangelios o la alta teología; el verdadero anuncio del evangelio que tenemos que hacer es ir sembrando esas pequeñas semillas en las cosas buenas que podemos hacer desde lo más sencillo; ese perejil que somos capaces de facilitarnos los unos a los otros en esas pequeñas cosas que compartimos cada día con el hermano, con el amigo, con el vecino es un signo de ese reino de Dios que construimos.

¿Qué es el reino de Dios sino que nos sintamos cercanos y hermanos, que colaboremos juntos en las cosas buenas que hacemos para construir nuestro mundo, en esos gestos de cercanía y amistad que nos ofrecemos los unos a los otros cuando nos ayudamos desde lo más sencillo? Crear ese mundo de armonía y de paz, ese mundo en que sepamos valorarnos los unos a los otros, ese mundo en donde sepamos ver lo bueno hacen los demás aunque no sean de los nuestros es también poner los cimientos del Reino de Dios. Lo bueno y lo justo no es una cosa exclusiva nuestra, sino que podemos descubrirla en los demás; cuidado que muchas veces brille más en los otros que en nosotros mismos aunque nos creamos tan santos.

Y eso algunas veces, aunque sea tan sencillo, cuesta; cuesta porque seguimos manteniendo nuestros orgullos interiores, porque seguimos en una carrera de hacer méritos, porque casi sin darnos cuenta queremos subirnos a pedestales. Son muchas actitudes negativas que se nos meten dentro de nosotros y de las que hemos de saber purificarnos. Qué distinta haríamos la vida, qué armonía y paz crearíamos en nuestras relaciones, qué felices podríamos ser.

sábado, 25 de septiembre de 2021

Queremos caminar con Jesús escuchando sus palabras; no tememos subir con El a Jerusalén aunque eso signifique meternos en el misterio de la pascua

 


Queremos caminar con Jesús escuchando sus palabras; no tememos subir con El a Jerusalén aunque eso signifique meternos en el misterio de la pascua

 Zacarías 2, 5-9. 14-15c; Sal.: Jr. 31,10-13; Lucas 9,43b-45

Hay cosas que no nos gusta escuchar. Como solemos decir no nos gusta que nos digan la verdad; que nos señalen claramente lo que estamos haciendo si es correcto o no, por ejemplo. Pero aparte de esas correcciones en las que nos puede faltar humildad para escucharlas, hay también muchas otras cosas que nos gusta escuchar.

Nos gusta en ocasiones la rutina de cada día, porque así hacemos menos esfuerzo, o bien nos acomodamos a unas situaciones en que las cosas nos parecen que marchan bien, pero cuando nos dicen que las cosas pueden cambiar, que lo que ahora nos parece tan claro se nos puede volver oscuro, o en ese camino que queremos hacer donde todo queremos que nos salga bien y parece que vamos triunfando cada día más, el que nos recuerden que somos frágiles y que nos pueden aparecer cosas en la vida que nos cambien esos triunfalismos por momentos más oscuros, no queremos escucharlo.

Nos cuesta afrontar la realidad de la vida en la que siempre no todo es tan brillante, o en la que como consecuencia de lo que hacemos, incluso del compromiso bueno que queremos ir realizando podemos encontrar oposición, desencuentros, o situaciones en las que parece que todo se nos va de las manos.

Cuando emprendemos un camino de compromiso aunque en principio nos puede parecer todo bonito y que vamos encontrando buenas respuestas, tenemos que ser conscientes de que el bien va a encontrar siempre oposición, porque aquello bueno y justo que nosotros emprendemos puede desestabilizar a otros que viven en sus rutinas o sus viejas costumbres y lo nuevo que nosotros ofrecemos quizá ya no les agradará tanto porque hará que muchas cosas cambien. Ese camino bueno que nosotros emprendemos tiene también sus cuestas bien empinadas que se llenan de dificultades y nos puede exigir quizá también grandes sacrificios para poderlo lograr. Y no podemos perder la paz en el corazón, y tenemos que afrontarlo todo con todas sus consecuencias, porque tenemos que sentirnos seguros de nuestras metas, de aquello que queremos alcanzar.

Hoy Jesús quiere dejárselo muy claro a los discípulos. Ya el evangelista comienza presentándonos un panorama bonito porque habla de la admiración general por lo que Jesús hacía. Eran muchos, es cierto, los que le aclamaban, los que iban en su búsqueda, los que se quedaban alabando a Dios al contemplar las cosas que Jesús hacía, sentían admiración por sus palabras y enseñanzas porque aparecía un mundo nuevo que les llenaba de esperanza.

Pero en medio de todo eso Jesús quiere aclarar bien las cosas con sus discípulos más cercanos, porque todo aquello puede cambiar. ‘Meteos bien en los oídos estas palabras: el Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los hombres’. Aquellas palabras los descolocaban; si todo iba tan bien, cómo es que Jesús va a ser entregado en manos de los gentiles. No entendían aquellas palabras ni querían entenderlas. Les daba miedo incluso preguntarle, porque si Jesús estaba diciendo esto era por algo y no querían confirmaciones de algo que no les agradaba. Como nos pasa a nosotros tantas veces.

‘Les resultaba tan oscuro, que no captaban el sentido, y les daba miedo preguntarle sobre el asunto’. Hay también temores que se nos meten en el alma. No siempre terminamos de comprender toda la profundidad del evangelio, de las bienaventuranzas que Jesús nos propone, del camino de superación que cada día hemos de vivir y que por eso nos habla de tomar la cruz, de negarnos a nosotros mismos, de ser capaz de venderlo todo para tener un tesoro en el cielo. Nos resultan palabras muy bonitas, pero que no somos capaces de llevarlas a la realidad de la vida de cada día, de ponerlas en práctica, y seguimos edificando sobre arena en lugar de hacer sobre roca firme; queremos confiar más en nosotros mismos y en lo que por nosotros somos capaces de hacer que tener la disponibilidad del que va solo con un manto y con el bastón pero sin ningún tesoro en el bolsillo.

No tengamos miedo al evangelio y a las exigencias que va a comportar para nuestra vida, aunque en algún momento el camino se nos vuelva oscuro o nos exija sacrificios. Queremos caminar con Jesús y queremos escuchar sus palabras; queremos caminar con Jesús y no tememos subir con El a Jerusalén aunque eso signifique meternos en el misterio de la pascua.

viernes, 24 de septiembre de 2021

Hay respuestas que tenemos que elaborar por nosotros mismos traduciéndolo a nuestra forma de vivir, así tiene que ser siempre nuestra respuesta de fe

 


Hay respuestas que tenemos que elaborar por nosotros mismos traduciéndolo a nuestra forma de vivir, así tiene que ser siempre nuestra respuesta de fe

Ageo 2, 1-9; Sal 42;  Lucas 9,18-22

A veces hay preguntas a las que nos cuesta responder. Tenemos que definirnos, tenemos que aclararnos, con nuestra respuesta vamos a manifestar de qué lado estamos, en ocasiones no tenemos las cosas claras y preferimos mirar para otro lado, hacernos sordos a esas preguntas que nos comprometen, dar largas con respuestas vagas, o acaso responder con lo que nos parece que es la respuesta de que quien nos pregunta y que le agradaría encontrar en nuestros labios. Pero al final terminamos no definiéndonos.

¿Cobardía? ¿Ignorancia y no tener las cosas claras? ¿Escurrir el bulto como se suele decir? Mucho de todo esto puede haber, pero puede estar indicando una pobreza de nuestra vida.

Hoy Jesús les plantea unas preguntas serias a los discípulos. O más bien tendríamos que decir que Jesús nos plantea a nosotros unas preguntas serias. Pregunta para empezar porque le cuenten lo que la gente opina de él, pero como quien no quiere la cosa hace la pregunta directa que sí es difícil de responder. ‘Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?’

Responder comentando lo que dice la gente no es difícil, para eso hay siempre respuestas fáciles, porque además no nos comprometen, porque solo estamos reflejando lo que los otros pueden pensar y en eso no queremos entrar. Pero cuando la pregunta es directa, como la que hace Jesús, no nos podemos poner a mirar para otro lado, sino que tenemos que definirnos. En aquella ocasión les salvó la campana, como se suele decir, les salvó que siempre Pedro se adelanta y sí que dijo cosas interesantes. Claro que cuando luego Jesús les quiso explicar bien lo que significaba la respuesta de fe de Pedro, ya comenzaron a recular y hasta Pedro se pondría a decir que esas cosas a Jesús no le podían pasar; Jesús les había anunciado pasión y muerte, les había hablado del sentido de la Pascua que iban a subir a celebrar a Jerusalén y ellos no querían entender, no entraba eso en el planteamiento de sus vidas.

Hay preguntas que nos hacen pensar. Decía alguien que el que pregunta es porque piensa; en este caso tenemos que decir que es la respuesta que tenemos que dar donde tenemos que manifestar que pensamos de verdad. Y a esa pregunta directa que Jesús nos está haciendo en el hoy y ahora que estamos escuchando su Palabra no nos vale responder con respuestas del catecismo aprendidas de memoria. Bien que recordamos los mayores como teníamos que aprendernos de memoria, al pie de la letra, el catecismo para que siempre pudiéramos responder con las palabras acertadas. Pero podían ser solamente palabras aprendidas de memoria; hoy se nos pide que las palabras que pronunciemos, la respuesta que demos sea algo salido del corazón, es más, sea algo de verdad plasmado en nuestra vida.

¿Quién es Jesús para mí? ¿Qué es Jesús para ti? Es importante que nos planteemos el quien o el qué, porque en eso puede estar lo que nosotros realmente vivamos. Es quien, pero es el qué de cómo nosotros lo vivimos. Es el quien que se tiene que hacer vida en nosotros. No son solo palabras bonitas lo que se nos pide, sino unas actitudes nuevas, una vida nueva, un sentido de vivir, un compromiso real con la vida y con los demás, unas vivencias que nos hacen tener unos sentimientos distintos, una mirada distinta, es un nuevo vivir.

Podemos repetir con toda facilidad las mismas palabras de Pedro ‘el Mesías de Dios’, el Cristo, el Hijo de Dios vivo, pero tenemos que preguntarnos y eso cómo se va a traducir en nuestra vida, en nuestros comportamientos, en nuestras actitudes, en la manera de mirar la vida y de mirar a los demás, en nuestros compromisos. Es decir, sí, que es nuestra salvación, que Cristo murió por nosotros, pero tiene que ser luego el vivir esa salvación, porque tenemos una nueva manera de vivir, porque nos dejamos impregnar por el evangelio y eso se va a tener que reflejar en muchas cosas de mi vida. Será comenzar a vivir con toda intensidad todo lo que es el Reino de Dios anunciado por Jesús. No será hacer una bonita confesión de fe con nuestras palabras, mientras en la vida seguimos con nuestras rutinas, con nuestras vanidades, con nuestras ambiciones, con nuestros orgullos, con una falsedad de vida.

Y esa respuesta tiene que elaborarla uno por si mismo; soy yo, eres tú el que tienes que traducirlo a tu manera de vivir. No cubrimos nuestra vida con palabras bonitas, sino que nos impregnamos desde lo más hondo de la profundidad de la vida de Jesús.

jueves, 23 de septiembre de 2021

Tenemos que discernir bien cuál es la inquietud que se despierta en nuestro corazón ante los acontecimientos del día a día de nuestra vida

 


Tenemos que discernir bien cuál es la inquietud que se despierta en nuestro corazón ante los acontecimientos del día a día de nuestra vida

Ageo 1, 1-8; Sal 149; Lucas 9, 7-9

Sucede algo fuera de lo común, comienzan a circular rumores de cosas extraordinarias que nos dicen que están pasando, nos hablan de una persona que nos dicen que está ejerciendo una cierta buena influencia en algunos y nos entra la curiosidad, queremos verlo, queremos conocerlo de primera mano, queremos saber qué es lo que hay de verdad en lo que nos cuentan, o simplemente sentimos la curiosidad por ver aquello que pudiera ser un espectáculo. Cuántas veces vemos colas interminables o de vehículos o de personas que quieren acceder a un lugar porque les han dicho que ha sucedido algo extraordinario.

No sé si podremos meterlo en esta categoría pero en los acontecimientos de estos días en nuestras islas con el nuevo volcán ya las autoridades estaban diciendo a los vecinos de los pueblos limítrofes que se quedaran en sus casas y que no produjeran atascos sobre todo en la noche porque querer ver el espectáculo del volcán porque podrían impedir desalojos que fueran necesarios; ya he escuchado de gente que se quiere trasladar de una isla a otra simplemente por ver el espectáculo; claro que habría que pensar si el espectáculo – no es algo que podamos ver todos los días, es cierto – es lo importante o las tragedias que se están produciendo en muchas familias con lo que va arrasando la lava a su paso.

Nos movemos muchas veces en la vida simplemente por la curiosidad, pero nos podemos quedar quizás en lo superficial. Es buena la curiosidad porque despierta también en nosotros deseos de más y de mejor y muchos de los avances de la vida surgen de esas curiosidades que luego se pueden convertir en cosas bien serias. ¿Habrá en verdad algo más hondo en nosotros que nos motive a un crecimiento personal, a un desarrollo de nuestras posibilidades poniendo en juego nuestros valores y capacidades, o hacer algo para que nuestro mundo sea mejor?

Quizás se van entremezclando muchas ideas y conceptos en esta reflexión que me estoy haciendo y ofreciendo. Ha surgido todo esto dentro de mí desde algo que se nos dice en el evangelio que hoy se nos ofrece. Habían llegado rumores y noticias a Herodes de lo que Jesús iba haciendo por Galilea. A un gobernante sabemos que noticias así, donde incluso hay movimientos de gentes de un lado para otro, entusiasmadas en este caso por el nuevo profeta que ha aparecido en Galilea, son cosas que les inquietan y les hacen sentir alguna preocupación.

A Herodes esta aparición de Jesús predicando, haciendo milagros, curando a los enfermos, despertando esperanza en el corazón de aquellas gentes le hizo por un lado que su conciencia se inquietara por lo que había hecho con otro profeta que había aparecido en las orillas del Jordán, Juan el Bautista. Aunque en algún lugar se manifiesta que Herodes escuchaba con gusto a Juan, sin embargo sabemos que por las intrigas de la mujer con la que vivía lo había metido en la cárcel y al final lo había degollado. La conciencia no la podía tener tranquila a pesar de la superficialidad con que vivía su vida. La aparición de Jesús predicando algo semejante a lo que Juan había hecho en el desierto, le inquieta mucho más y siente también deseos de conocer a Jesús.

Sabemos que no prestará atención Jesús a estos deseos de Herodes, porque incluso en una ocasión le dicen que Herodes le está buscando y Jesús, como diríamos ahora, pasa de él. También Jesús con su actitud mostrará su rechazo al modo de vida de Herodes, porque cuando es enviado preso por Pilatos hasta Herodes, Jesús no pronunciará palabra en su presencia por más que incluso Herodes se lo tomase como una diversión. Trataría de loco a Jesús.

Pero creo que lo que hoy tenemos que ir escuchando en nuestro corazón es ver cual es realmente la inquietud que nosotros sentimos en nuestro corazón. ¿Vivimos y nos dejamos llevar y arrastrar simplemente por la curiosidad y por la superficialidad? Ante lo que vamos descubriendo de Jesús ¿cuál es nuestra postura? Ante el evangelio que escuchamos ¿qué es lo que sentimos en nuestro interior? Cuando leemos la Escritura Santa, la Biblia, ¿qué es lo que realmente buscamos? Cuando escuchamos la predicación que nos ofrece la Iglesia ¿a qué le prestamos atención? Cuando contemplamos los acontecimientos que suceden en nuestro entorno ¿seremos capaces de discernir si en ellos el Señor también nos está hablando y pidiendo algo? Cuando vemos las tragedias que se producen en muchas personas, debido quizás a esos mismos acontecimientos, ¿cuáles son los sentimientos que se provocan y despiertan en nuestro corazón?

miércoles, 22 de septiembre de 2021

Ojalá escuchando muchas veces este mandato de Jesús de anunciar el Reino, nosotros, la iglesia, lleguemos a despertarnos y salgamos de nuestro letargo

 


Ojalá escuchando muchas veces este mandato de Jesús de anunciar el Reino, nosotros, la iglesia, lleguemos a despertarnos y salgamos de nuestro letargo

 Esdras 9, 5-9; Sal.: Tb. 13,2.3-4.6; Lucas 9,1-6

‘Habiendo convocado Jesús a los Doce, les dio poder y autoridad sobre toda clase de demonios y para curar enfermedades. Luego los envió a proclamar el reino de Dios y a curar a los enfermos…’

Confieso que estas palabras del evangelio de alguna manera, vamos a decirlo así, me hieren por dentro. Y digo me hieren por dentro porque me hacen interrogarme sobre muchas cosas. Los discípulos de Jesús entonces recogieron el testigo de Jesús y se fueron siguiendo las instrucciones que les había dado recorriendo toda la comarca y haciendo ese anuncio del Reino con sus palabras, pero también con las señales de ese Reino de Dios que daban con sus signos, con sus milagros.

No era ni más ni menos difícil aquel mundo que el que hoy vivimos, porque cada tiempo tiene su urgencia y su necesidad, cada tiempo tiene su problemática. Pero contemplo el mundo que me rodea y me miro a mi mismo, como discípulo de Jesús, como miro también a la misma Iglesia. Un mundo indiferente a lo religioso, a Dios, al mensaje cristiano cada vez más; no solo van desapareciendo los signos religiosos externos en el ámbito de nuestra sociedad sino que vemos a la gente que vive un día y otro y no da muestras de mayor inquietud por lo religioso.

En mi pueblo estos días se celebran las fiestas del Cristo, como en tantos otros lugares en este mes de setiembre; es cierto que por la situación de la pandemia que hemos estado viviendo se han limitado muchos actos de fiesta, y los que de alguna manera se han llevado pero parte son los actos religiosos, las celebraciones religiosas por aquello de los aforos – para otras cosas no se tienen en cuentan unos aforos tan estrictos – pero siempre en nuestro pueblo se notaba que estábamos en las fiestas del Cristo.

Camino por los alrededores de mi casa y parece como que la gente no se ha enterado que en este pueblo estamos de fiesta, no se notan ninguna señal, no se ve a la gente que tenga inquietud y se pregunte por las celebraciones del Cristo, como si eso ya no significara nada para ellos. No solo por cosas así vamos a definir la religiosidad o el cristianismo de un pueblo, pero también son síntomas de esa indiferencia ante lo religioso o ante lo cristiano que vive hoy nuestra sociedad.

Y me pregunto ¿qué significará para estas gentes con las que me cruzo o que viven en esas casas por las que paso por delante Cristo, el evangelio, la Iglesia? Si les hablamos de evangelio y del Reino de Dios ¿qué es lo que entenderán? ¿Qué sentido religioso, qué sentido de trascendencia le dan a sus vidas donde solo vemos que se preocupan de lo cotidiano de cada, del trabajo, de sus vacaciones quizás lo que se las pueden permitir, de ir de paseo o de irse para las playas, o a lo sumo los jóvenes de irse a sus fiestas o a sus botellones?

Me preocupa y me preocupa lo que los que nos llamamos cristianos estamos haciendo en este mundo. ¿Qué anuncio hacemos del evangelio? Los que nos decimos cristianos ¿qué señales estamos mostrando a esa gente que nos rodea que hay algo más que da sentido a nuestra vida? ese mandato de Jesús que hoy escuchamos en el evangelio ¿no siembra ninguna inquietud en nuestro corazón, no nos hace preguntarnos cómo vamos a hacer para llevar esa buena noticia de Jesús a ese mundo que nos rodea?

Por eso decía al principio que esas palabras me hieren por dentro, porque remueven mi conciencia, porque me siento con las manos vacías por lo poco que hago, porque me duele ese pecado de omisión que estoy cometiendo. Ojalá escuchando estas palabras de Jesús muchas veces llegue a despertarme. Que escuche la Iglesia, que escuchemos los cristianos estas palabras de Jesús y salgamos de nuestro letargo.

 

martes, 21 de septiembre de 2021

Valoremos la función que realiza cada persona en igual dignidad que todos y tengamos siempre un corazón abierto y acogedor que abra las puertas a la misericordia

 


Valoremos la función que realiza cada persona en igual dignidad que todos y tengamos siempre un corazón abierto y acogedor que abra las puertas a la misericordia

Efesios 4, 1-7. 11-13; Sal 18; Mateo 9, 9-13

No todos en la vida son albañiles, ni todos son maestros, unos serán arquitectos y otros serán agricultores, cada uno tiene su función, cada uno tiene su lugar, no podemos desempeñar todos el mismo oficio o función, porque habrían cosas que no se podrían realizar, somos como un mosaico, cada piedra con su color y su lugar, cada pieza con su función y con su valor, pero todas son importantes para podernos ofrecer la belleza del mosaico con sus variados colores, con sus múltiples dibujos, con la riqueza de sus imágenes.

Podemos pensar en las cualidades y valores de cada uno, sus capacidades y su técnica; podemos pensar en la conjunción que entre todos se ha de realizar para el desarrollo de la propia humanidad, de la propia sociedad, y podemos pensar en la vocación de cada uno. Cada uno según sus capacidades, según también lo que ha ido recibiendo descubre su lugar, su función, su vocación, aquello a lo que está llamado, aquello que puede realizar mejor. Y como una hermosa orquesta compuesta de tan variados instrumentos podrán ofrecernos la belleza y armonía de su música. Tenemos que descubrir cual es el instrumento que nos corresponde tocar en esa orquesta de la vida.

Es lo que dentro de la familia de la Iglesia también tenemos que descubrir y realizar. De ello nos ha hablado el apóstol en estas lecturas que se nos ofrecen hoy en la fiesta del apóstol y evangelista san Mateo que hoy celebramos. ‘A cada uno de nosotros se le ha dado la gracia según la medida del don de Cristo. Y él ha constituido a unos, apóstoles, a otros, profetas, a otros, evangelizadores, a otros, pastores y doctores, para el perfeccionamiento de los santos, en función de su ministerio, y para la edificación del cuerpo de Cristo…’ Y es aquí donde tenemos que descubrir cual es nuestra función dentro de la comunidad eclesial.

Mateo era recaudador de impuestos. Aunque menospreciado por los judíos que a todos los metían en el saco de los usureros y ladrones, allí desempeñaba su función en la vida. Tendríamos que pensar en la dignidad de cada trabajo y de cada función; nos podrán resultar más o menos agradables y somos muy propensos a poner nuestras marcas, marcar nuestras diferencias, pero hemos de saber tener respeto por el trabajo que realiza cualquier persona; todos tienen su dignidad, todos tienen su función, necesaria en el desarrollo de la propia vida de la comunidad. Creo que podría ser una consecuencia también que dedujéramos para nuestra vida.

Pero un día Jesús al pasar lo invitó a seguirle. Vemos la prontitud con que lo deja todo con alegría para seguir a Jesús. ¿Son golpes de gracia repentinos? No podemos negar que la presencia del Señor impacta y nos llama, aunque no podemos descartar por otra parte que ya Mateo aunque quizás desde lejos quisiera ser discípulo de Jesús y en alguna ocasión le habría escuchado planteándole muchos interrogantes en su corazón. Hoy le vemos dar la respuesta con generosidad y con prontitud.

Tal es la alegría que hará un banquete en el que participarán los que hasta entonces han sido sus colegas en su trabajo, pero donde estaba también invitado Jesús y el resto de los discípulos. Es aquí donde descubrimos también otro mensaje para nuestra vida. por allá andaban recelosos los puritanos de su tiempo – también ahora hay sus puritanos que están siempre al tanto de donde puedan hacer su juicio y su condena si las cosas no son como a ellos les apetece – los fariseos y los escribas que critican que Jesús coma con publicanos y pecadores.

Jesús que oye la crítica que están haciendo les replica: ‘No tienen necesidad de médico los sanos, sino los enfermos. Andad, aprended lo que significa misericordia quiero y no sacrificio: que no he venido a llamar a justos, sino a los pecadores’. ¿A qué ha venido Jesús? ¿Qué nos pide de nuestro corazón? ¿Habremos aprendido de verdad lo de ‘misericordia quiero y no sacrificios’?

Hagamos una Iglesia que sea en verdad hogar de misericordia. Quitemos de una vez por todas esas lupas con que andamos mirando la vida de los demás para ver donde está el desliz, donde puedan aparecer esos motivos que justifiquen nuestros juicios y nuestras intransigencias. ¿Se nos habrá ocurrido pensar que por nuestras intransigencias podemos estar haciendo sufrir a muchos y muchos no darán el paso adelante en su camino de conversión porque no encuentran esa acogida llena de misericordia en nosotros?

 

lunes, 20 de septiembre de 2021

Abramos nuestro corazón a la luz, a la fe, a Dios y encontraremos paz para nuestro espíritu, sentido profundo para vivir con la mayor intensidad la vida

 


Abramos nuestro corazón a la luz, a la fe, a Dios y encontraremos paz para nuestro espíritu, sentido profundo para vivir con la mayor intensidad la vida

Esdras 1,1-6; Sal 125; Lucas 8,16-18

La luz es para alumbrar, para que nos ilumine cuando la necesitemos. No podemos hacer nada sin luz, no nos acostumbramos; en otras épocas con mayores carencias tratábamos de arreglarnos, ahora fácilmente aunque esté resplandeciente el sol tenemos la luz encendida en la habitación. Para todo la necesitamos. Y no es que me esté refiriendo a la luz como a la energía, sino simplemente eso, la luz. Nos ilumina en nuestros caminos, nuestras calles y plazas necesitamos tenerlas bien iluminadas, en cualquier lugar que estemos, ya sea por razones de trabajo o en la convivencia de cada día, no soportamos que el lugar en que estamos esté en penumbras.

Pero claro que no estamos ahora aquí para teorizar sobre si encendemos o no encendemos la luz, sino que cuando hablamos de la luz estamos también hablando de ella como de una imagen. Decir que necesitamos luz es algo más que una luz que nos ayude a ver con nuestros ojos de la cara en cualquier lugar en el que estemos. Nos referimos a la luz y estamos pensando en aquello que nos aclara nuestros pensamientos y nuestras ideas; pensamos en esa sabiduría de la vida que necesitamos adquirir para entender cuanto sucede o para darle un sentido a lo que hacemos; pensamos en esos conocimientos que necesitamos no solo en un aprendizaje de las ciencias, podríamos decirlo así, sino en ese aprendizaje de la vida.


Y hoy nos dice Jesús en el evangelio que la luz no es para ocultarla, sino que cuando encendemos la lámpara la colocamos en el lugar más apropiado para que ilumine bien a los de la casa. Es la luz de la Palabra de Dios que no podemos ocultar sino que más bien tenemos que saber buscar con sabiduría para hacernos encontrar el camino de Dios. Es la luz de la fe que ha de brillar fuertemente en nuestro corazón para que conozcamos a Dios, para que en verdad nos encontremos con El, para que escuchemos y comprendamos su palabra, para que se nos revelen en nuestro corazón los secretos del misterio de Dios.

Algunas veces podemos rehusar esa luz, la ocultamos porque no nos queremos dejar iluminar por ella. Quizás podemos vislumbrar que si nos dejamos iluminar por esa luz de la fe habrían muchas actitudes que cambiar, habría muchas cosas que tendríamos que hacer de manera distinta, nos haría tener una mirada nueva a nuestra propia vida, pero también una mirada nueva a los demás. Quizás nos hemos acostumbrado a nuestras oscuridades, tenemos miedo a la luz, porque saldrían a luz – valga la redundancia – nuestras obras y nos daríamos cuenta de que no son tan buenas.

Qué malabarismos hacemos algunas veces con nuestra fe con tal de seguir con nuestras rutinas, para no arrancarnos de nuestras comodidades, para no tener que rendirnos ante Dios porque nos parece que con eso estaríamos perdiendo en nuestra autosuficiencia. No queremos reconocer que desde la luz de la fe es desde donde vamos a encontrar nuestra mayor grandeza y dignidad; podemos tener todas las habilidades del mundo, podemos dominar todas las ciencias y todas las filosofías, pero es desde la luz de la fe donde descubrimos nuestra mayor grandeza, porque descubrimos que estamos hechos a imagen y semejanza de Dios, que Dios ha querido hacernos hijos suyos.

Yo no tengo fe, nos dicen algunos y no hacen ningún esfuerzo por abrir su corazón a la luz; yo no tengo fe y permanecen en sus sombras, y dejan que su vida se llene de amarguras, y no sabrán encontrar la fuerza para sus luchas y para levantarse una y otra vez de sus oscuridades y caídas, y no sabrán encontrar caminos para salir de esas encrucijadas en que les mete la vida, o no serán capaces de ponerse por encima de las cosas y dejan que cualquier cosa les afecte y les haga perder la paz; yo no tengo fe te dicen y después creen en cualquier cosa que vengan contándole desde los lugares más exóticos.

Abramos nuestro corazón a la luz, abramos nuestro corazón a la fe, abramos nuestro corazón a Dios y encontraremos paz para nuestro corazón, fortaleza en nuestra debilidad, caminos ciertos en nuestras oscuras encrucijadas, sentido profundo para vivir con la mayor intensidad la vida.


domingo, 19 de septiembre de 2021

Nos está haciendo pensar en el sentido nuevo de nuestro vivir, de esa vida que tenemos que afrontar de entrega y de servicio porque siempre tiene que ser una vida de amor

 


Nos está haciendo pensar en el sentido nuevo de nuestro vivir, de esa vida que tenemos que afrontar de entrega y de servicio porque siempre tiene que ser una vida de amor

Sabiduría 2, 12. 17-20; Sal. 53; Santiago 3, 16–4, 3; Marcos 9, 30-37

Nos sucede a veces; tenemos la intuición de que algo va a suceder, pero casi evitamos pensarlo, intentamos distraernos con otras cosas, aunque aquello no nos lo podamos quitar de la mente. Será un problema que se nos presenta y nos machaca allá en nuestro interior, serán quizás malos momentos que hemos pasado en nosotros mismos o con alguien, pero nos cuesta afrontar la realidad; nos cuesta, como se suele decir, coger el toro por los cuernos. Podríamos preguntar a alguien, podría pedir ayuda o consejo a quien nos lo puede ofrecer, pero nos da miedo, nos da vergüenza, y tratamos de convencernos de que eso no va a suceder.

Así andaban los apóstoles y poco menos que para pensar en otra cosa hacían aflorar sus sueños y sus ambiciones. Ahora no era intuición, habían sido las palabras de Jesús que por segunda vez les había repetido lo mismo, el sentido de aquella subida a Jerusalén, pero no entendían o no querían entender, porque quizá todo aquello les echaba abajo los sueños que se habían ido construyendo; ellos no eran distintos a la gente del común, y muchos cuando pensaban en el Mesías, pensaban en un caudillos triunfador y liberador del pueblo de las opresiones de pueblos extranjeros, devolviéndole a Israel las glorias de tiempos pasados. Por eso en el camino habían aflorado de nuevo sus sueños de grandezas, de lugares de poder, de primeros puestos, aunque no querían que se enterara el maestro de lo que ellos iban cavilando por su cuenta.

Atravesando Galilea, dice el evangelista, iban instruyendo a sus discípulos, a aquellos que había escogido como apóstoles, y más cercanos a El estaban. No quería Jesús incluso mientras atravesaban Galilea que la gente se enterara de su paso, porque quería aprovechar la ocasión. Les hablaba claramente: ‘El Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los hombres, y lo matarán; y, después de muerto, a los tres días resucitará’. Pero nos dice el evangelista que ni se enteraban ni entendían lo que Jesús les decía ni se atrevían a preguntarle. ¿Intuían quizá que se les venían abajo sus sueños, los castillos en el aire que se habían creado?

Claro que hablar de muerte, de sufrimientos, de prendimientos y posibles cárceles, cuando ahora parecía que todo iba tan bien, no era pensamiento de gusto agradable. Siempre lo que sea sufrimiento lo rehuimos, y cuantas veces en la vida nos lo queremos incluso ocultar. Se le oculta al enfermo la gravedad de su situación, se lo oculta a los niños la realidad de la enfermedad o de la muerte, no queremos dar una noticia triste a una persona mayor porque eso le puede afectar tanto; pero es que en nosotros mismos nos cuesta aceptar lo que nos sucede, nos vemos con problemas en ocasiones y le quitamos la importancia, nos vemos enfermos y no queremos aceptar la realidad de que podemos enfermarnos y se pueda poner la vida en peligro. Cuántos miedos tenemos en la vida y nos los queremos ocultar a nosotros mismos, nos ponemos a pensar en otras cosas.

Y Jesús que quería instruirlos, los dejó; dejó que hicieran el camino y no intervino más en la conversación. Como sería normal en el camino ellos irían en corrillos y allí comenzaron las discusiones entre ellos. Pero cuidado que el Maestro no se entere y seguro que trataban de disimular su acaloramiento.

Pero como nos sucede en la vida, cuando andamos dándole vueltas y más vueltas en nuestra mente a las cosas y tratamos de disimular para que nadie se entere de lo que nos pasa, de lo que nos preocupa, siempre viene alguien que nota algo en nosotros y nos preguntará que nos pasa y hasta dará en el clavo señalándonos en concreto lo que nos pasa por dentro y nosotros tanto tratábamos de disimular.

Es lo que les pasó a los discípulos; habían ocultado sus miedos y trataban de disimular las ambiciones que hasta podrían convertirse en enfrentamientos. Cuando llegan a casa lo primero que les pregunta Jesús es ¿de qué hablabais por el camino? ¿De que estaban discutiendo? Y vaya si Jesús sabía. Habían venido discutiendo quién entre ellos iba a ser el primero y principal. Y Jesús los llamó y les dijo: ‘Quien quiera ser el primero, que sea el último de todos y el servidor de todos’.

Y continúa diciéndonos el evangelista: ‘Y tomando un niño, lo puso en medio de ellos, lo abrazó y les dijo: El que acoge a un niño como este en mi nombre, me acoge a mí; y el que me acoge a mí, no me acoge a mí, sino al que me ha enviado’. Acoger a un niño es acoger a Jesús, acoger a un niño es acoger al que ha enviado a Jesús.

El niño que no he considerado para nada en aquella sociedad. Hoy hablamos de los derechos del niño o de los derechos humanos, que nos afectan a todos, pero en aquella sociedad eso no era así. El niño no contaba, no se le tenía en cuenta, y ahora Jesús lo pone en medio. Es algo nuevo, es una actitud nueva ante las personas, es una actitud nueva que tiene que haber en mi corazón; había hablado de ser el último de todos y el servidor de todos, y ahora en ese todo incluye a quien nada valía, a un niño, pero que es una imagen de cómo nadie puede ser discriminado; como de todos tenemos que ser servidores.

Y esto lo escuchamos en el contexto de los anuncios que ha venido haciendo Jesús que tanto les cuesta aceptar. Es que nos está hablando Jesús del sentido de su vida, el Hijo del Hombre que no ha venido para ser servido, sino para servir. Y ese es el sentido de todo lo que le va a suceder a Jesús, de su pasión y de su muerte, de su pascua, que por supuesto no va a ser una derrota porque al mismo tiempo les está anunciando Jesús su resurrección.

¿Nos valdrá algo todo esto para nuestra vida? Nos está haciendo pensar en el sentido nuevo de nuestro vivir, nos está hablando de esa vida que tenemos que afrontar que tiene que ser de entrega y de servicio porque siempre tiene que ser una vida de amor, nos está hablando también de que muchas veces ese camino se nos puede volver duro, se nos puede hacer difícil, pero es la entrega que hemos de vivir porque ese es el sentido de nuestro ser cristiano.

sábado, 18 de septiembre de 2021

Una semilla que se convierte en alimento y luz de nuestra vida, pero una semilla que a su vez se ha de convertir en generadora de nueva vida en el corazón de los demás

 


Una semilla que se convierte en alimento y luz de nuestra vida, pero una semilla que a su vez se ha de convertir en generadora de nueva vida en el corazón de los demás

1Timoteo 6,13-16; Sal 99; Lucas 8, 4-15

La semilla no es solo para guardarla en el almacén. Esa semilla por una parte como fruto de una cosecha ya realizada estará destinada a la elaboración de nuestros alimentos cumpliendo así su función, pero parte de esa semilla será para siembra de nuevos terrenos que un día germinarán para darnos en el futuro también cosechas de nuevos frutos.

Hay una parte que entra en el misterio de todo ser vivo y es como esa semilla con las humedades y condiciones apropiadas germinará para hacer nuevas plantas de las que un día esperamos recoger una cosecha; es el misterio de la vida en si misma, podríamos decir; pero bien sabemos que no solo habremos de proporcionarle las condiciones idóneas para esa germinación, sino que luego habremos de cuidar esas plantas germinadas para que un día puedan llegar a darnos esos frutos; es el trabajo del agricultor en cualquiera de sus facetas que cuida de la tierra y sabrá aportar en cada momento el cuidado que esas nuevas plantas han de tener para producir esos frutos.

La imagen de la semilla es algo repetido en el evangelio y que nos quiere ofrecer variados mensajes para el provecho de nuestra vida cristiana. Es la semilla esparcida por el sembrador como hoy nos habla la parábola en distintas tierras y en distintas condiciones que nos pueden producir los más variados frutos; es la semilla de la que se nos hablará en otros momentos que sembrada en tierra se nos queda en el misterio de cómo germina para hacer brotar los tallos de nuevas plantas que un día nos ofrezcan sus frutos; es el grano de trigo que nos dirá Jesús en otra ocasión que ha de ser enterrado para que pudriéndose en la tierra pueda hacer germinar una nueva vida; o será la semilla buena que es sembrada mientras el enemigo al mismo tiempo sembrará la mala semilla haciendo que crezcan juntos el trigo y la cizaña como señal también de esa fortaleza conseguida en la lucha contra el mal.

Hoy se nos ha hablado de ese campo de la vida, con distintos terrenos y distintos cultivos, con personas de las más variadas que darán diferentes respuestas según sean sus propias actitudes y miramos el mundo que nos rodea en su diversidad y complejidad pero donde ha de seguir sembrándose esa semilla de la Palabra de Dios; y nos vemos a nosotros mismos en medio de ese campo, donde igualmente nos veremos influenciados por tan distintas cosas que nos llaman la atención y que nos atraen donde tenemos el peligro de perdernos o de no saber encontrar el sentido de esa semilla que de una forma o de otra va llegando a nosotros.

¿Sabremos discernir de verdad entre esas variadas semillas que llegan a nuestra vida cuál es el trigo bueno que hemos de acoger, bien sembrar y cultivar? Somos los agricultores de ese campo de la vida, y el buen agricultor estudia detenidamente la tierra que ha de cultivar para saber cómo mejor prepararla, pero también busca la semilla más apropiada que pueda ser cultivada en esa tierra para aprovechar las mejores condiciones.

Es la atención con que hemos de vivir la vida, es la atención que hemos de prestar a lo que llega a nosotros para discernir lo bueno y lo mejor. Y es que Dios nos habla, como lo ha hecho a través de todos los tiempos, y nos hace llegar su palabra por diversos caminos algunas veces insospechados; y hemos de saber estar atentos a ese momento en que Dios siempre su Palabra en nuestro corazón desde la Palabra solemnemente proclamada, pero también desde los hechos, la vida, los gestos, las cosas que suceden en nuestro entorno, que se pueden convertir en señales de Dios para nuestra vida.

Una semilla que se convierte en alimento y luz de nuestra vida, pero una semilla que a su vez se ha de convertir en generadora de nueva vida en el corazón de los demás porque así estamos llamados a ser sembradores de esperanza y de vida en medio del mundo que nos rodea.

viernes, 17 de septiembre de 2021

Miremos más a los que están a nuestro lado, conozcamos más a los que con nosotros están haciendo el mismo camino, son la comunidad de Jesús de la que yo también soy miembro

 


Miremos más a los que están a nuestro lado, conozcamos más a los que con nosotros están haciendo el mismo camino, son la comunidad de Jesús de la que yo también soy miembro

1Timoteo 6,3-12; Sal 48;  Lucas 8,1-3

Hacer camino, muchas veces hablamos de ello. Comparamos la vida con un camino, un camino que cada uno tiene que hacer personalmente, pero un camino que cuando vamos acompañados de buena compañía parece que se nos hace más liviano. Algunos quizás quieren caminar solos, pero como se suele decir, el que solo va, solo se cae y solo se queda. La compañía de los que van caminando a nuestro lado nos anima, nos estimula; claro que no lo hemos de tomar como una carrera a ver quien llega primero, sino que lo importante es alcanzar la meta. Sentirnos acompañados nos estimula y nos da fuerza, nos hace superar con mayor facilidad los obstáculos, nos ayuda a no perder la ruta a donde queremos llegar.

Hoy el evangelio nos habla de esos caminos que hacia Jesús acompañado de sus discípulos. ‘Jesús iba caminando de ciudad en ciudad y de pueblo en pueblo, proclamando y anunciando la Buena Noticia del reino de Dios, acompañado por los Doce, y por algunas mujeres…’ nos relata el evangelista. Nos dará luego el nombre de algunas de esas mujeres que acompañaban a Jesús en la tarea del anuncio de la Buena Noticia del Reino de Dios y de los servicios que incluso prestaban.

Aunque estamos haciendo mención a este episodio concreto si recorremos las páginas del evangelio veremos a Jesús siempre en camino, pero en camino rodeado de gente; están aquellos discípulos que quieren seguir más de cerca, como serán luego los doce apóstoles especialmente llamados por El; pero están todo esos que se convierten en colaboradores también del anuncio del Reino, como todos aquellos que porque quieren escuchar a Jesús son capaces de irse de un lugar a otro para seguir sus pasos.

Me quiero ver yo también en esa comitiva de los que caminan con Jesús. Metámonos en el interior del evangelio y encontremos en sus páginas nuestro lugar, encontremos nuestro sitio al lado de Jesús en medio de todos aquellos que le siguen, de aquellos discípulos más cercanos, como decíamos, o formando grupo con aquellas mujeres que le atendían. Hay un puesto para nosotros.

No es necesario que juguemos con la imaginación. Pensemos realmente en lo que es el camino de nuestra vida cristiana, el camino de la Iglesia. Aunque lo sabemos tenemos la tentación muchas veces de ponernos a vivir el seguimiento de Jesús como muy en solitario, como si solo fuera un camino que hacemos solo nosotros y no caemos en la cuenta de cuantos son los que a nuestro lado están también haciendo ese camino.

Como decíamos, es el camino de la Iglesia. Es el camino de nuestras comunidades y parroquias. Que tienen que ser eso, comunidades, gente que en comunión los unos con los otros vamos haciendo ese camino de nuestra fe con nuestros compromisos, con nuestras responsabilidades asumidas, con esas tareas que podemos realizar también en medio de la comunidad, con ese lugar que ocupo allí en nuestras celebraciones.

Cuidado no nos aislemos. Muchas veces cuando vamos a Misa los domingos, da la impresión que cada uno va a lo suyo, a escuchar o a celebrar su misa, a realizar su cumplimiento personal, como si nuestra presencia allí nada tuviera que tener con los demás que están participando o viviendo aquella celebración. Miremos más a los que están a nuestro lado, conozcamos más a los que con nosotros están en la misma celebración, son esa comunidad de la que yo también soy miembro.

Renovemos esos deseos de sentirnos juntos en camino con Jesús, pero juntos con esos hermanos que también están haciendo camino a nuestro lado. Que nos sintamos estimulados y que seamos también estímulo para los demás.