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miércoles, 6 de enero de 2021

Los cristianos tenemos que convertirnos en estrellas luminosas en medio del mundo para despertar conciencias, hacer resurgir de nuevo la fe y la esperanza

 


Los cristianos tenemos que convertirnos en estrellas luminosas en medio del mundo para despertar conciencias, hacer resurgir de nuevo la fe y la esperanza

Isaías 60, 1-6; Sal 71; Efesios 3, 2-3a. 5-6; Mateo 2, 1-12

Navidad es Epifanía y Epifanía sigue siendo Navidad. No es un juego de palabras, es la realidad de lo que vivimos y celebramos porque todo es manifestación de la gloria y del amor del Señor. Se nos manifiesta en Belén aunque en aquel momento hablamos más de Navidad, de Natividad, de nacimiento de Dios hecho hombre, pero que no es otra cosa que manifestación de la gloria de Dios. ¿No es lo que los ángeles cantaron? ‘Ha aparecido la gracia de Dios’, escuchábamos en los textos de la Palabra de esa noche. Y se manifestó y se dio a conocer a unos humildes pastores que cuidaban sus rebaños en las afueras de Belén como un signo y señal para el pueblo de Dios.

Se nos manifiesta ahora en la fiesta de la Epifanía, y ese es el sentido y significado de la palabra. Es la manifestación de la gloria del Señor a todos los pueblos significados en aquellos Magos de Oriente de los que nos habla san Mateo; es la manifestación de que el amor de Dios que se nos manifiesta en Jesús es para todos los hombres, para todos los pueblos. Por eso decimos Epifanía que sigue siendo Navidad. Todavía el próximo domingo casi descolgándonos de la Navidad o culminando la Navidad sigue siendo Epifanía en la manifestación de la gloria de Dios en el Bautismo del Señor.

Las imágenes, los signos y los gestos que contemplamos en el relato que hoy nos ofrece el evangelio son de una gran riqueza y nos hablan de caminos y de recorridos que son caminos y recorridos de fe que todos vamos realizando o hemos de realizar en nuestra vida. Es el camino de fe, de búsqueda que realizaron aquellos magos a partir de que reciben la señal de lo alto en la estrella aparecida en los cielos pero que también a nosotros nos quiere hacer mirar hacia lo alto, aunque vayamos tropezándonos con tantas cosas que se nos atraviesan ante nuestros pies para que sepamos elevarnos, para que nos demos cuenta de que hay una luz a pesar de las oscuridades de la vida.

El camino no siempre es fácil; igual que aquellos magos tuvieron que atravesar desiertos y tortuosos caminos y también se encontraron en el camino quienes se les querían interponer poniéndoles trabas a su recorrido; es lo que nos sucede tantas veces en el camino de nuestra vida. No se dejaron confundir con falsas estrellas, y aunque hubo momentos de oscuridad en que ni siquiera veían la estrella supieron trascender por encima de aquellos obstáculos, encontraron la Palabra que les guiaba de verdad y de nuevo apareció la estrella que les guiaba hasta aquel recién nacido que era la luz verdadera que viene a iluminar nuestro mundo y que es luz para todos los pueblos y naciones.

Cuánto tenemos que aprender de ese camino siguiendo el rastro de la estrella de Belén. Es el camino de nuestra vida con sus luces y con sus sombras, con sus luchas, frustraciones y también victorias, es el camino de un mundo enmarañado que se confunde y nos confunde, es el camino que el mundo nos quiere ofrecer como luces lo que no son más que oscuridades y que nos ofrece falsos señuelos que nos distraen de la meta que deberíamos alcanzar, es el camino lleno de problemas y dificultades que nos hace perder la esperanza porque nos sentimos como derrotados y nos parece que nunca podremos salir, son esos caminos del mundo que ponen a prueba nuestra fe y nos llenan de dudas y de interrogantes a los que nos cuesta encontrar respuesta.

Nosotros sabemos bien que la luz de la estrella que nos guía nunca dejará de brillar para nosotros. No nos puede fallar nuestra fe y nuestra esperanza. Esa luz está siempre con nosotros y por mucho que las tinieblas traten de ahogarla seguirá brillando con fuerza para nuestro mundo. Esa luz tiene que hacernos levantar cada día con una nueva ilusión, una gran fuerza interior para seguir en el camino, para seguir confiando, para seguir manteniendo la esperanza, para seguir poniendo de nuestra parte todo lo que sea necesario para que esa luz llegue a los demás. Hay muchas desesperanzas a nuestro alrededor, muchos pesimismos, mucha gente que se siente agobiada, muchos que han perdido la trascendencia de su vida cuando han dejado apagar la luz de la fe en sus corazones.

Los cristianos tenemos que convertirnos en estrellas luminosas en medio del mundo para despertar las conciencias, para hacer resurgir de nuevo la fe y la esperanza en tantos que van apagados por la vida. Tenemos que ser valientes para ponernos en camino, como hicieron aquellos magos. No podemos ser nosotros estrellas apagadas que no den luz allí donde estamos y aunque tengamos que mantener muchas luchas en nuestro interior para mantener encendida esa luz en nuestro corazón, tenemos que reflejarla para los demás, tenemos que ayudar a los demás. Codo con codo trabajamos con los que están a nuestro lado en esa búsqueda de salidas y soluciones a los problemas, en ir haciendo que encontremos la verdadera salud de nuestra vida que va más allá de las pandemias y situaciones lúgubres que se puedan vivir.

Es el compromiso que tenemos con nuestro mundo. Es un compromiso nacido de nuestra fe. Nosotros sabemos muy bien que nuestra luz y nuestra salvación están en el Señor. Con esa luz queremos iluminar nuestro mundo.

martes, 5 de enero de 2021

Sepamos ir a ese momento de silencio y recogimiento – de sentarnos debajo de la higuera quizás – para ser capaces de abrirnos a algo nuevo y le digamos a Jesús ¡cuenta conmigo!

 


Sepamos ir a ese momento de silencio y recogimiento – de sentarnos debajo de la higuera quizás – para ser capaces de abrirnos a algo nuevo y le digamos a Jesús ¡cuenta conmigo!

1Juan 3,11-21; Sal 99; Juan 1,43-51

 ‘Cuento contigo’. Alguna vez ha llegado alguien que quería implicarnos en algo y de entrada nos dice eso: cuento contigo. La amistad que tenemos con esa persona, la ascendencia que puede tener sobre nosotros, las ilusiones que vemos en sus proyectos que a nosotros de alguna manera nos convencen también nos hace sentirnos honrados y animosos con esa pedida de colaboración que se nos ha hecho.

O nos habrá sucedido alguna vez que viene alguien también con un entusiasmo grande pero no está pidiendo colaboración no ya para sus proyectos sino quizás para algo que otra persona está emprendiendo; y quizás en este momento no nos sentimos tan entusiasmados, y le damos largas al asunto, y ponemos dificultades haciéndonos renuentes a prestar esa colaboración que ya nos parece que nos puede complicar un poco la vida. Tanto insistirá nuestro amigo para que al menos intentemos conocer de primera mano esos proyectos que al final, aunque un poco renuentes nos prestamos a ir a ver para al menos enterarnos de qué va la cosa.

Son cosas que nos suceden en la vida; proyectos profesionales de alguien donde se nos pide colaboración, proyectos de tipo social donde trabajemos por la comunidad, participación en asociaciones altruistas, muchas cosas en las que nos podemos ver implicados y según quien nos esté invitando nos decidimos o no, o ponemos nuestras pegas o damos largas al asunto como decimos para pensárnoslo bien.

¿Será un poco lo que estamos viendo en el evangelio de hoy? Jesús que le dice a Felipe ‘cuento contigo… sígueme’ y Felipe se va con Jesús. Procedía de Betsaida el lugar de origen también de Andrés y de Simón y a través de ellos tendría conocimiento de Jesús, no sabemos, pero el hecho está en que se fue con Jesús.

Pero no se quedó ahí el asunto porque cuando se encuentra con un amigo o conocido que es de Caná le habla de Jesús con entusiasmo queriendo su amigo Natanael se venga también a formar parte del grupo de Jesús. Pero Natanael no lo ve del todo claro y quizás menos cuando se entera de que Jesús es de Nazaret, pueblo cercano a Caná, y ya sabemos de las rivalidades de los pueblos vecinos. En su reticencia pretende incluso desprestigiar a los del pueblo vecino, porque de allí no puede salir nada bueno. La sorpresa se la llevará cuando al final llegue ante Jesús y parece que Jesús le conoce de algo, porque habla de su rectitud y nobleza y de algún hecho misterioso que al parecer solo Natanael conocía. ‘Desde antes que estuvieras bajo la higuera ya te conocía’, viene a decirle Jesús más o menos. Y la reacción de Natanael ahora sí que es inesperada porque comienza a reconocer cosas grandes de Jesús.

De estos hechos podríamos sacar muchas cosas para nuestra vida, empezando por preguntarnos cual es el entusiasmo que realmente nosotros sentimos por Jesús. Porque nos puede suceder que nos decimos cristianos de toda la vida, pero el entusiasmo por vivir los valores que Jesús nos enseña en el evangelio quizá no sea tanto. Nos hacemos renuentes y nos ponemos nuestras pegas o nuestros límites cuando vemos que el encuentro con Jesús nos podría llevar a mayores compromisos.

Cuántas veces nos contentamos con cumplir, como decimos habitualmente. Rezamos porque recitamos unas oraciones, vamos a Misa y allí estamos pero que no se alargue mucho ni nos vengan pidiendo muchas cosas. Pero en verdad nuestra oración o nuestra participación en la celebración ¿es un profundo encuentro con Jesús? ¿Nuestra oración va más allá de recitar unas oraciones como algo que nos sabemos muy bien de memoria o tenemos la serenidad de la escucha, buscamos la paz del encuentro vivo con el Señor, somos capaces de hacer verdadero silencio interior para que no haya otras cosas en las que estemos pensando mientras recitamos esas oraciones? Lo decimos de nuestras oraciones rezadas de forma particular o individual, o lo tenemos que decir de nuestra postura en la participación de la celebración de la Eucaristía.

No sabemos realmente lo que pasó bajo la higuera en lo que Jesús le hace referencia a Natanael, pero quiero pensar en un momento de silencio interior que allí había vivido, donde quizás se habían despertado unas inquietudes en su corazón, o donde recapacitó para descubrir los caminos del Señor.

Sí, tomemos con buen sentido lo de estar debajo de la higuera; necesitamos irnos debajo de la higuera a ese silencio, a la búsqueda de esa paz y de esa serenidad interior, a tener esos momentos de reflexión que nos levanten de a ras del suelo como solemos andar habitualmente para descubrir otros horizontes, esos caminos que el Señor nos vaya señalando y que al final podemos terminar en una hermosa confesión de fe, pero que hagamos con toda nuestra vida. Que seamos capaces al final de decirle al Señor ¡Cuenta conmigo!

lunes, 4 de enero de 2021

Tenemos que detenernos a dar gracias por esas personas que han sido una mediación para nosotros a lo largo de la vida para nuestro encuentro con Dios

 


Tenemos que detenernos a dar gracias por esas personas que han sido una mediación para nosotros a lo largo de la vida para nuestro encuentro con Dios

1Juan 3, 7-10; Sal 97; Juan 1, 35-42

Es cierto que en la pereza y cierta indolencia con que vivimos muchas veces preferimos que nos den las cosas hechas, por aquello de la ley del mínimo esfuerzo; que nos lo den ya todo masticado para no tener que esforzarnos. Pero también reconocemos que no todas las personas actúan así, y quieren buscar por sí mismas, hacer el camino y el esfuerzo lo que incluso pedagógicamente es mejor porque así aprendemos a valorar también por lo que nos cuesta aquello que alcanzamos.

Pero está también la ayuda que podemos recibir como una mediación que nos da pautas, nos abre caminos, nos señala horizontes, pero donde nosotros hemos de ponernos en camino de búsqueda para saber encontrar aquel punto de luz que se nos señalaba el camino para llegar a él. Son muchas las mediaciones que vamos recibiendo en la vida, unas veces de una manera concreta y consciente, otras que nos aparecen como sugerencias o nos inspiramos en el testimonio que podemos encontrar en quienes están a nuestro lado. Ojalá estuviéramos más atentos en la vida a esas señales, a esos signos de algo mejor y superior que nos van apareciendo pero que no siempre sabemos descubrir y leer.

Ese es muchas veces el camino de nuestra fe. Han sido unos padres que nos trasmitieron lo que ellos vivían y que fueron esos primeros caminos que nosotros hicimos, pero en la medida en que en la vida fuimos creciendo y madurando aprendimos a leer más señales que Dios va poniendo en nuestro camino, descubrimos personas que nos ofrecen su testimonio, aunque también muchas veces de una forma inmadura nos quedamos un tanto infantilizados sin dar pasos a un crecimiento espiritual como personas, y en consecuencia no ha habido una maduración de nuestra vida y compromiso cristiano.

Dios pone también en nosotros, en nuestro interior una inquietud y unos deseos de algo grande, de algo que nos eleve, no contentándonos con la materialidad de la vida de cada día, y muchas veces quizá vamos respondiendo a esa inquietud y también nos ponemos a buscar. Cuando a esa inquietud de nuestro corazón unimos las mediaciones o señales que nos van apareciendo en el testimonio de los demás estaremos haciendo un camino que realmente nos puede llevar a una mayor madurez en la vida y a una mayor madurez como cristianos.

Pero no nos pueden faltar nuestros deseos de búsqueda y no podemos dejarnos vencer por las dificultades o los cantos de sirena de falsas luces que nos pueden desorientar y hacer perder el rumbo. Por eso es tan importante también tener a nuestro lado quien en un momento determinado tenga una palabra, una indicación, un sabio consejo que nos ayude a no perder el rumbo.

Esto lo vemos hoy plasmado en el evangelio. En torno al Bautista se había formado un grupo de discípulos y de seguidores que iban a escucharle, porque su palabra y el testimonio de su vida sembraban inquietud. Ya Juan ha tenido la experiencia del encuentro con Jesús en el bautismo con la teofanía posterior donde se manifestó la gloria de Dios. Allí había escuchado en su corazón como se le decía que aquel sobre quien viera bajar al Espíritu era el Mesías salvador esperado.

Pero al paso ahora de Jesús - ¿vendría Jesús de regreso del monte de la cuarentena? Es posible – señala a sus discípulos que aquel es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo. Dos de sus discípulos escuchan la voz de Juan y se van tras Jesús. Allí estaba Juan realizando su mediación, la misión para la que había venido a preparar los caminos del Señor, y era esa voz que sintieron aquellos inquietos discípulos para seguir en su búsqueda caminando detrás de Jesús.

Ya conocemos el diálogo entre Jesús y aquellos dos que le siguen, porque muchas veces lo hemos escuchado y meditado. ‘¿Qué buscáis?... –Maestro, ¿Dónde vives?... – Venid y lo veréis’. Y se fueron con Jesús.

¿Qué buscáis? ¿A quién buscáis? Una pregunta en labios de Jesús que se repite en el evangelio aunque en la otra ocasión sea en medio del drama de Getsemaní. Entonces, Jesús les dirá que es El, a quien buscan – ‘A Jesús, el Nazareno’ – ahora simplemente les dice que continúen la búsqueda y aquellos dos primeros discípulos se fueron con Jesús. Ya a la mañana siguiente Andrés que era uno de los dos al encontrarse con su hermano Simón podrá decirle que han encontrado al Mesías.

¿Nos encontraremos nosotros así con Jesús? ¿También nos pondremos en camino en su búsqueda? ¿Nos dejamos conducir por esos signos que Dios nos va poniendo en nuestro camino para que en verdad lleguemos a encontrarnos con El? Quizá podría ser el momento de pensar en quienes han sido mediaciones de Dios para nosotros a lo largo de nuestra vida y nos han ayudado a encontrar a Dios; recordarlos y dar gracias a Dios por ellos.

domingo, 3 de enero de 2021

En Navidad contemplamos la gloria de Dios que se nos manifiesta en un niño recién nacido que ha venido para hacernos a nosotros también hijos de Dios

 


En Navidad contemplamos la gloria de Dios que se nos manifiesta en un niño recién nacido que ha venido para hacernos a nosotros también hijos de Dios

Eclesiástico 24, 1-2. 8-12; Sal 147; Efesios 1, 3-6. 15-18; Juan 1, 1-18

‘Y hemos contemplado su gloria: gloria como del Unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad’. ¿No es lo que venimos contemplando y celebrando en esta Navidad? Los ángeles la noche de Belén cantaban la gloria de Dios en el nacimiento de Jesús. Ahí, en el humilde establo de Belén contemplamos la gloria de Dios. Podíamos haber imaginado o pensado en un hermoso lugar, un templo esplendoroso o un palacio resplandeciente por el brillo de las riquezas. Pero no, en un humilde establo, con un pobre pesebre por cuna, contemplamos la gloria de Dios.

¿Qué es lo que estamos contemplando? Un recién nacido, tan pobre que no ha tenido una cuna ni una casa donde nacer, porque hasta en la posada que acogía a los pobres que llegaban a Belén, no había sitio para El. ¿Y quién es ese recién nacido con quien se proclama la gloria del Señor? Es el Verbo de Dios que se hace carne y planta su tienda entre nosotros. ‘Y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros, plantó su tienda entre nosotros’.


No es como la Tienda del Encuentro que Moisés levantó en el desierto dotándola de todo el esplendor del oro y de las riquezas que pudieron recoger entre unos pobres peregrinos del desierto; no es el Santa Santorum que Salomón levantara en el templo de Jerusalén para significar la morada y la presencia de Dios entre nosotros. Esa tienda es el pequeño cuerpo de un niño recién nacido que viene a representar a toda nuestra humanidad y que no tiene mejor lugar para situarse en nuestro mundo que en un humilde establo entre un buey y una mula allá en las afueras de Belén. Y ese recién nacido es el Emmanuel, el Dios – para siempre – con nosotros.

Era la luz verdadera pero que las tinieblas rechazaban; vino para encontrarse con los suyos y hacerse Emmanuel y los suyos no lo recibieron; era la Palabra por la que todo había sido creado, y quisimos silenciar esa Palabra; ‘en el mundo estaba, el mundo se hizo por medio de ella, y el mundo no la conoció… En ella estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres. Y la luz brilla en la tiniebla, pero la tiniebla no la recibió’.

Pero ‘¡oh admirable intercambio!’ como diremos en la noche de Pascua cuando la luz pascual brille con todo su esplendor, ‘pues a cuantos lo recibieron, les dio poder de ser hijos de Dios, a los que creen en su nombre. Estos no han nacido de sangre, ni de deseo de carne, ni de deseo de varón, sino que han nacido de Dios’. Dios ha tomado nuestra carne para hacerse hombre y Dios con nosotros y a nosotros nos ha elevado para hacernos sus hijos. ‘Les dio poder de ser hijos de Dios… porque han nacido de Dios’.

Una doble navidad podemos decir que estamos celebrando y estamos viviendo. Es el nacimiento del Hijo de Dios hecho hombre, que contemplamos en Belén, donde estamos contemplando, como venimos diciendo, la gloria de Dios pero al mismo tiempo contemplamos la gloria de Dios que a nosotros nos hace nacer para Dios, nos da el poder ser hijos de Dios. Como nos enseñará más tarde san Juan en sus cartas, la maravilla está en que el amor de Dios nos llama sus hijos, y como reafirma el apóstol ‘¡pues lo somos!’.

Qué hermosa la oración de alabanza de san Pablo en la carta a los Efesios que hemos escuchado, que probablemente era ya un himno litúrgico cantado en aquellas primeras comunidades. Se nos recuerda toda la maravilla a la que hemos sido llamados, elegidos y amados con un amor preferente por parte de Dios. ‘Él nos eligió en Cristo, antes de la fundación del mundo para que fuésemos santos e intachables ante él por el amor. Él nos ha destinado por medio de Jesucristo, según el beneplácito de su voluntad, a ser sus hijos, para alabanza de la gloria de su gracia, que tan generosamente nos ha concedido en el Amado’.

¿Podemos pedir más? No terminamos de comprender en toda su profundidad esta generosidad de Dios. Por eso dice el apóstol convirtiéndolo en oración por nosotros ‘no ceso de dar gracias por vosotros, recordándoos en mis oraciones, a fin de que el Dios de nuestro Señor Jesucristo, el Padre de la gloria, os dé espíritu de sabiduría y revelación para conocerlo, e ilumine los ojos de vuestro corazón para que comprendáis cuál es la esperanza a la que os llama, cuál la riqueza de gloria que da en herencia a los santos’. Espíritu de sabiduría y revelación, luz en nuestro corazón para conocer y comprender esa esperanza que siembra en nuestros corazones, esa riqueza que nos da como herencia, participar de la gloria de Dios; es que somos sus hijos.

‘Pues de su plenitud todos hemos recibido, gracia tras gracia… Dios Unigénito, que está en el seno del Padre, es quien lo ha dado a conocer’, terminaba diciéndonos el evangelio.

Contemplamos la gloria de Dios cuando contemplamos el misterio de la Navidad que estamos celebrando. Pero contemplamos la gloria de Dios cuando nos sentimos llenos de esa riqueza de gracia que a nosotros nos eleva como hijos también de Dios. Cuántas consecuencias se derivarían para la santidad con que hemos de vivir nuestra vida, pero cuántas consecuencias también para nuestra relación y nuestro trato con los demás cuando contemplamos la dignidad y la grandeza de todo ser humano que en Cristo hemos recibido.

 

sábado, 2 de enero de 2021

Asumir nuestro lugar, vivir en la verdad y la humildad, abrir caminos para que otros avancen y crezcan no temer sentirnos los últimos porque nuestra grandeza está en el servir

 


Asumir nuestro lugar, vivir en la verdad y la humildad, abrir caminos para que otros avancen y crezcan no temer sentirnos los últimos porque nuestra grandeza está en el servir

1Juan 2, 22-28; Sal 97; Juan 1, 19-28

Si damos el tirón de que la gente tiene ya un buen concepto de nosotros, procuramos aprovechar la ocasión para tratar de mantener ese prestigio aunque no nos lo hubiésemos ganado por nuestros merecimientos. Si algo nos duele en una acusación que hagan contra nosotros es que la cosa llegue a saberse y la gente llegue a enterarse de nuestra realidad; haremos todo lo posible por mantener ese buen nombre y nos aprovechamos de ello para intentar caminar tranquilo por la vida. Si dicen de nosotros que somos buenos y generosos, que se lo crean y trataré de mantener esa imagen aunque yo sepa allá en lo más hondo de mí mismo que soy un tremendo egoísta que solo mira por sus intereses o en este caso por sus prestigios.

Juan Bautista se pudo haber aprovechado; allá llegaron hasta él en embajada enviada desde Jerusalén para preguntarle que decía de si mismo; es una pregunta que se repite insistentemente. ¿Qué la gente pensaba que él era un profeta? Pues que se lo crean que como tal me voy a presentar. ¿Qué la gente puede intuir que yo soy el Mesías? Y con aquel concepto de Mesías que tenían entonces como un hombre poderoso y que iba a liberar a Israel de la opresión de pueblos extranjeros, pues vamos a armar una revolución. Así hubiera podido pensar Juan, pero Juan no era así.

No se consideraba profeta, bien sabía que no era el Mesías que estaba por llegar y que ya mismo entre ellos estaba aunque no lo conocieran, él solo se presentaba como ese predicador de desierto que venía a preparar los caminos del Señor. Su bautismo sabía que no tenía mayor valor porque solo era un signo de conversión, un bautismo de agua, un signo penitencial, porque ya en medio de ellos estaba el que los iba a bautizar con Espíritu Santo y fuego.

El sabía ponerse en su sitio, reconocer cual era su misión, y solo era la voz que grita en el desierto para allanar los caminos del Señor. El conocía bien la verdad de su vida. Su mismo tiempo de desierto le había hecho asumir su realidad, que seguramente como en esta ocasión tentaciones no le faltarían. Pero asumía su lugar y sabía que él había de mermar para que el que había de venir creciera. Por eso deja paso, deja incluso que sus discípulos se vayan con Jesús, o él mismo los enviará cuando esté en la cárcel para que ellos por sí mismos lleguen a reconocer al Mesías.

Ponernos en nuestro sitio, es reconocer cuáles son nuestros verdaderos valores; es asumir la misión que se nos ha confiado porque hemos descubierto de verdad cuál es nuestra vocación; es vivir en la verdad y en la humildad sabiendo hacer lo que tenemos que hacer, pero sabiendo reconocer cuál es la misión de los demás y dejándole paso a los otros; es vivir sin afán de protagonismos sino siendo capaces de abrir caminos a los otros para que asuman sus funciones y no pensar que todo lo tengo que hacer yo porque soy el que sabe hacer las cosas.

Son muchas las tentaciones que podemos tener en la vida de vivir de las apariencias, de hacernos una imagen y crearnos un prestigio pero para halagar nuestro ego, para vivir la vanidad del orgullo y del amor propio; muchas son las tentaciones a la envidia que corroe cuando quizás vemos que los demás avanzan y progresan y nosotros no logramos dar verdaderos pasos en nuestro crecimiento personal o lograr el éxito en lo que realizamos.

¿Qué es lo que estamos viendo en estos días de Navidad? Al que siendo de categoría de Dios se humilló para hacerse como uno de nosotros, siendo capaz de ponerse en el último lugar, porque su misión y su obra es la del servicio del amor. Pobre e ignorado le vemos nacer en Belén entre los más pobres no siendo ni siquiera admitido en una posada para su nacimiento, como pobre le veremos crecer en aquella olvidada y perdida aldea de Nazaret, donde solamente era el hijo del carpintero. ¿Esa humildad de Jesús no nos moverá de verdad a vivir nuestra vida en la verdad y en la humildad? ¿Descubriremos cuál es nuestra verdadera grandeza para hacernos los últimos y los servidores de los demás?

viernes, 1 de enero de 2021

María plantó la Palabra de Dios en su corazón se convirtió en la Madre de Dios, plantémosla también en nuestro corazón que con el Hijo nos hacemos hijos y nos llenaremos de paz

 


María plantó la Palabra de Dios en su corazón se convirtió en la Madre de Dios, plantémosla también en nuestro corazón que con el Hijo nos hacemos hijos y nos llenaremos de paz

Números 6, 22-27; Sal 66; Gálatas 4, 4-7; Lucas 2, 16-21

La navidad es también la fiesta de la madre, es la fiesta de María. La hemos estado contemplando desde el primer momento porque como nos ha dicho hoy san Pablo ‘cuando llegó la plenitud del tiempo, envió Dios a su Hijo, nacido de mujer, nacido bajo la Ley, para rescatar a los que estaban bajo la Ley, para que recibiéramos la adopción filial’.

‘Nacido de una mujer’ y contemplamos a María. Y los pastores encontraron al niño recostado en el pesebre, como les habían anunciado los ángeles, pero junto con su madre, María. Por eso la liturgia cuando estamos celebrando la octava de la Natividad del Señor nos invita a contemplar a María, para que con los ojos de la madre, con los ojos de María contemplemos nosotros el misterio de la Navidad; queremos sentir la misma admiración de María ante el misterio de Dios que en ella y a través de ella porque Dios la escogió como Madre se estaba realizando, la que observaba todo en silencio y lo iba guardando en su corazón.

Había escuchado el mensaje del ángel y allá lo rumiaba en su corazón acogiendo así en su vida todo el misterio de Dios para que la Palabra de Dios quedara plantada en su corazón; como escuchaba ahora en silencio rumiándolo también en su corazón lo que los pastores contaban de cómo Dios se les había revelado a través de los ángeles para conocer el misterio de Jesús. ¿No tendríamos nosotros también que sentir esa misma admiración para rumiarlo todo también en nuestro corazón?

Nos alegramos y hacemos fiesta, pero tenemos la tentación y el peligro de que todo se nos quede en esa fiesta externa y no hayamos interiorizado lo suficiente el misterio de Cristo, el Misterio de Dios que celebramos, y pasarán las fiestas, y pasará la navidad y nos podemos quedar vacíos de Dios porque no hemos llenado nuestro corazón lo suficiente de ese misterio de Cristo. Rumiemos en nuestro interior, repasemos una y otra vez todo el misterio que celebramos sin dejar de asombrarnos ante todo lo que es la maravilla del amor que Dios nos tiene, porque vino ‘para rescatar a los que estaban bajo la ley, como nos decía san Pablo, para que recibiéramos la adopción filial’.

María plantó la Palabra de Dios en su corazón – ‘hágase en mi según tu palabra’, había respondido al ángel – y se convirtió en la madre de Dios; plantemos nosotros esa Palabra de Dios en nuestro corazón porque bien sabemos que con el Hijo nos hacemos hijos, porque vino ‘para que recibiéramos la adopción filial’. Como nos dirá el evangelio de san Juan ‘a cuantos lo recibieron, les dio poder de ser hijos de Dios, a los que creen en su nombre. Estos no han nacido de sangre, ni de deseo de carne, ni de deseo de varón, sino que han nacido de Dios’.

Como decíamos contemplación con los ojos de María para sentir y vivir toda esa admiración por el misterio de Dios que en su encarnación a nosotros nos engrandece porque nos hace hijos; contemplación con los ojos de María que nos ha de llevar a la alabanza porque reconocemos que el Señor hace cosas grandes y maravillosas. María se sintió engrandecida a pesar de su pequeñez y su humildad; que nosotros también nos sintamos engrandecidos, que nada somos sino pecadores, pero que en Cristo nos vemos liberados, que en Cristo nos vemos convertidos en hijos si así acogemos y plantamos también en nuestro corazón la Palabra de Dios.

Estamos en el día primero de año donde todo son parabienes y buenos deseos. Nos felicitamos mutuamente en el nuevo año que comienza, pero hemos de cuidar que no se quede todo en palabras bonitas y repetidas. Siempre he pensado que felicitar a alguien es alegrarnos, es cierto, con su alegría, pero cuando deseamos felicidad para esa persona significa también que nosotros le estamos diciendo que por nuestra parte vamos a poner todo lo necesario para que sea feliz.

Mal la felicitamos si la dejamos en su sufrimiento o en sus carencias; mal la felicitamos si no somos capaces de ser paño de lágrimas que la consuele en sus penas; mal la felicitamos si no ponemos, repito, todo lo que sea necesario para que sea feliz, para que sienta paz en su corazón, para que se sienta amada por los demás. Y ya nos daremos cuantas son las consecuencias que tiene para nosotros ese deseo de felicidad que queremos trasmitirle a los demás. Pues que ese sentido tengan estas felicitaciones que todos nos hacemos en estos días.

Precisamente aunque en el mundo civil sean otros los días en que se hagan las conmemoraciones de la paz, desde hace muchos años este primero de enero para nosotros es una Jornada de la Paz, una jornada de oración por la paz.  Qué menos podríamos desear y pedir en medio de este ambiente de la Navidad donde los ángeles la noche del nacimiento del Señor cantaban la gloria del Señor y la paz para los hombres que son amados de Dios.


La primera lectura nos ofrece una hermosa bendición del Antiguo Testamento con el deseo de la paz. La Paz como una bendición del Señor, como uno de los frutos del espíritu, como una de las señales del Reino de Dios que queremos vivir y que Jesús viene a instaurar. Decir paz es decir algo grandioso; no es solo ausencia de guerra o de violencia, arrancar el odio o el resentimiento del corazón; la paz es amor y es justicia, la paz es autenticidad en la vida y verdad en el corazón, la paz es la búsqueda del bien y vivir en solidaridad, la paz es sentarnos junto al otro al que consideramos un hermano y tender la mano para caminar juntos, la paz es comprensión en el corazón y disponibilidad para el perdón, la paz es ayudar a levantarse al caído y seguir confiando en el otro incluso en sus debilidades, la paz es poner estímulos en el corazón del otro para superarse y creer siempre en todas las posibilidades de la persona.

Queremos la paz, construyamos la paz, tengamos en cuenta a todo lo que nos obliga el querer vivir en paz, recemos por la paz. En una palabra amémonos para que todos sintamos la paz de sentirnos amados y ser conscientes que así estamos poniendo los mejores fundamentos para la paz.

‘Que El Señor te bendiga y te proteja, ilumine su rostro sobre ti y te conceda su favor. El Señor te muestre tu rostro y te conceda la paz’.

 

jueves, 31 de diciembre de 2020

A pesar de las negruras del año podemos hacer un balance de solidaridad, de madurez, de búsqueda de profundidad y sentido a la vida que disipan esas tinieblas

 


A pesar de las negruras del año podemos hacer un balance de solidaridad, de madurez, de búsqueda de profundidad y sentido a la vida que disipan esas tinieblas

1Juan 2, 18-21; Sal 95; Juan 1, 1-18

Llegamos al fin del año civil. Cuando se cierran unas etapas lo normal es que de alguna forma se haga balance del camino recorrido. El estar finalizando un año de manera que ya mañana amanecemos con una numeración nueva podríamos decir que es como un final de etapa, aunque la vida realmente tiene un recorrido continuado y de un día a otro no encontramos quizá grandes diferencias. Aunque los ritmos de la vida social, escolar y política tienen otros recorridos con otras fechas de finalización o de inicio de etapas, lo mismo decimos en el ritmo de la vida cristiana con lo que llamamos los ciclos litúrgicos, el cambio de año sin embargo se puede tener también como motivo para hacer esos balances.

El año que termina, es cierto, que no ha sido un año fácil porque nos hemos visto envueltos en unas crisis en todos los aspectos como quizá hacía mucho tiempo no nos había tocado vivir. La tentación es marcarlo de un plumazo como año horrible, pero creo que siempre podemos ir sacando lecciones de la vida y creo que habría que mirarlo con una mirada distinta. Ha sido una oportunidad, quizás forzada, para detenernos y con una madurez humana tratar de hacer una lectura con cierta profundidad de todo lo vivido. No seré el más indicado para hacer esa lectura con toda profundidad, pero ahí lanzo el reto para que cada uno desde nosotros mismos, desde lo que hemos vivido y hasta sufrido intentemos hacer una lectura buscando también un lado positivo.

Está, es cierto, la enfermedad, las muertes y sus secuelas, está todo el revuelo que se ha producido en la vida social y en la vida económica, los cambios de ritmos en la vida que nos hemos visto obligados a realizar, ese tener que vivir más aislados o encerrados como lo queramos ver o como lo hayamos sabido vivir. Todo esto tendría que llevarnos a reflexionar y pensar en qué hemos puesto las metas de nuestra vida, cuáles han sido las cosas que hasta ahora habían sido tan importantes para nosotros, pero que ahora vemos que quizá pierden valor, que no era lo fundamental de la vida, que hay otras cosas que en el fondo deseamos pero que muchas veces no hemos sabido ver ni encontrar.

Si ya nos vamos haciendo esos planteamientos, van surgiendo esos interrogantes dentro de nosotros todo no está perdido, todo no ha sido negativo, porque el parón que hemos tenido que darle a la vida quizás nos ha hecho pensar y plantearnos cosas. Y eso es positivo en la vida porque es algo que necesitaríamos hacer con frecuencia para saber ir a lo fundamental.

El vernos aislados o encerrados, confinados ha sido la palabra de moda, quizá haya hecho surgir en nosotros unos deseos a los que no dábamos suficiente importancia y aunque lo hacíamos le habíamos dado mucha superficialidad a la vida. Me refiero a esas ansias de encuentro con los demás, a esa búsqueda de compañía para nuestras forzadas soledades. ¿Nos habremos angustiado por ello? ¿Habremos sabido encontrar otras oportunidades y aunque no haya sido con encuentro físico, sin embargo habremos estado más comunicados con los demás? Las redes sociales a las que a veces le tenemos miedo u otras veces las usamos con demasiada superficialidad sin embargo han podido ser un camino que nos ha llevado a intentar estar al menos comunicados con los demás. ¿Habrá algo de positivo en todo esto?

Pero a lo largo de todo este tiempo ha habido unos brotes muy bonitos de solidaridad expresados de muchas maneras, desde aquellas salidas a los balcones en unas horas determinadas para mostrar nuestra solidaridad no solo con los que padecían el virus sino también con aquellos que los estaban cuidando, hasta otros muchos gestos que brotaban por acá o por allá para no olvidarse de los que más solos estaban o más comenzaban a padecer incluso necesidad. Se ha despertado algo hermoso que llevamos en nuestros corazones, la solidaridad, aunque algunas la tenemos demasiado callada, pero que ahora en muchos se ha hecho notar.

La respuesta que hemos ido dando a lo que se nos pedía para prevenirnos contra la pandemia ha tenido señales de madurez en la mayoría de la gente. Siempre habrá locos a los que poco importa el sufrimiento de los demás y los contagios, pero en general ha habido una respuesta madura que nos enseña también los valores que hay en nuestras gentes y que somos capaces de hacerlos florecer. ¿Nos servirá para que cuando volvamos a la normalidad sigamos mostrando esa madurez y ese compromiso?

Como creyentes también hemos de tener una mirada. Se ha visto mermada nuestra participación en la vida litúrgica y celebrativa de nuestra fe, quizás nos ha obligado a despojarnos de adornos y florituras, quizás aun no podemos participar todos los que quisiéramos en la celebración de la Eucaristía, pero los verdaderos creyentes, los que han querido vivir con autenticidad su fe, seguro que han sabido sentir ese apoyo y esa fuerza del Señor que nunca nos abandona. Aquí cada uno tiene que mirarse y revisarse, cómo ha vivido desde su fe estos momentos, cómo nos habremos abierto más a la Palabra de Dios y hemos hecho de nuestros hogares verdaderas iglesias domésticas donde no ha faltado la oración y también la celebración.

He querido apuntar algunas cosas, pero he querido ir destacando al tiempo muchas cosas positivas que han ido surgiendo a lo largo de este tiempo y que tendrían que ser pauta para lo que aún nos queda. Estamos todos deseando un año mejor, pero pensemos que somos nosotros los que lo vamos a hacer mejor o peor; que lo vivido este año nos enseñe, nos ayude a buscar en verdad lo que es lo fundamental.

Pero en este momento final en que parece que lo que queremos hacer es una lista de cosas que le pediríamos al Señor para el año que va a comenzar, creo que tendríamos que comenzar por darle gracias. Con ojos de fe miramos nuestra vida y miramos el año que vivimos y nos daremos cuenta de que son muchas las cosas por las que le tenemos que dar gracias al Señor.

Hoy el evangelio de este fin de año nos habla de tinieblas y de luz, de tinieblas que no quieren dejar ver la luz, pero de la victoria de la luz y la vida cuando el Verbo se hizo carne y plantó su tienda entre nosotros y a los que creímos nos hizo el don de hacernos hijos de Dios. Siempre tenemos la esperanza de que la luz vencerá sobre las tinieblas.

miércoles, 30 de diciembre de 2020

Con Jesús y como Jesús nosotros también queremos ir creciendo, llenándonos de sabiduría y sintiendo que la gracia de Dios está también con nosotros

 


Con Jesús y como Jesús nosotros también queremos ir creciendo, llenándonos de sabiduría y sintiendo que la gracia de Dios está también con nosotros

1Juan 2, 12-17; Sal 95; Lucas 2, 36-40

Parece que las cosas van volviendo a su cauce, todo va volviendo a la normalidad. Es la impresión que nos da este corto relato del evangelio. El evangelista Lucas que es el que más detalles nos da del nacimiento y de la infancia de Jesús parece que da como concluida esa etapa y después de los vaivenes que ha tenido la infancia de Jesús – Nazaret, Belén, Egipto, el templo de Jerusalén -, unido a lo que los otros evangelistas nos han contado, ahora vuelven de nuevo Nazaret donde había comenzado esta etapa con el anuncio del ángel a María. Se volverá a hablar de una vuelta a Nazaret tras el episodio de la pérdida de Jesús en el templo y se encauza así lo que sería el crecimiento de aquel niño, luego joven y adulto en el hogar de Nazaret.

Podemos contemplar al Hijo de Dios que se ha hecho hombre en su crecimiento humano en la placidez de un hogar, como lo fuera aquel hogar de Nazaret. Allí hemos contemplado a esa Sagrada Familia compuesta por Jesús, José y María y como lo hicimos el domingo después de la Navidad de la escuela de Nazaret hemos aprendido para nuestros hogares y nuestras familias.

Hoy se expresa con breves palabras lo que fue la vida de Jesús en aquel hogar donde crecía como hombre, pero donde se iba reflejando cómo la gracia de Dios estaba con El. Era un hogar lleno de gracia porque estaba muy lleno de la presencia de Dios. A María el ángel de la anunciación la llama la llena de gracia, de José se nos dice que era justo y que se dejaba conducir por el Espíritu del Señor, ahora de Jesús se nos dice que la gracia de Dios brillaba en El. Es la gracia divina la que nos hace sentir la presencia de Dios en nuestra vida y decimos que estamos en gracia cuando nos hemos dejado inundar por el Espíritu divino para alejar de nosotros toda maldad y todo pecado. ¿Cómo no podemos decir, entonces, que la gracia de Dios estaba con Jesús, cuando El ha venido precisamente como Cordero de Dios para quitar el pecado del mundo?


Pero nos dice el evangelista que el niño crecía y estaba lleno de sabiduría. Crecimiento es el desarrollo normal de la persona, pero bien sabemos que el crecimiento no está solo en lo físico o en los años que se vayan acumulando en nuestra vida. Bien sabemos que nos podemos encontrar personas que son niños aunque muchos sean los años que hayan transcurrido en su vida cuando brillamos por nuestra inmadurez y vivir una vida infantilizada.

Pero el auténtico crecimiento nos hace desarrollarnos desde lo más hondo de nosotros, y crecerán y madurarán nuestros conocimientos, pero que no solo es la acumulación de esas cosas que aprendemos sino saber encontrar el valor y el sentido de la vida, de lo que nos sucede, de lo que recibimos de los demás o de la sociedad en que vivimos y de lo que nosotros entonces podemos ir también aportando. Es la sabiduría de la vida, es ese saborear lo que somos y lo que vivimos porque le encontramos un sabor, porque le encontramos un sentido, porque le vamos dando un valor a lo que hacemos, porque vamos encontrando respuesta a esos interrogantes que se nos plantean por dentro, porque vamos adquiriendo toda una riqueza interior.

Eso nos va haciendo reflexivos para no dejarnos arrastrar simplemente por los impulsos, eso nos va dando una razón, un por qué de lo que hacemos, de lo que vivimos, eso va haciéndonos salir también de nosotros mismos aunque cada día tengamos más profundidad interior, porque nos abre horizontes, porque nos hace ver cuánto nos rodea de una forma nueva, porque nos hace mirar a los que caminan a nuestro lado con una mirada distinta. Hermosa esa sabiduría de la vida que vamos adquiriendo, hermosa esa profundidad que le damos a nuestro ser, hermosas serán las palabras que broten entonces de nosotros llenas de sabiduría, porque están llenas de sabor, porque todo lo iremos envolviendo en el auténtico y verdadero amor.

Y es la gracia de Dios en nosotros, porque como creyentes no apartamos a Dios de nuestra vida, sino que en El encontraremos las respuestas más certeras para nuestros interrogantes, y porque en El encontraremos también esa fuerza espiritual para luchar por esas metas que nos hemos ido proponiendo, para levantarnos de lo material y simplemente terreno, para darle una trascendencia grande a nuestra vida.

Con Jesús y como Jesús nosotros también queremos ir creciendo – y eso en todos los momentos de la vida – llenándonos de sabiduría y sintiendo que la gracia de Dios está también con nosotros.

martes, 29 de diciembre de 2020

Todos los que se encuentran de verdad con Jesús en sus vidas se sentirán transformados para convertirse en portadores de evangelio para el mundo que les rodea

 


Todos los que se encuentran de verdad con Jesús en sus vidas se sentirán transformados para convertirse en portadores de evangelio para el mundo que les rodea

1Juan 2,3-11; Sal 95; Lucas 2,22-35

‘Ahora, Señor, según tu promesa, puedes dejar a tu siervo irse en paz. Porque mis ojos han visto a tu Salvador, a quien has presentado ante todos los pueblos: luz para alumbrar a las naciones y gloria de tu pueblo Israel’.

Es el cántico del anciano Simeón. Un hombre de fe, un hombre lleno del Espíritu, un hombre que mantenía viva la esperanza. Y sus ojos lo han visto. Se ha cumplido la esperanza, porque se han cumplido las promesas, porque para él también se ha cumplido la especial promesa del Señor. No vería la muerte sin haber contemplado antes al Salvador, al enviado del Señor como luz para las naciones, como gloria del pueblo de Dios.

No teme ya el punto final de su vida, sino que más bien lo desea, porque ya las promesas están cumplidas. Y él ha realizado su misión, mantener viva esa fe y esa esperanza; por eso estaba allí todos los días en el templo. Y tuvo ojos para ver y pudo contemplar, en aquel niño, uno como tantos, que aquellos aldeanos venidos desde la lejana Galilea ahora presentan al Señor.

¿Tendremos ojos nosotros para ver y llegar también a la contemplación? No nos apartamos del marco de la Navidad. También como los pastores hemos acudido a la llamada y hemos contemplado a un recién nacido envuelto en pañales y recostado en un pesebre. Los ángeles en su anuncio así habían señalado que habíamos de contemplarlo. Los pastores creyeron y vieron la gloria del Señor y como dice el evangelista contaban a todos lo que les habían dicho de aquel niño. Por eso al llegar al establo contemplaron la gloria de Dios.

Y nosotros ¿hemos llegado también a la contemplación de la gloria del Señor? Sabíamos también lo que estaba anunciado y decimos que celebramos la navidad porque queremos ir también a Belén para ver al recién nacido envuelto en pañales y recostado en el pesebre. Hasta quizá lo hemos representado muy bien con muchos detalles en el Belén que habremos quizá elaborado. Pero cuidado que se haya ya quedado medio olvidado en un rincón; cuidado que ya nos parezca lejano, porque han pasado unos días, lo que contemplábamos en la noche del nacimiento o en el día de la navidad; cuidado que haya sido como un hecho más, como una anécdota que nos ha sucedido, pero no haya dejado huella en nosotros.

Para aquellos ancianos que se encontraron al Niño en el templo en brazos de sus padres todo no se quedó en una anécdota que luego contar; seguro que el gozo que vivieron en aquellos momentos, la experiencia de fe que inundó sus vidas sí que dejo huella en ellos, sí hizo que su vida desde entonces fuera diferente.

Simeón no solo da gracias a Dios y pone su vida en las manos de Dios sino que comienza a hablarle a María y a José lo que va a significar aquel niño, bandera discutida para muchos, causa de sufrimiento y dolor en el alma para María, pero luz de verdad y salvación que iba a ser para Israel y para todas las naciones. Por eso vemos que aquella anciana como una profetisa habla también de aquel niño a todos los que esperaban la futura liberación de Israel.  Se convirtieron en evangelizadores, en portadores de una Buena Noticia que no podían callar.

Es lo que les sucede a todos los que de verdad se encuentran con Jesús, no pueden callar aunque traten de impedírselo o se los prohíban. Lo vemos repetidamente en el evangelio en los primeros discípulos cuando se van encontrando con Jesús pronto comenzarán a hablar a sus familiares y amigos también de Jesús; es lo que contemplamos aquellos que experimentan la salvación de Jesús en sus vidas cuando son curados que no podrán hacer otra cosa que ponerse a hablar a todo el mundo de Jesús.

Por eso quizá tenemos que preguntarnos por nuestra contemplación del misterio de la navidad y si de la misma manera nos ha llevado a hablar de Jesús, a ser portadores de evangelio para los que nos rodean. De muchas maneras podemos hacerlo, grande es el testimonio que podemos dar, de alguna manera tenemos que saberlo reflejar en nuestra vida, en nuestras actitudes, en nuestra manera de actuar y de vivir.

lunes, 28 de diciembre de 2020

Estamos celebrando a quien vino para darnos vida y en abundancia, nos enseña a amar la vida, nos pone en camino de buscar la vida en plenitud, nos impulsa al respeto a toda vida

 


Estamos celebrando a quien vino para darnos vida y en abundancia, nos enseña a amar la vida, nos pone en camino de buscar la vida en plenitud, nos impulsa al respeto a toda vida

1Juan 1, 5-2, 2; Sal 123; Mateo 2, 13-18

La Palabra de Dios hoy nos provoca, nos hace plantearnos y preguntarnos ¿de qué lado estamos? ¿Dónde queremos estar?

Hoy se nos habla de luz y se nos habla de tinieblas, hoy se nos habla de violencias y de muerte y aparecen las ambiciones humanas que nos endurecen y embrutecen, de miedos que sobrecogen el espíritu y nos hacen actuar con desconfianza y con maldad, indirectamente se nos plantea si acaso no nos habremos insensibilizado con las noticias que se repiten o la situación repetida que vemos en nuestro mundo.

Es fácil decir que queremos caminar en la luz, como nos señala hoy la carta de Juan, pero también es fácil que se quede o en buenos deseos o solamente en palabras porque luego con sinceridad no somos capaces de reconocer los puntos oscuros que puede haber en nuestra vida. Tanto nos hemos acostumbrado a ese mundo de violencia que cuando contemplamos el hecho cruel que se nos ofrece hoy en el evangelio hemos terminado por darle un sentido de broma, de fiesta y de motivo de jolgorio. Cuando decimos día de los inocentes, ya solo pensamos en la fiesta que podemos hacer de los demás en sus desconciertos con nuestras broma pero casi pasamos por alto la sangre inocente derramada en aquellos niños martirizados como disimulamos otros dejamientos de sangre con los que de alguna manera jugamos en las actitudes o posturas que podamos tomar en la vida.

Sí, es el día de los Santos Inocentes y recordamos y contemplamos el evangelio en ese episodio sangriento tan cercano al nacimiento de Jesús. Los recelos de Herodes por la posibilidad del nacimiento de un rey para los judíos que pudiera despojarle a él de su corona provocan como un torrente de maldad en cascada vertiginosa que lleva a la muerte a aquellos niños inocentes solamente por el hecho de tener una edad semejante a la del recién nacido niño Jesús.

Son las tinieblas que contemplamos en este evangelio manchadas de sangre inocente, pero que nos tendría que sensibilizar ante tanta sangre inocente que se sigue derramando en nuestro mundo. Nos viene siempre a consideración el tema del aborto con la destrucción de tantas vidas en el seno de sus propias madres aunque casi nos acostumbramos a ello y nos dejamos embaucar por tantos que se auto justifican en las leyes que lo permiten o en los llamados derechos de unas madres que no tienen la valentía de afrontar la vida de unos seres que se están gestando en sus entrañas. ¿Y el derecho a la vida, el derecho a vivir de esos seres que ya son seres humanos en las entrañas maternas? ¿O es que acaso podemos tener el derecho de matar, de quitar la vida a un ser vivo?

Es lo que ahora se nos está planteando con el llamado derecho a decidir sobre su vida y sobre el momento en que queremos ponerle fin a nuestra existencia o a la existencia de otros seres humanos. Estamos cayendo en una pendiente muy peligrosa en nuestra sociedad porque terminaremos eliminando a todos aquellos que consideremos inservibles por las discapacidades que puedan tener en sus vidas. Todos entendemos que nos estamos refiriendo a las nuevas leyes que se están aprobando.

Es un mundo de violencia y de muerte en el que estamos viviendo; es lo que nos ofrecen continuamente los medios de comunicación y también todos los medios audiovisuales. Parece que poco importa la vida cuando tanto hacemos protagonista a la muerte. Es la realidad, nos pueden decir algunos y lo que se trata es de reflejar la realidad, pero no nos damos cuenta de que vamos perdiendo la sensibilidad, vamos perdiendo el respeto por la vida y así luego vemos como normal esa violencia de palabras, de gestos, de trato que nos tenemos los unos contra los otros.

Creo que cuando tenemos oportunidad de celebrar la muerte de los Santos Inocentes y en fechas tan cercanas al nacimiento del Salvador seamos capaces de reflexionar y recapacitar sobre todas estas cosas. Estamos celebrando a quien vino a nosotros para darnos vida y dárnosla en abundancia, quien nos enseña a amar la vida, quien nos pone en camino de buscar la vida y la vida en plenitud, quien nos impulsa a ese respeto a la vida y a la vida de todos sea cual sea su condición o su capacidad, quien por nosotros dio su vida pero para que nosotros tengamos vida y vida para siempre con toda dignidad.

 

domingo, 27 de diciembre de 2020

El hogar y la familia de Nazaret fue la escuela de aprendizaje donde nació el Hijo de Dios que se hace hombre y creció en edad, sabiduría y gracia ante Dios y los hombres

 


El hogar y la familia de Nazaret fue la escuela de aprendizaje donde nació el Hijo de Dios que se hace hombre y creció en edad, sabiduría y gracia ante Dios y los hombres

Eclesiástico 3, 2-6.12-14; Sal 127; Colosenses 3, 12-21; Lucas 2, 22-40

Uno de los valores que se intenta mantener en todo su esplendor en las fiestas de navidad es que son unas fiestas entrañablemente familiares como una de las cosas que nos ha dolido más en las circunstancias actuales de la celebración de la navidad de este año es precisamente el no poder vivir con la intensidad acostumbrada este sentido familiar de la Navidad. Es cierto que todo tiene sus excesos y en cierto modo limitaciones como todo lo humano y por otra parte el darle tanto valor a la cena familiar haya quizá mermado en cierto modo el sentido religioso de la navidad, pues quizá se restaba la posibilidad de una participación en la celebración litúrgica de la Misa del Gallo o Misa de Nochebuena.

Precisamente en este domingo siguiente al día de la Natividad del Señor la liturgia de la Iglesia nos invita a celebrar a la Sagrada Familia de Jesús, José y María, la Sagrada Familia de Nazaret donde quiso Dios que se encarnase, naciese y creciese en lo humano el Hijo de Dios que se hizo  hombre. Una mirada a ese Hogar de Nazaret, escuela y semillero del amor más hermoso, como es el amor familiar. Y el niño crecía en edad, sabiduría y gracia en el seno de aquel hogar.

Vino Dios a hacerse uno como nosotros y será como niño en el seno de ese hogar donde aprenderá a hacerse hombre, a crecer en edad y en sabiduría, a crecer y a madurar en lo humano como toda persona que tiene en el hogar y en el seno de la familia ese semillero donde va a aprender y a desarrollar todos esos valores humanos de la persona que le llevarán por caminos de gracia y de plenitud.

La convivencia familiar es esa hermosa escuela donde aprendemos los mejores valores que nos hacen más humanos; es el encuentro y es el diálogo en común, es ese intercambio de experiencias pues lo vivido por unos miembros de la familia servirá de base y de modelo para lo que los otros han de vivir también, es la confianza que nos hace sentirnos mutuamente apoyados, es el caminar juntos afrontando dificultades y problemas que siempre en toda familia van a aparecer pero tratando siempre de sentirnos verdaderamente solidarios para juntos resolverlos y superarlos, es ese abrirme al otro y a lo otro porque nos damos cuenta que no podemos vivir encerrados en nosotros mismos, es el aprender a levantar la mirada para ver horizontes más amplios que los caprichos particulares pero también para sabernos elevar a ideales y metas superiores dándole una mayor trascendencia a la vida, es el darnos cuenta que somos algo más que cuerpo y carne y que hay un espíritu dentro de nosotros que nos eleva y nos hace también trascender todas las cosas en Dios.

Es un camino que día a día vamos desbrozando, en el que tropezamos quizá muchas veces y hasta nos hacemos daño, pero sabemos que en el calor del amor del hogar y de la familia todas esas heridas se curan porque en quienes se aman de verdad siempre hay capacidad de perdón superando y olvidando aquellas cicatrices que nos hayan podido quedar de las luchas de la vida. Es lo que todos con mayor o menor perfección hemos vivido en la vida en el seno de nuestros hogares, que bien sabemos que no son perfectos porque limitados y llenos de debilidades somos cada uno de nosotros. Pero la convivencia nos enseña a amarnos, a comprendernos, a tendernos la mano, a perdonarnos una y otra vez, a saber comenzar de nuevo cuantas veces haga falta.

Es la realidad que hoy contemplamos también en aquel hogar de Nazaret donde nació y creció el Hijo de Dios al hacerse hombre. No faltaron dificultades a aquella familia que queremos llamar sagrada, porque ya el nacimiento del niño fue en extrañas e incómodas circunstancias lejos del hogar de Nazaret y sin tener ni siquiera posada que los acogiera en su obligatoria llegada a Belén. Pero será la huída a Egipto y como destierro huyendo de Herodes que quería atentar contra la vida del Niño y su camino itinerante hasta llegar de nuevo a Nazaret; será la vida de un pobre artesano que no destacaría por sus riquezas y posibilidades, pero que enseñaría muy bien que el Hijo del Hombre no tendrá ni donde reclinar su cabeza.

Pero es la vida de unos creyentes con su esperanza puesta en Dios a los que vemos subir al templo por una parte para cumplir los ritos de la presentación del primogénito al Señor o para la celebración de la Pascua. Como nos dirá más tarde san Lucas ‘como era su costumbre fue a la sinagoga el sábado’, que era el día del encuentro y de la escucha de la ley y los profetas como lo era del culto debido al Señor y ofrecido en la oración de la comunidad.

Fue la escuela del aprendizaje de Jesús, el Hijo de Dios hecho hombre. Hoy nosotros miramos a aquel hogar y a aquella sagrada Familia de Nazaret porque también queremos que sea escuela de aprendizaje para nosotros, para nuestros hogares, para nuestras familias. Hoy miramos a aquella Familia de Nazaret y pensamos en nuestras familias y pedimos por nuestras familias, pero queriendo hacer más amplia nuestra oración tenemos en cuenta y pedimos por las familias en dificultades, por las familias rotas, por las familias donde falta el calor del amor y de la buena convivencia.

Que encontremos un verdadero estímulo para nuestro camino y para el camino de las familias tan importante y esencial para hacer un mundo mejor. Con unas familias sanas tendremos un mundo sano; con unas familias llenas de amor tendremos un mundo mejor.

sábado, 26 de diciembre de 2020

El camino de la fe siempre es camino de pascua, porque tiene que ser siempre un camino de amor por eso unimos hoy la alegría de la navidad a lo que es la entrega del martirio

 


El camino de la fe siempre es camino de pascua, porque tiene que ser siempre un camino de amor por eso unimos hoy la alegría de la navidad a lo que es la entrega del martirio

Hechos 6, 8-10; 7, 54-59; Sal 30; Mateo 10, 17-22

Parece de alguna manera desconcertante que cuando estamos viviendo la alegría de la fiesta de la Navidad nos aparezca la sombra de la muerte, del martirio, de la sangre derramada. Y es que en este día siguiente a la navidad y mientras estamos en la celebración de la octava del nacimiento de Jesús hoy la Iglesia nos propone la celebración de la fiesta de san Esteban. Lo llamamos el Protomártir, porque fue el primer mártir por el nombre de Jesús y en la lectura de los Hechos de los Apóstoles tenemos el relato de su martirio.

Fue uno de los siete diáconos escogidos por los apóstoles para el servicio de la comunidad cuando se vieron desbordados en la predicación de la Buena Nueva de Jesús, pero también en la atención de los más necesitados de la comunidad. Así surgieron aquellos siete diáconos, hombres de fe, a los que se encargaba la tarea de la administración y de la atención a los huérfanos y a las viudas en expresión de los Hechos de los Apóstoles. Esteban era uno de ellos. Pero su testimonio iba más allá pues también hacía el anuncio del nombre de Jesús con gran ardor y espíritu misionero enfrentándose en la sinagoga a todos los que querían acallar el nombre de Jesús.

Los dos pilares de su vida, por decirlo de alguna manera, era el testimonio ardiente del nombre de Jesús a través del servicio a los pobres, la diaconía, y la predicación. Era un hombre de fe y lleno del Espíritu Santo y en él vemos cumplidas aquellas palabras de Jesús que anunciaban la fuerza del espíritu que pondría palabras en sus labios frente a todos los que les hicieran frente, como se nos ofrece en la primera lectura de este día, aunque todo ello le costara el martirio como allí se nos describe.

 Es por eso por lo que la liturgia de la Iglesia nos ofrece su celebración en este primer día de la Navidad. El pesebre de Belén, signo de la pobreza y del sacrificio viene a tener su culminación en la Cruz del Calvario. Parece un signo de contradicción, pero así lo señalaría el anciano Simeón cuando Jesús sea presentado en el templo. Y es que el camino de la fe siempre es camino de pascua, porque tiene que ser un camino de amor; quien ama, se da, se entrega llegando incluso a la entrega suprema de la vida. Y el camino del creyente sigue los pasos de Jesús y los pasos de Jesús son pasos de pascua.

El mayor signo de la vida y del amor es la entrega hasta el sacrificio supremo si fuera necesario. Pero nosotros andamos tantas veces poniendo límites a la entrega porque en el egoísmo que nos tienta nos amamos tanto a nosotros mismos que no somos capaces de darnos sin límites. Solo el que entrega la vida, gana la vida, aunque cuando lo miramos solo con nuestros ojos mundanos no lo acabemos de entender. Es lo que nos repetirá Jesús tantas veces en el evangelio aunque nos cueste asimilarlo. El que se guarda la vida solo para sí la va a perder y la va a perder sin sentido ni valor. Pero el que se da y no teme perderla por amor es que la ganará en plenitud.

Esto es algo que tendríamos que recordar con frecuencia y entonces le podremos dar valor y sentido a los contratiempos con que nos encontramos en la vida. Asumimos con entera libertad ese camino lleno de sacrificios en tantas ocasiones, y hasta seremos capaces entonces de ofrecernos en inmolación en el nombre del amor por los demás. No es que busquemos el sufrimiento por el sufrimiento pero sí aceptamos que el amor algunas veces nos hace sufrir cuando tenemos que arrancarnos de nosotros mismos para pensar en los demás o para darnos por los demás.

Son desgarros que se van produciendo en el corazón pero para los que encontramos un sentido y un valor, que es el amor que nos llevará siempre a la mayor plenitud. Y aunque quizá no siempre en esta vida vamos a encontrar satisfacción o compensación por esa entrega porque quizás hasta no nos la agradecerán, sabemos donde tenemos la recompensa, donde de verdad hemos ganado un tesoro, donde encontraremos la plenitud de la felicidad.

Hoy san Esteban en ese momento supremo del sacrificio y del martirio ve los cielos abiertos, porque sabe que allí está la meta de la plenitud total. Por eso podrá decir como Jesús en el Cruz: ‘En tus manos, Padre, pongo mi espíritu’.