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domingo, 13 de mayo de 2018

La Ascensión del Señor pone en nuestras manos el testigo de la Buena Nueva de la Salvación que hemos llevar a un mundo que nos parece que camina por otros derroteros



La Ascensión del Señor pone en nuestras manos el testigo de la Buena Nueva de la Salvación que hemos llevar a un mundo que nos parece que camina por otros derroteros

Hechos 1, 1-11; Sal. 46; Efesios 1, 17-23; Marcos 16, 15-20

Ascender es aspirar a llegar más alto. Creo que todos habríamos de tener ese deseo en la vida; no nos podemos quedar anquilosados siempre en lo mismo, en nuestro corazón tendríamos que tener ansias de más, de crecer, de vivir con mayor intensidad, de superarnos para llegar a algo mejor en la vida, en nosotros, en el desarrollo de nuestro yo.
Pero bien sabemos que hay personas que se contentan con lo que son, no aspiran a nada más, tienen de alguna manera miedo a lo nuevo y a lo que supere lo que ya son o ya tienen y su vida se vuelve monótona, aburrida, parece que no tienen vida. Muchas veces tenemos el peligro de ir dando tumbos por la vida dejándonos arrastrar por nuestras rutina porque no queremos esforzarnos, porque superarse exige esfuerzo como quien quiere subir a lo alto de una montaña tiene que hacer el esfuerzo de la ascensión y cuanto mas alto queremos llegar más grande será el esfuerzo, aunque cuando lleguemos a lo alto diremos que bien mereció la pena.
Es un primer pensamiento que me ha venido a la mente al observar la palabra que define la fiesta de este día, la Ascensión del Señor. Bien sabemos que estamos refiriéndonos al misterio de Cristo glorificado después de la resurrección a quien proclamamos como el Señor que está sentado a la derecha del Padre en el cielo. Hemos venido reflexionando en esta última semana de pascua sobre los anuncios que Jesús hace de su vuelta al Padre. El misterio de la Ascensión que hoy celebramos viene a expresarnos esa vuelta al Padre pero no es un final lo que estamos contemplando sino lo que podríamos decir la entrega de un testigo que Jesús nos entrega a los que creemos en El porque su Buena Nueva de Salvación está en nuestras manos para que lo anunciemos al mundo.
Pero no quiero dejar en el aire lo que veníamos diciendo de esa ascensión que nosotros también hemos de vivir en nuestra vida. Contemplar la Ascensión de Jesús nos está hablando también de nuestra Ascensión. El camino de ascensión de Jesús ha de ser también nuestro camino. La contemplación del misterio de Cristo no es para que nosotros nos quedemos extasiados y poco menos con los brazos cruzados.
Recordamos que cuando Jesús llevo a los tres discípulos preferidos al Tabor y se transfiguró delante de ellos Pedro tuvo la tentación de quedarse allí extasiado para siempre contemplando aquella glorificación de Jesús; ya quería hace tres tiendas para quedarse así para siempre. Pero había que bajar a la llanura para seguir haciendo camino. No era aquel momento una estación para quedarse, sino un punto para arrancar a ponerse en camino, como sucede ahora también con la Ascensión de Jesús.
‘¿Qué hacéis ahí plantados mirando al cielo?’ les dirán los Ángeles a los apóstoles en el monte de la Ascensión. Había que volver a Jerusalén y con la fuerza del Espíritu de Jesús que pronto el Padre les iba a enviar, ahora tendrían que salir al mundo para ser sus testigos hasta los confines de la tierra, como nos recuerda san Lucas en los Hechos de los Apóstoles. Las últimas palabras de Jesús es enviar a sus discípulos a anunciar a todos los pueblos, a todas las gentes la Buena Nueva de la Salvación de Jesús.
No sería una tarea para quedarse con los brazos cruzados, ni para encerrarse porque se tuvieran que encarar a demonios, serpientes o venenos. Nada habrían de temer aunque muchas fueran las dificultades y persecuciones. Ellos Irán llevando siempre salud y salvación, perdón y gracia, vida y amor.
Un camino largo, ascendente, agotador muchas veces, pero al mismo tiempo ilusionante y que llena de gozo el corazón el que la Iglesia ha ido haciendo a lo largo de los siglos. Es el camino que nosotros tenemos que seguir haciendo. Muchas veces los cristianos hemos vivido demasiado adormilados, demasiado acomodados porque las cosas nos parecían fáciles, porque quizá nos queríamos apoyar en fundamentos o poderes humanos, pero no hemos terminado de hacer con toda claridad y valentía, con ese ardor del Espíritu en nuestro corazón ese anuncio del Evangelio.
Y el enemigo que nos rodea nos acecha y nos cerca creando desganas en nuestros corazones, queriendo vivir demasiado instalados y acomodados, dejando a un lado un poquito ese ardor y ese esfuerzo de superación y crecimiento y han ido apareciendo en nuestra sociedad muchas lagunas de indiferencia ante lo religioso y hasta de rechazo a lo que suene a espiritual y cristiano.
Hoy esta fiesta de la Ascensión del Señor tiene que ser un grito fuerte a nuestras conciencias, un despertador que suene fuerte en los oídos de nuestro corazón para que despertemos de nuevo en nosotros esas ansias de crecimiento espiritual y esos deseos de anunciar ardientemente el evangelio de Jesús. Nos sentimos preocupados por esa pendiente de tibieza espiritual en que hemos ido cayendo muchos cristianos y nos puede parecer que las cosas se nos escapan de las manos, que el mundo se nos escapa por otros derroteros.
Pero nosotros tenemos la certeza de la promesa de Jesús de que su Espíritu estaría siempre con nosotros. El próximo domingo celebraremos Pentecostés. Pero escuchemos claramente ese mandato del Señor hoy en el día de la Ascensión y pongámonos en camino, porque sabemos que el Señor camina con nosotros y hemos de realizar esa ascensión en nuestra vida y esa ascensión de nuestro mundo a las alturas de los valores del Evangelio.


sábado, 12 de mayo de 2018

Aprendamos a saborear el susurro del amor de Dios haciendo silencio en nosotros para sentir y vivir la presencia amorosa de Dios que solo podemos hacer con Jesús


Aprendamos a saborear el susurro del amor de Dios haciendo silencio en nosotros para sentir y vivir la presencia amorosa de Dios que solo podemos hacer con Jesús

Hechos de los apóstoles 18,23-28; Sal 46; Juan 16, 23b-28

¿Os habremos fijado en cómo terminan habitualmente las oraciones en la liturgia de la Iglesia, por ejemplo, en la celebración de la Eucaristía? En una formulación más corta o más larga siempre presentamos nuestras oraciones al Padre por medio de Jesucristo. ‘Te lo pedimos por Jesucristo, nuestro Señor…’ decimos siempre.
Y en el momento cumbre de la Ofrenda de la Eucaristía, en la doxología final de la plegaria eucarística queremos dar todo honor y toda gloria a Dios Padre todopoderoso por Cristo, con Cristo, y en Cristo, en la unidad del Espíritu Santo. Es la ofrenda del sacrificio, hacemos memoria de la pasión, muerte y resurrección del Señor, nos sentimos unidos en el Espíritu formando unidad, formando comunidad e Iglesia, recordamos a María y a los santos y a toda la Iglesia, los que aun peregrinamos en la tierra, los que han termino su camino y los que glorifican a Dios en el cielo y ofrecemos el Sacrificio de Cristo para la gloria del Señor; y lo hacemos con esa formula de la doxología ‘por Cristo, con El, y en El a Ti, Dios Padre omnipotente, en la unidad todo honor y toda gloria por los siglos de los siglos’.
Estamos haciendo lo que nos enseña Jesús en el Evangelio. Nos ha enseñado a sentir a Dios como Padre y a llamarlo Padre. Realizando Jesús siempre lo que era la voluntad del Padre – su alimento era hacer su voluntad – nos llama dichosos si somos capaces de plantar la Palabra del Padre en nuestro corazón y cumplirla; los que lo hacen serán en verdad los hijos de Dios.
Nos enseña a invocarle con la confianza y el amor de los hijos para pedirle cuanto deseemos o necesitemos, sabiendo que en su amor El siempre conoce bien lo que necesitamos; nos está diciendo cómo hemos de gozarnos en su amor y en su presencia, escuchándole y amándole. Qué dicha poder saborear ese amor de Dios en nuestra oración orando como El nos enseñó.
Y ahora nos dice que cuanto pidamos al Padre en su nombre podemos tener la seguridad de que lo obtenemos. ‘Yo os aseguro, nos dice, si pedís algo al Padre en mi nombre, os lo dará. Hasta ahora no habéis pedido nada en mi nombre; pedid, y recibiréis, para que vuestra alegría sea completa’. 
Claro que sí, nuestra alegría será completa porque nos sentimos amados de Dios, porque experimentamos en nuestro corazón y en nuestra vida como nos escucha y nos da cuanto necesitamos. Por eso añade Jesús, ‘Aquel día pediréis en mi nombre, y no os digo que yo rogaré al Padre por vosotros, pues el Padre mismo os quiere, porque vosotros me queréis y creéis que yo salí de Dios’. Dios nos ama, el gran motivo de nuestra alegría, de la mayor de las alegrías.

Alguien dice que se aburre en la oración. Quitemos rutinas de nuestra manera de orar. No nos contentemos con repetir fórmulas y palabras. Vaciemos nuestra mente y nuestro corazón de ideas preconcebidas para aprender a orar. No se ha sabido abrir el corazón a Dios y a su presencia; no se ha aprendido a gustar de esa presencia de Dios y de su amor. Hagamos silencio en nosotros y escucharemos el susurro de amor de Dios; con ruidos no lo podremos escuchar ni saborear. Aprendamos a saborearlo, sí, pero eso solo se aprende orando, haciendo silencio ante Dios y dejándose inundar por su presencia que solo podremos experimentar plenamente con Jesús y por Jesús.

viernes, 11 de mayo de 2018

Con nosotros está el Señor y esa alegría nada ni nadie nos la podrá quitar y por eso trascendemos por encima de problemas y tristezas para llenarnos de esperanza



Con nosotros está el Señor y esa alegría nada ni nadie nos la podrá quitar y por eso trascendemos por encima de problemas y tristezas para llenarnos de esperanza

Hechos de los apóstoles 18,9-18; Sal 46; Juan 16,20-23a

A todo el mundo le gusta la fiesta y estar alegres. Bien vemos cómo la gente se apresta pronto para la fiesta y cuando están en buen ambiente se lo pasan muy bien. Todo es música, todo quiere aparentar alegría, las risas, los cantos, las caras alegres, la buena relación entre todos haciendo desaparecer el malhumor o los pesares que se llevan por dentro. Es un ingrediente bueno para la vida, sobre todo cuando se vive una alegría sincera, una alegría que nos es forzada, una alegría y felicidad que no necesita de estímulos extraordinarios para vivirla.
Porque al mismo tiempo algunas veces observamos a la gente en las carreras locas que se tienen por la vida, para llegar al trabajo, para acudir quizá a una cita, mientras vamos por la carretera conduciendo el coche, o cuando estamos en nuestro lugar de trabajo o simplemente en medio de la gente quizás su familia, sus compañeros de trabajo o sus vecinos, observamos, digo, muchas caras demasiado serias, demasiados ceños fruncidos haciendo aparecer arrugas o muecas en el rostro, muchas miradas y gestos en tensión que podrían ser indicativos que no lo estamos pasando bien o no estamos a gusto en lo que hacemos. Prueba a ponerte un día junto a una vía de tráfico intenso y trata de fijarte en el rostro de los conductores de los vehículos.
¿Alegría y felicidad verdadera? ¿O alegría y felicidad que necesita de estímulos externos para que se manifiesten en nuestros gestos o en nuestros rostros? Por eso quizá haya que preguntarse si somos felices de verdad. Vivimos en demasiada tensión y no disfrutamos de lo que hacemos o de lo que en cada momento vivimos. ¿Serán esos buenos síntomas? ¿Pudiera ser que algo nos esté fallando en nuestro interior, o en las mismas motivaciones de nuestra vida para que nos sintamos agobiados por los problemas o las carreras de la vida? ¿Necesitaríamos hacer un parón para ver si somos felices de verdad, si hay alegría de verdad en nuestra vida?
A alguien podría parecerle que no vienen a cuento estas consideraciones que me hago en estas páginas en que reflexionamos sobre distintos aspectos del evangelio de Jesús. Pero sí, me hago estas consideraciones viendo la insistencia con que Jesús nos está hablando de la alegría. Porque Jesús nos viene a decir que nosotros, los creyentes, tendríamos que ser las personas más felices del mundo cuando experimentamos como nosotros podemos hacerlo el amor de Dios y salvación que nos llega con la presencia de Jesús. Pero resulta que nosotros los cristianos no nos diferenciamos mucho de la inmensa mayoría de la gente de nuestro alrededor a quienes no vemos tan felices como aparecen, como hemos venido diciendo.
Y aquí tendríamos que preguntarnos si vivimos con alegría y esperanza nuestra fe. Porque resulta muchas veces que cuando venimos a celebrar – y subrayo esta palabra de venir a celebrar, o lo que es lo mismo hacer fiesta – cuando venimos, digo, nuestra fe la expresión de nuestro rostro y las actitudes con que venimos no son precisamente de alegría y de felicidad. Demasiado serios vemos muchas veces a los cristianos. Y cuando digo serios puedo decir apenados, amargados y tristes en muchas ocasiones, sin ilusión y esperanza, sin alegría en su espíritu. Y eso no cabe en un cristiano.
‘También vosotros ahora sentís tristeza; pero volveré a veros, y se alegrará vuestro corazón, y nadie os quitará vuestra alegría’, nos dice Jesús. Y es que los problemas y los agobios los tendremos con nosotros, momentos de desánimo nos pueden aparecer, también estamos sujetos al malhumor y al cansancio en las luchas de la vida.
Pero nosotros tenemos una certeza que se convierte en motivación profunda. Jesús está con nosotros, El es nuestra fuerza y nuestra vida, nos da su Espíritu que es aliento y fuerza en nuestras luchas, la esperanza no nos puede faltar y por eso trascendemos más allá de aquello que nos puede hacer sufrir, para encontrar un sentido y un valor, para apoyarnos en todo  lo bueno que tenemos y que vamos encontrando también en la vida a pesar de las sombras, porque nosotros tenemos una vida distinta, tenemos una mirada de fe para cuanto nos sucede. Y con nosotros está el Señor y esa alegría nadie nos la podrá quitar.

jueves, 10 de mayo de 2018

Llenemos nuestro corazón de la alegría del Espíritu venciendo toda tristeza y dejémonos inundar por su amor para llenar de la alegría de Dios a nuestro mundo


Llenemos nuestro corazón de la alegría del Espíritu venciendo toda tristeza y dejémonos inundar por su amor para llenar de la alegría de Dios a nuestro mundo

Hechos 18, 1-8; Sal 97; Juan 16,16-20

Las palabras de Jesús que venimos escuchando en el evangelio en estos últimos días de pascua se corresponden a aquella larga conversación de sobremesa tras la cena pascual. Palabras en las que se hace presentir lo que inmediatamente ha de suceder, aunque ya Jesús lo había anunciado una y otra vez; palabras que suenan a despedida; pero palabras con las ultimas recomendaciones del Señor en la que nos manifiesta una vez más lo que ha de ser el distintivo de los que le siguen y le aman; palabras, como hemos venido diciendo, en la que Jesús derrama su corazón sobre ellos con toda su ternura por lo que terminará orando al Padre por ellos, como escucharemos en días sucesivos.
Las palabras que hoy le escuchamos tienen la connotación de lo que inmediatamente va a suceder, su pasión, pero también tienen el sentido profético de hablarnos de cómo nos vamos a sentir nosotros también a lo largo de los tiempos que no serán fáciles para la Iglesia ni para los que seguimos a Jesús.
‘Dentro de poco ya no me veréis, pero poco más tarde me volveréis a ver’, es una referencia clara a su próxima pasión y muerte y a su resurrección. Ellos escandalizados por todos aquellos acontecimientos se van a dispersar y a dejar solo a Jesús. Solo algunas mujeres con María y el discípulo amado van a llegar hasta el Calvario. Será una experiencia dura que les llenará de tristeza y de sentido de fracaso por lo que terminaran refugiándose en el cenáculo con las puertas cerradas por miedo a que a ellos les pueda suceder igual. Los sumos sacerdotes, los fariseos y todos los enemigos de Jesús se alegrarán porque les parece una derrota de Jesús. Pero ellos volverán a verle resucitado y su tristeza se transformará en gozo, un gozo que ya nadie les podrá quitar y que luego con la fuerza del Espíritu Irán proclamando esa buena nueva por todo el mundo.
Pero es el camino que seguirá viviendo la Iglesia a través de los tiempos. Habrá momentos duros y difíciles; bien conocemos las persecuciones de todos los tiempos que nos ha dado tantos mártires, tantos testigos de la fe que fueron semilla de nuevos cristianos. Pero no serán solo los que derramaron o derramarán su sangre, sino es la entrega día a día de quienes creemos en Jesús también en momentos difíciles, momentos que se nos pueden volver oscuros, en que se siembra la duda en nuestros corazones, en que nos podemos sentir igualmente fracasados, donde contemplamos esa sangría de tantos que abandonan y se olvidan de su fe.
Momentos de crisis para la Iglesia como los ha habido en todos los tiempos y sigue habiendo ahora por unas razones o por otras. Momentos en que nos parece que nos sentimos solos y no nos parece sentir la presencia de Jesús con nosotros y flaqueamos porque no captamos la fuerza de Espíritu que está con nosotros. Algunas veces igualmente podemos sentirnos tristes, pero no tenemos motivos, porque sabemos bien que el resucitado ha vencido a la muerte, y que con la fuerza de su Espíritu nosotros podemos vencer también. Con nosotros está el Señor.
Estamos en el tiempo de la Ascensión, no solo porque hoy se cumplen los cuarenta días de la resurrección y el próximo domingo celebraremos su solemnidad, sino porque estamos en el tiempo de la Iglesia; sí, el tiempo en que viviendo en Iglesia seguimos sintiendo la presencia de Jesús con nosotros, aunque tengamos dudas, no lo veamos con los ojos de la cara como nos gustaría hacerlo, y podamos pasar por numerosas crisis. Es el tiempo de abrirnos al Espíritu para abrirnos así a la presencia del Señor que siempre está con nosotros como precisamente en ese día de la Ascensión nos prometió.
Superemos las tristezas, que tienen que estar reñidas con lo que es la vida de un autentico creyente en Jesús; llenemos nuestro corazón de la alegría del Espíritu y dejémonos inundar por su amor; con amor en nuestro corazón la tristeza no nos vencerá sin que llenaremos de la alegría de Dios a nuestro mundo.

miércoles, 9 de mayo de 2018

Mucho bueno hay encerrado en nuestro corazón que por la gracia del Espíritu un día volverá a renacer y florecerá en frutos de vida cristiana


Mucho bueno hay encerrado en nuestro corazón que por la gracia del Espíritu un día volverá a renacer y florecerá en frutos de vida cristiana

Hechos de los apóstoles 17,15.22-18,1; Sal 148; Juan 16,12-15

Siempre hay cosas que se quedan en el tintero, solemos decir cuando olvidamos algo, o no tenemos tiempo de manifestar todo lo que quizás sabíamos o teníamos intención de manifestar. También hay ocasiones en que no podemos decir en el momento todas las cosas; en circunstancias tenemos que ir revelando lo que hemos de manifestar de una forma gradual, bien porque la noticia sea impactante y no queremos dañar ni escandalizar quizás a la persona a la que se lo comunicamos, bien sea porque en la educación la enseñanza ha de hacerse también de forma progresiva, porque un niño no puede asimilar, por ejemplo, de la misma manera lo que le digamos a un joven o a un adulto.
‘Muchas cosas me quedan por deciros, pero no podéis cargar con ellas por ahora; cuando venga él, el Espíritu de la verdad, os guiará hasta la verdad plena’. Así les dice Jesús a sus discípulos cuando les hace el anuncio de la venida del Espíritu Santo. No es quizás por las mismas razones de lo que antes reflexionábamos para nosotros al introducir el tema de hoy, pero es cierto que a los discípulos les cuesta comprender todo el misterio de Jesús, y hay cosas, como hemos venido viendo a lo largo del evangelio, que incluso les cuesta aceptar, como fue todo el misterio de la pascua y de la pasión de la que tantas veces Jesús les había hablado y ellos no habían terminado de comprender.
Será tras la resurrección y con la venida del Espíritu Santo cuando lleguen a comprender plenamente que Jesús es el Señor. Así lo confesará Pedro en el primer sermón después de Pentecostés ‘a ese Jesús a quien vosotros habéis crucificado Dios lo constituyó por la resurrección Señor y Mesías’.
Aunque a lo largo del relato del  evangelio vemos que llaman a Jesús ‘Señor’, hemos de tener en cuenta que el evangelio fue escrito posteriormente cuando ya realmente tras Pentecostés así lo habían reconocido. El relato del evangelio, entendemos bien, que no es una crónica que se iba escribiendo en el momento, sino que seria más tarde cuando surgen los evangelistas que quieren dejar por escrito cuanto se decía y conocían de Jesús.
Es lo que ahora – y el texto se corresponde a las palabras de Jesús en la última cena – Jesús les está anunciando. El Espíritu los guiará a la verdad plena; por la fuerza del Espíritu del Señor podrán en verdad reconocer a Jesús como el Señor; por la inspiración del Espíritu irán recordando y comprendiendo, asimilando de verdad en sus vidas, todo lo que Jesús había hecho y les había enseñado.
Es así como nosotros hemos de dejarnos conducir por el Espíritu del Señor. Pensemos cuantas cosas hemos aprendido de Jesús, del evangelio, de la vida cristiana a lo largo de nuestra vida. ¿Cuántos serán los sermones que hemos escuchado? ¿Cuántas las catequesis que hemos recibido? ¿Lo recordamos todo? ¿Lo habremos asimilado de verdad? Pero ahí está sembrado en lo hondo de nuestro corazón, como un poso está en el fondo de nuestra mente y de nuestra conciencia aunque nos parezca que no lo recordamos todo, pero cuando nos dejamos conducir por el Espíritu en su inspiración irá sacando todo eso que está en nuestro interior y podremos en verdad irlo asimilando para ir en verdad renovando nuestra vida. Mucho bueno hay encerrado en nuestro corazón que por la gracia del Espíritu un día volverá a renacer y florecerá en nosotros en frutos de vida cristiana.
Es por lo que yo digo muchas veces a los padres que viven quizás la angustia de que sus hijos han olvidado todo aquello que les enseñaron pero parece que ahora van por otros caminos. Si lo hemos sembrado bien, tengamos la esperanza de que un día esos valores vayan a brotar a pesar de que ahora haya tanto follaje. Recemos para que el Espíritu del Señor riegue con su gracia esos corazones que un día se puedan sentir movidos a rescatar esos valores que están ahí encerrados. No perdamos la esperanza, sino con toda confianza oremos al Señor para que un día haya ese despertar.

martes, 8 de mayo de 2018

Jesús nos promete su Espíritu, el Defensor, el Espíritu de la Verdad que nos guiará hasta la verdad plena, que nos hará sentir su presencia de Jesús para siempre


Jesús nos promete su Espíritu, el Defensor, el Espíritu de la Verdad que nos guiará hasta la verdad plena, que nos hará sentir su presencia de Jesús para siempre

Hechos 16, 22-34; Sal 137; Juan 16, 5-11

Las despedidas no son agradables; a nadie le gusta despedirse. Hay un algo que nos embarga el alma cuando tenemos que despedirnos de alguien si sabemos que esa ausencia se va a prolongar mucho tiempo, o quizá no volvamos a encontrarnos. Multitud de sentimientos, de recuerdos, de añoranzas nos van surgiendo en nuestro interior; al tiempo la incertidumbre de cómo le va a ir a quien se separa de nosotros cuando hay un cariño sincero.
Y cuando la despedida es de improviso nos quedamos aturdidos muchas veces sin saber como reaccionar; quizá después pensamos cuantas cosas hubiéramos podido decirle, cuantos gestos de cariño o de amistad pudimos haber tenido con aquel ser amado. Queremos tener un recuerdo, un signo de su presencia junto a nosotros aunque él ya esté lejos, pero queremos seguir recordando, sintiéndole de alguna manera presente junto a nosotros; no queremos que aquel cariño o aquella amistad se pueda enfriar o deteriorar por ese distanciamiento forzado por las circunstancias.
Era el estado de ánimo que embargaba a los discípulos aquella noche en la cena pascual. Presentían que algo iba a suceder aunque no terminaban de entender todo lo que Jesús les había anunciado; y no lo habían terminado de entender porque no se creían que pudiera pasar todo aquello que Jesús les había dicho. Como les dice Jesús ahora, tan aturdidos estáis en vuestra tristeza que ninguno me pregunta a donde voy.
‘Ahora me voy al que me envió, y ninguno de vosotros me pregunta: ¿Adónde vas? Sino que, por haberos dicho esto, la tristeza os ha llenado el corazón. Sin embargo, lo que os digo es la verdad: os conviene que yo me vaya; porque si no me voy, no vendrá a vosotros el Defensor’. 
Jesús les dejará algo más que un recuerdo o un signo. Jesús nos envía su Espíritu, el Paráclito, el Defensor, el Espíritu de la Verdad que nos guiará hasta la verdad plena, que nos hará sentir la presencia de Jesús para siempre con nosotros tal como nos lo había prometido. ‘Os conviene que yo me vaya, porque si no me voy no vendrá a vosotros el Defensor’, nos dice.
Vamos concluyendo ya el tiempo pascual; estamos en la cercanía de la Ascensión de Jesús al cielo. Pero llega el momento de la culminación de la Pascua cuando celebremos Pentecostés y sintamos la venida del Espíritu Santo sobre nosotros. Pero tenemos que prepararnos, ponernos en disposición de recibir el Espíritu del Señor. En muchos lugares hay grupos de cristianos que se preparan con una novena al Espíritu Santo como una preparación. La liturgia nos va ayudando en estos días cuando nos va recordando las palabras de Jesús que anuncian la presencia del Espíritu.
Con la liturgia de la Iglesia rezamos:
Espíritu de Dios, la tierra llenas,
las mentes de los hombres las bañas en tu luz,
tú que eres Luz de Dios, divino fuego,
infunde en todo hombre la fuerza de la cruz.
Sé luz resplandeciente en las tinieblas
de quienes el pecado sumió en la oscuridad,
reúne en la asamblea de los hijos
los justos que te amaron, los muertos por la paz.
Acaba en plenitud al Cristo vivo,
confirma en el creyente la gracia y el perdón,
reúnelos a todos en la Iglesia,
testigos jubilosos de la resurrección.


lunes, 7 de mayo de 2018

El Espíritu del Señor nos eleva y nos hace mirar con nuevos ojos llenos de ilusión y esperanza nuestro camino

El Espíritu del Señor nos eleva y nos hace mirar con nuevos ojos llenos de ilusión y esperanza nuestro camino

Hechos de los apóstoles 16,11-15; Sal 149; Juan 15,26-16,4a

Hay ocasiones en que la vida se nos hace cuesta arriba, tenemos el peligro de sentirnos derrumbados incluso antes de comenzar a luchar, no sentimos solos y la soledad nos abruma porque nos puede parecer que a nadie interesamos y los problemas se agolpan alrededor nuestro haciéndonos oscura la vida. qué bien nos viene en momentos así sentir una mano amiga que se posa sobre nuestro hombro y nos invita a seguir adelante con ilusión y esperanza; cuanto nos conforta la presencia de esa persona que se interesa y se preocupa por nosotros queriendo ayudarnos y ofreciéndonos su presencia alentadora.
Todos necesitamos esa presencia amable y amada, aunque no sean tan fuertes los nubarrones de la vida, porque incluso en lo bueno que vamos haciendo siempre nos hace bien esa mirada, esa palabra, esa sonrisa, esa presencia que nos anima a seguir adelante. Y eso en todos los aspectos de la vida, porque así nos sentimos como más valorados y nuestra vida se viste de otros colores mas luminosos.
Me hago esta reflexión desde esta experiencia humana que todos de una forma o de otra algunas veces hayamos tenido. En lo humano de la lucha de cada día, pero también cuando como creyentes y cristianos queremos vivir nuestra vida con intensidad. Hay momentos en que se  nos hace difícil, porque la cuesta arriba la tenemos en nosotros mismos, en nuestras pasiones o en nuestros particulares cansancios, pero también porque nos encontramos rodeados de un mundo que no siempre nos hace fácil el vivir nuestro compromiso cristiano.
Nos cuesta porque no todos entienden el mensaje que con nuestra queremos llevar y eso  nos desanima; nos cuesta porque algunas veces se vive la vida de una forma muy superficial y cuesta que nos paremos a pensar en valores mas trascendentes; nos cuesta por ese materialismo que impera en la vida que conlleva una pérdida de valores y cuando queremos presentarnos con los valores del evangelio nos vamos a encontrar con la pared enfrente por así decirlo.
Nos cuesta porque también nos harán la guerra, se valen de lo que sea para desprestigiarnos, cualquiera puede hablar en nuestra sociedad de sus ideas, pero cuando la iglesia o los cristianos queremos hablar de nuestros valores espirituales o del sentido que nosotros queremos darle a la vida desde el evangelio ya no se nos permite hablar. Y así muchas cosas.
Jesús hoy en el evangelio nos está anunciando estas cosas, pero nos promete la presencia de su Espíritu con nosotros. ‘Nos os dejaré solos, nos dirá en otro momento, y yo estoy con vosotros hasta el final del mundo’. Es la fuerza del Espíritu divino que estará siempre con nosotros, que nos alienta y nos da fuerza, que nos ilumina y nos hace comprender bien todo el misterio que hemos de vivir, que inspira en nuestro corazón lo que hemos de hacer.
‘Cuando venga el Defensor, que os enviaré desde el Padre, el Espíritu de la verdad, que procede del Padre, él dará testimonio de mí; y también vosotros daréis testimonio, porque desde el principio estáis conmigo. Os he hablado de esto, para que no tambaleéis’. 
Pongamos nuestra confianza en el Espíritu del Señor que  nos acompaña y nos dejemos decaer ni abrumar por aquellas cosas que nos cuesta. El Espíritu del Señor nos eleva y nos hace mirar con nuevos ojos llenos de ilusión nuestro camino.

domingo, 6 de mayo de 2018

La dicha de la amistad pero la felicidad plena a la que nos lleva el amor verdadero cuando amamos con una entrega sin limites a la manera de Jesús


La dicha de la amistad pero la felicidad plena a la que nos lleva el amor verdadero cuando amamos con una entrega sin limites a la manera de Jesús

Hechos 10, 25-26. 34-35. 44-48; Sal. 97; 1Juan 4, 7-10; Juan 15, 9-17

Creo que todos lo podemos pensar así, se siente feliz el que se siente amado. Ya sabemos de tantas angustias que producen las soledades; ya sabemos las amargas y silenciosas lágrimas del corazón cuando no son valorados, sino más bien postergados, no son tenidos en cuenta sino olvidados de todos. El sentir que alguien te tiene en cuenta, se fija en ti, ve posibilidades en tu vida hace brillar luces de esperanza en el corazón. Cuando positivamente somos amados no queremos que esa dicha que sentimos en el corazón se acabe nunca. Es la dicha de la amistad, es la profundidad que da a la vida el amor verdadero.
He dicho amistad y he dicho amor verdadero. Porque hablo del amor profundo que se hace entrega generosa y desinteresada que es el amor que no nos falla. Los intereses merman la intensidad del amor. Bien sabemos cuanto nos cuesta encontrar en la vida ese amor desinteresado y generoso; muchas experiencias tenemos de amores que se diluyen, de amistades que se truncan y acaban.
Porque el amor verdadero va mas allá de una simpatía, de una sintonía por determinadas cosas en las que podamos coincidir, de una cercanía porque entra en nuestros mismos círculos de vida, de un sentirnos a gusto porque nos agrada su carácter o su conversación, de un queremos porque nos sentimos correspondidos o nosotros queremos corresponder.
Así son muchas veces nuestros amores humanos, el fundamento de nuestras relaciones y simpatías, de nuestras amistades o del concurrir con personas afines a nosotros. Cuántas experiencias podemos tener de este tipo, y son cosas buenas también y que también hemos de cultivar, y que nos dan momentos agradables y donde saboreamos cierto gozo, pero sabemos que un amor verdadero nos tiene que llevar a mucho más.
Hoy Jesús nos está hablando de ese amor verdadero que no nos puede fallar. Así es el amor de Dios, el amor con que el Padre ama al Hijo y el amor con que el Hijo nos ama a nosotros y así tiene que ser ese amor. ‘Como el Padre me ha amado, así os he amado yo; permaneced en mi amor’. Es un amor que va más allá de la amistad, aun con lo bonito que puede ser y es de hecho el amor de amistad. Porque el amor de Dios es un amor sin medida, porque no es un amor ‘romántico’ sino que es el amor de quien ama a todos, sean o no sean correspondidos, el amor a los que le aman y el amor a los que no le aman, un amor que va más allá de simpatías humana, es un amor generoso, desinteresado y universal; es un amor que llega hasta el sacrificio supremo.
Por eso nos dirá Jesús hoy que no hay amor mayor que el de aquel que da la vida por el amado. Y es lo que hizo Jesús. Y es el modelo que Jesús nos está poniendo para nuestro amor. Y ese es el amor que produce la alegría verdadera y plena, porque sabemos que no nos fallará nunca. Aquí sí que sabemos que somos tenidos en cuenta por Dios que ya nos creó grandes; así sabemos cuanto nos valora que nos ha elevado a una dignidad sobrenatural al hacernos sus hijos; así sabemos que a pesar de las negativas de nuestras respuestas seguiremos siempre siendo amados por Dios que se mostrará siempre compasivo y misericordioso con nosotros, porque es el padre amoroso que siempre nos está esperando.
Por eso nos dirá Jesús que permanezcamos en su amor, en ese amor. Y nos dice que nos hablado de esto para que permanezcamos para siempre en su alegría. ‘Os he hablado de esto para que mi alegría esté en vosotros, y vuestra alegría llegue a plenitud’. Y nos dirá que por eso, porque tenemos que sentirnos así amados de Dios El ha querido revelarnos todo esto.
Tenemos razones los cristianos para ser los hombres más felices del mundo, cuando así nos sentimos amados. Es cierto que en luego en el caminar de la vida nos encontraremos con muchas cosas que nos pueden producir dolor en el alma, pero en nosotros hay una esperanza que no nos falla que es el amor que Dios nos tiene. Y con la fuerza de ese amor podemos superar noches oscuras, podemos sortear los numerosos peligros que nos vamos encontrando en la vida, podemos comenzar a tener una mirada nueva sobre las cosas, pero sobre todo sobre las personas que nos rodean.
Y es que porque nos sentimos así amados de Dios nosotros comenzaremos a amar de la misma manera, y el amor nos hará tener una mirada nueva y distinta para ese mundo que nos rodea, pero sobre todo para esas personas con las que hacemos el camino. Y es que comenzaremos a amar con un sentido y estilo distinto. No podemos amar ya por simpatía, sino que tenemos que amar con un amor como el que nos tiene Jesús. Este es su mandamiento: ‘que os améis unos a otros como yo os he amado’.
Esos son los frutos que tenemos que dar en nuestra vida que para eso nos eligió con su amor. ‘No sois vosotros los que me habéis elegido, soy yo quien os he elegido; y os he destinado para que vayáis y deis fruto, y vuestro fruto dure’ nos dice. Ese es el mundo lleno de alegría y feliz que tenemos que construir. Esas son las nuevas relaciones que tenemos que mantener los unos con los otros. Ese es el Reino de Dios que nos anunció y en el que nos tenemos que sentir comprometidos para siempre.

sábado, 5 de mayo de 2018

Lo importante en nuestra vida cristiana es que queremos sintonizar con el evangelio, ideal y sentido de nuestro ser, que nos hace verdaderos discípulos de Jesús


Lo importante en nuestra vida cristiana es que queremos sintonizar con el evangelio, ideal y sentido de nuestro ser, que nos hace verdaderos discípulos de Jesús

Hechos de los apóstoles 16, 1-10; Sal 99; Juan 15, 18-21

Las palabras de Jesús nos ayudan a ser realistas en la vida. Todos soñamos en algún momento con un mundo ideal, y por supuesto tenemos que luchar por alcanzarlo, bien desde esa lucha nuestra de cada día por ir haciendo mejor ese mundo en que vivimos, bien con la trascendencia y esperanza que vivimos la vida pensando que un día alcanzaremos la plenitud eterna en Dios.
El evangelio de Jesús nos hace mirar hacia lo alto, por un lado desde esa trascendencia como decimos con que vivimos nuestros actos, pero también porque tenemos que esforzarnos por ponernos metas altas que nos hagan elevarnos, no quedarnos arrastrándonos como si no pudiéramos más por esta tierra y este mundo que algunas veces se nos puede hacer tenebroso. Jesús nos ha ido presentando en el evangelio ese ideal de ese cielo nuevo y esa tierra nueva, de ese Reino de Dios que nos anuncia y que nos invita a construir y que nos hace que siempre estemos en ese deseo de superación y de crecimiento.
Pero esto no nos quita que tengamos dificultades, que encontremos oposición, que dentro de nosotros mismos surjan también tentaciones de desánimo o nos quieran hacer mirar hacia otros lados para distraernos del ideal. Por eso tenemos que ser realistas y caminar con los pies bien sobre la tierra, aunque encontremos esas durezas del camino, esas piedras que nos hacen tropezar, esos desniveles que nos desequilibran. Esa oposición la encontramos en nosotros mismos con nuestras pasiones, en ese desencanto y frialdad con que vemos vivir a la gente a nuestro lado y aun así nos parece que son felices, pero también en aquellos que se nos ponen en contra, porque no les gustan nuestros ideales ni el mundo nuevo que nosotros queremos construir.
Y como decíamos Jesús nos quiere hacer realistas, nos demos cuenta de la realidad. Esa realidad con la que El se encontró y que le llevó hasta el calvario y la muerte; lo vemos continuamente en el evangelio que no todos son tan forofos de los que dice o enseña Jesús, que muchos van a estar en contra, que se va larvando una oposición e incluso persecución. Distintos momentos veremos o que quieren apedrearle, tirarle por un barranco, prenderle, o muchos se marchan también desencantados porque no es lo que ellos buscaban o les parecen duras e insoportables las palabras de Jesús.
De todo eso nos previene hoy Jesús con sus palabras en el evangelio. ‘Si el mundo os odia, sabed que me ha odiado a mí antes que a vosotros. Si fuerais del mundo, el mundo os amaría como cosa suya, pero como no sois del mundo…’ Porque a nosotros nos sucede igual, porque el mundo que nos rodea, incluso aquellos que aparentemente puede aparecer muy religiosos con sus tradiciones o devociones, sin embargo no siempre sintonizan con el evangelio. Y viene a decirnos Jesús: ‘No es el siervo más que su amo. Si a mí me han perseguido, también a vosotros os perseguirán…’
Y eso ha de ser importante en nuestra vida cristiana. Que vivamos una vida cristiana porque queremos sintonizar con el evangelio y convertirlo en ideal y sentido de nuestra vida; es lo que verdaderamente nos hace cristianos que seguimos a Jesús. Es la revisión constante que tenemos que hacer de nuestra vida, de nuestros planteamientos, de nuestra manera de actuar para que seamos fieles a los valores que nos enseña Jesús en el Evangelio y verdaderamente Dios sea el centro de nuestra vida con todas sus consecuencias.

viernes, 4 de mayo de 2018

Nos sentimos inflamados de amor porque nos sabemos elegidos y amados de Dios entrando en la onda de su amor


Nos sentimos inflamados de amor porque nos sabemos elegidos y amados de Dios entrando en la onda de su amor

Hechos 15,22-31; Sal 56; Juan 15, 12-17

‘Hay amigos que son mas afectos que un hermano, aunque los hay también que nos llevan a la ruina’. Siempre recuerdo este pensamiento tomado de los libros sapienciales del Antiguo Testamento, aunque ahora no soy capaz de dar la cita concreta, pero que leí y medité hace mucho tiempo. Pensando sobre todo en lo positivo somos conscientes de esa verdad, de esos amigos que son mucho para nosotros, con quienes compartimos todo, que los sentimos cerca de nosotros en toda circunstancia, que son un estimulo para nuestra vida, y su presencia nos ayuda a crecer más y más como personas. No son familia de carne y sangre, pero entran en un rango de familia que es inigualable.
Me ha venido ese pensamiento escuchando lo que hoy nos expresa el evangelio, la forma en que Jesús trata a los discípulos, a los apóstoles. A ellos les ha ido revelando los secretos de su corazón, a ellos se manifiesta con una ternura especial. Por eso les dice que  no son siervos, que son amigos, queriendo darle a esa palabra toda la hondura que se merece. ‘Vosotros sois mis amigos, si hacéis lo que yo os mando. Ya no os llamo siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su señor: a vosotros os llamo amigos, porque todo lo que he oído a mi Padre os lo he dado a conocer’.
Nos lo está diciendo a nosotros también. Somos los amados del Señor. Para nosotros también abre su corazón, pero además nos llena de su Espíritu para que seamos nosotros también los que abramos nuestro corazón para recibirle, para acogerle, para vivirle. Nos descubre lo que es la voluntad del Señor, todo lo que es el misterio de Dios, pero nos ilumina con la sabiduría de su Espíritu para que podamos conocer a Dios, para que podamos llenarnos de Dios.
Y un detalle importante, todo eso porque El ha querido. Ha sido El quien nos ha elegido. Es importante, es cierto, nuestra respuesta, pero cuidado no pensemos que lo que llegamos a ser es por la respuesta que nosotros demos. Es un don del Señor, es un regalo de Dios. El amor de Dios fue primero; ya nos lo dice claramente san Juan en sus cartas; no es que nosotros hayamos amado a Dios sino que El nos amó primero. ‘Yo os he elegido, nos dice hoy Jesús, y os he destinado para que vayáis y deis fruto y vuestro fruto dure’.
Y ahora sí, después de ser conscientes de esa elección de amor, tenemos que pensar en nuestra respuesta. Entramos en una onda de amor, en una órbita de amor. Y ese amor ha de inundar nuestra vida; y ese amor ha de expresarse en toda nuestra respuesta, en toda nuestra vida. Esa ha de ser nuestra relación con Dios. Por eso nos explicaba santa Teresa del sentido de nuestra oración, tratar de las cosas que queremos o deseamos con aquel que sabemos que nos ama. Y al que también amamos, tendríamos que añadir.
Nuestra oración tiene que estar inflamada por ese amor que sabemos que Dios nos tiene pero que nosotros queremos también tener. Así hemos de sentir ese calor del amor en nuestro corazón. Nuestra oración no puede ser nunca algo frió, rutinario, repetitivo, simplemente ritual. ¿Es así como nos tratamos con aquellos a los que amamos?
Cuando los amigos que se quieren de verdad se encuentran, hablan y hablan sin cansarse, siempre con alegría e ilusión, siempre compartiendo y contando todo lo que es su vida, siempre abriendo totalmente el corazón, sin medidas de tiempo, convirtiendo en eternidad el tiempo que estamos juntos, simplemente gozando de la presencia del amigo sin necesidad muchas veces de decir muchas cosas. ¿Es la manera como hacemos nuestra oración?

jueves, 3 de mayo de 2018

Démosle un verdadero sentido a esa cruz que hemos plantado en tantos rincones de nuestra tierra y que sea siempre un signo de reconciliación, de amor y de vida.


Démosle un verdadero sentido a esa cruz que hemos plantado en tantos rincones de nuestra tierra y que sea siempre un signo de reconciliación, de amor y de vida.

Hoy en nuestra tierra, hablo al menos de mi tierra canaria aunque sé que por la mayoría de las naciones de tradición latina sucede de manera semejante, amanece el día con una profusión de altares rebosantes de flores en torno a la cruz; en cualquier rincón, en la orilla de los caminos, en la cresta de las montañas o en los bordes de nuestros barrancos, en el centro de nuestras plazas o en cualquier cruce de caminos o de nuestras calles, en los patios de nuestras casas, o en los rincones preferidos de nuestros hogares nos encontraremos una cruz adornada con profusión de flores.
Es la fiesta de la Cruz. Antaño litúrgicamente se celebraba en este día ‘la invención de la santa cruz’, que era la conmemoración del encuentro de la cruz de Cristo por santa Elena allá en el siglo IV junto al gólgota en el lugar de la crucifixión de Cristo.
Es cierto que litúrgicamente la Exaltación de la Santa Cruz la celebramos el 14 de setiembre que en general se convierte en la fiesta del Cristo Crucificado, pero en la devoción y tradición popular es en el 3 de Mayo cuando el pueblo celebra la fiesta de la Cruz en muchos lugares, además de los adornos mencionados, con gran solemnidad y grandes festejos.
En nuestra tierra canaria se recuerda el hecho histórico de la conquista de las islas y en especial en Tenerife y La Palma la fundación de las ciudades capitales de las islas con su propio nombre está relacionada con esta fecha. No en vano el conquistador al poner pie en nuestra tierra plantaba la Cruz allí en la misma playa como un signo de la protección divina que pedía para su conquista y como inicio de la cristianización de aquella tierra.
Más allá de esos recuerdos históricos sin embargo permanece esa devoción a la cruz entre nuestras gentes de manera que ante cualquier suceso extraordinario o doloroso que se pudiera vivir, allí se dejaba como una señal plantada la cruz. Por eso encontramos esa profusión de cruces en caminos, barrancos, montañas o acantilados, recuerdo de momentos duros quizá para familias o pueblos, pero también como signo de salvación que siempre es el significado de la cruz. No se recuerda quizá el origen de aquella cruz concreta al paso de los años, pero allí queda levantada como una señal que para nosotros los cristianos tiene tan hondo significado.
Es cierto que fácilmente se rodea de supersticiones y poco sentido cristiano de la misma manera que convertimos la cruz en un adorno de alguna manera ostentoso y superficial, lejano al verdadero sentido de la cruz. Y es ahí donde un verdadero cristiano ha de reflexionar hondamente para descubrir y resaltar su verdadero sentido. La cruz, podríamos pensar, es un signo de muerte, pero para nosotros los cristianos es un signo, el más hermoso signo, del amor y de la vida. porque ese fue el sentido de Cristo, por eso el pendió del madero de la cruz como señal de la mas profunda a la vez que cruenta entrega que nos habla del amor, que nos habla de perdón y que nos habla de vida.
La cruz para el cristiano es signo de reconciliación porque muriendo Cristo en la cruz derribó el muro que nos separaba para que viviéramos en la más hermosa reconciliación con Dios y con los hermanos. Ojalá esa cruz que contemplamos continuamente al borde de nuestros caminos y tan presente está en nuestra vida nos empuje siempre a la reconciliación y al encuentro; es lo que tendría que recordarnos y así fuera punto de encuentro cuando tenemos diferencias con el hermano, con el amigo o con el vecino para que así encontráramos la verdadera paz del corazón.
Démosle un verdadero sentido a esa cruz que hemos plantado en tantos rincones de nuestra tierra y que sea siempre un signo de reconciliación, de amor y de vida.

miércoles, 2 de mayo de 2018

El sarmiento tiene que estar bien unido a su cepa de la que pueda obtener la savia que le alimente y le puede hacer llegar a dar buenos frutos así nosotros unidos a Jesús


El sarmiento tiene que estar bien unido a su cepa de la que pueda obtener la savia que le alimente y le puede hacer llegar a dar buenos frutos así nosotros unidos a Jesús

Hechos de los apóstoles 15, 1-6; Sal 121; Juan 15, 1-8

Nos lo repite Jesús en el evangelio, que lo que El quiere es que nosotros demos fruto y fruto abundante. No se entiende que no demos fruto. Y Jesús cuando pasa por el camino y se acerca a una frondosa higuera y ve que en ella no hay fruto la maldice. Pero al mismo tiempo veremos al dueño de la higuera que viene cada año a buscar fruto a su higuera y al no encontrarla querrá arrancarla porque de nada le sirve sino que es un estorbo en su terreno, pero el agricultor le dice que la cavará y la abonará un año más y tenga que paciencia que al año tendrá fruto.
Pero nos habla también en el evangelio del propietario que sale una y otra vez a las calles y plazas en busca de trabajadores para su viña, y a todos los envía allá para que ellos obtengan fruto y beneficio con su trabajo. Igualmente nos propone la parábola del que preparó muy bien viña, dotándola de lagar y buena casa para el guarda para arrendarla a unos labradores que le proporcionaran cada año el fruto y beneficio de aquella viña.
Todo nos está hablando del fruto que Dios pide de nuestra vida. Y pensamos en los dones y cualidades con los que nos ha dotado a cada uno que tenemos que hacer fructificar porque los talentos no son para enterrarlos sino para hacer que tengan su beneficio para nosotros y para cuantos nos rodean en ese mundo en el que vivimos.
¿Cómo podemos llegar a dar ese fruto? Bien sabemos que algunas veces la tierra parece que se nos hace infructuosa, o que nos pueden aparece plagas dañinas que nos hagan perder toda la cosecha que quizá con tanto esfuerzo antes habíamos trabajado, que nos pueden aparecer ventiscas y temporales que puedan poner en peligro nuestra producción, que las malas hierbas y los abrojos pueden mezclarse con nuestras buenas plantas que les mermen su fructuosidad, que muchas cosas al menor descuido pueden poner peligro el fruto de nuestros trabajos, y así muchas cosas más.
Hoy nos viene a decir Jesús que una sola cosa nos hace falta. El sarmiento tiene que estar bien unido a su cepa, de la que pueda obtener la savia que le alimente y le puede hacer llegar a dar buenos frutos. Creo que entendemos lo que nos quiere decir Jesús. ‘Sin mi no podéis hacer nada’. Un día Pedro había dicho ‘en tu nombre echaré la red’ y la red se llenó de peces hasta casi reventar donde parecía que allí no había peces.
‘El que permanece en mi y yo en El ese dará fruto abundante’, nos dice Jesús hoy. Claro que podemos dar fruto, que no los vamos a dar por nosotros mismos, sino desde la unión que mantengamos con Jesús. Es su gracia la que nos hace fecundos y hará fructificar de verdad nuestra vida.
Tenemos que abonar nuestra vida con la gracia del Señor, pero tenemos que cuidar debidamente la planta de nuestra vida para que no se desarrolle en ramas infructuosas. Hay que realizar la poda cada año para poder tener una planta robusta y fecunda. Cuantas cosas tendremos que podar en nuestra vida, porque tantas cosas maléficas se nos pueden meter en ella. No podemos dejar crecer esos abrojos a nuestro alrededor metiéndonos en terrenos de zarzales que en peligro pueden poner la integridad de nuestra vida.
Con las imágenes que nos ofrece esta alegoría con la que Jesús nos habla se nos está presentando todo un programa de ascesis, de superación, de purificación que necesitamos en nosotros. Muchos apegos nos pueden ir apareciendo a los que en principio quizá no damos importancia pero que se pueden convertir en plagas o malas hierbas que nos impidan el desarrollo de una vida santa. Como el agricultor que está siempre atento y vigilante a los cultivos que realiza para poder obtener una buena cosecha, así tenemos que estar atentos y vigilantes en el camino de nuestra vida cristiana.
Cada día le pedimos al Señor que no nos deje caer en la tentación y que nos libere del mal, porque nosotros queremos avanzar, crecer, madurar y no queremos que nada malogre nuestra vida. ‘Asi recibirá gloria nuestro Padre del cielo’, como nos dice Jesús.

martes, 1 de mayo de 2018

Ansiamos y buscamos la paz, pero le pedimos al Señor que nos inunde siempre de su verdadera paz


Ansiamos y buscamos la paz, pero le pedimos al Señor que nos inunde siempre de su verdadera paz

Hechos de los apóstoles 14, 19-28; Sal 144; Juan 14, 27-31a

La paz es un ansia grande que todos llevamos en el corazón. Todos queremos la paz; todos buscamos la paz. Todos sentimos en lo más hondo de nosotros mismos la amargura de la falta de paz cuando nos sucede algo que nos inquieta o nos perturba.
Todos somos sensibles, no sé si algunas quizá lo disimulamos, ante los problemas del mundo que carece de paz; y pensamos en las guerras, en la violencia que florece como mala hierba por tantos lados en nuestro mundo. Y esas guerras y violencias las contemplamos en esas imágenes que hoy casi en directo nos ofrecen los medios de comunicación; naciones que se enfrentan unas contra otras; enfrentamientos entre pueblos hermanos y que siempre habían convivido; atentados violentos donde mueren tantos inocentes. Andamos muy divididos en nuestro mundo y en consecuencia con mucho sufrimiento y con mucho dolor. Son noticias que nos llegan casi a diario – ayer mismo escuchábamos de violentos atentados -, y lo malo que terminemos acostumbrándonos y perdiendo la sensibilidad.
Pero nos duele la falta de paz cuando en nuestra cercanía, a nuestro lado contemplamos también rivalidades y enfrentamientos, violencias de todo tipo en que nos hacemos daño los unos a los otros, familias rotas y divididas por falta de entendimiento y armonía, amistades que se rompen y cuesta reconstruir, resentimientos en el corazón que se hacen difíciles de curar, y así podríamos pensar en tantas cosas que anidamos en el corazón y tanto daño nos hacen por dentro.
Pero ya no son solo las rupturas que podamos tener con los demás que se manifiestan de tantas formas violentas, sino que pensamos en nuestro interior tan lleno de sufrimientos tantas veces que no nos dejan dormir en paz, como se suele decir. Nos sentimos muchas veces divididos en nuestro interior; sentimos quizá el mal que hayamos podido hacer consciente o inconscientemente muchas veces y que luego no sabemos cómo reparar; nos sentimos turbados por cosas que nos suceden, por ambiciones que podamos tener dentro de nosotros y donde no sabemos discernir suficientemente qué es lo bueno que hemos de buscar; muchas veces la paz la perdemos en nuestro interior por un mal entendido con alguien, por una falta de comprensión, porque no nos sentimos valorados lo suficiente en aquello que nosotros aspiramos y nuestro orgullo se resiente, y así tantas cosas. ¿Tenemos que vivir siempre con ese desequilibrio, con esa falta de paz?
Hoy Jesús nos dice que nos quiere dar la paz. Recordamos que ese fue su saludo pascual cuando se manifestaba resucitado a los discípulos. Fue también el anuncio del ángel a los pastores a la hora de su nacimiento. Hoy nos dice que nos quiere dar la paz, pero que tenemos que buscar la verdadera paz, la paz que nos da autentico sentido y valor.  No es a la manera del mundo, nos dice, por medio de conquistas quizá contra los demás; es la paz que tenemos que sabernos ganar en nuestro interior, es la paz que fundamentamos en el amor verdadero, es la paz que nos hace descubrir el verdadero valor y sentido de todo hombre, de toda persona.
Tenemos que buscar esa paz que nos da el Señor; tenemos que buscar una paz a la manera de la paz que El nos da. Es la paz llena de comprensión y que es capaz de perdonar; es la paz que busca siempre el bien del otro; es la paz que nos hace sentir en una armonía interior porque nunca queremos herir a los demás y somos incluso capaces de disimular las heridas que nos puedan causar los demás; es la paz que nos hace actuar desde la sinceridad, la autenticidad de la vida; es la paz que buscamos trabajando también por la justicia fundamento de una paz autentica.
Señor, danos siempre de tu paz.

lunes, 30 de abril de 2018

El Espíritu del Señor nos lo revelará todo, nos hará sentir su presencia, nos inundará de la sabiduría de Dios para que en cada momento sepamos ver las obras de Dios


El Espíritu del Señor  nos lo revelará todo, nos hará sentir su presencia, nos inundará de la sabiduría de Dios para que en cada momento sepamos ver las obras de Dios

Hechos de los apóstoles 14,5-18; Sal 113; Juan 14, 21-26

Alguna vez nos sucede que cuando alguien tiene una confidencia especial con nosotros nos sentimos en cierto modo, además de agradecidos, abrumados por la confianza que han tenido con nosotros de la que no nos sentimos merecedores. ¿Por qué a mí? ¿Por qué yo? Nos preguntamos y preguntamos quizá a aquel que ha tenido esa confianza con nosotros.
De la confianza tenemos que hacernos dignos aunque no nos sintamos merecedores, pero a ello hemos de corresponder nosotros de alguna manera mostrándonos con confianza y agradecimiento a quien tiene esos detalles con nosotros.
Es cierto que no a todos ni siempre abrimos de la misma manera el corazón a los demás, pero sí tenemos que aprender a crear niveles de cercanía con los que nos rodean para que haciendo el camino de la vida juntos, al mismo tiempo sepamos apoyarnos mutuamente los unos en los otros. Así el camino, sobre todo cuando vengan momentos difíciles o dolorosos, se nos hace más fácil y llevadero al sentir ese apoyo del que va a nuestro lado. El contemplar la intima inquietud del otro nos sirve de estímulo en nuestro esfuerzo y nos impulsa a mantenernos en ese camino resto aunque sea costoso.
Me fue surgiendo esta reflexión a partir de la reacción que Judas – como dice muy el evangelista, no el Iscariote – tuvo ante las confidencias que Jesús les estaba haciendo aquella noche de la cena pascual. ¿Por qué has tenido esta confianza con nosotros y así te manifiestas?  ‘Señor, ¿qué ha sucedido para que te reveles a nosotros y no al mundo?’ Y es que como hemos venido comentando Jesús les estaba abriendo su corazón. Pero aun nos dirá más, porque nos anuncia la presencia y la sabiduría de su Espíritu para que podamos comprender todas las cosas. ‘Os he hablado de esto ahora que estoy a vuestro lado, pero el Defensor, el Espíritu Santo, que enviará el Padre en mi nombre, será quien os lo enseñe todo y os vaya recordando todo lo que os he dicho’.
Ellos podían tener la sintonía con el Señor, porque aun cuando se sentían débiles e incluso aquella debilidad se iba a manifestar de forma escandalosa aquella misma noche cuando todos le abandonarían e huirían, sin embargo habían entrado en una sintonía de amor con Jesús. Y el Espíritu del Señor  nos lo revelará todo, nos hará sentir su presencia, nos inundará de la sabiduría de Dios para que en cada momento sepamos ver las obras de Dios, vivamos en su presencia y realicemos las obras del amor.
Somos débiles también y de muchas maneras se manifiesta esa debilidad en nuestra vida en tantos momentos que se nos vuelven negros porque no sabemos ser siempre fieles, pero tendríamos que saber mantenernos en esa sintonía de amor. Le amamos y nos queremos esforzar en cumplir su mandamiento para que así sintamos ese amor del Padre también sobre nosotros. ‘Y yo también lo amaré y me revelaré a él’, nos dice Jesús. Pero sigue diciéndonos algo muy hermoso. ‘El que me ama guardará mi palabra, y mi Padre lo amará, y vendremos a él y haremos morada en él’. Dios quiere morar en nuestro corazón. Es el Dios que planta su tienda entre nosotros, pero aun más quiere habitar en nosotros si en verdad le amamos y guardamos su palabra.
Es una dicha grande, es un gozo grande para nuestro corazón. Se nos manifiesta, se nos revela, y nos llena de su amor y de su vida. ¿Cómo correspondemos a tanto amor? Le damos gracias pero queremos mantenernos siempre en ese amor siendo por nuestras obras de amor signo de Dios para los demás.   

domingo, 29 de abril de 2018

Unidos a Jesús como los sarmientos a la vid tendremos la fuerza de la gracia y la luz del Espíritu para que podamos dar fruto en abundancia


Unidos a Jesús como los sarmientos a la vid tendremos la fuerza de la gracia y la luz del Espíritu para que podamos dar fruto en abundancia

Hechos 9, 26-31; Sal. 21; 1Juan 3, 18-24; Juan 15, 1-8

Las imágenes de la naturaleza nos lo explican claramente; si desgajamos la rama de un árbol ya sabemos que pronto se secará y el fruto que quizás en su momento nos prometió con sus hermosas flores pronto se verá malogrado y nos servirá; igualmente si queremos poner producción unos terrenos donde o tengamos árboles frutales, o queramos sembrar cualquier otra cosa, sabemos que el terreno tenemos que cuidarlo, abonarlo debidamente, limpiarlo de los abrojos y matorrales que pudieran ahogarnos aquello que hayamos plantado para su producción.
Pero igualmente en la vida algunos tendemos a querer ir por nuestra cuenta, querernos hacernos las cosas solos sin contar con la colaboración de los demás y veremos que no siempre será eficaz, porque en las dificultades que en si mismas vamos a encontrar para salir adelante, nos faltará también el aliento de quien esté a nuestro lado, confíe en nosotros para realizar aquellos planes que tengamos, y pronto nos puede aparecer el cansancio o el aburrimiento si no conseguimos lo que queremos con la prontitud y el fruto deseado. Bien sabemos que en la vida no podemos ir a nuestro aire, no podemos caminar solos, sino que por nuestra propia naturaleza estaremos siempre interrelacionados los unos con los otros.
De todo esto  nos quiere hablar Jesús e igualmente nos va a proponer unas imágenes tomadas igualmente de la naturaleza. Nos habla hoy con la imagen de la vid, como ya en otros momentos del mismo evangelio o en su conjunto de la Biblia se nos ha hablado de la viña. Recordamos el canto de amor de mi amigo a su viña, del antiguo testamento, o nos habla Jesús en las parábolas, ya fuera de los obreros contratados para trabajar en su viña, o de la viña que aquel propietario preparó cuidadosamente y que dio en arriendo a unos labradores para que le rindieran los frutos a su tiempo.
Pero hoy desde la imagen de la vid y los sarmientos nos está hablando algo más. Será si nuestro trabajo que ha de producir fruto, como se nos dice en las parábolas, pero ahora nos está diciendo donde nosotros podemos tener el alimento y la fuerza para que en verdad podamos vivir y llegar a dar fruto. Los sarmientos no pueden estar desgajados de la cepa, de la vid; como igualmente no podemos tener sarmientos ociosos que podríamos decir, que no nos valen, no nos pueden dar frutos, chupones como dicen los agricultores, que se van en ramaje pero no llegan a producirnos frutos, no nos llegan a dar uvas.
‘Yo soy la vid, vosotros los sarmientos, nos dice Jesús; el que permanece en mi y yo en él, ese da fruto abundante, porque sin mi no podéis hacer nada’. Está claro el mensaje que nos quiere dar Jesús. No podemos ser un sarmiento que vayamos por nuestro lado; así no podemos dar fruto, así no podremos tener vida, así nada somos ni nada valemos. ‘Al que no permanece en mí, lo tiran fuera, como al sarmiento, y se seca; luego los  recogen y los echan al fuego, y arden’. Pero esa es nuestra gran tentación.
Cuantas veces tendemos a ir por nuestro lado por nuestra cuenta; a cuantos nos encontramos por la vida que dicen que son buenos, y no lo negamos, pero que ellos no necesitan ni de evangelio, ni de iglesia, ni de religión, ni de Dios. Qué fácilmente nos podemos desviar; qué pronto pueden aparece en nosotros los orgullos que nos endiosan y ya nos creemos sobre pedestales que por algo bueno que hagamos estamos siempre pidiendo reconocimientos y valoraciones de lo que hacemos.
Todos podemos sentir la tentación de una forma o de otra; con que facilidad vemos a algunos que quizá comenzaron con buena voluntad haciendo cosas buenas por los demás y no se lo vamos negar, pero pronto se creyeron imprescindibles, se creían ya que ellos eran los únicos que sabían hacer las cosas, que se creyeron los salvadores del mundo en tantas situaciones que quizá todos veíamos que tendrían que cambiar, pero pronto aparecen las ambiciones, nos llenamos de la soberbia del poder, podemos tender a manipular lo que sea buscando unos réditos para mi vida o unos beneficios no solo ya de influencia sobre los demás sino también de tipo material o económico.
Y es que nuestra unión con Jesús, como nos dice hoy el evangelio, del sarmiento a la vid, no solo es la fuerza de la gracia que voy a recibir porque es de Dios de donde la puedo obtener de verdad, sino que es la luz del Espíritu en nuestro corazón que nos hace aspirar a mejorar nuestra propia vida, nos hace escuchar algo que nos hace pensar, nos va iluminando con esa luz del evangelio para que no perdamos el rumbo de nuestra vida.
Muchas mas reflexiones podríamos seguir haciéndonos a partir de estas imágenes que nos ofrece hoy Jesús en el evangelio. Muchas cosas tenemos que revisar en nuestra vida, porque siempre pueden aparecer en nosotros ramajes que tendríamos que podar para que haya una verdadera pureza interior. Mucho tendríamos que revisarnos en como vivimos nosotros esa unión con Jesús, ya sea desde nuestra oración, ya sea en la vivencia sacramental, en la participación en la Eucaristía, en nuestra unión y comunión de Iglesia que siempre hemos de vivir.
Pensemos, pues, que así, unidos a Jesús, podremos siempre dar gloria al Señor. Aquello que expresamos en el momento cumbre de la doxología final de la plegaria eucarística. Por Cristo, con Cristo, en Cristo, unidos en el Espíritu damos gloria y honor a Dios por los siglos de los siglos.