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domingo, 11 de febrero de 2018

Aquel hombre cuando se encontró sanado por Jesús saltaba de alegría y no podía callar porque a todos tenia que comunicar la gracia que en Jesús había encontrado

Aquel hombre cuando se encontró sanado por Jesús saltaba de alegría y no podía callar porque a todos tenia que comunicar la gracia que en Jesús había encontrado

Levítico 13, 1-2. 44-46; Sal 31; 1Corintios 10, 31 - 11, 1; Marcos 1, 40-45

‘Si quieres, puedes limpiarme’, fueron las palabras del leproso que se atrevió a acercase a Jesús. Es la súplica humilde pero llena de esperanza. Confiaba que Jesús podía hacerlo, pero sabía que solo estaba en su mano el hacerlo o no hacerlo. Pero allí estaba él con su necesidad, con su pobreza, con su soledad, con su lepra con todo lo que significaba. Y se postró ante Jesús. Se había atrevido a llegar hasta Jesús, abrirse paso entre la gente, que seguramente se apartaba para evitar contaminarse.
¿Nos sucederá algo de esto alguna vez? No nos atrevemos a terminar por suplicar desde nuestra necesidad, desde nuestros problemas ante quien sabemos que nos puede ayudar. O quizá alguien necesita algo de nosotros y no se atreve a pedírnoslo. Barreras de miedo que nos creamos, barreras de desconfianza, o barreras quizá de orgullo porque no queremos postrarnos, porque no queremos rebajarnos a mostrar nuestra necesidad. Y nos aislamos o aislamos a los demás poniendo distancias.
Todo nos enseña, todos los gestos que vemos en el evangelio nos hacen pensar en cosas que nos pasan o que les pasan a los otros con nosotros. No siempre tenemos la suficiente sintonía para comunicarnos con sencillez y con humildad, para reconocer nuestras debilidades porque quizá queremos mantener la fachada aunque por dentro estemos pasándolo mal. Y nos preguntan que como estamos y decimos que bien, aunque haya una buena tormenta dentro de nosotros.
Aquel hombre, sin embargo, acudió a Jesús, reconoció su enfermedad, su debilidad, su pobreza. Por si mismo no podía hacer nada para curarse; en aquella época la lepra era una enfermedad terrible e incurable, que además podía contagiar a los demás; los leprosos tenían que vivir aislados, lejos de todos, lejos de su familia, sin participar en la vida de la comunidad; eran unos malditos.
Pero la fe se había despertado en su corazón. Otros quizá se abandonaban a su suerte perdida toda esperanza; su muerte era en vida, porque aquello no era vivir. ¿Resignación? ¿Desesperación quizá? Era difícil encontrar un sentido y un valor a aquella forma de vivir. Pero a los oídos de aquel hombre había llegado una buena noticia que le llenaba de esperanza. Podría curarse, si aquel profeta quería curarlo. Algo comenzaba a apoyar su vida que era algo más que una muleta para caminar en su imposibilidad y en la debilidad de una enfermedad que le destruía por fuera en su cuerpo, pero dentro también en su espíritu. Por eso había acudido a Jesús.
Como decíamos, necesitamos aprender, todo nos enseña. Y en esos vaivenes de la vida donde tantas veces nos sentimos desalentados quizá en nuestra soledad, en nuestras angustias, cuando nos sentimos abandonados quizá de los menos que esperábamos que nos abandonaran o se pusieran en contra nuestra, necesitamos despertar nuestra fe. No todo es oscuro, no todo es negro, una luz tras cualquier recodo del camino puede despertar de nuevo nuestra esperanza.
Y Jesús nos está esperando, saliendo a nuestro paso en cualquier rincón de nuestro camino. Deja que nos acerquemos a El, o El viene a nuestro encuentro de muchas maneras. Siempre habrá alguien que nos tienda una mano, nos diga una palabra de ánimo, encienda una luz en nuestro oscuro camino. Tenemos que sintonizar con esos signos que nos pueden ir apareciendo en la vida.
Es la mano de Jesús que nos toca, que nos levanta, que nos sana, que pone nueva luz en nuestro camino. Necesitamos encontrar un sentido para no simplemente resignarnos; tenemos que descubrir el valor de nuestra vida aunque nos sintamos llenos de miseria y pensemos que no valemos nada; tenemos que descubrir las mil razones que tenemos para seguir luchando; hemos de darnos cuenta que también nuestra vida, nuestra decisión de seguir adelante, de no quedarnos tumbados a la vera del camino puede ser una señal para otros que estén igual o peor que nosotros.
Aquel hombre cuando se encontró sanado por Jesús, porque Jesús sí quería y se había adelantado incluso a tocarle a pesar de la miseria de su lepra, saltaba de alegría y no podía callar porque a todos tenia que comunicar la gracia que en Jesús había encontrado.
Cuántas veces Jesús nos sana pero no somos capaces de manifestar esa alegría. Cuántas veces hemos recibido una gracia especial del Señor y ni siquiera hemos sabido dar gracias; cuántas veces hemos sentido el regalo y la alegría del perdón, pero no hemos saltado de alegría porque Jesús nos ama y nos ha perdonado para ponernos en camino de nuevo.
No somos agradecidos, no correspondemos a tanto amor como el Señor de mil maneras manifiesta en nuestra vida. Por eso no terminamos de convencer a nadie y estamos encerrados siempre en el mismo círculo. No crece el número de los que vienen hasta Jesús porque no terminamos de ser con la alegría de nuestra fe esos signos de evangelio para que el mundo crea.
Pensemos en tantos que están a la vera del camino de la vida esperando ver ese signo que levante su espíritu, que les llene de nueva esperanza, que les impulse de verdad a caminar y a transformar nuestra vida. Nosotros tenemos que ser ese signo. Nosotros tenemos que ser esa mano tendida de Jesús que llegue a tocar el corazón de los otros.
¿Qué nos pasa que vivimos de manera tan aburrida nuestra fe? ‘Si quieres…’ nos está diciendo también nosotros ese mundo que nos rodea. ¿Cuál es la respuesta que le vamos a dar?

sábado, 10 de febrero de 2018

No sigamos diciendo ‘¿qué es esto para tantos?’ cuando vemos las necesidades a nuestro lado y lo que somos o tenemos, sino seamos capaces de realizar el milagro del amor

No sigamos diciendo ‘¿qué es esto para tantos?’ cuando vemos las necesidades a nuestro lado y lo que somos o tenemos, sino seamos capaces de realizar el milagro del amor

1Reyes 12,26-32; 13,33-34; Sal 105; Marcos 8,1-10

¿Qué hacemos cuando vemos personas o familias en nuestro entorno que pasan necesidad, que tienen problemas, que están agobiados porque no pueden salir adelante en la solución de sus problemas personales o de su familia? Vamos a decir que sentimos preocupación y si podemos ocasionalmente les echamos una mano, pero también nos sucede que cuando los problemas no se solucionan nos sentimos impotentes y enseguida reclamamos que las instituciones públicas resuelvan esos problemas, les decimos que acudan a las diversas organizaciones sociales que podamos conocer para que les ayuden a resolver esos problemas que a nosotros nos desbordan.
Son reacciones normales que cuando hay algo de sensibilidad podemos tener ante situaciones así, aunque bien sabemos también que podamos sentir la tentación de cerrar los ojos, mirar para otro lado, no querer enterarnos de lo que pasa, y les pasamos el problema a los otros.
Mucha gente insensible en este sentido nos encontramos en demasiadas ocasiones, porque solo piensan en si mismos, o que con aquello que tienen primero tienen que resolver sus problemas, tratar de vivir bien y de alguna manera se desentienden de esas situaciones. Con lo poquito que tenemos, decimos,  no nos da para resolver todos los problemas que podamos encontrar. Cuantas veces en los caminos de la vida damos rodeos para no encontrarnos con aquel que nos tiende la mano desde su necesidad.
Hoy el evangelio nos ayuda en ese sentido. Que aprendamos a abrir los ojos para ver la necesidad, que nos impliquemos, y que seamos capaces de compartir hasta esos pocos panes y peces que tengamos en nuestras alforjas. Una muchedumbre se había reunido en torno a Jesús y habían marchado con El por aquellos caminos de Galilea. Ahora estaban en descampado, llevaban días con Jesús, las pocas provisiones que llevaban se les habrían agotado y Jesús siente lástima de toda aquella gente. Hay que hacer algo; así lo manifiesta a sus discípulos más cercanos.
‘¿Y de dónde se puede sacar pan, hache, en despoblado, para que se queden satisfechos?’, le responden sus discípulos. Es cierto que es una realidad que se puede constatar. Pero Jesús insiste. ‘¿Cuántos panes tenéis?’ los discípulos le hablan de siete; otro evangelista narrándonos este mismo hecho habla de un muchacho que tiene unos pocos panes y paces que pone a disposición.
Y Jesús quiere que compartan aquello poco que tienen y les manda sentarse por donde puedan. ‘¿Qué es esto para tantos?’ es el pensamiento que surge entonces como sigue surgiendo  hoy cuando vemos los problemas. ¿No llegamos a decir que ya el mundo no puede producir lo suficiente para la creciente población mundial que se multiplica día a día? Sin embargo cuantos sobrantes tiramos todos los días.
Aquello poco va a dar para que coman todos hasta hartarse. Es el milagro del amor. Es el milagro que nosotros también podríamos hacer cada día si en verdad llenáramos de amor nuestro corazón. Hubo alguien que supo compartir lo poco que tenia y todos pudieron comer.
¿Dónde está nuestra sensibilidad y nuestra disponibilidad? ¿Seguiremos encerrándonos en nuestro círculo y en nuestros propios intereses nada más? ¿No tendrían que ser otras nuestras actitudes, la apertura de amor de nuestro corazón? Creo que no hace falta decir mucho más, sino detenernos a pensar, a reflexionar, a despertar la sensibilidad de nuestro corazón. ¿Seguiremos diciendo hoy como entonces ‘qué es esto para tantos’?

viernes, 9 de febrero de 2018

Tenemos que aprender de una vez por todas a saber entrar en comunión y comunicación con los demás sean quienes sean

Tenemos que aprender de una vez por todas a saber entrar en comunión y comunicación con los demás sean quienes sean

1Reyes 11,29-32; 12,19; Sal 80; Marcos 7,31-37

Un mundo de silencio, un mundo de incomunicación, un mundo de aislamiento. Cuanto nos cuesta comunicarnos y relacionarnos cuando carecemos de algunos sentidos o están atrofiados. No poder oír lo que sucede a nuestro alrededor nos hace entrar no solo en una incomunicación que nos aísla sino que casi nos incapacita para entender y para comprender. No poder expresar aquello que llevamos dentro porque nos faltan las palabras, porque no podemos pronunciar con sonidos lo que si escuchamos en nuestro interior nos hace la vida difícil.
Pero hay aislamientos que nosotros mismos nos buscamos. Hay silencios que nosotros creamos, porque ansiemos la soledad para pensar mejor, para reflexionar y para crecer por dentro, sino porque ponemos murallas entre nosotros y los demás para no querernos ver, para no querernos escuchar, para aislarnos de los demás. Somos nosotros mismos los que ponemos esas murallas en nuestra vida, y tremendo es cuando son los demás los que nos crean esas barreras aislándonos, excluyéndonos de su comunicación, impidiendo que podamos entender y comprender.
Son muros que tenemos que derribar. Es cierto que en nuestra civilización avanzamos y hemos sido capaces de crearnos medios que nos faciliten esa comunicación, aunque sea con el lenguaje de los signos, pero a pesar de nuestra civilización sin embargo hay otras barreras que aun no han caído en nuestras relaciones, porque nos hacemos egoístas o insolidarios, porque los que creemos que podemos y sabemos vamos avasallando por la vida, porque en nuestros orgullos vamos despreciando a tantos porque no son como nosotros, no piensan como nosotros, o porque nos parece que con sus maneras o sus formas nos repugnan y los despreciamos.
Hoy Jesús recorriendo aquellos caminos de Galilea cuando viene incluso desde más allá de lo que es el territorio judío, atraviesa desde Tiro y Sidón y cruza por la Decápolis que no son regiones judías, se encuentro con un sordomudo que alguien en buena voluntad y con fe en Jesús le trae para que lo cure.
‘¡Effetá! ¡Ábrete!’ Le dice Jesús tocando sus oídos y su lengua. Le devuelve Jesús al mundo en el que pueda relacionarse y con el que pueda entrar en comunión y en comunicación. ‘Y al momento se le abrieron los oídos, se le soltó la traba de la lengua y hablaba sin dificultad’, nos comenta el evangelista.
Mucho nos quiere decir Jesús con este signo. Está su amor y es un signo del Reino de Dios que llega. Es la curación de unas enfermedades y es el facilitar la vida y el encuentro con los demás. Pero es un signo de mucho más. Somos nosotros los sordos y los mudos que hemos creado tantas barreras. Son tantas las limitaciones que ponemos tantas veces en nuestra relación con los demás. Somos nosotros los que necesitamos ser curados. Somos nosotros los que tenemos que ir por el mundo facilitando el encuentro y la relación entre las personas y los pueblos.
Tenemos que ser creadores de comunión, puentes de enlace y comunicaron entre unos y otros, constructores de es mundo nuevo donde seamos capaces de entendernos, de comprendernos, de comunicarnos de verdad desde lo más hondo de nosotros mismos.
Son las señales que hemos de dar del Reino de Dios en nuestro mundo en el que aunque haya muchos medios de comunicación social sin embargo sigue habiendo tantas soledades, tanta gente que se siente marginada en la vida, dejados a un lado del camino, no aceptados ni comprendidos porque quizá vienen de otros lugares, porque son de otra raza, porque emplean otro lenguaje, porque tienen una manera de pensar y de entender la vida muy distinta de la nuestra. Y nosotros nos alejamos, y los aislamos, y no nos comunicamos.
Tenemos que cambiar, tenemos que abrir nuestros oídos, nuestro corazón para que nos comuniquemos de verdad, para que entre todos hagamos un mundo nuevo en el que todos quepamos. Tenemos que aprender de una vez por todas a saber entrar en comunión y comunicación con los demás sean quienes sean. Demos de verdad las señales de que el Reino de Dios ha llegado.

jueves, 8 de febrero de 2018

La vida nos pone a prueba muchas veces también en nuestra fe pero es cuando tenemos que mantenernos fuertes y se ha de manifestar toda nuestra madurez humana y cristiana

La vida nos pone a prueba muchas veces también en nuestra fe pero es cuando tenemos que mantenernos fuertes y se ha de manifestar toda nuestra madurez humana y cristiana

1Reyes 11,4-13; Sal 105; Marcos 7,24-30

A veces decimos que la vida nos pone a prueba. Tenemos ilusiones, queremos sacar las cosas adelante, tratamos de vivir con responsabilidad, pero parece que las cosas se nos tuercen porque cuando parecía que teníamos las cosas en la mano todo se nos vuelve en contra, aparecen mil dificultades, y no logramos aquello que aspirábamos que quizá eran simplemente las cosas normales de la vida de cada día.
No digamos cuando nos aparece la enfermedad en nosotros o en alguno de los miembros de la familia y todo se  nos vuelve oscuro porque quizá no encontramos mejoría tan pronto como quisiéramos o acaso tenemos que abandonar cosas que ya por esa enfermedad no podemos realizar. Luchamos, algunas veces parece que nos desesperamos y buscamos solución por todos los caminos aunque nos parezca que no tenemos salida.
Son pruebas duras de la vida que muchas veces nos hacen entrar en crisis hasta del mismo sentido de la vida. Nos pasa igualmente en el camino de nuestra fe; quizá nos habíamos debilitado en nuestras practicas y experiencias religiosas, o fueron apareciendo como cantos de sirena otras ideas, otras maneras de pensar, otros planteamientos, o quizás esos mismos problemas de la vida nos hacen dudar, ponen a prueba nuestra fe. Un túnel oscuro muchas veces en el que parece que no encontramos ninguna luz, porque ni siquiera parece que Dios quiera escucharnos en nuestras suplicas o darnos respuesta a esas dudas e inquietudes que puedan ir surgiendo en nuestro interior.
Hoy vemos el ejemplo en aquella mujer cananea cuya vida se veía fuertemente perturbada por la enfermedad de su hija para la que no encuentra curación. Cuando se entera que el profeta de Nazaret ha recalado por aquellas tierras acude a El con esperanza de que pueda curar a su hija. A sus oídos, aunque estén lejanos de la tierra de los judíos, han llegado noticias de sus milagros y como la gente es curada de sus enfermedades. Ella no es judía, es gentil y teme que no sea bien recibida por los judíos, pero aun así acude a Jesús gritando tras de El para que la atienda en sus peticiones.
Pero parece que todas las puertas se le cierran. Jesús había querido pasar desapercibido y ahora el silencio de Jesús es la respuesta a aquellas suplicas. El camino sigue siendo oscuro para aquella mujer pero en la que aun a pesar de las dificultades que encuentra va en aumento la fe en Jesús. Cuando parece ser rechazada ella encontrará palabras – es el corazón de una madre que esta sufriendo por su hija la que le hace hablar – para hacer que Jesús la escuche. La perseverancia de aquella mujer logra el milagro de la curación de su hija. ‘Anda, vete, que, por eso que has dicho, el demonio ha salido de tu hija. Al llegar a su casa, se encontró a la niña echada en la cama’. Se había curado.
Hermosa lección de fe y de perseverancia. Cuánto lo necesitamos en la vida. En todos esos momentos de crisis y de pruebas por las que tantas veces pasamos. Como decíamos al principio de esta reflexión la vida nos pone a prueba muchas veces y podemos perder la ilusión, el entusiasmo, las ganas de luchar. Pero es cuando tenemos que mantenernos fuertes, cuando se tiene que manifestar toda nuestra madurez.
Es todo un proceso que hemos de ir realizando en la vida, porque bien sabemos que no todo es fácil. Es un posible fallo que podamos tener en nuestros sistemas educativos y que nos pueda suceder en las familias; le ponemos todo tan fácil a los hijos que piensan que todo en la vida va a ser siempre así y cuando llegan los problemas y dificultades no estamos preparados para afrontarlos. Pero tenemos que aprender a madurar, a fortalecernos, a saber enfrentarnos a la vida aunque haya problemas y dificultades.
Y eso también en el camino de nuestra fe, en la realización de nuestros compromisos cristianos que no son siempre fáciles de llegar con ellos hasta el final porque aparecen los cansancios, las desilusiones, los malos ejemplos quizá que pudieran hacernos daño. Pero aunque todo se nos pueda poner oscuro sabemos que nunca nos faltará esa luz que un día va a aparecer claramente en nuestro corazón. Es la esperanza también con la que hemos de saber caminar.


miércoles, 7 de febrero de 2018

Llenemos nuestro corazón de amor, de deseos de bien, de paz y armonía y aprenderemos actuar con delicadeza y entrega generosa para con todos

Llenemos nuestro corazón de amor, de deseos de bien, de paz y armonía y aprenderemos actuar con delicadeza y entrega generosa para con todos

1Reyes 10,1-10; Sal 36; Marcos 7,14-23

De lo que llevamos en el corazón habla nuestra boca y hacen nuestras manos. Lo que somos por dentro se va a manifestar queramos o no en lo que hacemos. Algunas veces las apariencias nos pueden confundir; la hipocresía de quien manifiesta una cara mientras en su interior guarda otros sentimientos termina por desenmascararse; las caretas como falsas que son no duran siempre y pronto se caerán y dejarán ver la verdad de lo que hay en nuestro corazón.
Qué importante es la rectitud del corazón y como hemos de procurar mantener esa pureza interior. Cuánto daño hacemos con nuestras malicias ocultas que siembran desconfianzas, que conspiran contra todo lo bueno, que se vuelven destructivas como destructiva es siempre la envidia que nos corroe por dentro. La sagacidad del hombre perverso y de mal corazón tratará de llevarse por delante todo lo bueno que haya a su alrededor antes de que podamos desenmascararla.
Y desgraciadamente hay demasiado de todo eso en el mundo en que vivimos y nos podemos contagiar. Tenemos que estar alertas porque es una mala epidemia que nos contagia fácilmente y nos hace daño y no solo a nosotros sino que hará daño a los demás.
Es de lo que quiere prevenirnos hoy Jesús en el evangelio. La ocasión ha sido cuando han venido los fariseos con sus reclamaciones porque los discípulos de Jesús no se lavaban las manos antes de comer. ‘Escuchad y entended todos: Nada que entre de fuera puede hacer al hombre impuro; lo que sale de dentro es lo que hace impuro al hombre. El que tenga oídos para oír, que oiga’.
Lo dice claramente Jesús, es lo que sale de dentro del corazón del hombre lo que manifiesta la malicia y lo que nos llena de pecado. Los discípulos no terminaran de entender porque mucha era la influencia de las enseñanzas de los fariseos y doctores de la ley que se fijaban solamente en las cosas externas. Como decíamos antes nos podemos contagiar fácilmente. Cuantas veces nosotros también en la vida le restamos importancia a lo que verdaderamente ha de tenerla, porque es lo que todo el mundo hace. No porque todo el mundo haga una cosa significa que es buena, sino que hemos de saber ver la rectitud en si misma y no dejarnos influenciar tan fácilmente.
Por eso ante la pregunta de los discípulos más cercanos a Jesús cuando llegan a casa, Jesús les dirá tajantemente: ‘Lo que sale de dentro, eso sí mancha al hombre. Porque de dentro, del corazón del hombre, salen los malos propósitos, las fornicaciones, robos, homicidios, adulterios, codicias, injusticias, fraudes, desenfreno, envidia, difamación, orgullo, frivolidad. Todas esas maldades salen de dentro y hacen al hombre impuro’.
Es la maldad del corazón la que nos hace hablar mal, la que nos lleva a las malas acciones, la que impulsa nuestras violencias y nuestros orgullos, nuestros resentimientos y nuestros odios, la que  no nos deja ser verdaderamente misericordiosos y solidarios sino que nos hace egoísta o nos encierra en nosotros mismos.
¿No habremos fijado bien lo que predomina en nuestro corazón? No nos quedemos en la buena voluntad, sino pensemos en las intenciones algunas veces torcidas que surgen de dentro de nosotros. Llenemos nuestro corazón de amor, de deseos de bien, de paz y armonía y aprenderemos a tratar mejor a los demás, a tener sincera confianza en las personas, a saber actuar con delicadeza y entrega generosa para con los demás.

martes, 6 de febrero de 2018

No olvidemos lo que es lo principal, no nos olvidemos del amor que tiene que ser de verdad nuestro distintivo

No olvidemos lo que es lo principal, no nos olvidemos del amor que tiene que ser de verdad nuestro distintivo

1Reyes 8,22-23.27-30; Sal 83; Marcos 7,1-13

Qué malos son los escrúpulos; andar siempre obsesionados porque en todo nos parece que nos equivocamos, que hacemos mal, que la gente pueda estar pendiente de lo que hacemos si lo hacemos bien o lo hacemos mal. Reglamentamos la vida con tantas normas que al final no sabemos a qué atenernos y estamos con la inquietud de que lo hicimos mal, que nos pasamos aunque solo fuera en lo mínimo en lo que hicimos, y atormentamos nuestra conciencia, no tenemos paz interior y así no encontramos la manera de ser felices.
Necesitamos una madurez en la vida, que no consiste en imponernos normas y mas normas sino en tratar de tener unos principios justos por los que guiarnos en nuestro actuar y tratar de no perder la paz del espíritu realizando lo que es lo fundamental y lo que da verdadera rectitud interior a lo que hacemos. El escrupuloso quiere tener como reglamentado toda su vida en los más mínimos detalles, pero eso se hace insoportable porque andamos como un corsé que nos aprieta por todos lados. Sin esas reglas parece no saber actuar y al final vive esclavizado y sin libertad.
Acuden hoy en el evangelio a Jesús unos fariseos pidiéndole explicaciones a Jesús por las actitudes o las costumbres de sus discípulos. Los fariseos eran muy puritanos y parecía que todo lo que tocaran podía hacerlos impuros, por eso andaban continuamente haciendo abluciones para purificarse. No era la simple higiene que tendríamos que haber en nuestra vida para evitar un contagio que pudiera dañarnos, sino que eso lo habían convertido en normas muy estrictas pero pensando más bien en impurezas legales, que en la propia pureza de su corazón.
Como comenta el propio evangelista en el episodio que hoy nos narra cuando volvían de la plaza se lavaban bien las manos restregando bien antes de comer, pero evitar esas impurezas. Ven a los discípulos de Jesús que no tiene esas exigencias tan a rajatabla en sus costumbres y se lo echan en cara a Jesús. ‘¿Por qué comen tus discípulos con manos impuras y no siguen la tradición de los mayores?’
Jesús quiere hacerles entender que no nos podemos quedar en cosas meramente exteriores que son simples apariencias, sino que lo que tenemos que cuidar es la rectitud que tengamos en el corazón. Y les recuerda palabras de los profetas. ‘Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí. El culto que me dan está vacío, porque la doctrina que enseñan son preceptos humanos’, les dice Jesús. Nos olvidamos del verdadero mandamiento de Dios imponiéndonos preceptos humanos, viene a decirles; nos cargamos de normas y reglamentaciones y nos olvidamos del amor y de la misericordia.
Cuidado que a nosotros nos pase lo mismo; cuidado que entre nosotros los cristianos nos preocupemos más de reglamentos y preceptos que de la misericordia, la solidaridad, el amor con el que hemos de brillar en nuestra vida. Cuantas veces decimos yo ya he cumplido, porque hemos cumplido algunos preceptos, porque quizás venimos a misa todos los domingos o cumplimos las promesas que hacemos en nuestra devoción a una determinada imagen religiosa; hemos cumplido decimos pero luego no somos capaces de ser compasivos con el hermano y no tenemos misericordia en el corazón para comprender y para perdonar, para compadecernos y ser capaces de compartir con el necesitado.
No olvidemos lo que es lo principal, no nos olvidemos del amor que tiene que ser de verdad nuestro distintivo. Vivamos la misericordia y la compasión porque sentimos como Dios es misericordioso con nosotros, pero seamos igualmente nosotros misericordiosos con el hermano. Cuánto no cuesta perdonar, cómo discriminamos fácilmente al otro porque ha cometido un error en la vida, cómo apartamos de nuestro lado y hasta quizá de la vida de la Iglesia alguien porque no nos parece tan bueno como  nosotros juzgamos. El juicio es de Dios, pero Dios es siempre misericordioso; de la misma manera en nuestro juicio seamos siempre misericordiosos con nuestro hermano. Atención, que no siempre lo somos.

lunes, 5 de febrero de 2018

La fe y la esperanza no solo eran la confianza de tener unos cuerpos sanos, sino el sentido de una nueva vida que vislumbraban en Jesús

La fe y la esperanza no solo eran la confianza de tener unos cuerpos sanos, sino el sentido de una nueva vida que vislumbraban en Jesús

1Reyes 8,1-7.9-13; Sal. 131; Marcos 6, 53-56

Muchas veces queremos guardar en nuestra intimidad aquellos sufrimientos que podamos tener. Aquellas imposibilidades o debilidades que tengamos porque quizá creemos que eso es algo muy íntimo y personal y no tenemos por qué darlo a conocer a quienes nos rodean. Muchos secretos se guardan tras los muros de una casa o también tras la fachada de serenidad que queremos mostrar en la vida. Nadie tiene que conocer nuestros sufrimientos o necesidades pensamos y así quizá no dejamos que alguien pueda ofrecernos una palabra o un gesto de consuelo. Nos lo guardamos en nuestro interior.
Es la respuesta que muchas veces damos cuando nos preguntamos cómo estamos o se interesan tal vez por un enfermo que tengamos en nuestra casa; estoy bien decimos, está mejor respondemos al interés que alguien pudiera mostrar por lo nuestro. Nos creamos un mundo de distancias y de aislamiento que nada nos ayuda. Nos situamos en el centro de una espiral que impide que los demás puedan llegar hasta nosotros siendo para nosotros un incomprensible circulo cerrado en el que no dejamos entrar a nadie ni nosotros queremos salir haciendo mas insoportable nuestro sufrimiento.
Es necesario que seamos capaces de atisbar por donde nos pueda entrar un rayo de luz o que alguien nos ayude a abrir una brecha por la que seamos capaces de salirnos o dejar entrar a los otros para ayudarnos a mitigar nuestro dolor o a encontrarle un sentido. Pero tenemos que dejarnos ayudar, abrir los oídos y los ojos de nuestro espíritu. Es el rayo de luz y de esperanza que necesitamos que ilumine nuestras vidas y nos ayude a ponernos en orden de verdad dentro de nosotros mismos. Quizá ese rayo de luz está cerca de nosotros pero estamos tan encerrados que no seremos capaces de verlo.
La llegada de Jesús por aquellos caminos y pueblos de Galilea fue ese rayo de luz que despertó las esperanzas en tantos llenos de sufrimientos. Habían vivido soportando estoicamente su dolor, pero ahora descubrían que se abría una puerta para sus vidas. Por eso corrían detrás de Jesús, al menos querían que la sombra de su manto se posara sobre ellos porque sabían que así sus vidas se podían llenar de luz. Todos querían sentir la mano de Jesús en sus vidas, o al menos tocarle la orla de su manto porque sabían que así sus corazones se podrían sanar.
Es lo que nos describe el evangelista. No eran solo sus cuerpos atormentados por el sufrimiento de su enfermedad o de sus limitaciones lo que llevaban hasta Jesús sino que eran sus vidas rotas deseando encontrar un sentido y una salvación. No nos podemos quedar en el milagro de unos cuerpos sanados de sus enfermedades o sus discapacidades, sino que hemos de descubrir la salud total que Jesús nos ofrece, por eso Jesús siempre pedía que se dejaran transformar el corazón. La fe y la esperanza no solo eran la confianza de unos cuerpos sanos, sino el sentido de una nueva vida que vislumbraban en Jesús.
¿Cómo vamos nosotros hasta Jesús? ¿Cuáles son los sufrimientos que llevamos y que nos atormentan en el corazón? ¿Por qué nos aislamos, nos encerramos en nosotros mismos queriendo muchas veces construir nuestra vida por nuestra cuenta y sin contar con los demás? ¿Cuál es el resquicio que hemos de dejar abrir en nuestra alma para que entre en nosotros esa luz nueva que nos hará vivir de una manera distinta? ¿Seguimos pensando que hemos de seguir guardándonos todo para nosotros mismos y que por nosotros solos podemos sanar nuestra vida?

domingo, 4 de febrero de 2018

Los signos de una pronto liberación se comenzaban a manifestar en aquellos milagros que Jesús iba haciendo y se han de manifestar hoy por los signos de nuestra vida

Los signos de una pronto liberación se comenzaban a manifestar en aquellos milagros que Jesús iba haciendo y se han de manifestar hoy por los signos de nuestra vida

Job 7, 1-4. 6-7; Sal 146; 1 Corintios 9, 16-19. 22-23; Marcos 1, 29-39

Si en algo todos estaríamos de acuerdo es en el deseo de felicidad. Todos queremos ser felices, aunque otra cosa sea en qué cifremos la felicidad o la manera de conseguirla. Pero queremos ser felices y queremos desaparecer de nuestra vida todo aquello que nos causara sufrimiento y mermara esa felicidad que deseamos. Sin embargo somos conscientes de muchas cosas que ensombrecen nuestra vida y nos hacen sufrir y no nos permiten alcanzar la tan deseada felicidad.
Cuando pensamos en los sufrimientos que empañan la felicidad que desearíamos alcanzar una primera referencia que quizá hagamos son las enfermedades y las limitaciones físicas que encontremos, por ejemplo, para nuestra movilidad; todo aquello que pudiera producirnos una discapacidad nos puede mermar en las posibilidades de nuestra vida y al vernos así limitados sentimos como que no pudiéramos realizarnos plenamente y ser felices.
Pero también nos damos cuenta que son otras muchas cosas las que nos pueden limitar en la vida que no son solo esas enfermedades o limitaciones físicas, porque nos podemos sentir oprimidos de otras muchas maneras; desde quienes ejercen sobre nosotros una influencia tal que no nos dejan actuar con libertad o limitan nuestras capacidades y posibilidades de la vida o todas esas cosas que nos hacen difícil la convivencia, el encuentro, la relación con los demás; será también cuando desde nuestro interior vemos que nuestros sueños se rompen y no somos capaces de realizarlos o no somos capaces de superarnos en nosotros mismos para lograr ese desarrollo o esa madurez en nuestro actuar y en nuestro vivir.
Aquí podríamos pensar en muchas cosas que seguramente ya van surgiendo en nuestra mente al hilo de esta reflexión y con los que nosotros con nuestra manera de actuar desde nuestra insolidaridad, nuestro amor propio o nuestros orgullos también podemos ser causa del sufrimiento y en consecuencia la infelicidad de los que nos rodean.
¿Ese sería el camino para una vida digna del hombre, de la persona? Queremos quizá y no podemos, no somos capaces, porque quizá son muchas las ataduras que tenemos en nuestro interior cuando hemos dejado meter el pecado en nuestro corazón. Tenemos que hacer todo lo posible por nosotros mismos por liberarnos de todo eso que nos ata, pero quizá haya muchas cosas que nos superan y necesitaríamos una fuerza o una ayuda superior.
Desde toda la eternidad Dios quiere la felicidad del hombre. La imagen nos la expresa la Biblia cuando nos habla de que el hombre creado por Dios fue colocado en un jardín. Imágenes que quieren significar mucho para nosotros. Por eso tras el pecado del hombre, tras su ruptura interior consigo mismo, con los demás y con Dios, se le promete una liberación y una salvación donde todo ha de ser reconstruido y reedificado en una nueva vida que nos llene de verdadera plenitud.
Son las esperanzas de salvación que mantuvo siempre en su corazón el pueblo elegido con el deseo de la pronto llegada de un Mesías Salvador. La aparición de Jesús por los pueblos y aldeas de Galilea anunciando unos tiempos nuevos despertaron las esperanzas y llenaron de una alegría esperanzada los corazones de todos aquellos que se veían oprimidos de muchas maneras en sus enfermedades, en su pobreza y en lo que sentían que era una falta de libertad para su pueblo.
Lo que Jesús les decía y la manera como les enseñaba les hacían sentir que sí llegaban tiempos nuevos; como habían dicho en la sinagoga al escucharle aquella forma de hablar era nueva y con autoridad; los signos de esa pronto liberación se comenzaban a manifestar en aquellos milagros que Jesús iba haciendo. Por eso acuden todos los que sienten algún tipo de sufrimiento en su vida o en su corazón hasta Jesús para sentirse sanados por la Palabra de Jesús.
Lo había expresado en la sinagoga cuando liberó a aquel poseído por un espíritu inmundo, como ellos decían, ahora le llevan hasta casa de Simón de sus primeros seguidores porque la suegra de éste está enferma y Jesús la levanta de su postración de manera que ella prontamente se pone a servirles. Pero será al atardecer, cuando se han acabado las limitaciones del sábado cuando una muchedumbre con enfermos de todo tipo se agolpa a la puerta de la casa para que Jesús les cure.
Algo nuevo está comenzando. Es la esperanza de que sus sufrimientos se acaban y un nuevo y de dicha comienza a alborear. Por eso acuden a buscar a Jesús. Pero Jesús se ha retirado a la soledad de la oración en la madrugada. Es consciente que es la misión que ha recibido del Padre y además se ha de extender a todos. Por eso cuando le buscan les dirá que tiene que ir a hacer ese anuncio a todas partes. Y recorre los pueblos y las aldeas de Galilea enseñando, anunciando el Reino de Dios que llega acompañando sus palabras de los signos de liberación que iba realizando.
Pero no nos quedamos en contemplar este cuadro con la actuación de Jesús. Porque esa misma misión es la que nos ha confiado. Y ese mismo anuncio tenemos que seguir haciendo en nuestro mundo de hoy con nuestra palabra y con los signos de nuestra vida liberada. Hoy nuestro mundo también se encuentra en la misma confusión y también anhelan los mismos deseos en todos los corazones, aunque los expresemos de maneras distintas. En la construcción de ese mundo nuevo también nosotros tenemos que seguir empeñados luchando contra el mal y contra todo sufrimiento, contra todo lo que pueda limitar la dignidad de cualquier persona, de toda persona.
El mundo necesita hoy más que nunca, casi nos atreveríamos a decir, que nosotros los cristianos en la autenticidad de nuestras vidas les mostremos esos signos de la liberación que Jesús quiere realizar en nosotros y en nuestro mundo para hacer ese mundo nuevo. No siempre quizá hemos sido lo suficientemente claros en la manifestación de esos signos, aunque a través de los siglos no han dejado de realizarse. Pero hay tantos que no los han descubierto, no los han comprendido, y esa es la tarea de anuncio de esa buena noticia que tenemos que dar a nuestro mundo.
Nuestras vidas que crecen en libertad y en alegría son el testimonio fuerte que tenemos que dar. La alegría de nuestra fe, la alegría de seguir el camino de Jesús donde nos vemos plenamente realizados y  nos sentimos verdaderamente felices es el grito que tenemos que dar ante los que nos rodean. Somos felices porque creemos en Jesús, somos felices porque nos sentimos liberados del mal por Jesús, somos felices anunciando el evangelio de Jesús sin miedo, sin complejos ni cobardías. Es el anuncio de la verdadera dicha y felicidad que tenemos que hacer a nuestro mundo de hoy.

sábado, 3 de febrero de 2018

Es la sintonía que hemos de tener siempre en nuestra vida, la sintonía del amor, para la bella tarea que hemos de realizar

Es la sintonía que hemos de tener siempre en nuestra vida, la sintonía del amor, para la bella tarea que hemos de realizar

1Reyes 3,4-13; Sal 118; Marcos 6, 30-34

En ocasiones nos programamos lo que vamos a hacer y todo lo tenemos a punto, pero nos surge un imprevisto y parece que todo se nos viene abajo. Y no tiene que ser necesariamente porque sea algo desagradable lo que nos ocurre sino que puede ser una cosa buena pero que  nos echa por tierra lo que teníamos planeado. Tenemos que atender aquella llamada, recibimos aquella visita, nos surge que vemos una necesidad que tenemos que atender y seremos capaces de hacer una pausa en aquello que teníamos previsto para atender lo que ahora se nos solicita.
Claro que somos capaces de darnos cuenta del valor y de la importancia de lo que se nos solicita, por muy bueno que fuera aquello que teníamos previsto realizar. Lo normal seria que no nos agobiáramos por ello sino que todo lo tomáramos en un sentido positivo. Ya sabemos, es cierto, que hay quien se pone de mal humor por estas cosas porque se rompen sus esquemas, aunque fuera algo bueno lo que nos acontece de improviso.
Jesús había planeado irse con los discípulos a un lugar solitario al descampado para tener unos días de descanso. Como se nos dirá en otra ocasión había días en que no tenían tiempo ni para comer; ahora habían regresado los discípulos después de haber cumplido la misión que Jesús les había encomendado y era bueno aquel tiempo de descanso y de compartir que Jesús quería tener con los discípulos.
Se habían ido a un lugar apartado, pero la gente se había enterado y le salieron al paso a Jesús. Al llegar al lugar se encontraron con una multitud que les esperaba. Se fueron al traste todos los planes que se habían hecho. ¿Qué hace Jesús? ¿Despedir a la gente porque ahora quería el tiempo para El y sus discípulos? Nos dice el evangelista que  le ‘dio lástima de ellos, porque andaban como ovejas sin pastor; y se puso a enseñarles con calma’.
Jesús, el que paso por todas partes haciendo el bien, como diría más tarde Pedro. Jesús, el que había venido no a que le sirvieran, sino ‘a servir y a dar su vida en rescate por muchos’ como nos enseñará continuamente en el evangelio. Jesús, con un corazón siempre abierto y acogedor que nos muestra el corazón amoroso del Padre. Sintió lástima, dice el evangelista, entro en la sintonía del amor y comprendió el ansia de todos aquellos que le buscaban, y supo darse y ofrecerse con generosidad como siempre lo hacia. No podía dejarles solos y abandonados, que siguieran perdidos a su rumbo. Allí estaba su Palabra como una luz, su presencia como signo del amor más verdadero.
Jesús que nos pone en camino para que siempre por encima de todo vayamos al encuentro con los demás, a tener un corazón amplio y generoso donde quepan siempre todos nuestros hermanos, un corazón compasivo y misericordioso como el de nuestro Padre celestial.
Es la sintonía que hemos de tener siempre en nuestra vida, la sintonía del amor. El amor que escucha, que comprende, que acepta, que es capaz de ver siempre el buen corazón de los demás, que está atento al sufrimiento y a las necesidades de los otros, que sabe estar siempre al lado del hermano, que ofrece una sonrisa de amor, que mitiga las lagrimas del dolor de cuantos lloran a nuestro lado, que es capaz de olvidarse de si mismo para darse a los demás. Bella tarea de amor que tenemos siempre que realizar. 

viernes, 2 de febrero de 2018

Acudimos a María de Candelaria para felicitarla en su día y salimos de su presencia resplandecientes con la luz del evangelio para llevarla a los demás, para iluminar a los demás

Acudimos a María de Candelaria para felicitarla en su día y salimos de su presencia resplandecientes con la luz del evangelio para llevarla a los demás, para iluminar a los demás

Malaquías 3,1-4; Sal 23; Hebreos 2,14-18; Lucas, 2, 22-38
‘Cuando se cumplieron los días de la purificación prescrita por la ley de Moisés llevaron al Niño a Jerusalén para presentarlo al Señor como prescribe la ley de Moisés, todo primogénito varón será consagrado al Señor…’
Es lo que en la liturgia celebramos en este día cuando estamos a cuarenta días de haber celebrado el nacimiento del Señor. Ya conocemos por el evangelio y muchas veces lo hemos comentado cuánto sucedió aquella mañana en el templo de Jerusalén. Allí estaban aquellos piadosos ansiones que aguardaban el consuelo de Israel con el cumplimiento de las promesas que salen al encuentro y comienzan a alabar y bendecir al Señor. En paz puede entregar su alma al Señor aquel piadoso anciano Simeón, ‘sus ojos han visto al Salvador’; su vida se ha iluminado en su vejez porque ha contemplado al ‘sol que viene de lo alto para iluminar a todos los pueblos’; cuantos están en el templo reciben la buena noticia porque la anciana Ana se encargará de ‘hablar del Niño a los que esperaban la futura liberación de Israel’.
‘Aquí estoy, oh Dios, para hacer tu voluntad’ es la ofrenda de aquel día. Allí estaba aquel cuyo alimento era cumplir la voluntad del Padre. La ofrenda y consagración de aquella mañana encontrará su cumbre cuando Jesús mismo diga ‘no se haga, Padre, mi voluntad sino la tuya’ y en las manos del Padre entregue su espíritu en lo alto del Calvario. Comienza la ofrenda y comienza el sacrificio, comienza la entrega de amor y comienza a realizarse el Reino de Dios.
Pero al lado de toda esta escena contemplamos a María. Se le anuncia que una espada traspasará de dolor su corazón, pero ya su corazón está traspasado por el amor porque en ese amor ha hecho ya su entrega a Dios. También ella ha hecho la ofrenda de su voluntad para cumplir la palabra de Dios en su vida. ‘Aquí está la esclava del Señor, hágase en mi según tu palabra’. Es la esclava del amor, es la que ha entregado todo su corazón por amor a Dios, es la que ha plantado la Palabra de Dios en su corazón y de ella ha nacido Jesús. En silencio está María contemplando todo aquello que está sucediendo ante sus ojos en aquella mañana del templo, pero como siempre ella lo está guardando todo en su corazón.
Hoy nosotros los canarios la contemplamos resplandeciente y gloriosa presentándonos y ofreciéndonos a Jesús. Ella, María de Candelaria, la primera misionera de Canarias porque nos trajo la luz, porque nos trajo a Jesús. Así la contemplamos en su imagen con Jesús y con la luz como un signo en la candela que lleva entre sus manos. Pero esa candela es el signo que nos habla de Jesús; esa candela es la que hemos de tomar nosotros también de sus manos para llegar esa luz de Jesús a los demás, a cuantos están a nuestro lado.
María es la primera evangelizadora porque nos trae esa Buena Nueva de Jesús pero quiere que esa luz se siga trasmitiendo para que llegue e incendie todos los corazones en el amor de Jesús. Es la tarea que pone en nuestras manos, la tarea que en esta hora de nueva evangelización en la que estamos embarcados en nuestra tierra nosotros tenemos que comprometernos. No solo queremos acudir a María, visitándola en su santuario y llevándole todas nuestras penas y nuestros amores, sino que de allí tenemos que salir mas encendidos en esa luz que ella quiere trasmitirnos.
Como Moisés que bajó con el rostro encendido y resplandeciente de la montaña así nosotros salimos de la presencia de María resplandecientes con la luz del evangelio para llevarla a los demás, para iluminar a los demás. Bien necesita nuestro mundo tan lleno de dolor y de oscuridades de esa luz. Allí donde hay tanta indiferencia, tanta desgana y tanto egoísmo encendamos la luz del amor; allí donde siguen prevaleciendo las sombras del orgullo, de las envidias y rivalidades, de la violencia y de la insolidaridad encendamos nosotros esa luz del amor que los contagie y los transforme; allí donde hay tantos que han perdido el norte de su vida y ya nada creen y en nada esperan encendamos esa luz que nos trae María para que se transformen los corazones, renazcan las esperanzas y encontremos en Dios el sentido de nuestras vidas y la fuerza para nuestro caminar.
Nos gozamos hoy en esta fiesta de María de Candelaria, nos alegramos con la Madre y la felicitamos con todo  nuestro amor como los hijos saben hacer, pero sabemos que ese amor de Madre de María nos compromete y de su presencia no podemos salir de la misma manera; María nos ayuda a transformar nuestro corazón, pone nueva ilusión y esperanza en nuestras vidas, nos impulsa a amar con un amor nuevo que se enciende cada vez más en la hoguera del corazón de Jesús.

jueves, 1 de febrero de 2018

El equipaje más importante que hemos de llevar en nuestra vida es siempre un corazón lleno de amor, así será autentico nuestro anuncio del evangelio


El equipaje más importante que hemos de llevar en nuestra vida es siempre un corazón lleno de amor, así será autentico nuestro anuncio del evangelio

I Reyes 2,1-4.10-12; Marcos 6,7-13

¿A dónde vas con tanto equipaje? Quizá nos dijeron un día cuando nos vieron preparar la maleta para un viaje que íbamos a hacer. Empezamos a poner cosas y no acabamos, si nos puede faltar esto, si aquello otro lo voy a necesitar, esto lo llevo por si acaso lo necesite, y comenzamos a poner y poner cosas en el equipaje que luego no sabemos si lo podremos transportar.
Pero no es solo en los equipajes para los viajes turísticos o de trabajo que tengamos que hacer. La cosa está en que en la vida nos vamos llenando también de tantas cosas que se convierten en apegos que no nos dejan actuar con verdadera libertad. Miremos nuestras casa, nuestra habitación, las cosas que poseemos, ¿las necesitamos todas para ser verdaderamente felices? Más bien, como decíamos, nos restan libertad de movimientos en la vida, nos quitan generosidad y disponibilidad en nosotros porque nos sentimos apegados a ellas y parece que sin ellas no seríamos nadie. Pero ¿somos por las cosas que poseemos, o somos por lo que en nuestro propio interior valemos? Las cosas que poseemos se convierten en una rémora para nuestra vida. Un barco necesita cada cierto tiempo limpiar sus fondos, porque son tantas las cosas que se van apegando a su casco que no lo dejan deslizarse con la necesaria velocidad.
Por eso quizás nos sorprenda hoy las instrucciones que Jesús da a los discípulos que ha escogido como apóstoles cuando los envía a predicar, a anunciar el Reino. ‘Les encargó que llevaran para el camino un bastón y nada más, pero ni pan, ni alforja, ni dinero suelto en la faja; que llevasen sandalias, pero no una túnica de repuesto’. Y además les decía que no tenían que preocuparse donde habían de vivir sino aceptar la hospitalidad que les ofrecieran las gentes.
Solamente un bastón para el camino. Desprendimiento total, el único apoyo es el del amor, lo único que tiene que empujarnos a caminar es el amor. No vamos buscando intereses, no queremos beneficios, solo vamos a darnos, a repartir y compartir, a dar lo que más hondo llevamos en nuestro corazón, nuestra fe y nuestro amor. Es el anuncio que hemos de hacer, el Reino de Dios; es el testimonio que hemos de dar, que Dios nos ama y nos regala su amor. Por eso curamos, sanamos desde lo más hondo; son los enfermos del cuerpo, pero son los que necesitan resucitar el espíritu. Y eso se consigue solo con la fuerza del amor.
Es lo importante en nuestra tarea de evangelización. Algunas veces andamos un tanto confundidos y pensamos más en los medios materiales de los que dispongamos que en el propio mensaje que hemos de trasmitir. Los medios solo tienen que ser eso, medios, nunca en objetivos primordiales, porque el objetivo es el anuncio del Reino de Dios, es la vida de Dios. Por eso es el amor el que nos tiene que guiar; es de amor de lo que tenemos que llenar nuestro corazón; es el amor el verdadero equipaje de nuestra vida y es el que quizá algunas veces nos falta.
Nos dice muchas cosas este evangelio; para nuestra tarea evangelizadora dándole verdadera importancia a lo que ha de tenerlo, pero también para nuestra vida personal, en la que tenemos que desprendernos de tantos apegos. Que vivamos siempre con un corazón libre, un corazón limpio de apegos, un corazón generoso y desinteresado, un corazón lleno de amor.

miércoles, 31 de enero de 2018

Con qué facilidad queremos ensombrecer la luz que podemos recibir de los demás


Con qué facilidad queremos ensombrecer la luz que podemos recibir de los demás

2Samuel 24,2.9-17; Sal 31; Marcos 6,1-6

Ante quien comenzamos a ver destacar de entre nuestro entorno más cercano o de los que hemos conocido de siempre suelen surgir distintas reacciones; están los que se sienten orgullosos de que alguien de su pueblo vaya teniendo nombre propio y sea conocido por lo que sabe o por lo que hace, aunque también aparecen los que se quieren apuntar un tanto como quien arrastra el ascua hasta su propia sardina para decir que se conocen de siempre, que son amigos íntimos y no se cuantas cosas más; pero están también los que no soportan que alguien de sus vecinos destaque más que los demás, y surgen o se crean las desconfianzas, aparecen las envidias, se trata de desprestigiar de la forma que sea, les decimos que ya los conocemos y que detrás de tanta facha hay aviesas intenciones y así muchas cosas más; en un pueblo pequeño esto se multiplica de manera exagerada, mientras otros que se creen poderosos no pueden permitir que nadie les haga sombra.
Así somos los humanos, como aquello del perro del hortelano que ni como él ni deja comer al amo. No nos extrañe pues la reacción de las gentes de Nazaret ante la llegada de Jesús. A sus oídos habían llegado noticias de lo que hacia por Cafarnaún y otros lugares, cómo la gente lo acogía y corría detrás de él para escucharle, y cómo los enfermos eran curados por las obras maravillosas que realiza.
‘¿De dónde saca todo eso? ¿Qué sabiduría es ésa que le han enseñado? ¿Y esos milagros de sus manos? ¿No es éste el carpintero, el hijo de María, hermano de Santiago y José y Judas y Simón? Y sus hermanas ¿no viven con nosotros aquí?’
Son las reacciones y los comentarios cuando el sábado Jesús va a la sinagoga y hace el comentario a la lectura de los profetas que se ha proclamado. ¿Dónde ha aprendido todas esas cosas? ¿Quién se cree que es El? Y le quieren recordar que ellos bien lo conocen porque allí estas sus parientes y allí ha pasado su infancia y su juventud y a ningún sitio, a ninguna escuela rabínica ha ido a aprender. Qué bien refleja este texto lo que entre nosotros sucede tantas veces.
Nos dirá el evangelista que no hizo allí milagros por su falta de fe. Y Jesús les recuerda lo que era un dicho popular entre ellos: ‘No desprecian a un profeta más que en su tierra, entre sus parientes y en su casa’. Pero Jesús continúa su misión enseñando por otros lugares.
Creo que el mensaje que hoy quiere trasmitirnos la Palabra de Dios quiere incidir en nosotros en cómo acogemos nosotros la Palabra de Jesús; pero en concreto como acogemos esa Palabra que nos llega a través de la Iglesia y de sus ministros. Es cierto que los ministros de la Palabra han de testimoniar con su vida la Palabra que proclaman y el mensaje que quieren trasmitirnos, pero bien nos sucede cuantas veces somos críticos con lo que nos dicen o enseñan porque quizá están tocando muy directamente en las llagas de nuestra vida que habría que curar. Una nueva actitud de acogida nos está pidiendo hoy el Señor a través de su Palabra.
Pero recogiendo el primer pensamiento con el que iniciamos nuestra reflexión también tendríamos que pensar como acogemos y valoramos nosotros lo bueno de los demás. Hemos de aprender a quitar esos ‘peros’ que tantas veces ponemos en la vida a lo que recibimos de los otros.
Con qué facilidad queremos ensombrecer la luz que podemos recibir de los demás; cómo nos duele en muchas ocasiones que otros puedan resplandecer con su propia luz; cuántos sentimientos negativos aparecen fácilmente en nuestro corazón; qué manchado está el cristal a través del cual miramos a los otros porque dejamos que se peguen en nuestro corazón esos malos sentimientos y así pensamos o vemos a los demás. Quitemos esas vigas que se nos meten en nuestros ojos y que nos impiden mirar nítidamente la claridad que podamos recibir de los otros.

martes, 30 de enero de 2018

El camino se nos hace largo con sus oscuridades en la vida pero en la fe encontraremos siempre la luz al final que nos hace caminar con esperanza

El camino se nos hace largo con sus oscuridades en la vida pero en la fe encontraremos siempre la luz al final que nos hace caminar con esperanza

2Samuel 18,9-10.14b.24-25a.30–19,3; Sal 21; Marcos 5,21-43

La fe es un camino que no siempre es fácil, muchas veces se nos vuelve doloroso, parece que se  nos alarga sin fin hasta que podemos alcanzar la luz, pero hemos de saberlo recorrer con confianza, con perseverancia, siempre con deseos de búsqueda, abiertos a una vida nueva que se nos puede ofrecer.
En la vida tenemos momentos dolorosos, llenos de dificultades, donde todo parece que se nos vuelve oscuro. Serán las enfermedades, o serán los problemas de cada día en nuestra convivencia con los demás o en esas cosas que no nos salen como a nosotros nos gustaría, será ese camino de superación que se nos hace costoso porque muchos son los apegos de los que sabemos que tenemos que desprendernos o serán los vientos en contra que podamos encontrar cuando hay oposición a nuestras ideas o planteamientos o la imposibilidad que sentimos en nuestra propia debilidad para alcanzar las metas que deseamos, o pudieran ser los cantos de sirena que escuchamos desde muchos lados invitándonos a abandonar nuestra lucha para seguir caminos que nos dicen que son más fáciles y placenteros.
Ahí se va a descubrir la madurez de nuestra vida con nuestras luchas, con nuestra constancia, con la búsqueda sincera de la luz, con la apertura de nuestro corazón, con la trascendencia que le queremos dar a nuestra vida. El creyente ha de sentirse seguro en ese camino aunque nos pudiera parecer tenebroso en ocasiones, sabe de quien se FIA. El verdadero creyente sabe de la presencia de Dios que siempre está a nuestro lado aunque nos parezca que no lo veamos; el verdadero creyente se fía, se fía de la Palabra de Dios que viene a ser su fortaleza; el verdadero creyente sabe donde puede poner toda su confianza, porque Dios no le fallará.  Basta que nos mantengamos en nuestra fe.
Un hombre acude a Jesús porque ya es su última esperanza; tiene a su niña enferma que está en las últimas y acude a Jesús. Jesús se ofrece a ir a su casa. Parece que el camino se hace largo, gente que le sale al paso a Jesús, la mujer de las hemorragias que provoca también con su fe el milagro de su curación, los que viene a avisar que ya no hay nada que hacer porque su hija a muerto, la desolación que encuentra en su casa, todo se le vuelve oscuro. Pero Jesús le dice ‘No temas; basta que tengas fe’.
Es lo que necesitamos escuchar tantas veces nosotros en los caminos de nuestra vida, en nuestras luchas, en nuestros cansancios y desalientos, cuando nos falta la esperanza. Ahí está la Palabra de Jesús que nos invita a confiar. Encontraremos la luz; encontraremos la vida; saldremos adelante y venceremos porque tenemos asegurada la victoria con Jesús. ‘Yo he vencido al mundo’, nos dirá en otra ocasión. Y con Jesús nosotros podremos.
Nos acercaremos con confianza, como aquella mujer, que sabia que con solo tocarle el manto seria suficiente. Y lo fue. ‘Tu fe te ha curado. Vete en paz y con salud’, le dice Jesús. Nos lo dice a nosotros también. Sigamos en el camino, vayamos con Jesús, caminemos tras sus huellas, anunciemos a los demás las maravillas que el Señor hace en nosotros.
La gente se quedó viendo visiones, nos dice el evangelista cuando Jesús hizo volver a la vida a la niña. Lo vieron, lo experimentaron, lo palparon. Alababan a Dios que realiza tales maravillas. Nosotros somos testigos que hemos de dar testimonio de lo que vivimos, de nuestra fe, esa fe que nos alienta y nos hace caminar y encontrar la luz. Los que están a nuestro lado quizá no lo vean, solo vean oscuridad y muerte, pero nosotros que hemos encontrado la luz tenemos que enseñarles el camino de la luz. El mundo necesita nuestro testimonio; el mundo necesita testigos y nosotros tenemos que dar ese testimonio.

lunes, 29 de enero de 2018

Jesús nos está diciendo también ‘Vete a casa con los tuyos y anúnciales lo que el Señor ha hecho contigo por su misericordia’

Jesús nos está diciendo también ‘Vete a casa con los tuyos y anúnciales lo que el Señor ha hecho contigo por su misericordia’

2Samuel 15,13-14.30; 16,5-13ª; Sal 3; Marcos 5,1-20

No siempre aquello bueno que hacemos es comprendido y aceptado por los demás. Hay quien no entiende que uno quiera ser bueno; no se si es que estamos muy maleados en nuestro corazón que nos pueda parecer imposible que uno quiera hacer cosas buenas. También pueden aparecer por otro lado los intereses que nos guían en la vida y quizá aquello que hacemos venga a ser como un espejo donde nos veamos y nos demos cuenta lo malo que llevamos en el corazón.
Cuando nos materializamos en la vida viendo solo lo puedan ser ganancias y beneficios materiales, podemos fácilmente reaccionar si podemos ver en peligro esos intereses nuestros. Andamos demasiado por intereses terrenos y nos olvidamos quizá de darle altura a nuestra vida o tener otros ideales y otras metas más altas. Las cosas del espíritu las relegamos con demasiada frecuencia a un segundo plano, como solemos decir, para cuando tengamos tiempo. No todos tienen nuestras mismas metas, nuestros mismos objetivos, nuestra forma de ver las cosas y encarar la vida y eso puede producir ciertos choques de visión o de intereses.
Jesús había invitado, como hemos escuchado recientemente, a los discípulos a ir a la otra orilla. Ya reflexionamos sobre las peripecias de la travesía con la tempestad que sobrevino anuncio quizá de otras dificultades mayores. La otra orilla a la que llegaron Jesús y los discípulos en la barca era la región de los gerasenos; no eran judíos, tenían otras costumbres y otra manera de ver la vida, aunque también con sus dificultades y con sus problemas.
Claro que la llegada de Jesús, aunque les liberara de un problema que era aquel hombre poseído del mal que tanto daño les hacia, con el milagro que Jesús había hecho para liberar a aquel hombre del mal, había dañado sus intereses particulares. Por eso, aunque ven a aquel hombre curado y sin que ya les pudiera hacer daño, sin embargo le piden a Jesús que se marche a otro lugar; no quieren aceptar, ni recibir a Jesús. Y Jesús se embarcó y se fue a otro lugar. Nos enseña Jesús como tenemos que aprender a encajar los rechazos que podamos recibir en la vida por lo bueno que hacemos.
Pero hay un detalle en este final del episodio del evangelio. Aquel que había sido curado ahora quería irse con Jesús. ¿Sentimientos de gratitud? ¿O sentirse cautivado por Jesús por lo que había realizado en él? Pero Jesús no le deja irse con El sino que lo manda a su casa, a los suyos con un encargo. Ha de contar a todos las maravillas que Dios ha realizado en su vida. Le está pidiendo que sea portavoz de su evangelio, lo está de alguna convirtiendo en misionero y apóstol.
Creo que este detalle puede o debería provocar en nosotros una buena reflexión. Irse con Jesús significaría para aquel hombre marchar a otros lugares y quizá luego realizar también esa tarea de anuncio del evangelio en otros lugares más distantes. Pero en este caso Jesús quiere que vaya a los suyos, que se quede en su lugar, que sea allí ese evangelizador, ese portavoz de la Buena Nueva de la salvación de Jesús.
En nuestro interior y en nuestro amor por Jesús y su evangelio también sentimos quizá en ocasiones ese impulso de lanzarnos para ir a otros lugares, para ser misionero, para ir a hablar de Jesús en otras partes donde no lo conocen. Es necesario, es cierto, que haya misioneros que se lancen por el mundo en el anuncio del evangelio. Será a los que Dios llame con esa misión especial. Pero quizá nuestra llamada, nuestra vocación no está en lugares lejanos sino ahí donde estamos.
A unos le podría parecer cómodo porque no tendrán que desplazarse a otros sitios; pero quizá a otros les pueda parecer más difícil, porque no es precisamente a los nuestros, a los que son más cercanos a nosotros donde nos resulte más fácil hacer esa labor. Pero ahí en los cercanos, en los que nos rodean hacen falta esos misioneros y ese misionero puedes ser tú, puedo ser yo.
Nos daría esto para pensar mucho, para reflexionar y revisar cómo estoy yo siendo testigo del evangelio allí donde estoy, en mi propia casa o con mis vecinos, con mis familiares o con mis amigos, en mi lugar de trabajo o en donde hago mi vida social.
¿Hablamos de Jesús? ¿Tratábamos de trasmitir con valentía esos valores del Reino de Dios? ¿Actuamos según los criterios del evangelio sabiendo elevar nuestro espíritu o nos sentimos demasiado influenciados por el espíritu materialista y sensual de nuestro mundo? ¿Nos presentamos en nuestro actuar como personas llenas del Espíritu y que tenemos altos ideales y metas en nuestro corazón?
Merece la pena que nos lo pensemos, porque Jesús nos está diciendo también ‘Vete a casa con los tuyos y anúnciales lo que el Señor ha hecho contigo por su misericordia’. Es ahí donde primero tenemos que realizar nuestra tarea evangelizadora.