Vistas de página en total

miércoles, 1 de junio de 2016

Creemos en Jesús y sabemos que en El tenemos la resurrección y la vida en la plenitud de Dios

Creemos en Jesús y sabemos que en El tenemos la resurrección y la vida en la plenitud de Dios

2Timoteo: 1,1-3.6-12; Sal 122; Marcos 12,18-27

‘Yo soy la resurrección y la vida’, proclamaría Jesús allá junto a la tumba de Lázaro. Dios nos quiere la muerte, Dios quiere que tengamos vida la tengamos en abundancia. Y Jesús nos promete a quienes creamos en El que tendremos vida y que tendremos vida para siempre. Por eso nos habla de resurrección.
¿En qué consiste esa vida y esa resurrección? Hablamos y pensamos con categorías humanas teniendo como imagen lo que es nuestra vida de ahora, lo que ahora vivimos y nos cuesta trascendernos para entender bien lo que Jesús nos ofrece cuando nos habla de resurrección y de vida eterna. En nuestra mente y en nuestra imaginación pensamos en una vida como la de ahora, como la vida presente, pero ya Jesús nos está diciendo que es algo distinto, que tiene un sentido espiritual.
Es lo que no entendían los saduceos como vemos hoy en el evangelio. Ellos negaban la resurrección como la existencia de los ángeles. Y desde esas categorías humanas le plantean a Jesús sus dudas, o más bien lo que ellos querían negar, el sentido de la resurrección. Por eso le hablan de aquella ley que tenían los judíos de la obligación de casarse el hermano con la viuda de su hermano para darle descendencia. Amplían el ejemplo poniendo la situación de siete hermanos que se casan uno tras otro sin lograr la descendencia, pero para plantear que en la vida futura de quien sería esposa aquella mujer. Y ya hemos escuchado las palabras de Jesús. La vida futura no es una repetición de lo que ahora vivimos. ‘Estáis equivocados, porque no entendéis la Escritura ni el poder de Dios. Cuando resuciten, ni los hombres ni las mujeres se casarán; serán como ángeles del cielo’. Es una nueva plenitud de vida la que Dios quiere darnos.
Entramos en un ámbito misterioso y espiritual que nos cuesta entender, tenemos que aceptar. Y es aquí donde hemos de poner en juego, por así decirlo, nuestra fe, creer en las palabras de Jesús, creer en esa vida de plenitud que El nos ofrece. La imaginación nos puede jugar malas pasadas en este sentido y nos puede llenar de confusiones. En Dios encontraremos la plenitud de lo mejor que podemos desear en nuestra vida. Y esa vida eterna es vivir en Dios en plenitud, vivir en la plenitud de Dios.
Como recordábamos al principio las palabras de Jesús en Betania junto a la tumba de Lázaro creemos en Jesús y queremos tener vida para siempre. ‘Todo el que vive y cree en Mí, aunque haya muerto vivirá y yo lo resucitaré en el último día’. No es una resurrección como la de Lázaro aquel día que fue un volver a su misma vida y un día habría de morir. Es un resucitar como fue la resurrección de Jesús para vivir para siempre en Dios. Pongamos nuestra fe en El.

martes, 31 de mayo de 2016

Como María en su visita a Isabel con nuestro amor estamos llevando a Dios a los demás

Como María en su visita a Isabel con nuestro amor estamos llevando a Dios a los demás

Sofonías 3, 14-18; Sal.: Is 12, 2-3. 4bcd. 5-6; Lucas 1, 39-56

Cuando el corazón rebosa de amor no hay obstáculo que impida su camino. Es el corazón de María que la pone en camino hasta la montaña, a la casa de su prima Isabel. Corrió presurosa, dice el evangelio. Pero es que el corazón de María estaba inundado de Dios.
La llena de gracia, le había dicho el ángel, porque había encontrado gracia ante Dios y Dios estaba con ella. Ahora estaba inundada del Espíritu de Dios que le hacia concebir un hijo, el Hijo del Altísimo, y nada podía ya impedir aquel camino que había emprendido. El mismo ángel que le había anunciado que iba a ser la Madre de Dios, porque estaba llena de la gracia de Dios, le había comunicado la buena nueva de que su prima Isabel estaba encinta esperando un hijo. No había tiempo que perder. Cuando el corazón rebosa de amor siempre nos ponemos en camino. Es lo que hizo María.
Es el camino del amor, es el camino del servicio. Allí estaba la Madre de Dios, como reconocería Isabel al saludarla, que con la presencia de María también se llenó del Espíritu Santo, pero María iba realizando en su vida lo que era la Buena Nueva de Jesús. La grandeza está en el servicio. Si el Hijo del Hombre no había venido – ella ahora lo llevaba en sus entrañas – para ser servido sino para servir, ¿qué es lo que podía hacer María al enterarse de la buena noticia que le había comunicado el ángel?
Reconoce María las maravillas que el Señor hace en ella que se siente la humilde esclava del Señor como reconocerá que todas las generaciones a lo largo de los siglos cantarán alabanzas en su nombre. Pero en María no hay orgullo, en María todo es para la gloria del Señor. Por eso le canta agradecida, proclama su alma las grandezas del Señor. Y lo hace desde el amor, desde el servicio.
Cantamos nosotros hoy también a María cuando celebramos su visita a su prima Isabel. Cantamos a María y alabamos al Señor que nos la ha dado como Madre. Cantamos a María y nuestra alabanza es querer imitar en nosotros su amor. Que llenemos nuestro corazón de amor a imitación de María, pero que como María nos dejemos inundar de Dios; que la gracia del Señor llene nuestro corazón para que así rebosemos de amor y hagamos de nuestra vida siempre una vida de servicio a los demás.
No temamos ponernos en camino como María; la fortaleza de la gracia del Señor abrirá nuestros ojos y nuestro corazón para descubrir allí donde tenemos que prestar ese servicio de amor. Pensemos que, como María, con nuestro servicio de amor estamos llevando a Dios a los demás.

lunes, 30 de mayo de 2016

Con sinceridad hemos de ponernos siempre ante la Palabra del Señor reconociendo que quiere hablarnos en concreto a nuestro corazón

Con sinceridad hemos de ponernos siempre ante la Palabra del Señor reconociendo que quiere hablarnos en concreto a nuestro corazón

2Pedro 1,1-7; Sal 90; Marcos 12,1-12

‘Jesús se puso a hablar en parábolas a los sumos sacerdotes, a los escribas y a los ancianos…’ y al final del texto de la parábola el evangelista nos dice: ‘Intentaron echarle mano, porque veían que la parábola iba por ellos; pero temieron a la gente, y, dejándolo allí, se marcharon’.
Es la parábola bien conocida del viñador que prepara su viña y la arrienda a unos jornaleros que luego se negaran a rendir sus frutos al dueño, maltratando incluso a los enviados por el dueño a cobrar sus rentas y que terminan por matar al hijo para apoderarse de la viña. Una parábola, es cierto, que refleja la historia de Israel en la respuesta que dan a todo cuanto el Señor ha hecho por su pueblo. Una referencia clara a lo que en aquellos momentos sucede en la no acogida que están haciendo de Jesús al que rechazan e incluso le llevarán a la muerte, con lo que tiene también un cierto sentido profético de anuncio de lo que le va a suceder a Jesús.
‘Veían que la parábola iba por ellos’. Pero no nos contentamos nosotros con pensar en esa referencia que Jesús hace de los sumos sacerdotes de su tiempo, de los escribas o de los ancianos. Y nosotros ¿sentiremos que la parábola va también por nosotros? Aquí tendríamos que reconocer cuantos dones y gracias hemos recibido del Señor y analizar cual es la respuesta que nosotros damos a esa gracia del Señor.
También nosotros de alguna manera manipulamos la Palabra que recibimos del Señor y su gracia, porque nos hacemos nuestras propias interpretaciones y de tantas maneras queremos justificarnos por la respuesta que no damos. Aceptamos aquello que nos parece que nos conviene, pero decimos que nos conviene porque no nos obligue quizá a un cambio en nuestra manera de hacer las cosas, un cambio de actitudes en nuestro corazón, o porque simplemente muchas veces cuando escuchamos la Palabra pensamos en lo bien que le viene a los demás, y se la queremos aplicar a este o a aquel, pero no nos la aplicamos a nosotros mismos.
Con sinceridad tenemos que ponernos ante el Señor y reconocer cuantas reservas nos hacemos para nosotros mismos para no dar ese paso, para no realizar ese cambio que tendríamos que realizar en nuestra vida, para no tener esa actitud nueva que sabemos que tendríamos que tener hacia los demás, hacia personas concretas que nos cuesta quizá aceptar. Pensemos en cuantas debilidades en nuestra vida que nos hacen resbalar por la pendiente de la rutina, del mínimo esfuerzo, del dejar para otro momento eso que sabemos que tendríamos que hacer.
Sintamos con toda sinceridad que la parábola viene por nosotros; cada uno hemos de escucharla como dicha directamente a su corazón, porque es así como siempre hemos de escuchar la Palabra de Dios para que en verdad demos fruto, esos frutos de gracia que nos pide el Señor.

domingo, 29 de mayo de 2016

Aprendamos a hacernos Eucaristía porque abramos nuestro corazón a los demás dándonos como Jesús lo hacia y el mundo tendrá vida

Aprendamos a hacernos Eucaristía porque abramos nuestro corazón a los demás dándonos como Jesús lo hacia y el mundo tendrá vida

Génesis 14, 18-20; Sal 109; 1 Corintios 11, 23-26; Lucas 9, 11b-17
‘La Iglesia se realiza en la Eucaristía’, nos decía el concilio Vaticano II. En este mismo sentido tenemos que decir que el cristiano se realiza en la Eucaristía, el cristiano, verdadero seguidor de Jesús, tiene que hacerse Eucaristía. Haciéndose Eucaristía se realiza en plenitud como cristiano.
Hoy es una fiesta grande de la Eucaristía. Siempre la Eucaristía es fiesta porque es celebrar la bondad y la misericordia del Señor que así se nos da haciéndose comida, haciéndose vida nuestra. La liturgia, sin embargo, tiene el día grande de la Eucaristía al inicio del Triduo Pascual cuando conmemoramos su institución, en el día del Jueves Santo. Pero aquí está una fiesta de la Eucaristía que ha nacido de la entraña del pueblo cristiano. Quizá en unas épocas en que distintos errores querían minusvalorar la Eucaristía y no darle todo su sentido hizo que de la devoción del pueblo cristiano naciera esta fiesta en que queremos llevar a Cristo Eucaristía más allá de nuestros templos, haciendo que nuestras calles y plazas se conviertan en un templo grande de la Eucaristía en la prolongación de la celebración en nuestras procesiones eucarísticas.
San Pablo nos recuerda la tradición recibida del Señor. Nos relata lo que aquellas primeras comunidades cristianas ya celebraban y vivían como algo recibido del Señor, lo que el Señor en la noche en que iban a entregarlo realizó y nos mandó realizar para siempre. ‘Esto es mi cuerpo que se entrega por vosotros… esta copa es la nueva alianza sellada con mi sangre… haced esto en memoria mía… así proclamáis la muerte del Señor hasta que vuelva…’ Es la entrega, es el amor, es la vida para siempre. Así quiso ser nuestro alimento, nuestra vida. Así quiso que nos uniéramos a El para vivir su misma entrega, para vivir su mismo amor, para vivir su misma vida.
Contemplamos en el evangelio cómo Jesús acoge a todos los que vienen a El. ‘Se puso a hablar a la gente del Reino de Dios, y curó a los que lo necesitaban’. Es el anuncio del Reino, es la realización del Reino de Dios. Se manifiesta en la acogida de Jesús y en la proclamación de la Buena Nueva. Se manifiesta y se realiza cuando curaba a los enfermos y liberaba del mal. Se manifiesta y se realiza cuando El mismo se da y se nos hace alimento de nuestra vida. Más que darnos un pan milagrosamente multiplicado se nos está dando El mismo cuando pone en nosotros nuevas actitudes y nuevas maneras de hacer las cosas.
Allí está aquella muchedumbre con sus ansias de Dios, con sus problemas y sus necesidades, con sus sufrimientos de todo tipo y sus enfermedades, con sus carencias de alimentos en aquel momento concreto porque llevan muchos días detrás de Jesús y se han terminado quizá sus previsiones.
Surge la postura que parecería la normal: ‘que vayan a las aldeas y cortijos de alrededor a buscar alojamiento y comida; porque aquí estamos en descampado’. Son las indicaciones que surgen espontáneamente de los discípulos cercanos a Jesús. Que cada uno se las arregle, que busquen donde puedan encontrar. Pero no es ese el camino de Jesús, el estilo y sentido del Reino.
‘Dadles vosotros de comer’. ¿Qué podemos hacer nosotros si estamos en la misma situación que ellos? Tampoco nosotros tenemos, pues solo quedan unos pocos panes y un poco de pescado, ¿qué es esto para tantos? Reaccionamos así tantas veces cuando vemos necesidades a nuestro alrededor y en lo que tendríamos que implicarnos y complicarnos. Como dicen ahora Europa no puede soportar la exigencia de tantos emigrantes y desplazados que aparecen junto a sus fronteras buscando una vida mejor. No tenemos trabajo ni para los que vivimos aquí de siempre, ¿cómo vamos a ayudar a tantos que nos llegan de todas partes? Son cosas que decimos, que pensamos, que manifiestan actitudes, reconozcámoslo, insolidarias y egoístas de nuestro corazón.
‘Dadles vosotros de comer’. Y mandó que la gente se sentase en el suelo. ‘El, tomando los cinco panes y los dos peces, alzó la mirada al cielo, pronunció la bendición sobre ellos, los partió y se los dio a los discípulos para que se los sirvieran a la gente. Comieron todos y se saciaron, y cogieron las sobras: doce cestos’.
Todo un gesto eucarístico el que se realiza. Serán los mismos gestos que Jesús hará en la cena pascual y que como tradición nos relataba san Pablo. Se repartieron aquellos panes y hasta sobró. Algo nuevo estaba sucediendo. Es el Reino de Dios que se está palpando. Se desprendieron de aquellos panes y los repartieron y todos pudieron comer hasta saciarse. Y ya no fue solo el hambre física, podríamos decir, lo que se estaba saciando. Se estaban saciando de Dios.
¿Nos enseñará algo para esta fiesta de la Eucaristía que hoy estamos celebrando? ¿Aprenderemos a hacernos Eucaristía de la misma manera porque abramos nuestro corazón a los demás como Jesús lo hacía, porque aprendamos a desprendernos y despojarnos de nosotros mismos por los demás porque también queremos repartir vida? el mundo que nos rodea está ansioso de vida aunque no sepa donde o como encontrarla; nosotros se la podemos ofrecer, se la tenemos que ofrecer.
Tenemos que aprender a hacernos Eucaristía que es algo más que venir al templo a celebrar un rito. Venimos, sí, hasta Jesús con lo que es nuestra vida, también con nuestros dolores o con nuestras inquietudes, porque sabemos que en El encontramos esa vida que necesitamos, pero hemos de venir también con nuestro corazón abierto para aprender a darnos, a entregarnos, a dar vida a los demás. Tenemos que aprender a hacernos Eucaristía porque así siempre nos demos con amor a los demás. Así viviremos con mayor plenitud nuestra vida cristiana.


sábado, 28 de mayo de 2016

Los que seguimos a Jesús siempre tenemos que ser constructores de unidad y concordia ayudando a valorar siempre lo bueno que hagan los demás

Los que seguimos a Jesús siempre tenemos que ser constructores de unidad y concordia ayudando a valorar siempre lo bueno que hagan los demás

Judas 17.20b-25; Sal 62; Marcos 11, 27-33

Si en la vida fuéramos capaces de aceptarnos mejor los unos a los otros, de valorar lo bueno que hay en los demás aunque tengan distinta manera de pensar o de enfocar las cosas, si supiéramos tener en cuenta ese granito de arena bueno que el otro ha puesto también en la construcción de nuestra sociedad, cuánto bien podríamos hacer, cómo sería más fácil la convivencia y cómo avanzaríamos en la construcción de ese mundo mejor.
Pero bien sabemos que eso nos cuesta, porque vemos demasiado a los otros como unos contrincantes contra los que luchar y fácilmente tenemos la tentación de destruir todo lo que el otro haga, simplemente porque no lo he hecho yo o porque no aceptamos de ninguna manera las cosas buenas que hacen los otros. Eso lo estamos viendo cada día en nuestras relaciones de vecinos, en cualquier reunión de vecinos o asamblea que se convoque en nuestro ámbito para tratar de caminar juntos y ponernos unos objetivos para conseguir que las cosas vayan mejor, en el ámbito de la vida política en la que no somos capaces de entendernos cuando tendríamos que perseguir todos los mismos objetivos de hacer que nuestra sociedad marcha mejor.
Nuestros orgullos, resentimientos, envidias hacen que no nos entendamos y que de alguna manera sea destructores de todo lo que puedan hacer los demás. No somos capaces de aceptar lo bueno que hayan podido hacer los otros. Así nos va en nuestra sociedad y lo estamos viendo de una forma palpable en nuestra situación actual de la que no terminamos de salir.
Nosotros los seguidores de Jesús no nos podemos dejar envolver por ese ambiente tan destructivo, tendríamos que ser siempre constructores de unidad y de concordia, tenemos que aprender a valorar siempre lo bueno, por pequeño que sea, que hagan los demás, tendríamos que ayudar a nuestros convecinos a buscar ese entendimiento y esa aceptación mutua. Eso tiene que arrancar de ese amor que tenemos como distintivo de nuestra vida y el amor siempre tiene que ser constructivo, hacedor del bien y de lo bueno.
Esto lo descubrimos hoy en el evangelio que se nos propone en este día en que vienen pidiéndole explicaciones a Jesús de lo que hace. ‘¿Con qué autoridad haces esto? ¿Quién te ha dado semejante autoridad?’ le preguntan cuando ha expulsado a los vendedores del templo para purificarlo y que fuera en verdad el lugar del culto y la casa de oración como tendría que ser. No reconocen la autoridad de Jesús, no son capaces de aceptar sus buenas obras, siempre andarán con la sospecha de por qué hace las cosas, quieren atribuirle, como hemos visto en otras ocasiones, al poder del mismo Satanás el expulsar los demonios.
No nos extrañe que nos encontremos dificultades y que haya gente que no acepte lo bueno que podamos hacer. Siempre habrá quien ande con sus prejuicios, sus sospechas, sus maquinaciones. Nosotros hagamos el bien, reconozcamos todo lo bueno que hay en los otros, y aprovechemos todo lo bueno que podamos encontrar en nuestro entorno para ser constructores de esa nueva sociedad.

viernes, 27 de mayo de 2016

No podemos ser solo una higuera llena de hojas sino que en nuestra vida se han de manifestar los frutos del amor como respuesta al amor eterno de Dios

No podemos ser solo una higuera llena de hojas sino que en nuestra vida se han de manifestar los frutos del amor como respuesta al amor eterno de Dios

1Pedro 4,7-13; Sal 95; Marcos 11, 11-26

Vio de lejos una higuera con hojas y se acercó para ver si encontraba algo; al llegar no encontró más que hojas…’ Caminaba desde Betania a Jerusalén y dice el evangelista que Jesús sintió hambre. Pero en la higuera todo se había quedado en hojas, no tenía fruto.
Una imagen bien significativa de lo que Dios pedía de su pueblo; una imagen bien significativa de lo que nos pide a nosotros también. Ya nos hablaba el profeta de la viña amada que tanto había cuidado su amo, pero que no dio uvas buenas, sino agraces; ya nos hablará Jesús también de la viña en la parábola en la que tanto empeño había puesto el amo para confiarla luego a unos labradores que la cuidaran y rindieran fruto, pero no lo hicieron. En el mensaje del evangelio siempre hemos de ver la relación de unos textos con otros y como se explican mutuamente.
Hay una referencia clara al pueblo de Israel. Ahí estaba su historia, una historia de salvación, una historia de amor de Dios por su pueblo a lo largo de la historia; cuánto había hecho por su pueblo con sus profetas y reyes, con la liberación de Egipto y el paso del mar Rojo, con la travesía por el desierto guiados por Moisés, a la sombra de la nube que los cubría, con la luz de la salvación que les conducía. Y ya sabemos bien la respuesta.
Pero el texto de hoy nos relata más cosas, porque al llegar al templo y ver su situación Jesús quiere purificarlo. ‘¿No está escrito: Mi casa se llamará casa de oración para todos los pueblos? Vosotros, en cambio, la habéis convertido en cueva de bandidos…’ El lugar santo que tenia que servir para dar culto al Señor, para el encuentro vivo con Dios en la escucha de la Ley y los Profetas y en el cántico de alabanza al Creador se había convertido en un mercado. 
Cómo tenemos la tentación de profanar lo más santo, de convertir aquello que tendría que ayudarnos a nuestro encuentro con el Señor en algo que satisfaga nuestros intereses o busque acrecentar nuestras ganancias. Cuantas tentaciones tenemos de manipular lo más religioso y sagrado solo buscando nuestro interés egoísta. Cómo queremos manipular o chantajear de alguna manera a Dios en nuestra relación con El porque realmente no buscamos la gloria del Señor. ‘El culto que me dan está vacío…’ es la queja del Señor a través de los profetas y que nos refleja también el evangelio.
Por eso hoy tenemos que preguntarnos con toda sinceridad tras la escucha de este evangelio cuál es el fruto que nosotros estamos dando como respuesta a todo lo que es el amor del Señor que de manera tan maravillosa se derrama sobre nuestra vida.
Jesús terminará hablándonos de la fe, la fe capaz de mover montañas, cuando en verdad ponemos toda nuestra confianza en el Señor. No se trata, entendemos bien, de cambiar la geografía de cuanto nos rodea, sino de esa transformación de nuestro corazón. No es un adorno externo que nos ponemos, sino que tiene que ser algo hondo que en verdad transforme y de un sentido nuevo a nuestra vida. Esa fe que nos hace sentirnos amados por un Dios que es Padre del que verdaderamente hemos de sentirnos hijos amados.

jueves, 26 de mayo de 2016

Un ciego al borde del camino que nos inquieta en el corazón con sus gritos suplicantes o simplemente con la presencia de su discapacidad 1

Un ciego al borde del camino que nos inquieta en el corazón con sus gritos suplicantes o simplemente con la presencia de su discapacidad

1Pedro 2,2-5.9-12; Sal 99; Marcos 10,46-52

‘Muchos le regañaban para que se callara’, dice el evangelista que fue la reacción de algunos que acompañaban a Jesús ante los gritos del ciego Bartimeo. Siempre me ha hecho pensar este episodio. Parecería lo más lógico que tal como iban acompañando a Jesús en el camino hacia Jerusalén y dando por supuesto que en ellos habría fe en Jesús, que muchos habrían sido testigos de sus milagros o incluso beneficiarios de los mismos, más bien alentaran al ciego para que le pidiera a Jesús la curación de su ceguera.
Pero le regañaban para que se callara… Molestaban quizá los gritos del ciego porque les impediría que ellos escucharan lo que Jesús iba diciendo; o molestaba más bien aquella ceguera que pudiera estar recordándoles otras cegueras, las que ellos mismos llevan en el alma; molestaba ver a su lado a una persona con una discapacidad, desde aquel concepto que tenían de que la enfermedad era un castigo del pecado, y vete a saber qué habría hecho aquel hombre para que se hubiera quedado ciego; nos molesta, nos repugna quizá en ocasiones encontrarnos con personas con discapacidades que tratan de moverse a pesar de su imposibilidad, de hacer cosas a pesar de sus limitaciones, de vivir con dignidad de personas aunque haya discapacidades físicas, cuando nosotros con la entereza quizá de nuestros miembros nos consideramos quizá mejores o con mayor dignidad; nos molestan porque quizá nos recuerden muchas cosas, o porque tenemos miedo de que un día nosotros nos podamos ver así. En muchas cosas podemos pensar, pero no somos tan distintos de aquellos que regañaban al ciego para que se callase.
La presencia de Jesús tendría que recordarnos o enseñarnos muchas cosas. Como sucedió entonces. Jesús sí se detuvo junto al camino para escuchar y atender aquellos gritos. ‘Jesus se detuvo y dijo: llamadlo. Llamaron al ciego diciéndole, ánimo, levántate que te llama’. Bastó el gesto de Jesús para que cambiara la actitud de aquellas personas. Ahora ellos también se interesaban por él, ahora también le ayudaban para que se pudiera acercar a Jesús.
Cómo tenemos que aprender a tener los mismos gestos de Jesús. Muchas veces no hace falta muchas cosas. Tampoco es una compasión paternalista la que hemos de tener hacia el pobre o el discapacitado. Compasión, sí, porque es amor, pero sabiendo detenernos, ponernos a su lado, ofrecer una palabra o una mirada, tender nuestra mano o nuestro corazón donde encuentre apoyo, ayudar a que con dignidad siga caminando hacia delante. La pobreza o la discapacidad no merma la dignidad de la persona que está por encima de todas esas limitaciones que pudiera haber en nuestra vida; la dignidad la perdemos por otras cosas o razones.
‘¿Qué quieres que haga por ti?’ Es la pregunta de Jesús y ha de ser nuestra actitud. Quizá solo nos pidan cercanía y una mano tendida que ayude a caminar, una palabra de aliento, o una presencia que estimule a vivir con dignidad. Cuánto podemos hacer cuando hay amor del bueno en nuestro corazón. 

miércoles, 25 de mayo de 2016

Nos cuesta entender lo que pueda significar sacrificio y dolor para vivir el cáliz de la entrega y del amor para hacernos servidores de todos como Jesús

Nos cuesta entender lo que pueda significar sacrificio y dolor para vivir el cáliz de la entrega y del amor para hacernos servidores de todos como Jesús

1Pedro 1, 18-25; Sal 147; Marcos 10, 32-45

Da la impresión que Jesús tiene prisa; nos dice el evangelista que mientras caminaban subiendo a Jerusalén se les adelantaba, de manera que los discípulos se extrañaban y lo seguían asustados. Presentían que algo quería decirles Jesús, que algún anuncio importante tenía que hacerles.
Efectivamente tomando aparte a los doce comienza a hacerles el anuncio: ‘Mirad, estamos subiendo a Jerusalén, les dice, y el Hijo del hombre va a ser entregado a los sumos sacerdotes y a los escribas, lo condenarán a muerte y lo entregarán a los gentiles, se burlarán de él, le escupirán, lo azotarán y lo matarán; y a los tres días resucitará’. Pero como tantas veces les sucede no entienden, no terminan de comprender lo que Jesús les está anunciando. ¿Cómo van a entregarlo a los gentiles? ¿Cómo es eso que se burlarán de él, lo escupirán, lo azotarán, le darán muerte? Y eso que está diciendo de la resurrección al tercer día ¿quién lo puede entender?
Nos cuesta entender lo que pueda significar sacrificio y dolor, sobre todo cuando parece que todas las cosas marchan bien. Nos hacemos nuestras ideas. Queremos que todo marche como la seda y no nos pase nada. Por eso los discípulos cuando ven que hay mucha gente que sigue a Jesús, que le escuchan, que son capaces de marcharse al descampado con tal de estar con Jesús, no pueden imaginar que las cosas puedan cambiar. Nos sucede tantas veces en la vida y no terminamos de prepararnos para cuando puedan llegar esos momentos más difíciles.
Y aun así las ambiciones se despiertan en el corazón. Como a los dos hermanos Zebedeos. Acaban de escuchar a Jesús que habla de entrega y de muerte y ellos ahora vienen pidiendo puestos de gloria. Uno a tu derecha y otro a tu izquierda, todo el poder para ellos, que nadie se les adelante. Por eso surgirán también en los demás las desavenencias, las desconfianzas, los celos, quizás.
Pero Jesús les habla claro. ‘No sabéis lo que pedís’, les dice. ¿No me habéis oído hablar ahora mismo de entrega, de pasión, de muerte? ¿No habéis terminado de entender el bautismo de sangre por el que he de pasar? ‘¿sois capaces de beber el cáliz que yo he de beber, o de bautizaros con el bautismo con que yo me voy a bautizar?’ Y ellos muy entusiasmados, no sé si conscientes del todo de la respuesta que daban dijeron que sí.
‘El cáliz que yo voy a beber lo beberéis, y os bautizaréis con el bautismo con que yo me voy a bautizar’. Costará entenderlo, costará aceptarlo pero el seguimiento de Jesús entraña vivir su misma vida, vivir su misma entrega, pasar por su misma pascua. Porque el amor tiene sus exigencias, seguir a Jesús no es simplemente dejarnos llevar, vivir el plan de vida que Jesús nos propone significará también tomar nuestra cruz, hacer nuestras renuncias, ofrecer el sacrificio de nuestra vida. Y Jesús les hablará de hacerse el último y el servidor de todos, porque es lo que Jesús mismo ha hecho. ‘Porque el Hijo del hombre no ha venido para que le sirvan, sino para servir y dar su vida en rescate por todos’.
¿Estaremos nosotros dispuestos también a beber el cáliz del Señor y bautizarnos en su mismo bautismo?

martes, 24 de mayo de 2016

Aquello que somos, aquellos valores que hay en nosotros tenemos que desarrollarlos, no en la búsqueda de grandezas humanas sino en el espíritu de servicio para que nuestro mundo sea mejor

Aquello que somos, aquellos valores que hay en nosotros tenemos que desarrollarlos, no en la búsqueda de grandezas humanas sino en el espíritu de servicio para que nuestro mundo sea mejor

1Pedro 1, 10-16; Sal 97; Marcos 10, 28-31

‘Ya ves que nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido’. Un día Jesús había pasado junto al lago donde estaban repasando las redes después de una noche de pesca y Jesús les había invitado a seguirle para ser pescadores de hombres, y ellos lo habían dejado todo, barca, redes, familia por seguir a Jesús. Su palabra los había cautivado. Con El habían marchado sabiendo que el hijo del hombre no tiene donde reclinar su cabeza. Con desprendimiento total, dando su tiempo y su vida por El lo habían seguido por los distintos caminos de Galilea y de Palestina. ¿Qué podían esperar?
Cuando habían soñado en lugares de honor, en primeros puestos en el Reino que anunciaba Jesús, les había dicho que entre ellos no podía ser a la manera de los poderosos de este mundo que buscan lugares de honor, poder, influencia. El estilo que Jesús les proponía era bien distinto porque hablaba de servir, de hacerse el último y se había propuesto El mismo como ejemplo porque el Hijo del Hombre no había venido a ser servido, sino a ser servidor y el último entre todos. Así se lo había dejado claro a los hermanos Zebedeos cuando habían pedido un puesto uno a la derecho y otro a la izquierda en su Reino.
En el fondo del corazón humano siempre aparecen ambiciones, deseos, aspiraciones y nos sentimos tentados e influenciados por lo que hay a nuestro alrededor. Es cierto que Jesús nos enseña en que tenemos que desarrollar todas nuestras capacidades, todo esos valores que hay en nosotros y que el talento no lo podemos enterrar sino que hemos de saberlo poner a negociar. Aquello que somos, aquellos valores que hay en nosotros tenemos que desarrollarlos, pero no es en la búsqueda de grandezas humanas sino en el espíritu de servicio con el que nosotros podemos hacer con esos valores que tenemos y desarrollamos que nuestro mundo sea mejor. Es la actitud del servicio al bien de los demás lo que tendría que definirnos de verdad.
El desprendimiento con que vivamos nuestra vida tiene su premio ya en la propia satisfacción que sentimos en nuestro interior; sentir paz en nuestro corazón porque hacemos el bien, contemplar la felicidad que brilla en los otros cuando se sienten amados y comprendidos, sentir el gozo de que los que están a nuestro lado van progresando en su vida, van avanzando en el logro de sus metas, son capaces de superarse para salir de situaciones difíciles, y en ello nosotros contribuimos con lo bueno que podamos hacer, son satisfacciones que sentimos también en nuestro interior y que nos llenan de felicidad aunque hayamos tenido que olvidarnos de nosotros mismos.
Entendemos así las palabras con las que responde Jesús a Pedro. ‘Os aseguro que quien deje casa, o hermanos o hermanas, o madre o padre, o hijos o tierras, por mí y por el Evangelio, recibirá ahora, en este tiempo, cien veces más -casas y hermanos y hermanas y madres e hijos y tierras, con persecuciones-, y en la edad futura, vida eterna’. Pero no olvidemos que nuestro premio no está solo en estas satisfacciones humanas que ahora podemos sentir cuando vamos haciendo el bien, sino que Jesús nos promete una vida eterna. Es la recompensa del Reino de los cielos en plenitud que un día podremos vivir.
‘Muchos primeros serán últimos, y muchos últimos primeros’.

lunes, 23 de mayo de 2016

Somos buenos y hasta cumplidores pero necesitamos un paso más de desprendimiento y vaciamiento interior para encontrar el verdadero tesoro

Somos buenos y hasta cumplidores pero necesitamos un paso más de desprendimiento y vaciamiento interior para encontrar el verdadero tesoro

1Pedro 1, 3-9; Sal 110; Marcos 10, 17-27

Hay gente buena en la vida que hace cosas buenas. Comencemos con un pensamiento positivo, aunque luego hagamos algunas matizaciones. Pero estamos acostumbrados a ver todo siempre con sombras negativas que parece que todos y siempre somos malos. Es cierto que no somos perfectos, que tenemos nuestras limitaciones y hay muchos ‘peros’ en nuestra vida pero reconozcamos que hay gente que hace las cosas bien, que trata más o menos de ser fiel a los mandamientos y trata de dar una cierta honradez a su vida.
Quizá es un estado de bondad natural que hay en nosotros, queremos ser justos y no hacer daño a nadie, portarnos con cierta dignidad y lo que no queremos que nos hagan nosotros tampoco queremos hacerlo a los demás. Un estado de buena voluntad, podríamos decir.
Pero cuando hablamos de seguimiento de Jesús, todo lo que hace referencia a una vida cristiana, es cierto que no nos podemos quedar ahí. El camino de seguimiento de Jesús es un camino de superación, de crecimiento interior que se ha de manifestar en una mayor perfección y plenitud en las cosas que hacemos cada día. No nos podemos contentar con decir que somos buenos y que cumplimos; seguir a Jesús implica mucho más, porque hay que poner unas actitudes nuevas en nuestro corazón que se manifestarán en lo que luego iremos creciendo espiritualmente y en esos deseos de superación cada día más en nosotros.
Hoy se acerca a Jesús un hombre bueno; es fiel y es cumplidor, pero quizá escuchando a Jesús vislumbra allá en su interior que no puede quedarse solo en eso bueno que hace cada día cuando cumple formalmente los mandamientos. ‘Maestro bueno, ¿qué he de hacer para heredar la vida eterna?’ es la petición que le hace a Jesús. En el diálogo que se establece se verá que es un joven cumplidor porque los mandamientos los ha cumplido siempre.
Hay quizá una inquietud interior que no sabe por donde encauzar, porque quizá siguen existiendo miedos en su alma de no ser capaz de mucho más. ¿Qué he de hacer? Y la respuesta de Jesús habla de desprendimiento, de despojo total del corazón, del compartir para buscar y encontrar el verdadero tesoro, que no son las cosas que se guardan aquí en la tierra. Y esos miedos salen a flote y ahora la decisión que hay que tomar es más difícil. Es bueno, pero hay muchos apegos en su corazón de los que cuesta desprenderse. ‘Era muy rico’, nos dirá el evangelista, porque aquel joven no será capaz de dar ese paso siguiente que le está pidiendo Jesús.
Ricos porque tenemos muchas posesiones, o ricos porque nosotros somos poseídos por las cosas. Y esas posesiones, en un sentido o en otro, nos restarán libertad, mermarán la generosidad, llenan de tinieblas el corazón porque los brillos de esas riquezas son incompatibles con el resplandor de la verdadera luz que debería brillar. Muchas veces somos ricos no porque tengamos muchas cosas sino por los deseos que tenemos dentro de nosotros de esas posesiones que ya se están adueñando de nuestro corazón.
Cuánto cuesta el desprendimiento, el vaciarse de si mismo. Jesús nos hablará luego de la dificultad que tienen los ricos de poseer el Reino de los cielos. Preferimos muchas veces las riquezas de los reinos de la tierra y no habrá desprendimiento en el corazón. 

domingo, 22 de mayo de 2016

Para siempre Dios es Emmanuel, Padre de amor y misericordia que se nos revela en Jesús y por la fuerza del Espíritu nos hace hijos en el Hijo

Para siempre Dios es Emmanuel, Padre de amor y misericordia que se nos revela en Jesús y por la fuerza del Espíritu nos hace hijos en el Hijo

Proverbios 8, 22-31; Sal 8; Romanos 5, 1-5; Juan 16, 12-15
‘Has enviado al mundo la Palabra de la verdad y el Espíritu de la santificación para revelar a los hombres tu admirable misterio…’ Comenzamos haciendo esta oración y haciendo esta profesión de fe. Misterio de Dios que se nos revela. No es solamente desde los razonamientos de nuestra mente cómo podemos llegar a conocer en plenitud el misterio de Dios.
Daba gracias Jesús al Padre que revela los misterios de Dios a los pequeños y a los sencillos. Jesús es esa revelación de Dios, esa revelación del rostro de Dios que por nosotros mismos no podemos conocer. ‘Nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien lo quiera dar a conocer’. Es la Palabra de la verdad; es la Palabra que es luz y que es vida; es la Palabra, la Sabiduría eterna de Dios que nos revela el misterio de Dios.
Es lo que hoy estamos celebrando. En este domingo ya dentro del tiempo ordinario que comenzábamos al celebrar Pentecostés la liturgia de la Iglesia nos invita a contemplar y adorar este admirable misterio de Dios, la Santísima Trinidad Padre, Hijo y Espíritu Santo. ‘Que con tu único Hijo y el Espíritu Santo eres un solo Dios, un solo Señor, no una sola persona, sino tres personas en una única naturaleza’, como proclamamos en el prefacio. ‘Al proclamar nuestra fe en la verdadera y eterna Divinidad adoramos tres personas distintas, de única naturaleza e iguales en su dignidad’.
Ya nos decía Jesús en el evangelio que ‘cuando venga el Espíritu de la verdad, os guiará hasta la verdad plena’. Espíritu divino que nos introduce en toda su plenitud en el misterio de Dios, pero no ya solo como un conocimiento más que adquiramos sino como una vida que hemos de vivir. No conocemos a Dios desde fuera sino que hemos sido introducidos en el misterio de Dios. No nos contentamos con admirarnos ante un Misterio que nos desborda y que en nuestra pequeñez casi nos quedaríamos contemplando en la distancia. Se nos ha revelado para que podamos sentir esa cercanía del misterio de Dios en nuestra vida; ya para siempre Dios es para nosotros Emmanuel, Dios con nosotros.
Conocer a Dios es vivir a Dios, es inundarnos de su vida para vivir no ya nuestra vida sino la vida de Dios. Por eso lo llamamos también Espíritu de santificación porque nos santifica, nos llena de la santidad de Dios, nos hace participes de la vida de Dios. Por la fuerza del Espíritu que ya habita en nosotros – hemos sido hechos morada de Dios y templos del Espíritu – somos santificados porque somos llenos de la vida de Dios; por eso en el Hijo nosotros ya comenzamos también a ser hijos.
Es la gracia que hemos recibido en nuestro bautismo al hacernos partícipes del misterio de Cristo; por la acción del Espíritu en nosotros nos hemos convertido también en hijos de Dios. Y es que ‘el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones con el Espíritu Santo que se nos ha dado’.
No terminamos de considerar, de comprender, de admirarnos ante el misterio de Dios que no solo se nos revela sino del que se nos hace partícipe. Es algo que tendríamos que meditar mucho, rumiar en nuestro corazón. Es algo por lo que no tendríamos que cansarnos de dar gracias a Dios, por esta revelación que nos hace de si mismo, pero también por esa dicha de hacernos participes de esa vida de Dios.
‘¡Qué admirable es tu nombre en toda la tierra!’ exclamábamos con el salmista. Pero cantamos las maravillas del Señor y no terminamos de admirarnos de su grandeza cuando contemplamos lo que ha hecho con nosotros. ‘¿Qué es el hombre para que te acuerdes de él, el ser humano, para darle poder? Lo hiciste poco inferior a los ángeles, lo coronaste de gloria y dignidad, le diste el mando sobre las obras de tus manos, todo lo sometiste bajo sus pies…’ Es lo que ha hecho con nosotros cuando se nos revela y cuando nos hace participes de su vida y de su gloria. Nos llenamos de gloria en el Señor. Queremos cantar para siempre la gloria del Señor. 

sábado, 21 de mayo de 2016

Toda persona merece nuestro respeto y la valoración de su dignidad

Toda persona merece nuestro respeto y la valoración de su dignidad

 Santiago 5,13-20; Sal 140; Marcos 10,13-16

Toda persona merece nuestro respeto y la valoración de su dignidad. Y cuando decimos toda persona es toda persona, sea pequeño o mayor, sea de la condición que sea porque de ninguna manera debemos encasillarla desde nuestros prejuicios o valoraciones subjetivas.
Creo que es una primera enseñanza que nos ofrece el texto del evangelio de hoy. Nos habla de unos niños que sus madres acercaban a Jesús para que los bendijera. Pero por allá andan los discípulos cercanos a Jesús que aun necesitaran aprender muchas cosas que no quiere que se moleste al maestro con chiquillerías. Querían escucharlo y estar cerca de El y eso, pensaban quizá, era cosa de mayores, no de niños.
Pero ya vemos la reacción de Jesús. ‘No se lo impidáis… dejad que los niños se acerquen a mí…’ y añade algo más y bien hermoso ‘de los que son como ellos es el Reino de los cielos’. Ya en otros momentos había puesto un niño en medio de ellos y les había enseñado que quien acogía a un niño como aquel, lo acogía a El.  Y es que en aquella sociedad los pequeños no eran valorados, no eran tenidos en cuenta. Y es lo que viene a enseñarnos Jesús. También el niño ha de ser valorado, tiene su dignidad que hemos de respetar pues también es una persona.
Quizá en nuestra sociedad actual no se haga esa valoración negativa del pequeño, del niño, pero sí nos daría para pensar en qué valoración hacemos nosotros de todas las personas; también hay algunos quizá a los que consideramos pequeños en tantas discriminaciones que nos hacemos entre unos y otros; desde aquellos en los que cargamos el sambenito de lo que hayan podido hacer en su vida y ya no nos los vamos a valorar ni tener en cuenta, o ya sea desde discriminaciones de raza o de origen a los que mermamos en sus derechos; los consideramos pequeños, por decirlo con frase suave, y si no pensemos en lo que hacemos o estamos haciendo con los emigrantes que llegan a nuestras tierras buscando una vida mejor y más digna, huyendo de guerras y de miserias, a los que negamos una acogida con toda dignidad.
Yo pienso de forma muy concreta en esos emigrantes que a las puertas de la Iglesia o en las puertas del supermercado están pidiéndonos una ayuda pero ante los que tantas veces pasamos sin ni siquiera mirarles a la cara para desearles unos buenos días. Mucho tendríamos que pensar en todo esto cuando decimos que nosotros queremos vivir el Reino de Dios.
Hoy al hablarnos de los niños que tendríamos que acoger nos decía Jesús que de los que son como ellos es el Reino de los cielos. Hacernos niños, sencillos, humildes, abiertos de corazón, con generosidad espontánea en nuestra vida. De cuantas cosas tenemos que adornar nuestro corazón para que en verdad acojamos el Reino de Dios en nuestra vida.

viernes, 20 de mayo de 2016

Que el Señor nos dé la gracia de comprender en toda su profundidad la grandeza y la maravilla del amor matrimonial que nos lleve a ese encuentro y comunión intima de amor

Que el Señor nos dé la gracia de comprender en toda su profundidad la grandeza y la maravilla del amor matrimonial que nos lleve a ese encuentro y comunión intima de amor

Santiago 5,9-12; Sal 102; Marcos 10,1-12

Jesús hace camino con nosotros en la vida. Lo vemos en el evangelio yendo de un lado para otro siempre al encuentro con la gente. Muchos venían hasta El; El se acercaba a todos; a todos escuchaba, para todos tenía palabras de vida, palabras de luz que iban iluminando sus caminos no siempre fáciles.
Las situaciones vitales que muchos vivían no eran fáciles; estaban las dificultades de cada día por lograr la supervivencia en un pueblo pobre y con muchas necesidades; estaban sus carencias, sus limitaciones que se manifestaban en las enfermedades, en las discapacidades que iban apareciendo en sus cegueras, en su invalidez, en la sordera y así en muchas cosas más; pero estaban también las dificultades de la convivencia en el seno de las familias, en el encuentro con los demás motivados muchas veces desde egoísmos o ambiciones que lo hacían difícil.
Para todos tenía una palabra de luz y de vida; en El encontraban fuerza y esperanza; con El se abrían nuevos caminos para sus vidas. Era la salvación que llegaba con Jesús y a todos alcanzaba; era el Reino nuevo de Dios que se anunciaba y se iba instaurando en aquellos que aceptaban el camino de Jesús.
Vienen hasta Jesús con sus problemas, pero en ocasiones había personas interesadas en tratar de desprestigiarle, o de ponerle a prueba. Es lo que sucede hoy cuando le plantean el problema del divorcio. La respuesta de Jesús es contundente porque recuerda lo que es la voluntad de Dios desde el principio. El matrimonio ha de ser un encuentro de amor para vivirlo en plenitud. ‘Al principio de la creación Dios los creó hombre y mujer. Por eso abandonará el hombre a su padre y a su madre, se unirá a su mujer, y serán los dos una sola carne. De modo que ya no son dos, sino una sola carne. Lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre’.
Pero como decíamos en el inicio de la nuestra reflexión no siempre los caminos son fáciles. Hemos de tener bien claras cuales son nuestras metas y nuestros principios y por ellos hemos de luchar sabiendo que nos va a costar. Y esa es la realidad que nos encontramos en las familias y en los matrimonio. Nada tendría que llevarnos a la ruptura y al desencuentro; todo tendría que ir orientado siempre a esa comunión de amor y para eso será necesario superar muchas cosas que se nos atraviesan en el corazón y que crean esas rupturas. Somos conscientes de cuanto de todo eso sucede en nuestro entorno y no siempre se tiene la suficiente fortaleza para mantener esa unidad, para preservar esa comunión.
Cristo que se hace presente en nuestra vida con su gracia ha querido convertir la realidad matrimonial en un sacramento de su presencia. Por eso nos da la gracia del sacramento que santifique nuestro amor matrimonial. Sin la gracia del Señor, solo con nuestras fuerzas, seríamos incapaces de mantener esa unidad porque bien sabemos cuantas son las tentaciones que nos acechan y cuanta es la debilidad que hay en nuestro corazón. Pero la gracia sacramental no fue cosa de un momento, allá cuando celebramos el sacramento, sino que es algo que se prolonga en toda nuestra vida a través de cada gesto de amor. En ese amor se hace presente Jesús, nos llena de su gracia,  santifica nuestra vida.
Que el Señor nos dé la gracia de comprender en toda su profundidad la grandeza y la maravilla del amor matrimonial y así podamos preservarlo siempre de todo peligro para que todo, y en todo momento, nos lleve a ese encuentro y comunión intima de amor.

jueves, 19 de mayo de 2016

Para gloria de Dios y salvación del género humano constituiste a tu Hijo único Sumo y Eterno Sacerdote

Para gloria  de Dios y salvación del género humano constituiste a tu Hijo único Sumo y Eterno Sacerdote

Is. 52, 23-53, 12; Sal. 39; Hb. 10,12-23; Lc. 22, 14-20
La liturgia nos ofrece en este jueves posterior a la fiesta de Pentecostés la celebración de Jesucristo, sumo y eterno sacerdote. ‘Para gloria tuya (gloria de Dios) y salvación del género humano constituiste a tu Hijo único sumo y eterno sacerdote’ proclamamos en la oración de esta fiesta.
Jesucristo es nuestro único Mediador, nuestro único Salvación. Viene con la entrega de su Sangre, con la ofrenda de amor de su vida a restaurar la gloria de Dios que el hombre en su pecado ya no sabía dar a su Creador. Así se convierte en Pontífice, el único Mediador, porque solo por El podemos dar gloria a Dios para siempre por toda la eternidad; sólo por El nos llega la salvación porque ha ofrecido de una vez para siempre su vida para que nosotros tengamos vida en el supremo sacrificio de la cruz.
‘Por Cristo, con Cristo, en Cristo, a ti Dios Padre omnipotente, en la unidad del Espíritu Santo todo honor y toda gloria por los siglos de los siglos’, proclamamos en el momento cumbre de la Eucaristía. Es el momento supremo del ejercicio del sacerdocio de Cristo en la celebración de la Eucaristía.
Si hemos hecho memoria de su pasión, muerte y resurrección, si invocamos al Espíritu para que aquellos dones que ofrecemos sean para nosotros el Cuerpo y la Sangre de Jesús, si nos sentimos en comunión con toda la Iglesia que aun peregrina para quien pedimos el don del Espíritu para mantenernos congregados en la unidad, pero si recordamos a quienes nos han precedido en la fe o nos sentimos en comunión con la Iglesia universal, también la Iglesia del cielo es porque queremos dar esa gloria al Señor para siempre, y lo podemos hacer por Cristo, en Cristo y con Cristo porque es el único Sacerdote, posee el sumo y eterno sacerdocio que permanece para siempre.
Queremos dar gloria a Dios para siempre porque en Cristo hemos alcanzado la salvación; es nuestro único Salvador; solo por El nos llega la gracia, el perdón y la misericordia de Dios. Se convierte así en el Pontífice que nos salva porque es el que como puente nos lleva hasta Dios. Es su Sangre la que nos redime, nos purifica y nos llena de vida. Así se ofreció por nosotros de una vez para siempre. El sacrificio de Cristo en la cruz es irrepetible porque la entrega de su vida tiene valor eterno. Nos hacemos participes de ese misterio de gracia actualizando en nosotros ese sacrificio de Cristo cada vez que celebramos la Eucaristía. No repetimos el sacrificio, lo actualizamos, lo hacemos presente, lo plantamos en nuestra vida haciéndonos partícipes de su gracia y de su salvación.
Para ello el Señor quiso elegir ministros y dispensadores de los misterios de su gracia, como expresamos también en la oración de la liturgia. Son los sacerdotes de la nueva alianza que participan de su sagrada misión para renovar a favor de todos los hombres el sacrificio de la redención.
Por eso esta celebración de Jesucristo, sumo y eterno sacerdote nos recuerda la misión sacerdotal de todo el pueblo de Dios participe del sacerdocio de Cristo, pero nos hace pensar también en quienes ejercen el misterio sacerdotal por su unión con Cristo. Así es también una jornada sacerdotal, una jornada de oración por los sacerdotes ministros y dispensadores de los misterios de Dios.

miércoles, 18 de mayo de 2016

Aprendamos de tantos que acaso no viven una vida religiosa como nosotros pero estás más impregnados por los valores del evangelio que les llevan en todo momento a hacer el bien

Aprendamos de tantos que acaso no viven una vida religiosa como nosotros pero estás más impregnados por los valores del evangelio que les llevan en todo momento a hacer el bien

Santiago 4,13-17; Sal 48; Marcos 9,38-40
‘Maestro, hemos visto a uno que echaba demonios en tu nombre, y se lo hemos querido impedir, porque no es de los nuestros’ era el entusiasmo de Juan por Jesús. Se sentía especialmente amado por Jesús – en su evangelio se describe a si mismo como discípulo amado del Señor – y le parecía que no podía consentir que vinieran otros, que no formaban parte del grupo de los discípulos, para obrar cosas maravillosas en el nombre de Jesús. Ya hemos visto la reacción de Jesús. No se lo impidáis, todo el que hace el bien sea donde sea hay que valorarlo.
Tenemos que aprender a valorar lo bueno que se hace en la vida. No nos podemos creemos que somos nosotros los únicos que sabemos hacer las cosas bien. En el corazón de toda persona hay muchas semillas de bondad, mucha capacidad de hacer el bien, de amar, de sentir preocupación por los demás. Y eso hemos de valorarlo siempre, tenerlo en cuenta, resaltar lo bueno que hacen los demás. Somos una misma humanidad que busca el bien, que quiere lo bueno para los demás y se siente comprometida en cosas buenas a favor de los otros.
Pensemos cómo en el juicio final Jesús nos va a preguntar por esos actos de amor, por ese bien que hayamos hecho a los demás y bien sabemos como a todo eso le da un sentido sublime porque nos dirá que todo eso bueno que hayamos hecho por los demás a El se lo hicimos. Estaba hambriento y me diste de comer, estaba sediento, estaba enfermo, estaba solo, nadie me tenía en cuenta, pero viniste y me diste de comer, me ofreciste un vaso de agua, me acompañaste y fuiste mi consuelo en el momento del dolor o de la soledad, te detuviste a mi lado cuando nadie me tenía en cuenta. 
Hay tantos en la vida con un corazón hermosamente solidario a nuestro lado. Buenos vecinos que comparten, compañeros de trabajo que se ayudan mutuamente, gente que va caminando por la calles de la vida y se detiene junto al que está tirado en la acera. Lo malo sería que aquellos que nos decimos seguidores de Jesús vayamos con nuestras prisas o nuestras preocupaciones y pasemos de largo, acaso por llegar temprano al templo, como expresábamos en aquella canción utilizada tantas veces en la liturgia. Con nosotros esta el Señor y no somos capaces de reconocerlo, no somos capaces de detenernos a su lado y vamos dando rodeos en la vida. Seamos sinceros porque es una tentación que nos amenaza muchas veces.
Aprendamos de tantos que acaso no viven una vida religiosa como nosotros decimos que vivimos, pero están más impregnados por los valores del evangelio que les llevan en todo momento a hacer el bien.

martes, 17 de mayo de 2016

Iba instruyendo a sus discípulos… aprovechando lugares apartados mientras atraviesas Galilea porque Jesús quiere estar a solas con los discípulos

Iba instruyendo a sus discípulos… aprovechando lugares apartados mientras atraviesas Galilea porque Jesús quiere estar a solas con los discípulos

Santiago 4,1-10; Sal 54; Marcos 9,30-37

‘Iba instruyendo a sus discípulos…’ Habían bajado de la montaña, y ahora atravesaban las llanuras y los valles de Galilea aprovechando lugares apartados porque Jesús quiere estar a solas con los discípulos. Una oportunidad para un encuentro más profundo, para hablar con detalle de muchas cosas, para prepararlos a ellos de manera especial en lo que era el sentido nuevo del Reino de Dios del ellos habían de ser testigos especiales, para corregir desviaciones y para orientar en muchas cosas que quedan pendientes de aprender, aunque a ellos les cueste tanto.
Cómo necesitamos en la vida de esos momentos de mayor intimidad y comunicación con aquellos que queremos, con nuestros amigos. La amistad se hace en el compartir del día a día, en ese caminar juntos donde nos vamos conociendo porque nos expresamos con toda confianza con aquellos que queremos; momentos de desahogo, momentos de vaciar el corazón, momentos de soñar juntos y hacerse planes de futuro.
Jesús quiere amasar bien la amistad de sus discípulos, con El porque cada día haya una unión más profunda de corazones, porque se llenen de su vida, porque aprendan ya a no caminar según su sentido y sus valores; pero Jesús quiere amasar la amistad entre los discípulos entre sí. Y es necesario purificar muchas cosas, porque en los corazones fácilmente puede florecer la ambición y los deseos de grandeza considerándose unos mejores o mayores que los otros. Y a todas esas cosas está atento Jesús.
En el camino fue haciéndoles grandes anuncios como era su futura pasión y entrega, aunque a ellos les costara entender. ‘El Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los hombres, y lo matarán; y, después de muerto, a los tres días resucitará». Pero no entendían aquello, y les daba miedo preguntarle’. A pesar del grado de intimidad y confianza que había querido crear entre ellos y con El, sin embargo no entienden lo que Jesús les dice y le da miedo preguntarle. Muchas barreras quedan aun por caer.
Pero cuando llega a casa les pregunta de qué habían discutido por el camino. Habían ido muy entretenidos en sus discusiones y en sus ambiciones. Todavía para ellos el futuro reino de Dios seguían siendo una estructura de poder y las ambiciones por ese poder afloraban en sus corazones. ‘Ellos no contestaron, pues por el camino habían discutido quién era el más importante’. Pacientemente Jesús vuelve a explicarles. ‘se sentó, llamó a los Doce y les dijo: Quien quiera ser el primero, que sea el último de todos y el servidor de todos’. El que quiere ser grande que se haga el último; quien quiera ser importante piense que en el servicio está la verdadera grandeza.
Nos cuesta también entenderlo. Nos podría parecer que ponernos de servidores de los demás nos humilla, sino embargo hemos de reconocer que eso es lo que en verdad nos engrandece. Y les pone la imagen del niño, al que hay que acoger, al que hay que valorar y respetar. Porque el que no sabe acoger lo pequeño no llegará nunca a comprender el Reino de Dios. Saber escuchar a un niño, saber detenernos ante quien nos pueda parecer insignificante, saber mirar a los ojos a aquel con quien compartimos una limosna, saber interesarnos por aquella persona que nos tiene la mano solicitando una ayuda al paso por la calle, saber hacer silencio para escuchar ese grito de Dios que nos llega a través del hermano, de sus ojos, de su mano tendida, desde ese ponerse ahí a nuestro alcanza aunque parece que no nos dice nada. 

lunes, 16 de mayo de 2016

Tantas veces dudamos, nos distraemos en el camino de nuestra fe y agobiados por los muchos problemas se nos oscurece el alma pero queremos tener fe

Tantas veces dudamos, nos distraemos en el camino de nuestra fe y agobiados por los muchos problemas se nos oscurece el alma pero queremos tener fe

Santiago 3,13-18; Sal 18; Marcos 9, 14-29

‘Todo es posible al que tiene fe’. Una sentencia de Jesús que hemos de tener muy en cuenta. Siempre. Jesús quiere despertar en esa fe en nosotros porque aunque básicamente somos unas personas religiosas y lo que motiva habitualmente la vida es la fe, sin embargo nos vemos cercados por muchas oscuridades en el materialismo con que vivimos la vida, la autosuficiencia con que llenamos muchas veces nuestro corazón, el relativismo con que se vive en nuestro entorno donde lo espiritual y religioso muchas veces se pone en duda, por los agobios de sacar la vida adelante en el día a día en el que solo pensamos en el momento presente buscando prontas soluciones, respuestas rápidas y automáticas a nuestras preguntas con la perdida de la trascendencia que tendríamos que saber dar a lo que hacemos y vivimos.
Las circunstancias que rodean al hecho del evangelio de hoy y que provocará esta sentencia de Jesús está en lo que se encuentran que sucede entre los discípulos cuando El viene bajando del monte Tabor de tan enormes y ricas experiencias. Se encuentra a un padre que le ha traído a su hijo enfermo y los discípulos no han podido hacer nada; se ha armado un fuerte revuelo en su entorno. Cuando llega Jesús aquel hombre acude enseguida a El. Nos hace la descripción el evangelista de lo que le sucede. Pero allí está la suplica de aquel hombre. ‘Si algo puedes, ten lástima de nosotros y ayúdanos’. De ahí la sentencia de Jesús. ‘Todo es posible al que tiene fe’. Pero aquel hombre duda, se siente impotente, pero quiere creer. ‘Entonces el padre del muchacho gritó: Tengo fe, pero dudo; ayúdame’.
Ha de ser también nuestro grito, nuestra súplica. Tantas veces dudamos, tantas veces nos distraemos en el camino de nuestra fe, tantas veces nos vemos agobiados por los muchos problemas, tantas veces también se nos oscurece el alma. Queremos tener fe; queremos mantenernos firmes en nuestra fe; queremos que nuestra fe sea cada vez mas madura. Solo en el Señor podemos alcanzarlo; El es quien nos da la verdadera luz, nos hace encontrarnos con la verdad. Vayamos a Jesús con confianza a pesar de nuestras dudas; vayamos a Jesús en búsqueda de esa luz reconociendo nuestras oscuridades.
Ayer celebrábamos Pentecostés y tenemos muy vivo en nosotros todo lo que significa la fuerza del Espíritu en nuestra vida; abramos nuestro corazón al Espíritu divino, nos lo revelará todo, iluminará nuestra vida disipando toda sombra y toda duda, será nuestra fortaleza en medio de tantas debilidades, mantendrá viva en nosotros la alegría de la fe a pesar de las tristezas que nos ofrece la vida. 

domingo, 15 de mayo de 2016

No nos quedemos con las puertas cerradas, al celebrar Pentecostés abramos el corazón a la acción del Espíritu y dejémonos transformar por El.

No nos quedemos con las puertas cerradas, al celebrar Pentecostés abramos el corazón a la acción del Espíritu y dejémonos transformar por El

Hechos 2, 1-11; Sal 103; 1Corintios 12, 3b-7. 12-13; Juan 20, 19-23
Para siempre nosotros identificamos Pentecostés con el Espíritu Santo, con la venida del Espíritu Santo sobre los apóstoles reunidos en el cenáculo y que en esa fiesta, como nos narra Lucas en los Hechos de los Apóstoles, se derramó abundantemente sobre ellos.
Bien sabemos que era una fiesta judía, de las siete semanas – de ahí el significado de la palabra – en que se conmemoraba la recolección de las cosechas, ya casi al comienzo del verano, con la entrega de las ofrendas de los diezmos y primicias como estaba prescrito en la ley judía. Era también la fiesta que recordaba sus tiempos en el desierto viviendo en tiendas – otra de las características de la fiesta – y se convertía así en la fiesta de la identificación nacional del pueblo judío, era la fiesta de la ley dada en el Sinaí.
Ahora más que una fiesta de ofrenda del fruto de nuestros trabajos de lo que nosotros podamos ofrecer al Señor, es el recibir el regalo de Dios que nos concede el don de su Espíritu que sí va a ser la identificación del pueblo nuevo de la nueva y eterna alianza. No es la ley la que nos identifica y nos salva, sino que será el Espíritu Santo el que nos va a dar una nueva justificación porque es el que verdaderamente nos hace llevar la salvación.
La lectura de los hechos de los apóstoles está llena de imágenes y de signos que nos tienen que ayudar a profundizar en la verdadera acción del Espíritu que se realiza en nosotros. Las llamaradas o lenguas de fuego, el ruido de viento recio, el nuevo lenguaje que todos entienden – cada uno los entiende en su propio idioma - son signos de esa fuerza transformadora del Espíritu Santo en nosotros que hace arder nuestros corazones en un amor nuevo que nos trasforma a nosotros y contagia de esa transformación a cuantos nos rodean; es esa nueva forma de entender también todo el misterio de Dios que nos tiene que llevar a ese entendimiento y a esa nueva comunión. 
Es el Espíritu que crea en nosotros una nueva unidad, una nueva comunión porque esos diversos carismas, cualidades, valores que cada uno de nosotros tenemos no son anulados sino todo lo contrario puestos siempre al servicio del bien común. En la nueva comunidad de los creyentes en Jesús no caben las insolidaridades ni las búsquedas de mé
ritos para sentirnos mejores o superiores a los demás, sino que en ellas todos hemos de saber compartir porque no sentimos como propio lo que tenemos sino que el Espíritu nos impulsa siempre a ese nuevo compartir para el enriquecimiento humano y espiritual de todos.
Es ese lenguaje nuevo del amor que nos hace cercanos y solidarios, que nos hace sentir hermanos y entrar en una nueva relación, que hace desaparecer barreras creando nuevos lazos de entendimiento y comunión.
Es el Espíritu que nos llena de la verdadera alegría y de la verdadera paz porque nos trae el perdón y la capacidad de la reconciliación y del reencuentro. Con el Espíritu se derrama sobre nuestro mundo, sobre nuestra vida, la infinita misericordia divina, para sentirnos perdonados y encontrar así la paz, pero para encontrar también la capacidad del perdón que generoso concedemos a todos y que nos llevará a la más profunda paz. ‘Recibid el Espíritu Santo a quienes les perdonéis los pecados les quedan perdonados…’ les decía Jesús a los discípulos como regalo pascual.
No caben en esta nueva comunidad ni las venganzas ni los resentimientos, los odios y rencores mantenidos cual pequeñas ascuas en el corazón, sino que siempre hemos de estar abiertos a ese perdón generoso, a ese olvido, a ese de nuevo revalorar a las personas para no marcarlas con un sambenito que les angustien para siempre. Por la fuerza del Espíritu seremos capaces de arrancar para siempre de nosotros esos venenos que tanto daño nos hacen y que realmente nos quitan a nosotros la paz.
Sería inconcebible que en la Iglesia que tiene que ser Madre y Maestra de misericordia y de perdón no se tuviera esa capacidad de perdón generoso para todos los pecadores, sean cuales sean sus pecados y su gravedad. Este año de la misericordia que estamos celebrando tendría que hacernos reflexionar profundamente sobre ello para manifieste genuinamente siempre ese rostro misericordioso de Dios.
Celebramos Pentecostés, celebramos el don del Espíritu que hace nacer una nueva comunidad, celebramos el nacimiento de la Iglesia. No nos quedemos con las puertas cerradas, abramos el corazón a la acción del Espíritu y dejémonos transformar por El.