lunes, 23 de mayo de 2016

Somos buenos y hasta cumplidores pero necesitamos un paso más de desprendimiento y vaciamiento interior para encontrar el verdadero tesoro

Somos buenos y hasta cumplidores pero necesitamos un paso más de desprendimiento y vaciamiento interior para encontrar el verdadero tesoro

1Pedro 1, 3-9; Sal 110; Marcos 10, 17-27

Hay gente buena en la vida que hace cosas buenas. Comencemos con un pensamiento positivo, aunque luego hagamos algunas matizaciones. Pero estamos acostumbrados a ver todo siempre con sombras negativas que parece que todos y siempre somos malos. Es cierto que no somos perfectos, que tenemos nuestras limitaciones y hay muchos ‘peros’ en nuestra vida pero reconozcamos que hay gente que hace las cosas bien, que trata más o menos de ser fiel a los mandamientos y trata de dar una cierta honradez a su vida.
Quizá es un estado de bondad natural que hay en nosotros, queremos ser justos y no hacer daño a nadie, portarnos con cierta dignidad y lo que no queremos que nos hagan nosotros tampoco queremos hacerlo a los demás. Un estado de buena voluntad, podríamos decir.
Pero cuando hablamos de seguimiento de Jesús, todo lo que hace referencia a una vida cristiana, es cierto que no nos podemos quedar ahí. El camino de seguimiento de Jesús es un camino de superación, de crecimiento interior que se ha de manifestar en una mayor perfección y plenitud en las cosas que hacemos cada día. No nos podemos contentar con decir que somos buenos y que cumplimos; seguir a Jesús implica mucho más, porque hay que poner unas actitudes nuevas en nuestro corazón que se manifestarán en lo que luego iremos creciendo espiritualmente y en esos deseos de superación cada día más en nosotros.
Hoy se acerca a Jesús un hombre bueno; es fiel y es cumplidor, pero quizá escuchando a Jesús vislumbra allá en su interior que no puede quedarse solo en eso bueno que hace cada día cuando cumple formalmente los mandamientos. ‘Maestro bueno, ¿qué he de hacer para heredar la vida eterna?’ es la petición que le hace a Jesús. En el diálogo que se establece se verá que es un joven cumplidor porque los mandamientos los ha cumplido siempre.
Hay quizá una inquietud interior que no sabe por donde encauzar, porque quizá siguen existiendo miedos en su alma de no ser capaz de mucho más. ¿Qué he de hacer? Y la respuesta de Jesús habla de desprendimiento, de despojo total del corazón, del compartir para buscar y encontrar el verdadero tesoro, que no son las cosas que se guardan aquí en la tierra. Y esos miedos salen a flote y ahora la decisión que hay que tomar es más difícil. Es bueno, pero hay muchos apegos en su corazón de los que cuesta desprenderse. ‘Era muy rico’, nos dirá el evangelista, porque aquel joven no será capaz de dar ese paso siguiente que le está pidiendo Jesús.
Ricos porque tenemos muchas posesiones, o ricos porque nosotros somos poseídos por las cosas. Y esas posesiones, en un sentido o en otro, nos restarán libertad, mermarán la generosidad, llenan de tinieblas el corazón porque los brillos de esas riquezas son incompatibles con el resplandor de la verdadera luz que debería brillar. Muchas veces somos ricos no porque tengamos muchas cosas sino por los deseos que tenemos dentro de nosotros de esas posesiones que ya se están adueñando de nuestro corazón.
Cuánto cuesta el desprendimiento, el vaciarse de si mismo. Jesús nos hablará luego de la dificultad que tienen los ricos de poseer el Reino de los cielos. Preferimos muchas veces las riquezas de los reinos de la tierra y no habrá desprendimiento en el corazón. 

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