Vistas de página en total

sábado, 3 de febrero de 2018

Es la sintonía que hemos de tener siempre en nuestra vida, la sintonía del amor, para la bella tarea que hemos de realizar

Es la sintonía que hemos de tener siempre en nuestra vida, la sintonía del amor, para la bella tarea que hemos de realizar

1Reyes 3,4-13; Sal 118; Marcos 6, 30-34

En ocasiones nos programamos lo que vamos a hacer y todo lo tenemos a punto, pero nos surge un imprevisto y parece que todo se nos viene abajo. Y no tiene que ser necesariamente porque sea algo desagradable lo que nos ocurre sino que puede ser una cosa buena pero que  nos echa por tierra lo que teníamos planeado. Tenemos que atender aquella llamada, recibimos aquella visita, nos surge que vemos una necesidad que tenemos que atender y seremos capaces de hacer una pausa en aquello que teníamos previsto para atender lo que ahora se nos solicita.
Claro que somos capaces de darnos cuenta del valor y de la importancia de lo que se nos solicita, por muy bueno que fuera aquello que teníamos previsto realizar. Lo normal seria que no nos agobiáramos por ello sino que todo lo tomáramos en un sentido positivo. Ya sabemos, es cierto, que hay quien se pone de mal humor por estas cosas porque se rompen sus esquemas, aunque fuera algo bueno lo que nos acontece de improviso.
Jesús había planeado irse con los discípulos a un lugar solitario al descampado para tener unos días de descanso. Como se nos dirá en otra ocasión había días en que no tenían tiempo ni para comer; ahora habían regresado los discípulos después de haber cumplido la misión que Jesús les había encomendado y era bueno aquel tiempo de descanso y de compartir que Jesús quería tener con los discípulos.
Se habían ido a un lugar apartado, pero la gente se había enterado y le salieron al paso a Jesús. Al llegar al lugar se encontraron con una multitud que les esperaba. Se fueron al traste todos los planes que se habían hecho. ¿Qué hace Jesús? ¿Despedir a la gente porque ahora quería el tiempo para El y sus discípulos? Nos dice el evangelista que  le ‘dio lástima de ellos, porque andaban como ovejas sin pastor; y se puso a enseñarles con calma’.
Jesús, el que paso por todas partes haciendo el bien, como diría más tarde Pedro. Jesús, el que había venido no a que le sirvieran, sino ‘a servir y a dar su vida en rescate por muchos’ como nos enseñará continuamente en el evangelio. Jesús, con un corazón siempre abierto y acogedor que nos muestra el corazón amoroso del Padre. Sintió lástima, dice el evangelista, entro en la sintonía del amor y comprendió el ansia de todos aquellos que le buscaban, y supo darse y ofrecerse con generosidad como siempre lo hacia. No podía dejarles solos y abandonados, que siguieran perdidos a su rumbo. Allí estaba su Palabra como una luz, su presencia como signo del amor más verdadero.
Jesús que nos pone en camino para que siempre por encima de todo vayamos al encuentro con los demás, a tener un corazón amplio y generoso donde quepan siempre todos nuestros hermanos, un corazón compasivo y misericordioso como el de nuestro Padre celestial.
Es la sintonía que hemos de tener siempre en nuestra vida, la sintonía del amor. El amor que escucha, que comprende, que acepta, que es capaz de ver siempre el buen corazón de los demás, que está atento al sufrimiento y a las necesidades de los otros, que sabe estar siempre al lado del hermano, que ofrece una sonrisa de amor, que mitiga las lagrimas del dolor de cuantos lloran a nuestro lado, que es capaz de olvidarse de si mismo para darse a los demás. Bella tarea de amor que tenemos siempre que realizar. 

viernes, 2 de febrero de 2018

Acudimos a María de Candelaria para felicitarla en su día y salimos de su presencia resplandecientes con la luz del evangelio para llevarla a los demás, para iluminar a los demás

Acudimos a María de Candelaria para felicitarla en su día y salimos de su presencia resplandecientes con la luz del evangelio para llevarla a los demás, para iluminar a los demás

Malaquías 3,1-4; Sal 23; Hebreos 2,14-18; Lucas, 2, 22-38
‘Cuando se cumplieron los días de la purificación prescrita por la ley de Moisés llevaron al Niño a Jerusalén para presentarlo al Señor como prescribe la ley de Moisés, todo primogénito varón será consagrado al Señor…’
Es lo que en la liturgia celebramos en este día cuando estamos a cuarenta días de haber celebrado el nacimiento del Señor. Ya conocemos por el evangelio y muchas veces lo hemos comentado cuánto sucedió aquella mañana en el templo de Jerusalén. Allí estaban aquellos piadosos ansiones que aguardaban el consuelo de Israel con el cumplimiento de las promesas que salen al encuentro y comienzan a alabar y bendecir al Señor. En paz puede entregar su alma al Señor aquel piadoso anciano Simeón, ‘sus ojos han visto al Salvador’; su vida se ha iluminado en su vejez porque ha contemplado al ‘sol que viene de lo alto para iluminar a todos los pueblos’; cuantos están en el templo reciben la buena noticia porque la anciana Ana se encargará de ‘hablar del Niño a los que esperaban la futura liberación de Israel’.
‘Aquí estoy, oh Dios, para hacer tu voluntad’ es la ofrenda de aquel día. Allí estaba aquel cuyo alimento era cumplir la voluntad del Padre. La ofrenda y consagración de aquella mañana encontrará su cumbre cuando Jesús mismo diga ‘no se haga, Padre, mi voluntad sino la tuya’ y en las manos del Padre entregue su espíritu en lo alto del Calvario. Comienza la ofrenda y comienza el sacrificio, comienza la entrega de amor y comienza a realizarse el Reino de Dios.
Pero al lado de toda esta escena contemplamos a María. Se le anuncia que una espada traspasará de dolor su corazón, pero ya su corazón está traspasado por el amor porque en ese amor ha hecho ya su entrega a Dios. También ella ha hecho la ofrenda de su voluntad para cumplir la palabra de Dios en su vida. ‘Aquí está la esclava del Señor, hágase en mi según tu palabra’. Es la esclava del amor, es la que ha entregado todo su corazón por amor a Dios, es la que ha plantado la Palabra de Dios en su corazón y de ella ha nacido Jesús. En silencio está María contemplando todo aquello que está sucediendo ante sus ojos en aquella mañana del templo, pero como siempre ella lo está guardando todo en su corazón.
Hoy nosotros los canarios la contemplamos resplandeciente y gloriosa presentándonos y ofreciéndonos a Jesús. Ella, María de Candelaria, la primera misionera de Canarias porque nos trajo la luz, porque nos trajo a Jesús. Así la contemplamos en su imagen con Jesús y con la luz como un signo en la candela que lleva entre sus manos. Pero esa candela es el signo que nos habla de Jesús; esa candela es la que hemos de tomar nosotros también de sus manos para llegar esa luz de Jesús a los demás, a cuantos están a nuestro lado.
María es la primera evangelizadora porque nos trae esa Buena Nueva de Jesús pero quiere que esa luz se siga trasmitiendo para que llegue e incendie todos los corazones en el amor de Jesús. Es la tarea que pone en nuestras manos, la tarea que en esta hora de nueva evangelización en la que estamos embarcados en nuestra tierra nosotros tenemos que comprometernos. No solo queremos acudir a María, visitándola en su santuario y llevándole todas nuestras penas y nuestros amores, sino que de allí tenemos que salir mas encendidos en esa luz que ella quiere trasmitirnos.
Como Moisés que bajó con el rostro encendido y resplandeciente de la montaña así nosotros salimos de la presencia de María resplandecientes con la luz del evangelio para llevarla a los demás, para iluminar a los demás. Bien necesita nuestro mundo tan lleno de dolor y de oscuridades de esa luz. Allí donde hay tanta indiferencia, tanta desgana y tanto egoísmo encendamos la luz del amor; allí donde siguen prevaleciendo las sombras del orgullo, de las envidias y rivalidades, de la violencia y de la insolidaridad encendamos nosotros esa luz del amor que los contagie y los transforme; allí donde hay tantos que han perdido el norte de su vida y ya nada creen y en nada esperan encendamos esa luz que nos trae María para que se transformen los corazones, renazcan las esperanzas y encontremos en Dios el sentido de nuestras vidas y la fuerza para nuestro caminar.
Nos gozamos hoy en esta fiesta de María de Candelaria, nos alegramos con la Madre y la felicitamos con todo  nuestro amor como los hijos saben hacer, pero sabemos que ese amor de Madre de María nos compromete y de su presencia no podemos salir de la misma manera; María nos ayuda a transformar nuestro corazón, pone nueva ilusión y esperanza en nuestras vidas, nos impulsa a amar con un amor nuevo que se enciende cada vez más en la hoguera del corazón de Jesús.

jueves, 1 de febrero de 2018

El equipaje más importante que hemos de llevar en nuestra vida es siempre un corazón lleno de amor, así será autentico nuestro anuncio del evangelio


El equipaje más importante que hemos de llevar en nuestra vida es siempre un corazón lleno de amor, así será autentico nuestro anuncio del evangelio

I Reyes 2,1-4.10-12; Marcos 6,7-13

¿A dónde vas con tanto equipaje? Quizá nos dijeron un día cuando nos vieron preparar la maleta para un viaje que íbamos a hacer. Empezamos a poner cosas y no acabamos, si nos puede faltar esto, si aquello otro lo voy a necesitar, esto lo llevo por si acaso lo necesite, y comenzamos a poner y poner cosas en el equipaje que luego no sabemos si lo podremos transportar.
Pero no es solo en los equipajes para los viajes turísticos o de trabajo que tengamos que hacer. La cosa está en que en la vida nos vamos llenando también de tantas cosas que se convierten en apegos que no nos dejan actuar con verdadera libertad. Miremos nuestras casa, nuestra habitación, las cosas que poseemos, ¿las necesitamos todas para ser verdaderamente felices? Más bien, como decíamos, nos restan libertad de movimientos en la vida, nos quitan generosidad y disponibilidad en nosotros porque nos sentimos apegados a ellas y parece que sin ellas no seríamos nadie. Pero ¿somos por las cosas que poseemos, o somos por lo que en nuestro propio interior valemos? Las cosas que poseemos se convierten en una rémora para nuestra vida. Un barco necesita cada cierto tiempo limpiar sus fondos, porque son tantas las cosas que se van apegando a su casco que no lo dejan deslizarse con la necesaria velocidad.
Por eso quizás nos sorprenda hoy las instrucciones que Jesús da a los discípulos que ha escogido como apóstoles cuando los envía a predicar, a anunciar el Reino. ‘Les encargó que llevaran para el camino un bastón y nada más, pero ni pan, ni alforja, ni dinero suelto en la faja; que llevasen sandalias, pero no una túnica de repuesto’. Y además les decía que no tenían que preocuparse donde habían de vivir sino aceptar la hospitalidad que les ofrecieran las gentes.
Solamente un bastón para el camino. Desprendimiento total, el único apoyo es el del amor, lo único que tiene que empujarnos a caminar es el amor. No vamos buscando intereses, no queremos beneficios, solo vamos a darnos, a repartir y compartir, a dar lo que más hondo llevamos en nuestro corazón, nuestra fe y nuestro amor. Es el anuncio que hemos de hacer, el Reino de Dios; es el testimonio que hemos de dar, que Dios nos ama y nos regala su amor. Por eso curamos, sanamos desde lo más hondo; son los enfermos del cuerpo, pero son los que necesitan resucitar el espíritu. Y eso se consigue solo con la fuerza del amor.
Es lo importante en nuestra tarea de evangelización. Algunas veces andamos un tanto confundidos y pensamos más en los medios materiales de los que dispongamos que en el propio mensaje que hemos de trasmitir. Los medios solo tienen que ser eso, medios, nunca en objetivos primordiales, porque el objetivo es el anuncio del Reino de Dios, es la vida de Dios. Por eso es el amor el que nos tiene que guiar; es de amor de lo que tenemos que llenar nuestro corazón; es el amor el verdadero equipaje de nuestra vida y es el que quizá algunas veces nos falta.
Nos dice muchas cosas este evangelio; para nuestra tarea evangelizadora dándole verdadera importancia a lo que ha de tenerlo, pero también para nuestra vida personal, en la que tenemos que desprendernos de tantos apegos. Que vivamos siempre con un corazón libre, un corazón limpio de apegos, un corazón generoso y desinteresado, un corazón lleno de amor.

miércoles, 31 de enero de 2018

Con qué facilidad queremos ensombrecer la luz que podemos recibir de los demás


Con qué facilidad queremos ensombrecer la luz que podemos recibir de los demás

2Samuel 24,2.9-17; Sal 31; Marcos 6,1-6

Ante quien comenzamos a ver destacar de entre nuestro entorno más cercano o de los que hemos conocido de siempre suelen surgir distintas reacciones; están los que se sienten orgullosos de que alguien de su pueblo vaya teniendo nombre propio y sea conocido por lo que sabe o por lo que hace, aunque también aparecen los que se quieren apuntar un tanto como quien arrastra el ascua hasta su propia sardina para decir que se conocen de siempre, que son amigos íntimos y no se cuantas cosas más; pero están también los que no soportan que alguien de sus vecinos destaque más que los demás, y surgen o se crean las desconfianzas, aparecen las envidias, se trata de desprestigiar de la forma que sea, les decimos que ya los conocemos y que detrás de tanta facha hay aviesas intenciones y así muchas cosas más; en un pueblo pequeño esto se multiplica de manera exagerada, mientras otros que se creen poderosos no pueden permitir que nadie les haga sombra.
Así somos los humanos, como aquello del perro del hortelano que ni como él ni deja comer al amo. No nos extrañe pues la reacción de las gentes de Nazaret ante la llegada de Jesús. A sus oídos habían llegado noticias de lo que hacia por Cafarnaún y otros lugares, cómo la gente lo acogía y corría detrás de él para escucharle, y cómo los enfermos eran curados por las obras maravillosas que realiza.
‘¿De dónde saca todo eso? ¿Qué sabiduría es ésa que le han enseñado? ¿Y esos milagros de sus manos? ¿No es éste el carpintero, el hijo de María, hermano de Santiago y José y Judas y Simón? Y sus hermanas ¿no viven con nosotros aquí?’
Son las reacciones y los comentarios cuando el sábado Jesús va a la sinagoga y hace el comentario a la lectura de los profetas que se ha proclamado. ¿Dónde ha aprendido todas esas cosas? ¿Quién se cree que es El? Y le quieren recordar que ellos bien lo conocen porque allí estas sus parientes y allí ha pasado su infancia y su juventud y a ningún sitio, a ninguna escuela rabínica ha ido a aprender. Qué bien refleja este texto lo que entre nosotros sucede tantas veces.
Nos dirá el evangelista que no hizo allí milagros por su falta de fe. Y Jesús les recuerda lo que era un dicho popular entre ellos: ‘No desprecian a un profeta más que en su tierra, entre sus parientes y en su casa’. Pero Jesús continúa su misión enseñando por otros lugares.
Creo que el mensaje que hoy quiere trasmitirnos la Palabra de Dios quiere incidir en nosotros en cómo acogemos nosotros la Palabra de Jesús; pero en concreto como acogemos esa Palabra que nos llega a través de la Iglesia y de sus ministros. Es cierto que los ministros de la Palabra han de testimoniar con su vida la Palabra que proclaman y el mensaje que quieren trasmitirnos, pero bien nos sucede cuantas veces somos críticos con lo que nos dicen o enseñan porque quizá están tocando muy directamente en las llagas de nuestra vida que habría que curar. Una nueva actitud de acogida nos está pidiendo hoy el Señor a través de su Palabra.
Pero recogiendo el primer pensamiento con el que iniciamos nuestra reflexión también tendríamos que pensar como acogemos y valoramos nosotros lo bueno de los demás. Hemos de aprender a quitar esos ‘peros’ que tantas veces ponemos en la vida a lo que recibimos de los otros.
Con qué facilidad queremos ensombrecer la luz que podemos recibir de los demás; cómo nos duele en muchas ocasiones que otros puedan resplandecer con su propia luz; cuántos sentimientos negativos aparecen fácilmente en nuestro corazón; qué manchado está el cristal a través del cual miramos a los otros porque dejamos que se peguen en nuestro corazón esos malos sentimientos y así pensamos o vemos a los demás. Quitemos esas vigas que se nos meten en nuestros ojos y que nos impiden mirar nítidamente la claridad que podamos recibir de los otros.

martes, 30 de enero de 2018

El camino se nos hace largo con sus oscuridades en la vida pero en la fe encontraremos siempre la luz al final que nos hace caminar con esperanza

El camino se nos hace largo con sus oscuridades en la vida pero en la fe encontraremos siempre la luz al final que nos hace caminar con esperanza

2Samuel 18,9-10.14b.24-25a.30–19,3; Sal 21; Marcos 5,21-43

La fe es un camino que no siempre es fácil, muchas veces se nos vuelve doloroso, parece que se  nos alarga sin fin hasta que podemos alcanzar la luz, pero hemos de saberlo recorrer con confianza, con perseverancia, siempre con deseos de búsqueda, abiertos a una vida nueva que se nos puede ofrecer.
En la vida tenemos momentos dolorosos, llenos de dificultades, donde todo parece que se nos vuelve oscuro. Serán las enfermedades, o serán los problemas de cada día en nuestra convivencia con los demás o en esas cosas que no nos salen como a nosotros nos gustaría, será ese camino de superación que se nos hace costoso porque muchos son los apegos de los que sabemos que tenemos que desprendernos o serán los vientos en contra que podamos encontrar cuando hay oposición a nuestras ideas o planteamientos o la imposibilidad que sentimos en nuestra propia debilidad para alcanzar las metas que deseamos, o pudieran ser los cantos de sirena que escuchamos desde muchos lados invitándonos a abandonar nuestra lucha para seguir caminos que nos dicen que son más fáciles y placenteros.
Ahí se va a descubrir la madurez de nuestra vida con nuestras luchas, con nuestra constancia, con la búsqueda sincera de la luz, con la apertura de nuestro corazón, con la trascendencia que le queremos dar a nuestra vida. El creyente ha de sentirse seguro en ese camino aunque nos pudiera parecer tenebroso en ocasiones, sabe de quien se FIA. El verdadero creyente sabe de la presencia de Dios que siempre está a nuestro lado aunque nos parezca que no lo veamos; el verdadero creyente se fía, se fía de la Palabra de Dios que viene a ser su fortaleza; el verdadero creyente sabe donde puede poner toda su confianza, porque Dios no le fallará.  Basta que nos mantengamos en nuestra fe.
Un hombre acude a Jesús porque ya es su última esperanza; tiene a su niña enferma que está en las últimas y acude a Jesús. Jesús se ofrece a ir a su casa. Parece que el camino se hace largo, gente que le sale al paso a Jesús, la mujer de las hemorragias que provoca también con su fe el milagro de su curación, los que viene a avisar que ya no hay nada que hacer porque su hija a muerto, la desolación que encuentra en su casa, todo se le vuelve oscuro. Pero Jesús le dice ‘No temas; basta que tengas fe’.
Es lo que necesitamos escuchar tantas veces nosotros en los caminos de nuestra vida, en nuestras luchas, en nuestros cansancios y desalientos, cuando nos falta la esperanza. Ahí está la Palabra de Jesús que nos invita a confiar. Encontraremos la luz; encontraremos la vida; saldremos adelante y venceremos porque tenemos asegurada la victoria con Jesús. ‘Yo he vencido al mundo’, nos dirá en otra ocasión. Y con Jesús nosotros podremos.
Nos acercaremos con confianza, como aquella mujer, que sabia que con solo tocarle el manto seria suficiente. Y lo fue. ‘Tu fe te ha curado. Vete en paz y con salud’, le dice Jesús. Nos lo dice a nosotros también. Sigamos en el camino, vayamos con Jesús, caminemos tras sus huellas, anunciemos a los demás las maravillas que el Señor hace en nosotros.
La gente se quedó viendo visiones, nos dice el evangelista cuando Jesús hizo volver a la vida a la niña. Lo vieron, lo experimentaron, lo palparon. Alababan a Dios que realiza tales maravillas. Nosotros somos testigos que hemos de dar testimonio de lo que vivimos, de nuestra fe, esa fe que nos alienta y nos hace caminar y encontrar la luz. Los que están a nuestro lado quizá no lo vean, solo vean oscuridad y muerte, pero nosotros que hemos encontrado la luz tenemos que enseñarles el camino de la luz. El mundo necesita nuestro testimonio; el mundo necesita testigos y nosotros tenemos que dar ese testimonio.

lunes, 29 de enero de 2018

Jesús nos está diciendo también ‘Vete a casa con los tuyos y anúnciales lo que el Señor ha hecho contigo por su misericordia’

Jesús nos está diciendo también ‘Vete a casa con los tuyos y anúnciales lo que el Señor ha hecho contigo por su misericordia’

2Samuel 15,13-14.30; 16,5-13ª; Sal 3; Marcos 5,1-20

No siempre aquello bueno que hacemos es comprendido y aceptado por los demás. Hay quien no entiende que uno quiera ser bueno; no se si es que estamos muy maleados en nuestro corazón que nos pueda parecer imposible que uno quiera hacer cosas buenas. También pueden aparecer por otro lado los intereses que nos guían en la vida y quizá aquello que hacemos venga a ser como un espejo donde nos veamos y nos demos cuenta lo malo que llevamos en el corazón.
Cuando nos materializamos en la vida viendo solo lo puedan ser ganancias y beneficios materiales, podemos fácilmente reaccionar si podemos ver en peligro esos intereses nuestros. Andamos demasiado por intereses terrenos y nos olvidamos quizá de darle altura a nuestra vida o tener otros ideales y otras metas más altas. Las cosas del espíritu las relegamos con demasiada frecuencia a un segundo plano, como solemos decir, para cuando tengamos tiempo. No todos tienen nuestras mismas metas, nuestros mismos objetivos, nuestra forma de ver las cosas y encarar la vida y eso puede producir ciertos choques de visión o de intereses.
Jesús había invitado, como hemos escuchado recientemente, a los discípulos a ir a la otra orilla. Ya reflexionamos sobre las peripecias de la travesía con la tempestad que sobrevino anuncio quizá de otras dificultades mayores. La otra orilla a la que llegaron Jesús y los discípulos en la barca era la región de los gerasenos; no eran judíos, tenían otras costumbres y otra manera de ver la vida, aunque también con sus dificultades y con sus problemas.
Claro que la llegada de Jesús, aunque les liberara de un problema que era aquel hombre poseído del mal que tanto daño les hacia, con el milagro que Jesús había hecho para liberar a aquel hombre del mal, había dañado sus intereses particulares. Por eso, aunque ven a aquel hombre curado y sin que ya les pudiera hacer daño, sin embargo le piden a Jesús que se marche a otro lugar; no quieren aceptar, ni recibir a Jesús. Y Jesús se embarcó y se fue a otro lugar. Nos enseña Jesús como tenemos que aprender a encajar los rechazos que podamos recibir en la vida por lo bueno que hacemos.
Pero hay un detalle en este final del episodio del evangelio. Aquel que había sido curado ahora quería irse con Jesús. ¿Sentimientos de gratitud? ¿O sentirse cautivado por Jesús por lo que había realizado en él? Pero Jesús no le deja irse con El sino que lo manda a su casa, a los suyos con un encargo. Ha de contar a todos las maravillas que Dios ha realizado en su vida. Le está pidiendo que sea portavoz de su evangelio, lo está de alguna convirtiendo en misionero y apóstol.
Creo que este detalle puede o debería provocar en nosotros una buena reflexión. Irse con Jesús significaría para aquel hombre marchar a otros lugares y quizá luego realizar también esa tarea de anuncio del evangelio en otros lugares más distantes. Pero en este caso Jesús quiere que vaya a los suyos, que se quede en su lugar, que sea allí ese evangelizador, ese portavoz de la Buena Nueva de la salvación de Jesús.
En nuestro interior y en nuestro amor por Jesús y su evangelio también sentimos quizá en ocasiones ese impulso de lanzarnos para ir a otros lugares, para ser misionero, para ir a hablar de Jesús en otras partes donde no lo conocen. Es necesario, es cierto, que haya misioneros que se lancen por el mundo en el anuncio del evangelio. Será a los que Dios llame con esa misión especial. Pero quizá nuestra llamada, nuestra vocación no está en lugares lejanos sino ahí donde estamos.
A unos le podría parecer cómodo porque no tendrán que desplazarse a otros sitios; pero quizá a otros les pueda parecer más difícil, porque no es precisamente a los nuestros, a los que son más cercanos a nosotros donde nos resulte más fácil hacer esa labor. Pero ahí en los cercanos, en los que nos rodean hacen falta esos misioneros y ese misionero puedes ser tú, puedo ser yo.
Nos daría esto para pensar mucho, para reflexionar y revisar cómo estoy yo siendo testigo del evangelio allí donde estoy, en mi propia casa o con mis vecinos, con mis familiares o con mis amigos, en mi lugar de trabajo o en donde hago mi vida social.
¿Hablamos de Jesús? ¿Tratábamos de trasmitir con valentía esos valores del Reino de Dios? ¿Actuamos según los criterios del evangelio sabiendo elevar nuestro espíritu o nos sentimos demasiado influenciados por el espíritu materialista y sensual de nuestro mundo? ¿Nos presentamos en nuestro actuar como personas llenas del Espíritu y que tenemos altos ideales y metas en nuestro corazón?
Merece la pena que nos lo pensemos, porque Jesús nos está diciendo también ‘Vete a casa con los tuyos y anúnciales lo que el Señor ha hecho contigo por su misericordia’. Es ahí donde primero tenemos que realizar nuestra tarea evangelizadora.

domingo, 28 de enero de 2018

Escuchar la Palabra liberadora de Jesús nos tiene que despertar, nos tiene que comprometer para ser ese hombre nuevo, para hacer ese mundo nuevo

Escuchar la Palabra liberadora de Jesús nos tiene que despertar, nos tiene que comprometer para ser ese hombre nuevo, para hacer ese mundo nuevo

Deuteronomio 18, 15–20; Sal 94; 1Corintios 7, 32-35; Marcos 1, 21-28

Muchas veces  nos podemos sentir encantado por las palabras que escuchamos; se puede ser un buen orador, tener recursos para hacernos una presentación bonita de lo que nos quiere trasmitir, ofrecernos muchos argumentos para que creamos en aquello que nos dice, pero al final quizá sentimos que todo aquello que nos dicen o nos presentan suena a hueco, a palabras y razonamientos muy bien aprendidos pero queremos analizar algo más, porque queremos ver que eso sea factible, queremos ver las obras que serán las buenas razones que nos convenzan.
En la sociedad en la que vivimos, ya sea desde la publicidad que nos incita al consumismo, ya fuera desde los ideólogos, por llamarlos de alguna manera, que nos ofrecen un mundo ideal, o desde aquellos que se presentan como servidores o salvadores de la sociedad y nos ofrecen muchas cosas, que pasado un tiempo se olvidan, nunca se van a llevar a la práctica o hacerse realidad, o descubrimos detrás de todo eso unos intereses o unos deseos de ganancia que de alguna manera nos dejan frustrados, nos hacen sentirnos engañados, o nos dan una sensación de vacío cuando no de manipulación.
Encontrarnos a la persona sincera que va a desarrollar todo lo que nos promete hasta el final con un compromiso serio sería muchas veces como encontrar una joya preciosa, un tesoro escondido. Algunas veces, por eso, tras el encanto de bonitas palabras al final quizás nos sentimos hastiados.
Hoy nos presenta el evangelio un texto que nos ofrece todo lo contrario, o mejor dicho, nos hace descubrir quien es ese tesoro escondido por el que merece la pena venderlo todo para seguirlo, para encontrarlo. Nos habla del entusiasmo de las gentes cuando escuchan a Jesús. Entienden que no son palabras dichas de memoria, que allí hay vida, que lo que ofrece es algo cierto, que ese Reino de Dios que anuncia es algo que se puede hacer realidad, que llena de esperanza ciertamente los corazones. Porque sus palabras van acompañadas de los hechos.
Este texto del evangelio de Marcos que nos ofrece algo así como el resumen de la actividad de un día, yo diría que tiene su paralelismo en el texto conocido del evangelio de Lucas cuando nos habla de su presentación en la sinagoga de Nazaret. Marcos nos centra la actividad de Jesús en Cafarnaún y es en su sinagoga donde es invitado al anuncio y comentario de la Palabra. Es el cumplimiento de lo anunciado por los profetas. Es ese nuevo profeta del que nos habla la primera lectura que proclama de verdad no su palabra sino la Palabra de Dios.
Y los profetas habían anunciado a aquel que venia a proclamar una buena noticia que seria la liberación de Israel. Con el Reino de Dios que Jesús anuncia se realiza esa liberación, porque cuando lleguemos a aceptar ese Reino nos veremos liberados de verdad de todo lo que puede esclavizar al hombre desde lo más íntimo de sí. Pero no son solo palabras lo que pronuncia Jesús sino que lo realiza.
Allí hay un hombre poseído por el espíritu del mal que ante la presencia de Jesús siente que tiene que liberarse de todo ese mal que lo ata y esclaviza desde lo más profundo de sí. Con Jesús y queriendo vivir el Reino de Dios no se puede vivir atado a esas esclavitudes del mal. Y aquel hombre se ve liberado del mal. Se realiza lo que anuncia Jesús y eso se puede realizar en nosotros también. Es lo que sienten aquellas personas y por eso prorrumpen en esas alabanzas a Dios.
‘¿Qué es esto?, se preguntan. Este enseñar con autoridad es nuevo. Hasta a los espíritus inmundos les manda y le obedecen’. Y como nos dice el evangelista la fama de Jesús se extendió por todas partes.
¿Sentiremos nosotros eso mismo cuando escuchamos a Jesús? ‘Ojalá escuchéis hoy su voz, no endurezcáis el corazón’, rezamos en este domingo con el salmo. Cuidado se nos endurezca el oído y el corazón. Nos acostumbramos a las palabras de Jesús porque quizá con mucha superficialidad las escuchamos y ya no nos dicen nada o poca repercusión tienen en nuestra vida. Vaciamos de contenido la Palabra del Señor con nuestra rutina. Cansados quizá de palabras por tantas cosas que oímos por todas partes ya no le damos la importancia que tendríamos que darle y todo lo metemos en el mismo saco de la vaciedad y el sin sentido con que escuchamos otras cosas.
Nos acostumbramos tanto que ya no sentimos admiración por la Palabra de Jesús y entonces no llegamos a descubrir sus signos. Es más, ponemos una coraza en nuestro corazón que nos insensibiliza para no llegar a darnos cuenta de esas cosas de las que tenemos que liberarnos, de las que nos quiere liberar Jesús con su presencia en nuestra vida.
Aquel espíritu maligno del que nos habla el signo del evangelio de hoy de alguna manera con sus gritos quería rechazar a Jesús. ‘¿Qué quieres de nosotros, Jesús Nazareno? ¿Has venido a acabar con nosotros?’ Una expresión de ese rechazo, de esa oposición en donde nosotros podemos caer también con nuestra indiferencia o nuestra tibieza.
Pero sí tenemos que preguntar ‘¿Qué quieres de nosotros, qué quieres de mi, Jesús Nazareno?’ para que El nos ayude a descubrir todo eso que nos oprime, que nos resta en nuestra libertad, que impide ese actuar de la gracia de Dios en nosotros. Andamos espiritualmente adormilados y parece que ni sentimos ni padecemos. Y así no podemos dejarnos transformar por el Señor. Con sinceridad tenemos que ponernos ante su palabra; reconociendo nuestras limitaciones, dándonos cuenta de todas esas cosas que nos hacen sufrir o que hacen sufrir a los que nos rodean acudimos a escuchar a Jesús para dejarnos tocar por su gracia.
Nos tenemos que dejar liberar, pero tenemos que ser signos de liberación, de la liberación que Jesús nos ofrece, ante los que nos rodean. Con esa palabra liberadora, salvadora de Jesús nosotros tenemos que ir también a los demás, a ese mundo que nos rodea para que con la liberación que Jesús nos ofrece podamos hacer en verdad ese mundo nuevo del Reino de Dios. Escuchar la Palabra liberadora de Jesús nos tiene que despertar, nos tiene que comprometer para ser ese hombre nuevo, para hacer ese mundo nuevo.

sábado, 27 de enero de 2018

El que cree en Jesús mantiene siempre un corazón joven, vivo e inquieto para abrir caminos nuevos con la novedad del evangelio a pesar de las oscuras tempestades que nos da la vida


El que cree en Jesús mantiene siempre un corazón joven, vivo e inquieto para abrir caminos nuevos con la novedad del evangelio a pesar de las oscuras tempestades que nos da la vida

2Samuel 12,1-7a.10-17; Sal 50; Marcos 4,35-41

Aventurarnos a lanzarnos a descubrir caminos nuevos en la vida nos da miedo, nos resulta costoso tomar la decisión. Es algo nuevo y desconocido y queremos asegurarnos muy bien con lo que nos vamos a encontrar. Por mucho espíritu de aventura que tengamos sentimos cierto temor, y si en los primeros pasos que vamos dando  nos aparecen las dificultades y contratiempos sentimos la tentación de volvernos atrás.
Pero creo que es necesario arriesgarnos a algo nuevo; no nos podemos quedar en conservadurismos que nos atan al pasado y no nos dejan avanzar. Encontraremos dificultades pero sabemos que también encontraremos caminos, aunque las tormentas puedan ser fuertes. Es la aventura, podríamos decir, del crecer y es lo que nos hará más maduros en la vida; es el espíritu joven e inquieto que no tendríamos que perder porque entonces se nos envejecería el corazón.
Es la forma de salir de rutinas que nos adormecen, que anquilosan nuestra vida. Es el corazón que se tiene que sentir siempre joven y que es capaz de superar cansancios y desalientos. Es como en verdad podemos ir logrando un mundo nuevo y mejor, que creo que tendría que ser la aspiración de todos.
‘Vamos a la otra orilla’, les dice Jesús hoy a los discípulos. Pero tendrían que atravesar el lago. Sí, también en el camino de nuestra fe, en lo que es vivir nuestra vida cristiana tenemos que escuchar también esa invitación de Jesús. Seguir a Jesús es estar en camino que eso viene a significar la palabra discípulo. Como lo hacían los discípulos que iban de un lado para otro a donde Jesús les llevara, que se ponían en camino o se subían a la barca para ir a la otra orilla.
Esta vez se encontraron una tempestad en el lago. Sucedía muchas veces por la situación geográfica en la que estaba situado, pero es como nos sucede a nosotros también tantas veces. Les entró miedo y pensaban que se hundían, aunque Jesús estaba con ellos pero estaba dormido en un rincón de la barca. Nos sucede tantas veces en la vida y por eso en tantas ocasiones nos da miedo a arriesgarnos, a emprender cosas nuevas, a abrir caminos para llevar el evangelio a otras partes, o abrir nuevos surcos donde sembrar una y otra vez la semilla.
Tempestades, temores que nos vienen de nosotros mismos porque no tenemos confianza o  nos confiamos demasiado solo en nuestras fuerzas; temores ante lo que nos vamos a encontrar porque no siempre lo que nos rodea nos es favorable; temores por nuestra propia debilidad, la debilidad también en muchas ocasiones de nuestra fe, y tememos no saber como confrontar nuestra fe con ese mundo en el que vivimos y donde incluso podemos encontrar rechazo.
Tempestades y temores porque las tentaciones nos acosan y somos tan ciegos que no nos damos cuenta que con nosotros está siempre el Señor. Aunque en medio de esa tempestad nos parezca sentir el silencio de Dios tenemos la certeza de que El está ahí, la fuerza de su Espíritu no nos va a fallar.
‘¿Por qué sois tan cobardes? ¿Aún no tenéis fe?’ nos dice también el señor a nosotros. No nos acobardemos, arriesguémonos a emprender el camino, a cruzar al otro lado, a llegar allá donde parece que nadie llega, a ir a ese mundo desconocido o adverso, allí tenemos que dar testimonio de nuestra fe. Que la rutina nunca adormezca nuestra fe. Que el miedo no nos paralice y nos encierre en lo de siempre. Que no se nos anquilose el corazón sino que siempre nos manteamos con espíritu joven e inquieto.
La novedad del evangelio siempre ha de encontrar caminos nuevos que nos lleven a los demás. Con nosotros está el señor. Nada nos separará del amor de Dios.

viernes, 26 de enero de 2018

No olvidemos nunca que siempre hemos de ser sembradores de la buena semilla del Reino de Dios, constructores con nuestra vida del Reino de Dios en nuestro mundo

No olvidemos nunca que siempre hemos de ser sembradores de la buena semilla del Reino de Dios, constructores con nuestra vida del Reino de Dios en nuestro mundo

2Timoteo 1, 1-8; Sal 95;  Marcos 4,26-34

Qué hermoso y maravilloso contemplar el misterio de la vida, como se va desarrollando día a día en las personas y en la propia naturaleza. Nacer, crecer, madurar, dar frutos es camino de toda vida que misteriosamente se va desarrollando delante de nuestros ojos aunque casi  no nos demos cuenta. Es la vida del niño que crece, que madura en sus pensamientos y en sus actitudes y comportamientos; es la persona que encierra en si todo un misterio en la fuerza que lleva en su interior y que luego se va a ir manifestando en lo que va haciendo de su vida y en la vida.
Como la planta que crece en nuestra huerta, en el jardín o en el campo que la vemos brotar pequeña e insignificante pero que crece y crece y nos pueda dar un frondoso árbol lleno de apetitosos frutos. Es esa semilla que nos parece encerrada en una concha pero de la que un día brotará una planta de hermosas flores y jugosos frutos. Y así podemos pensar en tantas y tantas cosas llenas de vida, como tenemos que pensar, por supuesto en las personas, en nosotros con todo el misterio que en nuestro interior guardamos.
Hoy nos habla Jesús de una semilla plantada y que germina y que va creciendo ante los ojos del agricultor que la sembró y que espera un día recoger abundante cosecha de ella. Pero es una semilla pequeña e insignificante – luego nos hablará también de la insignificante semilla de la mostaza – que puede darnos una hermosa planta. Pero Jesús nos habla de esa semilla plantada y que así crece para comparárnosla con el Reino de Dios. Son varias las parábolas en las que nos hace esa comparación con la semilla.
Esa semilla del Reino de Dios que tenemos que saber ir plantando en la vida. Con el riesgo, si queremos pensar así, de que no sabemos si prenderá o no y si un día va a dar fruto o no, pero que tenemos la obligación de plantar. Y no tenemos que pensar en espectaculares cosas a realizar para plantar esa semilla del Reino. Muchas veces nos ponemos a cavilar y a programar grandes acciones o cosas extraordinarias pensando que así tendrá más efectividad. Sin embargo con la más absoluta naturalidad tenemos que ir dejando caer por los caminos de la vida esa semilla que tendría que brotar de forma espontánea de nosotros en nuestros gestos, actitudes y comportamientos de la normalidad de cada día de nuestra vida.
Si en verdad nosotros estamos impregnados del espíritu del Reino de Dios, todo eso tendría que brotar de nosotros como esas semillas que se desprenden de forma espontánea de las plantas y de las flores y son llevadas por el viento o las aves esparciéndolas por todas partes haciendo brotar nuevas plantas del Reino de Dios en la frondosidad de al vida; como el perfume que desprenden las flores sin hacer ninguna cosa especial nosotros tenemos que hacer desprender de nuestra vida ese perfume del Reino de Dios que envuelva y contagie todo cuanto nos rodea.
No olvidemos nunca que siempre tenemos que ser sembradores, constructores con nuestra vida del Reino de Dios en nuestro mundo. No desistamos en nuestra tarea.

jueves, 25 de enero de 2018

Ayudemos a los demás en su camino de Damasco – cada uno tiene su propio camino de Damasco – a un encuentro vivo con el Señor, como también nosotros dejémonos ayudar

Ayudemos a los demás en su camino de Damasco – cada uno tiene su propio camino de Damasco – a un encuentro vivo con el Señor, como también nosotros dejémonos ayudar

Conversión de san Pablo

Hechos de los Apóstoles 22,3-16; Sal. 116; Marcos 16,15-18

Nos cuesta aceptar que la gente pueda cambiar. Algunas veces nos parece que está justificada esa desconfianza, porque hemos visto a las personas tan encerradas en si mismos y en sus ideas, con un cierto fanatismo en sus actuaciones, que nos parece imposible que esas personas puedan cambiar de pensamiento, de actitudes y de lo que hacen en su vida.
En un buen pensamiento por nuestra parte podríamos quizá pensar que actúan ajustándose a su manera de ver las cosas y son fieles a si mismos y por eso actúan así, pero eso no nos quita la desconfianza que podamos sentir cuando les vemos que han cambiado y que ahora actúan de otra manera. Pienso que si van con verdadera sinceridad por la vida podríamos deducir que no han visto otra cosa, o que las influencias que han recibido o la misma educación les haya podido llevar a esas posturas porque no han descubierto otra luz.
Por eso, digo, que si con sinceridad van por la vida y con una cierta postura abierta para descubrir algo nuevo, en un momento pueden sentirse iluminados para darle una vuelta a su vida. Quizá nosotros también tengamos que saber ir con disponibilidad y una apertura de corazón para no encerrarnos quizá en los prejuicios que tengamos hacia los demás.
Hoy estamos celebrando a alguien que supo darle la vuelta a su vida y cambió. También había desconfianza en torno a él. La fama de lo que hacia en Jerusalén persiguiendo a los que confesaban el nombre de Jesús llegaba también a otros sitios; si ahora iba a Damasco era precisamente desde esas ideas con intención de apresar a todos lo que creían y confesaban el nombre de Jesús para llevarlos presos a Jerusalén. No nos ha de extrañar entonces la respuesta llena de desconfianza de Ananías a la visión que estaba recibiendo del Señor; él sabía a lo que venia Saulo a Damasco.
Pero Saulo no se había encontrado nunca con Jesús. Educado en el fanatismo de los fariseos, como el mismo mas tarde confesaría, quería borrar el nombre de Jesús de Jerusalén y de allí donde fuera confesado. Ya joven aun había estado siendo testigo de la muerte de Esteban guardando los mantos de los que apedreaban al que iba a ser el primer mártir por Jesús.
Pero el camino de Damasco había sido muy grande para él. Había sido el lugar y el momento del encuentro. Jesús le salía al paso. Con la luz de Jesús resucitado se habían cegado incluso sus ojos corporales, pero esa misma luz le iba a abrir los ojos del corazón. Había sido elegido como instrumento de salvación, se le diría a Ananías en la visión que había recibido del Señor. Y Saulo ciego de sus ojos corporales se había dejado conducir hasta Damasco donde terminaría de encontrar la luz.
Hoy estamos celebrando su conversión. No vamos ahora a extender en todo lo que fue el actuar de Saulo, luego cambiado el nombre a Pablo, porque bien lo conocemos. Pero sí podemos deducir muchas cosas para nosotros, mucho mensaje para nuestra vida.
¿Necesitaremos dejarnos encontrarnos, con un encuentro vivo, por Jesús? aunque sepamos muchas cosas, aunque tratemos de ser buenos y hasta vivir ciertos compromisos en nuestra vida desde la fe que tenemos, quizá pudiera faltarnos un encuentro mas profundo, más vivo, en que en verdad nos sintamos transformados por su luz. Todavía quedan tantas cosas ciegas en nuestra vida, tantas oscuridades que necesitamos iluminar.
Pero también al hilo de lo que fue el comienzo de nuestra reflexión tendríamos que aprender a mirar con ojos nuevos, con mirada limpia y nueva a los demás para ir desterrando de nosotros tantas desconfianzas. Aprendamos a confiar en la sinceridad de las personas; aprendamos a confiar en que las personas pueden cambiar, darle una vuelta a su vida, como nosotros también podemos y tenemos que cambiar quizás en muchas cosas.
Ayudemos a los demás en ese camino de Damasco de sus vidas – cada uno tiene su propio camino de Damasco – a ese encuentro vivo con el Señor, como también nosotros dejémonos ayudar. 

miércoles, 24 de enero de 2018

No nos cansemos de sembrar la semilla, de hacer el bien, de trabajar por los demás, de comprometernos seriamente en la vida, algún día esa semilla puede brotar y llegar a dar fruto

No nos cansemos de sembrar la semilla, de hacer el bien, de trabajar por los demás, de comprometernos seriamente en la vida, algún día esa semilla puede brotar y llegar a dar fruto

2Samuel 7,4-17; Sal 88; Marcos 4,1-20

Es un poco la tentación de desánimo que muchas veces sienten los que trabajan por los demás, quieren hacer cosas buenas, se preocupan de esa sociedad en que viven o tienen un compromiso social en alguna actividad en su entorno. Es el desánimo que se puede sentir cuando no vemos el fruto pronto de aquello que hacemos.
O que nos puede pasar en nuestra vida personal, que queremos superarnos, avanzar en la consecución personal de algunos valores, pero parece que vamos a rastras porque no avanzamos, porque no logramos superar aquellos escollos que la vida nos va poniendo, no logramos mejorar nuestro carácter, no conseguir dominar aquellos impulsos, seguimos con nuestra rabias y violencias aunque solo sean en nuestro interior.
Creo que no podemos idealizar la vida, nuestras luchas o nuestro trabajo por los demás, pensando que todo será fácil y maravilloso y que pronto conseguiremos aquello que perseguimos; son muchas las circunstancias que nos rodean, influencias que recibimos nosotros de todo tipo o también aquellas personas para las que trabajos o con quienes queremos conseguir algo.
Ahí anda nuestra vida con nuestros cansancios y con nuestras inconstancias, ahí están esas raíces profundas que hay en nosotros y que tanto nos cuesta arrancar, y eso les puede pasar a los demás también, ahí está que nuestra visión algunas veces se vuelva turbia y no terminemos de ver las cosas y a los otros también les sucede, ahí están esas desconfianzas que se nos meten en el alma y que nos debilitan y los demás también pueden tener esa tentación.
Nos sentimos desalentados, pero tenemos que ser realistas, que no significa que dejemos de luchar, de buscar lo bueno, de entregarnos, de querer seguir sembrando la semilla aunque sepamos que no siempre va a dar fruto al ciento por uno; hemos de tener confianza, hemos de mantenernos en camino, hemos de seguir adelante.
Me ha venido todo este pensamiento y reflexión escuchando la parábola que Jesús nos propone hoy. Había mucha gente a su alrededor y nos dice el evangelista que se sentó y se puso a hablar en parábolas. Y la primera parábola que les propone es la del sembrador que yo todos bien conocemos porque muchas veces la hemos escuchado y meditado y nos hemos visto bien reflejados en ella.
Jesús, es cierto, está queriendo enseñarnos con la parábola que tenemos que preparar la tierra de nuestra vida y quitar abrojos y pedruscos, ablandar la dureza de la tierra del camino y ser buena tierra. Pero Jesús está siendo muy realista porque eso le está pasando con su predicación. No todos aquellos que allí están ahora escuchándole van a dar el mismo fruto, van a tener la misma respuesta. Pero Jesús no deja de sembrar, y como dice la parábola, saldrá por todos los caminos y por todos los rincones lanzando la semilla a voleo. En algún lugar, en algunas personas aquella semilla va a caer y echar raíces y hasta que crezca la planta y dé fruto.
¿No nos estará diciendo algo Jesús para nuestros desalientos y cansancios a la hora de nosotros sembrar? Es que aquí no se puede hacer nada, nos decimos algunas veces y dejamos de sembrar, de trabajar, de hacer por los demás. Jesús era consciente de que algunas de aquellas semillas iban a caer entre abrojos y sin embargo lanzó la semilla. ¿No será lo que nosotros tenemos que hacer? 
No nos cansemos de sembrar la semilla, de hacer el bien, de trabajar por los demás, de comprometernos seriamente en la vida. Algún día esa semilla, que a nosotros ahora nos parece que no brota, sin embargo puede brotar y llegar a dar fruto. Es la esperanza que siempre tiene que animar nuestra vida. Si no la sembramos seguro que no dará fruto. No digamos nunca que aquí no se puede hacer nada. Eso significaría que no estamos confianza en la fuerza que en si misma tiene la Palabra de Dios.

martes, 23 de enero de 2018

No echemos en el saco del olvido la Palabra de Dios sino guardémosla en nuestro corazón haciendo memoria continuamente de ella para que nos ayude e ilumine en nuestro caminar

No echemos en el saco del olvido la Palabra de Dios sino guardémosla en nuestro corazón haciendo memoria continuamente de ella para que nos ayude e ilumine en nuestro caminar

2Samuel 6,12b-15.17-19; Sal 23; Marcos 3,31-35
A lo largo del día, como a lo largo de la vida vamos escuchando muchas cosas interesantes, bellos mensajes, palabras que en un momento dado nos pueden servir de luz en situaciones adversas o momentos difíciles, palabras que nos trasmiten hermosos pensamientos que nos recrean el alma, pero nos sucede muchas veces son como un carrusel de imágenes o de ideas que van pasando delante de nosotros pero que la mayoría van quedando en el olvido; quizá aquellas cosas que mas nos impactan en un momento determinado las escuchamos con admiración y tratamos de grabarlas en nuestro interior para que sigan siendo una luz y un estimulo para la vida.
Algunas cosas merecerían ser grabadas en piedra, como se suele decir, para que permanezcan en nosotros de forma permanente y sigan siendo fuente de energía y de vida para siempre. Es una lástima que muchas de esas cosas hermosas las desaprovechemos y pronto queden en el olvido y ya no produzcan fruto en nosotros.
Quizás esto que estamos reflexionando nos lo tendríamos que aplicar a la manera cómo nosotros acogemos la Palabra de Dios en nuestra vida. Muchas veces, aun con toda la belleza y la vida que trata de trasmitirnos, se nos quedan en palabras que vuelan, pasan delante de nosotros pero  no terminamos de asumirla para nuestra vida para que sea en verdad esa luz que necesitamos en nuestro camino. Una semilla echada al viento que el viento se lleva y no llega a enraizar de verdad en nuestra vida. No siempre somos esa tierra preparada, cultivada para recibir la semilla y haga brotar esa nueva vida en nosotros.
A ello nos está invitando continuamente Jesús en el evangelio a través de sus parábolas que tantas veces hemos escuchado. Y ante nuestros ojos hay una bella imagen en la propia Madre de Jesús que plantó hondamente esa Palabra en su corazón para que fructificara en vida. La que supo poner ante Dios como su humilde esclava y dejar que la Palabra se realizara en ella. La que escuchaba y rumiaba en su interior cuanto de Dios recibía sintiendo incluso como Dios le iba hablando en los acontecimientos  en los que se veía envuelta, por eso como dice el evangelista ‘guardaba todo en su corazón’.
Es el mensaje que hoy se nos quiere trasmitir en el evangelio. María y los parientes de Jesús acuden para verle y le pasan la noticia. ‘Mira, tu madre y tus hermanos están fuera y te buscan’. Nos parecería que lo más inmediato que hiciera Jesús es salir al encuentro de su madre y sus familiares que le buscan. Sin embargo con sus gestos Jesús quiere decirnos mucho más. ‘¿Quiénes son mi madre y mis hermanos?’, les responde. ‘Y, paseando la mirada por el corro, dijo: Éstos son mi madre y mis hermanos. El que cumple la voluntad de Dios, ése es mi hermano y mi hermana y mi madre’.
Nos está diciendo Jesús cómo podemos ser nosotros su familia. Es escuchar la Palabra de Dios, pero no escucharla como una palabra que se lleva el viento, sino plantándola en nuestro corazón, como hizo María. Y plantarla en el corazón es hacer que se haga vida en nosotros, es cumplir, es realizar en nosotros lo que es el designio de Dios.
Es esa palabra que siempre es luz para nuestra vida que nos hace salir de nuestras oscuridades; es esa semilla que tenemos que plantar en nosotros para hacer fructificar una nueva vida; es la que va a dar color a nuestra vida haciéndola bella porque nos enseñará a caminar por los caminos del amor y de la solidaridad. No la echemos en el saco del olvido, guardémosla en nuestro corazón y hagamos memoria continuamente de ella para que nos ayude e ilumine en nuestro caminar.

lunes, 22 de enero de 2018

Una mirada turbia se convierte en destructiva de todo lo bueno que hay a nuestro alrededor corroyendo el bien y la bondad de los demás cuando sembramos desconfianza


Una mirada turbia se convierte en destructiva de todo lo bueno que hay a nuestro alrededor corroyendo el bien y la bondad de los demás cuando sembramos desconfianza

2Samuel 5,1-7.10; Sal 88; Marcos 3,22-30

Tenemos tristemente que reconocer que hay gente que por donde quiera que vaya es generadora de desconfianza y sembradora de discordias.  Nunca miran con ojos limpios, siempre quieren ver detrás de lo bueno que ve todo el mundo alguna malévola intención, porque quizá sus ojos son malévolos y su corazón es retorcido en la maldad. No solo lo piensan o lo sienten por dentro sino que sabrán tener la palabrita oportuna que genere esa desconfianza en los demás para hacer que todos duden, para quitar prestigio a quien hace el bien, para hacer prevalecer lo que llevan en sus mentes retorcidas.
Es una triste realidad. Siembra desconfianza y hará corroer los cimientos del buen pensamiento que los demás puedan tener y destruirán amistades, romperán la armonía de los hogares, Irán descomponiendo ese mundo bueno que con buena voluntad y hasta con sacrificio queremos otros construir. Y una vez que con nuestras palabras corrosivas hayamos maleado la visión de los demás que difícil será recomponer la buena fama de aquellos que hemos querido desprestigiar.
Cuánto cuidado hemos de tener con esas cosas. Cómo hemos de cuidar nuestras palabras para que en referencia a los demás nunca creen desconfianzas. Qué colirio de pureza hemos de poner en nuestros ojos para que siempre tengamos una mirada clara y limpia y así podamos apreciar lo bueno de los demás.
Cómo tenemos que desterrar de nosotros esas envidias que nos hacen mirar torcidamente a los otros para solo ver malas intenciones en lo bueno que hacen y cómo hemos de curarnos de esa lepra de nuestros orgullos, amor propio o ambiciones que tanto daño nos hacen desde lo hondo de nosotros mismos. Somos como esa fruta maleada que aparentemente puede parecer de agradable presencia, bonito color y aromático olor, pero que en su interior ya lleva la podredumbre con la que contagiará las buenas frutas que pueda haber a su lado.
Me vengo haciendo esta reflexión tratando de leer en nuestra vida lo que hoy nos narra el evangelio. Habían bajado de Jerusalén unos escribas que comenzaron a hablar más de Jesús y de los signos que realizaba. Venían a desprestigiar y a crear desconfianza en Jesús para que las gentes no le siguieran. Lo mejor era atribuir todos aquellos signos que Jesús realizaba al poder del maligno. Reino dividido, como les echará en cara Jesús. Es lo que tratan de hacer.
Era toda una blasfemia contra la gloria de Dios, un horrible pecado. Y cuando no queremos reconocer por un lado nuestro mal, pero tal mismo tampoco queremos reconocer el poder y la fuerza de la gracia del Señor no podremos hacernos beneficiarios de la salvación que Jesús nos ofrece. Por eso les dice Jesús que su pecado no tiene perdón. El Señor sí quiere perdonarnos, somos nosotros los que con nuestra cerrazón los que no queremos recibir ese perdón de Dios.
Aprendamos la lección. No vayamos por la vida sembrando desconfianzas, con mirada turbia para solo ver el mal. Que cambien nuestras actitudes hacia los demás, que se abra nuestro corazón a la gracia de Dios.

domingo, 21 de enero de 2018

Lo necesitamos y el mundo que nos rodea en las circunstancias concretas en que vivimos también lo necesita, escuchar la Buena Noticia de Jesús

Lo necesitamos y el mundo que nos rodea en las circunstancias concretas en que vivimos también lo necesita, escuchar la Buena Noticia de Jesús

Jonás 3, 1-5. 10; Sal 24; Corintios 7, 29-31; Marcos 1, 14-20

‘Tengo una noticia para ti’, viene alguien a decirnos; y nos ponemos en prevención porque enseguida pensamos que algo malo ha pasado. Parece como si lo único que recibiéramos son malas noticias. Pero si el que viene con la buena nueva nos dice que no nos preocupemos que no sea nada malo, que es una buena noticia, parece que hasta la cara nos cambia. Si antes nos interesábamos porque podía ser algo malo que nos afectara a nosotros o a quienes queremos, ahora parece que el deseo se hace más grande, porque no estamos acostumbrados a buenas noticias. Ojalá lo que trasmitamos sean siempre buenas noticias, algo que alegre nuestros corazones, algo que nos haga mirar la vida, el mundo, las cosas con otro color porque son demasiados tintes ensombresedores los que nos envuelven.
Por eso la aparición de aquel nuevo profeta de Galilea despertó inquietudes y esperanzas, era algo nuevo lo que se escuchaba y la forma de presentarse también era distinta y por los signos que le comenzar a ver realizar pensaban que quizá mereciera escucharle.
Es una Buena Noticia lo que Jesús anuncia. Ya aquel profeta aparecido allá en el Jordán había hablado de que llegaba el tiempo de la plenitud – era ya inminente la llegada del Mesías -, pero para algunos quizá los tintes parecían un tanto sombríos por la austeridad de vida con que se presentaba aunque él anunciaba que llegaba quien traería una buena nueva. Pero ahora cuando arrestaron a Juan y parecía que su voz se acallaba aparecía Jesús anunciando que llegaba ya ese tiempo de plenitud, el Reino de Dios, y había que convertirse y creer en la Buena Nueva que se anunciaba.
Es el primer anuncio que hace Jesús. Una invitación a la conversión que no era simplemente una invitación a la penitencia porque él ni siquiera bautizaba a nadie como lo había hecho Juan en el Jordán. Aquella invitación a la conversión significaba mucho más, porque era una invitación a un cambio, a un darle la vuelta a la vida, a tener una nueva mentalidad.
Sus discípulos no ayunarían como los de Juan o como hacían también los de los fariseos, pero a sus discípulos Jesús les enseñaba una nuevas actitudes, una nueva manera de vivir, una autenticidad de vida alejada de vanidades y de orgullos, una sinceridad nacida desde lo más hondo del corazón.
Eso es realmente la conversión, no simplemente hacer penitencia por lo mal que se haya hecho, sino comenzar a vivir de una forma nueva; el que venia traería el perdón para quien hubiera caminado por derroteros del pecado y en las oscuridades que conducían a la muerte – así lo manifestaba con sus signos -, y lo que Jesús quería era que nada atara el corazón del hombre para esclavizarlo sino que era un nuevo sentido de vivir desde el amor en la autentica libertad que hace sentir la verdadera paz en el corazón.
La conversión no era un cambio a algo nuevo y desconocido sino que implicaba creer en esa Buena Noticia que se anunciaba. Y lo que se anunciaba era la llegada del Reino de Dios. No era un reino de esclavitud y de mentira sino de libertad y de verdad. Por eso los signos que Jesús comenzaba a realizar manifestaban esa nueva libertad que tendría que haber en el corazón del hombre.
El profeta había anunciado, como nos diría san Lucas en su evangelio, que llegaba el venia inundado del Espíritu de Dios para traer a los oprimidos la libertad, para anunciar una buena noticia a los pobres porque, como diría María en su cántico, los poderosos serian derribados de sus tronos mientras serian enaltecidos los humildes y los pobres, los hambrientos se verían llenos de bienes mientras los que querían acabaran riquezas en su corazón se encontrarían vacíos y sin sentido de nada.
Esas palabras eran de verdad buena noticia para quienes se sentían oprimidos, para quienes carecían de libertad, para quienes veían sus vidas envueltas en el sufrimiento. Dios visitaba a su pueblo y les traía la paz, iluminaría los corazones de quienes se sentían en tinieblas y algo nuevo comenzaba a sentirse en lo hondo del corazón de manera que los pobres y los que nada tenían comenzaban a sentirse dichosos porque para ellos era el Reino de Dios.
‘Venid conmigo…’ les dice primero a Simón y a Andrés, más adelante también a los hijos de Zebedeo, Santiago y Juan, que lo dejarán todo, redes barcas, familias… para seguir a Jesús. Irse con Jesús ante aquella invitación que les hacia no era simplemente que creyeran y se quedaran haciendo las mismas cosas. En ellos habría un cambio total que ahora lo dejan todo lo material, podríamos decir, pero luego poco a poco se irán desprendiendo de mucho más en lo hondo de su corazón.
Ya sabemos cuanto les costó ese cambio y transformación porque en su interior seguían estando sus ambiciones, en su interior quedaba el resquemor de aquellas cosas que les costaba perdonar, en su interior seguía manteniéndose su amor propio y sus pasiones y violencias que les costaba controlar. Ahora fue un primer paso al dejar las redes y las barcas, más tarde sería la conversión total de su corazón para llegar a entender que el servicio y el amor desde la humildad seria la mayor grandeza que podrían alcanzar.
Nos queda una última palabra que decir. Contemplamos la llegada de esa Buena Nueva a los contemporáneos en la historia de Jesús. ¿Pero escucharemos nosotros hoy, en pleno siglo XXI, que se nos sigue anunciando una Buena Noticia que ha de repercutir también en nuestras vidas? Sería triste que no escucháramos nosotros hoy el evangelio como esa Buena Noticia, ni siquiera como noticia, porque nos pudiera parecer cosa pasada, cosa ya que no nos dice nada en estos tiempos.
¿No tendremos necesidad de escuchar esa Buena Noticia? Sí, lo necesitamos y el mundo en el que vivimos también lo necesita. Tratemos de repasar este evangelio y esta reflexión que nos hemos venido haciendo pero queriendo reflejarlo en nuestra vida, en nuestras oscuridades y nuestras dudas, en las esclavitudes con que nos vamos atando en tantas cosas y en tantas situaciones, en nuestros sufrimientos y el sufrimiento que vemos en tantos a nuestro alrededor…
Tratemos de descubrir esa Buena Noticia de Jesús hoy para mí y para el mundo que me rodea y en el que vivimos. Hagamos vivo el evangelio.