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sábado, 30 de mayo de 2015

La autoridad de Jesús no es otra que la manifestación del amor que Dios nos tiene

La autoridad de Jesús no es otra que la manifestación del amor que Dios nos tiene

Eclesiástico 51,17-27; Sal 18; Marcos 11,27-33
‘¿Con qué autoridad haces esto? ¿Quién te ha dado semejante autoridad?’ vienen los judíos a reclamarle a Jesús. El día anterior había limpiado Jesús el templo arrojando fuera a los vendedores y cambistas que habían convertido en un mercado el templo del Señor. En lugar de casa de oración, de lugar de encuentro con Dios se había convertido en una cueva de bandidos.
Ya conocemos bien lo que sucede siempre en todas partes. En torno a cualquiera lugar de especial devoción aparece enseguida como un enjambre la multitud de los que quieren aprovecharse de la situación. Sucede así en torno a todos los santuarios religiosos hoy también. Todos queremos llevarnos un recuerdo del lugar o tener quien nos facilite las ofrendas religiosas que queremos hacer y aparecen los comercios, aparece el mercado, aparece la utilización de lo sagrado.
Terrible sería que no solo sucediera en los alrededores sino que sucede también dentro de nuestros lugares sagrados. Creo que a pesar de los siglos y a pesar de muchas cosas buenas que intentamos hacer este evangelio no ha hecho mucha mella en nosotros los cristianos. Cuánta renovación y cuanta purificación también de nuestra Iglesia y nuestras prácticas religiosas tendríamos que hacer.
Pero centrémonos en lo que cuestionan a Jesús. No entendían, o no querían entender lo que Jesús hacia. Además aquello trastocaba sus planes y su manera pensar y de actuar. Cuesta entrar en un camino de renovación. No solo son dudas sino muchas veces reticencias que nos ciegan, nos impiden ver con claridad. Se sentían muy seguros de si mismos y no abrían su corazón a lo que Jesús les ofrecía, a su nueva vida.
Por eso vienen con sus planteamientos y exigencias. ¿Con qué autoridad? ¿Quién te ha dado velas en este asunto?  Pero eso no era lo que pensaban por ejemplo aquellos que acudían a Jesús reconociendo sus propios males, sus sufrimientos físicos o del corazón. Que se lo digan al ciego Bartimeo allá del camino de Jericó; o aquel ciego de nacimiento de las calles de Jerusalén, o al paralítico de la piscina que llevaba treinta y ocho años enfrente del agua que podría sanarle y había venido Jesús y le había salvado;  que se lo pregunten a los leprosos que se atrevían a acercase a Jesús con la seguridad de que en El iban a encontrar la salud y la salvación; que se lo pregunten a Zaqueo el que bajó de la higuera para recibir a Jesús en su casa o a la mujer pecadora que se lo gastó todo en perfumes para ir a llorar a los pies de Jesús.
Todos ellos se sentían necesitados de salvación y acudían a Jesús porque sabían que en El podían encontrarla. Los que se mantenían a distancia, mirando las cosas desde lejos pero para juzgar y condenar no podrían ver la luz, no podrían encontrarse con la salvación y siempre estarán preguntando lo mismo, ¿con qué autoridad haces esto? ¿quién eres tú para que creamos en ti?
Nosotros, ¿en qué grupo estamos? ¿Nos sentiremos necesitados de la salvación y en el amor de Jesús seremos capaces de descubrir todo el amor que Dios nos tiene?

viernes, 29 de mayo de 2015

La higuera muy frondosa y llena de hojas pero sin fruto es imagen de nuestra propia vida y los frutos que no damos

La higuera muy frondosa y llena de hojas pero sin fruto es imagen de nuestra propia vida y los frutos que no damos

Eclesiástico 44,1.9-13; Sal 149; Marcos 11,11-26
Escuchando el evangelio de hoy comienzo preguntándome si en verdad mi oración al Señor es con verdadera y profunda fe poniendo radicalmente mi confianza en Dios. Presuponemos la fe en nuestra oración, porque de lo contrario no tendría sentido salvo que sea una rutina tan grande que no sepa ni lo que estoy haciendo. Pero ¿mi fe y mi confianza son totales en que Dios de verdad me escucha?
Reconocemos que muchas veces nos llenamos de dudas porque nos parece que Dios no nos concede lo que le pedimos tal como se lo pedimos. Claro que tenemos que entender que poner totalmente esa fe en Dios no es para mover montañas o higueras de un sitio para otro. Lo primero que tiene que moverse de verdad es mi corazón para confiar en el Señor y creer en su Palabra. Es a lo que nos está invitando hoy Jesús en el evangelio.
Todo parte en el evangelio del hecho de que Jesús en el camino de Betania a Jerusalén se acerca a una higuera muy frondosa y llena de hojas pero en la que no encuentra fruto. Por las palabras de Jesús al día siguiente Pedro se dará cuenta de que la higuera está seca. De ahí parte lo que Jesús nos dirá de la oración.
Pero en esa higuera muy frondosa y llena de hojas pero que no tiene fruto también tendríamos que reflexionar en relación a nuestra propia vida y a los frutos que tendríamos que dar y que quizá no damos. Entre los agricultores una planta muy llena de hojas pero que no da fruto se suele decir que está llena de vicio; así recuerdo oírle decir a mi padre. Esto tendría que hacernos reflexionar sobre nuestra vida en muchas ocasiones muy llena de apariencias pero que realmente no da fruto. ¿Será acaso porque no la hemos cuidado convenientemente?
Los agricultores podan las vides y los árboles para que puedan dar buenos frutos además de todos los cuidados de abonos y demás atenciones que les dan. ¿No será algo de eso lo que nos puede faltar en nuestra vida porque quizá no tenemos una honda espiritualidad o no somos capaces de podar en nosotros aquellos brotes malos, viciosos, que pudieran ir apareciendo en nuestra vida?
Tenemos que purificar nuestra vida. Hoy también contemplamos a Jesús que purifica el templo de todas aquellas cosas que se habían ido introduciendo en él, traficantes, vendedores, cambistas… de manera que más parecía un mercado o una cueva de bandidos, como hoy nos dice. Son tantas las cosas de las que vamos llenando nuestra vida, tantos los apegos a los que nos esclavizamos, tanta la superficialidad con que muchas veces vivimos, de los que tenemos que purificarnos para darle verdadera profundidad a nuestro ser, crecer en una auténtica espiritualidad, hacer crecer nuestra fe para que demos verdaderos frutos de santidad.
Y Jesús terminará dándonos una hermosa recomendación. ‘Y cuando os pongáis a orar, perdonad lo que tengáis contra otros, para que también vuestro Padre del cielo os perdone vuestras culpas’. Con un corazón limpio de maldad, del que hemos alejado toda clase de rencores y resentimientos tenemos que acudir al Señor en nuestra oración. Por eso cuando nos dé el modelo de nuestra oración en la petición de perdón a Dios nos enseñará: ‘perdona nuestras ofensas como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden’. Y es que cuando oramos al Señor y le pedimos perdón ya ha de ir por delante ese perdón que nosotros les ofrecemos siempre generosamente a los demás. En la misma oración el Señor nos ayudará para que podamos hacerlo.


jueves, 28 de mayo de 2015

Contemplamos y celebramos a Jesucristo sumo y eterno sacerdote que nos hace participes de su sacerdocio

Contemplamos y celebramos a Jesucristo sumo y eterno sacerdote que nos hace participes de su sacerdocio

Hebreos, 10, 12-23; Sal. 39; Lc. 22, 14-20
‘Cristo ofreció por los pecados, para siempre jamás, un solo sacrificio; está sentado a la derecha de Dios…’ Así hemos escuchado hoy en la carta a los Hebreos en esta fiesta de Jesucristo, sumo y eterno sacerdote.
El es el Sacerdote eterno, que ha ofrecido al Padre el sacrificio de la Nueva Alianza en su Sangre derramada para el perdón de los pecados; es nuestro Redentor y nuestro Salvador; es el Pontífice que está sentado para siempre a la derecha del Padre en los cielos, como confesamos en el Credo, intercediendo para siempre por nosotros.
Tenemos ya para siempre ‘entrada libre al santuario, en virtud de la sangre de Jesús, contando con el camino nuevo y vivo que El ha inaugurado para nosotros’ por el sacrificio de su vida. En la antigua alianza al Santuario no podía entrar sino el sumo sacerdote una vez al año; ahora ya tenemos la entrada libre porque Cristo nos ha abierto las puertas de los cielos; El se ha ofrecido, ha derramado su sangre para siempre para que para siempre podamos acercarnos a Dios. El se ha ofrecido en sacrificio por nosotros y nuestros pecados están perdonados; El en su Sangre nos ha consagrado haciéndonos participes de su vida para siempre.
Es lo que hoy celebramos contemplando a Cristo sumo y eterno sacerdote, pero que a nosotros, a todos en virtud del bautismo nos hace sacerdotes, para que podamos hacer ofrendas espirituales y agradables a Dios con nuestra vida. Al ser ungidos en el Bautismo con Cristo nos hemos convertido en sacerdotes, profetas y reyes. Todos tenemos que darle gracias a Dios; hoy es una oportunidad grande para hacerlo.
Pero como decimos en el prefacio de la misa de este día ‘El no solo confiere el honor del sacerdocio real a todo tu pueblo santo, sino también, con amor de hermano, elige a hombres de este pueblo, para que, por la imposición de las manos, participen de esta sagrada misión’. Como hemos escuchado en el Evangelio cuando Jesús instituye el Sacramento de la Eucaristía instituye también el nuevo sacerdocio; ‘haced esto en memoria mía’, les dice a los apóstoles para que para siempre pudiéramos seguir haciendo presente de forma sacramental el sacrificio de Cristo. Cada vez que comemos de este pan y bebemos de este cáliz estamos anunciando la muerte de Jesús, como nos dice san Pablo, estamos celebrando el sacrificio de Cristo en la Cruz; y eso por el ministerio de los sacerdotes.
Es por lo que este día se convierte en un día sacerdotal por excelencia; por el sacerdocio de Cristo del que todos somos partícipes, pero también por el sacerdocio ministerial de aquellos elegidos del Señor para este servicio del pueblo de Dios.
Como decíamos, un día de acción de gracias por el sacerdocio de Cristo y por los sacerdotes que El ha elegido para servir al pueblo santo; un día para orar con intensidad por los sacerdotes para que podamos vivir en la gracia del Señor con esa santidad de nuestro ministerio. Un día para pedir también al dueño de la mies que envíe suficientes operarios a su mies, para que sean muchas las vocaciones al sacerdocio; un día para pedir por las vocaciones. 

miércoles, 27 de mayo de 2015

La verdadera grandeza de la persona y nuestra verdadera felicidad está en la capacidad para servir haciendo felices a los demás

La verdadera grandeza de la persona y nuestra verdadera felicidad está en la capacidad para servir haciendo felices a los demás

Eclesiástico 36,1-2a.5-6.13-19; Sal 78; Marcos 10,32-45
La verdadera grandeza de la persona está en su capacidad para servir, en su disponibilidad para ponerse siempre en esa actitud de servicio a los demás. No está nuestra grandeza en los títulos que poseamos ni en el poder que podamos tener, sino en esa actitud de servicio.
Esto dicho así a todos nos puede parecer hermoso, pero tenemos el peligro que se nos quede en bonitas palabras, porque en el fondo, aunque hagamos muchas cosas buenas y de servicio hacia los demás, pueden aparecernos nuestros orgullos y ambiciones quizá de una forma camuflada y en aquello bueno que hagamos estemos buscando un reconocimiento o algún tipo de ventaja para nuestra vida.
Y esto que tenemos que vivirlo en todos los ámbitos de nuestra vida porque además siempre hemos de estar en una relación con los demás se tendría que hacer como más visible y palpable en aquellos que puedan ejercer algún tipo de responsabilidad en medio de la comunidad, en medio de la sociedad, ya sea en el ámbito de la sociedad civil en sus muchas instituciones, como también en nuestro ámbito eclesial.
En momentos pasados de nuestra historia quienes ocupaban algún tipo de responsabilidad en esos ámbitos tenían y hasta exigían el reconocimiento en los tratamientos o títulos con que se les trataba. En la sociedad actual hemos hecho desaparecer esos títulos de excelencia y se nos llena la boca al decir que somos iguales que los demás y que esos títulos de excelencia son cosas anacrónicas que no queremos utilizar.
Pero nos sucede también que sin embargo nos sentimos tentados a buscar otro tipo de reconocimiento por nuestras influencias o nuestro poder que se pudieran transformar en una serie de ganancias y ya sabemos a lo que nos referimos. Pronto quitando los brillos de las excelencias sin embargo tenemos el peligro de la manipulación de los individuos o de las cosas que desembocan en muchos tipos de corrupción de lo que estamos cansados de escuchar en nuestra sociedad actual. Y eso nos puede suceder en todos los ámbitos del entramado de la vida social.
A todos nos viene bien escuchar el evangelio que hoy nos propone la liturgia de la Iglesia. Por allá andaban tentados los discípulos a buscar esas ganancias o reconocimientos del poder. Y no fueron solo los dos discípulos que se atrevieron a pedir primeros puestos a Jesús, uno a la derecha y otro a la izquierda. Pronto vemos que el resto de los discípulos llenos de envidia y ocultado quizá sus ambiciones andaban por allá inquietos y murmurando. Jesús les dice que ese no puede ser nunca el sentido ni el estilo de ninguno de sus discípulos.
‘No sabéis lo que pedís, ¿sois capaces de beber el cáliz que yo he de beber, o de bautizaros con el bautismo con que yo me voy a bautizar?’, les dice a los dos hermanos Zebedeos. Pero a continuación les dice a todos: ‘Sabéis que los que son reconocidos como jefes de los pueblos los tiranizan, y que los grandes los oprimen. Vosotros, nada de eso: el que quiera ser grande, sea vuestro servidor; y el que quiera ser primero, sea esclavo de todos’. Nos ayuda a descubrir la verdadera grandeza, el verdadero estilo y sentido de nuestro vivir.
Pero añade el gran motivo: ‘Porque el Hijo del hombre no ha venido para que le sirvan, sino para servir y dar su vida en rescate por todos’. Nuestro modelo lo tenemos en Jesús. El servicio nos dolerá en ocasiones en el alma, porque nos cuesta arrancarnos de nosotros mismos y de nuestras primarias ambiciones. Pero tendremos el gozo del  bien y del amor que derramamos sobre los demás que es lo que haciendo felices a los otros nos hará a nosotros también las personas más felices del mundo.

martes, 26 de mayo de 2015

Busquemos siempre y por encima de todo lo que es la gloria del Señor que en El está nuestra gloria

Busquemos siempre y por encima de todo lo que es la gloria del Señor que en El está nuestra gloria

Eclesiástico 35,1-15; Sal 49; Marcos 10,28-31
‘Pedro se puso a decir a Jesús: Ya ves que nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido’. Creo que estas palabras tienen un eco muy concreto en actitudes y posturas que tenemos o podemos tener en la vida.
Por una parte está esa actitud orgullosa que va haciendo cuentas, queriendo sumar y multiplicar en méritos gananciales todo aquello bueno que vamos haciendo en la vida. Y nos creemos buenos y nos comparamos con los demás; y directamente o o acaso de una forma muy sutil echamos en cara o le contamos a los demás lo que hemos hecho por ellos. Y claro nos subimos a los pedestales de nuestros méritos. Y hasta nos hacemos exigentes cuando no nos vemos recompensados como a nos gustaría.
Pero no es solo en nuestra relación con los demás sino que eso tenemos el peligro de traducirlo también en nuestra relación con el Señor. Siempre recuerdo lo que me decía alguien en una ocasión que ya él se tenía ganado el cielo porque cuando chico hizo muchas veces los primeros viernes de mes y eso era una garantía de que ya estábamos salvados, fuera como fuera nuestra vida hoy. Son los que van haciendo alarde de lo que ayudan a la Iglesia, o de las cofradías a las que pertenecen o si un día hicieron una limosna a un pobre. Si yo soy tan bueno, cómo Dios me trata así, terminan diciendo cuando le surgen los problemas o las cosas en la vida no le salen como deseaban.
Como le decía Pedro a Jesús: ‘Ya ves que nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido’. ¿Por qué hacemos las cosas o qué es lo que vamos buscando? ¿Nuestra gloria o la gloria del Señor?
Es cierto que Jesús nos promete una recompensa eterna. Pero eso es gracia del Señor. Pero nos dice también que no nos faltarán dificultades, habla en concreto de persecuciones, y al final nos enseña a hacernos los últimos y los servidores de todos. ‘Muchos primeros serán últimos, y muchos últimos primeros’. Cuidado, nos viene a decir, que si nos hacemos los primeros, si nos subimos en pedestales, vamos a caer y vamos a ser los últimos. Porque el que se ensalce será humillado, pero el que se humilla será enaltecido. Y podríamos recordar muchos más textos de las palabras de Jesús.
Es hermosa la reflexión del sabio del Antiguo Testamento que escuchamos hoy en la primera lectura: ‘El sacrificio del justo es aceptado, su ofrenda memorial no se olvidará. Honra al Señor con generosidad y no seas mezquino en tus ofrendas; cuando ofreces, pon buena cara, y paga de buena gana los diezmos. Da al Altísimo como él te dio: generosamente, según tus posibilidades, porque el Señor sabe pagar y te dará siete veces más’. Y nos dice a continuación que no andemos con sobornos interesados.
Busquemos siempre y por encima de todo lo que es la gloria del Señor. Seamos generosos que El nos gana en generosidad.

lunes, 25 de mayo de 2015

Vaciemos el corazón de nuestras materialidades y nuestros orgullos para que quepan en él nuestros hermanos

Vaciemos el corazón de nuestras materialidades y nuestros orgullos para que quepan en él nuestros hermanos

Eclesiástico 17,20-28; Sal 31; Marcos 10,17-27
Hay quien sigue pensando que con el dinero lo puede comprar todo y sobre todo que las riquezas son las que le van a dar la felicidad. Dicho así quizá podemos decir fácilmente que estamos de acuerdo, que la felicidad no consiste precisamente en la posesión de cosas, pero quien no ha escuchado o se ha dicho a si mismo aquello de que el dinero no da la felicidad pero ayuda a conseguirla.
Es algo que con frecuencia escuchamos y estamos tentados en el fondo de nosotros mismos a pensar así. Pero tendríamos que preguntarnos con toda sinceridad si es el dinero el que nos va a ofrecer de verdad ilusión, sentido, esperanza, amor, ternura, compañía, amistad…
Es el dilema en que se encontró el joven del que nos habla hoy el evangelio. Era bueno, había sido cumplidor desde siempre en todo en su vida, soñaba con cosas grandes, pero le llegó la confusión a su alma. Cuando Jesús complacido en lo que le estaba diciendo aquel joven le ofrece el camino para esas metas altas con las que soñaba diciéndole que se despojara de todo, que vendiera sus posesiones, que lo repartiera todo con los pobres para poder seguirle con un corazón verdaderamente libre, aquel muchacho se volvió atrás. Era muy rico, tenía muchas cosas, pero lo peor es que tenía el corazón apegado a ellas y desprenderse de esos apegos le haría sangrar el corazón. Y erró el camino. ‘A estas palabras, él frunció el ceño y se marchó pesaroso, porque era muy rico’.
Y ya escuchamos las palabras de Jesús que ve marcharse con tristeza a aquel joven que podía soñar con metas grandes. ‘Hijos, ¡qué difícil les es entrar en el reino de Dios a los que ponen su confianza en el dinero! Más fácil le es a un camello pasar por todo el ojo de una aguja, que a un rico entrar en el reino de Dios’.
A los discípulos les va a costar entender estas palabras de Jesús y dirán que lo que Jesús propone es imposible. Claro por nosotros mismos no seremos capaces porque los apegos del corazón se nos enraízan de tal manera que nos harán sangrar cuando tratamos de arrancarlos. Cuánto nos cuesta desprendernos de nuestras cosas, de nuestras ideas, de nuestros caprichos, de nuestro yo. Cómo nos sentimos tentados a encerrarnos en nuestras cosas y en nosotros mismos. Cuánto nos cuesta compartir y no es solo lo material sino lo nosotros mismos somos.
Pero como nos dirá Jesús esto no será algo que hagamos por nosotros mismos, sino que Dios actuará en nosotros. ‘Es imposible para los hombres, no para Dios. Dios lo puede todo’. Si Dios está con nosotros, ¿Quién podrá contra nosotros? Ayer celebrábamos con Pentecostés el don del Espíritu Santo que se nos ha concedido. Sintamos en verdad su fuerza, la gracia que nos acompaña.
No busquemos cosas extraordinarias que hacer, sino en ese día a día que hemos de vivir con desprendimiento, con generosidad, abriéndonos a los otros y dejándolos entrar en nuestro corazón sintamos la presencia del Espíritu. Pensemos que si tenemos el corazón lleno de esas materialidades o lleno de nuestro yo o nuestro orgullo no podremos dejar entrar a los demás en él; para que quepan nuestros hermanos, hemos de vaciarlo. Es lo que nos está hoy pidiendo el Señor y con la fuerza de su Espíritu podremos realizarlo.

domingo, 24 de mayo de 2015

Con la fuerza del Espíritu desde la Pascua iniciamos el camino de una nueva creación

Con la fuerza del Espíritu desde la Pascua iniciamos el camino de una nueva creación

Hechos, 2, 1-11; Sal 103; 1Corintios 12, 3b-7. 12-13; Juan 20, 19-23
Con la Pascua por la fuerza y la gracia del Espíritu que Cristo resucitado nos concede iniciamos el camino de una nueva creación. Recordemos lo que nos ha dicho san Pablo y tantas veces habremos meditado, somos una nueva creatura, unos hombres nuevos nacidos por el agua y el Espíritu como nos había anunciado Jesús. Es lo que hemos pedido en el salmo: ‘Envía tu Espíritu, Señor, y repuebla, renueva la faz de la tierra’.
Hoy, Pentecostés, estamos celebrando ese don del Espíritu que realiza esa nueva creación, que nos hace hombres nuevos y creatura nueva. Es el don de la Pascua. El evangelista Juan nos sitúa esa donación del Espíritu en la tarde de ese primer día, el día de la resurrección del Señor. San Lucas nos lo situará en el mismo lugar también, el cenáculo, cincuenta días después cuando los judíos celebraban la fiesta de Pentecostés.
Aquella creación salida buena de las manos del Creador - vio Dios que todo era bueno, nos decía el Génesis - fue destruida con el mal que se metió en el corazón del hombre creando división entre los hombres - ya Adán y Eva se echaban la culpa el uno al otro de ese mismo mal expresándose así esa división - que viene a tener una expresión bien significativa en la confusión de las lenguas de Babel que dividió y dispersó a la humanidad que era incapaz de entenderse.
Ahora un signo que manifiesta esa nueva unidad y comunión nacida en esta nueva creación de la Pascua será que gentes venidas de todos los lugares conocidos, aunque con lenguas distintas, serán capaces de oír hablar de las maravillas de Dios a una en su propia lengua. La confusión del orgullo del corazón de los hombres que los había dispersado se ha transformado en esta nueva creación en unidad y entendimiento para crear una nueva humanidad.
La fuerza del Espíritu todo lo transforma. Pero ya san Lucas nos va dando pautas de cómo hemos de prepararnos a esa acción del Espíritu. Si Juan nos había dicho que estaban encerrados por miedo a los judíos en aquel primer día de la nueva Pascua con la presencia de Cristo resucitado habían comenzado a cambiar las posturas y las actitudes. San Lucas, en versículos anteriores a los que hoy hemos escuchado, nos relataba cómo el grupo de los discípulos después de la Ascensión de Jesús se habían quedado reunidos y unánimes perseveraban en la oración en la espera del cumplimiento de la promesa de Jesús. En la oración en común habían comenzado, por así decirlo, a ensayar ese nuevo estilo de vivir la nueva creación que se estaba realizando en sus corazones.
Juan nos dirá que Jesús sopló sobre ellos y les dio la fuerza de su Espíritu para el perdón delos pecados; el pecado que nos había dividido y creado el hombre viejo había sido vencido en la Pascua por la muerte y la resurrección del Señor; ahora caerían todas esas barreras con que el pecado nos había dividido y distanciado porque por la fuerza del Espíritu el perdón de los pecados que nos restauraba para hacer un hombre nuevo sería el anuncio de salvación que habría de llegar a todos los hombres.
Lucas en los Hechos nos describirá grandes señales del cielo como el viento impetuoso y las lenguas de fuego que se posaban sobre cada uno de ellos para manifestarnos así la fuerza y la presencia del Espíritu realizando esa nueva creación. ‘Y todos se llenaron del Espíritu Santo…’ Y ya hemos hecho referencia a ese nuevo entendimiento que nacía en el corazón de todos porque ‘cada uno los oye hablar de las maravillas de Dios en su propia lengua’.
Maravillas de Pentecostés. Una nueva humanidad y una nueva creación en la que todos estamos llamados a la comunión, al entendimiento, a caminar juntos sin que nada nos divida ni separe. Unos nuevos lazos, los lazos del amor del que el Espíritu nos inunda, comenzarán a anudar los corazones para que caminemos juntos y cada uno desde sus diversos y particulares dones pueda contribuir al bien común. ‘Diversidad de dones, pero un mismo Espíritu; diversidad de servicios, pero un mismo Señor; diversidad de funciones, pero un mismo Dios que obra todo en todos. En cada uno se manifiesta el Espíritu para el bien común’.
Cuando hoy estamos nosotros celebrando Pentecostés y el don del Espíritu que también nosotros hemos recibido en nuestro Bautismo y de manera especial en la Confirmación tendríamos que reflexionar cómo vivimos ese don del Espíritu en nuestra vida. ¿En verdad nos sentimos esas nuevas creaturas, esos hombres nuevos nacidos de la Pascua y llamados a vivir siempre en la comunión y en la unidad? ¿Cómo se manifiesta esa comunión entre nosotros, en mi vida? El lenguaje de mi vida, mis gestos, mis actitudes, mis comportamientos ¿son signos que hablan a los demás de las maravillas del Señor para que todos puedan entenderlos?
Esos dones que hemos recibido, esos valores que hay en nuestra vida ¿somos capaces de ponerlos en verdad en servicio de los otros, en servicio del bien común? ¿En verdad sentimos que el pecado - ese pecado que nos divide y nos destruye - por la fuerza del Espíritu está realmente vencido en nuestra vida sintiéndonos ese hombre nuevo de la gracia?
Es cierto que la tentación nos acecha, que el pecado ronda a nuestro alrededor y muchas veces quizá nos enreda; pero no podemos olvidar que tenemos la fuerza del Espíritu, que tenemos que vivir como esa nueva creatura, que tenemos que saber invocar al Espíritu del Señor que nos fortalezca con la gracia, conscientes que siempre tenemos que manifestarnos como esos hombres nuevos que están inundados del Espíritu del Señor.
Ven, Espíritu divino, penetra hasta lo más hondo de mi ser llenando con tu luz mis oscuridades y con la riqueza de tu gracia los vacíos de mi vida.

sábado, 23 de mayo de 2015

Hemos de aprender a poner nuestro corazón junto al corazón de Cristo como Juan para sentir las palpitaciones del corazón de Dios

Hemos de aprender a poner nuestro corazón junto al corazón de Cristo como Juan para sentir las palpitaciones del corazón de Dios

Hechos, 28,16-20.30-31; Sal 10; Juan 21, 20-25
‘Volviéndose, vio que los seguía el discípulo a quien Jesús tanto amaba, el mismo que en la cena se había apoyado en su pecho…’ Fue tras el diálogo entre Jesús y Pedro donde le preguntaba si le amaba. Continúan caminando y ve que Juan les sigue. ‘El discípulo a quien Jesús tanto amaba’; aquel discípulo que desde ese amor de Jesús se había acercado como para hablarle al oído y arrancarle a Jesús una confidencia; ‘el mismo que en la cena se había apoyado en su pecho…’, recuerda.
Confieso que cuando escucho el relato de estos hechos me entran celos de Juan en mi interior. Quién hubiera podido recostarse así también en el pecho de Jesús. Así le arrancaba Juan aquellas confidencias a Jesús. Era aquel discípulo a quien Jesús tanto amaba; muestra la cercanía, la sintonía de los corazones. Así nos hablará Juan con tanta intensidad en su evangelio y en sus cartas del amor de Jesús y del amor que hemos de tenernos unos a otros. Es el mandamiento del amor del que con tanta intensidad nos habla Juan. ‘Éste es el discípulo que da testimonio de todo esto y lo ha escrito; y nosotros sabemos que su testimonio es verdadero’.
¿Podremos recostarnos también nosotros en el pecho de Jesús? También podemos, sí, recostarnos en el pecho de Jesús. El abre las puertas de su corazón para llevarnos siempre junto a sí. Pero, ¿no seremos nosotros los que tendríamos que abrir las puertas de nuestro corazón para que El habite en nosotros? Ya nos lo dice en el Evangelio, si le amamos y guardamos sus mandamientos el Padre nos amará y vendrá a nosotros y habitará en nosotros para que nosotros habitemos en El.
Tenemos que crecer en nuestra espiritualidad; tenemos que crecer en esa intimidad con el Señor. Tendríamos que hacer que nuestra oración sea en verdad ese encuentro profundo, íntimo con el Señor dejándonos inundar por su presencia. Ya sabemos, tenemos el peligro de la superficialidad en nuestra oración, de caer en un ritualismo vacío donde nos contentamos con repetir unas formulas de oración, pero no terminamos de hacer esa oración viva, de corazón a corazón con el Señor donde nos dejemos inundar por su intimidad, por esas confidencias de amor que El quiere hacernos en nuestro interior.
Lo entendieron muy bien los santos; lo lograron con toda intensidad los místicos que se sintieron transverberados por Dios. Es cierto que nos les faltaron noches oscuras; que fue un camino muchas veces duro de fe ciega para confiarse en el Señor aunque nada sintieran, un camino de dejarse conducir por el Espíritu del Señor. Tenemos que aprender a hacerlo poniendo nuestra cabeza, nuestro corazón junto a su corazón, que fue lo que hizo Juan aquella noche en la cena pascual para sentir las palpitaciones del corazón de Dios y hacer que su corazón palpitar en el mismo ritmo de Jesús.
Que el Espíritu del Señor, al que estamos invocando con intensidad en estas vísperas de Pentecostés, nos conceda el don de la oración y de la intimidad con Dios.

viernes, 22 de mayo de 2015

Que crezca la ternura del amor de Dios y a Dios en nuestro corazón

Que crezca la ternura del amor de Dios y a Dios en nuestro corazón

Hechos,  25, 13-21; Sal 102; Juan 21, 15-19
‘Simón, hijo de Juan, ¿me amas?’  Por tres veces le repite Jesús la pregunta a Pedro, con la tristeza incluso por parte de Pedro ante la insistencia de Jesús. Muchas veces hemos comentado la respuesta de Pedro y la confirmación por parte de Jesús de la misión que le encomendaba.
Quisiera quedarme en la pregunta, pero no hecha por Jesús a Pedro, sino hecha directamente por Jesús a mi, a ti, que estás leyendo esta reflexión. (Pon tu nombre, como yo pongo el mío) ‘¿Me amas?’ Escuchemos que nos dice Jesús, que me dice Jesús. Y quizá también me lo repita una y otra vez. ¿Cómo le respondemos? ¿Cómo le amamos?
Muchas veces reflexionamos, y nos gozamos con ello, sobre cuánto es el amor que Dios nos tiene. Nos sentimos amados de Dios. Tenemos tantas pruebas del amor que Dios nos tiene. Y nos sentimos dichosos en su amor. Y seguramente nos sentiremos impulsados a amar de la misma manera, a responder con nuestro amor a su amor, y sentimos, es cierto, que así tenemos que amar nosotros y amar a los demás, porque es una prueba y manifestaciones del amor de Dios y del amor a Dios.
Pero, insisto, tenemos que escuchar esa pregunta que Jesús directamente nos hace y darle respuesta. Porque podemos dar por supuesto ese amor, como nos sucede tantas veces cuando hacemos examen de conciencia y al repasar el primer mandamiento casi no nos detenemos a examinarnos porque damos por supuesto que amamos a Dios sobre todas las cosas.
Creo que hoy el evangelio puede estar haciendo que nos detengamos en esa pregunta de Jesús y le demos respuesta, una respuesta clara y contundente. Porque decimos que creemos en El y que El lo es todo para nosotros, pero quizá necesitamos expresar con nuestras palabras y con nuestros sentimientos reales que amamos a Jesús. Y esa expresión y manifestación de nuestro amor, de nuestros sentimientos de amor a Jesús quizá tendrían que estar más presentes en nuestra oración, en nuestra comunicación y en nuestra relación con Dios.
¿Qué es realmente lo que hacían los grandes místicos cuando se sentían arrobados de amor sino hacer que salieran de sus corazones esos efluvios de amor hacia Dios? ¿No es eso lo que hacen los enamorados que se repiten una y un millón de veces el decirse que se quieren, que se aman? Sí, que seamos capaces de manifestar también esa ternura de nuestro amor hacia Dios y creceremos en intimidad con Dios y como los enamorados que se aman de verdad podremos entrar en ese éxtasis de amor a Dios.
Igual que nosotros nos sentimos enormemente complacidos cuando sentimos que alguien nos ama y nos lo dice, así también tendríamos que hacer en nuestra relación y en nuestro trato con Dios. Seguro que luego nos sentiremos más impulsados a expresar y manifestar ese amor también en nuestros hermanos que nos rodean. Que crezca esa ternura del amor a Dios en nuestro corazón. Lo necesitamos.

jueves, 21 de mayo de 2015

Los creyentes en Jesús hemos de tener en nuestro corazón unas actitudes buenas que construyan unidad y comunión

Los creyentes en Jesús hemos de tener en nuestro corazón unas actitudes buenas que construyan unidad y comunión

Hechos de los apóstoles 22, 30; 23, 6-11; Sal 15; Juan 17, 20-26
‘Padre santo, no sólo por ellos ruego, sino también por los que crean en mí por la palabra de ellos, para que todos sean uno, como tú, Padre, en mí, y yo en ti, que ellos también lo sean en nosotros, para que el mundo crea que tú me has enviado’. Ruega Jesús por todos los que crean en su nombre y ruega por la unidad. Un signo grande e importante para la credibilidad de los creyentes. ‘Para que el mundo crea que tu me has enviado’, que dice Jesús.
La imagen modelo y referencia de nuestra unidad la unión intima y profunda que hay en el misterio de Dios. ‘Para que sean uno, como nosotros somos uno; yo en ellos, y tú en mí, para que sean completamente uno…’ Así tiene que ser la unidad de todos los que creemos en Jesús. Nos une una misma fe, nos une un mismo amor; unidos a Cristo no solo nos sentimos unidos a Dios sino que tenemos que sentirnos en profunda unidad entre nosotros.
Cuando escuchamos estas palabras de Jesús pensamos en la necesaria unidad de todos los cristianos, en la unidad de la Iglesia en una única Iglesia de Cristo. Y oramos por la unidad. Para que el mundo crea, como nos dice Jesús. Cuánto tenemos que orar y trabajar por esa unidad, comenzando por comprendernos, escucharnos, no enfrentarnos sino tratar de caminar juntos para que en verdad Cristo sea nuestro único pastor.
Pero tenemos que comenzar por tener en nuestro corazón esas actitudes buenas que busquen siempre la unidad y la comunión. Y esto tiene que manifestarse en el día a día de nuestra vida con aquellos con los que convivimos, con los que están más cerca de nosotros, con aquellos con los que nos vamos tropezando todos los días en el ámbito de nuestra vida social.
Ahí cada día tiene que manifestarse en cómo tratamos a los que están cerca de nosotros, en nuestra comprensión, en nuestra capacidad de perdón, en nuestra búsqueda de diálogo, en la sencillez y humildad de nuestro trato. Cosas sencillas de cada día, pero que muchas veces nos cuestan; primero vemos los defectos que las virtudes y los valores, y ya ponemos una actitud de rechazo dentro de nosotros; prontos estamos en cada momento para saltar y reaccionar ante lo mínimo que nos puedan hacer o decir y no somos capaces de ser pacientes, de perdonar y olvidar. Y se rompen nuestras relaciones familiares, se crean tensiones entre los amigos, creamos distancias fácilmente de los que están a nuestro alrededor.
Decimos que queremos hacer un mundo mejor, pero desgraciadamente sembramos casi sin darnos cuenta - algunas veces dándonos cuenta también - semillas de desunión, de desamor, de insolidaridad. Así no haremos un mundo mejor. Cambiemos esas actitudes del corazón y busquemos siempre lo bueno, hagamos lo bueno, sembremos amor, creemos lazos de amistad que no se rompan, construyamos la unidad.
Ahí, en los más cercanos, nuestra unión y comunión será también un signo de nuestra fe en Jesús. El ora por nosotros para que podamos ser ese signo comunión frente al mundo. Oremos nosotros también para alcanzar la gracia del Señor que nos ayude a alcanzarlo.

miércoles, 20 de mayo de 2015

Jesús ora por nosotros para que no nos desalentemos y superemos esa desazón que se nos puede entrar en el alma

Jesús ora por nosotros para que no nos desalentemos y superemos esa desazón que se nos puede entrar en el alma

Hechos,  20, 28-38; Sal 67; Juan 17, 11b-19
Hay momentos en que contemplando el cuadro de la vida que se nos presenta a nuestro alrededor sentimos una cierta desazón en el alma y casi poco menos que quisiéramos abandonar el barco en el que vamos cruzando la mar de nuestra existencia.
No es que queramos ser pesimistas pero contemplamos tanta maldad en el corazón de tantos a nuestro alrededor que de alguna manera nos sentimos como aterrados, envidias y malquerencias, vanidad y falsedad en que se busca solo la apariencia, mentira e hipocresía de la vida donde todo vale con tal de conseguir mis fines, corrupción e injusticia, materialismo y sensualidad como sentido del existir, y así tantas cosas. ¿Podemos navegar en ese mar embravecido de tanta maldad queriendo ser honrados, actuar con rectitud, buscando un sentirnos humanos y hacer siempre el bien aunque nos cueste? Ya decía sentimos una cierta desazón en el alma.
Es el mundo en el que vivimos, aunque tenemos que reconocer que no todos actúan así, pero lo que sucede es que el mal brilla quizá con mayor fuerza que lo bueno y lo justo que muchos llevan en su corazón y que quiere ser en verdad norma y sentido de su actuar y con lo que quieren o queremos hacer un mundo mejor.
Pero no podemos desalentarnos. Hoy hemos escuchado en el evangelio que Jesús ora por nosotros y que no nos va a apartar o separar de ese mundo. Fue a ese mundo al que El vino enviado por el Padre con la misión de la salvación y a ese mundo nos envía a nosotros. Pero quiere darnos una garantía. No nos faltará la asistencia y la fuerza de su Espíritu. Jesús mismo ora al Padre por nosotros; sentado está a la derecha de Dios Padre en los cielos, como lo hemos confesado en estos días de la Ascensión, intercediendo por nosotros porque El es el Mediador de la Nueva Alianza.
‘Padre santo, guárdalos en tu nombre, a los que me has dado, para que sean uno, como nosotros’, le hemos escuchado pedir hoy en su oración sacerdotal. ‘No ruego que los retires del mundo, sino que los guardes del mal. No son del mundo, como tampoco yo soy del mundo’, continua diciendo. Para finalmente pedir por nosotros: ‘Conságralos en la verdad; tu palabra es verdad. Como tú me enviaste al mundo, así los envío yo también al mundo. Y por ellos me consagro yo, para que también se consagren ellos en la verdad’.
Santifícalos, conságralos… dice Jesús. Que nos llene de su gracia y de la fuerza del Espíritu. Que nos mantengamos en la unidad. ‘Que sean uno como nosotros’, pide. Es importante esa unidad, esa comunión que tiene que haber entre los que creemos en Jesús y buscamos realizar el Reino de Dios.
Decíamos que brilla fuerte el mal que impregna nuestro mundo, pero tenemos que hacer brillar con fuerza el bien, la bondad, el amor. Sepamos abrir los ojos para encontrar a nuestro lado a todos esos que luchan también por la verdad, por el bien y por la justicia; que sepamos valorar todo lo bueno que hacen tantos y sentirnos en comunión con ellos para que unidos hagamos brillar con mas fuerza la luz del amor que transforme nuestro mundo.
Un gran pecado nuestro es que muchas veces vamos a nuestro aire, queremos hacer el bien pero nos aislamos de los otros, no sabemos unirnos de verdad con todo lo bueno que podamos encontrar. Es importante esa petición que Jesús está haciendo por nosotros para que no nos desalentemos ni decaigamos, para que superemos esa desazón o esa desgana que nos puede entrar en muchas ocasiones.
Unidos nos sentiremos más fuertes para hacer el bien y así vencer las sombras del mal que quieren entenebrecer nuestro mundo.

martes, 19 de mayo de 2015

Jesús ruega por nosotros, los que creemos en El y quedamos en el mundo para que sea glorificado el santo nombre de Dios

Jesús ruega por nosotros, los que creemos en El y quedamos en el mundo para que sea glorificado el santo nombre de Dios

Hechos,  20, 17-27; Sal 67; Juan 17, 1-11a
‘Padre, ha llegado la hora, glorifica a tu Hijo, para que tu Hijo te glorifique y, por el poder que tú le has dado sobre toda carne, dé la vida eterna a los que le confiaste’. Así comienza lo que solemos llamar la oración sacerdotal de Jesús en la última cena.
‘Ha llegado la hora’, la hora de la glorificación del Hijo de Dios, que es la hora de la gloria de Dios. ¿Cuál es el momento? Ha llegado la hora de la Pascua, la definitiva, la eterna; la Pascua en la sangre de Cristo derramada para el perdón de los pecados, para la salvación de todos los hombres. Es la hora de la muerte, pero es la hora de la vida, porque es la hora de la victoria, del triunfo sobre la muerte y el pecado con la Pascua de Jesús. Para que ‘dé la vida eterna a los que le confiaste’, nos dice Jesús.
¿En qué consiste esa vida eterna? Todo arranca de la revelación que nos ha hecho Jesús del misterio de Dios. ‘He manifestado tu nombre a los hombres que me diste de en medio del mundo’ nos dirá más adelante. Es Jesús la revelación de Dios, el Verbo de Dios, la Palabra de Dios que nos trae la salvación, nos alcanza la vida eterna. Por eso nos dirá ‘Ésta es la vida eterna: que te conozcan a ti, único Dios verdadero, y a tu enviado, Jesucristo’.
¿Qué nos queda a nosotros para alcanzar esa vida eterna? Pongamos toda nuestra fe en Jesús, escuchemos su Palabra, dejemos que por la fuerza de su Espíritu se nos revele en nuestro corazón. Y cuando hayamos descubierto como vida nuestra a ese Dios amor, nuestra vida será distinta porque estaremos llenándonos de Dios, llenándonos de su vida y de su amor. Nuestro actuar, nuestro vivir ya será de otra manera porque no podremos hacer otra cosa que amar, amar sin limites ni medidas, amar con un amor que queremos sea semejante al amor con que Dios nos ama. Tenemos en nosotros ya para siempre la vida eterna.
Y Jesús ruega por nosotros, los que creemos en El y quedamos en el mundo. Sabe Jesús lo difícil que nos será hacer ese camino de amor en medio del mundo porque nos sentimos tentados de todas partes. Por eso nos promete su presencia, su fuerza, su gracia, que nos enviará el don de su Espíritu. Así será glorificado el santo nombre de Dios. ‘Santificado sea tu nombre’, que decimos en el padrenuestro. Y santificamos el nombre de Dios viviendo en el amor de Dios.
Estamos en esta semana que nos conduce a Pentecostés que será la culminación de la Pascua con el don del Espíritu. Nos preparamos. Oramos. Como los apóstoles que con María oraban en el cenáculo en espera del cumplimiento de la promesa de Jesús. Que así sea nuestra oración.

lunes, 18 de mayo de 2015

Con Cristo a nuestro lado y con la fuerza de su Espíritu no hemos de temer, la victoria de Dios está de nuestra parte

Con Cristo a nuestro lado y con la fuerza de su Espíritu no hemos de temer, la victoria de Dios está de nuestra parte

Hechos,  19,1-8; Sal 67; Juan 16,29-33
Cuando con fe vamos haciendo el camino de la vida, aunque nos encontremos en medio de dificultades, luchas y problemas, podremos escuchar allá en lo más hondo del corazón la Palabra del Señor que nos va iluminando y fortaleciendo en cada momento concreto o en cada situación en la que nos encontremos. Si cada día escuchamos con atención y con fe la Palabra de Dios iremos sintiendo su presencia, descubriendo lo que nos pide y sintiendo su gracia en nosotros. Tenemos que extender muy bien las antenas nuestro corazón para sintonizar con esa voz de Dios que llega a nosotros siempre.
Hoy la palabra que Jesús les dirige a los discípulos está situada en el momento concreto que están viviendo. Es por una parte un anuncio de lo que casi en momentos va a suceder en el comienzo de la pasión. Pero Jesús nos está enseñando cómo El mismo sabe poner su vida en las manos del Padre. Luego lo va a expresar en Getsemaní con su oración o con sus palabras en lo alto de la Cruz, pero ya ahora como en un adelanto lo está expresando también.
‘Pues mirad: está para llegar la hora, mejor, ya ha llegado, en que os disperséis cada cual por su lado y a mí me dejéis solo. Pero no estoy solo, porque está conmigo el Padre…’ Es lo que va a suceder desde el momento del prendimiento en Getsemaní. Aunque en la cruz grite con el salmo ‘Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?’ ahora nos está diciendo ‘no estoy solo, porque está conmigo el Padre’. Por esto terminará diciendo: ‘En el mundo tendréis luchas; pero tened valor: yo he vencido al mundo’.
Pero todo esto que nos dice Jesús es para nuestro bien, para lección para nuestra vida. ‘Os he hablado de esto, para que encontréis la paz en mí’. También nosotros muchas veces en la vida podamos sentir esa soledad en medio de nuestras luchas y nuestros problemas, o ante una determinación que hemos de tomar importante para nuestra vida. Podría parecer que nadie nos entiende; podremos estar imaginando qué es lo que van a pensar de nosotros; podremos quizá ver a tantos a nuestro alrededor que ríen felices mientras quizá estamos pasando nosotros amarguras por dentro. Muchas situaciones, muchas cosas en las que podríamos sentir esa tentación de la soledad.
Pues Jesús nos dice que nos cuenta todo esto para que encontremos la paz en El. Hemos de saber sentir que Dios está con nosotros. En estos textos que venimos escuchando y reflexionando en este final del tiempo pascual hemos escuchado una y otra vez el anuncio que Jesús nos hace del Espíritu que nos enviará desde el Padre. Es una manera de decirnos que no estamos solos, que nos acompaña la fuerza de su Espíritu.
Como escuchamos en los Hechos de los Apóstoles a nosotros nos puede pasar como a aquellos fieles de Éfeso. ‘Ni siquiera hemos oído hablar de un Espíritu Santo’. No es que nosotros no hayamos oído hablar del Espíritu Santo, pero quizá en nuestra vida es el gran ignorado. No sabemos descubrir su presencia. No sabemos apreciar la fortaleza de la gracia con que siempre, en toda circunstancia, nos acompaña.
Pidamos esa fortaleza del Espíritu; dejémonos inundar por el Espíritu Santo; que ilumine nuestra vida en toda circunstancia. ‘En el mundo tendréis luchas; pero tened valor: yo he vencido al mundo’, nos decía Jesús. Con Cristo a nuestro lado y con la fuerza de su Espíritu no hemos de temer, la victoria de Dios está de nuestra parte.

domingo, 17 de mayo de 2015

Ascendamos con el Señor al cielo mirando a la tierra y realizando la ascensión en nosotros y en ese mundo al que somos enviados

Ascendamos con el Señor al cielo mirando a la tierra y realizando la ascensión en nosotros y en ese mundo al que somos enviados

Hechos, 1, 1-11; Sal. 46; Efesios 1, 17-23; Marcos 16, 15-20
‘Dicho esto, lo vieron levantarse hasta que una nube se lo quitó de la vista... miraban fijos al cielo, viéndole irse, y se les presentaron dos hombres vestidos de blanco…’ Así con toda sencillez, pero si observamos bien con palabras cargadas de sentido apocalíptico, nos narra Lucas el misterio de la Ascensión que hoy estamos celebrando.
‘Miraban con los ojos fijos al cielo viéndolo irse’ nos narra el autor sagrado; pero en el mismo momento ‘se les presentaron aquellos dos hombres vestidos de blanco’ que les hacen mirar hacia la tierra, poner los ojos bien en la tierra que pisan porque es el mundo que también hemos de hacer ascender, hacer participar del misterio de la Ascensión. ‘Galileos, ¿qué hacéis ahí plantados mirando al cielo?’
Si lo unimos al relato que nos hace Marcos, al que hoy hemos escuchado en el final de su evangelio, nos daremos cuenta plenamente de su sentido. Mirar al suelo, si, mirar la tierra que pisamos, mirar el mundo en el que vivimos, mirar a los hombres nuestros hermanos que nos rodean porque a ellos tenemos que ir a hacer un anuncio también de Ascensión. ‘Id al mundo entero y proclamad el Evangelio a toda la creación’. A ese mundo, a esa tierra, a esa sociedad, a esos hombres tenemos que anunciarles la Buena Noticia, una Buena Noticia de Salvación,
La Ascensión del Señor que hoy estamos celebrando es la culminación de la Pascua. Es el Señor. Dios lo ha glorificado resucitándolo de entre los muertos. ‘Subió al cielo y está sentado a la derecha de Dios Padre todopoderoso’, confesamos en el Credo. Es algo fundamental de nuestra fe y algo que se ha de manifestar en lo que es nuestra vida cristiana. Una vida de Ascensión, para nosotros y para nuestro mundo.
Por eso en la Ascensión recibimos una misión. ‘Id al mundo entero y proclamad el Evangelio a toda la creación’. ¿Cómo hemos de hacer ese anuncio? ¿Cómo vamos a realizar nuestra propia Ascensión y la Ascensión de nuestro mundo? Porque recibir y anunciar esa Buena Noticia de Salvación es para que vivamos esa salvación, esa gracia del Señor.
Jesús nos da unos signos. Unas señales en las que nos quedamos muchas veces en la literalidad de las palabras buscando milagros que no son precisamente los que el Señor quiere realizar en nuestra vida. ‘A los que crean, les acompañaran estos signos: echarán demonios en mi nombre, hablarán lenguas nuevas, cogerán serpientes en sus manos, y si beben un veneno mortal, no les hará daño. Impondrán las manos a los enfermos y quedarán sanos’. Y a continuación nos dice el evangelista que ‘Ellos fueron y proclamaron el Evangelio por todas partes, y el Señor actuaba con ellos y confirmaba la Palabra con los signos que los acompañaban’. ¿Qué significarán esas palabras de Jesús? Reflexionemos.
¿Qué es realmente lo viene a realizar Jesús en nosotros y en nuestro mundo con su salvación? La salvación viene a arrancarnos del mal no dejando que nada ni nadie sea señor de nuestra vida. Con la salvación de Jesús se viene a vencer el mal y al espíritu del mal. Nos ofrece el Señor su perdón, pero eso significa cómo arranca de nosotros el mal, el pecado. ‘Echarán demonios en mi nombre’, en el nombre del Señor tenemos la victoria sobre el mal porque Jesús viene a traernos el perdón para nuestros pecados. Es lo que tenemos que hacer, en nosotros y en los demás. Es la Buena Noticia para nosotros y la Buena Noticia que tenemos que anunciar.
A un mundo roto y dividido nosotros anunciamos caminos de amor y de comunión. En la medida en que vamos logrando esa comunión entre todos porque nos amemos más, porque sepamos aceptarnos, porque desterremos los odios y las envidias, porque rompamos las cadenas de la insolidaridad creando la espiral del amor, estaremos levantando a nuestro mundo, estaremos poniéndolo en caminos de ascensión.
Nada ha de separarnos. La confusión de las lenguas en Babel fue la señal de esa ruptura de la comunión de la humanidad; el ser capaces de entendernos porque hablemos el lenguaje donde todos nos entendamos - hablarán lenguas nuevas - es el signo de la nueva comunión que ha de haber entre nosotros.
El espíritu del maligno, la tentación del mal estará acechándonos por todas partes.  Cuanta injusticia, cuanta mentira, cuanta corrupción nos rodea y nos tienta por todas partes. Pero si estamos vigilantes para no dejarnos emponzoñar por ese mal que envenena nuestros corazones estaremos dando señal de que con Cristo podemos vencer la tentación, superar ese mal, hacer un mundo más justo y mejor. Como nos dice Jesús ‘y si beben un veneno mortal, no les hará daño’. Con Jesús tenemos la mejor medicina que es su gracia para que el mal no corrompa nuestros corazones. Es un camino de ascensión para nosotros y para nuestro mundo.
Sí, tenemos que ir logrando esa ascensión para nuestro mundo, ese mundo que nos rodea lleno de dolor y de sufrimientos de todo tipo. Ahí tenemos que ser bálsamo que alivie, medicina que cure a tantos corazones doloridos, pero también a tantos cuerpos atormentados por el dolor. Misioneros de la compasión y de la misericordia tenemos que ser en medio de nuestro mundo lleno de dolor. Allí donde pongamos consuelo con nuestra palabra, nuestra presencia, nuestra sonrisa, nuestra mano tendida estaremos haciendo ascensión. Es la tarea que nos confía el Señor. ‘Impondrán las manos a los enfermos y quedarán sanos’, que nos decía el Señor.
Celebramos la Ascensión; ascendamos con el Señor al cielo, pero miremos a la tierra y vayamos realizando esa ascensión en nuestros hermanos, ese mundo al que somos enviados. Es la gran fiesta de la Ascensión que tenemos que celebrar. Es la gran fiesta de la Ascensión que tenemos que anunciar. ¡Cuánto tenemos que hacer! No nos quedamos plantados mirando al cielo. Miramos, sí, al cielo, pero caminamos con los pies en la tierra haciendo ascensión para nuestro mundo.

¿Notará el mundo que nos rodea ese anuncio del evangelio acompañado por esos signos que nos permite realizar el Señor? ¿Estaremos siendo en verdad signos de Ascensión?

sábado, 16 de mayo de 2015

Se derrama sobre nosotros la ternura de Dios que nos ama y nos hace hijos en el Hijo, en Jesús

Se derrama sobre nosotros la ternura de Dios que nos ama y nos hace hijos en el Hijo, en Jesús

Hechos,  18,23-28; Sal 46; Juan 16, 23b-28
Cuando uno ve en la vida que alguien a quien uno quiere y aprecia mucho es también querido y apreciado de manera especial por otra persona que se desvive por él, lo ayuda, lo cuida, lo protege, hace lo que sea por ese ser a quien nosotros queremos tanto, surge también en nuestro corazón como un cariño especial por esa persona que hace tanto por quien uno quiere. El amor y el cariño provocan más amor y más cariño y así se va extendiendo de unos a otros como contagiándose de esa ternura. Amamos también a aquellos que aman y quieren a los que nosotros queremos y apreciamos.
Me surge este pensamiento y reflexión escuchando el evangelio de este día. Nos manifiesta la ternura de Dios que se derrama más y más sobre nosotros en la medida en que nosotros creemos y amamos a Jesús. Dios que nos ama desde siempre y por nosotros mismos podríamos decir que derrocha aun más su ternura sobre nosotros por el amor que le tenemos en Jesús. Nos ama en Jesús y por eso nos quiere iguales a Jesús haciéndonos a nosotros también hijos.
Qué agradecidos tendríamos que estar al amor que Dios nos tiene que revierte en nosotros haciéndonos capaces de más y más. Amamos a Jesús y creemos en El y ese amor se crece en nosotros para ser capaces de amar también a los demás con un amor como el que nos tiene el Señor, como el que nos tiene Dios nuestro Padre.
En ese amor con qué confianza podemos acercarnos a Dios,  porque sabemos así que siempre nos escucha. Por una parte tenemos a Jesús, nuestro Mediador, que intercede por nosotros, pero tenemos el amor del Padre que siempre nos escucha. ‘Yo os aseguro, si pedís algo al Padre en mi nombre, os lo dará’, nos dice Jesús; ‘pedid y recibiréis para que vuestra alegría sea completa’ termina diciéndonos.
Pero hay algo más que merece nuestra consideración en este evangelio y además en el día concreto que lo estamos escuchando, vísperas de la fiesta de la Ascensión del Señor. ‘Salí del Padre y he venido al mundo, otra vez dejo el mundo y me voy al Padre’. Como decimos escuchamos estas palabras de Jesús en la víspera de su Ascensión. Vuelve al Padre, pero no nos deja solos. Repetidamente le hemos escuchado la promesa del Espíritu que nos enviará desde el Padre. ‘Conviene que yo me vaya, porque si no, no vendrá a vosotros el Espíritu de la Verdad’, nos había dicho.
Pero con Jesús nosotros queremos ascender. Mañana lo contemplaremos con mayor amplitud. Pero es nuestro deseo, estar con El. Nos promete que vendrá y nos llevará con El. Pero queremos levantarnos, queremos mirar a lo alto, queremos ascender en la vida. Hemos pedido hoy en la oración que se muevan nuestros corazones para buscar y hacer siempre el bien para que ‘tendiendo sin desfallecer hacia lo mejor, alcancemos vivir también en la eternidad los bienes del misterio pascual’. Busquemos siempre lo mejor, tengamos deseos de eternidad, que podamos disfrutar un día en plenitud de los bienes del misterio pascual.