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sábado, 18 de abril de 2015

En medio de las noches oscuras de la vida en que sentimos la soledad aprendamos a sentir la presencia de Jesús que nos da paz

En medio de las noches oscuras de la vida en que sentimos la soledad aprendamos a sentir la presencia de Jesús que nos da paz

Hechos,  6, 1-7; Sal 32; Juan 6, 16-21
Se les echó la noche encima y además comenzó a soplar viento fuerte; todo eran dificultades y oscuridades en medio del lago y además Jesús no iba con ellos; los había enviado a que fueran a la otra orilla pero El no había aparecido a la hora de partir la barca. Aunque avezados a trabajar en aquel lago los miedos y las inseguridades se les echaban encima con la oscuridad. Los discípulos se sentían solo en medio de aquella travesía.
No siempre en la vida caminamos en pleno día con la luz del sol y con todo en calma, porque nos aparecen tormentas, la vida se nos llena de oscuridades y de inseguridades y nos parece en muchas ocasiones que vamos demasiado solos y nos parece no encontrar los apoyos que necesitamos. Hay ocasiones en que también hemos de caminar en medio de la oscuridad y soledad de la noche de la vida. Problemas y contratiempos que nos aparecen en la vida, dificultad para avanzar como quizá deseáramos, tentaciones que nos acosan queriendo apartarnos del camino, dudas en nuestro interior que nos perturban y quitan la paz. Como los discípulos en aquella noche en medio del lago. Noches oscuras de la vida en que sentimos de manera especial la soledad.
Ahora parece que alguien viene caminando a su encuentro sobre las aguas lo que los hace llenarse más de miedos y temores. Se olvidaban de las sorpresas del Señor que aparece cuando menos lo esperamos y está ahí siempre para ser nuestro apoyo y nuestra fuerza. Ellos creían ver un fantasma. Fue necesario que Jesús les hablara: ‘Soy yo, no temáis’. Ahora sí que quieren que suban con ellos a la barca, pero casi sin darse cuenta ya han llegado a su destino.
Es lo que tenemos que aprender a descubrir nosotros para no sentirnos solos. Pero el Señor se nos manifiesta y se nos hace presente de muchas maneras. En medio de esas oscuridades que nos aparecen en la vida tantas veces hemos de tener la seguridad de que el Señor está ahí y que El nunca nos falla. Lo que tenemos que aprender es a descubrir su presencia, como el quiera manifestarsenos.
Tenemos la seguridad de su presencia sacramental permanente en el Sagrario como tenemos la seguridad también de que El quiere habitar en nuestro corazón si nosotros nos abrimos a El. El nos prometió que estaría siempre con nosotros hasta el fin del mundo y nos deja la fuerza de su Espíritu que es luz en medio de esas oscuridades, fortaleza en nuestras debilidades, sabiduría en nuestras dudas e interrogantes. Su Palabra y su Eucaristía son luz y viático contínuo en nuestro camino. No estamos solos. ‘Soy yo, no temáis’, nos dice a nosotros también. Que no se nos apague ni oscurezca nuestra fe.

viernes, 17 de abril de 2015

No tenemos doscientos denarios, pero sí los cinco panes de cebada de nuestra pobreza, con ello daremos gloria al Señor

No tenemos doscientos denarios, pero sí los cinco panes de cebada de nuestra pobreza, con ello daremos gloria al Señor

Hechos,  5, 34-42; Sal 26; Juan 6, 1-15
Mucha gente seguía a Jesús; hasta cuando se iba a lugares apartados al otro lado del lago allí se encontraba con aquellas multitudes que lo seguían, aunque solo fuera porque habían visto sus signos y milagros y cómo curaba a sus enfermos. Pero era algo más lo que buscaban en Jesús aunque muchas veces quizá no lo tuvieran claro; era mucho más lo que Jesús quería ofrecerles; era mucho más el camino que Jesús quería que emprendieran.
Cuando Jesús levantó los ojos y vio toda aquella multitud que acudía hasta El sintió lástima de ellos, como dirá el evangelio en otra cosa ocasión, porque parecían ovejas que andaban sin pastor. Ahora Jesús quiere alimentar a toda aquella multitud; pone a prueba a sus discípulos más cercanos, pues El sabía bien lo que iba a hacer, como dice el evangelista. Doscientos denarios de pan no bastarán para alimentar a toda aquella gente, dirá uno de los discípulos; otro vendrá diciendo que por allí hay un muchacho que comparte lo que tiene, ‘cinco panes de cebada y un par de peces, pero ¿qué es eso para tantos?’
Al final toda aquella multitud quedará saciada. Se multiplicarán los panes, comerán hasta saciarse, sobrarán doce canastas de pan. Jesús nos está ofreciendo mucho. Jesús nos está queriendo poner en un camino nuevo a todos frente a esa multitud hambrienta que nos rodea. Y no son solo las carencias materiales que puedan sufrir tantos en estos momentos de crisis; hay muchas carencias en el corazón de los hombres; hay muchas cosas, sin embargo, que podemos compartir y con lo que podríamos hacer un mundo mejor; hay que tener una mirada distinta, una mirada hacia lo alto, para llenar nuestro espíritu de valores nuevos. Hay una vida nueva y mejor que podemos vivir y que podemos ofrecer. ‘No solo de pan vive el hombre…’ que se nos dirá en otro momento. No nos podemos quedar con los brazos cruzados.
Ya nos gustaría tener los ‘doscientos denarios’ con los que nos parecería que todos o casi todos los problemas se resolverían. Pero no tenemos sino los ‘cinco panes de cebada’ de nuestra pobreza. Dios no  nos pide más. Desde nuestra pequeñez, pero con esos valores que nosotros podemos tener siempre hay mucho que podemos hacer. Será quizá calladamente, en silencio, pasando desapercibidos, pero ahí tiene que estar nuestra disponibilidad, nuestra generosidad para poner lo que somos. Con ello, aunque nos parezca pequeño, podemos dar gloria a Dios. Todo menos cruzarnos de brazos.
Que el Señor, su Espíritu, nos ayude a descubrir el valor de nuestra vida aunque nos consideremos pequeños y nos parezca que pocas cosas podemos hacer. Hagamos eso pequeño de cada día, en silencio, con amor, poniéndonos en las manos del Señor, como aquel muchacho puso sus panes de cebada en las manos de Jesús. El Señor hará maravillas. Serán muchos los que quedarán saciados, como contemplamos hoy en el Evangelio.

jueves, 16 de abril de 2015

El corazón del hombre siempre tiene ansias de plenitud, de perfección, de belleza, de verdad, de bien, de vida que solo alcanzaremos en Jesús

El corazón del hombre siempre tiene ansias de plenitud, de perfección, de belleza, de verdad, de bien, de vida que solo alcanzaremos en Jesús

Hechos,  5,27-33; Sal 33; Juan 3, 31-36
‘El que cree en el Hijo posee la vida eterna’. Todo es una invitación a creer en Jesús, a poner toda nuestra fe en El.
El corazón del hombre siempre tiene ansias de plenitud, de perfección, de belleza, de verdad, de bien, de vida. Pues toda esa plenitud al tenemos en Jesús. En El hemos de poner toda nuestra fe. El nos alcanzará la vida en plenitud, la vida eterna. ‘El que cree en el Hijo posee la vida eterna’, que nos ha dicho hoy el evangelista.
Por eso todo nuestro deseo ha de ser querer conocer a Jesús, encontrarnos con Jesús para llenarnos de su vida. Como aquellos que nos cuenta el evangelio que un día vinieron hasta los apóstoles para decirles que querían conocer a Jesús. Pero conocerlo no es mirarlo de lejos, como si fuéramos unos espectadores que nos contentamos con verlo pasar. Tenemos que abrirle las puertas de nuestra casa, de nuestro corazón, dejar que Jesús entre en nosotros para que se haga vida en nosotros, para que nos llene de su vida. Zaqueo estaba queriendo contemplar a Jesús que pasaba desde lo alto de la higuera, pero Jesús viene a decirle que eso no es suficiente; que está bien esa primera curiosidad, pero es necesario algo más. Por eso Jesús le está diciendo que lo reciba en su casa. Y su vida cambió.
Como tiene que cambiar nuestra vida cuando de verdad nos encontramos con Jesús. Ya no podemos callar lo que hemos visto y oído, lo que hemos experimentado. Como les decían los apóstoles a aquellos que querían prohibirles hablar de Jesús. No podían callar. Allá en su conciencia estaban sintiendo la voz de Dios que les enviaba a ser testigos y esa voz de Dios no la podían desoír, ese mandato del Señor no lo podían desobedecer.
‘Nosotros somos testigos’ dicen los apóstoles ante el Sanedrín. El Espíritu de Jesús esta en nosotros, tenemos que proclamar, tenemos que anunciar el nombre de Jesús como nuestro único Salvador. ‘El Dios de nuestros padres resucitó a Jesús, a quien vosotros matasteis, colgándolo de un madero. La diestra de Dios lo exaltó, haciéndolo jefe y salvador, para otorgarle a Israel la conversión con el perdón de los pecados’.
Es lo que los apóstoles anuncian, es lo que nosotros tenemos también que anunciar. Es algo que vivimos y tiene que reflejarse en nuestra vida, en nuestras palabras, en todo lo que vayamos haciendo, porque la fe un adorno cualquiera; la fe es lo que más profundamente da sentido a nuestra vida. Por la fe en Jesús alcanzamos la vida eterna, como recordábamos al principio.
El mundo que nos rodea necesita esos testigos que le llenen de vida y de esperanza. Hay muchas negruras en el corazón del hombre que solo en Cristo podrán desaparecer. Nos podemos quedar tranquilos con la luz solo para nosotros, sino que con esa luz de Cristo tenemos que iluminar a los demás, llenar de luz nuestro mundo. Podemos hacer un mundo mejor; Cristo está con nosotros para que eso sea posible.
¿Cómo hacerlo? Cada uno mire allí donde está, donde vive, de la gente de la que está rodeado y viendo las sombras trate siempre de poner luz con su fe, con su amor, con su esperanza. Aunque parezca que no, al final el mundo nos lo va a agradecer. De todas maneras tenemos la certeza de la recompensa eterna, de la vida eterna para quienes creemos en Jesús. 

miércoles, 15 de abril de 2015

¿Quién es capaz de entregar lo que más quiere de si mismo por salvar a otro? Es lo que hizo Dios

¿Quién es capaz de entregar lo que más quiere de si mismo por salvar a otro? Es lo que hizo Dios

Hechos,  5, 17-26; Sal 33; Juan 3, 16-21
Qué distintos son los parámetros y las medidas que usamos los hombres. Nos es muy fácil el juicio sobre los demás que como en una pendiente tiende siempre a la condena y a la desconsideración del otro. Quizá porque no nos miramos a nosotros mismos y nos queremos convertir poco menos que en el centro de todo y como la referencia para los demás. Así discriminamos, apartamos de nosotros o de nuestra relación, fácilmente miramos desde ese alto pedestal donde nos queremos situar.
Es una tentación fácil que tenemos en nuestras relaciones personales, que así se hacen bien difíciles, pero es también algo de lo que vamos impregnando las relaciones de nuestra sociedad y hasta pueden convertirse en forma de actuar de nuestras instituciones hasta las que podríamos considerar como más sagradas.
No es esa la manera de actuar de Dios. Dios es amor y lo que buscará siempre es el bien, lo bueno, ofreciendo siempre su amor misericordioso y su perdón. ¿Quién es capaz de entregar lo que más quiere de si mismo por salvar a otro? Es lo que hizo Dios. Nos entregó a su Hijo por amor y para darnos a nosotros la salvación.
Es lo que nos dice hoy el Evangelio. ‘Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único para que no perezca ninguno de los que creen en él, sino que tengan vida eterna’. Porque lo que quiere Dios para nosotros es la vida, aunque nosotros no lo merezcamos. Por eso nos continuará diciendo que no busca nuestra condena sino nuestra salvación. ‘Porque Dios no mandó su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él’. Nosotros habíamos preferido las tinieblas y en ello estaría nuestra condenación, pero Dios nos ofrece su luz, y nos la ofrece regalándonos a su Hijo para salvarnos, para arrancarnos de esa condena en la que nos habíamos metido,  para ofrecernos su salvación.
Decíamos antes que nos sentíamos tentados al juicio y a la condena porque no nos miramos a nosotros mismos en nuestra propia realidad, o porque mirándonos demasiado lo hacemos con los ojos velados por el orgullo que nos levantan en pedestales. Pero creo que hay algo más; tendríamos que mirar más, contemplar en toda su hondura lo que es el amor del Señor para que en verdad ése sea el parámetro de nuestra vida, el modelo, el sentido de nuestro actuar. Porque si consideráramos todo lo que nos ofrece el Señor en su amor, creo que aprenderíamos a ser más comprensivos con los demás y a llenar más nuestro corazón de misericordia para nunca juzgar, para nunca condenar, para nunca discriminar.
El pasado domingo celebrábamos el domingo de la misericordia y el Papa nos convocaba a un año jubilar de la misericordia. Ojalá este año nos sirva para, mirando con mayor profundidad lo que es la misericordia de Dios, aprendamos nosotros a llenar nuestro corazón de misericordia. Y eso a todos los niveles, en nuestra vida personal, pero que se vaya traduciendo en lo que sea el estilo y el sentido de todo. Que seamos signos de la misericordia del Señor.
Que la Iglesia se impregne de verdad de esa misericordia del Señor y sea realmente esa Madre de Misericordia para todos los hombres. Demasiadas veces en nuestro ámbito eclesial nos convertimos en jueces que condenan y no en signos de misericordia. Que en verdad quienes se acerquen a la Iglesia ya sea en el ámbito sacramental o ya sea en cualquier otro momento de la vida siempre encuentre esa mirada con ojos de misericordia, ese oído atento y comprensivo, ese corazón misericordioso que acoge siempre con amor y que se convierte en todo momento en signo de la misericordia del Señor. Algunas veces nos puede faltar mucho de todo esto y podemos ser un obstáculo para que algunos o muchos se puedan encontrar de verdad con el Señor.

martes, 14 de abril de 2015

El testimonio del amor es el más auténtico anuncio que hagamos de Jesús resucitado

El testimonio del amor es el más auténtico anuncio que hagamos de Jesús resucitado

Hechos,  4, 32-37; Sal 92; Juan 3, 5a. 7b-15
‘Los apóstoles daban con mucho valor testimonio de la resurrección del Señor’, nos dice el texto sagrado. ¿Cómo daban testimonio? ¿En qué consistía ese testimonio? Pero al mismo tiempo tenemos que preguntarnos, y nosotros, ¿damos también testimonio de nuestra fe en Cristo resucitado? ¿Cómo se ha de manifestar?
Ya hemos venido escuchando cómo hablaban pública y valientemente de Cristo resucitado. Fue en Pentecostés ante toda la multitud allí reunida; fue en el templo ante las gentes que se arremolinaban en torno al paralítico que había sido curado; fue luego ante el Sanedrín cuando los prenden y lo llevan ante el consejo; y terminarán pasando la noche en la cárcel por esa causa; cuando luego les prohíban hablar del nombre de Jesús responderán diciendo que tienen que obedecer a Dios antes que a los hombres.
Pero el testimonio que están dando de Jesús lleva a algo más; aquella comunidad que va surgiendo entre todos los que aceptando la palabra de los apóstoles comienzan a creer en Jesús va a dar el testimonio del amor. Algo nuevo está surgiendo; el evangelio anunciado está despertando una nueva forma de vivir; es la comunión que desde el amor se va creando entre todos los creyentes, de manera que ahora desde esa fe en Jesús se sienten uno. ‘En el grupo de los creyentes todos pensaban y sentían lo mismo: lo poseían todo en común y nadie llamaba suyo propio nada de lo que tenía’. Es la unidad que en el Espíritu va naciendo entre todos los que creen en Jesús. Y ese va a ser el gran testimonio, el amor. Se nos presenta el testimonio concreto de Bernabé que vende lo que tiene y pone el dinero al pie de los apóstoles.
Es el anuncio y el testimonio que nosotros hemos de dar. Anunciamos a Jesús resucitado con nuestras palabras y con nuestra vida de amor. Es el testimonio de la Iglesia y es el testimonio de Iglesia, de comunión que cada uno hemos de dar. No nos valen solo las palabras. Tenemos que convertir nuestro corazón al amor, a la comunión, al compartir generoso. Será así como manifestemos que en verdad hemos nacido de nuevo, desde nuestra solidaridad en el amor. Ese será el verdadero anuncio que hagamos de Jesús frente al mundo que nos rodea. El testimonio del amor es el más autentico anuncio que hagamos de Jesús resucitado.
Tenemos el peligro y la tentación de la insolidaridad, de encerrarnos en nosotros mismos pensando solo en lo nuestro; los problemas, las carencias que incluso algunas veces nosotros podamos padecer nos pueden llevar a esa tentación; pensamos primero en resolver nuestros problemas antes que mirar a nuestro alrededor, pero ese no puede ser el estilo de un cristiano, de un seguidor de Jesús.
Que en verdad nos llenemos del Espíritu de Cristo resucitado que siempre nos impulsará al amor, a la generosidad, a la comunión de los hermanos. Dejémonos conducir por el Espíritu. Tenemos tantas oportunidades de dar un buen testimonio. 

lunes, 13 de abril de 2015

Nacer de nuevo en el día a día de nuestra vida, siempre abiertos a la gracia, atentos a su Palabra, transformados por el Espíritu

Nacer de nuevo en el día a día de nuestra vida, siempre abiertos a la gracia, atentos a su Palabra, transformados por el Espíritu

Hechos,  4, 23-31; Sal 2; Juan 3,1-8
‘¿Cómo puede nacer un hombre de nuevo, siendo viejo?’ es la pregunta que se hace Nicodemo ante lo que Jesús le ha dicho que hay que nacer de nuevo. Pero, en cierto modo, ¿no será lo que quizá alguna vez hemos oído o hasta hemos dicho algo así como que a burro viejo no le entran letras nuevas? ¿Qué me van a enseñar a mí a estas alturas? ¿Qué puedo hacer yo a mis años o en qué voy a cambiar? Actitudes bien conservadoras y cerradas que se nos meten muchas veces en el alma.
A Nicodemo le costaba entender lo que Jesús le estaba diciendo, nosotros decimos que sí lo sabemos y nos damos muchas explicaciones, pero en el fondo en la práctica tenemos las mismas dudas o las mismas actitudes. En fin de cuentas lo que Jesús nos está diciendo en estas palabras a Nicodemo en el casi inicio del evangelio de Juan es lo que en los otros evangelistas se nos propone como mensaje inicial. ‘Convertios y creed en el evangelio… convertios que el Reino de Dios está cerca’.
Nacer de nuevo es comenzar con una nueva vida, es una transformación grande que hay que hacer en nosotros. Pero no será algo que hagamos solo por nosotros mismos. Jesús en la respuesta explicación que le da a Nicodemo nos está diciendo que poniendo toda nuestra voluntad sin embargo es algo que solo podemos realizar por la fuerza de lo alto. Jesús le dirá que hay que nacer del agua y del Espíritu.
Siempre en estas palabras estamos viendo una alusión y un anuncio del Bautismo, es cierto. Pero el Bautismo no es una cosa mecánica que realicemos y ya está. Presupone la fe, el querer adherirnos a Jesús y a su evangelio, a su nuevo estilo y sentido de vivir que es el Evangelio, y que por la fuerza del Espíritu del Señor podemos realizar en nosotros. Es el agua que nos purifica y nos da nueva vida, pero no es el agua en sí sino la acción del Espíritu de Dios en nosotros.
Pero ese nacer de nuevo, ese bautismo en el agua y en el Espíritu no se queda reducido a un rito que hayamos realizado en un momento determinado, sino que ha de ser una actitud nueva que ha de envolver toda nuestra vida y en todo momento. Ese nacer de nuevo es algo que tenemos que ir realizando en el día a día de nuestra vida, porque siempre estaremos abiertos a la gracia del Señor, siempre estaremos con oídos atentos a su Palabra para ir descubriendo aquello nuevo que en cada momento el Señor nos pida y hemos de realizar. Seremos nuevos o viejos en edad pero siempre tenemos que estar abiertos a ser ese hombre nuevo de la gracia que se ha dejado, se va dejando transformar por el Espíritu cada día.
Hemos celebrado la Pascua haciendo una renovación de nuestro bautismo; seguimos viviendo el tiempo pascual, el sentido pascual de nuestra vida. Hemos de estar atentos a eso nuevo a lo que ahora, en este momento, en estas circunstancias de mi vida, me pueda estar pidiendo el Señor.

domingo, 12 de abril de 2015

Seguimos queriendo vivir intensamente la alegría de la Pascua y proclamando qué grande es la misericordia del Seño

Seguimos queriendo vivir intensamente la alegría de la Pascua y proclamando qué grande es la misericordia del Señor

Hechos, 4, 32-35; Sal. 117; 1 Juan 5, 1-6; Juan 20, 19-31
‘Estaban los discípulos en una casa con las puertas cerradas, por miedo a los judíos. Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo: Paz a vosotros…’ Así comienza a narrarnos hoy el evangelio la aparición de Cristo resucitado a los discípulos. Era el primer día de la semana que para nosotros para siempre será el día del Señor.
Estaban con las puertas cerradas y llegó Jesús con la paz. ‘Paz a vosotros’, les repite una y otra vez. Estaban encerrados en el miedo y en el temor, en la desesperanza y todavía parecía que la muerte les envolvía y les llena del Espíritu y les confía una misión. ‘Recibid el Espíritu Santo…’, les dice y enviados por Jesús como el Padre lo envió a El han de salir por el mundo con el anuncio y la misión del perdón y de la paz. Se acabaron los temores. ‘Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor’.
Tomás no estaba con ellos y a él inmediatamente le hacen el anuncio. ‘Hemos visto al Señor’. Tomás no lo cree y exige pruebas; que si el dedo en el agujero de los clavos, que si la mano en la llaga del costado. A los ocho días cuando Jesús vuelve a encontrarse con el grupo Tomás no necesitará las pruebas que pedía y ahora sí creerá en Jesús.
Creo que esto puede decirnos algo importante para encontrarnos con Jesús y para vivir nuestra fe. No podemos ir por libre. La fe es ciertamente una adhesión personal a Dios que se nos manifiesta en la historia de la salvación y se nos hace presente en nuestra vida. Pero el que sea una adhesión personal no nos puede hacer individualistas en nuestra fe viviéndola al margen de los demás hermanos. Es cierto que Dios llega a cada uno de nosotros de forma misteriosa como El quiera revelársenos allá en lo más hondo de nosotros mismos. Pero la fe que tenemos en Jesús como nuestro Señor y Salvador siempre nos tiene que llevar al encuentro con los demás y a vivirla en comunión con los demás.
El texto de los Hechos de los Apóstoles que hoy se nos proclama eso nos está señalando. Nos habla del testimonio que los apóstoles daban de la resurrección de Jesús, pero hará vivir en comunión a todos aquellos que por la fe habían aceptado a Jesús. Una comunión profunda, intensa, que les llevaría a compartir en todo de modo que incluso nadie pasase necesidad. Y esa comunión era luego el mejor testimonio que podían dar en medio de los que les rodeaban. ‘Todos eran bien vistos’, comenta el autor sagrado.
Aquí seguimos nosotros queriendo vivir intensamente la alegría de la Pascua. Queremos seguir proclamando qué grande es la misericordia del Señor en este domingo que llamamos de la misericordia y cuando precisamente hoy el Papa ha promulgado el año de la misericordia que próximamente vamos a celebrar.
Seguimos proclamando nuestra fe porque como nos decía san Juan en su carta ‘todo el que cree que Jesús es el Cristo ha nacido de Dios’. Precisamente al celebrar la Pascua hemos hecho esa renovación de nuestro bautismo en el que por esa fe hemos nacido de Dios por el agua y el Espíritu Santo. Una fe y un bautismo, que por nuestra unión con Cristo, es anuncio de victoria, de gloria, de gracia, de salvación.
Una fe que proclamamos con toda nuestra vida y en la que en verdad nos sentimos seguros en el Señor. Y aunque nuestra vida siga siendo dura, o nos sigamos encontrando con los mismos problemas tenemos la certeza de que el Señor está con nosotros y El ha venido a llenarnos de su paz. No nos sentiremos ahogados nunca a pesar de los problemas y de las luchas porque sabemos que en Jesús tenemos la salvación. Se nos tienen que acabar los miedos y el estar encerrados porque con nosotros está la paz que Cristo resucitado nos ha dado.
Y seguiremos caminando con nuestra fe y con nuestro amor viviendo en comunión de Iglesia porque ahí tenemos la seguridad de que estamos en el Señor. ‘No he de morir, sino que viviré para proclamar las hazañas del Señor’, como decíamos en el salmo.
También nosotros tenemos que anunciar ‘hemos visto al Señor’ porque ahora con nuestra fe lo podemos ver y sentir en lo más hondo de nuestra vida, como también lo hemos de aprender a ver en la comunión de los hermanos, pero también cuando nos sale al paso en el hermano que sufre a nuestro lado.

sábado, 11 de abril de 2015

No nos podemos sentir derrotados ni desilusionados porque el Espíritu de Cristo resucitado está con nosotros

No nos podemos sentir derrotados ni desilusionados porque el Espíritu de Cristo resucitado está con nosotros

Hechos, 4, 13-21; Sal 117; Marcos 16, 9-15
‘María Magdalena fue a anunciárselo a sus compañeros, que estaban de duelo y llorando’. Jesús resucitado se le había manifestado a ella y había corrido a anunciarlo al resto de los discípulos. ‘Estaban de duelo y llorando’. No terminaban de comprender todo lo sucedido. Había sido como un fracaso. Habían esperando, tenían puesta su fe y su esperanza en su maestro y todo había terminado en aquella tarde en lo alto del Gólgota. Jesús se lo había anunciado, pero ni entendieron entonces el anuncio de Jesús ni ahora creían a María Magdalena que venía a anunciarles que Jesús había resucitado.
Lo mismo les pasaba con aquellos dos discípulos que se habían ido a Emaús y ahora volvían anunciando también que Jesús resucitado había estado con ellos y lo habían reconocido al partir el pan, aunque ya ardía su corazón por dentro mientras les hablaba y les explicaba todas las cosas por el camino. Tampoco los creían.
El relato que nos hace el evangelista Marcos de la resurrección de Jesús es muy breve y escueto. Manifiesta la desesperanza que había en sus corazones que estaban de duelo por muerte de Jesús y cómo su fe se había derrumbado de manera que ahora no creían a nadie. Y Jesús se les manifiesta estando a la mesa, y les echa en cara su incredulidad y dureza de corazón porque no habían creído a los que le habían visto resucitado. Y ahora que ya ellos tienen la certeza les hace un encargo, los envía por el mundo para que sean testigos, para que anuncien a todos los hombres, a toda criatura, la salvación que Jesús les ha traído con su muerte y su resurrección.
Y nosotros, ¿cómo creemos? ¿haremos ese anuncio de la resurrección del Señor verdaderamente convencidos? Es cierto que también nos vamos a encontrar a mucha gente a nuestro lado que no nos creerán, que pensarán que es un mito que nos hemos creado, o un refugio para nuestros fracasos. No es fácil hacer siempre este anuncio de la resurrección del Señor en el mundo en que vivimos. Pero tenemos que convertirnos en testigos de verdad porque el anuncio que hagamos con nuestras palabras, con nuestra vida, con nuestras nuevas actitudes, con nuestra manera de vivir sea verdaderamente convincente.
Y esto es lo que tenemos que revisar, porque tenemos el peligro de hacer un anuncio de rutina, de que nosotros tampoco nos lo creamos de verdad allá en lo más hondo de nosotros mismos, que mostremos una vida cansina y aburrida a aquellos que les hacemos el anuncio y así no convenceremos a nadie. Tenemos el peligro de que también nosotros nos cansemos porque muchas veces nos parezca que todo sigue igual, porque los problemas que tenemos son los mismos de siempre y no logramos un cambio total en nuestra vida.
¿Qué nos faltará? Dejémonos inundar por el Espíritu del Señor. El será quien transforme nuestros corazones. En la Palabra que hoy se nos ha proclamado en la primera lectura hemos contemplado la valentía con que Pedro y Juan anuncian a Jesús haciendo frente incluso a quienes quieren prohibirles hablar del nombre de Jesús. Tienen que obedecer a Dios antes que a los hombres. Y sin embargo ellos eran también de los que estaban encerrados en el Cenáculo al principio y no creían a nadie que trajera noticias de la resurrección de Jesús. Pero cuando se dejaron llenar por el Espíritu Santo su vida realmente cambió. ¿Será eso lo que nosotros necesitamos para ser verdaderos testigos, y testigos entusiastas y valientes de Cristo resucitado?

viernes, 10 de abril de 2015

No podemos ir a pescar, a realizar nuestras responsabilidades en la vida sin contar con la presencia y la fuerza del Señor

No podemos ir a pescar, a realizar nuestras responsabilidades en la vida sin contar con la presencia y la fuerza del Señor

Hechos, 4, 1-12; Sal 117; Juan 21, 1-14
‘Me voy a pescar…Vamos también nosotros contigo… Salieron y se embarcaron; y aquella noche no cogieron nada…’ Cuántas veces nos sucede; nos afanamos, trabajamos, nos pasamos el tiempo queriendo hacer muchas cosas, pero al final no obtenemos resultado. Y esto en muchos aspectos de la vida; no solo en lo material, lo que es el trabajo de cada día, sino también cuando queremos hacer cosas por los demás, queremos vivir un compromiso, o como nos puede suceder en la Iglesia, a sacerdotes y a agentes de pastoral que queremos hacer muchas cosas, pero no terminamos de ver los frutos.
Creo que este pasaje del evangelio que hoy nos propone la liturgia puede hacernos pensar en muchas cosas. Quienes un día habían dejado a un lado las redes y la barca por seguir a Jesús ahora vuelven a lo mismo. ‘Me voy a pescar’, dice Pedro y con él se van los otros discípulos. ¿Desalentados quizá por todo lo que había pasado en los días anteriores en Jerusalén y por eso se habían venido de nuevo a Galilea? Jesús no está con ellos; o al menos ellos se sienten solos; y las cosas no salen como a ellos les gustaría. ‘Aquella noche no cogieron nada…’
Pero Jesús sí está, aunque ellos no lo saben descubrir. ‘Estaba ya amaneciendo, cuando Jesús se presentó en la orilla; pero los discípulos no sabían que era Jesús’. Estaba amaneciendo, sí, porque la luz comenzaba a brillar fuerte aunque ello no sabían distinguirla. Ahora se dejan conducir por quien desde la orilla les dice por donde han de echar la red; ellos tan conocedores de aquel lago necesitan que ‘un extraño’ desde la orilla les diga lo que tienen que hacer. Pero tienen la humildad de hacerlo. Y ahora sí que ven el fruto de su trabajo, la red reventaba con tantos peces.
Y es cuando, aquel discípulo amado de Jesús - la sintonía del amor - reconoce a quien está en la orilla. ‘Es el Señor’, le dice a Pedro y a Pedro no le hace falta nada más porque hasta se olvida de la pesca y se lanza al agua para estar con Jesús.
Estar con Jesús, sí, es lo que necesitamos. No podemos olvidar su presencia; no podemos olvidar que solo en su nombre es cómo tenemos que echar la red, como podemos darle sentido y profundidad a nuestros trabajos, hacer que nuestra vida y nuestra tarea de verdad fructifique. Y algunas veces parece que lo olvidamos. Caemos en la tentación del activismo, actividad y actividad porque tenemos tantas cosas que hacer, pero olvidando que tenemos que darle verdadera profundidad a lo que hacemos y eso solo podemos encontrarlo en el Señor, en nuestro estar con El, en ese sentirle presente siempre en nuestra vida, en ese pararnos para escucharlo en nuestro corazón, sentirlo en nuestro interior.
Y todo eso lo ha de tener presente un creyente, un cristiano siempre en su vida, haga lo que haga. En nuestras tareas de cada día, en nuestras responsabilidades personales y familiares, en lo que queramos hacer por los demás, en nuestros compromisos apostólicos, en lo que es nuestra propia vocación. Nada somos sin el Señor porque solo es su nombre el que nos alcanza la salvación, como hemos escuchado hoy también en los Hechos de los Apóstoles.

jueves, 9 de abril de 2015

Descubramos en lo que nos sucede la bendición de Dios que nosotros también hemos de ser para los demás

Descubramos en lo que nos sucede la bendición de Dios que nosotros también hemos de ser para los demás

Hechos,  3, 11-26; Sal 8; Lucas 24, 35-48
A nuestro lado en ocasiones suceden cosas asombrosas que nos llaman la atención, mientras en otros momentos todo puede parecer anodino porque la vida transcurre con cierta rutina siempre haciendo lo mismo, siempre haciendo las mismas cosas. Aquello extraordinario que nos sucede puede llamarnos la atención, pero también tenemos el peligro de caer pronto de nuevo en la monotonía y olvidar aquello que nos había impresionado y podría quizá habernos dicho muchas cosas. Diríamos que nuestra madurez humana tendría que llevarnos a saber vivir con intensidad cada momento y de cada cosa que nos suceda, aunque sea lo más sencillo de cada día, saber sacar una lección para nuestra vida que nos haga crecer y ser cada día más maduros.
Esto lo podemos decir en un aspecto meramente humano de la vida, que tiene también su lado espiritual, pero creo que como creyentes sería algo que no podríamos olvidar ni desatender. El creyente sabe descubrir la presencia de Dios en cuanto le sucede, y cómo Dios está a nuestro lado en todo el acontecer de nuestra vida. Pero quizá en esos hechos más extraordinarios que nos pudieran suceder tendríamos que saber descubrir esa presencia y esa acción de Dios que quizá nos permita que nos sucedan esas cosas para que aprendamos a abrirnos al misterio de Dios que se nos va revelando cada día y en cada momento en la vida.
Me hago esta reflexión desde lo que hoy escuchamos en la Palabra de Dios que se nos proclama en este día. Pedro, tras la curación de aquel paralítico de la puerta Hermosa del Templo y ante la sorpresa y admiración que se produce en la gente, aprovecha para trasmitirles el mensaje de Jesús. Supo leer aquellos acontecimientos con la mirada de Dios y vemos cómo incluso hace uso de la Escritura para ayudarles a comprender el mensaje. Les recuerda la Palabra que Dios dirigió a Abrahán anunciándole que su descendencia sería bendición para todos los pueblos, para anunciarles que ‘Dios resucitó a su siervo y os lo envía en primer lugar a vosotros, para que os traiga la bendición, si os apartáis de vuestros pecados’.
Con Jesús nos llega la bendición y la gracia de Dios. Jesús, muerto y resucitado, es la bendición de Dios al hombre y al mundo que lo llena de su gracia y de su paz. Sepamos ver esa bendición de Dios en nuestra vida, en cuanto nos suceda; descubrir esa voz de Dios que nos habla en los acontecimientos y veamos esa presencia de Jesús que llega a nuestro lado con su gracia y con su salvación. Y llega a nuestra vida, ahí donde estamos, donde vivimos nuestras preocupaciones, donde nos contamos cuanto nos sucede, donde hacemos ese día a día de nuestra vida que hemos de saber llenar de plenitud.
Allí estaban los discípulos reunidos en el cenáculo, contando todo cuanto había sucedido, recordando aun impresionados todos aquellos acontecimientos de aquellos días de la Pascua, allí estaban ellos con sus desesperanzas o con sus deseos de que algo nuevo tenia que suceder y Jesús se presentó en medio de ellos. Y Jesús les hace comprender el sentido de todo cuanto ha sucedido, las hace comprender el sentido de su pasión, porque así además estaba anunciado desde antiguo por los profetas.
Pero cuanto había sucedido era para gracia, para regalo y bendición de Dios para todos los hombres. Y además les confía que de eso han de ser testigos y ese ha de ser el anuncio que han de hacer a todos los hombres. ‘Así estaba escrito: el Mesías padecerá, resucitará de entre los muertos al tercer día y en su nombre se predicará la conversión y el perdón de los pecados a todos los pueblos, comenzando por Jerusalén. Vosotros sois testigos de esto’.
Todo eso ¿qué nos dirá a nosotros?, ¿qué nos estará pidiendo el Señor?, ¿qué lectura tenemos que hacer de nuestra vida a la luz de la resurrección del Señor?, ¿cómo seremos nosotros también bendición de Dios para los demás?

miércoles, 8 de abril de 2015

Un itinerario de acogida, de miradas hondas, de manos tendidas para encontrarnos con Jesús

Un itinerario de acogida, de miradas hondas, de manos tendidas para encontrarnos con Jesús

Hechos  3,1-10; Sal 104; Lucas 24,13-35
Una mirada, una mano tendida, un caminar juntos aunque fuera con desconocidos, una escucha, unas señales que nos hablan a las claras de la presencia de Jesús resucitado. De eso nos ha hablado la Palabra de Dios que hoy se nos proclama.
‘Pedro, con Juan a su lado, se le quedó mirando y le dijo: Míranos.’ Es el primer gesto que nos ha presentado el texto de los Hechos de los Apóstoles. Unas miradas que se cruzan; cuánto se puede decir con una mirada; es un prestar atención, en este caso, no a algo sino a alguien.
Luego Pedro ofrecerá lo que tiene; le tiende la mano en el nombre de Jesús. ‘Agarrándolo de la mano derecha lo incorporó’. No le va a ofrecer cosas, ni siquiera las monedas que aquel hombre en su indigencia está esperando. ‘En nombre de Jesucristo Nazareno, echa a andar’. Aquel hombre terminará danzando en el templo y alabando a Dios.
‘Dos discípulos de Jesús iban andando aquel mismo día… Mientras conversaban y discutían, Jesús en persona se acercó y se puso a caminar con ellos… aunque sus ojos no eran capaces de reconocerlo’. Era un extraño que se había acercado a ellos mientras iban caminando y lo admitieron en su compañía. No siempre admitimos quizá en nuestra compañía a un extraño aunque vayamos haciendo el mismo camino. Ahí está el detalle. Pero caminaron juntos y mientras se camina al mismo paso cuántas cosas se comparten; como sucedió entonces.
Primero Jesús les escucha, sus preocupaciones, sus tristezas, sus esperanzas frustradas, su desilusión. Luego ellos escucharán a Jesús; y lo harán con gusto tanto que cuando llegan a Emaús no querrán que siga adelante porque los caminos de noche son peligrosos y le ofrecen su hospitalidad, y también porque luego recordarán cómo ardía su corazón mientras El les hablaba y les explicaba las Escrituras.
Todo fue un camino para reencontrarse con Jesús. Con Jesús que viene hacia ellos como siempre quiere hacer con nosotros cuando andamos hundidos en nuestras preocupaciones y angustias, en nuestras desilusiones y desesperanzas; pero también en la buena disposición de ellos para acoger y para escuchar; sus corazones se abrieron al amor; en el amor del compartir una cena se encontraron finalmente de pleno con Jesús y lo reconocieron. ‘A ellos se les abrieron los ojos y lo reconocieron… al partir el pan’.
Qué hermoso itinerario para nuestra vida. Para aprender a ir al encuentro con los demás mirando cara a cara, aunque tengamos mucho sufrimiento en el alma o aunque vayamos a ver mucho sufrimiento en los ojos de los demás, pero también para ir tendiendo la mano, abriendo el corazón, levantando al caído, dejándonos acompañar por los van a nuestro alrededor en el camino, para escuchar con el corazón abierto.
Nos encontraremos con Jesús; aprenderemos a llevar a Jesús a los demás. Nos sentiremos en verdad renovados por dentro y no nos faltará la alegría de sentir la presencia de Cristo resucitado en nuestro corazón pero también en ese encuentro con los demás.

martes, 7 de abril de 2015

Que las lágrimas de nuestras angustias no nos impidan sentir la presencia del Señor resucitado en nuestra vida

Que las lágrimas de nuestras angustias no nos impidan sentir la presencia del Señor resucitado en nuestra vida

Hechos,  2,36-41; Sal 32; Juan 20,11-18
‘Mujer, ¿por qué lloras?, ¿a quién buscas?’ Por dos veces María Magdalena escucha la pregunta. ‘Fuera, junto al sepulcro, estaba María, llorando’.  ¿Nos habremos quedado nosotros también a la puerta del sepulcro llorando?
¿Por qué lloras, María? ¿No crees en las palabras de Jesús? Recordaba cuánto había recibido de Jesús, que como dice el evangelista de ella había expulsado siete demonios. Un día llorando también se había postrado a los pies de Jesús arrepentida de su vida y tantas eran sus lágrimas que le había lavado los pies a Jesús enjugándoselos con sus cabellos. Como una prefiguración y anuncio de su sepultura había derramado sobre sus pies el ungüento que había llenado toda la casa de perfume. Ahora llora de nuevo ante el sepulcro porque allí no está Jesús.
¿Por qué lloras, María? ¿Por qué buscas en el sepulcro a quien está vivo? No podemos quedarnos buscando al crucificado porque El está vivo. Ahí está hablándote y no lo reconoces, lo confundes con el jardinero. Qué ciega estás para no verle, y qué valiente y fuerte quieres ser que te sientes capaz de recoger su cuerpo donde lo hayan puesto para llevártelo contigo.
Nos cegamos en nuestro dolor. Nos cegamos en nuestras preocupaciones hasta para faltarnos la esperanza. Nos cegamos y parece que ya no creemos en nada y olvidamos todo lo que habíamos escuchado y hasta vivido. ¿A quién buscas? ¿Cómo lo estás buscando?, nos pregunta también el Señor.
¿Por qué lloras, María? Escucha su voz, date cuenta de su presencia. Es El, el Señor que vive, el Señor resucitado que está junto a ti. No te quedes en el dolor de la cruz. No lo busques en la sepultura y en la muerte. Escucha su voz que te llama por tu nombre. ‘¡María!’. ‘¡Rabboni! ¡Maestro!’. Sí, es el Señor.
¿Por qué lloras? ¿A quién buscas? ¿Cómo quieres encontrarlo? Seguimos en nuestras muertes, seguimos en nuestras preocupaciones y agobios, seguimos en nuestras angustias y no somos capaces de ver al Señor. Hemos pasado por la pascua, pero a veces nos cuesta llegar a la luz de la vida, a la luz que nos ofrece Cristo resucitado. No lo busquemos a nuestra manera, sino que abramos los ojos de la fe para verle tal como El quiere manifestarsenos. Vivamos la experiencia del encuentro con el Señor, como María  y nuestra vida tendrá que cambiar, nuestra forma de ver las cosas, se enardecerá de nuestro corazón y nos llenaremos de su amor, volveremos a tener esperanza e ilusión para seguir caminando.
También a nosotros nos pone en camino. ‘Ve y dile a mis hermanos’, nos dice a nosotros también. Como María tenemos que saber ir a los demás como unos verdaderos testigos de la presencia del Señor. Hoy hemos escuchado de nuevo a Pedro anunciando a Jesús, proclamándose testigo de Cristo resucitado e invitando a la conversión, a ajustar nuestra vida al camino y al sentido del evangelio, a aceptar nuestra vida a la luz del evangelio. Y ese evangelio de Jesús es transformador de nuestra vida, por eso no tengamos miedo de que las cosas pueden ser distintas, no nos echemos atrás, porque siempre el Señor estará con nosotros. 

lunes, 6 de abril de 2015

La luz de la resurrección ha iluminado nuestra vida y todo lo vemos de manera distinta porque con nosotros está el Señor resucitado

La luz de la resurrección ha iluminado nuestra vida y todo lo vemos de manera distinta porque con nosotros está el Señor resucitado

Hechos 2,14.22-33; Salmo, 15; Mateo 28,8-15
‘Las mujeres se marcharon a toda prisa del sepulcro; impresionadas y llenas de alegría, corrieron a anunciarlo a los discípulos… Ha resucitado del Señor’. Por el camino cuando volvían impresionadas por lo que los Ángeles les habían comunicado en el sepulcro vació se habían encontrado con el Señor que les había salido al paso. ‘Id a comunicar a mis hermanos que vayan a Galilea; allí me verán’, les encarga.
Es lo que nosotros seguimos festejando con toda solemnidad en esta semana de la octava de Pascua. Es la alegría que seguimos viviendo y que hemos de saber trasmitir a los demás. Nuestra vida sigue y en nosotros están las mismas luchas de cada día, las mismas preocupaciones y los mismos trabajos. Sin embargo en el creyente todo tiene que ser distinto. La luz de la resurrección ha iluminado nuestra vida y las cosas hemos de comenzar a verlas de manera distinta; hay otra fuerza y otra esperanza en nosotros; es la certeza de que el Señor está con nosotros y algo nuevo se ha de abrir en el camino de nuestra vida. Nos fiamos del Señor. Llenamos nuestro corazón de esperanza.
Como hemos rezado en el salmo, recogiendo lo que san Pedro nos recordaba en los Hechos de los Apóstoles ‘Tengo siempre presente al Señor, con él a mi derecha no vacilaré. Por eso se me alegra el corazón, se gozan mis entrañas, y mi carne descansa serena. Porque no me entregarás a la muerte, ni dejarás a tu fiel conocer la corrupción…’ Tenemos alegría porque tenemos la certeza de que el Señor está con nosotros. Queremos seguir caminando, realizando la lucha de cada día, queremos encontrar luz y sentido para todo lo que nos vaya sucediendo. Y es que ‘con él a mi derecha no vacilaré’.
Es valiente Pedro en lo que le escuchamos hoy en la lectura de los Hechos de los Apóstoles. No parece el mismo que el que había temblado de miedo cuando prendieron a Jesús en el Huerto por si le descubrían como discípulo suyo, el que descaradamente le negó tres veces para evitar consecuencias desagradables; ahora es otro. Está lleno de la fuerza del Espíritu del Señor. No olvidemos que estas palabras que le hemos escuchado hoy corresponden a aquel primer discurso del día de Pentecostés. Pero más adelante, incluso, cuando los azoten en el Sanedrín, saldrán contentos por haber podido sufrir por el nombre de Jesús, porque no podían callar lo que habían visto y oído.
Que el Señor nos dé esa valentía. Que sintamos la fuerza de su Espíritu en nosotros para seguir viviendo con toda hondura la alegría de la Pascua. Que no temamos ante el camino que tenemos por delante porque con nosotros está el Señor ya para siempre. La presencia de Cristo resucitado no es la presencia de un momento determinado, sino es la presencia que podemos sentir siempre del Señor en nuestro corazón y en nuestra vida. Así podemos caminar con ilusión, con esperanza, con arrojo y valentía, sin ningún temor. ‘Con El a mi derecha no vacilaré’.

sábado, 4 de abril de 2015

Buscamos a Jesús, el que fue crucificado pero ha resucitado y es nuestro gozo y alegría y lo sentimos vivo en nosotros


Buscamos a Jesús, el que fue crucificado pero ha resucitado y es nuestro gozo y alegría y lo sentimos vivo en nosotros

Hechos, 10, 34a. 37-43; Sal 117; Colosenses 3, 1-4; Juan 20, 1-9
‘¿Buscáis a Jesús el Nazareno, el que fue crucificado? No está aquí. Ha resucitado’. Fue el anuncio que escucharon aquellas buenas mujeres que habían comprado aromas para ir a completar los ritos de enterramiento que no habían podido realizar el viernes por las prisas embalsamando el cuerpo muerto de Jesús. ¿Buscáis al que fue crucificado? ¿Por qué buscáis en el lugar de la muerte al que venció a la muerte? ¿Por qué buscáis en un sepulcro al que es la Vida? ¿No recordáis lo que dijo allá en Betania de que era la resurrección y la vida?
Es el anuncio que nos llena de alegría. Es nuestra fiesta porque es la Pascua. ¡Cristo ha resucitado! Y confesamos con alegría nuestra fe. No creemos en quien fue derrotado con la muerte sino creemos en el que con su muerte venció toda muerte y nos llena de vida para siempre. Es importante esto, porque si Cristo no hubiera resucitado vana y sin sentido sería nuestra fe. De ahí nuestra alegría. De ahí la fiesta grande que nosotros los cristianos hacemos en la resurrección del Señor. Es la Pascua.
Pero esto no lo confesamos como una idea, como un simple artículo de un credo, de una fe, sino desde una vida, desde una experiencia que nosotros vivimos también. Cuando las mujeres fueron sepulcro solo vieron un sepulcro vacío y escucharon las palabras del ángel. María Magdalena seguiría llorando, corriendo a contarle a Pedro y los discípulos que el cuerpo de Cristo muerto no estaba en el sepulcro y que alguien lo habría robado.
Pero poco a poco Magdalena, las demás mujeres, Pedro y el resto de los apóstoles fueron sintiendo algo más, viviendo una nueva experiencia, porque era verdad que Cristo había resucitado y Cristo se les fue manifestando a todos ellos, lo vieron y lo palparon como quería hacerlo el dubitativo Tomas. Es la experiencia que le haría proclamar a Pedro delante de la multitud, aquel a quien habéis crucificado, y todos sois testigos de ello, Dios lo ha resucitado y lo ha constituido Señor, y nosotros somos testigos.
Es la experiencia que nosotros también vivimos. No veremos con los ojos de la carne como a nosotros nos gustaría ver, o no palpamos con nuestras manos como queria hacer Tomás, pero sí sentimos y vivimos. Es la experiencia viva de la fe, en la que no tenemos que buscar razones de lógicas humanas o racionales, sino que lo proclamamos desde lo que sentimos y desde lo que experimentamos en lo más hondo de nosotros mismos. Y eso es lo que en este día queremos proclamar; es lo que es nuestra fe, lo que tenemos que gritar en todo momento ante el mundo que nos rodea.
Hemos venido haciendo a través de toda la Cuaresma un camino que nos conduce a la Pascua y lo hemos ido haciendo desde lo que es nuestra vida concreta de cada día con sus luchas y con sus problemas, con sus sombras y con sus angustias, con sus sufrimientos y con todo lo que hemos ido viviendo o vemos que van viviendo los que están a nuestro alrededor. Recuerde cada uno el camino que ha ido haciendo.
 Ha sido un camino de pasión, de cruz en muchas ocasiones, un camino en que hemos querido ir oyendo la palabra de Jesús que nos invitaba a tomar la cruz, a negarnos a nosotros mismos, a atrevernos a emprender un camino nuevo, con decisiones nuevas que podrían parecernos incluso arriesgadas; muchas veces nos costaba dar pasos o arrancarnos de nosotros mismos, pero hemos querido dejarnos conducir por su Espíritu y aquí estamos celebrando la Pascua, celebrando la resurrección del Señor, que tiene que ser también nuestra propia resurrección.
Por eso ahora nuestra pascua tiene que ser viva; lo que estamos celebrando tiene que ser algo vivo, porque es algo que nosotros también experimentamos por dentro. No son meras palabras que tenemos que decir, o ritos que tenemos que hacer. También nosotros hemos de experimentar esa resurrección de Jesús en nuestra vida concreta. Unidos a Jesús estamos en su muerte porque con El fuimos sepultados en el Bautismo, pero para con El resucitar a una vida nueva desde ese mismo bautismo que a El nos unió.
Por eso ahora todo se vuelve luz en nuestra vida aunque fuertes hayan sido los nubarrones por los que hayamos pasado; en nosotros hay esperanza; con Cristo resucitado sabemos que tenemos nueva vida; con la presencia del resucitado en nosotros se tienen que acabar las visiones borrosas para ver ese camino nuevo que ante nosotros se abre con la gracia de Dios; con la presencia de Cristo resucitado en nosotros se acabaron los miedos, las vendas que cubrían nuestros ojos o nuestra vida tienen que caer para siempre; con Cristo resucitado presente en nuestro corazón sabemos que hay caminos nuevos que recorrer y habrá forma de ir a la Galilea de nuestro mundo para anunciar que Cristo es nuestra Salvación, nuestra alegría y nuestro gozo, nuestra esperanza y nuestra vida; con la fuerza de Cristo resucitado en nuestro corazón han de acabarse los temores y sentimos su fuerza para realizar siempre y en todo lo que es la voluntad del Señor.
Ya sentimos que no estamos solos nunca, porque Cristo está con nosotros y si Cristo, el que vive, el que venció la muerte y el pecado, el que puso para siempre luz para disipar las tinieblas de nuestro mundo, está con nosotros, ¿a quién o a qué vamos a temer? Con El en nuestro corazón sentimos nueva paz y podremos llevar esa paz también a los demás.
Con El presente en nuestra vida creemos posible ese mundo nuevo y que los corazones de los hombres pueden cambiar, para desterrar los odios, para hacer desaparecer los orgullos que envilecen la vida del hombre, para abrirnos a caminos de nueva solidaridad, para hacer posible ese mundo nuevo donde nos sintamos hermanos, y seamos capaces de comprendernos y perdonarnos, de tendernos la mano para caminar juntos y realizar ese mundo nuevo del Reino de Dios, ese mundo nuevo de la justicia, de la verdad y del amor.
‘¿Buscáis a Jesús el Nazareno, el que fue crucificado? No está aquí. Ha resucitado’. Buscamos, sí, a Jesús Nazareno, el que fue crucificado pero que ha resucitado. Es nuestra vida y nuestra salvación. Sí, está aquí, lo sentimos en el corazón y en la vida. Está con nosotros y nos pone en camino. De ello somos, queremos ser ante todo el mundo unos testigos convencidos.

El silencio ante la tumba es anuncio de ese nuevo brote de primavera en la resurrección del Señor

El silencio ante la tumba de Jesús es anuncio de ese nuevo brote de primavera en la resurrección que nos llena de vida nueva

Hoy todo es silencio en la iglesia y en el corazón de los cristianos. Un silencio hondo, que penetra hasta las entrañas más profundas del alma. Como ese silencio que queda, que se siente, que se palpa detrás de la tormenta o de un viento impetuoso, o tras el rasgarse la tierra después de un terremoto, tras tomar una decisión importante, tan importante que transforme la vida para comenzar algo nuevo e inaudito.
Algo más grande sucedía ayer con la muerte de Jesús en la cruz. Todo se quedó en silencio tras depositar el cuerpo de Jesús en el sepulcro. Tras la muerte en un primer momento quizá se suceden los llantos y los lamentos, pero luego todo queda como en un vacío, en un silencio. Es lo que la Iglesia, lo que los cristianos estamos viviendo en esta mañana del sábado santo. Por eso durante el día de hoy la liturgia se calla, solo surge la oración en silencio, contemplando, rememorando todo lo acontecido, pero también con el corazón lleno de esperanza porque creemos en las palabras de Jesús.
Meditamos en silencio, rememoramos de nuevo todo lo acontecido, repasamos una y otra vez todo lo vivido, vuelven a nuestra mente los distintos momentos de la pasión, de la muerte de Jesús, se van filtrando también quizá momentos de nuestra vida, recuerdos del pasado, todo aquello de muerte que quizás había en nosotros pero que queremos sepultar también con Cristo porque siguen estando muy presentes las palabras, los anuncios de Jesús que nos llenan de esperanza.
Y en ese silencio estamos con María, nos ponemos a su lado o la ponemos a nuestro lado; quizá nos pareciera que somos nosotros los que tenemos que consolarla porque es la madre que llora la muerte de su Hijo; por eso le damos tantos nombres en estos días, Madre de los Dolores, Madre de la Amargura, Madre de las Angustias, pero hay un nombre que refleja bien lo que hay y sucede en su corazón, Madre de la Esperanza.
Nos acercamos a ella, pero es ella la que se acerca a nosotros, la que quiere estar a nuestro lado porque ella es la que nos va a ayudar a sostener nuestra esperanza, ella es la madre que va a estar a nuestro lado como un aliento de vida, trayéndonos la gracia del Señor para que con El resucitemos. Ella nos ayudará a transformar nuestra vida llena de muerte, de desesperanza, de angustia en una vida de amor ayudándonos a poner paz en el corazón  en esa nueva vida que se abre ante mí. Sintamos junto a nosotros esa presencia de la madre, esa presencia de María, que es la madre que Jesús nos ha regalado desde la cruz. Qué hermoso regalo nos hecho Jesús al darnos a María como madre.
Sí, hacemos silencio, pero nuestro silencio no es un vacío ni nos podemos quedar en la amargura, porque nuestro silencio está lleno de esperanza; nuestro silencio es como ese brote que vemos ahora en primavera que se va abriendo a una nueva flor prometedora de un espléndido fruto. Nuestro silencio está lleno de esperanza porque sabemos que en la madrugada del primer día de la semana resucitará el Señor. Y queremos resucitar con El. Con El tenemos la certeza de llenarnos de nueva vida.
Que el Señor nos conceda resucitar con El, porque nuestra vida nunca más esté llena de negruras, sino siempre haya esa luz nueva con la que El quiere iluminarnos. Que ese brote que va surgiendo nos abra al color de una nueva primavera en nuestra vida.
María, Madre de la Esperanza, ayúdanos a llenar de sentido nuestra espera, porque sabemos bien que Cristo resucitará.

viernes, 3 de abril de 2015

Miramos la cruz, la de Jesús y la de tantos que nos rodean, pero subimos con Jesús a la cruz porque es el triunfo del amor

Miramos la cruz, la de Jesús y la de tantos que nos rodean, pero subimos con Jesús a la cruz porque es el triunfo del amor

Isaías 52, 13-53, 12; Sal 30; Hebreos 4, 14-16; 5, 7-9; Juan 18, 1 - 19, 42
‘Mirad el árbol de la cruz…’ nos va a decir la liturgia del viernes santo. Hoy levantamos la mirada a lo alto, miramos a la cruz. ‘Cuando sea levantado en alto atraeré a todos hacia mi’, nos había dicho Jesús.
Nuestra mirada se dirige a la cruz de Cristo. ¿Qué contemplamos en ella? Una primera mirada a la cruz y a quien de ella pende crucificado nos produce horror; tormento horrible, despiadado, que nos hace doler en los entresijos del alma; mirar la cruz nos hace pensar en muerte, en sufrimiento, en dolor. Una primera mirada puede ser en cierto modo de rechazo.
Pero hoy miramos la cruz de una manera especial, porque miramos a quien en ella está crucificado. Si hoy levantamos nuestros ojos a la cruz es porque en ella está Jesús. Y mirando a Jesús el sentimiento, la reacción es distinta, porque sabemos bien por qué y para qué El está clavado a la cruz. En ella, contemplando a Cristo, contemplamos vida, contemplamos amor, la expresión más grandiosa del amor. No está Jesús en la cruz simplemente porque lo hayan condenado, sino porque El se entregó; yo entrego mi vida libremente, nos había dicho en el evangelio, nadie me la arrebata.
Para nosotros por ese amor de Jesús que se entregó por nosotros, por ese amor del Padre que nos entregó a su Hijo la cruz es signo de victoria, es signo de vida. Se rebajó hasta someterse a una muerte de cruz, pero Dios lo levantó, su nombre sobre todo nombre; es el Señor porque es el que se humilló y se entregó y el que se humilla será enaltecido, nos había enseñado en el evangelio, nos lo enseña con su propia vida.
Para nosotros la cruz, entonces, es germen de vida, de gracia, de salvación. El grano de trigo que se entierra y muere a si mismo para germinar nueva vida, para dar fruto. Es lo que hizo Jesús, es lo que hoy contemplamos; es por lo que hoy glorificamos a Dios. El Hijo del Hombre ha sido glorificado, como Jesús mismo había anunciado. Cantamos la gloria del Señor.
Levantamos nuestra mirada, sí, para ver la cruz, y en la cruz de Cristo ver tantas cruces como hay en el mundo que nos rodea. Cuánto sufrimiento, enfermedades, miserias, guerras, violencias, angustias de todo tipo, gente que se ve envuelta en sus problemas y no sabe cómo salir adelante, soledad de tantos aunque vivan rodeados de mucha gente, pero también discriminaciones, desprecios, envidias, odios, enfrentamientos incluso entre los que tendrían que ser más cercanos, abandono de muchos que no se sienten queridos por nadie… Cuánto sufrimiento hay en nuestro mundo y cuánto sufrimiento nos producimos unos a otros.
Cristo en su cruz está recogiendo todo ese sufrimiento. Cristo viene a sanarnos con su cruz de todas esas cruces, de todos sufrimientos que padecemos los hombres. Aunque contemplemos tanto dolor que también a nosotros nos hace sufrir en esas cruces de nuestros hermanos la cruz de Cristo despierta en nosotros esperanza y deseos de vida nueva y mejor; la cruz de Cristo ha de despertarnos a la solidaridad y al amor para hacer que nuestro mundo sea mejor; la cruz de Cristo tiene que ser también germen de vida en medio de tanta muerte.
Pero hoy Cristo nos pide algo más; no es solo una contemplación lo que tenemos que hacer. El nos había dicho en el Evangelio que quien quisiera ser su discípulo habría de tomar su cruz de cada día. Por eso Cristo hoy desde la cruz nos está invitando a ir a El, pero hemos de tomar la cruz, hemos de ponernos a su lado con nuestra cruz, con nuestra vida, con nuestros sufrimientos, nuestras soledades, o ese mal que muchas veces se nos mete por dentro y nos tienta a la desesperanza, a la insolidaridad, o a encerrarnos en nosotros mismos. Hemos de tomar la cruz, hemos de saber abrazar la cruz, pero hacerlo como lo hizo Cristo. Como decíamos en El estamos contemplando entrega, ofrenda, amor.
Así con nuestro amor, con la ofrenda de nuestra vida nos subimos también a la cruz con Cristo. Y sabemos que por mucho que sea el sufrimiento, por muchas que sean las oscuridades, por muchas que sean las angustias o las soledades, todo es germen de vida, como lo fue la cruz de Cristo.
Vayamos hasta Jesús, vayamos hasta Jesús y escuchemos en nuestro corazón qué nos está pidiendo, cuál es la ofrenda concreta que nosotros hemos de hacer de nuestra vida. No temamos lo que en principio nos pueda parecer doloroso, porque sabemos que detrás está la vida. Esto es Pascua, pero la Pascua culmina en resurrección y en vida. Y el que cree en Jesús no morirá para siempre; quien cree en Jesús y a Jesús se une en su cruz sabemos que está llamado a la vida eterna.
Cada uno miremos nuestra vida, escuchemos las palabras concretas que a nosotros nos dice el Señor, eso que quizá en este momento estás sintiendo en tu corazón. Es la palabra de vida y salvación que Cristo desde la Cruz te está dirigiendo. No te hagas sordo porque temas el sufrimiento de la cruz, piensa en la gloria de la victoria, en la gloria del amor.