Vistas de página en total

sábado, 17 de agosto de 2013

Dejemos que los niños lleguen hasta nosotros y nos enseñen a vivir el Reino de Dios

Josué, 24, 14-29; Sal. 15; Mt. 19, 13-15
‘Dejad que los niños se acerquen a mi… le presentaron unos niños a Jesús para que les impusiera las manos y los bendijera’. Era una bonita costumbre entre los judíos de presentar las madres a sus hijos a los rabinos para que los bendijeran. Pero por allá andan los apóstoles muy celosos de Jesús, que no quieren que nadie moleste al maestro. Los discípulos les regañaban. Parece que algunas veces los niños nos molestan. Nos los queremos quitar de encima. Cuantas veces hemos escuchado o contemplado actitudes así. ‘Niños, no molestéis a los mayores…’ ‘los niños cuando están hablando los mayores se callan y están quietos…’ o no dejamos que estén en nuestras cosas de mayores o incluso en las cosas de la comunidad.
Pero a Jesús no le molestan. ‘Dejadlos, no impidáis a los niños acercarse a mí; de los que son como ellos es el Reino de los cielos’. Qué distinta la actitud de Jesús de muchas de nuestras actitudes. Jesús quiere estar con los niños que son una bendición de Dios también para los demás.
No hace mucho hemos escuchado textos paralelos donde Jesús nos decía que había que hacerse como niños y que el que acogiera a un niño lo estaba acogiendo a El. Y ya recientemente hemos reflexionado sobre ello. Para ser grande e importante en el Reino de los cielos hay que hacerse como un niño.
Pero no se nos agota aquí la reflexión. En esta actitud de Jesús con los niños, a los que quiere tener cerca, de los que dice que de los que son como ellos es el Reino de los cielos me parece estar haciendo una lectura de las Bienaventuranzas que Jesús pronunció allá en el monte.
¿Qué nos dice allí? Que de los pobres, de los pequeños, de los sencillos es el Reino de los cielos; y nos dirá que los que son limpios de corazón, verán a Dios; que de los que llenan de mansedumbre su corazón, de los que tienen un corazón lleno de amor y de misericordia, van a poseer el Reino y alcanzarán también misericordia. Lo hemos meditado muchas veces. ¡Qué hermosa lectura podemos hacer de las bienaventuranzas con este texto del encuentro de Jesús con los niños!
¿Qué ve Jesús en los niños que quiere tener cerca de sí? ¿por qué tenemos que hacernos como niños? ¿cómo tenemos que hacernos como niños? ¿Cómo es el corazón de un niño? La ternura de un niño nos cautiva; la limpieza de la mirada de un niño nos enamora; la sonrisa de un niño nos hace sentirnos felices desde lo más hondo de nosotros mismos; la sensación de paz que se siente junto a un niño llena de paz también nuestro corazón. Cuando logremos que  nuestro corazón sea así, estaremos viviendo el Reino de Dios, estaremos sembrando el Reino de Dios a nuestro alrededor.

No es necesario decir nada más. Purifiquemos nuestro corazón de toda malicia; tengamos siempre una mirada limpia; seamos sembradores de paz porque irradie esa paz y esa mansedumbre de nuestro corazón; sepamos acoger siempre con un corazón limpio de malas intenciones a cuantos se acerquen a nosotros; vayamos repartiendo en todo momento amor y llenando de alegría los corazones de los demás. Dejemos que los niños lleguen a nuestra vida y nos enseñen a vivir el Reino de Dios.

viernes, 16 de agosto de 2013

Esfuerzo, responsabilidad, capacidad de sacrificio y deseos de superación camino de cosas grandes

Josué, 24, 1-13; Sal. 135; Mt. 19, 3-12
Porque las cosas sean difíciles no significa que dejemos de intentarlo. Se suele decir que lo que más cuesta es a lo que mayor valor le damos. Y para conseguir una cosa que es noble y loable hemos de saber poner todo nuestro esfuerzo y también nuestra capacidad de sacrificio.
Algunas veces parece que en la vida queremos andar como entre algodones donde todo sea fácil y cómodo y las cosas las queremos conseguir con el mínimo esfuerzo. Esto que digo tiene aplicación en muchos aspectos de la vida y tendría que hacernos recapacitar en saber tener en cuenta muchos valores que vamos dejando de lado.
Nos hemos acostumbrado a que nos lo den todo hecho y bien masticado y nos hemos ido llenando demasiado de comodidad y rehuimos todo lo que signifique sacrificio. Cuando nos vienen momentos difíciles no estamos preparados para afrontar con valor esas situaciones y parece que anduviéramos por un mundo de derrotados porque no hemos aprendido lo suficiente a luchar y ser capaces de sacrificarnos.
Igual que en esta sociedad del bienestar que nos hemos creado ya nada se recompone, por cualquier motivo damos las cosas por inservibles y enseguida queremos probar algo nuevo y distinto, luego también en cosas que son fundamentales y trascendentales en la vida queremos hacer lo mismo y las relaciones humanas enseguida peligran porque no somos capaces de recomponer, de restaurar, de revisarnos incluso para ver cómo podemos mejorar lo que ya hacemos o lo que son nuestros mutuas relaciones humanas. Ya digo, todo esto en muchos aspectos y facetas de la vida.
Hoy le plantean a Jesús el tema del divorcio y Jesús recuerda lo que con los principios fundamentales e inmutables. Nos recuerda Jesús como Dios está en el origen y fundamento también de lo que ha de ser la estabilidad matrimonial y la indisolubilidad del matrimonio, porque no solo está en juego la relación de amor de dos personas, el hombre y la mujer que se aman y quieren vivir en matrimonio, sino que por medio está también lo que podríamos llamar la presencia y la gracia del Señor que viene a garantizar y fortalecer dicha unión matrimonial.
‘Lo que Dios ha unido que no lo separe el hombre’. Y es que en esa unión del hombre y la mujer en el matrimonio está como fundamento lo que es la voluntad de Dios y lo que Dios viene a garantizar también con su gracia. Por eso para nosotros los cristianos el hecho del amor de un hombre y una mujer no es solo el compromiso de dos partes que se aman sino que por medio está la gracia del Señor que eleva ese amor matrimonial a la categoría sobrenatural de sacramento.
No siempre, incluso entre nosotros los cristianos, tenemos en cuenta y valoramos lo suficiente, quizá por un desconocimiento grande, lo que es la grandeza y la maravilla del matrimonio. No siempre incluso entre nosotros los cristianos tenemos en cuenta ese caudal de gracia con que Dios acompaña esa realidad de la vida humana que es el amor matrimonial cuando lo ha convertido en Sacramento. Más tendríamos que contar con el Señor, dejarnos iluminar por su palabra y por su gracia para así fortalecer esos vínculos sagrados del matrimonio y no lo convirtamos en una cosa de quita y pon, como muchas veces sucede, a ejemplo de tantas cosas que nos suceden en la vida, como decíamos antes, y que no sabemos restaurar debidamente y rehacer para darles el más hondo sentido.

Creo que el tema que nos plantea el evangelio hoy nos daría para extensas y profundas reflexiones y también tendría que ser motivación para una oración más intensa al Señor. Oración para que el Señor nos ilumine y nos haga descubrir esos valores más profundos y nobles que nos ayuden a dar una mayor categoría a nuestra vida. Pero oración también contemplando esa realidad del matrimonio en las diferentes situaciones y circunstancias que contemplamos a nuestro alrededor. Pidamos, sí, por la estabilidad y fortalecimiento en el amor de nuestros matrimonios; pidamos al Señor por aquellos que pasan por especial dificultad; y pidamos por los jóvenes que se preparan al matrimonio para que lo hagan conscientes de su grandeza y conscientes también de cómo han de prepararse debidamente para poder vivirlo en la mayor plenitud.

jueves, 15 de agosto de 2013

María se puso en camino y hoy la contemplamos en la montaña alta de su glorificación

Apoc. 11, 19; 12, 1.3-6.10; Sal. 44; 1Cor. 15, 20-27; Lc. 1, 39-56
La descripción que nos ha hecho el texto del Apocalipsis, aunque en una clara referencia a la Iglesia, siempre nos ha servido para ver en esta ‘mujer vestida de sol, la luna por pedestal, coronada con doce estrellas’ la imagen de la Virgen asunta al cielo, que hoy celebramos. De tal manera nos ha servido esta descripción del Apocalipsis que los pintores y los artistas, cuando han querido plasmarnos una imagen de María gloriosa y triunfante en su Inmaculada Concepción o en su Asunción al cielo, han empleado precisamente estos mismos signos e imágenes que nos hablan de su glorificación.
Contemplamos hoy a María en el final de su camino en la tierra pero que es glorificada al ser llevada en cuerpo y alma a los cielos en su gloriosa Asunción. Ya decíamos que las imágenes del Apocalipsis a quien primero quieren describirnos es a la Iglesia y precisamente hoy cuando cantamos la glorificación de María en el prefacio de la plegaria eucarística diremos que ‘ella es figura y primicia de la Iglesia que un día será glorificada… consuelo y esperanza de tu pueblo todavía peregrino en la tierra’.
Completó María su peregrinar por esta tierra y es consuelo para nosotros que aun seguimos haciendo ese camino de peregrinos y hoy la contemplamos en ese final de su peregrinación así glorificada y así con ella nos gozamos y felicitamos. Podíamos contemplar y meditar ese peregrinar de María que nos ayude y estimule en nuestro duro peregrinar. ¿No fue también duro el peregrinar de María? Pero ella lo hizo con gozo y esperanza llevada por las alas de la fe y del amor. Fijémonos. Ya veremos como ella en todo momento siempre está abierta a Dios.
En el evangelio hoy hemos escuchado que María se puso en camino. El ángel le había anunciado las maravillas que Dios estaba haciendo en ella que se consideraba a si misma la humilde esclava del Señor. Inundada y poseída por el Espíritu Santo su hijo sería el Hijo del Altísimo, le había anunciado el ángel en Nazaret. Y ¿qué hace María? Ponerse en camino. ‘María se puso en camino y fue aprisa a la montaña’, nos dice el evangelista.
Parece que su meta primera es la montaña de Judea para servir a su prima Isabel que la necesitaría en su maternidad. Pero su camino no se quedó ahí. Hoy la contemplamos subir a la montaña alta de Dios, que no era solo el Tabor del anuncio de la resurrección, sino a la glorificación definitiva y en plenitud con el Señor. Pero fijémonos que María siempre está en camino; primero serían, como hemos mencionado, las montañas de Judea, pero sería el camino de Belén no fácil para una madre a plena gestación y a punto de su alumbramiento y que se vería rodeada de pobreza y soledad, porque solo la cuna de un establo podía dar por cuna a su hijo recién nacido; circunstancias la de Belén que nos hablan de caminos de soledad y pobreza de tantos en el camino de la vida.
En camino como un emigrante desplazado o perseguido va la Sagrada Familia a Egipto para preservar la vida de su hijo recién nacido; en camino la veremos volver a Nazaret o subir a Jerusalén por la pascua con tantas circunstancias que rodean su vida con situaciones semejantes a las que seguimos viviendo los hombres de nuestro tiempo; ¿no podríamos contemplar aquí tantas situaciones y circunstancias semejantes con que nos vamos encontrando también en tantos hombres y mujeres de nuestro tiempo?
Luego será el camino de María siguiendo a Jesús, pues aunque los evangelios poco nos dicen de María al lado de Jesús en su predicación y vida pública, como le sucede a toda madre, nunca estaría lejos de su Hijo y algunas veces se hará notar su presencia como en Caná con sus ojos abiertos a la necesidad y al servicio, o cuando su presencia servirá para que Jesús nos enseñe a escuchar la Palabra de Dios y plantarla en nuestro corazón como lo hizo siempre María, la que ‘iba guardando todo en su corazón’, como repite varias veces el evangelio en la infancia de Jesús.
 La veremos luego haciendo camino de Pascua, al encuentro de Jesús en la calle de la amargura o de pie firme ante la cruz de Jesús en lo alto del Calvario. ‘Mirad y ved si hay un dolor semejante a mi dolor’, podría decirnos María con el profeta cuando está asumiendo en su propia carne, en su propio corazón todo el misterio pascual de Jesús, en su pasión, muerte y resurrección. Casi mejor quedarnos en silencio sin decir mucho más.
María será la que luego camine con la Iglesia naciente en actitud de oración que nunca es actitud pasiva sino de búsqueda de caminos cuando la vemos con los apóstoles reunidos en el Cenáculo en la espera de Pentecostés. Pero será luego el camino permanente que María seguirá haciendo con la Iglesia a través de los siglos, con nosotros sus hijos, aquellos que Jesús le confió desde la cruz.
Hoy la contemplamos y celebramos en el final de su peregrinación cuando es glorificada en su Asunción al cielo, pero como bien recordábamos lo que luego vamos a expresar en el prefacio ella, ‘figura y primicia de la Iglesia que un día será glorificada, es también consuelo y esperanza de tu pueblo todavía peregrino en la tierra’.
Sí, la contemplamos en su camino, en su peregrinar que es nuestro mismo camino y peregrinación porque a ella la vemos en situaciones y circunstancias, como decíamos, bien semejantes a las que nosotros seguimos viviendo hoy. En ella contemplamos nuestra misma pobreza y nuestros mismos sufrimientos; cómo podríamos ver retratados en su corazón, reflejados en su corazón de madre todos los sufrimientos de sus hijos. No hay dolor en nuestro corazón que no podamos contemplar en el corazón lleno de amor de María.
Pero la contemplamos la mujer fuerte, la mujer de fe firme y templada en mil adversidades y contratiempos, la mujer de un corazón profundamente lleno de amor, la mujer de un espíritu abierto y siempre dispuesto a servir, a hacer el bien, a buscar solución a los problemas, la mujer orante y abierta siempre a Dios en quien encuentra siempre su fortaleza, la mujer llena e inundada del Espíritu divino.
Es para nosotros, sí, consuelo, estímulo, esperanza, porque además la sentimos a nuestro lado. Es la madre que Jesús quiso darnos desde la cruz cuando quiso ponernos a todos nosotros en su corazón de madre. Nos sentimos amados, nos sentimos muy cerquita de su corazón, como se sienten los hijos junto a su madre, y aunque hoy la contemplamos y celebramos en su glorificación en el cielo, sabemos que ella sigue estando a nuestro lado, sigue alcanzándonos la gracia y la fuerza del Señor.
Como decía la liturgia en su antífona al comienzo de la celebración ‘alegrémonos todos en el Señor al celebrar este día de fiesta en honor de la Virgen María; de su Asunción se alegran los ángeles y alaban al Hijo de Dios’. En su Asunción nos alegramos nosotros porque en ella vemos el camino abierto, si somos capaces de seguir sus pasos, para alcanzar también nosotros esa glorificación en el cielo.

Nos sentimos elevados, impulsados a lo alto, que ‘aspirando siempre a las realidades divinas, como decíamos en la oración, lleguemos a participar con ella de su misma gloria en el cielo… que nuestros corazones, abrazados en tu amor, vivan siempre orientados a Dios… y por la intercesión de la Virgen Madre, que ha subido a los cielos, lleguemos a la gloria de la resurrección’.

miércoles, 14 de agosto de 2013

En el nombre del amor buscamos mutuamente lo bueno y nos ayudamos a conseguirlo

Deut. 34, 1-12; Sal. 65; Mt. 18, 15-20
Toda la vida del cristiano, como toda la vida de la Iglesia ha de estar informada por el amor. Sin el amor, y un amor al estilo de Jesús, ni tendríamos derecho a llamarnos cristianos, ni la Iglesia sería Iglesia. Es el distintivo que Jesús quiso que tuviera nuestra vida. Pero, como bien sabemos, no es amor de teoría, sino un amor que envuelve y da sentido a toda nuestra vida, a lo que hacemos y a lo que vivimos, a nuestra manera de pensar y a nuestra manera de actuar. Es el amor el que tiene que brillar, y de qué manera, en las relaciones de los hermanos, en nuestras mutuas relaciones.
Hoy Jesús en el evangelio nos habla de un aspecto en el que se ha de manifestar ese amor, el de la corrección fraterna. Cuando nos queremos de verdad no podemos permitir, aun con todo el respeto que le tenemos a la persona y a sus decisiones, que el mal se introduzca en nuestra vida. De ahí que tiene que surgir ese deseo tan hermoso de que el hermano que va errado en la vida reconduzca su camino, vuelva por las sendas del bien.
Sin embargo, reconocemos que es un tema muy delicado. Claro que delicado tiene que ser siempre nuestro amor. Aquí podríamos recordar aquella descripción tan bonita que nos hace del amor san Pablo en la carta a los Corintios. Recordamos que nos decía que ‘el amor es paciente y bondadoso; no tiene envidia, ni orgullo, ni jactancia; no es grosero ni egoísta… que todo lo excusa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo aguanta…’
Nos cuesta hacer esa corrección fraterna, porque comenzamos por aquello otro que nos dice Jesús también en el evangelio. Antes que fijarte en la paja del ojo de tu hermano, trata de reconocer la viga que tienes en el tuyo. Por eso no vamos nunca presumiendo de buenos, sino siempre con la mayor humildad; no vamos avasallando al hermano porque haya cometido un error ni desde la violencia, sino que nos acercamos a él con delicadeza, con paciencia, con mucha capacidad de comprensión, creyendo siempre en la persona y en su capacidad de regenerarse.
Es por eso los pasos que nos señala Jesús de ir a solas con él primero que nada, nunca como el que se siente superior o seguro de si mismo, sino con mucho cariño y con mucha humildad; si no conseguimos que nos haga caso, nos podemos valer luego de alguien, pero que sea de mucha confianza y tenga también mucha capacidad de delicadeza. Nos cuesta, nos llenamos de miedo desde nuestras propias debilidades, pero hemos de saber poner todo nuestro amor en juego, que siempre con amor nos podemos ganar el corazón de los demás. Y creo además que siempre hemos de saber ir invocando primero la fuerza y la gracia del Señor, la asistencia del Espíritu Santo para tan delicada labor.
Pero sepamos también con humildad y mucho amor aceptar la corrección que nos haga el hermano. Pensemos que quien nos corrige nos ama, porque se preocupa de nosotros y querrá siempre nuestro bien. Sintamos gozo en el corazón porque haya hermanos que nos quieran así y busquen nuestro bien. Démosle gracias al Señor porque haya hermanos que así nos quieran. Bajémonos de ese caballo del orgullo en el que podemos fácilmente subirnos para no querer reconocer nuestros errores. A aquellos que así se preocupan por mí debería de quererlos más.
Finalmente fijémonos en otro aspecto que nos señala Jesús hoy en el evangelio. El sentido y el valor de la oración en común. ‘Os aseguro que si dos de vosotros se ponen de acuerdo en la tierra para pedir algo, se lo dará mi Padre del cielo. Porque donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos’.

Qué importante que nos sintamos unidos por el amor; que importante y qué valor grande tiene nuestra oración comunitaria, porque nos asegura que Jesús está en medio de nosotros; qué importante que nos sintamos en comunión, será la forma como manifestemos ante el mundo que Cristo está en medio nuestro. ‘Allí estoy yo en medio de ellos’, nos dice Jesús. Por nuestro amor y nuestra comunión hagamos presente a Jesús en medio del mundo para que el mundo crea.

martes, 13 de agosto de 2013

Una pregunta que le hacen a Jesús que nos viene bien a nosotros

Deut. 31, 1-8, Sal.: Deut. 32, 3-12; Mt. 18, 1-5.10.12-14
‘¿Quién es el más importante en el Reino de los cielos?’ Una pregunta que le hacen a Jesús y que comprendemos en medio de las ambiciones humanas que anidan en el corazón del hombre y que afloran tantas veces en nuestros deseos y sentimientos.
Quizá nosotros nos atreveríamos con gran osadía a juzgar a los discípulos y hasta nos atreveríamos a recordarles cómo tantas veces Jesús a lo largo del evangelio les iba enseñando cuáles eran las verdaderas grandezas y cómo había que purificar que purificar el corazón de esos deseos por cuanto el camino del discípulo de Jesús ha de ir por otros derroteros y estilos.
Y digo que sería una osadía por nuestra parte, porque en el fondo en nosotros afloran también muchas veces esos deseos y ambiciones. Pensemos en lo que sigue sucediendo hoy en el mundo en que vivimos y de lo que fácilmente nosotros podemos contagiarnos. Cosas que suceden en todos los ámbitos de nuestra vida social, y cuidado no nos suceda también entre nosotros los cristianos y en la Iglesia.
Los que son fuertes y arrolladores parecen ser los que dominan; en todos los ámbitos de la vida social contemplamos esa carrera por el poder, por estar por encima, por el prestigio, por la acaparamiento ambiciosa de bienes porque así pensamos que tenemos más poder o tenemos todas las cosas resueltas, por las grandezas humanas, y como los que son débiles los vamos dejando a un lado, los que nos parecen menos capacitados los arrinconamos en la vida y así no se cuantas cosas más. Surgen orgullos y violencias, aparecen los traspiés que nos echamos unos a otros y nos creamos un mundo de discriminaciones, de injusticias, de falsedad e hipocresía porque si no tenemos poder al menos queremos aparentarlo.
No juzguemos la pregunta de los discípulos, sino tratemos nosotros de aprender la lección que Jesús quiere darnos. ¿Qué respuesta da Jesús? Ya lo hemos escuchado. Pone en medio de ellos un niño. ‘Os digo, que si no volvéis a ser como niños, no entraréis en el Reino de los cielos. Por tanto, el que se haga pequeño como este niño, ése es el más grande en el Reino de los cielos’.
Es el camino de los pequeños, de los sencillos; es el camino de la mansedumbre y la humildad; es el camino donde quitamos toda malicia y vamos siempre con corazón puro de malas intenciones y liberado de ambiciones llenas de orgullo. ‘Si no os volvéis como niños…’ nos dice el Señor. Es la sencillez de los niños que irradian bondad, inspiran confianza.
Pero nos dice más. No es solo hacerse como niños sino también saber acoger a un niño. ‘El que acoge a un niño como este en mi nombre, me acoge a mí’. Dice mucho esto de saber acoger a un niño. No se trata solo de acoger a un niño, que eran en verdad poco valorados en aquel tiempo, sino que viene a significar como hemos de saber acoger a los pequeños, a los sencillos, a los que nos parece que no valen, a los que podamos considerar ignorantes, débiles o desamparados.
‘Cuidado, nos dice, con despreciar a uno de estos pequeños, porque os digo que sus ángeles están viendo siempre en el cielo el rostro de Dios’. Cuidado, tenemos que plantearnos, porque hacemos tantas discriminaciones en la vida, miramos por encima del hombro a los que nos parecen menores o prescindimos fácilmente de los que no nos caen bien. Podíamos unir esto que nos dice Jesús aquí con lo que nos dirá en otro lugar. ‘Todo lo que hicisteis con uno de estos pequeños, a mí me lo hicisteis’.
Termina proponiéndonos la parábola de la oveja perdida y aquí nos la trae san Mateo no por la misericordia de Jesús que busca al pecador que se ha alejado de la casa del Padre, que por supuesto no descartamos, sino desde el sentido de buscar y acoger al más pequeño o al que vemos más indefenso y perdido en la vida.

Muchas preguntas quizá nos provoca en lo hondo de nosotros mismos este texto del evangelio sobre las actitudes con que vamos por la vida y por la acogida y valoración que somos capaces de hacer de los demás sean quienes sean. Es un estilo bien distinto el que nos plantea Jesús que no terminamos de asumir los que nos decimos sus seguidores. Por eso, como decíamos al principio, siguen aflorando tantos orgullos y ambiciones en nuestro corazón. Qué distinta sería nuestra vida y qué distintas serían nuestras mutuas relaciones si escucháramos de verdad este evangelio de Jesús. 

lunes, 12 de agosto de 2013

Que sirvas al Señor tu Dios con todo el corazón y con toda el alma

Deut. 10, 12-22; Sal. 147; Mt. 17, 21-26
En la primera lectura hemos venido escuchando últimamente texto del Antiguo Testamento, y en concreto del Pentateuco. Es llamado también el libro de la Ley, la Torá, y se compone de los primeros cinco libros del Antiguo Testamento, Génesis, Éxodo, Levítico, Números y Deuteronomio. En ellos está contenida la ley mosaica, después que en el Éxodo se nos haya trasmitido como Dios le dio la ley de los diez mandamientos en lo Alto del Sinaí y se realizó la Alianza.
De ellos hemos venido escuchando diversos pasajes y hoy en concreto hemos escuchado del Deuteronomio, que lo hubiéramos escuchado en los últimos días de la semana pasada, si no hubieran sido las fiestas especiales que tuvimos con lecturas propias. En concreto en el correspondiente al sábado escuchábamos lo que era el primer y principal mandamiento de la ley del Señor, el amar a Dios con todo el corazón, con toda el alma, con todas las fuerzas. Un texto que cada judío se sabia de memoria y repetía muchas veces al día como una oración y que nos trasmite Jesús cuando vienen los letrados a preguntarle cual es el mandamiento principal de la ley del Señor.
El Deuteronomio está presentado como si fueran grandes discursos de Moisés en los que fuera recordando al pueblo a su entrada en la tierra prometida lo que era la ley del Señor que habían de cumplir. Hoy insiste en lo mismo invitando al temor del Señor, a seguir sus caminos y amarle. ‘Que sirvas al Señor tu Dios con todo el corazón y con toda el alma, que guardes los preceptos del Señor, tu Dios, y los mandatos que yo te mando hoy para tu bien’.  Fijémonos en lo hermoso que nos dice, todo el mandamiento del Señor es para nuestro bien, lo que busca siempre es el bien y la felicidad del hombre.
Les da un motivo precioso. Es el Señor de cielo y tierra, ‘con todo, solo de vuestros padres se enamoró el Señor, los amó y de su descendencia os escogió a vosotros entre todos los pueblos, como sucede hoy’. El Señor se enamoró de su pueblo y lo escogió para que fuera su pueblo. No nos falta nunca el amor del Señor a pesar de que no siempre le respondemos como tendríamos que responder.
Nos recuerda lo que vamos a escuchar en el evangelio de san Juan: ‘tanto amó Dios al mundo, que le entregó a su Hijo unigénito…’ Así es el amor del Señor, se enamora de nosotros porque nos quiere; no hacen falta más motivos, es el amor gratuito del Señor por su pueblo, por nosotros. Nosotros tenemos la gran prueba en Jesús que se dio y se entregó por nosotros.
Pero eso ha de tener sus consecuencias en nosotros, la conversión del corazón al Señor. ‘Circuncidad vuestros corazones, no endurezcáis vuestra cerviz…’ Es nuestro corazón el que tenemos que purificar y transformar para que lo llenemos de amor y así amemos como ama el Señor. No podemos endurecer nuestro corazón, hemos de vivir siempre abiertos al amor del Señor.
El Señor que ‘ama el huérfano y a la viuda, ama al forastero, dándole pan y vestido’ es nuestro modelo, es nuestra razón y nuestro motivo. Así tenemos nosotros que amar, así todos tienen que caber en nuestro corazón. Nadie puede ser excluido, pero aquellos que son los más pobres y dependientes tendrán que ser nuestros preferidos como lo son del Señor.

Y nos invita a vivir unidos al Señor, ‘te pegarás a El’ nos dice, porque esa fe que tenemos en el Señor es nuestro orgullo y nuestra grandeza. Y es que Dios ha hecho proezas, ha hecho maravillas a favor de su pueblo. Así tenemos que reconocer cuantas maravillas realiza el Señor por nosotros, porque nos ama; cómo nos cuida y nos proteja, como siempre es esa luz que nos guía y en El encontramos esa fortaleza. El Señor es nuestra alegría y nuestra paz.

domingo, 11 de agosto de 2013

Confianza, esperanza, vigilancia… unas actitudes que favorecen la intensidad de la vida cristiana

Sab. 18, 6-9; Sal. 32; Hb. 11, 1-2.8-19; Lc. 12, 32-48
La virtud de la esperanza ha de estar jalonando continuamente la vida del cristiano. No solo como una esperanza que nos abre a la trascendencia y al futuro, que no solo nos pueda hacer pensar en la plenitud de la vida eterna sino como necesaria en el día a día en el que vamos construyendo nuestra vida cristiana. Es un camino que se nos puede hacer costoso por muchas razones y nos podemos ver zarandeados por mil peligros y tentaciones y esa virtud nos sostiene y nos fortalece para ayudarnos a ese convencimiento de que sí es posible vivir esa vida cristiana a pesar de todas las dificultades.
De entrada sintamos en nuestro corazón esa palabra de Jesús que hemos escuchado ya desde el principio del evangelio proclamado. ‘No temas, pequeño rebaño, porque vuestro Padre ha tenido a bien daros el Reino’. Muchas veces a lo largo del evangelio escuchamos esta palabra ‘no temas’, cuando las dudas nos asaltan, cuando los miedos parecen paralizarnos, cuando nos podamos sentir desorientados y sin saber qué camino tomar, o cuando tenemos que enfrentarnos a grandes decisiones. Palabra del ángel a María en Nazaret y a los pastores en Belén; palabra de Jesús resucitado a las mujeres que habían ido al sepulcro o a los discípulos encerrados en el cenáculo, y así en distintos momentos. Una palabra de ánimo, de confianza, de esperanza.
Ahora nos dice Jesús ‘no temas… porque el Padre ha tenido a bien daros el Reino’, porque es posible, sí, realizar el Reino de Dios en nuestra vida; es un don de Dios y la gracia nos acompaña para realizarlo y nos llena de fortaleza. Como cuando les anuncia Jesús dificultades y problemas, persecuciones y tribunales les dirá también ‘no temáis’ porque el Espíritu estará con nosotros y pondrá palabras para nuestra defensa y para el testimonio que hemos de dar.
Esa palabra y ese anuncio de Jesús de que el Padre nos ha dado el Reino nos llena de esa esperanza en nuestro camino y en nuestra lucha. Una esperanza que no es pasiva, para dejar que las cosas pasen y lleguen por sí mismas, sino que nos pone en alerta y vigilancia. ‘Tened ceñida la cintura y encendidas las lámparas’. No se ciñe la cintura para ir al descanso, sino cuando se está dispuesto a salir, a emprender camino o a realizar un trabajo. Es la actitud vigilante que hemos de tener.
Por eso nos habla también de las lámparas encendidas. Con la lámpara encendida estamos esperando y tenemos la certeza de la pronta llegada. Es una señal de nuestra espera y de nuestra vigilancia; es la luz que como faro alumbra el camino y nos señala a donde ir o lo que hay que evitar. Son los peligros que afrontamos en la vida; son las dificultades para vivir nuestra vida cristiana amenazados como estamos con tantas tentaciones que quieren desorientar nuestro camino o arrastrarnos por distintos senderos. Hay una luz que nos ilumina. Encendida ha de estar la lámpara de nuestra fe que nos da sentido y nos hace caminar el verdadero camino de la plenitud.
Nos pone ejemplos Jesús, a la manera de pequeñas parábolas, para hablarnos del sentido y del estilo de esa vigilancia; como el centinela que está en su puesto de vigía o como el criado que espera que llegue su señor y ha de abrirle la puerta; como el que está vigilante para que no lo asalte el ladrón y se preocupa de tener las cosas a buen recaudo impidiendo todo lo que pudiera facilitar el acceso del que viene a robar; como el que es el administrador y tiene que ser fiel en su administración y tratar las cosas con toda responsabilidad de la que un día ha de dar cuenta.’Al que mucho se le dio, mucho se le exigirá; al que mucho se le confió, más se le exigirá’, terminará diciéndonos hoy Jesús.
En la tarea de la construcción de nuestra vida cristiana, que en fin de cuentas es la respuesta que hemos de dar con nuestra vida a todo ese misterio de amor en que el Señor nos ha ofrecido su salvación, nos es necesaria esa esperanza de la que venimos hablando y esa vigilancia. Por supuesto, cuando tenemos la experiencia de ese encuentro vivo con el Señor y con la salvación que nos ofrece, nuestro primer impulso es de fervor y entusiasmo. Queremos responder, queremos ser fieles, queremos darle a nuestra vida todo ese sentido de amor que aprendemos de Jesús y de su evangelio.
Pero bien sabemos que cuando se va prolongando esa respuesta y ya no es la tarea de un día o de un momento, sino que es algo que continuamente hemos de ir viviendo, nos aparecen las tentaciones de los cansancios que nos hacen perder el ritmo, de las rutinas que nos ahogan, de las cosas que nos distraen de aquí y de allá atrayéndonos por otros caminos y nuestro fervor se puede enfriar y la frialdad se nos puede meter en el alma y es entonces cuando tenemos que cuidar mucho esa actitud de vigilancia con que continuamente hemos de estar.
Nos cuesta; muchas veces no nos es fácil; aparece de nuevo el pecado muchas veces en nuestra vida que nos enfría el Espíritu. Tenemos que tener esperanza que es confianza también en la ayuda de la gracia del Señor para fortalecernos de verdad en nuestro camino. Fuerte puede ser el tentador, pero más fuerte es la gracia del Señor. Hemos de saber aprovecharla, no echarla en saco roto.
La segunda lectura, en la carta a los Hebreos, se nos ha hablado de la fe que da seguridad y certeza a nuestra vida. ‘Por su fe, son recordados los antiguos’, nos dice y nos recuerda a Abrahán y a Sara. Dios hacía promesas a Abrahán de una descendencia numerosa y parecía que aquello no se realizaba nunca, no se podía realizar. Pero Abrahán confió; confió cuando se dejó llevar por la palabra del Señor que le llamaba y se puso en camino ‘sin saber a donde iba’, que dice el autor sagrado. Confió cuando incluso Dios le pedía el sacrificio de su propio hijo, el hijo que era de la promesa, en quien habían de cumplirse todas las promesas. Sabía El que su Dios era un Dios de vida y tenía poder para llenarlo de vida para siempre.
Es la fe que nosotros queremos poner también en el Señor. Tras la experiencia de Jesús podríamos decir que tenemos más razones para que creer que el mismo Abrahán, porque en Jesús sabemos que está Dios con nosotros, es Dios con nosotros (Emmanuel), pero además es la prueba suprema del amor que Dios nos tiene cuando ha muerto por nosotros para que tengamos vida.
Es la fe que nos impulsa y nos da todos los motivos para confiar en el Señor, pero la que nos impulsa al amor, porque nuestra respuesta será siempre una respuesta de amor. Es la que impulsa nuestro corazón a la generosidad y al compartir porque nuestro verdadero tesoro no está en las bolsas de cosas o bienes que guardemos aquí en este mundo, en esta tierra, sino que cuando vivimos así desprendidos el tesoro lo tenemos bien guardado en el cielo. ‘Un tesoro inagotable’, nos señala Jesús.

‘No temas, pequeño rebaño, porque vuestro Padre ha tenido a bien daros el Reino’. No tememos, tenemos confianza, tenemos esperanza, estamos vigilantes. El Señor llega a nuestra vida y queremos en verdad abrirle nuestro corazón.

sábado, 10 de agosto de 2013

El grano de trigo que se consume en el amor y en el servicio

2Cor. 9, 6-10; Sal. 111; Jn. 12, 24-26
‘Os aseguro, que si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo; pero si muere da mucho fruto’. Qué bella y rica imagen, el grano de trigo. No es para guardarlo, tiene su función. Enterrado en tierra hace germinar una nueva planta multiplicadora de muchos granos de trigo en su espiga, pero para ello ha de desaparecer. Triturado se convierte en harina con la que haremos el pan de nuestro alimento; al final no veremos el grano de trigo que ha sido triturado pero si nos estamos alimentando de él en el rico pan.
Jesús habla de sí mismo, pero habla también del sentido de nuestra vida. Es lo que contemplamos en Jesús. Así se entregó para que nosotros tuviéramos vida; así fue su amor hasta el final triturado y traspasado por nosotros para darnos vida. Pero habla del sentido de nuestra vida. Porque estamos llamados a dar vida, a ser vida, y para ello hemos de darnos, sin importarnos desaparecer como el grano de trigo. No la podemos guardar para nosotros, nos dice hoy en el evangelio. El que la guarda la pierde, pero el que la entrega tiene garantía de vida eterna. ¿Qué merecerá la pena?
Así es la ofrenda de amor que hemos de hacer de nuestra vida, aunque nos cueste. No es fácil entender y vivir este misterio de amor que se nos expresa en esta imagen del grano de trigo. Siempre queremos estar reservándonos algo para nosotros. Pero ese no es el sentido del discípulo de Cristo, no puede ser nunca el sentido de nuestra vida.
¿Cómo hemos de ser ese grano de trigo que dé vida, que llene de vida a cuantos nos rodean? La imagen es bonita, pero no nos podemos quedar en la imagen; eso hemos de traducirlo en la práctica concreta de nuestra vida de cada día para que no se nos quede en doctrina o teoría. Hoy tenemos, en esta fiesta que estamos celebrando, ante nuestros ojos un hermoso ejemplo y modelo.
Celebramos a San Lorenzo mártir, y siempre la primera imagen con que nos quedamos de su vida es su martirio; de ahí que sus imágenes vayan siempre acompañadas de la parrilla para expresar cuál fue su muerte. Pero con la imagen que nos ofrece hoy el evangelio y que venimos comentando, la del grano de trigo, no nos quedamos solamente en su martirio; eso fue solo el momento final y culminante, podríamos decir, de su entrega hasta da la vida; pero eso era algo que él estaba haciendo en el día a día de su vida y de su ministerio.
San Lorenzo era diácono; su ministerio era el servicio, ser servidor de la Iglesia de Dios, no solo en el culto y la celebración de la Eucaristía, sino principalmente en el servicio a los pobres y necesitados. Ellos eran su tesoro. Fue con ellos donde día a día fue ese grano de trigo que se tritura por amor para dar vida, para alimentar de vida a los demás. Su misión en la Iglesia de Roma era precisamente atender a los pobres distribuyendo cuando la comunidad cristiana desde una caridad auténtica quería compartir con los más necesitados. Ese era su servicio, la atención a los pobres. Ahí estaba ese grano de trigo de su vida que se daba y se desgastaba por los pobres y los necesitados para atenderlos a todos.
En las actas de su martirio se dice que el emperador, sabiendo que él era el administrador de los bienes de la Iglesia, la exigió que le entregara las riquezas de la Iglesia. ¿Cuáles son las riquezas de la Iglesia que puso ante el emperador romano? Trajo junto a él a todos los pobres de Roma por los cuales se desvivía y en quienes empleaba cuanto la comunidad compartía y fue lo que presentó ante el emperador como riqueza de la Iglesia.
Nos preguntábamos antes cómo podíamos ser ese grano de trigo que diera vida, ahí tenemos la respuesta, en el amor, en el servicio, en nuestro desprendimiento y generosidad, en ese ser capaz de vaciarnos de nosotros mismos con nuestros intereses y orgullos para olvidándonos de nosotros mismos darnos por los demás. Es lo que tenemos que hacer y el amor que es capaz de inventarse nuevas iniciativas cada día para expresar su amor, nos inspirará cuanto podemos hacer en ese sentido con los demás desde pequeños gestos de acogida para cuantos están a nuestro lado hasta ser capaz de renunciar a nuestras cosas para compartir generosamente con los demás.
Pero me gustaría también que abriéramos los ojos, porque muchas veces vamos demasiado mirándonos a nosotros mismos; abriéramos nuestros ojos, digo, para mirar a nuestro lado y ver tantos gestos y detalles de servicio, de generosidad, de compasión y misericordia, de amor en una palabra que podemos descubrir en muchos que nos rodean. Es fácil que nos quejemos que el mundo va mal y que hay mucho egoísmo e insolidaridad, pero, como se suele decir, no todo el monte es orégano; no todo lo que hay a nuestro alrededor es insolidaridad o indiferencia, sino que podemos descubrir muchas personas que como grano de trigo se dan por los demás, ayudan a los otros, despiertan sonrisas en nuestros corazones muchas veces amargados, nos levantan el ánimo con sus gestos de desprendimiento y generosidad, muchas almas buenas que están siempre buscando la manera de hacer bien.
Hemos de saber reconocerlo para ver todas esas semillas de bien que hay a nuestro alrededor y hemos de saber descubrirlo porque eso nos levanta el ánimo y la esperanza y nos convencemos de que podemos hacer un mundo mejor y que nosotros también podemos poner nuestra pequeña semilla, nuestro pequeño grano de arena en la construcción de ese mundo mejor en la que tantos están comprometidos.

Creo que puede ser una hermosa lección en esta fiesta de san Lorenzo que hoy celebramos y también un hermoso compromiso de nuestra vida.

viernes, 9 de agosto de 2013

La sabiduría de la fe que no hemos de dejar de alimentar en Cristo cada día

Os. 2, 16-17.21-22; Sal. 44; Mt. 25, 1-13
‘¡Que llega el esposo, salid a recibirlo!’ Fue el grito que se escuchó en la noche y que despertó a las doncellas que esperaban al esposo. Pronto se pusieron a aderezar sus lámparas, que para eso habían venido, para poder iluminar el camino a la llegada del esposo y la sala del banquete de bodas. Pero no todas tuvieron suficiente aceite para poder mantener encendidas sus lámparas - era el combustible necesario para mantenerlas encendidas - y mientras lo buscaban se cerró la puerta y no pudieron entrar al banquete de bodas.
Una parábola que nos propone Jesús partiendo de las costumbres de su época pero que es bien significativa para nuestro camino cristiano. Muchas veces la hemos escuchado y meditado porque nos hace pensar mucho en lo que hacemos de nuestra vida y de nuestra fe. ¿Dejaremos nosotros también apagar nuestras lámparas y nos quedaremos en la vida sin rumbo y sin poder alcanzar la meta?
¿Cuál es esa luz y cuál es ese aceite que necesitamos en la vida? La reflexión es clara. En ese camino de la vida necesitamos una luz que nos oriente, nos dé sentido, con la que encontremos el valor de lo que somos y de lo que hacemos, nos haga ver más allá de lo inmediato con un sentido global de nuestra existencia llenándonos de trascendencia, nos haga encontrar la verdadera sabiduría de la vida, nos haga alcanzar una plenitud total que sacie las ansias más profundas del ser humano. Necesitamos de la sabiduría de la fe. Sí, es nuestra más profunda sabiduría.
Ni la sabiduría es simplemente la acumulación de conocimientos, ni la fe se queda reducida a unas bonitas palabras o algunos ritos religiosos que hagamos en determinados momentos. Ese conocimiento que vayamos adquiriendo en ese caminar y madurar de la vida no se reduce a que sepamos unas determinadas materias o que tengamos noticia de que existe un lugar o una realidad, sea la que sea, en cualquier lugar del planeta, por ejemplo. Ese conocimiento madurado y reflexionado nos va ayudando a encontrar como el sabor de nuestra existencia, de lo que vivimos o de lo que hacemos que en el fondo es el sentido de nuestro ser y de nuestro existir.
Pero todo ese sabor o ese saber, esa sabiduría de la vida que vamos adquiriendo va a encontrar en la fe una luz que le conduzca a la mayor plenitud y sentido, que precisamente solo en Dios podemos alcanzar. Por eso la fe, como decíamos, no se reduce a unas ideas o a unos ritos, sino que va a ser lo que de verdad envuelva toda nuestra existencia o, aún más, penetre de sentido desde lo más hondo nuestro ser, lo que somos, lo que vivimos y en consecuencia todo aquello que realizamos. Por eso hablábamos de la sabiduria de la fe, la más profunda sabiduria de nuestro vivir que en Cristo podemos encontrar.
No  nos puede faltar el aceite que mantenga encendida esa lámpara de nuestra fe. Qué importante es para nosotros esa luz de nuestra fe y cómo tenemos que cuidarla en todo momento para que no se nos apague. Que no nos suceda como aquellas doncellas de la parábola del evangelio que no tuvieron suficiente aceite para mantener encendida sus lámparas. Luego se quedaron fuera del banquete de bodas del Reino.
Por eso el verdadero creyente cuida su fe manteniendo muy viva su unión con el Señor; el verdadero creyente entronca su vida con el Evangelio porque en él está la fuente de esa sabiduría de su fe; entroncar la vida en el Evangelio es entroncar de verdad nuestra vida en Cristo, escuchando su Palabra, regándola con la gracia de los sacramentos, fundamentandola cada día en su unión con el Señor por la oración, y viviendo esa comunión de amor con los hermanos en una vivencia y sentido de Iglesia.
Hoy estamos celebrando a una mujer que supo encontrar esa sabiduría de la fe y por la que llegó a dar su vida. Ediht Stein era una mujer judía dedicada al estudio y enseñanza de la filosofía; su vida estaba dedicada plenamente a la búsqueda de la verdad. Y se encontró con Cristo, que fue a partir de entonces la verdadera y auténtica sabiduría de su vida. Se convirtió a Jesús y se bautizó; continuó con su enseñanza y sus escritos de filosofía hasta que un día se sintió llamada por el Señor para hacerse religiosa Carmelita Descalza. Fueron los tiempos duros de la intolerancia del nazismo la que finalmente le condujeron al martirio en un campo de exterminio. Hoy es para nosotros, con el nombre que tomó desde su bautismo y su consagración al Señor, santa Teresa Benedicta de la Cruz.
Sigamos nosotros manteniendo encendida esa lámpara de la fe en nuestra vida alimentándola de esa Sabiduria de Dios que encontramos en el Evangelio y que se enriquece con la gracia del Señor. Que sea la verdadera luz y sabiduría de nuestra vida.

jueves, 8 de agosto de 2013

Una confesión de fe con la total radicalidad de toda la vida

Núm. 20, 1-13; Sal. 94; Mt. 16, 13-23
‘Tú eres el Cristo, el Mesías, el Hijo de Dios vivo’. Hermosa confesión de fe por parte de Pedro. Una confesión de fe que sin embargo le costaba a Pedro hacer en toda su plenitud. Aunque en su fe y en su amor por Jesús ahora estaba dispuesto a decir cosas bien hermosas de Jesús y un día llegaría a decir que estaba dispuesto a todo por seguirle, sin embargo sabemos que no le fue fácil.
Sí, nos cuesta confesar nuestra fe en Jesús, porque ha de ser no solo con nuestras palabras; porque aunque nos sepamos de memoria el Credo, la confesión de nuestra fe ha de ser no solo con palabras sino con toda nuestra vida y en la totalidad de lo que tiene que ser nuestra fe en Jesús.
Ha comenzado Jesús preguntando por lo que la gente piensa de El para preguntarles luego de una forma muy concreta por lo que ellos creen. Diversas opiniones que manifiestan lo que era la admiración que la gente sentía por Jesús. A lo largo del evangelio escuchamos muchas veces ese entusiasmo por Jesús sobre todo cuando ven sus obras. ‘Un gran profeta ha aparecido entre nosotros… nadie ha hablado igual… Dios ha visitado a su pueblo…’ son algunas de las expresiones de la gente ante el actuar y el enseñar de Jesús. Aunque luego haya momentos es que les parecerá dura su doctrina y difícil de aceptar. Siempre ha sido así y siempre será así porque Jesús es como un signo de contradicción ante el que hemos de decantarnos.
Ahora cuando les pregunta a los apóstoles más cercanos por la opinión de la gente le hablan de que si es un profeta, que si es Juan que ha vuelto a la vida - recordemos que Herodes pensaba que había resucitado Juan - o si era como uno de los antiguos profetas, Jeremías, Isaías o algún otro de los profetas.
Pero Jesús quiere una respuesta más profunda y más vital, aunque tras la respuesta de Pedro dirá que solo desde la revelación del Padre en el corazón es como podremos llegar a conocerle. ‘Eso no te lo ha revelado nadie de carne y hueso, sino mi Padre que está en el cielo’. En  otra ocasión Jesús nos dirá que el Padre se revela a los pequeños y a los sencillos, de la misma manera que nadie podrá ‘conocer al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar’.
Por eso ahora, tras la confesión de fe de Pedro, comenzará Jesús a revelar más hondamente su misterio. Ahora, sí, que les va a costar mucho más aceptar todo lo que revela Jesús de si mismo. ‘Desde entonces empezó Jesús a explicar a sus discípulos que tenía que ir a Jerusalén y padecer allí mucho por parte de los ancianos, sumos sacerdotes y letrados, y que tenía que ser ejecutado y resucitar al tercer día’.
Esta parte de la Pascua es la que les va a costar más aceptar. Su pasión y su muerte será un escándalo grande para ellos. Recordamos lo que reflexionábamos cuando la transfiguración en el Tabor, que esa revelación de su gloria venía a ayudar a superar el escándalo de la cruz. Por eso, aunque ahora Jesús lo explica claramente y lo repetirá muchas otras veces a lo largo del evangelio, a los discípulos les va a ser difícil aceptarlo. La Pasión y la Cruz siguen produciendo repulsa y rechazo en nuestros corazones. Pero ahí tiene que estar presente la pascua en la vida de Jesús como tendrá que estar presente la pascua también en nuestra vida.
‘Pedro se lo llevó aparte y se puso a increparlo: ¡No lo permita Dios, Señor! Eso no puede pasarte’. Ya hemos visto la reacción de Jesús que lo aparta de su lado porque con esas cosas es para Jesús como una tentación del maligno. Aquella tentación de la montaña de la cuarentena que le quería presentar a Jesús un camino de triunfalismo, pero que Jesús rechazó.
Es la tentación que ahora también rechaza cuando aparta de sí a Pedro. Y es que Pedro el que había dicho aquellas cosas hermosas en su confesión de fe en Jesús reconociéndolo como el Mesías Salvador y como el Hijo de Dios no podía aceptar la plenitud del misterio de Jesús que estaba envuelto también por el misterio de la pascua, el misterio de la muerte y la resurrección de Jesús.
¿Nos pasará de alguna manera igual a nosotros? En momentos de fervor qué bien nos sentimos con Jesús, cuánta devoción surge en nuestro espíritu, pero en los momentos difíciles y de prueba cuando dudas aparecen también en nuestra alma. Creer y seguir a Jesús es aceptarle en su total plenitud, en la plenitud también del misterio pascual con todo lo que eso puede implicar nuestra vida.

Nuestra fe en Jesús no se puede quedar a medias, tiene que ser total, con el sí radical de toda nuestra vida y la aceptación radical de todo su misterio de salvación, de todo el mensaje del Evangelio. No nos vale decir que aceptamos unas cosas si y a otras les ponemos pegas. Cuando seguimos a Jesús y le damos el sí de nuestra fe tiene que ser con toda nuestra vida y con la aceptación de todo su evangelio.

miércoles, 7 de agosto de 2013

Un corazón lleno de amor que nos hace grandes y nos llena de confianza en el Señor

Núm. 13, 2-3.26-14, 1.26-30.34-35; Sal. 105; Mt. 15, 21-28
‘Mujer, qué grande es tu fe: que se cumpla lo que deseas’, son las palabras finales de Jesús. Qué grande es la fe de aquella mujer; qué grandeza de espíritu, qué entereza y qué fortaleza, pero qué espíritu de humildad y de confianza tan grande lo que manifestó aquella mujer.
Es el corazón de una madre que sufre con el dolor de su hija lo que hace florecer esa entereza y esa humildad; es un corazón lleno de amor. Cuando somos capaces de poner amor de verdad en nuestro corazón florecerán todas esas virtudes, todos esos valores, y porque amamos seguimos buscando hasta el final por muchas que sean las dificultades de todo tipo por las que tengamos que pasar, aunque se tenga que humillar nuestro espíritu.
Mirando el corazón de esta madre me puse a pensar en nuestras reacciones y sensibilidades ante cualquier cosa que pueda herir nuestro amor propio. Hoy parece que esas sensibilidades las llevamos a flor de piel y no somos capaces de pasar por nada que nos pueda herir en lo más mínimo.
Por supuesto, nadie tiene derecho a herir el amor propio de nadie; porque queramos ayudar a los demás no tenemos derecho a humillar o hacer pasar por malos tragos; precisamente en el  nombre del amor tenemos que ser más delicados con nuestros semejantes y muchas veces, hemos de reconocerlo, no sabemos hacer bien las cosas, porque tenemos la tentación y el peligro de subirnos en nuestros pedestales de bondad con los que podemos humillar incluso a aquellos que queremos ayudar.
Pero tenemos que admirar la entereza de aquella mujer que movida por su amor de madre viene pidiendo y suplicando por la salud de su hija. Hemos de poner el hecho en el contexto de su tiempo y de las costumbres de aquella época que Jesús vendrá a purificar y transformar. Desde ahí podemos entender muchas de las cosas que escuchamos en este texto, pero viendo que en Jesús prevalecerá su amor y misericordia y tras la prueba por la que pasa aquella mujer va a ser no solo atendida por Jesús en su petición de la curación de su hija, sino que además recibirá la alabanza de Jesús por su fe, su humildad y su perseverancia.
Es el gran mensaje y lección que nosotros hoy recibimos para aprender a hacer nuestra oración al Señor por una parte. La oración de esta mujer es un modelo de humildad, de confianza y de perseverancia. No se siente humillada porque aparentemente parece no ser escuchada por Jesús. Los discípulos también intercederán por ella. ‘Atiéndela, que viene detrás gritando’, le dicen a Jesús. Reconoce su pequeñez y su indignidad, que precisamente es lo que la hace grande y que motivará luego la alabanza de Jesús. Y desde su humildad insiste llena de confianza; busca motivos y razones, pero ella sabe que va a ser escuchada por Jesús porque su corazón de madre está sintonizando con el corazón misericordioso de Jesús.
En la sintonía que, por otra parte, nosotros hemos de poner en nuestra vida, la sintonía del amor. Sintonizar con el corazón Cristo que es un corazón compasivo y misericordioso. Sintonizar con el corazón de Cristo para aprender a amar con un amor como el de Jesús. Sintonizar con el corazón de Cristo para, llenos de amor, poner esa humildad, esa delicadeza, esa perseverancia en nuestro corazón y en consecuencia en nuestra manera de orar al Señor. Sintonizar con el corazón lleno de amor de Jesús para en esa misma empatía y simpatía saber sentir como nuestros los sufrimientos de los demás y convertirnos también en intercesores de nuestros hermanos.

¿Tendremos la misma grandeza, la misma entereza, la misma humildad y perseverancia de la mujer cananea?

martes, 6 de agosto de 2013

Con la experiencia de la Transfiguración de Jesús nos sentimos transfigurados para transfigurar nuestro mundo

2Pedro, 1, 16-19; Sal. 96; Lc. 9, 28-36
La liturgia de la Iglesia con su sabiduría nos va ofreciendo a lo largo del año litúrgico una serie de celebraciones, que no son solo las que entran dentro del ritmo litúrgico de la celebración del misterio pascual, que son hitos importantes que nos ayudan en nuestro caminar y que son hermosos alicientes que nos despiertan de la modorra o de la rutina en la que podríamos caer.
Así es esta fiesta que hoy se nos ofrece, la Transfiguración del Señor. Y es en que incluso en los momentos buenos y de fervor pueden asaltarnos sentimientos encontrados que nos distraigan o nos puedan hacer perder el ritmo del camino de nuestra vida cristiana. Casi al inicio de la Cuaresma caminando hacia la celebración de la Pascua del Señor en el segundo domingo se nos ofreció en el evangelio el texto de la Transfiguración del Señor. Ahora, en medio del tiempo Ordinario y cuando dentro de un mes aproximadamente se nos ofrezca celebrar la Exaltación de la Cruz de Cristo, se nos presenta de nuevo la Transfiguración del Señor.
Como diremos en el prefacio de esta fiesta ‘ante la proximidad de la pasión, fortaleció la fe de los apóstoles para que sobrellevasen el escándalo de la cruz, y alentó la esperanza de la Iglesia’. Ahí, podemos decir, tenemos la gran motivación de la celebración de esta fiesta de la Transfiguración del Señor, fortalecer la fe de la Iglesia y alentar la esperanza. En ese camino de cada día entretejido de luces y sombras, de momentos de fervor y entusiasmo en nuestra fe y nuestro caminar cristiano, pero con momentos también de debilidad y decaimiento, momentos de desaliento ante lo que nos rodea o la inmensa tarea que tenemos que realizar, necesitamos esa luz de la transfiguración.
Jesús se había llevado a aquellos tres discípulos escogidos a lo alto del monte para orar. A ellos no les había sido fácil a pesar de todo lo que habían visto en Jesús y éste les había enseñado de cómo tenía que ser su oración. Tantas veces nos pasa a nosotros también. Pero el evangelista nos da el detalle: ‘Pedro y sus compañeros se caían de sueño’.
Pero allí ante ellos se estaba manifestando la gloria del Señor en su transfiguración. Y contemplaron la gloria del Señor. El aspecto del rostro de Jesús había cambiado, sus vestidos brillaban de blancos; dos hombres aparecieron en gloria con Jesús, Moisés y Elías. Pedro no puede menos que manifestar el gozo grande que estaban sintiendo: ‘Maestro, qué hermoso es estar aquí’. Y ya quería quedarse allí para siempre y estaba queriendo levantar tres tiendas. ‘No sabía lo que decía’, dice el evangelista.
Pero ahora una nube los envuelve y el temor se apodera de nuevo de ellos. Estaban envueltos por el misterio de la gloria del Señor y era algo que les superaba. ‘Se asustaron al entrar en la nube’. Y viene la voz del cielo señalando a Jesús. Como allá en la teofanía del bautismo junto al Jordán. ‘Este es mi Hijo, el escogido: escuchadle’. Y de nuevo está Jesús solo. Y se hizo silencio, un silencio que les hizo  no contar lo que les había sucedido. Así se los pediría Jesús hasta que resucitase de entre los muertos.
Todo aquello que había sucedido había que rumiarlo en su interior. Lo comprenderían todo a la luz de la Pascua. Esto era un anticipo, un adelanto. Pero allí se estaba manifestando todo el resplandor de la divinidad. Después de la Pascua ya podrían proclamar en verdad que Jesús es el Señor.
Todo esto también nosotros tenemos que rumiarlo en nuestro interior. Queremos confesar con toda nuestra vida y en todo momento que Jesús es el Señor. Nos cuesta en muchas ocasiones; si a Pedro y los compañeros se les cerraban los ojos de sueño, a nosotros quizá se nos cierra la boca con nuestros miedos y cobardías, con nuestros temores e inseguridades. Pero tenemos que hacerlo; tenemos que fortalecernos también en nuestra fe y no perder la esperanza.
Es el testimonio valiente que hemos de dar y que el mundo ha de escuchar. Porque es a Jesús a quien tenemos que anunciar. Y lo podemos anunciar porque nosotros lo hemos vivido, lo hemos experimentado en nuestro corazón. Y así nos convertimos en testigos. Experimentamos dentro de nosotros mismos cómo Jesús nos transforma, nos transfigura también porque podemos escuchar de la misma manera esa voz del Padre que nos llama hijos, amados y escogidos. Así nos ama el Señor.
‘Prefiguraste maravillosamente nuestra perfecta adopción como hijos tuyos’, decíamos en la oración litúrgica expresando todo lo que ha de significar y repercutir en nuestra vida la celebración de esta fiesta. Es cierto que nos sentimos débiles y pecadores, pero con los resplandores de su luz nos sentimos limpios y purificados de las manchas de nuestros pecados.

Subamos al monte del Tabor para tener esa experiencia de la transfiguración y así nos sintamos nosotros también transfigurados. Llenos de esa luz y de esa gloria del Señor hemos de bajar a la llanura de la vida y con nuevo brío y valentía hagamos ese anuncio de Jesús a nuestros hermanos. El mundo necesita también ser transfigurado, pero eso va a depender de  nosotros porque esa tarea la ha puesto el Señor en nuestras manos. No nos asustemos con la misión. No nos durmamos.

lunes, 5 de agosto de 2013

María de las Nieves, salud y vida de nuestro pueblo

Gál. 4, 4-7; Sal. 112; Lc. 2, 1-7
A lo largo del año son muchas las fiestas de la Virgen en las que vamos celebrando el misterio de María en torno al Misterio de Cristo y reconociendo cuántas grandes el Señor quiso realizar en María, porque era su Madre, la Madre del Señor. ‘El Señor hizo en mi maravillas’, como cantaría ella misma en el Magnificat.
Fiestas en las que celebramos su Maternidad divina, la mayor de sus grandezas, como hacemos dentro del misterio de la Navidad, o fiestas donde contemplamos todas las prerrogativas con las que Dios quiso adornarla en su infinita sabiduría y misericordia, como cuando la celebramos preservada de todo pecado e Inmaculada en su Concepción o glorificada en su Asunción al cielo como la vamos a celebrar dentro de pocos días.
A lo largo del año en otras fiestas celebramos a María en sus diferentes advocaciones, que son como piropos que queremos cantar a la Madre después que de diversas maneras hemos sentido su presencia y su protección. Toda una manifestación de ese amor que le tenemos a María, porque el Señor ha querido dejárnosla como Madre que nos protege y continuamente nos alcanza la gracia del Señor.
A ella la contemplamos como el mejor ejemplo y estímulo que podemos sentir en el camino de nuestra vida cristiana, y siempre estamos queriendo aprender de María porque en ella nos sentimos impulsado a caminar hacia lo alto, a recorrer esos caminos de santidad a los que estamos llamados.
Esta fiesta del cinco de agosto nace de la conmemoración de una de las Basílicas Mayores que están en Roma junto a la sede de Pedro, pero que es, así siempre se ha considerado, el primer templo cristiano dedicado en Roma al culto y a la veneración de la Santísima Virgen María. Será también en esta Basílica donde se encuentra el Icono de María, Salud del Pueblo Romano, de especial advocación en toda Roma que se quiere acoger al patrocinio y protección de la Virgen esta Advocación de Salus populi romani. Ante él se ha postrado el Papa Francisco en el inicio de su Pontificado y en diversas visitas hechas a esta Basílica, como ahora con motivo de la Jornada Mundial de la Juventud que se acaba de celebrar.
Litúrgicamente este día es el de la Dedicación de Santa María la Mayor, erigida en el siglo cuarto de la era cristiana precisamente después que el Concilio de Éfeso había proclamado la maternidad divina de María, cuando se vino a definir en toda plenitud la divinidad de Jesús, proclamando que es verdadero Dios al mismo tiempo que verdadero hombre.
Luego en torno a la construcción de este templo dedicado a María surgen tradiciones y leyendas con lo que esta Basílica liberariana levantada en el monte Esquilino es conocida también como la de Nuestra Señora de las Nieves, haciendo referencia a las nieves aparecidas en el ferragosto romano para señalar el lugar de la edificación de este templo.
Por eso en diversos lugares una de las advocaciones más queridas de la Virgen que se celebra en este día es precisamente el de Nuestra Señora de las Nieves, como lo es en la Isla de la Palma y en tantos otros lugares en nuestras islas.
Queremos nosotros hoy celebrar con devoción esta fiesta de María; a ella queremos invocarla para que sintamos siempre su protección de Madre que nos preserve de todos los peligros y sea para nosotros luz que nos ilumine en ese camino de santidad que hemos de hacer cada día. Virgen de las Nieves cuya blancura nos habla de resplandores de pureza y de santidad; Virgen de las Nieves que nos hace sentir fuertemente el ardor del fuego de su amor en nuestro corazón para que así nos derritamos en ternura para cuantos nos rodean nuestros hermanos.
Que María nos lleve siempre de su mano; que seamos capaces de revestirnos de María que es revestirnos de gracia y de santidad para que con ella nos sintamos fuertes en nuestra lucha contra el maligno tentador. Vestidos de María, y no solo porque llevemos una vestidura externa, un escapulario o una medalla como escudo protector, sino sobre todo porque nos vistamos de sus virtudes, de su entrega, de su humildad, de su amor, de su apertura a Dios y a su Palabra, nos sintamos seguros porque estando así María con nosotros el enemigo malo nada podrá contra nosotros.

Ruega por nosotros, que somos pecadores, le decimos a María, ahora y en la hora de nuestra muerte. Que en María encontremos la salud de Dios, la salvación de Dios, y que de María aprendamos a llevarla a los demás.