Vistas de página en total

sábado, 15 de septiembre de 2012


Como María, Madre dolorosa al pie de la cruz, estemos junto al calvario de todos los que sufren
Heb. 5, 7-9; Sal. 30; Jn. 19, 25-27

‘Junto a la cruz de Jesús estaban su madre, la hermana de su madre, María la de Cleofás, y María, la Magdalena’. Es la descripción dramática en su sencillez que nos hace el evangelista. Junto a la cruz, junto al suplicio donde moría el Hijo condenado a muerte, estaba la madre, estaba María. 

Ayer nos poníamos a la sombra de la cruz de Cristo y todas nuestras miradas estaban dirigidas a lo alto de la cruz de Cristo donde contemplábamos el maravilloso misterio de amor del sacrificio de Jesús. Dirigíamos nuestra mirada a lo alto porque nos sentíamos atraídos por Jesús y, aunque el dolor trastorna con frecuencia la mente y el corazón de quienes lo sufren, sin embargo nuestra fe crecía más y más inflamándonos nosotros de ese amor para aprender a amar a su manera.

Podía pasar desapercibida, como solía hacer María en su humildad, pero nuestra mirada se dirige a ella y nuestros ojos se quedan prendidos también en el fuego de su fe y de su amor. Allí estaba María, junto con algunos discípulos - bien pocos - al pie de la cruz de Jesús. Dios había querido contar con ella en el admirable misterio de la Encarnación y un ángel había venido un día con tan asombrosa noticia ante lo que María plegó su voluntad porque se sentía la humilde esclava del Señor. ‘Hágase en mí según tu palabra’, había respondido entonces. Pero ese ‘fiat’ de María no fue sólo el de aquel momento sino el de toda su vida. Con mismo ‘fiat’ lleno de amor en el dolor estaba ahora al pie de la Cruz, porque Dios quería seguir contando con ella. 

La vemos ahora asociada a la pasión y muerte de su Hijo; la vemos haciendo la misma ofrenda, o más, bien uniéndose a la ofrenda y al sacrificio de Cristo con su propia ofrenda de amor. Por eso nos atrevemos a llamarla la Corredentora aún sabiendo que la Redención era cosa de Cristo porque El es el único Redentor. Pero ella estaba allí unida al sacrificio de Cristo, Sumo Sacerdote, enseñándonos a hacer nosotros también la ofrenda de nuestra vida, de nuestros dolores, de nuestros sacrificios, de nuestro sufrimiento, de todo cuanto podemos pasar en la vida, la ofrenda de nuestro amor.

María es la ‘nueva Eva’, que con su presencia al lado de la cruz de Jesús está cumpliendo lo anunciado ya allá en aquella primera página de la Biblia. Una mujer, Eva, contribuyó a la caída de Adán, pero allí inmediatamente ya Dios está hablando en el protoevangelio de la mujer cuya estirpe iba a escachar la cabeza del dragón maligno. María es esa mujer, esa nueva Eva, madre de todos los vivientes, madre y reina de todos los hombres, cuya estirpe está allá en lo alto de la cruz para que quien venció en un árbol en un árbol fuera vencido. Lugar maravilloso, pues, que Dios tiene reservado a María en la obra de nuestra redención.

‘Ella es la Virgen santa que resplandece como nueva Eva, para que así como una mujer contribuyó a la muerte, así también una mujer contribuyera a la vida’. Así vamos a proclamar en el prefacio de esta fiesta en que contemplamos a María, Virgen y Madre de los Dolores que hoy estamos celebrando.

‘En tu providencia estableciste que la Madre permaneciera fiel junto a la cruz de su Hijo, para dar cumplimiento a las antiguas figuras y ofrecer un ejemplo nuevo de fortaleza’. María es la Virgen fiel, es la mujer fuerte cuya imagen y tipo aparece en tantas mujeres de la Biblia. Fiel de una fidelidad total que incluso en los momentos duros del dolor y el sufrimiento esta allí al pie de la cruz como imagen y ejemplo de fortaleza. Cuánto tenemos que aprender de María nosotros que ante la menor dificultad flaqueamos, que cuando nos vemos envueltos por el dolor perdemos fácilmente el ánimo y la esperanza. 

Así aprendemos de María a estar al pie de la cruz y a saber tomar la cruz de cada día con fortaleza y esperanza, poniendo amor en el sufrimiento y en el dolor. Así aprendemos de María a estar al pie de la cruz sabiendo hacer esa ofrenda de amor de nuestra vida en nuestro dolor y en nuestro sufrimiento, en medio de los problemas en que nos vemos envueltos en la vida. 

Pero así aprendemos de María también a estar al pie de la cruz en el sufrimiento de nuestros hermanos, de cuantos caminan a nuestro lado atenazados por el dolor o el sufrimiento sintiendo que el alivio y el consuelo que les podemos dar desde nuestra presencia y nuestro amor es como si a Cristo se lo hiciéramos, y es al mismo tiempo una forma de hacer presente a Cristo a través de nuestro amor en ese calvario de dolor que sufren nuestros hermanos.

Como hemos pedido hoy en la oración ‘que, a imitación de la Virgen Madre dolorosa que estuvo junto a la cruz de su Hijo moribundo, así nosotros permanezcamos junto a los hermanos que sufren para darles consuelo y amor’. 

viernes, 14 de septiembre de 2012


Te adoramos, oh Cristo, porque por tu cruz ha venido la alegría al mundo
Núm. 21, 4-9; Sal. 77; Filp. 2, 6-11; Jn. 3, 13-17

‘Nosotros hemos de gloriarnos en la cruz de nuestro Señor Jesucristo: en El está nuestra salvación, vida y resurrección; El nos ha salvado y redimido’. Como todos los años hemos comenzado con estas palabras la fiesta de la Exaltación de la Cruz que hoy celebramos y también la reflexión que ahora nos hacemos para nuestra vida desde la Palabra de Dios y desde todo el sentido con que la liturgia quiere celebrarlo.

Sin embargo, si alguien ajeno a nuestra fe, o simplemente sin fe como tantos a nuestro alrededor, nos ve celebrando la exaltación de una cruz seguro que no lo entendería, porque la cruz es signo de muerte, señal de ignominia en el suplicio más horrible a que podía ser sometido un condenado, lugar de tormento y de humillación sin límites. No le cabría en la cabeza que la cruz pudiera llegar a convertirse en algo por lo que nos gloriamos y que festejamos el que alguien haya muerto en este horrible suplicio. Pero ya decimos es alguien ajeno a nuestra fe cristiana o que simplemente no tiene fe. Son muchos los que a nuestro alrededor miran con escepticismo todas nuestras expresiones religiosas y lo que nosotros queremos expresar y vivir con nuestra fe. No en todos ha llegado a florecer el don de la fe por lo que no llegarán a entender lo que nosotros vivimos y celebramos.

Y es que solo desde la fe es cómo puede comprenderse el valor glorioso e infinito que para nosotros tiene la muerte de Jesús en la cruz. Nos gloriamos en la cruz de Jesucristo, porque en Jesús, en su entrega y donación de amor alcanzamos nosotros la salvación, la vida y la resurrección. Sólo desde la fe podemos alcanzar a comprender la trascendencia de valor infinito que para nosotros, para toda la humanidad tiene la muerte de Jesús en la Cruz. El nos ha salvado y redimido.

La cruz es, sí, humillación y muerte, pero es al mismo tiempo glorificación y exaltación. Jesús había anunciado que cuando el Hijo del Hombre fuera levantado en lo alto como lo fue la serpiente en el desierto todos seríamos llamados a la fe y a la vida. ‘Tiene que ser elevado el Hijo del hombre, para que todo el que cree en El tenga vida eterna’. Pero san Pablo nos dirá que ‘se había rebajado, había pasado por uno de tantos, había tomado la condición de esclavo y se rebajó hasta someterse a una muerte de Cruz. Pero Dios lo levantó sobre todo y le concedió el nombre sobre todo nombre… Jesús es el Señor para gloria de Dios Padre’. 

Levantado, sí, en lo alto de un madero que era señal de humillación y de muerte; pero por haber pasado por esa humillación y por esa muerte sería levantado definitivamente para proclamar que Jesús es el Señor. Esa humillación y esa muerte nunca serán para condena para nosotros sino siempre para vida y para salvación. ‘Dios no mandó su Hijo al mundo, sino para que el mundo se salve por El’. En la cruz El  nos ha salvado y nos ha redimido.

Lo que ahora Jesús está realizando nos recuerda lo que nos había enseñado de cuales habían de ser las actitudes y la virtudes que habrían de brillar en quienes pusiéramos nuestra fe en El. ¿Quién quiere ser el primero y el principal? Que se haga el último y el servidor de todos. Porque solo quien pasa por ese camino de la humildad podrá luego ser ensalzado. Y si nos enseñó a nosotros no lo hizo solo con palabras sino que fue delante entregándose El para que nosotros tomáramos ejemplo del camino a seguir.

Para nosotros sí tiene sentido la cruz de Jesucristo. La fe nos ilumina y nos hace comprender tal misterio de amor. Pero además escuchamos la invitación que nos hace Jesús de tomar nuestra cruz de cada día para seguirle; esa cruz, que desde que contemplamos a Jesús clavado en ella, aunque muchas veces nos sea dolorosa en los sufrimientos y dolores de cada día, o en las renuncias y sacrificios que quizá tengamos que hacer para poder seguir el buen camino, ya para nosotros será siempre la señal del amor, de la entrega, de la generosidad que queremos poner en el corazón porque queremos parecernos a quien por amor en ella se entregó, con generosidad sin límites entregó su vida para que nosotros tuviéramos vida, en sacrificio de valor infinito y lleno de amor se inmoló para así rescatarnos y redimirnos, para así hacernos gozar de su salvación. Por algo san Pablo nos dirá que Cristo crucificado es la fuerza y la sabiduría de Dios para la salvación de nuestro mundo.

‘Has puesto la salvación del género humano en el árbol de la cruz, para que donde tuvo origen la muerte, de allí resurgiera la vida, y el que venció en un árbol, fuera en un árbol vencido, por Cristo nuestro Señor’. Es la acción de gracias que queremos proclamar y cantar hoy en esta fiesta de la exaltación de la Santa Cruz. 
Una fiesta que es para nosotros invitación a tomar la cruz, a tomar el camino de la ofrenda de nuestra vida con sus dolores y sufrimientos, a tomar el camino de la entrega y del amor, a tomar el camino de la humildad y del servicio porque será el camino que nos conduzca a la vida, a la salvación, a la resurrección, el camino que cuando nos unimos a Cristo en su cruz nos hace a nosotros partícipes de su gracia salvadora pero al mismo tiempo con la ofrenda de nuestra vida y nuestro amor corredentores con Cristo para el bien de nuestro mundo. Así nuestra vida y nuestro amor serán semilla de amor y de vida que hagan florecer el Reino de Dios en nuestro mundo.

Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos, porque con tu cruz has redimido al mundo; te adoramos, oh Cristo, porque por tu Cruz gloriosa ha venido la alegría de la salvación al mundo.

jueves, 13 de septiembre de 2012


Una página sublime del evangelio que nos enseña el verdadero amor
1Cor. 8, 1-7.11-13; Sal. 138; Lc. 6, 27-38

Una página sublime del evangelio al mismo tiempo que revolucionaria.  Sublime porque nos está manifestando y enseñando a qué altura ha de llegar nuestro amor; y revolucionario, podríamos decir, porque trastoca todo lo que nos podría parecer normal en una lógica humana de amar simplemente a los que nos aman y a los otros no considerarlos dignos de nuestro amor. 
Seguro que con la misma sorpresa que momentos antes habían escuchado llamar dichosos a los pobres, a los que tienen hambre, a los que sufren o son perseguidos, ahora se sentirían sorprendidos cuando Jesús va enseñando hasta donde tiene que llegar nuestro amor, que tiene que llegar también a los que podríamos considerar enemigos. 

Página sublime que seguimos considerando los hombres muchas veces difícil de cumplir para llevar nuestro amor hasta esos límites tan excelsos como nos propone Jesús. Pero es que quien quiera aceptar el Reino de Dios que nos anuncia Jesús y que viene a instaurar con su propia vida, su pasión, su muerte y resurrección, significa que muchas cosas tiene que transformar en su vida, a muchas ideas o conceptos, como a muchas actitudes y valores hay que darle la vuelta totalmente, como quien la da la vuelta a un calcetín, porque aceptar el Reino de Dios es entrar en un mundo nuevo, en un estilo nuevo de vivir, en unas nuevas actitudes y comportamientos. Es necesario, pues, tener la actitud de la conversión que fue lo primero que Jesús nos pidió para creer en El y en su Buena Noticia.

‘Amad a vuestros enemigos, nos dice Jesús, haced el bien a los que os odian; bendecid a los que os maldicen, orad por los que os injurian…’ Jesús que nos quiere dejar como nuestro distintivo el amor nos señala las verdaderas cualidades de ese amor que tiene que ser siempre universal y generoso, como es el amor que El  nos tiene. Por eso nos enseña a ser generosos en nuestras actitudes para los demás, que tiene que ser lo que en verdad nos diferencie de los que no viven el Reino de Dios.

‘Si amáis solo a los que os aman…, si hacéis el bien solo a los que os hacen el bien, ¿qué mérito tenéis?... Eso lo hacen también los que no creen en Dios’. Quienes creemos en Jesús siempre tenemos que estar dispuestos para amar con un corazón generoso. Porque no amamos a los otros porque esperemos alcanzar de ellos una recompensa, porque eso  no sería amor verdadero; amar de esa forma seria un amor interesado, pero quien ama se da generosamente porque solo busca siempre el bien, lo bueno. Además nosotros tenemos la motivación grande por una parte de amar con un amor con el que queremos imitar a Dios, pero también amamos al otro porque cuando le estamos manifestando ese amor se lo estamos haciendo a Dios.

‘Sed compasivos como vuestro Padre es compasivo’, termina diciéndonos Jesús. Cuántas veces rezando los salmos hemos repetido ‘el Señor es compasivo y misericordioso’; con esa misma compasión, con ese mismo amor, con esa misma misericordia tenemos nosotros que amar a los demás. De ahí que nunca en nosotros caben los juicios condenatorios contra nadie, porque además tenemos que mirar primero la viga que tenemos en nuestro ojo antes que la posible paja que tenga el ojo del hermano. Nosotros siempre tenemos que estar dispuestos a la comprensión y al perdón, porque también nosotros queremos ser comprendidos y perdonados. 

Y nuestro premio no lo buscamos en reconocimientos humanos sino solamente en el Señor. ‘Haced el bien y compartid sin esperar nada a cambio; tendréis un gran premio y seréis hijos del Altísimo que es bueno con malvados y desagradecidos… dad y se os dará, os verterán una medida generosa, colmada, remecida, rebosante. La medida que uséis la usarán con vosotros’. Y es el que el Señor nunca se deja ganar en amor, siempre nos regalará mucho más de lo que nosotros merezcamos.

miércoles, 12 de septiembre de 2012


Dichosos los pobres porque vuestro es el Reino de los cielos
1Cor. 7, 25-31; Sal. 44; Lc. 6, 20-26

Me gusta siempre pensar en quienes eran los que estaban escuchando estas palabras de Jesús cuando fueron pronunciadas. Nos volvemos a unos versículos anteriores a lo hoy proclamado - exactamente el último párrafo del evangelio de ayer - y nos dice que cuando ‘Jesús bajó del monte con los doce se paró en el llano con un grupo grande de discípulos y de pueblo que había venido desde distintos lugares de toda la geografía de Palestina que venían a oírlo y a que les curara de sus enfermedades, y los atormentados por espíritus inmundos quedaban curados y todos querían tocarlo’. 

Ya comenzaba a haber un grupo grande de gente que seguía a Jesús. La noticia corría por toda la comarca, como escuchamos hace unos días. Venían con sus sufrimientos, que eran sus enfermedades, sus dolencias, sus espíritus atormentados, su pobreza y su necesidad, las inquietudes y esperanzas de su corazón que muchas veces se veían frustradas. Venían porque querían escuchar a Jesús. Venían porque en Jesús encontraban salud para sus cuerpos doloridos. Venían porque renacía la esperanza en sus corazones atormentados.

Las palabras que ahora Jesús les decía eran un bálsamo grande de consuelo y de esperanza. Eran palabras que escuchaban desde su pobreza, su hambre, su sufrimiento, la inquietud que tenían en el corazón. Y para ellos era el  Reino de Dios les decía Jesús. ‘Dichosos los pobres, porque vuestro es el Reino de Dios, dichosos los que ahora tienen hambre… los que ahora lloráis… los que ahora os sentís excluidos y proscritos por los hombres… quedaréis saciados, el corazón se llenará de alegría, vuestra recompensa será grande en el cielo’. 

No era para menos sentir cómo renacía la esperanza en el corazón atormentado por tantas cosas. Además no eran solo palabras bonitas que pronunciara Jesús para entusiasmarles, sino que eran anuncio de algo real porque lo estaban viendo realizarse en los signos que Jesús iba haciendo cuando curaba a los enfermos, sanaba a los leprosos, o expulsaba los espíritus malignos de aquellos que estaban poseídos por el mal. 

Creo que cuando ahora nosotros estamos escuchando y meditando en estas palabras sintiendo cómo Jesús nos las está diciendo a nosotros y por nosotros, podemos recordar que estaban anunciadas proféticamente también en el cántico de María cuando alababa al Señor porque Dios se había fijado en ella para que por su medio nos llegara el Salvador. Nos viene bien recordarlas también hoy que hacemos memoria del Santo Nombre de María.

‘El Señor hace proezas con su brazo: dispersa a los soberbios de corazón, derriba del trono a los poderosos y enaltece a los humildes; a los hambrientos los colma de bienes y a los ricos los despide vacíos… su misericordia llega a sus fieles de generación en generación… acordándose de la misericordia que había prometido a nuestros padres a favor de Abrahán y su descendencia para siempre…’

Las palabras del cántico de María nos recuerdan las bienaventuranzas porque en unas y otras se nos está proclamando la Buena Nueva que Jesús viene a traernos con su salvación. Es la Buena Nueva, el Evangelio que transforma totalmente nuestra vida y nos llena de alegría y de esperanza. Es el mundo nuevo que Jesús quiere realizar transformando totalmente nuestros esquemas y maneras de actuar porque en el Reino de Dios todo tiene que ser distinto. 

No caben los sufrimientos y las injusticias, no caben la insolidaridad y el desamor, no cabe el que los hombres nos hagamos daño los unos a los otros, sino que en esa nueva forma de actuar cuando vivimos el Reino de Dios todo tiene que ser alegría y paz porque habrá para siempre esperanza y amor en el corazón. Por eso nos dirá Jesús hoy que el Reino de Dios es para los pobres y los que sufren, para los que tienen hambre en su corazón y en sus vidas y les cuesta tanto vivir en la fidelidad del nombre del Señor. Los que ya están llenos y satisfechos porque han puesto toda la meta de sus vidas en las riquezas o posesión de bienes materiales no podrán entenderlo y no podrán entonces llegar a vivir la Buena Noticia del Reino de Dios.

Escuchemos con esperanza las palabras de Jesús. Sintámonos invitados a vivir en plenitud el Reino de Dios que Jesús nos anuncia. Que con María cantemos las maravillas que hace el Señor.

martes, 11 de septiembre de 2012


Aprendamos a estar con Jesús
1Cor. 6, 1-11; Sal. 149; Lc. 6, 12-19

‘Subió a la montaña… pasó la noche orando a Dios… cuando se hizo de día llamó a los discípulos, escogió a doce de ellos y los nombró apóstoles’. Había muchos discípulos pero a doce escogió en especial para hacerlos apóstoles.

Los discípulos le siguen, a los apóstoles les confía una misión especial, son los enviados. El discípulo que sigue a su Maestro asume totalmente su vida de manera que va a ser siempre un testigo, allí donde esté, porque reflejará en su vida y en sus actitudes la vida del Maestro a quien sigue. Todos tenemos que ser discípulos porque por nuestra fe hemos optado por seguir a Jesús; por eso nos llamamos cristianos, porque somos los discípulos de Cristo. Pero en medio de la comunidad de los discípulos va a haber algunos que tienen una misión especial, son los apóstoles, los enviados con una misión. 

Todos, es cierto, participamos de la vida de Cristo y hemos de dar testimonio de esa fe que tenemos en El, pero el Señor llama de manera especial a algunos con una misión, con un envío, especial dentro de la comunidad y de cara al mundo al que tienen la misión especial de llevar el mensaje del evangelio. 

Jesús escogió a Doce - ¿en recuerdo de las doce tribus de Israel? - procedentes de distintos ambientes y con distinta historia detrás de cada uno. Los hay pescadores y hasta habrá un publicano, un recaudador de impuestos; los hay procedentes de los movimientos en cierto modo revolucionarios de la época - Simón Celotes - y probablemente también otros descontentos de muchas cosas y con una esperanza grande en el corazón de cosas nuevas para su pueblo; algunos son de los llamados en la primera hora, ya fuera allá junto al Jordán con Juan Bautista, o en las orillas del mar de Galilea, otros serán seres en cierto modo anónimos procedentes de distintos ambientes y lugares. Pero ahora todos con una misión universal; van a ser los apóstoles de Jesús que serán enviados por todo el mundo anunciando el Reino de Dios.

Serán los que van a estar más cerca de Jesús, siempre con El; ahora aún no les da especiales instrucciones - las escucharemos más adelante cuando les haga el primer envío por delante de Jesús - pero bajarán con El al llano para el encuentro con la gente que viene con deseos de Jesús, de escucharle, pero también trayéndole sus enfermos y sus necesidades, con los tormentos de sus corazones y con sus deseos de tocarle para llenarse de su vida y salud. ‘Bajó Jesús del monte con los Doce y se paró en el llano’, que nos dice el evangelista. Allí están con Jesús, empapándose de Jesús, como Jesús se había empapado de Dios cuando había pasado la noche en oración al Padre.

Aquí estamos nosotros con Jesús también queriendo llenarnos de su vida y alcanzar la salud y la salvación. Es lo primero que tenemos que aprender, a estar con Jesús. Estar no siempre significará tener que hacer muchas cosas, sino simplemente estar gozándonos de su presencia, sintiendo en nuestro corazón el calor de su amor. 

Tenemos que aprender a estar con Jesús en la oración. Eso tiene que ser nuestra oración, un saber estar con Dios, sentir y saborear su presencia, gozarnos con El allá dentro de nuestro corazón, como gozan dos amados por estar juntos aunque nada se digan, porque el silencio y la presencia hablan mucho más que las palabras en muchas ocasiones, sintiendo de verdad enfervorizado el corazón. 

Algunas veces estamos muy preocupados en nuestras oraciones por lo que tenemos que decir, por los rezos que tenemos que hacer y nos olvidamos de lo más principal, sentir y gozarnos en la presencia del Señor. Cuando así nos gozamos con El aunque nosotros no le digamos nada, sí vamos a sentir el calor y el fuego de su palabra en nuestro corazón. Hagamos silencio dentro de nosotros, aprendamos a sentir a Dios. Seguro que vamos a escuchar muy claro allá en nuestro corazón la misión que a nosotros también nos va a confiar.

lunes, 10 de septiembre de 2012


Pasó haciendo el bien y resplandeció la luz
1Cor. 5, 1-8; Sal. 5; Lc. 5, 6-11

Las tinieblas se resisten a la luz; las tinieblas pretenden hacer desaparecer la luz, ¿de quién será la victoria?
‘Los letrados y fariseos, que estaban al acecho de lo que hacía Jesús… se pusieron furiosos y discutían que había que hacer con Jesús’. Las tinieblas que se resisten y que quieren hacer desaparecer la luz. 
¿Qué había hecho Jesús para que así los fariseos y letrados quisieran quitar de en medio a Jesús? Hacer brillar la luz del amor. Y esa luz siempre busca la vida, nos llena de vida. Es lo que Jesús viene a hacer. El es la luz del mundo, terminará diciéndonos.

‘Jesús entró en la sinagoga el sábado a enseñar’, como tantas veces haría. Pero allí ‘había un hombre que tenía una parálisis en el brazo derecho’. Con todo detalle nos lo está describiendo el evangelista. Y, como decíamos, los fariseos están al acecho a ver lo que hace Jesús porque es un sábado y no está permitido ningún trabajo.  Jesús sabía que estaban al acecho. Jesús ya estaba viendo la resistencia de las tinieblas a la luz. Pero la luz tiene que brillar. El amor no puede permitir el sufrimiento de un hombre. Y Jesús puede actuar y actuará.

‘¿Qué está permitido un sábado?’, pregunta Jesús. Los judíos lo tenían muy reglamentado y los fariseos lo miraban con lupa, hasta donde se puede llegar y qué es lo permitido o no permitido. En sus reglamentaciones miraban más por la ley que por el hombre, por la dignidad de la persona. ¿Podemos dejar a un hombre en su sufrimiento si podemos aliviarlo o podemos quitarlo simplemente porque sea sábado? Será la victoria del amor y de la luz, aunque aquellos fariseos y letrados no lo lleguen a comprender. 

Allí se manifestará el poder de Jesús. Allí se manifestará lo que es el amor de Jesús. Allí nos está diciendo cual es la salvación que nos viene a traer Jesús. Allí se nos están señalando caminos por donde nosotros hemos de caminar si en verdad somos seguidores de Jesús. 

Siempre la luz; siempre el bien; siempre el amor; siempre lo bueno que hemos de buscar para los demás. Ante la necesidad, el sufrimiento, el dolor nunca nos podremos quedar con los brazos cruzados si nosotros nos hemos llenado de la luz de Jesús, si nos sentimos inundados de su amor. Hemos de repartir esa luz, llenar el mundo de luz, inundar el mundo de amor.

De Jesús se dice en la Escritura que ‘pasó haciendo el bien’. Es lo que tiene que decirse de nosotros; allí por donde vamos siempre tenemos que estar haciendo el bien, siempre hemos de estar repartiendo amor, siempre hemos de saber llevar vida, paz a los que nos rodean. Hay muchos sufrimientos en la vida que podemos calmar, muchas tristezas que tenemos que disipar, muchos corazones rotos que hemos de componer, muchas vidas sin esperanza que tenemos que despertar a la esperanza, muchos llenos de muerte que hemos de resucitar, muchas oscuridades que iluminar.

Aunque no nos entiendan; aunque a nosotros a veces nos cueste también, porque se nos meten por dentro los gusanillos del egoísmo, de la desconfianza, de tantas cosas, de tantas tinieblas que quieren frenar el avance de la luz. En Jesús y con Jesús nos hemos de sentir fuertes. Siempre tenemos que mirar el bien del hombre, el bien de la persona; siempre tiene que brillar la luz. Cuántas cosas podemos hacer, cuántas cosas tenemos que hacer.

La salvación que Jesús nos ha regalado no nos la podemos quedar de forma egoísta solo para nosotros. Esa luz de la salvación hemos de llevarla a los demás. Es la tarea que Jesús nos confía.

domingo, 9 de septiembre de 2012


Los oídos del sordo se abrirán, la lengua del mudo cantará…
Is. 35, 4-7; Sal. 145; Sant. 2, 1-5; Mc. 7, 31-37

Sin verdadera comunicación es difícil que podamos entrar en comunión los unos con los otros; comunicándonos nos conocemos, trasmitimos lo profundo de nosotros mismos y entramos también en lo profundo que el otro quiere trasmitirnos. Por los sentidos físicos nos comunicamos porque hablamos, vemos, oimos, palpamos y la discapacidad por falta de alguno de nuestros sentidos crea dificultad en la comunicación y en consecuencia de la comunión entre unos y otros. Pero no son sólo estas barreras de discapacidad fisica las que pueden crear impedimentos porque desgraciadamente muchas veces en la vida ponemos barreras que nos impiden esa necesaria comunicación y comunión.

Hoy el evangelio nos está hablando de un hombre sordo que además apenas podía hablar. Quienes hayamos tenido la experiencia de convivir o estar cercano a personas sordas sabemos de la dificultad de esa comunicación y cuántos problemas se crean además para la convivencia. Muchas amarguras y tristezas podemos contemplar en ocasiones en estas personas. Es cierto que la inteligencia humana hace maravillas y llegamos a crearnos y utilizar otros lenguajes para la comunicación y una persona madura sabe saltar, al menos lo intenta, esas barreras que pudieran apartarnos los unos de los otros y superar esas tristezas y amarguras. Cosa que no siempre es fácil y tendría que ser un toque de atención para todos.

Le presentaron a este sordomudo a Jesús  ‘y le piden que le imponga la manos’. Ya hemos escuchado el relato del evangelio con los gestos que Jesús realiza tocando sus oidos y su lengua, y a aquel hombre ‘al momento se le abrieron los oídos, se le soltó la traba de la lengua y hablaba sin dificultad’. Se manifiesta así la gloria del Señor y al divulgarse la noticia  ‘en el colmo de su asombro decían: Todo lo ha hecho bien: hace oír a los sordos y hablar a los mudos’. 

El profeta había anunciado, como escuchamos en la primera lectura. ‘Sed fuertes, no temáis. Mirad a vuestro Dios que trae el desquite, viene en persona, resarcirá y os salvará: se despegarán los ojos del ciego, los oídos del sordo se abrirán, la lengua del mudo cantará…’ Viene el Señor con su salvación. En el evangelio le contemplamos realizando maravillas. El Señor sigue haciendo maravillas en nosotros. Lo que escuchamos en el evangelio son signos de toda esa salvación que el Señor quiere para nosotros.

El mensaje que nos quiere ofrecer hoy la Palabra de Dios es hermoso y es profundo. Tenemos que descubrir y sentir todo lo que el Señor quiere trasmitirnos. Este pasaje del evangelio me hace pensar y reflexionar en muchas cosas. De entrada tendríamos que decir que no pongamos barreras en nuestro corazón y en nuestro espíritu a la Palabra que el Señor quiere dirigir a nuestra vida. Podríamos ya pedirle que toque nuestros oídos, nuestra lengua, nuestro corazón, nuestra vida para que se abran de verdad a su Palabra, que algunas veces no queremos escuchar, algunas veces nos hacemos sordos a lo que el Señor quiere decirnos o pedirnos.

Una cosa en lo que también nos ilumina esta Palabra del Señor es en la solidaridad que tendríamos que aprender a tener con todas aquellas personas que padecen algun tipo de discapacidad física en sus sentidos, - ciegos, cojos, sordos o cualquier otra limitación o discapacidad -, y que ya tendríamos, tanto a nivel personal o individual, pero también desde nuestra sociedad, que aprender a valorar a estas personas cuyo valor y dignidad está por encima de esas limitaciones, y también poner todo lo necesario para no crearles barreras en su comunicación con los demás, así como ayudarles a que ellas mismas se valoren y sean capaces de desarrollar todas las posibilidades que tienen como personas. Cuánto habría que hacer en este sentido.

Pero también podemos abundar en algo más. En el comienzo de esta reflexión, casi como una introducción, hablábamos de la comunicación que nos lleva a la comunión, y decíamos que no nos quedamos sólo en la comunicación que a través de nuestros sentidos físicos podemos realizar. 

Y hemos de reconocer que en muchas ocasiones ponemos barreras en esa comunicación mutua. Con qué facilidad nos encerramos en nosotros mismos de forma egoísta aislándonos de los demás, ignorándonos mutuamente quizá. En un mundo en el que vivimos hoy tan adelantado en medios de comunicación que nos facilitan el poder estar en contacto on personas de cualquier lugar del planeta - ahí tenemos internet o los modernísimos medios de telefonía -, quizá no somos capaces de escuchar al que está más cerca de nosotros y creamos aislamientos y silencios en nuestras relaciones. 

Qué difícil se nos hace a veces escucharnos sin prevenciones ni prejuicios. Y cuando no nos escuchamos de verdad que injustos somos con los que nos rodean, porque enseguida nacen sospechas y desconfianzas. Y ese no es el camino del amor verdadero que un cristiano ha de vivir.

No somos capaces de abrir nuestro corazón a nadie y tenemos miedo a compartir lo más hondo de nuestro yo a causa quizá de nuestros miedos o complejos. En la vida nos vamos encontrando con seres que caminan solos, quizá porque ellos no han sabido abrirse a los demás, pero también muchas veces porque somos nosotros los que los aislamos, le negamos la comunicación. Por otra parte cuántas discriminaciones vamos haciendo en la vida desde tantos baremos que nos creamos para aceptar a unos sí y a otros no. 

Muchas más cosas podríamos reflexionar en este sentido. Si antes pedíamos que el Señor pusiera su mano sobre nosotros para despertarnos y abrir los oidos de corazón a la Palabra que quiere decirnos, ahora tenemos que seguirle pidiendo, sí, que ponga su mano sobre nuestra vida para que rompamos de una vez por todas esas barreras que de una forma o de otra nos vamos creando y que nos separan, aislan o hacen surgir discriminaciones.

El Señor que nos ha dejado el mandamiento del amor como nuestro distintivo despierte ese amor en nuestro corazón para que lleguemos a esa verdadera comunicación que nos lleve a una comunión profunda entre todos. Que abramos nuestros ojos a la luz del evangelio, nuestros oídos a su Palabra salvadora para que nos dejemos transformar por su gracia y ser ese hombre nuevo del evangelio, en el estilo del amor que Jesús vivió y nos enseña que hemos de tenernos los unos con los otros.

Viene el Señor, como decia el profeta, a traernos la salvación. Que llegue su salvacion en verdad a nosotros porque se nos abran nuestros ojos y oidos a su gracia salvadora. Que se abran también nuestros labios que seamos capaces de trasmitir esa Palabra de salvación a los demás. No echemos en saco roto la gracia del Señor.

sábado, 8 de septiembre de 2012


Desbordo de gozo con el Señor en el nacimiento de María
Miq. 5, 2-5; Sal. 12; Mt. 1, 1-16.18-23

‘Dichosa eres, Santa Virgen María, y muy digna de alabanza; de ti ha salido el sol de justicia, Cristo nuestro Dios’. Dichosa, feliz, te decimos María en el día en que celebramos tu nacimiento. Te felicitamos y nos felicitamos contigo. Te felicitamos y contigo nos alegramos en tu natividad porque tu nacimiento es la aurora que anuncia el día de la salvación, tu nacimiento nos anuncia la llegada de la salvación. Felicidades, madre; felicidades, María. ‘Hoy nace una clara estrella, tan divina y celestial, que, con ser estrella, es tal, que el mismo sol nace de ella’, que dice la liturgia en este día en uno de sus himnos.

Claro que sí, tenemos que felicitar a María. ‘Desbordo de gozo con el Señor, cantaré al Señor todo el bien que me ha hecho’, repetíamos en el salmo. Así nos llenamos de gozo en esta fiesta de la Natividad de María. 
Si a cualquiera de los seres de este mundo que conocemos y amamos los felicitamos en el día de su cumpleaños, así también tenemos que felicitar a la madre, tenemos que felicitar a María. Es nuestra madre; es la madre del Señor; por ella nos llegó la salvación. Así nos lo repite de mil maneras la liturgia en este día. Y como dice uno de los himnos litúrgicos de esta fiesta celebrar la natividad de María es como ensayar o entrenarnos para cuando celebremos la Natividad del Señor. ‘Canten hoy, pues nacéis vos, los ángeles, gran Señora, y ensáyense, desde ahora, para cuando nazca Dios’.

Así hoy por todos los lugares celebramos una fiesta en honor de María en sus distintas advocaciones. Y la llamamos la Madre de la Luz, y la Madre de los Remedios en muchos pueblos de nuestras islas, y otras muchas advocaciones más locales como la Virgen del Pino en Gran Canaria y con otros nombres en otros lugares.

Pero la mejor felicitación que le podemos hacer a María, el mayor amor que le podemos mostrar es querer parecernos a ella en su fe, en su amor, en su santidad. Contemplamos a María en la grandeza a la que Dios quiso llamarla para que ocupara un lugar importante en la historia de nuestra salvación siendo la madre del Salvador. Pero es que el Señor se había complacido en ella por su fe grande y por su amor, por su humildad y por la santidad con que quería resplandecer en su vida. 

Es cierto que ya el Señor la hizo grande y la llenó de todas las gracias cuando incluso la preservó de la mancha del pecado original, pues santa había de ser la que llevara en su seno al Hijo de Dios en su encarnación. Pero si el Señor la llenó de gracia no le restó para nada su libertad, libertad con la que ella día a día respondía al Señor sintiéndose pequeña y humilde, pero grande en su fe y en su amor. María es el mejor ejemplo de respuesta a la gracia del Señor. El sí que en Nazaret dio como respuesta al anuncio del ángel de parte del Señor era el sí que cada día ella daba a Dios en su fe y en su amor. 

Es la gracia con la que el Señor quiere fortalecernos también a nosotros en cada día y en cada instante de nuestra vida. De María hemos de aprender a responder a la gracia del Señor. Ella estaba llena de Dios y por eso sabía decir sí en cada momento; nosotros en la debilidad de nuestro pecado muchas veces en lugar de llenarnos de Dios nos llenamos de nuestro yo, de nuestros orgullos o de nuestros saberes, olvidándonos de Dios. Es lo que tenemos que aprender a hacer como lo hizo María. Pongamos humildad en nuestro corazón para dejarnos conducir por el Señor, como lo hizo María. 

Hoy en la oración hemos pedido que ‘cuantos hemos recibido las primicias de la salvación por la Maternidad de la Virgen María, consigamos aumento de paz en la fiesta de su nacimiento’. Que nos llenemos, sí, de esa paz cuando el corazón lo tenemos lleno de Dios. Por eso quiero terminar esta reflexión con el final de uno de aquellos himnos litúrgicos de la fiesta de la Virgen que antes mencionábamos. ‘Vete sembrando, Señora, de paz nuestro corazón, y ensayemos, desde ahora, para cuando nazca Dios’.

viernes, 7 de septiembre de 2012


Algo nuevo está surgiendo con Jesús que algunas veces cuesta aceptar
1Cor. 4, 1-5; Sal. 36; Lc. 5,33-39

Algo  nuevo está surgiendo con Jesús. Aquella cercanía nueva de Jesús con las gentes en que todos pueden acercarse a El y El quiere estar con todos, aquella nueva forma de hablar y de enseñar, aquellas esperanzas de algo nuevo que les hacía crecer por dentro que iba surgiendo en el corazón de los sencillos y de cuantos le escuchaban, aquellos signos que iba realizando al curar a los enfermo y expulsar con autoridad a los espíritus inmundos de los poseídos eran señales claras e inequívocas del Reino Nuevo que Jesús estaba anunciando.

Había comenzando anunciando la llegada del Reino de Dios y que había que convertirse y creer en la Buena Noticia que les anunciaba. Quienes escucharan con atención sus palabras y siguieran su actuar podían ir vislumbrando todo eso nuevo con lo que Jesús quería transformar el corazón del hombre. 

Pero siempre nos encontraremos con quienes se resisten a cambiar y aceptar lo nuevo, aquellos a los que les cuesta arrancarse de sus tradiciones y ni siquiera quieren pensar en que pueda haber algo nuevo y mejor. Eso es algo que sucede en todos los tiempos, porque nos puede suceder hoy. Por eso se aferran a sus tradiciones y a las normas que lo quieren tener todo atado y bien atado. 

Es lo que les sucedía a los fariseos y a tantos que irán manifiestan también un rechazo a Jesús y su predicación y no terminarán de comprender el Reino nuevo que Jesús anuncia y quiere instaurar. Serán así las preguntas que le planteen a Jesús y en el fondo el rechazo a la salvación que Jesús viene a ofrecernos. En sus tradicionalismos y reglamentaciones surgirán las preguntas para ponerlo a prueba, porque no siempre es que no entiendan lo que Jesús enseña, sino más bien que no quieren entender.

A las preguntas sobre el ayuno que los fariseos y los discípulos de Juan hacen y no hacían con el mismo entusiasmo sus discípulos, Jesús les hablará de un banquete de bodas en el que mientras se celebra no caben las tristezas y los lutos. Ya Jesús propondrá en otros momentos en sus parábolas que el Reino de Dios es como un banquete de bodas al que todos estamos invitados y todos hemos de participar de esa fiesta con alegría vistiéndonos también el traje de fiesta. Tiempo habrá para duelos y tristezas, cuando se lleven el novio, en clara referencia a lo que va a ser un día su pasión.

Por eso Jesús propondrá otras imágenes como las de los remiendos que no caben en un manto nuevo, y la de los odres nuevos necesarios para el vino nuevo. Tenemos que vestirnos ese manto nuevo, esa vestidura nueva de la vida nueva que Jesús nos ofrece con su salvación. Seguirle no es cuestión de ir poniendo remiendos en nuestra vida, sino que todo ha de transformarse por la fuerza de la gracia para dejar atrás para siempre todo lo que corresponda al hombre viejo. De hombre nuevo nos hablará san Pablo en sus cartas. 

Y de la misma manera nos habla de los odres nuevos, porque la vida que Jesús nos ofrece es un vino nuevo y distinto que nos hace caminar por caminos de plenitud. Podríamos recordar aquí también la imagen del vino nuevo que se nos ofrece cuando el evangelio nos hable de las bodas de Caná de Galilea donde Jesús ofrecerá un vino nuevo y mejor para aquella fiesta de la vida. No podemos seguir utilizando odres viejos cuando queremos vivir el vino nuevo de la gracia. Así tiene que transformarse total y radicalmente nuestra vida cuando seguimos a Jesús. No podemos seguir con añoranzas de lo viejo.

¿Seremos en verdad ese odre nuevo, ese hombre nuevo que así nos hayamos dejado transformar por la gracia de Jesús? ¿En verdad creemos en esa novedad de vida nueva que nos ofrece el Evangelio? Tenemos que dar señales de esa vida nueva, de ese hombre nuevo de la gracia que hemos de ser. No podemos andar con apaños, arreglitos y remiendos sino que en verdad manifestemos con nuestra vida esa novedad del Evangelio y del Reino de Dios. Muchas conclusiones concretas, muy concretas, tendríamos que sacar también para nuestra manera de ser iglesia. Algunas veces pareciera que andamos todavía en el Antiguo Testamento.

jueves, 6 de septiembre de 2012

Humildad, disponibilidad, generosidad para dejarnos conducir por Jesús

Humildad, disponibilidad, generosidad para dejarnos conducir por Jesús
1Cor. 3, 18-23; Sal. 23; Lc. 5, 1-11
El marco del mar de Galilea o lago de Tiberíades fue escenario de momentos muy importantes en el comienzo del anuncio del Reino de Dios y en las decisiones importantes que toman los primeros discípulos de seguir a Jesús. Son muchos los acontecimientos alrededor del lago y muy significativos todos ellos para enseñarnos lo que Jesús quería ofrecernos con su salvación y las actitudes nuevas que han de nacer en nuestro corazón.

‘La gente se agolpaba alrededor de Jesús para oír la Palabra de Dios estando a las orillas del lago’. Utilizará Jesús una de aquellas barcas allí fondeadas, mientras los pescadores lavan y repasan las redes, separada un poco de la orilla como un magnífico estrado desde el que poder hablar a cuantos se han reunido allí en la playa. ‘Desde la barca sentado enseñaba a la gente’. Ya no sería solamente en la sinagoga los sábados sino que se aprovechará toda ocasión, como será en otras ocasiones en lo alto de la montaña o en las casas o en los caminos.

Pero no concluirá en esto ese día el actuar de Jesús. Vendrá como a poner a prueba la fe de aquellos discípulos que le seguían más de cerca, cuando le pida a Pedro que reme mar adentro para echar las redes. Frente a frente el saber hacer profesional de los pescadores que no han cogido nada en una noche de pesca con la palabra de Jesús que les está pidiendo fiarse de El, como hiciera desde que comenzara a anunciar la Buena Noticia del Reino de Dios. Conversión, cambio del corazón les había pedido que ahora tendría que traducirse en unas actitudes nuevas de confianza en la palabra de Jesús.

¿Le costaría a Pedro tomar la decisión de aceptar lo que Jesús le estaba ahora pidiendo? Es probable que sí - ‘nos hemos pasado la noche bregando y no hemos cogido nada’ - pero se fiará de Jesús - ‘pero por tu nombre echaré las redes’ -. Se había realizado el milagro, manifestado en la multitud de peces que ahora llenan sus redes hasta casi reventarlas, pero el milagro grande se está produciendo en el corazón de Pedro y de los que los acompañaban. Se les están abriendo los ojos a un mundo nuevo, a una vida nueva, de la que ellos no se consideran dignos.

Humildad ya había tenido Pedro para fiarse de Jesús y echar las redes, aunque él creía saber por su propia experiencia que allí no se podía pescar nada, pero cuando hay humildad en el corazón se desencadena una lluvia de gracias y de maravillas del Señor que se suceden. Reconoce ahora Pedro que es indigno y que es pecador - ‘apártate de mí, Señor, que soy un pecador’ -, pero será un ponerse en camino para cosas mayores que el Señor quiere realizar en él. ‘No temas, desde ahora serás un pescador de hombres’, y las disponibilidades se siguen sucediendo en el corazón de Pedro y los demás pescadores. ‘Ellos sacaron las barcas a tierra y, dejándolo todo, lo siguieron’.

Caminos de humildad y apertura de los ojos del corazón para contemplar y reconocer las maravillas del Señor son los pasos que dieron aquellos corazones para ponerse en camino con decisión para seguir a Jesús. Cristo viene con su salvación a nosotros y no quiere ni que nos hundamos en los mares de la vida ni nos dejemos enredar por tantas cosas que nos cogen el corazón impidiéndonos vivir de verdad la libertad de los hijos de Dios. Pedro y aquel primer grupo de discípulos se dejaron conducir por el Señor y comenzaron a vivir la salvación que Jesús nos traía transformando su corazón y su vida desde la humildad, la generosidad, la disponibilidad y el amor por seguir a Jesús.

¿Seremos capaces nosotros de vivir unas actitudes semejantes para vivir la salvación que Jesús nos ofrece?

miércoles, 5 de septiembre de 2012


Se siguen manifestando los signos del Reino de Dios
1Cor. 3, 1-9; Sal. 32; Lc. 4, 38-44

Se seguían manifestando los signos del Reino de Dios con la presencia de Jesús. En la sinagoga no sólo le oímos enseñar a la gente sino que al expulsar el demonio inmundo de aquel hombre se nos manifestaba la liberación total que Jesús quiere realizar en nuestra vida. Ahora serán otros signos en los milagros y curaciones que va realizando.

Será primero la suegra de Pedro que está en cama con fiebre y hasta la que llega Jesús para levantarla y sanarla; luego serán muchos enfermos, de toda clase de enfermedad, los que acudan a la puerta al caer la tarde - cuando ya pasara el descanso sabático - y todos serán curados. 

El signo está en esa curación que Jesús va realizando como señal de la vida que Jesús quiere que tengamos, pero el signo está también en la manera cómo se acerca Jesús a los enfermos o deja que los enfermos se acerquen a él. Se dirigió directamente a la suegra de Pedro que estaba en cama con fiebre y la levantó. Luego le traerán muchos enfermos ‘y El, poniendo las manos sobre cada uno, los iba curando’. No son seres anónimos e impersonales los que acuden a Jesús y Jesús los cura. A cada uno en particular, podíamos decir, Jesús se acerca, lo levanta con su mano o le impone las manos. Cada uno desde su situación acude a Jesús, y a cada uno en particular en su propio dolor o enfermedad Jesús los va curando.

Así acudimos a Jesús, con nuestra vida, con nuestros dolores o sufrimientos, con nuestros propios y personales problemas, con nuestra necesidad, cada uno con lo que somos o tenemos y queremos que Jesús nos sane, nos llene de vida ahí donde está nuestra muerte, nuestro sufrimiento, nuestro mal. Jesús quiere llegar personalmente a cada uno de nosotros. No somos seres anónimos para El sino que El nos conoce por nuestro nombre, con nuestra vida o con nuestra muerte, con nuestras necesidades de una forma concreta.

Esto nos enseña muchísimo para nuestra forma no solo de acercarnos a Dios sino también de nosotros acércanos a los demás, para escucharnos mutuamente, para comprendernos en lo que somos, para ayudarnos en lo que realmente necesitamos, para que haya en verdad ese trato personalizado entre cada uno de nosotros. Esto nos enseña muchísimo también para quienes tenemos una función pastoral dentro de la Iglesia, para que en verdad conozcamos a cada uno de una forma personal y a cada uno llevemos la Palabra del Señor que nos sana y que nos salva allí donde cada uno lo necesitamos.

Pero creo que este evangelio puede decirnos muchas cosas más, por ejemplo en la manera cómo hemos de responder a esa gracia sanadora que el Señor nos va regalando. Yo diría, dos cosas: por una parte un deseo cada vez más grande de estar con el Señor, y por otra cómo ha de surgir en nuestro corazón el espíritu de servicio para ayudar en todo a los demás.

La gente acudía a Jesús y se agolpaba a la puerta buscándole, lo vemos muchas veces en el evangelio. Ahora al amanecer cuando Jesús se ha ido al descampado para su oración con el Padre - esto merecería otro comentario - vienen a decirle a Jesús que ‘la gente lo andaba buscando’. Jesús querrá ir a otras partes para enseñar también allí, pero está ese deseo de la gente de buscar a Jesús para estar con El. ¿Será así en nosotros?

Pero decíamos también que una señal de respuesta a la gracia sanadora de Jesús estará en el espíritu de servicio que tiene que surgir en el corazón. Como hizo la suegra de Pedro, que cuando Jesús la curó ‘levantándose en seguida, se puso a servirles’. Nos lo enseñará Jesús repetidamente en el evangelio, pero vemos ya desde las primeras páginas del evangelio de Lucas como aparece ese espíritu de servicio como respuesta a la salvación que Jesús nos ofrece. ¿Tendremos nosotros cada día más deseos de servir a los que nos rodean?

Nos queda la oración de Jesús en medio de toda aquella actividad. Siempre tuvo tiempo para su encuentro con el Padre, y nosotros tantas veces decimos que tenemos tanto que hacer que no tenemos tiempo para rezar.

martes, 4 de septiembre de 2012

Ungido del Espíritu para anunciar a los cautivos la libertad libera al hombre del espíritu inmundo

Ungido del Espíritu para anunciar a los cautivos la libertad libera al hombre del espíritu inmundo

1Cor. 2, 10-16; Sal. 144; Lc. 4, 31-37

‘Noticias de Jesús iban llegando a todos los lugares de la comarca’. Así concluye el texto del evangelio que nos ofrece hoy la liturgia. Ungido por el Espíritu había sido enviado para anunciar la Buena Noticia a los pobres, escuchábamos ayer en el texto de Isaías que Jesús proclamaba en la Sinagoga de Nazaret. Hoy, como continuación de aquel momento, le vemos en Cafarnaún enseñando en la sinagoga, pero realizando también los signos de salvación que estaban anunciados. Enseña en la sinagoga, pero su noticia, su Buena Noticia, llega a todas partes. ‘El Espíritu del Señor está sobre mi, porque El me ha ungido y me ha enviado para dar la Buena Noticia a los pobres…’ escuchábamos ayer como un programa.

Pero allá, en aquella profecía de Isaías se nos habla también de las señales con que se va a manifestar que llega la salvación, el año de gracia del Señor. Había sido enviado ‘para anunciar a los cautivos la libertad y a los ciegos la vista… para dar libertad a los oprimidos’. El mal ha de ser vencido y quiere arrancarnos de las garras de la esclavitud del mal. ‘Había en la sinagoga un hombre que tenía un demonio inmundo…’ y Jesús lo liberará de él. Es la señal de la liberación que Jesús quiere realizar en nuestra vida. Es su salvación en que nos libera del mal y del pecado. Es el año de gracia del Señor.

En Nazaret las gentes no habían entendido las palabras de Jesús que proclamaba que todo eso se estaba realizando, cumpliendo. Por eso rechazaron a Jesús a pesar de la admiración y orgullo que en principio habían sentido por El. No habían creído y hasta trataron de despeñarlo por un barranco. Ahora en Cafarnaún la gente se alegra. Estaban asombrados de cuanto sucedía. Jesús con autoridad había expulsado al demonio de aquel hombre. Y una señal de que lo estaban aceptando es que esa buena noticia se va a propagar por toda la comarca, todos van a conocer lo que Jesús está realizando.

Los espíritus inmundos aunque se resisten a la acción de Jesús al final quedarán vencidos y derrotados. ‘¿Qué quieres de nosotros, Jesús Nazareno? ¿Has venido a destruirnos? Sé quién eres, el Santo de Dios’. Terminan reconociendo a Jesús. Con la presencia de Jesús el mal está siendo derrotado. Los demonios reconocen que con Jesús tienen asegura su derrota.

Es el mal del que Jesús quiere liberarnos a nosotros. Nos esclavizamos con el pecado, pero Jesús viene a traernos la libertad. Aunque algunas veces no lo queramos reconocer el pecado es la peor esclavitud. Así nos confunde el maligno. Con el perdón que Jesús nos ofrece la victoria está asegurada. Tenemos que reconocer también nosotros esa acción de Dios. Con Jesús tenemos la certeza de que podemos vencer la tentación y al maligno. Pero tenemos que estar unidos a Jesús.

En ocasiones nos parece que nos sentimos tan débiles que nos parece que no podemos superar la tentación. Pero, ¿no será porque de alguna manera nosotros hemos abandonado a Jesús? Queremos actuar por nuestra cuenta y con nuestras fuerzas, pero es con Jesús con quien tenemos que contar, quien nos va a dar la victoria sobre el mal y el pecado. Esas señales de victoria se pueden seguir dando en nosotros, se siguen realizando en nosotros con la gracia del Señor. Confiemos en Jesús, pongamos toda nuestra confianza en El. Jesús nos trae la gracia y el perdón.

Que ese momento en el que al comenzar nuestra celebración nos reconocemos pecadores para invocar la misericordia del Señor lo hagamos siempre con todo sentido y profundidad. No puede ser un momento ritual vacío y realizado simplemente porque siempre tenemos que comenzar así nuestra celebración. Sintamos en verdad la esclavitud del pecado y la tentación que pesa sobre nosotros y reconozcamos lo grande que es la misericordia del Señor. Y como decimos de ese momento del principio de la Eucaristía de la misma manera esos otros momentos en que a través de la celebración una y otra vez pedimos al Señor que tenga piedad de nosotros. Es invocar al Señor para que venga con su gracia a nuestra vida.

lunes, 3 de septiembre de 2012

Estaban a la expectativa… y ¿nosotros?

Estaban a la expectativa… y ¿nosotros?
1Cor. 2, 1-5; Sal. 118; Lc. 4, 16-30

Estaban a la expectativa. ‘Jesús fue a Nazaret donde se había criado y entró en la sinagoga el sábado como era su costumbre’. Había hecho la lectura, del profeta Isaías. ‘Toda la sinagoga tenía fijos los ojos en El’ esperando su respuesta. Era de los suyos. Era el hijo del carpintero.

Sus palabras iniciales fueron breves. ‘Hoy se cumple esta Escritura que acabáis de oír’. Quizá no era necesario más. El profeta anunciaba los tiempos mesiánicos que allí se estaban cumpliendo. ‘El Espíritu del Señor se posó sobre mí, porque me ha ungido…’ Allí estaba el que estaba lleno del Espíritu de Dios, porque era el Hijo de Dios. Como el Bautista diría ‘yo vi bajar sobre El el Espíritu en forma de paloma’. Daba testimonio. Y allí estaba Jesús para hacer el anuncio de la Buena Noticia para los pobres, para los faltos de libertad, para los esclavizados por el mal. Su presencia era luz. Los ojos ciegos se iban a abrir, porque ‘el pueblo que habitaba en tinieblas vio una luz grande, una luz les brilló’. Se proclamaba ‘el Año de Gracia del Señor’.

Pero las gentes de Nazaret seguían a la expectativa. Como nos sucede tantas veces cuando escuchamos el anuncio y proclamación de la Palabra escuchamos solo algunas cosas, y las gentes de Nazaret habían escuchado más lo de que a los ciegos se les abrían los ojos; pensaban más en el milagro, en los milagros de los que se podían beneficiar. Ya habían oído decir que Jesús hacía milagros en Cafarnaún, los enfermos eran curados, los paralíticos recobraban el movimiento de sus miembros, los leprosos quedaban limpios… y allí en su pueblo ellos querían ver realizar esos milagros. Que para eso Jesús era de Nazaret. Pero parecía que Jesús no estaba por esa labor.

‘Me recitaréis aquel refrán: Médico, cúrate a ti mismo’. Era una forma de decirles que en realidad le estaban pidiendo que hiciera allí los milagros que sabían que hacía en Cafarnaún. Pero les recuerda lo sucedido en tiempo de Elías y Eliseo; cómo Elías fue enviado a atender a una viuda que no era judía sino fenicia, y Eliseo curó de la lepra a Naamán el sirio, habiendo como había necesitados y leprosos en Israel. Pero los caminos del Señor son distintos a cómo nosotros queremos trazarlos.

Al final los que estaban a la expectativa por todo lo que podían recibir de Jesús lo que quisieron fue despeñarlo por un barranco. La Palabra que Jesús les estaba anunciando no era una palabra para halagar oídos, ni para contentar sus aspiraciones nacionalistas. De lo que Jesús venía a liberarnos era algo mucho más hondo que aquello que ellos estaban pensando. El año de gracia proclamado por el Señor significaba cómo la salvación llegaba a sus vidas, pero había que comenzar por creer en Jesús y en su Palabra. Y eso les costaba más.

Como nos cuesta aceptarla tantas veces cuando la Palabra del Señor penetra como espada de doble filo en nuestro corazón, como decía el profeta, para que veamos la realidad de nuestra vida que hemos de transformar, la conversión auténtica que hemos de realizar en nuestro corazón. Muchas veces Estamos también a la expectativa como las gentes de Nazaret pero esperando palabras que nos entretengan o halaguen nuestros oídos, o más bien nuestro ego. Y cuando la palabra penetra así fuerte en nuestro corazón no nos gusta, o nos escudamos en que siempre es el mismo rollo, que es una forma de cerrar los oídos para no escuchar.

Abramos con sinceridad nuestro corazón al Señor y recibamos esa Palabra que nos salva, como nos decía ayer Santiago. No nos limitemos a escucharla, sino plantémosla de verdad en nuestro corazón, aunque ese plantar esa semilla de la Palabra de Dios se costoso y en ocasiones doloroso. Cuando el agricultor va a sembrar la semilla en la tierra, esa tierra tiene que ser arada, cultivada lo que no es cosa fácil, para que podamos enterrar esa semilla y para que luego el agua y los abonos la empapen debidamente para que pueda germinar esa semilla. Es lo que nosotros tenemos que dejarnos hacer en el corazón.

domingo, 2 de septiembre de 2012


La sabiduría y la inteligencia de un corazón lleno de autenticidad y verdad
Deut. 4, 1-2.6.8; Sal. 14; Sant. 1, 17-18.21-22.27; Mc. 7, 1-8.14-15.21-23

‘Aceptad dócilmente la palabra que ha sido plantada y es capaz de salvaros. Llevadla a la práctica y no os limitéis a escucharla, engañándoos a vosotros mismos’. Hermosa exhortación que nos hace el apóstol Santiago en su carta. La Palabra que es capaz de salvarnos; la Palabra que sido plantada en nosotros que para dar fruto hemos de llevarla a la práctica de nuestra vida. 

Cuántas veces, hemos de reconocer, ni bien la escuchamos. Oímos cómo se proclama en nuestra celebración pero se queda en palabras que vuelan alrededor de nuestros oídos pero no penetra dentro de nosotros, no la escuchamos. No dará fruto en nuestra vida, como la semilla sembrada al borde del camino, entre pedruscos o en medio de zarzales. Y sin embargo ahí tenemos nuestra sabiduría y nuestra inteligencia. ‘Así viviréis… nos decía el Deuteronomio, ponedlos por obra porque son vuestra sabiduría y vuestra inteligencia’, que causarán admiración a todos los pueblos.

Pero la ley del Señor, la Palabra del Señor ha de ser algo que hemos de llevar en el corazón. Lo tenemos que expresar con toda nuestra vida y se reflejará en las obras externas que hagamos, en nuestros comportamientos y en nuestras actitudes, pero tiene que nacer desde lo más hondo de nosotros mismos. 
Escuchamos en el evangelio cómo vienen algunos a Jesús muy preocupados porque los discípulos de Jesús no realizan algunos actos rituales a los que los fariseos les daban una gran importancia. ‘Se acercó a Jesús un grupo de fariseos con algunos escribas de Jerusalén… y le preguntaron a Jesús: ¿Por qué comen tus discípulos con manos impuras y no siguen la tradición de los mayores?’ 

El evangelista que está escribiendo el evangelio para cristianos que no provenían del judaísmo explica con detalle las tradiciones de los judíos que los fariseos cumplían con tanta rigidez sobre las purificaciones rituales que habían de hacer antes de las comidas y en otros momentos. Ya lo hemos escuchado en la proclamación del evangelio y en distintos momentos lo hemos comentado. Claro que tendremos que preguntarnos si no nos queda algo de eso a nosotros aún.

Esto dará pie a Jesús por una parte para denunciar la hipocresía de los fariseos pero para hacernos reflexionar a todos sobre donde hemos de buscar la auténtica santidad: en la rectitud y pureza del corazón para no quedarnos en ritualidades vacías y en superficialidad, sólo en palabras o cosas externas. 

Cuando hay vacío interior todo se vuelve falsedad e hipocresía, buscamos la apariencia  lo que nos pueda halagar, no importándonos el daño que podamos hacer a los demás. Recuerda lo dicho por el profeta: ‘este pueblo me honra con los labios pero su corazón está lejos de mi; el culto que me dan está vacío, porque la doctrina que enseñan son preceptos humanos’. 

Todo tiene que arrancar de un corazón puro y sin malicia, un corazón libre de malas intenciones y un corazón con la profundidad del amor, que será entonces un corazón verdaderamente santo. ‘Nada que entre de fuera puede hacer al hombre impuro, lo que sale de dentro es lo que hace impuro al hombre’. Podemos llevar las manos muy limpias pero nuestro corazón estar lleno de maldad; podemos contentarnos con cumplir exteriormente con toda fidelidad pero allá en nuestro corazón estar pensando cómo podemos fastidiar a éste o al otro porque quizá no me cae bien o porque no ha sido todo lo bueno conmigo. 

Muchas situaciones semejantes podemos recordar donde quizá queremos aparecer como buenos y cumplidores pero el corazón estar vacío. Tenemos también la tentación de quedarnos en bonitas palabras pero que luego no se reflejan realmente en las actitudes de nuestra vida. Cuántas veces nos sucede.

Podemos hablar mucho de justicia, de paz, de solidaridad, de que queremos que nuestro mundo sea mejor, que tenemos que ser hermanos pero luego eso no se refleja en nuestros comportamientos porque en el día a día nos tratamos mal, nos somos capaces de aceptarnos y perdonarnos, siguen habiendo brotes de violencia o de egoísmo insolidario pensando primero en mi mismo que en los demás. Incongruencias y vacíos que aparecen muchas veces en la vida. Qué fácil es hablar tantas veces diciendo cosas hermosas y qué poco es lo que hacemos.

Es en el corazón donde están las malas intenciones, la malicia y la envidia, el orgullo y la ambición, la malquerencia y la mentira, los deseos de venganza que algunas veces queremos disfrazar de justicia y lo que puede hacer daño al hombre, a nosotros mismos y a los demás. Y eso sí que nos llena de pecado; eso sí que hace daño a los demás, eso sí que nos lleva a actuar mal y a ser injustos con los otros. Nos cubrimos con la máscara de la apariencia mientras el corazón está lleno de podredumbre y pecado.

Purifiquemos nuestro corazón de toda esa maldad y llenémoslo de lo que verdaderamente puede conducirnos a la mayor plenitud; pongamos buenos deseos y pongamos el amor que nos conduce a plenitud; despertemos en nosotros deseos y aspiraciones a cosas nobles y grandes pero alejemos de nosotros todo tipo de orgullo y de soberbia; démosle profundidad espiritual centrando de verdad nuestro corazón en Dios; empapémoslo de los valores del evangelio y busquemos primero que nada el Reino de Dios y su justicia y entonces caminaremos por los mejores caminos de dicha y de felicidad al estilo de las bienaventuranzas que nos proclamó Jesús. Comprenderemos entonces donde está nuestra verdadera sabiduría e inteligencia, como nos decía el Deuteronomio.

No será entonces un corazón vacío y superficial el que haga sentir sus latidos dentro de nosotros, sino que será en verdad el motor que anime y dé profundidad a todo aquello que vamos realizando; llenos así de Dios sentiremos la fuerza de su gracia para hacer siempre el bien, para buscar siempre lo bueno y lo justo, para caminar en la verdad y en la autenticidad, para ir construyendo día a día el Reino de Dios, y para hacer que entonces siempre busquemos por encima de todo la gloria del Señor.

Purificación y autenticidad de vida que hemos de reflejar cada uno de nosotros los que nos decimos seguidores de Jesús a nivel individual y personal y también en nuestros grupos e instituciones cristianas y apostólicas, también como Iglesia de Jesús. Reconozcamos que no siempre damos el ejemplo necesario y conveniente en este sentido, porque somos débiles y pecadores, y la Iglesia está formada y compuesta por miembros que somos pecadores. 

Autenticidad y verdad que hará más creíble el evangelio a los ojos del mundo que nos rodea, porque el mundo, nuestra sociedad necesita testigos y testigos auténticos. Vamos a anunciar la Palabra de Dios, pero hemos de proclamarla desde la autenticidad de nuestra vida.

sábado, 1 de septiembre de 2012

Exigentes con nosotros mismos para poner nuestros valores al servicio de los demás
1Cor.1, 26-31; Sal. 32; Mt. 25, 14-30

Cuando no somos capaces de dar la talla de lo que se espera de nosotros, pudiendo darla, siempre tendremos o buscamos alguna disculpa que nos justifique. Porque quizá no somos exigentes con nosotros mismos para hacer lo que tenemos que hacer, nos es fácil decirle a los demás que ellos son los exigentes porque nos hacen ver que no estamos dando todo lo que podríamos dar.

Eso nos hace actuar con recelos, con miedos, con temores y desconfianzas, lo que nos anula aún más, y fácilmente pueden aflorar las envidias y rivalidades hacia los demás porque ellos sí son capaces de responder a las responsabilidades que se les han confiado. Y ya sabemos que cuando afloran las envidias nos podemos volver realmente destructores con los demás.

Tratando de leer con detenimiento y reflexionando un poquito sobre la parábola que hoy nos ha propuesto el evangelio, un poco de todo eso me parece ver en aquel a quien se le había confiado un talento y lleno de temores y desconfianzas lo enterró para no perderlo porque temía las exigencias de su amo. Sin embargo no supo ser exigente consigo mismo para salir de esa desconfianza que tenía en sí mismo quizá, o también de la abulia y pereza con que actuaba que no le hizo negociar o trabajar aquel talento que le había confiado.

Ya hemos escuchado el relato de la parábola que hemos meditado muchas veces. El hombre que marchaba de viaje y dejaba a sus empleados su bienes para que los administrasen en su ausencia. ‘A uno le dejo cinco talentos, a otro dos, y a otro uno, cada cual según su capacidad’. Ya hemos visto como dos de ellos sí supieron negociar aquellos talentos, pero el otro lleno de miedo y, como decíamos, de desconfianza en si mismo no fue capaz de hacerlos producir. Cada uno según su capacidad tenía que hacerlos producir. Es cierto que no todos tenemos las mismas cualidades, pero en cada uno de nosotros siempre hay unos valores que tenemos que saber desarrollar.

Nunca tenemos por que acomplejarnos ni sentirnos en inferioridad, sino que cada uno hemos de saber desempañar esas responsabilidades que se nos han confiado. Con muchos complejos vivimos muchas veces en la vida y no sacamos a flote todo lo que somos capaces. Ya hemos comentado en días anteriores que cada uno ha de examinarse a sí mismo para conocerse de verdad y conocer sus cualidades y valores.

Como decíamos antes los recelos y las envidias son malos consejeros en la vida porque a la larga nos hundirán cada vez más y al final también terminaremos haciendo daño a los que están a nuestro lado. Y eso en cualquier etapa o en cualquier estado de la vida. Siempre hay algo bueno que nosotros podemos aportar a los demás, con lo que podemos colaborar para hacer que nuestro mundo sea mejor y también para hacer más felices a los que están a nuestro lado. Y haciendo felices a los otros seremos nosotros mucho más felices.

Como siempre cuando escuchamos y reflexionamos sobre el evangelio podemos hacer concordancias con otros textos que nos ayudan con su mensaje. Recordemos cómo Jesús valoró los dos reales que puso la viuda en el cepillo del templo, o cómo nos dice que si no sabemos ser fieles en lo pequeño no sabremos serlo en lo grande. El grano que se siempre para que produzca mucho fruto es una pequeña e insignificante semilla, como pueda ser el grano de trigo o el grano de mostaza, como nos enseña Jesús en las parábolas. Lo pequeño se hace grande. Lo que hacemos con amor aunque nos parezca insignificante puede ser semilla que transforme nuestro mundo.

No enterremos nuestro talento. No actuemos con desconfianza ni hacia los demás ni con nosotros mismos. Seamos exigentes con nosotros para que siempre actuemos con responsabilidad y seamos capaces de poner todos nuestros dones en beneficio también de los demás.

viernes, 31 de agosto de 2012

El que está de guardia no se puede dormir
1Cor. 1, 17-25; Sal. 32; Mt. 25, 1-13

El que está de guardia no se puede dormir. Así de sencillo es el mensaje. La espera y la vigilancia no son una actitud o una postura pasiva. Es lo que hace el centinela o el vigía, es lo que tiene que hacer el controlador ya sea de un enorme complejo industrial o del tráfico aéreo. El que tiene la misión de vigilar tiene que estar siempre atento por lo imprevisto que pueda suceder, por lo que ha de tener preparado para que todo siga funcionando debidamente, o para recibir de la forma adecuada a quien pueda llegar, ya sea un personaje que esperamos o un ladrón que intentara robar o sabotearnos aquello que está a nuestro cuidado.

Es una actitud que ha de mantener en su vida el cristiano. Es el mensaje que quiere trasmitirnos Jesús con la parábola, que se nos adelantaba con la vigilancia a la que nos invitaba ayer o que se va a seguir prolongando en las parábolas de los próximos días.

En un momento de la parábola nos dice: ‘El esposo tardaba, les entró sueño a todas y se durmieron’. Por eso cuando llega el esposo no todas tenían preparado lo previsto para recibir al esposo. Muchas se quedarían sin poder entrar al banquete de bodas porque les faltó el aceite, se apagaban sus lámparas y mientras fueron a conseguir más la puerta de la boda se cerró y se quedaron fuera.

Lo hemos escuchado muchas veces y repetidamente lo hemos meditado, pero en esa vigilancia que necesitamos mantener nos es bueno que lo recordemos y lo meditemos una vez más. Algunas veces pensamos que como ya somos cristianos porque estamos bautizados y pensamos que aún mantenemos nuestra fe aunque fuera sólo de manera elemental ya con eso pensamos que nos es suficiente. Y vamos por la vida acordándonos de Dios quizá solo cuando tenemos problemas, los sufrimientos nos aparecen en la vida o queremos conseguir algo que deseamos y hacemos para ello mil promesas. O simplemente nos vamos dejando llevar porque en realizamos algunos actos piadosos desde momentos de fervor o devoción o nos contentamos con ir cumpliendo con aquellas cosas más elementales de nuestra religión.

Pero, ¿podemos quedarnos en eso si en verdad queremos vivir una vida cristiana? Creo que nos damos cuenta que el seguimiento de Jesús es mucho más que todo eso. Porque ser cristiano, es seguir a Jesús. Cristiano es el discípulo de Cristo, aprendimos en el catecismo. Y el discípulo es el que sigue a su maestro. Seguir, ponernos en camino, vivir de una manera distinta porque es seguir el camino de Cristo, vivir el camino de Cristo. ‘Ya sabéis el camino…’ recordamos que nos decía Jesús en una ocasión. ‘Yo soy el Camino, y la Verdad y la Vida’, terminaría diciendo Jesús entonces.

No podemos seguir un camino si no lo conocemos; no podemos seguir un camino si estamos durmiendo; no podemos seguir un camino y no nos preparamos adecuadamente para ello; no podemos seguir un camino si nos quedamos cómoda y pasivamente sentados esperando que otros lo hagan por nosotros. Es la vigilancia de la que nos está hablando Jesús en estos días. Es el poner todo nuestro empeño para que se pueda mantener encendida esa luz que nos ilumine el camino, como nos enseña hoy la parábola. Es el estar atentos al Señor que llega a nuestra vida, que pasa junto a nosotros invitándonos a seguirle. Es poner esa disposición por nuestra parte para ponernos a caminar con El y a su manera. Es querer conocer más y más a Jesús para que no nos confundamos con falsos Mesías o falsas luces que en la vida tratan de encandilarnos para alejarnos del camino verdadero que nos lleva a la vida.

La vida del cristiano no puede ser una vida pasiva, donde nos dejemos adormilar. Es una vida llena de esperanza pero que tenemos que alimentar muy bien con esa luz con que Jesús quiere iluminarnos. Que no se nos apague la luz. Que no nos apartemos nunca de Cristo y de su gracia que El nos regala en sus sacramentos.

jueves, 30 de agosto de 2012


Una responsabilidad, una trascendencia y un camino de plenitud
1Cor. 1, 1-9; Sal. 144; Mt. 24, 42-51

Si una persona no sabe administrar bien aquellos bienes que se le han confiado, derrocha de mala manera lo que han puesto en sus manos o incluso se aprovecha en beneficio propio dándoles un fin distinto a lo que estaban destinados decimos que obra injustamente, lo podemos llamar malversador y merecerá que en justicia se le exija por aquella mala administración. Desgraciadamente vemos muchas situaciones en este mundo materialista e injusto en el que vivimos. 

Jesús con sus palabras hoy en el evangelio quiere llamarnos a la responsabilidad con que hemos de vivir nuestra vida y administrar todo aquello que se ha puesto en nuestras manos. Y en la advertencia de Jesús podemos pensar en muchas cosas a las que quiere hacer referencia, empezando, si queremos, por esos bienes materiales o por esas responsabilidades que tenemos en la vida. Podemos concordar aquí otros pasajes del evangelio que nos hablan de esa responsabilidad como puede ser la parábola de los talentos que tantas veces hemos escuchado y meditado.

Pero no podemos quedarnos en la riqueza material que poseamos o que tengamos que administrar en las responsabilidades que desempeñemos en la vida. Hay unos valores en nosotros que no son sólo lo material; tenemos unas cualidades de las que hemos sido dotados que hemos de cuidar y desarrollar muy bien, porque de lo contrario sería también enterrar el talento y no es lo que quiere el Señor o para lo que nos ha dotado de esos valores y cualidades. 

No es sólo un bien personal que poseemos en esos valores que tengamos, sino que están también en función de esa sociedad y de ese mundo en el que vivimos y al que tenemos que enriquecer - que no es sólo en el plano material - con el desarrollo de esas cualidades en bien de los demás. Tendríamos quizá por empezar por descubrirlas, ver esos valores que hay en nuestra vida con los que tanto bien podemos hacer a los demás.

Pero además es que no nos quedamos encerrados en las fronteras de este mundo material y terreno en el que vivimos sino que también tenemos que saber transcendernos. Con lo bueno que vamos haciendo, con las responsabilidades que vamos desempeñando, con el desarrollo de todas esas cosas buenas estamos sembrando semillas del Reino de Dios que un día aspiramos a alcanzarlo y vivirlo en plenitud. 

Es lo que podemos descubrir desde la fe y desde el misterio salvador de Cristo que quiere dar plenitud a nuestra vida. Por eso pensamos en esos valores espirituales, en esas semillas de evangelio que podemos sembrar, soñamos con esa vida eterna de plenitud que Dios nos promete para los que somos fieles.

Pero, como nos dice hoy Jesús en el evangelio, hemos de estar atentos y vigilantes porque puede aparecer el ladrón; es la tentación que nos acecha y que nos hace bajar tantas veces la guardia en ese esfuerzo de superación y crecimiento que hemos de ir realizando en nuestra vida; es el abandono de esas responsabilidades que tenemos con nosotros mismos, pero también con la sociedad en la que vivimos, y por supuesto, como creyentes que somos, con Dios y con la Iglesia en virtud de nuestra fe. De muchas cosas podríamos hablar y muchas consecuencias tendríamos que sacar para nuestra vida.

‘Estad en vela, porque no sabéis el día ni la hora…’ nos dice hoy Jesús. ‘Estad preparados porque a la hora que menos penséis viene el Hijo del Hombre’, nos llegará la hora de la plenitud, del encuentro con el Señor, y no podemos estar ni con las manos vacías porque hayamos abandonado nuestras responsabilidades, ni con las manos manchadas porque hayamos estado obrando de forma injusta y malévola.

Una invitación de Jesús a vivir con responsabilidad nuestra vida, a contribuir con lo que somos y valemos al bien de nuestro mundo, a construir el Reino de Dios dándole verdadera trascendencia también a nuestra vida, y a vivir a tope nuestra fe y nuestra esperanza, porque todo nos llevará a la plenitud de Dios en la vida eterna que nos ofrece como premio.

miércoles, 29 de agosto de 2012


Juan, precursor del Mesías y mártir de la verdad y la justicia
Jer. 1, 17-19; Sal. 70; Mc. 6, 17-29

Celebramos de nuevo a san Juan Bautista, ‘precursor del nacimiento y de la muerte de Jesús’, como lo invoca hoy la liturgia, al mismo tiempo que ‘mártir de la verdad y de la justicia’.

Muchas veces a través del año litúrgico nos va apareciendo la figura de Juan. No es sólo la solemnidad de su nacimiento el veinticuatro de junio, fiesta con muchas connotaciones populares y bien significativa seis meses antes del nacimiento de Jesús. Cuando en nuestro hemisferio el sol brilla con más fuerza en lo alto y con más horas de luz celebramos su nacimiento que es como anuncio y anticipo de la gran fiesta de la Navidad en que sí celebraremos entonces al Sol que nace de lo alto. Por eso con razón lo llama la liturgia y así se expresa en la fe de la Iglesia como ‘precursor del nacimiento de Jesús’.

Es, precisamente en las vísperas del nacimiento de Cristo, cuando nos aparece con toda intensidad la figura de Juan en el tiempo del adviento como aquel que viene a preparar los caminos del Señor y nos ayudará con su palabra y su testimonio en ese camino de preparación del nacimiento de Cristo, pero también con la esperanza de la parusía final en que Cristo aparecerá revestido de gloria para el juicio final. No olvidemos que el adviento tiene ese doble sentido y en ese doble sentido nos ayuda también la figura de Juan.

Pero hoy contemplamos su martirio, su muerte, tal como nos la ha relatado con todo detalle el evangelio. ‘Precursor también de la muerte de Jesús’, como decíamos en la oración litúrgica, y ‘mártir de la verdad y de la justicia’. La rectitud de su vida y su fidelidad a la ley del Señor le llevó a denunciar el mal allá donde estuviera, de la misma manera que ayudaba a todo el que quisiera preparar su corazón para la llegada del Mesías. 

Iba señalando los caminos buenos que eran caminos de amor y de justicia a todos los que acudían a El, pero invitaba a la purificación y conversión a quienes tuvieran el corazón desviado de los caminos del Señor y es por lo que señala a Herodes que no le era lícito vivir de la forma que lo hacía. Testigo de la verdad y de la justicia como Jesús sufrió también la muerte por ese motivo. Quien había señalado al Cordero de Dios que se inmola para quitar el pecado del mundo, también se entrega hasta el final realizando la misma inmolación en el martirio por el testimonio de la verdad y de la justicia.

Recordemos que en el diálogo con Pilato en el Pretorio Jesús dirá que su misión es ser testigo de la verdad y el que pertenece a la verdad escucha su voz. Pilato se preguntará irónicamente qué es la verdad que era una forma de rechazar la verdad aunque la tuviera ante sus ojos por eso aun sabiendo que Jesús era inocente lo condenará a muerte lavándose de forma hipócrita sus manos. 

De forma semejante había sucedido también en la muerte del Bautista porque ‘aunque Herodes respetaba a Juan sabiendo que era un hombre honrado y santo’, cayó en la debilidad de cerrar los ojos a la luz y a la verdad para ceder ante la presión de Herodías y decapitar a Juan. ‘Dio, por fin, su sangre como supremo testimonio por el nombre de Cristo’, camino, verdad y vida del hombre, como proclamaremos en el prefacio.

Dio Juan testimonio de la verdad siendo testigo de la verdad, como Jesús, que le llevaría a la muerte a causa de las incongruencias de los hombres, como tantas veces sigue sucediendo cuando cerramos los ojos a la verdad verdadera y todo lo convertimos en relativismos que nos confunden y hasta anulan. Creo que sería algo que tendría que hacernos pensar para que busquemos la Verdad en plenitud que en Jesús podemos encontrar y que nos dará verdadero sentido y valor a nuestra vida.

Pidámosle al Señor en esta liturgia que podamos ‘seguir sus caminos rectamente, como san Juan bautista, voz que clama en el desierto, nos enseñó de palabra y con el testimonio de su sangre’ luchando valerosamente por la confesión de nuestra fe.