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sábado, 11 de abril de 2009

Ha resucitado… va delante de vosotros a Galilea


VIGILIA PASCUAL DE LA RESURRECIÓN

Rom. 6, 3-11; Mc. 16, 1-7


Con la esperanza por los suelos muy preocupadas iban las mujeres al sepulcro en aquel amanecer del primer día de la semana que tan importante y trascendental iba a ser. Su primera preocupación era ‘¿Quién nos correrá la piedra de la entrada del sepulcro?’ Pero ‘la piedra estaba corrida , y eso que era muy grande’.
‘¿A quién buscáis?’
les pregunta el joven que ven ‘sentado a la derecha vestido de blanco’, como Jesús había preguntado a los que venían a prenderle en la noche del jueves. ‘No os asustéis. - ¡Cómo no iban a asustarse por la sorpresa de lo que encontraban! - ¿Buscáis a Jesús, el Nazareno, el crucificado? No está aquí. Ha resucitado. Mirad el sitio donde lo pusieron’.
Se preocupaban de un cuerpo muerto que había que embalsamar debidamente porque en la tarde del viernes con las prisas de la pascua que comenzaba no lo hicieron como correspondía. Pero no estaba allí. Quienes iban sin esperanza ven renacer una luz en su corazón y su vida. ‘Ha resucitado’. Han de anunciarlo y ellas y los discípulos han de ponerse en camino. ‘Id a decir a sus discípulos y a Pedro: El va delante de vosotros a Galilea. Allí lo veréis, como os dijo’, es el anuncio y encargo que les hace el ángel.
¿A quién buscamos? ¿A quién hemos esperando en esta noche, en esta vigilia orante? ¿A un crucificado? A un crucificado que ahora vive. Ha resucitado y es el Señor. Ya de ahora en adelante no será simplemente el Maestro sino que ya para siempre lo proclamaremos el Señor. ‘Dios lo constituyó Señor y Mesías resucitándolo de entre los muerto por la gloria del Padre’, dirá Pedro en su primer discurso después de Pentecostés. Es el Señor queremos proclamar esta noche y para siempre con toda nuestra vida muy alto dando testimonio delante de los hombres. Es el Señor. Ha resucitado el Señor.
También nos ponemos en camino, porque queremos seguirle. Somos los discípulos que queremos correr a su encuentro. Tantas veces nos hemos llenado de dudas y nuestra esperanza también ha estado por los suelos. Pero queremos gritar bien fuerte esta noche. Que todo el mundo se entera de esta verdad para nosotros incuestionable. Ha resucitado el Señor y queremos resucitar con El.
Nos lo ha repetido san Pablo. Cristo ha resucitado y nosotros hemos de resucitar con El. Nuestra fe vuelve a llenarnos de vida, a hacerse viva, en la contemplación de Cristo resucitado. Nuestra esperanza renace de nuevo y pareciera que nuestra vida reverdece y se llena de flores en una nueva primavera. Que hermosos son los campos en la primavera cuando todo se llena de flores y de color. Ya no tiene que haber muerte en nosotros. Tenemos que llenarnos de vida y de vida para siempre con Cristo resucitado.
San Pablo nos ha hablado de que ‘si con Cristo hemos sido sepultados en su muerte, como Cristo fue resucitado de entre los muertos por la gloria de Dios Padre, así también nosotros andemos en una vida nueva’. Si en la tarde del viernes al contemplar a Cristo crucificado allí estábamos nosotros con nuestra muerte, con nuestra vida llena de muerte en nuestros sufrimientos, en nuestras angustias, en nuestro pecado, todo eso ‘ha quedado sepultado con Cristo para con Cristo renacer a una vida nueva.’
‘Nuestra vieja condición ha sido crucificada con Cristo, quedando destruida nuestra personalidad de pecadores… libres de la esclavitud del pecado… absueltos del pecado’. Somos el hombre nuevo de la gracia. Somos los resucitados con Cristo. Lejos de nosotros ya para siempre el pecado. Todo tiene que ser vida.
Por eso nuestra alegría esta noche. Todo tiene que ser fiesta. ¿No estará lleno de alegría y hará fiesta el esclavo que ve caer las cadenas de su esclavitud para ser libre para siempre? Así nosotros. Así tenemos que cantar nuestra alegría – y no me canso de repetirlo – porque Cristo ha resucitado y nos lleva con El también a la resurrección.
Nos ponemos nuevamente en camino – ese camino que habíamos dejado a causa de nuestro pecado – porque queremos seguirle y vivirle pero también queremos anunciarle a los hermanos. El ángel les encomienda a las mujeres que vayan a llevarle la noticia al grupo de los discípulos que aún se sienten en las tinieblas de la muerte porque no saben que Cristo ha resucitado.’Id y decir a Pedro y los discípulos…’ Han de ir a Galilea, aquella Galilea donde habían hecho la vida hasta entonces, y Jesús irá delante de ellos y allí se les dejará ver.
También nosotros tenemos que hacer el camino, ir a la Galilea donde hacemos nuestra vida y a la Galilea de nuestro mundo, para que todos los vean, lo reconozcan y crean en El. Esa humanidad que contemplábamos junto a la cruz de Jesús tan llena de muerte ha de conocer a Cristo resucitado. Hay esperanza para todos.
Nuestro mundo necesita esperanza y necesita vida. Muchos signos de muerte vemos a nuestro alrededor en una humanidad desorientada, llena de dolor y sufrimiento, agobiada por las angustias de cada día en las crisis y los problemas que padecemos, llena de muerte porque ha perdido la fe y en consecuencia la esperanza.
Y tenemos que decirle que sí, que hay esperanza, que es posible un mundo nuevo y distinto. Que Cristo está con nosotros vivo y quiere llenarnos de vida. Que le contemplábamos en la cruz solidario con nuestros sufrimientos y nuestros males y El quiere levantarnos de ese sepulcro de muerte en el que hemos metido nuestra vida. Que está señalándonos el camino. Un camino que no puede ser otro que el de el amor y la solidaridad. El amor nos redimió y el amor nos hace vencer toda esa muerte que amenaza a nuestro mundo.
Pero tenemos que ser nosotros, los que creemos en Cristo, los que esta noche cantamos a Cristo resucitado los primeros que vayamos dando ejemplo de amor y solidaridad. Si nos amamos es que resucitó, como decimos en un canto pascual. Es nuestro compromiso en esta fiesta grande de Cristo resucitado que estamos celebrando. Porque queremos que todos participen de esta fiesta y de esta alegría, nuestro anuncio tiene que ir desde el amor y con amor.
‘¿Buscáis a Jesús el crucificado?’ No está aquí en el sepulcro. Ha resucitado. Allí donde hay amor de verdad lo vamos a encontrar. Resucitemos con El. Hagamos resucitar a nuestro mundo. Aleluya.

viernes, 10 de abril de 2009

Se convirtió en causa de salvación eterna para todos


Is. 52, 13-53, 12;

Sal. 30;

Hebreos 4, 14-16; 5, 7-9;

Jn. 18, 1-19,42



‘¿A quien buscáis?’ Fue la pregunta con que Jesús les salió al paso en el huerto de los Olivos a quienes venían a prenderle.
‘¿A quién buscáis?’ Puede ser la pregunta que se nos haga, que nos hagamos, a los que venimos en esta tarde a esta celebración. ¿Qué es lo que buscamos o a quién buscamos?
La Iglesia hoy en su liturgia nos invita y nos dice: ‘Mirad el árbol de la cruz…’ La Cruz está hoy en el centro de toda nuestra celebración litúrgica. Hacia la cruz tenemos mirar sin miedo ni temor. Con todo lo que significa de pasión y de muerte. Pero con todo lo que significa para nosotros de vida y salvación.
‘Mirad el árbol de la cruz donde estuvo colgada la salvación del mundo’, termina diciéndonos la invitación litúrgica. Miramos a la cruz porque miramos al que en ella estuvo clavado. No nos quedamos simplemente en el madero. Miramos a la cruz porque miramos a quien es nuestra salvación. Eso lo sabemos ya por nuestra fe.
Pero con lo primero que tropiezan nuestros ojos cuando miramos a la cruz es con dolor y muerte. ‘Muchos se espantarán de él, porque desfigurado no parecía hombre, ni tenía aspecto humano… lo vimos sin aspecto atrayente, despreciado y evitado de los hombres… como un hombre de dolores ante el cual se vuelven los rostros…’ No puede tener otro aspecto quien ha pasado por todo el tormento de lo que fue la pasión que sufrió Jesús en su camino hasta llegar a ser clavado en la cruz. ‘Soy la burla de todos mis enemigos, la irrisión de mis vecinos, el espanto de mis conocidos: me ven por la calle y escapan de mí…’ que rezamos en el salmo.
Hay gente que no le gusta mirar a la cruz. ¿Le repugna o le tienen miedo? Recuerdo en una ocasión que una madre quería evitar hablar a su niño pequeño del dolor de Cristo crucificado porque decía que eran imágenes crueles que podían herir la sensibilidad de su hijo. No entro ni salgo en los criterios de aquella madre en la educación de su hijo. Pero ¿no será el reflejo de lo que en el fondo nos sucede a nosotros porque no queremos reconocer la parte que tenemos o podemos tener en esos sufrimientos de Jesús en la cruz?
El profeta nos ha dicho en el cántico del Siervo de Yavé: ‘El soportó nuestros sufrimientos y aguantó nuestros dolores; nosotros lo estimamos leproso, herido de Dios y humillado; pero él fue traspasado por nuestras rebeliones, triturado por nuestros crímenes… el Señor cargó sobre él todos nuestros crímenes…’
Allí en la cruz de Jesús está nuestra vida: la vida, el dolor, el sufrimiento de toda la humanidad. Está nuestro pecado que El quiere expiar y del que quiere liberarnos. Pero está el dolor y el sufrimiento de todos los hombres, del que El quiere hacerse solidario. ‘Porque expuso su vida a la muerte y fue contado entre los pecadores, y él tomó el pecado de muchos e intercedió por los pecadores’.
Pero, ¿en la raíz de todo ese dolor y sufrimiento de toda la humanidad no estará también nuestro pecado? Es nuestra maldad, nuestra injusticia o nuestra insolidaridad, nuestros egoísmos y nuestros orgullos que discriminan, que nos hacen insensibles, que nos aíslan porque no queremos saber del dolor de los otros.
Pero Cristo se hace solidarios con todos. Cristo quiere que cuando le miremos a El traspasado en la Cruz por el sufrimiento aprendamos a mirar el sufrimiento, la soledad, la angustia de los demás para que también los hagamos nuestros. Cristo solo, clavado en lo alto de la cruz entre el cielo y la tierra quiere tenernos junto a sí con nuestros dolores, sufrimientos, soledades, angustias pero también con nuestro pecado. Ahí quiere El salvarnos, liberarnos de todo ese mal que llevamos dentro de nosotros, hacernos un hombre nuevo lleno de vida y llenos de un amor nuevo porque nos dignifica, porque dignifica también a toda la humanidad con su salvación ganada en la cruz. ‘Llevado a la consumación se ha convertido en autor de salvación eterna’.
Miramos el árbol de la cruz y ya no nos repugna tanto porque al mirar a Cristo nos vemos a nosotros, nos reconocemos a nosotros.
Miramos el árbol de la cruz y ya vislumbramos vida y salvación que es lo que Cristo nos ganó, nos regaló al derramar su sangre, al dar su vida por nosotros.
Miramos al árbol de la cruz y a su sombra queremos acogernos para que su sangre caiga sobre nosotros, cure nuestras heridas, lave nuestras manchas, nos redima de nuestros pecados, siembre en nosotros la vida nueva de la gracia.
Quedémonos hoy contemplando en silencio la Cruz y a Cristo clavado en ella. Veamos en su muerte la semilla de la vida y de la resurrección. Es el grano de trigo que cae en tierra y muere, pero muere para que resurja la vida. Muere Cristo para danos vida, para darnos su salvación.
Es un día hoy para quedarnos a la sombra de la cruz, sentados junto a la entrada del sepulcro en la espera de la resurrección. Es lo que la iglesia quiere que hagamos desde que termina esta tarde la celebración de la muerte de Cristo hasta que en la madrugada del día primero resucite la vida, resucite Cristo glorioso saliendo victorioso del sepulcro. Es la esperanza que queda en nuestro corazón tras la contemplación de la cruz de cristo y de la celebración de su muerte.
‘¿A quién buscáis?’ ¿A quién buscamos? ‘A Jesús Nazareno’, el crucificado, el que en la mañana del domingo ya no encontraremos en el sepulcro porque ha resucitado, como le dirán los ángeles a las mujeres que irán muy de mañana al sepulcro. Porque es el Señor. Porque es el Hijo de Dios . Porque es nuestra vida y salvación.

jueves, 9 de abril de 2009

El signo (sacramento) del amor más grande


Ex. 12, 1-8.11-14; Sal. 115; 1Cor. 11, 23-26; Jn. 13, 1-15

Hay momentos que se viven con una especial intensidad, en los que se manifiestan los sentimientos más profundos del corazón y donde sale a flote aquello que llevamos en lo más profundo de nuestra vida y que ha sido como el motor, la motivación más honda de nuestro actuar y nuestro existir. Son momentos de entrega sin límites, donde nada se reserva uno para sí mismo, sino que todo es la donación más grande e intensa de nuestro ser.
Así podemos ver y palpar hoy lo que sucedía en aquella especial cena pascual en aquella memorable tarde de Jerusalén. Momentos de mucha intensidad, de mucho amor. ‘He deseado enormemente comer esta pascua con vosotros’, les dice Jesús según nos cuenta san Lucas, ‘porque les aseguro que ya no la volveré a celebrar hasta que sea la nueva y eterna Pascua en el Reino de Dios’.
Y así era. Comenzaba una nueva Pascua. La definitiva y eterna. El Reino nuevo anunciado por Jesús llegaba a su momento culminante con la entrega de Jesús. Por eso sucedieron tantas cosas en aquella cena pascual. No era ya la celebración de la pascua de la salida y liberación de Egipto, aunque ese era el rito en medio del cual se estaba celebrando aquella cena. Algo nuevo estaba comenzando. Había llegado la Hora. La hora del amor, la hora de la entrega sin límites. ‘Habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo…’
Era el día del amor y parecía que había prisa para manifestar todo lo que era ese amor. Los gestos y los signos se van sucediendo. Todo era una manifestación de amor. Un amor que quedaba allí palpable y visible de muchas formas para que nosotros aprendiéramos a amar, para que nosotros comenzáramos a amar de la misma manera. Será el amor que es nuestro distintivo: ‘en eso conocerán que sois discípulos míos’, había dicho Jesús. Será el amor nuevo que tiene que expresar nuestra fe y nuestra entrega. Será el amor nuevo que manifiesta que nosotros hemos entrado ya de una vez para siempre en la órbita del Reino eterno de Dios. Es el amor de la Alianza nueva y eterna del Cuerpo entregado y de la Sangre derramada.
Se quita el manto y se ciñe la toalla, Jesús comienza a lavar los pies de los discípulos. Asombro, sorpresa. El Maestro está a los pies de los discípulos en el oficio de los esclavos, lavar los pies a los huéspedes e invitados que se sientan a la mesa. ‘No me lavarás los pies tú a mí’ porque tú no eres mi esclavo sino el Maestro y el Señor, se atreve a oponerse Pedro. ‘No tendrás parte conmigo… ya lo entenderás más tarde’, le dice Jesús.
‘¿Comprendéis lo que he hecho con vosotros?’ ¿recordáis lo que os decía cuando os peleabais por los primeros puestos? ‘Si yo el Maestro y el Señor – así me llamáis, ¿no? – os he lavado los pies…’ ya sabéis lo que tenéis que hacer, ‘tambien vosotros debéis lavaros los pies los unos a los otros’.
Es una forma concreta y hasta plástica de decirnos y enseñarnos cuál sería su principal mandamiento, tan principal que sería nuestro distintivo: ‘Os doy un mandamiento nuevo: que os améis los unos a los otros como yo os he amado’.
Es el día del amor. Esto no ha hecho sino comenzar. Llegará a su plenitud cuando mañana le veamos en lo alto de la cruz. Pero antes quiere dejarnos el gran signo de su entrega, sacramento de su presencia y de su redención para siempre, sacramento que es vida para nosotros y que alimentará nuestra fe, y que tenemos que repetir en memoria suya a través de los siglos, que será el memorial permanente de su pasión, muerte y resurrección.
Nos lo cuenta hoy san Pablo como una tradición que él a su vez también ha recibido. ‘En la noche en que lo iban a entregar…' Dentro de poco en Getssemaní se iba a consumar esa entrega. Pero El quiere decirnos que no lo entregan sino que El se entrega. Nos dará su Pan que es su Cuerpo entregado. Nos dará la Copa que será la Copa de la Alianza nueva y eterna en su Sangre derramada. ‘Esto es mi Cuerpo que se entrega por vosotros… éste es el Cáliz de la Nueva Alianza sellada con mi Sangre… cada vez que lo comáis… cada vez que lo bebáis, hacedlo en memoria mía’. Por eso, cada vez que comemos de este Pan y bebemos de este Cáliz anunciamos la muerte del Señor hasta que vuelva.
Es el día del amor, de la entrega, de la Eucaristía, del Sacerdocio de la Nueva Alianza. Son momentos de especial intensidad para nosotros también. Cristo está aquí en medio nuestro en su entrega y en su amor. Es el memorial de nuestra redención. Aquí se está actualizando, haciendo presente en esta tarde todo el Misterio de la Redención de Cristo.
Aquí estamos sintiéndonos nosotros también rebosantes de amor. Nos contagiamos de su amor. Nos dejamos empapar e inundar por su amor. Queremos también nosotros comenzar a amar con un amor nuevo. No perdamos la intensidad de lo que estamos viviendo y que crezca más y más nuestro amor.
El Sacerdote se postrará en el suelo para repetir el gesto de Jesús de lavar los pies. Es Cristo mismo que está entre nosotros. No es sólo el sacerdote, somos nosotros, todos, los que tenemos también que abajarnos, postrarnos para comenzar a amar con un amor como el de Jesús. Es nuestro compromiso de amor nuevo. Es lo que tiene que ser nuestra vida de ahora en adelante. Tenemos tanta oportunidad de hacerlo cada día. No nos quedemos sentados e insensibles ante el hermano que pasa a nuestro lado. Ciñámonos también la toalla del servicio y del amor. Jesús nos ha dado ejemplo. ¿Qué vamos a hacer nosotros?

miércoles, 8 de abril de 2009

Decir al abatido una palabra de aliento

Is. 50, 4-9
Sal. 68
Mt. 26, 14-25
‘El Señor me ha dado una lengua de iniciado para saber decirle al abatido una palabra de aliento. Cada mañana me espabila el oído, para que escuche como los iniciados…’
Dios capacita al siervo de Yavé para su misión de consolador de los afligidos. Saber escuchar y saber decir una palabra de aliento. Una hermosa sabiduría. Repartir esperanza, ser consuelo para los que sufren, tener la palabra de ánimo oportuna, saber hacernos todo oídos para el que sufre… hermosa tarea. Hermoso corazón.
No es fácil a veces aprender esta sabiduría. Por eso habla de iniciado, de los que están entrenados para saber escuchar, para saber decir la palabra sabia, consoladora y oportuna en cada momento. Decíamos antes hermoso corazón el de quien sabe hacerlo. Sólo sabrán hacerlo los que tienen un gran corazón, un corazón compasivo y misericordioso, un corazón hecho de amor.
¿Quién mejor puede consolar al afligido que aquel que ha padecido en su carne esos mismos sufrimientos? El que sabe lo que es el dolor y el sufrimiento, porque lo ha pasado en su carne, en su vida es el que mejor preparado está para consolar, para escuchar, para dar esperanza. Quien en su sufrimiento se ha visto consolado, ha aprendido también la lección para aprender a su vez a consolar al otro.
Cristo es el Pontífice compasivo y fiel, porque, dice la Escritura, aprendió, sufriendo, a obedecer. Cargó sobre sí nuestros crímenes y pecados que lo hicieron pasar por el sufrimiento de la pasión, de la cruz y de la muerte. Es el que mejor puede consolarnos, animarnos, decirnos una palabra de vida y llenarnos de vida.
Nos lo dice el cántico del siervo de Yavé proclamado hoy que es una hermosa descripción de la pasión de Cristo. ‘El Señor Dios me ha abierto el oído y yo no me he rebelado ni me he echado atrás. Ofrecí la espalda a los que golpeaban, la mejilla a los que mesaban mi barba. No oculté el rostro a insultos y salivazos…’ ¿No es eso una descripción de la pasión tal como luego nos la narrarían los evangelistas?
Lo anunciado por el profeta refiriéndose al siervo de Yavé lo vemos totalmente realizado y cumplido en Cristo. También nos lo describe el salmo 68 y otros salmos. Es el maldito que nadie quiere reconocer. ‘Soy un extraño para mis hermanos, un extranjero para los hijos de mi madre… las afrentas con te afrentan caen sobre mí… me destroza el corazón y desfallezco… en mi comida me echaron hiel, para mi sed me dieron vinagre…’
Es lo que contemplamos en la pasión de Cristo. El que mojaba en el mismo plato con El sería quien le traicionaría por treinta monedas; más tarde los discípulos lo abandonaron y huyeron; Pedro le niega en el patio del pontífice; los que le habían aclamado con hosannas, ahora gritarán crucifícale; se reparten y echan a suerte su túnica los soldados que le crucifican; ante sus gritos en la cruz le acercaron un hisopo empapado en vinagre… Podríamos seguir recogiendo y recordando distintos momentos de su pasión.
Pero vuelve a aparecer la confianza en el Señor. ‘Mi Señor me ayudaba, por eso no quedaba confundido, por eso ofrecí el rostro como pedernal, y sé que no quedaré avergonzado… tengo cerca de mi abogado… mi Señor me ayuda ¿quién probará que soy culpable?...’ decía el profeta. ‘El Señor escucha a sus pobres, no desprecia a sus cautivos…’, rezamos también con el salmo.
Le contemplamos en la cruz, en su pasión, pero le veremos triunfa y vencedor en la resurrección. Es el Señor.

martes, 7 de abril de 2009

Mi salario lo tenía mi Dios

Is. 49, 1-6
Sal. 70
Jn. 13, 211-33.36-38

La profecía de Isaías que sigue presentando al Siervo de Yavé nos habla de la misión del propio profeta, mientras nos hace al mismo tiempo el anuncio mesiánico de Jesús como nuestro Salvador, pero nos señala también la misión que Dios nos ha encomendado.
‘Estaba en el vientre materno y el Señor me llamó en las entrañas maternas y pronunció mi nombre…’, hemos escuchado. Es el Señor el que llama. La misión del profeta no la asume por sí mismo sino por esa llamada del Señor. Algo que vemos repetido en los profetas y muchas veces casi con estas mismas palabras.
Recordamos la respuesta del profeta Amós cuando era rechazado por el sacerdote del santuario real de Betel y le mandaba que fuera a profetizar a otro sitio porque no le agradaba lo que le decía el profeta. ‘Yo solamente era pastor de vacas y cultivador de higos pero el Señor me llamó y me encargó que hablara a Israel’.
No siempre le fue fácil el cumplimiento de su misión al profeta y hay momentos en que siente la soledad en el cumplimiento de su misión. ‘En vano me he cansado, en viento y en nada he gastado mis fuerzas, pero en realidad mi derecho lo llevaba el Señor, mi salario lo tenía mi Dios’.
Por encima de todo desaliento está la confianza en el Señor. El es nuestra fortaleza. Por eso seguirá siendo fiel a su misión. ‘Y ahora habla el Señor, que desde el vientre me formó siervo suyo para que le trajera a Jacob, para que le reuniera a Israel; tanto me honró el Señor y mi Dios fue mi fuerza…’
Pero decíamos que la profecía es anuncio mesiánico que vemos realizado y cumplido en Cristo. Así lo anunció el ángel a María antes de su concepción dándole el nombre de ‘Jesús, porque el salvará al pueblo de sus pecados’. Es la misión y la obra de Jesús. Es la redención que le estamos contemplando realizar en las celebraciones de estos días. Fue todo su camino en el evangelio y es por lo que ahora le vemos en lo más alto de la cruz.
También dirá, en el mismo sentido del profeta que hemos comentado, ‘Padre que pase de mi este cáliz, pero no se haga mi voluntad sino la tuya… que para esto he venido, para hacer tu voluntad…’ Pero no faltará también el grito desgarrador de la Cruz: ‘Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?’ Pero bien sabemos que terminará poniendo su vida en las manos del Padre. ‘Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu’.
Pero decíamos también que es la misión que Dios nos ha encomendado. Todos tenemos una vocación. Todos hemos sido llamados ya desde el seno de nuestra madre, como decía el profeta, a una vocación y a una misión. Y allí donde estamos nos toca también dar nuestro testimonio. Claro que sentimos igualmente la tentación del cansancio y del desánimo, como le sucedía al profeta, como la pasó Jesús en Getsemaní, y muchas veces queremos tirar la toalla para abandonar, porque nos supera muchas veces la misión y nos falta la fuerza. Pero el Señor es nuestra fuerza y nuestro premio, como decía el profeta.

lunes, 6 de abril de 2009

Sobre El he puesto mi Espíritu para que traiga el derecho a las naciones

Is. 42, 1-7
Sal. 26
Jn. 12, 1-11

En esta semana se pasión en las diversas celebraciones escuchamos los llamados cantos del Siervo de Yavé. Así fue la primera lectura del domingo que se repetirá en parte el miércoles santo, y también la primera del lunes y martes santo, como la que vamos a escuchar el viernes santo. Nos vamos a referir en el comentario de manera especial en estos días a estos cánticos del siervo de Yavé.
Esa expresión del siervo de Yavé que puede referirse en una primera lectura al propio pueblo de Dios escogido y amado de Dios, pero que tiene connotaciones mesiánicas y sobre todo en referencia en muchos de sus textos con la pasión de Jesús.
‘Mirad a mi siervo, a quien sostengo; mi elegido, a quien prefiero… sobre él he puesto mi espíritu, para que traiga el derecho a las naciones…’ hemos escuchado hoy. Si recordamos bien hay una referencia clara al texto también de Isaías que Jesús leyó en su aparición pública en la sinagoga de Nazaret. ‘El Espíritu del Señor está sobre mí, porque El me ha ungido y me ha enviado…’ escuchamos en aquella ocasión. El ungido del Señor, Mesías de Dios, que estaba lleno del Espíritu del Señor.
Pero también podemos recordar por una parte la teofanía del Bautismo de Jesús en el Jordán, de la misma manera que la del Tabor. En una y otra se escuchó la voz del Padre que desde el cielo le señalaba: ‘Este es mi Hijo amado, mi predilecto…’
Es el Ungido del Espíritu – el evangelio nos ha hablado también de la unción de Betania, que como dice Jesús se ha adelantado a la unción para la sepultura – que es enviado como mensajero de paz y de justicia. ‘Sobre él he puesto mi espíritu para que traiga el derecho a las naciones…’ Pero también anunciaba el profeta: ‘No gritará, no clamará, no voceará por las calles… hará implantar el derecho en la tierra y sus leyes que esperan las islas…’ Clara referencia a su mensaje de paz y de justicia.
Traer el derecho significa también traernos la revelación de Dios y la salvación. El viene a anunciarnos el camino del amor como la única ley para nuestra vida. ‘Un mandamiento nuevo os doy: que os améis los unos a los otros como yo os he amado…’ nos dejará dicho Jesús en la última cena.
Es el siervo de Yavé que se presenta humilde y pobre, lleno de mansedumbre y de humildad. Por eso nos dirá Jesús en el evangelio: ‘Venid a mí todos los cansados y agobiados y encontraréis vuestro descanso; aprended de mí que soy manso y humilde de corazón…’ Viene en la mansedumbre y en la humildad pero viene con la firmeza del que se sabe enviado del Padre para señalarnos el único camino que nos lleva a la vida y a la salvación.
Se manifiesta en el amor y es una alianza de amor la que quiere establecer. ‘Yo, el Señor, te he llamado con justicia, te he cogido de la mano, te he formado y te he hecho, alianza de un pueblo, luz de las naciones…’¿No ha venido El ha establecer la nueva y definitiva Alianza en su sangre? ‘Esta es mi sangre derramada por vosotros’, nos dirá en la institución de la Eucaristía. ‘Sangre de la Alianza nueva y eterna…’
Es así como lo vamos a contemplar en estos días de pasión. Lo contemplaremos en su pasión y en su muerte en la cruz, en su entrega hasta derramar su sangre, hasta darnos vida, para hacer la alianza nueva, para establecer el nuevo pueblo de Dios, el pueblo de la Nueva Alianza.
Muchas son las señales que hemos ido descubriendo a través de todo el evangelio de ese nuevo pueblo liberado y lleno de luz que quiere constituir. Los milagros que hace son signos y señales de lo que en verdad quiere hacer con nosotros como son señales que nos da de que El es nuestro único Salvador, el único Mesías que habíamos de esperar. ‘Id y contad a Juan lo que habéis visto y oído: los ciegos ven, los cojos andan, a los pobres se les anuncia la Buena Noticia…’ les dice a los enviados de Juan. ‘Te he hecho alianza de un pueblo, luz de las naciones… para que abras los ojos de los ciegos, saques a los cautivos de la prisión y de la mazmorra a los que habitan en tinieblas…’ Que tendríamos que recordar el año de gracia del Señor, que El anuncia en la sinagoga de Nazaret.
Ese siervo de Yavé es Jesús nuestro salvador, a quien vamos a contemplar derramando su sangre, entregando su vida, amándonos hasta el final.

domingo, 5 de abril de 2009

Ha llegado la hora, celebremos nuestra redención


Mc. 11, 1-10;

Is. 50, 4-7;

Sal. 21;

Fil. 2, 6-11;

Mc. 26, 14-27, 66

‘Bendito el que viene en nombre del Señor. Bendito el Reino que llega, el de nuestro padre David. ¡Hosanna en el cielo!’
Con esas aclamaciones comenzamos hoy la celebración y todos terminaremos proclamando ‘Jesús es el Señor, para gloria de Dios Padre’. Creo que este pensamiento bien podría ayudarnos a centrar el verdadero sentido de todas las celebraciones que vamos a tener estos días.
Pero ¿cuándo vamos a proclamar que Jesús es el Señor? Cuando lo hayamos visto pasar por su pasión y muerte y contemplemos la gloria de la resurrección.
Lo que estamos haciendo podemos decir que es como un anticipo si no fuera porque nuestra fe nos dice que cada vez que celebramos la Eucaristía anunciamos la muerte y proclamamos la resurrección del Señor, porque en ella siempre hacemos memorial de la Pascua del Señor. Y ya sabemos que cuando decimos memorial no decimos simple memoria, porque es algo mucho más hondo. Es memoria y es presencia. Es el actuar de Dios aquí y ahora en nuestra vida, porque en la celebración se hace presente todo el misterio de Cristo, toda su salvación.
Pero, aún así, podemos decir que en cierto modo es anticipo porque la celebración del domingo de Ramos, con la que iniciamos todas las celebraciones de la Semana Santa y del Triduo Pascual sobre todo, une la entrada triunfal y mesiánica de Jesús en Jerusalén aclamado por el pueblo, con la pasión del Señor que hemos escuchada proclamada en el Evangelio y celebrado en la Eucaristía.
Están los hosannas y las aclamaciones, con ese sentido mesiánico que en aquella entrada de Jesús en Jerusalén, montado en un borrico, alfombrado el suelo con los mantos y de las ramas de los árboles – lo había anunciado el profeta –; ahí están los gritos de los niños y de los grandes reconociéndolo como el que venía en nombre del Señor a instaurar el Reino nuevo de Dios y a realizar plenamente su obra redentora.
El reino de Dios anunciado por Jesús desde el principio de su actuación apostólica – convertíos, se acerca el Reino de Dios, creed en la Buena Noticia del Evangelio – explicado y significado en la predicación y en el actuar de Jesús a través de todo el evangelio, y ahora instaurado e inaugurado en la pasión y la muerte de Jesús. ‘Bendito el Reino que llega’, gritaban a su entrada en Jerusalén. No eran quizá conscientes del todo de lo que estaban expresando pero sí era algo que se estaba haciendo palpable en la pasión y la muerte de Jesús. Y ya lo hemos repetido la mayor manifestación de la gloria de Dios la tenemos en la pasión y la muerte de Jesús.
Hemos contemplado en la proclamación de la pasión, al que se rebaja, toma la condición de esclavo, se hace el último porque El es en verdad el Señor. Como nos lo había enseñado. Lo contemplamos en su pasión y su muerte, lo contemplamos en su entrega de amor. Es lo que día a día iremos contemplando en esta semana de pasión. Es el Misterio de amor del que vamos a irnos empapando en la vivencia de nuestras celebraciones.
Será necesario, sí, que nos detengamos a contemplar y meditar la pasión del Señor en momentos de oración personal, en la participación en las celebraciones, en las imágenes sagradas que contemplaremos en las procesiones de cada día, donde no podemos sentirnos nunca como meros espectadores sino que sean siempre un medio para contemplar y meditar el misterio del amor de Dios que se nos manifiesta.
Todo tiene que hacernos crecer en el amor. Estas celebraciones alimentan nuestra fe para que sea cada día más viva en nuestra vida. Todo nos conduce a vivir ese camino de santidad que Dios nos pide. Por eso, tenemos que arrancar de una auténtica conversión del corazón; vaciarnos de nosotros mismos y de nuestro pecado para dejarnos inundar de la gracia del Señor. Cristo llega con su salvación, su perdón, su gracia, su vida. Cristo nos quiere santos y es a lo que tenemos que sentirnos comprometidos cada vez más. Cuando lleguemos a celebrar y cantar a Cristo resucitado en el día de la Pascua, lo hagamos porque nos sintamos cada vez más impulsados a seguir ese camino de gracia y santidad.
Vamos, pues, a meternos de lleno en la celebración de la Pascua, de todo el misterio Pascual de Cristo.
‘Ha llegado la hora, ya está aquí’, dijo Jesús en Getsemaní cuando comenzaba la pasión con el prendimiento. Ha llegado la hora tenemos que decir nosotros y no podemos desaprovechar esta hora de gracia que el Señor nos concede cuando un año más celebramos la Semana Santa. Entremos de lleno en la celebración del Misterio de Cristo.

sábado, 4 de abril de 2009

Conviene que uno muera por el pueblo

Conviene que uno muera por el pueblo
Ez. 37, 21-28
Sal. 31
Jn. 11, 45-56

Hermosa profecía la de Ezequiel para escucharla en vísperas de entrar en la semana de pasión que nos conduce a la celebración de la Pascua.
Nos habla el profeta de cómo Dios va a ‘recoger a los israelitas, de las naciones a las que se marcharon… a congregarlos de todas partes…’
Quiere hacer de ellos un solo pueblo, un nuevo pueblo, un pueblo purificado y consagrado; un pueblo que caminará según sus mandatos. ‘Los haré un solo pueblo en su tierra…no volverán a profanarse con sus abominables idolatrías y sus crímenes… los purificaré… caminarán según mis mandatos; guardarán y cumplirán mis preceptos…’
Pueblo con el que quiere hacer una alianza de paz, alianza eterna para siempre; pueblo en el que quiere morar el Señor. ‘Haré con ellos una alianza de paz, alianza eterna pactaré con ellos… y pondré mi santuario entre ellos… y sabrán que yo soy el Señor el que consagra a Israel… ellos serán mi pueblo y yo seré su Dios…’
¿Cómo va a ser posible todo esto? Creo que entendemos el mensaje y sabemos que la respuesta está en Jesús el que derramó su sangre por nosotros; el que, como diría san Pablo, vino a derruir el muro que nos separaba, el odio, para hacernos un pueblo nuevo.
En el Evangelio hoy proclamado hemos escuchado que el Sumo Sacerdote, Caifás, profetizó aún sin saberlo sobre el sentido de la muerte de la muerte de Jesús, como el propio evangelista apunta. ‘Esto no lo dijo por propio impulso sino que, por ser sumo sacerdote aquel año, habló proféticamente anunciando que Jesús iba a morir por la nación y no sólo por la nación , sino también para reunir a los hijos de Dios dispersos’.
Se habían reunido porque la cosa se les iba de la mano. Después de la resurrección de Lázaro mucha gente comienza a creer en Jesús. Por eso ‘los sumos sacerdotes y los fariseos convocaron el Sanedrín… ¿qué estamos haciendo? Este hombre hace muchos milagros. Si lo dejamos seguir todos creerán en El y vendrán los romanos y nos destruirán este lugar santo y la nación…’
Es entonces cuando dice el Sumo Sacerdote: ‘Vosotros no entendéis ni palabra: no comprendéis que os conviene que uno muera por el pueblo y que no perezca la nación entera’.
Cristo murió por el pueblo, Cristo murió por nosotros, para que no pereciéramos en nuestra muerte y nuestro pecado. Es la sangre de Cristo la que nos purifica y nos consagrada; la que nos reúne y nos hace un solo pueblo. Lo anunciado por el profeta.
Es lo que vamos a celebrar y a vivir. Es el misterio de amor de la muerte y resurrección del Señor, el misterio de la Pascua, de la Nueva Pascua, la eterna, la definitiva, para siempre.
Preparémonos para vivirla con toda intensidad.

viernes, 3 de abril de 2009

El profeta, Cristo y nosotros en el camino de la Pascua

Jer. 20, 10-13
Sal.17
Jn. 10, 31-42

La Palabra que hoy se nos ha proclamado nos vale para mirar la vida del profeta, desde él mirar la vida de Jesús, y terminar contemplando también nuestra vida.
El profeta no sólo anuncia palabras proféticas, sino que su misma vida es un signo y una profecía. Así lo vemos en Cristo y así tiene que ser también nuestra propia vida.
La situación en la que se encuentra el profeta Jeremías en la descripción que nos hace el texto proclamado es bastante dura y difícil por la oposición y hasta persecución que encuentra a su alrededor. Oposición y persecución que incluso le llega de los más cercanos como pueden ser sus propios familiares y los que consideraba sus amigos.
‘Oía el cuchicheo de la gente… mis amigos acechaban mi traspiés. A ver si se deja seducir y lo violaremos, lo cogeremos y nos vengaremos de él…’
Son momentos de infidelidad a la Alianza, de destrucción para el propio pueblo que llega hasta a perder en cierto modo su propia identidad, de desorientación sin saber a quien acudir y quien pueda defenderlos.
Lo que el profeta anuncia, su misma vida que se convierte en un signo para sus coetáneos – es el profeta que no sólo habla con palabras sino que además realiza gestos y signos muy significativos de lo que va a suceder – no era aceptado por el conjunto del pueblo o por sus dirigentes. Por eso tendrá momentos difíciles de cárceles, cepos, hambre y sed cuando le introducen incluso en una piscina seca para dejarlo allí morir.
Pero el profeta se siente seguro y quiere ser fiel a la misión que le ha encomendado el Señor desde el seno de su madre, como dice él. ‘El Señor está conmigo, como fuerte soldado; mis enemigos tropezarán y no podrán conmigo… Señor de los ejércitos, que examinas al justo y sondeas lo íntimo del corazón, a ti encomiendo mi causa… cantad al Señor que libra la vida del pobre de la mano de los impíos…’
Lo que vemos en el profeta es profecía de Cristo, es profecía mesiánica. En el evangelio de hoy vemos cómo se van enconando los posturas de los judíos contra Jesús que quieren de todas maneras quitarlo de en medio. Quieren apedrearle o quieren detenerlo, como hoy hemos escuchado. ‘Los judíos cogieron piedras para apedrear a Jesús… intentaron de nuevo detenerlo, pero se les escabulló de sus manos…’ No ha llegado aún la hora para Cristo.
Las palabras y los hechos de Cristo son signos verdaderos de la salvación que nos ofrece Jesús. Lo que ahora estamos viendo ya en la cercanía de la semana de la pasión y del triduo pascual es anticipo de todo lo que va a suceder.
Hay unos que le rechazan y lo llevarán hasta la cruz, mientras que el evangelista nos habla también de que muchos comienzan a creer en Jesús. Es el signo de contradicción que es Cristo para el mundo, como había anunciado proféticamente el anciano Simeón.
Cristo camina hacia la Pascua, pero nos está señalando también nuestro camino. Nuestra vida, como la del profeta, nuestras palabras, gestos y actitudes, nuestros actos y todo lo que hacemos y vivimos también tiene que ser un signo profético en medio del mundo que nos rodea. Como Cristo, signo de contradicción. Nos rechazarán o nos aceptarán.
No temamos el rechazo. Jesús nos lo anuncia pero El lo pasó para que hubiera pascua. Así tenemos que vivir nosotros intensamente la Pascua. Y no hay pascua sin pasión y muerte. Nos costará y dolerá el testimonio pero tenemos que darlo con gallardía. Sabemos quién es nuestra fuerza. Tenemos con nosotros el Espíritu de Jesús.

jueves, 2 de abril de 2009

Guardar su Palabra para tener vida para siempre

Gén. 7, 3-9
Sal. 104
Jn. 8, 51-59


‘Os aseguro: quien guarda mi palabra no sabrá lo que es morir para siempre’. No entendían los judíos las palabras de Jesús, lo que provocaría la discusión que sigue en la que rechazan a Jesús.
‘Abrahán murió, los profetas también, ¿y tú dices que quien guarde mi palabra no sabrá lo que es morir para siempre? ¿eres tú más que nuestro padre Abrahán, que murió? También los profetas murieron, ¿por quién te tienes?’
Vislumbraban que Jesús hablaba de vida eterna, de que hablaba de un vivir para siempre porque El tiene esa vida eterna y la da a quien cree en El. Contemplar a Jesús como quien tiene esa vida eterna, en una palabra, que es Dios, les costaba entenderlo.
Todos ansiamos la vida, queremos vivir, nos rebelamos contra la muerte. Pero ¿en qué vida pensamos? ¿de qué vida estamos hablando?
Es cierto que esta vida humana que tenemos es bella y que además tenemos que cuidarla como un don de Dios que es. ¿De dónde nos viene la vida sino de Dios? ¿Quién nos ha creado y nos ha dado la vida sino Dios? La protegemos, la cuidamos, la defendemos en nosotros y en los demás. Tenemos que decir incluso que Dios nos enseña a amar la vida. Toda vida. Y no hemos de temer vernos implicados en las campañas que sea para defender toda vida humana desde el primer momento de su comenzar a existir. Pero no podemos perder la perspectiva de su trascendencia, de lo importante que es la vida.
Pero Jesús hoy nos está hablando no solo de esa vida humana; nos está hablando de kla vida divina de la que El ha querido hacernos partícipes por nuestra fe en El. Una vida que tiene perspectiva de eternidad, sobrenatural; una vida divina que nos lleva a Dios y que nos llena de Dios. Habla Jesús de un vivir para siempre, de una vida eterna.
Don y regalo de Dios que en Cristo nos hace partícipes de su vida divina. La llamamos también gracia porque es un don gratuito que Dios nos ha hecho. Si nuestra vida humana, como decíamos, es hermosa y ya la vemos como un don que Dios nos ha regalado cuando nos ha creado, de esta vida divina de la gracia aún tenemos que verla como un don más precioso. Hemos dicho que es un don sobrenatural.
Cuando por nuestro pecado nos habíamos apartado de Dios, nos envía a Jesús que no sólo nos redime y nos perdona, sino que aún más nos enriquece con su gracia, con su vida divina para hacernos hijos de Dios. Es algo que no terminamos de considerar lo suficiente. Algo que sobrepasa todas nuestras categorías humanas. Algo que sería inimaginable para ningún ser humano: hacernos partícipes de la vida divina que nos hace hijos de Dios. Nada merecíamos sino el castigo por nuestro pecado, pero el Seños nos regala con el don nuevo y sobrenatural de la gracia, de la vida divina.
¿Qué necesitamos hacer nosotros? Creer en Jesús, creer en su Palabra, guardar su Palabra y veremos como El nos regala esa vida que dura para siempre. Por la fe nos unimos a Cristo. Sin la fe no lograríamos entenderlo. Creemos en Jesús y nos unimos a El. Creemos en Jesús y nos llenamos de su vida.
Ahora bien, también tenemos que cuidar, proteger, defender esa vida divina de la gracia. Que guardemos su palabra para que no sepamos lo que es morir para siempre. Cuidar, proteger y defender esa fe que tenemos en Cristo. Que crezca así nuestra fe.

miércoles, 1 de abril de 2009

Conoceréis la verdad y la verdad os hará libres

Daniel, 3, 14-20.91-92.95
Sal. Dan. 3, 52-56
Jn. 8, 31-42

‘Si os mantenéis en mi palabra seréis de verdad discípulos míos; conoceréis la verdad y la verdad os hará libres’. Con lo que Jesús les había ido manifestando algunos comenzaron a creer en El. Jesús les anima a mantenerse firmes en su fe y en su seguimiento. Así serán de verdad sus discípulos. No es sólo decir que creemos en Jesús sino ponernos en su camino. Un camino, como nos dice hoy Jesús, que nos lleva a la libertad verdadera.
Cristo es la verdad. Así se los manifestaría Jesús cuando le preguntan por el camino para seguirle y para llegar hasta el Padre. En una ocasión, fue en la última cena cuando Jesús les hablaba de despedidas, le preguntaban. ‘No sabemos a donde vas, ¿cómo podemos saber el camino?’ A lo que Jesús les respondió: ‘Yo soy el camino, la verdad y la vida. Nadie va al Padre sino por mí’.
Pues, Cristo es la única verdad del hombre, el único que nos da un sentido a la vida, el que nos traza el camino verdadero. Si nos decimos sus discípulos es porque le seguimos, en El hemos encontrado esa verdad y ese camino que nos conduce a la plenitud.
Conociendo la verdad de Dios que es Cristo – El es quien nos revela todo el misterio de Dios y todo el misterio y sentido del hombre -, conociendo a Cristo alcanzaremos el verdadero sentido de la vida, y cuando lleguemos a vivirlo alcanzaremos la libertad verdadera. De eso nos está hablando Jesús hoy. El no nos quiere esclavos.
El espíritu del mal no nos revela la verdad sino la mentira. El diablo es el padre de la mentira. Si nos dejamos arrastrar por el camino del mal, caeremos en peor de la esclavitudes.
Pensamos que somos más libres si seguimos el camino de nuestros caprichos. Parecemos adolescentes inmaduros ansiosos de libertad que sólo nos dejamos arrastras por nuestros caprichos o deseos más primarios. Pero sin darnos cuenta caemos en la peor de las esclavitudes.
Cristo nos libera. Cristo ilumina la vida con la luz del evangelio, con la luz de la verdad. Dejarnos conducir por Cristo, dejarnos iluminar por el evangelio no nos esclaviza sino que nos da la más honda libertad. El evangelio no nos impone nada a la fuerza. El evangelio solo nos señala el camino del bien, nos traza la ruta de nuestra vida que nos lleva a la mejor y más honda felicidad.
En mi libertad he de tener la luz suficiente para escoger el camino del bien y no el camino del mal. Por eso el evangelio siempre es luz para nuestra vida. En el evangelio no hay oscurantismos, sino que todo es claridad. Así podremos caminar los mejores pasos, hacer los mejores caminos, ir por la senda de la luz y de la vida. Las tinieblas no nos llevan a la vida sino a la muerte.
Cuando escogemos el camino del mal es que estamos confundidos; es lo que quiere hacer en nosotros el espíritu del maligno; nos confunde para hacernos caer en sus redes y esclavizarnos.
Cuando amas con un amor verdadero eres más libre. Pero digo amar con un amor verdadero, liberado de egoísmos y caprichos. Cuando solo te dejas arrastras por tus caprichos, por tu egoísmo, por tu orgullo, por tu vanidad, por tus pasiones desenfrenadas, caes al final en la peor esclavitud que es la del pecado. ‘Os aseguro que quien comete pecado es esclavo’, nos ha dicho Jesús hoy.
Que Cristo nos ilumine, nos enseñe el camino, nos descubra la verdad, nos fortalezca para el bien y para el amor. Cristo nos hace libres de verdad.

martes, 31 de marzo de 2009

Si no creéis que ‘yo soy’ moriréis por vuestros pecados

Núm. 21, 4-9
Sal. 101
Jn. 8, 21-30

‘Ellos decían ¿Quién eres tú?’ No terminan de entender las palabras de Jesús y hacen sus interpretaciones. Cuánto les costaba entender y conocer a Jesús. Se habían hecho a una idea y cuando Jesús se les presentaba de otra manera era ya difícil entenderlo y conocerlo. No podemos acercarnos a Jesús con ideas preconcebidas.
‘Con razón os he dicho que moriréis por vuestros pecados: pues si no creéis que yo soy, moriréis por vuestros pecados…’ Jesús les habla claramente. Es necesario creer en Jesús y creer en Jesús es aceptar que viene del Padre, que es el enviado del Padre, que es el Hijo de Dios.
De alguna manera Jesús está hablando de su divinidad. Dándose a conocer en toda su profundidad. ‘Yo soy’ es la expresión hebrea del nombre innombrable de Dios. Cuando se manifiesta en el Horeb en medio de la zarza ardiendo a Moisés y éste le pide que le diga un nombre para poder decirle a los israelitas de parte de quién es enviado, Dios le dice: ‘Yo soy, esto dirás a los israelitas: Yo soy me envía a vosotros’. Y esa es la expresión que Jesús está utilizando.
Al menos podían comprender que era el Mesías Salvador. Por no creer en El, morirían por sus pecados. ‘Con razón os he dicho que moriréis por vuestros pecados; pues si no creéis que yo soy, moriréis por vuestros pecados’. Luego es el que viene a perdonar los pecados, como lo señala el Bautista, ‘Este es el Cordero de Dios que quita los pecados del mundo.’
‘Cuando sea levantado el Hijo del Hombre sabréis que yo soy’, termina diciéndoles Jesús- Clara referencia a la serpiente de bronce levantada en el desierto por Moisés de la que nos habla la primera lectura. esa referencia directa la hace Jesús en otro momento del evangelio de Juan, cuando la visita de Nicodemo en la noche a Jesús. ‘Lo mismo que Moisés levantó la serpiente en el desierto, así será levantado el Hijo del Hombre para que todo el que cree en El no muera, sino que tenga vida eterna’. También en otro momento Jesús nos hablará de que será levantado en lo alto y todos nos sentiremos atraídos hacia El. Habla de su muerte en la Cruz y de su resurrección. Y ya hemos reflexionado diciendo que en la muerte y la resurrección de Jesús es la mayor manifestación de la gloria de Dios.
Se siente Jesús seguro en lo que hace porque no se siente solo el Padre está con El. ‘El que me envió está conmigo, no me ha dejado solo, porque yo hago siempre lo que le agrada’. Es el enviado del Padre y el Padre está con El. Sin embargo en la cruz pasará por la prueba de la soledad: ‘Dios mío, Dios mío, por qué me has abandonado’, gritará Jesús repitiendo las palabras del Salmo.
Una invitación clara y contundente a creer en Jesús para que creyendo en su nombre alcancemos la salvación, el perdón de los pecados. Todo nos va conduciendo en estos días, en la cercanía de la celebración de la pasión, muerte y resurrección del Señor a que nos reafirmemos fuertemente en nuestra fe en Jesús. Es desde esa luz de la fe y desde el sentido del amor donde contemplaremos y podremos comprender el Misterio que celebramos, el Misterio de nuestra Redención que es Misterio de fe y de amor.

lunes, 30 de marzo de 2009

La justicia de Dios es su misericordia

Daniel, 23, 1-9.15-17.19-30.33-62
Sal. 22
Jn. 8, 1-11


La justicia de Dios es su misericordia. Así se unen en Dios la justicia y la misericordia, cosa que a los hombres tanto nos cuesta y para algunos incluso parece hasta incompatible.
El que lo hace, que lo pague, decimos tantas veces haciéndonos justicieros. El mundo que nos rodea no termina de entender la virtud de la misericordia y del perdón que nos predica Cristo y que tratamos de vivir los cristianos.
‘Dios no envió su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo se salve por El’, nos dice el Evangelio. Y es ahí donde está la misericordia justo al lado de nuestro arrepentimiento y la capacidad de perdón.
Es que quien ha ofendido al Señor, decimos, Dios tiene que condenarlo y en su justicia castigarlo. Empleamos demasiado la frase de que Dios nos castiga. Pero, pregúntate, ¿es que a ti no te gustaría que te perdonan tantos errores como vas cometiendo en la vida? O ¿es que eres de los que se creen tan justos que pueden tirar la primera piedra porque no tienes pecado?
La condena, es cierto, nos la hemos buscado nosotros – entendamos bien lo que voy a decir – cuando nos hemos apartado de Dios y vivimos en ruptura con El. Soy yo quien con mi pecado me he apartado, alejado de Dios, y en consecuencia de la vida en plenitud que El me ofrece. Claro que viviendo esa ruptura con Dios no alcanzaré a vivir esa dicha de felicidad eterna que Dios me tiene reservada. Pero he sido yo el que me he apartado, he escogido otro camino, he preferido vivir sin esa plenitud que Dios me ofrece.
Pero ahí aparece, vuelvo a decir, la misericordia de Dios que nos busca como el pastor a la oveja perdida que se marchó del redil. La misericordia del Señor viene a romper todas las barreras que los hombres ponemos con nuestro pecado y egoísmo entre unos y otros y que nos separan y distancian al mismo tiempo de Dios.
El Señor está esperando, más aún, motivando y moviéndonos con su gracia a ese paso de arrepentimiento sincero que nos lleve a la conversión, a la vuelta a Dios, a recibir el abrazo del perdón misericordioso de Dios.
Es lo que nos enseña el evangelio de hoy. Jesús está en el templo y enseñaba al pueblo. Traen a una mujer que por su pecado de adulterio está condenada; aquellos que se tienen por justos quieren que se ejecute tal condena. ‘Los letrados y los fariseos le traen una mujer una mujer sorprendida en adulterio y, colocándola en medio, le dijeron: Maestro, esta mujer ha sido sorprendida en flagrante adulterio. La ley de Moisés nos manda apedrear a las adúlteras: ¿Tú que dices?’
Jesús espera. Jesús hace silencio. Quieren comprometerlo para poder acusarlo a El también. ‘Jesús, inclinándose, escribía con el dedo en el suelo’. Pero son muchos, y no sólo aquella mujer, los que tienen que dar pasos de arrepentimiento y cambio de corazón. Pero están cegados. Jesús sólo habla para decirnos que el que sea tan justo que no tenga pecado tire la primera piedra. ‘Como insistían en preguntarle se incorporó y les dijo: El que esté sin pecado, que le tire la primera piedra’. Y Jesús siguió inclinado esperando en silencio.
Todos se están enfrentando consigo mismo y con su conciencia. Se escabullen porque al final tendrán que reconocer que ninguno puede tirar la primera piedra. Viene por fin la misericordia. La justicia de Dios es misericordia. ‘¿Ninguno te ha condenado? Tampoco yo te condeno. Anda, y en adelante no peques más’. Ese es el actuar de Dios.

domingo, 29 de marzo de 2009

El grano de trigo que muere da mucho fruto


Jer. 31, 31-34;

Sal. 50;

Hebreos, 5, 7-9;

Jn. 12, 20-33

‘Y cuando yo sea elevado sobre la tierra, atraeré a todos hacia mí. Esto lo decía, nos comenta el evangelista, dando a entender la muerte de que iba a morir’.
Jesús es consciente hacia donde camina, porque su camino es el amor y la entrega. Lo fue siempre. Por eso y para eso vino al mundo. ‘Tanto amó Dios al mundo que envió a su Hijo único…’ como hemos escuchado muchas veces. Ese ha sido todo el motor de su vida. Y ese es el camino que está haciendo hacia Jerusalén. Y el amor y la entrega entrañan sacrificio.
‘Mi alma está agitada…’ nos dice hoy. Será la misma agitación y angustia que vive en Getsemaní, como nos narrarán los sinópticos. Hoy estamos leyendo el evangelio de Juan. ‘Triste está mi alma hasta la muerte…’ dirá en Getsemaní.
Hoy le hemos escuchado: ‘Ahora mi alma está agitada, y ¿qué diré? Padre líbrame de esta hora…’ Entonces dirá: ‘¡Abba! (Padre), tú lo puedes todo; aparta de mí este cáliz’.
Ahora exclama: ‘Si para esto he venido, para esta hora,. Padre, glorifica tu nombre’. En Getsemaní concluirá: ‘Pero no lo que yo quiero, sino lo que tú quieres’. Y dice el evangelista: ‘Entonces vino una voz del cielo: Lo he glorificado y volveré a glorificarlo’.
¿Dónde está esa glorificación? Aunque nos pueda parecer un contrasentido, en el amor y en la entrega hasta el final. En la muerte de Cristo y en su resurrección se va a manifestar la gloria de Dios como nunca se ha manifestado. La muerte no es una derrota sino un triunfo. Es el triunfo del amor y de la vida, vencedor sobre el pecado y la muerte.
Había hablado del grano de trigo que será fecundo o infecundo dependiendo de lo que hagamos con él. El que cae en tierra, hace surgir una nueva planta, una nueva vida. El que es triturado en el molino hará blanca harina prometedora de blanco y tierno pan que nos alimenta y da vida. El que se guarda para sí, ni es enterrado ni triturado, se resecará y se anulará ni sirviendo para nada. ‘Os aseguro, nos ha dicho, que si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo; pero si muere da mucho fruto…’
¡Cuánto tenemos que aprender para nuestra vida! Nunca queremos perder; pretendemos quedarnos siempre intactos como palmitos; nos cuesta vaciarnos ya sea de nuestro yo con sus orgullos, ya sea de aquellas cosas con las que llenamos la vida y que al final nos daremos cuenta que son inútiles. Cuántas ataduras en nuestra vida que nos esclavizan. Ponemos la felicidad en las cosas efímeras y caducas. Rehuimos el sacrificio, o el desgarro que se produce dentro de nosotros cuando tenemos que arrancarnos de nuestros apegos. Siempre andamos con disculpas sobre aquellas cosas que decimos de las que no podemos prescindir.
Pero sólo el que se vacía y se sacrifica encontrará la vida más plena; el que se desprende de esas ataduras que esclavizan será más libre y estará más abierto a la vida verdadera.
Nos ha dicho Jesús: ‘El que se ama a si mismo se pierde, y el que se aborrece a sí mismo en este mundo, se guardará para la vida eterna’.
No es fácil que se entienda hoy este mensaje. El espíritu con que vive el mundo – y nosotros no somos tan ajenos ni estamos tan lejanos de este espíritu mundano – sólo quiere satisfacciones prontas y fáciles, busca en todo momento la vanagloria del prestigio, del poder o de la fama. Cómo se rehuye el sacrificio. Cuánto nos cuesta el esfuerzo.
Pero, ¿de que te vale ganar el mundo entero, todas las glorias del mundo y sus vanidades, si se pierde la vida verdadera, la mejor plenitud y el gozo y la felicidad más profunda y duradera? Es lo que en nuestras prisas no sabemos apreciar.
Seguimos a Jesús porque creemos en El. Pero no olvidemos que seguir el camino de Jesús es seguir el camino de la Cruz. Pero no miremos la cruz solamente por lo que tenemos que dejar, sino que miremos lo que en verdad ganamos para nosotros mismos y para los demás. Pensemos en la cruz como camino de entrega y de amor. Como lo fue para Jesús. Amor y entrega hasta el final. Vaciémonos de cuanto nos estorba y esclaviza para que podamos en verdad llenarnos de la vida y de la gracia que Cristo nos ofrece.
Estamos iniciando ya la última semana de la Cuaresma que desembocará en la semana de la pasión para concluir con el triduo pascual de la muerte y resurrección del Señor. Vamos a celebrar la Alianza Nueva y Eterna en la sangre derramada de Cristo. Esa Alianza que anunciaba el profeta que iba a ser inscrita no en piedra sino en nuestros corazones. Donde sentiremos de verdad que el Señor es nuestro único Dios pero que nosotros tenemos que ser en verdad también su pueblo, el pueblo de la Nueva Alianza.
Vamos a descubrir y a conocer de verdad al Señor, su rostro misericordioso, porque el va a perdonar nuestros pecados y olvidar para siempre nuestras culpas. Como nos decía el profeta, ‘todos me conocerán desde el pequeño al grande cuando perdone sus crímenes y no recuerde sus pecados’.
‘Oh Dios, crea en mí un corazón puro’, pedimos con el salmista. Que sintamos en verdad la alegría de su salvación porque Cristo, obedeciendo, ‘se convirtió para nosotros en autor de salvación eterna’

sábado, 28 de marzo de 2009

Dejémonos humildemente sorprender por Jesús

Jer. 11, 18-20
Sal.7
Jn. 7, 40-53

¿Con que actitud vamos hasta Jesús? Es bueno que nos hagamos esta pregunta para que encontremos la mejor manera de acercarnos a El y conocerle más y mejor, amarle más y vivir más intensamente su vida.
En el evangelio hoy proclamado y en los que vamos escuchando estos días encontramos distintas posturas y reacciones hasta contradictorias en torno a la figura de Jesús. Nos puede ayudar el reflexionar sobre ello para que nosotros purifiquemos nuestra manera de acercarnos a Jesús.
Está la gente humilde y sencilla, podríamos decir que con un especial olfato de Dios, capaz de admirarse ante las maravillas con las que Dios se les manifiesta y que entonces quieren ver en Jesús que es un profeta o que es el Mesías. ‘Unos decían: éste es de verdad el profeta. Otros decían: Este es el Mesías’.
Pero estaban también los que dudaban y discutían aunque también con deseos de búsqueda. Y trataban de confrontar lo que veían en Jesús con lo anunciado en la Escritura. ‘¿Es que de Galilea va a venir el Mesías? ¿No dice la Escritura que vendrá del linaje de David, y de Belén, el pueblo de David?’
Pero estaban también los inseguros y los indecisos, como los guardias del templo que se veían entre la espada y la pared; por un lado los sumos sacerdotes y fariseos y por otra parte el pueblo sencillo, mientras ellos también en su interior sentían una inquietud. Ante la reacción de los sumos sacerdotes y fariseos porque no lo llevaron preso ellos reconocían: ‘Jamás ha hablado nadie así’. Y a pesar de ese reconocimiento sin embargo no se atrevían a hacerse sus discípulos
Pero estaban también los maliciosos y manipuladores, los que querían de la forma que fuera quitar de en medio a Jesús. Era lo único que les importaba. Y en una actitud soberbia despreciaban incluso a quienes no pensaran como ellos. ‘Esa gente que no entiende de la ley son unos malditos’.
Nosotros, ¿con qué actitud vamos o tenemos que ir a Jesús?
Apertura de corazón para conocerle, pienso que es lo primero. No cerrar los oídos del corazón. Tengamos ese olfato de Dios, que decíamos antes. Humildad para ser capaces de admirarnos en lo que vamos a encontrar. Dios nos va a manifestar algo nuevo. Nunca de antemano pensemos que ya nos lo sabemos todo y nada nuevo se nos va a enseñar, porque si con esa apertura del corazón y esa humildad acudimos siempre nos vamos a encontrar con la sorpresa de lo nuevo que nos va a manifestar el Señor.
Deseo de conocer a Dios, de búsqueda sincera, y de dejarnos conducir por el Espíritu del Señor que nos habla de mil maneras. El habla a nuestro corazón. Tenemos también que saber escuchar la Escritura Santa, ahondar en la lectura del Evangelio.
Busquemos a Jesús sin prejuicios y con sinceridad de corazón. Orando a Dios para que nos conceda la luz de su palabra para conocerlo. El gran teólogo santo Tomás de Aquino decía que estudiaba la teología de rodillas. Pues con esa actitud orante acerquémonos nosotros al evangelio para conocer a Jesús. Porque cuando leemos el evangelio o cualquier pasaje de la Escritura no vamos allí a aprender cosas como quien acude a un libro de historia o de cualquier otro humano saber. Vamos a saborear a Dios, a adquirir la sabiduría de Dios.
Escuchemos allá en lo hondo del corazón la Palabra de Dios. dejándonos conducir por la Iglesia que está asistida por el Espíritu Santo. Dejémonos sorprender por la revelación del Señor.

viernes, 27 de marzo de 2009

El Señor está cerca de los atribulados

Sab. 2, 1.12-22
Sal. 33
Jn. 7, 1-2.10.25-30


‘El Señor está cerca de los atribulados, salva a los abatidos… aunque el justo sufra muchos males, de todos los libra el Señor, no será castigado quien se acoge a El…’ hemos rezado en el salmo responsorial.
¿Por qué me sucede a mi todo esto si yo no he hecho nada malo? Una queja, una súplica, un dolor en el corazón. ¡Cuántas veces hemos pensado de manera semejante! Nos cuesta vernos envueltos en problemas, dificultades, incomprensiones, sufrimiento, enfermedad…
Nunca podemos creernos totalmente justos, porque todos somos débiles y pecadores. Pero pienso que tampoco tenemos que mirar como un castigo de Dios aquellas cosas adversas que nos suceden. Os digo que el Dios en quien creo no lo veo con su varita castigadora buscando a ver donde tropecé, cometí un error o hice algo malo para sancionarme.
Lo que muchas veces nos sucede como adverso o doloroso puede ser una prueba que aquilate y purifique nuestra fe. El dolor nos purifica, nos hace aprender a poner toda nuestra confianza en Dios, además de que puede ser una ofrenda que presentemos a Dios.
Leía anoche en Zenit una entrevista hecha a Clara Rojas, - abogada colombiana, de 45 años, secuestrada junto con Ingrid Betancourt el 23 de febrero de 2002 y liberada el 10 de enero del año pasado - donde expresaba cómo su fe en Dios le sirvió para afrontar la situación dolorosa por la que pasaba y todo ese sufrimiento fue para ella una prueba que le ayudó a sentirse más fortalecida en su fe.
Decía: “En el secuestro, cuando uno está solo, solamente le queda tocar las puertas de Dios. Me acordé de las bases católicas que tuve y a las que pude echar mano. El secuestro me permitió fortalecer mi fe en Dios y la puso a prueba a todos los niveles. Tuve muchas oportunidades de reflexionar, muchos momentos de paz y de tranquilidad, y eso me permitió orar, pedirle a mi Dios. Y creo que las oraciones tuvieron eco y llegaron a algún lado y finalmente gracias a esto se pudo hacer el milagro de encontrar la libertad y de encontrarme con mi hijo…
Cuando uno no tiene nada ni nadie que le pueda dar un apoyo, y cuando uno tiene una educación cristiana como la tuve yo, lo uno que tiene que hacer es echar mano de Dios Todopoderoso y aferrarse a esto para poder buscar una luz porque son momentos en los que uno ve total oscuridad, no sabe si lo van a liberar, no sabe si lo van a matar, y además se está solo. De alguien tiene uno que agarrarse para poder sobrevivir”.

Quienes nos miran, y más si nosotros nos presentamos como creyentes, estarán esperando a ver hasta donde llega nuestra fortaleza y si de verdad nuestra fe es firme en el Señor. Como escuchamos en la lectura del libro de la Sabiduría ‘Veamos si sus palabras son verdaderas, comprobando el desenlace de su vida. Si es justo, hijo de Dios, lo auxiliará y lo librará de sus enemigos…’
Fue lo que dijeron los judíos de Jesús cuando estaba siendo crucificado. ‘¡Que venga su Padre, y lo baje de la cruz!’
Pero no temamos porque lo que puede ser un aparente fracaso - ¿no pareció fracaso la muerte de Jesús en la Cruz? – será al final una victoria. Jesús con su muerte venció nuestra muerte, y le contemplamos, no muerto, sino resucitado, vencedor sobre la muerte.
También sucede que el testimonio del bien y de la bondad molestan al impío, al que hace el mal. El que obra rectamente, el que se presenta con altura moral siempre va a ser rechazado porque su testimonio resulta incómodo para el que no obra rectamente. ‘Acechemos al justo, que nos resulta incómodo, se opone a nuestras acciones, nos echa en cara nuestros pecados, nos reprende nuestra educación errada, declara que conoce a Dios y se da el nombre de Hijo del Señor…’
Creo que esto que estamos reflexionando a partir de la Palabra de Dios hoy proclamada en el libro de la Sabiduría nos ilumine en las diversas situaciones que vivimos en medio del mundo. ‘Bandera discutida’, dijo Simeón de Jesús cuando la presentación en el templo.
Bandera discutida el creyente, el cristiano, la iglesia en medio del mundo de hoy. Lo vemos cada día en los medios de comunicación. No temamos. Es señal de que caminamos con la verdad. Con Cristo sabemos que el triunfo está de nuestra parte.

jueves, 26 de marzo de 2009

Los testimonios a favor de Jesús

Ex. 32, 7-14

Sal. 105

Jn. 5, 31-37

Diatriba y oposición de los judíos contra Jesús. Será como el tema de fondo del evangelio en los días que nos restan de Cuaresma. Escucharemos principalmente el evangelio de san Juan. Nos acercamos a la pasión y muerte de Jesús que será en lo que desemboque toda esta oposición y diatribas. Nos valdrá para ir conociendo cada vez con mayor profundidad la figura de Jesús y el sentido de su pasión y muerte que se avecinan en nuestras celebraciones.

Les cuesta aceptar a Jesús, comprender que es el Mesías Salvador, el enviado del Padre. Hoy se nos habla en el evangelio de diversos testimonios que avalan la obra de Jesús.

Les habla en primer lugar del testimonio de Juan, el Bautista, el que vino a preparar los caminos del Señor; aquel que le señala como el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo – recordemos los primeros discípulos de Jesús, Juan y Andrés, que escucharon esa indicación del Bautista y se fueron tras Jesús -; aquel que fue testigo en la orilla del Jordán de la manifestación de la gloria de Dios sobre Jesús a la hora de su bautismo.

Además los judíos de Jerusalén habían enviado mensajeros a Juan para saber si él era el Mesías, por que bautizaba si no era el Mesías ni un profeta, y Juan les había hablado claramente del que estaba en medio de ellos y no lo conocían. ‘Enviásteis mensajeros a Juan y él ha dado testimonio a la verdad’, les dice ahora Jesús.

Pero Jesús les ofrece un testimonio mayor. ‘Pero el testimonio que yo tengo es mayor que el de Juan: las obras que el Padre me ha concedido realizar; esas obras que hago dan testimonio de mi: que el Padre me ha enviado. Y el Padre que me envió, El mismo ha dado testimonio de mí’, les dice Jesús.

Recordamos que Nicodemo cuando fue a ver a Jesús reconoce que es un hombre que viene de Dios, porque si no viniera de Dios y Dios no estuviera con El, no podría realizar las obras que hace.

Y finalmente Jesús les habla de lo anunciado en las Escrituras, que tiene pleno cumplimiento en Jesús. ‘Estudiáis las Escrituras pensando encontrar en ellas vida eterna: pues ellas dan testimonio de mí, ¡y no queréis venir a mí para tener vida!... si creyerais a Moisés, me creeríais a mí porque de mí escribió él…’

Decir Moisés en esa referencia a las Escrituras es estar haciendo referencia a la Ley y a los profetas. La Torá, la ley es atribuida a Moisés. Recordamos cómo en el Tabor aparecieron Moisés y Elías en el momento de la transfiguración de Jesús, para significar la Ley y los Profetas que habían hablado de Jesús, del Mesías que iba a venir como Salvador.

Nosotros queremos conocer a Jesús, reafirmar nuestra fe en Jesús, fortalecer y profundizar en nuestra fe en Jesús. Es lo que hemos ido queriendo hacer de manera especial en este tiempo de Cuaresma, porque en verdad queremos llenarnos de la vida eterna. Queremos ir sin titubeos hasta Jesús para tener vida. Ahondemos, pues, en las Escrituras. La Biblia tiene que ser nuestro vademécum cada día.

Si un cristiano que quiere en verdad seguir a Jesús ha de alimentarse diariamente de la Palabra del Señor, escuchándola en su corazón, meditándola y haciéndola oración, con mayor intensidad tenemos que hacerlo en este tiempo de gracia y de salvación que tiene que significar para nosotros la Cuaresma. Como hemos dicho en otra ocasión es nuestra sabiduría y nuestra inteligencia.

miércoles, 25 de marzo de 2009

El ‘si’ de Dios al hombre en la Encarnación

Is. 7, 10-14
Sal. 39
Hebreos 10, 5-10
Lc. 1, 26-38





Me atrevo a llamar, y no por querer ser original, la fiesta que celebramos en este día la fiesta del ‘si’.
Primero y lo más importante es el ‘si’ de Dios al hombre, al que ama y al que ofrece su salvación. ‘Si’ del amor de Dios que se nos revela y manifiesta en Jesús y que es correspondido por el ‘si’ de la humanidad, cuyo primer ejemplo tenemos en María, la que se llamó a sí misma la humilde esclava del Señor.
Vayamos por partes para ordenar mejor nuestra reflexión. El ‘si’ más importante y más grandioso es el de Dios. Dios sigue amando al hombre a pesar de nuestra infidelidad y pecado. Dios quiere seguir contando con el hombre y le ofrece la salvación, un Salvador. De tal manera es este ‘si’ de Dios que nos envía a su Hijo para que se encarne y se haga hombre para así llenarnos de su salvación, con ese amor total de Dios con nosotros.
‘Pide una señal al Señor tu Dios en lo hondo del abismo o en lo alto del cielo’, le dijo a Acaz. ‘No, no la pido, respondió Acaz, no quiero tentar al Señor’. Pero el profeta de parte de Dios le anuncia que la señal se dará y será una señal salvadora. ‘Escucha, casa de David… pues el Señor, por su cuenta, os dará una señal. Mirad la virgen está encinta y da a luz un hijo, y le pone por nombre Emmanuel (que significa Dios con nosotros)’. Es el ‘si’ de Dios que quiere acercarse al hombre y nos está anunciando al Salvador.
Y ahí contemplamos el ‘si’ de Jesús: el ‘si’ de Jesús, Dios verdadero; el ‘si’ de Jesús verdadero hombre. ‘Cuando Cristo entró en el mundo dijo: Tú no quieres sacrificios ni ofrendas; pero me has preparado un cuerpo… entonces yo dije… Aquí estoy, oh Dios, para hacer tu voluntad… y conforme a su voluntad todos quedamos santificados por la oblación del cuerpo de Jesucristo, hecha una vez para siempre’.
Al ‘si’ de Dios se corresponde el ‘si’ del hombre. El primer 'si' enlo humano fue el de María y que es como modelo y ejemplo de todo nuestro ‘si’. Lo hemos escuchado en el evangelio. ‘Fiat… hágase en mí según tu palabra…’
‘Llegada la plenitud de los tiempos, Dios envió su mensaje a la tierra y la Virgen creyó el anuncio del ángel: que Cristo encarnado en su seno por obra del Espíritu Santo iba a hacerse hombre por salvar a los hombres’.
Así diremos en el prefacio.
Es el misterio de la Encarnación de Dios que hoy celebramos. Hemos escuchado el anuncio del ángel a María en el Evangelio y en ese momento del ‘si’ de María Dios se encarnó en sus entrañas. ‘El Espíritu Santo vendrá sobre ti y la fuerza del Altísimo te cubrirá con su sombra: por eso el santo que va a nacer se llamará Hijo de Dios’. Admirable misterio el que hoy celebramos.
Un misterio de amor de Dios, que reconocemos, que adoramos. Un misterio de amor de Dios que nos impulsa a la alabanza y a la acción de gracias. Un misterio de amor de Dios que nos está invitando a dar también nuestro ‘si’.
Como María nos postramos ante la voluntad de Dios. Como María abrimos nuestro corazón a Dios para dejar que su amor actúe en nosotros, nos llene y nos inunde. Como María plantamos la Palabra de Dios en nuestra vida y nuestro corazón.
‘Concédenos en tu bondad que cuantos confesamos a nuestro Redentor como Dios y como hombre verdadero, lleguemos a hacernos semejantes a El en su naturaleza divina’. Así rezamos y pedimos en la oración litúrgica de esta fiesta.
El ‘si’ que damos como respuesta al plan de Dios sobre nuestra vida nos eleva y engrandece, nos hace semejantes a Dios, porque nos hace partícipes de su vida divina. Por ese ‘si’ de nuestra respuesta en el Hijo nos hacemos hijos. Con ese ‘si’ de nuestra respuesta emprendemos un camino de gracia y santidad al que estamos llamados.
Que María nos alcanza esa gracia de aprender a decir ‘si’, a no reservarnos más para nosotros sino estar siempre disponibles para Dios como lo estuvo María.

martes, 24 de marzo de 2009

¿Quieres quedar sano?

Ez. 47, 1-9.12

Sal. 45

Jn. 5, 1-3.5-16

‘¿Quieres quedar sano?’ Es la pregunta que Jesús hace al paralítico de la piscina probática. ¿Será también una pregunta que nos quiere hacer a nosotros? Puede ser muy significativo.

Ya el evangelista nos explica la situación. ‘Hay en Jerusalén, junto a la puerta de las ovejas, una piscina que llaman en hebreo Betesda…’ Los enfermos se apiñan allí esperando el movimiento del agua para introducirse en la piscina y curarse. No todos lo consiguen. Aquel hombre llevaba allí treinta y ocho años postrado en su camilla.

Esta piscina cuyas aguas dan salud está haciendo una referencia clara a lo anunciado proféticamente por Ezequiel, y que hemos escuchado en la primera lectura. Los ríos de agua que ‘manaban por debajo del umbral de la puerta del templo y que corrían hasta oriente hasta el mar de las agua pútridas’, salobres. Una agua viva que por donde pasa va llenando de vida y salud, los árboles vuelven a florecer, los ríos y los mares se llenan de seres vivientes, todo se va haciendo nuevo, renovado al paso del agua que manaba del templo.

Es una imagen que se repite en el Antiguo Testamento y que también en el nuevo tiene se aparición y su significado. Una imagen tipo del agua viva nueva que se nos dará en el Nuevo Testamento también para significar esa vida nueva que en Cristo vamos a encontrar. En el Antiguo Testamento es tipo y figura de lo que en el nuevo se realizará en plenitud con la presencia de Cristo.

Es lo que Jesús dice junto al pozo de Jacob a la samaritana que allí iba a buscar agua y también Cristo le pide de beber, aunque sea El quien prometa una agua viva que calmará para siempre la sed y nos dará vida. ‘Si conocieras el don de Dios le pedirías tú agua viva…’

Será lo que Jesús grite un día también en el templo: ‘El que tenga sed que venga a mí y beba, y haré surgir dentro de él un surtidor de agua viva que le dará vida eterna’.

Ahora Jesús está junto a aquel hombre que se queja que no puede llegar hasta el agua que sana en el momento oportuno. ‘Señor, no tengo a nadie que me meta en la piscina cuando se remueve el agua; para cuando llego yo, otro se me ha adelantado’.

Pero ya no necesitará introducirse en el agua de aquella piscina porque allí está el que es el agua viva. No necesitará del signo porque allí está Jesús mismo. Nosotros seguimos necesitando y utilizando el signo en las aguas bautismales y también nos llenamos de vida. Ahora junto a la piscina está Jesús mismo, el que es prefigurado en esta agua que se mueve y que sana. Allí está Cristo con su salvación, con su vida.

‘Levántate, toma la camilla y echa a andar’. Y así lo hizo aquel hombre. Y emprendió el camino nuevo al que Jesús le había conducido, aunque aún le faltara conocer muchas cosas de Jesús. Lo había visto, lo había curado, pero no lo conocía. ‘Mira, has quedado sano, no peques más, no te suceda algo peor…’

‘¿Quieres quedar sano?’, nos dice a nosotros también Jesús. También Cristo nos manda levantarnos de nuestra postración; nos da vida nueva para que nos levantemos, librándonos de tantas ataduras, esclavitudes, pecados.

Bebamos esa agua viva que es Cristo. Llenémonos de su gracia. Comencemos a andar de una vez por todas por esa vida nueva que Jesús nos da liberados de nuestro pecado. Y miremos quien puede haber a nuestro lado que necesite quien le ayude a levantarse. Es algo bueno que podemos hacer cuando Cristo nos ha liberado y puesto en camino de vida nueva.

lunes, 23 de marzo de 2009

Con Jesús siempre nos llega la vida

Isaías, 65, 17-21
Sal. 29
Jn. 4, 43-54

Con Jesús siempre nos llega la vida, nos arranca de la muerte. Con esta frase quiero resumir el mensaje que nos ofrece hoy la Palabra de Dios, en especial el evangelio.
‘Señor, baja antes de que se muera mi niño’, suplicaba una y otra vez aquel hombre a Jesús. Había vuelto Jesús desde Judea atravesando Samaria hasta Galilea. ‘Había un funcionario real que tenía un hijo enfermo en Cafarnaún… y le pedía a Jesús que bajase a curar a su hijo que estaba muriéndose…’ Jesús andaba por Caná ‘donde había convertido el agua en vino’ en el primer signo que Jesús realizó en Galilea.
‘Como no veáis signos y prodigios, no creéis’, le dice Jesús. El hombre pedía la curación de su hijo. ¿Cuál fue el gran prodigio que allí se realizará? Es cierto que el niño del funcionario se restablecerá, pero tenemos que reconocer que el gran prodigio fue la fe que se despertó en aquella gente, comenzando por aquel funcionario real que pedía la salud de su hijo.
Fe en que Jesús podía curar a su hijo tenía aquel hombre cuando acude a Jesús. Es la necesidad, la amargura de su corazón al ver morir a su hijo lo que le hace acudir a Jesús. Pero esa fue se transformó en algo más hondo. ‘Jesús le dice: Anda, tu hijo está curado. Y el hombre creyó en la palabra de Jesús y se puso en camino’. Finalmente cuando todo está comprobado con los criados que vienen a trasmitirle la buena noticia ‘creyó él y toda su familia’. Una lección para nuestra vida.
¿Qué buscamos nosotros cuando vamos hasta Jesús? Algunas veces vamos muy preocupados por nuestros afanes humanos, por nuestros dolores o nuestros achaques, por los problemas que podamos tener. Queremos el milagro de la salud o la solución de nuestros problemas. Pero ¿es sólo eso lo que viene a ofrecernos Jesús?
Jesús viene a traernos vida, pero es necesario que creamos en El y nos pongamos en camino, aunque nuestros problemas no se soluciones, los dolores no desaparezcan o no nos recuperemos en nuestra salud como pedimos y deseamos. Creer y ponernos en camino. Creer en la Palabra de Jesús con todo lo que pueda ofrecernos, decirnos o pedirnos esa Palabra y ponernos en camino. Porque la Palabra nos levanta, no nos deja quietos o impasibles. La Palabra nos pone en caminos a una vida nueva y distinta. La Palabra pone inquietud en nuestro corazón y deseo de cosas mejores.
Pero ¿seremos capaces de darnos cuenta de la fe que Jesús suscita en nuestro corazón? ¿Seremos capaces de darnos cuenta de la vida que Jesús nos ofrece? ¿No necesitaríamos ponernos en camino descubriendo o reconociendo esa presencia de Jesús a nuestro lado?
No siempre reconocemos o apreciamos su presencia. Muchas veces nos falta fe o nos llenamos de dudas. Aunque escuchamos la Palabra o la invitación de Jesús no terminamos de oírla en el corazón, creerla de verdad que se va a realizar en nuestra vida y no nos decidimos a dar el paso hacia delante que nos pide el Señor.
Que nos arranque el Señor de esas brumas de duda, de desconfianza, de incredulidad, de frialdad que muchas veces no nos dejan terminar de ver la presencia del Señor. Y el Señor está ahí y quiere darnos vida. Levantarnos de nuestra postración. Darnos su vida y salvación.
Señor, aumenta mi fe. Quiero creer. Lléname de tu vida.