Eclesiastés, 11, 9 – 12, 8
Sal. 89
Lc. 9, 44-45
Ya Jesús había hecho un primer anuncio. Recordamos lo que escuchábamos ayer de que era el primer anuncio de la pasión, muerte y resurrección que nos recogía el evangelio de san Lucas. ‘El Hijo el Hombre tiene que padecer mucho, ser desechado por los ancianos, sumos sacerdotes y letrados, ser ejecutado y resucitar al tercer día’.
Los discípulos que habían subido con Jesús al Tabor ahora bajaban entusiasmados aunque no podían decir nada a nadie hasta después de la resurrección de Jesús. Cosa que no terminaban de entender, eso de la resurrección de los muertos.
Y al llegar a la llanura se habían encontrado con aquel padre que traía a un hijo dominado por el mal, un epiléptico seguramente, y al que Jesús había curado. Surgió una admiración general entre las gentes por los milagros que Jesús hacía.
Ahora les habla de nuevo de entrega hasta la muerte insistiéndoles Jesús para que lo entiendan. ‘Entre la admiración general por lo que hacía, Jesús dijo a sus discípulos: Meteos bien esto en la cabeza: al Hijo del Hombre lo van a entregar en manos de los hombres’.
Pero a los discípulos les costaba entender. Será algo que se repite muchas veces cada vez que Jesús habla de pasión y de muerte. Recordemos a Pedro cómo trataba de quitarle esa idea de la cabeza a Jesús diciéndoles que eso no le podía pasar, que él no lo permitiría. ‘Ellos no entendían este lenguaje; les resultaba tan oscuro, que no cogían el sentido’.
Cómo cuesta quitar de la cabeza una idea cuando se nos metido fijamente. Tenemos una idea, pensamos que las cosas tienen que ser así, y cambiar el planteamiento nos resulta bien difícil. Les pasaba a ellos, como sigue pasando hoy, sucede a nuestro alrededor y en muchas cosas nos puede suceder a nosotros.
Una entrega de esa manera, hasta el final, que puede llevar incluso a la muerte, si fuera preciso, es cosa que no se entiende hoy. Relativizamos tanto las cosas que nos parece que no pueden haber principios inmutables, compromisos que puedan implicarnos tanto que nos hagan gastar la vida totalmente hasta llegar incluso a la muerte. La palabra dada o el compromiso radical mucha gente no lo entiende. Nos comprometemos, sí, mientras me sea posible o no me cause demasiados problemas. Cambiamos de idea como se cambia de camisa uno todos los días.
Cuántas veces escuchamos, es que la Iglesia tiene que cambiar, tiene que ponerse al día, en eso del matrimonio indisoluble, ese sentido de la vida inviolable, eso del aborto o de la eutanasia, porque claro surgen otros problemas, y así no se cuántas cosas. El que una persona pueda entregar su vida a un compromiso total y radical de su vida hasta la muerte, es algo que cuesta entender. No se entiende un sacerdocio para toda una vida, no se entiende cómo un joven en un momento determinado deje sus cosas, su futuro que parece inmejorable en tantas perspectivas que tiene, para consagrarse en la vida religiosa o en el sacerdocio. Y así tantas cosas.
Seguimos sin entender el sentido del dolor y de la muerte. Es un interrogante que se produce en nosotros cuando nos llega la enfermedad en nosotros mismos o en los que están cercanos a nosotros, que nos hace daño, y es preferible no pensar en ello. Lo del avestruz que esconde la cabeza bajo el ala, para no ver a los que lo están persiguiendo. Escondemos la cabeza bajo el ala, no queremos pensar para no enterarnos o para que no nos hagan daño esas cosas por dentro.
Es necesario saberle dar un sentido al dolor y a la muerte, para que no se convierta para nosotros simplemente en una desgracia. Contemplarlo como una ofrenda o como una purificación de nuestra vida; verlo como un camino de santificación.
¿Quiere Dios el dolor y la muerte? Es una pregunta que nos hacemos. No te doy otra respuesta sino que mires a Cristo. Dios que sufre con nuestro dolor y que muere con nuestra muerte. Se hizo en todo semejante a nosotros, asumió totalmente nuestra condición humana pasando también por nuestro sufrimiento y por nuestra muerte. Pero lo contemplamos como el Señor, ante cuyo nombre hemos de doblar nuestra rodilla, ante el que toda lengua ha de proclamar, Jesús es el Señor, para gloria de Dios Padre.
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sábado, 27 de septiembre de 2008
Les resultaba duro este lenguaje
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viernes, 26 de septiembre de 2008
Una mirada de fe para descubrir el Misterio de Cristo, el Mesías de Dios
Eclesiastés, 3, 1-11
Sal. 143
Lc. 9, 18-22
Si ayer hablábamos del desconcierto de Herodes y de las gentes sobre la identidad de Jesús, es el mismo Jesús el que les pregunta a los discípulos sobre lo que piensa la gente y lo que piensan ellos de su identidad.
‘Una vez que estaba Jesús orando solo, en presencia de sus discípulos les preguntó: ¿Quién dice la gente que soy yo?... y vosotros, ¿quién decís que soy yo?’ La respuesta de los discípulos acerca de lo que pensaba la gente es semejante a lo que ayer nos reflejaba el evangelio. La respuesta de Pedro, según nos lo narra san Lucas, es más concisa de lo que nos contaba san Mateo, aunque vienen a decir lo mismo. ‘El Mesías de Dios’.
Hay una mirada distinta de la gente y de aquellos discípulos que estaban más cerca de Jesús. ¿Con qué mirada hemos de acercanos a Jesús? ¿Cómo podremos realmente conocerle?
Una mirada exclusivamente humana nos lo puede hacer ver desde un hombre maravilloso, pero solo un hombre, a alguien que está dotado de poderes especiales, puesto que cura enfermos, limpia leprosos o resucita a los muertos. Una mirada de fe más profunda puede llegar a vislumbrar detrás de todas esas obras la acción de Dios.
La respuesta de Pedro exige una mirada más honda, una mirada de fe. En el relato de san Mateo se nos dirá en palabras de Jesús que eso no lo ha aprendido Pedro por si mismo, de carne y sangre, sino que le ha sido revelado por el Padre del cielo. Aquí no se hace referencia a ello y, aunque se acepta por parte de Jesús, sin embargo no quiere que la noticia se divulgue. Tenía diversas connotaciones la idea que tenían los judíos de lo que había de ser el Mesías. Podría tener una carga política y de liberación solamente de poderes humanos, con toda la carga de violencia que esa lucha traería detrás. Jesús quiere que le descubran en su auténtica realidad, en su auténtica identidad.
Es la hora del anuncio de su auténtico ser de Mesías. Por eso es la hora del anuncio de la pasión y de la muerte, así como también de la resurrección. Es el primer anuncio de la pasión que nos trae el relato del evangelio de san Lucas. Es una evocación y una referencia a lo que habían anunciado los profetas y de manera especial el profeta Isaías en el cántico del siervo sufriente de Yavé.
‘Y añadió: el Hijo del Hombre tiene que padecer mucho, ser desechado por los ancianos, sumos sacerdotes y letrados ser ejecutado y resucitar al tercer día’.
Cristo es el Mesías, pero el Mesías redentor. Cristo es el ungido de Dios, así se había presentado en la Sinagoga de Nazaret, pero ese Ungido del Señor, lleno del Espíritu del Señor había de pasar por el camino de la pasión y de la Cruz. Es el que se anonadó haciendo como uno de tantos, sufriendo la muerte de los malhechores porque cargaba con nuestras culpas para darnos la salvación. Mesías, sí, el Señor ante cuyo nombre había que doblar toda rodilla en el cielo, en el tierra y en el abismo. Pero es el Mesías que ‘sufriendo aprendió a obedecer’.
Todo esto lo podemos descubrir con los ojos de la fe. Porque tras esa pasión y esa muerte siempre tenemos que vislumbrar los resplandores de la resurrección. Lucas en los versículos siguientes nos va a traer el relato de la transfiguración, aunque en esta lectura continuada no lo escucharemos.
Que se despierte nuestra fe para conocer todo el misterio de Jesús. Que crezcamos en esa fe y ese seguimiento de Jesús. Que lleguemos a descubrir la maravilla de ese camino de amor que Jesús está realizando para que nosotros intentemos seguirlo, hacer el mismo recorrido.
Sal. 143
Lc. 9, 18-22
Si ayer hablábamos del desconcierto de Herodes y de las gentes sobre la identidad de Jesús, es el mismo Jesús el que les pregunta a los discípulos sobre lo que piensa la gente y lo que piensan ellos de su identidad.
‘Una vez que estaba Jesús orando solo, en presencia de sus discípulos les preguntó: ¿Quién dice la gente que soy yo?... y vosotros, ¿quién decís que soy yo?’ La respuesta de los discípulos acerca de lo que pensaba la gente es semejante a lo que ayer nos reflejaba el evangelio. La respuesta de Pedro, según nos lo narra san Lucas, es más concisa de lo que nos contaba san Mateo, aunque vienen a decir lo mismo. ‘El Mesías de Dios’.
Hay una mirada distinta de la gente y de aquellos discípulos que estaban más cerca de Jesús. ¿Con qué mirada hemos de acercanos a Jesús? ¿Cómo podremos realmente conocerle?
Una mirada exclusivamente humana nos lo puede hacer ver desde un hombre maravilloso, pero solo un hombre, a alguien que está dotado de poderes especiales, puesto que cura enfermos, limpia leprosos o resucita a los muertos. Una mirada de fe más profunda puede llegar a vislumbrar detrás de todas esas obras la acción de Dios.
La respuesta de Pedro exige una mirada más honda, una mirada de fe. En el relato de san Mateo se nos dirá en palabras de Jesús que eso no lo ha aprendido Pedro por si mismo, de carne y sangre, sino que le ha sido revelado por el Padre del cielo. Aquí no se hace referencia a ello y, aunque se acepta por parte de Jesús, sin embargo no quiere que la noticia se divulgue. Tenía diversas connotaciones la idea que tenían los judíos de lo que había de ser el Mesías. Podría tener una carga política y de liberación solamente de poderes humanos, con toda la carga de violencia que esa lucha traería detrás. Jesús quiere que le descubran en su auténtica realidad, en su auténtica identidad.
Es la hora del anuncio de su auténtico ser de Mesías. Por eso es la hora del anuncio de la pasión y de la muerte, así como también de la resurrección. Es el primer anuncio de la pasión que nos trae el relato del evangelio de san Lucas. Es una evocación y una referencia a lo que habían anunciado los profetas y de manera especial el profeta Isaías en el cántico del siervo sufriente de Yavé.
‘Y añadió: el Hijo del Hombre tiene que padecer mucho, ser desechado por los ancianos, sumos sacerdotes y letrados ser ejecutado y resucitar al tercer día’.
Cristo es el Mesías, pero el Mesías redentor. Cristo es el ungido de Dios, así se había presentado en la Sinagoga de Nazaret, pero ese Ungido del Señor, lleno del Espíritu del Señor había de pasar por el camino de la pasión y de la Cruz. Es el que se anonadó haciendo como uno de tantos, sufriendo la muerte de los malhechores porque cargaba con nuestras culpas para darnos la salvación. Mesías, sí, el Señor ante cuyo nombre había que doblar toda rodilla en el cielo, en el tierra y en el abismo. Pero es el Mesías que ‘sufriendo aprendió a obedecer’.
Todo esto lo podemos descubrir con los ojos de la fe. Porque tras esa pasión y esa muerte siempre tenemos que vislumbrar los resplandores de la resurrección. Lucas en los versículos siguientes nos va a traer el relato de la transfiguración, aunque en esta lectura continuada no lo escucharemos.
Que se despierte nuestra fe para conocer todo el misterio de Jesús. Que crezcamos en esa fe y ese seguimiento de Jesús. Que lleguemos a descubrir la maravilla de ese camino de amor que Jesús está realizando para que nosotros intentemos seguirlo, hacer el mismo recorrido.
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jueves, 25 de septiembre de 2008
Tenía ganas de ver a Jesús
Eclesiastés, 1, 2-11
Sal. 89
Lc. 9, 7-9
‘El virrey Herodes tenía ganas de ver a Jesús...’ Así nos dice el Evangelista.
Había oído hablar de Jesús y estaba desconcertado. Eran distintas las opiniones que la gente tenía sobre Jesús ‘y no sabía a qué atenerse, porque unos decían que Juan había resucitado, otros que había aparecido Elías – el que había arrebatado al cielo en un carro de fuego – y otros que había vuelto a la vida uno de los antiguos profetas’.
Quizá tenía mala conciencia –‘a Herodes lo mandé decapitar yo’, se decía – y ahora aparecían los remordimientos. Desconcierto para Herodes y desconcierto para todos. ‘¿Quién es éste de quien oigo semejantes cosas?’
Unos interrogantes que bien podían ser una llamada del Señor. Una búsqueda sincera. Una fe que descubrir. Un camino que puede conducir hasta Jesús si se recorre con buena voluntad y sinceridad.
Si nos fijamos en el evangelio, sobre todo en el principio del Evangelio de Juan donde se nos habla de la vocación de los primeros discípulos, Felipe, Natanael, Simón, Juan y Andrés eran personas inquietas que andaban también un camino de búsqueda. Si Andrés y Juan estaban junto al Bautista siendo sus discípulos es porque en ellos estaba también el ansia y la esperanza de la pronta venida del Mesías. Será así como el Bautista les señale a Jesús detrás de quien se irán porque quieren conocerle. ‘¿Dónde vives?’, es algo más que preguntar por una casa o una habitación. Era un deseo de conocer. Era un camino de búsqueda el que ellos realizaban. Y así podemos pensar de aquellos primeros discípulos.
En la vida todos tenemos inquietudes, interrogantes y preguntas. Hay cosas que nos suceden que nos desconciertan y nos hacen preguntarnos muchos ¿por qué?. ¿Por qué me tenía que suceder eso a mí? ¿Por qué ese accidente? ¿Por qué esa enfermedad? ¿Por qué esa muerte de ese niño inocente? ¿Por qué...?
A veces en nuestras dudas e interrogantes perdemos la ilusión y la esperanza y todo nos parece un vacío y un sin sentido, como nos habla hoy el libro del Eclesiastés.
Nos encontramos con gente confundida que se va tras la primera respuesta que se les ofrece. Católicos de siempre, bautizados en nuestra fe, que hicieron su primera comunión y han vivido una cierta religiosidad en su vida, de la noche a la mañana vemos que abandonan, que se ‘apuntan’ a otro grupo cristiano, que dicen que han encontrado una verdadera espiritualidad en esas corrientes que van y vienen de un lado para otro, o que lo abandonan todo viviendo en la increencia, el agnosticismo o un ateismo práctico y radical.
Gentes que te dicen que asistieron a no sé qué reunión y allí no se decía nada malo, que se decían cosas buenas, que todo les parecía bien. Gentes que hacen una mezcolanza como si todo fuera igual de bueno y al final no saben distinguir entre una cosa y otra.
¿Por qué todo esto? Muchas veces una falta de formación en la fe que han vivido toda su vida, ahora les confunde y les parece que lo que los otros le dicen está bien y no ven la diferencia.
Recuerdo una anécdota de un buen hombre, ya mayor, al que un día le invitaban a asistir a unas reuniones de religiones distintas a nuestra religión católica. El buen hombre, con la socarronería propia de los hombres mayores de nuestra tierra, le respondió al que le invitaba. Tengo ya muchos años y aun no he terminado de conocer y comprender bien lo que ha sido la religión de toda mi vida, ¿cómo me vas a invitar a mí para que a mis años conozca otra nueva religión si no conozco la mía de siempre?La respuesta nos puede parecer muy simple, pero sí tiene que hacernos preguntar si nosotros conocemos de verdad lo que es nuestra fe católica. Por eso no abandones tu fe sino trata de conocerla más y mejor, de profundizar en ella. Sigamos este camino que nos ha trazado Jesús y vivamos su verdad y su vida. ‘Yo soy el camino, y la verdad, y la vida, nadie va al Padre sino por mí’. Encontremos las razones profundas de nuestra fe y de nuestra esperanza, para encontrar la respuesta que Cristo quiere darnos a esos interrogantes profundos que tiene toda persona.
Sal. 89
Lc. 9, 7-9
‘El virrey Herodes tenía ganas de ver a Jesús...’ Así nos dice el Evangelista.
Había oído hablar de Jesús y estaba desconcertado. Eran distintas las opiniones que la gente tenía sobre Jesús ‘y no sabía a qué atenerse, porque unos decían que Juan había resucitado, otros que había aparecido Elías – el que había arrebatado al cielo en un carro de fuego – y otros que había vuelto a la vida uno de los antiguos profetas’.
Quizá tenía mala conciencia –‘a Herodes lo mandé decapitar yo’, se decía – y ahora aparecían los remordimientos. Desconcierto para Herodes y desconcierto para todos. ‘¿Quién es éste de quien oigo semejantes cosas?’
Unos interrogantes que bien podían ser una llamada del Señor. Una búsqueda sincera. Una fe que descubrir. Un camino que puede conducir hasta Jesús si se recorre con buena voluntad y sinceridad.
Si nos fijamos en el evangelio, sobre todo en el principio del Evangelio de Juan donde se nos habla de la vocación de los primeros discípulos, Felipe, Natanael, Simón, Juan y Andrés eran personas inquietas que andaban también un camino de búsqueda. Si Andrés y Juan estaban junto al Bautista siendo sus discípulos es porque en ellos estaba también el ansia y la esperanza de la pronta venida del Mesías. Será así como el Bautista les señale a Jesús detrás de quien se irán porque quieren conocerle. ‘¿Dónde vives?’, es algo más que preguntar por una casa o una habitación. Era un deseo de conocer. Era un camino de búsqueda el que ellos realizaban. Y así podemos pensar de aquellos primeros discípulos.
En la vida todos tenemos inquietudes, interrogantes y preguntas. Hay cosas que nos suceden que nos desconciertan y nos hacen preguntarnos muchos ¿por qué?. ¿Por qué me tenía que suceder eso a mí? ¿Por qué ese accidente? ¿Por qué esa enfermedad? ¿Por qué esa muerte de ese niño inocente? ¿Por qué...?
A veces en nuestras dudas e interrogantes perdemos la ilusión y la esperanza y todo nos parece un vacío y un sin sentido, como nos habla hoy el libro del Eclesiastés.
Nos encontramos con gente confundida que se va tras la primera respuesta que se les ofrece. Católicos de siempre, bautizados en nuestra fe, que hicieron su primera comunión y han vivido una cierta religiosidad en su vida, de la noche a la mañana vemos que abandonan, que se ‘apuntan’ a otro grupo cristiano, que dicen que han encontrado una verdadera espiritualidad en esas corrientes que van y vienen de un lado para otro, o que lo abandonan todo viviendo en la increencia, el agnosticismo o un ateismo práctico y radical.
Gentes que te dicen que asistieron a no sé qué reunión y allí no se decía nada malo, que se decían cosas buenas, que todo les parecía bien. Gentes que hacen una mezcolanza como si todo fuera igual de bueno y al final no saben distinguir entre una cosa y otra.
¿Por qué todo esto? Muchas veces una falta de formación en la fe que han vivido toda su vida, ahora les confunde y les parece que lo que los otros le dicen está bien y no ven la diferencia.
Recuerdo una anécdota de un buen hombre, ya mayor, al que un día le invitaban a asistir a unas reuniones de religiones distintas a nuestra religión católica. El buen hombre, con la socarronería propia de los hombres mayores de nuestra tierra, le respondió al que le invitaba. Tengo ya muchos años y aun no he terminado de conocer y comprender bien lo que ha sido la religión de toda mi vida, ¿cómo me vas a invitar a mí para que a mis años conozca otra nueva religión si no conozco la mía de siempre?La respuesta nos puede parecer muy simple, pero sí tiene que hacernos preguntar si nosotros conocemos de verdad lo que es nuestra fe católica. Por eso no abandones tu fe sino trata de conocerla más y mejor, de profundizar en ella. Sigamos este camino que nos ha trazado Jesús y vivamos su verdad y su vida. ‘Yo soy el camino, y la verdad, y la vida, nadie va al Padre sino por mí’. Encontremos las razones profundas de nuestra fe y de nuestra esperanza, para encontrar la respuesta que Cristo quiere darnos a esos interrogantes profundos que tiene toda persona.
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miércoles, 24 de septiembre de 2008
Algunas semillas de Sabiduría divina
Proverbios, 30, 5-9
Sal. 118
Lc. 9, 1-6
‘La Palabra de Dios es acendrada, El es escudo para los que se refugian en El’. Es el primero de los proverbios que nos ofrece la primera lectura de este día del libro del Antiguo Testamento del mismo nombre, perteneciente a los libros sapienciales o de la Sabiduría. Vamos a fijarnos en los dos proverbios propuestos con un breve comentario. Semillas de sabiduría, podemos decir que son para nosotros.
La Palabra del Señor es pura y limpia, pero también llena de fortaleza. ‘Lámpara Señor, es tu Palabra para mis pasos’, dijimos y repetimos en el salmo responsorial. Es escudo, nos decía proverbio, porque el Señor es nuestra fortaleza. El viene siempre en nuestra ayuda y en verdad nos apoyamos en El.
‘Aleja de mí la falsedad y la mentira; no me des riqueza ni pobreza, concédeme mi ración de pan; no sea que me sacie y reniegue de ti... no sea que necesitando, robe y blasfeme de mi Dios’. Rectitud y sinceridad en la vida, alejando toda maldad y toda mentira. Pero nos dice más: ‘no me des riqueza ni pobreza’, sino que no me falte el pan de cada día. Es lo que pedimos al Señor en la oración que Jesús nos enseñó. Algunas veces le pedimos al Señor suerte y que podamos obtener riquezas y grandezas. Pero el Señor nos enseñó, no a pedir mucho, sino el pan de cada día.
Pero nos da una motivación. Cuando me sienta saciado, lleno de bienes y de riquezas, ¿no tendré el peligro que mi espíritu se sienta saciado, o mejor dicho, tendríamos que decir, cegado, y nos olvidemos de Dios? Ya sabemos que cuando llenamos nuestro corazón de cosas y de apegos, no le dejamos lugar a Dios en nuestra vida.
También finalmente le pedimos a Dios que nos libre de la pobreza extrema, para que en mi desesperación nunca me sienta abandonado de Dios ni reniegue de El.
Del Evangelio queremos subrayar también algo. Nos confía el Señor una misión, es el envío de los discípulos a anunciar el Reino, pero nos está enseñando la confianza en la providencia divina y en el actuar de Dios todopoderoso que está por encima de nuestras pobres acciones. En la obra de Dios no vamos confiando solamente o exclusivamente en nuestras fuerzas o en nuestro saber, sino confiando por encima de todo en la fuerza del Espíritu del Señor que está con nosotros. Como hemos dicho en más de una ocasión, dejemos actuar al Espíritu del Señor en nuestra vida.
‘Los envió a proclamar el Reino de Dios y a curar a los enfermos’, nos dice el Evangelista. Es la misma misión de Jesús, la misma obra de Jesús que nosotros hemos de continuar. Pero hemos de fijarnos en lo que dice a continuación. ‘No llevéis nada para el camino; ni bastón ni alforja, ni pan ni dinero; tampoco llevéis túnica de repuesto. Quedaos en la casa donde entréis, hasta que os vayáis de aquel sitio...’
¿Qué nos quiere decir el Señor? Lo dicho. Nuestros apoyos no son apoyos humanos. Nuestra fuerza está en el Señor. Ya nos enseñaba en otro lugar a confiar en la Providencia de Dios que cuida de los lirios del campo o de los pájaros del cielo y de la misma manera y con mayor razón va a cuidar de sus hijos. Ahora con más razón. Si la obra que vamos a realizar es la obra de Dios, el anuncio del Reino y las señales de la salvación, no puede aparecer como obra nuestra sino siempre como obra de Dios. Por eso no nos vamos a apoyar en medios humanos, aunque tengamos que utilizarnos, sino por encima de todo en la gracia y el poder del Señor.
Una semilla de sabiduría también para nuestro actuar como cristianos, que nos enseña a poner toda nuestra confianza en el Señor.
Sal. 118
Lc. 9, 1-6
‘La Palabra de Dios es acendrada, El es escudo para los que se refugian en El’. Es el primero de los proverbios que nos ofrece la primera lectura de este día del libro del Antiguo Testamento del mismo nombre, perteneciente a los libros sapienciales o de la Sabiduría. Vamos a fijarnos en los dos proverbios propuestos con un breve comentario. Semillas de sabiduría, podemos decir que son para nosotros.
La Palabra del Señor es pura y limpia, pero también llena de fortaleza. ‘Lámpara Señor, es tu Palabra para mis pasos’, dijimos y repetimos en el salmo responsorial. Es escudo, nos decía proverbio, porque el Señor es nuestra fortaleza. El viene siempre en nuestra ayuda y en verdad nos apoyamos en El.
‘Aleja de mí la falsedad y la mentira; no me des riqueza ni pobreza, concédeme mi ración de pan; no sea que me sacie y reniegue de ti... no sea que necesitando, robe y blasfeme de mi Dios’. Rectitud y sinceridad en la vida, alejando toda maldad y toda mentira. Pero nos dice más: ‘no me des riqueza ni pobreza’, sino que no me falte el pan de cada día. Es lo que pedimos al Señor en la oración que Jesús nos enseñó. Algunas veces le pedimos al Señor suerte y que podamos obtener riquezas y grandezas. Pero el Señor nos enseñó, no a pedir mucho, sino el pan de cada día.
Pero nos da una motivación. Cuando me sienta saciado, lleno de bienes y de riquezas, ¿no tendré el peligro que mi espíritu se sienta saciado, o mejor dicho, tendríamos que decir, cegado, y nos olvidemos de Dios? Ya sabemos que cuando llenamos nuestro corazón de cosas y de apegos, no le dejamos lugar a Dios en nuestra vida.
También finalmente le pedimos a Dios que nos libre de la pobreza extrema, para que en mi desesperación nunca me sienta abandonado de Dios ni reniegue de El.
Del Evangelio queremos subrayar también algo. Nos confía el Señor una misión, es el envío de los discípulos a anunciar el Reino, pero nos está enseñando la confianza en la providencia divina y en el actuar de Dios todopoderoso que está por encima de nuestras pobres acciones. En la obra de Dios no vamos confiando solamente o exclusivamente en nuestras fuerzas o en nuestro saber, sino confiando por encima de todo en la fuerza del Espíritu del Señor que está con nosotros. Como hemos dicho en más de una ocasión, dejemos actuar al Espíritu del Señor en nuestra vida.
‘Los envió a proclamar el Reino de Dios y a curar a los enfermos’, nos dice el Evangelista. Es la misma misión de Jesús, la misma obra de Jesús que nosotros hemos de continuar. Pero hemos de fijarnos en lo que dice a continuación. ‘No llevéis nada para el camino; ni bastón ni alforja, ni pan ni dinero; tampoco llevéis túnica de repuesto. Quedaos en la casa donde entréis, hasta que os vayáis de aquel sitio...’
¿Qué nos quiere decir el Señor? Lo dicho. Nuestros apoyos no son apoyos humanos. Nuestra fuerza está en el Señor. Ya nos enseñaba en otro lugar a confiar en la Providencia de Dios que cuida de los lirios del campo o de los pájaros del cielo y de la misma manera y con mayor razón va a cuidar de sus hijos. Ahora con más razón. Si la obra que vamos a realizar es la obra de Dios, el anuncio del Reino y las señales de la salvación, no puede aparecer como obra nuestra sino siempre como obra de Dios. Por eso no nos vamos a apoyar en medios humanos, aunque tengamos que utilizarnos, sino por encima de todo en la gracia y el poder del Señor.
Una semilla de sabiduría también para nuestro actuar como cristianos, que nos enseña a poner toda nuestra confianza en el Señor.
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martes, 23 de septiembre de 2008
Los que son la auténtica familia de Jesús
Proverbios, 21, 1-6.10-13
Sal. 118
Lc. 8, 19-21
‘Vinieron a ver a Jesús su madre y sus hermanos, pero con el gentío no lograban llegar hasta El...’
Este hecho del evangelio da pie a Jesús para indicarnos cuál es su auténtica familia y a nosotros a reflexionar también cómo somos nosotros la familia de Jesús. No es necesario entretenerse en la expresión que emplea el evangelio de ‘los hermanos’, porque todos sabemos muy bien que esta expresión en el lenguaje judío y semita quiere expresar algo más que los hermanos de carne y sangre, los nacidos de un mismo padre y madre, para significar en ello todo lo que son los familiares.
‘¿Quiénes son mi madre y mis hermanos?’, se pregunta Jesús tal como nos lo expresa el relato de otro evangelista. ‘Mi madre y mis hermanos son estos: los que escuchan la Palabra de Dios y la ponen en práctica’.
No es una negación del valor de los lazos familiares. Lo que Jesús quiere expresarnos es la ampliación a un nuevo concepto de familia. Con Jesús entramos a formar parte de una nueva familia. Con Jesús se establece entre todos los que creemos en El y a El queremos unirnos una nueva relación, nacida de un amor nuevo y de una vida nueva que nace en nosotros. Somos una nueva familia por nuestra unión con El, por la fe que tenemos en Jesús.
Una nueva relación, una nueva familia no simplemente como fruto de un simple rito. Es algo más. Se era del pueblo judío por raza, o porque mediante un rito, la circuncisión se entraba a formar parte de ese pueblo. Podríamos pensar nosotros, tomándonoslo a la letra, que nosotros comenzamos a ser de esa nueva familia solamente como fruto de un rito, del Bautismo.
Es cierto que es necesario el Bautismo. Pero el Bautismo no lo reducimos a un rito, aunque en su celebración tenga una expresión ritual. El Bautismo es algo más hondo porque es algo que tiene que nacer de la fe; tiene que nacer de un Sí que damos con nuestra vida a Jesús y a su vida; un Sí que implica toda una vida.
Es el Sí que le damos a Dios escuchando su Palabra, pero también llevándola a la vida. Le escuchamos y le seguimos. Le escuchamos y nos ponemos en camino de una nueva vida. Le escuchamos y haciendo vida en nosotros esa Palabra, que plantamos en nuestro corazón, nacemos para Dios; mejor, Dios nos regala su vida, nos hace hijos suyos. Le damos nuestro Sí y entonces comenzamos a formar parte de esa nueva familia de Jesús.
Esta expresión que estamos comentando, de escuchar la Palabra y ponerla en práctica, será algo que más adelante en este mismo evangelio de san Lucas volveremos a escuchar. Una mujer anónima del pueblo al escuchar y ver las obras de Jesús exclama: ‘Dichoso el vientre que te llevó y los pechos que te amamantaron’. Pero recordamos también la respuesta de Jesús. ‘Dichosos los que escuchan la Palabra de Dios y la ponen en práctica’.
Que seamos dichosos también nosotros, como María a quien siempre es la primera que hemos aplicado estas palabras de Jesús, María la que conservaba todas las cosas en su corazón, porque también nosotros guardemos en nuestro corazón la Palabra de Dios escuchada; porque nosotros también la pongamos en práctica; porque nosotros escuchando y poniendo la Palabra de Dios en práctica comencemos a ser la familia de Jesús; dichosos nosotros si también después de escuchar la Palabra llevamos una vida digna del Evangelio de Jesús que hemos recibido.
Sal. 118
Lc. 8, 19-21
‘Vinieron a ver a Jesús su madre y sus hermanos, pero con el gentío no lograban llegar hasta El...’
Este hecho del evangelio da pie a Jesús para indicarnos cuál es su auténtica familia y a nosotros a reflexionar también cómo somos nosotros la familia de Jesús. No es necesario entretenerse en la expresión que emplea el evangelio de ‘los hermanos’, porque todos sabemos muy bien que esta expresión en el lenguaje judío y semita quiere expresar algo más que los hermanos de carne y sangre, los nacidos de un mismo padre y madre, para significar en ello todo lo que son los familiares.
‘¿Quiénes son mi madre y mis hermanos?’, se pregunta Jesús tal como nos lo expresa el relato de otro evangelista. ‘Mi madre y mis hermanos son estos: los que escuchan la Palabra de Dios y la ponen en práctica’.
No es una negación del valor de los lazos familiares. Lo que Jesús quiere expresarnos es la ampliación a un nuevo concepto de familia. Con Jesús entramos a formar parte de una nueva familia. Con Jesús se establece entre todos los que creemos en El y a El queremos unirnos una nueva relación, nacida de un amor nuevo y de una vida nueva que nace en nosotros. Somos una nueva familia por nuestra unión con El, por la fe que tenemos en Jesús.
Una nueva relación, una nueva familia no simplemente como fruto de un simple rito. Es algo más. Se era del pueblo judío por raza, o porque mediante un rito, la circuncisión se entraba a formar parte de ese pueblo. Podríamos pensar nosotros, tomándonoslo a la letra, que nosotros comenzamos a ser de esa nueva familia solamente como fruto de un rito, del Bautismo.
Es cierto que es necesario el Bautismo. Pero el Bautismo no lo reducimos a un rito, aunque en su celebración tenga una expresión ritual. El Bautismo es algo más hondo porque es algo que tiene que nacer de la fe; tiene que nacer de un Sí que damos con nuestra vida a Jesús y a su vida; un Sí que implica toda una vida.
Es el Sí que le damos a Dios escuchando su Palabra, pero también llevándola a la vida. Le escuchamos y le seguimos. Le escuchamos y nos ponemos en camino de una nueva vida. Le escuchamos y haciendo vida en nosotros esa Palabra, que plantamos en nuestro corazón, nacemos para Dios; mejor, Dios nos regala su vida, nos hace hijos suyos. Le damos nuestro Sí y entonces comenzamos a formar parte de esa nueva familia de Jesús.
Esta expresión que estamos comentando, de escuchar la Palabra y ponerla en práctica, será algo que más adelante en este mismo evangelio de san Lucas volveremos a escuchar. Una mujer anónima del pueblo al escuchar y ver las obras de Jesús exclama: ‘Dichoso el vientre que te llevó y los pechos que te amamantaron’. Pero recordamos también la respuesta de Jesús. ‘Dichosos los que escuchan la Palabra de Dios y la ponen en práctica’.
Que seamos dichosos también nosotros, como María a quien siempre es la primera que hemos aplicado estas palabras de Jesús, María la que conservaba todas las cosas en su corazón, porque también nosotros guardemos en nuestro corazón la Palabra de Dios escuchada; porque nosotros también la pongamos en práctica; porque nosotros escuchando y poniendo la Palabra de Dios en práctica comencemos a ser la familia de Jesús; dichosos nosotros si también después de escuchar la Palabra llevamos una vida digna del Evangelio de Jesús que hemos recibido.
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lunes, 22 de septiembre de 2008
Pon en alto tu luz para que todos tengan luz
Proverbios, 3, 27-35
Sal. 14
Lc. 8, 16-18
‘Nadie enciende un candil y lo tapa con una vasija o lo mete debajo de la cama; lo pone en el candelero para que los que entran tengan luz’.
Confieso que al leer estas palabras de Jesús me vino a la mente mi infancia; en la casa en la que nací no tenía luz eléctrica y la casa estaba en medio de una finca donde mi padre trabajaba como peón de la agricultura. Para alumbrarnos se tenían lámparas de petróleo que había que colocar estratégicamente en la cocina por la noche que era donde nos reuníamos para que así pudiéramos tener alguna iluminación. Recuerdo que cuando alguien llegaba y desde los patios llamaba para que le abriéramos o supiéramos de su presencia, mi padre acudía con aquella lámpara o un farol para que el que llegaba pudiera atravesar los patios sin tropiezos y llegar hasta la casa.
Creo que la imagen que nos propone Jesús es muy rica en enseñanza. No para que hablemos de nuestras lámparas o candiles, sino para que caigamos en la cuenta de que es necesario tener encendida siempre esa luz que ilumine nuestra vida. Y esa Luz para nosotros no es otro que Cristo. Ya nos lo dice en el Evangelio ‘yo soy la luz del mundo y el que me sigue no anda en tinieblas’.
Que no nos falte nunca esa luz para que realmente sepamos por donde hemos de caminar en la vida. Pero que o ocultemos esa luz. Sabemos que desgraciadamente muchas veces queremos prescindir de esa Luz, no queremos dejarnos iluminar, o tratamos de ocultarla y así terminamos realizando las obras de las tinieblas. ¡Qué resbaladiza se nos vuelve la pendiente y con la ausencia de esa Luz que muchas veces queremos ocultar cómo caemos tan fácilmente en la tentación y en el pecado! No podemos dejar de iluminarnos con esa Luz que es Cristo. Si nos dejamos iluminar por la luz de Cristo no iremos tropezando en las piedras y los obstáculos del camino.
Pero ya sabemos también lo que nos dice Jesús en referencia a esa Luz que nosotros tenemos que llevar a los demás. ‘Sois la luz del mundo... soy la sal de la tierra...’ nos repite en el Evangelio. Y hoy hemos escuchado en la antífona del Aleluya esa invitación de Jesús. ‘Alumbre así vuestra luz a los hombres para que vean vuestras buenas obras y den gloria a vuestro Padre’.
Tenemos que ser luz para los demás, iluminar a los otros con la luz de Cristo. ‘...que vean vuestras buenas obras’, nos dice Jesús. Pero no para buscar nuestra gloria, sino la gloria del Señor. No vamos pregonando nuestras obras buscando la obsequiosidad de los demás. Ya nos dice también que no sepa tu mano izquierda lo que hace la derecha. Pero sí es necesario iluminar a los otros con la luz de Cristo. Que vean entonces nuestras buenas obras, y así den gloria, no a nosotros, sino a nuestro Padre del cielo.
En la primera lectura estos días vamos a leer diferentes textos de los libros sapienciales del Antiguo Testamento. Hoy hemos escuchado un fragmento de libro de Los Proverbios. Hermoso texto que nos da pautas para ver cómo tenemos que hacer que brille nuestra luz.
¿Cuáles son esos pasos iluminados que yo tengo que dar? ‘No niegues un favor a quien lo necesita... si tienes, no digas a tu prójimo, mañana te lo daré.. no trames daños contra tu prójimo... no pleitees con nadie... no envidies al violento, ni sigas su camino...’ Llenar nuestra vida de obras buenas, de obras de amor. Desterrar de nosotros el egoísmo, la violencia, la insolidaridad, el orgullo y la envidia. Porque ‘el Señor se confía a los honrados... bendice la morada del justo... concede su favor a los humildes... y el juto habitará en el monte santo del Señor’, en la presencia del Señor.
Así tenemos que iluminar para ayudar a los otros a que vayan también por buenos caminos y no tropiecen. Así tenemos que iluminar repartiendo siempre amor. Y todo siempre, para la gloria del Señor.
Sal. 14
Lc. 8, 16-18
‘Nadie enciende un candil y lo tapa con una vasija o lo mete debajo de la cama; lo pone en el candelero para que los que entran tengan luz’.
Confieso que al leer estas palabras de Jesús me vino a la mente mi infancia; en la casa en la que nací no tenía luz eléctrica y la casa estaba en medio de una finca donde mi padre trabajaba como peón de la agricultura. Para alumbrarnos se tenían lámparas de petróleo que había que colocar estratégicamente en la cocina por la noche que era donde nos reuníamos para que así pudiéramos tener alguna iluminación. Recuerdo que cuando alguien llegaba y desde los patios llamaba para que le abriéramos o supiéramos de su presencia, mi padre acudía con aquella lámpara o un farol para que el que llegaba pudiera atravesar los patios sin tropiezos y llegar hasta la casa.
Creo que la imagen que nos propone Jesús es muy rica en enseñanza. No para que hablemos de nuestras lámparas o candiles, sino para que caigamos en la cuenta de que es necesario tener encendida siempre esa luz que ilumine nuestra vida. Y esa Luz para nosotros no es otro que Cristo. Ya nos lo dice en el Evangelio ‘yo soy la luz del mundo y el que me sigue no anda en tinieblas’.
Que no nos falte nunca esa luz para que realmente sepamos por donde hemos de caminar en la vida. Pero que o ocultemos esa luz. Sabemos que desgraciadamente muchas veces queremos prescindir de esa Luz, no queremos dejarnos iluminar, o tratamos de ocultarla y así terminamos realizando las obras de las tinieblas. ¡Qué resbaladiza se nos vuelve la pendiente y con la ausencia de esa Luz que muchas veces queremos ocultar cómo caemos tan fácilmente en la tentación y en el pecado! No podemos dejar de iluminarnos con esa Luz que es Cristo. Si nos dejamos iluminar por la luz de Cristo no iremos tropezando en las piedras y los obstáculos del camino.
Pero ya sabemos también lo que nos dice Jesús en referencia a esa Luz que nosotros tenemos que llevar a los demás. ‘Sois la luz del mundo... soy la sal de la tierra...’ nos repite en el Evangelio. Y hoy hemos escuchado en la antífona del Aleluya esa invitación de Jesús. ‘Alumbre así vuestra luz a los hombres para que vean vuestras buenas obras y den gloria a vuestro Padre’.
Tenemos que ser luz para los demás, iluminar a los otros con la luz de Cristo. ‘...que vean vuestras buenas obras’, nos dice Jesús. Pero no para buscar nuestra gloria, sino la gloria del Señor. No vamos pregonando nuestras obras buscando la obsequiosidad de los demás. Ya nos dice también que no sepa tu mano izquierda lo que hace la derecha. Pero sí es necesario iluminar a los otros con la luz de Cristo. Que vean entonces nuestras buenas obras, y así den gloria, no a nosotros, sino a nuestro Padre del cielo.
En la primera lectura estos días vamos a leer diferentes textos de los libros sapienciales del Antiguo Testamento. Hoy hemos escuchado un fragmento de libro de Los Proverbios. Hermoso texto que nos da pautas para ver cómo tenemos que hacer que brille nuestra luz.
¿Cuáles son esos pasos iluminados que yo tengo que dar? ‘No niegues un favor a quien lo necesita... si tienes, no digas a tu prójimo, mañana te lo daré.. no trames daños contra tu prójimo... no pleitees con nadie... no envidies al violento, ni sigas su camino...’ Llenar nuestra vida de obras buenas, de obras de amor. Desterrar de nosotros el egoísmo, la violencia, la insolidaridad, el orgullo y la envidia. Porque ‘el Señor se confía a los honrados... bendice la morada del justo... concede su favor a los humildes... y el juto habitará en el monte santo del Señor’, en la presencia del Señor.
Así tenemos que iluminar para ayudar a los otros a que vayan también por buenos caminos y no tropiecen. Así tenemos que iluminar repartiendo siempre amor. Y todo siempre, para la gloria del Señor.
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domingo, 21 de septiembre de 2008
Todos somos invitados a la viña del Señor
Isaías, 55, 6-9; Sal. 144; Fil. 1, 20.24-27; Mt 20, 1-16
En horas y tiempos diferentes todos somos invitados a la viña del Señor. Creo que es un esencial mensaje que nos puede dar el evangelio de este domingo. ‘El reino de los cielos se parece a un propietario que al amanecer... a media mañana... mediodía... al media tarde... al caer la tarde... salió a contratar jornaleros para su viña’. Así nos decía la parábola del Evangelio.
Dios nos llama y nos invita. Escuchamos su especial llamada en distintos momentos de la vida. Es cierto que podemos pensar en esa primera llamada que fue ya nuestro Bautismo. Pero a través de nuestra vida hemos ido escuchando en distintos momentos esa llamada del Señor que nos invitaba a algo más que simplemente dejar correr rutinariamente nuestra vida, o ser cristiano porque siempre ha sido así. Y lo importante es la respuesta que nosotros le demos.
Nos llama a vivir y trabajar en la viña del Señor. ¿Qué significa ese ir a trabajar en la viña del Señor? Normalmente podemos pensar en ese compromiso que en el seno de la Iglesia podamos adquirir para vivir como apóstoles en medio de nuestro mundo. No lo descartamos, sino que además es algo que seriamente hemos de plantearnos.
Pero yo quisiera pensar ahora más que en lo que podamos hacer, en lo que hemos de ser. Es una gracia y un regalo que el Señor nos invite a vivir su vida. Ha querido hacernos partícipes de su vida desde nuestro Bautismo cuando nos ha llamado y nos ha hecho hijos de Dios. Como decimos es una gracia del Señor que no terminamos de considerar la suficiente. A san Pablo le hemos escuchado hoy decir ‘para mí la vida es Cristo’.
¡Qué hermoso que nosotros pudiéramos decir lo mismo desde lo más hondo de nosotros mismos! Que así yo sienta lo que es ser cristiano, estar bautizado. Cristo me ha hecho partícipe de su vida divina y entonces para mi vivir es Cristo, la vida es Cristo; porque así yo me identifique con El; porque así yo me sienta unido a El; porque yo así quiera plasmar en mi todo lo que es la vida de Cristo. Por eso terminaba diciéndonos hoy el apóstol: ‘Lo importante es que llevéis una vida digna del Evangelio de Cristo’.
Entrar en la viña del Señor nos exige buscar al Señor y dejarnos encontrar por El. ‘Buscad al Señor mientras se le encuentra, invocadlo mientras esté cerca’, nos decía el profeta Isaías. El Señor está cerca, viene a nuestro encuentro. Nos invita a estar con El, a vivir su vida. Pero vivir su vida no es hacerlo a mi manera. Vivir su vida es saber descubrir siempre lo que el Señor quiere de mí. ‘Mis planes no son vuestros planes, seguía diciéndonos el profeta, vuestros caminos no son mis caminos... mis caminos son más altos que los vuestros, mis planes, que los vuestros...’
El camino de santidad que hemos de vivir arranca de saber descubrir qué es lo que el Señor quiere para mí, quiere de mi vida. Es esa llamada que a todos nos hace, estemos donde estemos. Y habiendo descubierto ese plan de Dios para mi vida, tratar de ser fiel realizando en todo momento su voluntad allí donde estamos o donde el Señor quiere que estemos, llevando una vida digna del Evangelio de Cristo, como nos decía el apóstol.
Algunas veces queremos medir nuestra vivencia cristiana o nuestra pertenencia a la Iglesia con parámetros demasiado humanos. Miramos a la Iglesia demasiado a lo humano y queremos ver en ella – lo malo sería que también lo hiciéramos – también esas luchas, carreras, afanes de poder o de influencias y hasta zancadillas que demasiado vemos a nuestro alrededor en nuestra sociedad civil. Es cierto que la Iglesia está formada y compuesta por miembros que somos totalmente humanos y podemos tener también esas tentaciones. Pero tenemos que ver y descubrir que la misión de la Iglesia y la labor que los cristianos tenemos que vivir y realizar tiene otras medidas y otras características.
Ya nos prevenía Jesús en el evangelio, cuando los discípulos andaban también en sus luchas por los primeros puestos, que no podía ser entre nosotros como sucede con los poderosos de este mundo. ‘No será así entre vosotros...’ Y nos hablaba del espíritu de servicio y de sabernos hacer los últimos para poder entender bien lo del Reino de los cielos. Hoy nos lo está repitiendo también en el final de la parábola. ‘Los últimos serán los primeros y los primeros los últimos’.
¿Quiénes pueden entrar en esa viña del Señor? El no escoge, invita a todos. No tiene en cuenta a los más cumplidores, ni a los más perfectos, ni a los que son de los de siempre, ni a los más conocidos o más amigos. El Señor nos llama a todos, porque para todos es su salvación y a todos quiere regalarnos su vida divina. No lo llegan a entender los que se consideraban más puros en la época de Jesús, los fariseos y los escribas, y ya sabemos cómo lo criticaban porque se mezclaba con todos y con todos comía. El llama a seguirle a unos y otros. Y también el ladrón arrepentido que llegó en la última hora de su vida alcanza su Reino y su paraíso. Para todos tiene reservado el denario de la vida eterna.
Es también lo que tenemos que ser y que vivir dentro de la Iglesia. Cuántas conclusiones se podrían sacar. La Iglesia tiene que ser acogedora y misericordiosa como lo fue el Señor. Nosotros tenemos que ser acogedores con todos y misericordiosos con todos como lo es el Señor.
Como decíamos al principio, en horas y tiempos diferentes todos somos invitados a la viña del Señor, démosle nuestra respuesta, dándole gracias por esa llamada e invitación del Señor y mostremos la santidad de nuestra vida en esa pertenencia a la viña del Señor, llevando una vida digna del Evangelio de Cristo, como nos decía el apóstol.
En horas y tiempos diferentes todos somos invitados a la viña del Señor. Creo que es un esencial mensaje que nos puede dar el evangelio de este domingo. ‘El reino de los cielos se parece a un propietario que al amanecer... a media mañana... mediodía... al media tarde... al caer la tarde... salió a contratar jornaleros para su viña’. Así nos decía la parábola del Evangelio.
Dios nos llama y nos invita. Escuchamos su especial llamada en distintos momentos de la vida. Es cierto que podemos pensar en esa primera llamada que fue ya nuestro Bautismo. Pero a través de nuestra vida hemos ido escuchando en distintos momentos esa llamada del Señor que nos invitaba a algo más que simplemente dejar correr rutinariamente nuestra vida, o ser cristiano porque siempre ha sido así. Y lo importante es la respuesta que nosotros le demos.
Nos llama a vivir y trabajar en la viña del Señor. ¿Qué significa ese ir a trabajar en la viña del Señor? Normalmente podemos pensar en ese compromiso que en el seno de la Iglesia podamos adquirir para vivir como apóstoles en medio de nuestro mundo. No lo descartamos, sino que además es algo que seriamente hemos de plantearnos.
Pero yo quisiera pensar ahora más que en lo que podamos hacer, en lo que hemos de ser. Es una gracia y un regalo que el Señor nos invite a vivir su vida. Ha querido hacernos partícipes de su vida desde nuestro Bautismo cuando nos ha llamado y nos ha hecho hijos de Dios. Como decimos es una gracia del Señor que no terminamos de considerar la suficiente. A san Pablo le hemos escuchado hoy decir ‘para mí la vida es Cristo’.
¡Qué hermoso que nosotros pudiéramos decir lo mismo desde lo más hondo de nosotros mismos! Que así yo sienta lo que es ser cristiano, estar bautizado. Cristo me ha hecho partícipe de su vida divina y entonces para mi vivir es Cristo, la vida es Cristo; porque así yo me identifique con El; porque así yo me sienta unido a El; porque yo así quiera plasmar en mi todo lo que es la vida de Cristo. Por eso terminaba diciéndonos hoy el apóstol: ‘Lo importante es que llevéis una vida digna del Evangelio de Cristo’.
Entrar en la viña del Señor nos exige buscar al Señor y dejarnos encontrar por El. ‘Buscad al Señor mientras se le encuentra, invocadlo mientras esté cerca’, nos decía el profeta Isaías. El Señor está cerca, viene a nuestro encuentro. Nos invita a estar con El, a vivir su vida. Pero vivir su vida no es hacerlo a mi manera. Vivir su vida es saber descubrir siempre lo que el Señor quiere de mí. ‘Mis planes no son vuestros planes, seguía diciéndonos el profeta, vuestros caminos no son mis caminos... mis caminos son más altos que los vuestros, mis planes, que los vuestros...’
El camino de santidad que hemos de vivir arranca de saber descubrir qué es lo que el Señor quiere para mí, quiere de mi vida. Es esa llamada que a todos nos hace, estemos donde estemos. Y habiendo descubierto ese plan de Dios para mi vida, tratar de ser fiel realizando en todo momento su voluntad allí donde estamos o donde el Señor quiere que estemos, llevando una vida digna del Evangelio de Cristo, como nos decía el apóstol.
Algunas veces queremos medir nuestra vivencia cristiana o nuestra pertenencia a la Iglesia con parámetros demasiado humanos. Miramos a la Iglesia demasiado a lo humano y queremos ver en ella – lo malo sería que también lo hiciéramos – también esas luchas, carreras, afanes de poder o de influencias y hasta zancadillas que demasiado vemos a nuestro alrededor en nuestra sociedad civil. Es cierto que la Iglesia está formada y compuesta por miembros que somos totalmente humanos y podemos tener también esas tentaciones. Pero tenemos que ver y descubrir que la misión de la Iglesia y la labor que los cristianos tenemos que vivir y realizar tiene otras medidas y otras características.
Ya nos prevenía Jesús en el evangelio, cuando los discípulos andaban también en sus luchas por los primeros puestos, que no podía ser entre nosotros como sucede con los poderosos de este mundo. ‘No será así entre vosotros...’ Y nos hablaba del espíritu de servicio y de sabernos hacer los últimos para poder entender bien lo del Reino de los cielos. Hoy nos lo está repitiendo también en el final de la parábola. ‘Los últimos serán los primeros y los primeros los últimos’.
¿Quiénes pueden entrar en esa viña del Señor? El no escoge, invita a todos. No tiene en cuenta a los más cumplidores, ni a los más perfectos, ni a los que son de los de siempre, ni a los más conocidos o más amigos. El Señor nos llama a todos, porque para todos es su salvación y a todos quiere regalarnos su vida divina. No lo llegan a entender los que se consideraban más puros en la época de Jesús, los fariseos y los escribas, y ya sabemos cómo lo criticaban porque se mezclaba con todos y con todos comía. El llama a seguirle a unos y otros. Y también el ladrón arrepentido que llegó en la última hora de su vida alcanza su Reino y su paraíso. Para todos tiene reservado el denario de la vida eterna.
Es también lo que tenemos que ser y que vivir dentro de la Iglesia. Cuántas conclusiones se podrían sacar. La Iglesia tiene que ser acogedora y misericordiosa como lo fue el Señor. Nosotros tenemos que ser acogedores con todos y misericordiosos con todos como lo es el Señor.
Como decíamos al principio, en horas y tiempos diferentes todos somos invitados a la viña del Señor, démosle nuestra respuesta, dándole gracias por esa llamada e invitación del Señor y mostremos la santidad de nuestra vida en esa pertenencia a la viña del Señor, llevando una vida digna del Evangelio de Cristo, como nos decía el apóstol.
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sábado, 20 de septiembre de 2008
El que tenga oídos para oír, que oiga
1Cor. 15, 35-37.42-49
Sal. 55
Lc. 8, 4-15
‘El que tenga oídos para oír, que oiga’. ¿Estáis oyendo lo que os digo? ¿Me estáis escuchando? Así exclamó Jesús cuando terminó de decirles la parábola. Una llamada de atención.
Nos podemos quedar embobados sin saber ni donde estamos ni lo que oímos. Nos pasa a veces. Nos puede pasar cuando escuchamos la Palabra de Dios. Porque es una parábola que hemos escuchado tantas veces, que hasta nos la sabemos de memoria; porque decimos que estamos ante una de las páginas más bellas del evangelio; porque tenemos la tentación de pensar qué bien le vendría a los demás, y pensamos en éste o aquel a quien nosotros decimos eso es para él; porque al final podemos ser esa tierra árida y pisoteada que no vale para que sea sembrada en ella la semilla.
Jesús nos grita y nos llama la atención. Jesús me llama la atención a mí mismo que tengo que explicar la Palabra a los demás y también me puedo quedar embobado pensando sólo en lo que puedo o tengo que decirle a los otros. Tengo yo que escucharla primero que nada para mí mismo si no quiero ser también esa tierra estéril que no da fruto.
Ya todos sabemos el significado de la parábola y la explicación nos la ha dado Jesús mismo. No podemos decir que no sabemos lo que el Señor nos está diciendo y pidiendo. Y lo primero que nos está pidiendo es que seamos esa tierra buena. Busquemos entonces la manera de ser esa tierra buena en la que plantada la semilla da la posibilidad de dar fruto al ciento por uno.
Para disponer esa tierra tenemos que hacer como todo buen labrador. Labrar debidamente la tierra y abonarla. No se planta la semilla en una tierra llena de cardos. Hay que ver cuántos trabajos realiza el buen agricultor para preparar la tierra esperando que dé buena cosecha.
¿Cómo hacerlo nosotros con esa tierra de nuestra vida? Pidamos la fuerza del Espíritu. Dejemos actuar al Espíritu en nosotros. Que sea El quien labre la tierra de nuestra vida y la predisponga debidamente para dar fruto.
El Espíritu es el que nos purifica para que tengamos un corazón limpio y abierto a la semilla de la Palabra de Dios.
El Espíritu es el que nos fortalece frente a las tentaciones del maligno que quiere arrancar con sus seducciones esa buena semilla o quiere plantar la mala semilla de la cizaña en nosotros.
El Espíritu es el que nos hace ver los obstáculos que puedan haber en nuestra vida con tantas seducciones y apegos que lastran nuestro corazón impidiéndole que vaya hacia Dios.
El Espíritu poda en nosotros todas esas ramas innecesarias que nos distraen, nos quitan fuerza, en tantos entretenimientos que nos hacen oídos sordos a esa palabra, que nos adormecen y nos ciegan.
Es necesario ponernos en una actitud de oración, de escucha, de apertura del corazón. Si es el Señor el que nos habla, hemos de escucharle, hemos de entrar en diálogo con El, hemos de dejarnos conducir por El.
Danos, Señor, tu Espíritu de Sabiduría para que aprenda a saborear la riqueza maravillosa de tu Palabra.
Sal. 55
Lc. 8, 4-15
‘El que tenga oídos para oír, que oiga’. ¿Estáis oyendo lo que os digo? ¿Me estáis escuchando? Así exclamó Jesús cuando terminó de decirles la parábola. Una llamada de atención.
Nos podemos quedar embobados sin saber ni donde estamos ni lo que oímos. Nos pasa a veces. Nos puede pasar cuando escuchamos la Palabra de Dios. Porque es una parábola que hemos escuchado tantas veces, que hasta nos la sabemos de memoria; porque decimos que estamos ante una de las páginas más bellas del evangelio; porque tenemos la tentación de pensar qué bien le vendría a los demás, y pensamos en éste o aquel a quien nosotros decimos eso es para él; porque al final podemos ser esa tierra árida y pisoteada que no vale para que sea sembrada en ella la semilla.
Jesús nos grita y nos llama la atención. Jesús me llama la atención a mí mismo que tengo que explicar la Palabra a los demás y también me puedo quedar embobado pensando sólo en lo que puedo o tengo que decirle a los otros. Tengo yo que escucharla primero que nada para mí mismo si no quiero ser también esa tierra estéril que no da fruto.
Ya todos sabemos el significado de la parábola y la explicación nos la ha dado Jesús mismo. No podemos decir que no sabemos lo que el Señor nos está diciendo y pidiendo. Y lo primero que nos está pidiendo es que seamos esa tierra buena. Busquemos entonces la manera de ser esa tierra buena en la que plantada la semilla da la posibilidad de dar fruto al ciento por uno.
Para disponer esa tierra tenemos que hacer como todo buen labrador. Labrar debidamente la tierra y abonarla. No se planta la semilla en una tierra llena de cardos. Hay que ver cuántos trabajos realiza el buen agricultor para preparar la tierra esperando que dé buena cosecha.
¿Cómo hacerlo nosotros con esa tierra de nuestra vida? Pidamos la fuerza del Espíritu. Dejemos actuar al Espíritu en nosotros. Que sea El quien labre la tierra de nuestra vida y la predisponga debidamente para dar fruto.
El Espíritu es el que nos purifica para que tengamos un corazón limpio y abierto a la semilla de la Palabra de Dios.
El Espíritu es el que nos fortalece frente a las tentaciones del maligno que quiere arrancar con sus seducciones esa buena semilla o quiere plantar la mala semilla de la cizaña en nosotros.
El Espíritu es el que nos hace ver los obstáculos que puedan haber en nuestra vida con tantas seducciones y apegos que lastran nuestro corazón impidiéndole que vaya hacia Dios.
El Espíritu poda en nosotros todas esas ramas innecesarias que nos distraen, nos quitan fuerza, en tantos entretenimientos que nos hacen oídos sordos a esa palabra, que nos adormecen y nos ciegan.
Es necesario ponernos en una actitud de oración, de escucha, de apertura del corazón. Si es el Señor el que nos habla, hemos de escucharle, hemos de entrar en diálogo con El, hemos de dejarnos conducir por El.
Danos, Señor, tu Espíritu de Sabiduría para que aprenda a saborear la riqueza maravillosa de tu Palabra.
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viernes, 19 de septiembre de 2008
Seguimos creyendo y proclamando nuestra fe en la resurrección
1Cor. 15, 12-20
Sal. 16
Lc. 8, 1-3
‘Os recuerdo el evangelio que os proclamé y que vosotros aceptasteis y en el que estáis fundados y que os está salvando... que Cristo murió por nuestros pecados... que fue sepultado y que resucitó al tercer día según las escrituras...’ Es lo que escuchamos ayer.
Ahí está el meollo de nuestra fe y de nuestro credo. Ahí está lo que es el centro de nuestra vida cristiana. Todo arranca de los testigos de la Resurrección de Jesucristo, de la que también nosotros nos convertimos en testigos. Centro de la predicación de los apóstoles y de la Iglesia. Centro de nuestro fe. Es desde la resurrección cuando los apóstoles llegaron a descubrir en plenitud y luego con la fuerza del Espíritu que Jesús es el Señor. Podríamos recordar la predicación de Pedro en la mañana de Pentecostés.
¿Seguirá siendo así hoy entre nosotros? Es importante porque se pone en juego lo que es nuestra fe cristiana. Algo que no podemos apartar a un lado de lo que es nuestra fe.
Pero escuchemos las voces de alrededor. Miremos si es eso lo que todos los cristianos, todos los bautizados que nos rodean proclaman esa misma fe. Hoy los que se creen más modernos - ¿realmente eso es ser moderno cuando es algo de lo que también se hablaba hace siglos aunque se haya hoy puesto de moda? – nos están hablando de reencarnación. Y otros que quizá se creen más sabios, más hijos de su tiempo o más científicos niegan que pueda haber resurrección. Después de esta vida no hay ninguna otra cosa. Y no vamos a decir cuántas cosas más dicen.
Eran cosas que ya se decían en la época de Pablo. Bueno, en el evangelio, vemos que los saduceos que negaban la resurrección venían a ponerle pegas a Jesús. Pero Pablo nos dice tajantemente: ‘Si los muertos no resucitan, tampoco Cristo resucitó; y si Cristo no ha resucitado, nuestra predicación carece de sentido y vuestra fe lo mismo’.
La predicación cristiana, la fe cristiana no se queda reducida a decirnos que tenemos que ser más buenas personas. Creer en Cristo, y la predicación cristiana es anunciar que Cristo es el Señor, es algo mucho más trascendente que todo eso. Es que en nuestra fe cristiana estamos pensando en la salvación que Cristo nos ha ofrecido; estamos pensando en la vida eterna que nos regala; estamos descubriendo todo lo que significa reconocer que Jesús es el Señor; se nos manifiesta el mensaje grande y maravilloso que nos dice que Dios es nuestro Padre que nos ama y nos perdona. Son muchas cosas.
San Pablo lo resume así tal como hemos escuchado hoy: ‘Si Cristo no ha resucitado, vuestra fe no tiene sentido, seguís en vuestros pecados, y los que murieron en Cristo se han perdido. Si nuestra esperanza en Cristo se acaba en esta vida, somos los hombres más desgraciados’.
Proclamemos con valentía nuestra fe en Cristo resucitado. Manifestémonos como testigos de Cristo resucitado y no sólo porque somos herederos de una tradición que se nos ha trasmitido desde aquellos primeros testigos de la resurrección de Jesús que fueron los apóstoles, sino porque nosotros mismos nos convertimos en testigos cuando sentimos allá en lo más hondo de nosotros mismos esa presencia de Cristo vivo en nosotros, de Cristo resucitado que también a nosotros nos hace resucitar a nueva vida.
Sal. 16
Lc. 8, 1-3
‘Os recuerdo el evangelio que os proclamé y que vosotros aceptasteis y en el que estáis fundados y que os está salvando... que Cristo murió por nuestros pecados... que fue sepultado y que resucitó al tercer día según las escrituras...’ Es lo que escuchamos ayer.
Ahí está el meollo de nuestra fe y de nuestro credo. Ahí está lo que es el centro de nuestra vida cristiana. Todo arranca de los testigos de la Resurrección de Jesucristo, de la que también nosotros nos convertimos en testigos. Centro de la predicación de los apóstoles y de la Iglesia. Centro de nuestro fe. Es desde la resurrección cuando los apóstoles llegaron a descubrir en plenitud y luego con la fuerza del Espíritu que Jesús es el Señor. Podríamos recordar la predicación de Pedro en la mañana de Pentecostés.
¿Seguirá siendo así hoy entre nosotros? Es importante porque se pone en juego lo que es nuestra fe cristiana. Algo que no podemos apartar a un lado de lo que es nuestra fe.
Pero escuchemos las voces de alrededor. Miremos si es eso lo que todos los cristianos, todos los bautizados que nos rodean proclaman esa misma fe. Hoy los que se creen más modernos - ¿realmente eso es ser moderno cuando es algo de lo que también se hablaba hace siglos aunque se haya hoy puesto de moda? – nos están hablando de reencarnación. Y otros que quizá se creen más sabios, más hijos de su tiempo o más científicos niegan que pueda haber resurrección. Después de esta vida no hay ninguna otra cosa. Y no vamos a decir cuántas cosas más dicen.
Eran cosas que ya se decían en la época de Pablo. Bueno, en el evangelio, vemos que los saduceos que negaban la resurrección venían a ponerle pegas a Jesús. Pero Pablo nos dice tajantemente: ‘Si los muertos no resucitan, tampoco Cristo resucitó; y si Cristo no ha resucitado, nuestra predicación carece de sentido y vuestra fe lo mismo’.
La predicación cristiana, la fe cristiana no se queda reducida a decirnos que tenemos que ser más buenas personas. Creer en Cristo, y la predicación cristiana es anunciar que Cristo es el Señor, es algo mucho más trascendente que todo eso. Es que en nuestra fe cristiana estamos pensando en la salvación que Cristo nos ha ofrecido; estamos pensando en la vida eterna que nos regala; estamos descubriendo todo lo que significa reconocer que Jesús es el Señor; se nos manifiesta el mensaje grande y maravilloso que nos dice que Dios es nuestro Padre que nos ama y nos perdona. Son muchas cosas.
San Pablo lo resume así tal como hemos escuchado hoy: ‘Si Cristo no ha resucitado, vuestra fe no tiene sentido, seguís en vuestros pecados, y los que murieron en Cristo se han perdido. Si nuestra esperanza en Cristo se acaba en esta vida, somos los hombres más desgraciados’.
Proclamemos con valentía nuestra fe en Cristo resucitado. Manifestémonos como testigos de Cristo resucitado y no sólo porque somos herederos de una tradición que se nos ha trasmitido desde aquellos primeros testigos de la resurrección de Jesús que fueron los apóstoles, sino porque nosotros mismos nos convertimos en testigos cuando sentimos allá en lo más hondo de nosotros mismos esa presencia de Cristo vivo en nosotros, de Cristo resucitado que también a nosotros nos hace resucitar a nueva vida.
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jueves, 18 de septiembre de 2008
Pongamos amor que se nos van a perdonar nuestros pecados
1Cor. 15, 1-11
Sal. 117
Lc. 7, 36-50
De todos es conocido el texto y lo hemos meditado muchas veces. La mujer pecadora que se atreve a introducirse en la casa del fariseo para llorar a los pies de Jesús y con su amor sentirse perdonada por El. Ya conocemos los detalles. El fariseo, tan puritano él, que juzga en su interior, Jesús que descubre su pensamiento y que le propone una pequeña parábola a aquel hombre para hacerle comprender de verdad lo que allí está sucediendo.
Vamos a fijarnos en algunos detalles de este pasaje que es muy rico en enseñanzas para nuestra vida. En la parábola que Jesús propone a Simón, y ante la pregunta final que Jesús le hace de quien le amará más de aquellos dos deudores, le responde: le amará más ‘aquel a quien le perdonó más’.
Pero en la comparación que Jesús le hace en referencia a aquella mujer que con sus lágrimas, sus perfumes y sus besos ha hecho lo que ritualmente tenía que haber realizado el anfitrión de aquella comida, finalmente le dice: ‘sus muchos pecados están perdonados porque tiene mucho amor’.
En uno el amor es porque se le perdonó mucho, y en la otra el que haya amado mucho es causa y motivo para el perdón. Nos enseña así cómo tenemos que acercarnos a Jesús incluso desde nuestra condición pecadora. Con mucho amor, porque además sabemos que siempre el Señor nos va a perdonar.
Cuatro palabras resaltaría de este texto. Paz, fe, amor y salvación o perdón.
‘Vete en paz’, le dice finalmente Jesús a aquella mujer. Vete en paz porque has encontrado la salvación y el perdón. Es la paz que tenemos que sentir siempre en nosotros cuando nos acercamos a Jesús.
‘Tu fe te ha salvado’, le dice Jesús. Con fe aquella mujer pecadora se acercó a Jesús. No temió. Confiaba. Tenía la certeza y la confianza de que en Jesús iba a encontrar el perdón de sus muchos pecados. Habría contemplado ella el actuar de Jesús. Había visto a tantos que se acercaban a Jesús y salía rebosantes de paz y de vida de su presencia.
‘Sus muchos pecados están perdonados, porque tiene mucho amor’. Bien lo había manifestado atreviéndose a acercarse a Jesús. Bien lo había manifestado con sus lágrimas, con sus besos, con sus perfumes profusamente derramados sobre los pies de Jesús. Eran signos externos del amor que había en su corazón. Sabía que mucho era lo que se le iba a perdonar, y por eso ya estaba amando mucho. Era el amor sí del agradecimiento. Era el amor de quien se sentía amada.
‘Tus pecados están perdonados... tu fe te ha salvado’. Había llegado para ella la salvación y el perdón. Por eso ahora desparramaría amor por todos sus poros. Por eso ahora podía salir llena de paz de la presencia del Señor.
Pero ¿qué había detrás de todo esto? Allí está el amor de Dios que quiere la salvación de todos. Allí está el amor de Jesús que se deja encontrar por el pecador, que llama y atrae al pecador, que sale al encuentro. Es su amor y su cercanía. Lo vemos tantas veces en el Evangelio. Lo sentimos en nosotros si sabemos abrir los ojos a la fe. Son tantas las llamadas del Señor invitándonos a ir a El a pesar de que sean muchos nuestros pecados. Para todo pecado hay perdón. Es gracia. Es regalo del Señor. Cristo, en esta ocasión, se deja hacer: que le laven los pies con sus lágrimas, que se le enjugue con su cabello, que se derrame perfume carísimo, aunque haya alguno como en otra ocasión que piense que se podía haber gastado de otra manera.
Detrás está también el amor y el arrepentimiento del pecador. El mejor arrepentimiento está en el amor. No en el temor, sino en el amor. Es así, desde el amor, con amor, cómo tenemos que acercarnos arrepentidos al Señor. Porque tenemos la confianza y la certeza de su amor. Y es que en Cristo siempre vamos a encontrar la paz.
Sal. 117
Lc. 7, 36-50
De todos es conocido el texto y lo hemos meditado muchas veces. La mujer pecadora que se atreve a introducirse en la casa del fariseo para llorar a los pies de Jesús y con su amor sentirse perdonada por El. Ya conocemos los detalles. El fariseo, tan puritano él, que juzga en su interior, Jesús que descubre su pensamiento y que le propone una pequeña parábola a aquel hombre para hacerle comprender de verdad lo que allí está sucediendo.
Vamos a fijarnos en algunos detalles de este pasaje que es muy rico en enseñanzas para nuestra vida. En la parábola que Jesús propone a Simón, y ante la pregunta final que Jesús le hace de quien le amará más de aquellos dos deudores, le responde: le amará más ‘aquel a quien le perdonó más’.
Pero en la comparación que Jesús le hace en referencia a aquella mujer que con sus lágrimas, sus perfumes y sus besos ha hecho lo que ritualmente tenía que haber realizado el anfitrión de aquella comida, finalmente le dice: ‘sus muchos pecados están perdonados porque tiene mucho amor’.
En uno el amor es porque se le perdonó mucho, y en la otra el que haya amado mucho es causa y motivo para el perdón. Nos enseña así cómo tenemos que acercarnos a Jesús incluso desde nuestra condición pecadora. Con mucho amor, porque además sabemos que siempre el Señor nos va a perdonar.
Cuatro palabras resaltaría de este texto. Paz, fe, amor y salvación o perdón.
‘Vete en paz’, le dice finalmente Jesús a aquella mujer. Vete en paz porque has encontrado la salvación y el perdón. Es la paz que tenemos que sentir siempre en nosotros cuando nos acercamos a Jesús.
‘Tu fe te ha salvado’, le dice Jesús. Con fe aquella mujer pecadora se acercó a Jesús. No temió. Confiaba. Tenía la certeza y la confianza de que en Jesús iba a encontrar el perdón de sus muchos pecados. Habría contemplado ella el actuar de Jesús. Había visto a tantos que se acercaban a Jesús y salía rebosantes de paz y de vida de su presencia.
‘Sus muchos pecados están perdonados, porque tiene mucho amor’. Bien lo había manifestado atreviéndose a acercarse a Jesús. Bien lo había manifestado con sus lágrimas, con sus besos, con sus perfumes profusamente derramados sobre los pies de Jesús. Eran signos externos del amor que había en su corazón. Sabía que mucho era lo que se le iba a perdonar, y por eso ya estaba amando mucho. Era el amor sí del agradecimiento. Era el amor de quien se sentía amada.
‘Tus pecados están perdonados... tu fe te ha salvado’. Había llegado para ella la salvación y el perdón. Por eso ahora desparramaría amor por todos sus poros. Por eso ahora podía salir llena de paz de la presencia del Señor.
Pero ¿qué había detrás de todo esto? Allí está el amor de Dios que quiere la salvación de todos. Allí está el amor de Jesús que se deja encontrar por el pecador, que llama y atrae al pecador, que sale al encuentro. Es su amor y su cercanía. Lo vemos tantas veces en el Evangelio. Lo sentimos en nosotros si sabemos abrir los ojos a la fe. Son tantas las llamadas del Señor invitándonos a ir a El a pesar de que sean muchos nuestros pecados. Para todo pecado hay perdón. Es gracia. Es regalo del Señor. Cristo, en esta ocasión, se deja hacer: que le laven los pies con sus lágrimas, que se le enjugue con su cabello, que se derrame perfume carísimo, aunque haya alguno como en otra ocasión que piense que se podía haber gastado de otra manera.
Detrás está también el amor y el arrepentimiento del pecador. El mejor arrepentimiento está en el amor. No en el temor, sino en el amor. Es así, desde el amor, con amor, cómo tenemos que acercarnos arrepentidos al Señor. Porque tenemos la confianza y la certeza de su amor. Y es que en Cristo siempre vamos a encontrar la paz.
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miércoles, 17 de septiembre de 2008
La sublimidad del amor
La sublimidad del amor
1Cor. 12, 31 – 13, 13
Sal.32
Lc. 11, 31-35
‘Ambicionad los carismas mejores’. Así ha comenzado diciéndonos san Pablo hoy. ¿De qué nos va a hablar? Nos había hablado anteriormente de los diferentes carismas existentes en la comunidad, cuando nos hablaba de que somos uno en Cristo Jesús formando un solo cuerpo. Hoy nos va a hablar del amor.
Amor que es el que da profundidad a la vida. Amor que es algo más que hacer cosas buenas, o tener conocimiento de altísimos conocimientos. Amor que es una actitud profunda del corazón. Amor que es el sentimiento del alma. ‘Podría hablar las lenguas de los hombres y de los ángeles... podría conocer todos los secretos y todo el saber... podría repartir en limosnas todo lo que tengo y aún dejarme quemar vivo; si no tengo amor, de nada me sirve’, nos dirá tajantemente.
Efectivamente sólo el hacer cosas buenas no es señal del amor, porque lo puedo hacer de forma interesada, lo puedo hacer a regañadientes, lo puedo hacer simplemente porque me han hecho cosas buenas a mí, pero puede ser que realmente no ame desde el fondo de mi corazón. Por eso, nos habla de la importancia y de la necesidad del amor. Puedo hacer cosas buenas y hoy hablamos de derechos y de derechos humanos, de justicia y de deber para con los demás, pero será el amor el que dulcifique, el que humanice profundamente el ejercicio o la defensa de esos derechos humanos y esa justicia.
Nos da una serie de cualidades el apóstol para ese amor. No en vano a este trozo de la carta a los Corintios se le suele llamar el himno de la caridad. Y nos habla del amor comprensivo y generoso, del amor de quien se da y no da simplemente cosas, del amor humilde y servicial, del amor que nos hace ser capaces de hacernos los últimos y los servidores de todos, del amor que perdona siempre.
Lo que nos dice san Pablo es un fiel reflejo de lo que nos dice el Evangelio. Sería hermoso detenerse a ir comparando cada una de esas cualidades que Pablo le atribuye al amor con dichos de Jesús, con actitudes y gestos de Jesús en el Evangelio.
Jesús nos enseña a darnos sin medida, generosamente; nos enseña a no ponernos nunca por encima de nadie ni despreciar al otro; nos enseña a hacernos los últimos; a hacernos pequeños por el Reino de Dios; a ser delicados en nuestro amor hasta en los más pequeños detalles; a perdonar siempre hasta setenta veces siete; a confiar siempre en los demás; a aceptar a todos sea quien sea; a amar incluso a quienes nos hagan daño o se consideren nuestros enemigos.
Recordemos los gestos que Jesús tenía con los discípulos, las palabras de Jesús en el sermón del monte. Es nuestro modelo y ejemplo. Le vemos acoger a los niños, a los pecadores, a los que son marginados de la sociedad, prometer el paraíso al ladrón arrepentido, perdonar disculpando incluso a los que lo están crucificando.
Pero es que nuestro amor cristiano tiene algo más en su interior. Jesús nos dice que seamos ‘perfectos como nuestro Padre celestial es perfecto’, seamos ‘comprensivos como nuestro Padre del cielo’. Y además Jesús nos dice que cuando amamos y hacemos el bien al hermano a El se lo estamos haciendo. Es ese plus, podríamos decir, que tiene el amor cristiano. Ponemos a Dios en nuestro amor. Vemos a Jesús en aquel a quien amamos. No son ya sólo nuestros sentimientos humanos. Es algo más, porque el Espíritu de Jesús está amando en nosotros. Nuestro estilo de amor es el estilo del amor de Jesús. Es su mandamiento, pero además hemos de hacerlo con un amor como el de El. ‘Este es mi mandamiento: que os améis los unos a los otros como yo os he amado’. Es ya la sublimidad del amor.
Y finalmente tenemos que decir que en un amor así llegaremos al conocimiento de Dios. Quien ama, conoce a Dios, porque Dios es amor, como nos enseñará luego san Juan en sus cartas.
‘El amor no pasa jamás’, nos dice el Apóstol. Terminará diciéndonos: ‘Ahora subsisten estas tres cosas: la fe, la esperanza, el amor, pero la más excelente de todas es el amor’. Amemos con un amor así.
1Cor. 12, 31 – 13, 13
Sal.32
Lc. 11, 31-35
‘Ambicionad los carismas mejores’. Así ha comenzado diciéndonos san Pablo hoy. ¿De qué nos va a hablar? Nos había hablado anteriormente de los diferentes carismas existentes en la comunidad, cuando nos hablaba de que somos uno en Cristo Jesús formando un solo cuerpo. Hoy nos va a hablar del amor.
Amor que es el que da profundidad a la vida. Amor que es algo más que hacer cosas buenas, o tener conocimiento de altísimos conocimientos. Amor que es una actitud profunda del corazón. Amor que es el sentimiento del alma. ‘Podría hablar las lenguas de los hombres y de los ángeles... podría conocer todos los secretos y todo el saber... podría repartir en limosnas todo lo que tengo y aún dejarme quemar vivo; si no tengo amor, de nada me sirve’, nos dirá tajantemente.
Efectivamente sólo el hacer cosas buenas no es señal del amor, porque lo puedo hacer de forma interesada, lo puedo hacer a regañadientes, lo puedo hacer simplemente porque me han hecho cosas buenas a mí, pero puede ser que realmente no ame desde el fondo de mi corazón. Por eso, nos habla de la importancia y de la necesidad del amor. Puedo hacer cosas buenas y hoy hablamos de derechos y de derechos humanos, de justicia y de deber para con los demás, pero será el amor el que dulcifique, el que humanice profundamente el ejercicio o la defensa de esos derechos humanos y esa justicia.
Nos da una serie de cualidades el apóstol para ese amor. No en vano a este trozo de la carta a los Corintios se le suele llamar el himno de la caridad. Y nos habla del amor comprensivo y generoso, del amor de quien se da y no da simplemente cosas, del amor humilde y servicial, del amor que nos hace ser capaces de hacernos los últimos y los servidores de todos, del amor que perdona siempre.
Lo que nos dice san Pablo es un fiel reflejo de lo que nos dice el Evangelio. Sería hermoso detenerse a ir comparando cada una de esas cualidades que Pablo le atribuye al amor con dichos de Jesús, con actitudes y gestos de Jesús en el Evangelio.
Jesús nos enseña a darnos sin medida, generosamente; nos enseña a no ponernos nunca por encima de nadie ni despreciar al otro; nos enseña a hacernos los últimos; a hacernos pequeños por el Reino de Dios; a ser delicados en nuestro amor hasta en los más pequeños detalles; a perdonar siempre hasta setenta veces siete; a confiar siempre en los demás; a aceptar a todos sea quien sea; a amar incluso a quienes nos hagan daño o se consideren nuestros enemigos.
Recordemos los gestos que Jesús tenía con los discípulos, las palabras de Jesús en el sermón del monte. Es nuestro modelo y ejemplo. Le vemos acoger a los niños, a los pecadores, a los que son marginados de la sociedad, prometer el paraíso al ladrón arrepentido, perdonar disculpando incluso a los que lo están crucificando.
Pero es que nuestro amor cristiano tiene algo más en su interior. Jesús nos dice que seamos ‘perfectos como nuestro Padre celestial es perfecto’, seamos ‘comprensivos como nuestro Padre del cielo’. Y además Jesús nos dice que cuando amamos y hacemos el bien al hermano a El se lo estamos haciendo. Es ese plus, podríamos decir, que tiene el amor cristiano. Ponemos a Dios en nuestro amor. Vemos a Jesús en aquel a quien amamos. No son ya sólo nuestros sentimientos humanos. Es algo más, porque el Espíritu de Jesús está amando en nosotros. Nuestro estilo de amor es el estilo del amor de Jesús. Es su mandamiento, pero además hemos de hacerlo con un amor como el de El. ‘Este es mi mandamiento: que os améis los unos a los otros como yo os he amado’. Es ya la sublimidad del amor.
Y finalmente tenemos que decir que en un amor así llegaremos al conocimiento de Dios. Quien ama, conoce a Dios, porque Dios es amor, como nos enseñará luego san Juan en sus cartas.
‘El amor no pasa jamás’, nos dice el Apóstol. Terminará diciéndonos: ‘Ahora subsisten estas tres cosas: la fe, la esperanza, el amor, pero la más excelente de todas es el amor’. Amemos con un amor así.
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martes, 16 de septiembre de 2008
Todos somos uno en Cristo Jesús formando un solo Cuerpo
1Cor. 12, 12-14.27-31
Sal. 99
Lc. 7, 11-17
Sal. 99
Lc. 7, 11-17
Las palabras de Pablo podrían haber resultado novedosas en la sociedad de su tiempo. Una sociedad marcada por grandes diferencias entre unas personas y otras, pues no a todos se les consideraba como iguales. Así estaban los esclavos y los libres, los que tenían el derecho de ciudadano romano o los que eran extranjeros, los que se les consideraba bárbaros o los que fueran de otra raza.
Y san Pablo, siguiendo el espíritu del evangelio habla de una nueva igualdad donde todos somos uno como miembros de un mismo cuerpo. ‘Todos nosotros, judíos y griegos, esclavos y libres, hemos sido bautizados en un mismo Espíritu, para formar un solo cuerpo. Y todos hemos bebido de un solo Espíritu...’ Y nos propone la imagen del cuerpo humano. Son muchos los miembros que lo forman, pero es un solo cuerpo.
Pero en su comparación nos dice que así es Cristo, porque nosotros somos sus miembros y en Cristo todos somos uno. ‘Vosotros sois el cuerpo de Cristo y cada uno es un miembro’. Se fundamenta así lo que llamamos la doctrina del Cuerpo Místico de Cristo, que es la Iglesia. Por eso nos hablará a continuación de las diversas funciones o ministerios que vamos a encontrar dentro de ese Cuerpo que es la Iglesia. ‘Apóstoles... profetas... maestros... los que tienen el don de hacer milagros... o el don de curar... la beneficencia... el gobierno... etc’.
Una primera mirada, pues, que tenemos que hacer a la Iglesia, donde tenemos que vivir esa unidad y ese servicio entre todos los miembros de la Iglesia. Miramos así a nuestras comunidades, y tendríamos que apreciar la riqueza que en ellas podemos encontrar cuando todos nos sentimos en verdad miembros de esa Iglesia, pero no queremos ser unos miembros pasivos, sino que de forma activa todos contribuimos a su crecimiento. Catequistas, agentes de cáritas, visitadores de enfermos, apostolado seglar, movimientos de familia, movimientos juveniles, animadores litúrgicos, etc...
Miremos pues cómo tendríamos en nuestras comunidades que fomentar esos carismas de sus miembros para que haya ese verdadera enriquecimiento mutuo, ese enriquecimiento de la comunidad. Cuando nos encontramos con unas comunidades con esa vitalidad tenemos que saber dar gracias a Dios que suscita así sus dones dentro de la Iglesia. Pero tenemos que procurar también que eso sea posible en nuestras comunidades porque lo fomentemos y porque todos además lo valoremos.
Muchas veces en nuestras comunidades cristianas no sabemos apreciarlo y valorarlo. No somos capaces de detectar esos valores que existen en los demás y descubrir cómo cada uno tiene su carisma, sus cualidades, sus valores que han de saber poner al servicio de la comunidad. Confieso que es algo que he deseado fuertemente cuando en las parroquias quería hacer que hubiera vitalidad, entusiasmo, espíritu de servicio en todos sus miembros y me gustaba resaltar esos carismas que se podían encontrar en los demás, aunque no siempre era fácil. Algunas veces nos encontramos que hay personas que podrían hacer muchas cosas en ese sentido, pero no siempre tienen la disponibilidad necesario para esa entrega y eso merma la riqueza de vida de una comunidad.
Decía al principio que en su época las palabras de Pablo podrían resultar novedosas por las tremendas diferencias sociales que marcaban la vida de las personas y de la sociedad. Pero quiero pensar si no tendríamos que sacar consecuencias también para el momento en que vivimos actualmente. Con la movilidad de personas que vivimos en estos momentos en nuestra sociedad con la emigración, donde ya es fácil encontrarnos con personas de muchos diferentes países en nuestro entorno, tendríamos que aplicar estas palabras de palabra a lo que vivimos hoy.
Tenemos el peligro y la tentación de seguir mirando de manera diferente a las gentes que nos llegan a nuestro entorno, y sea por el color de su piel, por sus costumbres o porque nos vienen de países de cultura diferente. También hoy tendríamos que decir las palabras de Pablo ‘todos nosotros, seamos canarios o africanos, vengan de Sudamérica o de los países del este europeo, seamos de un color o de otro, de una raza o de otra, todos somos uno en Cristo Jesús’. Y eso se traduzca en la aceptación de toda persona sin ningún tipo de desconfianza; y eso signifique su integración en nuestras comunidades humanas y cristianas. Nuestras parroquias tendrían que ser de verdad un hogar acogedor para toda clase de personas, y, en este caso, pienso de manera especial en los emigrantes que llegan a nuestras fronteras.Que seamos en verdad ese único Cuerpo que es Cristo.
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lunes, 15 de septiembre de 2008
Junto a la cruz de Jesús estaba su madre
Hebreos, 5, 7-9
Sal. 30
Jn. 19, 25-27
‘Junto a la cruz de Jesús estaban su madre, la hermana de su madre, María la de Cleofás, y María Magdalena...’
Ayer contemplábamos la Cruz y a Jesucristo crucificado en ella. Hoy contemplamos a quien está al pie de la Cruz, María, la Madre de Jesús. Nos deteníamos ante su misterio de amor y tratábamos de aprender todas las lecciones que desde la Cruz Jesús nos enseñaba. “Miramos a Cristo crucificado que, a pesar del sufrimiento, sigue fiel en el amor y en la entrega y en el perdón para seguir el camino emprendido en la Encarnación, cuando asumió totalmente nuestra condición humana haciéndose hombre como nosotros y llegando a esa cruda realidad del sufrimiento, de la pasión y de la muerte”.
Como nos dice la Carta a los Hebreos, ‘a pesar de ser Hijo, aprendió, sufriendo, a obedecer’. Se encarnó para hacer la voluntad del Padre. ‘Aquí estoy, oh Padre, para hacer tu voluntad’, que nos dice la misma Carta a los Hebreos que fue el grito del Hijo al entrar en el mundo. Asumió nuestra condición humana, de manera que, como reflexionábamos ayer, "en su cruz están todos los que sufren... en su dolor y en su muerte están nuestros dolores y sufrimientos... el dolor y sufrimiento de todos los hombres..."
De la misma manera contemplamos a María. También ella dijo Sí. ‘Aquí estoy... aquí está la esclava del Señor... hágase en mí según tu palabra...’ Fueron las palabras de María dando su consentimiento a que Dios se encarnase en sus entrañas. Fue el Sí de María para unirse a la vida de su Hijo, que sería el Mesías Salvador, con todo lo que ello implicaba. Ese Sí de María es el que ahora sigue repitiendo al pie de la Cruz. María también ‘aprendió, sufriendo, a obedecer’, porque ella en todo lo que quería siempre era la voluntad de Dios, la gloria del Señor.
La vemos transida de dolor, pero fuerte y de pie al lado de la cruz. También para María ese es la parte del camino que conduce a la vida. Y ahí, la contemplamos Madre dolorosa, porque está en el sufrimiento de una Madre que ve morir a su Hijo. La contemplamos Madre dolorosa porque es la Madre que se une al sufrimiento redentor de Cristo, en esa ofrenda de amor que ella hace de su vida. La vemos Madre dolorosa porque en su corazón están ya desde ahora todos sus hijos los hombres, que Cristo allí en la Cruz le ha confiando y con ella están también todos sus dolores y sufrimientos.
María está al lado del sufrimiento de sus hijos, haciendo suyo su dolor, como una madre sabe hacerlo. Si está junto a la cruz de Jesús y la cruz de Cristo es el espejo de ese sufrimiento y muerte de toda la humanidad, María está junto al dolor y sufrimiento de toda la humanidad.
¿No acudimos nosotros a María desde nuestras necesidades y sufrimientos? ¿No buscamos en ella el consuelo y la fortaleza de una madre? ¿No queremos sentirla a nuestro lado en todo momento, pero de manera especial cuando nos atenaza el dolor y el sufrimiento de nuestros padeceres, de nuestros problemas, o de esa inquietud y desazón que brota en nuestro corazón cuando vemos el sufrimiento de nuestros hermanos los hombres? Hambre y sed de justicia que nos hacen padecer y sufrir ante las injusticias de los hombres. Viviendo en nosotros ese misterio de la encarnación en nuestros hermanos sepamos hacer nuestro el dolor y el sufrimiento de los demás. Hambriento y sedientos acudimos a María para que ella sea nuestra fortaleza y pueda entonces realizarse en nosotros la bienaventuranza de Jesús.
Que sintamos ese caminar de María a nuestro lado. Que María nos enseñe a sentir también nosotros como nuestro el sufrimiento y el dolor de nuestros hermanos. Que María nos alcance el Señor la gracia de la fortaleza. Que María sea nuestro consuelo. Que con María caminemos ese camino de fidelidad, de amor, de obediencia al Padre, que es el camino de la cruz, pero que es el camino que nos lleva a la vida.
Sal. 30
Jn. 19, 25-27
‘Junto a la cruz de Jesús estaban su madre, la hermana de su madre, María la de Cleofás, y María Magdalena...’
Ayer contemplábamos la Cruz y a Jesucristo crucificado en ella. Hoy contemplamos a quien está al pie de la Cruz, María, la Madre de Jesús. Nos deteníamos ante su misterio de amor y tratábamos de aprender todas las lecciones que desde la Cruz Jesús nos enseñaba. “Miramos a Cristo crucificado que, a pesar del sufrimiento, sigue fiel en el amor y en la entrega y en el perdón para seguir el camino emprendido en la Encarnación, cuando asumió totalmente nuestra condición humana haciéndose hombre como nosotros y llegando a esa cruda realidad del sufrimiento, de la pasión y de la muerte”.
Como nos dice la Carta a los Hebreos, ‘a pesar de ser Hijo, aprendió, sufriendo, a obedecer’. Se encarnó para hacer la voluntad del Padre. ‘Aquí estoy, oh Padre, para hacer tu voluntad’, que nos dice la misma Carta a los Hebreos que fue el grito del Hijo al entrar en el mundo. Asumió nuestra condición humana, de manera que, como reflexionábamos ayer, "en su cruz están todos los que sufren... en su dolor y en su muerte están nuestros dolores y sufrimientos... el dolor y sufrimiento de todos los hombres..."
De la misma manera contemplamos a María. También ella dijo Sí. ‘Aquí estoy... aquí está la esclava del Señor... hágase en mí según tu palabra...’ Fueron las palabras de María dando su consentimiento a que Dios se encarnase en sus entrañas. Fue el Sí de María para unirse a la vida de su Hijo, que sería el Mesías Salvador, con todo lo que ello implicaba. Ese Sí de María es el que ahora sigue repitiendo al pie de la Cruz. María también ‘aprendió, sufriendo, a obedecer’, porque ella en todo lo que quería siempre era la voluntad de Dios, la gloria del Señor.
La vemos transida de dolor, pero fuerte y de pie al lado de la cruz. También para María ese es la parte del camino que conduce a la vida. Y ahí, la contemplamos Madre dolorosa, porque está en el sufrimiento de una Madre que ve morir a su Hijo. La contemplamos Madre dolorosa porque es la Madre que se une al sufrimiento redentor de Cristo, en esa ofrenda de amor que ella hace de su vida. La vemos Madre dolorosa porque en su corazón están ya desde ahora todos sus hijos los hombres, que Cristo allí en la Cruz le ha confiando y con ella están también todos sus dolores y sufrimientos.
María está al lado del sufrimiento de sus hijos, haciendo suyo su dolor, como una madre sabe hacerlo. Si está junto a la cruz de Jesús y la cruz de Cristo es el espejo de ese sufrimiento y muerte de toda la humanidad, María está junto al dolor y sufrimiento de toda la humanidad.
¿No acudimos nosotros a María desde nuestras necesidades y sufrimientos? ¿No buscamos en ella el consuelo y la fortaleza de una madre? ¿No queremos sentirla a nuestro lado en todo momento, pero de manera especial cuando nos atenaza el dolor y el sufrimiento de nuestros padeceres, de nuestros problemas, o de esa inquietud y desazón que brota en nuestro corazón cuando vemos el sufrimiento de nuestros hermanos los hombres? Hambre y sed de justicia que nos hacen padecer y sufrir ante las injusticias de los hombres. Viviendo en nosotros ese misterio de la encarnación en nuestros hermanos sepamos hacer nuestro el dolor y el sufrimiento de los demás. Hambriento y sedientos acudimos a María para que ella sea nuestra fortaleza y pueda entonces realizarse en nosotros la bienaventuranza de Jesús.
Que sintamos ese caminar de María a nuestro lado. Que María nos enseñe a sentir también nosotros como nuestro el sufrimiento y el dolor de nuestros hermanos. Que María nos alcance el Señor la gracia de la fortaleza. Que María sea nuestro consuelo. Que con María caminemos ese camino de fidelidad, de amor, de obediencia al Padre, que es el camino de la cruz, pero que es el camino que nos lleva a la vida.
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domingo, 14 de septiembre de 2008
La cruz, misterio de amor
Núm. 21, 4-9; Sal. 77; Fil. 2, 6-11; Jn. 3, 13-17
Ponernos ante la Cruz es ponernos ante el Misterio. La cruz nos sobrecoge, como el sufrimiento nos duele. Es lo que contemplamos desde una primera mirada en la cruz. Muchos se sienten así cuando contemplan la cruz. Y a quienes la fe no les dice nada no terminan de comprender que nosotros los cristianos levantemos los ojos hasta la Cruz para contemplar a alguien que en ella muere ajusticiado.
Y es que ante el misterio no nos podemos poner de cualquier manera. Decíamos que es misterio y el misterio es algo que nos sobrepasa, va más allá de lo que nosotros podamos comprender y supera todas nuestras lógicas humanas. O somos capaces de ponernos ante ella con ojos de fe, o si seguimos contemplando ese misterio cara a cara y con sinceridad al final terminaremos haciendo también un reconocimiento de fe. El que se va en huída no llegará a vislumbrar lo que hay detrás de ese misterio, y se rebelará y desesperará o terminará perdiendo la poca fe que le quede en su interior.
Contemplamos, es cierto, un instrumento de muerte, de pasión, de dolor, de sufrimiento. Pero la cruz no puede ser una meta, un fin, sino que tiene que ser un camino, como lo fue en el misterio de Cristo. La Cruz es parte del camino que lleva a la vida. Es lo que podemos contemplar en Cristo muerto en la Cruz. Porque nunca me voy a quedar sólo en la cruz, como no puedo separar a Cristo de la Cruz, pero tampoco me quedo sólo con Cristo en la Cruz. Porque a Cristo no lo puedo separar de la vida, y siempre detrás de la Cruz tendré que contemplar la resurrección para poder captar su pleno sentido.
El evangelio de este domingo nos ha presentado palabras de la conversación de Jesús con Nicodemo, para terminar hablándonos del misterio de Cristo y del misterio del amor de Dios. Pero antes Jesús le había dicho a Nicodemo que era necesario nacer de nuevo para poder ver, para poder entrar en el Reino de Dios. Nos hace falta sí, un nuevo nacimiento, un nuevo sentido en mi vida, para comprender todo el misterio de Cristo, y lo que representa entonces su muerte y resurrección.
‘Mirarán al que atravesaron’, había anunciado un profeta y nos lo vuelve a repetir de alguna manera Juan en su Evangelio. ‘Porque el Hijo del hombre tiene que ser levantado en alto, como Moisés levantó la serpiente de bronce en el desierto, para que todo el que crea en él tenga vida eterna’.
Miramos a Cristo atravesado por la pasión y la muerte, clavado en el madero de la cruz, y descubrimos un misterio inmenso de amor. Ahí se está manifestando cuánto es el amor de Dios. ‘Tanto amó Dios al hombre, al mundo, que entregó a su Hijo único, para que todo el que cree en El no perezca, sino que tenga vida eterna’. Ahí en la Cruz estamos descubriendo ese camino de amor, ese camino de vida que Dios ofrece al hombre, que Dios ofrece al mundo. Estamos contemplando un amor a fondo perdido.
La cruz de Cristo es manifestación de amor y es signo y señal de la entrega y del sacrificio que nos libera y que nos salva. Todo para la vida. Porque ‘donde tuvo origen la muerte, de allí resurgirá la vida, y el que venció en un árbol, será en un árbol vencido’. Nos recuerda a Adán que al pie de un árbol sintió la tentación de ser como dios, y se dejó vencer por la muerte; pero contemplamos a Cristo que en lo alto de un madero se entrega para vencer a la muerte y para darnos la vida. La Cruz no es una derrota, es una victoria.
Pero la cruz de Cristo puede ser algo más. Puede ser espejo de la tiniebla, del mal y de la muerte. Puede ser espejo donde contemplemos la tinieblas de nuestro mundo, el mal que nos tienta y nos atenaza, donde estamos viendo también todo el sufrimiento de la humanidad. En esa cruz están todos los que sufren.
Algunas veces cuando contemplamos los sufrimientos de los hombres, especialmente de los inocentes, nos hacemos muchas preguntas en nuestro interior de difícil respuesta. Miremos entonces al Inocente que está clavado en la cruz y veamos que El es espejo de todo ese mundo de tinieblas y de muerte que nos rodea en el sufrimiento de tantos. Pero si contemplamos toda ese lado oscuro de la vida del hombre, miremos el lado de luz con que Cristo quiere iluminarnos. Porque en Cristo y en su amor está la luz. Como decíamos antes no nos quedamos sólo en Cristo en la Cruz, sino que siempre nuestra mirada tiene llevarnos más allá, porque tiene que llevarnos a la luz de la resurrección.
La cruz de Cristo, finalmente, nos descubre lo que es el rostro misericordioso del Padre. ‘Dios no envió su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para salvarlo por medio de El’. Porque Dios nos ama, contemplamos a Cristo en la Cruz. Miramos, pues, a Cristo crucificado que, a pesar del sufrimiento, sigue fiel en el amor y en la entrega y en el perdón para seguir el camino emprendido en la Encarnación, cuando asumió totalmente nuestra condición humana haciéndose hombre como nosotros y llegando a esa cruda realidad del sufrimiento, de la pasión y de la muerte. Por eso en su dolor y en su muerte están nuestros dolores y sufrimientos y está nuestra muerte, el dolor, sufrimiento y muerte de todos los hombres, que Cristo ha asumido en sí mismo desde el momento de su Encarnación.
Que esa mirada a la Cruz de Cristo, hoy que estamos celebrando esta fiesta de su exaltación, nos lleve a hacer nosotros el mismo camino de fidelidad, de amor, de obediencia al Padre, de seguimiento de Jesús, de ser en verdad discípulos y apóstoles que es el camino de la cruz, pero que será siempre camino que nos lleve a la vida.
Nos ponemos ante la cruz y nos ponemos ante el Misterio. Pero será un misterio, entonces, que nos haga ahondar en nuestra fe y en nuestro amor. La cruz, por otra parte, no puede ser nunca sólo un adorno bonito, ni algo así como un talismán milagroso que lo llevo porque me da suerte. La cruz tendrá siempre que recordarme una fe y un amor, para ponerme siempre en ese camino que es el seguimiento de Jesús con todas sus consecuencias, como lo fue su Encarnación.
Ponernos ante la Cruz es ponernos ante el Misterio. La cruz nos sobrecoge, como el sufrimiento nos duele. Es lo que contemplamos desde una primera mirada en la cruz. Muchos se sienten así cuando contemplan la cruz. Y a quienes la fe no les dice nada no terminan de comprender que nosotros los cristianos levantemos los ojos hasta la Cruz para contemplar a alguien que en ella muere ajusticiado.
Y es que ante el misterio no nos podemos poner de cualquier manera. Decíamos que es misterio y el misterio es algo que nos sobrepasa, va más allá de lo que nosotros podamos comprender y supera todas nuestras lógicas humanas. O somos capaces de ponernos ante ella con ojos de fe, o si seguimos contemplando ese misterio cara a cara y con sinceridad al final terminaremos haciendo también un reconocimiento de fe. El que se va en huída no llegará a vislumbrar lo que hay detrás de ese misterio, y se rebelará y desesperará o terminará perdiendo la poca fe que le quede en su interior.
Contemplamos, es cierto, un instrumento de muerte, de pasión, de dolor, de sufrimiento. Pero la cruz no puede ser una meta, un fin, sino que tiene que ser un camino, como lo fue en el misterio de Cristo. La Cruz es parte del camino que lleva a la vida. Es lo que podemos contemplar en Cristo muerto en la Cruz. Porque nunca me voy a quedar sólo en la cruz, como no puedo separar a Cristo de la Cruz, pero tampoco me quedo sólo con Cristo en la Cruz. Porque a Cristo no lo puedo separar de la vida, y siempre detrás de la Cruz tendré que contemplar la resurrección para poder captar su pleno sentido.
El evangelio de este domingo nos ha presentado palabras de la conversación de Jesús con Nicodemo, para terminar hablándonos del misterio de Cristo y del misterio del amor de Dios. Pero antes Jesús le había dicho a Nicodemo que era necesario nacer de nuevo para poder ver, para poder entrar en el Reino de Dios. Nos hace falta sí, un nuevo nacimiento, un nuevo sentido en mi vida, para comprender todo el misterio de Cristo, y lo que representa entonces su muerte y resurrección.
‘Mirarán al que atravesaron’, había anunciado un profeta y nos lo vuelve a repetir de alguna manera Juan en su Evangelio. ‘Porque el Hijo del hombre tiene que ser levantado en alto, como Moisés levantó la serpiente de bronce en el desierto, para que todo el que crea en él tenga vida eterna’.
Miramos a Cristo atravesado por la pasión y la muerte, clavado en el madero de la cruz, y descubrimos un misterio inmenso de amor. Ahí se está manifestando cuánto es el amor de Dios. ‘Tanto amó Dios al hombre, al mundo, que entregó a su Hijo único, para que todo el que cree en El no perezca, sino que tenga vida eterna’. Ahí en la Cruz estamos descubriendo ese camino de amor, ese camino de vida que Dios ofrece al hombre, que Dios ofrece al mundo. Estamos contemplando un amor a fondo perdido.
La cruz de Cristo es manifestación de amor y es signo y señal de la entrega y del sacrificio que nos libera y que nos salva. Todo para la vida. Porque ‘donde tuvo origen la muerte, de allí resurgirá la vida, y el que venció en un árbol, será en un árbol vencido’. Nos recuerda a Adán que al pie de un árbol sintió la tentación de ser como dios, y se dejó vencer por la muerte; pero contemplamos a Cristo que en lo alto de un madero se entrega para vencer a la muerte y para darnos la vida. La Cruz no es una derrota, es una victoria.
Pero la cruz de Cristo puede ser algo más. Puede ser espejo de la tiniebla, del mal y de la muerte. Puede ser espejo donde contemplemos la tinieblas de nuestro mundo, el mal que nos tienta y nos atenaza, donde estamos viendo también todo el sufrimiento de la humanidad. En esa cruz están todos los que sufren.
Algunas veces cuando contemplamos los sufrimientos de los hombres, especialmente de los inocentes, nos hacemos muchas preguntas en nuestro interior de difícil respuesta. Miremos entonces al Inocente que está clavado en la cruz y veamos que El es espejo de todo ese mundo de tinieblas y de muerte que nos rodea en el sufrimiento de tantos. Pero si contemplamos toda ese lado oscuro de la vida del hombre, miremos el lado de luz con que Cristo quiere iluminarnos. Porque en Cristo y en su amor está la luz. Como decíamos antes no nos quedamos sólo en Cristo en la Cruz, sino que siempre nuestra mirada tiene llevarnos más allá, porque tiene que llevarnos a la luz de la resurrección.
La cruz de Cristo, finalmente, nos descubre lo que es el rostro misericordioso del Padre. ‘Dios no envió su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para salvarlo por medio de El’. Porque Dios nos ama, contemplamos a Cristo en la Cruz. Miramos, pues, a Cristo crucificado que, a pesar del sufrimiento, sigue fiel en el amor y en la entrega y en el perdón para seguir el camino emprendido en la Encarnación, cuando asumió totalmente nuestra condición humana haciéndose hombre como nosotros y llegando a esa cruda realidad del sufrimiento, de la pasión y de la muerte. Por eso en su dolor y en su muerte están nuestros dolores y sufrimientos y está nuestra muerte, el dolor, sufrimiento y muerte de todos los hombres, que Cristo ha asumido en sí mismo desde el momento de su Encarnación.
Que esa mirada a la Cruz de Cristo, hoy que estamos celebrando esta fiesta de su exaltación, nos lleve a hacer nosotros el mismo camino de fidelidad, de amor, de obediencia al Padre, de seguimiento de Jesús, de ser en verdad discípulos y apóstoles que es el camino de la cruz, pero que será siempre camino que nos lleve a la vida.
Nos ponemos ante la cruz y nos ponemos ante el Misterio. Pero será un misterio, entonces, que nos haga ahondar en nuestra fe y en nuestro amor. La cruz, por otra parte, no puede ser nunca sólo un adorno bonito, ni algo así como un talismán milagroso que lo llevo porque me da suerte. La cruz tendrá siempre que recordarme una fe y un amor, para ponerme siempre en ese camino que es el seguimiento de Jesús con todas sus consecuencias, como lo fue su Encarnación.
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sábado, 13 de septiembre de 2008
Somos un mismo Cuerpo porque comemos de un mismo pan
1Cor. 10, 14-22
Sal. 115
Lc. 6, 43-49
‘Aunque somos muchos, formamos un solo cuerpo, porque comemos todos del mismo pan’. Hermoso el mensaje que nos propone el apóstol. Somos uno. Comemos del mismo pan. Ese pan es Cristo. Es la comunión en el Cuerpo y la Sangre de Cristo.
Ya nos lo había dicho el apóstol. ‘El cáliz de bendición que bendecimos, ¿no nos une a todos en la Sangre de Cristo? Y el pan que partimos, ¿no nos une a todos en el Cuerpo de Cristo?’ Es lo que venimos a hacer en la Eucaristía. Comemos al mismo Cristo, su mismo y único Cuerpo, bebemos su Sangre, su única Sangre derramada por nosotros para el perdón de los pecados.
Muchas conclusiones tendríamos que sacar de aquí para nuestra vida de cada día, para nuestra convivencia diaria con los hermanos, para nuestra vivencia de Iglesia. Cuando salimos de la Eucaristía después de haber comido el Cuerpo del Señor, de sentirnos en íntima y profunda unión con El, no podemos menos que vivir una comunión semejante con los hermanos. Cuando salimos de la Eucaristía salimos comprometidos para el amor.
No cabe que vengamos a la Eucaristía y no salgamos dispuestos a amarnos más, a vivir esa misma comunión con los hermanos, aceptándonos, comprendiéndonos, perdonándonos. No cabe que salgamos de la Eucaristía y sigamos con nuestras reticencias para aceptar a los demás; sigamos con nuestros recelos, nuestras envidias, nuestros orgullos que nos endiosan poniéndonos por encima de los demás; sigamos con nuestros rencores y venganzas, nuestro hablar mal de los otros, nuestras violencias y desconfianzas. Todo eso tendría que desaparecer si nos hemos unido a Cristo, porque al unirnos a Cristo necesariamente hemos de sentirnos unidos a los demás.
Lo hemos mirado en el día a día de nuestra convivencia, pero tendríamos que mirarlo en el seno de la comunidad, en el seno de la misma Iglesia. Porque muchas veces nos hacemos las guerritas cada uno por su lado; porque también desconfiamos de los demás, desconfiamos de los pastores donde quizá vemos intenciones y cosas ocultas que no tendríamos que ver, y nuestros pastores tendrían que ver en el común de los fieles unos miembros vivos de la Iglesia a los que se les da confianza también en su hacer y en su caminar. Muchas más cosas podríamos pensar y revisar para lograr esa necesaria comunión incluso entre los miembros de una misma comunidad, de una misma Iglesia.
Venimos cada día a la Eucaristía y, como nos dice la gente, nos damos muchos golpes de pecho, diciendo Señor, Señor, ¿y luego no seguimos el camino que nos ha trazado el Señor en el Evangelio? Que no tenga que decirnos Jesús como le hemos escuchado hoy. ‘¿Por qué me llamáis “Señor, Señor”, y no hacéis lo que yo os digo?’ Que no nos tenga que decir que somos como casa edificada sobre tierra, sin cimiento, porque no ponemos por obra las palabras del Señor.
Que cimentemos bien nuestra vida en la Palabra del Señor, pero en la Palabra que escuchamos y ponemos por obra. Para que llenemos nuestro corazón de bondad hasta rebosar. Para que seamos árbol sano que da frutos sanos. ‘El que es bueno, de la bondad que atesora en su corazón saca el bien...’
Pidámosle al Señor que así rebose nuestro corazón de bondad, de amor, de comprensión, de comunión profunda con nuestros hermanos para que podamos vivir también esa comunión profunda con El.
Sal. 115
Lc. 6, 43-49
‘Aunque somos muchos, formamos un solo cuerpo, porque comemos todos del mismo pan’. Hermoso el mensaje que nos propone el apóstol. Somos uno. Comemos del mismo pan. Ese pan es Cristo. Es la comunión en el Cuerpo y la Sangre de Cristo.
Ya nos lo había dicho el apóstol. ‘El cáliz de bendición que bendecimos, ¿no nos une a todos en la Sangre de Cristo? Y el pan que partimos, ¿no nos une a todos en el Cuerpo de Cristo?’ Es lo que venimos a hacer en la Eucaristía. Comemos al mismo Cristo, su mismo y único Cuerpo, bebemos su Sangre, su única Sangre derramada por nosotros para el perdón de los pecados.
Muchas conclusiones tendríamos que sacar de aquí para nuestra vida de cada día, para nuestra convivencia diaria con los hermanos, para nuestra vivencia de Iglesia. Cuando salimos de la Eucaristía después de haber comido el Cuerpo del Señor, de sentirnos en íntima y profunda unión con El, no podemos menos que vivir una comunión semejante con los hermanos. Cuando salimos de la Eucaristía salimos comprometidos para el amor.
No cabe que vengamos a la Eucaristía y no salgamos dispuestos a amarnos más, a vivir esa misma comunión con los hermanos, aceptándonos, comprendiéndonos, perdonándonos. No cabe que salgamos de la Eucaristía y sigamos con nuestras reticencias para aceptar a los demás; sigamos con nuestros recelos, nuestras envidias, nuestros orgullos que nos endiosan poniéndonos por encima de los demás; sigamos con nuestros rencores y venganzas, nuestro hablar mal de los otros, nuestras violencias y desconfianzas. Todo eso tendría que desaparecer si nos hemos unido a Cristo, porque al unirnos a Cristo necesariamente hemos de sentirnos unidos a los demás.
Lo hemos mirado en el día a día de nuestra convivencia, pero tendríamos que mirarlo en el seno de la comunidad, en el seno de la misma Iglesia. Porque muchas veces nos hacemos las guerritas cada uno por su lado; porque también desconfiamos de los demás, desconfiamos de los pastores donde quizá vemos intenciones y cosas ocultas que no tendríamos que ver, y nuestros pastores tendrían que ver en el común de los fieles unos miembros vivos de la Iglesia a los que se les da confianza también en su hacer y en su caminar. Muchas más cosas podríamos pensar y revisar para lograr esa necesaria comunión incluso entre los miembros de una misma comunidad, de una misma Iglesia.
Venimos cada día a la Eucaristía y, como nos dice la gente, nos damos muchos golpes de pecho, diciendo Señor, Señor, ¿y luego no seguimos el camino que nos ha trazado el Señor en el Evangelio? Que no tenga que decirnos Jesús como le hemos escuchado hoy. ‘¿Por qué me llamáis “Señor, Señor”, y no hacéis lo que yo os digo?’ Que no nos tenga que decir que somos como casa edificada sobre tierra, sin cimiento, porque no ponemos por obra las palabras del Señor.
Que cimentemos bien nuestra vida en la Palabra del Señor, pero en la Palabra que escuchamos y ponemos por obra. Para que llenemos nuestro corazón de bondad hasta rebosar. Para que seamos árbol sano que da frutos sanos. ‘El que es bueno, de la bondad que atesora en su corazón saca el bien...’
Pidámosle al Señor que así rebose nuestro corazón de bondad, de amor, de comprensión, de comunión profunda con nuestros hermanos para que podamos vivir también esa comunión profunda con El.
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viernes, 12 de septiembre de 2008
Un nombre más dulce que la miel, María
Eclesiástico, 24, 17-22
Sal. Lc. 1, 47ss (Canto de María)
Luc. 1, 26, 36
Sal. Lc. 1, 47ss (Canto de María)
Luc. 1, 26, 36
'La Virgen se llamaba María'. Habiendo celebrado hace unos días la natividad de la Virgen María hoy la liturgia nos ha ofrecido la oportunidad de celebrar esta memoria del Santo Nombre de María. Una celebración entrañable que ha estado siempre presente en la devoción a la Virgen: celebrar ese dulce nombre de María con el que la invocamos como Madre, porque así nos la quiso regalar el Señor.
Decir que el único nombre en el que encontramos salvación es el nombre de Jesús. No se nos ha dado otro nombre en el que podamos encontrar la salvación, nombre ante el que se dobla toda rodilla en el cielo, en la tierra y en el abismo.
Hoy glorificamos el santo nombre de María. Dios quiso asociarla, contar con ella, en la historia de nuestra salvación. La escogió como madre del Hijo de Dios hecho hombre, y para que se realizara ese admirable misterio de la Encarnación hemos escuchado en el Evangelio cómo Dios envía al arcángel Gabriel para hacerle el anuncio a María y para contar con su Si, que trasmitiría ante el trono de Dios.
Nombre glorioso el de María. Así lo proclamaba la liturgia al comienzo de la celebración en la antífona de entrada, tomando las palabras con las que el pueblo de Israel aclamaba a Judith, pero que la liturgia hoy aplica a María. ‘El Señor Dios te ha bendecido, Virgen María, más que a todas las mujeres de la tierra; ha glorificado tu nombre de tal modo, que tu alabanza está siempre en boca de todos’.
Nombre santo el de María. Es el nombre de la llena de gracia, de la que encontró gracia ante Dios, para ser la Madre de Jesús, la Madre de Dios.
Nombre maternal. Como decíamos en la oración, ‘elegida por el Señor para ser Madre suya, quiso que fuese en adelante nuestra Madre’. Así nos la dejó como Madre desde la Cruz. ‘Ahí tienes a tu madre’. A ella nos confiamos; recurrimos a su protección; invocamos su nombre.
En el prefacio diremos ‘has querido, con amorosa providencia, que también el nombre de María estuviera con frecuencia en los labios de los fieles’. Es el nombre dulce como la miel que más pronto aflora en nuestros labios para llamarla y para invocarla. A María contemplamos ‘como estrella luminosa... como madre en los peligros...’ A ella acudimos en nuestras necesidades con la seguridad de que siempre seremos escuchados.
Nos sentimos confortados invocando su nombre. Su nombre más dulce que la miel, como decíamos antes, recordando lo que nos decía el libro del Eclesiástico.
Que de María aprendamos y que ella nos alcance la gracia divina para que nunca nos veamos lejos de su protección. Si hoy hemos comenzado recordando el nombre de Jesús en quien tenemos nuestra salvación, y ahora hemos disfrutado saboreando el nombre de María, no olvidemos que nosotros llevamos un nombre que no debemos nunca mancillar con el pecado, que es el nombre y la condición de cristiano. Es lo que vamos a pedir al final de la celebración. Que ‘a los que has alimentado en la mesa de la palabra y de la Eucaristía, nos conceda rechazar lo que es indigno del nombre cristiano y cumplir cuanto en él se significa bajo la guía y la protección de la Virgen María’.
jueves, 11 de septiembre de 2008
La única espiral buena es la del amor
1Cor. 8, 1-7.11-13
Sal. 138
Lc. 6, 27-38
Pareciera que andamos en la vida como en una espiral. Ya sabemos parte de un punto en una curva podíamos llamar ascendente que va haciendo que se arco se vaya haciendo cada vez mayor pero sin solución de vuelta a un punto de partida sino que más y más se aleja en la medida en que crece. O si queremos en sentido inverso de mayor a menor se va cerrando y cerrando cada vez hasta que el arco se consume en sí mismo en un solo punto.
Un camino y otro de la espiral creo que pueden reflejar muchas actitudes y actos de nuestra vida y de nuestra relación con los demás. Violencia que engendra violencia cada vez mayor; relaciones interesadas que cada vez nos van creando como más deuda de los unos con los otros sin visos de solución; egoísmo que nos encierra cada vez más en nosotros mismos llegando a aislarnos de los demás centrándonos todo en nuestro yo egoísta e insolidario.
Porque tú me dijiste, yo te digo, y porque yo te respondí, tú me contestate más fuerte y así se va generando y generando cada vez un enfrentamiento mayor. Porque tú ayudaste, yo te ayudo, pero tú te verás obligado a ayudarme después, y tendré que corresponderte, con lo que la ayuda no es desinteresada sino que más bien pareciera el pago de una deuda continuada. Como él no me hizo aquel favor, por qué tengo yo que prestarle ayuda ahora, y siempre estaremos esperando a que sea el otro el que comience. Y así podríamos pensar en tantas y cosas que hacemos y que simplemente generan una espiral o de violencia, o de deudas mutuas, o de egoísmos que me encierran.
Hay que romper esta espiral que no nos lleva a nada bueno. Aunque pensemos, es que todo el mundo actúa así, no nos podemos mover sólo por el interés, ni podemos estar siempre respondiendo con la misma moneda a lo que los otros puedan hacernos. Es a lo que Jesús nos invita. Es la Buena Nueva que nos trasmite Jesús. ¿Que todo el mundo lo hace así? Jesús viene a realizar un mundo nuevo, a enseñarnos a hacer las cosas de otra manera. ‘Pues si amáis sólo a los que os aman, ¿qué meritos tenéis? También los pecadores lo hacen. Y si prestáis sólo cuando esperáis cobrar ¿qué hacéis de extraordinario? También los pecadores prestan a otros pecadores con intención de cobrárselo’.
Al odio tenemos que responder con amor; a la violencia, con paz y perdón; al interés, con generosidad desinteresada; al mal, con el bien; al juicio y a la condena, con comprensión y perdón. Al enemigo y al que te odia, ámalo; al que te hace mal, hazle bien; al que te maldice, bendícelo; al que te injuria, reza por él; con el egoísta, sé generoso; con el violento, sé pacifico; con el interesado, sé altruista y desinteresado, enséñele lo que es la gratuidad; al que te debe, regálale; no juzgues, ni condenes; al que te ofrende, perdónalo siempre hasta setenta veces siete; que tu medida sea siempre la de la generosidad y el perdón.
‘A los que me escucháis os digo: amad a vuestros enemigos; haced el bien a los que os odian; bendecid a los que os maldicen, orad por los que os injurian. Al que te peque en una mejilla, preséntale la otra; al que te quite la capa, dale también la túnica. A quien te pide, dale; al que se lleve lo tuyo, no se lo reclames. Tratad a los demás como queréis que ellos os traten’. Son las palabras de Jesús.
Y nos propone un modelo y un ideal. ‘Sed compasivos como vuestro Padre es compasivo... dad y se os dará: os verterán una medida generosa, colmada, remecida, rebosante. La medida que uséis la usarán con vosotros’. Si alguna espiral tiene que permanecer es la del amor, para abrirnos siempre a los demás. O como decía san Pablo ‘lo constructivo es el amor mutuo’.
Sal. 138
Lc. 6, 27-38
Pareciera que andamos en la vida como en una espiral. Ya sabemos parte de un punto en una curva podíamos llamar ascendente que va haciendo que se arco se vaya haciendo cada vez mayor pero sin solución de vuelta a un punto de partida sino que más y más se aleja en la medida en que crece. O si queremos en sentido inverso de mayor a menor se va cerrando y cerrando cada vez hasta que el arco se consume en sí mismo en un solo punto.
Un camino y otro de la espiral creo que pueden reflejar muchas actitudes y actos de nuestra vida y de nuestra relación con los demás. Violencia que engendra violencia cada vez mayor; relaciones interesadas que cada vez nos van creando como más deuda de los unos con los otros sin visos de solución; egoísmo que nos encierra cada vez más en nosotros mismos llegando a aislarnos de los demás centrándonos todo en nuestro yo egoísta e insolidario.
Porque tú me dijiste, yo te digo, y porque yo te respondí, tú me contestate más fuerte y así se va generando y generando cada vez un enfrentamiento mayor. Porque tú ayudaste, yo te ayudo, pero tú te verás obligado a ayudarme después, y tendré que corresponderte, con lo que la ayuda no es desinteresada sino que más bien pareciera el pago de una deuda continuada. Como él no me hizo aquel favor, por qué tengo yo que prestarle ayuda ahora, y siempre estaremos esperando a que sea el otro el que comience. Y así podríamos pensar en tantas y cosas que hacemos y que simplemente generan una espiral o de violencia, o de deudas mutuas, o de egoísmos que me encierran.
Hay que romper esta espiral que no nos lleva a nada bueno. Aunque pensemos, es que todo el mundo actúa así, no nos podemos mover sólo por el interés, ni podemos estar siempre respondiendo con la misma moneda a lo que los otros puedan hacernos. Es a lo que Jesús nos invita. Es la Buena Nueva que nos trasmite Jesús. ¿Que todo el mundo lo hace así? Jesús viene a realizar un mundo nuevo, a enseñarnos a hacer las cosas de otra manera. ‘Pues si amáis sólo a los que os aman, ¿qué meritos tenéis? También los pecadores lo hacen. Y si prestáis sólo cuando esperáis cobrar ¿qué hacéis de extraordinario? También los pecadores prestan a otros pecadores con intención de cobrárselo’.
Al odio tenemos que responder con amor; a la violencia, con paz y perdón; al interés, con generosidad desinteresada; al mal, con el bien; al juicio y a la condena, con comprensión y perdón. Al enemigo y al que te odia, ámalo; al que te hace mal, hazle bien; al que te maldice, bendícelo; al que te injuria, reza por él; con el egoísta, sé generoso; con el violento, sé pacifico; con el interesado, sé altruista y desinteresado, enséñele lo que es la gratuidad; al que te debe, regálale; no juzgues, ni condenes; al que te ofrende, perdónalo siempre hasta setenta veces siete; que tu medida sea siempre la de la generosidad y el perdón.
‘A los que me escucháis os digo: amad a vuestros enemigos; haced el bien a los que os odian; bendecid a los que os maldicen, orad por los que os injurian. Al que te peque en una mejilla, preséntale la otra; al que te quite la capa, dale también la túnica. A quien te pide, dale; al que se lleve lo tuyo, no se lo reclames. Tratad a los demás como queréis que ellos os traten’. Son las palabras de Jesús.
Y nos propone un modelo y un ideal. ‘Sed compasivos como vuestro Padre es compasivo... dad y se os dará: os verterán una medida generosa, colmada, remecida, rebosante. La medida que uséis la usarán con vosotros’. Si alguna espiral tiene que permanecer es la del amor, para abrirnos siempre a los demás. O como decía san Pablo ‘lo constructivo es el amor mutuo’.
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miércoles, 10 de septiembre de 2008
Una nueva escala de valores descubrimos en las bienaventuranzas
1Cor. 7, 25-31
Sal. 44
Lc. 6, 20-26
Muchos discípulos y mucha gente venida de todas partes habían llegado a las llanuras de Galilea para oír la palabra de Jesús y para ser curados de todo mal y de toda enfermedad. Lo escuchábamos ayer.
¿Qué tipo de gentes podemos contemplar? Muchos enfermos y aquejados de todo tipo de sufrimiento; gentes pobres y carentes de las cosas esenciales de la vida; gente con sufrimiento en el corazón y quizá perdidas las esperanzas y las ilusiones.
¿Cuál era el mensaje de Jesús? Tenía que ser un mensaje que respondiese a aquella realidad. ‘Dichosos los pobres... los que tienen hambre... los que sufren y lloran... los que son marginados y perseguidos...’ Para ellos la dicha, la alegría, la felicidad, la recompensa eterna.
Pero a este anuncio de dicha y felicidad, como una antítesis, están las lamentaciones de Jesús. Se lamenta Jesús por la suerte de esta gente. ‘Ay de los ricos... ay de los que están saciados... ay de los que ríen... ay de los que os consideráis famosos y triunfantes...’
Quiero pensar en la reacción o lo que pasaría por la cabeza y el corazón de aquellos que estaban escuchando este mensaje de Jesús. Una nueva esperanza nacía en sus corazones. Para la situación de su vida había una respuesta de salvación. Se abría la esperanza y renacía la ilusión. Ellos podían aspirar también a la dicha y a la felicidad. Aunque pareciera contradictorio con la manera de pensar del mundo.
Todo un cambio de chip, de esquema mental. Lo que se considera una dicha, ya no es dicha. Y lo que parece una desgracia, es motivo de felicidad sin fin. Paradojas del Evangelio. Entra en juego una nueva escala de valores. Lo vemos a través de todas las páginas del Evangelio. Lo vemos en el actuar de Jesús y de cómo quiere que sea el actuar de sus discípulos.
Lo había cantado María. La que glorifica al Señor, que se ha fijado en la pequeñez de su sierva; la que canta al Señor ‘que derriba del trono a los poderosos y enaltece a los humildes; que dispersa a los soberbios de corazón; que a los hambrientos los colma de bienes y a los ricos los despide sin nada; que se mantiene fiel en su misericordia de generación en generación’ para con todos los pecadores.
Es la Buena Nueva que nos llega con Jesús. María lo vivió. Dichosa, bienaventurada fue llamada por su fe, porque creyó la Palabra del Señor. Es Buena Nueva también para nosotros hoy. De este encuentro con el Señor tenemos que salir llenos de alegría y de esperanza, porque sabemos que las cosas pueden cambiar, que con Jesús las cosas tienen que cambiar.
Nos queda preguntarnos. Y nosotros, ¿mereceremos la bienaventuranza o la lamentación? ¿Cuáles son las actitudes de nuestro corazón? ¿Cómo escuchamos nosotros esas palabras de Jesús? ¿Renace también en nosotros la esperanza?
Sal. 44
Lc. 6, 20-26
Muchos discípulos y mucha gente venida de todas partes habían llegado a las llanuras de Galilea para oír la palabra de Jesús y para ser curados de todo mal y de toda enfermedad. Lo escuchábamos ayer.
¿Qué tipo de gentes podemos contemplar? Muchos enfermos y aquejados de todo tipo de sufrimiento; gentes pobres y carentes de las cosas esenciales de la vida; gente con sufrimiento en el corazón y quizá perdidas las esperanzas y las ilusiones.
¿Cuál era el mensaje de Jesús? Tenía que ser un mensaje que respondiese a aquella realidad. ‘Dichosos los pobres... los que tienen hambre... los que sufren y lloran... los que son marginados y perseguidos...’ Para ellos la dicha, la alegría, la felicidad, la recompensa eterna.
Pero a este anuncio de dicha y felicidad, como una antítesis, están las lamentaciones de Jesús. Se lamenta Jesús por la suerte de esta gente. ‘Ay de los ricos... ay de los que están saciados... ay de los que ríen... ay de los que os consideráis famosos y triunfantes...’
Quiero pensar en la reacción o lo que pasaría por la cabeza y el corazón de aquellos que estaban escuchando este mensaje de Jesús. Una nueva esperanza nacía en sus corazones. Para la situación de su vida había una respuesta de salvación. Se abría la esperanza y renacía la ilusión. Ellos podían aspirar también a la dicha y a la felicidad. Aunque pareciera contradictorio con la manera de pensar del mundo.
Todo un cambio de chip, de esquema mental. Lo que se considera una dicha, ya no es dicha. Y lo que parece una desgracia, es motivo de felicidad sin fin. Paradojas del Evangelio. Entra en juego una nueva escala de valores. Lo vemos a través de todas las páginas del Evangelio. Lo vemos en el actuar de Jesús y de cómo quiere que sea el actuar de sus discípulos.
Lo había cantado María. La que glorifica al Señor, que se ha fijado en la pequeñez de su sierva; la que canta al Señor ‘que derriba del trono a los poderosos y enaltece a los humildes; que dispersa a los soberbios de corazón; que a los hambrientos los colma de bienes y a los ricos los despide sin nada; que se mantiene fiel en su misericordia de generación en generación’ para con todos los pecadores.
Es la Buena Nueva que nos llega con Jesús. María lo vivió. Dichosa, bienaventurada fue llamada por su fe, porque creyó la Palabra del Señor. Es Buena Nueva también para nosotros hoy. De este encuentro con el Señor tenemos que salir llenos de alegría y de esperanza, porque sabemos que las cosas pueden cambiar, que con Jesús las cosas tienen que cambiar.
Nos queda preguntarnos. Y nosotros, ¿mereceremos la bienaventuranza o la lamentación? ¿Cuáles son las actitudes de nuestro corazón? ¿Cómo escuchamos nosotros esas palabras de Jesús? ¿Renace también en nosotros la esperanza?
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martes, 9 de septiembre de 2008
Tres momentos: oración, elección y salvación
1Cor. 6, 1-11
Sal. 149
Lc. 6, 12-19
Tres momentos podemos destacar en el texto del Evangelio que comentamos. Un primer momento, la oración. ‘Subió Jesús a la montaña a orar, y pasó la noche orando a Dios’.
Un segundo momento la elección de los apóstoles. ‘Cuando se hizo de día, llamó a sus discípulos, escogió a doce de ellos y los nombró apóstoles’. Y el evangelista a continuación nos da la relación de todos sus nombres y algunas circunstancias en torno a su vida.
Un tercer momento, el encuentro con los discípulos y con toda la masa grande de la gente. ‘Bajó Jesús del monte con los Doce y se paró en un llano con un grupo grande de discípulos y de pueblo, procedente de toda Judea, de Jerusalén y de la costa de Tiro y de Sidón’. Ahora son todos los discípulos y todos aquellos que ‘venían a oírlo y a que Jesús los curara de sus enfermedades...’
¿Dónde estaba Jesús? ¿Dónde se sitúa este monte? Probablemente en Galilea, porque en el texto que sigue le veremos proclamar las Bienaventuranzas, en la versión que nos da san Lucas; pero nos habla de gente que ha venido de toda Palestina, nos habla de Judea y Jerusalén, pero nos habla de gentes de más al norte, en la costa de Tiro y Sidón.
Tres momentos, pues, importantes. Nos habla de la unión de Jesús con el Padre, ‘pasó la noche en oración’, en un momento importante porque elige a los doce Apóstoles a los que iba a confiar una misión especial en medio de la comunidad. Son los Apóstoles, los enviados, los que en su nombre han de ir a anunciar el Evangelio a toda la creación. Pero están también todos los discípulos y todos aquellos que se acercan a Jesús para escucharle y para experimentar en su vida la salvación que Jesús nos trae, que viene significada en los milagros que realiza.
Tres momentos importantes también para nosotros. Unidos a Dios en nuestra oración. Necesitamos de Dios, de nuestra unión íntima y profunda con el Señor, que nos llene de su vida, que nos haga sentir su predilección y su amor, que nos haga experimentar su salvación.
También nosotros queremos escucharle allá en lo más hondo de nuestro corazón. Y abrimos nuestra vida a Dios, abrimos nuestro corazón a un encuentro profundo y vivo con El. Es lo que tiene que ser la oración en nuestra vida, más allá de algo ritual que podamos hacer. Como Jesús, según hemos visto en el evangelio. Como lo hizo María; como lo han hecho los santos antes que nosotros y que nos sirven tanto de ejemplo y de modelo.
Y sentimos como Dios tiene un amor especial para cada uno. Nos sentimos llamados y elegidos. Porque su amor es una predilección del Señor por nosotros. A cada uno nos ama el Señor con un amor especial. Dios nos ama a cada uno por nuestro nombre. Recordemos cada uno nuestra historia personal y descubriremos como en ese día a día de nuestra vida el Señor nos ha ido manifestando su especial amor.
‘Yo os he elegido para que vayáis y deis fruto y vuestro fruto permanezca’. El Señor nos ha llamado y elegido y ha derramado su gracia salvadora sobre nosotros. Como nos recordaba san Pablo, somos pecadores porque tantas veces hemos llenado nuestra vida de pecado, pero el Señor ha sido grande en su misericordia con nosotros. ‘Así erais antes... pero os lavaron, os consagraron, os perdonaron invocando al Señor Jesucristo y al Espíritu de nuestro Dios’. Si así nos ha perdonado el Señor, nos ha lavado de nuestros pecados, así ahora nosotros tenemos que dar gloria a Dios dando frutos de santidad y de gracia en nuestra vida.
Sal. 149
Lc. 6, 12-19
Tres momentos podemos destacar en el texto del Evangelio que comentamos. Un primer momento, la oración. ‘Subió Jesús a la montaña a orar, y pasó la noche orando a Dios’.
Un segundo momento la elección de los apóstoles. ‘Cuando se hizo de día, llamó a sus discípulos, escogió a doce de ellos y los nombró apóstoles’. Y el evangelista a continuación nos da la relación de todos sus nombres y algunas circunstancias en torno a su vida.
Un tercer momento, el encuentro con los discípulos y con toda la masa grande de la gente. ‘Bajó Jesús del monte con los Doce y se paró en un llano con un grupo grande de discípulos y de pueblo, procedente de toda Judea, de Jerusalén y de la costa de Tiro y de Sidón’. Ahora son todos los discípulos y todos aquellos que ‘venían a oírlo y a que Jesús los curara de sus enfermedades...’
¿Dónde estaba Jesús? ¿Dónde se sitúa este monte? Probablemente en Galilea, porque en el texto que sigue le veremos proclamar las Bienaventuranzas, en la versión que nos da san Lucas; pero nos habla de gente que ha venido de toda Palestina, nos habla de Judea y Jerusalén, pero nos habla de gentes de más al norte, en la costa de Tiro y Sidón.
Tres momentos, pues, importantes. Nos habla de la unión de Jesús con el Padre, ‘pasó la noche en oración’, en un momento importante porque elige a los doce Apóstoles a los que iba a confiar una misión especial en medio de la comunidad. Son los Apóstoles, los enviados, los que en su nombre han de ir a anunciar el Evangelio a toda la creación. Pero están también todos los discípulos y todos aquellos que se acercan a Jesús para escucharle y para experimentar en su vida la salvación que Jesús nos trae, que viene significada en los milagros que realiza.
Tres momentos importantes también para nosotros. Unidos a Dios en nuestra oración. Necesitamos de Dios, de nuestra unión íntima y profunda con el Señor, que nos llene de su vida, que nos haga sentir su predilección y su amor, que nos haga experimentar su salvación.
También nosotros queremos escucharle allá en lo más hondo de nuestro corazón. Y abrimos nuestra vida a Dios, abrimos nuestro corazón a un encuentro profundo y vivo con El. Es lo que tiene que ser la oración en nuestra vida, más allá de algo ritual que podamos hacer. Como Jesús, según hemos visto en el evangelio. Como lo hizo María; como lo han hecho los santos antes que nosotros y que nos sirven tanto de ejemplo y de modelo.
Y sentimos como Dios tiene un amor especial para cada uno. Nos sentimos llamados y elegidos. Porque su amor es una predilección del Señor por nosotros. A cada uno nos ama el Señor con un amor especial. Dios nos ama a cada uno por nuestro nombre. Recordemos cada uno nuestra historia personal y descubriremos como en ese día a día de nuestra vida el Señor nos ha ido manifestando su especial amor.
‘Yo os he elegido para que vayáis y deis fruto y vuestro fruto permanezca’. El Señor nos ha llamado y elegido y ha derramado su gracia salvadora sobre nosotros. Como nos recordaba san Pablo, somos pecadores porque tantas veces hemos llenado nuestra vida de pecado, pero el Señor ha sido grande en su misericordia con nosotros. ‘Así erais antes... pero os lavaron, os consagraron, os perdonaron invocando al Señor Jesucristo y al Espíritu de nuestro Dios’. Si así nos ha perdonado el Señor, nos ha lavado de nuestros pecados, así ahora nosotros tenemos que dar gloria a Dios dando frutos de santidad y de gracia en nuestra vida.
lunes, 8 de septiembre de 2008
Te felicitamos, María, es tu cumpleaños
Cuando celebramos el cumpleaños de alguien lo felicitamos y le deseamos los mejores parabienes. Nos alegramos con la alegría de su celebración y participamos con alegría de su fiesta ofreciéndole los obsequios de nuestro amor y amistad que se traduce muchas veces en los regalos que le hacemos.
Hoy es el cumpleaños de María. Es la fiesta de la Natividad, la Virgen Madre de Dios y madre nuestra. También queremos felicitarla con nuestro más sincero amor y ofrecerle el ramos de rosas de nuestro corazón. Hoy es una fiesta muy importante de María, en la que queremos participar con mucha alegría. Una fiesta que en la devoción popular de nuestros pueblos se traduce en numerosas advocaciones en torno al misterio de María. Virgen de la Luz, Virgen del Socorro, Virgen de los Remedios, Virgen de Abona, Virgen del Pino... por mencionar algunas de las que se celebran en esta tierra canaria en sus diferentes pueblos e islas.
La liturgia toda de este día es un canto de felicitación, de alabanza y de alegría en el Nacimiento de María. Cuando digo la liturgia no me refiero sólo a la celebración de la Eucaristía, sino también a la Liturgia de las Horas a través de los diferentes momentos del día. Recogemos algunas de las expresiones que aparecen en la liturgia y que pueden ayudarnos a vivir el sentido de esta fiesta.
‘Tu nacimiento, Virgen Madre de Dios, anuncia la alegría a todo el mundo. De ti nació el sol de justicia, Cristo, nuestro Dios, que borrando la maldición nos trajo la bendición, y triunfando de la muerte nos dio la vida eterna’, que decimos en la antífona del Benedictus en Laúdes. Así nos habla también de ‘las primicias de la salvación’ que hemos recibido por el nacimiento de María en la oración litúrgica de esta fiesta. Por eso, ‘celebramos con alegría el nacimiento de María, la Virgen: porque de ella nació el Sol de justicia, Cristo el Señor’.
Y si nos habla del nacimiento del ‘sol de justicia, Cristo, el Señor’, el nacimiento de María se convierte para nosotros en la aurora. Ese resplandor que anuncia el día, que anuncia el nacimiento del sol. María es esa Aurora de la salvación porque de ella va a nacer Jesús. Así lo expresamos en la oración después de la comunión en la Misa. ‘Nacimiento de la Virgen María que fue para todo el mundo esperanza y aurora de la salvación’.
Por eso la liturgia nos habla de gozo y alegría a todo momento, gozo y alegría que podemos decir que es también el gozo y la alegría de Dios en el nacimiento de María. Dios la había escogido, la había predestinado para ser su madre, y por eso derramó sobre ella toda gracia y toda bendición. La preservó de todo pecado desde el primer instante de su Concepción en previsión de los méritos de su Hijo. Así lo celebramos hace nueve meses cuando celebrábamos su Concepción y la llamábamos Inmaculada, Purísima. Y Dios se gozó en María, en su belleza y en su santidad. ‘Hoy es el nacimiento de Santa María Virgen, que nos dice una de las antífonas de su fiesta, en cuya bella y humildad Dios se ha complacido’.
Nos felicitamos con María y felicitamos a María en la fiesta de su nacimiento. Cantamos a María y con ella queremos cantar a Dios la mejor de las alabanzas. Le ofrecemos el mejor regalo de nuestro amor que es querer copiar en nosotros su propia santidad. Por eso, con algunas de las advocaciones con que en este día la festejamos, queremos sentirla como Madre que remedia nuestros males, y la llamamos Virgen de los Remedios. Es la madre intercesora a quien acudimos y que sabemos que nos protege. Es la madre a la que confiamos todas las cuitas y deseos de nuestro corazón.
Virgen de la Luz también la llamamos, porque es la aurora que nos anuncia la Luz del Sol, Cristo el Señor, que viene a iluminar nuestras vidas. Queremos llenarnos de su luz. Queremos seguir el rastro de luz que se desprende de María, porque sabemos que si lo seguimos vamos a encontrar la Luz verdadera, Cristo el Señor.
Hoy es el cumpleaños de María. Es la fiesta de la Natividad, la Virgen Madre de Dios y madre nuestra. También queremos felicitarla con nuestro más sincero amor y ofrecerle el ramos de rosas de nuestro corazón. Hoy es una fiesta muy importante de María, en la que queremos participar con mucha alegría. Una fiesta que en la devoción popular de nuestros pueblos se traduce en numerosas advocaciones en torno al misterio de María. Virgen de la Luz, Virgen del Socorro, Virgen de los Remedios, Virgen de Abona, Virgen del Pino... por mencionar algunas de las que se celebran en esta tierra canaria en sus diferentes pueblos e islas.
La liturgia toda de este día es un canto de felicitación, de alabanza y de alegría en el Nacimiento de María. Cuando digo la liturgia no me refiero sólo a la celebración de la Eucaristía, sino también a la Liturgia de las Horas a través de los diferentes momentos del día. Recogemos algunas de las expresiones que aparecen en la liturgia y que pueden ayudarnos a vivir el sentido de esta fiesta.
‘Tu nacimiento, Virgen Madre de Dios, anuncia la alegría a todo el mundo. De ti nació el sol de justicia, Cristo, nuestro Dios, que borrando la maldición nos trajo la bendición, y triunfando de la muerte nos dio la vida eterna’, que decimos en la antífona del Benedictus en Laúdes. Así nos habla también de ‘las primicias de la salvación’ que hemos recibido por el nacimiento de María en la oración litúrgica de esta fiesta. Por eso, ‘celebramos con alegría el nacimiento de María, la Virgen: porque de ella nació el Sol de justicia, Cristo el Señor’.
Y si nos habla del nacimiento del ‘sol de justicia, Cristo, el Señor’, el nacimiento de María se convierte para nosotros en la aurora. Ese resplandor que anuncia el día, que anuncia el nacimiento del sol. María es esa Aurora de la salvación porque de ella va a nacer Jesús. Así lo expresamos en la oración después de la comunión en la Misa. ‘Nacimiento de la Virgen María que fue para todo el mundo esperanza y aurora de la salvación’.
Por eso la liturgia nos habla de gozo y alegría a todo momento, gozo y alegría que podemos decir que es también el gozo y la alegría de Dios en el nacimiento de María. Dios la había escogido, la había predestinado para ser su madre, y por eso derramó sobre ella toda gracia y toda bendición. La preservó de todo pecado desde el primer instante de su Concepción en previsión de los méritos de su Hijo. Así lo celebramos hace nueve meses cuando celebrábamos su Concepción y la llamábamos Inmaculada, Purísima. Y Dios se gozó en María, en su belleza y en su santidad. ‘Hoy es el nacimiento de Santa María Virgen, que nos dice una de las antífonas de su fiesta, en cuya bella y humildad Dios se ha complacido’.
Nos felicitamos con María y felicitamos a María en la fiesta de su nacimiento. Cantamos a María y con ella queremos cantar a Dios la mejor de las alabanzas. Le ofrecemos el mejor regalo de nuestro amor que es querer copiar en nosotros su propia santidad. Por eso, con algunas de las advocaciones con que en este día la festejamos, queremos sentirla como Madre que remedia nuestros males, y la llamamos Virgen de los Remedios. Es la madre intercesora a quien acudimos y que sabemos que nos protege. Es la madre a la que confiamos todas las cuitas y deseos de nuestro corazón.
Virgen de la Luz también la llamamos, porque es la aurora que nos anuncia la Luz del Sol, Cristo el Señor, que viene a iluminar nuestras vidas. Queremos llenarnos de su luz. Queremos seguir el rastro de luz que se desprende de María, porque sabemos que si lo seguimos vamos a encontrar la Luz verdadera, Cristo el Señor.
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