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domingo, 25 de octubre de 2015

Aprendamos a hacer el mismo camino de Jesús atentos a los gritos de los que sufren y ofreciendo nuestro brazo para caminar en una nueva claridad

Aprendamos a hacer el mismo camino de Jesús atentos a los gritos de los que sufren y ofreciendo nuestro brazo para caminar en una nueva claridad

Jeremías 31, 7-9; Sal. 125; Hebreos 5, 1-6; Marcos 10,46-52
Nos habla el evangelio de un ciego que está junto al camino en Jericó y que al paso de Jesús gritará insistentemente pidiendo compasión; Jesús lo mandará llamar ante los gritos insistentes del ciego preguntándole que desea y ante la fe de aquel hombre que, desde su pobreza y su humildad así acude a Jesús, por su fe lo curará.
‘Jesús, hijo de David, ten compasión de mí… ánimo, levántate que te llama… ¿qué quieres que haga por ti?... Maestro, que pueda ver… Anda, tu te ha curado… recobró la vista y lo seguía por el camino’.
Así sencillamente en ese diálogo tan hermoso, casi con naturalidad, nos cuenta el evangelista el episodio. Está la fe de aquel hombre, por un lado, desde su pobreza y necesidad, pero enfrente está la compasión y la misericordia de Jesús. Pero nos puede decir muchas cosas fijándonos en detalles que son como signos y que hemos de saber traer a nuestra realidad y a nuestra vida.
‘El ciego Bartimeo (el hijo de Timeo) estaba sentado al borde del camino pidiendo limosna’, nos dice el evangelista. Al borde del camino, con su ceguera y con su pobreza. Ni la ceguera ni la pobreza le podían dejar hacer el camino. Será incapaz, no ve, no tiene medios. Algunos le gritarán que se calle, que no moleste. Nos molesta la pobreza y la necesidad de los demás y preferimos no enterarnos, seguir nuestro camino y que no encontremos impedimentos. Pero los pobres, los que están discapacitados como aquel ciego tienen tantos impedimentos. Sus limitaciones le impedían una vida digna y desde su necesidad no podía hacer otra cosa que pedir y mover a compasión. Pero no nos gusta que nos pidan o que nos quieran mover a compasión y cerramos los ojos o miramos hacia otro lado para no ver, para no sentir.
Miremos cuáles son nuestras cegueras nosotros que creemos que vemos; miremos cuál es nuestra pobreza nosotros que creemos que nos bastamos; miremos si acaso nos hemos discapacitado para amar de verdad. ¿No tendríamos que ser nosotros los que estemos gritando que se tenga compasión de nosotros si somos capaces de reconocer esas pobrezas, esas cegueras, esas discapacidades que tenemos en nuestra vida? Será algo que tenemos que preguntarnos. Aquel ciego está quizá ocupando nuestro lugar porque allí tendríamos que estar nosotros.
Pero Jesús no se desentiende, no se hace el sordo. Jesús se detiene en su camino y pide que lo traigan. Pararnos en nuestras prisas por llegar no sabemos donde, aunque digamos que vamos al templo. Mereció la atención de Jesús y Jesús movió a los demás para que no se hicieran sordos, para que prestaran atención. Ahora sí se movilizan. ‘Animo, levántate que te llama’ y lo traen hasta Jesús. No eran ellos los que lo iban a curar pero pudieron señalar el camino, tender la mano para ayudar a caminar.
Decimos tantas veces que no sabemos, que no podemos. No tenemos que pensar en hacer milagros, sino el milagro puede estar en esa atención que prestas, en esa palabra de ánimo que pronuncias, en ese brazo que ofreces para que se apoye en ti en tu titubeante caminar. Solamente con abrir nuestros oídos para prestar atención ya estamos haciendo milagro. Quizá ese pobre malherido por la vida no necesite sino unos oídos y un corazón que le escuche, o una mano que le sirva de apoyo, un acompañamiento en su soledad, un sentir que se le ha prestado atención.
Y comenzó el diálogo con Jesús. ‘¿Qué quieres que haga por ti?’ ¿Qué necesitas? ¿Qué te pasa? ¿Cuál es tu problema? Jesús bien sabía cual era la necesidad de aquel hombre, como también todos aquellos que lo veían pobre y ciego a la vera del camino. Pero le dio oportunidad para expresarse, para manifestar cual era el problema de su vida y aquel hombre contando sus penas y necesidades ya se sentía valorado. No podemos pensar que ya nos lo sabemos, que ya conocemos las necesidades que hay o los problemas de nuestro mundo. Tenemos que acercarnos y escuchar para que cada uno cuente su realidad, se exprese con dignidad a pesar de su pobreza. Podemos nosotros que nos lo sabemos todo alcanzar otra visión de la vida y del problema de los demás.
‘Tu fe te ha curado’, le dice Jesús. Ya se sentía curado desde que le prestaron atención, desde que le ofrecieron el brazo de apoyo para caminar, desde que escuchó aquella palabra de ánimo, desde que pudo llegar a los pies de Jesús y expresar su necesidad. ‘Maestro, que pueda ver’, se expresaba aquel ciego que ya estaba comenzando a ver. Su fe y la insistencia de su petición habían hecho posible el milagro de llegar hasta Jesús. Aunque no fuera más ya se sentía curado porque al sentirse valorado se sentía un hombre nuevo.
Y vaya si era un hombre nuevo. Ahora ya podía caminar tras Jesús. Lo había buscado pero ahora se iba con Jesús porque había aprendido algo nuevo. Su vida se transformaba del todo. No sería él de ahora en adelante de los que sirvieran de tropiezos o impedimentos para los demás. Si El había podido llegar hasta Jesús y ser un hombre nuevo con la luz que comenzaba a brillar en su vida, ahora el tenía que llevar también esa luz a los demás. ‘Recobró la vista y lo seguía por el camino’, decía el evangelista.
Si antes decíamos que nuestro lugar estaba en el sitio que ocupaba aquel ciego allí al borde del camino, porque muchas veces a pesar de que creamos lo contrario es así como nos encontramos, ahora tenemos que sentir que tras este encuentro con Jesús que significa este evangelio nosotros habremos recobrado también la vista y con el mismo entusiasmo tenemos que seguirle por el camino.
Habremos recobrado la vista cuando comencemos a mirar con mirada nueva cuanto nos rodea, cuando sepamos enfrentarnos con la realidad de la pobreza y del sufrimiento de tantos a nuestro alrededor, cuando sepamos ofrecerle nuestro brazo para su caminar porque nos hemos detenido para prestarles atención, cuando hayamos abierto nuestros oídos para escuchar y sentir en nuestra carne todo el sufrimiento de tantos a nuestro lado, cuando tras todos estos pasos de verdad lleguemos al encuentro con Jesús. Entonces sí que estaremos siguiendo a Jesús por el camino, porque habremos aprendido a hacer su mismo camino.


sábado, 24 de octubre de 2015

Un camino de sinceridad, de superación, de crecimiento espiritual para dar los frutos que el Señor espera de nuestra vida

Un camino de sinceridad, de superación, de crecimiento espiritual para dar los frutos que el Señor espera de nuestra vida

Romanos 8, 1-11; Sal 23; Lucas 13, 1-9

Con la vida que vivía no es extraño que haya terminado así, pensamos y decimos cuando vemos que a alguien le sucede algo que frustra su vida, o en la que termina siendo un desastre por las cosas desagradables que le suceden. Tenemos la tendencia a juzgar fácilmente a los demás y sacar nuestras conclusiones a nuestra manera de las cosas que les suceden, pero quizá no somos capaces - o al menos nos cuesta - en reflexionar sobre nosotros mismos aprendiendo de lo que nos sucede para mejorar o para cambiar nuestra vida.
Ya lo hemos reflexionado en alguna ocasión hemos de ser capaces de leer nuestra vida y los acontecimientos que nos suceden con un sentido positivo que nos ayude a ver claro, que nos ayude a corregir derroteros por los que andamos no siempre demasiado bien o con rectitud. Esa reflexión nos haría madurar más en nuestra vida y nos ayudaría a nuestro crecimiento interior.
Es de lo que nos habla hoy Jesús en el evangelio. Vienen a contarle las cosas que han sucedido aquellos días con una actuación de Pilatos el gobernador romano frente a unas revueltas de unos galileos; aquello había sucedido en el templo, en lugar sagrado, lo que era más motivo de escándalo para los judíos. Y ya sabemos la reacción primaria que se tiene en muchas ocasiones en esos casos de desgracias o calamidades, eso es un castigo de Dios, decimos.
‘¿Pensáis que esos galileos eran más pecadores que los demás galileos, porque acabaron así? Os digo que no; y, si no os convertís, todos pereceréis lo mismo’. Y les hace reflexionar también a partir de otro hecho calamitoso donde con la caída de una torre en la piscina de Siloé habían muerto también muchas personas.  ‘Si no os convertís, todos pereceréis de la misma manera’, les dice invitándoles a la reflexión sobre su propia vida y a buscar una manera de cambiar y transformar la vida en mejor.
Nos creemos buenos; aunque en la sinceridad del corazón quizá no nos quede más remedio que reconocer que no siempre lo somos, nos ponemos la venda en los ojos para creer que no somos tan malos, pero sobre todo para aparentar ante los demás lo que realmente no somos. Es necesario que abramos los ojos con sinceridad, que nos quitemos esas vendas de la vanidad y de falsedad e hipocresía con que tantas veces queremos cubrir la realidad de nuestra vida, y hemos de poner en ese camino de superación, de cambio de actitudes y costumbres, de arrancarnos de rutinas y vaciedades, de comenzar a darle una mayor plenitud a nuestra vida.
El evangelio ha terminado con una pequeña parábola. El hombre que viene a buscar fruto en su higuera plantada en medio de su viña y no lo encuentra y que en principio decide cortarla y arrancarla; pero allá está el viñador que le aconseja que espere, que la abonará y la cultivará esmeradamente con la esperanza de que al año llegue a dar fruto. Es la espera del Señor por los frutos de nuestra vida. Es la tarea que hemos de realizar con la ayuda de la gracia del Señor para cambiar, para mejorar, para ser un árbol bueno que dé fruto bueno y abundante. ¿Seremos capaces?

viernes, 23 de octubre de 2015

Que el Señor nos conceda espíritu de sabiduría y de discernimiento para tener una mirada de creyente ante lo que nos sucede

Que el Señor nos conceda espíritu de sabiduría y de discernimiento para tener una mirada de creyente ante lo que nos sucede

Romanos 7,18-25ª; Sal. 118; Lucas 12,54-59
Saber discernir de una forma justa y correcta qué es lo que tenemos que hacer y lo que no, lo que es bueno y recto para actuar con rectitud y no dejarnos arrastrar por malas influencias, saber interpretar lo que nos sucede a nosotros o en nuestro entorno para sacar una lección positiva incluso de lo que no es tan bueno, podríamos decir que es una gran sabiduría y una gran prudencia.
No siempre es fácil porque podemos recibir muchas influencias; es necesario tener una buena capacidad de reflexión para rumiar bien interiormente lo que contemplamos y ser capaces de mirar los acontecimientos de una forma imparcial pero sin desentendernos de lo que son nuestros principios y nuestros valores bien fundamentados que han de ser esos buenos cristales a través de los cuales contemplemos sabiamente los acontecimientos.
Es una buena sabiduría de la vida que se va adquiriendo con la experiencia y la reflexión profunda de cuanto nos sucede. Se suele decir que la experiencia es un grado, pero  ha de ser una experiencia reflexionada, rumiada, bien madurada en nuestro interior; no son necesarios solo los años que hayamos vivido, sino lo reflexivos que hayamos sido sobre cuanto nos sucede.
El camino de la vida cristiana es vivir una experiencia de Dios en nuestra vida; pero una experiencia que no es solo dejar pasar los acontecimientos y se sucedan unos a otros, sino que es necesario saber hacer esa profundización, esa reflexión honda, en la que además, en este caso, no andamos solos porque es el Espíritu divino el que nos va ayudando en nuestro interior, el que nos va guiando y dando esa capacidad de abrirnos a esa presencia y experiencia de Dios.
Es lo que va dando hondura a nuestra fe; es la fe reflexionado y asumida en nuestra vida de manera que así nos empape totalmente para saber tener esos ojos de creyente que sabe descubrir la presencia de Dios en su vida. Hemos de saber vivir esa experiencia de Dios, esa presencia y ese actuar de Dios en nuestra vida. En consecuencia hemos de saber discernir bien en lo que nos va sucediendo lo que es esa verdadera presencia y gracia de Dios.
Será así cómo iremos sintiendo que Dios nos habla en nuestro corazón; escucharemos su voz en nuestro interior pero que nos llega quizá desde esos acontecimientos que se van sucediendo en nuestra vida y en nuestro entorno. Es lo que llamamos una mirada creyente de la vida, una mirada con los ojos de Dios. Pero hemos de discernir muy bien todo eso para no confundirnos, para no desviarnos, o para hacerle decir a Dios lo que realmente no nos está manifestando sino que pueden ser nuestros caprichos o criterios muy personales. No es fácil, hemos dicho, por lo que hemos de saber dejarnos conducir por el Espíritu de Dios.
Pidamos al Señor que nos dé ese espíritu de sabiduría, que nos conceda ese don de la prudencia y del discernimiento; que abra nuestros cojos con su gracia para poder tener la mirada de la fe en la vida. Hoy nos habla Jesús en el Evangelio de saber discernir los signos de los tiempos. Por este sentido que hemos reflexionado van las palabras de Jesús.

jueves, 22 de octubre de 2015

El seguimiento de Jesús nos ha de prender en el fuego de su amor que purifique nuestros corazones y transforme nuestro mundo

El seguimiento de Jesús nos ha de prender en el fuego de su amor que purifique nuestros corazones y transforme nuestro mundo

Romanos 6, 19-23; Sal 1; Lucas 12, 49-53
Cuando sentimos en nuestro interior una inquietud grande por lo que va a suceder y además estamos en el deseo de que suceda de una vez aunque fueran múltiples las repercusiones que se deriven estamos como en desasosiego que nos perturba y parece que nos pudiera incluso quitar la paz. Lo deseamos aunque en cierto modo lo tratemos de repeler, estamos inquietos y nos ponemos nerviosos por las consecuencias que pudieran tener para alguien o para nosotros mismos.
Me atrevo a pensar en sentimientos interiores como estos al escuchar las palabras de Jesús hoy en el evangelio. Habla de una angustia interior y habla también de un bautismo que en labios de Jesús por otros pasajes del evangelio sabemos bien a lo que se refiere; está adelantándonos lo que será su cercana pasión y lo que va a ser su muerte; pero al mismo tiempo está dejándonos entrever como va a ser un signo de contradicción como ya lo anunciara proféticamente Simeón allá en la presentación de Jesús niño en el templo.
Por eso nos hablará de la paz y de la guerra en un lenguaje ciertamente o aparentemente contradictorio, porque si El es el anunciado como Príncipe de la paz, cómo ahora nos dice que nos traerá guerra; si El ha venido a enseñarnos que en el amor todos hemos de sentirnos unidos y en comunión cómo ahora nos está hablando de división hasta en lo más sagrado como sería el ámbito familiar.
Y es que en verdad Jesús es ese signo de contradicción pero ante el que tenemos que decantarnos, hacer una opción que tiene que convertirse en opción fundamental de nuestra vida. Y tras esa opción hemos de atenernos a las consecuencias, porque no todos lo van a entender, porque en ese círculo tan cercano a nosotros como puede ser la familia vamos a encontrar oposición que podrá crear divisiones y enfrentamientos.
Cuando hemos hecho opción por Jesús y nos hemos decidido a seguirle de verdad no podemos andar a medias tintas, sino que nuestro seguimiento tiene que ser radical, total. El ejemplo lo tenemos en el evangelio en los discípulos a los que Jesús llamó y lo dejaron todo para seguirle. Le damos nuestro sí a Jesús y ya nuestra vida tiene que ser nueva y distinta porque serán otros los valores, otro el sentido de la vida, ha de haber en nosotros ya para siempre una capacidad grande de entrega y de amor total, vamos a comenzar a ver la vida y ver a los que están en nuestro entorno de una manera distinta.
Pero como sabemos el seguimiento de Jesús no son solo bonitas palabras; van a ser unas actitudes nuevas, va a ser una nueva manera de actuar, va a ver un nuevo sentido de la vida, vamos a vivir con una nueva responsabilidad. Tiene que arder dentro de nosotros ese fuego de Jesús, ese fuego de su amor y hemos de querer en verdad que arda nuestro mundo en ese nuevo amor. Tendremos que ser capaces también de pasar por ese bautismo de pasión, de entrega, de muerte, de amor para que pueda haber pascua en nosotros y lleguemos a nueva vida.
Seguir a Jesús no es cualquier cosa; cuando seguimos a Jesús no nos podemos andar con mezquindades y raquitismos; cuando le damos nuestro sí a Jesús tiene que ser total para vivir un amor nuevo y en una vida nueva. Hemos de dejar prendernos por el fuego de su amor que purifique nuestros corazones y transforme nuestro mundo.

miércoles, 21 de octubre de 2015

Somos administradores de la vida que Dios ha puesto en nuestras manos desarrollando sus valores y cualidades con responsabilidad

Somos administradores de la vida que Dios ha puesto en nuestras manos desarrollando sus valores y cualidades con responsabilidad

Romanos 6,12-18; Sal 123; Lucas 12,39-48

Yo hago con mi vida lo que quiero que para eso es mi vida, habremos escuchado más de una vez o nos hemos sentido tentados a pensarlo. Pero, ¿realmente que pensamos de una postura así en la vida? ¿Podemos ir así por la vida quizá chocando con todo el mundo porque me siento dueño de todo y haciendo de mi capa un sayo como se suele decir?
Creo que esto nos daría que pensar. Es mi vida, pero ¿todo depende de mí? Es mi vida, pero ¿yo vivo solo en el mundo aislado y desentendido de los demás? Es mi vida, pero ¿no tendré también una responsabilidad con esa vida misma? Es mi vida, es cierto, pero la estoy viviendo en un mundo que comparto con los demás y ese mundo no es solo mi mundo. Es mi vida, pero esa vida no surgió sola por si misma, sino que está también el ámbito de una familia donde he nacido y una familia en la que me prolongo. Es mi vida, es cierto, pero tengo unas responsabilidades, hay unas personas que están a mi lado compartiendo esa vida y ese mundo ¿tengo derecho a hacerles daño? No sé, me surgen muchas preguntas e interrogantes.
Hoy Jesús en el evangelio nos propone unas imágenes para hablarnos de la responsabilidad de esa vida que vivimos.  Nos está hablando de vigilancia y de atención, nos está señalando las responsabilidades que tenemos en la vida y con ese mundo en el que vivimos. ‘¿Quién es el administrador fiel y solícito a quien el amo ha puesto al frente de su servidumbre para que les reparta la ración a sus horas? Dichoso el criado a quien su amo, al llegar, lo encuentre portándose así. Os aseguro que lo pondrá al frente de todos sus bienes’.
El administrador no puede hacer de aquellos bienes que administra simplemente lo que le dé la gana. Tiene una responsabilidad ante aquel que le ha confiado la administración como tiene también una responsabilidad con aquellos que están a su lado en el servicio de aquello que está administrando. Porque sea el administrador no puede comportarse de una forma dictatorial y caprichosa tratando mal incluso a aquellos con los que comparte el servicio o están a su cuidado.
Somos administradores de esa vida que Dios ha puesto en nuestras manos. Como creyentes que somos sabemos que esa vida es un don de Dios que además ha regalado con numerosos bienes en las cualidades de las que nos ha dotado y en las posibilidades que tenemos de desarrollo de esa propia vida. No podemos hacer lo que nos parezca de manera caprichosa. Tenemos una responsabilidad ante la vida misma y ante Dios que nos la ha regalado. Con qué seriedad hemos de tomarnos la vida, con qué responsabilidad hemos de desarrollar todas esas posibilidades que tenemos desde esos dones, cualidades, valores con que Dios nos ha dotado.
Como bien sabemos el evangelio se comenta con el mismo evangelio; por eso cuando estamos reflexionando sobre un tema que nos sugiere el evangelio tendríamos que saber acudir a lugares paralelos en el propio evangelio o a otros momentos del mismo donde Jesús nos habla con un mismo mensaje. En este caso tendríamos que recordar las parábolas de Jesús y en concreto la parábola de los talentos; talentos que no podemos enterrar ni hacer de ellos un uso cualquiera, sino que hemos de saberlos hacer fructificar porque un día Dios nos pedirá cuentas.
Vivamos con responsabilidad nuestra vida, desarrollemos todas nuestras capacidades, pensemos en esas personas que tenemos en nuestro entorno comenzando por las responsabilidades familiaress, pero también pensando en la responsabilidad social que tiene nuestra vida que es una riqueza para ese mundo en el que vivimos.


martes, 20 de octubre de 2015

La vigilancia una actitud profundamente humana para saber estar atentos a la vida de cada día y darle plenitud a todo lo que hacemo

La vigilancia una actitud profundamente humana para saber estar atentos a la vida de cada día y darle plenitud a todo lo que hacemos

Romanos 5,12.15b.17-19.20b-21; Sal 39; Lucas 12, 35-38

El mensaje que Jesús nos deja en el evangelio está lleno de cosas muy concretas y muy humanas que forman parte de la vida de cada día. Muchas veces Jesús lo que quiere es hacernos reflexionar sobre eso concreto que vivimos y de alguna manera quiere hacer resplandecer con una luz nueva y con un sentido nuevo y profundo. Algunas veces tenemos el peligro de espiritualizarlo de tal manera que nos parece que no son cosas humanas, esas cosas que cada día hemos de vivir y en las que manifestamos la sencillez al mismo tiempo que la grandeza del ser humano. Por supuesto que con Jesús adquieren una trascendencia nueva, pero partiendo siempre de esa realidad de cada día.
En la vida, en una vida verdaderamente humana, no vamos caminando como locos o simplemente dejándonos arrastrar por nuestros instintos o inclinaciones. Todo ser humano ha de ser reflexivo para comprender y dar sentido a lo que hace en todo momento. No nos contentamos con vivir como si fuéramos dejándonos arrastrar por la inercia sino que a cada cosa que hagamos o vivamos le queremos dar un sentido y un valor.
Es lo que nos va haciendo crecer y madurar como personas, porque de la vida misma vamos aprendiendo con nuestra reflexión. Usamos de nuestra inteligencia para comprender y de nuestra voluntad para hacer lo que mejor nos conviene y lo que nos haría más humanos. Es aquí donde podemos hacer entrar lo que llamamos vigilancia, para estar atento al suceder de cada día, para no dejarnos arrastrar embrutecidos quizá por nuestras pasiones descontroladas, y para no hacer aquello que sabemos que no deberíamos hacer porque atentaría contra nuestra dignidad o la dignidad de los demás. En esa vigilancia aprendemos de la vida y aprendemos también de los que nos rodean.
Yo diría que de eso es de lo que nos quiere hablar Jesús hoy cuando nos habla de tener ceñida la cintura y las lámparas encendidas como quien aguarda a que su señor vuelva para abrirle apenas venga y llame. Vigilantes ante la llegada del Señor a nuestra vida, vigilantes ante el momento final de nuestra historia porque es también una llamada a un encuentro definitivo con el Señor.
Pero esa vigilancia de la que nos está hablando el Señor es para saber estar atentos a la vida de cada día, para darle plenitud a todo lo que hacemos; pero es la vigilancia para saber leer en lo que nos rodea, en las personas con las que nos encontramos o con las que convivimos, en los acontecimientos que se van sucediendo en cada momento esos destellos de luz y de vida que tanto pueden enriquecernos. Esa vigilancia nos hace abrir los ojos de una manera positiva para ver lo bueno, lo bello de la vida, de las personas que nos rodean. Esa vigilancia nos hace discernir con nuestra reflexión lo que nos sucede o lo que sucede a los que están a nuestro lado para ver su lado bello.
Esa vigilancia nos hace mirar con una mirada nueva y llena de amor y de compasión a ese mundo de sufrimiento que nos rodea para sentirnos impulsados a llevar vida y luz sin tardanza. Esa vigilancia nos hace estar de una manera nueva al lado de los que hacen camino con nosotros para tendernos la mano, para ser descanso para los que se sienten agobiados por el peso y el sudor del camino, para aprender a compartir desde nosotros hasta ellos y de lo que de los otros podamos recibir.  Y es que en todo eso aprendemos y crecemos; en todo eso vamos descubriendo las huellas del paso del Señor que nos enseña a hacer nuestro camino; en todo eso descubrimos al Señor que llega a nuestra vida. Vigilancia, pues, para seguir siempre los caminos del Señor, para dejarnos iluminar por la luz de su evangelio.

lunes, 19 de octubre de 2015

Busquemos aquellos tesoros de plenitud cuyo brillo y resplandor sean los del amor

Busquemos aquellos tesoros de plenitud cuyo brillo y resplandor sean los del amor

 Romanos 4,20-25; Sal.: Lc 1,69-70.71-72.73-75; Lucas 12,13-21

Hay idolatrías que se nos meten muy sutilmente en el alma, casi sin darnos cuenta. Ya sabemos que idolatría es adorar algo o alguien que no es Dios como si fuera Dios. Y muchas pueden ser las cosas que convirtamos en dioses de nuestra vida. Son esas cosas que le damos tanta importancia que las ponemos en primer lugar de nuestra vida y como objeto y fin de todo lo que hacemos. Nos sentiríamos que nada somos si no tenemos o poseemos esas cosas.
Y la codicia se nos puede convertir en un dios de nuestra vida que además influye de tal manera en nosotros que nos convertimos en sus esclavos. Querer tener por encima de todo, como si en eso estuviera toda nuestra felicidad, nuestra única felicidad. Nos convertimos fácilmente en adoradores del dinero, esclavos del deseo de la posesión de riquezas. Y lo digo así, porque algunas veces aunque no tengamos ese dinero o esas riquezas en el deseo ya las estamos adorando.
Ya sé que por ahí ronda esa fácil sentencia de que el dinero no da la felicidad pero ayuda a tenerla. No es el dinero el que te da o te ayuda a ser feliz. La felicidad está en ti mismo en la manera que vivas tu vida, en el sentido que le des a tu existencia o en la utilización de tus posibilidades en la vida sabiendo aceptar y sabiendo aceptar también a los demás. Es tu relación contigo mismo y con lo que te rodea, es tu relación con los demás, es la realización de tu ser como persona lo que te va a dar una mayor satisfacción.
Ante la insistencia de alguien entre el publico que le pide a Jesús que medie con su hermano para resolver unos problemas de herencias - en toda la historia cuanta fuente de conflicto entre hermanos y familiares han causado las herencias - cuando Jesús nos dice que tengamos cuidado con esa codicia que se nos mete en el alma y tanto daño nos hace.
El hombre codicioso nunca estará satisfecho con lo que tiene o lo que logra; su ambición es tener por tener, por ver acumulado y ni siquiera saber aprovechar lo que consigue para tener una vida mejor. El hombre codicioso solo piensa en si mismo y será motivo de conflicto en su relación con los demás aparte de vivir una vida solitaria que le encierra en si mismo y en la acumulación de sus bienes.
Jesús les propone la parábola del hombre rico que tuvo una gran cosecha y ya pensaba que nada le faltaba porque tenia de todo en abundancia. Pero la vida se le acabó en un suspiro y nada pudo disfrutar de todo lo que tenía. ¿De qué le sirvió todo lo que tenía? ¿Pudo añadir un minuto más a su vida? Y termina sentenciando Jesús: ‘Así será el que amasa riquezas para sí y no es rico ante Dios’.
¿Qué es lo que realmente hemos de buscar? ¿Dónde pondremos nuestro corazón? ¿Solo vamos a pensar en nosotros mismos y en nuestras satisfacciones personales? ¿Qué sentido hemos de darle a nuestra vida y a lo que poseemos?
Ya nos dirá Jesús en otro lugar que acumulemos tesoros en el cielo donde en verdad un día los podremos disfrutar en la plenitud de Dios. Ya sabemos cuáles son esos tesoros cuyo brillo importante es el amor.

domingo, 18 de octubre de 2015

No nos confundamos en nuestras ambiciones ni nos quedemos en las grandezas humanas sino busquemos lo que verdad nos hará vivir en la mayor plenitud

No nos confundamos en nuestras ambiciones ni nos quedemos en las grandezas humanas sino busquemos lo que en verdad nos hará vivir en la mayor plenitud

Isaías 53, 10-11; Sal. 32; Hebreos 4, 14-16; Marcos 10, 35-45
Todos en la vida tenemos aspiraciones, soñamos con algo, hay ambiciones en el corazón que nos hacen luchar por algo. Es la vida. Y la vida tiene que crecer, ansiamos lo mejor, queremos una vida en plenitud. Y eso se llamará desarrollo de nuestras capacidades y valores, crecimiento personal, aspiraciones y ambiciones de todas formas que anidan en nuestro corazón. Eso en sí mismo, decimos de entrada, no es malo. Porque lo contrario sería anularnos, un camino de muerte, podríamos decir.
Pudiera parecer ir a contracorriente en mi reflexión con los comentarios que normalmente hacemos ante este pasaje del evangelio. A contracorriente aparentemente de los comentarios habituales, es cierto, pero no me estoy alejando de ninguna manera de lo que es el espíritu del evangelio. Ya nos enseñará Jesús en otro momento con sus parábolas que tenemos que hacer fructificar nuestros talentos.
Ahí aparecen los sueños de los hermanos Zebedeos; se manifiestan ellos hoy claramente, pero ¿por qué no pensar que eso andaba también en el corazón de los otros discípulos? Les veremos mientras van de camino ir discutiendo por los primeros puestos. Además no terminaban de ver claro que Jesús fuera el Mesías y cuál era la misión del Mesías. Pesaba mucho sobre ellos, como sobre todo el pueblo en general, la idea de un Mesías caudillo para liberar a Israel de la opresión de los otros pueblos. Recordaban quizá demasiado guerrero a Moisés que los había sacado de Egipto - como vemos incluso en las imágenes que hoy se nos ofrecen en las películas - olvidando la misión profética que había realizado Moisés guiando a su pueblo, enseñándoles a ser un pueblo unido, constituyéndolos como pueblo. La liberación que había realizado Moisés era mucho más que sacarlos de Egipto.
Aparecen, sí, Santiago y Juan pidiendo primeros puestos, uno a la derecha y otro a la izquierda. En su deseo de seguir a Jesús y seguirlo en la mayor plenitud aparecen las confusiones de la mente y del corazón. Aparecen las ambiciones que buscan el poder y la influencia. ‘Maestro, queremos que hagas lo que te vamos a pedir… Concédenos sentarnos en tu gloria uno a tu derecha y otro a tu izquierda’. Y es donde Jesús les va a hacer reflexionar, les va a hacer ver que otras han de ser las aspiraciones, que otro ha de ser el estilo y el sentido en su reino.
Es cierto, como antes recordábamos, que nos pide que hagamos fructificar nuestros talentos, pero no son simplemente para un enriquecimiento personal, por el deseo de alcanzar poder o influencia; es algo más y es algo distinto porque la meta está en el servicio. ‘Sabéis que los que son reconocidos como jefes de los pueblos los tiranizan, y que los grandes los oprimen. Vosotros nada de eso: el que quiera ser grande, sea vuestro servidor; y el que quiera ser primero, sea esclavo de todos’, les dirá luego cuando surgen los resentimientos y las envidias en el resto de los discípulos. Y se pone de modelo a sí mismo. ‘Porque el Hijo del Hombre no ha venido para que le sirvan, sino para servir y dar su vida en rescate por todos’.
Y es que la razón de ser, la motivación grande de la vida ha de ser la del amor. Es lo que hace Jesús y es lo que nos pide a nosotros. Crecemos para amar y amando crecemos; amándonos y dándonos en como llegamos a vivir la vida en mayor plenitud. Y cuando amamos nos damos generosamente y sin límites, nuestra entrega es hasta el final. Y amar algunas veces duele, porque nos arrancamos de nosotros mismos, nos desprendemos de nosotros para ir al otro, para dar al otro, para ser para el otro. Y eso cuesta. Cuesta desde nosotros mismos y cuesta de lo que quizá en otros podamos encontrar. Alguien no entenderá quizá ese amor, esa entrega y eso nos puede hacer sufrir. A Jesús le llevó a la pasión y a la muerte, pero con la certeza de la vida, con la certeza de la resurrección.
Por eso cuando los hermanos Zebedeos le piden primeros puestos Jesús les dirá si son capaces de beber el mismo cáliz que El ha de beber, si ellos serán capaces de amar y de darse hasta el final siguiendo el estilo de Jesús aunque eso les llevara a pasión, a sufrimiento, a muerte de sí mismos. Todo será una consecuencia del amor, de ese amor sin límites. No es que Jesús buscara el sufrimiento por si mismo o que Dios se lo exigiera. Lo que busca Jesús es amar, lo que quiere Dios es que amemos. Y es la ofrenda de Jesús que ha de ser nuestra ofrenda.
Decíamos al principio que tenemos aspiraciones, ambiciones, sueños de algo grande y mejor. Pero ya vemos cuál es el camino, cuáles han de ser las motivaciones profundas que tengamos en esos deseos de vivir. Crecemos, nos desarrollamos, llegamos o queremos llegar a la mayor plenitud de nosotros mismos en lo que somos y en lo que podemos hacer, pero no es para buscar pedestales, no es para servirnos de los demás, no es para aprovecharnos de forma egoísta, no es simplemente por mi enriquecimiento personal (y cuando hablo de enriquecimiento no es solo lo material o lo económico) sino porque queremos un mundo mejor para todos, porque amamos y estamos dispuestos a servir con lo que somos y todo lo que es nuestra vida. Queremos construir el Reino de Dios.
Que el Señor nos ayude a descubrir esa verdadera grandeza que encontramos en el amor; que no nos confundamos en nuestras ambiciones ni nos quedemos en las grandezas humanas; que busquemos lo que en verdad nos hará vivir en la mayor plenitud y eso lo lograremos en un amor como el de Jesús y con la fuerza del Espíritu de Jesús.

sábado, 17 de octubre de 2015

Ponernos de parte de Jesús no es solo llegar al martirio cruento de dar la vida sino ofrecer el testimonio de mi fe cada día con mi vida

Ponernos de parte de Jesús no es solo llegar al martirio cruento de dar la vida sino ofrecer el testimonio de mi fe cada día con mi vida

Romanos 4,13. 16-18; Sal 104; Lucas 12, 8-12
Siempre he sentido una admiración grande por los mártires; y no es para menos. Mantenerse en la fidelidad a una fe, a unos principios, a unos valores, al evangelio, a Jesús hasta llegar al límite de dar la vida, no es cualquier cosa. No sé si hoy será más difícil que en otros tiempos aunque el testimonio de los mártires está patente en toda la historia de la Iglesia y hemos de reconocer que hoy también se sigue dando y quizá mucho más de lo que imaginamos.
Decía si hoy será o no más difícil dar ese testimonio en el mundo tan lleno de relativismo en el que vivimos; pareciera que no hay verdades absolutas por las que mereciera la pena dar la vida, o eso al menos nos tratan de hacer creer; y esa sería una gran tentación a la hora de dar el testimonio por la verdad de Jesús, hasta donde hemos de llegar, hasta donde merece que perdamos la vida.
La palabra de Jesús es clara y no nos vale andar a medias tintas o querer nadar entre dos aguas. Somos o no somos. Seguimos a Jesús con todas sus consecuencias o no lo seguimos y nos vamos con la canción a otra parte. Pero ya nos diría Jesús que estamos con El o contra El y el que no recoge con El desparrama; no hace muchos días que lo hemos escuchado.
Hoy nos habla de ponernos de su parte ante los hombres, en fin de cuentas, dar la cara por Jesús. Claro que pensamos en esos momentos extremos de cruenta persecución como tantos hemos visto a lo largo de la historia y que también hoy siguen sucediendo. En muchos lugares del mundo hoy se sigue persiguiendo a los cristianos y son muchos los que siguen dando la vida por el testimonio de la fe.
El pensamiento que surge en mi interior es si yo, en semejantes circunstancias, llegaría también hasta el final en el testimonio de mi fe. ¿Sería capaz de dar la vida cuando tantas veces en la vida de cada día no somos tan fieles y estamos tan llenos de cobardías? Claro que no podemos olvidar la promesa de Jesús y El es fiel. ‘Cuando os conduzcan a la sinagoga, ante los magistrados y las autoridades, no os preocupéis de lo que vais a decir, o de cómo os vais a defender. Porque el Espíritu Santo os enseñará en aquel momento lo que tenéis que decir’. Es lo que hoy le hemos escuchado. La fuerza del Espíritu no nos fallará. Que no falle en nosotros la fe la presencia y fuerza del Espíritu, porque eso sería un gran pecado, como nos dice hoy también.
Como decíamos nos habla de ponernos de su parte delante de los hombres. Claro que no podemos quedarnos en esos momentos extremos de persecución sino que tenemos que pensar en el día a día de nuestra vida. Ponernos de parte de Jesús significa mantener nuestra fe y nuestra fidelidad; ponernos de parte de Jesús es preferir nos valores del evangelio a los valores que nos ofrece nuestro mundo; ponernos de su parte es no dejar de lado todo el aspecto espiritual y trascendente de la vida para quedarnos, como tantas veces somos tentados a ello, en lo material, en lo terreno, en la ganancia inmediata, en la búsqueda de un prestigio sea como sea; ponernos de su parte es vivir mi vida y mi trabajo, mis relaciones familiares o el trato con los amigos, la mirada con que miro el mundo que me rodea o la situación que pasan los que viven en nuestro entorno, según el sentido de Jesús, con la mirada de Jesús, con el amor que Jesús me enseña a tener.
Somos testigos de una fe, somos testigos de Jesús; lo vamos a proclamar con palabras porque también tenemos que hacerlo así, pero lo vamos a testimoniar con el estilo y sentido de la vida. Cuántas ocasiones tenemos para dar testimonio de nuestra fe en Jesús. Que contemos siempre con su gracia.

viernes, 16 de octubre de 2015

La mano de Jesús siempre estará sobre nuestro hombro en los momentos difíciles y podemos sentir su presencia y cercanía en lo hondo del corazón

La mano de Jesús siempre estará sobre nuestro hombro en los momentos difíciles y podemos sentir su presencia y cercanía en lo hondo del corazón

Romanos 4,1-8; Sal 31; Lucas 12,1-7

Qué paz y que fortaleza se siente en el corazón cuando una mano amiga se posa sobre tu hombro o escuchas una palabra amable y de ánimo en momentos en que quizá te sientes solo, los problemas te abruman, o estás como desconcertado ante lo que sabes que se te viene encima y no sabes cómo afrontarlo. Cuánta agradece uno esa palmadita en la espalda o esa palabra de ánimo y de cariño para no sentirse solo, para saber que puedes afrontar todo lo que pueda suceder y que en ti hay una fuerza distinta y superior que te hará salir a flote por malos que sean los momentos que estás pasando.
Cuanto necesitamos muchas veces en la vida esa mano amable, esa mirada de cariño y de ánimo, pero también tendríamos que saber ofrecerla a los que caminan a nuestro lado porque eso sería una muestra de que no nos desentendemos de ellos sino que estamos atentos a su situación. Quizá no podemos ofrecerles grandes soluciones, pero sí podemos estar a su lado y que con nuestra presencia, esa sonrisa y ese calor de nuestro corazón hacer que no se sientan solos ni abandonados.
Eso quiero ver en el pasaje del evangelio que hoy se nos ofrece. Mucha gente seguía a Jesús en su subida a Jerusalén, dice que hasta se atropellaban unos a otros y se pisaban. Pero allí en medio de todo ese tumulto van los discípulos más cercanos a Jesús a los que El les había ya anunciado lo que iba a pasar en Jerusalén aunque como nos ha repetido el evangelista a ellos les costaba entender. Quizá veían también que la tarea que les esperaba era inmensa, viendo tanta gente como ahora seguía a Jesús, y no sabrían si ellos serían capaces de afrontarla.
Jesús los toma aparte y con ellos comienza a abrir su corazón. Pero Jesús quiere hacerles sentir que no están solos porque Dios Padre nos cuida a todos y qué preferencia especial tendrá con sus elegidos. Ya en otra ocasión veremos a Jesús orando al Padre para que cuide a aquellos a los que ha elegido. Ahora quiere que ellos sientan esa palabra de ánimo, esa mano sobre el hombro y que no teman.
Es bueno escuchar de nuevo esas palabras concretas de Jesús. ‘A vosotros os digo, amigos míos: no tengáis miedo a los que matan el cuerpo, pero no pueden hacer más. Os voy a decir a quién tenéis que temer: temed al que tiene poder para matar y después echar al infierno. A éste tenéis que temer, os lo digo yo. ¿No se venden cinco gorriones por dos cuartos? Pues ni de uno solo se olvida Dios. Hasta los pelos de vuestra cabeza están contados. Por lo tanto, no tengáis miedo: no hay comparación entre vosotros y los gorriones’.
Podrán venir momentos difíciles en los que pueden atentar incluso contra nuestra vida, pero Dios no se olvida de nosotros y no nos faltará la fuerza de su Espíritu. En otros momentos Jesús anunciará persecuciones y muerte a causa de su nombre, pero también les había dicho allá en las bienaventuranzas que serían dichosos si padecieran por el nombre de Jesús. Lo importante es que sepamos mantener la fidelidad hasta el final, que no nos quiten eso más importante que llevamos dentro de nosotros con nuestra fe y nuestro sentido de la vida.
Hemos de saber escuchar esas palabras de Jesús, sentir esa presencia de Jesús en el camino de nuestra vida de cada día. Momentos malos, momentos de desanimo, momentos en que nos podemos sentir acosados, momentos en los que no sabremos qué hacer o cómo actuar, momentos en que lo podemos ver todo oscuro y no sabemos cómo salir adelante, momentos en que todo se nos vuelve en contra, no nos faltarán. Pero sepamos mantener nuestra fidelidad. Sepamos apoyarnos en el Señor. Sepamos sentir su presencia y la fuerza de su Espíritu. Sepamos acudir allá en la intimidad de nuestro corazón a la oración que nos haga sentir la presencia y la gracia del Señor.

jueves, 15 de octubre de 2015

Teresa de Jesús modelo del camino de perfección y santidad para llenarnos de Dios y saborear la sabiduría de su presencia

Teresa de Jesús modelo del camino de perfección y santidad para llenarnos de Dios y saborear la sabiduría de su presencia

Eclesiástico 15,1-6; Sal 88; Mateo 11,25-30
En este día del 15 de octubre celebra la Iglesia la festividad de santa Teresa de Jesús, virgen y doctora de la Iglesia. Precisamente en este día viene a concluir el año teresiano que venimos celebrando en el quinientos aniversario de su nacimiento. Aquella mujer fuerte que tras un largo proceso en su vida emprendió el camino de la perfección que le llevaría a la altura y profundidad de la vida mística de unión con Dios y que se sintió llamada y escogida por el Señor para emprender la inmensa tarea de la reforma de la Orden del Carmelo.
Centrando su vida en la contemplación del misterio de Dios, del que recibió inmensos favores y aunque en la vida dura de la clausura del convento que con tanta fuerza trató de reformar para llevarlo a la forma más autentica de lo que había de ser la vida de unas personas consagradas a Dios en la clausura para ser fortaleza de la Iglesia con su testimonio y oración, sin embargo se le llama la monja andariega porque recorrería los caminos de Castilla, llegando incluso a Andalucía, para la fundación de los nuevos conventos reformados de las Carmelitas Descalzas.
Sus escritos en las cartas que dirigía a los conventos reformados o a quienes acudían a ella pidiendo consejo y orientación para sus vidas, en el relato de la experiencia de su vida y de las profundidades de la vida espiritual que Dios le otorgó la convirtieron también en escritora que se convierte así en gloria de las letras españolas en el siglo de Oro de la literatura española. Pero la profundidad de su vida y de sus escritos han hecho por otra parte que la Iglesia la reconozca como doctora mística de la Iglesia, convirtiendo así su doctrina y enseñanzas en magisterio espiritual para quienes quieren alcanzar un alto grado de contemplación en su vida espiritual.
Como Teresa estaba abierta a Dios y a su Palabra, nosotros también en su fiesta dejémonos iluminar por la Palabra de Dios que la liturgia nos ofrece en su celebración. Nos hablan los textos sagrados de Sabiduría y de humildad, de mansedumbre y de búsqueda de nuestra fortaleza y nuestro descanso en Dios.
No es una sabiduría como estábamos acostumbrados a ver a los sabios de este mundo que se puede quedar en mero conocimiento intelectual. Podemos aprender cosas, podemos adquirir muchos conocimientos, podemos ser expertos en toda clase de ciencias, aunque bien sabemos que no podemos abarcarlo todo y normalmente nos centraremos en un área concreta de conocimientos.
Pero la sabiduría de la que nos habla hoy la Palabra de Dios es otra cosa. Buenos son todos esos conocimientos de tipo llamémoslo intelectual o científico con el que estamos también desarrollando esos dones con que reconocemos nos ha dotado Dios. Pero esa sabiduría nos lleva a algo más, porque es como un saborear ese sentido de la vida, es entrar en otra profundidad que va incluso mucho más allá de unos conocimientos filosóficos porque nos hacen descubrir ese sentido de Dios que llena e inunda todo nuestro ser dándole el más profundo de los sentidos.
Y hoy Jesús en el evangelio nos está diciendo que ese misterio del ser humano que encontraremos en Dios solo se revela a los que son sencillos y humildes de corazón. Da gracias Jesús porque el Padre se ha revelado no a los que se creen sabios y entendidos sino a los pequeños y a los sencillos, porque son los que mejor pueden abrirse a ese misterio que nos trasciende, a ese misterio de Dios. ‘Te doy gracias, Padre, Señor de cielo y tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos y se las has revelado a la gente sencilla. Sí, Padre, así te ha parecido mejor’.
Y nos invita Jesús a que desde nuestras luchas y nuestros cansancios, desde nuestras búsqueda y desde nuestros agobios acudamos a El que es manso y humilde de corazón, aprendamos de su mansedumbre, aprendamos de su humildad, aprendamos cual es ese sentido verdadero que hemos de darle a nuestra vida y que solo en El vamos a encontrar. Es Jesús el que con la fuerza de su Espíritu nos va a ayudar a encontrar esa sabiduría de Dios, ese sentido de Dios para nuestra vida.
En la salvación que Jesús nos ofrece no solo nos regala el perdón que viene a restaurar nuestra vida rota por el pecado, sino que en El vamos a encontrar esa luz que nos conduce por caminos de vida eterna, por los caminos de mayor plenitud que nosotros podamos imaginas o podamos encontrar.
Todo esto nos lo estamos reflexionando en la fiesta de santa Teresa de Jesús. Cuando su corazón se vació de si mismo empezó a encontrarse con Dios y a llenarse de El cada vez en una mayor plenitud. Es el camino de ascesis y camino de perfección y santidad que ella emprendió. Hoy la contemplamos y celebramos. Es modelo y estimulo para nuestra vida como lo son todos los santos, pero a ella queremos hoy contemplar e invocarla de manera especial. Que no nos falten nunca en nuestro corazón esos deseos de Dios, esos deseos que nos llevan por caminos de santidad y nos conduzcan a la plenitud del conocimiento de Dios, de la sabiduría de Dios. Que saboreemos de verdad en lo más hondo de nosotros mismos ese presencia de Dios que nos llena de sabiduría y que nos hace resplandecer de santidad.

miércoles, 14 de octubre de 2015

No seamos fáciles para juzgar a los otros y decirles lo que tienen que hacer, sino sepamos caminar juntos con sentido de fraternidad

No seamos fáciles para juzgar a los otros y decirles lo que tienen que hacer, sino sepamos caminar juntos con sentido de fraternidad

Romanos 2,1-11; Sal 61; Lucas 11,42-46

Qué fácil es decirles a los demás lo que tienen que hacer antes que hacerlo uno mismo. Somos muy dados a caer en esa tentación. Vemos lo que hacen los demás y enseguida entramos en el juicio, ya estamos pensando en nuestro interior si eso se puede hacer así o no se puede hacer, pensamos que nosotros los haríamos mejor aunque no hagamos el mínimo esfuerzo por hacerlo, y le estamos diciendo al otro lo que tiene que hacer.
Ahí entran muchas cosas como son nuestros juicios y hasta nuestras fáciles condenas, nuestro orgullo de considerarnos mejores y más perfectos y nuestros deseos de imposición sobre los otros desde nuestro complejo de superioridad. Nos ponemos en un escalón superior y miramos por encima. Nos consideramos tan perfectos que nos cegamos y no nos damos cuenta de los errores en los que nosotros también podemos caer. Enseguida nos consideramos maestros que enseñamos y decimos lo que los otros tienen que hacer.
Cuánta humildad necesitamos en nuestra vida; cuanta capacidad de mirarnos a nosotros mismos y juzgarnos, pero a nosotros, siendo capaces de reconocer nuestros errores, nuestros fallos, nuestros tropiezos. Cuanto espíritu de fraternidad que nos hace sentirnos iguales y cercanos, caminantes que hacemos los caminos juntos y somos capaces de ayudarnos mutuamente, no estando siempre por ayudar a los demás sino también por el dejarnos nosotros ayudar.
Me hago esta reflexión que es también algo así como un auto examen al escuchar las palabras que Jesús dirige a los fariseos y a los letrados. Ciegos guía ciegos, los llama en ocasiones, que tropiezan los dos en la misma piedra y caen ellos y hacen caer también a los otros en el mismo hoyo. Es lo que le venimos escuchando a Jesús estos días en el evangelio.
‘¡Ay de vosotros también, maestros de la Ley, que abrumáis a la gente con cargas insoportables, mientras vosotros no las tocáis ni con un dedo!’, les dice hoy Jesús a los letrados que se quejan porque se sienten ofendidos por las palabras de Jesús. Se sienten ofendidos porque se sienten tocados y señalados por la denuncia de Jesús.
‘¡Ay de vosotros, fariseos, que pagáis el diezmo de la hierbabuena, de la ruda y de toda clase de legumbres, mientras pasáis por alto el derecho y el amor de Dios! Esto habría que practicar, sin descuidar aquello. ¡Ay de vosotros, fariseos, que os encantan los asientos de honor en las sinagogas y las reverencias por la calle!’ Así les dice a los fariseos tan quisquillosos para fijarse en las cosas más menudas dejando a un lado las que son verdaderamente importantes. Asientos de honor, lugares de importancia, pedestales en los que subirse para estar por encima de los demás como unos intocables. Pero Jesús enseña que otras han de ser las actitudes, otra la manera de actuar donde siempre ha de prevalecer la humildad y la misericordia.
Ojalá aprendamos la lección de Jesús, el que vino no ser servido sino a servir, el que estuvo siempre cercano a nosotros haciendo nuestro mismo camino, el que cargó sobre sus hombros toda nuestra miseria para ayudarnos a llevar nuestra cruz, pero para levantarnos también desde las caídas y honduras de nuestras miserias.  Ojalá sepamos hacerlo nosotros también con nuestros hermanos aprendiendo a caminar juntos siendo en verdad cireneos los unos de los otros, y yo dejando también que otro cireneo se acerque a mí para ayudarme a llevar mi carga.

martes, 13 de octubre de 2015

Viviendo con sinceridad y autenticidad, alejamos de nosotros apariencias y vanidades para poner humildemente nuestro corazón en el Señor

Viviendo con sinceridad y autenticidad, alejamos de nosotros apariencias y vanidades para poner humildemente nuestro corazón en el Señor

Romanos 1,16-25; Sal 18; Lucas 11,37-41

Cuantas cosas se pueden ocultar tras una apariencia bonita; vanidades de la vida, orgullos que nos quieren revestir de brillos exteriores, apariencias externas que tratan de ocultar las miserias de nuestro interior, la mentira que nos impide ser sinceros con nosotros mismos y con la que tratamos de engañar a los que nos rodean. Son tentaciones que sufrimos cada día cuando nos falta la humildad de la verdad.
Nos contentamos con cumplir formalmente pero desde nuestro interior no sería lo que nos gustaría hacer. Podemos aparecer con mucha rectitud aparente y hasta nos convertimos en exigentes con las actitudes, las posturas o las acciones de los demás, pero no somos capaces de exigirnos a nosotros mismos de la misma manera. Con qué sinceridad tendríamos que enfrentarnos a todo esto.
Nos puede parecer una anécdota lo que vienen a plantearle a Jesús los fariseos, o acaso una cuestión de higiene. Lo curioso es que lo que podían ser meras formas de cortesía y de higiene para evitar contagios y enfermedades, o expresa corrección también en el trato y respeto que le debemos a los demás, los fariseos lo habían convertido en ley, le habían dado hasta un significado religioso donde hablaban de impureza legal, es cierto, pero con una connotación fuertemente religiosa. Lo habían convertido en una fuerte exigencia, el tema de lavarse las manos al volver de la plaza antes de sentarse a la mesa.
En esta ocasión el asunto surge cuando un fariseo invita a su casa a Jesús a comer y se extrañó que Jesús no se lavara las manos antes de sentarse a la mesa. Hay otro episodio del evangelio en que Jesús también está invitado en casa de un fariseo, pero éste realmente no le había ofrecido todo lo que eran las normas habituales para la hospitalidad y acogida, donde estaba lo del agua para lavarse o el perfume que se ofrecía como un obsequio al visitante.
Entonces será la mujer pecadora la que con su amor y sus lágrimas y perfumes va a suplir lo que el fariseo no le había ofrecido y dará ocasión para un hermoso mensaje de Jesús. Ahora también Jesús viendo el recelo del fariseo tendrá oportunidad de dejarnos un hermoso mensaje.
‘Vosotros, los fariseos, limpiáis por fuera la copa y el plato, mientras por dentro rebosáis de robos y maldades’, le dice Jesús. ¿Es el lavarse las manos o será la acogida a la persona lo que es importante? ¿Es la formalidad de una limpieza interior o será más importante cómo tengamos el corazón?
Mucho tendrían que hacernos pensar estas palabras de Jesús, para examinar de verdad cuales son las intenciones que tenemos en el corazón, para no quedarnos en esa pureza o santidad de apariencia sino que tengamos verdaderamente limpio del corazón. Podemos hacer incluso muchas cosas buenas, pero las intenciones que tengamos por dentro sean intenciones torcidas porque busquemos un reconocimiento, unas alabanzas, o el que nos consideren muy buenos sabiendo nosotros que no es oro todo lo que reluce en nuestra vida porque ocultamos orgullos y soberbias, buscamos vanidades.
No son los ritos los que le dan profundidad a la vida del hombre; el rito tendrá que ser signo de algo más profundo que llevamos dentro. Esto nos vendría bien para hacernos pensar en cómo, por ejemplo, desarrollamos y vivimos nuestros ritos religiosos; eso, si se quedan simplemente en ritos, y no son signos de lo que verdaderamente llevamos o hacemos en nuestro interior. “Yo ya fui a Misa y cumplí”, decimos tantas veces, pero mientras estaba corporalmente en la celebración mi mente y mi corazón estaban lejos, no había un verdadero encuentro y relación con el Señor; con nuestros labios vamos recitando oraciones, pero nuestra mente está en otra parte, en otras cosas que tenemos que hacer, cuando no estemos maquinando el mal.
Vivamos con sinceridad y autenticidad; alejemos de nosotros apariencias y vanidades; centremos de verdad nuestra vida en el Señor reconociendo también humildemente lo que hay de pecado muchas veces en nuestro corazón.

lunes, 12 de octubre de 2015

María es Pilar de nuestra fe, como signo de presencia de gracia y fortaleza y como señal que se hace camino para llevarnos siempre hasta Jesús

María es Pilar de nuestra fe, como signo de presencia de gracia y fortaleza y como señal que se hace camino para llevarnos siempre hasta Jesús

1Crónicas 15,3-4. 15-16;16,1-2; Sal 26; Lucas 11,27-28

El pilar es un signo y una señal. Fundamentamos los edificios sobre fuertes pilares que van a sostener la trabazón de todo el edificio y nos hablan de la fortaleza de lo que edificamos; pero también podemos decir que es una señal porque un pilar colocado en un sitio determinado nos puede estar señalando lo importante que allí podemos encontrar, pero también puede ser una señal que nos indique una dirección a seguir para no perder el norte o la dirección de nuestro camino.
He querido comenzar mi reflexión con estas imágenes porque hoy estamos celebrando a la Santísima Virgen María en su advocación y título del Pilar por la representatividad de su imagen sobre una columna o un pilar. Nos recuerda una hermosa tradición que nos habla de la presencia de María ya desde los orígenes de la fe cristiana en nuestras tierras hispanas con la predicación del Apóstol Santiago, a quien se le manifestó la Virgen María como fortaleza de Dios en la difícil tarea del anuncio del Evangelio en nuestra tierra.
Da igual que tengan o no tengan fundamento histórico estas piadosas tradiciones - no vamos a entrar en discusiones de tipo histórico que pienso son lo menos importante en este caso -, porque lo importante es el signo de María presente en el caminar de nuestra fe en nuestra tierra hispana a lo largo de los siglos, en los que María ha sido siempre un faro seguro que nos ha conducido a la fortaleza de nuestra fe en Jesús. Ella siempre nos conduce a Cristo y nos enseña a dejarnos iluminar por su luz.
María así es para nosotros ese pilar, esa columna que nos ayuda a mantener firme nuestra fe frente a todas las acechanzas y peligros. Con María a nuestro lado, en ese lugar preciso y precioso en que Dios quiso colocarla en la historia de la salvación, nos sentimos seguros en el camino de nuestra fe, nos sentimos fortalecidos con la gracia del Señor de la que ella es intercesora en favor nuestro. María en su imagen del Pilar se convierte así en signo de esa presencia y de esa gracia del Señor que con la mediación de la madre llega a todos sus hijos; es el signo que nos habla de esa firmeza de nuestra fe y de nuestra esperanza, pero es el signo también de lo que tiene que ser nuestro amor del que María nos enseña a amar como nos amó Jesús.
Estando al lado de María nos sentimos seguros en la orientación y en la dirección que le damos a María. Con ella nunca nos sentiremos engañados; si escuchamos de verdad a María en nuestro corazón - cómo tendríamos que aprender a hacer silencios en nuestro corazón cuando vamos al encuentro de María para no solo atiborrarla con nuestras peticiones sino también sobre todo para escuchar sus inspiraciones en lo secreto de nuestro corazón - ella nos llevará siempre hasta Jesús. Siempre María es esa señal que nos dirige hasta Jesús y nos dice ‘haced lo que El os diga’.
‘Dichoso el vientre que te llevó y los pechos que te criaron’, escuchábamos a la mujer anónima del evangelio prorrumpiendo en cánticos de alabanza a María, pero también escuchábamos a Jesús que completaba ese cántico diciéndonos que seremos en verdad dichosos como María si como ella escuchamos la Palabra de Dios y la plantamos en nuestro corazón. Así María es ese pilar, ese signo de fortaleza, esa señal que se hace camino que nos conduce a Jesús, ese ejemplo que hemos de seguir y ese amor que hemos de vivir.

domingo, 11 de octubre de 2015

Busquemos la sabiduría del evangelio que nos conduce a la vida eterna aprendiendo a vaciarnos de nosotros mismos

Busquemos la sabiduría del evangelio que nos conduce a la vida eterna aprendiendo a vaciarnos de nosotros mismos

Sabiduría 7, 7-11; Sal. 89; Hebreos 4, 12-13; Marcos 10, 17-30
Seguramente que más de una vez hemos oído decir que la Iglesia tiene que cambiar en sus posturas, que ha de modernizarse y ponerse al día, que no se puede estar enseñando lo mismo sobre determinadas cuestiones porque el mundo ha avanzado, las cosas en la sociedad han cambiado, la gente pide otra cosa; y ahí suelen salir una serie de cuestiones, que si de moral sexual, que si del aborto o la eutanasia, y ahora mismo las cosas están candentes con el tema del matrimonio y la familia, con motivo del Sínodo que se está celebrando y donde algunos pareciera que están esperando que la Iglesia ha de bajarse de sus principios, cambiar lo que son materias fundamentales de los sacramentos o del mismo matrimonio.
Yo me atrevo a decir que esto no es nada nuevo y propio solo de nuestro tiempo. A lo largo de todos los siglos siempre nos hemos encontrado con quienes pareciera que están buscando rebajas en las cosas tocantes a nuestra fe o a nuestros principios morales, porque la gente se va o quiere pensar de otra manera. Peticiones así no le han faltado a la Iglesia en el correr de los tiempos.
Pero es que eso hoy mismo lo encontramos en la escena del Evangelio de este domingo. Serán los propios discípulos cercanos a Jesús los que exclamaran ante lo que Jesús les está proponiendo ‘entonces, ¿quién puede salvarse?’ Ante las exigencias que propone Jesús de lo que significa su seguimiento a ellos les parece que eso es imposible y Jesús debería de actuar de otra manera o enseñar otras cosas que agraden más a la gente. Ya recordamos que en otro momento, allá en la sinagoga de Cafarnaún la gente dirá que Jesús está loco y muchos ya no querrán saber nada de Jesús.
Jesús viene a iluminar nuestra vida con la luz de la sabiduría de Dios en todas y cada una de las circunstancias que los hombres vivimos. Y Jesús nos habla con claridad. La ocasión ha sido en este momento el hecho de aquel joven que se acerca a Jesús con buenos deseos e intenciones, pero que no pasan de ahí cuando Jesús abre ante sus ojos otros caminos. Quiere aquel joven saber de la sabiduría de la vida eterna y qué es lo que hay que hacer y Jesús comienza por plantearlo los mandamientos. Pero aquel joven está muy lleno de si mismo. ‘Maestro, yo todo eso lo he cumplido desde pequeño’. Y Jesús le dirá que hay que vaciarse de si mismo porque otras han de ser las actitudes.
Aparentemente todo parece centrarse en el tema de las riquezas, porque aquel joven se marchó porque era muy rico y Jesús dirá qué difícil les es entrar en el reino de los cielos a los ricos, lo que motivará los comentarios de los discípulos a que hemos hecho referencia. Pero no nos quedemos en la materialidad de las palabras, aunque hacen, es cierto, clara referencia a las riquezas, sino que hemos de entender todo lo que son los apegos que llenan nuestro corazón convirtiéndolos en centros y dueños de nuestra vida.
Ya decíamos que aquel joven estaban muy lleno de si mismo; y no era solo que las riquezas que poseía ya le encerraban en si mismo, siendo una rémora imposible  de saltar para ser capaz de desprenderse de todo, vendiendo lo que tenía y dando el dinero a los pobres. Es eso y algo más, porque son muchos los orgullos de nuestro corazón porque nosotros sí sabemos,  nosotros sí somos buenos, nosotros somos los escogidos y hacemos las cosas siempre bien, nosotros nos creemos con la posesión de la verdad absoluta, y así tantas cosas.
Qué espíritu nuevo habríamos de tener de una mayor humildad y sencillez; qué generosidad de nuestro corazón para compartir pero también para saber aceptar a los demás y de los demás. Son los caminos nuevos del evangelio que nos cuesta aceptar y asumir de verdad en nuestra vida. Es lo que nos está planteando Jesús cuando nos habla de vender nuestras cosas y posesiones para poder encontrar el verdadero tesoro de nuestra vida.
No es simplemente que nosotros nos desprendamos de nuestras cosas para volvernos pobres miserables, sino saber entender bien el sentido de eso que poseemos que no solo es nuestro y para nosotros. Comprender que eso que tenemos hemos de convertirlo en un bien para los demás porque quizá una cosa que tendríamos que hacer es hacer fructificar esas cosas para hacer posible que otras personas tengan; y cuando digo tengan no es solo porque se lo demos y así puedan por ejemplo alimentarse o tener lo indispensable para la vida, sino que quizá lo que podríamos ofrecer es un trabajo digno para esos que nada tienen a nuestro lado desde eso que nosotros tenemos y no nos contentamos con guardarlo, enterrarlo como aquel del talento de la parábola, sino que lo hacemos fructificar para bien de los demás.
Ese darlo a los pobres podría significar que aunque a mi no me falte lo necesario aprenda sin embargo a vivir en la austeridad y en la sencillez para sentir en mi propia carne el sacrificio de los que nada tienen para poder vivir; seguro que cuando lo sintamos en nuestra propia carne - y ese es el sentido del ayuno penitencial que la Iglesia nos propone - aprenderemos mejor lo que es la necesidad que los otros padecen y en consecuencia habrá una compasión más auténtica en nosotros, porque realmente estaremos padeciendo con y como los que nada tienen.
Es la sabiduría del evangelio que hemos de buscar para convertirlo de verdad en sabiduría de nuestra vida. Aquel joven del evangelio buscaba la sabiduría de la vida eterna y Jesús nos está enseñando cual es el camino de esa verdadera sabiduría aprendiendo a vaciarnos de nosotros mismos. Y aunque nos cueste y hasta nos parezca imposible, en esa tarea no estamos solos porque Dios está con nosotros.