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sábado, 11 de mayo de 2013


El Padre mismo os quiere, porque vosotros me queréis, y creéis en mí

Hechos, 18, 23-28; Sal. 46; Jn. 16, 23-28
‘Llegó a Éfeso un judío llamado Apolo… hombre elocuente y muy versado en la Escritura… aunque no conocía más que el bautismo de Juan, exponía la vida de Jesús con mucha exactitud…’ pero fue necesario que Priscila y Aquila lo tomaran aparte y ‘le explicaran con mayor detalle el camino de Jesús’.
Sabía muchas cosas de Jesús - ‘exponía la vida de Jesús con mucha exactitud’ - pero no era lo suficiente. Aunque sabía cosas su corazón no estaba en verdad convertido al Señor. ‘No conocía más que el bautismo de Juan’, no había oído hablar del Bautismo en el cual Jesús había mandado que se bautizasen quienes escuchasen la palabra y convirtieran su corazón al Señor; no había aun descubierto toda la riqueza de la salvación de Jesús.
No nos es suficiente conocer o saber cosas cuando nuestro corazón está lejos. El acto de fe en Jesús no se queda solo en un conocimiento sino en una conversión por un encuentro vivo con el Señor. Y es que la fe es vida, vivir la vida de Jesús. Y viviremos la vida de Jesús cuando nos dejemos encontrar por su amor que es el que nos conduce de verdad a vivir la salvación, porque nos conduce a la fe. Hablamos, es cierto, de que es necesario crecer en ese conocimiento de Jesús, en ese conocimiento del misterio de Dios y que es necesario saber dar razón de nuestra fe y de nuestra esperanza; pero  no es solo por el camino de las ideas o de los pensamientos sino desde la experiencia del amor que nos conduce a la fe.
De eso nos ha hablado Jesús en el evangelio. Seguimos escuchando las palabras de Jesús en la última cena, en aquella sobremesa como hemos dicho y comentado. Nos habla Jesús de la confianza con que hemos de orar a Dios haciéndolo en el nombre de Jesús, como tantas veces también hemos reflexionado. Y nos dice: ‘Aquel día pediréis en mi nombre y no os digo que yo rogaré al Padre por vosotros, pues el Padre mismo os quiere, porque vosotros me queréis y creéis que yo salí de Dios’.
Y nos habla también de su vuelta al Padre. ‘Salí del Padre y he venido al mundo, otra vez dejo el mundo y me voy al Padre’. Bien nos viene recordar estas palabras precisamente en la víspera de la Ascensión del Señor que estamos a punto de celebrar. Ha cumplido su misión y vuelve al Padre.
Pero vayamos a lo que veníamos comentando. ‘El Padre mismo os quiere, porque vosotros me queréis, y creéis en mi’. Una experiencia de amor y de fe. Dios nos ama y nosotros respondemos amando a Dios, pero como eje y como conclusión de todo ese amor nuestra fe en Jesús. Es necesario llegar a vivir esa experiencia de amor porque nos sentimos amados de Dios; un amor que nos lleva al encuentro, a la reciprocidad; pero un amor desde el que va a surgir una fe firme, una fe bien fortalecida, que nos llevará a que aun seamos más amados de Dios.
Una fe y un amor que no surge simplemente porque racionalmente nosotros sepamos muchas cosas. Es desde esa experiencia de encuentro vivo de amor cuando vamos a vivir plenamente la salvación. Esto es algo que necesitamos experimentar con mucha fuerza los cristianos y seguro que nuestra vida sería más comprometida con nuestra y seríamos mas congruentes y consecuentes. Muchas veces vivimos nuestra vida cristiana con frialdad, simplemente dejándonos llevar como por la inercia y nos falta auténtica vitalidad. Así vemos entonces que nuestras celebraciones resultan frías y parece que les falta vida.
Tenemos que aprender a sentir ese calor del amor que nos haga entusiastas como los enamorados. Cuando nos personas, un hombre y una mujer están enamorados, sus vidas parece que están llenas de una vitalidad y de una alegría diferente y querrán vivir siempre el uno para el otro buscando siempre lo mejor para su enamorado o enamorada. Tenemos que sentirnos enamorados de Dios cuando experimentamos todo el amor que nos tiene y entonces nuestra vida cristiana tendrá más vitalidad, y en verdad seremos siempre para el Señor buscando su amor y buscando su gloria.

viernes, 10 de mayo de 2013

San Juan de Ávila una luz que nos refleja a Cristo y nos ayuda a encontrar el sabor del evangelio

San Juan de Ávila una luz que nos refleja a Cristo y nos ayuda a encontrar el sabor del evangelio

Mt. 5, 13-19
‘Vosotros sois la sal de la tierra… vosotros sois la luz del mundo… brille de tal modo vuestra luz delante de los hombres que, al ver vuestras buenas obras, den gloria a vuestro Padre que está en los cielos’.
Este mandato de Jesús a todos  nos afecta, porque ser sal o ser luz en medio del mundo es lo que tiene que ser todo cristiano por el resplandor de su santidad, por el brillo de su fe y por las obras del amor que han de envolver toda su vida. Es cierto que no es ni nuestra sal ni nuestra luz la que tenemos que trasmitir, sino que será siempre el sabor de Cristo, la luz de Cristo la que tiene que iluminarnos y de tal manera hemos de acoger esa luz que así brillemos delante de los demás por nuestra santidad para que todos puedan dar gloria a Dios.
Pero estos textos de la Palabra de Dios los estamos escuchando en esta celebración en la que hacemos memoria y fiesta de un santo que así brilló con esa luz de Dios en medio de su mundo y así supo trasmitir ese sabor de Cristo a cuantos le rodeaban. Nos referimos a san Juan de Ávila, nuestra gran santo español, reconocido como doctor de la Iglesia recientemente por el Papa. Hoy queremos hacernos esta reflexión desde la Palabra de Dios contemplando su figura.
El Maestro Ávila, como así se le llamaba en su tiempo, fue en aquellos tiempos del siglo XVI una gran luz que brilló en nuestra tierra española con especial brillo y esplendor. Hoy la Iglesia lo reconoce como doctor de la Iglesia porque la solidez de su doctrina iluminó entonces y sigue iluminando aún la vida de la Iglesia con sus enseñanzas y su magisterio.
Nacido en Almodóvar del Campo (Ciudad Real) muy jovencito marcha a la universidad de Salamanca a estudiar leyes. Pero aquello no le satisfacía a su espíritu y se vuelta a su tierra en la que pasará varios años de retiro y reflexión tratando de descubrir qué era lo que el Señor quería de él. Finalmente irá a la universidad de Alcalá (eran las dos grandes universidades de su tiempo) para estudiar teología y prepararse para el sacerdocio. No habían seminarios entonces para la formación de los futuros sacerdotes; será un fruto del Concilio de Trento - recuerdo que a nuestro seminario se le llamaba seminario conciliar - y será tarea en la que se embarcará con gran ahínco creando colegios para la formación de los futuros sacerdotes, principio y origen también de otras universidades.
Pero no adelantemos las cosas, porque una vez ordenado sacerdote marcha a Sevilla con intención de embarcar para América, para Nueva España - México - en concreto, pero el arzobispo de Sevilla al oírle predicar, le convence de que sus Américas estaban en España y en concreto en Andalucía. Apóstol de Andalucía se le reconoce porque a lo largo y a lo ancho de aquellas tierras se dedicó a la tarea de la evangelización hasta la hora de su muerte. Intensa fue su tarea evangelizadora y que nos puede servir de estímulo cuando tanto hablamos hoy en la Iglesia de una nueva evangelización.
Como hemos mencionado instituyó diversos colegios sacerdotales tanto para la preparación de los que aspiraban al sacerdocio como la formación continuada de los mismos sacerdotes. Es por eso por lo que en el siglo pasado, siendo aun Beato, el Papa Pío XII le declaró patrono del clero secular español. Pablo VI lo canonizó y Benedicto XVI lo reconoció como doctor de la Iglesia, según ya antes hemos mencionado.
Apóstol y misionero recorría pueblos y pueblos predicando y anunciando la Palabra de Dios, dirigiendo espiritualmente a cuantos se acercaban a él porque era un sacerdote de profunda espiritual sacerdotal y que resplandecía por su santidad. Santos como san Juan de Dios o san Francisco de Borja se convirtieron al Señor escuchando su predicación y siguiendo sus consejos y santos como Teresa de Jesús o el mismo Ignacio de Loyola recibían sus consejos para su propio progreso espiritual.
¿Dónde encontraba él la fuente de su espiritualidad y la fuerza para la inmensa tarea pastoral que realizaba? En la Oración y en la Eucaristía. Ya hemos mencionado que de joven se retiró varios años, abandonando sus estudios de leyes, para orar y reflexionar descubriendo lo que era la voluntad del Señor para su vida. Espíritu de oración que vivía con toda intensidad cada día a lo que dedicaba mucho tiempo y celebración fervorosa y de muy intensa devoción de la Santa Misa cada día, eran sus fuentes que nunca abandonó y que le llevó por esos caminos de santidad.
Así pudo llenarse de la sabiduría de Dios y resplandecer por su santidad. Así es para nosotros un testigo y un ejemplo que nos da testimonio de cómo nosotros hemos de crecer en esa espiritualidad que sea el verdadero fondo de nuestra vida. Ejemplo para lo sacerdotes, pero ejemplo también para todos los cristianos que, como decíamos al principio, hemos de ser luz, con la luz de Cristo, en medio de nuestro mundo, llevando la sal del evangelio que dé profundo sabor y sentido a neustras vidas.

jueves, 9 de mayo de 2013


Nuestra tristeza se convertirá en gozo porque vemos a Cristo Jesús de una forma nueva con la fe

Hechos, 18, 1-8; Sal. 97; Jn. 16, 16-20
‘Estáis preocupados por el sentido de mis palabras: dentro de poco dejaréis de verme, pero dentro de otro poco volveréis a verme’, les dice Jesús. Y trata de explicarles. Nosotros también podríamos sentirnos confusos con las palabras de Jesús, pero tratemos de situarlas en el contexto concreto en que fueron dichas.
Estamos en lo que podríamos llamar la sobremesa de la última cena; va a comenzar la pasión que le llevaría a la cruz y a la muerte. Pero bien sabemos que Jesús tras su muerte anuncia siempre su resurrección; era lo que continuamente les venía anunciando. Ahora llega el momento de la pascua que era algo más que aquella cena del cordero pascual que estaban comiendo, porque se iba a realizar la verdadera pascua, la definitiva y eterna en su entrega hasta la muerte; pero nosotros no contemplamos solamente a Jesús muerto, sino que siempre hablamos también de su resurrección.
¿Podemos entender ahora mejor las palabras de Jesús ‘dentro de poco no me veréis y dentro de otro poco volveréis a verme’? Podríamos decir que una vez más nos está hablando de su muerte y su resurrección. Ahora le veremos de forma nueva, porque ahora sí que le veremos auténticamente como nuestro Salvador y Redentor.
Les habla también de su vuelta al Padre. Recordemos que el evangelista Juan - es el evangelio que ahora estamos también escuchando y comentando - cuando va a comenzar la pasión de Jesús que El introduce con la cena del Cordero Pascual nos había dicho: ‘Antes de la fiesta de la Pascua, sabiendo Jesús que había llegado la hora de dejar este mundo para ir al Padre, habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo…’ Es la hora de dejar este mundo, es la vuelta al Padre.
Precisamente dentro de unos días con la liturgia vamos a celebrar la Ascensión del Señor al cielo. Escucharemos en el evangelio de Marcos ‘el Señor Jesús fue elevado al cielo y se sentó a la derecha de Dios’. Es también lo que confesamos en el Credo: ‘subió al cielo y está sentado a la derecha de Dios Padre todopoderoso’.
Hoy nos dice: ‘dentro de poco dejaréis de verme, y dentro de otro poco volveréis a verme’, pero ahora le veremos de forma nueva. Hubiéramos deseado, como lo hubieran deseado los discípulos de entonces, seguir viéndolo físicamente como le veían caminar por los caminos de Palestina. Pero ahora hemos de aprender a verle de otra manera; ya no nos fiamos de los ojos físicos de la carne para ver a Jesús, sino que desde los ojos de la fe tenemos que aprender a verle y a reconocerle; y le tendremos en los sacramentos real y verdaderamente presente Jesús en medio nuestro con su gracia y con su vida, como tenemos que aprender a verle en el hermano, en el prójimo, porque sabemos, porque El nos lo ha dicho, que todo lo que le hagamos al hermano a El se lo estamos haciendo.
Claro que eso sólo lo podremos descubrir desde los ojos de la fe. Quienes no tienen esa mirada de la fe, los que no tienen fe en su corazón nunca podrán descubrirle ni verle. Por eso para los no creyentes la vida de Jesús podría aparecer como un fracaso y un fracaso para nosotros, porque les parece que nosotros podríamos sentirnos solos y tristes. Nos dice Jesús: ‘Vosotros lloraréis y gemiréis, mientras que el mundo se sentirá satisfecho’, o creerá sentirse satisfecho y vencedor porque piensan que han derrotado a Jesús porque ya no lo pueden ver; pero Jesús nos sigue diciendo ‘pero vuestra tristeza se convertirá en gozo’.
Efectivamente con la luz de la fe no se nos sobrepondrá esa tristeza, sino que seremos capaces de sacar la alegría de la fe desde lo hondo de nuestro corazón. No nos sentiremos abandonados ni derrotados nunca, porque tenemos la certeza, la certeza que nos da nuestra fe, de que Jesús es el vencedor, que Jesús es el resucitado y que nosotros somos vencedores con El, estamos llamados a la victoria final.

miércoles, 8 de mayo de 2013


Llenos están el cielo y la tierra de tu gloria

Hechos, 17, 15.22-18,1; Sal. 148; Jn. 16, 12-15
‘Llenos están el cielo y la tierra de tu gloria’, hemos cantado y repetido con el salmo alabando y bendiciendo al Señor que se manifiesta en sus obras. ‘Alabad al Señor en el cielo, alabad al Señor en lo alto… alaben el nombre del Señor, el único nombre sublime… llenos están el cielo y la tierra de tu gloria’.
Primer artículo de nuestra fe, reconocer al Señor, ‘Dios creador de cielo y tierra, de todo lo visible y lo invisible’. Y en toda la creación se manifiesta la gloria del Señor. Por eso, el hombre contemplando la maravilla de la creación ha de dirigir su pensamiento al Creador, al Señor Todopoderoso que con su sabiduría infinita realizó toda esa maravilla de la creación en toda su inmensidad que aún no terminamos de descubrir. Toda esa inmensidad del espacio, pero toda esa maravilla de todas las cosas creadas que nos ayudan a ir descubriendo y conociendo más y más al autor de la creación.
Es el Dios de quien quiere hablarles Pablo a los habitantes de Atenas cuando recorriendo el inmenso foro se encuentra con aquel altar al dios desconocido. Aprovecha el apóstol para realizar la catequesis para hacer el anuncio que culminará con el anuncio de Jesús, muerto y resucitado, que tanto les costará a aceptar a los atenienses.
‘Me encontré con un altar con esta inscripción, les dice: al Dios desconocido. Pues eso que veneráis sin conocerlo, os lo anuncio yo: El Dios que hizo el mundo y lo que contiene. El es el Señor de cielo y tierra y que no habita en templos construidos por hombres ni lo sirven manos humanas’. Es el Dios cuyo templo propio es toda la creación por Él realizada, pero que asienta su trono, por así decirlo, en su criatura preferida, en el corazón del hombre, en el corazón del ser humano.
‘Quería que lo buscasen a El, a ver si, al menos a tientas, lo encontraban: aunque no está lejos de ninguno de nosotros, pues en El vivimos, nos movemos y existimos…’ A través de las obras creadas podemos llegar a reconocer al Creador, podemos llegar a conocer a Dios; pero Dios se nos revela más íntimamente porque quiere habitar en nuestro corazón. Con su inmensidad lo llena todo, ‘en El vivimos, nos movemos y existimos’, pero con la revelación de Jesús llegamos a descubrir de qué manera maravillosa Dios se acerca al hombre, se revela al hombre para que pueda conocerle, le inunda con su amor, y quiere habitar en El como hemos reflexionado en estos días.
Que no se nos cieguen los ojos; aunque sea a tientas, porque descubramos sus señales en toda la creación - cuantas maravillas y bellezas podemos contemplar para llegar a admirar lo que es la maravilla y la belleza infinita de Dios - y así vayamos caminando hacia Dios. Que escuchemos la Palabra viva de Dios, Revelación de Dios que es Jesucristo para que podamos conocer cada vez más hondamente a Dios, pues ‘nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiere revelar’; y Jesús ha venido a revelarnos el misterio de Dios, un misterio inmenso de amor del cual Jesús es el rostro más maravilloso en su amor y en su misericordia infinita.
Pero más aún, Jesús nos promete que nos enviará su Espíritu, el Espíritu de la verdad que nos lo revelará todo. Así venimos escuchándolo y reflexionándolo una y otra vez estos días, cuando se acerca la fiesta de Pentecostés, la Fiesta del Espíritu Santo. El es ‘el Espíritu de la verdad que nos guiará hasta la verdad plena’, como le hemos escuchado decir a Jesús hoy en el Evangelio.
No vamos ya a tientas a conocer a Dios, porque contemplando a Jesús contemplamos la gloria de Dios. ‘Hemos visto su gloria, la gloria propia del Hijo único del Padre, lleno de gracia y de verdad… a Dios nadie lo vio jamás; el Hijo único, que es Dios y está en el seno del Padre, nos lo ha dado a conocer’. Demos gloria a Dios que así se nos revela.

martes, 7 de mayo de 2013


Encontrarnos con la salvación por la fe en Jesús tiene que llenarnos de inmensa alegría

Hechos, 16, 22-34; Sal. 137; Jn. 16, 5-11
‘¿Qué tengo que hacer para salvarme? Cree en el Señor Jesús y te salvarás tú y tu familia. Y le explicaron la Palabra de Dios a él y a todos los de su casa’. Es la confesión central de nuestra fe. ‘Cree en el Señor Jesús’.
Cuando el día de Pentecostés Pedro anuncia la Buena Nueva de Jesús a toda aquella multitud que se había renuido delante del Cenáculo, le preguntan también: ‘¿Qué tenemos que hacer hermanos?’ Y la respuesta de Pedro fue semejante: ‘Arrepentíos y bautizaos cada uno de vosotros en el nombre de Jesucristo para que queden perdonados vuestros pecados. Entonces recibiréis el Espíritu Santo’.
Es el anuncio que se repite. Es la Buena Nueva de la salvación que hemos de anunciar. Lo hizo el mismo Jesús cuando inició su ministerio apostólico por los pueblos y aldeas de Galilea: ‘Convertíos y creed en el Evangelio. El Reino de los cielos está cerca’. Y la Buena Nueva, el Evangelio, es Jesús. Creer en Jesús y convertir nuestra vida a El. Poner toda nuestra fe en Jesús porque es el único Salvador de nuestra vida.
El episodio a que hace referencia lo que estamos comentando fue en el segundo viaje de san Pablo. Como hemos escuchado no le faltan tribulaciones y cárceles al Apóstol. En el primer viaje el recorrido se redujo al Asia Menor, la actual Turquía, pero ahora el Espíritu Santo le ha impulsado a dar el salto a Europa, como escuchamos en días anteriores porque en un sueño un macedonio le pide al apóstol que vaya hasta allá. Hoy le contemplamos en Filipos, ciudad importante de Macedonia, donde suceden estos hechos que hemos escuchado ayer y hoy. Será una comunidad de la que Pablo guardará un buen recuerdo y a la que dirigirá una carta contenida en el Canon de la Biblia, la carta a los Filipenses.
Tras unas revueltas de gentes que se oponen a la predicación de Pablo es apaleado y metido en la cárcel. Allá están ‘Pablo y Silas que oraban a medianoche cantando himnos a Dios’. Y el Señor manifiesta su poder para liberarlos en medio de signos portentosos, pero que será ocasión para que el carcelero como hemos escuchado pregunte que es lo que ha de hacer para salvarse. ‘Después de explicarles la Palabra del Señor a él y su familia… se bautizó enseguida con todos los suyos, los subió a su casa, les preparó la mesa y celebraron  una fiesta de familia por haber creido en Dios’.
Ya hemos comentado esa pregunta fundamental y esa proclamación de fe en Jesús necesaria para alcanzar la salvación. Pero podríamos destacar también la alegría llena de esperanza con que viven su fe. Mientras estaban en la cárcel ‘oraban cantando al Señor’. Podría parecer que por estar sufriendo en la cárcel después de ser apaleados y sin saber qué futuro les esperaba lo más normal sería la preocupación y el miedo lleno de tristeza. Pero ellos cantan al Señor. No les había abandonado la alegría de la fe.
Una hermosa lección. Andamos preocupados y agobiados muchas veces en medio de los problemas o de los sufrimientos y parece que todo se nos oscurece y se nos llena de las negruras de la amargura. ¿Dónde está nuestra fe y nuestra esperanza? ¿dónde está la confianza que hemos puesto en el Señor? Bendecir y alabar al Señor también desde nuestros sufrimientos, desde nuestros problemas. Siempre hemos de saber cantar la gloria del Señor, que en medio del dolor no nos deja solos; siempre El está a neustro lado siendo nuestra fortaleza. Abramos los ojos de la fe.
Y finalmente después de ser bautizados aquella familia hace fiesta por haber creido en Dios. Sí, darle gracias a Dios por el don de la fe que nos concede. Alabar y cantar a Dios en todo momento. Vivir la alegría de nuestra fe, porque encontrarnos con el Señor por la fe es el gozo más grande que podemos llegar a vivir. Cuantos cristianos parece que nunca han sentido ese gozo de la fe porque van con la vida siempre con cara de angustia y de amargura. Algo le está pasando a la fe de unos cristianos que viven con esos tintes negros en su vida. muchas cosas tendrían que revisar en su fe para revitalizarla de verdad.
 Encontrarnos con la salvación por la fe en Jesús tiene que llenarnos de inmensa alegría. Expresemos esa alegría de nuestra fe.

lunes, 6 de mayo de 2013

El dará testimonio de mi y vosotros tambien dareis testimonio



El dará testimonio de mi y vosotros también daréis testimonio

Hechos, 16, 11-15; Sal. 149; Jn. 15, 26-16, 4
‘Cuando venga el Defensor… el Espíritu de la verdad… El dará testimonio de mi… y también vosotros daréis testimonio, porque desde el principio estáis conmigo…’ Las palabras de despedida de Jesús en la última cena embargan de pena y tristeza a los discípulos en el cenáculo, porque todo lo que iba a suceder lo había anunciado repetidamente sin embargo ellos no acaban de comprender. Cuando se nos anuncia algo que es penoso, pero además no terminamos de entender el significado pleno de lo que va a suceder, ese anuncio se nos hace especialmente doloroso. Sin embargo las palabras de Jesús son de aliento, de esperanza, de ánimo para que nos falte la fortaleza necesario.
Les habla del testimonio que han de dar de Jesús a partir de su ausencia, pero les promete una fuerza especial, un Defensor, el Espíritu de la verdad que el Padre enviará en su nombre, que también da testimonio.  Les dice además que les ha hablado de todo esto ‘para que no se tambalee su fe’.
Nosotros que ya conocemos en mayor plenitud los hechos y todo lo que posteriormente sucedería en los comienzos de la Iglesia, y lo que ha sido la vida de la Iglesia a través de los siglos si hacemos una lectura con ojos de fe, comprendemos mejor todo lo que les está anunciando Jesús. Los momentos de la pasión y la cruz fueron especialmente duros para los discípulos por la ausencia de Jesús y por todo lo que iba sucediendo; posteriormente se sentirían fortalecidos en la Pascua al contemplarle resucitado. Pero luego la historia de los cristianos estuvo siempre llena de persecusiones y amenazas. Pero ya nosotros vemos la asistencia del Espíritu Santo que les fortalecía y animaba hasta el punto de salir contentos de la presencia del sanedrín cuando les prohibían hablar del nombre de Jesús y eran castigados por ese motivo.
Pero nosotros miramos nuestra historia y lo que es el momento presente en la vida de la Iglesia repartida por todo el mundo. No serán ya en nuestro caso las sinagogas como dice Jesús, pero sí somos conscientes de las dificultades que encontramos de todos lados en el anuncio de evangelio y en el desarrollo de nuestra misión. Contratiempos y dificultades que  no siempre viene de fuera, de enemigos de la religión que también, sino desde dentro mismo del seno de la iglesia, del grupo de los creyentes en los que no siempre encontramos los suficientes ánimos para seguir haciendo ese anuncio del evangelio. La frialdad y la desgana de tantos, la falta de compromiso y ese dejarse arrastrar en una vida anodina y sin vitalidad muchas veces son peores enemigos del anuncio del evangelio para que sea creible por parte de los que nos escuchan, que esos  mismos enemigos declarados.
En todo tiempo hemos de dar testimonio, manifestarnos como testigos de nuestra fe con nuestras obras y con nuestra vida. pero sabemos donde está nuestra fuerza porque nunca nos faltará la asistencia del Espíritu Santo. Y hemos de seguir haciendo el bien, luchando y trabajando por lo bueno, dando nuestro testimonio porque somos nos testigos que no podemos ocultar nuestra fe. Con nosotros está la fuerza del Espíritu, el que nos lo enseñará todo  y nos recordará cuando Jesús nos ha enseñado; perel Espiritu que nos dará fortaleza frente a aquellos que se nos opongan, pero también fuerza frente a esos enemigos que tenemos dentro de nosotros mismos que tantas veces nos sentimos tentados de mil manera a olvidarnos de ese testimonio que hemos de dar.
Que no nos falte ese espíritu misionero y apostólico. Eso tiene que ser algo intrinseco al ser cristiano. No nos podemos adormecer ni nos podemos acobardar porque podamos encontrar dificultades. Ese espíritu sería señal de la vitalidad de nuestro cristianismo, de nuestras comunidades. Cuando oramos al Señor pidiendo el aumento de vocaciones, en el fondo estamos pidiendo ayuda al Señor también para que se fortalezca nuestra fe y se revitalice nuestra vida cristiana.

domingo, 5 de mayo de 2013


No  nos puede faltar la alegría de Cristo resucitado

Hechos, 15, 1-2.22-29; Sal. 66; Apoc. 21, 10-14.22-23; Jn. 14, 23-29
‘Continuar celebrando con fervor estos días de alegría en honor de Cristo resucitado’, pedíamos en la oración de la liturgia de este día. No puede decaer nuestra alegría; no puede decaer nuestro fervor y entusiasmo, aunque hayan pasado cinco semanas del domingo de la Pascua. Es algo grande y maravilloso lo que celebramos y no se puede enfriar nuestro espíritu. Tenemos que seguir viviendo el espíritu de la Pascua, ahora de una manera intensa en el tiempo pascual, pero el espíritu pascual que ha de acompañarnos a lo largo de toda nuestra vida.
Por eso pedíamos que ‘los misterios que estamos recordando - celebrando - transformen nuestra vida y se manifiesten en nuestras obras’. Como decíamos, no celebramos la Pascua como algo ajeno a nosotros y a nuestra vida. Es algo que nos afecta profundamente. No era una simple tristeza por ver a alguien que sufría lo que vivíamos en los días de la pasión. Contemplábamos un misterio inmenso donde se estaba manifestando el amor de Dios que venía con su salvación que llegaba a su expresión más gloriosa cuando celebrábamos a Cristo resucitado.
Pero, ¿en qué consistía esa salvación? ¿algo como que se añadía a nuestra vida como si fuera algo así como un adorno o algo superpuesto exteriormente? De ninguna manera. La salvación que Jesús nos ofrece transforma totalmente nuestra vida desde lo más hondo de nosotros mismos. Estábamos envueltos y sumergidos en el pecado y la muerte y Jesús con su pascua nos arranca de esa muerte, dando muerte al pecado, para llenarnos de una vida nueva. Nos sentimos transformados en la resurrección a vivir una vida nueva.
Vivir esa vida nueva, esa salvación es un abrirnos a Dios para sumergirnos en Dios y para llenarnos de Dios; es un abrirnos de Dios para entrar en una órbita nueva que es la del amor, porque es el amor de Dios que se derrama sobre nosotros de manera que quedamos inundados de él y ya no sabremos vivir sino para el amor. Será el sentido nuevo de nuestra vida, de nuestro vivir. Ya no podremos vivir de otra manera sino amando y no con un amor cualquiera, como escuchábamos y reflexionábamos el pasado domingo, sino con un amor como el que Dios nos tiene, como el amor que nos tiene Jesús que le ha llevado a esa entrega suprema de amor que fue su pascua, su muerte en la cruz.
Nos sentimos transformados y ¡de qué manera! Sí, nuestra vida tiene que ser distinta. Fijémonos en las palabras de Jesús hoy en el evangelio. ‘El que me ama guardará mi palabra, y mi Padre lo amará, y vendremos a él, y haremos morada en él’. Dios que hace morada en nosotros. ¡Qué maravillosa y misteriosa revelación! Dios ya no está lejos, ni siquiera cerca de ti, está dentro de ti. No lo vamos a buscar en lugares extraños, en hechos extraordinarios o acontecimientos especiales o espectaculares. No necesitaremos subir a la montaña como Moisés en el Sinaí, ni irnos al desierto como Elías. Dios está dentro de ti, porque hace morada en ti. Allí donde vayas, Dios sigue estando en ti.
Esto tan maravilloso es algo que no terminamos de asumir plenamente para vivirlo con toda intensidad. Cuando en el Bautismo nos unimos a Cristo, como hemos recordado tantas veces, Dios comenzó a habitar en nosotros. Recordemos que decimos que desde nuestro Bautismo somos morada de Dios y templo del Espíritu Santo. El Bautismo significa un sí tan grande a Cristo que así transforma totalmente nuestra vida. No es un simple rito que realicemos. Es algo profundo lo que se realiza en nuestra vida. A través de ese signo del sacramento le estamos dando toda nuestra fe y nuestro amor de manera que ya toda nuestra vida no ha de hacer otra cosa que buscar la gloria de Dios realizando su voluntad en  nosotros. Y entonces nos sentimos amados de Dios de tal manera que Dios viene a habitar en nosotros, como nos está diciendo Jesús hoy en el evangelio.
Pero esto es algo que no podemos olvidar fácilmente, porque está comprometiendo nuestra vida para siempre. ¡Qué santa tiene que ser nuestra vida cuando somos conscientes de cómo Dios habita en nosotros! Muchas conclusiones podríamos sacar. Es cierto que estamos llenos de debilidades y el pecado nos acecha, pero ya Jesús nos ha prometido el Espíritu que será nuestra sabiduría y nuestra fortaleza. ‘El Espíritu, que enviará el Padre en mi nombre, será quien os lo enseñe todo y os vaya recordando todo lo que os he dicho’.
Cuando vamos viviendo todo esto una paz nueva llena nuestro corazón. Podrá haber dificultades y contratiempos, pero no nos faltará la paz. Nos sentiremos tentados y zarandeados por el enemigo malo que se nos puede manifestar de muchas formas - muchas veces en la oposición que podamos encontrar en un mundo adverso que nos rodea que nos puede hacer pasar por malos momentos de incomprensión o de muchas cosas en contra, o los problemas con que nos vamos enfrentando en nuestra vida, enfermedades, limitaciones, etc. - pero tenemos la paz de Cristo con nosotros, en nuestro corazón.
‘La paz os dejo, la paz os doy; no os la doy como la da el mundo, pero que no tiemble vuestro corazón ni se acobarde’, nos dice Jesús. Porque esa paz no es algo que nos sea impuesto como muchas veces sucede con las cosas y estilos del mundo, sino que aun en los conflictos tenemos paz, porque tenemos la seguridad de que Dios está con nosotros y su Espíritu es nuestra fuerza.
Todo esto que estamos reflexionando desde la Palabra del Señor proclamada en este sexto domingo de Pascua puede sernos también iluminador para esta jornada que estamos celebrando en nuestra Iglesia de España con la Pascua del Enfermo. Y es que un enfermo que vive en cristiano, por decirlo de alguna manera, su enfermedad siente de forma intensa ese paso de Dios por su vida ahí en sus propios dolores, limitaciones y sufrimientos. Su propia enfermedad puede ser verdaderamente un sacramento de Dios para su vida.
¿Cómo podemos entenderlo? Recorramos las páginas del evangelio y veremos a Jesús junto a los enfermos y a cuantos sufren y siempre la presencia de Jesús es motivo de paz, de salud y de salvación. Con fe acuden a Jesús con sus males y dolencias y la mano de Jesús se va posando sobre ellos para llenarlos de vida y de esperanza. Muchos sanarán incluso físicamente de sus enfermedades corporales, pero todos se sanarán desde lo más hondo de sí mismos porque en ellos se despierta la fe, renace la esperanza y aparece la paz y el amor en sus corazones. Jesús va siempre repartiendo vida y perdón, gracia y paz, y los corazones se llenan de fortaleza y esperanza.
Es lo que en esta pascua del enfermo de manera especial queremos celebrar y vivir. ‘La paz os dejo, la paz os doy…’ nos sigue diciendo hoy Jesús. Y como decíamos antes, podrán haber dificultades y contratiempos, pero no nos faltará la paz; podrán sufrir nuestros cuerpos o vernos muy limitados por nuestras debilidades o los muchos años, pero teniendo a Cristo con nosotros y dejándonos inundar por su amor, estaremos llenos siempre de paz, porque Dios habita en nuestros corazones. Y entonces sabremos darle sentido a nuestro sufrimiento y sabremos unirnos a la pascua del Señor ofreciendo también nuestra vida en bien de la iglesia y para la gloria de Dios.
Es lo que hoy queremos celebrar. Que ‘los misterios que estamos celebrando transformen nuestra vida y se manifiesten en nuestras obras’, en la vida de cada día.

sábado, 4 de mayo de 2013


Nos acostumbramos y acomodamos y dejamos de ser sal y luz para nuestro mundo

Hechos, 16, 1-10; Sal. 99; Jn. 15, 18-21
Dos palabras que pueden ser síntomas de actitudes o posturas que pueden ser peligrosa tentación que nos impida vivir la vida con intensidad y plenitud, acostumbrarse y acomodarse. Pueden parecernos actitudes inofensivas pero creo que realmente encierran muchos peligros para nuestro cotidiano vivir, que no por cotidiano se ha de vivir con menor intensidad.
Cuando uno se acostumbra a algo llega a perderle el sabor y hasta el sentido de aquello que hacemos y acostumbrados ya no sabremos sacarle toda su riqueza en sabores y matices. Y no es solo en cuestión de comidas sino en las cosas con las que nos vamos acostumbrando y que ya hemos dejado de saborear y disfrutar. Son las rutinas que se nos van metiendo en el alma donde no sabemos apreciar la novedad de lo que vamos viviendo en cada momento que nos podría llevar al cansancio y al aburrimiento para el final dejarlo todo por perdido.
Y de la misma manera, el acomodarse; porque perdemos la naturalidad y la espontaneidad de lo que es nuestra vida y de lo que son nuestras convicciones; podría ser una falta de personalidad o de seguridad en si mismo o en aquello que creemos, porque por cobardía o por falta de valentía dejamos a un lado nuestros principios y valores quizás temiendo que podamos ser incómodos a los demás por nuestra manera de pensar y de actuar.
Esto que nos puede suceder en muchos aspectos de la vida, tanto el acostumbrarse como el acomodarse, nos hace mucho daño en el camino de la vivencia de nuestra fe y de nuestra vida cristiana. Ser cristiano no es como un barniz que nos demos por encima para determinados momentos o determinadas cosas ni algo en lo podamos estar como si de vaivenes se tratara.
Mostrarnos como cristianos con toda autenticidad puede resultarnos en momentos difícil y costoso porque nuestra manera de vivir, nuestros principios y convicciones pueden resultar incómodos o en cierto modo rechazables para muchos de los que nos rodean. No podemos decir que somos cristianos porque simplemente nuestra familia o los que nos rodean son cristianos, sino que ahí tiene que haber una convicción fuerte y valiente, porque muchas veces quizá tengamos que, como se suele decir, nadar contra corriente porque los que nos rodean, aunque también se digan cristianos, sin embargo no han hecho claramente esa opción por el evangelio y por Jesús.
Ser cristiano de verdad me exige y me plantea en cada momento esa opción que he de hacer en mi vida para ser fiel de verdad al Jesús en el que creo y que es mi Salvador. No es acostumbrarme y dejarme arrastrar porque pueden ser otras cosas las que al final nos arrastren alejándonos del verdadero punto de apoyo de mi vida que es Cristo. En un mar lleno de corrientes que se contraponen de un lado y de otro el que nada no se puede simplemente dejarse llevar porque cualquier corriente lo alejaría de la costa y lo podría poner en verdadero peligro.
Es lo que nos anuncia hoy Jesús en el evangelio. ‘Si el mundo os odia, sabed que me ha odiado a mi antes que a vosotros… vosotros  no sois del mundo… por eso el mundo os odia… si a mi me han perseguido, también a vosotros os perseguirán…’ Nos lo anuncia y nos previene. Pero no para que nos acomodemos, para que nos dejemos llevar y confundir, sino para que nos sintamos fuertes y seamos en verdad fieles a nuestro seguimiento de Jesús. Ya nos dirá en otros momentos que su Espíritu está en nosotros y es nuestra fortaleza.
Es una tentación fuerte que podemos sentir. Muchas veces escuchamos también quien nos dice que bueno que soy cristiano, pero que vamos haciendo lo que podemos, que hacemos como hacen los demás, porque otros son cristianos también y no se toman las cosas tan en serio, con tanta radicalidad. Tenemos que reconocer que muchas veces hay demasiada mediocridad en nuestra vida; que rehuimos todo lo que signifique esfuerzo o sacrificio y lo que queremos son las cosas suaves. Así andamos donde vemos cómo se cae fácilmente en la pendiente de la frialdad y de la indiferencia con la que muchos terminan por claudicar del nombre de cristianos.
Pidámosle al Señor que nos dé esa valentía y esa fortaleza del Espíritu para vivir como auténticos cristianos. Así es como podremos ser en verdad sal de la tierra y luz del mundo; pero si la sal se vuelve sosa ya no nos sirve para nada, y si la lámpara deja de alumbrar la buena luz para qué la queremos. Necesitamos ser cristianos que seamos buena sal para nuestro mundo, que iluminemos de verdad con la fe auténtica de nuestra vida. 

viernes, 3 de mayo de 2013

Por medio de los santos apóstoles proteges y guías a todos con la luz del Evangelio

1Cor. 15, 1-8; Sal. 18; Jn. 14, 6-14
‘Os recuerdo el evangelio que os proclamé y que vosotros aceptasteis, y en el que estáis fundados, y que os está salvando… que Cristo murió por nuestros pecados según las Escrituras; que fue sepultado y que resucitó al tercer día, según las Escrituras…’
Así nos lo recuerda el apóstol san Pablo y ahí encontramos el sentido profunda de esta fiesta de los Apóstoles Felipe y Santiago que hoy estamos celebrando, como la fiesta de todos los Apóstoles que vamos celebrando a lo largo del año. Viene a ser una proclamación y una afirmación de nuestra fe, que hemos recibido de los Apóstoles. Fueron los primeros testigos de la muerte y la resurrección del Señor que nos han trasmitido la fe. Es a lo que nos ayuda la celebración de la fiesta de los apóstoles, a una afirmación de nuestra fe.
Como diremos en el prefacio, motivando nuestra acción de gracias al Señor ‘no abandonas nunca a tu rebaño, sino que por medio de los santos apóstoles, lo proteges y conservas, y quieres que tenga por guía la palabra de aquellos mismos pastores, a quienes tu Hijo dic la misión de anunciar el evangelio’. A esto tiene que ayudarnos nuestra celebración, damos gracias a Dios por la fe recibida, pero al mismo tiempo nos sentimos más fortalecidos para proclamarla en medio del mundo, porque también hemos recibido esa misión de anunciar el evangelio.
En el texto de san Pablo que hemos escuchado se nos ha dado una descripción de las distintas apariciones de Cristo resucitado, unas nos las han relatado los evangelios otras no, pero nos llega a decir cómo también se apareció a Santiago, como reconoce Pablo que también él tuvo su encuentro con Cristo resucitado en el camino de Damasco. La liturgia nos ofrece este texto porque nos viene a ayudar en esa proclamación de nuestra fe, heredada de los Apóstoles, pero también por la mención a Santiago, que hoy estamos celebrando junto con Felipe. En el evangelio nos aparecerá Felipe en el diálogo con Jesús en la última cena.
Si nos fijamos bien en este texto del evangelio vemos que todo él es una invitación insistente a poner nuestra fe en Jesús. Felipe manifiesta su deseo, que era el deseo de todos los discípulos como es nuestro deseo según hemos reflexionando recientemente, de querer conocer más a Dios. ‘Muéstranos al Padre’, le pide a Jesús. Pero Jesús nos invita a poner toda nuestra fe en El; una fe que nos lleve a conocerle más, porque conociendo a Jesús estamos conociendo a Dios. ‘Quien me ha visto a mi, ha visto al Padre’, le responde Jesús.
Pero la respuesta de Jesús en cierto modo encierra una queja. Tanto tiempo con Jesús y aún no han terminado de conocerle. Ya hemos visto muchas veces cuánto les cuesta entender a Jesús, conocer a Jesús. Miremos a Jesús, conozcamos a Jesús, vivamos a Jesús y nos estaremos llenando de Dios. Porque nuestra mirada no es una mirada externa, el conocimiento de Jesús no es un conocimiento superficial que solo se fije en cosas; mirar a Jesús y conocerle es vivirle, es llenarnos de su vida, es irnos configurando con El para vivir su misma vida.
Y nosotros, ¿conocemos de verdad a Jesús? ¿ponemos en el toda nuestra fe y nuestra esperanza? Es nuestra tarea, la tarea de cada día. Si en verdad hemos comenzado a amar a Jesús, y a amarlo de verdad, cada día tendremos más deseos de su vida, tendremos ansias de escucharle y escucharle desde lo más hondo de nosotros mismos para dejarnos transformar por El, sin dejarnos reservas para nosotros. Y es que en el seguimiento de Jesús no podemos andas a medias tintas, nadando entre dos aguas, sino que por El hemos de aprender a darlo todo, a darnos totalmente.
Que la celebración de esta festividad de los dos santos apóstoles nos ayude a una vivencia profunda de nuestro ser cristiano, y de nuestro ser cristiano en Iglesia. Porque no vivimos nuestra fe por nuestra cuenta en solitario o a nuestra manera. Nuestra fe en Jesús tiene siempre, ha de tener un profundo sentido eclesial, porque a la Iglesia confió Jesús toda la gracia de la salvación para que a través de ella en la celebración de los Sacramentos y en la proclamación de la Palabra nos llegue esa gracia salvadora que nos llena de vida.
Que crezca nuestra fe; que crezca nuestro sentido de Iglesia; que crezca también nuestro espíritu misionero para llevar esa luz de la fe a los demás que quizá están a nuestro lado buscando hasta sin saberlo. ‘A toda la tierra alcanza su pregón’, repetíamos en el salmo. Como Felipe que con Andrés condujeron a aquellos dos gentiles que preguntaban por Jesús hasta el Maestro, nosotros por el testimonio de nuestra vida, pero también por  nuestra palabra valiente seamos capaces de conducir a la luz a tantos que se encuentran en las tinieblas por no tener fe y que solo en Jesús, en su encuentro con El podrán iluminar plenamente sus vidas. 

jueves, 2 de mayo de 2013


Fe, amor y alegría para contar a todos la gloria del Señor

Hechos, 15, 7-21; Sal. 95; Jn. 15, 9-11
‘Contad a los pueblos la gloria del Señor’, fuimos repitiendo en el salmo. ‘Contad a los pueblos su gloria, sus maravillas a todas las naciones… cantad al Señor, bendecid su nombre…’
Cantamos la alabanza del Señor, bendecimos a Dios y proclamamos su gloria contando a los pueblos las maravillas que hizo el Señor. Escuchábamos en la primera lectura de los Hechos de los Apóstoles cómo ‘toda la Asamblea hizo silencio para escuchar a Bernabé y Pablo que les contaron los signos y prodigios que habían hecho entre los gentiles con la ayuda de Dios’; como escuchábamos anteriormente ‘cómo Dios había abierto a los gentiles la puerta de la fe’.
Pedro corrobora también con la experiencia que él había tenido cuando el Espiritu del Señor bajó también sobre el centurión Cornelio, un pagano que también había abrazado la fe. Como les dice ahora Pedro ‘Dios que penetra los corazones mostró su aprobación dándoles el Espíritu Santo como a nosotros. No hizo distinción entre ellos y nosotros, pues ha purificado sus corazones con le fe… creemos que lo mismo ello que nosotros nos salvamos por la gracia del Señor Jesús’.
Contamos y cantamos las maravillas que hace el Señor que nos llama a todos a la fe. Contamos y cantamos las maravillas que hace el Señor que nos otorga la salvación por la gracia del Señor Jesús. Como  nos dirá san Pablo luego en la carta a los Efesios, ‘por pura gracia estáis salvados’. La salvación es una gracia del Señor, un regalo que nos hace el Señor no porque nosotros lo merezcamos sino por el amor que nos tiene.
¿Cómo hemos de responder nosotros? Con nuestra fe y con nuestro amor. La fe con la que le decimos sí a Dios, reconociendo su grandeza y su amor, reconociendo la gracia que nos regala con su salvación. La fe que es el sí que le damos a Dios viviendo esa vida nueva que nos ofrece. La fe es el Sí que le damos al Señor reconociendo que El es nuestro único Señor y Salvador.
Pero si con la fe le decimos sí a su amor, en su amor hemos de vivir; nos sentimos amados y no podemos menos que amar. Nos sentimos amados y porque creemos en El queremos permanecer unidos a El en su amor. La fe nos conduce al amor, como el amor de Dios ha despertado en nosotros la fe. Reconocemos su amor y le damos la respuesta de nuestra fe; renoconocemos que El es el Señor de nuestra vida porque creemos en El y le damos la respuesta de nuestro amor.
‘Como el Padre me ha amado, así os he amado yo: permaneced en mi amor’, nos decía Jesús en el Evangelio. Como hemos reflexionado estas palabras de Jesús se corresponden con las palabras de despedida de Jesús en la última cena. Nos muestra el amor que Dios nos tiene y nos dice que así amemos nosotros a Dios, así permanescamos unidos en su amor. Cuando le amamos y le damos respuesta con nuestra fe y con nuestro amor cumpliendo sus mandamientos vamos a permanecer unidos a El para siempre. Es despedida pero es decirnos que El estará siempre con nosotros en su amor y lo que nosotros hemos de hacer es permanecer en su amor.
Finalmente nos habla Jesús de la alegría. Cuánto lo necesitamos porque cuando creemos en El y le amamos no caben en nosotros las tristezas. Cuánto necesitamos que Jesús nos hable de alegría, porque El quiere que haya esperanza en nuestros corazones. Algunas veces caminamos por la vida y pareciera que se nos han acabado todas las esperanzas. Eso no tiene sentido en un cristiano que ha puesto toda su fe en Jesús. Los problemas nos agobian, la situación dificil por la que podamos estar pasando parece que desastabilizan el corazón, pareciera que nos envolviera la negrura del pesimismo y la desilución. Todo eso está lejos del sentir cristiano, todo eso tiene que estar lejos del que se dice creyente en Jesús.
La fe que tenemos en Jesús nos dice que de esas negruras podemos salir, que esos problemas pueden tener solución, que esas situaciones las podemos superar, que a esas dificultades por las que pasamos le podemos poner unos nuevos tintes de color y de luz, porque el Señor está con nosotros, porque su amor no  nos faltará nunca, y porque si vivimos intensamente en esa fe y en ese amor que ha de ser nuestra respuesta estaremos ya realizando una transformación en nosotros, en nuestros corazones, pero estaremos también ayudando a esa transformación de nuestro mundo.
‘Os he hablado de esto para que mi alegría esté en vosotros y vuestra alegría llegue a plenitud’. Vivamos con entusiasmo la alegría de nuestra fe y que eso se manifieste en nuestras actitudes, en las sonrisas de nuestros rostros y en la ilusión y esperanza de la que contagiemos a nuestro mundo. 

miércoles, 1 de mayo de 2013


El trabajo que nos ennoblece y nos hace creadores para la gloria de Dios

Col. 3, 14-15.17.23-24; Sal. 89; Mt. 13, 54-58
‘¿De dónde saca toda esa sabiduría y esos milagros? ¿No es éste el hijo del carpintero?... ¿de dónde saca todo eso?’ Así se preguntaban sus convecinos de Nazaret cuando escuchaban a Jesús en sus enseñanzas y contemplaban los milagros que hacía.
El hijo del carpintero, así conocían a Jesús. Así mencionaban a José a quien hoy una vez más estamos celebrando, el carpintero de Nazaret, el esposo de María de la cual nació Jesús, llamado el Cristo, como dice el principio del evangelio de Mateo en la genealogía.
La liturgia nos ofrece este texto con esta mención en esta celebración que hacemos en el primero de Mayo en honor de san José, contemplándolo desde ese aspecto de hombre trabajador. La festividad litúrgica principal de san José es el 19 de Marzo, pero en este día para ayudarnos a darle un sentido cristiano a la fiesta del trabajo que en el ámbito civil se celebra el Papa Pío XII instituyó esta fiesta en honor de san José, llamándola la fiesta de san José obrero.
‘Creced, multiplicaos, llenad la tierra y sometedla’, es el mandato de Dios al hombre en la creación. El hombre dotado de inteligencia y voluntad, con todas las capacidades que tiene en su naturaleza humana, se desarrolla a través del trabajo que viene a ser camino de plenitud para el hombre. En el uso de su inteligencia, en la capacidad creadora de su ser, desarrollando sus cualidades, sus potencialidades, sus valores el hombre se desarrolla así mismo. El trabajo hace al hombre creador en el desarrollo de si mismo y para bien de la humanidad y de la creación.
El trabajo no es un castigo para el hombre ni una maldición. Las consecuencias del pecado sí endurecerán el trabajo del hombre porque lo llenamos al mismo tiempo de ambiciones y orgullos, de egoísmos y maldades que nos hacen insolidarios y que nos enfrentan unos a otros en ese camino de la vida convirtiéndonos en dominadores los unos de los otros. Pero eso son las consecuencias del pecado, no del trabajo en si.
Si lo que buscáramos fuera ese desarrollo de todas esas potencialidades que hay en nosotros y no pensando solo en nosotros mismos sino en el bien de esa humanidad a la que pertenecemos, encontraríamos la verdadera riqueza de nuestro trabajo, que no es solo ni principalmente un lucro económico. Es en lo que tendríamos que reflexionar para llegar a descubrir su verdadero valor y la verdadera riqueza que nos va a ayudar a ser grandes de verdad. Lejos de materializarnos y embrutecernos en el trabajo nos haríamos creadores y llenos de nobles valores.
Hoy contemplamos a San José, el carpintero de Nazaret, hombre justo y trabajador que además fue forjador en lo humano de Jesús, que si era verdadero Dios era también verdadero hombre. ¿Cómo sería el trabajo en aquel hogar de Nazaret? Y pensamos en el trabajo de José, pero pensamos en el trabajo de toda la familia, de María y de Jesús que también trabajó con sus manos en el mismo taller de José.
Hoy nos ha dicho algo hermoso la carta del apóstol san Pablo a los Colosenses. ‘Todo lo que de palabra o de obra realicéis, sea todo en nombre de Jesús, ofreciendo la Acción de gracias a Dios Padre por medio de él’. Todo para la gloria del Señor como tantas veces decimos. Sí, nuestro trabajo, nuestro actuar, ese desarrollo y ese crecimiento de la persona en sus valores y cualidades creadoras, sea siempre para la gloria de Dios.
Que cada tarea que vayamos realizando en nuestra vida seamos capaces de hacerla siempre en el nombre del Señor como cuando Pedro echó las redes para la pesca, y así estaremos siempre dando gloria a Dios.

martes, 30 de abril de 2013


Como aquellas comunidades tengamos interés y sintamos como propia toda la actividad y vida de la Iglesia

Hechos, 14, 18-27; Sal. 144; Jn. 14m 27-31
‘Se embarcaron para Antioquía, de donde los habían enviado con la gracia de Dios, a la misión que acababan de cumplir’. Recordamos cómo estando la comunidad en oración en Antioquía Saulo y Bernabé fueron escogidos por el Espíritu para una misión que se les iba a confiar. Con esa fuerza del Espíritu habían recorrido grandes territorios anunciando la Palabra de Dios.
El texto que hoy escuchamos es el final de ese viaje que nos resume la actividad que iban realizando. ‘En cada Iglesia designaban presbíteros, oraban, ayunaban y los encomendaban al Señor en quien habían creído’. Ahora ‘al llegar a Antioquía, reunieron a la comunidad, les contaron lo que Dios había hecho por medio de ellos y cómo había abierto a los gentiles la puerta de la fe’.
Hay varios aspectos que convendría destacar. La tarea no fue fácil; el recorrido fue largo y en no todos los lugares tuvieron la misma acogida y aceptación. No faltaron las persecuciones como Jesús lo había anunciado, y ya habíamos contemplado al principio de los Hechos de los Apóstoles. En Iconio habían intentado ya apedrear a Pablo y Bernabé y se habían marchado a Listra y Derbe. En principio habían sido bien aceptados pero llegaron judíos de Antioquía de Pisidia y de Iconio y soliviantaron a la gente de manera que apedrearon a Pablo y lo arrastraron fuera de la ciudad.
Pero el apóstol continúa con su misión en su fidelidad al encargo recibido del Señor. Es como lo vemos completar el recorrido y van dejando fortalecidas aquellas incipientes comunidades de creyentes. ‘Se habían abierto a los gentiles las puertas de la fe’, dirían más tarde. Todo terminan compartiéndolo con la comunidad de donde habían partido ‘con la gracia del Señor’.
Alguien podría pensar - y algunas veces uno lo ha escuchado - qué nos puede interesar todos esos recorridos y esas peripecias de los apóstoles recorriendo esos caminos de anuncio del Evangelio. Son historias pasadas, escuchamos en ocasiones decir algunos. Historias pasadas, respondemos, que tienen su actualización en el día a día del anuncio del Evangelio hoy.
Pero ¿en verdad hoy nuestras comunidades están interesadas por las tareas de la evangelización que la Iglesia va haciendo por todas partes? Hemos de reconocer, es la tarea de la Iglesia, es nuestra tarea. Realizada por nuestros misioneros, nuestros sacerdotes, la gente comprometida en el apostolado en distintos movimientos dentro de la Iglesia, pero hemos de sentir que es la tarea de todos y a todos tendría que afectarnos.
Tendríamos que mostrar más interés por lo que sucede en nuestra iglesia, y no solo para criticarla si hay cosas que no nos gustan o alguien hace algo mal. Es interés por todo lo que realiza la Iglesia, y deberíamos tener más conocimiento de lo que se hacen en nuestras parroquias, o en las comunidades cristianas de nuestro entorno, como en todo el ámbito de la Iglesia.
Nos hablaban hoy los Hechos de los Apóstoles de la persecución que en este caso sufrió Pablo al ser apedreado, pero ¿somos conscientes de tantos cristianos que en tantos lugares de nuestro hoy, en nuestro siglo, siguen sufriendo persecución? En muchos lugares no se deja predicar el evangelio, hablar de Jesús, o se queman nuestras Iglesias o se mira mal las actividades de los cristianos, pero seguimos quizá sin enterarnos o no le damos importancia, o son noticias que no salen nunca en las primeras páginas de los medios de comunicación.
Que se despierte nuestro amor a la Iglesia; que busquemos la manera de tener conocimiento de todo lo que es la vida de la Iglesia. Que con nuestra oración seamos esa comunidad que está detrás apoyando toda esa inmensa labor que realiza la Iglesia en tantos ámbitos tan diversos también. Oremos por la Iglesia.

lunes, 29 de abril de 2013


Señor, ¿qué ha sucedido para que te muestres a nosotros y no al mundo?

Hechos, 14, 5-17; Sal. 113; Jn. 14, 21-26
Seguramente habremos tenido la experiencia cuando ha surgido una amistad entrañable entre dos personas llegando a un buen entendimiento y comunicación sincera en que uno se pregunta cómo es que se ha llegado a una relación de amistad tan hermosa, cómo ha nacido esa comunicación y esa confianza sincera, por qué uno se siente tan querido por ese amigo. Ha surgido, ha crecido la amistad y el cariño sincero y ahí está esa hermosa comunicación e intercambio de sentimientos que nos lleva a una comunión profunda.
Pienso que algo así les estaba sucediendo a los discípulos de Jesús y de manera especial al grupo de los Doce Apóstoles que Jesús se había escogido de manera especial, por lo que ahora Judas, no el Iscariote como matiza muy bien el evangelista, se pregunte y le pregunte a Jesús ‘Señor, ¿qué ha sucedido para que te muestres a nosotros y no al mundo?’ Como veremos más adelante Jesús les dirá que los llama amigos, no siervos, porque a ellos les ha revelado todos los secretos del Padre.
¿Qué ha sucedido? nos preguntamos nosotros también. Claro que también tendríamos que preguntarnos qué es lo que tiene que suceder entre nosotros y Jesús. La cercanía, el encuentro, el escucharnos con sinceridad mutuamente hacen la amistad, y hacen que vaya creciendo el calor del amor en el corazón. ‘El que sabe mis mandamientos y los guarda, ése me ama, y al que me ama lo amará mi Padre y lo amaré yo y me mostraré a él’, les había dicho Jesús.
No era la relación de curiosidad de escuchar cosas interesantes o bonitas por el mero hecho de aprender lo que había entre los discípulos y Jesús de forma mutua. Era algo más hondo, porque nacía más y más el amor el corazón de los discípulos por Jesús, porque también se sentían amados por Jesús.
Y Jesús les habla de esa comunión nueva y profunda que va a surgir entre ellos y Jesús. ‘El que me ama guardará mi palabra y mi Padre le amará, y vendremos a él y haremos morada en él’. Cuando entramos en esa órbita del amor de Dios, queriendo escucharle, pero queriendo también realizar su voluntad, queriendo amarle y dejándonos amar por el Señor, Dios va a llenar, a inundad nuestro corazón con su presencia y con su amor, de manera que nos haremos morada de Dios. ‘Vendremos a él y haremos morada en él’.
¿No decimos que por el Bautismo nos convertimos en templo del Espíritu Santo y morada de Dios? No son meras palabras teóricas, no son cosas automáticas y simplemente rituales. Si podemos llegar a eso, y el Bautismo es el signo sacramental por el que se realiza, es porque nosotros en nuestra vida le hemos dado el sí de nuestra fe y de nuestro amor a Dios; decimos que queremos seguir a Cristo pero es que seguir a Cristo significa ese dejarnos inundar por el amor de Dios para que sea su amor lo que plenifique nuestra vida; será desde ese amor de Dios que nos llega en Jesús donde le demos sentido profundo a nuestra vida y ya en nosotros todo ha de ser siempre buscar la voluntad de Dios y amar a Dios y amar a los hermanos desde lo más profundo de nuestra vida. Sentiremos entonces como Dios está morando en nuestro corazón y nuestro vivir es Cristo porque ya no vivamos sino para El.
Pero es tarea nuestra de querer crecer en ese amor y en esa amistad con el Señor desde nuestra oración, desde la escucha de la Palabra, desde ese ir rumiando lo que es la voluntad del Señor allá en lo hondo de nuestro corazón. Es ese crecimiento espiritual del que hemos hablado también tantas veces, esa espiritualidad que hemos de vivir hondamente para seguir a Jesús. 

Es hermoso y es profundo todo esto que estamos reflexionando; algo que nos llena de alegría y de plenitud. Algo quizá que nos cuesta llegar a entender en toda su profundidad y algo que también nos costará muchas veces vivir por tantas limitaciones y debilidades como hay en nosotros. Pero Jesús nos promete la asistencia del Espíritu Santo, el que vendrá y nos lo revelará todo, pero también nos dará la fuerza de la gracia para que podamos vivirlo. 

domingo, 28 de abril de 2013


El amor nuevo que nos pide Jesús y que es nuestro distintivo

Hechos, 14, 21-27; Sal. 144; Apoc. 21, 1-5; Jn. 13, 31-35
No es posible creer en Dios-Amor y seguir atrapado en la telaraña de nuestros egoísmos y mezquindades. Sólo quien es amado y se siente amado es a su vez capaz de amar. Quienes hemos vivido en toda su intensidad el misterio pascual de Cristo no podemos menos que amar y amar en el estilo y la manera de cómo nosotros hemos sido amados. Y nosotros seguimos celebrando la Pascua.
Hemos escuchado en el Apocalipsis: ‘El que estaba sentado en el trono dijo: lo hago todo nuevo’. Es el fruto más brillante de la pascua. Un mundo nuevo tiene que surgir de la pascua. ‘Un cielo nuevo y una tierra nueva, el primer cielo y la primera tierra han pasado…’ Es el amor nuevo que hemos de vivir y que nos ha de distinguir para siempre. El amor será el carné de identidad de los cristianos porque es signo concreto de una fuerza misteriosa inaccesible al ser humano: la fuerza del amor de Dios que se revela en su Hijo Jesús.
Es el mandato de Jesús que hoy le escuchamos en el evangelio. Un mandamiento nuevo,  nos dice. Mandamiento nuevo, ¿por qué? El amor está impreso en el corazón del hombre, podríamos decir, desde su misma naturaleza humana, desde su misma humanidad. Un amor que nos hace entrar en relación con nuestros semejantes en la que el ser humano se afianza a sí mismo en una relación mutua buscando armonía y entendimiento para alejar de sí aquello que le pudiera destruir, si todo lo basáramos en un enfrentamiento y en una lucha. Por el mismo amor a la vida el ser humano buscará ese entendimiento en el amor para evitar su destrucción. Por eso podemos decir que está impreso en el ser más intimo del hombre, de la persona, aunque pudiéramos dañarlo desde intereses que solo le hicieran mirarse a si mismo y nos pudiera volver egoístas. 
En la medida en que Dios se va revelando a la humanidad nos va revelando también la grandeza del ser humano construido desde el amor. El mandamiento del amor desde lo que es la voluntad del Dios está patente y claro también en el Antiguo Testamento porque ya los diez mandamientos nos enseñan a buscar el respeto y el valor de toda persona y en consecuencia el amor, nacido desde ese amor de Dios que expresamente se manifiesta en lo que es la historia de la salvación en el antiguo pueblo de Israel, en el Antiguo Testamento.
El mandamiento, pues, de amarnos los unos a los otros no es nuevo en sí mismo, sin embargo Jesús nos dice que nos da un mandamiento nuevo que es el amarnos los unos a los otros. ¿Dónde está la novedad? podríamos preguntarnos. La novedad está en la manera cómo ha de ser ese amor, porque Jesús nos dice que hemos de amarnos como El nos ama a nosotros. Esa es la novedad y esa es la Buena Noticia. ‘Os doy un mandamiento nuevo: que os améis los unos a los otros; como yo os he amado, amaos también entre vosotros’. Y como nos dice a continuación esa será la señal por la que nos reconocerán como discípulos de Jesús.
Mandamiento nuevo del amor porque constituye el único y radical compromiso de la Alianza nueva y eterna instaurada por Jesús en su entrega suprema de amor; mandamiento de amor recíproco - amarnos los unos a los otros - porque ya para siempre nadie será superior al otro porque además todos necesitamos del amor del otro.
Pero mandamiento nuevo del amor porque se funda en el amor de Jesús - ‘como yo os he amado’, nos dice - que es el modelo supremo de nuestro amor. ‘Si yo el maestro y el Señor os he lavado los pies, así debéis lavaros los pies los unos a los otros’, nos diría al principio de la cena pascual después de haber realizado el signo.
El amor que nos está pidiendo Jesús que nos tengamos tiene unas características muy precisas y hermosas, tenemos que reconocer. Será un amor generoso, rompedor de límites, gratuito, misericordioso, liberador y que nos hace entrar en una nueva comunión con resplandores y anuncios de plenitud y de eternidad.
Un amor que no tiene limites a la hora de dar ni de darse, que sabe esperar siempre y siempre dispuesto a comprender y a perdonar; un amor que nos hace humildes y sencillos para abajarnos siempre y ponernos en la actitud del servicio desinteresado; un amor generoso que ama a todos porque nadie se considerará ya un enemigo, y que llega a todos, al cercano y al lejano, al amigo de siempre y al desconocido.
Será un amor gratuito que ni se fija en méritos ni busca méritos ni recompensas sino que siempre será gracia - gratuito - como lo es la gracia del Señor que envía la lluvia o hace salir el sol sobre malos y buenos, sobre justos o injustos; un amor que se hace extraño en un mundo de intereses y de búsquedas de recompensas, donde todo se paga o se compra, pero que actúa entonces en la sintonía de Dios, mucho más hermosa que todas nuestras interesadas sintonías humanas.
Será un amor entrañable, como entrañable es la ternura y la misericordia de Dios como se nos refleja en el pastor que busca la oveja perdida o el padre que espera siempre con un corazón lleno de ternura tanto al hijo pródigo que se marchó como al hijo orgulloso que se quedó en la casa del padre para sentirse superior sobre su hermano. Es un amor siempre dispuesto a perdonar no una sino hasta setenta veces siete porque siempre ve en el otro un hermano y no será capaz nunca de tirar la primera piedra del juicio y la condena porque primero reconoce su debilidad y su propio pecado.
Será un amor liberador, porque amando de verdad nos liberamos de tantas cosas que nos atan por dentro, pero que será siempre una mano tendida al hermano para levantarlo, para restablecerlo en su dignidad, para ayudarle a caminar, para hacerle sentirse nuevo porque se sentirá querido y amado, comprendido y perdonado.
Será un amor que nos hará entrar en una relación nueva con el otro que es algo más incluso que un compartir solidariamente o una amistad, porque será empatizar desde lo más hondo con el otro para saber vivir una nueva relación de comunión, una nueva relación que nos hará saber comulgar también con el otro para amarlo desde lo más profundo, sea quien sea.
Y será un amor permanente, un amor que no desfallece ni se agota ni por el paso del tiempo ni por los contratiempos que puedan surgir, porque será un amor a la manera del amor que el Señor nos tiene que siempre es fiel en su amor por nosotros; un amor que nos abre a horizontes de plenitud y de eternidad porque nos hace participar del amor eterno e infinito de Dios.
Un amor nuevo, un amor distinto es el amor que nos pide Jesús y que nos enseña a vivirlo con su propio amor. Un amor de lo más humano pero también de lo más divino; un amor humilde, servicial, misericordioso; un amor que es paciente y que llena de esperanza; un amor delicado y fuerte, comprensivo y exigente; un amor que comparte el dolor y la alegría, un amor que sana y que libera; un amor que nos hace entrar en la más profunda comunión con el hermano y que nos acerca a Dios, al mismo tiempo que hace presente a Dios. Un amor que se alimenta en el amor de Dios y que al mismo tiempo se hace ofrenda y sacrificio porque en el amor - ahí está lo que es el amor y la entrega de Jesús - el mundo va a encontrar salvación.
‘Os doy un mandamiento nuevo: que os améis los unos a los otros; como yo os he amado, amaos también entre vosotros. Es la señal por la que conocerán todos que sois discípulos míos…’ ¿Se nos reconocerá por ese amor?