Vistas de página en total

miércoles, 22 de julio de 2009

María Magdalena, la primer testigo de Jesús resucitado

Cantar de los Cantares, 3, 1-4
Sal. 62
Jn. 20, 1-2. 11-18


‘¿Qué has visto de camino, María, en la mañana? A mi Señor glorioso, la tumba abandonada, sudarios y mortaja… resucitó de verás mi amor y mi esperaza’. Hermoso diálogo con María Magdalena a quien hoy celebramos en la antífona de hoy tomada de la secuencia o himno pascual del día de la resurrección del Señor.
María Magdalena pecadora pero enamorada hondamente del Señor. De ella nos dice el evangelista Jesús había arrojado siete demonios; una referencia quizá a su condición de mujer pecadora que se acercó a Jesús y porque amó mucho se le perdonaron sus muchos pecados. ‘Porque amó mucho se le perdonan sus muchos pecados’, le dirá Jesús a Simón el fariseo que había invitado a Jesús.
‘Me levanté y busqué por las calles y las plazas el amor de mi alma; lo busqué y no lo encontré… apenas los pasé, encontré al amor de mi alma’, canta la esposa en el Cantar de los Cantares. Y en el salmo hemos clamado ‘mi alma es tá sedienta de ti, Señor, Dios mío… mi alma tiene ansia de ti, como tierra reseca, agostado, sin agua’, repetimos y meditamos en el salmo expresando el deseo de amor de María Magdalena que quiere ser también nuestro deseo de Dios. No es necesario meternos en fantasías y especulaciones como los apócrifos hicieron o quieren hoy resaltar autores modernos de modo, para comprender lo que es el corazón lleno de amor de Magdalena a quien tanto le había dado con su llamada y su perdón.
Un amor grande que le hizo seguir a Jesús con otras mujeres que le servían, amor grande por el que la encontramos al pie de la cruz en el calvario junto con la Madre de Jesús; amor grande que nos la hace encontrarla a la entrada del sepulcro, ahora llorosa porque ‘se han llevado el cuerpo de Señor’; amor que la convertirá en la primer testigo de la resurrección del Señor y la primera misionera que llevará la noticia de la resurrección a los demás apóstoles. Los santos padres dirán de María Magdalena que fue ‘apóstol de los apóstoles’, por esa misión que le encomendó el Señor.
Bello el diálogo del evangelio. ‘Mujer ¿por qué lloras?’ ,le preguntan primero los ángeles cuando está postrada y llorosa a la entrada del sepulcro. ‘Porque se han llevado a mi Señor y no sé donde lo han puesto’, fue su respuesta.
‘Mujer, ¿por qué lloras? ¿a quién buscas?’ será ahora la pregunta que Jesús mismo le haga, aunque sus lágrimas le impiden conocerlo. Ella busca un cuerpo muerto pero allí está Cristo vivo y lo confunde con el hortelano. ‘Señor, si tú te lo has llevado, dime donde lo has puesto y yo lo recogeré’. Será cuando Jesús la llame por su nombre ‘¡María!’ - ¡Cómo sería esa llamada de Jesús a María por su propio nombre! - cuando llegue el reconocimiento y la proclamación de fe. ‘¡Rabboni!...Maestro’, será la aclamación.
‘Anda, ve a mis hermanos y diles: Subo al Padre mío y Padre vuestro, al Dios mío y Dios vuestro… María Magdalena fue y anunció a los discípulos: he visto al Señor y me ha dicho esto…’ La primera mensajera, el primer testigo, el primer apóstol que anuncia la resurrección del Señor.
Celebramos a María Magdalena y aprendemos de su arrepentimiento, reconociendo que somos pecadores, y de su amor. Ofrenda de amor hemos de saber hacer nosotros a Dios, como lo hizo ella, que aceptará con tanta misericordia nuestro Señor Jesús, como expresamos en una de las oraciones de la liturgia.
Celebramos a Magdalena y como ella nos llenamos de la alegría pascual, para correr también a los demás gozosos y convencidos de que Jesús es el Señor y resucitó. Que escuchemos también la llamada que el Señor nos hace por nuestro propio nombre allá en lo más hondo de nosotros mismos.
Celebramos a María Magdalena y queriendo dar testimonio de Jesús ahora mientras caminamos por esta vida, también ansiamos que un día podamos verle cara a cara en el reino eterno de Dios, como también pedimos en las oraciones de esta liturgia. María Magdalena ya contempló cara a cara a Cristo resucitado; nuestra esperanza es que un día también nosotros podemos contemplarlo en el cielo para darle toda la gloria que como Dios se merece.

martes, 21 de julio de 2009

El mar rojo, paso de la esclavitud a la libertad, nos recuerda el bautismo

Ex. 14, 21-15, 1
Cántico Ex.15, 8-12.17
Mt. 12, 46-50


Hay tres momentos importantes en la historia de Israel en torno a la liberación de los Israelitas de Egipto: La celebración de la Pascua y la salida de Egipto, el paso del mar Rojo y la celebración de la Alianza en el Sinaí.
Hoy nos encontramos en el segundo momento, el paso del Mar Rojo; días atrás hemos escuchado todo lo referencia a la celebración de la Pascua y la preparación de la salida de Egipto. El paso del Mar Rojo tiene un significado muy especial para los Israelitas, pero tiene también para nosotros, los cristianos, un hondo significado.
Para los judíos fue el momento de la ruptura con el mundo anterior en que vivían en la esclavitud para abrirse camino hacia la libertad y hacia la tierra que les había prometido el Señor. Geográficamente incluso tiene ese sentido porque atravesar el Mar Rojo era dejar atrás Egipto y entrar ya en las fronteras de una tierra nueva.
Fueron momentos difíciles de duda, como volverán a repetirse muchas veces en su largo peregrinar. Atrás que Egipto y la esclavitud. Delante se abre un camino, aún duro, que lleva a la tierra de nueva vida y de libertad. Pero, repito, quedan las dudas en el interior sobre si merece la pena emprender ese camino. Más aún, cuando se ven acosados teniendo enfrente el mar como una barrera que han de atravesar con su dificultad, pero detrás tienen al Faraón que, arrepentido de dejarlos marchar, viene en su persecución.
‘¿No había sepulcros en Egipto? Nos has traído a morir en el desierto. ¿Qué es lo que has hecho con nosotros sacándonos de Egipto? ¿No te lo decíamos en Egipto? Déjanos en paz y serviremos a los egipcios; más nos vale servir a los egipcios que morir en el desierto’. Era la queja contra Moisés. Era la duda en su corazón. ¿No será también nuestra duda y tentación? Emprendemos un camino de superación queriéndonos arrancar de nuestros pecados y esclavitudes; pero es necesario el sacrificio y el esfuerzo; queremos muchas veces volvernos atrás, porque nos parecía que aquella vida era mejor.
‘No tengáis miedo; estad firmes y veréis la victoria que el Señor os va a conceder hoy… el Señor peleará por vosotros, esperad en silencio’. También nosotros necesitamos escuchar esa Palabra de aliento en la presencia del Señor.
Y se manifestó la gloria del Señor. ‘Moisés extendió su mano sobre el mar, y el Señor hizo soplar durante toda la noche un fuerte viento del este que secó el mar y se dividieron las aguas. Los israelitas pasaron el mar a pie enjuto, mientras las aguas formaban una muralla a derecha e izquierda…' El pueblo agradecido reconoció la acción del Dios que les liberaba y entonaron el canto de victoria en la alabanza al Señor. ‘Cantemos al Señor, sublime es su victoria’. Ya podían caminar como pueblo libre hacia la tierra prometida aunque el camino aún sería largo.
Pero decíamos también que este hecho tiene un hondo significado para nosotros los cristianos. El paso del Mar Rojo es imagen para nosotros del Bautismo. Pasamos también en medio de las aguas que nos liberan y dan nueva vida. Es para nosotros también un nuevo nacimiento, como lo fue para aquel pueblo.
Como decimos en la liturgia bautismal a la hora de bendecir el agua del Bautismo, ‘hiciste pasar a pie enjuto por el mar Rojo a los hijos de Abrahán para que el pueblo liberado de la esclavitud del Faraón fuera imagen de la familia de los bautizados’.
Hemos cruzado nuestro mar Rojo en las aguas del Bautismo. Caminemos alegres, victoriosos hacia la vida nueva. No nos faltarán tentaciones que nos quieran volver a arrastrar a la esclavitud del pecado, pero somos los que ya hemos sido liberados. Así tenemos que vivir.

lunes, 20 de julio de 2009

No endurezcamos nuestro corazón sino contemplemos la gran señal que es Cristo resucitado

Ex. 14, 5-18
Cántico Ex. 15, 1-6
Mt. 12, 38-42

‘No endurezcáis hoy el corazón, sino escuchad la voz del Señor’. Ha sido la antífona del aleluya antes del Evangelio tomada de un salmo. Una invitación muy importante que nos hace el Señor ante la Palabra que se nos proclama. No endurecer el corazón. Un corazón duro se hace impenetrable a la gracia del Señor. Ya tendríamos que recordar lo que no dicen los profetas de cambiar nuestro corazón de piedra por un corazón de carne.
Lo endurecemos y se crea como una costra a su alrededor que impide que penetre esa gracia del Señor. Esa corteza de nuestro pecado que nos endurece e insensibiliza. Tantas cosas que nos insensibilizan y nos impiden escuchar la voz del Señor, cosas que nos distraen tanto que aunque oigamos no escuchamos.
Tantas veces nos sucede a nuestro oído llegan los sonidos pero a nuestro corazón no llega ninguna voz, porque no escuchamos. La imaginación – la loca de la casa, que decía santa Teresa - llena de imágenes nuestra mente que nos distraen y nos impiden escuchar. Perdemos esa sensibilidad de la escucha cuando nos dejamos llevar por la desgana, por la rutina, cuando no le damos profundidad a aquello en lo que estamos. Cuantas veces nos sucede que hemos venido a la celebración, se proclama la Palabra, pero al final ni recordamos lo que se ha dicho, ni hemos escuchado nada en nuestro interior.
Esta antífona tiene una relación muy fuerte con el evangelio que se nos ha proclamado. ‘Un grupo de letrados y fariseos dijeron a Jesús: Maestro, queremos ver un signo tuyo, para que creamos en ti’. Le piden un signo a Jesús. ¿No han visto los milagros que ha hecho? Los leprosos curados, los paralíticos que andan, lo ciegos a los que se les han abierto los ojos, los sordomudos que oyen y hablan… Quieren ver un signo de Jesús. ¿No han escuchado su Palabra, esa Palabra salvadora y llena de vida que Jesús pronuncia?
‘Jesús les contestó: esta generación perversa y adúltera quiere ver una señal…’ Y les habla de Jonás, por cuya predicación la ciudad entera de Nínive se convirtió. Y les habla de la reina del sur, que conociendo la sabiduría de Salomón vino desde lejos solamente para escucharle. ‘Aquí hay uno que es más que Jonás… aquí hay uno que es más que Salomón’.
Pero la gran señal, el gran signo que Jesús quiere proponerles es Jonás, pero no sólo por la predicación en Nínive, sino por lo que fue y sucedió en su vida. Cuando Jonás recibió la Palabra del Señor que le enviaba a Nínive, en lugar de ponerse en camino tierra adentro para llegar hasta la gran ciudad, quiso poner mar por medio y se embarco en dirección contraria; a España por lo menos quería llegar. Suceden muchas cosas: la tempestad que casi hace zozobrar el barco, el ser arrojado al mar en medio de la tormenta porque comprende su culpa y piensa que así se vería liberado de ella, el ser tragado por aquel gran cetáceo que a los tres días lo vomitó sano y vivo en la playa.
Ese es el gran signo que Jesús les quiere proponer. ‘No se les dará más signo que Jonás’. El signo de Jonás nos está hablando de la resurrección. Porque Jesús está hablándoles de su propia resurrección. Murió, fue sepultado y al tercer día resucitó. Es la gran señal que Jesús nos da; es el signo de nuestra fe: Cristo muerto y resucitado. Es el gran signo porque es el triunfo de Cristo y es lo que centra toda nuestra fe, porque sin creer en Cristo muerto y resucitado nuestra fe no tendría pleno sentido.
Escuchemos la voz del Señor, contemplemos a Cristo muerto y resucitado, no endurezcamos nuestro corazón, plantemos la palabra de gracia que nos salva en lo más hondo de nuestra vida. No huyamos de esa gracia salvadora de Jesús ni de la invitación que nos hace a seguirle y a convertirnos a El.

domingo, 19 de julio de 2009

Muros que nos dividen y separan… Cristo vino a traernos la paz


Jer. 23, 1-6;

Sal. 22;

Ef. 2, 13-18;

Mc. 6, 30-34


A la Palabra de Dios tenemos que acercarnos siempre con sinceridad y corazón abierto para poder escuchar mejor lo que el Señor quiere decir a cada uno en particular para iluminar su vida; pero también somos una comunidad peregrina y orante, una comunidad creyente reunida en asamblea a la que como tal comunidad el Señor quiere dirigir una Palabra viva que aliente y dé ánimos al pueblo creyente y peregrino.
Cada uno escucha en su interior esa Palabra que el Señor nos dirige. Y el sacerdote con su comentario y reflexión quiere ayudar a que todos nos podamos acercar, entender y llevar a la vida esa Palabra proclamada en la celebración litúrgica. El sacerdote quiere ser ese pastor bueno, del que nos habla el profeta, al que el Señor ha confiado esta parte de su rebaño y al que tiene que llevar por buenas sendas y alimentar con el mejor alimento de la Palabra. Quiero ahora fijarme en algunos aspectos que a mi me sugiere la Palabra hoy proclamada.
Nos habla el profeta Jeremías de ovejas dispersas por todas partes. Nos habla el evangelio de una multitud que corre en búsqueda de Jesús desde todas partes y que andaban como ovejas sin pastor. Y nos describe tras el mensaje que quiere trasmitirnos una situación que Cristo viene a remediar con su sangre y con su muerte en la cruz; nos habla de gentes y de pueblos divididos por el odio y por la falta de paz.
Contraponiéndolo a esa descripción el profeta, por ejemplo, anuncia que el Señor reunirá a las ovejas dispersas y, como nos dice Pablo, Cristo viene a derribar ese muro que nos separa para que tengamos paz. Y en el evangelio descubrimos que, aunque se habían ido a un lugar tranquilo y apartado a descansar, Jesús al ver la multitud sintió lástima de aquellas gentes hambrientas de Dios y de su Palabra y se puso a enseñarles pacientemente.
Jesús nos sale al encuentro y viene a nosotros con su Palabra, con su gracia, con su vida. ¿Estaremos nosotros desorientados también como ovejas sin pastor? ¿Seremos como aquellas ovejas dispersas por todas partes de las que nos habla el profeta? Miremos la realidad de nuestra vida y nuestro mundo y sabremos dar respuesta. ¿Hay hambre de Dios? ¿Hay dispersión, desorientación o falta de paz en los corazones y en nuestro mundo? ¿Hay muros que nos dividen y separan? Quiero recoger simplemente las imágenes que nos ofrecen los textos de la Palabra de Dios hoy proclamada.
¡Cuánta gente acude en ocasiones fervorosa ante una imagen de la Virgen, un santuario de devoción especial o en la fiesta que celebremos al patrono de nuestro pueblo y sólo quizá se quedan en eso! Pero ¡cuántos pasan indiferentes ante ese hecho religioso y viven con una vida al margen de la fe y de toda experiencia religiosa! Pero ¡cuántos también, tenemos que reconocer, que luego no llegan hasta un compromiso de la vida con la fe, viven situaciones en su vida, en su trabajo, en sus relaciones familiares o con los demás difíciles de compaginar con una fe cristiana comprometida, o cuántos viven con el corazón roto por el rencor, el odio, la envidia, los resentimientos y actitudes negativas semejantes! ¿No es eso una manifestación de esa desorientación y dispersión?
Sí, conocemos la realidad de ese mundo dividido y roto, de la falta de unidad para saber caminar juntos en la vida – ¡cuánto cuesta a veces un sentido de comunidad! -; no sabemos a veces colaborar juntos para luchar unidos por una sociedad mejor, o nos cuesta ser solidarios en momentos de crisis o de las malas situaciones por las que pasemos.
A la gente le cuesta entenderse y arrimar el hombro para cada uno poner su granito de arena en la solución de los problemas comunes. Y suceden estas cosas a nivel político o social y a veces nos sucede también en el ámbito de nuestras comunidades cristianas y de nuestra Iglesia, aunque sea duro hay que reconocerlo. Somos desconfiados de los demás, nos encerramos en nuestras ideas o ideologías, nos enfrentamos por cualquier cosa, nos volvemos insolidarios y egoístas.
No quiero cargar las tintas en negruras, porque sabemos que no todos son así, pero si echo esta mirada cruda a la realidad en esta reflexión es porque pienso que Cristo viene con su Palabra a iluminar todas las situaciones de nuestra vida. No podemos espiritualizar tanto la salvación que Jesús nos ofrece que nos olvidemos del hombre en su situación y problemática humana concreta al que Cristo quiere salvar, para el que Cristo quiere ser su Salvador. Es el Salvador de todos los hombres y de todo hombre en todos y cada uno de los diferentes aspectos de su vida.
Como escuchamos en el Evangelio a Cristo le dio lástima aquellas personas concretas que estaban ante El con la problemática concreta que tuvieran en su vida. Y san Pablo nos habla de que Cristo vino a derribar los muros que nos separaban, vino a derribar el odio y vino a traer la paz. Y esas actitudes de las que hemos hablado anteriormente, ¿no serán muros que nos dividen y separan? Cristo quiere derribarlos, para eso ha derramado su Sangre.
Cristo vino para que ‘hiciéramos las paces, nos dice san Pablo, para hacer en El un solo hombre nuevo’. Ese hombre nuevo del entendimiento, de la unión y la colaboración; ese hombre nuevo comprometido por hacer un mundo mejor; ese hombre nuevo del amor y de la paz. ‘Reconcilió con Dios a los dos pueblos, uniéndolos en un solo cuerpo mediante la cruz, dando muerte, en él, al odio. Vino y trajo la noticia de la paz: paz a vosotros los de lejos; paz también a los de cerca. Así, unos y otros, podemos acercarnos al Padre con un mismo Espíritu’.
Todo eso tenemos que vivirlo ahí en ese mundo, en ese lugar concreto donde estamos: en la familia, con nuestros vecinos, con la gente con la que convivimos a diario, con aquellos con los que compartimos un mismo trabajo. Ahí, el que cree en Cristo, tiene que dar su testimonio. Ahí el creyente en Jesús tiene que llevar esa Buena Noticia de la paz.

sábado, 18 de julio de 2009

El pabilo vacilante no lo apagará

Ex. 12, 37-42
Sal. 135
Mt. 12, 14-21


‘Los fariseos, al salir, planearon el modo de acabar con Jesús’. Ya comienzan a maquinar contra Jesús.
Les habíamos visto plantearle sus reticencias y desconfianzas al modo de vida nuevo que Jesús viene planteando. Recriminan a los discípulos, que en el fondo era como echar en cara a Jesús por lo que hacen sus discípulos, porque en sábado al pasar por un campo de trigo cogieron unas espigas para estrujarlas y comerse sus granos. ‘Mira, tus discípulos están haciendo una cosa que no está permitida en sábado’. Ellos en su intransigencia y ritualismo aquello lo consideraban como si fuera el trabajo de segar.
Si Jesús les había anunciado a los discípulos cuando los envía que no siempre iban a ser bien recibidos, si incluso en las bienaventuranzas hay una para los que son perseguidos por causa de su nombre, Jesús sabía también que a El lo iban a perseguir. ‘Planeaban el modo de acabar con Jesús’.
‘Y Jesús, cuando se enteró, se marchó de allí y muchos lo siguieron…’
Su obra continúa, porque continúa su predicación y los signos que realiza. ‘El lo curó a todos, mandándoles que no lo descubrieran’. Le veremos en muchas ocasiones que cuando cura a un leproso o a un paralítico, les manda que no se lo digan a nadie. No quiere Jesús publicidades, sino lo que quiere Jesús es llegar al corazón y sea el corazón lo que cambie.
Esto dará pie para que el evangelista recuerde los anuncios del profeta Elías que en Jesús se van cumpliendo. Nos recoge aquí el evangelista una serie de textos del profeta Elías que no encontraremos recopilados así en las profecías sino en distintos lugares. Y es que un deseo del evangelista al trasmitirnos el evangelio es hacer hincapié en que lo anunciado se va cumpliendo en Jesús. Los destinatarios primeros del evangelio de Mateo son cristianos provenientes del judaísmo, de ahí ese interés en mencionar la Escritura.
‘Así se cumplió lo que dijo el profeta Isaías: Mirad a mi siervo, mi elegido, mi amado, mi predilecto…’ Es proclamado de diversas maneras en la profecía de Isaías, pero seguramente a nosotros nos recordará otros dos momentos del evangelio. La manifestación de la gloria de Dios en el Jordán tras el Bautismo de Jesús, donde se oye la voz venida del cielo señalando a Jesús como el Hijo amado del Padre. ‘Este es mi Hijo amado, mi predilecto’. Pero también nos recuerda el Tabor. Cristo transfigurado en presencia de sus discípulos y la voz del Padre que surgen en medio de la nube que los envuelve: ‘Este es mi Hijo amado, escuchadlo’.
‘Sobre El he puesto mi espíritu para que anuncie el derecho a las naciones’
. Nos evoca lo que nos cuenta san Lucas de la visita de Jesús a la Sinagoga de Nazaret. Allí también se escogió un texto de Isaías. ‘El Espíritu del Señor está sobre mí, porque El me ha ungido. Me ha enviado a anunciar la Buena Noticia a los pobres… para dar la libertad a los oprimidos, para anunciar el año de gracia del Señor’. El Señor que viene y nos anuncia el evangelio de la libertad, de la salvación, del perdón y la amnistía, de la gracia del Señor para todos. ‘…para que anuncie el derecho a las naciones’, que nos dice ahora.
Pero es un anuncio no a base de gritos ni de cosas espectaculares, sino en el silencio del corazón. Ya veíamos que Jesús nos buscaba publicidades gratuitas, sino cambiar el corazón del hombre. ‘No porfiará, no gritará, no voceará por las calles…’ No es con palabras fuertes y violentas, sino desde la humildad y la mansedumbre. No entrará en Jerusalén montado en un caballo victorioso sino en un humilde borrico. Es el estilo nuevo de Jesús que bien tendríamos que aprender a la hora de nuestra presentación del anuncio del evangelio, hecho desde la humildad y la pobreza, aprender a la hora de la actuación de la Iglesia y de predicación de los ministros sagrados.
Por eso siempre la palabra de Jesús será una palabra de aliento, una palabra que nos levante el espíritu, una palabra que haga crecer la pequeña semilla que esté sembrada en nuestro corazón. Todo lo bueno se aprovechará y servirá de base para el crecimiento del evangelio en nuestra vida. ‘La caña cascada no la quebrará, el pabilo vacilantes no lo apagará, hasta implantar el derecho; en su nombre esperarán las naciones’. No echaremos agua para apagar un pequeño rescoldo, no dejaremos que entren vientos que apaguen las llamas vacilantes. El Espíritu del Señor acrecentará eso bueno, aunque sea pequeño, que hay en nuestro corazón.
Que crezca ese pequeño rescoldo de nuestra fe y de nuestro amor que anide en nuestro corazón. El Espíritu del Señor lo hará grande como para contagiar y encender el fuego del amor y de la fe en todos los corazones. Que eso sepa hacer y sepa ser la Iglesia también en medio de nuestro mundo. Que ese sea también el estilo de los pastores del pueblo de Dios, a la manera de Jesús.

viernes, 17 de julio de 2009

Es la Pascua, el paso del Señor… la sangre será vuestra señal…

Ex. 11, 10-12, 14
Sal. 115
Mt. 12, 1-8

‘Moisés y Aarón hicieron muchos prodigios en presencia del Faraón; pero el Señor hizo que el Faraón se empeñara en no dejar machar a los israelitas de su tierra…’
Hemos escuchado anteriormente como Dios en el Horeb confía Moisés la misión de ir al Faraón para sacar a los israelitas y llevarlos a la tierra prometida por el Señor. Pero ya Dios le anunciaba que el rey de Egipto no los dejaría marchar ni a la fuerza. Con el testo citado se nos quiere recoger todas aquellas maravillas que el Señor hizo para liberar a su pueblo en lo que son llamadas las plagas sobre Egipto.
El testo que nos ofrece la liturgia hoy del Éxodo, que ya nos lo presenta como primera lectura en la Eucaristía del Jueves Santo, viene a ser como una descripción de lo que podríamos llamar la liturgia de la Cena Pascual. Una cena enormemente significativa en la historia y en la fe del pueblo judío, porque es la primera celebración de la Pascua y será cómo cada año celebrarán la Pascua y la cena pascual.
‘Es la Pascua, el paso del Señor… y será un día memorable y lo celebraréis como fiesta en honor del Señor, de generación en generación. Decretaréis que sea fiesta para siempre’. Y así lo harán los judíos celebrando cada año la Pascua con la cena pascual.
‘Un cordero o cabrito… esa noche comeréis la carne, asada a fuego… y la comeréis así: la cintura ceñida, las sandalias en los pies, un bastón en la mano; y os lo comeréis aprisa porque es la Pascua, el paso del Señor’. Es el inicio de un peregrinar, de un ponerse en camino, por eso, de pie, con el calzado puesto y el bastón en la mano. Es el pueblo peregrino que inicia su camino hacia la tierra que le va a dar el Señor.
‘Y la sangre será vuestra señal…’ Porque es la noche de la liberación. Si hay muerte entre los egipcios es el inicio de un camino de vida y de libertad para los israelitas. Por la señal de la sangre serán liberados de esa muerte y de esa esclavitud. ‘Será un día memorable…’ lo recordarán siempre.
Fue en el marco de esa cena pascual – por eso la liturgia nos lo recuerda en el día del Jueves Santo al ofrecernos este mismo texto – en el que Jesús celebró la Última Cena y nos dejó la Eucaristía, Sacramento de la Alianza nueva y eterna. Por eso todo lo que se celebra en esta cena pascual judía es anticipo y preparación para la verdadera pascua, la pascua nueva y eterna.
Es el Paso de Dios también por nuestra vida regalándonos su salvación. También la Sangre derramada será la señal de nuestra liberación. Y ya no es cordero que comían los judíos sino el verdadero y auténtico Cordero Pascual que es Cristo mismo que se nos da y se n os ofrece, que derrama su sangre y nos entrega su vida para que nosotros seamos arrancados de la muerte y tengamos vida para siempre.
Celebramos nosotros también la Pascua cada vez que celebramos la Eucaristía, memorial de la muerte y de la resurrección del Señor, verdadero paso salvador de Dios por nuestra vida en la muerte de Jesús para que nosotros tengamos vida.
Mucho tendría que hacernos pensar la celebración de la Eucaristía para que sea siempre para nosotros verdadera pascua, verdadero paso salvador de Dios por nuestra vida. Cada vez que comemos de este pan y bebemos de este cáliz estamos anuncia la muerte del Señor; estamos preparándonos como en un anticipo para el día en que podamos celebrar la Pascua eterna en el cielo. Allí cantaremos eternamente la alabanza del Señor. Allí celebraremos la Pascua definitiva porque más que paso del Señor será vivir en el Señor para siempre cantando la gloria de Dios.

jueves, 16 de julio de 2009

La Virgen del Monte Carmelo y el Escapulario


La Virgen del Monte Carmelo y el Escapulario


Allá por los siglos XII y XIII se organizaron las Cruzadas a Tierra Santa con la finalidad de liberar a la tierra de Jesús del poder musulmán y facilitar así el acceso a tantos peregrinos que se veían imposibilitados de acceder a Jerusalén, Belén, Nazaret y tantos lugares santos de la vida de Jesús.
Muchos de estos cruzados así como muchos peregrinos no regresaban después de su visita a los santos lugares sino que se quedaban estableciéndose como eremitas en diferentes lugares. Uno de los lugares escogidos era el monte Carmelo, cadena montañosa que se extiende desde las llanuras de Galilea hasta el mar Mediterráneo.
El monte Carmelo se recuerda sobre todo por ser el lugar donde habitó el profeta Elías y sostuvo numerosos combates con los falsos profetas de los ‘baales’ que pretendían imponer la idolatría. Por eso estos eremitas querían vivir en el espíritu ascético y de oración del profeta y poco a poco se fueron agrupando, dando origen a lo que sería luego la Orden del Carmelo, o los Carmelitas como comúnmente los llamamos.
En dicho monte elevaron un templo dedicado a la Virgen que, como no podía ser menos, pronto se le invocó como la Virgen del Monte Carmelo, la Virgen del Carmen como la llamamos normalmente. Podíamos decir que es el origen de esta devoción a la Virgen en esta advocación tan extendida por todas partes.
Una de las formas con la que honramos a la Virgen del Carmen es llevar su escapulario. Pero ¿qué es un escapulario? ¿simplemente ese trozo de tela marrón con la imagen de la Virgen que llevamos sobre el pecho y la espalda? A esa mínima expresión, es verdad, que se ha quedado reducido. Pero el escapulario es algo más.
Expliquemos brevemente su origen. El escapulario era algo así como el traje de faena que se ponían los trabajadores del campo o de otras actividades sobre su ropa ordinaria. Cuando se pertenecía a un mismo gremio o se trabajaba en una misma propiedad el color de ese ropaje de trabajo era el mismo para hacer algo así como una distinción con el resto de trabajadores. Hoy todavía en muchas empresas los operarios llevan un uniforme que los distingue.
Entrando en el ámbito religioso, los monjes cuyo lema de vida es el trabajo y la oración, utilizaban y utilizan ese escapulario, que suele ser por el color o la forma también un distintivo de la propia orden o congregación. Lo seguimos viendo hoy en muchas familias religiosas. Nuestros monjes del Carmelo llevaban ese escapulario en ese color marrón característico.
Llevar ese escapulario de la Virgen es, entonces, un vestirse de la Virgen, igual que aquellos religiosos que llevan ese hábito para significar como se visten de la Virgen queriendo imitar en ellos sus virtudes y su santidad. Creo que ese es el verdadero sentido que le hemos de dar al escapulario, aunque lo hayamos reducido a la mínima expresión en su tamaño. No puede ser como llevar un amuleto que me proteja. Es algo más hondo. Me visto de María, quiero copiar a María, quiero tener en mí las virtudes de María.
Por eso hay que se congruente entre un habito, un escapulario o un signo religioso que llevemos externamente y la vida que llevamos. No puedo seguir en mi vida de pecado mientras me pongo el escapulario o me visto el hábito de la Virgen. Eso no tiene sentido. Me exige un esfuerzo por realizar el camino de la santidad. Contando, por supuesto, con la ayuda de la Virgen que nos obtiene al gracia de Dios.
Ese es el buen sentido del escapulario, en este caso, de la Virgen del Carmen. Cuánto tenemos que aprender de María, cuánto tenemos que copiar de sus virtudes y de su santidad. No ha de ser algo que me pongo externamente. Es un revestirse de María, pero desde dentro. Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros pecadores… para que salgamos de nuestra vida de pecado, para que caminemos por sendas de santidad, para que vivamos todas las virtudes que en María vemos reflejadas.

Mi yugo es llevadero y mi carga ligera

Ex. 3, 15-20;
Sal. 104;
Mt. 11, 28-30


Podríamos pensar que el maestro lo que hace es señalarnos unas normas o unas pautas que el discípulo tiene que seguir a rajatabla si en verdad quiere seguir su camino. Unas normas que nos dicen minuciosamente lo que podemos o no podemos hacer, unos preceptos, mandatos o prohibiciones que van marcando la totalidad de lo que hacemos o no hacemos. Es lo que hacían los maestros de la ley y los fariseos en los tiempos de Jesús. Así, por ejemplo, la llamaban yugo al cumplimiento fiel y escrupuloso de esa ley o la obediencia ciega que se tenía hacia la ley.
Es fácil, creo, entender lo de yugo, pues bien sabemos que el yugo es esa herramienta que se ponía al cuello de los animales que nos servían por ejemplo en los trabajos agrícolas o para el transporte, bien fuera unciéndolos a otro para que siguieran al unísono la misma trayectoria o bien de forma individual para que la persona que los condujera pudiera tener un más fácil dominio sobre dicho animal. El yugo, podríamos decir, se convertía en una dirección irremediable del que dicho animal no se podía sustraer.
Pero ¿qué es lo que nos dice Jesús hoy? ‘Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, que yo os aliviaré…’ Cansados y agobiados por pesadas cargas? ¿cansados y agobiados por las tareas de la vida? ¿cansados y agobiados por las luchas contra la tentación y el peligro, los esfuerzos de superación…? En el Señor encontraremos alivio y descanso. En el Señor veremos las cosas de otra manera.
Jesús nos añade. ‘Cargad con mi yugo y aprended de mí…’ Tenemos que ir a Jesús y aprender de El. Pero Jesús nos habla de yugo ¿qué quiere decirnos? ¿cómo es el yugo que nos ofrece? Nos dice que en El encontraremos nuestro descanso. Luego ese yugo no puede ser una carga pesada e insoportable. ‘Mi yugo es llevadero y mi carga ligera’. Y nos habla de la mansedumbre y de la humildad de su corazón.
¡Qué alivio seguir a Jesús! En Jesús nos sentimos bien, nos sentimos estimulados, nos sentimos aligerados. No quiere Jesús ponernos pesadas cargas. No quiere Jesús llenar nuestra vida de preceptos y normas. Jesús nos quiere hacer volar por las alas del amor. Por eso, es su único mandamiento. ‘Un mandamiento os doy…’ Uno, no muchos. Uno, y es el amor. Y el amor nunca será una pesada carga. El amor nos hará hacer cosas grandes e importantes, aunque muchas veces esté hecho de las cosas más pequeñas y sencillas. ¿No hacen por amor lo que sea los enamorados y nada les cuesta? Ese es el único yugo que Jesús nos pone. Y más que yugo son alas ligeras que nos llevan volando al encuentro con los demás. ¡Qué hermoso es el encuentro del amor!
Esta reflexión que me hago me hace pensar en muchas cosas. Muchas veces pareciera que no supiéramos caminar por la vida si no la llenamos de normas y preceptos, reglamentos y códigos cuanto más detallados parece que mejor. Y nos atamos a esas normas, a esos preceptos, a esos códigos y pareciera que viviéramos sólo para ello, como si viviéramos dependientes o esclavizados de la norma. Me duele en el alma reconocerlo pero nos sucede también muchas veces en la iglesia o en determinados miembros de la Iglesia. ¡Y Cristo nos ha liberado…!
Pareciera que añoráramos aquellas épocas un tanto oscurantistas, épocas donde parecía que todo se reducía al cumplimiento ritual o formal de unas reglas y preceptos que nos decían hasta donde podíamos llegar y lo que no podíamos traspasar; donde parecía que andábamos con una regla en la mano para medir, para cuantificar, para no pasarnos de la raya, para llegar al mínimo y ya nos quedábamos contentos. ¿No recordáis cuando estábamos midiendo si habíamos cumplido con el precepto de la misa dominical si llegamos antes o después del evangelio, o cuando ya se había iniciado su lectura? O cuando estábamos poco menos que pesando para ver si nos habíamos pasado unos gramos en lo que comíamos o no para cumplir con la ley del ayuno.
¿Serán cosas así lo que nos pide Jesús? ¿ese es el espíritu del evangelio? ¿No andábamos demasiado agobiados y preocupados por el cumplimiento al milímetro de manera formal de los preceptos aunque nuestro corazón estuviera lejos del Señor? Pero ya habíamos cumplido.
Y Jesús nos dice hoy ‘venid a mí los que estáis cansados y agobiados, que yo os aliviaré… porque mi yugo es llevadero y mi carga ligera’.Cuidado que no nos volvamos a hacer una religión de mínimos, de preceptos y mandatos y realmente nos olvidemos de Jesús que es nuestro único Salvador y liberador.

miércoles, 15 de julio de 2009

El clamor de mi pueblo ha llegado a mí

Ex. 3, 1-6.9-12
Sal. 102
Mt. 11, 25-27

‘El clamor de los israelitas ha llegado a mi y he visto cómo los tiranizan los egipcios. Y, ahora, marcha, yo te envío al Faraón para que saques a mi pueblo, a los israelitas…’
Ayer comenzamos a leer la historia de Moisés, salvado de las aguas. Aunque hoy estamos viendo cómo Dios lo llama y lo envía, podemos decir con los profetas que desde el seno de su madre el Señor lo había escogido. Las circunstancias de su nacimiento, su infancia y su juventud con las cosas que le suceden es una manifestación de que Dios estaba con él y de alguna manera lo estaba preparando para misión que le había de confiar.
Tuvo que huir de Egipto y refugiarse en las montañas y allí el Señor se le manifiesta de forma extraordinaria. La zarza ardiendo, la voz que se oye desde el cielo y le llama pueden ser impresionantes y una forma maravillosa de manifestarse Dios. El Dios que se manifiesta con inmenso poder y gloria sin embargo es el Dios que escucha a su pueblo y está atento a sus necesidades.
Creo que no hemos subrayado lo suficiente este aspecto en la imagen del Dios del Antiguo Testamento. Es el Dios del temor, pero es el Dios que ama a su pueblo. Es el Dios ante el que hay que descalzarse porque quienes somos nosotros en su presencia, pero es el Dios con quien se puede entrar en un diálogo de amor. Es el Dios poderoso y grandioso, pero es el Dios que envía a sus profetas para que guíen a su pueblo por nuevos caminos de libertad.
Bueno será también destacar la disponibilidad, apertura a Dios pero también humildad de Moisés. ‘Aquí estoy’, es la primera respuesta de Moisés cuando siente la voz de Dios que le habla desde la inmensidad de la zarza ardiente. ‘Quítate la sandalia de los pies porque la tierra que pisas es santa’, es la experiencia que siente en lo más hondo de sí mismo cuando está en la presencia de Dios. ‘Y Moisés se cubrió el rostro, porque temía ver a Dios’. ¿Quién es el para atreverse a acercase a Dios?
Luego se atreverá a replicar a Dios porque se siente indigno e incapaz de la misión que se le confía. ‘¿Quién soy yo para acudir al Faraón o para sacar a los israelitas de Egipto?’ Pero quien le confía la misión no lo deja solo. ‘Yo estoy contigo, y ésta es la señal de que yo te envío: cuando saques al pueblo de Egipto daréis culto a Dios en esta montaña’. El Sinaí será el primer destino una vez que hayan salido de Egipto y atravesado el mar Rojo.
Es ‘el Señor compasivo y misericordioso’, que se acuerda de su pueblo, que lo escucha y que quiere liberarlo. Es ‘el Dios compasivo y misericordioso’, que se manifiesta a los que humildes se presentan ante El. ‘Bendito seas Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque te has revelado a los pobres y a los sencillos’, hemos escuchado decir a Jesús en el evangelio. Es el Dios que nos ama y con amor y humildad nosotros tenemos que ir hasta El. Es el Señor que está con nosotros y camina a nuestro lado en todos nuestros pasos.
Aprendamos de Moisés. Seamos capaces de admirarnos de las maravillas con las que el Señor se manifiesta. ‘Voy a acercarme a mirar este espectáculo admirable, a ver cómo es que no se quema la zarza’. Acercarnos a mirar y admirar esas maravillas con las que Dios se nos manifiesta. Acercarnos a mirar y admirar lo que es ese amor tan grande que nos tiene el Señor que nunca nos olvida sino que nos lleva en la palma de la mano. ‘Bendice, alma mía, al Señor y todo mi ser a su santo nombre… y no olvides sus beneficios… el Señor hace justicia y defiende a todos los oprimidos, enseñó sus caminos a Moisés y sus hazañas a los hijos de Israel’.

martes, 14 de julio de 2009

¿Qué podría hacer por ti que no hubiera hecho?

Ex. 2, 1-15
Sal. 68
Mt. 11, 20-24


‘¡Ay de ti, Corozaín, ay de ti, Betsaida! Y tú, Cafarnaún, ¿piensas escalar el cielo?... se puso Jesús a recriminar a las ciudades donde había hecho sus milagros, porque no se habían convertido…’ Y les recuerda que si hubiera hecho los milagros que hizo en ellas en otras ciudades, ‘Tiro… Sidón… Sodoma…’ su respuesta hubiera sido otra.
‘No endurezcáis vuestro corazón, escuchad la voz del Señor’, nos decía la antífona del aleluya. Porque tenemos que escuchar esas recriminaciones de Jesús no sólo como hechas a aquellas ciudades, sino como un interrogante para nuestra vida y nuestra respuesta. ¿Cómo capaces de reconocer la obra de Dios en nosotros? Dios obra maravillas en nosotros, pero hemos de saber tener ojos de fe para descubrir esa acción de Dios. Como María que cantaba a Dios porque había obras grande en ella el Poderoso.
Sería bueno que nos hiciéramos algo así como una lista de esas maravillas de Dios en nosotros para saber dar gracias, para sentirnos más impulsados a la respuesta. Con esa mirada de fe seríamos capaces de descubrir grandes cosas.
Desde la vida que vivimos que es un don de Dios, pero podemos pensar en ese Bautismo que recibimos a los pocos días de nacer, porque nuestros padres eran cristianos y no querían privarnos del don de la fe y de la gracia del Señor. Nuestros padres que nos dieron la vida, nos dieron una educación, nos enseñaron a creer en Dios, nos fueron conduciendo por los caminos de la vida cristiana. Es un don de Dios. pudimos haber tenido otros padres o pudimos haber nacido en otros lugares y países no cristianos, pero nuestra vida ha sido aquí y en estas circunstancias concretas.
Algunas veces pretendemos decir que Dios no nos escucha, pero cuántas veces tras nuestra súplica al Señor nos hemos visto libres de peligros, hemos salido adelante en nuestros problemas y dificultades, la situaciones difíciles no nos hundieron y así muchas cosas más.
Desde niños hemos recibido los sacramentos, nos hemos podido confesar para pedir perdón al Señor por nuestros pecados y hemos podido comulgar para alimentarnos de Cristo en la Eucaristía. Cuántas veces hemos escuchado la Palabra de Dios que nos ha sido proclamada en nuestras celebraciones o la escuchamos en la intimidad de nuestro corazón en una lectura personal e individual. Gracias de Dios en nuestra vida, iluminación del Espíritu en nuestro caminar.
Podemos pensar en lo que hemos aprendido de los demás, los consejos que nos han dado, los ejemplos que hemos recibido de tantas personas de nuestro entorno. Atenciones que tanta gente ha tenido con nosotros o el amor y cariño que hemos recibido de la familia, de los amigos, de las gentes que nos respetan y que nos quieren.
Si sabemos tener ojos de fe los malos momentos por los que hemos pasado, enfermedades o limitaciones, muerte de seres querido o ausencias que hemos sentido en nuestra vida, hasta los mismos problemas y dificultades son también acción de Dios en nosotros porque nunca nos ha faltado la gracia de Dios en ese instante, en esa situación.
La lista se nos haría interminable. No podemos ser exhaustivos. Cada uno ha de pensar en su propia vida y en su propia historia, porque cada uno tiene sus cosas personales, ese actuar de Dios en su vida concreta con actos concretos. Pero sepamos que Dios se nos está manifestando ahí a través de esos hechos, de esas personas, de esos acontecimientos. En todo ello podemos descubrir una llamada de Dios. ¿No podríamos escuchar quizá aquellas recriminaciones que se cantan en la liturgia del Viernes Santo? ‘Pueblo mío, ¿qué te he hecho? ¿en qué te he ofendido? Respóndeme’… ‘¿Qué podría hacer por ti que no hubiera hecho?’
‘No endurezcáis vuestro corazón. Escucha la voz del Señor’
. Da que pensar.

lunes, 13 de julio de 2009

Un Éxodo hacia la Pascua nueva y eterna y la paz para nuestro corazón

Ex. 1, 8-14.22
Sal. 123
Mt. 10, 34-11, 1


La Palabra de Dios que se nos propone en los textos sagrados de la liturgia de este lunes de la decimoquinta semana del tiempo ordinario merece que dividamos el comentario en dos partes
Por una parte en la primera lectura hemos comenzado la lectura del libro de Éxodo, segundo libro de la Biblia y del Pentateuco. Un texto importante que marca la historia del pueblo de Dios y que es también profundamente significativo para nosotros los cristianos. Éxodo es salida; es la salida del pueblo de Israel de la esclavitud que vivían en Egipto camino de la tierra que el Señor les había prometido dar. En textos escogidos durante muchos días iremos siguiendo los pasos de estos momentos tan importantes y significativos de la historia de Israel, el pueblo de Dios.
Hoy se nos narra precisamente esa situación de opresión que vivían en Egipto en donde el Señor hará surgir un libertador, Moisés, que los conduciría a la libertad de la tierra prometida a través del Mar Rojo y del Desierto. ‘Los egipcios les impusieron trabajos crueles y les amargaron la vida con dura esclavitud’, narra el texto sagrado.
Momentos significativos será la primera celebración de la Pascua, imagen de la pascua que cada año celebrarían lo judíos y signo y anticipo de la Nueva Pascua en la Sangre de Cristo con la que seríamos liberados de la peor esclavitud. Pero ya seguiremos meditando sobre ello.
El salmo es bien significativo – ‘nuestro auxilio es el nombre del Señor’ – por refleja la oración del pueblo oprimido pero que sin embargo se siente seguro porque su apoyo y su fuerza es el Señor. ‘Si el Señor no hubiera estado de nuestra parte… bendito el Señor que no nos entregó en presa a sus dientes… hemos salvado la vida como un pájaro de la trampa del cazador…’
El evangelio viene a ser la conclusión de ‘las instrucciones que Jesús dio a sus discípulos’ después de haberlos elegido y antes de hacer su envío. Sin embargo las primeras palabras que nos dice Jesús hoy nos chocan y nos cuesta entender. ‘No penséis que he venido a la tierra a sembrar paz: no he venido a sembrar paz, sino espadas’.
Nos parecen palabras en principio incongruentes, difíciles de entender. ¿No es Jesús el Príncipe de la paz anunciado por los profetas? ¿No cantaron los ángeles en su nacimiento la gloria de Dios en el cielo y la paz en la tierra para los hombres que Dios ama? ¿No es Jesús, como diría san Pablo, el que vino a derribar el muro que nos separaba con su sangre derramada, el odio, trayéndonos la reconciliación y la paz?
Tratemos de entender las palabras de Jesús y su sentido. De entrada tenemos que decir y reconocer que Jesús tiene que ser el centro de nuestra vida. El lo es todo para nosotros. Y como creyentes en Jesús nos hemos decantado por El, hemos hecho opción en nuestra vida por El, por su Evangelio, por su Reino. En esa opción por Jesús, El es lo primero para nuestra vida. Nos lo expresa por ejemplo cuando nos dice que ‘el que quiere a su padre o a su madre… a su hijo o a su hija… más que a mí, no es digno de mí…’ No significa que no tengamos que amar a nuestro padre, a nuestra madre, a nuestro esposo o esposa, a nuestro hijo, etc… sino que la fuente de ese amor, el principio por el cual yo voy a tener ese amor es Cristo, modelo, fuerza y ejemplo de lo será nuestro amor.
Cuando hacemos opción por Jesús y queremos seguirle radicalmente viviendo el estilo de vida que nos propone en el evangelio nos vamos a convertir en signo de contradicción para los que nos rodean. Serán muchos los que no nos comprenderán ni aceptarán esa nuestra manera de vivir. Nos rechazarán, y ese rechazo algunas veces nos puede venir desde los más cercanos a nosotros. ‘Los enemigos de cada uno serán lo de su propia casa’, nos dice. Por eso nos invita a tomar su cruz para seguirle, que no temamos la cruz, porque nos llevará hasta El y nos llevará a la vida.
En nosotros mismos además, cuando nos sentimos interpelados por Cristo, quizá no nos sintamos bien interiormente, o bien porque no estemos satisfechos de nosotros mismos, o porque se pueda producir una ruptura interior entre lo que desde Cristo veo que tiene que ser mi vida y lo que mis apetencias o mis pasiones me arrastran. Nos sentiremos inquietos y nos puede parecer que hayamos perdido la paz, pero seguro que al final la encontraremos en la medida en que nos sintamos totalmente cogidos por Cristo.
Cristo fue signo de contradicción, como ya lo había anunciado el anciano Simeón y unos quisieron seguirle y otros le rechazaron; unos lo buscaban y gritaban por El y otros lo llevaron al Calvario y a la muerte. Y el discípulo no es mayor que su maestro. El testimonio lo tenemos en tantos mártires a través de los siglos, pero podemos verlo de muchas maneras hoy en nosotros o en quienes nos rodean.
No es que Jesús no nos venga a traer paz, sino que nos anuncia que nuestra presencia va a producir esa división y esa ruptura que muchas veces puede ser incluso entre nuestros propios seres queridos. Cristo sí quiere nuestra paz, y El nos la da abundantemente allá en lo más hondo de nuestro corazón.

domingo, 12 de julio de 2009

Ve y profetiza a mi pueblo con las señales del amor que son las señales del Reino


Amós, 7, 12-15;

Sal. 84;

Ef. 1, 3-14;

Mc. 6, 7-13


‘El Señor me sacó de junto al rebaño y me dijo: Ve y profetiza a mi pueblo de Israel’. No era un profeta de lo que podríamos llamar de dedicación exclusiva. Era un pastor y un agricultor, ‘cultivador de higos’. El Señor le llama y le envía. Y El disponible para el Señor obedece y es fiel a la misión que se le ha confiado.
Por su parte en el Evangelio Jesús llama a los doce y los envía ‘de dos en dos’. No eran letrados ni maestros en Israel, no eran sacerdotes ni levitas, unos eran pescadores, otro un recaudador de impuestos, otros unas buenas gentes de Galilea, jóvenes inquietos que habían seguido con esperanza en el corazón al profeta de Nazaret que había surgido porque querían ver cumplidas sus esperanzas en el Mesías que había de venir.
Un día Jesús había pasado junto al lago mientras remendaban y repasaban las redes y la barca después de la pesca y los había invitado a seguirle para hacerlos pescadores de hombres; otro día había pasado junto a la garita del recaudador de impuestos y le había invitado a seguirle; otros se habían encontrado con Jesús en su búsqueda de algo nuevo y se habían ido con El. Ahora los llama por su nombre, los constituye apóstoles y los envía con autoridad sobre los espíritu inmundos a predicar la conversión y el perdón de los pecados, a anunciar que el Reino de Dios está cerca, y a curar enfermos y echar demonios.
¿Había sido lo que ellos aspiraban y soñaban? Inquietud había en sus corazones cuando se habían ido con Jesús. Eran jóvenes y sentían el deseo de algo nuevo y grande, algo que les había cambiar no sólo sus propias vidas sino que se sentían con fuerza para cambiar también muchas cosas. Jesús les había salido al paso y se los llevó con El; se dejaron cautivar por Jesús; surgía tanta esperanza en el corazón cuando escuchaban sus palabras. No se podían quedar amodorrados en lo que había sido su vida de siempre y no temían ponerse en camino. Tenemos que reconocer que eran audaces y valientes para emprender algo nuevo. Poco a poco la fe y el amor había ido creciendo en sus corazones por Jesús y ahora se veían embarcados en la tarea de anunciar y construir el Reino de Dios.
¿Qué soñamos y aspiramos nosotros? Seguro que tenemos el corazón lleno de buenos deseos. ¿Habrá ido creciendo también nuestra fe y nuestro amor por Jesús? El hecho de que cada semana al menos fielmente vengamos a estar con El en la Eucaristía puede ser un buen síntoma. También queremos seguir a Jesús y nos llamamos cristianos, o sea, sus discípulos, o lo que es lo mismo los que queremos seguir el paso del camino de Jesús. Con nuestras dudas, con nuestros miedos, con nuestras inquietudes, con nuestras debilidades, con nuestras luchas, con nuestros buenos deseos… ¿Seremos audaces como aquellos primeros discípulos para ponernos nosotros también en camino?
Queremos cada día crecer más y más en nuestra fe y en nuestro amor. Nos dejamos iluminar por su Palabra y nos queremos dejar caldear por el fuego de su Espíritu de amor. Pero todo eso no es para nosotros solos, para que nos enriquezcamos nosotros solos con su gracia. ¿Sentiremos también la llamada que nos impulsa hacia delante para ir al encuentro con los demás con la Buena Noticia de lo que vivimos? Tenemos que ser apóstoles también, enviados de Jesús.
Cristo también a nosotros nos envía y nos confía una misión, su mismo misión. El anuncio del Reino, la construcción del Reino de Dios día a día en nuestro mundo es nuestra tarea también. Un anuncio que tenemos que manifestar con nuestra vida. Nuestro actuar tiene que manifestar también las señales del Reino. Como los apóstoles que llevaban el mensaje de la paz, que curaban a los enfermos o echaban demonios.
Si nos hemos enriquecido con toda clase de bendiciones y de gracia en Cristo Jesús, como nos dice san Pablo en la carta a los Efesios, si hemos sido elegidos para ser consagrados, ser santos, para ser irreprochables en el amor, todo eso no lo podemos encerrar en nosotros mismos; si así se ha derrochado su amor en nosotros, ahora tenemos que llevarlo a los demás, tenemos que hacer partícipes a nuestro mundo de esa Sabiduría de Dios, de esa gracia; tenemos que decirle a los demás, también vosotros estáis salvados – ‘esa extraordinaria noticia de que habéis sido salvados’, como nos dice san Pablo -, también para vosotros es la salvación, el tesoro de la gloria de Dios.
Finalmente un detalle. En el envío que hace Jesús de los Doce, como hemos escuchado en el evangelio, vemos que Jesús les pide que lleven pocas cosas, ‘para el camino un bastón… unas sandalias, y nada más… ni pan, ni alforja, ni dinero suelto en la faja, ni una túnica de repuesto…’ ¿Qué querrán significar esas recomendaciones de Jesús?
El solamente nos pide disponibilidad para ir con corazón generoso a los demás; que no llevemos las ataduras de pesados bagajes o alforjas que nos impidan esa libertad de movimiento nacida del amor. No vamos a hacer ostentación de nosotros mismos ni de lo que nosotros valemos o podemos, sino que es el anuncio de Jesús y de su Reino lo que tenemos que trasmitir. Es a Jesús a quien anunciamos y en quien tienen que fijarse y a quien tienen que escuchar.
‘Ve y profetiza a mi pueblo…’ nos dice el Señor como al profeta. Las únicas señales que tenemos que dar son las del amor. ‘Curar enfermos, echar demonios, llevar el saludo de la paz’, como los apóstoles. Seremos profetas y cumpliremos la misión confiada si damos esas señales del amor. Esos signos de amor que tendrán que traducirse en tantas cosas buenas que podemos hacer por los otros en nuestro compartir generoso, en la misericordia de nuestro corazón, en la acogida sincera y auténtica de todo hombre como hermano, en la paz que trasmitimos desde la sinceridad de nuestro corazón, en tantas y tantos obras de misericordia que tenemos oportunidad de realizar cada día.

sábado, 11 de julio de 2009

Es el Señor quien da la Sabiduría para mirar con los ojos de Dios

Prov. 2, 1-9
Sal. 33
Mt. 19, 27-29


‘Es el Señor quien da la Sabiduría, de su boca procede la prudencia y la inteligencia’. Así nos dice el libro de los Proverbios, un libro del Antiguo Testamento del conjunto de los Sapienciales. La liturgia nos ofrece este texto en la fiesta de san Benito Abad que hoy estamos celebrando. Fundador de los Benedictinos nos enseña a buscar y llenarnos del misterio de Dios en el silencio del monasterio, en la oración y en el trabajo que es su lema.
Buscar la sabiduría, desear ser sabios puede ser una noble aspiración. Sabio no es simplemente tener muchos conocimientos, sino haber aprendido a saber saborear esos conocimientos que en la vida hemos ido adquiriendo para de ellos saber deducir un buen hacer. Conocimientos acumulados están en los libros que llenan los estantes de una biblioteca o es el contenido de una enciclopedia, pero no es sabia la biblioteca ni la enciclopedia sino el hombre que ha rumiado y madurado esos conocimientos.
El hombre sabio es el hombre reflexivo, el hombre que sabe pasar una y otra vez por lo más hondo de su vida, su inteligencia y su corazón aquellos conocimientos que va adquiriendo. Es como el rumiante, como se suele decir, que dos veces mastica el alimento para saber sacarle todo su provecho. Así el hombre sabio es el que rumia, reflexiona, ahonda lo que ve, lo que siente, lo que conoce, lo que recibe y de todo eso va sacando el jugo más profundo. Por eso decimos que es un hombre reflexivo, prudente, paciente, pacífico porque ya va viendo todo con una nueva visión.
Pero nosotros somos creyentes que confesamos que todo viene de Dios y en Dios se centra para bien del hombre y para la misma gloria de Dios. Pues el creyente toda esa reflexión la hace en Dios. ¿Cómo? Es la oración. La oración en la que no sólo nos contentamos con decirle cosas a Dios, sino que intentamos llenarnos de su presencia, dejarnos inundar de Dios mismo. Dejarnos inundar de Dios para mirar con su mirada. Veremos entonces la vida, lo que nos sucede, a nosotros mismos o a los demás, el mundo que nos rodea y todo lo que vamos recibiendo con los ojos de Dios.
El creyente pide la Sabiduría de Dios. No olvidemos que uno de los dones del Espíritu Santo es el don de la Sabiduría, junto con el don de la ciencia o el don del conocimiento de Dios y del temor de Dios. Que nos llene e inunde, pues, el Espíritu de Sabiduría y así tendremos esa mirada de Dios. Eso significa dejarnos conducir por Dios. Algo que nos cuesta en nuestro orgullo porque queremos ser grandes, porque nos queremos aceptar que alguien nos diga o nos señale lo que hacemos o vivimos. De ahí, esa humildad para dejar a Dios introducirse en nuestra vida, escuchar su Palabra y hacer que nos ilumine, nos señale caminos o nos dé el verdadero sentido de las cosas.
Escuchar a Dios allá en lo más hondo de nosotros mismos para lo que necesitaremos un silencio interior, recogimiento, decimos. Los ruidos nos distraen. Pero no son ya solamente los ruidos externos, sino los ruidos que podamos tener en nuestro interior. Si ya es necesario que externamente nada nos distraiga, cuánto más en nuestro interior donde nuestra mente, nuestra imaginación nos distrae con tantas cosas. Ruidos interiores que nos distraen con aquellas cosas que nos han entrado por los sentidos, - lo que hemos visto, lo que hemos escuchado, aquello por lo que nos sentimos atraídos -; ruidos interiores que son nuestras preocupaciones o nuestros sueños, o nuestras propias pasiones. Un dominio de los sentidos para lograr ese silencio, ese serenidad, esa paz interior.
Sólo así podremos escuchar a Dios. Sólo así podremos ir adquiriendo esa sabiduría de Dios. Sólo así tendremos esa nueva mirada de nuestra vida, del mundo que nos rodea, o de las personas con las que convivimos, que es la mirada con los ojos de Dios.
Busquemos esa Sabiduría que nos viene de Dios como el más hermoso tesoro. Entonces, como nos decía el libro de los Proverbios, ‘comprenderás el temor del Señor y alcanzarás el conocimiento de Dios… comprenderás verdaderamente la justicia y el derecho, la rectitud y toda obra buena’.

viernes, 10 de julio de 2009

Como ovejas en medio de lobos

Gén. 46, 1-7.28-30
Sal. 36
Mt. 10, 16-23

El texto del evangelio de hoy tiene continuidad con los que hemos reflexionado en los días precedentes porque todos forman un conjunto en un único episodio que sin embargo litúrgicamente se nos ofrece por partes. Digo esto para que comprendamos mejor la unidad del mensaje del evangelio.
Hemos escuchado en días precedentes la elección de los Doce como Apóstoles por parte de Jesús y su envío de dos en dos a predicar que ‘el reino de los cielos está cerca’ acompañado de signos y prodigios, en la instrucciones que da a los discípulos ya nos deja entrever que no siempre iban a ser aceptados por todos de la misma manera y en este texto de hoy ya se nos habla de persecuciones en concreto por causa de su nombre.
Pero este anuncio que hace Jesús no es para el temor y el miedo, o para echarnos atrás por las dificultades que se van a encontrar, sino que el anuncio fundamental que nos hace Jesús es el gozo del testimonio dado, la fuerza del Espíritu que nunca nos faltará y la esperanza de salvación eterna que acompañará todo nuestro actuar.
‘Os entregarán a los tribunales, os azotarán en las sinagogas y os harán comparecer ante gobernadores y reyes… os arrestarán’ e incluso nos anuncia que por parte de los más cercanos - y habla de padres, hermanos e hijos – ‘os odiarán y os matarán’. Todo por causa del nombre de Jesús.
Pero Jesús promete el gozo hondo que se siente al dar, por la causa de Jesús, ‘testimonio ante ellos y los gentiles’. Nos dice que no nos preocupemos de lo que hemos de hablar en nuestra defensa ‘porque no seréis vosotros los que habléis, el Espíritu de vuestro Padre hablará por vosotros’. Será el Espíritu que nos de fortaleza para la perseverancia, porque en el horizonte final esta la salvación eterna. ‘El que persevere hasta el final, se salvará’, nos dice el Señor.
Estas palabras de Jesús nos dan fortaleza y esperanza, porque sabemos que nunca nos faltará la asistencia del Espíritu. Podíamos decir que Jesús nos está preparando para lo que ha de venir, que no siempre será camino de rosas, sino que esas flores tienen también sus espinas, pero el perfume de la gracia, de la presencia de Jesús, del testimonio valiente que demos, compensará esos otros momentos de sufrimiento.
Cuando escuchamos este evangelio de Jesús que anuncia persecuciones, nos dice que nos manda ‘como ovejas entre lobos’ y nos pide ser astutos a la que vez que sencillos, podríamos pensar que Jesús está anunciando lo acaecido en otros tiempos o lugares, pero que quizá a nosotros eso no nos afecte. Fácil es pensar eso fue en el tiempo de las persecuciones de los emperadores romanos o en otras épocas y lugares de la historia donde los cristianos han sufrido rechazo y persecución.
Pero tenemos que pensar que esa palabra de Jesús se nos dirige hoy a nosotros, y no como testigos con la distancia del tiempo del sufrimiento de otros cristianos y en otras épocas. También hoy no siempre los cristianos son aceptados en todos sitios, sufren vejaciones y oposición abierta o solapada. Hay quienes rechazan la fe y hacen oposición muy activa contra todo lo que signifique religioso o cristiano. En el mundo moderno en el que vivimos ser cristiano puede ser muchas veces un signo de contradicción y un blanco fácil para el odio de muchos que rechazan todo lo que signifique fe o religión.
Muchas veces no sólo de ateos radicalmente convencidos y combativos, sino que muchas veces hasta dentro de nuestro propio círculo, hasta de nuestros propios grupos surge esa oposición y hasta persecución. ¡Cuántas veces en nuestros propios grupos cristianos y hasta en la misma Iglesia – lo que es más doloroso si cabe - nos encontramos situaciones así de rechazo, de crítica destructiva, de división… hacia los sacerdotes, hacia los otros grupos, hacia la misma Iglesia! Es bueno reconocerlo porque es una realidad. Es bueno darnos cuenta de ello para afirmarnos más en nuestra fe y en nuestras convicciones para dar testimonio y para dejarnos conducir por la fuerza del Espíritu que nos llevará a la perseverancia final y a la salvación.
El Espíritu del Señor no nos faltará nunca y el que vendrá y nos guiará hasta la verdad plena también será quien hable por nosotros cuando tengamos que vernos enfrentados no solo ante los tribunales, sino ante todo testimonio que hayamos de dar frente a los que nos rodean.

jueves, 9 de julio de 2009

Anuncio de la buena noticia de la salvación

Gen. 44, 18-21.23-29; 45, 1-5
Sal. 104
Mt. 10, 7-15


Jesús comenzó su actividad pública invitándonos a la conversión para creer en el evangelio porque el Reino de los cielos estaba cerca, como nos cuenta el principio del evangelio y hoy se ha recogido en la antífona del aleluya.
Hoy le escuchamos enviar a los doce apóstoles que ha escogido diciéndoles: ‘Id y proclamad que el Reino de los cielos está cerca…’ Es el anuncio de la Buena Noticia de la salvación, del Reino de Dios, de la vida y de la gracia, de la victoria sobre el mal y el pecado. Es lo que se quiere expresar con lo que les dice Jesús: ‘Curad enfermos, resucitad muertos, limpiad leprosos, echad demonios’. Son las señales del Reino de Dios que llega. Pero esos milagros van más allá de la materialidad de los enfermos o los leprosos que son curados, los muertos que resucitan, o a los endemoniados a los que Jesús cura, como le vimos ayer curar al endemoniado que era mudo.
Jesús que nos sana y que nos salva; Jesús que nos limpia del mal más hondo que pueda haber en nuestra vida cuando nos perdona nos pecados; Jesús que nos llena de nueva vida arrancándonos de la muerte del pecado para darnos la vida de la gracia; Jesús que se manifiesta vencedor en nuestra vida cuando nos libera del mal y de la tentación; Jesús que nos pone en camino de una vida nueva con un estilo nuevo que es el estilo del amor.
Y eso que han experimentado los apóstoles en si mismos cuando al seguir a Jesús su vida se ha transformado, han de llevarlo a los demás. Como les dice Jesús: ‘Lo que habéis recibido gratis, darlo gratis’. Porque la salvación recibida es un regalo de Dios. Por mucho que hagamos no somos nosotros los que merecemos la salvación, sino que es gracia, regalo, don de Dios. Es el amor de Dios al que nosotros hemos de responder y corresponder. Y una correspondencia es el trasmitir también esa salvación a los demás, para que todos lleguemos a comprender y vivir lo que es el amor de Dios.
Y Jesús nos da unas características del que recibe esa misión de Jesús como con el desprendimiento y la pobreza, la confianza en la providencia de Dios y la paz. Nos habla Jesús diciendo que no llevemos ‘en la faja oro, ni plata ni calderilla, ni tampoco alforja para el camino, ni otra túnica ni sandalias, ni bastón, que bien merece el obrero su salario…’ El que va con la misión recibida del Señor no va apoyándose en fuerzas humanas ni terrenas, sino que su fortaleza está en el Señor. De ahí esa confianza, ese ponerse en las manos de Dios para realizar esa misión que se le confía.
Creo que esto tendría que hacernos pensar, porque algunas veces puede dar la impresión que nos queremos apoyar en esos medios humanos o incluso en poderes humanos, lo que está bastante lejos del espíritu del Evangelio. Creo que el apóstol y evangelizador tiene que sentirse libre en lo más profundo de sí mismo sin ninguna atadura. El evangelio tiene fuerza por sí mismo, porque es la fuerza del Espíritu de Dios que es el que nos salva. No temamos ser vasijas de barro, como dice san Pablo en alguna ocasión, para que así se vea que la fuerza está en el Señor.
Porque Cristo con su gracia nos ha liberado, queremos llevar esa libertad de Cristo a los demás. Es la Buena Nueva que anunciamos a los demás. Es la paz que tenemos que saber trasmitir a todos llevándola nosotros en lo más profundo de nosotros mismos. ‘En la casa en que entréis, saludad con la paz. Y si allí hay gente de paz, la paz vendrá a ella…’ nos dice Jesús. Por eso primero que nada tenemos que sentir en nosotros esa paz que Jesús nos da, para que podamos trasmitirla a los demás.
¡Cómo tenemos que agradecer esa salvación que nos ha regalado Jesús y el que nos haya querido confiar que la trasmitamos a los demás!

miércoles, 8 de julio de 2009

La misión y la obra de Cristo, de los Apóstoles y nuestro compromiso

Gén. 41, 55-57; 42, 5-7.17-24
Sal. 32
Mt. 10, 1-7


Ayer contemplábamos y reflexionábamos sobre la obra y la misión de Jesús: proclamar el anuncio del Reino de Dios y a través de signos y señales hacerlo presente en la vida de los hombres. ‘Jesús recorría todas las ciudades y aldeas, enseñando en sus sinagogas, anunciando el Evangelio del Reino y curando todas las enfermedades y todas las dolencias’.
Escuchábamos también la invitación que nos hacía a ‘rogar al Señor de la mies que mande trabajadores a su mies… porque la mies es abundante y los trabajadores pocos’. Y es que Jesús ‘se compadecía de la gentes porque estaban extenuadas y abandonadas como ovejas que no tienen pastor’.
Hoy en el evangelio contemplamos cómo Jesús nos confía esa misión. Muchos eran los discípulos que le seguían, pero quiere tener un círculo más íntimo y cercano que van a ser como el fundamento de esa nueva comunidad que se forma en torno a Jesús y a los que va a confiar su misma misión. ‘Llamó a sus doce discípulos…’ y el evangelista nos da la relación concreta, incluso con detalles de sobrenombres o actuaciones, como en el caso de Judas. Son los obreros, los trabajadores de la mies del Señor, del campo de nuestro mundo.
Los elige y los envía ya a realizar una misión. Aún no los enviará por todo el mundo, como hará momentos antes de su Ascensión al cielo, no quiere incluso que vayan ‘a tierra de paganos ni a las ciudades de Samaria, sino a las ovejas descarriadas de Israel’. Podríamos llamar a esto una primera experiencia apostólica. A mi me recuerda mis tiempos de seminario, que en verano éramos enviados a lugares concretos a realizar lo que llamábamos ‘experiencias apostólicas’.
Les confía una misión y les da un poder y autoridad para que puedan realizarlo en su nombre. ‘Les dio autoridad para expulsar espíritus inmundos – ayer contemplábamos a Jesús curando a un endemoniado que era mudo – y curar toda enfermedad y dolencia’, como Jesús hacia cuando recorría las ciudades y aldeas. ‘Id y proclamad que el Reino de los cielos está cerca’. Es el anuncio de la Buena Noticia, el Evangelio del Reino, en el que había que creer y al que había que convertirse.
Es la misión y la obra de Jesús que se prolonga en los apóstoles, que se prolonga en la Iglesia. No es otra nuestra misión. La proclamación del Evangelio, de la Buena Noticia de la Salvación y hacer presente el Reino de Dios en nuestro mundo también por medio de señales y signos, por las señales de nuestro amor y compromiso.
Es la obra que sigue realizando la Iglesia con su predicación pero también a través de la acción de tantas instituciones y de tantos cristianos comprometidos en el amor y la justicia. Creo que puede ser un motivo este evangelio que estamos reflexionando para reconocer y valorar la obra de la Iglesia. Reconocer que comience por conocer porque muchas veces tenemos un desconocimiento grande los cristianos de lo que la Iglesia realiza.
Pero también puede ser una ocasión para que nosotros seamos conscientes también de la misión que como cristianos hemos recibido, de la obra que tenemos que realizar. Porque esa obra de la Iglesia es nuestra obra, la que nosotros cada día tenemos que hacer, tenemos que asumir, en la que tenemos que responsabilizarnos.
Tenemos que rezar para que haya trabajadores para su mies, como Jesús nos pide en el evangelio; rezar para que descubramos nuestro lugar y asumamos esa misión recibida del Señor; rezar para que no nos falte nunca la fuerza del Espíritu del Señor, el Espíritu que ungió a Jesús y a nosotros nos ha ungido también, para que seamos testigos de su evangelio, testigos del Reino de Dios en medio de nuestro mundo.

martes, 7 de julio de 2009

Abre, Señor, nuestros labios para cantar tu alabanza

Gen. 32, 22-32
Sal. 16
Mt. 9, 32-38


Unos con fe se llenan de admiración ante el actuar de Jesús – ‘la gente admirada decía: Nunca se ha visto en Israel cosa igual’ – mientras otros le rechazan, le malinterpretan y hasta tienen reacciones blasfemas atribuyendo al maligno lo que son las obras de Dios – ‘éste echa los demonios con el poder del jefe de los demonios’ -.
¿Qué es lo que hace Jesús? Enseñar anunciando el Reino de Dios y curar a los enfermos como señal de que el Reino de Dios ha llegado. ‘Jesús recorría todas las ciudades y aldeas, enseñando en sus sinagogas, anunciando el evangelio del Reino y curando todas las enfermedades y todas las dolencias’. El texto de hoy ha comenzado hablándonos de la curación de un endemoniado mudo.
¿Qué significan esas curaciones? Ya decíamos que curaba a los enfermos como señal, como signo de que el Reino de Dios ha llegado. Es el signo que manifiesta cómo Cristo viene a arrancarnos del mal.
La enfermedad es carencia de un bien, es un mal. Era fácil en los antiguos pensar en la enfermedad como un castigo de Dios; el leproso, por ejemplo, se le consideraba no solo una persona inmunda que no podía estar con el resto de la comunidad, sino como un maldito de Dios.
No es ajeno ni lejano ese concepto a lo que muchas veces entre nosotros pensamos. ¿Por qué me ha sucedido a mí esto?, nos preguntamos cuando enfermamos sobre todo con una enfermedad grave. ¿Qué he hecho yo para que Dios me castigue así?
Era fácil entender que al enfermo se le considerase como un poseído por el maligno. En este sentido la expresión endemoniado en la Biblia no es sólo una posesión diabólica, sino que así se le considera al que tiene una enfermedad grave e inexplicable. Que Jesús los curara era expresión de la liberación del mal que Cristo quiere hacer en nuestra vida con su salvación.
Hoy le han traído a Jesús a un endemoniado mudo. Y Jesús lo cura. Y de ahí surgen los diferentes comentarios a los que hacíamos mención al principio de este comentario. Nosotros queremos reconocer el poder de Dios, las maravillas que Jesús realiza y por ello queremos dar gracias y dar gloria a Dios.
Esa curación del sordomudo puede tener también para nosotros hondo significado. Ni podía oír, ni podía hablar. ¡Cuántos sordos y cuántos mudos y no sólo ya por la carencia de los sentidos! ¡Cuántas veces somos sordos o nos hacemos sordos y cuántas veces somos mudos o nos callamos por distintos motivos que impiden dar gloria a Dios!
Que el Señor nos abra nuestros oídos para que estemos atentos. Atentos primero que nada a Dios, para escuchar su Palabra, para ver y descubrir tantas señales del salvación que Dios pone a nuestro alcance. Atentos a la voz de Dios que nos llama. Atentos también al clamor de nuestros hermanos pobres, necesitados, sufrientes de nuestro alrededor. Abiertos nuestros oídos para saber escuchar y para saber comprender. Muchos necesitan ser escuchados y nosotros en nuestras prisas y agobios no tenemos tiempo para detenernos a la vera del hermano que nos encontramos en el camino.
Que el Señor abra nuestros labios para la alabanza del Señor, para cantar su gloria, para contar a todos los pueblos las maravillas del Señor. Que no se nos cierren nuestros labios por cobardía, por vergüenzas o por temores. Que seamos valientes para decir esa Palabra que nos hace testigos, que llena de esperanza, que siembra paz en el corazón de quienes nos oyen, que despierta a la alegría y a la ilusión.

lunes, 6 de julio de 2009

El sueño de Jacob: Una escalinata, apoyada en la tierra, con la cima tocaba el cielo

Gén. 28, 10-22
Sal. 90
Mt. 9, 18-26


Un hecho muy significativo en la historia de Jacob. ‘Salió de Berseba en dirección a Jarán… llegó a un lugar donde se quedó a pernoctar porque ya se había puesto el sol, cogió allí mismo una piedra y se la puso como almohada y se echó a dormir en aquel lugar… y tuvo un sueño…’
Es normal en la historia de los grandes patriarcas de la historia de la salvación que Dios se les manifieste en la figura de ángeles, de caminantes que les salen al encuentro o de sueños, como es en este caso. Allí contempla la gloria de Dios en el sueño. ‘Una escalinata, apoyada en la tierra, con la cima tocaba el cielo. Ángeles de Dios subían y bajaban por ella. El Señor estaba en pié sobre ella y dijo: Yo soy el Señor, el Dios de tu padre Abrahán y el Dios de Isaac… yo estoy contigo; yo te guardaré donde quiera que vayas…’
Ese signo de los ángeles que bajaban y subía nos habla de esa cercanía de Dios que también se manifiesta en su presencia y en sus palabras. ‘Yo estoy contigo…’ No es el Dios lejano allá arriba en el cielo sino que ya se está manifestando el Dios que viene al encuentro del hombre, el que va a ser el Emmanuel, el Dios con nosotros cuya manifestación culminante será en Jesús.
Un día el hombre había querido levantar una torre tan alta que estuviera por encima de Dios. Recordamos la torre de Babel, de la confusión. En su orgullo y soberbia quisieron ser tan grandes que Dios no pudiera estar sobre ellos; por eso quisieron levantar esa torre tan alta. Pero la soberbia y el orgullo confunden al hombre y lo enfrenta consigo mismo y con los demás. La imagen de la confusión de lenguas y la dispersión es eso lo que quiere expresar. Pero hoy por el contrario vemos que es Dios el que tiene una escala para acercarse al hombre, para estar con El y para caminar a su lado.
Al despertar Jacob es conciente de la presencia de Dios y de que aquel lugar es un lugar santo. ‘Realmente el Señor está en este lugar y yo no lo sabía…’ Quiere dejar una señal y realizará un signo que será primera vez que aparezca en la Biblia, pero que será signo repetido. ‘Tomó la piedra que le había servido como almohada, la levantó como estela y derramó aceite encima’.
Aquel lugar sería para siempre un lugar santo. El signo de derramar aceite encima quedará como signo de consagración que veremos repetido en el Antiguo Testamento y que también lo realizaremos en el Nuevo Testamento. Ungido con aceite para significar una consagración. Lo que es ungido es considerado como cosa santa y sagrada. Es como una pertenencia de Dios y al mismo tiempo como una señal de la presencia de Dios. Ungido es el altar y el templo de Dios, ungidos son los sacerdotes y los reyes; y ungido por el Espíritu es Jesús, como se manifestará en el Bautismo en el Jordán o en el texto leído en la Sinagoga de Nazaret.
‘Sobrecogido añadió: Qué terrible es este lugar; no es sino la casa de Dios y la puerta del cielo… y llamó a aquel lugar Betel, Casa de Dios; antes la ciudad se llamaba Luz’. Betel, la Casa de Dios. Sería un santuario muy importante en la historia de Israel y signo de la presencia de Dios en medio de su pueblo. Muchas veces más aparecerá este lugar en la Biblia.
Todos estos signos y señales también nos pueden decir muchas cosas a nosotros hoy. Se nos habla de esa presencia de Dios, de esa unción del lugar santo. Recordamos que nosotros hemos sigo ungidos en nuestro Bautismo y Confirmación con el Espíritu Santo. Ungidos para ser también morada de Dios y templos del Espíritu. Ungidos para significar nuestra pertenencia al Señor y la santidad que ha de brillar en nuestra vida. Ungidos para ser santos. Es nuestra tarea y nuestra meta.
En todo momento y lugar podemos sentir, pues, la presencia de Dios, no como un Dios lejano, sino como un Dios que camina a nuestro lado. Pero es el Dios que nos quiere santos, que quiere morar en nuestro corazón y que seamos templos del Espíritu Santo. Vivamos esa santidad dejando que Dios venga a nosotros y nos inunde con su Espíritu, que es Espíritu de paz y de amor, que es Espíritu de comunión y de santidad.

domingo, 5 de julio de 2009

Nuestra respuesta al regalo de salvación de la Palabra de Dios


Ez. 2,2-5;

Sal. 122;

2Cor. 12, 7-10;

Mc. 6, 1-6


La profecía de Ezequiel que hoy hemos escuchado nos recuerda a Isaías en el texto que Jesús leyó en su visita a la sinagoga de Nazaret, como se nos cuenta en el evangelio de Lucas. ‘El Espíritu entró en mí, me puso en pie y oí que me decía… yo te envío a los israelitas…’
Jesús está lleno del Espíritu del Señor que le ha ungido y ha enviado a anunciar la Buena Noticia de Salvación… proclamar la amnistía, el perdón, la gracia salvadora de Dios.
La Palabra que se nos proclama espera respuesta por nuestra parte. La salvación es un regalo de gracia del Señor pero que tenemos que acoger y aceptar. Dios no nos obliga ni a la salvación. Nos ofrece su regalo de salvación. Pero podemos cerrar las puertas de la vida a la gracia salvadora del Señor.
Sucedió entonces y sigue sucediendo. Jesús en el evangelio nos lo muestra de diferentes maneras. Algunas veces con parábolas como la del trigo caído en tierras diferentes con la disparidad de sus frutos. Otras, como hoy, nos habla de la actitud y hasta rechazo de sus gentes en Nazaret.
Todas las preguntas que se hacen las gentes de Nazaret eran como poner ‘peros’ o pegas a la acción de Jesús. ¿Quién es éste? ¿Cómo sabe tanto? ¿Y esos milagros que sabemos que ha hecho en Cafarnaún y en otros lugares?
‘No rechazan a un profeta más que en su tierra, entre sus parientes y en su casa’, diría Jesús. ‘No pudo hacer allí ningún milagro… y se extrañó de su falta de fe’.
‘Ellos, te hagan caso o no te hagan caso (pues son un pueblo rebelde), sabrán que hubo un profeta en medio de ellos’, que decía la profecía de Ezequiel.
Hablábamos de la respuesta a la Palabra salvadora de Jesús, de la respuesta negativa de las gentes de Nazaret, pero ¿cuál es nuestra respuesta? Ya sabemos que cuando escuchamos y comentamos la Palabra de Dios no nos quedamos en hacer juicio de la respuesta que otros dieron a Jesús. La Palabra es una palabra viva que el Señor nos dirige, que el Señor dirige a cada uno de los presentes. Por eso siempre tenemos que mirarnos en el espejo de esa Palabra dicha y escuchada para ver nuestra respuesta.
Si miramos el conjunto de nuestra sociedad y del amplio campo de nuestro mundo ya sabemos y somos conscientes de la respuesta. No vamos a contentarnos en nuestra reflexión con lamentaciones sobre la increencia de la gente, la indiferencia religiosa en la que se está cayendo o la pérdida de valores que se sustituyen por ese materialismo de la vida, ese hedonismo o apetencia de vida fácil y placentera que estamos viendo como algo predominante en nuestra sociedad entre otras cosas.
Yo querría pensar en la respuesta que damos los que estamos más dentro de la Iglesia, de los que venimos a Misa cada semana o cada día y escuchamos la Palabra, en nosotros mismos que estamos aquí reunidos y me pongo yo el primero en este análisis o examen.
No nos extraña que los ajenos a la religión o al espíritu o sentido cristiano no terminen de entender el mensaje de Jesús, digan no sé cuantas cosas de la Iglesia y hagan sus propias interpretaciones, por ejemplo, del magisterio de la Iglesia, lo que nos enseña el papa o nuestros obispos. Cogerán, como se suele decir, el rábano por las hojas, tomarán una frase fuera de contexto según sus visiones e intereses y harán sus interpretaciones, sus juicios, como sucede tantas veces con el magisterio del Papa. Casos recientes tenemos muchos.
Pero, ¿no estaremos cayendo en esas redes los que nos sentimos más cercanos de la Iglesia, los que estamos dentro de ella? Muchas veces nos dejamos arrastrar por esos comentarios y los aceptamos sin más, sin buscar la manera de conocer mejor lo que realmente nos ha dicho la iglesia o el Papa. Otras veces también queremos hacer nuestras rebajas en principios fundamentales de nuestra fe o de nuestra moral cristiana basada en el evangelio. O nos vamos con éste o con aquel porque nos cae más simpático, o porque con su palabrería halaga mis oídos, mis intereses o mis pasiones diluyendo el espíritu del evangelio. Son peligros y tentaciones que todos tenemos.
Los convecinos de Jesús en Nazaret sacaban a relucir que si era el carpintero, o si era el hijo de María, o que por allí andaban sus parientes. Pero ¿estaban abiertos a la Palabra de Dios que Jesús proclamaba y al anuncio del Reino? Ya el mismo evangelista nos comenta que Jesús se extrañaba de su falta de fe. O sea, que lo importante cuando estaban escuchando a Jesús no era la Palabra de Dios que Jesús les trasmitía y que era Jesús mismo, sino que estaban pendientes de otras cosas más accidentales.
¡Cuántas cosas y comentarios tenemos que escuchar quienes tenemos que anunciar y proclamar la Palabra de Dios! Que si no nos entienden, que si tenemos que adaptarnos más, que si se tiene que hablar de ésta o de no sé qué forma… Y este sacerdote me cae más en gracia y que sermones más ‘bonitos’ dice no se quién, que el otro es un aburrido, que si es de esta tendencia o de no sé qué movimiento y esos sí que lo aplaudirán…
Pero me pregunto, ¿con qué espíritu de fe vamos a escuchar la Palabra de Dios? ¿Venimos realmente a escuchar lo que el Señor tiene que decirnos hoy y aquí allá en lo hondo de mi corazón y que el Señor se servirá de aquella celebración o de aquel sacerdote con todas sus limitaciones?
Que no nos cerremos a la Palabra de Dios detrás de nuestros prejuicios o buscando salvar nuestros deseos o intereses. Que haya una apertura de verdad de nuestro corazón a la gracia de Dios que llega a nosotros. Que no seamos ese pueblo testarudo y rebelde del que nos habla hoy la profecía.
Y si nos damos cuenta ahora al ir oyendo su Palabra – o leyendo este comentario los que me siguen a través de la red - en nuestro corazón de esa testarudez y cerrazón, demos respuesta cambiando nuestra actitud. Aunque nos cueste y nos escueza la Palabra que el Señor hoy nos dirige, dejémonos sanar por ella. Si nos escuece es que hay una herida abierta que tenemos que sanar; y la Palabra sana y salva; y la Palabra tiene que ser ese bálsamo, esa medicina que nos cure y nos llene de salud, salvación y vida.

sábado, 4 de julio de 2009

¿Odres viejos u odres nuevos para el vino nuevo del Evangelio?

Gen. 27. 1-5.15-29
Sal. 134
Mt. 9, 14-17


‘Los discípulos de Juan se acercaron a Jesús preguntándole: ¿Por qué nosotros y los fariseos ayunamos y en cambio tus discípulos no ayunan?’
El Bautista había venido a preparar los caminos del Señor; en torno a él se reunieron muchos que lo escuchaban y querían seguir sus enseñanzas para prepararse debidamente como Juan proclamaba. El bautismo, sumergiéndose en las aguas del Jordán, era un signo de esa preparación que iba acompañada de una austera como la de su maestro. Seguidores quizá de los esenios establecidos por aquellos lugares – recordemos Qumrán a orillas del mar Muerto – vivían una vida semejante de austeridad y penitencia.
Lo mismo los fariseos, caracterizados por la escrupulosidad con que seguían multitud de normas y preceptos, ritualismos y rezos delante de todos, a los que Jesús vemos cómo criticará en muchas ocasiones. Capaces de pagar el diezmo por el comino y la hierbabuena se quedaban muchas veces en esas minuciosidades y no dándole importancia a lo que verdaderamente era importante.
Pero el Mesías había llegado. Jesús estaba en medio de ellos. Con El todo era distinto. Y para responder a la pregunta Jesús les pone unos ejemplos. ‘¿Pueden estar tristes los amigos del novio en la celebración de la boda de su amigo?’ La presencia de Jesús era como un banquete de bodas. Así lo había anunciado el profeta. Recordemos a Isaías cuando habla del festín de manjares suculentos y enjundiosos preparado en el monte del Señor donde ya no cabía ni luto, ni llanto ni dolor. Y Jesús mismo muchas veces había comparado en sus parábolas al Reino de los cielo con un banquete de bodas.
Por eso Jesús les habla de esa vida nueva y distinta cuando se está con El. Había venido a hacer un mundo nuevo, un cielo nuevo y una tierra nueva, un hombre nuevo. Todo había de renovarse. Y renovarse es hacerse nuevo. Renovar no es poner remiendos, hacer arreglitos. Es el ejemplo que Jesús les pone. Una vestidura nueva con un paño nuevo y no remendado.
Les habla también de los odres nuevos y viejos y del vino nuevo. Un odre nuevo ya sea un pellejo curtido para ser convertido en recipiente, o ya fuera un odre o recipiente hecho de barro, porque el odre viejo tiende a reventarse cuando se le pone el vino nuevo con toda su fuerza al fermentar. ‘A vino nuevo, odres nuevos’, nos dice Jesús. Así tiene que nuestra vida, ese odre nuevo en el que quepa el vino nuevo del evangelio, la vida nueva que Cristo nos da. No podemos andar ni con remiendos y con cosas del hombre viejo.
Pero, ¿no andaremos en nuestra vida cristiana muchas veces contentarnos con remiendos y arreglitos o siendo aún un hombre viejo, como un odre viejo? Andamos muchas veces con añoranzas de cosas de otro tiempo, que pudieron ser muy válidas en su momento, pero que hoy el Espíritu que guía a la Iglesia de Dios nos va haciendo surgir algo nuevo en nuestra vida y en la vida de nuestra Iglesia.
Dejemos actuar al Espíritu divino que nos renueva, que nos hace hombres nuevos. Recuerdo aquello que decía el Beato Juan XXIII de abrir las puertas y ventanas de la Iglesia para que entrara el viento nuevo del Espíritu. Y convocó el concilio Vaticano II. Y sopló en la Iglesia ese aire renovador del Espíritu. Y todos vivimos con ilusión y esperanza aquellos momentos primaverales de la Iglesia. Pero para algunos hoy parece que el Concilio Vaticano II no se hubiera celebrado. Y no quiero ni imaginar que en su interior estén pensando que aquello fuera un error en la Iglesia. Esa impresión dan algunas veces con la involución que se ve en ciertos sectores.
Mucho se podría hablar de esto. Vuelta a latines y ritos antiguos, devociones piadosas más propias del siglo XIX que del siglo XXI en que vivimos, conservadurismos a ultranza, vuelta a encerrarnos en nuestras iglesias sin un compromiso serio en la vida social de nuestros pueblos por parte de muchos incluso pastores del pueblo de Dios. Y claro al hombre de hoy hay cosas que no le dicen nada. Y es al hombre de hoy al que tenemos que anunciar el Evangelio y en es en el mundo de hoy donde tenemos que vivirlo y mostrarnos como cristianos. ¡Qué poco vamos a profundizar en el evangelio dejándonos conducir e iluminar por el Espíritu Santo!
¿Queremos ser de nuevo odres viejos? ¿Queremos apagar el fuego del Espíritu que ha ido guiando a la Iglesia a una renovación grande? ¿Queremos seguir con remiendos y componendas? El Evangelio tiene que ser siempre y en todo momento Buena Noticia; luego tenemos que sentirlo como algo nuevo en la vida de cada día. No es noticia hoy que nos digan que Colón descubrió América para Europa a finales del siglo XV, porque eso ya todos lo sabemos. Noticia es lo nuevo que sucede ahora y que nos comunican. Pues eso tiene que ser el Evangelio, Buena Noticia que es su significado, en el hoy de nuestra vida. Y esa Buena Noticia nos está pidiendo renovación, vida nueva en este momento en que vivimos, de ninguna manera simples remiendos.
Dejémonos conducir por el Espíritu del Señor. Vivamos con radicalidad esa vida nueva del Evangelio. Seamos ese hombre nuevo del Reino de Dios.