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viernes, 3 de abril de 2009

El profeta, Cristo y nosotros en el camino de la Pascua

Jer. 20, 10-13
Sal.17
Jn. 10, 31-42

La Palabra que hoy se nos ha proclamado nos vale para mirar la vida del profeta, desde él mirar la vida de Jesús, y terminar contemplando también nuestra vida.
El profeta no sólo anuncia palabras proféticas, sino que su misma vida es un signo y una profecía. Así lo vemos en Cristo y así tiene que ser también nuestra propia vida.
La situación en la que se encuentra el profeta Jeremías en la descripción que nos hace el texto proclamado es bastante dura y difícil por la oposición y hasta persecución que encuentra a su alrededor. Oposición y persecución que incluso le llega de los más cercanos como pueden ser sus propios familiares y los que consideraba sus amigos.
‘Oía el cuchicheo de la gente… mis amigos acechaban mi traspiés. A ver si se deja seducir y lo violaremos, lo cogeremos y nos vengaremos de él…’
Son momentos de infidelidad a la Alianza, de destrucción para el propio pueblo que llega hasta a perder en cierto modo su propia identidad, de desorientación sin saber a quien acudir y quien pueda defenderlos.
Lo que el profeta anuncia, su misma vida que se convierte en un signo para sus coetáneos – es el profeta que no sólo habla con palabras sino que además realiza gestos y signos muy significativos de lo que va a suceder – no era aceptado por el conjunto del pueblo o por sus dirigentes. Por eso tendrá momentos difíciles de cárceles, cepos, hambre y sed cuando le introducen incluso en una piscina seca para dejarlo allí morir.
Pero el profeta se siente seguro y quiere ser fiel a la misión que le ha encomendado el Señor desde el seno de su madre, como dice él. ‘El Señor está conmigo, como fuerte soldado; mis enemigos tropezarán y no podrán conmigo… Señor de los ejércitos, que examinas al justo y sondeas lo íntimo del corazón, a ti encomiendo mi causa… cantad al Señor que libra la vida del pobre de la mano de los impíos…’
Lo que vemos en el profeta es profecía de Cristo, es profecía mesiánica. En el evangelio de hoy vemos cómo se van enconando los posturas de los judíos contra Jesús que quieren de todas maneras quitarlo de en medio. Quieren apedrearle o quieren detenerlo, como hoy hemos escuchado. ‘Los judíos cogieron piedras para apedrear a Jesús… intentaron de nuevo detenerlo, pero se les escabulló de sus manos…’ No ha llegado aún la hora para Cristo.
Las palabras y los hechos de Cristo son signos verdaderos de la salvación que nos ofrece Jesús. Lo que ahora estamos viendo ya en la cercanía de la semana de la pasión y del triduo pascual es anticipo de todo lo que va a suceder.
Hay unos que le rechazan y lo llevarán hasta la cruz, mientras que el evangelista nos habla también de que muchos comienzan a creer en Jesús. Es el signo de contradicción que es Cristo para el mundo, como había anunciado proféticamente el anciano Simeón.
Cristo camina hacia la Pascua, pero nos está señalando también nuestro camino. Nuestra vida, como la del profeta, nuestras palabras, gestos y actitudes, nuestros actos y todo lo que hacemos y vivimos también tiene que ser un signo profético en medio del mundo que nos rodea. Como Cristo, signo de contradicción. Nos rechazarán o nos aceptarán.
No temamos el rechazo. Jesús nos lo anuncia pero El lo pasó para que hubiera pascua. Así tenemos que vivir nosotros intensamente la Pascua. Y no hay pascua sin pasión y muerte. Nos costará y dolerá el testimonio pero tenemos que darlo con gallardía. Sabemos quién es nuestra fuerza. Tenemos con nosotros el Espíritu de Jesús.

jueves, 2 de abril de 2009

Guardar su Palabra para tener vida para siempre

Gén. 7, 3-9
Sal. 104
Jn. 8, 51-59


‘Os aseguro: quien guarda mi palabra no sabrá lo que es morir para siempre’. No entendían los judíos las palabras de Jesús, lo que provocaría la discusión que sigue en la que rechazan a Jesús.
‘Abrahán murió, los profetas también, ¿y tú dices que quien guarde mi palabra no sabrá lo que es morir para siempre? ¿eres tú más que nuestro padre Abrahán, que murió? También los profetas murieron, ¿por quién te tienes?’
Vislumbraban que Jesús hablaba de vida eterna, de que hablaba de un vivir para siempre porque El tiene esa vida eterna y la da a quien cree en El. Contemplar a Jesús como quien tiene esa vida eterna, en una palabra, que es Dios, les costaba entenderlo.
Todos ansiamos la vida, queremos vivir, nos rebelamos contra la muerte. Pero ¿en qué vida pensamos? ¿de qué vida estamos hablando?
Es cierto que esta vida humana que tenemos es bella y que además tenemos que cuidarla como un don de Dios que es. ¿De dónde nos viene la vida sino de Dios? ¿Quién nos ha creado y nos ha dado la vida sino Dios? La protegemos, la cuidamos, la defendemos en nosotros y en los demás. Tenemos que decir incluso que Dios nos enseña a amar la vida. Toda vida. Y no hemos de temer vernos implicados en las campañas que sea para defender toda vida humana desde el primer momento de su comenzar a existir. Pero no podemos perder la perspectiva de su trascendencia, de lo importante que es la vida.
Pero Jesús hoy nos está hablando no solo de esa vida humana; nos está hablando de kla vida divina de la que El ha querido hacernos partícipes por nuestra fe en El. Una vida que tiene perspectiva de eternidad, sobrenatural; una vida divina que nos lleva a Dios y que nos llena de Dios. Habla Jesús de un vivir para siempre, de una vida eterna.
Don y regalo de Dios que en Cristo nos hace partícipes de su vida divina. La llamamos también gracia porque es un don gratuito que Dios nos ha hecho. Si nuestra vida humana, como decíamos, es hermosa y ya la vemos como un don que Dios nos ha regalado cuando nos ha creado, de esta vida divina de la gracia aún tenemos que verla como un don más precioso. Hemos dicho que es un don sobrenatural.
Cuando por nuestro pecado nos habíamos apartado de Dios, nos envía a Jesús que no sólo nos redime y nos perdona, sino que aún más nos enriquece con su gracia, con su vida divina para hacernos hijos de Dios. Es algo que no terminamos de considerar lo suficiente. Algo que sobrepasa todas nuestras categorías humanas. Algo que sería inimaginable para ningún ser humano: hacernos partícipes de la vida divina que nos hace hijos de Dios. Nada merecíamos sino el castigo por nuestro pecado, pero el Seños nos regala con el don nuevo y sobrenatural de la gracia, de la vida divina.
¿Qué necesitamos hacer nosotros? Creer en Jesús, creer en su Palabra, guardar su Palabra y veremos como El nos regala esa vida que dura para siempre. Por la fe nos unimos a Cristo. Sin la fe no lograríamos entenderlo. Creemos en Jesús y nos unimos a El. Creemos en Jesús y nos llenamos de su vida.
Ahora bien, también tenemos que cuidar, proteger, defender esa vida divina de la gracia. Que guardemos su palabra para que no sepamos lo que es morir para siempre. Cuidar, proteger y defender esa fe que tenemos en Cristo. Que crezca así nuestra fe.

miércoles, 1 de abril de 2009

Conoceréis la verdad y la verdad os hará libres

Daniel, 3, 14-20.91-92.95
Sal. Dan. 3, 52-56
Jn. 8, 31-42

‘Si os mantenéis en mi palabra seréis de verdad discípulos míos; conoceréis la verdad y la verdad os hará libres’. Con lo que Jesús les había ido manifestando algunos comenzaron a creer en El. Jesús les anima a mantenerse firmes en su fe y en su seguimiento. Así serán de verdad sus discípulos. No es sólo decir que creemos en Jesús sino ponernos en su camino. Un camino, como nos dice hoy Jesús, que nos lleva a la libertad verdadera.
Cristo es la verdad. Así se los manifestaría Jesús cuando le preguntan por el camino para seguirle y para llegar hasta el Padre. En una ocasión, fue en la última cena cuando Jesús les hablaba de despedidas, le preguntaban. ‘No sabemos a donde vas, ¿cómo podemos saber el camino?’ A lo que Jesús les respondió: ‘Yo soy el camino, la verdad y la vida. Nadie va al Padre sino por mí’.
Pues, Cristo es la única verdad del hombre, el único que nos da un sentido a la vida, el que nos traza el camino verdadero. Si nos decimos sus discípulos es porque le seguimos, en El hemos encontrado esa verdad y ese camino que nos conduce a la plenitud.
Conociendo la verdad de Dios que es Cristo – El es quien nos revela todo el misterio de Dios y todo el misterio y sentido del hombre -, conociendo a Cristo alcanzaremos el verdadero sentido de la vida, y cuando lleguemos a vivirlo alcanzaremos la libertad verdadera. De eso nos está hablando Jesús hoy. El no nos quiere esclavos.
El espíritu del mal no nos revela la verdad sino la mentira. El diablo es el padre de la mentira. Si nos dejamos arrastrar por el camino del mal, caeremos en peor de la esclavitudes.
Pensamos que somos más libres si seguimos el camino de nuestros caprichos. Parecemos adolescentes inmaduros ansiosos de libertad que sólo nos dejamos arrastras por nuestros caprichos o deseos más primarios. Pero sin darnos cuenta caemos en la peor de las esclavitudes.
Cristo nos libera. Cristo ilumina la vida con la luz del evangelio, con la luz de la verdad. Dejarnos conducir por Cristo, dejarnos iluminar por el evangelio no nos esclaviza sino que nos da la más honda libertad. El evangelio no nos impone nada a la fuerza. El evangelio solo nos señala el camino del bien, nos traza la ruta de nuestra vida que nos lleva a la mejor y más honda felicidad.
En mi libertad he de tener la luz suficiente para escoger el camino del bien y no el camino del mal. Por eso el evangelio siempre es luz para nuestra vida. En el evangelio no hay oscurantismos, sino que todo es claridad. Así podremos caminar los mejores pasos, hacer los mejores caminos, ir por la senda de la luz y de la vida. Las tinieblas no nos llevan a la vida sino a la muerte.
Cuando escogemos el camino del mal es que estamos confundidos; es lo que quiere hacer en nosotros el espíritu del maligno; nos confunde para hacernos caer en sus redes y esclavizarnos.
Cuando amas con un amor verdadero eres más libre. Pero digo amar con un amor verdadero, liberado de egoísmos y caprichos. Cuando solo te dejas arrastras por tus caprichos, por tu egoísmo, por tu orgullo, por tu vanidad, por tus pasiones desenfrenadas, caes al final en la peor esclavitud que es la del pecado. ‘Os aseguro que quien comete pecado es esclavo’, nos ha dicho Jesús hoy.
Que Cristo nos ilumine, nos enseñe el camino, nos descubra la verdad, nos fortalezca para el bien y para el amor. Cristo nos hace libres de verdad.

martes, 31 de marzo de 2009

Si no creéis que ‘yo soy’ moriréis por vuestros pecados

Núm. 21, 4-9
Sal. 101
Jn. 8, 21-30

‘Ellos decían ¿Quién eres tú?’ No terminan de entender las palabras de Jesús y hacen sus interpretaciones. Cuánto les costaba entender y conocer a Jesús. Se habían hecho a una idea y cuando Jesús se les presentaba de otra manera era ya difícil entenderlo y conocerlo. No podemos acercarnos a Jesús con ideas preconcebidas.
‘Con razón os he dicho que moriréis por vuestros pecados: pues si no creéis que yo soy, moriréis por vuestros pecados…’ Jesús les habla claramente. Es necesario creer en Jesús y creer en Jesús es aceptar que viene del Padre, que es el enviado del Padre, que es el Hijo de Dios.
De alguna manera Jesús está hablando de su divinidad. Dándose a conocer en toda su profundidad. ‘Yo soy’ es la expresión hebrea del nombre innombrable de Dios. Cuando se manifiesta en el Horeb en medio de la zarza ardiendo a Moisés y éste le pide que le diga un nombre para poder decirle a los israelitas de parte de quién es enviado, Dios le dice: ‘Yo soy, esto dirás a los israelitas: Yo soy me envía a vosotros’. Y esa es la expresión que Jesús está utilizando.
Al menos podían comprender que era el Mesías Salvador. Por no creer en El, morirían por sus pecados. ‘Con razón os he dicho que moriréis por vuestros pecados; pues si no creéis que yo soy, moriréis por vuestros pecados’. Luego es el que viene a perdonar los pecados, como lo señala el Bautista, ‘Este es el Cordero de Dios que quita los pecados del mundo.’
‘Cuando sea levantado el Hijo del Hombre sabréis que yo soy’, termina diciéndoles Jesús- Clara referencia a la serpiente de bronce levantada en el desierto por Moisés de la que nos habla la primera lectura. esa referencia directa la hace Jesús en otro momento del evangelio de Juan, cuando la visita de Nicodemo en la noche a Jesús. ‘Lo mismo que Moisés levantó la serpiente en el desierto, así será levantado el Hijo del Hombre para que todo el que cree en El no muera, sino que tenga vida eterna’. También en otro momento Jesús nos hablará de que será levantado en lo alto y todos nos sentiremos atraídos hacia El. Habla de su muerte en la Cruz y de su resurrección. Y ya hemos reflexionado diciendo que en la muerte y la resurrección de Jesús es la mayor manifestación de la gloria de Dios.
Se siente Jesús seguro en lo que hace porque no se siente solo el Padre está con El. ‘El que me envió está conmigo, no me ha dejado solo, porque yo hago siempre lo que le agrada’. Es el enviado del Padre y el Padre está con El. Sin embargo en la cruz pasará por la prueba de la soledad: ‘Dios mío, Dios mío, por qué me has abandonado’, gritará Jesús repitiendo las palabras del Salmo.
Una invitación clara y contundente a creer en Jesús para que creyendo en su nombre alcancemos la salvación, el perdón de los pecados. Todo nos va conduciendo en estos días, en la cercanía de la celebración de la pasión, muerte y resurrección del Señor a que nos reafirmemos fuertemente en nuestra fe en Jesús. Es desde esa luz de la fe y desde el sentido del amor donde contemplaremos y podremos comprender el Misterio que celebramos, el Misterio de nuestra Redención que es Misterio de fe y de amor.

lunes, 30 de marzo de 2009

La justicia de Dios es su misericordia

Daniel, 23, 1-9.15-17.19-30.33-62
Sal. 22
Jn. 8, 1-11


La justicia de Dios es su misericordia. Así se unen en Dios la justicia y la misericordia, cosa que a los hombres tanto nos cuesta y para algunos incluso parece hasta incompatible.
El que lo hace, que lo pague, decimos tantas veces haciéndonos justicieros. El mundo que nos rodea no termina de entender la virtud de la misericordia y del perdón que nos predica Cristo y que tratamos de vivir los cristianos.
‘Dios no envió su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo se salve por El’, nos dice el Evangelio. Y es ahí donde está la misericordia justo al lado de nuestro arrepentimiento y la capacidad de perdón.
Es que quien ha ofendido al Señor, decimos, Dios tiene que condenarlo y en su justicia castigarlo. Empleamos demasiado la frase de que Dios nos castiga. Pero, pregúntate, ¿es que a ti no te gustaría que te perdonan tantos errores como vas cometiendo en la vida? O ¿es que eres de los que se creen tan justos que pueden tirar la primera piedra porque no tienes pecado?
La condena, es cierto, nos la hemos buscado nosotros – entendamos bien lo que voy a decir – cuando nos hemos apartado de Dios y vivimos en ruptura con El. Soy yo quien con mi pecado me he apartado, alejado de Dios, y en consecuencia de la vida en plenitud que El me ofrece. Claro que viviendo esa ruptura con Dios no alcanzaré a vivir esa dicha de felicidad eterna que Dios me tiene reservada. Pero he sido yo el que me he apartado, he escogido otro camino, he preferido vivir sin esa plenitud que Dios me ofrece.
Pero ahí aparece, vuelvo a decir, la misericordia de Dios que nos busca como el pastor a la oveja perdida que se marchó del redil. La misericordia del Señor viene a romper todas las barreras que los hombres ponemos con nuestro pecado y egoísmo entre unos y otros y que nos separan y distancian al mismo tiempo de Dios.
El Señor está esperando, más aún, motivando y moviéndonos con su gracia a ese paso de arrepentimiento sincero que nos lleve a la conversión, a la vuelta a Dios, a recibir el abrazo del perdón misericordioso de Dios.
Es lo que nos enseña el evangelio de hoy. Jesús está en el templo y enseñaba al pueblo. Traen a una mujer que por su pecado de adulterio está condenada; aquellos que se tienen por justos quieren que se ejecute tal condena. ‘Los letrados y los fariseos le traen una mujer una mujer sorprendida en adulterio y, colocándola en medio, le dijeron: Maestro, esta mujer ha sido sorprendida en flagrante adulterio. La ley de Moisés nos manda apedrear a las adúlteras: ¿Tú que dices?’
Jesús espera. Jesús hace silencio. Quieren comprometerlo para poder acusarlo a El también. ‘Jesús, inclinándose, escribía con el dedo en el suelo’. Pero son muchos, y no sólo aquella mujer, los que tienen que dar pasos de arrepentimiento y cambio de corazón. Pero están cegados. Jesús sólo habla para decirnos que el que sea tan justo que no tenga pecado tire la primera piedra. ‘Como insistían en preguntarle se incorporó y les dijo: El que esté sin pecado, que le tire la primera piedra’. Y Jesús siguió inclinado esperando en silencio.
Todos se están enfrentando consigo mismo y con su conciencia. Se escabullen porque al final tendrán que reconocer que ninguno puede tirar la primera piedra. Viene por fin la misericordia. La justicia de Dios es misericordia. ‘¿Ninguno te ha condenado? Tampoco yo te condeno. Anda, y en adelante no peques más’. Ese es el actuar de Dios.

domingo, 29 de marzo de 2009

El grano de trigo que muere da mucho fruto


Jer. 31, 31-34;

Sal. 50;

Hebreos, 5, 7-9;

Jn. 12, 20-33

‘Y cuando yo sea elevado sobre la tierra, atraeré a todos hacia mí. Esto lo decía, nos comenta el evangelista, dando a entender la muerte de que iba a morir’.
Jesús es consciente hacia donde camina, porque su camino es el amor y la entrega. Lo fue siempre. Por eso y para eso vino al mundo. ‘Tanto amó Dios al mundo que envió a su Hijo único…’ como hemos escuchado muchas veces. Ese ha sido todo el motor de su vida. Y ese es el camino que está haciendo hacia Jerusalén. Y el amor y la entrega entrañan sacrificio.
‘Mi alma está agitada…’ nos dice hoy. Será la misma agitación y angustia que vive en Getsemaní, como nos narrarán los sinópticos. Hoy estamos leyendo el evangelio de Juan. ‘Triste está mi alma hasta la muerte…’ dirá en Getsemaní.
Hoy le hemos escuchado: ‘Ahora mi alma está agitada, y ¿qué diré? Padre líbrame de esta hora…’ Entonces dirá: ‘¡Abba! (Padre), tú lo puedes todo; aparta de mí este cáliz’.
Ahora exclama: ‘Si para esto he venido, para esta hora,. Padre, glorifica tu nombre’. En Getsemaní concluirá: ‘Pero no lo que yo quiero, sino lo que tú quieres’. Y dice el evangelista: ‘Entonces vino una voz del cielo: Lo he glorificado y volveré a glorificarlo’.
¿Dónde está esa glorificación? Aunque nos pueda parecer un contrasentido, en el amor y en la entrega hasta el final. En la muerte de Cristo y en su resurrección se va a manifestar la gloria de Dios como nunca se ha manifestado. La muerte no es una derrota sino un triunfo. Es el triunfo del amor y de la vida, vencedor sobre el pecado y la muerte.
Había hablado del grano de trigo que será fecundo o infecundo dependiendo de lo que hagamos con él. El que cae en tierra, hace surgir una nueva planta, una nueva vida. El que es triturado en el molino hará blanca harina prometedora de blanco y tierno pan que nos alimenta y da vida. El que se guarda para sí, ni es enterrado ni triturado, se resecará y se anulará ni sirviendo para nada. ‘Os aseguro, nos ha dicho, que si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo; pero si muere da mucho fruto…’
¡Cuánto tenemos que aprender para nuestra vida! Nunca queremos perder; pretendemos quedarnos siempre intactos como palmitos; nos cuesta vaciarnos ya sea de nuestro yo con sus orgullos, ya sea de aquellas cosas con las que llenamos la vida y que al final nos daremos cuenta que son inútiles. Cuántas ataduras en nuestra vida que nos esclavizan. Ponemos la felicidad en las cosas efímeras y caducas. Rehuimos el sacrificio, o el desgarro que se produce dentro de nosotros cuando tenemos que arrancarnos de nuestros apegos. Siempre andamos con disculpas sobre aquellas cosas que decimos de las que no podemos prescindir.
Pero sólo el que se vacía y se sacrifica encontrará la vida más plena; el que se desprende de esas ataduras que esclavizan será más libre y estará más abierto a la vida verdadera.
Nos ha dicho Jesús: ‘El que se ama a si mismo se pierde, y el que se aborrece a sí mismo en este mundo, se guardará para la vida eterna’.
No es fácil que se entienda hoy este mensaje. El espíritu con que vive el mundo – y nosotros no somos tan ajenos ni estamos tan lejanos de este espíritu mundano – sólo quiere satisfacciones prontas y fáciles, busca en todo momento la vanagloria del prestigio, del poder o de la fama. Cómo se rehuye el sacrificio. Cuánto nos cuesta el esfuerzo.
Pero, ¿de que te vale ganar el mundo entero, todas las glorias del mundo y sus vanidades, si se pierde la vida verdadera, la mejor plenitud y el gozo y la felicidad más profunda y duradera? Es lo que en nuestras prisas no sabemos apreciar.
Seguimos a Jesús porque creemos en El. Pero no olvidemos que seguir el camino de Jesús es seguir el camino de la Cruz. Pero no miremos la cruz solamente por lo que tenemos que dejar, sino que miremos lo que en verdad ganamos para nosotros mismos y para los demás. Pensemos en la cruz como camino de entrega y de amor. Como lo fue para Jesús. Amor y entrega hasta el final. Vaciémonos de cuanto nos estorba y esclaviza para que podamos en verdad llenarnos de la vida y de la gracia que Cristo nos ofrece.
Estamos iniciando ya la última semana de la Cuaresma que desembocará en la semana de la pasión para concluir con el triduo pascual de la muerte y resurrección del Señor. Vamos a celebrar la Alianza Nueva y Eterna en la sangre derramada de Cristo. Esa Alianza que anunciaba el profeta que iba a ser inscrita no en piedra sino en nuestros corazones. Donde sentiremos de verdad que el Señor es nuestro único Dios pero que nosotros tenemos que ser en verdad también su pueblo, el pueblo de la Nueva Alianza.
Vamos a descubrir y a conocer de verdad al Señor, su rostro misericordioso, porque el va a perdonar nuestros pecados y olvidar para siempre nuestras culpas. Como nos decía el profeta, ‘todos me conocerán desde el pequeño al grande cuando perdone sus crímenes y no recuerde sus pecados’.
‘Oh Dios, crea en mí un corazón puro’, pedimos con el salmista. Que sintamos en verdad la alegría de su salvación porque Cristo, obedeciendo, ‘se convirtió para nosotros en autor de salvación eterna’

sábado, 28 de marzo de 2009

Dejémonos humildemente sorprender por Jesús

Jer. 11, 18-20
Sal.7
Jn. 7, 40-53

¿Con que actitud vamos hasta Jesús? Es bueno que nos hagamos esta pregunta para que encontremos la mejor manera de acercarnos a El y conocerle más y mejor, amarle más y vivir más intensamente su vida.
En el evangelio hoy proclamado y en los que vamos escuchando estos días encontramos distintas posturas y reacciones hasta contradictorias en torno a la figura de Jesús. Nos puede ayudar el reflexionar sobre ello para que nosotros purifiquemos nuestra manera de acercarnos a Jesús.
Está la gente humilde y sencilla, podríamos decir que con un especial olfato de Dios, capaz de admirarse ante las maravillas con las que Dios se les manifiesta y que entonces quieren ver en Jesús que es un profeta o que es el Mesías. ‘Unos decían: éste es de verdad el profeta. Otros decían: Este es el Mesías’.
Pero estaban también los que dudaban y discutían aunque también con deseos de búsqueda. Y trataban de confrontar lo que veían en Jesús con lo anunciado en la Escritura. ‘¿Es que de Galilea va a venir el Mesías? ¿No dice la Escritura que vendrá del linaje de David, y de Belén, el pueblo de David?’
Pero estaban también los inseguros y los indecisos, como los guardias del templo que se veían entre la espada y la pared; por un lado los sumos sacerdotes y fariseos y por otra parte el pueblo sencillo, mientras ellos también en su interior sentían una inquietud. Ante la reacción de los sumos sacerdotes y fariseos porque no lo llevaron preso ellos reconocían: ‘Jamás ha hablado nadie así’. Y a pesar de ese reconocimiento sin embargo no se atrevían a hacerse sus discípulos
Pero estaban también los maliciosos y manipuladores, los que querían de la forma que fuera quitar de en medio a Jesús. Era lo único que les importaba. Y en una actitud soberbia despreciaban incluso a quienes no pensaran como ellos. ‘Esa gente que no entiende de la ley son unos malditos’.
Nosotros, ¿con qué actitud vamos o tenemos que ir a Jesús?
Apertura de corazón para conocerle, pienso que es lo primero. No cerrar los oídos del corazón. Tengamos ese olfato de Dios, que decíamos antes. Humildad para ser capaces de admirarnos en lo que vamos a encontrar. Dios nos va a manifestar algo nuevo. Nunca de antemano pensemos que ya nos lo sabemos todo y nada nuevo se nos va a enseñar, porque si con esa apertura del corazón y esa humildad acudimos siempre nos vamos a encontrar con la sorpresa de lo nuevo que nos va a manifestar el Señor.
Deseo de conocer a Dios, de búsqueda sincera, y de dejarnos conducir por el Espíritu del Señor que nos habla de mil maneras. El habla a nuestro corazón. Tenemos también que saber escuchar la Escritura Santa, ahondar en la lectura del Evangelio.
Busquemos a Jesús sin prejuicios y con sinceridad de corazón. Orando a Dios para que nos conceda la luz de su palabra para conocerlo. El gran teólogo santo Tomás de Aquino decía que estudiaba la teología de rodillas. Pues con esa actitud orante acerquémonos nosotros al evangelio para conocer a Jesús. Porque cuando leemos el evangelio o cualquier pasaje de la Escritura no vamos allí a aprender cosas como quien acude a un libro de historia o de cualquier otro humano saber. Vamos a saborear a Dios, a adquirir la sabiduría de Dios.
Escuchemos allá en lo hondo del corazón la Palabra de Dios. dejándonos conducir por la Iglesia que está asistida por el Espíritu Santo. Dejémonos sorprender por la revelación del Señor.

viernes, 27 de marzo de 2009

El Señor está cerca de los atribulados

Sab. 2, 1.12-22
Sal. 33
Jn. 7, 1-2.10.25-30


‘El Señor está cerca de los atribulados, salva a los abatidos… aunque el justo sufra muchos males, de todos los libra el Señor, no será castigado quien se acoge a El…’ hemos rezado en el salmo responsorial.
¿Por qué me sucede a mi todo esto si yo no he hecho nada malo? Una queja, una súplica, un dolor en el corazón. ¡Cuántas veces hemos pensado de manera semejante! Nos cuesta vernos envueltos en problemas, dificultades, incomprensiones, sufrimiento, enfermedad…
Nunca podemos creernos totalmente justos, porque todos somos débiles y pecadores. Pero pienso que tampoco tenemos que mirar como un castigo de Dios aquellas cosas adversas que nos suceden. Os digo que el Dios en quien creo no lo veo con su varita castigadora buscando a ver donde tropecé, cometí un error o hice algo malo para sancionarme.
Lo que muchas veces nos sucede como adverso o doloroso puede ser una prueba que aquilate y purifique nuestra fe. El dolor nos purifica, nos hace aprender a poner toda nuestra confianza en Dios, además de que puede ser una ofrenda que presentemos a Dios.
Leía anoche en Zenit una entrevista hecha a Clara Rojas, - abogada colombiana, de 45 años, secuestrada junto con Ingrid Betancourt el 23 de febrero de 2002 y liberada el 10 de enero del año pasado - donde expresaba cómo su fe en Dios le sirvió para afrontar la situación dolorosa por la que pasaba y todo ese sufrimiento fue para ella una prueba que le ayudó a sentirse más fortalecida en su fe.
Decía: “En el secuestro, cuando uno está solo, solamente le queda tocar las puertas de Dios. Me acordé de las bases católicas que tuve y a las que pude echar mano. El secuestro me permitió fortalecer mi fe en Dios y la puso a prueba a todos los niveles. Tuve muchas oportunidades de reflexionar, muchos momentos de paz y de tranquilidad, y eso me permitió orar, pedirle a mi Dios. Y creo que las oraciones tuvieron eco y llegaron a algún lado y finalmente gracias a esto se pudo hacer el milagro de encontrar la libertad y de encontrarme con mi hijo…
Cuando uno no tiene nada ni nadie que le pueda dar un apoyo, y cuando uno tiene una educación cristiana como la tuve yo, lo uno que tiene que hacer es echar mano de Dios Todopoderoso y aferrarse a esto para poder buscar una luz porque son momentos en los que uno ve total oscuridad, no sabe si lo van a liberar, no sabe si lo van a matar, y además se está solo. De alguien tiene uno que agarrarse para poder sobrevivir”.

Quienes nos miran, y más si nosotros nos presentamos como creyentes, estarán esperando a ver hasta donde llega nuestra fortaleza y si de verdad nuestra fe es firme en el Señor. Como escuchamos en la lectura del libro de la Sabiduría ‘Veamos si sus palabras son verdaderas, comprobando el desenlace de su vida. Si es justo, hijo de Dios, lo auxiliará y lo librará de sus enemigos…’
Fue lo que dijeron los judíos de Jesús cuando estaba siendo crucificado. ‘¡Que venga su Padre, y lo baje de la cruz!’
Pero no temamos porque lo que puede ser un aparente fracaso - ¿no pareció fracaso la muerte de Jesús en la Cruz? – será al final una victoria. Jesús con su muerte venció nuestra muerte, y le contemplamos, no muerto, sino resucitado, vencedor sobre la muerte.
También sucede que el testimonio del bien y de la bondad molestan al impío, al que hace el mal. El que obra rectamente, el que se presenta con altura moral siempre va a ser rechazado porque su testimonio resulta incómodo para el que no obra rectamente. ‘Acechemos al justo, que nos resulta incómodo, se opone a nuestras acciones, nos echa en cara nuestros pecados, nos reprende nuestra educación errada, declara que conoce a Dios y se da el nombre de Hijo del Señor…’
Creo que esto que estamos reflexionando a partir de la Palabra de Dios hoy proclamada en el libro de la Sabiduría nos ilumine en las diversas situaciones que vivimos en medio del mundo. ‘Bandera discutida’, dijo Simeón de Jesús cuando la presentación en el templo.
Bandera discutida el creyente, el cristiano, la iglesia en medio del mundo de hoy. Lo vemos cada día en los medios de comunicación. No temamos. Es señal de que caminamos con la verdad. Con Cristo sabemos que el triunfo está de nuestra parte.

jueves, 26 de marzo de 2009

Los testimonios a favor de Jesús

Ex. 32, 7-14

Sal. 105

Jn. 5, 31-37

Diatriba y oposición de los judíos contra Jesús. Será como el tema de fondo del evangelio en los días que nos restan de Cuaresma. Escucharemos principalmente el evangelio de san Juan. Nos acercamos a la pasión y muerte de Jesús que será en lo que desemboque toda esta oposición y diatribas. Nos valdrá para ir conociendo cada vez con mayor profundidad la figura de Jesús y el sentido de su pasión y muerte que se avecinan en nuestras celebraciones.

Les cuesta aceptar a Jesús, comprender que es el Mesías Salvador, el enviado del Padre. Hoy se nos habla en el evangelio de diversos testimonios que avalan la obra de Jesús.

Les habla en primer lugar del testimonio de Juan, el Bautista, el que vino a preparar los caminos del Señor; aquel que le señala como el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo – recordemos los primeros discípulos de Jesús, Juan y Andrés, que escucharon esa indicación del Bautista y se fueron tras Jesús -; aquel que fue testigo en la orilla del Jordán de la manifestación de la gloria de Dios sobre Jesús a la hora de su bautismo.

Además los judíos de Jerusalén habían enviado mensajeros a Juan para saber si él era el Mesías, por que bautizaba si no era el Mesías ni un profeta, y Juan les había hablado claramente del que estaba en medio de ellos y no lo conocían. ‘Enviásteis mensajeros a Juan y él ha dado testimonio a la verdad’, les dice ahora Jesús.

Pero Jesús les ofrece un testimonio mayor. ‘Pero el testimonio que yo tengo es mayor que el de Juan: las obras que el Padre me ha concedido realizar; esas obras que hago dan testimonio de mi: que el Padre me ha enviado. Y el Padre que me envió, El mismo ha dado testimonio de mí’, les dice Jesús.

Recordamos que Nicodemo cuando fue a ver a Jesús reconoce que es un hombre que viene de Dios, porque si no viniera de Dios y Dios no estuviera con El, no podría realizar las obras que hace.

Y finalmente Jesús les habla de lo anunciado en las Escrituras, que tiene pleno cumplimiento en Jesús. ‘Estudiáis las Escrituras pensando encontrar en ellas vida eterna: pues ellas dan testimonio de mí, ¡y no queréis venir a mí para tener vida!... si creyerais a Moisés, me creeríais a mí porque de mí escribió él…’

Decir Moisés en esa referencia a las Escrituras es estar haciendo referencia a la Ley y a los profetas. La Torá, la ley es atribuida a Moisés. Recordamos cómo en el Tabor aparecieron Moisés y Elías en el momento de la transfiguración de Jesús, para significar la Ley y los Profetas que habían hablado de Jesús, del Mesías que iba a venir como Salvador.

Nosotros queremos conocer a Jesús, reafirmar nuestra fe en Jesús, fortalecer y profundizar en nuestra fe en Jesús. Es lo que hemos ido queriendo hacer de manera especial en este tiempo de Cuaresma, porque en verdad queremos llenarnos de la vida eterna. Queremos ir sin titubeos hasta Jesús para tener vida. Ahondemos, pues, en las Escrituras. La Biblia tiene que ser nuestro vademécum cada día.

Si un cristiano que quiere en verdad seguir a Jesús ha de alimentarse diariamente de la Palabra del Señor, escuchándola en su corazón, meditándola y haciéndola oración, con mayor intensidad tenemos que hacerlo en este tiempo de gracia y de salvación que tiene que significar para nosotros la Cuaresma. Como hemos dicho en otra ocasión es nuestra sabiduría y nuestra inteligencia.

miércoles, 25 de marzo de 2009

El ‘si’ de Dios al hombre en la Encarnación

Is. 7, 10-14
Sal. 39
Hebreos 10, 5-10
Lc. 1, 26-38





Me atrevo a llamar, y no por querer ser original, la fiesta que celebramos en este día la fiesta del ‘si’.
Primero y lo más importante es el ‘si’ de Dios al hombre, al que ama y al que ofrece su salvación. ‘Si’ del amor de Dios que se nos revela y manifiesta en Jesús y que es correspondido por el ‘si’ de la humanidad, cuyo primer ejemplo tenemos en María, la que se llamó a sí misma la humilde esclava del Señor.
Vayamos por partes para ordenar mejor nuestra reflexión. El ‘si’ más importante y más grandioso es el de Dios. Dios sigue amando al hombre a pesar de nuestra infidelidad y pecado. Dios quiere seguir contando con el hombre y le ofrece la salvación, un Salvador. De tal manera es este ‘si’ de Dios que nos envía a su Hijo para que se encarne y se haga hombre para así llenarnos de su salvación, con ese amor total de Dios con nosotros.
‘Pide una señal al Señor tu Dios en lo hondo del abismo o en lo alto del cielo’, le dijo a Acaz. ‘No, no la pido, respondió Acaz, no quiero tentar al Señor’. Pero el profeta de parte de Dios le anuncia que la señal se dará y será una señal salvadora. ‘Escucha, casa de David… pues el Señor, por su cuenta, os dará una señal. Mirad la virgen está encinta y da a luz un hijo, y le pone por nombre Emmanuel (que significa Dios con nosotros)’. Es el ‘si’ de Dios que quiere acercarse al hombre y nos está anunciando al Salvador.
Y ahí contemplamos el ‘si’ de Jesús: el ‘si’ de Jesús, Dios verdadero; el ‘si’ de Jesús verdadero hombre. ‘Cuando Cristo entró en el mundo dijo: Tú no quieres sacrificios ni ofrendas; pero me has preparado un cuerpo… entonces yo dije… Aquí estoy, oh Dios, para hacer tu voluntad… y conforme a su voluntad todos quedamos santificados por la oblación del cuerpo de Jesucristo, hecha una vez para siempre’.
Al ‘si’ de Dios se corresponde el ‘si’ del hombre. El primer 'si' enlo humano fue el de María y que es como modelo y ejemplo de todo nuestro ‘si’. Lo hemos escuchado en el evangelio. ‘Fiat… hágase en mí según tu palabra…’
‘Llegada la plenitud de los tiempos, Dios envió su mensaje a la tierra y la Virgen creyó el anuncio del ángel: que Cristo encarnado en su seno por obra del Espíritu Santo iba a hacerse hombre por salvar a los hombres’.
Así diremos en el prefacio.
Es el misterio de la Encarnación de Dios que hoy celebramos. Hemos escuchado el anuncio del ángel a María en el Evangelio y en ese momento del ‘si’ de María Dios se encarnó en sus entrañas. ‘El Espíritu Santo vendrá sobre ti y la fuerza del Altísimo te cubrirá con su sombra: por eso el santo que va a nacer se llamará Hijo de Dios’. Admirable misterio el que hoy celebramos.
Un misterio de amor de Dios, que reconocemos, que adoramos. Un misterio de amor de Dios que nos impulsa a la alabanza y a la acción de gracias. Un misterio de amor de Dios que nos está invitando a dar también nuestro ‘si’.
Como María nos postramos ante la voluntad de Dios. Como María abrimos nuestro corazón a Dios para dejar que su amor actúe en nosotros, nos llene y nos inunde. Como María plantamos la Palabra de Dios en nuestra vida y nuestro corazón.
‘Concédenos en tu bondad que cuantos confesamos a nuestro Redentor como Dios y como hombre verdadero, lleguemos a hacernos semejantes a El en su naturaleza divina’. Así rezamos y pedimos en la oración litúrgica de esta fiesta.
El ‘si’ que damos como respuesta al plan de Dios sobre nuestra vida nos eleva y engrandece, nos hace semejantes a Dios, porque nos hace partícipes de su vida divina. Por ese ‘si’ de nuestra respuesta en el Hijo nos hacemos hijos. Con ese ‘si’ de nuestra respuesta emprendemos un camino de gracia y santidad al que estamos llamados.
Que María nos alcanza esa gracia de aprender a decir ‘si’, a no reservarnos más para nosotros sino estar siempre disponibles para Dios como lo estuvo María.

martes, 24 de marzo de 2009

¿Quieres quedar sano?

Ez. 47, 1-9.12

Sal. 45

Jn. 5, 1-3.5-16

‘¿Quieres quedar sano?’ Es la pregunta que Jesús hace al paralítico de la piscina probática. ¿Será también una pregunta que nos quiere hacer a nosotros? Puede ser muy significativo.

Ya el evangelista nos explica la situación. ‘Hay en Jerusalén, junto a la puerta de las ovejas, una piscina que llaman en hebreo Betesda…’ Los enfermos se apiñan allí esperando el movimiento del agua para introducirse en la piscina y curarse. No todos lo consiguen. Aquel hombre llevaba allí treinta y ocho años postrado en su camilla.

Esta piscina cuyas aguas dan salud está haciendo una referencia clara a lo anunciado proféticamente por Ezequiel, y que hemos escuchado en la primera lectura. Los ríos de agua que ‘manaban por debajo del umbral de la puerta del templo y que corrían hasta oriente hasta el mar de las agua pútridas’, salobres. Una agua viva que por donde pasa va llenando de vida y salud, los árboles vuelven a florecer, los ríos y los mares se llenan de seres vivientes, todo se va haciendo nuevo, renovado al paso del agua que manaba del templo.

Es una imagen que se repite en el Antiguo Testamento y que también en el nuevo tiene se aparición y su significado. Una imagen tipo del agua viva nueva que se nos dará en el Nuevo Testamento también para significar esa vida nueva que en Cristo vamos a encontrar. En el Antiguo Testamento es tipo y figura de lo que en el nuevo se realizará en plenitud con la presencia de Cristo.

Es lo que Jesús dice junto al pozo de Jacob a la samaritana que allí iba a buscar agua y también Cristo le pide de beber, aunque sea El quien prometa una agua viva que calmará para siempre la sed y nos dará vida. ‘Si conocieras el don de Dios le pedirías tú agua viva…’

Será lo que Jesús grite un día también en el templo: ‘El que tenga sed que venga a mí y beba, y haré surgir dentro de él un surtidor de agua viva que le dará vida eterna’.

Ahora Jesús está junto a aquel hombre que se queja que no puede llegar hasta el agua que sana en el momento oportuno. ‘Señor, no tengo a nadie que me meta en la piscina cuando se remueve el agua; para cuando llego yo, otro se me ha adelantado’.

Pero ya no necesitará introducirse en el agua de aquella piscina porque allí está el que es el agua viva. No necesitará del signo porque allí está Jesús mismo. Nosotros seguimos necesitando y utilizando el signo en las aguas bautismales y también nos llenamos de vida. Ahora junto a la piscina está Jesús mismo, el que es prefigurado en esta agua que se mueve y que sana. Allí está Cristo con su salvación, con su vida.

‘Levántate, toma la camilla y echa a andar’. Y así lo hizo aquel hombre. Y emprendió el camino nuevo al que Jesús le había conducido, aunque aún le faltara conocer muchas cosas de Jesús. Lo había visto, lo había curado, pero no lo conocía. ‘Mira, has quedado sano, no peques más, no te suceda algo peor…’

‘¿Quieres quedar sano?’, nos dice a nosotros también Jesús. También Cristo nos manda levantarnos de nuestra postración; nos da vida nueva para que nos levantemos, librándonos de tantas ataduras, esclavitudes, pecados.

Bebamos esa agua viva que es Cristo. Llenémonos de su gracia. Comencemos a andar de una vez por todas por esa vida nueva que Jesús nos da liberados de nuestro pecado. Y miremos quien puede haber a nuestro lado que necesite quien le ayude a levantarse. Es algo bueno que podemos hacer cuando Cristo nos ha liberado y puesto en camino de vida nueva.

lunes, 23 de marzo de 2009

Con Jesús siempre nos llega la vida

Isaías, 65, 17-21
Sal. 29
Jn. 4, 43-54

Con Jesús siempre nos llega la vida, nos arranca de la muerte. Con esta frase quiero resumir el mensaje que nos ofrece hoy la Palabra de Dios, en especial el evangelio.
‘Señor, baja antes de que se muera mi niño’, suplicaba una y otra vez aquel hombre a Jesús. Había vuelto Jesús desde Judea atravesando Samaria hasta Galilea. ‘Había un funcionario real que tenía un hijo enfermo en Cafarnaún… y le pedía a Jesús que bajase a curar a su hijo que estaba muriéndose…’ Jesús andaba por Caná ‘donde había convertido el agua en vino’ en el primer signo que Jesús realizó en Galilea.
‘Como no veáis signos y prodigios, no creéis’, le dice Jesús. El hombre pedía la curación de su hijo. ¿Cuál fue el gran prodigio que allí se realizará? Es cierto que el niño del funcionario se restablecerá, pero tenemos que reconocer que el gran prodigio fue la fe que se despertó en aquella gente, comenzando por aquel funcionario real que pedía la salud de su hijo.
Fe en que Jesús podía curar a su hijo tenía aquel hombre cuando acude a Jesús. Es la necesidad, la amargura de su corazón al ver morir a su hijo lo que le hace acudir a Jesús. Pero esa fue se transformó en algo más hondo. ‘Jesús le dice: Anda, tu hijo está curado. Y el hombre creyó en la palabra de Jesús y se puso en camino’. Finalmente cuando todo está comprobado con los criados que vienen a trasmitirle la buena noticia ‘creyó él y toda su familia’. Una lección para nuestra vida.
¿Qué buscamos nosotros cuando vamos hasta Jesús? Algunas veces vamos muy preocupados por nuestros afanes humanos, por nuestros dolores o nuestros achaques, por los problemas que podamos tener. Queremos el milagro de la salud o la solución de nuestros problemas. Pero ¿es sólo eso lo que viene a ofrecernos Jesús?
Jesús viene a traernos vida, pero es necesario que creamos en El y nos pongamos en camino, aunque nuestros problemas no se soluciones, los dolores no desaparezcan o no nos recuperemos en nuestra salud como pedimos y deseamos. Creer y ponernos en camino. Creer en la Palabra de Jesús con todo lo que pueda ofrecernos, decirnos o pedirnos esa Palabra y ponernos en camino. Porque la Palabra nos levanta, no nos deja quietos o impasibles. La Palabra nos pone en caminos a una vida nueva y distinta. La Palabra pone inquietud en nuestro corazón y deseo de cosas mejores.
Pero ¿seremos capaces de darnos cuenta de la fe que Jesús suscita en nuestro corazón? ¿Seremos capaces de darnos cuenta de la vida que Jesús nos ofrece? ¿No necesitaríamos ponernos en camino descubriendo o reconociendo esa presencia de Jesús a nuestro lado?
No siempre reconocemos o apreciamos su presencia. Muchas veces nos falta fe o nos llenamos de dudas. Aunque escuchamos la Palabra o la invitación de Jesús no terminamos de oírla en el corazón, creerla de verdad que se va a realizar en nuestra vida y no nos decidimos a dar el paso hacia delante que nos pide el Señor.
Que nos arranque el Señor de esas brumas de duda, de desconfianza, de incredulidad, de frialdad que muchas veces no nos dejan terminar de ver la presencia del Señor. Y el Señor está ahí y quiere darnos vida. Levantarnos de nuestra postración. Darnos su vida y salvación.
Señor, aumenta mi fe. Quiero creer. Lléname de tu vida.

domingo, 22 de marzo de 2009

La ternura y el amor de Dios gracia salvadora en nuestra vida




2Cron. 36. 14-16.19-23;
Sal. 136.
Ef. 2, 4-10;
Jn. 3, 14-21


Nicodemo había ido de noche a conocer a Jesús. Lo que hemos escuchado hoy en el evangelio es parte de aquella larga conversación en la que se viene a concluir lo que es el amor que Dios nos tiene. ¿Qué descripción se nos hace de ese amor divino? Enlos distintos textos de la Palabra de Dios de la liturgia de este domingo se nos responde.
Es un amor hasta la entrega y la muerte. El amor más grande. El Hijo del hombre, Jesús, ha de ser levantado en alto, clara referencia a la crucifixión de Jesús, como la serpiente en el desierto para que todo el que cree en El se salva. ‘Lo mismo que Moisés elevó la serpiente en el desierto, así tiene que ser elevado el Hijo del Hombre, para que todo el que cree en El tenga vida eterna’, proclama Jesús anunciando su entrega y su muerte, su amor hasta el límite de entregar la vida.
Es un derroche de amor gratuito lo que Dios nos ofrece. No son nuestros merecimientos, pues por medio está nuestra infidelidad y pecado. Sin embargo ahí está el amor de Dios que nos perdona y nos llena de vida. Es gracia, es un don gratuito, es un regalo que en su amor Dios nos hace. De eso nos ha hablado san Pablo. ‘Por pura gracia estáis salvados…estáis salvados por su gracia y mediante la fe…’ No por nosotros, entonces, sino como regalo de Dios. No terminamos de considerarlo lo suficiente y mostrar nuestra respuesta agradecida.
Amor y misericordia de Dios tan grande que nos da a su propio Hijo, para que ‘muertos por el pecado… nos hace vivir en Cristo… nos ha resucitado con Cristo Jesús y nos ha sentado en el cielo con El’, como nos dice el apóstol. Tanto nos amó ‘tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único, para que no perezca ninguno de los que creen en El’.
¿Qué nos pide a nosotros? Que creamos en El y así no perezcamos, como hemos escuchado, aunque muchos sean nuestros pecados. ‘El que cree en El no será juzgado… el que no cree en El ya está juzgado, porque no ha creído en el nombre de su Hijo único’. La respuesta de nuestra fe. Una fe sincera. Una fe agradecida. Una fe transformadora de nuestra vida por la gracia que recibimos del Señor.
Que aceptemos la luz y nos dejemos iluminar por El. No rehuyamos la luz como aquellos cuyas obras son perversas, que nos dice el evangelio. ‘La luz vino al mundo, pero los hombres prefirieron la tiniebla a la luz, porque sus obras eran malas… el que obra perversamente detesta la luz y no se acerca a la luz, para no verse acusado por sus obras’.
Busquemos la luz que es buscar a Cristo, que es despertar nuestra fe adormecida, que es buscar su gracia, que es caminar por el camino de los obras buenas. ‘El que realiza la verdad se acerca a la luz, para que se vea que sus obras están hechas según Dios’.
Cuando estamos haciendo este camino de cuaresma estamos siendo llamados continuamente a la conversión. Es la invitación que hemos escuchado desde el primer día y que casi día a día se nos ha ido repitiendo. Llamada a la conversión porque a pesar de que Cristo ha muerte por nosotros para que tengamos vida, para redimirnos y perdonarnos, sin embargo nosotros muchas veces hemos preferido la tiniebla a la luz, el pecado a la gracia.
Queremos hacer un camino de purificación interior y de renovación de nuestra vida. Es que, como el pueblo de Israel en la situación de la que nos habla la primera lectura, nos dejamos arrastrar por el mal, no escuchamos debidamente los mensajeros que Dios nos envía, multiplicamos nuestras infidelidades y pecados. Dejamos debilitar nuestra fe y nuestro amor. caemos en una frialdad e indiferencia espiritual. Dejamos apagar muchas veces la llama de nuestro amor. Como Nicodemo andamos a oscuras y de noche, llenos de tentaciones y de dudas. Pueden sobre nosotros mucho las influencias del mundo que nos rodea. Pero que como Nicodemo vayamos a buscar la luz, vayamos al encuentro de Jesús que nos ofrece su salvación.
¡Qué importante que nos vayamos enfrentando cara a cara con la Palabra de Dios cada domingo cuando nos reunimos para la asamblea eucarística y si tenemos ocasión también cada día de la semana! En el proyecto que la Iglesia nos ofrece en este camino de la cuaresma o en ese proyecto de renovación espiritual que nos trazamos desde el principio de este tiempo cuaresmal la Palabra de Dios escuchada en la sinceridad de nuestro corazón ha de ocupar un lugar importante, junto a la intensificación de la oración y del ofrecimiento de nuestros sacrificios o penitencias.
Una Palabra que nos está recordando, como lo hace hoy, esta iniciativa de amor que cada día el Señor tiene para nosotros, para llamarnos e invitarnos a su amor y a su gracia. Siempre la iniciativa parte de Dios, de nosotros depende nuestra respuesta.
Que no nos hagamos oídos sordos. Que abramos los oídos y los ojos del corazón y nos dejemos mover por esa ternura de amor que Dios nos tiene. Según la respuesta que vayamos dando, en todo este proceso de conversión que tiene que ser este tiempo de gracia, llegaremos a vivir intensamente su Pascua; podremos cantar con verdadera alegría el aleluya de la resurrección.
Recordemos lo que le pedíamos al Señor hoy en la oración litúrgica. ‘Que el pueblo cristiano se apresure con fe viva y con entrega generosa a celebrar las próximas fiestas pascuales’.


sábado, 21 de marzo de 2009

Misericordia, conocimiento de Dios frente a los holocaustos y sacrificios

Oseas, 6, 1-6
Sal. 50
Lc. 18, 9-14

`Porque quiero misericordia y no sacrificios, conocimiento de Dios más que holocaustos’. Así nos dice el profeta Oseas. No son la ofrendas de cosas las que agradan a Dios. La búsqueda sincera de Dios. La escucha de Dios con sinceridad en nuestro corazón para conocerlo más y más. La misericordia que inunda nuestro corazón.
Este mensaje tan hermoso y consolador se expresa también admirablemente en la parábola del evangelio. Ya le hemos escuchado no hace mucho a Jesús que nos enseñaba que el amor al prójimo vale más que todos los sacrificios y holocaustos.
Nos lo expresa Jesús hoy con la parábola de dos hombres que suben al templo a orar. Buenas personas, tenemos que decir. El fariseo era hombre religioso y cumplidor. No faltaban sus oraciones y ayunos. No faltaban incluso sus limosnas y la entrega meticulosa de los diezmos al templo. Hacían gala de ello. No se presentaba con grandes pecados, porque no era ladrón, ni injusto, ni adúltero.
Pero, ¿era suficiente? ¿era eso lo que en verdad agradaba a Dios? ¿Bastaba con no tener unos grandes pecados para poder justificarse delante de Dios? Ya Jesús al proponernos en la parábola la figura del fariseo orante nos lo presenta de una manera especial. ‘Erguido, oraba así en su interior’. Esa postura, erguido, está definiendo una actitud. La contrapone Jesús con la del ‘pulicano, que se quedó atrás y no se atrevió a levantar la cabeza’. Podía ser un pecador. Así los llamaban, publicanos, pecadores. Pero se reconocía pecador.
Quien está lleno de sí mismo nunca podrá llenarse de Dios. Su ‘ego’ ocupa el lugar de Dios. Quien se compara y desprecia, se considera mejor o se pone erguido en un pedestal no entenderá nunca de misericordia, y no entenderá lo que es más preciado del corazón de Dios. Quien tiene esta manera de actuar ni conoce de verdad a Dios ni será capaz nunca de poner misericordia en el corazón. Pero esa dureza de espíritu quizá quiera compensarla con actos formales que parecen cumplidores, pero que en lo más hondo de sí mismos están vacíos de contenido y de sentido.
El que es humilde y sabe reconocer su pecado, la miseria de su corazón podrá sintonizar mejor con lo que es el amor y la misericordia de Dios. Experimentará en sí mismo lo que es el amor y misericordia de Dios, lo que le llevará a un conocimiento más vital y más experiencial de Dios. Va por el camino de lo que decía el profeta. La misericordia, el conocimiento de Dios, la búsqueda sincera de lo que es el corazón de Dios para por una parte refumigarnos y sentirnos acogidos en él y por otra aprender de El para tener esa misericordia para con los demás. ¡Cómo no vamos a amar, a tener misericordia con el otro si yo eso mismo he experimentado de parte de Dios!
Ya nos dice el evangelista antes de proponernos la parábola de Jesús que fue dicha ‘por algunos que, teniéndose por justos, se sentían seguros de sí mismos y despreciaban a los demás’. Por eso concluirá Jesús la parábola diciéndonos que aquel que se vació de sí mismo para sólo llenarse de la misericordia, del amor, de la gracia de Dios será el que en verdad se podrá sentir justificado por Dios. Pero el otro, el que se enaltece, el que se endiosa, va sentirse realmente humillado cuando sea Dios el que no lo escuche. 'Porque el que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido'.
`Porque quiero misericordia y no sacrificios, conocimiento de Dios más que holocaustos’. Que sea eso de lo que de verdad llenemos nuestro corazón.

viernes, 20 de marzo de 2009

No valen los corazones partidos

Oseas, 14, 2-10
Sal.80
Mc. 12, 28-34


Espero que si nos preguntan cuál es el primer mandamiento sepamos responder. Aunque, como comprenderán, no se trata de responder sólo con palabras aprendidas de memoria sino más bien que presentemos el examen de la vida.
Lo solemos dar por supuesto. Suele suceder que cuando hacemos el examen de conciencia por este mandamiento acostumbramos a pasar muy deprisa, porque decimos con facilidad que sí amamos a Dios. Es cierto que si fallamos en cualquiera de los otros mandamientos tendríamos que darnos cuenta que lo que nos falla es ese amor a Dios intenso y que llene de verdad nuestra vida y sea el verdadero motor de todas las demás cosas que hacemos.
Pero aún así tendríamos que detenernos más para ver cuál es la intensidad con la que amamos a Dios y si de verdad es así de forma concreta en mi vida.
‘Uno de los letrados se acercó a Jesús y le preguntó: ¿Qué mandamiento es el primero de todos?’ Era un letrado, un maestro de la ley del Señor, ¿querría comprobar quizá si lo que Jesús enseñaba se ajustaba a lo que decía al ley del Señor? Para poder ser maestro de la ley en Israel había que pasar, es cierto, por una serie de pruebas o exámenes o haber estudiado en alguna de las escuelas de la ley. Pero también sabemos que en muchas ocasiones las preguntas que le hacían a Jesús era para ver cómo podían cogerlo. Pero vamos a suponer en este caso la buena intención.
Jesús respondió con las palabras del libro del Deuteronomio que todo buen judío sabía de memoria y repetía cada día. ‘Escucha, Israel, el Señor nuestro Dios es el único Señor y amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente, con todo tu ser’. Pero Jesús añade algo más tomado del libro del Levítico: ‘El segundo es éste: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. No hay mandamiento mayor que estos’.
El letrado confirma, por así decirlo, las palabras de Jesús añadiendo al final que un amor así a Dios y al prójimo vale más que todos los holocaustos y sacrificios. ‘Muy bien, Maestro, tienes razón cuando dices que el Señor es único y no hay otro más que El y hay que amarlo con todo el corazón, con todo el entendimiento y con todo el ser, y amar al prójimo como a uno mismo vale más que todos los holocaustos y sacrificios’.
De nada nos vale ofrecer holocaustos y sacrificios de cosas a Dios si no hacemos la ofrenda de nuestro corazón, de nuestro amor, pero todo entero, para Dios porque El es el único Señor.
No valen corazones partidos. Tiene que ser un amor con todo el corazón y eso es lo que tenemos que examinar en nuestra vida. No podemos andar a medias, con componendas, midiendo hasta aquí llego y de allí ya no puedo pasar porque considero que ya es suficiente con lo que hago. ¿Hasta donde llega nuestro amor?, nos preguntábamos hace unos días. Y es que la totalidad de nuestro amor, de todo el amor de nuestra vida será lo que sea el motor, lo que motive todo el amor que luego le tengamos a los demás, lo que motive todo lo que hagamos en la mayor y mejor rectitud y responsabilidad.
Por eso, como nos invitaba hoy el profeta Oseas, tenemos que convertirnos de verdad al Señor. ‘Israel, conviértete al Señor Dios tuyo…’ Dios lo es todo para nosotros y cuando estamos con Dios nuestra vida se vuelve un vergel. Bellas eran las imágenes que nos ofrecía el profeta.
Jesús le dijo al letrado ‘viendo que había hablado sensatamente, no estás lejos del Reino de Dios’. Que por un amor así nosotros no estemos lejos del Reino de Dios, sino que lo vivamos intensamente, porque El es nuestro único Dios y Señor.

jueves, 19 de marzo de 2009

Hombre justo y servidor fiel y prudente

2Samuel, 7, 4-5.12-14.16
Sal. 88
Rom. 4, 13.16-18.22
Mt. 1, 16.18-21.24

‘Hombre justo… y servidor fiel y prudente’, son las dos expresiones con las que la liturgia nos define a san José, a quien hoy con toda solemnidad estamos celebrando.
Ya el evangelista Mateo nos dice que José era un ‘hombre justo’, hombre bueno que no quiere nunca hacer daño; hombre de fe con una apertura admirable al misterio de Dios que se le manifestaba, aunque fuera en situaciones oscuras y misteriosas; señales en lo humano indescifrables e incomprensibles, pero con sus ojos de fe, su corazón de creyente en ellas supo descubrir la voluntad de Dios para su vida.
La situación de María ‘que esperaba un hijo, antes de vivir juntos…’, todos los acontecimientos acaecidos en torno al nacimiento de Jesús, los pastores de Belén que llegan con sus dones, los magos venidos de Oriente que misteriosamente aparecen para hacer ofrenda de preciosos dones, la crueldad de Herodes que les hace huir como unos exiliados hasta Egipto, fueron momentos difíciles para José que sólo con la fortaleza y la iluminación de la fe pudo superar y llegar a descubrir el misterio de Dios que en su entorno estaba sucediendo.
La firmeza de su fe, la apertura de su corazón a Dios, la justicia de su corazón le merecieron ser el servidor fiel y prudente que Dios quiso poner al lado de su Hijo hecho hombre y ocupara así un lugar tan importante en la historia de la salvación al aparecer como padre de Jesús. Como decimos en el prefacio ‘el servidor fiel y prudente que pusiste al frente de tu familia, para que, haciendo las veces de padre, cuidara a tu único hijo, concebido por obra del Espíritu Santo, Jesucristo, nuestro Señor’.
Hoy nosotros lo invocamos cuando celebramos su fiesta y lo tenemos como especial protector para toda la Iglesia. Nos gozamos con tu protección, lo invocamos con confianza, es para nosotros un motivo de alabanza al Señor, pero al mismo tiempo se convierte en un hermoso modelo y ejemplo en nuestro camino de fe, tan lleno muchas veces de momentos difíciles, de incomprensiones y hasta misterios que no comprendemos.
Muchas veces también para nosotros se nos hace oscuro el camino de nuestra vida cristiana. Desde las tentaciones que suscita el enemigo malo en nuestro interior que quieren hacernos dudar y tambalearnos en nuestra fe, en nuestra fidelidad al Señor, hasta los problemas que nos agobian en la vida, las dificultades que nos vamos encontrando en el diario vivir. Pero sabemos que Dios está ahí, que no nos faltará su ayuda y su gracia. Necesitamos dejarnos iluminar por esa luz maravillosa de la fe para descubrir en todo momento lo que es la voluntad de Dios para nuestra vida.
Tenemos que aprender de la fe de José, de su apertura de corazón y de su disponibilidad para Dios, de su silencio para rumiar en nuestro corazón todos esos aconteceres que nos vamos encontrando en la vida. Ojalá como san José podamos hacer esa lectura creyente de cuanto nos sucede para descubrir siempre lo que es la voluntad de Dios para nosotros en el hoy de cada día.
Necesitamos de ese saber interiorizar para tener esa hondura espiritual que nos haga descubrir el misterio de Dios. Hemos de aprender como san José a abandonarnos en las manos de Dios, porque sabemos que estando en las manos de Dios es como podemos sentirnos seguros a pesar de tantas debilidades como puedan haber en nuestra vida.
Es el mensaje que hoy recibimos del hombre justo y servidor fiel y prudente en lo que brilla tan esplendorosamente la santidad de san José.

miércoles, 18 de marzo de 2009

Son vuestra sabiduría y vuestra inteligencia

Deut. 4, 1.5-9
Sal. 147
Mt. 5, 17-19


‘Ahora. Israel, escucha los mandatos y decretos que yo os enseño a cumplir, así viviréis… guardadlos y cumplidlos, porque ellos son vuestra sabiduría y vuestra inteligencia, ante todos los pueblos…’
No todos quizá lo entienden de la misma manera. Algunas veces parecemos adolescentes rebeldes que siempre estaremos en oposición a todo lo que se nos diga y enseñe. Nos cuesta aceptar el consejo de alguien y muchos menos un mandato que se nos imponga. Nos creemos autosuficientes y pensamos que todo nos lo sabemos por nosotros mismos.
Sin embargo Moisés le dice al pueblo que guardar y cumplir los mandamientos que el Señor les da es ‘vuestra sabiduría y vuestra inteligencia…’ de manera que hasta los pueblos vecinos se admirarán por la sabiduría de los mandamientos que el Señor da a su pueblo.
Si entráramos un poco en razonamiento nos daríamos cuenta que el camino que Dios nos traza nunca irá contra el hombre, sino todo lo contrario. Es el camino que nos lleva a la mayor dignidad, al respeto de la persona, de toda persona, y si fuéramos capaces de dejarnos conducir por los mandamientos del Señor seríamos el pueblo más feliz del mundo. Sí, digo, el pueblo más feliz, porque nadie haría daño a nadie, nadie tendría que temer a nadie, y siempre estaríamos buscando lo más noble y lo más bello, lo que nos haría inmensamente felices. Cumplir los mandamientos del Señor nos lo facilitaría.
No pensemos que los mandamientos de Dios lo que pretendan es coartar nuestra libertad o imponernos cargas pesadas. Los mandamientos de Dios son el cauce, el camino que nos ha trazado el Señor para que, como decíamos antes, vivamos en el respeto a la mayor dignidad de toda persona. Por eso nos dice, ‘guardadlos y viviréis…’ Es camino que nos lleva a la vida y que nos conducirá a la vida más plena que podamos vivir cuando un día lleguemos a estar junto a Dios en el cielo.
Y como hemos escuchado a Jesús en el Evangelio en unos párrafos entresacados del Sermón del Monte Cristo viene a dar plenitud a ese mandamiento del Señor cuando todo nos lo resume y concentra en el mandamiento del amor. ‘No creáis que he venido a abolir la ley o los profetas, no he venido a abolir sino a dar plenitud’.
Esa reacción negativa o adversa a todo lo signifique mandamiento de Dios o señalarnos o trazarnos un camino, sigue estando presente en el hombre de hoy. Sigue sucediendo que cuando la Iglesia proclama la verdad de la doctrina evangélica o cuando nos recuerda los principios inmutables de la moralidad humana y todo lo que defienda lo sacrosanto de la vida, siempre será rechazada, criticada, o incluso se le trata de desprestigiar. Cualquiera puede expresar su opinión o el sentido que tiene para él su vida, pero a la Iglesia no puede hablar, se le quiere quitar el derecho de hablar y presentar su doctrina y se le pretende hacer acallar.
Con la campaña que la Iglesia ha emprendido como defensa de la vida, precisamente en estos últimos días, parece como si todos pudieran hablar del aborto y expresar sus opiniones, pero la Iglesia no tiene derecho a presentar su doctrina y a defenderla ante la opinión pública. ‘Todos pueden decir lo que quieran, pero parece que la Iglesia no puede hablar’, me decía anoche mismo un joven comentando la campaña en contra de la Iglesia que se está orquestando desde diversos medios. Y ¿qué es lo que hace la Iglesia? Simplemente defender la vida, toda vida desde el primer momento de su concepción hasta la muerte natural. Y porque la vida es sagrada no se puede realizar la manipulación genética que se pretende hacer desechando y destruyendo esos embriones humanos que ya son vida humana.
Amemos los mandamientos del Señor. Tratemos de empaparnos profundamente de la ley del Señor para que sea la única norma de nuestra vida que nos llevará siempre a la mayor plenitud y felicidad. Que en esta Cuaresma, este camino cuaresmal que estamos haciendo, sintamos la fortaleza del Señor y la fuerza de su Espíritu para que en verdad en todo momento seamos fieles al mandamiento del Señor.

martes, 17 de marzo de 2009

El perdón cuestión de amor

Daniel 3, 25.34-43
Sal. 24
Mt. 18, 21-35


Pedro le pregunta a Jesús ‘si mi hermano me ofende,¿cuántas veces le tengo que perdonar?’ pero me van a permitir que la pregunta la haga de otra manera: ¿hasta dónde tengo que amar? De eso se trata de amar. Así lo entiendo yo. Si el perdón no fuera cuestión de amor, casi podríamos entender la segunda pregunta de Pedro – ‘¿hasta setenta veces siete?’ -, porque se trataría quizá sólo de cuestión de números, de cantidades.
¿Hasta dónde tengo que amar? Perdonar no es cuestión sólo de echar tierra encima y no recordar, como si aquella ofensa no hubiera sucedido. Ya eso por sí mismo resulta bien costoso. Una herida deja cicatriz. Curar la herida y borrar la cicatriz no es cosa que sea fácil realizar. Siempre que tropecemos con aquella cicatriz vamos a seguir recordando la herida que la causó y dejó su marca.
Creo que cuando Jesús nos está hablando de perdonar, nos está hablando de una de las características fundamentales del amor. Porque Jesús nos está diciendo que perdonemos porque amamos. Y el amor es su precepto fundamental.
Y ya sabemos que cuando se trata de amor y de amor cristiano, que es amor en el estilo de Cristo – por eso se llama cristiano – Jesús nos pone el listón bien alto, porque el modelo, la altura de ese amor es como El nos ha amado. ‘Amaos los unos a los otros, como yo os he amado’. Y ya sabemos hasta donde llegó el amor de Jesús.
Por eso, nuestro perdón, que es una manifestación de amor, tiene una característica bien definida y de mucha altura. Ya sabemos la respuesta que le dio Jesús en la cuestión de números o de veces que tenemos que perdonar. ‘No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete’. Con lo que estaba diciéndonos cómo tener que perdonar siempre.
Pedro no lo entiende como, tenemos que reconocer, nosotros tampoco terminamos de entenderlo, y no sólo de entender sino de vivir. Ya sabemos cuanta inquietud surge en nuestro corazón cuando nos toca este tema, cuánto dolor porque decimos que no podemos perdonar, que nos cuesta, que es difícil.
Jesús nos propone la parábola, que conocemos muy bien, para recordarnos – y eso motiva también nuestra capacidad de perdón – que El nos ha perdonado a nosotros. Y cuántas veces nos ha perdonado, le hemos vuelto a ofender y El nos ha vuelto a perdonar.
Es algo que hemos de tener en cuenta, porque además cuando nos enseñó a orar, nos enseñó a decir ‘perdona nuestras ofensas como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden…’ Le pedimos que nos perdona, le decimos que nosotros perdonamos y que por eso nos perdone, pero en la realidad de nuestro corazón, ¿seguimos sin perdonar?
Y bien, porque sea difícil y costoso ¿no lo vamos a intentar? Sabemos que cuando Jesús nos traza un camino no nos deja solos. El va con nosotros, delante de nosotros haciéndolo El primero, a nuestro lado. ¿Qué significa? Que El nos da su fuerza, su gracia, su Espíritu para que podamos realizarlo.
Seamos conscientes de que sólo por nosotros mismos, por nuestra voluntariedad, no lo podemos realizar. Necesitamos su fuerza y su gracia. Necesitamos de la oración para tener esa gracia del Señor.
Y no olvidemos que El nos dice que no sólo no odiemos a quien nos haya hecho daño o se considere nuestro enemigo, sino que recemos por él. Es lo que tenemos que hacer. Pienso que cuando somos capaces de rezar por alguien, y en este caso por alguien que nos haya podido hacer daño, ya hemos comenzado a amarle.
El perdón, entonces, cuestión de amor.

lunes, 16 de marzo de 2009

Descubramos el actuar de Dios en su sencillez

2Reyes, 5, 1-15
Sal. 41
Lc. 4, 24-30


Las acciones de Dios muchas veces nos desconciertan sobre todo cuando nosotros queremos pensar o imaginar cómo tiene que ser ese actuar de Dios.
Tendríamos que haber aprendido contemplando a Jesús en el evangelio. Mucho nos puede enseñar el evangelio en este aspecto que es bien distinto de lo que nosotros la mayoría de las veces pensamos o imaginamos.
Porque nosotros aún queremos comprar a Dios a base de la prepotencia de nuestras cosas, de las ofrendas que queramos presentarle, o decimos Dios tiene siempre que presentarse de forma espectacular en hechos maravillosos o misteriosos, o pensamos que nosotros tenemos más derechos que otros para que Dios actúe a favor nuestro.
Son distintas posturas o actitudes que aparecen en los personajes o la gente tanto en el texto del libro de los Reyes que hemos hoy escuchado, como de la gente de Nazaret, el pueblo de Jesús, en el evangelio.
Allá vendrá ‘Naamán, general del ejercito del rey de Siria’, con las recomendaciones de su rey – ‘ven que te voy a dar una carta para el rey de Israel’, le dice el rey -, o con el cargamento de plata, oro y ricas vestimentas, ‘Naamán se puso en camino llevando tres quintales de plata, seis mil monedas de oro y diez trajes’. Estaba también la pretensión de Naamán de que el profeta Eliseo saliera a su encuentro como si fuera un vasallo suyo y a través de signos portentosos lo curara de la lepra.
Como estaba también la actitud del pueblo de Nazaret que cuando Jesús les hace ver que no estén esperando milagros espectaculares – ‘en Israel había muchos leprosos y muchas viudas…’ -, terminan por querer arrojarlo por la montaña para despeñarlo. ‘Al oír esto, todos en la sinagoga se pusieron furiosos y, levantándose, lo empujaron fuera del pueblo hasta un barranco del monte en donde se alzaba el pueblo, con intención de despeñarlo’.
El actuar de Dios es otro. Serán sencillos los signos, simplemente bañarse en el Jordán en esta ocasión - ‘ve a bañarte siete veces en el Jordán y quedarás limpio’, le dice el profeta – y no pide Dios ofrendas materiales ni de riquezas, sino la ofrenda de un corazón puro y humilde que sabe reconocer la presencia del Señor en las cosas más humildes y sencillas. Cuando Naamán a insistencia de sus criados accede a hacer lo que le pedía el profeta, llegará a reconocer la grandeza y el poder del Señor. ‘Ahora reconozco que no hay Dios en toda la tierra sino el de Israel’.
¿Qué nos pide el Señor? ¿Qué le podemos ofrecer para mejor agradarle? La ofrenda humilde de la obediencia de la fe. Un corazón humilde que sabe tener ansia de Dios y que buscará siempre hacer lo que más le agrada al Señor.
Sepamos ver y reconocer ese actuar de Dios, calladamente muchas veces allá en lo hondo de nuestro corazón. Pero quizá para descubrirle tenemos que despojarnos de muchas cosas que pueden hacernos ruido e impedirnos conocer a Dios. El orgullo en nuestro corazón es muy ruidoso y no nos permitirá percibir ese murmullo de amor de Dios para con nosotros. Muchos apegos pueden haber en nuestra vida, que no dejen cabida a Dios en nosotros.
Dios en verdad quiere quitarnos muchas lepras que dañan nuestra vida. Pero quizá no terminamos de reconocer tantas lepras que enferman nuestra vida. Que el Señor nos ilumine para vernos en la realidad pecadora de lo que somos. Y que el Señor tienda su mano hacia nosotros para llenarnos de su salvación.

domingo, 15 de marzo de 2009

Subimos con Jesus a Jerusalén a celebrar la Pascua

Subimos con Jesús a Jerusalén a celebrar la Pascua
Ex. 20, 1-27: Sal-18; 1Cor. 1, 22-25; Jn. 2, 13-25
‘Se acercaba la fiesta de la Pascua de los judíos, y Jesús subió a Jerusalén’. Se acerca también la fiesta de Pascua y queremos subir con Jesús a Jerusalén. ¿Qué nos vamos a encontrar? ¿Cómo será esta Pascua? Creo que es una pregunta importante que hemos de hacernos. Para que lleguemos a celebrarla auténticamente. Para que sintamos el hoy de la salvación de Dios en nuestra vida.
Tendrá que ser un paso de Dios que nos salva. Eso fue la Pascua entonces y tiene que seguirlo siendo ahora. Cuando los judíos celebraban cada año la pascua estaban haciendo memoria de la Pascua que vivieron sus padres en Egipto cuando fueron liberados de la esclavitud. Fue el paso de Dios que los liberó, los sacó de Egipto para llevarlos a la tierra prometida. Y cada año lo revivían, lo celebraban, lo sentían presente en su vida.
Ahora será la Pascua, no ya como recuerdo de la salida de Egipto, sino como paso salvador de Dios por nuestra historia en Jesús, y en su muerte y resurrección. Y para nosotros no es solo un recuerdo sino un memorial porque sigue haciéndose presente en el hoy de nuestra vida ese paso salvador de Dios. Ya sabemos que cada vez que celebramos la Eucaristía hacemos memorial de la pasión, muerte y resurrección del Señor, de la Pascua del Señor. Por eso la celebración de esta Pascua tiene que ser para nosotros un paso de Dios que nos salva, nos purifica, nos llena de nueva vida en el hoy concreto de nuestra existencia.
Pero sigamos con el Evangelio. ‘Jesús subió a Jerusalén y encontró en el templo a los vendedores bueyes, ovejas y palomas y a los cambistas sentados en sus mesas de cambio…’ Se encontró la casa de Dios convertida en un mercado y quiso purificarla. No es necesario repetir los detalles de cómo lo hizo. Pero algunos se resistieron pidiendo signos de autoridad para lo que hacía Jesús. ‘¿Qué signos nos muestras para obrar así?’
Una vez más piden signos, milagros, sabiduría. Recordamos lo que nos planteaba san Pablo hoy en su carta. ‘Los judíos exigen signos…’ No es la primera vez. En la otra ocasión Jesús les decía que ‘no les sería dado más signo que el de Jonás’. Recordamos el profeta enviado a Nínive que se resiste, embarca en otra dirección, la tempestad, arrojado al mar y tragado por el cetáceo que lo devuelve vivo a los tres días a la orilla de la playa. Jonás que finalmente con la debilidad de sus miedos sin embargo anuncia la Palabra de Dios a Nínive, que fue una palabra transformadora que los llevó a la conversión y evitar el castigo divino.
Ahora es otro signo el que les da, la destrucción del templo y su reedificación en tres días. ‘Destruid este templo y en tres días lo levantaré’. Sabemos las reacciones incrédulas de los judíos, aunque luego lo utilizaran como argumento para su condena ante el Sanedrín; pero ya el evangelista nos apunta que ‘hablaba del templo de su cuerpo… cuando resucitó de entre los muertos los discípulos se acordaron de lo que había dicho y dieron fe a la Escritura y a la palabra que había dicho Jesús’.
Pero hablar de su muerte como signo podría parecer poco convincente. Porque Jesús hablaba de la debilidad de su pasión y de su muerte, aunque hablaba también de la resurrección. Para nosotros es la gran señal, el gran signo, la gran prueba de quién era Jesús y de lo que nos ofrecía, su salvación. Como dirá san Pablo ‘los judíos exigen signos, los griegos buscan sabiduría, pero nosotros predicamos a Cristo crucificado…’ Es nuestra señal, nuestra fuerza, nuestra sabiduría. Aunque muchos no lo entiendan. Será escándalo o locura para unos o para otros.
Es la Sabiduría de Dios que es la sabiduría del amor. Sabiduría de Dios, fuerza salvadora de Dios que se manifiesta en la entrega más sublime, porque es el amor más grande, porque es la entrega hasta la muerte. ‘No hay amor más grande que el de aquel que da la vida por el amado’, nos enseñaría Jesús no sólo con sus palabras sino con su misma vida, con su misma muerte.
Esa tiene que ser también nuestra sabiduría, nuestra fuerza, nuestra vida. Y esa es la Pascua que nosotros vamos a celebrar con Jesús. Jesús quiso purificar el templo para hacer un templo nuevo. ‘Hablaba del templo de su cuerpo…’ Cristo es el verdadero templo de Dios y Cristo es la ofrenda más grande y más hermosa que se podía presentar al Padre para nuestra salvación para nuestra redención. Esa fue la ofrenda de su Pascua, de quien había venido para cumplir la voluntad del Padre. ‘¡Aquí estoy, oh Dios, para hacer tu voluntad!’ Y aunque sería dura la ofrenda y llegara a decir que ‘pase de mi este cáliz…’ también exclamaría ‘no se haga mi voluntad sino la tuya’.
Así Cristo en su paso salvador por nuestra vida nos purifica para darnos a nosotros esa dignidad nueva que nos hace verdaderos templos de Dios, que nos llena de la vida divina y nos hace también hijos de Dios. Que se haga Pascua en nuestra vida. Que se realice ese paso salvador de Dios por nosotros. No temamos beber el cáliz de la pasión y de la muerte que nos purifica, porque con Cristo hemos de morir para con El resucitar; porque saldremos renovados como hombres nuevos, los hombres nuevos de la gracia y de la santidad de Dios.
Esta subida que estamos haciendo con Jesús a Jerusalén en el camino de la Cuaresma a eso tiene que prepararnos. Nos queremos dejar iluminar por su Palabra, conducir por su Espíritu, purificar con su gracia en los sacramentos que vamos recibiendo.